En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta Novela negra y policíaca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Novela negra y policíaca. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de mayo de 2026

Un bien relativo - Teresa Cardona

 


Qué gran novela es «Un bien relativo», y eso que, contrariamente a lo que me exige mi religión, siendo la segunda de una saga la he leído sin haber leído la primera. Eso sí, el elogio requiere un matiz que luego haré.

Protagonizan el invento una pareja de guardias civiles: la teniente Karen Blecker, más o menos recién llegada de Alemania, donde parece haber dejado atrás un pasado emocional conflictivo, y el brigada Cano. Ella vive en Madrid, en un gran, céntrico y antiguo piso familiar, y él en San Lorenzo del Escorial, donde ambos están destinados. Esos son los escenarios de la novela. Uno, la capital, un inmenso almacén de vidas, trabajos e incomodidades camufladas con la idea de que, aunque todo sea igual y se haga en todas partes lo mismo, «hay mucho donde elegir». El otro, San Lorenzo del Escorial, presentado como un lugar donde llevar una existencia tranquila, donde uno puede encontrarse y reconocerse a sí mismo, disfrutar de los placeres que en la ciudad, que tanto tiempo exige para todo, solo se pueden consumir, y todo a la sombra del evocador, imponente y silencioso monasterio desde el que se dirigió el «imperio donde no se ponía el sol». Esta imagen idílica de San Lorenzo del Escorial ha exigido a Teresa Cardona omitir lo que cualquiera que vaya allí puede ver: la plaga de segundas residencias y urbanizaciones que ha transformado el ideal en una especie de centro de consumo de descanso.

¿Argumento?

Estamos en 2015. En un camino que conduce a paseantes y conductores a un restaurante situado en un alto aparece muerta una monja ya mayor. La mujer ha caído, su cocorota ha dado contra una piedra y se ha descalabrado. Pobrecilla. Además, da más rabia cuando muere alguien inofensivo, como suelen parecer las monjas, que cuando casca un mal bicho.

Todo apunta a un accidente, ¿verdad? Ningún asesino recurriría a un método que exige fuerza para empujar y, sobre todo, una puntería que ni Robin Hood; a ver quién es el guapo que practica el lanzamiento de monja de modo que la sor dé el calaverazo en la esquinita exacta de un aislado pedrusco en la cuneta. Complicado, ¿verdad? Sin embargo, Karen Blecker y Cano son beneméritamente perspicaces y, como tampoco es del todo normal que las monjas se descrismen de buenas a primeras en andurriales donde nada pintan, comienzan a husmear.

Durante la investigación, que como historia es más bien regularcilla, la pareja no pone los pies en el cuartelillo ni aunque se lo recete el médico, y entre ir y venir se les pasa el tiempo de forma pasmosa. Avanzan a paso de tortuga. La autora pone a procesionar a ambos con varias finalidades: la primera, obvia, hacer progresar la investigación; la segunda, dar a conocer a los personajes (es curioso que, pese a ser la segunda novela de la saga, ninguno parece saber nada del otro; tendré que leer la primera); la tercera, retratar San Lorenzo del Escorial como un oasis que incluye numerosos atractivos gastronómicos, que Madrid está hecho para los consumidores y la masa, no para los sibaritas y la gente selecta. He llamado regularcillo a todo esto. Este es el matiz al que antes me he referido. Pero es que «Un bien relativo» toma su título de una historia que transcurre de modo alterno, allá por 1980, que es «la historia» de esta obra. Y esa historia es buenísima.

A los años ochenta el lector viaja para conocer la vida de quienes nada tienen, ni la más mínima cultura, excepto sus manos para trabajar. Son dos las protagonistas: la primera es una mujer joven, cargada de hijos, que malvive de lo que saca trabajando como sirvienta por horas en casa de personas más que acomodadas; tiene un marido alcohólico y brutal del que solo puede esperar arbitrariedad y violencia. La segunda es su hija mayor, una niña de unos catorce años, trabajadora, brillante en los estudios, pero condenada a no poder demostrar su valía por el trabajo que debe asumir para sacar la familia adelante. Como además una de la cosas que más tristeza me produce en la vida es intentar ponerme en  el pellejo de aquellos que, sabiéndose tan inteligentes y capaces como el mejor, deben resignarse a la incultura y a la falta de oportunidades por carecer de medios económicos, el asunto me ha tocado el corazoncito de un modo que no os podéis imaginar.

Y aún me lo ha tocado más por el dramático tema que aborda: el robo de bebés que proliferó durante toda la dictadura y se mantuvo hasta los primeros años de la democracia. Robos que se amparaban en el  «bien relativo» para la moral dominante que suponía sacar a un niño de las garras de las miserias causadas por la dinámica del sistema para regalarlo a parejas bien asentadas en ese mismo sistema. En ocasiones los robos se hacían sin conocimiento de las madres, haciéndoles creer que sus hijos habían nacido muertos; en otras, se forzaba la entrega del niño con todo tipo de argumentos en favor del recién nacido que en realidad amparaban la ambición de los nuevos padres; a ninguno de quienes intervenían en ese repugnante proceso se le pasaba por la antesala del cerebro la posibilidad de ayudar a las verdaderas madres a hacer frente a la vida en compañía de sus hijos. 

    También uno se pregunta por la anestesia moral que produce estar en paz con el sistema porque en él tienes la vida resuelta, la anestesia moral de clase: ¿cómo esa gente bien, de modales educados, amables y atentos entre sí y con el servicio, que desempeñaban sus profesiones con normalidad, podían promover y beneficiarse del semejantes animaladas? ¿Cómo vivir toda la vida sabiendo que tu hijo lo es porque su verdadera madre era una mujer desamparada y tuviste generosidad para amparar al bebé pero no a la madre, a la que dejaste pudrir porque ni te planteaste ayudar? ¿Puede llamarse a eso generosidad

    Y, por último, uno se pasma ante otro tipo de anestesia moral: la de los intermediarios. Algunos se forraron comerciando con bebés, y ya sabemos que el hambre de dinero ha justificado las mayores salvajadas; pero otros, especialmente en el ámbito religioso (¡qué razón tenía el papa Francisco en estar contra el clericalismo, es decir, contra la posición de superioridad moral del clero!), ¿a través de qué clase de perversión argumental y moral podían justificar ponerse al servicio de las clases acomodadas robando niños a las clases bajas para hacer aún más desgraciados a quienes ya lo eran? Creían hacer un bien, sí, pero era «un bien relativo», el que da título a la obra, porque no tenían en cuenta a todos los implicados. Omitían los intereses y sentimientos de los implicados a los que más atención deberían haber dedicado: los pobres de solemnidad, aquellos a los que atendió Jesús de Nazareth.

La historia de los años 80 es magnífica. De las que se recuerdan. El trabajo estajanovista, la precariedad eterna, la total ausencia de expectativas y esperanzas, la angustia por lo que cualquier mínimo contratiempo puede suponer, la explotación por unos señores bien muy amables con las empleadas por las que no cotizaban un céntimo a la Seguridad Social, las mismas que quedaban en la miseria como se les ocurriera romperse un hueso o debían asumir días de penuria y renuncias si pillaban una gripe; qué supone eso para una niña que se ve obligada a renunciar a esperanzas de prosperidad fundadas en su talento y valía para sostener la miseria en los umbrales de la supervivencia. Toda esta historia está contada de un modo exquisito, realista, testimonial, sin sentimentalismos ni soflamas. La historia de personas que asumen un destino en el que no hay día sin decepción, y en el que un día sin un nuevo problema es un triunfo que solo provoca la alegría del alivio. Quien tiene dinero suficiente no es consciente de la inmensa angustia que se puede llegar a sufrir ante, por ejemplo, la necesidad de poner gafas a un hijo. Gafas que siempre serán las más baratas y también las más malas y las más feas porque, te queden como te queden, no podrás elegir. Eres feo porque eres pobre. Eres guapo porque eres rico. Imposible no sacar la conclusión de que no hay guapos y feos, sino ricos y pobres.

