En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 10 de junio de 2021

Murciélago – Jo Nesbo

 


 

        Estaba avisado que de Murciélago (1997), primera novela de Jo Nesbo y protagonizada por el policía noruego Harry Hole, no era la mejor de la saga. Lo digo porque esa advertencia me llevará a leer alguna otra, mientras que sin ella lo dudaría, ya que Murciélago es una novela entretenida, trabajada, pero en la que echo de menos un poco más de cemento entre los ladrillos que son cada uno de los breves capítulos; esa falta de consistencia sitúa al lector como un observador distante y poco implicado.

        Harry Hole, un tipo que arrastra problemas personales considerables capaces de anularlo en cualquier momento, es un policía enviado por su gobierno a Australia, para colaborar testimonialmente en la investigación del asesinato de una muchacha noruega. Hole, sin embargo, con el beneplácito de sus colegas australianos, acaba teniendo una autonomía y una capacidad de acción -a las que solo su lejanía con el realismo resta algo de verosimilitud- que aprovecha para moverse en los ambientes adecuados, para enamorarse y, también, para trabar algo parecido a la amistad con el policía, aborigen australiano, que se le asigna como compañero.

        Espabiladico que es el chico, gracias a él se llega a la conclusión de que el de la noruega no es el único crimen cometido siguiendo el mismo patrón, lo que sitúa la acción en ese ámbito tan cómodo para la novela negra como son los asesinatos en serie. Y a partir de aquí, la historia avanza con el autor jugando al despiste, pero en general respetando el principio de que los personajes no sepan más que el lector. Un consejo: no hay personajes irrelevantes; antes o después casi todos son usados por Nesbo en esa tarea de desorientación; lo aviso porque para cuando el lector se da cuenta, han pasado ante sus ojos una caterva de señores a los que se ha podido prestar poca atención porque aparentemente solo formaban parte del decorado. Mejor andar con la memoria aguzada.

        Al atractivo de toda novela negra bien planteada, se une el de un escenario, Australia, desconocido y atípico para la mayoría de los lectores, y el más alejado posible para el público noruego, pues Australia es el territorio habitado más cercano a las antípodas de Noruega, situadas en mitad del océano, más cerca de la Antártida que de la propia Australia. Algo quiere decir, creo, acerca de los planteamientos, no sé si literarios, comerciales o ambos, con que Jo Nesbo afrontó la escritura.

        Como decía al principio, leeré algún libro más de este autor. Al fin y al cabo ya estaba ahí antes de la explosión de la novela negra nórdica y aquí sigue cuando lo más intenso de ella ya ha pasado. Por algo será.

        Por cierto, a título de curiosidad, se me ocurrió preguntar en las redes por qué, por ejemplo, el nombre de los autores rusos publicados en España no aparece escrito con el alfabeto cirílico y en cambio Jo Nesbo aparece siempre como Jo Nesbø. La única respuesta recibida: es una pose para hacer más exótico el producto.



martes, 8 de junio de 2021

La danza de los tulipanes – Ibon Martín

 


             

              Sensaciones contradictorias me ha producido esta novela de Ibon Martín. Por una parte me ha enganchado, he disfrutado de su lectura y el final es más o menos inesperado (solo más o menos); pero por otra hay omisiones que alejan tanto la historia de la realidad que parecen un recurso burdo para sostener en pie la investigación que sustenta el argumento, y además algunas de las cuestiones que aspiran a ser de impacto las ve venir el lector cien páginas antes que los protagonistas, con lo que a veces el «atractivo» no es la historia sino la verificación de hasta qué punto es capaz de sostener el autor la inexcusable inopia de los personajes; uno a eso el dato anecdótico, pero incómodo, de que el principal telón de fondo y leitmotiv de los crímenes y su investigación tiene bastantes parámetros en común con una novela poco leída y publicada tres años antes: Lo que no sé si viví, aunque nada más comparte con ella.

              En cuanto a los personajes, existe demasiada desproporción entre los protagonistas –que aspiran a ser realistas-, y el malo malísimo, tan evidente resultado de laboratorio que carece no ya de realismo, sino también de la mínima verosimilitud. Añadamos otro defecto: el autor no disimula saber más que el lector tanto cuando la historia se expresa en tercera persona como cuando lo hace en primera, en boca del malo malísimo, lo que produce al lector la desagradable sensación de que están jugando con él. Y es que, aunque el autor siempre juega con el lector, la gracia está en que no se note; el truco no puede ser la desfachatez de «no te lo digo porque no me da la gana y me lo callo para que sigas leyendo».

              Sin embargo, como he dicho al principio, la novela me ha enganchado, sobre todo la segunda mitad, cuando los hechos comienzan a acelerar. Luego explicaré por qué.

              Ane Cestero es una jovenzuela suboficial de la Ertzaintza de carrera meteórica y con un pronto descontrolado. Le cae el premio de dirigir una unidad especial para los crímenes de relevancia mediática –incluyendo, cosa bastante increíble, las relaciones con la prensa-; es una «unidad Guadiana», pues solo existirá cuando haya algún crimen de esas características. Y lo hay, claro: el asesinato, retransmitido por Facebook, de una buena señora abandonada sobre las vías del tren. Un «asesinato de autor», que el criminal firma con un peculiar tulipán.

              La unidad está formada por Ane, por un tipo eficiente y gris llamado Aitor y complementada con personal de la comisaria donde ocurren los hechos: la de Guernica, porque los hechos transcurren en la zona Urdaibai, un entorno natural privilegiado al que se intenta dar protagonismo. Entre ese personal está Julia, de edad parecida a la de Ane y su antigua pareja, Txema, un suboficial con ínfulas que rivaliza con Cestero, porque ya se sabe que uno de los ingredientes de toda novela negra son las relaciones laborales de los protagonistas con sus jefes y colegas. Unamos aún otro personaje, como el poli tatuador vacilón o el comisario que es a la vez sospechoso de libro y tenemos el elenco completo. Y volviendo al tema geográfico, el autor no renuncia a uno de los rincones de moda del País Vasco, lanzado al estrellato creo que por Juego de Tronos: San Juan de Gaztelugatxe.

