En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 30 de julio de 2026

Los dos lados - Teresa Cardona

 


    Leí no hace mucho «Un bien relativo», de Teresa Cardona,  segunda novela de la saga de la teniente Karen Blecker y el brigada Cano. No conocía entonces ni a la autora ni a sus personajes, y me gustó tanto que corrí a comprar el resto de libros. El que ahora reseño, «Los dos lados», inauguró la saga. Estas dos primeras novelas pueden leerse en cualquier orden, porque, a diferencia de lo que suele ser habitual, las relaciones entre los dos protagonistas y la de cada con su entorno personal no las ha utilizado la autora (al menos en estas dos primeras novelas) para tejer una subtrama a largo plazo sobre la que de desarrolla en paralelo el caso concreto de cada novela. Algo extraño en estos tiempos, ciertamente. Agradezco que no haya recurrido a un recurso tan facilón y burdo para fidelizar al personal.

También me resulta atípica la soledad de los dos guardias civiles con destino en San Lorenzo de El Escorial, donde vuelve a transcurrir la historia. Me refiero a que no hay policía o guardia sin unos subordinados de los que echar mano para todo tipo de tareas; sin unos jefes entre comprensivos y tocapelotas que les hacen rendir cuentas más pendientes de su propio culo que de otra cosa; y sin un entorno familiar y social que dé algo de juego al poner límites o implicar exigencias. Nada de todo esto le sucede a los dos protagonistas: viven como si no existieran más guardias civiles en el mundo, ni superiores ni subordinados, y las relaciones familiares son más bien teóricas, porque viven en el recuerdo, en el caso de ella, y de la pareja del cabo, homosexual, nada sabemos.

Así que la historia, como a la vieja usanza, se concentra en el caso concreto. Bueno, más o menos, porque la estructura de esta novela (que volvió a usar en «Un bien relativo») va a saltos desde el presente de la investigación (2016) hasta sucesos de 1989.

Esto es a la vez un acierto, porque agiliza la lectura, y una limitación, porque como ambas historias están llamadas a converger el lector ya sabe que en el momento presente debe fijarse especialmente en todos los personajes que pudieron estar haciendo cosillas 27 años atrás, pero descartando a todos los que ya sean demasiado viejos. 

Una parte relevante del interés de la novela es el entorno en que se desarrolla. San Lorenzo de El Escorial es un lugar peculiar y atractivo. El imponente monasterio es omnipresente; y junto a él están, de un lado, los lugareños que viven todo el año en una localidad que oscila entre las irregulares muchedumbres del turismo de segunda residencia, una especie de sucursal intermitente de madrileños acomodados, y la soledad del resto de los días, en especial entre semana y los invernales, todo a algo más de 1000 metros de altura, en la sierra. Un marco peculiar, entre familiar y aislado, y populoso y bien comunicado. Eso sí, los algo más de 18000 habitantes censados no dan de sí lo suficiente como para que los dos investigadores no deban dejarse caer por Madrid con cierta frecuencia, lo que, por otra parte, hace que la sensación de recogimiento tenga algo de irreal: San Lorenzo de El Escorial no es un refugio recóndito, sino un rincón confortable en medio de la vorágine, mezcla de pueblo y decorado.

La novela está escrita con solvencia. Tiene buen ritmo y una estructura correcta. Comienza con el hallazgo de un caballero un tanto desmejorado. Tanto que se ha muerto. Es lo que tiene que te dejen atado y aislado hasta que mueras de sed. Para saber quién ha sido el desaprensivo capaz de dispensar tan poco educado trato hay que averiguar quién es el finado, a qué se dedicaba, quién puede quererlo tanto y por qué… Esas cosillas.

Ese es el presente. 2016. Lo que se cuenta de 1989 es un verano en San Lorenzo de El Escorial, en casitas veraniegas de familias acomodadas, todas con su piscina y su jardín vallado más que amplio, tanto que hasta necesitan jardinero. Hay bastante gente por ahí, entre la que se cuenta un niño que ha suspendido alguna asignatura y un garboso joven universitario de 19 años que se emplea como profesor particular. Y la hermana del niño, y los abuelos, y la madre, y… El papá de la criatura es un periodista que cuenta con pocos adeptos en un sector de la sociedad y, en particular, en esa sociedad acomodada de gente bien que va a la sierra a rascarse la tripa en vacaciones y fiestas de guardar. ¿Por qué es visto así el periodista? Porque ha escrito varios artículos denunciando que las torturas a detenidos del entorno etarra son inaceptables en un estado de derecho. Como los años ochenta fueron los más sanguinarios de la banda había mucha gente que no compartía este planteamiento.

Este es uno de los dos lados a lo que alude el título. Como todos somos gente de orden todos estamos de acuerdo en que torturar al personal no puede hacerse en un estado de derecho. No cabe delinquir para combatir el delito. Es evidente.

Lo que sucede, claro, es que una cosa es torturar por venganza o sadismo y otra a la búsqueda de información crucial para salvar la vida de otra persona. Es entonces cuando llega el segundo lado a que alude el título, la otra forma de ver las cosas. Si encontrar viva o muerta a una persona muy querida depende de torturar o no alguien, ¿lo harías? Seguro que entonces ya no seríamos tan civilizados. Si la vida de tu hijo, por ejemplo, depende de torturar o no a un delincuente, la mayoría, obcecados, no dudaríamos. Si fuera preciso le sacaríamos las tripas a puñados. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla como esta hipótesis (ser bestia con la imaginación es facilísimo), porque en la realidad casi nadie se ve en una tesitura tan extrema y, si llegara el caso, quizá entonces no seríamos capaces. Es todo teoría, pero es la teoría que funda nuestra opinión. En cambio, quienes sí pueden verse alguna vez en estas tesituras son los miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad. ¿Qué pasa con un secuestrado si, tras el arresto de quienes lo custodian, estos se niegan a decir dónde está? Morirá de inanición. Y como para los secuestradores hablar puede ser la prueba definitiva que los condene, se callan. ¿Qué deben hacer las fuerzas policiales en un caso así? ¿Emplear un tiempo precioso en intentar convencerles de que es mejor colaborar, que algún atenuante les caerá? ¿O torturarlos para que hablen cuanto antes? Si uno fuera el padre del secuestrado podría tener la respuesta tan clara como destrozados los nervios, porque los nervios hechos añicos pueden provocar cualquier tropelía. En cambio, quienes no tienen un vínculo de afectividad tan intenso, ¿qué excusa tienen para cometerla? La rabia, la indignación que produce la injusticia. El ansia de salvar al inocente. Pero, ¿es suficiente?

Para el Estado, no. El juez los condenará. 

Pero para esos condenados, el único juez que de verdad lo es, es su propia conciencia.

Y eso nos lleva al concepto de justicia y a si es justa la justicia

¿Por qué cuento todas estas reflexiones? Porque también en esta novela Teresa Cardona demuestra que es posible entretener al lector con una trama al uso y, a la vez, situarlo frente a dilemas morales que le hagan conocerse mejor.

Seguramente todos los que leéis esta reseña sois incapaces de torturar por placer (espero).

Seguramente todos (también espero) seríais incapaces de torturar por venganza aunque debido a lo sufrido no os faltaran ganas.

