En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta RBA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RBA. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de noviembre de 2025

El hombre de la rosa - Umberto Eco

 


Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.


Sin saberlo, he vuelto a leer esta novela, muchos años después, para intentar, sin éxito, desmentir su final.

Umberto Eco (1932-2016), uno de los más lúcidos pensadores europeos del siglo XX y comienzos del XXI, publicó su primera novela en 1980. «El nombre de la rosa». Su mayúsculo éxito desató una enloquecida moda por la novela histórica que, con altibajos, aún dura, y de la que han comido a dos carrillos y siguen engordando autores que encontraron la celebridad en este género.

A mí, en cambio, «El nombre de la rosa» me alejó de la novela histórica como una buena coz en salva sea la parte, porque es una obra tan buena que las pocas que leí después me parecieron escritas por el más tonto y torpe del lugar. Me produjeron el efecto de engendros paridos a base unir retales deslavazados de conocimientos recolectados a la buena de Dios en libros apenas seleccionados. Monstruítos del doctor Frankenstein que, a pesar de ir dando tumbos por la historia, eran presentados sin rubor por autores y editoriales como guapetones mozos del panorama literario.

Es lo que tiene el éxito, que los imitadores son una plaga. Levantabas una piedra y salían veinte escritores de novela histórica, como más tarde ha sucedido con la negra.

    Y es que, aunque los imitadores tenían la ruta bien marcada fueron incapaces de estar a la altura del guía: «El nombre de la rosa» aunó desde el primer momento el triunfo comercial con el prestigio literario, porque cuando la poción mágica incluye conocimientos profundos, profundísimos, eruditos y capacidad de comunicación…

Los conocimientos de Eco, que espolvorea con generosidad en cada página, abruman a cualquier lector por su cantidad y por la naturalidad con que los trae a colación; pero no por su complejidad, porque ahí está la habilidad del autor para hacerlos entender sin que el lector se sienta un zoquete. Eco respeta al lector y es capaz de darle a entender sin explicarle. No informa al lector de tal o cual aspecto, como tantos malos escritores del género se empeñan en hacer; simplemente, le deja ver y escuchar a los personajes, consciente de que la inteligencia y curiosidad del lector le ayudan a saber y a comprender y, al hacerlo, a integrarse en la historia.

Toda novela histórica contiene una historia con trasfondo histórico. La progrullada viene a cuento porque Eco hizo algo más: logró enlazar esa pequeña historia de los personajes con el momento histórico y ambas cosas con la Historia. Y esta, como apuntaré, con el presente y con cualquier momento del pasado, y yo diría que hasta del futuro. 

Unamos a todo lo dicho buenas dosis de misterio (la biblioteca), los ganchos de la novela negra, de la novela de acción o aventuras, la presencia latente del sexo, incluido un tema, la homosexualidad, en 1980 más rompedor que ahora, y el siempre morboso mundillo de los lugares prohibidos, como los conventos, y el resultado es una novela que leí hace chorrocientos años y a la que varias décadas después he vuelto para disfrutarla aún más gracias a que durante este lapso he conseguido (por viejo, no por diablo) amueblar un pelín mejor la cocorota.

La trama superficial, vamos a llamarla así, es sobradamente conocida: a principios del siglo XIV un franciscano, Guillermo de Baskerville (apellido que hizo célebre Sherlock Holmes gracias a su sabueso, un tipo de chucho, como Guillermo, muy avispado a la hora de seguir rastros) llega a una impresionante abadía situada en lo alto de un monte. En realidad, el recinto incluye la abadía en sí misma, una imponente fortaleza, caballerizas, cochiqueras, huertos y todo lo necesario para que vivan y trabajen los monjes y el populacho a su servicio. Es una abadía de prestigio debido a la inmensidad de su célebre biblioteca, que es también misteriosa pues solo el bibliotecario y su ayudante pueden acceder a ella vaya usted a saber por qué. Bueno, sí, porque hay conocimientos peligrosos. Pero, ¿cuáles serán? Guillermo va a acompañado de un novicio benedictino: Adso de Melk, que es quien, ya anciano, cuenta la historia (la cual, a su vez, fue descubierta y ofrecida al lector por un narrador inicial que pronto desaparece, al estilo, más o menos, del Quijote). Aparentemente, es una «novela negra» en la que Guillermo y Adso acaban desentrañando qué hay detrás de la misteriosa muerte de varios monjes. Hasta aquí, la historia pequeña.

La historia del momento es agitada y se mezcla con la anterior: el Papa, Juan XXII, segundo papa de Avignon, está enfrentado al ganador de la disputa por el trono del Sacro Imperio Romano Germánico (Luis IV de Baviera). Ambos se cruzan acusaciones de herejía y Luis, además, ocupó Roma coronándose emperador en San Pedro, deponiendo al Papa (el cual a su vez excomulgó al pueblo romano) y nombrando un «antipapa» que en solo dos años se sometió a Juan XXII. Entretanto, Luis tuvo que salir pitando de Roma ante la sublevación del pueblo. Entre las tortas cruzadas figuran unas cuantas, abundantes, en el culo de los franciscanos, con la excusa de la polémica en torno a la pobreza de Jesucristo que los inspiraba y a ciertas derivas radicalizadas y consideradas heréticas surgidas en torno a ellos; además, las teorías franciscanas dejaban en mal lugar, por oposición, la acumulación de poder y riquezas del papado. En la novela, Guillermo de Baskerville, franciscano que por serlo es de plena confianza para los suyos y al que el papado da algún crédito porque ha sido inquisidor (inquisidor razonable, dicho sea de paso), acude a la abadía para intermediar/ayudar/averquépuedohacer en el encuentro entre representantes del Papa y de los franciscanos, que en ese contexto es casi tanto como decir del emperador, al que el Papa acusa de protegerlos aunque más bien lo que hace es utilizarlos. Otras figuras históricas como Guillermo de Ockham, Michelle de Cesena y algunos más pululan por las páginas, unos por su propio pie y otros por referencias.

¿Y cómo enlaza este fragmento de la historia con la Historia? A través del debate sobre la pobreza de Cristo, que es el debate universal e intemporal en torno al poder. A la diferencia entre tener y no tener. A cuáles son los valores que rigen la conducta humana por contraposición a cuáles la deberían regir. La Historia es la perpetua lucha entre quienes quieren ser poderosos a costa de quienes no tienen ninguna posibilidad de serlo. Y también la eterna lucha individual entre el ser animal y el ser espiritual. Esto entronca, como podrá comprobar cualquier lector, incluso con las disquisiciones teóricas actuales entre izquierda y derecha, sobre la legitimidad del poder, sobre la libertad, sobre la legitimidad de cada modo de enfrentarse al poder, sobre mil cosas. 