Ni que decir tiene que ambas historias, la de la benemérita investigación de 2015 y la que viene de 1980 acaban convergiendo y explicando lo sucedido.

O, bueno… Explicándolo, explicándolo… Teresa Cardona da al lector la posibilidad de elegir qué sucedió, si bien, tal y como ha retratado a sus personajes, creo que la mayoría de lectores coincidiremos en la interpretación del final. Un modo de conclusión brillante. Aunque admito que si tuviera ocasión de hablar con Teresa Cardona le preguntaría qué imaginó ella. Por si las moscas. A fin de cuentas, ¿cómo vas a exigir, a quien la vida le pasa por encima, que controle sus emociones todos y cada uno de los segundos de su existencia? Y basta un segundo para tantas cosas… 


lunes, 5 de enero de 2026

Casas de cristal – Louise Penny

 


Cada otoño/invierno leo una novela de Louise Penny. Diez llevo ya. La llegada del frío me hace sentir mejor las ventiscas que azotan Three Pines, el calor de los fuegos en el bistrot, los que arden en las casas de los personajes, rodeados de butacas, y la reconfortante calidez de los cafés au lait que pimplan. Además, el paisaje otoñal que me ha rodeado en los lugares donde he leído esta novela y la anterior de la saga bien pudieran ser el de esta pequeña e inexistente localidad canadiense.

«Casas de cristal» me ha permitido disfrutar de esta manía porque la mayor parte de ella transcurre en otoño y alcanza las primeras nieves. El resto transcurre en Montreal, en verano, con un calor sofocante y todos los personajes chorreando sudor casi hasta que el libro rezuma.

Con esto ya avanzo algo: en esta novela Louise Penny alterna dos tiempos. Uno en el que suceden las cosas (noviembre) y otro, posterior (julio) en el que se juzgan. Aunque quien lea hasta el final verá que en julio también ocurren más cosas, como resulta lógico porque de otro modo no sería fácil mantener la dualidad.

La acción estival se centra en la declaración, día tras día, de Armand Gamache como testigo de cargo en el juicio por un crimen en Three Pines. Lo es a iniciativa del fiscal, con quien parece mantener disensiones. La jueza, novata, está ojo avizor. Por cierto, hablando de ella, en esta novela y en la que justo había leído antes, «La hora de la fuga», de Graziella Moreno,  aparece una mujer casada con otra, algo inédito en todo lo publicado hasta finales de la primera década de este siglo, lo que demuestra que poco a poco la realidad se va filtrando en la ficción.

La declaración de Gamache se enlaza con sus recuerdos, narrados estos al modo convencional de las novelas de Penny. Así sabemos que un buen día otoñal, en ese apacible y bucólico pueblecito donde nunca pasa nada (solo lo suficiente, ejem, ejem, como para alimentar una larga saga de novelas negras) ha aparecido un encapuchado misterioso al que no se le ve la cara porque también va enmascarado. El tipo se planta en mitad de la calle y allí se queda, quieto como una estatua, sin menearse ni hacer nada durante horas y horas. Tantas que el lector llega a preguntarse si llevará pañal.

Tan, ejem, inocente actividad (¿o inactividad?) pone de los nervios al personal, porque una cosa es ver a alguien disfrazado de mamarracho y otra sentirte a merced de un desconocido adefesio que lo mismo puede estar como una regadera que tener malas intenciones. El caso es que como Gamache y compañía son muy pitos enseguida enlazan el asunto con algo relacionado con España (ahí lo dejo) y con una inexistente isla entre España y Marruecos que Penny se inventa para la ocasión. El ataque de españolidad incluye alguna mención a la Guardia Civil.

No cabe comienzo más pintoresco y, a la vez, por la incertidumbre que genera una inocente pero amenazante inactividad, perturbador.

Con este planteamiento, y brincando de noviembre en Three Pines a julio en Montreal, Louise Penny consigue trenzar una compleja historia con un final tan apoteósico que parece mentira que haya empezado de un modo tan estrafalario: llega a haber un crimen, por supuesto, que para eso esto es una novela negra; y lo enlaza con el pasado local que otras veces ha traído Penny a colación (hasta donde alcanza la memoria de los más viejos del lugar, en especial la de la extravagante poeta Ruth Zardo), a su vez mezclado con un pasado aún más remoto, mítico y ajeno al lugar (en esta ocasión, inventado); añadan ustedes jugoso tomate relacionado con los cárteles del crimen y, por supuesto, las esforzadísimas andanzas del sr. Gamache al frente de la Sûreté du Québec, de la que es jefazo máximo tras haber descubierto, novelas atrás, que tal organización era un estercolero uniformado. El bueno de Gamache está decidido a hacer de esa organización algo modélico, pero debido a ese lamentable pasado los malos están a un pelín de convertirse en los dueños del mundo. Atizarles el épico mamporro que los contenga exige de don Armand las dosis de imaginación, osadía, heroísmo y sacrificio a las que ya tiene acostumbrados a sus seguidores, aunque en esta ocasión la inmolación llega a su cénit: no solo afecta a su pellejo y reputación, sino incluso a sus principios. Penny hace de su personaje en esta novela algo más que un brillante e intuitivo  investigador: la magnitud de la operación en que desemboca la novela y la abnegación de Gamache hacen de él un héroe. Discreto y abnegado, pero héroe. No es frecuente en la novela actual, que yo sepa. Por supuesto, Gamache también pisa charcos políticos (la política es uno de los contratiempos de todo héroe moderno), gracias, sobre todo, a ciertos personajes de visita en Three Pines que, la verdad, no están demasiado bien perfilados. Tampoco lo están otros dos, nuevos residentes. Como colofón, el monumental soponcio que afecta a uno de los personajes, al estilo de otro que ya dio Penny en otras novelas, hace encoger el corazoncito del lector adicto. Y al final, en ese punto, uno se pregunta cómo ha llegado la autora desde un pasmarote enmascarado a esa especie de batalla apocalíptica. Lo sabrá quien lea la novela. Construir una historia así tiene gran mérito, aunque solo sea por la imaginación. 

Pero en sus páginas concurren más méritos. Con lo que llevo dicho queda claro que la novela es muy peliculera. Esto no impide que esté muy bien contada, fenomenalmente estructurada y con la información eficazmente dosificada (aunque no tan bien como para que el truco del voluntario silencio de la autora no cante demasiado). Los personajes que aparecen en Three Pines para lo ocasión son los peor perfilados. Si por prisas por sacar una novela al año o porque ya no han de deambular más por el pueblecito, la autora lo sabrá. Pese a estos detalles negativos, el resultado global es una historia intensa, que atrapa. Una obra que, como las anteriores, hace reflexionar al lector, viendo al personaje, sobre la importancia de los principios. Gamache es de una honestidad tan quijotesca que pocas veces se ve en nuestra sociedad. Una honestidad que normalmente estaría reñida con el pragmatismo de no ser porque Gamache es capaz de, con una habilísima carambola en una partida de billar, hacer jaque mate en otra de ajedrez. 