En cambio, casi todos seríais capaces de torturar si de ello dependiera la vida de vuestro hijo, de vuestra madre, de vuestro padre… Quizá penséis que no, pero seguramente ni siquiera podríais meditarlo. La desesperación y la impotencia os obcecarían.

Pero… ¿Y si la vida en juego fuera la de un desconocido? Haría falta tener una mente fuerte y las ideas muy claras para que cualquier elección (torturar -y pasar a ser un torturador- o no -y que muera un inocente) no te reconcomiera la conciencia el resto de tu vida.

Este es el punto en el que difieren derecho y moral, porque el primero da una norma universal, no le queda otra, pero la segunda es propia de cada persona. A veces, es decir, según la persona, derecho y moral coinciden y entonces todo es sencillo. A veces, no.


jueves, 25 de junio de 2026

¡Voto a bríos! - Terry Pratchett

 


1997, el año en que Terry Pratchett publicó «¡Voto a bríos!», no fue particularmente movido en materia de conflictos bélicos, aunque el recuerdo de la guerra de los Balcanes era recientísimo. Tampoco lo fue en asuntos de racismo y xenofobia. Sin embargo, como son temas no superados, este libro está más de actualidad en 2026 que cuando se publicó casi treinta años atrás. Pésima noticia. No aprendemos. Nuevos genocidios y casi todo el mundo se desentiende de ellos. Seguramente dentro de unos años fingirán horrorizarse. 

    Así que bien están todos los alegatos antibelicistas, como este libro lo es. También es un alegato contra casi todo lo que ha provocado guerras: el interés económico, los nacionalismos, el racismo y la xenofobia, estos tres últimos asuntos muy relacionados entre sí.

En medio del mar, donde no había sino peces y pescadores, surge una isla en la que hay unos cuantos restos arqueológicos.

El problema, claro, no son los restos, sino que la isla no es de nadie y eso, ejem, no puede tolerarse. 

Dos países la reivindican. Por una parte, la potente, sucia y cochambrosa ciudad-estado de Ankh-Morpork, que protagoniza casi todas las novelas de la saga, crisol de, ejem, culturas. La ciudad que simboliza occidente. Y, del otro lado, Klatch, un continente, o más bien un imperio, que toma todo prestado del Magreb y del mundo árabe. También en esto Terry Pratchett fue por delante, pues en 1997 los conflictos entre ambos mundos eran evidentes pero no habían alcanzado la dimensión actual.

La novela está contada desde la óptica de los primeros, los occidentales, porque los protagonistas provienen de Ankh-Morpork, pero las dos ópticas son simétricas. El enemigo es malo por definición y lo prueba, ejem, el hecho de que es distinto. Pero la realidad es que a menudo basta ser distinto para ser considerado enemigo. Así que todo conduce a la desconfianza entre quienes son diferentes y de ella a la guerra y a todo tipo de tropelías.

La guerra se organiza al estilo medieval, del que tantas cosas toma el Mundodisco: unos cuantos prebostes de Ankh-Morpork deciden que hay que invadir Klatch por el tema de la isla y, de paso, para evitar se invadidos. Y comer para no ser comidos ha sido, históricamente, causa principal de un sinfín de guerras. En Klatch opinan parecido. ¿Y qué sucede también en las guerras? Que el orden interno se pone patas arriba, por lo cual no hay arribista que no vea con buenos ojos una contienda. Otros, en cambio, intentan prevenirlas. Hay división dentro de cada bando, y suele imponertes el más bruto. En esta novela el patricio de Ankh-Morpork, lord Vetinari, que andaba pidiendo explicaciones sobre sus inventos a un chapucero remedo de Leonardo da Vinci, desaparece del mapa y los «nobles» del innoble lugar se apresuran a llenar el vacío de poder. En el caos interno debe tomar partido la guardia, lo que otorga el protagonismo, una novela más, al profesional, heroico y quijotesco comandante Vimes, casado con una noble criadora de dragones y apoyado siempre por el exasperante pero eficacísimo capitán Zanahoria, descendiente de enanos, que todo se lo toma literalmente; por su pareja, la mujer lobo Angua; con el gigantesco y pétreo troll Detritus; y por una pareja que da mucho juego: el más o menos normal sargento Colon y el lamentable cabo Nobbs.

Que la guerra es un enfrentamiento entre dos bandos es una ingenuidad generalmente aceptada en la que Terry Pratchett no cae. En esta guerra, como en todas, hay bandos dentro de los bandos. Dentro de cada uno hay quien va a la guerra para hacerla y vencer como camino más directo a un objetivo, pero también quien intenta detenerla con otra estrategia guerrera y quienes, tratando de evitar la violencia, intentan retornar a la sensatez o alcanzar el objetivo por la vía de la diplomacia o de la intriga. Pratchett, además, denuncia lo absurdo de todas las guerras a través de un objeto en disputa estrafalario: una isla que no existía y que a saber el tiempo que va a seguir existiendo. Y es que no hay guerra que no resulte absurda si se mira con la perspectiva del ser humano sin adjetivos: las guerras aniquilan la vida humana cuando es la vida humana, y solo ella, la que produce los conceptos sobre los que se vertebran las guerras. Es trágicamente ridículo.

Como ya he apuntado, al enemigo se le desprecia también porque es distinto, lo cual hace que esta obra sea también un alegato contra el racismo, la xenofobia y todo tipo de nacionalismos que tanto manipulan la historia para justificarse, cosa que también aquí se parodia. En el colmo de la modernidad, uno de los personajes recurrentes de la saga encuentra consuelo a sus desdichas en una confortable transexualidad. Nadie podrá decir que Pratchett no fue un adelantado a la actualidad.

Por lo demás, «¡Voto a bríos!» es una buena novela dentro de la saga de Mundodisco y, en particular, de la subsaga de los guardias. Está mejor estructurada que otras, lo cual permite seguirla mejor, y el humor, siempre presente, tiene una continuidad más lineal quizá porque se ha sustituido el recurso a las sorpresas por una mayor abundancia de comparaciones ingeniosas e integradas en el estilo.

    Me lo he pasado muy bien.


lunes, 16 de marzo de 2026

Bartleby y compañía - Enrique Vila-Matas

 


Bartleby, el extraño y célebre personaje de Herman Melville, dejó pasar los días de su vida encerrado en una oficina, respondiendo «preferiría no hacerlo» a cualquier petición o sugerencia de que meneara el culo.

Su viaje desde su desesperante no dar un palo al agua a la celebridad inspiró a Enrique Vila-Matas este otro libro que se abre con la siguiente cita de Jean de La Bruyère: «La gloria o el mérito de ciertos hombres consiste en escribir bien; el de otros consiste en no escribir».

Y no, al abrir así Vila-Matas no está pensando en el tiempo (en la vida, que decía José Luis Sampedro) que todos ganaríamos si a los escritores petardos les diera por dedicarse al apasionante mundo de las canicas, sino al silencio de los grandes y a si se puede ser grande desde el silencio.

La colección de ochenta y tantas «notas a un texto inexistente» que contiene este libro es un magnífico repaso a quienes alcanzaron la celebridad literaria sin hacer apenas nada  o a quienes, habiéndolo hecho, en algún momento decidieron callar para siempre. Alguno hay, incluso, que no escribió nada en absoluto y fueron sus relaciones las que lo encumbraron como artista sin obra. Porque, ¿quién duda que los artistas sin obra existen? 