Pero aún hay más: las reflexiones en torno al humor, a la risa, que acaban siendo un elemento crucial en la novela entronca «El nombre de la rosa» con la concepción cervantina del humor. El humor como mecanismo de defensa que nos permite, si somos capaces de mantenerlo, capear el miedo. Y, sin miedo, nos sentimos libres. Sin miedo, hasta no nos importa no ser eternos. Sobre este tema he publicado varios artículos en este blog y he filosofado en algunas entrevistas. El humor es una filosofía de vida… muy complicada de aplicar en los momentos más difíciles. También de esto trata la novela. De cómo ser y sentirnos libres en medio de tanta cadena.

En resumen, el lector más superficial se encuentra con una interesantísima historia de intriga; el más apegado a la historia puede añadir un buen repaso a un periodo convulso allá por el año 1327; al más abierto toda esta obra le servirá también para mirar con ojos lúcidos el presente; aún habrá quien, dando un paso más allá, disfrute como un gorrinillo en una charca con la erudición y los latinajos que espolvorean el libro, de los cuales, por cierto, esta edición no ofrece traducción, lo cual me parece bastante mal; y todavía habrá quien sea capaz de encontrar una filosofía de vida.

El final de la novela es excelente en el cierre de todos los frentes abiertos, aunque, por desgracia por la confusión que en la memoria produce el paso de tiempo, fue corrompido por la versión cinematográfica, también de mucho éxito. En la película puede interpretarse que la frase final recuerda el amor del ya anciano Adso de Melk. El amor que pudo ser y no fue. O, mejor aún, que la frase es un canto al amor de alguien enamorado del amor. Pero no. Nada que ver. Eso fue una concesión mercantil al final feliz. En el libro, aunque sin decir que cambiaba «Roma» por «rosa», Umberto Eco, para terminar este mayúsculo novelón, hizo a Adso parafrasear un verso de Bernando Morliacense, monje benedictino del siglo XII. La conclusión del anciano Adso, tras todo lo que primero ha ocurrido y narrado y ahora está ya disuelto en el pasado, bien puede suscribirla cualquier historiador, como también lo fue Eco: «Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus».

Tiene razón. Pero yo, por intentar quitársela, me he reencontrado con la rosa muchos años más tarde, aunque ahora, cuando de nuevo ya no la tengo entre las manos, solo me quede, de nuevo, su recuerdo. ¿Y qué es un recuerdo más que una sensación a la que evocamos con un nombre? El nombre de esta rosa es «El nombre de la rosa».


lunes, 3 de febrero de 2025

48 pistas sobre la desaparición de mi hermana – Joyce Carol Oates

 


Marguerite, una inteligente y bella mujer joven y prometedora, salió de casa sin llevar dinero, ni equipaje, ni nada que hiciera pensar que se iba a largar. No volvió a saberse de ella.

Gigí , hermana y narradora, la mayor parte de las veces se refiere a Marguerite solo como «M.», lo cual ya es significativo. Ambas vivían con su padre, un hombre notable y adinerado, en una mansión en un sitio pintoresco, los Lagos Finger, situados al norte de los Estados Unidos, cerca de Canadá y de la zona de los Grandes Lagos, llamados así porque, alargados y estrechos, su disposición recuerda a los dedos de una mano. Viven junto a la orilla del lago Cayuga, en una localidad llamada Aurora, al norte del lago, en su orilla este, a poco más de media hora en coche del extremo sur, donde se encuentra la ciudad de Ithaca. En este entorno se mueve la acción.

Gigí es una mujer que comienza pareciendo normal y pronto empieza a mostrar sus rarezas. Además, a diferencia de su hermana, ni es inteligente, ni guapa, ni prometedora. Trabaja en la oficina de correos, atendiendo al público y, también a diferencia de M., es bastante insociable.

A lo largo de cuarenta y ocho capítulos cortos, lo que Gigí cuenta crea primero la duda de qué le ocurrió a su hermana y de quién es el responsable, pero estas dudas cambian (no diré cómo ni hacia dónde para no desvelar nada) ante la aparición de algunas certezas para el lector. Otra cosa es que las certezas lo sean verdaderamente, porque siempre hay un algo que… Bueno, y el giro final es espectacular, inesperado, permite más de una interpretación y deja una huella notable entre otras cosas porque, sea cual sea la interpretación que haga el lector, siempre habrá un inocente que de algún modo paga el pato como consecuencia de la acción de la justicia o de la vida.

Como es habitual en Joyce Carol Oates, o al menos en los libros suyos que llevo leídos, el protagonismo recae en mujeres, que siempre son víctimas, aunque a veces también forman parte del problema; y siempre, también, hay hombres que o forman parte del problema o son el problema. Lo único que no son los hombres son víctimas. Es decir, el machismo siempre está presente y, en particular, a través de la violencia real o sospechada.

Un libro ameno, bueno, que fuerza la participación del lector, pero áspero por lo que de amargada tiene la narradora y lo que de truculento tiene una historia en la que el lector debe mojarse.


jueves, 11 de abril de 2024

La hija del tiempo – Josephine Tey

 



La hija del tiempo es la verdad, nos dice la autora ya en la primera página. Otra cosa es que el embarazo dure medio milenio, como ocurre en esta original novela escrita a finales de los años cuarenta del siglo pasado y que, cincuenta después, fue elegida como la mejor novela negra de la historia por la «Asociación de Escritores de Novela Negra», dice la solapa sin dar más pistas sobre esa asociación.

Mucho optimismo hace falta para sostener esa opinión. La hija del tiempo es una obra peculiar, original, que consigue el difícil logro de ser una novela histórica que transcurre en el tiempo presente, pero tanto como para ser la mejor… Y además, la mejor novela negra… Como mucho es una novela negra de salón; esto es, más un juego intelectual que un viaje a los bajos fondos.