    Que Gamache pase de eficaz investigador a héroe no sé si afectará a la credibilidad del personaje. Probablemente no, porque igual que gusta soñar con lugares idílicos, como Three Pines, también alivia pensar que los héroes existen. Ahora, que si yo fuera residente en Tree Pines y valorara su supuesta tranquilidad, mandaría al héroe de vuelta a Montreal con un lacito.




lunes, 1 de diciembre de 2025

La hora de la fuga – Graziella Moreno

 


Me ha gustado mucho esta novela, segunda que leo de Graziella Moreno. Dos son los motivos: un argumento bien tratado y una estructura narrativa que lo potencia gracias a un correcto control de los tiempos y a una no forzada dosificación de la información. Lograr ambas cosas de modo natural no es sencillo.

«La hora de la fuga» casi coquetea con la novela coral. Si en toda novela negra los «buenos» persiguen a los «malos», en esta dentro de cada uno de esos grupos también hay una especie de persecución. Cada uno de los personajes tira de la cuerda de la historia hacia un sitio, y es así, a través de estos movimientos un tanto espasmódicos y no lineales, como lo ocurrido va tomando forma ante los ojos del lector no tanto a través del descubrimiento sino de la progresiva ganancia de  nitidez.

La novela comienza con la muerte de una joven veinteañera recién casada, Noelia, tras caer por el balcón de una vivienda en la zona acomodada de Barcelona. ¡Vaya manera de terminar su noche de bodas! Puede ser un accidente. Pero también un suicidio. E incluso algo más. No está claro porque las primeras informaciones son confusas. La pista que la autora da en la primera página hace que el lector juegue con algo de ventaja respecto a los investigadores, pero no es definitiva y cumple el papel de generar cierta ansiedad: ¿Cuándo diablos se enterará la policía de lo que él ya sabe?

La policía es Tea Valverde. Una mujer demasiado joven para estar de salida y con demasiada experiencia como para ser una recién llegada. Su vida, como muchas veces sucede en este tipo de novelas, no es la juerga padre: el trabajo en el que se refugia de la soledad y de sí misma es, también, causa de esa misma soledad.

Esa necesidad de hacer algo, esa especie de profesionalidad forzada, es lo que hace huir a Tea del espíritu comodón de otros, enseguida dispuestos a dar por bueno el suicidio para seguir rascándose la panza y evitar problemillas e incordios. En ciertos ámbitos no hay como los carpetazos para vivir bien. Pero lo cierto es que en este caso hay cosas raricas, entre las que no es la menor la desaparición de Esther Sampietro, polémica escultora esposa de la fallecida. Y es que hay que admitir que si raro es morirte la noche de bodas, también lo es que la otra media naranja se esfume.

Esther, de la que vamos sabiendo cosillas de su pasado y de su salud mental, fue pareja de Mauro Rovira, exfiscal que malvive milagrosamente en Vallvidrera. Y es que vivir de la literatura, aunque sea mal, es milagroso. Es el único punto de la novela que linda con la fantasía, ejem. Dicha esta tontada, como Mauro no debe lo de «ex» a que su nulo renombre literario le haya permitido prescindir del despertador, infame artilugio, sino a las andanzas de su familia, Tea recela doblemente de él cuando el hombre husmea para saber qué ha sido de Esther: si no es aconsejable que alguien que puede tener información sobre una sospechosa ande metiendo la napia en la investigación, aún lo es menos si el caballero en cuestión tiene sombras en su pasado. Aunque, por otra parte, alguien que ha sido fiscal se supone que sabe por dónde anda, y como no fue él el problemático sino su parentela... Dilemas que a veces resuelven la prudencia y otras el pragmatismo.

    Mauro, en cualquier caso, juega un papel crucial en la novela, porque, aparte de su papel en la investigación, da mucho juego en lo emocional por su relación pasada con Esther, por los vínculos afectivos que aún permanecen y hasta por poder ser una tentación para Tea si al final resulta ser un tipo formalito y de fiar. Y, ya que menciono este tema, aprovecho para añadir que el sexo está latente en buena parte de la novela. Y en algunas páginas, algo más.

    Y con estos mimbres, acudiendo allí donde alguien pueda saber algo de alguien, va fluyendo la información, se van trenzando las relaciones, reconstruyendo pasados, apareciendo nuevos personajes, oscuros y turbios algunos,  se van complicando las cosas, se va avanzando escalón a escalón con capítulos no muy largos que alternan protagonistas iniciales y sobrevenidos y situaciones que el resto de personajes ignoran, haciendo del lector un diosecillo que lo ve casi todo y a casi todos desde arriba, hasta que, al final…

Buen final, que al principio sorprende, aunque en la última línea la autora lo reconduce a la lógica previsible, que no es cosa de cuestionar el principio de la navaja de Ockham sin ganancias de guion. Además, me ha gustado especialmente porque se produce en un lugar casi remoto comparado con Barcelona, y en un poco concurrido local como varios que yo acababa de visitar pocos días antes de leer «La hora de la fuga». En esos últimos párrafos me he sentido en uno de ellos de tal modo que no he tenido que imaginar nada, me ha bastado con recordar.


jueves, 11 de septiembre de 2025

El hombre del puerto – Cristina Cassar Scalia

 


Me resulta complicado explicar por qué los libros de Cristina Cassar Scalia me entretienen tanto. Quizá sea porque logra un difícil equilibrio entre las tramas (una mezcla de novelas negras de salón y novelas de acción) y el ritmo: constante, ágil, sin prisas, con textos que no dan rodeos, que solo olvidan lo principal para mencionar lo visible. Cristina Cassar Scalia practica una escritura muy eficaz, limpia, directa, que comunica con facilidad, aunque sin pretensiones artísticas. Es una contadora de historias. Y buena.

Para adentrarse en esta cuarta entrega de la saga de la subcomisaria palermitana de Catania Vanina Garrasi (Guarrasi en la edición original y en otros países) conviene haber leído las tres anteriores, porque si en algo Cassar Scalia es igualita a tantos otros escritores es en que utiliza la peripecia vital de su protagonista para crear una especie de trama de fondo que evoluciona de libro a libro, con el fin de crear un vínculo entre el personaje y el lector. Un vínculo que, aunque uno disfrute con él, suele buscarse por fines mercantiles.

Lo digo porque el final de la novela anterior, La cuesta de los saporani, supuso para Vanina un problemilla que se manifiesta en cada página de El hombre del puerto. Un problemilla que hace distinta y amena esta historia pero que Cassar Scalia resuelve al final porque cargar con él en futuras entregas hubiera sido un lastre al condenar a la reiteración de situaciones. El problemilla tiene como efecto, en esta novela, que la algo glotona subcomisaria no puede dar un paso sin escolta. Una escoltas un tanto pintoresca, pues, por conveniencia del guion sus propios compañeros la han asumido. Alegremente hacen jornadas de trabajo infinitas de modo indefinido.

El hombre del puerto que da título a la novela es el fiambre que aparece en un restaurante sin duda inspirado en A Putia dell´Ostello; en concreto, en la cueva-sótano de ese local, por la que pasa un río subterráneo, el Amenano (y que ustedes pueden visitar en Google Maps, buscando fotos en internet o cotilleando en este enlace a uno de los reels del restaurante en Instagram). Como siempre, el primer investigado es el finado. Hay que saber en qué ambientes se movía, con quiénes se relacionaba… Esas cosillas. Es así como pronto averiguamos que vivía en un barco (de ahí el título) y que era una bellísima persona, sin enemigos y apreciado por todos. O, al menos, por todos menos uno. El único hilo del que tirar es que el caballero, profesor venerado por sus alumnos, practicaba una especie de voluntariado para librar de la droga a jóvenes que habían caído en ella. ¿Será la mafia quien se lo ha cargado por jorobarle la clientela? Algo sabía el hombre sobre adicciones, pues en su juventud estuvo un tiempo en una comuna hippie, o algo similar, con flipados diversos que, tantos años después, ya no son fumetas sino gente respetable.