Y así, revoloteando con humor alrededor de los motivos que unos pudieron tener para dejar de escribir y de las rarezas que otros confirmaron, lo que comienza siendo un viaje pintoresco termina llegando a lo que creo que de verdad le interesa  a Vila-Matas: lo que lleva a renunciar a la escritura está muy relacionado con la reflexión sobre lo que estimula a escribir y sobre la propia capacidad para hacerlo. Y, en concreto, con la conciencia que antes o después todo escritor alcanza de que sus objetivos son de imposible cumplimiento.

Hablo del escritor con espíritu artístico o inquietudes intelectuales o espirituales, claro, no del industrial, al que ni siquiera se menciona y al que estas cosas no le importan ni un rábano.

Si Enrique Vila-Matas llega a alguna conclusión no lo dice abiertamente, pero entre líneas se adivina que todo el que se siente llamado a escribir cree tener algo importante que decir, pero nadie, ni él, sabe qué. Todos sienten, creo yo, la llamada a explicar la vida, la existencia, o alguna otra cosa tan profunda que ni atisban a verla aunque sepan que está ahí, pero a ver quién es el guapo que lo consigue con las pocas neuronas que tenemos. Unos, los más inteligentes y sensatos, pronto se dan cuenta de lo baldío del empeño y ni lo emprenden. Son artistas conscientes de la inutilidad de serlo. Otros lo intentan hasta que, a fuerza de fracasos, incluso de brillantes fracasos, asumen su incapacidad. Y quedan los inasequibles al desaliento, entre los cuales unos porfían porque de algo hay que comer y el resto se dividen entre quienes encuentran consuelo en la lisonja y los que siguen escribiendo porque asumir que has estado toda la vida correteando como un memo tras una quimera tiene que ser un papelón. Estos últimos también son Bartleby, pero a la inversa; si Bartleby no hacía nada como si todo careciera de sentido (o porque todo carece de sentido), estos prefieren hacer todo antes de enfrentarse a la nada.

Todo esto nos lo cuenta Vila-Matas escribiendo sin escribir (por si acaso), porque ¿qué son unas notas a pie de página sin página? Este juego (trilero) inicial para hacer cómplice al lector crea una corriente de humor inteligente basado en la común conciencia de estar haciendo un ejercicio intelectual divertido, lúcido, pero que se agota en sí mismo porque… Lo ya dicho: igual que los trapecistas son admirables pero por más que lo intenten no pueden volar, las neuronas con más donaire tampoco alcanzan a escapar de sí mismas. 

Y como en ese viaje intelectual el autor se codea, junto al lector, con una caterva de celebridades y un grupillo que mereció serlo, todos los cuales actúan como guías más o menos desorientados de un mundo mental que, al menos en teoría, conocen como nadie, ¿quién dirá que el viaje no fue interesante?

    Una gran obra por el fondo y también por la maestría con que está escrita.


lunes, 22 de diciembre de 2025

Papá Puerco – Terry Pratchett

 


¡Anda que no hace falta osadía para hacer de la Navidad una fiesta tan porcina como en esta novela! Ni quienes papeen cochinillo asado cada Nochebuena discutirán el atrevimiento, y eso que la Navidad, con su ingente carga de mitos, tópicos y «costumbres» alumbradas por el mercantilismo es terreno abonado para hacer brillar la prodigiosa capacidad de Pratchett para la sátira y la parodia. 

Es lo que sucede en «Papá Puerco», aunque, la verdad, esperaba otra cosa. Algo bastante distinto, más ceñido a la tradición. O, ejem, a destrozar la tradición, ejem. No es así y, por tanto, también tengo la sensación de que la novela ha dejado pasar una buena oportunidad, aunque esto, por derivar de una simple expectativa errada, lo mismo lo pienso que lo pongo en duda.

Papá Puerco es el trasunto, en el Mundodisco, de Papá Noel, como la Noche de la Vigilia de los Puercos lo es de la noche de Navidad. Papá Puerco pasa esa noche en un trineo tirado por cuatro jabalíes y se cuela por las chimeneas para dejar regalos a los niños, siempre que hayan dejado el calcetín para meterlos y hayan escrito la conveniente carta pidiendo sus juguetes. 

    O al menos así ha sido siempre hasta el comienzo de la novela, porque un eficaz miembro del Gremio de Asesinos parece haberse cargado al buen señor. Fuerte, ¿eh? Así que a los niños no les van a dar ni morcilla. O sí, pero solo figuradamente. El caso es que, para evitar tamaño desaguisado, no recuerdo muy bien por qué quien asume el papel de Papá Puerco en la noche de la Vigilia de los Puercos es nada menos que la Muerte. Probablemente el personaje más celebrado de Pratchett, y con razón, aunque en esta novela, y por exigencias del guion, se permite pensar y actuar de un modo algo distinto a lo que está acostumbrado el lector.

    Dicho así el planteamiento parece sencillo, pero no. La Muerte, que va acompañada de Albert, personaje ya conocido, involucra en la solución del follón a Susan, nieta de la Muerte, que apareció en la saga en Soul Music, si no me equivoco, y que pronto se ve en tratos con el dios (o, mejor dicho, el «oh, dios») de las resacas. Aunque parezca increíble, lo sucedido y la existencia de ese «oh, dios» son asuntos relacionados: la ausencia de Papá Puerco limita la creencia en él y esto genera un excedente de creencia que permite creer en otras cosas que, por ese simple hecho, pasan a existir. De ahí que los magos de la Universidad Invisible, capitaneados por su estrafalario pero inteligente archicanciller, anden a un tiempo pensando en las «navidades» y en averiguar qué diablos está pasando con la aparición de ciertos seres apenas se les nombra, todo ello con la desesperación de Ponder Stibbons, el más intelectual de los magos, que ha desarrollado una especie de ordenador, más bien una inteligencia artificial, que funciona con hormigas y otras cosillas así y que el archicanciller se empeña en usar para cosas digamos… absurdas. Además, Teatime, el asesino sin escrúpulos, se ha rodeado de una pintoresca banda de malhechores (uno de ellos, Dave, tiene el amenazador apodo, ejem, de «el Normal») y no está claro qué pretende. A todo esto, no se sabe qué ha pasado con el Hada de los Dientes, una especie de Ratoncito Pérez, ni qué hace o ha estado haciendo con la monumental cantidad de piños infantiles que debe de acumular. Por supuesto, el espacio tiempo es una cosa bastante flexible. 

    La sensación que a menudo tengo con Pratchett de que se me escapan los detalles que hilan una cosa con otra ha sido aquí más fuerte que otras veces, aunque, como siempre, al final también he tenido la impresión de que todo encaja. A esa primera sensación ayudan los innumerables cabos sueltos que el autor voluntariamente deja para ir atando según pasan las páginas, la abundancia de personajes cuyo papel nunca está claro debido a las, ejem, peculiaridades del Mundodisco, el constante salpicar la trama con escenas graciosísimas pero que no afectan al argumento y la propia complejidad de la historia.

«Papá Puerco» es una novela muy divertida, en la que los saltos entre las andanzas de cada grupo de personajes ofrecen un contraste permanente y fluido en el que participan no poco dos clásicos de la saga ya mencionados: la Muerte y los magos.