En inspector Alan Grant se ha dado un poco heroico porrazo, a consecuencia del cual está en el hospital.  En él, más que los huesos, le duele el aburrimiento. Un aburrimiento tan intenso que ni le apetece leer los libros que todo el mundo le regala. Su relación con el resto de seres humanos se limita al contacto con un par de enfermeras y algunas visitas, entre las que destacan las efectuadas por la bella actriz Marta Hallard, que vaya usted a saber de qué la conoce porque es la primera novela que leo de Tey y, por tanto, la primera protagonizada por este señor. Entre el material que la actriz le lleva un día hay varias láminas. Una de ellas del rey Ricardo III. Y Grant, que no tiene mucho que hacer, queda atrapado con un semblante que unas veces parece corresponder a un carácter y otras a otro completamente opuesto.

Es así como comienza a indagar en la figura de Ricardo III, un rey maldito por su fama de infanticida, por haber hecho asesinar, o eso se le atribuye, a sus dos sobrinos, refugiados (¿o presos?) en la Torre de Londres. Un rey y una historia inmortalizados por Shakespeare.

¿O…?

¿O no fue tan animalico el señor?

Conforme el inspector Grant va atando cabos entre lecturas, recabando opiniones de unos y otros y, también, realizando «encomiendas bibliotecarias», va llegando a conclusiones opuestas a las que se han conformado la historia «oficial». No solo eso, también comprueba que en la historia se han dado por buenos datos manifiestamente falsos. Y así, entre la plaga de parientes, bastardos y demás ralea que pasaba por allí hace quinientos años y que a veces desorienta porque la autora habla de todos ellos como si el lector llevar el árbol genealógico de los York, los Plantagenet y los Tudor en la cabeza, entre toda esa tropa, digo, el inspector navega con pericia para acabar llegando a la conclusión de que la historia no es cómo nos han contado, sino como sabrá quien lea esta corta novela… ¿negra? ¿O histórica? ¿O históricamente negra? ¿O una historia negra de la historia? Elijan ustedes.




lunes, 13 de septiembre de 2021

Los amores difíciles – Italo Calvino

 

 

                Los amores difíciles no se cuentan entre las grandes obras de Calvino, lo cual no quiere decir que no merezca la pena leer este libro con un conjunto de relatos dividido en dos partes. La primera, titulada Los amores difíciles, contiene trece relatos breves donde los problemas en torno al establecimiento de la comunicación es lo esencial. La segunda, La vida difícil, contiene dos relatos que poco tienen que ver con los anteriores, aparte de implicar una «vida difícil» en convivencia; uno de ellos puede resultar particularmente asquerosete para algunas personas.

                La calidad salta a la vista por el rigor y eficacia con que se usa en lenguaje y la claridad de la exposición, sin titubeos, paja, ni saltos al vacío. Pero la intensa corrección formal no es lo que más llama la atención. La clave, aquello por lo que el lector recordará esta obra, es el nexo de unión entre los relatos: las dificultades de comunicación, la dificultad, a veces la imposibilidad, de tender puentes en el amor, bien para iniciar una relación, bien para mantenerla. En muchos de los relatos dos partes parecen dispuestas a encontrarse, pero son incapaces de hacerlo. Otras uno cree estar acercándose, pero equivoca el camino o, simplemente, la interpretación de la voluntad del otro. ¿Por qué? Eso es lo que el lector debe averiguar reflexionando sobre cada historia. A veces hay errores en la interpretación de las señales; a veces lo que falla son los tiempos; en otras parece existir una especie de «miedo o pereza de fondo» que hace dar un paso atrás en el momento clave, como si lo interesante no fuera llegar sino comprobar si uno es capaz de hacerlo.

                Una lectura para ratos perdidos que, aunque me ha gustado, seguramente lo hubiera hecho más de haber podido realizarla en momentos más favorables.



jueves, 8 de julio de 2021

La hoguera de las vanidades – Tom Wolfe

 


             

              La vanidad nos hace creer mejor de lo que somos, luego la verdad es su enemiga.

              Tom Wolfe construyó esta larga y magistral historia a partir de lo que pudiera ser uno de esos casos de laboratorio que a veces se usan en los talleres sobre relaciones humanas; uno de esos casos en los que nadie es por completo culpable (o donde todos son casi inocentes), pero donde todos tienen algo que ocultar (a veces, simplemente, sus motivaciones) y es su conducta estratégica lo que determina la ética de su comportamiento y termina agravando el problema de partida.

              Y es que una o varias cosas ciertas no son una verdad. Son una mentira. La verdad surge del conjunto de todas las cosas ciertas que inciden en la situación evaluada. Basta una omisión para que la verdad escape por su hueco.

              Es lo que sucede con casi todos los personajes de esta apasionante novela: el protagonista quiere ocultar que tiene una amante; la amante también quiere ocultar que conducía; un tal reverendo Bacon camufla que solo persigue el dinero; Fallow, el periodista, esconde la falta de mérito de sus supuestos éxitos para vivir de ellos; el fiscal y el vicefiscal tratan de acomodar la «realidad» a sus ocultos intereses personales; otros tratan de esconder sus delitos... Y esto, unido al «orgullo social» de una ciudad que en los años 80 era la referencia mundial, hace que todos estén pendientes de desarrollar las apariencias para no sentirse menos que nadie.

              El entorno no podía haber sido mejor escogido: en la época en la que se escribió y transcurre esta novela –los años 80 del siglo XX- la cúspide social estaba en los mercados financieros, como ahora lo está en las grandes multinacionales de nuevas tecnologías, y Wall Street representaba el cénit de ese ambiente. El summun, como ahora lo puede ser Silicon Valley. En consecuencia, Nueva York era también la referencia mundial de la vida social. Quien triunfaba en Nueva York había triunfado en el mundo. Buen lugar para cultivar vanidades y egos desmesurados.

              Sherman McCoy, el protagonista, va en su lujoso coche con su amante y al tomar una salida equivocada se pierden en el Bronx. Al huir de lo que creen un intento de atraco, con ella al volante, dudan de si han llegado a golpear a uno de los atracadores. A partir de aquí, y con el simbólico telón del fondo del único inocente completamente desactivado (Wolfe se cuida mucho de dejarlo en esa posición), los participantes en esta opereta se van retratando con las omisiones con las que tratan de provocar la confusión entre el resto de hechos ciertos y «la verdad». Pero como cada cual omite lo que le interesa, cada omisión genera una «verdad» distinta; y, claro, entonces las cosas no cuadran, se van complicando y en el intento de mantenerse a flote casi todos se ven arrastrados a pasar de mentir por omisión a mentir por acción. El resultado, como puede suponerse, nada tiene que ver con la justicia (con la verdad) y sí con la habilidad de cada cual y con su posición de partida.