              Como típica «novela de asesinos en serie», los investigadores no dan una y la gracia está en que el malo siga haciendo de las suyas para buscar elementos en común e ir atando cabos (falta de originalidad tan poco sorprendente en este tipo de novelas que todo lector la perdonará). Sin embargo, como el lector no puede prescindir del mundo en el que vive, a su cabeza vienen, con cada crimen, recursos básicos de investigación que a diario están en los medios de comunicación e incluso muy detallados en novelas como las de Lorenzo Silva; recursos de los que aquí se prescinde de un modo tan flagrante que perjudica demasiado la verosimilitud. Se prescinde, por ejemplo, de todo lo telemático; ni siquiera se preguntan los investigadores qué cuenta de Facebook han retransmitido la escabechina, ni quién está detrás de ellas, ni a través de qué dispositivos se han producido conexiones anteriores de esa cuenta, ni se investiga el teléfono móvil de nadie, ni… ¡Viva la artesanía! El efecto negativo, porque por otra parte se está intentado apuntalar la novela en elementos realistas propios de la idiosincrasia de la zona.

              Atando cabos, atando cabos (o sea, muerte a muerte), se llega a cierta «conventual conclusión» que opera durante el resto de la novela como telón de fondo -al que me he referido al final del primer párrafo- lo que tiene el atractivo para el lector de sumar dos misterios en uno: quién anda apiolando al personal y qué diablos pasó en un convento cuarenta años atrás.

              La historia es también la de sus protagonistas: amores, desamores, familia y un tema de actualidad: la violencia de género. Además la investigación toca de cerca a varios de los investigadores o a su entorno, como ya he apuntado antes citando, por ejemplo, al comisario (y no descubro nada porque se dice desde el primer instante). De este modo el lector tiene tantos frentes abiertos, tantas curiosidades por satisfacer, que es normal que deseo de obtener respuestas tire de él y, a pesar de todos los fallos y fallitos que he señalado, acabe devorando la novela. 

            Literatura de entretenimiento que, aunque mejorable, cumple su función. 


       

jueves, 27 de mayo de 2021

Rechicero – Terry Pratchett

 


 Serie Mundodisco, 5


              El octavo hijo de un octavo hijo ha de ser, necesariamente, mago, como, ejem, todo el mundo sabe. Pero cuando a ese mago en lugar de ser célibe como debe ser le da por procrear, entonces nace un rechicero, el cual, como, ejem, también sabe todo el mundo, es un peligro enorme, morrocotudo, tan grande que el Mundodisco entero corre peligro, porque la rechicería y los rechiceros… Ya se sabe.

              O más o menos así es la cosa, como diría Terry Practchett.

              Y así es como en esta historia donde la magia sucumbe a la rechicería entre destellos octarinos el lector se encuentra con viejos conocidos: la Muerte -con la que nada puede y a la que nada interesa más que hacer su trabajo con una despreocupación muy parecida al buen humor- y también a varios de los protagonistas de las primeras novelas de la saga: Rincewind, el mago más inútil de todo el disco, su equipaje con pies y el bibliotecario convertido en orangután. El protagonismo es compartido con el rechicero –un niño influido por el báculo en el que su padre ha escapado de la muerte- y hasta con un sombrero, porque como también es sabido por todos, ejem, el sombrero de archicanciller es nada más y nada menos que… que el sombrero del archicanciller.

              Una «típica historia de aventuras» donde los antihéroes –que además de Rincewind son una hermosa bárbara que desea ser peluquera y un inútil que sigue un manual para hacer gestas- intentan salvar al mundo, aunque sea un mundo tan extraño como el Mundodisco. Lo que no es típico, y es el gran valor de las novelas de Pratchett, es la exuberante imaginación y el agudo sentido del humor que partiendo del absurdo se apoya en las debilidades humanas para acabar haciendo una crítica de buena parte de nuestros defectos.

              Una novela un poco confusa en algún punto, pero divertida, entretenida y, como las anteriores, una novela donde el autor es capaz de explicar cosas inexistentes e imposibles de modo que el lector no sabe lo que entiende, pero lo entiende, y todos los fenómenos acaban teniendo una ilógica lógica interna a la que nada puede oponerse. Un disparate tan autosuficiente que no queda sino aplaudir.



lunes, 24 de mayo de 2021

Mi familia y otros animales - Gerald Durrell

 


 

              Gerald Durrell, además de hermano del autor del Cuarteto de Alejandría fue escritor, naturalista, hizo innumerables viajes para conocer la naturaleza, fundó un zoo, una organización para la protección de la naturaleza y hasta presentó un programa en televisión, pero antes de todo eso fue un niño nacido en 1925, huérfano de padre desde los tres años, y que desde los diez a los catorce, entre 1935 y 1939, vivió con su madre, sus dos hermanos y su hermana, todos mayores que él, en la paradisíaca isla griega de Corfú, frente a las costas de Albania, donde no iba a la escuela (aunque su madre le procuró varios maestros) y donde se dedicó a la caza, captura, examen y hasta doma de los más diversos animales: pequeños escorpiones, urracas, gaviotas, tortugas, perros, búhos, insectos , reptiles y hasta peces formaron parte de su peculiar «familia».

              Ese es el periodo que cuenta en esta divertida obra biográfica escrita en primera persona que  alterna el examen de la naturaleza vista desde los ojos de un niño con el conocimiento de los lugareños y  los follones que su afición causa en una familia verdaderamente peculiar, entregada al dolce far niente, con una madre comprensiva, insólitamente paciente y aficionada a las plantas, una hermana muy preocupada por ponerse morena y cuidarse, un hermano obsesionado con las armas y la caza y otro hermano, el mayor de todos, Larry, veinteañero comodón y aspirante a escritor, cuya verborrea aguda e ingeniosa usa principalmente para protestar.