Y ya he contado demasiado, porque como los seguidores de la saga conocen, Vanina Garrasi suele echar mano de la experiencia y conocimientos del excomisario Biagio Patanè, que los tiene en abundancia por ser octogenario. No me voy a pronunciar sobre la gallina y el huevo (atribúyase la condición de gallina a la voluntad de la autora de enlazar presente y pasado y a Patanè la de huevo) pero es la memoria del excomisario lo que permite moverse en el tiempo y dar a los casos de Garrasi el atractivo literario de resolver viejos casos abordando los nuevos. Cuáles sean los antiguos y su relación con el presente lo sabrá quien lea esta novela.

Patanè y su celosísima esposa son la guinda de una panoplia de personajes ya conocidos por los lectores, variados en edad, habilidades, torpezas, vicios, debilidades, aspiraciones y hasta belleza, aunque todos, vamos a decirlo así, de la misma clase media que la mayoría de los lectores. Para terminar, como ocurre con tantos otros protagonistas de sagas, la relación de Vanina Garrasi con la comida sigue siendo importante y, al igual que esos ancestros literarios, se centra en la comida local y en locales tradicionales y ajenos al turismo. 

Y con todo lo dicho en los últimos párrafos vuelvo al principio: quizá el éxito de Cristina Cassar Scalia se deba a la naturalidad, sencillez y eficacia con que, sin que apenas se note, combina magistralmente muchos de los recursos típicos del género.


jueves, 4 de septiembre de 2025

Personas decentes – Leonardo Padura

 


Al ver el título cada lector evocará cómo es para él una persona decente. Sin embargo, creo que al terminar esta novela sus ideas al respecto habrán variado bastante.

Y es que algunas de las personas decentes que transitan por sus páginas lo son a pesar de sus delitos, e incluso gracias a ellos. También, lógicamente, el lector se plantea el frecuente dilema entre la decencia legal (actuar dentro de la ley y el orden, que son normas generales, comunes a todos y, por tanto, necesariamente limitadas e incapaces de recoger toda la realidad) y la decencia moral (actuar de acuerdo con la ética, que es una norma individual, propia de cada cual y presente en cada una de las realidades que cada persona afronta).

Y tras esta parrafada voy al grano.

De la serie  de Mario Conde había leído solo la primera novela, «Pasado perfecto», perfectamente pasada, porque no me entusiasmó. Desde ella, leída en 2019 y cuya acción transcurría en los años 80, he saltado a la última, «Personas decentes», que se desarrolla en 2016. Casi treinta años después. Entre una y otra el protagonista se ha transformado en un hombre 62 o 63 años que hace décadas dejó de ser policía para poner una librería de lance. El proceso de cambio me lo he perdido, aunque he podido constatar que el señor Conde tiene como pareja juntos-pero-no-revueltos a Tamara, amor platónico en aquella primera novela. La razón de no haber leído ninguna de las ocho que median entre ambas hay que buscarla en lo que acabo de decir de la primera y en lo bien que he oído hablar de esta última.

Y la fama es merecida. «Personas decentes» es un buen libro. Muy superior a casi toda la novela policial a la venta.

Padura utiliza en esta obra dos recursos bastante frecuentes. El primero consiste en contar dos historias paralelas, en apariencia independientes, que se desarrollan en capítulos alternos. Esto da agilidad a la lectura y permite al lector oxigenarse cada veinte o treinta páginas. En esta ocasión, la trama principal es la provocada por la muerte de un antiguo censor cultural del régimen cubano, un tipo cruel a quien nadie tiene motivos para recordar con cariño y sí con asco e inquina. De aclarar qué ocurrió se encarga el señor Conde, ya señor librero, cuando un antiguo colega reclama su ayuda porque los policías están hasta la gorra de trabajo a causa de la inminente llegada de Barack Obama a La Habana y, poco después, de la actuación de los Rolling Stones. La segunda historia transcurre un siglo antes, y se inspira (este es el segundo recurso muy común en la literatura actual) en una historia real. A ser posible, como es el caso, en historias de ilustres desconocidos. Gente relevante en su momento, pero no de primera fila. A veces ni de segunda ni de tercera. En esta ocasión se trata de la historia de Alberto Yarini (1882-1910), un lúcido joven de éxito, de buena familia, gran carisma, notorio proxeneta, que, cual flautista de Hamelin, encandilaba a todos con su sonrisa y su amable trato en pro de sus negocios y de sus aspiraciones políticas. Un adorable manipulador al que resultaba imposible no rendirse. ¿Qué tiene que ver una historia con otra? Nada. Solo que Conde, que protagoniza la primera, está escribiendo la segunda. El intento final de Padura de que ambas converjan es más voluntarista que efectivo, ya que la causa es un señor que pasaba por allí hace no sé cuántos años, forzada casualidad que le permite a Padura justificar el parto de mellizos. Pero ambas historias son interesantes.

La trama policial, la trama Conde, permite al autor dar su visión de la Cuba de 2016. Fidel Castro murió a finales de ese año. Había renunciado al poder en 2008, en favor de su hermano Raúl. La visita de Obama y la de los Rolling Stones prometía una apertura soñada por todos menos por los más engordados por el régimen. La novela se mueve entre esa esperanza y el desengañado escepticismo de Conde, que cuenta con la ventaja de ser la voz del Padura de 2022, que es cuando se publicó «Personas decentes». Además, Conde tiene repetidas ocasiones para pasmarse con la inexplicable aparición de nuevos ricos cubanos que gastan a manos llenas en establecimientos de hostelería donde la mayor parte de la población necesitaría el sueldo de una semana para tomarse un café.

La historia de Alberto Yarini nos conduce a la Cuba de un siglo atrás, casi recién lograda una independencia que no era tal por la influencia de Estados Unidos. Pero, así como en la trama Conde Padura es muy consciente de la diferencia de vida entre las élites y el pueblo, la de Yarini es una historia de élites en las que solo el policía que la cuenta representa, más mal que bien, al pueblo llano. Eso sí, la disoluta vida de Yarini transcurre entre prostitutas (simples instrumentos que no alcanzan a representar a casi nadie en la novela), hasta el punto de tener en su casa algo parecido a un harén. Es decir, el panorama de élites solo es matizado por el lumpen en que se mueven y al que explotan.

Ambas historias transcurren en Cuba, pero en tiempos y mundos diferentes. La de Yarini en una economía de mercado, capitalista, profundamente caciquil y fundamentada en atroces desigualdades (que apenas se mencionan) en el marco de una Habana en alegre y próspero crecimiento al servicio del dinero. La de Conde, en la Cuba de 2016, con La Habana ahora como decadente protagonista que intenta respirar gracias a una inexplicable oleada de progreso que solo beneficia a unos pocos, todo visto con la mirada nostálgica de quien conoció sus restos de brillantez; una Cuba con una dictadura aún contundente aunque suavizada en lo represor comparada con su propio pasado, pero incapaz de ofrecer a la población otra cosa que miseria. La prosperidad solo puede buscarse en la emigración o en engordar como parásito del régimen. La Habana, su esplendor a costa de la desigualdad, del abuso político; su decadencia, debida a la dictadura sustitutoria; y su ansiada y nunca llegada resurrección como metáfora de todo.