              Pero si interesante es la trama y el juego de estrategias que la hace avanzar, lo que hace de esta novela una obra magnífica es la profundidad y crudeza (tan explícita que rezuma humor cínico) con que se exponen los miedos de cada cual, que no son otra cosa que el reverso de su vanidad, y los pasos y huidas que esos temores inducen. Pese a que los personajes son muchos, muy distintos y prácticamente todos muestran sus ambiciones vanas y sus defectos, raro será que el lector no logre sentir cierta simpatía –y antipatía- por todos ellos, porque gracias a la habilidad de Wolfe todo, desde los anhelos a las debilidades, se hacen comprensibles y, también, porque en un mundo físicamente violento todos ejercen la «violencia de la mentira», que parece menos peligrosa aunque en realidad puede tener consecuencias fatales. El mejor retratado es, lógicamente, el protagonista: Sherman McCoy. El «Amo del Universo» lo mismo nos parece un estúpido fatuo que un pobre adolescente de 38 años atormentado por haber transgredido, sin querer, normas que otros se saltan sin pestañear. Es un personaje peculiar: íntegro en lo que tiene que ver con el cumplimiento de las normas legales, pero con una moral relajada en las relaciones de pareja y completamente estropeada por el entorno en cuanto a los valores y al sentido de la vida se refiere.

              La historia se refuerza con el enorme contraste entre esa exigua cúspide social de personas adineradas y enamoradas de sí mismas y el desastre vital, la absoluta marginación que se vive en el Bronx. Blanco y vecino de Park Avenue es sinómino de honradez y éxito. Negro y vecino del Bronx, lo es de delincuente. El racismo, lo mismo el asumido por quien lo practica que el no asumido, enmarca la obra, lo que no quiere decir que Wolfe nos hable de buenos y malos. Más bien intenta ser descriptivo: hay blancos racistas que no saben que lo son y hay negros marginados que se resignan a seguir siéndolo; todos ellos son poco ruidosos; pero hay también blancos y negros que quieren prosperar fingiendo luchar contra el racismo y estos, en cambio, sí hacen ruido, y mucho. Mucho más que los poquísimos que sí emprenden honestamente esa lucha. ¿Qué sale de todo esto? Una serie de presunciones tenidas como «verdades» por la «vanidad» de cada grupo social, falsas verdades que arden también en la hoguera que relata Tom Wolfe y que acaban provocando el incendio en el que terminan ardiendo una parte de los protagonistas.



lunes, 26 de abril de 2021

Un diamante al rojo vivo – Donald Westlake

 


 

                El otro libro que he leído de Westlake, Adiós, Sherezade, es una maravilla, razón por la que compré Un diamante al rojo vivo, recién publicado en RBA y, creo, lo único no descatalogado de este autor en España.

                Pese a mis expectativas, esta novela está a años luz de Adiós, Sherezade, pero no deja de ser una lectura amena y entretenida; literatura de consumo, pero buena literatura de consumo, evidentemente influida por la cinematografía, hasta el punto de que el lector cree estar viendo una de esas viejas comedias norteamericanas a la vez disparatadas e inocentonas.

                Dortmunder, el más relevante de los personajes, acaba de salir de la trena y es de inmediato reclutado por un antiguo amigo para dirigir una operación importarte: birlar un descomunal diamante expuesto en un museo, propiedad de un diminuto país africano, para entregárselo al otro país africano que lo disputa, cuyo embajador, un tipo obsesionado por los informes, es quien pretende contratar al grupo.

                La historia de la novela es la de la persecución de la joya: a cada paso que dan, surge un inconveniente, y para cada inconveniente encuentran una solución cada vez más audaz y alocada. A medio camino entre la novela de humor y la negra, con ese humor americano tan propenso a reírse de lo exagerado, Un diamante al rojo vivo es, sobre todo, una novela de acción donde todos los personajes (los cinco integrantes de la banda y otros dos caballeros que circulan por ahí) están tan bien definidos que el lector no debe hacer ningún esfuerzo por situarse. Literatura de consumo, he dicho, lo cual no significa que sea sencillo escribir con tanta claridad, fluidez y ritmo.

                Una lectura entretenida, para divertirse, desconectar y no pensar, que para eso también sirve la literatura.



lunes, 8 de marzo de 2021

Desayuno en Tifanny´s – Truman Capote

 


 

              Leyendo Desayuno en Tiffany´s el lector tiene una sensación extraña, por cómo una novela publicada en 1958 parece haber sido imaginada tal cual fue luego la película que inspiró, protagonizada por Audrey Hepburn y dirigida por Blake Edwards, aunque es obvio que el mérito solo puede ser exactamente el opuesto: cómo una película y sus intérpretes se adaptaron tan bien a una novela. O si queréis lo digo de otro modo: el éxito de la película es deudor de la fidelidad en la adaptación a unos cuantos puntos básicos (principalmente, al personaje de Holly Golightly), pero la contundencia de ese éxito (¿quién no conoce la película?) permite al lector vivir la historia con una concreción en la definición de la protagonista que provoca esa sensación extraña. Normal. Casi nunca comenzamos novela conociendo de antemano a la protagonista.

              La historia, agilísima, es conocida: un aspirante a escritor es convocado por el viejo barman de un bar de mala muerte porque un tercero, antiguo vecino del escritor, cree haber tenido noticias de Holly Golightly: por algún lugar de África ha pasado, porque en un poblado recóndito ha encontrado una talla que, sin duda, reproduce su rostro.

              Tremendo comienzo. ¿Quién será esa mujer tan misteriosa y atrayente como para que su paso haya sido recordado en un poblado africano y ese simple y breve paso, esa remota huella, sea capaz de convocar a tres hombres en Nueva York como si desde allí fueran a poder seguirle el rastro? Vaya modo brillante de hacer de un personaje un mito antes siquiera de que sepamos nada de él.