Una buena novela con el problema, que he apuntado antes, de que los excesos de la Navidad (la nuestra) son tan evidentes que el lector llega a esta novela con la expectativa de que van a ser felizmente parodiados por hipérbole, cuando luego no es así y la cosa deriva por caminos más truculentos. 

«Papá Puerco» es, más que una sátira de la Navidad, una defensa de la imaginación (Pratchett vuelve a la idea de que existe aquello en lo que se cree y deja de existir aquello en lo que se deja de creer) y de la inocencia infantil (a la que tantos personajes retornan en estas páginas).

No son malas ideas para recordar a los adultos.


jueves, 13 de noviembre de 2025

Pies de barro - Terry Pratchett

 



Dentro de la saga de Mundodisco hay subsagas, como la de los guardias, a la que pertenece esta novela, la decimonovena del Mundodisco. Así los protagonistas son comandante Vimes, el honesto, eficaz y raro capitán Zanahoria, la policía y mujer loba Angua, Nobby Nobbs, Colom y, también, una enana barbuda llamada Jovial Culopequeño.

Aunque Pratchett ha jugado otras veces con la estructura de la novela negra o de misterio, pocas veces, en las ya más de veinte novelas suyas que he leído, lo hace tan claramente como en esta, hasta el punto de que apenas hay parodia de ninguna realidad social (como no sea de la comprensión o incomprensión del cambio de sexo, a través de la figura Jovial Culopequeño, si bien en la novela no es tal) aunque sí puede tomarse como parodia de la novela negra. De hecho, hay que ver cómo se las ingenian en ese mundo seudomedieval para aplicar técnicas modernas de investigación.

La trama es compleja y brillante, porque reúne recursos interesantes aunque, como siempre, y debido a la rapidez, la evolución de algunas cosas se adivina más que se lee. A un misterio inicial e intrigante (el asesinato de dos ancianos que nada tienen que ver entre sí) se une uno de esos misterios que en las novelas negras tradicionales coquetean con lo sobrenatural y que aquí son naturales porque todo el mundo es raro: qué diablos está pasando con los gólems, considerados cosas y no seres, hechos de barro, gigantescos, incapaces de hablar si no es por escrito, trabajadores infatigables y que solo saben hacer aquello que llevan escrito en un papel bajo la vacía tapa de los inexistentes sesos. Pero ojo, que aún se une algo que además tiene el atractivo de codearse con las altas instancias: lord Vetinari, el patricio de Ankh-Morpork está pachucho. Se diría que está siendo envenenado. Y, para terminar, aún hay un misterio más: el inútil de Nobby Nobbs ha descubierto que es de noble linaje.

Con estas cuatro líneas Pratchett trenza una trama inteligente en la que todo está relacionado: los crímenes, los gólems, la lucha por el poder, en la que entran en juego supuestos derechos dinásticos… Y eso que el lector que viene de antiguo ya sabe que el linaje real, si alguien lo tiene, es el capitán Zanahoria. Todo eso se mezcla, además, con la evolución de las circunstancias personales de los principales protagonistas de esta subsaga: el comandante Vimes y el capitán Zanahoria, cuya relación con Angua… Bueno, quien quiera saber cómo evoluciona, que lea el libro.

Novela buena, muy entretenida, algo por encima del nivel medio de la saga. 


jueves, 14 de agosto de 2025

De la estupidez a la locura – Umberto Eco

 


Las fotografías que ilustran esta reseña muestran que más que leer a Umberto Eco, he desayunado frecuentemente con él. La razón es que esta amplia colección de artículos periodísticos organizados por temas, escritos en su mayoría en los primeros quince años del siglo, vienen de perlas, por su extensión, para transformar los cafés solitarios en citas con Umberto Eco, en cada una de las cuales da tiempo para hablar de bastantes temas. A tres, cuatro o cinco minutos por artículo no necesitas mucho tiempo para olvidar cuantos líos lleves en la cabeza y regresar luego al trabajo fresco como una lechuga y con la cabeza un pelín mejor amueblada.


Los temas abordados son muy variados, pero todos de actualidad en el momento de la publicación del artículo. Y siguen siendo actuales, porque aunque la tecnología y la política han dejado atrás los hechos, situaciones y nuevas costumbres concretas que inspiraron estos textos, su evolución sigue
 generando los mismos problemas y nos sigue enfrentando a idénticos dilemas. Seguimos siendo los mismos, con otro envoltorio tecnológico y político. Solo cambia, por hacer referencia al título, las excusas que tenemos para manifestar estupidez o locura y el modo en que lo hacemos. Por suerte, como Umberto Eco apunta a la esencia de las cosas, a cómo actúa el ser humano en cada circunstancia, y no a su envoltura coyuntural, las entendederas del lector actual no se ven menos iluminadas que las del de hace quince o veinte años; e incluso creo que ahora estas lecturas aprovechan más, porque podemos comprobar cómo las predicciones de Eco se han cumplido. ¿Cómo no? No hay mal profeta entre quienes conocen bien el comportamiento humano.

Otras cuatro cuestiones tienen en común todos estos artículos:

La primera, las referencias cultas que a la vez son divulgativas. Eco no se dirige a eruditos, sino a lectores con ganas de aprender que disfrutan con las referencias y la explicación sobre ellas. Eco no exhibe su monumental cultura, sino que a través de estos artículos la transmite en pequeñas dosis.

La segunda, el humor. Pocos artículos hay que no tengan un aire desenfadado, si es que hay alguno, por más importante que sea el tema abordado. Eco tiene humor cervantino lo mismo cuando se ríe de sí mismo que cuando ironiza para criticar a otras personas, a las que, por más odiosos y detestables que resulten, siempre protege bajo mantos tejidos con la debilidad, la ignorancia y los defectos de todo ser humano, sabiendo que, como es inevitable, no va a haber defecto en el que unos, para desgracia del resto, no «destaquen» sobre los otros. Por eso, quien más y quien menos anda deambulando «de la estupidez a la locura»; y por eso, también, hay que prestar atención a estupidez y locura: lo que nos desvía del buen rumbo siempre es una u otra. O las dos. Convivimos con la estupidez y la locura. Unas veces, ajenas; otras, propias.

        La tercera, la osadía. Eco opina con total libertad sin otra preocupación por la corrección política que sortearla sin sufrir demasiados rasguños. Jamás lo hace como provocación, sino con argumentos o exponiendo hechos y reconociendo actitudes dotados de la fuerza de la fatalidad. 

Y, cuarta, las frecuentes menciones autobiográficas, interesantísimas para cualquier lector que desee saber cómo es la vida de un sabio de nuestro tiempo enamorado de la cultura, lo cual tiene mucho que ver con la forma en que se organiza y aprovecha el tiempo. 

Un libro más voluminoso que «Cómo viajar con un salmón», pero de la misma traza. Cuando lo terminé, corrí a comprar este. Acerté. Ambos son una delicia.








lunes, 2 de junio de 2025

Mascarada – Terry Pratchett

 


La solemnidad es la liturgia inventada por el ser humano para dar importancia a las cosas o, más frecuentemente, a sí mismo. Por eso, cuanto más importante pretende ser una persona de mayor solemnidad se rodea. El mejor ejemplo lo hemos tenido hace poco con la elección de León XIV: los papas, que al atribuirse el papel de representantes de Dios se situaban incluso por encima de los reyes, se rodearon de una solemnidad sin parangón para dejar constancia de su insuperable posición (¡casi divina!) e incluso organizaron el tinglado de los cónclaves dotándolos de un deliberado punto de misterio: el aislamiento de los cardenales electores y el secretismo absoluto sobre cuanto acontece en la Capilla Sixtina permite que sea la imaginación de la gente la que ponga la guinda (divina, por supuesto) al monumental pastel que desde la tierra llega al cielo y que lo mundano de las negociaciones, de ser públicas, hubiera derrumbado.