              La estructura del libro es simple y agradable: Durrell cuenta rápidamente por qué se fueron desde a vivir Corfú (más o menos cruzaron Europa y cambiaron de vida como quien decide irse a tomar una cerveza al bar de enfrente) y cómo se instalaron allí, para después ir alternando sus descubrimientos faunísticos con sus consecuencias familiares, en un crescendo lógico pues según pasaba el tiempo todo el espacio disponible se iba pareciendo más a un zoológico.

              Entre los «otros animales» a los que alude el título también debemos incluir a cierto número de fascinantes personajes secundarios, entre los que destacan, por cómo se definen magistralmente con el lenguaje, el naturalista Theodore Stephanides, que no duda, desde el primer instante, en tratar a un niño de diez años como a una colega adulto –y con el que forja una gran amistad- y el griego Spiro, retornado de Estados Unidos, un hombre orquesta capaz de dar respuesta a todos los problemas y deseos de la extraña familia.

              Subrayo lo de extraña porque allá de las situaciones más o menos catastróficas que provoca alguno de los animalitos de Gerry, su familia es la principal fuente de humor, lo cual se debe no solo a las manías y carácter de cada uno de sus miembros sino a lo extravagante de su comportamiento como clan, porque extravagante debía resultar a los lugareños aquella pequeña tropa, hospitalaria  y que no se metía con nadie, y que no hacía nada más que disfrutar del transcurso del tiempo y discutir entre entre ellos.

           Una historia por momentos muy divertida, que permite regresar a la infancia y que está muy bien escrita. Tanto que, de no ser por su calidad no hubiera resistido el paso del tiempo como lo ha hecho. Mi familia y otros animales, que se sigue reeditando, fue publicada en 1956.

              Esta obra formó una trilogía con Bichos y demás parientes (1969) y El jardín de los dioses (1978), aunque ignoro (y me permito dudar) que hacer una trilogía fuera la intención inicial de Durrell, porque Mi familia y otros animales es un libro autoconclusivo.



jueves, 20 de mayo de 2021

Los casos del comisario Collura – Andrea Camilleri

 


 

              Dentro de la obra de Camilleri, Los casos del comisario Collura son serie B, o C, o quizá D, aunque para valorarlos con justicia hay que explicar su origen. Esta obra recoge los ocho casos que Camilleri redactó, con fecha fija de entrega y límites mínimo y máximo de extensión, para su publicación periódica, durante un verano, en el diario La Stampa. Visto así, la cosa cambia. No en sencillo alumbrar ocho «misterios» de la misma extensión y en plazos perentorios.

              Sin embargo, lo que seguramente en su día fue una agradable lectura en el periódico, al leerlo como libro se ve afectado negativamente por las servidumbres de aquel encargo, aunque cierto es que la impresión queda mitigada por el acierto de incluir, al final, una entrevista con el autor en la que habla de estos relatos y da explicaciones que ayudan al lector a juzgar mejor y a apreciar virtudes que de otro modo quizá pasarían por defectos.

              Entre esas explicaciones, la principal es que el comisario Collura (así estuvo a punto de llamarse el que luego fue Montalbano) aparece con ese nombre en homenaje a quien pudo ser y no fue, pero advirtiendo que en realidad Collura no es un personaje sino una función.

              Y así es, porque dada la brevedad de los relatos no hay ocasión de perfilar al personaje, del que el lector solo llega a saber por qué está actuando, a modo de «policía privado», en un crucero que permite enlazar las tramas propias de Agatha Christie con el ambiente veraniego en el que se publicaron los relatos. Collura, en realidad, se limita a ir, venir y preguntar. Es solo el motor preciso para saber qué ha pasado con los implicados en cada caso.

              Las historias, como suele pasar con Camilleri, apuntan a una cosa, pero, si se sigue la pista de las debilidades humanas, acaban en otra. Nada nuevo, salvo que por cuál era el fin de los escritos no hay nada especialmente truculento o desagradable. Crimencitos de salón. Algunos, ni eso.

              La suma de los ocho relatos y la entrevista final –un acierto que no sé cómo no se incluye en más libros, porque es una especie de provechosa «presentación»- dan una agilidad notable que, unida a la brevedad del texto, ofrecen lectura entretenida para que apenas dura una tarde.



lunes, 17 de mayo de 2021

Lejos del corazón – Lorenzo Silva

 


 

              Excelente novela de Lorenzo Silva con una trama interesante, realismo en los procedimientos policiales que aporta conocimiento y no exhibición, un escenario espectacular  que casi toda España desconoce, y una buena dosis de información enriquecedora sobre la delincuencia y negocios oscuros vinculados a la explotación abusiva y especulativa de lo electrónico.