              Lo siguiente es un vistazo al pasado que explica ese encuentro en el bar; un vistazo a la breve historia de vecindad entre Holly y el aspirante a escritor, que viven en apartamentos del mismo edificio de Nueva York. Holly es una mujer joven, de unos diecinueve años, que atrae a todos los hombres; con todos ellos juega y todos, en la esperanza de llegar a ser algo más, se muestran encantados de ser su juguete. Puede tener sin esfuerzo casi cuanto desea, porque todos se empeñan en entregárselo, pero ella se ríe a su modo renunciando a cuanto le ofrecen –hasta a la posibilidad del estrellato en Hollywood- y utilizándolos para sus propios fines; o para su único fin, que es vivir sin más, tan desahogada, cómoda, desordenada y caóticamente como en cada instante le apetece. De hecho, solo tiene una costumbre: su visita semanal a la cárcel de Sing Sing a ver a un caballero, un mafioso, que le cuenta muchas cosas sobre cómo está el tiempo. Obviamente ella sabe lo que eso implica, aunque desconozca el significado de los mensajes en clave que ayuda a transmitir, pero, ¿qué más le da? ¿Cómo no va a adorar a un señor tan generoso cuando además ella puede refugiarse en una deliciosa ignorancia? Holly es una persona auténtica, con un enorme compromiso consigo misma y con el presente, puesto que vive como si el futuro no existiera, y por eso exprime cada momento. En realidad, ni siquiera el pasado existe para ella. No, al menos, en lo que respecta a la Holly que nunca quiso ser. Y si no tienes pasado, no tienes familia ni amigos, aunque, lógicamente, el recuerdo, aunque no lo comparta, yace sepultado en su interior. Al mismo tiempo es una muchacha alocada, frívola e inconsciente. Una mujer tan apasionada por la vida que, sin darse cuenta, rechaza el concepto del tiempo: ni el pasado existe ni se atreve a preocuparse por el futuro. Todo esto crea una atmósfera de alegría, jovialidad y humor tan intensa como frágil; y, tras la fragilidad, acecha la tristeza y la melancolía. Una mujer irresistible para todos, que trae alegría cuando llega y deja melancolía cuando se va.

              Y eso es lo que cuenta esta novela: qué hizo –o más bien cómo fue- Holly Golightly para, en tan breve tiempo, dejar en todos los que la conocieron una huella imperecedera.

              También en ti la dejará. 


viernes, 20 de noviembre de 2020

En compañía de extraños – Robert Wilson

 

 



                A pesar de estar publicado en la «Serie negra» de RBA, En compañía de extraños es una novela de espionaje, género del que nada puedo decir porque, si leí algo en un pasado remoto, se ha borrado de mi memoria. Sí puedo decir que no me extraña que haya amantes de ese género donde nada es lo que parece y todo el mundo anda engañando al resto, donde quien no es un simple espía es un agente doble, de modo que cuando todo son apariencias y nadie puede fiarse de nadie, hasta los más conocidos son extraños. De ahí el título.

                La novela, interesante y de buen ritmo, con tres o cuatro emocionantes acelerones en la acción, cuenta sucesivas historias para acabar contando solo una: la de los dos personajes protagonistas, la joven y bella inglesa Andrea Aspinall y el alemán Karl Voss, siempre fiel a la memoria de su familia.

                La primera es tan solo una muchacha recién entrada en la mayoría de edad cuando, tras una somera preparación, es enviada como espía, en 1944, a Portugal. Allí, entre un inmenso lío de agentes de todos los países que intentan captar información lo mismo sobre la carrera atómica que sobre cualquier cosa que afecte a la guerra, vive quince intensos y violentos días que cambian para siempre su vida, con el telón de fondo de la dictadura portuguesa. Una de las personas a las que conoce entonces es  a Karl Voss, un alemán que ha llegado a Lisboa gracias a la habilidad con que, en beneficio propio, ha sorteado algunos problemas en el entorno más directo de Hitler y que se siente deudor de todo lo que el nazismo ha provocado en su familia: un padre, militar, caído en desgracia, y un hermano enviado al frente ruso.

                El libro tiene tres partes. La primera es la más larga, y narra esa época en Portugal.

                La siguiente da un salto temporal hasta los años sesenta, en la que los protagonistas, ya cuarentones, han debido reciclarse en función de los avatares personales y profesionales de cada uno, para acabar ejerciendo su trabajo –por unas motivaciones u otras- en plena guerra fría. Cambia el entorno: Londres y Berlín Este, capital de una República Democrática Alemana en la que empezaban a pasar cosas, como ilustra el pintoresco mecanismo usado por Erich Honecker para sustituir a Walter Ulbritch al frente del Partido Socialista Unificado de Alemania. Un entorno, el de la Alemania del Este, asfixiante y peligrosísimo por el control de la Stasi y por el papel en la sombra del poder ruso en las intrigas por el poder.

                La última parte, con los protagonistas ya ancianos, trascurre en los años 80 y primeros 90 del siglo XX, cuando la caída del muro acaba con décadas de una situación a la que han dedicado lo mejor de su vida. Es momento de hacer balance, de comprobar si realmente se ha perseguido lo importante o si se ha errado al determinar qué lo era. Es, también, el momento de que la historia culmine. Y lo hace con un final contundente y amargo que redunda en la importancia de los motivos personales.

                Intensa, interesante y, para mí, novedosa por lo que al principio he señalado. Una novela que tiene mucho en común con otras tan ajenas al espionaje como Los puentes de Madison County, en la que «solo fueron cuatro días, pero valieron por toda una vida». En esta novela fueron quince, y ninguno completo, aunque también valieron por toda una vida. Una de esas historias que hace pensar que la vida no son años, sino unos pocos momentos, unos pocos días. Quizá unas pocas horas.




sábado, 1 de diciembre de 2018

Traición – Walter Mosley




              Lo más repugnante de la traición es que su víctima no puede defenderse porque no espera el ataque o no que le venga de quien le viene. La traición es siempre cobarde y por tanto es frecuente que el traidor intente ocultarse e incluso que se engañe a sí mismo acerca de sus motivos.

              Joe King Oliver, el protagonista de esta gran novela negra Premio RBA de 2018, fue traicionado por quien quiera que le tendió la trampa que acabó con su carrera como policía de Nueva York. Han pasado diez años y se gana la vida como detective; una vida solitaria en la que solo pone algo de luz una hija a punto de salir de la adolescencia.