En realidad, no existe ámbito humano sin cierta jerarquía. No existe profesión o grupo en el que unos no se sientan superiores a otros e intenten traducirlo en algo visible. Y cuanto más visible desee hacerse, más precisa y útil es la solemnidad.

Entre los músicos, sean instrumentistas, cantantes o compositores, no hace falta ser muy espabilado para darse cuenta de que la música clásica y la ópera se invistieron hace tiempo del honor de ocupar la cúspide. Y, por tanto, para que nada los desmereciera, su público también debía ser el más selecto. Todo esto debían proclamarlo los gestos, la liturgia, los oropeles. Desde lo grandioso y artístico de los teatros y las puestas en escena hasta el trato a las figuras («divo» procede de «divus», que significa «divino»), las más célebres de las cuales, según el tópico creado, son incapaces de pisar un hotel de menos de ochenta estrellas, de contentarse con menos de no sé cuántos minutos de aplausos y toneladas de rosas y que para colmo desarrollan sus particulares «liturgias solemnes», totalmente exclusivas, a través de excentricidades o caprichos que los distingue del vulgo. Como ya he dicho, el público tampoco puede estar compuesto por desarrapados, sino por lo mejorcito de cada lugar y encopetado. Que este modo de encumbrarse en el mundo de la música ha sido la pauta desde hace algún siglo que otro siempre lo han reconocido tácitamente, por imitación, quienes andan por debajo en el escalafón: las estrellas de la música popular, envidiosas y no menos vanidosas, a medida que crece su fama (no antes, por si acaso) se apresuran a emular las extravagancias de los divos y, para no dejar dudas sobre su valía, siempre han estado dispuestos a «consagrarse» «viéndose reconocidos» con una filarmónica detrás, da igual si uno se llama Freddy Mercury o Raphael. Otra cosa es, claro, la pela manda, que a menudo haya que abrir el espectáculo al populacho, que al final es lo que da dinero, aunque bien es cierto que muchos acuden atraídos por lo que acabo de contar.

Digo todo esto porque la solemnidad es territorio abonado para la parodia, pues apenas el boato deja ver una costura, a través de ella se vislumbra la prosaica realidad: un ser humano con ínfulas y no pocas veces necesitado (a menudo enfermizamente) del reconocimiento ajeno; alguien, en definitiva, que pretende ser superior a aquellos a quienes necesita inexcusablemente para sentirse así.

Terry Pratchett construye en Mascarada un mundo operístico chapucero, tristemente alegre y con muchos puntos patéticos en el que, como en el mundo real, la espiritualidad de lo excelso se derrumba como víctima de un tiroteo ante la presencia de la pasta, lo cual demuestra una vez más que, fuera de los oropeles, famosos y poderosos no se diferencian de menesterosos. 

Además, Pratchett parodia una especie de ópera sobre la ópera: «El fantasma de la ópera». Repito: parodia la ópera parodiando una ópera sobre la ópera. Parodia a la enésima potencia. «El fantasma de la ópera» (1910) fue una novela de Gaston Leroux que alcanzó la celebridad tras su paso por el cine y la perpetuó gracias al musical –con más ínfulas operísticas que operístico- del mismo título compuesto con Andrew Lloyd Webber (estrenado en 1986, sigue en cartelera casi 40 años después). No es lo único que Pratchett parodia. El personaje de Christine (así se llamaba el amor del fantasma en las obras inspiradoras) corresponde en Mascarada al tópico de la rubia guapa y tonta: un personaje con menos memoria que una ameba, siempre alegre y que habla con muchas exclamaciones: una diva que, como verá el lector, no lo es tanto porque la realidad es más… A ver cómo lo digo… Gordita.

Sin embargo, como el simple ir y venir de fantoches con más o menos aires de grandeza hubiera complicado montar una parodia, Terry se agarra a Gaston y a las novelas negras y regala al lector algún fiambre que otro, de modo que la parodia es un marco para una pintoresca investigación. Tan chapucero es este mundo que los investigadores son tanto las víctimas potenciales como los señores que pasaban por allí.

Como siempre en Pratchett no hay un solo personaje normal. Todos son, de un modo u otro, caricaturas. Pero, a diferencia de otras veces, en Mascarada prescinde por completo de la magia del Mundodisco a pesar, incluso, del papel destacado que juegan dos viejas conocidas de los lectores de la saga: las brujas Yaya Ceravieja y Tata Ogg. Por supuesto, también hay un pequeño papel para uno de los más logrados personajes de Pratchett, la Muerte, aunque en esta ocasión aparece un poco desdibujada.

¿El resultado? Una novela algo más ágil que otras, entretenida y divertidísima. 

    Mascarada se titula así no solo por la célebre máscara del fantasma, sino porque la solemnidad, en el fondo, es la mayor mascarada.


lunes, 28 de abril de 2025

Vidas escritas – Javier Marías

 


Uno se define por sus afinidades y, sobre todo, por los enemigos que elige. Enfrentarte a un pelagatos hace otro de ti. Así que, hablando de escritores, el inteligente, y Javier Marías lo fue, prefiere mezclarse con quienes, más o menos conocidos, han dejado huella en la historia de la literatura. Los muertos, además, no replican. Y ofrecen otra ventaja no menor: cuando un imbécil se codea a iniciativa propia con los Cervantes de la historia solo es capaz de resaltar sus propias limitaciones, pero cuando lo hace alguien como Marías, inteligente y culto, encuentra los más ilustres apoyos para hacer brillar sus cualidades.

Primera conclusión: seas listo o tonto, al pelagatos marrullero dedícale solo silencio. Segunda: el mundo agradecerá que olvides a los pelagatos y te relaciones con los grandes, sea para elogiarlos o censurarlos, porque así podrá calarte más rápidamente tanto si eres idiota perdido como persona de talento.

Cierto es, no obstante, que entre los egregios protagonistas de este libro los hay más y menos conocidos. 

    Dijo Javier Marías en el prólogo que estas breves semblanzas están contadas «con afecto y guasa», y es cierto, pero esto implica reconocer un trato de igual a igual y, por tanto, una elevada opinión de sí mismo. Lo menciono porque esta es la perspectiva que va a encontrar el lector. De hecho, como también señala Marías en ese mismo prólogo, estas pequeñas historias son cualquier cosa menos biografías; son anécdotas, o análisis desde el enfoque que, por lo que sea, le ha llamado la atención; es decir, da a los retratados el trato que se dispensa a los iguales: cuando hablamos de un amigo o un conocido al que no ponemos por encima de nosotros antes contamos lo que resaltamos de él que su biografía; y esta ocasión en lo resaltado priman las rarezas sobre las virtudes. Todo esto no sé si dice mucho o poco de Marías, pero sí permite un tono confianzudo con el lector, que tiene la impresión de estar charlando o cotorreando con él sobre Faulkner, Henry James, Conan Doyle… Confiesa Marías que el afecto solo ha fallado en el caso de Joyce, Thomas Mann y Mishima, lo cual se nota especialmente en los dos últimos casos.