              El escenario es de una complejidad abrumadora: Gibraltar y alrededores. Cuando estar solo unos metros aquí o allá, por tierra o por mar, implica cambiar una legalidad moderna por otra muy parecida a la alegalidad, con un puerto, el de Algeciras, donde a diario recala un volumen ingente de mercancías procedentes de todo el planeta, donde convive el lujo de lugares como Sotogrande con zonas de paro rampante en las que el contrabando es medio habitual de vida y donde, además, la cercanía con África –y consecuentemente, otros regímenes legales- provoca todo tipo de movimientos económicos interesados, contrabando y, también, movimientos de personas, de inmigrantes que se juegan la vida y de mafias que comercian con esas vidas. Características, concentradas en poquísimo espacio, que atraen actividades no demasiado santas, que se mueven entre el lavado de dinero, la ocultación de fondos, el traslado artificial de beneficios y la domiciliación de actividades de difícil localización vinculadas al mundo electrónico –desde la prestación de servicios legales a servicios ilegales pasando por otras tan peculiares como la minería de bitcoins-, todo lo cual transcurre ante las barbas de las autoridades: las de un lado, que combaten las prácticas ilegales y las del otro, que mantienen una apacible actitud contemplativa que se parece mucho a la colaborativa. Autoridades, sobre todo las primeras, sometidas a la presión de que todo conflicto puede tener consecuencias en las relaciones internacionales. En este ecosistema, cómo no, florecen abogados e intermediarios, reyes del eufemismo, que ganan dinero a espuertas organizando tinglados para delincuentes de todo el mundo mientras se lavan las manos con el jabón de una legislación cuya única finalidad es atraer los fondos de la delincuencia para vivir de ellos en un territorio tan artificial y diminuto que no podría vivir de otra cosa. Abogados que si bien no son delincuentes según la legislación de esos territorios, moralmente lo son. Y, pululando por ahí, el turismo, la gente que se rasca la barriga y se deja los dineros en medio de todo este lío sin enterarse de nada. En resumen, el caos del mundo moderno concentrado en pocos kilómetros cuadrados.

              Lo que hasta allí lleva a Bevilacqua y Chamorro, los guardias civiles que protagonizan la que hasta ahora es, si no me equivoco, penúltima novela de la saga, es el secuestro del joven propietario de una empresa de servicios informáticos.

              La novela avanza con una sensación de realismo notable. Nada de investigadores pitos, sino equipos amplios que cubren una cantidad de trabajo considerable, la mayor parte tedioso; nada de ir hilando hábilmente datos, sino que lector puede ver cómo se lanza una red a la búsqueda de información y, mientras llega la importante –si es que llega- se va trabajando la más a mano. Vemos, también, y suele ser lo más interesante, el modo en que se reconstruye la vida de la víctima como modo de llegar al culpable, algo especialmente complicado cuando la víctima se dedica a menesteres que exigen discreción. Vemos, y tampoco es poca cosa, que también hay que entender la realidad en la que operan víctimas y verdugos, lo cual puede ser no poco complicado. Y vemos con cierto escalofrío, por último, el modo en que la tecnología puede utilizarse en contra de las personas. Lorenzo Silva ha conseguido que su novela aporte una importante dosis de conocimiento sobre temas que afectan a todo el mundo y de los que casi nadie sabe nada, lo cual facilita no poco la falta de reproche social a ciertos delitos.

              Y para los lectores habituales de la saga, todo esto viene aderezado con la presencia de un mando de la Guardia Civil que, por haber compartido con Bevilacqua «experiencias iniciáticas» en el País Vasco mantiene con él una relación de confianza y camaradería. Aunque quizá es un personaje un tanto sobreactuado, imprime fuerza a la novela (el contrapunto a la frialdad de la tecnología bien puede ser un humano soltando juramentos y que no hace ascos a ir en línea recta). Al finalizar la novela Silva consigue, además, mezclar el realismo al que antes he aludido con el factor sorpresa, que tanto se agradece en una novela de este tipo. Y, para colmo, no sé si en respuesta a la infinidad de veces que Lorenzo Silva había debido de responder a si alguna vez ha habido «algo» entre Bevilacqua y Chamorro o en respuesta a su propia apetencia, quienes hemos leído todas las novelas anteriores de la saga salimos de dudas al respecto.

                      Quizá lo que aparece menos esbozado es el equipo habitual que acompaña a los protagonistas. No supone ningún problema para quienes hemos leído las novelas anteriores, que nos hemos ahorrado reiteraciones, pero quien aterriza en esta sin ese bagaje quizá se sorprenda de la naturalidad con que se da por hecho, por ejemplo, que Salgado es como es, y le cueste un poco darse cuenta de cómo es.

              Como siempre, el narrador es el propio Bevilacqua, que, con su peculiar humor un tanto gruñón y sarcástico, se dirige al lector en primera persona expresando constantemente dudas, vacilaciones, temores y, sobre todo, consideraciones de andar por casa, pero no poco agudas, que tienden a hacer un juicio crítico de la sociedad y, también, cierto reconocimiento de la impotencia del ser humano ante el paso del tiempo y de la vida. Y es que Bevilacqua va cumpliendo años y ya ve cerca la jubilación.

              Para mí, una de las novelas más interesantes de la saga.



jueves, 13 de mayo de 2021

Trigo limpio – Juan Manuel Gil

 


 

              Trigo limpio va de menos a más, y de más a menos y luego otra vez a más. El primer cuarto de la obra es un tanto desconcertante y por momentos aburrido, porque como el arranque es confuso –al menos sobre el rumbo de la obra- se tiene una sensación engañosa.

              La novela alterna varias historias que forman una sola. O, mejor dicho, que forman una historia u otra según desde qué ángulo y con qué información la miremos. Primero, la historia de un narrador  que intencionadamente tiene puntos en común con el autor, apostando por la confusión y la provocación para coger lo que le interese de la realidad y la ficción dejando al lector sin posibilidad de réplica. El narrador recibe un correo de Simón, un antiguo compañero de colegio, en la primera adolescencia, sugiriéndole que escriba sobre aquellos años. Y de aquí surgen nuevas historias: los recuerdos de aquellos años; la investigación acerca de qué ha sido y es de Simón, que es también la historia de su entorno a lo largo de la vida; surge la historia que un detenido por la Guardia Civil cuenta al niño que ha sido también detenido por irrumpir en la pista de aterrizaje del aeropuerto de Almería buscando una pelota; y en medio el narrador pontifica con humor acerca de cómo construir una novela con todos esos materiales y explica por qué pone ahora tal cosa y no tal otra, qué efecto pretende conseguir con cada una y por qué seguir o no cierto «recetario del best seller» que nunca garantiza el éxito.