              Tras un breve, excelente y duro buceo al pasado a modo de presentación y para comprender a amargura que aún inunda al protagonista, el argumento comienza cuando Joe se ve en situación de trabajar en dos casos al mismo tiempo: uno, un trabajo en sentido estricto, consiste en ayudar a un activista negro conocido por su radicalismo, el cual se encuentra detenido y en riesgo de ser ejecutado por haber matado a dos policías. Otra cosa es a qué se dedicaban esos policías lo cual, enlaza con el segundo caso, que no lo es propiamente porque nadie se lo ha encargado a Joe, sino que surge a partir de una carta de arrepentimiento que Joe recibe y que lo pone en la tesitura de intentar averiguar, diez años después, quién le traicionó y por qué.

              Las dos investigaciones, aunque él no lo sabe al principio, acaban siendo la misma, y en ella busca la ayuda de un delincuente cruel y extravagante pero eficaz, expeditivo y adinerado, que se siente en deuda con Joe: Melquarth Frost.

              La novela es clara, intensa, muy bien escrita, y también dura y desagradable. Pertenece por derecho propio a la esencia del género. Una novela que engrandece el premio que recibe.



martes, 27 de marzo de 2018

La mirada del observador – Marc Behm




Publicada en 1980 y reeditada hace poco, La mirada del observador es una fantástica novela negra muy distinta a cuantas he leído y que envuelve de tal manera al lector que hace de él un observador que comparte la historia con el protagonista, un detective privado del que no sabemos ni el nombre, pero sí que está separado y tiene una hija a la que no conoce: una de las quince niñas –a saber cuál de todas- que figuran en una fotografía de grupo que le envió su esposa humillándolo con la observación de que ni sabría reconocer a su hija.

Ha pasado el tiempo, y la niña –¿cuál de esos quince rostros?- ya debe de andar en la veintena. Aunque la realidad es que el Ojo –así es como es llamado le protagonista- ya no ha sabido nada más de ella. Nada. Ni si está viva o muerta. Una investigación rutinaria le lleva a toparse con una mujer que, por su edad, bien podría ser su hija, y basta este dato para que el pobre hombre le preste una atención inusitada. Tanta, que la sigue cuando la dama en cuestión comete un asesinato motivado por su amor por el dinero.

                ¿Qué hace entonces el detective? Se convierte en su sombra. La sigue, la sigue, la sigue siguiendo por mil sitios y durante un tiempo tan prolongado que mejor ni menciono, hasta crear una complicidad con ella –unilateral, obviamente- y el extraño sentimiento de unión que todos sentimos hacia quien hemos observado mucho aunque nunca haya reparado en nosotros. Así va pasando el tiempo y la dama va engrosando su currículo haciendo que cada vez esté más cerca el momento en que la policía dé con ella. Y entonces, ¿qué? ¿Qué será del Ojo, quien, sin darse, cuenta ha hecho de ese seguimiento la razón de su vida?

                El lector, transformado en observador, en ese momento está ya tan obsesionado con la historia como el propio Ojo. El desenlace no lo conocemos hasta la última página. Un final, por cierto, maravilloso, que dota de sentido a cuanto se ha visto hasta entonces.

                Leedla.

martes, 8 de agosto de 2017

Tarde, mal y nunca - Carlos Zanón





          Tarde, mal y nunca. Eso puede decirse de muchas personas: que hacen las cosas tarde, cuando no tienen más remedio o no ven otra salida; que las hacen mal, normalmente porque no las atacan de frente sino dando rodeos por miedo o cualquier otra razón; lógicamente, el resultado es tal chapuza que es como si nunca las hubieran hecho.

          Esto le ocurre a los protagonistas de esta novela, que me ha recordado a las primeras del género negro, las que abordan la vida de los delincuentes, aquellas en lo que lo interesante no es ver cómo se las apaña el policía o el detective para encontrar al «malo», sino cómo se las apaña el delincuente para escapar; de paso, nos ayudan a comprender por qué el delincuente lo es.

          Por desgracia para mí, esta es la primera novela que he leído de Carlos Zanón, y no será porque no me lo hayan recomendado más veces de las que puedo recordar. Ahora que ya lo conozco, no se me escaparán sus otras obras. Hay una distancia enorme entre esta novela y la mayoría de las publicadas aprovechando la moda del género negro, casi todas inanes. En la primera página ya se da uno cuenta de que está ante un escritor que sabe utilizar el lenguaje y que tiene algo que contar sobre el ser humano independientemente del género que utilice. Si el común de las novelas negras actuales giran en torno a una trama y el resto son adornos que en las entrevistas se visten como crítica social y no se cuántas cosas más, Zanón pone el argumento al servicio de un fin superior: conocer y comprender a personajes que son reflejo de una parte de la sociedad que a menudo nos negamos a ver.

          Desde el primer momento se nos mete de lleno en la impotencia vital de Epi y Alex, dos hermanos que lo tenían casi todo para ser personas normales en un barrio barcelonés poco a poco degradado; lo único que les faltaba era cabeza, inteligencia, lo cual las drogas no favorecieron, como tampoco favoreció todo esto el mantenimiento de la familia. Dos personas aún jóvenes que podrían tener una existencia y un futuro dignos, pero que por unos pocos tropezones hace tiempo que están ya infinitamente solos y hundidos. El padre –un profesor tan serio- huyó con otra, incapaz de afrontar el panorama; la madre muerta, la falta de luces que resta oportunidades y de ahí a una pésima autoestima que en nada ayuda ni en hacer amigos ni en encontrar pareja. Al final, el paro, la soledad, la búsqueda del consuelo que se hace tanto más duro cuanto mayor conciencia se tiene de uno mismo -por eso Alex es, en el fondo, un personaje más triste que Epi-, la búsqueda del consuelo que solo conduce a otros brazos tan desconsolados como los tuyos porque el resto del mundo te da la espalda a ti y a quienes son como tú. Ambos hermanos son perdedores sin tan solo el consuelo de que su apuesta perdida fuera fuerte. La novela, insisto, tiene un duro y constante halo de tristeza: en Tarde, mal y nunca los delincuentes no lo son por elección, sino por incapacidad para procesar la realidad y para expresarse. Uno, Epi, acaba recurriendo al delito como única vía para solucionar y expresar sus problemas y sentimientos; el otro, Alex, un buenazo con una esquizofrenia galopante, es el único apoyo de su hermano pequeño. Tampoco el entorno es mucho mejor, porque raras son las relaciones entre personas con mundos muy distintos.