Al tono confianzudo contribuye que cada personaje, por lo de él retratado, está más cerca de lo desastroso que de lo sublime. Manías, anécdotas, pasos en falso, ridículos, fracasos, obsesiones, miradas al propio ombligo… Todo esto vamos a encontrar aquí. Cosillas, por cierto, que igualan a las lumbreras con los simples mortales que todos somos. Cosillas, también, que al romper lo solemne de la celebridad abren la puerta al tono cómico.

De este modo Marías se iguala a los retratados, para, todos de la mano, descender hasta la posición del lector e igualarse a él.

Así que todos iguales y todos contentos.

Un libro muy ameno, escrito con gracia y elegancia, que se lee rapidísimo gracias, también, a la brevedad de las reseñas: nunca más de cuatro o cinco páginas. Esta edición incluye fotografías seleccionadas por Marías para abrir cada capítulo, y una especie de apéndice fotográfico seguido de comentarios que son una delicia por la caprichosa agudeza con que interpreta los detalles.


lunes, 24 de febrero de 2025

Tiempos interesantes – Terry Pratchett

 


Suena bien lo de vivir «tiempos interesantes», ¿eh? Pero ocurre que en el imperio agatano, situado más o menos en el cul… del… bueno, en el quinto pino del mundo… perdón, del Mundodisco, la expresión se usa como maldición.

El imperio agatano es un trasunto de China, que si todavía hoy es una cultura desconocida en occidente aún lo era mucho más cuando se publicó este libro, en 1994. 

Tiempos interesantes comienza cuando un par de dioses se entretienen en jugar una partida de algo parecido al ajedrez, y de sus movimientos resulta lo siguiente: Lord Hong, gran visir del imperio agatano, planea dar un golpe de estado aprovechando que el emperador tiene más años que la tos y está a punto de cascar. ¿Cómo hacerlo? Sofocando una revuelta del Ejército Rojo, lo que hará de él el salvador y líder indiscutible del imperio. Lo que sucede es que el Ejército Rojo no sabe que tiene que hacer la revolución, ni mucho menos posee medios, capacidad, talento y soldados. Ni siquiera animadores. Lo único que podría impulsarlos a la revolución es el cumplimiento de una profecía, según la cual un Gran Hechicero apoyó en su día y apoyará en el futuro al citado ejercitillo. Así que Lord Hong, de modo clandestino, pide a Ankh Morpork el envío de un echicero, sin hache, falta ortográfica por torpeza o chamuscamiento que provoca que el archicanciller de la Universidad Invisible termine localizando y enviando al cul… del... ejem, al quinto pino del Mundodisco nada menos que Rincewind, el asendereado mago que dio comienzo a la saga del Mundodisco con El color de la magia, apareció también en la segunda novela, La luz fantástica, y en Rechicero y Eric

Y no solo con él se van a reencontrar los lectores, sino también con un personaje que solo salió en solo aquellas dos primeras entregas: Dosflores, el turista propietario del equipaje con piernas que ha estado junto a Rincewind en todas sus aventuras.

Sale más gente, claro: una horda de bárbaros capitaneados por Cohen que tienen la sana intención de invadir el imperio agatano para arrasarlo un poco, saquearlo y tal, aunque como son solo media docena de guerreros y todos rondan los noventa años quizá tengan un poquitín más de trabajo del habitual para acabar con los dos millones de soldados enemigos, lo cual propicia que cierto medio sabio que se les ha unido les inste a utilizar un método distinto del tradicional de cascar calaveras: utilizar la astucia y, sobre todo, el comportamiento civilizado.

Rincewind es ya un mago escarmentado. Todo su afán desde la primera página es escapar a un destino desdichado que da ya por supuesto. Pero, como el lector ya sabe de otras veces, la misma huida es la que propicia el cumplimiento de su sino. Los bárbaros, por su parte, van a colaborar con él sin pretenderlo, y el Ejército Rojo por ahí anda dando tumbos desorientado y completamente en la inopia. Frente a ellos Lord Hong y, en la distancia y chapuceros como siempre, los perezosos y glotones magos de la Universidad Invisible.

El libro es de los mejores de la saga si por la trama se le ha de juzgar, y también por la relativa claridad de la acción, y no digamos ya por el humor, especialmente acertado en lo que hace referencia a los bárbaros.

Algo menos acertado está, a mi juicio, respecto a Rincewind y su equipaje (al limitarse a «colmos»), y muy acertado, si no acertadísimo, al principio, cuando Pratchett muestra al lector los movimientos en Ankh Morpork, singularmente los del archicanciller, que terminan con Rincewind en el cul… del… ejem, en el quinto pino del Mundodisco.

La parte paródica está dedicada, como he dicho al principio, a China, que en 1994 solo era aún un gigante despertándose, nada que ver con la situación actual en que ya se ha zampado el mundo. Entonces era un país aún más cerrado, que estaba dando los primeros pasos hacia su singular «capitalismo» y casi desconocido para occidente. Las protestas de Tiananmén estaban recientes y aún lo era también, relativamente, la noticia de los guerreros de terracota de Xi´an, que también juegan un papel en esta historia, lo mismo la Gran Muralla.

Una gran, entretenida y divertida aventura para todos los seguidores de Pratchett y su Mundodisco.


martes, 7 de enero de 2025

Soul Music - Terry Pratchett

 


Dos historias convergen (más o menos) en la decimosexta novela del Mundodisco: la primera es la de la Muerte y su, ejem, familia. La muerte ha hecho dejación de funciones y el negocio queda de facto en manos de Susan, su nieta adoptiva (hija de Mort -que da título a otra de la mejores novelas de la saga- e Ysabel); y la segunda historia es la de un músico, Buddy, que acaba tocando una especie de guitarra salida de no se sabe muy bien dónde (cosas de la magia y del Mundodisco) en compañía de un troll percusionista de pedruscos y un enano que toca el cuerno; los tres, influidos por el extraño instrumento que toca Buddy, inventan el rock and roll, o algo parecido que en la novela se llama Música con Rocas Dentro.

La musiquica en cuestión es la pera, algo inaudito y desconocido hasta ese momento. Y además parece peligrosa, por antisistema, ya que arrastra multitudes enfervorecidas que son capaces de olvidar lo mismo rencillas que intereses para unirse a disfrutar delante de un escenario. Opio del pueblo en manos de unos advenedizos que hasta hace dos días eran unos pelagatos. Opio consumido con todos: desde trolls hasta los mismísimos magos de la Universidad Invisible.

Con este planteamiento huelga decir que Soul Music es una parodia de cuanto rodea a la música moderna escuchada por masas que irrumpió en la sociedad de mediados del siglo XX gracias a los avances tecnológicos, con numerosos guiños a cantantes y temas consagrados en la cultura norteamericana. Por ejemplo, los miembros del grupo tienen un éxito inexplicable hasta para ellos, se les puede subir a la cabeza, pueden acabar siendo juguetes rotos, sus seguidores lo son emocionales, no racionales, con lo que sale a relucir el fenómeno fan, singularmente encarnado en Susan, que se siente muy atraída por Buddy; también juega un papel divertidísimo y sumamente crítico un personaje recurrente: Y Va A La Ruina Escurridizo, el empresario siempre ansioso por ganar dinero fácil que se convierte en representante, promotor y todo lo que haga falta: ¡Todo sea por la pasta, incluso, o principalmente, escamoteársela a quien la genera! ¡Ah, el maravilloso mundo de los intermediarios! Por supuesto, dentro del fenómeno fan también salen los imitadores del éxito, los aspirantes, donde el grado de inutilidad es más que apreciable y solo comparable a la profundidad de sus fracasos e ilusiones rotas.