              La mezcla de todo provoca un sinfín de efectos que si al principio, como he dicho, quizá pueden aburrir, a partir del primer cuarto de la novela captan poderosamente la atención del lector fijándola en la historia de Simón; hay luego un nuevo bajón de intensidad y termina la novela de un modo inteligente y original, jugando el autor con el lector para demostrar que las cosas son una u otra según el punto de vista o, mejor sería decir, según la información de la que se dispone, hasta el punto que no es vano afirmar que en las relaciones personajes no hay verdad posible, pues cada cual ignora, con toda seguridad, algo que el otro sabe (quizá sin consciente de ello), «algos» que suelen explicar mucho. Ahora bien, el autor juega con el lector, pero avisándole del juego y explicándole el truco (más trigo limpio), lo cual crea una sensación de complicidad que se agradece. El prestidigitador enseñando poco a poco sus artes y maravillando al personal con cada explicación. Hasta la explicación final.

              Una novela de intensidad variable a lo largo de sus páginas, pero potente, buena, original, para ver la historia desde dentro, incluyendo la tramoya.



lunes, 10 de mayo de 2021

Contra el fascismo – Umberto Eco

 


 

              Esta breve obra, que reproduce una conferencia dada por Umberto Eco en Estados Unidos en 1995, se lee en apenas cuarenta minutos y te deja los pelos de punta. ¿El motivo? Algunas de las catorce señales que según Eco debían alertar del renacimiento del fascismo (tema muy lejos de ocupar a la opinión publica en 1995) son ya visibles. Y Umberto Eco no era un cualquiera, sino uno de los mejores intelectuales del siglo XX.

              La obra tiene tres partes, además de una breve introducción para contextualizar la conferencia, dada por un italiano a un público norteamericano: en la primera, Eco alude a la diferencia entre nazismo y fascismo. El primero fue fiel a sus bárbaros planteamientos, lo que permite reconocerlo con facilidad; mientras que el fascismo, en cambio, se caracterizó por ser capaz de abrazar una idea y su contraria, según le interesaba, lo cual dificulta su identificación. Advierte Eco a continuación que ni nazismo ni fascismo se presentan hoy con los mismos métodos, discursos y escenificaciones que utilizaron en el periodo de entreguerras, y hasta se permite bromear diciendo que ojalá fuera así, porque entonces sería muy sencillo identificarlos y combatirlos. La tercera parte de la obra es la enunciación y explicación de los catorce puntos que, a su juicio, son indicativos del renacer del fascismo. No deben darse los catorce, advierte, basta con que se dé alguno de ellos para que debamos empezar a actuar y, si no lo hacemos, a temblar.

              No sé otros lectores, pero a mí no me ha costado reconocer en la actualidad la mayoría de esas señales.



lunes, 3 de mayo de 2021

Transbordo en Moscú – Eduardo Mendoza

 


              

              Mientras leía Transbordo en Moscú (que pone fin a la trilogía Las tres leyes del movimiento, de la que también forman parte El rey recibe y El negociado del yin y el yang) constantemente me venían a la cabeza las expresiones «el placer de leer» y «el placer de escribir». De escribir, porque da la sensación de que Eduardo Mendoza se ha permitido el lujo de escribir por escribir, de contar lo que le apetecía sin pensar en nadie más, y que lo que le apetecía era navegar en aguas tranquilas, pues la historia vuelve  a ser la del recuerdo sereno de una época expuesta con la mirada de un testigo, no de un juez; además, en las entrevistas ha reconocido tener mucho en común con el protagonista, Rufo Batalla, con lo que el lector, que ya sabe a lo que se enfrenta, disfruta también de un relato que sabe aún más personal que los anteriores y que la prosa de Mendoza hace liviano y agradable, aunque tras él hay una mirada y unos conocimientos demasiado profundos de la realidad socioeconómica -desde la Barcelona olímpica y de la caída del muro de Berlín hasta el final del siglo- como para tomarlos por los recuerdos de un Rufo Batalla cualquiera. Dicho de otro modo, Transbordo en Moscú tiene algo de quijotesco por cuanto su lectura se vive como una amena conversación con el autor con un humor más fundado en la tranquilidad de quien no se juega nada en la conversación, en la que participa solo por el placer de hacerlo, que en la voluntad de hacer sonreír.

              La sensación, una vez concluida la trilogía, es distinta a la confusión que me produjo la primera novela, El rey recibe, tan distinta a lo anterior de Mendoza. Como ejercicio de memoria, es interesante, y a ello ayuda el temperamento del protagonista, siempre reflexivo y, a la vez, determinado (y de algún modo audaz), que mantiene una extraña relación con el sentimiento de culpa, o con la falta de él, porque con la misma sencillez con que reconoce sus responsabilidades admite la fatalidad de ser como es y no de otra manera, y no le da más vueltas a las cosas.

              Rufo Batalla se ha convertido, sin pensar, en el marido de una rica heredera. Cosas que pasan. Y se dedica abiertamente y con el beneplácito de todos al dolce far niente. La afortunada mezcla de tiempo libre y abundancia de recursos facilita la acción, pues Rufo va donde quiere y cuando quiere, sin escatimar medios, y lo mismo se mueve por Europa que por Estados Unidos. Total, ¿por qué no irse unos días a París para comprar un regalo de cumpleaños? ¿O a Viena o a Polonia a dar una vueltecita o donde estime conveniente? Estas idas y venidas permiten a Mendoza, aparte de mostrar en la lejanía el señuelo del príncipe Tukuulo, explayarse sobre la situación sociopolítica de buena parte de Europa. 