A este último respecto, llama la atención cómo todos los personajes hablan con el protagonista como si no formara parte, al menos por encargo, del aparato policial; como si todos dieran por hecha y compartieran su opinión crítica, aunque no virulenta, sobre el régimen. Nadie parece tener miedo de expresarse ante él. La visión que nos traslada Conde/Padura es crítica con el régimen cubano, aunque no se mencionan nombres, ni responsables, ni causas, como si se hablara de una fatalidad de la que, pase lo que pase, resulta imposible escapar y, por tanto, contra la que no merece la pena luchar. Como si Cuba fuera un país metido en un callejón sin salida y sin posibilidad de marcha atrás.

Cuento todo esto porque lo mejor de este libro son esos marcos en los que transcurre la acción. En algún sitio he leído la afirmación de Padura de que esta es su novela más policial. No puedo juzgarlo por haber leído solo otra de la serie. Cierto es que la trama Conde tiene su aquel como rompecabezas, como novela de salón, aunque las corazonadas del viejo exteniente permiten unos saltos mortales en la investigación que lo mismo depositan al lector ante una poeta fallecida cuatro décadas atrás que ante el mismísimo Napoleón. Como truquillo, el asunto de las corazonadas es demasiado facilón.

        No obstante, lo trabajado o no de estos truquillos es lo de menos. La trama pretende entretener, y el fondo social e histórico de los personajes es lo principal. O, al menos, lo que más que ha gustado

Volviendo al principio, casi todos lo que circulan en torno al malo malísimo finado pueden ser buenos o malos, pero unos y otros lo son influidos por achuchadas vivencias debidas a la situación política, económica y social cubana en cada una de las dos historias, lo cual causa que nunca sepamos hasta qué punto cada cual es, o no, una persona decente


martes, 27 de mayo de 2025

Sobre la losa – Fred Vargas

 


Serie Adamsberg, 11


En el hasta ahora último libro de la serie Adamsberg Fred Vargas ha metido la patita. ¿El motivo? Ha ido demasiado lejos en el intento de mezclar complejidades, misterios reales y fantasmagóricos. El resultado ha sido un empastre sin verosimilitud al que se ven los costurones como si en lugar de hilos hubiera usado tubos de neón.

Que nadie se haga ilusiones con la losa que, como sugiere la portada, es la de un dolmen. Su papel en la novela se limita a servir de colchón al comisario Adamsberg. Sobre él deja vagar la imaginación hasta que, en el reducido espacio de su mente, topa antes o después con el detallito que en ella había entrado sin llamar la atención.

La cosa comienza cuando en un pueblecito bretón aparece algún que otro señor apiolado, sin que se sepan los motivos. La cosa coincide con la «aparición auditiva» de no sé qué fantasma cojitranco que vaga por las calles. Pero si el asunto tiene enjundia es, agárrense ustedes, porque en el pueblecito vive un descendiente de Chateaubriand clavadito al célebre ancestro. ¿Y qué pasa por eso? Pues que, además de que el señor opera como una suerte de atractivo turístico, sería un desastre nacional que la gloria de Chateaubriand se viera salpicada por las andanzas del descendiente. En serio. No estoy pitorreándome: el honor de Francia está en juego si un señor al que hacen ganarse la vida como hombre anuncio en el culo del mundo durante veinticuatro horas al día -con el estado de ánimo consiguiente- resulta ser un delincuente. Ocurre que todo apunta a que el malo es este buen señor, el descendiente, pero como todos los investigadores son muy pitos advierten por aclamación que si todo señala tan claramente al Chateaubriand redivivo es porque alguien ha dispuesto las pistas apuntando a él. Luego el pobrecillo, aunque anda vivito y coleando, no es más que otra víctima. No he descubierto nada, claro: esto se cuenta en las primeras páginas.

Ya tenemos dos fantasmas. El cojo y el remedo de Chateaubriand.

Adamsberg y alguno de los suyos se instalan en el pueblecito y, como acostumbra, más o menos acampan en un restaurante del terruño donde en lugar de envenenar turistas as usual dan unas comilonas de aúpa. Selectas y por cuatro perras. El mesonero es un tipo de lo más colaborador e interviene en las discusiones sobre la investigación como uno más, intromisión marca de la casa Vargas.

El asesino de Sobre la losa no es un asesino normal, de los que asesinan sin más, vulgarmente, sin arte, como simples matarifes. El asesino de Sobre la losa, como tantas veces ocurre en la literatura y tan pocas en la realidad, comete asesinatos de autor. Es decir, con un ceremonial que algo debe de querer decir, ¿verdad? ¿Pero a quién? Tampoco hace falta ser muy espabilado para saber quiénes son los lectores de cadáveres, así que se diría que en la literatura los malos escriben cartas a los buenos en el pellejo de las víctimas, y que la escenografía opera al modo de disimulado pictograma para que el entretenimiento dure más que dejando la tarjeta de visita. En resumen, estos malos son gente tan idiota que desea ser pillada, aunque también tienen un algo juguetón.

Pero el caso es que, como verá quien lea esta historia, igual que se falsean correos electrónicos para que le entreguemos los cuartos a quienes dicen ser nuestro banco o la Dirección General de Tráfico, en esta novela, y esto al menos es relativamente original, hay quien falsea una de esas «cartas», con lo cual todo se lía aún más: junto a los fantasmitas aparecen otros malos que nada tienen que ver con ellos, y como Adamsberg es muy listo y les ve el plumero enseguida lo que ocurre, en perjuicio de la novela, es que en lugar de una investigación hay dos, porque en lugar de un caso hay dos; y joroba el texto porque ambas investigaciones no avanzan al alimón, de modo que lo que atrae al lector durante un montón de páginas de pronto queda en el limbo y ahí permanece durante otro buen manojo de papel.

Unamos a eso varias escenas (con Retancourt y Adamsberg de protagonistas) súbita e innecesariamente movidas, tan rápidas que no aportan tensión, tan violentas y aisladas que desconciertan y, al menos de la Violette, tan ajena a la trama que el resultado es un revoltijo que más parece una exhibición de situaciones inconexas que un relato sólido.

La forma, eso sí, no cambia. El lenguaje sigue siendo tan correcto y claro como siempre y la exposición del revoltijo es, paradójicamente, ordenada. Por supuesto, cada personaje sigue preso de las manías con las que el lector ya está encariñado (cómo no, si esta es la undécima novela de la saga), pero todo resulta repetitivo y pobre de espíritu, hasta el punto de tener que apartar del texto a secundarios reconocidos porque nada hay que hacer con ellos. Para colmo de males, estamos ante una de esas novelas en que la perspicacia del investigador se ve recompensada no con pruebas, sino con una confesión en plan «¡Vaya, me ha pillado usted!». Y es que los incriminados en las novelas nunca saben que, puestos a irse de rositas, calladitos están más guapos.

En resumen, que Fred Vargas ha tenido días mejores. 

Quizá, no sé, a sus ya 78 años le esté costando encontrar historias para una saga que supongo que mantiene más por razones monetarias que literarias, porque lo que no haya contado en cinco o seis libros difícilmente lo va contar en doce o trece. La primera novela de la saga se publicó en 1991, cuando Fred Vargas tenía 34 años. La segunda tardó 8. Después publico seis en poco más de una década. Las dos siguientes tardaron más, unos tres años de una a otra, y esta, la última, apareció seis después de la penúltima.

No sé qué haría yo si hubiera firmado una saga de tanto éxito. Pero, si no necesitara los dinerillos, probablemente decidiría dar o programar, al modo de Camilleri, un final digno a mi personaje. Y, sobre todo, no arrastrarlo. Ojalá que Adamsberg esté Sobre la losa no lo haya acercado a estar bajo ella. Pero no sé, no sé… 


lunes, 13 de enero de 2025

La lógica de la luz – Cristina Cassar Scalia

 


Segunda y muy entretenida novela de Cristina Cassar Scalia protagonizada por la subcomisaria de Catalia Vanina Garrasi, una mujer que llegó a esa tierra siciliana procedente de Palermo, huyendo de su pasado en la lucha antimafia. Claro que de lo que en realidad huyó fue del amor; del que sentía por su pareja, un fiscal antimafia al que en el fondo adora, pero con el que no puede convivir por el miedo a que el día menos pensado alguien le metan dos tiros en la cabeza y vuelva a sufrir como le ocurrió con su padre, policía asesinado ante ella por la mafia.