Como en la vida, las causas del éxito a menudo son también las del fracaso, igual que en la vida comer es necesario pero también podemos diñarla de un empacho. En Soul Music el éxito lo ha traído ese extraño instrumento que termina por comerse la personalidad del protagonista. Al final, parece que o uno se carga al instrumento (y al éxito) o el instrumento y el éxito se cargan a la persona. Alguien o algo tiene que cascarla, y esto sirve de enlace con Susan, que además de fan anda la mujer sacando a flote el negocio de su abuelo, aunque con sus propios criterios. Y al final…

Bueno, el final lo sabrá quien lea la novela. Baste decir que, desde el principio, y no solo por la dejación de funciones de la muerte, hay algún personaje al que no podemos llamar zombi, pero quizá si un mal muerto. O alguien incorrectamente vivo, vaya usted a saber. Cosas del Mundodisco.


lunes, 10 de junio de 2024

El holocausto español – Paul Preston

 

             

              Conforme más libros de historia sobre la Guerra Civil leo, más me asombra la ignorancia en que vivimos y más me afrenta la «ignorancia culpable». Es decir, la de quienes conscientemente evitan la obra de historiadores de prestigio para echarse en brazos de los diferentes tipos de cantamañanas dispuestos a «crear historia» a gusto del cliente.

              Paul Preston (1946) estudió y se doctoró en historia en la Universidad de Oxford, fue profesor en la de Reading, en el Centro de Estudios Mediterráneos en Roma, en el Queen Mary College de la Universidad de Londres, donde llegó a catedrático a los 39 años, y, desde 1991, es catedrático de historia contemporánea en la London School of Economics and Political Science. Es uno de los hispanistas más conocidos y renombrados.

              En algún sitio he leído que escribir esta obra le costó una década (y sigue revisándola) y enormes esfuerzos emocionales debidos a lo escalofriante de los testimonios y datos recabados.

              El holocausto español lleva por subtítulo «Odio y exterminio en la Guerra Civil y después». Creo que «exterminio» es la palabra clave para comprender las diferencias entre las distintas violencias: casi todas fueron ejercidas desde el odio, el cual tenía diferentes causas, pero es la voluntad deliberada y planificada de exterminar lo que causó el holocausto. Luego lo explico.

              Esta obra viene a ser un muy documentado repaso, muy amplio geográficamente, de las atrocidades cometidas durante la Guerra Civil y en los años inmediatamente posteriores. En estos últimos la violencia se ejerció por la dictadura prácticamente en régimen de monopolio, y siguiendo las mismas pautas que durante la guerra. Creo que este hecho es probatorio de la voluntad de extermino: una vez alcanzado el poder y controladas todas las instituciones, nada, sino la voluntad de exterminar al discrepante, podía justificar que se prosiguiera con las matanzas. A esta práctica Franco la llamó «redención», y él y otros responsables del régimen la justificaron en público en numerosas ocasiones., 

        Hablando de la Guerra Civil, con la que comienza este libro, lo primero que llama la atención es la escasísima atención que se presta a los combates propiamente dichos. La violencia que analiza Preston es la violencia «en frío», la que puede ahorrarse quien la ejerce sin perder una batalla o ceder una posición. La violencia gratuita. La que, a diferencia de la violencia en combate, no nace de la necesidad de matar para no ser matado, sino del odio, de la voluntad de exterminio. En general, analiza la violencia lejos del frente, en las retaguardias.  Aunque debo corregirme: junto a la violencia «en frío» Preston además da cuenta de la producida, también fuera del frente, en la agitación previa a una inminente derrota tras la que llegarán salvajes represalias.

              Durante unas novecientas páginas Preston hace una larga recapitulación de centenares de episodios de violencia. Los expone incluyendo detalles precisos para valorar el grado de odio (como actos humillantes, torturas o salvajes crueldades innecesarias para matar), contextualizando cada situación (por ejemplo señalando si, previamente, en la localidad de turno, había habido o no violencia contra quienes con ocasión de la guerra la ejercieron, o todo aquello que podía exacerbar los ánimos, como un asedio lleno de penurias y desesperanza o el deseo de vengar acciones políticas concretas). Preston realiza su análisis desde un plano a un tiempo territorial y cronológico: lo sucedido inicialmente en la parte del territorio controlada por los sublevados y en la que no, y lo que fue ocurriendo a medida que se fue modificando el mapa. A este respecto, cabe recordar que, salvo escasísimas y poco duraderas ocasiones, solo los sublevados ganaron terreno, por lo que las represalias y exterminio del conquistado fueron también casi monopolísticas. En cambio, hay más similitudes en los primeros meses de la guerra.

              El lector que aspire a ser juicioso probablemente se dará cuenta de que en ese periodo convivieron muy distintos tipos de violencia, cada una de las cuales tiene unos responsables. Hubo violencia «individual», es decir, ejercida sin otro motivo que las apetencias de agresores que se sentían impunes en una situación caótica o protegidos por su pertenencia al colectivo dominante, y hubo violencia programada y organizada, sin duda la peor, la más intensa, trágica y reprobable. Pero dentro de esta última también es preciso hacer distinciones, porque no todas tienen la misma explicación, ni las mismas causas, ni el mismo grado de planificación y centralización en la toma de decisiones monstruosas.

              Para adentrarse en El holocausto español conviene tener claro el mapa de protagonismos: el dominio de los rebeldes en las áreas que controlaban (en las que pronto sometieron a su dictado a falangistas y requetés, aunque desde el principio las actuaciones de unos y otros poco se diferenciaron en cuanto a sus destinatarios y modo de ejercicio), y el proceso revolucionario que se vivió en el resto de España, con el Gobierno y la Generalitat perdiendo por completo el control de instituciones, territorios y lugares clave, que quedaron en manos de milicias y organizaciones sumamente ideologizadas y que actuaban por su cuenta unas veces movidas por el odio, otras por el afán de venganza y alguna, quizá, solo quizá, por la desesperación. Conviene tener claro que también se produjo violencia extrema en el enfrentamiento entre estos grupos, y el papel que en todos los territorios jugaron muchos sospechosos de simpatizar con «los otros», personas que se emplearon con especial saña para disipar dudas sobre con quién estaban. Con toda certeza, a ambos lados del frente muchas víctimas lo fueron a manos de personas de su misma ideología.

              Preston no solo da cuenta de los actos violentos sino que, como he dicho, los contextualiza, y para trasladar las verdaderas motivaciones con frecuencia recurre a mencionar el desarrollo de los procedimientos jurídicos usados, los cuales se quedaron en un decir con la honrosa excepción de lo poco que quedó bajo el control gubernamental. El objetivo del libro no es inclinar la balanza hacia nadie, sino retratar la violencia. Lo cual no impide (más bien el rigor obliga) señalar las diferencias. Lo que distingue una violencia de otra no es una cuestión de número de muertos, sino de los objetivos del agresor, los cuales se reflejan en sus procedimientos: asesinatos sin juicio ni previa detención,  o ausencia de juicios a los detenidos, o juicios donde los encausados ni tenían abogados defensores, ni derecho a hablar; o los eufemismos en los partes de defunción; o el tratamiento a los muertos y a sus familiares... Todo esto, frente a prácticas jurídicas y forenses más acordes a lo deseable, revelan la concepción de la violencia, la posición ante ella y la finalidad con que se usó.