Lo peor de la novela (y de la trilogía) es aquello que, curiosamente, más da que hablar en sinopsis y prensa (¡ay, la promoción!): las supuestas y ¿descacharrantes? aventuras en torno al príncipe Tukuulo, aspirante al trono de un inexistente país báltico, que si en las dos primeras novelas de la trilogía no pintaban mucho hasta el punto de producir una ruptura poco  justificada y menos atractiva, en esta última, como si Mendoza se hubiera dado cuenta, se limitan a una aparición tangencial, a una escapadilla fugaz y con tan poca sustancia y sentido como todas las demás, aunque, eso sí, la ficticia ubicación de Livonia da ocasión a Mendoza para hablar con gran lucidez de la caída del muro de Berlín y del régimen soviético, aunque sin entrar en lo que vino después, que tuvo no pocos episodios chuscos y peculiares, pero trascendentales.

Me gustaría saber exactamente a qué ha respondido la decisión de Mendoza de que la trilogía se haya visto surcada por la subtrama de Tukuulo, la cual, no aportando consistencia al relato principal y solo el humor de salpicar la realidad de absurdo, no hace sino generar desconcierto. La trilogía cuenta una historia y media, sin que ni la primera –la historia de un catalán que por su edad y posición tiene unos recuerdos muy lúcidos del último cuarto del siglo XX- ni la otra media –Tukuulo- guarden entre sí relación alguna –fuera de la participación de Rufo Batalla-  hasta el punto de moverse en planos tan distintos como son la realidad y el absurdo, lo cual tanto se da con las situaciones como con los personajes, realistas unos y caricaturas otros.

Dicho lo cual, como, reitero, el asunto ya no sorprende, el lector de Transbordo en Moscú disfruta hasta de la previsibilidad de lo desconcertante. No es mérito pequeño.

Y termino volviendo al principio. Al publicar El rey recibe, Mendoza hizo declaraciones explicando la obra con un argumento inapelable: las cosas, a efectos personales, no son como fueron, sino como las recordamos. Tiene razón. Eso explica por qué los recuerdos de Rufo Batalla, tan brillantes y agudos en algunos puntos, se mezclan con notorias lagunas en temas relevantes. Probablemente, en su día, a Eduardo Mendoza esos asuntos le importaron un pito.

Una trilogía para ver el mundo como lo vieron los inteligentes ojos de su autor.



jueves, 29 de abril de 2021

Mariposas para los muertos – Diane Wei Liang

 



(Trilogía negra de Pekín, 2)

 

                El ojo de jade, primera novela de la trilogía, no me gustó demasiado, pero tuve la sensación de que la lectura había sido víctima colateral de la pandemia del covid-19, porque es la novela que estaba leyendo cuando comenzó el confinamiento en marzo de 2020. Que el virus y la novela vinieran a la vez y de China igual no era la asociación de ideas más estimulante en unos días en que mi mente no estaba precisamente en la literatura, sino, como la de todo el mundo, en los problemas personales y profesionales que la situación imponía.

                Mariposas para los muertos la he leído casi un año después, quince día arriba o abajo, y me ha servido para saber que la sensación de que la primera novela había sido víctima de las circunstancias era errónea: aquella primera novela no me gustó por las mismas razones por las que la segunda tampoco me ha chiflado: una acción algo entrecortada, con idas y venidas y encajes de piezas demasiado fáciles, demasiado sencillos, como si para encontrar una aguja en un pajar bastara pasear unos minutos entre la paja y enseguida la aguja saliera ella solita a saludarte. Eso, respecto a la trama. Respecto a los personajes, casi todos grises, planos y más de uno estereotipado. Y respecto al entorno, que quizá podría ser lo más atractivo, el Pekín de hace un par de décadas tampoco es que aparezca muy definido, más allá de la constante mención a la ilegalidad de las tareas de investigación privada -que por eso se camuflan-, y al omnipresente poder de la dictadura, que aplastando tiempo atrás la revuelta de Tian´anmen ha provocado dos cosas: que la protagonista, Mei, todavía no haya superado estar en aquella ocasión en el bando equivocado (esto es, de parte del Gobierno para el que trabajaba en el departamento de seguridad) y, por otra, que cierto pueblerino encandilado con aquella reclamación de libertad diera con sus huesos en la cárcel durante un porrón de años.

                ¿Qué más sucede? Pues que Mei es contratada por un mandamás de la industria musical para localizar a una joven estrella musical: Lin. No hace falta ser muy avispado para comprender que las dos historias se entrecruzarán conforme Mei pasee de un sitio a otro atando todos los cabos que el viento, siempre favorable, pone en su camino. Y como el camino es tan sencillo, lo «complicado» es el final: es el que es como podía haber sido cualquier otro, porque el planteamiento ofrecía múltiples soluciones.

                Los dilemas familiares de Mei son mencionados para que el lector no los olvide, pero si forman una historia que ha de evolucionar a lo largo de la trilogía, aquí permanecen como estaban. Poco aportan. O más bien nada.

                En resumen, ahora tengo un dilema: leer la última novela de la trilogía, ya que he llegado hasta aquí, a ver si entre las tres hacen más luz que por separado, u olvidarme de ella. Ya veremos.


lunes, 26 de abril de 2021

Un diamante al rojo vivo – Donald Westlake

 


 

                El otro libro que he leído de Westlake, Adiós, Sherezade, es una maravilla, razón por la que compré Un diamante al rojo vivo, recién publicado en RBA y, creo, lo único no descatalogado de este autor en España.

                Pese a mis expectativas, esta novela está a años luz de Adiós, Sherezade, pero no deja de ser una lectura amena y entretenida; literatura de consumo, pero buena literatura de consumo, evidentemente influida por la cinematografía, hasta el punto de que el lector cree estar viendo una de esas viejas comedias norteamericanas a la vez disparatadas e inocentonas.

                Dortmunder, el más relevante de los personajes, acaba de salir de la trena y es de inmediato reclutado por un antiguo amigo para dirigir una operación importarte: birlar un descomunal diamante expuesto en un museo, propiedad de un diminuto país africano, para entregárselo al otro país africano que lo disputa, cuyo embajador, un tipo obsesionado por los informes, es quien pretende contratar al grupo.

