En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



martes, 15 de agosto de 2017

El horror de Dunwich – H. P. Lovecraft


                Si todos los lectores fueran como yo, dentro del gremio de escritores los de terror serían los más hambrientos. Aunque suelo elegir bien mis lecturas (ya son años leyendo como para no saber hacerlo) he leído más novelas terroríficas que de terror y, de estas últimas, ninguna me ha aterrorizado porque ni un solo autor ha conseguido hacerme vivir su pavorosa historia desde dentro; siempre la veo desde fuera, sin posibilidad de creerme nada, y así no hay quien disfrute, si es que pasar miedo es un placer. La prueba de que la culpa es mía es que previendo lo que digo, me avine a leer esta novela por ser corta; así el horror ajeno al argumento, de llegar, sería breve.

                También lo prueba que lo poco que he leído en este género ha sido de autores reconocidos, en la creencia de que son los que ofrecen más garantías. Reconozco que en El horror de Dunwich, mientras todo se mantiene en el terreno de las conjeturas y las hipótesis, Lovecraft ha conseguido despertar mi interés y hacerme ver las cosas desde dentro azuzando mi curiosidad. Pero cuando las elucubraciones se concretan, a mis ojos la historia se transforma en una especie de aventura para público juvenil. Si al principio dan ganas de leer para ver en qué para el asunto, al final he leído para acabar sin más y pasar a otra cosa.

                Dicho lo cual queda claro que la novela se divide en dos partes: una primera, donde en una retirada población estadounidense nace un peligro enorme pero aún latente y de origen evocador, expuesta de forma que permite al lector sospechar e imaginar (una buena forma de hacerlo partícipe de la historia, porque es el lector quien debe completar lo que el autor solo sugiere) y una segunda donde el «horror» ha tomado forma concreta y la gracia está en ver cómo el personal se libra de él antes de acabar hecho picadillo.

                Como digo, me temo que mi poco entusiasmo se debe a mis enormes deficiencias como lector de novelas de terror. Debo de ser tan realista que hay cosas que ni las mejores plumas me hacen creer ni tan solo durante unos minutos, a pesar de lo cual reconozco que esta novela está fabulosamente escrita, que Lovecraft es Lovecraft y que probablemente con quince años yo la hubiera disfrutado más.



martes, 8 de agosto de 2017

Tarde, mal y nunca - Carlos Zanón





          Tarde, mal y nunca. Eso puede decirse de muchas personas: que hacen las cosas tarde, cuando no tienen más remedio o no ven otra salida; que las hacen mal, normalmente porque no las atacan de frente sino dando rodeos por miedo o cualquier otra razón; lógicamente, el resultado es tal chapuza que es como si nunca las hubieran hecho.

          Esto le ocurre a los protagonistas de esta novela, que me ha recordado a las primeras del género negro, las que abordan la vida de los delincuentes, aquellas en lo que lo interesante no es ver cómo se las apaña el policía o el detective para encontrar al «malo», sino cómo se las apaña el delincuente para escapar; de paso, nos ayudan a comprender por qué el delincuente lo es.

          Por desgracia para mí, esta es la primera novela que he leído de Carlos Zanón, y no será porque no me lo hayan recomendado más veces de las que puedo recordar. Ahora que ya lo conozco, no se me escaparán sus otras obras. Hay una distancia enorme entre esta novela y la mayoría de las publicadas aprovechando la moda del género negro, casi todas inanes. En la primera página ya se da uno cuenta de que está ante un escritor que sabe utilizar el lenguaje y que tiene algo que contar sobre el ser humano independientemente del género que utilice. Si el común de las novelas negras actuales giran en torno a una trama y el resto son adornos que en las entrevistas se visten como crítica social y no se cuántas cosas más, Zanón pone el argumento al servicio de un fin superior: conocer y comprender a personajes que son reflejo de una parte de la sociedad que a menudo nos negamos a ver.

          Desde el primer momento se nos mete de lleno en la impotencia vital de Epi y Alex, dos hermanos que lo tenían casi todo para ser personas normales en un barrio barcelonés poco a poco degradado; lo único que les faltaba era cabeza, inteligencia, lo cual las drogas no favorecieron, como tampoco favoreció todo esto el mantenimiento de la familia. Dos personas aún jóvenes que podrían tener una existencia y un futuro dignos, pero que por unos pocos tropezones hace tiempo que están ya infinitamente solos y hundidos. El padre –un profesor tan serio- huyó con otra, incapaz de afrontar el panorama; la madre muerta, la falta de luces que resta oportunidades y de ahí a una pésima autoestima que en nada ayuda ni en hacer amigos ni en encontrar pareja. Al final, el paro, la soledad, la búsqueda del consuelo que se hace tanto más duro cuanto mayor conciencia se tiene de uno mismo -por eso Alex es, en el fondo, un personaje más triste que Epi-, la búsqueda del consuelo que solo conduce a otros brazos tan desconsolados como los tuyos porque el resto del mundo te da la espalda a ti y a quienes son como tú. Ambos hermanos son perdedores sin tan solo el consuelo de que su apuesta perdida fuera fuerte. La novela, insisto, tiene un duro y constante halo de tristeza: en Tarde, mal y nunca los delincuentes no lo son por elección, sino por incapacidad para procesar la realidad y para expresarse. Uno, Epi, acaba recurriendo al delito como única vía para solucionar y expresar sus problemas y sentimientos; el otro, Alex, un buenazo con una esquizofrenia galopante, es el único apoyo de su hermano pequeño. Tampoco el entorno es mucho mejor, porque raras son las relaciones entre personas con mundos muy distintos.

          La novela comienza una mañana en un bar de barrio, cuando Epi asesina, ante la pasmada mirada de su hermano, al que no ha visto, a un «colega» inmigrante y luego sale pitando. Durante el resto de la novela, es fácil imaginarlo, conocemos las posteriores andanzas de Epi y cómo Alex intenta ayudarlo; y, al hilo de esto, averiguamos las razones del crimen. La novela narra menos de veinticuatro horas en las que también ocupa tiempo el recuerdo; lo previsible, lo normal, acaba ocurriendo mezclado con casualidades no forzadas que entran dentro del margen de riesgo que ingenuamente asume quien, obcecado por sus sentimientos, empeora su ya de por sí escasa capacidad de análisis. La forma en que Zanón hace avanzar la historia la dota de un magnífico equilibrio que hace que, a partir de cierto momento, el lector no quiera dejar de leer no tanto para conocer el final como para dejar de sufrir por los desdichados personajes. No anticipo ese final, lógicamente, pero sí os sugiero que, a su vista, os preguntéis si la «gloria» que el autor ha reservado a sus personajes es inocente.

          ¿Cuáles son las razones del crimen? Las que he apuntado y que tiñen de tanta dureza y tristeza el relato: la incapacidad para procesar y expresar las emociones. En este caso, la humillación; cómo la imperiosa necesidad de afecto -la necesidad de sentirse alguien- conduce a veces a decir «sí a todo» a quien se ama, y cómo a veces esa persona aprovecha para despreciarte y utilizarte como a un juguete o un esclavo; en esas situaciones, antes o después se alcanza un límite donde la humillación es tan profunda que obliga a reaccionar. ¿Cómo? ¿Mandado al diablo? ¿Vengándose? ¿Reivindicándose? ¿Reivindicándose cómo?

         Leed la novela y lo sabréis. Aunque, cuando alguien no es capaz de reaccionar a  tiempo, haga lo que haga siempre lo hará tarde, mal y por eso será como si no lo hubiera hecho nunca.