La lógica de la luz no es un libro para que los lectores se hagan los listillos (como, ejem, ha sido mi caso en este y en las novelas de intriga que he leído en los últimos meses), porque corres el riesgo de tener tan claro quién ha sido el malo que puedes perder algo de interés, creyéndote, como un memo, que has sido más listo que la autora. Pero no. Cristina Cassar Scalia quizá no haya sabido mantener la duda en el lector en esta obra, pero sí despistarlo lo suficiente para crear en él incorrectas certezas que se ponen de manifiesto al final, con varios giros de guion bien traídos, inesperados e ingeniosos.

Además, la novela atrapa. ¿Por qué? Pues no lo sé, que es lo mejor que se puede decir de un autor, porque eso significa que atrapa por todo. Por los personajes, por la trama y por el ambiente.

En esta ocasión sí he visto algunos puntos en común con Andrea Camilleri (sobre todo en el modo de actuar de algunos personajes procedentes de la primera novela, que aquí acaban de encontrar su papel), lo cual menciono porque fue esa comparación la que me hizo conocer a Cristina Cassar Scalia, pero, como ocurría con la primera novela, la enorme diferencia con Camilleri es que ella es en extremo puntillosa: a sus personajes se les acompaña a lo largo de toda la jornada y el lector sabe con todo detalle lo que han hecho y pensado en cada momento. También, como muchas personas, sus personajes viven en parte en el futuro. En el futuro al que temen o del que esperan algo. Y allí el lector les sigue acompañando.

¿Y de qué va la trama?

Una noche, unos pescadores aficionados que andan atrayendo peces con lucecitas cerca de la costa ven cómo un coche llega a un punto donde la carretera termina y alguien baja para lanzar al agua una pesada maleta. ¿Qué hay en ella? No se sabe, porque las olas la despanzurran y vacían, pero algo puede aventurarse debido a que presenta signos que la vinculan a la desaparición de cierta atractiva chica. 

    Reconstruir la vida de la desaparecida hace surgir en las páginas de la novela el pequeño universo que rodea a toda persona, desde el personal al profesional. La interferencia policial genera reacciones en él y… Y, bueno, el universo de la investigadora también se ve afectado por el trabajo, y a sus compañeros de trabajo también les repercute y…

    De todo ello surge no solo una trama que, como he dicho, no resulta sencillo de predecir pese a que durante muchas páginas pensé lo contrario, sino también, y es lo más importante, un conjunto de relaciones personales entre personajes diferentes por edad, sexo, profesión, estatus, intereses… pero que tienen miedos, afinidades, apetencias y otros intereses que se entrecruzan y convergen en muchos momentos, lo cual es lo mejor de la novela, con diferencia. Cristina Cassar Scalia no solo plantea una adivinanza con la trama, sino que con esa excusa muestra un paisaje humano y territorial rico y verosímil.

    El resultado es una novela dinámica y entretenidísima. Si ya la primera me gustó hasta el punto de que he tardado poco en leer esta segunda, tras esta lectura ya tengo en el punto de mira la tercera. 

    Y creo que la cuarta se publica muy pronto en España.


lunes, 9 de diciembre de 2024

Una ofensa mortal – Louise Penny

 


    El número de asesinatos en el diminuto y apacible Three Pines amenazaba con convertirlo en lugar de ensueño solo para psicópatas y matarifes, e incluso con ponerlo en el mapa. Hace ya algo de tiempo que Louise Penny solucionó parcialmente lo primero jubilando y trasladando a vivir allí a su personaje, Armand Gamache, exjefe de homicidios de la Sureté du Quebec. De ese modo, aunque los fiambres aparecieran en otro sitio, como Gamache se llevaría el trabajo a casa su entorno no variaría, y la paz de Three Pines se vería preservada. Sobre lo segundo, lo de aparecer en el mapa, como cada vez era más insostenible la existencia, en pleno siglo XXI, de una localidad como esa ignorada hasta en la cartografía, Louise Penny ha intentado dar una explicación en esta obra. Es ingeniosa y sirve a su objetivo, pero no se la compro.

    Gamache está jubilado, decía, pero solo más o menos. Porque para esta ocasión, y sin entrar en cuestiones administrativas, ha sido repescado para dirigir la escuela donde se forman los futuros agentes.

    O se deforman.

    O lo han elegido porque se deforman.

    Y es que, recordarán los asiduos de la saga, la cúpula de la Sureté estaba un pelín podridilla y, al parecer, a a través de esa escuela también se dedicaban a la ganadería intensiva de corruptibles.

    Así que allá va Armand Gamache, a poner orden y valores, ambas cosas muy relacionadas, y a hacerlo con sus peculiares métodos, basados en la introspección y en que todo el mundo es tan pito como para captar todos los mensajes que esconde cada frase, imagen y situación, y tan dispuesto como para encontrar el tiempo necesario para pensar.

    Pero, inexplicablemente, Gamache no se deshace de algunos de los profesores más conflictivos. Y, más inesperadamente aún, cierto caballero aparece patas arriba en la escuela. El bueno rodeado de malos y con un sanguinolento follón despatarrado. He aquí el tomate del asunto.

    A partir de aquí, nos topamos con las cábalas del comisario y su amigable y extravagante entorno, los rodeos insólitos da igual hacia donde porque todos acaban llevando a Roma, y, la salsa de este libro, la comprometida posición del protagonista. A la duodécima entrega de la saga ya no llegan lectores masoquistas, solo fieles seguidores, por lo que toda penalidad del comisario acaba poniendo al fiel lector al borde del pampurrio.

    Así es como una novela que comienza lenta hasta el punto de resultar algo tediosa durante poco más de cien páginas, adquiere de pronto un interés morrocotudo que impide al lector soltar el libro hasta alcanzar el punto final.

    Y llegados a él, aconsejo leer las emotivas notas de la autora.

    Una buena novela, escrita con el orden, claridad y concisión de siempre, aspirando más a la eficacia comunicativa que al arte, que gustará a todos los fieles y que, como casi siempre he dicho, es ideal para leer en otoño o invierno, temporadas en las que el lector se ambienta mucho mejor en el frío y en las montañas de nieve que cubren Three Pines y las ciudades canadienses causando menos estropicio que tres copitos en España.




miércoles, 6 de noviembre de 2024

La mano armada – Carlos Pérez Merinero

 


Los protagonistas de Carlos Pérez Merinero son violentos, malhablados, egoístas, desequilibrados, peligrosos, machistas y caprichosos. Serían repugnantes de no tener también un ingenio apabullante que crea un humor negro permanente. Pero el protagonista de La mano armada logra serlo merced a unas costumbres sexuales como para hacer vomitar a un jabalí.

O, dicho de una manera, La mano armada no es una lectura para estómagos sensibles (además, incluye escenas abiertamente porno) pero sí la disfrutará quien sepa apreciar el ingenio agresivo, el humor macabro y el dominio del lenguaje.