                La historia de la novela es la de la persecución de la joya: a cada paso que dan, surge un inconveniente, y para cada inconveniente encuentran una solución cada vez más audaz y alocada. A medio camino entre la novela de humor y la negra, con ese humor americano tan propenso a reírse de lo exagerado, Un diamante al rojo vivo es, sobre todo, una novela de acción donde todos los personajes (los cinco integrantes de la banda y otros dos caballeros que circulan por ahí) están tan bien definidos que el lector no debe hacer ningún esfuerzo por situarse. Literatura de consumo, he dicho, lo cual no significa que sea sencillo escribir con tanta claridad, fluidez y ritmo.

                Una lectura entretenida, para divertirse, desconectar y no pensar, que para eso también sirve la literatura.



viernes, 23 de abril de 2021

Reflexiones sobre literatura y humor

 



«El humor es el lenguaje que emplean las personas inteligentes para entenderse con sus iguales».


Edgar Neville (28 de diciembre de 1899-23 de abril de 1967)


jueves, 22 de abril de 2021

Las mutaciones – Jorge Comensal

 


 

                Que puede hacerse humor con el cáncer queda demostrado con esta novela de Jorge Comensal que, de un modo respetuoso y a la vez melancólico, enfrenta al lector a la historia de un abogado que sufre un cáncer de lengua, lo que deja fuera de combate su instrumento de trabajo, con las implicaciones económicas que eso tiene para él. Aunque, desde luego, las económicas no son las más importantes aunque sí las que ocupan cierta parte de su tiempo porque planificar estos asuntos sí entra dentro de su margen de actuación y de su voluntad, a diferencia del devenir de la enfermedad..

                No solo las células mutan en Las mutaciones. También lo hace en entorno del enfermo, y no solo por la enfermedad, sino por sus consecuencias para la comunicación. La esposa debe asumir un nuevo rol, los hijos, perdidos en su adolescencia, afrontan la situación refugiándose en sí mismos y en sus obsesiones, y la asistenta aporta las creencias supersticiosas. En medio, el codicioso y maleducado hermano de Ramón, que así se llama el protagonista. De todos ellos, con quien Ramón acaba entendiéndose mejor es con el más ajeno a su enfermedad: el loro que le han regalado. Pero tampoco le va del todo mal con Teresa, la psicoanalista a la que acude y que, además de estar como un cencerro, cultiva marihuana para sus pacientes sin llegar a saber quién psicoanaliza a quién: si ella a sus pacientes o a sí misma a través de ellos. El loro, la marihuana, la adolescencia, el hermano pendiente de su peculio, la esposa que ha de seguir viva sea cual sea su suerte... Cuando el cáncer hace presa en alguien, el tiempo puede detenerse para él, o quizá transcurrir más lento, pero para el resto del mundo sigue corriendo.

                Entre el diagnóstico, la operación, y la evolución de la enfermedad hasta el desenlace que conocerá quien lea el libro, las páginas transcurren con rapidez pero con sensación de calma, de lentitud, porque el autor no se recrea en los sentimientos, sino en los hechos, y es de ellos de donde brotan todos los momentos que hacen de Las mutaciones una historia bien estructurada, tierna y con un punto de melancólico humor negro.



lunes, 19 de abril de 2021

La guerra de los pobres – Éric Vuillard

 


 

                Tan pobres son los pobres que sus historias no dan más que para 94 páginas de las cuales un buen puñado están en blanco. Tan pobres son los pobres que su guerra se lee en una o dos horas. Lectura para una tarde, para un viaje, para disfrutar en una terraza con una cerveza delante (alemana, para no desentonar).

                Inspirada en la figura de Thomas Müntzer, predicador alemán que a comienzos del siglo XVI promovió una revuelta campesina que terminó en escabechina de campesinos, La guerra de los pobres más que una novela es un relato que, apoyándose en unos cuantos hechos y personajes anteriores a la época y a otros cuantos hechos atribuidos a Müntzer, nos recuerda que periódicamente el sentido de la igualdad y dignidad de todos los seres humanos se abre camino en el pensamiento, periódicamente esas ideas chocan contra los privilegiados que ven en ellas una amenaza para su estatus, y periódicamente éstos hacen valer la fuerza de su posición sacrificando la dignidad ajena para dejar las cosas como estaban.

                En resumen, el oleaje de la historia, que cada cierto tiempo embate el hambre contra las rocas de poder sin que haya otra esperanza que el lentísimo efecto de la erosión ni otra certeza que la ruptura de las olas contra esas rocas que, mejor o peor, van resistiendo, porque cuando unas caen otras aparecen detrás.

                Escrito con un lenguaje claro y tan intencionadamente austero que reduce la obra a las ideas que acabo de expresar, La guerra de los pobres es un buen libro, un libro de calidad, pero, a mi juicio, no la maravilla con la que fue publicitado cuando se publicó hace pocos meses. Sin el prestigio del autor, no hubiera sido fácil publicar una obra así.



jueves, 15 de abril de 2021

Día del libro. Recomendaciones literarias.

 

Se acerca del Día del Libro. Aquí os dejo, de entre los que he leído y reseñado en los últimos doce meses, una selección fabulosa para la salud de vuestra mollera. Para leer la reseña de cada obra, pulsad en la imagen.



 





lunes, 12 de abril de 2021

Seis cuatro - Hideo Yokoyama

 


 

              Hace catorce años, en un lugar de Japón se produjo el secuestro y asesinato de una niña de siete años. El departamento de Investigaciones Criminales de la prefectura codificó la investigación con el número «seis cuatro». El caso, a punto de prescribir, sigue sin estar resuelto y aún escuece no poco en la conciencia de cuantos participaron en los dispositivos de búsqueda e investigación. La máxima autoridad policial de Japón anuncia una visita, en apariencia de imagen, para reafirmar su compromiso con la familia de la víctima y dar un impulso, ojalá que definitivo, a las moribundas investigaciones.