          La novela comienza una mañana en un bar de barrio, cuando Epi asesina, ante la pasmada mirada de su hermano, al que no ha visto, a un «colega» inmigrante y luego sale pitando. Durante el resto de la novela, es fácil imaginarlo, conocemos las posteriores andanzas de Epi y cómo Alex intenta ayudarlo; y, al hilo de esto, averiguamos las razones del crimen. La novela narra menos de veinticuatro horas en las que también ocupa tiempo el recuerdo; lo previsible, lo normal, acaba ocurriendo mezclado con casualidades no forzadas que entran dentro del margen de riesgo que ingenuamente asume quien, obcecado por sus sentimientos, empeora su ya de por sí escasa capacidad de análisis. La forma en que Zanón hace avanzar la historia la dota de un magnífico equilibrio que hace que, a partir de cierto momento, el lector no quiera dejar de leer no tanto para conocer el final como para dejar de sufrir por los desdichados personajes. No anticipo ese final, lógicamente, pero sí os sugiero que, a su vista, os preguntéis si la «gloria» que el autor ha reservado a sus personajes es inocente.

          ¿Cuáles son las razones del crimen? Las que he apuntado y que tiñen de tanta dureza y tristeza el relato: la incapacidad para procesar y expresar las emociones. En este caso, la humillación; cómo la imperiosa necesidad de afecto -la necesidad de sentirse alguien- conduce a veces a decir «sí a todo» a quien se ama, y cómo a veces esa persona aprovecha para despreciarte y utilizarte como a un juguete o un esclavo; en esas situaciones, antes o después se alcanza un límite donde la humillación es tan profunda que obliga a reaccionar. ¿Cómo? ¿Mandado al diablo? ¿Vengándose? ¿Reivindicándose? ¿Reivindicándose cómo?

         Leed la novela y lo sabréis. Aunque, cuando alguien no es capaz de reaccionar a  tiempo, haga lo que haga siempre lo hará tarde, mal y por eso será como si no lo hubiera hecho nunca.




lunes, 27 de mayo de 2013

Black & blue – Ian Rankin



Edimburgo, Glasgow, Aberdeen, incluso una parte de la más recóndita Escocia y hasta una plataforma petrolífera en el Mar del Norte son los escenarios de esta magnífica novela negra protagonizada por el inspector John Rebus.
La novela contiene toda una serie de historias que se entrecruzan. La primera, un antiguo caso en el que el mentor de Rebus en la policía consiguió enchironar, por asesinato, a un caballero que luego se hizo famoso escribiendo y que siempre defendió su inocencia. Ahora ambos han muerto, pero los periódicos ponen en cuestión el procedimiento que llevó al detenido a la cárcel, por lo que hacen de Rebus su objetivo, lo cual lleva también a que se realice una investigación interna.
Al frente de la investigación está un inspector jefe con el que Rebus ha tenido un encontronazo, acusándolo de corrupción, lo cual no es lo mejor que le puede pasar.
Entre medio se rememora el caso de John Biblia (inspirado en un caso real), quien a comienzos de los 70 mató a tres mujeres. Nunca fue detenido. La razón de pensar en él es que ha aparecido, muchos años después, un sucesor, al que llaman Johnny Biblia. Una de sus víctimas había sido conocida por Rebus, y eso hace que el caso le interese.
Y, para colmo, el libro comienza con un crimen espeluznante a manos de una pareja  de hombres.
La solución de todos estos embrollos evoluciona de forma que ninguno se queda descolgado, y a la vez ninguno adquiere un protagonismo desmedido. Rivalidades, lealtades, delincuentes comunes, mafias, violencia, investigación, intuición, casi todo tiene cabida en Black & blue.
Pero aparte de lo atrayente de la historia y de la realista forma de llevar a un personaje con varios frentes abiertos a la vez (aunque con cierto perfil de “duro” para evitar que caiga demasiado hondo) tres cosas me han llamado la atención:
La primera, el detallismo con que está contada la historia, hasta el punto de no saltarse ni una comida, ni una copa, ni una cerveza.
Al hilo de esto, un protagonista con problemas de alcoholismo que le cuesta reconocer, lo cual lo hace más humano, aunque no necesariamente más agradable, y que traslada la sensación de que sea cual sea el desenlace, Rebus está ya derrotado de antemano, porque son los problemas los que lo han sumergido en ese problema
El humor que, pese a todo, hay en la historia, derivado de una filosofía de vida muy peculiar: no es que Rebus, como otros personajes de otras novelas, no piense en sí mismo, o le dé igual lo que le pueda pasar. Es como si tuviera miedo a pensarlo y por eso lo relegara hasta que todo lo demás estuviera terminado. De ahí nace una inconsciencia y un desenfadado desdén ante la adversidad que impiden que esta novela sea más drama que novela negra.

lunes, 25 de febrero de 2013

Un trago antes de la guerra – Dennis Lehane



Boston. Años noventa... antes de que existieran teléfonos móviles. Un senador contrata al detective Patrick Kenzie para que localice a una empleada de la limpieza que ha desaparecido llevándose consigo ciertos documentos. Y aunque no le pagan para más, el hombre no deja de preguntarse qué demonios tendrán esos documentos para ser tan importantes. A partir de ahí, se abre una frenética aventura donde la rivalidad entre las bandas callejeras se mezcla con el racismo, los miedos de todos, la corrupción o la prostitución infantil.
No obstante, se trata más de una novela de acción que de intriga en sentido estricto, porque lo que puede haber en los “papeles” es relativamente sencillo de intuir (obviamente, algo comprometedor para quien lo busca, así que da igual lo que sea). Y acción tiene, y mucha.
Claro que un detective es algo limitado para desarrollar una novela. Un personaje da de sí lo que da: introspección. Por eso Patrick Kenzie tiene una ayudante (como es costumbre, guapa) para dar agilidad a la novela. Se llama Ángela Gennaro. Patrick le echa los tejos, como también es tradicional; ella, como también es esperable, duda y no cae en sus redes, y además está casada con un energúmeno que la maltrata.
Aunque el detective se supone que es de lo mejorcito de Boston, lo cierto es que no nada en la abundancia. Por eso tiene el despacho en un lugar insólito: en lo alto de un antiguo campanario, sobre una iglesia de barrio. Un barrio dividido por razas y esperanzas.
Es una novela que engaña. Al principio el protagonista no acaba de caer bien: demasiado fanfarrón, demasiado recrearse en reírse de sí mismo con suficiencia. Pero conforme pasan las páginas la cosa cambia y el caballero se sigue tomando con humor toda la serie de calamidades que protagoniza, y que lo tienen a cada momento con un pie en la tumba. No es que esa falta de preocupación sea realista, pero en cierta medida los problemas humanizan a los fanfarrones.
Fruto de esta forma de expresarse, entre irónica y exagerada, la novela, pese a la violencia de muchas de sus situaciones, a menudo nacida del racismo, se traslada al lector en un tono desenfadado, que sin llegar a hacerla humorística sí le quita buena parte del horror.
Una novela que va de menos a más, y que resulta muy entretenida. Con mucha violencia, pero sin perder el sentido el humor.