Madrid. Principios de los años sesenta, en pleno franquismo. Un joven inspector de policía da tumbos por la ciudad. Solo le interesa el sexo, el juego y su concepto de buena vida, para lo que no duda en abusar de su placa en un momento histórico en el que ser policía y tener derecho de pernada iba o no unido en función de los escrúpulos de cada uniformado. Lo iba en todas las ocasiones en que invitaba la casa al uso y abuso, y aún más. Lo más cercano que el protagonista tiene a una familia o a una amistad es una prostituta enamorada de él de la que no duda en aprovecharse.

La historia comienza cuando otro inspector, corrupto, por aquello de que la avaricia rompe el saco es apiolado por su corruptor, lo cual pone en marcha un mecanismo de venganza policial a las bravas en el que el protagonista juega su papel. Pero el hombre, se ve desde el principio, es un espíritu libre, lo cual le da opción tanto de despuntar como justiciero como de cagarla (perdón por la expresión, pero es la que mejor le viene al personaje). Cuál de las dos cosas ocurre y qué sucede después lo sabrá quien lea esta novela de unas doscientas páginas. 

        Pese a lo bestia y porno que es, la publicó Júcar, de la que fue director editorial Caballero Bonald, que no publicó obra mala. Por eso acabó allí La mano armada. Es brutal y maloliente, pero también una literatura excelente.


jueves, 3 de octubre de 2024

Cumplas compartidas – Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt

 



Serie Sebastian Bergman, 8


Creo que cada vez que he hablado de esta saga he dicho lo que voy a repetir ahora: escribir a cuatro manos suele estar abocado al desastre (¿verdad, Camilleri y Lucarelli?) salvo en los contados casos en que la compenetración, el buen hacer, la implicación sin reservas y la fe en el proyecto común es de tal intensidad que las ideas, más que sumarse, se multiplican. 

Es extraño encontrar algo así en literatura. Sin embargo, es el método de trabajo habitual entre guionistas, sobre todo en el caso de series, que por su longitud y premura (en caso de éxito) requieren un manantial de ideas de caudal regular. Es lo que son Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt, guionistas, y hay que reconocer que saben hacer su trabajo y que este se nota en sus novelas: son muy televisivas, o cinematográficas.

Dicho lo cual no me queda mucho más que añadir sin volver a repetirme, la verdad, porque Culpas compartidas, la octava entrega de la serie del psiquiatra forense Sebastian Bergman, tiene todo en común con las anteriores: la escritura absolutamente correcta, sin excesos, ni divagaciones, ni ineficacias ni fallos pero también sin alardes, en la que la eficacia comunicativa prima sobre cualquier aspecto parecido al arte, que ni se busca ni se encuentra tampoco por casualidad. Y esa escritura simplemente eficaz, pero muy eficaz, sustenta una historia ágil, dividida en capítulos cortos que animan a leer más y más, construida entrecruzando varias otras historias agitadas y emocionalmente intensas, de modo que no hay capítulo que termine sin dejar al lector con la miel en los labios y la promesa de saciar su apetito si sigue leyendo.

¿Qué historias se entrecruzan?

La primera, la de un nuevo asesino en serie. ¡Qué socorridos son en la literatura pese a ser casi inexistentes en la realidad! Un asesino que, nuevamente, reta a Bergman. Un duelo peliculero en el que parece que siempre gana el bueno, pero en realidad nunca es así, porque el bueno suele ser lo bastante incompetente como para que el malo, que muy listo no parece, deba reincidir para ir dejando nuevas pistas. A fin de cuentas, si no lo identifican ¿cómo va a presumir de haber ganado nada a nadie? ¡Ay, la vanidad! ¡Hasta los locos ficticios la tienen!

La segunda, que es mollar a estas alturas de la saga porque Bergman lleva penando 2400 páginas la muerte de su hija Sabine, de tres años, en el tsumani de Tailandia en 2003, es qué pasó realmente entonces. Quedó apuntando al final de la séptima novela de la saga y, lógicamente, quienes habíamos llegado hasta ella no nos íbamos a quedar sin saber más. Y aquí hay más aunque no cuente qué para no reventar nada a nadie.

La tercera tiene que ver con personajes bastante chiflados que vuelven, como también quedó apuntando al final de la anterior novela. ¿Verdad, Elinor? El papel que juega este personaje en esta entrega es brillante. Para felicitar a los autores. Me pregunto desde cuándo lo tendrían previsto. Si reapareció para hacer lo que hace en esta novela o si primero decidieron traerla de vuelta a la escena y luego pensaron en cuál podía ser su papel.

Y, finalmente, Billy. O, por ser fiel a este libro, «el puto Billy», que anda penando por las consecuencias de ser un matarife y está dispuesto a asumirlas todas… Menos una.

De fondo, claro, la verdadera historia, que como siempre no es la del caso concreto resuelto en la novela sino la de los personajes que la pueblan: Bergman, Vanja, Úrsula, Torkel, Billy, My, Carlos… El final queda abierto a nuevas emociones. En teoría, no tan potentes como las que prometió el final de la séptima novela, pero a saber.

Soy adicto. Lo reconozco. Me parece increíble cómo las autores han sabido mantener el nivel a lo largo de ya ocho novelas y hacer de todas ellas, en conjunto, una sola y apasionante historia.




miércoles, 14 de agosto de 2024

Arena negra - Cristina Cassar Scalia

 


En medio de las cenizas que hace llover el Etna (de ahí el título), que rocían las páginas de buena parte de la novela, un simpático bon vivant, que vegeta alegremente mientras espera el momento de heredar una fortuna, encuentra, en una casona familiar en desuso, un cadáver momificado. Nadie duda de que la mojama lleva allí el número de años suficiente para que el caballero no tenga nada que ver en el desaguisado, entre otras cosas por no haber nacido a tiempo de tener alguna responsabilidad. La finca es propiedad de su anciana, adinerada y severa tía, que no ha querido saber nada de semejante lugar desde que su marido fue asesinado, también allí, hace un porrón de años.

Así comienza una interesantísima y muy detallada historia, la primera protagonizada por la subcomisaria de Catania (aunque palermitana ella) Vanina Garrasi, a quien, a sus treinta y nueve años cumplidos en esta su primera novela, no hubiera conocido de no ser por una conversación en Twitter, en la que me aconsejaron leer, entre otros autores, a Cristina Cassar Scalia como forma de no echar tanto de menos a Andrea Camilleri (a quien por eso voy a mencionar tanto). Aprovecho esta reseña para agradecer la recomendación.

Lo que acabo de decir no significa, sin embargo, que Cassar Scalia y Camilleri tengan demasiado que ver. Es cierto que ambos son sicilianos y que Sicilia es el escenario de sus novelas. Es cierto, también, que la cocina juega un papel similar en sus obras, y que ambos personajes tienen viviendas peculiares y disponen, cada uno de un modo, de una señora entrada en años capaz de preparar en el momento adecuado las mejores delicias; también tienen sus amores (o desamores) en otra ciudad; e incluso el modo de presentar algunas cosas o personas es parecido; podemos añadir la existencia de jefes (de carácter opuesto) y diferencias (o rivalidades) y complicidades con responsable de la policía científica y los forenses. Pero aquí acaban las similitudes y se abren amplias diferencias tanto en el carácter de los protagonistas (Garrasi es cualquier cosa menos una cabeza loca) como, sobre todo, en el modo de escribir: si Camilleri es deudor de su oficio de guionista que le hace dar a sus historias una agilidad superlativa, Cassar Scalia (cuya profesión es la de oftalmóloga) parece influida por novelas mucho más elaboradas, lentas y pormenorizadas. Y así es Arena negra, una obra larga, de más de 400 páginas, cuya extensión se debe al amor por el detalle, a la minuciosidad, a unos personajes concienzudos que invitan al lector a participar con ellos en la investigación, a compartir avances y dudas, a elucubrar sobre culpabilidades… Una mezcla de novela negra de salón y de acción, porque la temática elegida, un crimen cometido hace décadas, permite por un lado la distancia «del salón» y, por otro, merced a un montón de testigos de avanzada edad, también cierta relajada acción. Los capítulos, no demasiado largos, producen sensación de dinamismo y permiten avanzar con fluidez.