              Al hilo de esta visita, el protagonista, recientemente trasladado, contra su voluntad, al puesto jefe de relaciones con la prensa de la policía en el departamento en cuestión, recibe el encargo de allanar las cosas para la visita del jefazo tanto con la familia de la niña como con la prensa. La tarea, relativamente sencilla, se transforma en un infierno cuando Mikami, que tal es el apellido del señor, intenta averiguar la razón de todas las trabas que encuentra.

              El origen de las mismas está en los enfrentamientos entre los policías «de calle» (que se sienten orgullosos de ser los «pata negra») y los policías «de moqueta», en las complicaciones personales de Mikami por ser ahora de los segundos y sentirse de los primeros, en las complicaciones aún mayores porque su propia hija adolescente ha escapado de casa y su esposa lleva meses noqueada por este hecho, en los líos, rivalidades y trapos sucios, en la enorme descentralización administrativa que suscita recelos del departamento –con diferencias notables entre cada rama- respecto a «Tokio», y  en las propias las intenciones «de Tokio», que enredan aún más las cosas. Y todo enfangado por los fallos en las investigaciones, que cada cual oculta o explota en su propio interés y según su calaña, enfangado también por una férrea jerarquía en la que, sin embargo, no es difícil saber quién va a sustituir a quién, y complicado, lógicamente, por la necesaria discreción cuando se investigan según qué asuntos. Un último elemento acaba de enloquecer la situación: lo encrespados de los ánimos de la prensa local a cuenta del tratamiento del anonimato en las informaciones policiales; una relación, la de la prensa y la policía, tan intensa como agobiante y en ocasiones disparatada. Y todo, con personajes que, en general, son más bien introvertidos. Por no decir muy introvertidos. Cuestión cultural, supongo.

              La compleja maraña de causas, intenciones y acciones se sigue razonablemente bien, aunque en ocasiones puntuales uno se siente un poco perdido. Algo parecido sucede con el organigrama y jerarquía policial, aspecto clave en esta historia. También hay que leer con cierta continuidad porque el número de personajes es considerable, y todos son presentados por su nombre y cargo; nombres, por cierto, que a la mayoría de los lectores no les bastará para identificar el sexo del personaje.

              La novela es intensa e interesante, aunque con altibajos en el ritmo, con abundantes reiteraciones que no traen por causa refrescar la memoria del lector y que podrían haberse evitado, ganando agilidad sin perder esencia. Está escrita con un nivel de detalle abrumador: solo falta acompañar al protagonista al baño, lo cual es bueno para trasladar la sensación de agobio y mayúsculo estrés al que se ve sometido Mikami, en buena parte por su propia curiosidad. En cuanto al final, es brillante; largo y brillante, con varios giros inesperados que no solo tienen por objeto proporcionar acción sino, también, provocar en el lector cierta conmoción por las implicaciones emocionales que tiene el modo en que las cosas alcanzan su desenlace. Seis cuatro es una novela buena, distinta a casi todo lo que puede leerse en novela negra, y enriquecedora desde varios puntos de vista (tanto por la situación personal del protagonista como por lo que muestra de la idiosincrasia japonesa y administrativa en Japón). Ahora, de ahí a decir, como dice la faja, que si hubiera un Nobel de novela negra había que dárselo a Yokoyama...



jueves, 8 de abril de 2021

La red de protección – Andrea Camilleri

 


 

(Serie Montalbano, 31)


                Dice la faja del libro (ese degenerado subgénero literario) que Vigàta está invadida por los suecos para rodar una serie, o algo así, como si el asunto fuera determinante en esta novela, cuando no es más que, a lo sumo, un decorado irrelevante, un artificio para que la reiteración de personas y lugares no se le haga pesada al lector que, como yo, ha llegado a leer las ya más de treinta novelas del comisario Montalbano. Y qué cerca está esta ya de la última, por cierto.

                En el marco antedicho, pese a las idas y venidas de los suecos y al modo en que disfrazan el pueblo, reina calma chicha en la comisaría de Vigáta, hasta el punto de que Salvo Montalbano está dispuesto a salir de su elemento, Sicilia, y volar a Génova para pasar unos días con su eterna novia, Livia. Tan plácida está la cosa que el comisario tiene tiempo para el reto que un lugareño le plantea: ayudarlo a averiguar por qué su difunto padre grabó varias películas, una al año, hace décadas, todas en la misma fecha, en las que siempre se ve un mismo trozo de pared. Apasionante documental, ¿eh?

                Las cosas, sin embargo, no pueden ser tan cómodas ni inofensivas, y apenas el comisario llega  a Génova debe volver de inmediato –cómo no- porque en un colegio se ha producido un tiroteo en el que se ha visto implicado su subcomisario, Mimí Augello.

                Como tantas otras veces, son dos los casos que evolucionan a la par, el de las películas y el del tiroteo, y como tantas otras veces ambos acaban convergiendo, si bien, en este caso, lo que tienen en común no son hechos ni personas sino motivaciones. Motivaciones, por cierto, que justifican el título de esta obra y que están relacionadas con la forma en que la obcecación y el miedo puede corromper los sentimientos elevados hasta convertirlos en lo opuesto a lo que se supone que son.

                Una vez señalado el argumento, poco más hay que decir, porque en La red de protección el lector encontrará todos los elementos típicos de la saga: la agilidad debida a los rápidos diálogos, el humor, los personajes con sus manías y, cada día un poco más, el sentimiento de vejez de Montalbano, que ya comienza a pensar en la jubilación, y sus lectores, snif, en despedirnos de él.