jueves, 26 de abril de 2012

La muerte de Amalia Sacerdote – Andrea Camilleri



Excelente novela negra que, además de introducir referencias "clásicas" como los mangoneos políticos y mafiosos en Italia -nunca se sabe dónde empiezan y terminan unos y otros- tiene un enfoque muy original: no hay investigación propiamente dicha; es un jefe local de los informativos de la RAI quien debe tratar de enterarse de todo para no meter la pata molestando a quien no hay que molestar, dado que el principal sospechoso de la muerte de Amalia Sacerdote es hijo de un tipo relevante.

Combinando la historia con relaciones afectivas del caballero en cuestión, no totalmente ajenas a la trama, el autor va al grano en todo momento. Dónde acaba llegando la historia, puede suponerse con la ensalada de intereses a la que me he referido.

Ya hablando del “cómo” de esta novela, sorprende la nota final. Camilleri afirma que no tiene ni puñetera idea de muchas cosas que aparecen, como el funcionamiento interno de la RAI, la forma de proceder en el mundo de las finanzas, etc. Todo se lo ha inventado, dice. En consecuencia, no se ha matado para documentarse, a pesar de lo cual -o quizá por eso- el resultado es fresco y, a mi juicio, excelente.

Y ya que planteo el tema, la falta de documentación me ha parecido un valor añadido, quizá porque tengo la sensación de que se ha puesto de moda entre los autores presumir más de “documentación” que de “imaginación”. Y no lo entiendo, la verdad. La documentación está al alcance de todos, porque la documentación es solo trabajo. La imaginación, sin embargo, implica genio.


domingo, 18 de septiembre de 2011

La dama de Cachemira - Francisco González Ledesma





   El inspector Méndez y su autor merecen un lugar más alto, en las letras españolas, del que tienen. Y no es que lo tengan malo, pero es que estas novelas son la prueba irrefutable de que la calidad literaria no está reñida con la novela “de género”.

   Y, mal que me pese, estas novelas son de género “negro”, aunque bien pudieran ser de humor (brillante e inteligente), porque pocas páginas hay en La dama de Cachemira que se puedan leer sin sonreír. No usa el típico humor nacido de las situaciones insólitas, sino el surgido de las miserias de cada uno. Un humor que ayuda a no tomarse muy en serio. Es decir, el mejor humor posible.

   Pero, al margen del humor, ya he dicho que estamos en presencia de una novela negra. Alguien se hace pasar por discapacitado para cargarse a una persona, tras robarle. ¿Cuál es el verdadero móvil? ¿Robar o matar? Lo sabrá quien siga leyendo.

   Como suele sucederle, Méndez no es el responsable de la investigación, pero “pasaba por allí” y dado que se desenvuelve en la mugre de los bajos fondos como rata en cloaca, de un sitio a otro entre miserias, secretos de alcoba y machismo rampante, consigue llegar a un final emotivo que añade a la historia una dosis de humanidad de la que carecen la inmensa mayoría de las novelas negras. Y es que es marca de la casa que los crímenes (y así suceden en la realidad) a menudo tienen causas que escapan a la comprensión de la mayoría.

   Quien no lea esta novela, se pierde algo bueno.



martes, 17 de mayo de 2011

La conjura de los necios - John Kennedy Toole




Dos veces he leído esta novela. En la primera no supe sacarle todo el jugo, hasta el punto de que desde entonces he sido incapaz de recordar más argumento que el de un gordo chiflado soltando disparates. La segunda, en cambio, ha sido otra cosa.

Más que una novela es una caricatura continua, porque casi todos los personajes, del primero al último, lo son, aunque Ignatius J. Reilly está tan rematadamente loco que a su lado el resto parecen casi personajes reales.

La trama se sustenta en unos pocos misterietes en segundo plano basados en saber qué será de los personajes (¿cuáles son los cambalaches de Lana Lee? ¿Será descubierta? ¿Logrará el negro Jones algo bueno en la vida? ¿Qué será de Levy Pants y de la familia Levy? ¿Qué será de la octogenaria señorita Trixie? ¿Y de Irene y sus amores a la vejez? ¿Y del patrullero Mancuso?...), y un indefinido “misterio” del tamaño de Ignatius: el mismo Ignatius: ¿dónde puede acabar una historia con tan mayúsculo lunático?

El autor crea todas esas dudas, pero necesita un motor para hacer avanzar la historia: ¿cuál? La ausente Myrna. Ignatius, para impresionarla, no deja de tramar revoluciones que han de hacer de él un líder histórico lo cual, en cierta medida, le da un aspecto quijotesco. Y es que algo tiene de quijotesco Ignatius: es un personaje estrafalario que se cree, de buena fe, superior moralmente al resto y que se cree llamado, a la vez, a salvar a las masas. Una diferencia hay, sin embargo: don Quijote odia el mal y defiende el bien; en la mente de Ignatius, sin embargo, el mal y el bien se confunden en su concepción de la estética.

Pero Ignatius es también un loco genial. No deja de decir un disparate detrás de otro, con solemnidad, entre eructo y eructo (o, mejor dicho, con “majestuosidad”, término muy utilizado y que muestra muy bien la concepción que de sí mismo tiene Ignatius). La cuestión es dónde conduce todo ese disparate, si no es a construir una farsa sobre las razones del ser humano. Y aquí cada personaje tiene las suyas, aunque todas puedan reconducirse al egoísmo. En realidad, la mayor duda es qué mueve a Ignatius, por qué ese interés en actuar siempre para superar/impresionar/rebatir a Myrna Minkoff. ¿Enamoramiento inconfesado? ¿Complejo? Algo de todo eso hay.

Los personajes, antológicos: en pocas novelas quedan tan completamente definidos por sus actos y sus palabras. Y no uno: todos.

Hay que leerla.