Cristina Cassar Scalia

El comienzo es un poco confuso, debido a que en pocas páginas se presentan demasiados personajes imposibles de caracterizar en tan poco espacio. El modo en que se presenta la escena es, narrativamente, lo más parecido a Camilleri de toda la novela. Pero a medida que las páginas avanzan Cristinta Cassar Scalia es capaz de construir un universo, singularmente en torno a la unidad que dirige la protagonista (en esto también es un poco don Andrea, hasta el punto de que incluso hay un diligente policía cuya manía por el papel bien puede ser un paralelo del también maniático amor de Fazio, el personaje de Camilleri, por relatar contra viento y marea los antecedentes familiares de cada investigado).

A diferencia de otras muchas novelas policiales actuales (y a diferencia, también, de Camilleri) en Arena negra no hay varios crímenes independientes que, vaya por Dios, acaban cruzándose. Aquí hay un solo crimen, solo uno. Y ahí se centra la acción hasta el punto de que todo lo que después sucede es evidente que está relacionado. Bien por Cassar Scalia, por renunciar a ese típico conejo en la chistera para realizar una investigación compartida con el lector: es el mejor modo de hacer de él un investigador más, de hacerle partícipe de la narración, y más cuando lector y personajes deben, necesariamente, tirar de la imaginación para intentar hacer luz. 

Que Garrasi nació en esta novela con vocación de iniciar una saga es más que evidente, porque la subcomisaria, como todos los protagonistas de sagas, tiene su propia historia. La autora la dosifica muy bien, de modo que conocemos a la protagonista poco a poco, en parte por lo que hace con el caso concreto y su actitud, y en parte por lo que se va desvelando de su pasado. Ni que decir tiene que al final de la novela algo queda abierto para suscitar interés por la siguiente.

Me ha gustado Arena negra, me ha entretenido de lo lindo, y cada vez que he podido he buscado tiempo para leer unas pocas páginas más, a pesar de lo cual ha habido dos cuestiones que me han despistado, dos cabos sueltos que durante buena parte de la novela me han molestado como moscas pelmazas. Uno es el papel de la prescripción: cuando el crimen se fecha casi sesenta años atrás, da igual quién apioló a la víctima, porque de estar en este mundo ha ganado la prescripción y el papel policial se limita a identificar a la víctima y poco más. Cristina Cassar Scalia tarda casi cuatrocientas páginas en decir que el asesinato no prescribe. No sé si en Italia es así (lo dudo) o si, simplemente, lo puso por «exigencias del guion», pero en estos andurriales no se puede tardar tanto en contar algo así porque produce una intensa sensación de investigación artificiosa.

El segundo cabo suelto es peor. Mucho peor, porque es muy evidente: no investigar qué fue de cierta nilña (no digo más para no reventar nada a nadie) es un fallo tremendo, porque si alguien se ocupó de ella, ese alguien sabía. Y eso, cuando no sabes quién sabe, lo es todo. La autora podía haber evitado esta sensación de fiasco fácilmente, dedicando unos pocos párrafos a decir que lo habían intentado sin resultados, pero no lo hace, lo cual crea ese efecto «mosca» que, además, parece anticipar un golpe de efecto que, al darse (al menos parcialmente) se queda en coscorrón porque no sorprende. También se ve venir, a partir de cierto punto, la identidad del culpable, aunque el ingenioso giro final permite burlar la sagacidad del lector, que solo acierta así asá en la diana. Un «más difícil todavía» razonablemente bien traído.

En cualquier caso, que he disfrutado con esta lectura es evidente, porque fue terminarla y comprarme el segundo libro de la saga.

Seguiré informando.





jueves, 30 de mayo de 2024

El valle – Bernard Minier

 


Mi religión dice que hay que comenzar las sagas por el primer libro. Solo así se aprecia bien la evolución de los personajes y del autor y, también, evitas los destripillos sobre las andanzas de los personajes recurrentes, que a menudo son la sal de las sagas longevas.

He pecado en esta ocasión, pues he comenzado por el sexto libro de la saga del comandante Servaz, quien, por algo que le habrá sucedido en la entrega anterior, amanece en estas páginas degradado a capitán y suspendido de empleo. También he sabido que su pareja en tiempos inmemoriales desapareció sin dejar rastro (o, más bien, la hicieron desaparecer) y que además hay un malo malísimo, muy listo y pérfido (y, sospecho, lo bastante chiflado como para dedicar sus notables facultades al arte del asesinato) que por suerte ya está a buen recaudo en la trena, aunque a saber hasta dónde llega su influencia, porque estos malos malísimos tan manipuladores…

Bueno, pues es el caso que al esforzado, sacrificado, degradado y suspendido Servaz le ha hecho tilín cierta dama con la que anda refocilándose tan contento cuando, de sopetón, una llamada telefónica que parece venir del pasado pone patas arriba su vida. Poco menos que en calzones, sale pitando a los Pirineos. Allí espera, sin más recursos que su propia presencia, aclara una parte del pasado que lo es también de su propio pasado. Pero como para investigar suele hacer falta algo más que voluntad, acaba contactando con Irène Ziegler, responsable de la brigada de investigación de la gendarmería de Pau y, sospecho, joven vieja amiga de los lectores de la saga. El primer problema al que debe hacer frente doña Irène es que Servaz está en situación irregular. El segundo, que no puede hacer mucho caso a su colega porque han comenzado a producirse ciertos crímenes tan escandalosos como peliculeros, en un entorno, además, complicadito, porque la localidad pirenaica donde transcurren los hechos queda, con sus cuatro mil habitantes a cuestas, incomunicada para todo tipo de tráfico por tiempo indefinido. Ni que decir tiene que, aprovechando su presencia allí, Servaz se une a la fiesta investigadora en calidad de oyente y consejero clandestino. Y así, sin que nadie pegue ojo, van dando tumbos de soponcio en soponcio mientras el clamor popular crece, con rebeldes incluidos, porque a nadie le apetece ser el siguiente fiambre y porque la policía, que no da una, no pilla a un malo ni medio. 

       El autor no ha renunciado a nada al pintar el paisaje. Pese al aislamiento de la localidad, sus cuatro mil habitantes permiten un escenario urbano cuando hace falta, pero, situada en los Pirineos, también ofrece escenarios agrestes e inaccesibles. Y hasta aparece un monasterio solitario en el quinto pino. No es que la realidad en la montaña no sea así: en pocos minutos de coche puedes cambiar de un ambiente a otro, pero sí es cierto que Minier lo aprovecha para alternar entornos seguros y misteriosos.

En ese entorno tan, insisto, peliculero, transcurre la novela, organizada y estructurada de modo que resulte altamente adictiva gracias a la estupenda dosificación de la información. Entre eso y que el lenguaje es correcto, claro, directo, sin florituras y sin defectos evidentes, el lector se deja llevar y disfruta sin tener demasiado en cuenta otros pecadillos nuevamente peliculeros, como el perfil de ciertos personajes que parecen una parodia de sí mismos pero que, gracias a las bondades que he señalado, no desentonan del todo entre la gente «normal» que protagoniza la saga.

Una mezcla de novela negra de salón y película de acción con malos malísimos y buenos aficionados a corretear y brincar por la frontera con el otro barrio para hacer sufrir a sus admiradores.