              Además, Preston analiza no solo la barbarie cometida en cada sitio, sino también la respuesta de las autoridades, institucionales o autoerigidas, que controlaban cada lugar o situación. Así se ve con nitidez que mientras que entre los sublevados la barbarie era impune, entre otros motivos porque era promovida desde las más altas instancias, allá donde la República mantuvo un mínimo control intentó hacer pagar las barbaridades cometidas en su nombre, aunque rara vez lo consiguió. Se ve también quiénes se sacrificaron, incluso al punto de perder la vida, por salvar la vida de sus oponentes, y quiénes no.

              El resumen de todo es que el levantamiento militar de 1936 puso en marcha una dinámica no de victoria, sino de exterminio. El objetivo de vencer y hacerse con el poder estaba supeditado a la previa eliminación física del discrepante. Fue algo planeado e instigado para eliminar a «los enemigos de España» y beneficiarse del paralizante terror que sufrió el resto de la población. De ahí la falta de consecuencias ante la denuncia de la barbarie cometida desde sus propias filas, y de ahí, también, las regulares matanzas que se sucedieron durante años una vez terminada la guerra. En el territorio no controlado por los sublevados el odio también provocó un sinfín de matanzas, protagonizadas la mayor parte de ellas por grupos que se habían alzado contra la República por considerar que se les quedaba corta. Estas matanzas fueron arbitrarias, pero no respondían a un plan premeditado, y en algunas otras ocasiones tuvieron carácter de «venganza» por alguna matanza previa en el territorio sublevado y en alguna otra carácter «preventivo» (como los motivados por el psicótico miedo a la quinta columna), lo cual no hace menos dramático todo, pero ayuda a situar a cada cual en su lugar hasta donde es posible.

              Llama la atención el detalle con el que Preston analiza las matanzas de Paracuellos. Ninguna otra es estudiada con tanto pormenor. Estas matanzas fueron las más bárbaras en el territorio no controlado por los sublevados, pero su desarrollo es también el más confuso por el momento en el que se iniciaron: en las horas siguientes a que el Gobierno de la República, con toda la cúpula de la administración, dejase Madrid (tras ordenar el traslado lejos del frente, y no la ejecución, de los presos que fueron ´victimas de la matanza) y se formase una Junta de Defensa cuya composición estaba relacionada con quién ejercía el poder efectivo más que con quién detentaba el institucional. Preston hace bastante luz en un punto en el que el análisis hora a hora, algo complicadísimo de hacer, es clave para atribuir responsabilidades, pues fue en esas horas cuando se crearon ciertas cadenas de mando y en las que se tomatón decisiones sobre las que es preciso estudiar hasta qué punto fueron conocidas fuera de la cadena. Consciente de la polémica al respecto que siempre acompañó a Santiago Carrillo, de 21 años entonces y aún vivo cuando se publicó este libro, Preston le dedica especial atención, y llega a la conclusión de que es imposible que Carrillo no estuviera al tanto de las matanzas y de que no hay noticia de que se opusiera a ellas o intentara detenerlas, como sí se hizo desde otras instancias, aunque la primera iniciativa correspondiera a otros.  En relación a esta última idea, también detalla algo que frecuentemente se olvida en el burdo y triste debate entre quienes se echan matanzas a la cabeza: quiénes pusieron fin a éstas y si intentaron o no exigir responsabilidades a los responsables. La República intentó hacerlo con posterioridad, aunque en la tesitura de una ciudad sitiada, a punto de caer y amenazada con sufrir las mismas represalias que se habían vivido en otros lugares, es fácil comprender el papel que jugó el pragmatismo. 

        No es la única figura en la que Preston se detiene, aparte de las inevitables de quienes eran la cabeza del poder en algún sitio. El obispo Anselmo Polanco, Melchor Rodríguez... 

              Lo he mencionado ya, pero a la hora de terminar esta reseña lo recuerdo porque está presente a lo largo de todo el libro: lo que diferencia la violencia son varios puntos: la razón de los asesinatos, su planificación, su sistematización o no, la existencia o no de garantías para los juzgados y condenados a muerte o a otras penas y, por supuesto, si se exigió responsabilidad o no a quienes, dentro del propio bando, obraron criminalmente. Y por supuesto, quién ejerció violencia sistemática y quién no en tiempos de paz, por más convulsos que fueran. 

              Las conclusiones son claras, y han quedado apuntadas a lo largo de esta reseña.

              Si resulta imposible imaginar la magnitud de la barbarie sin leer este libro, resulta atroz intentar imaginar cómo debió de ser vivir aquellos días.

              Por último, perdonadme la «frivolidad»: los solo 14,2 euros que cuesta la edición de bolsillo de esta apaullante obra, permiten poca excusa a la «ignorancia culpable».


jueves, 18 de abril de 2024

Hombres de armas - Terry Pratchett

 


Dentro de la longeva saga del Mundodisco hay «subsagas» que solo comparten entre sí el peculiar planeta ideado por Pratchett y algunos personajes, entre los que la Muerte es el más recurrente, sin olvidar al patricio, Lord Vetinari, que gobierna ese otro personaje también casi inevitable que es la ciudad (¿o cloaca?) de Ankh-Morpork. Lo digo porque Hombres de armas, decimoquinta novela de la serie, recupera a los personajes de la sexta, ¡Guardias! ¡Guardias! El protagonista en ambas es el forzudo, ingenuo, responsable, entusiasta y carismático cabo Zanahoria, hijo adoptivo de una pareja de enanos. Zanahoria, por suerte, ya no se toma las cosas tan literalmente como en su primera aparición. En esta comparte protagonismo con su jefe, el desencantado capitán Vimes, que está a punto de jubilarse para casarse con la adinerada y excéntrica dama que en ¡Guardias! ¡Guardias! se dedicaba a la cría y cuidado de dragones.

En esta ordenada, ejem, ciudad de Ankh-Morpork, donde los gremios de Asesinos, Ladrones, Bufones y demás campan a sus anchas dentro de los límites de, ejem, la ley, la guardia nocturna está compuesta por los dos personajes ya citados, un sargento, otro guardia más y, recién fichados, un troll tan tonto como todos los trolls y un enano. ¿Introduce Pratchett alguna figura clásica de la literatura o el cine? Sí, claro, como siempre. En este caso la licantropía, a través de una hermosa damisela que también incorporada a la guardia para parodiar las políticas de cupos.

El inicio de la novela es, no obstante, confuso: un noble venido a menos y miembro del honorable gremio de Asesinos, Edward De M´uerthe, husmeando por los archivos del gremio de Asesinos descubre un dato importantísimo que solo queda claro al final: la identidad del heredero al trono de Ankh-Morpork, por lo que si el buen Edward De M´uerthe logra cargarse a Lord Vetinari quizá retorne la monarquía y con ella la familia De M´uerthe recupere su esplendor.

¿Y qué parodia Pratchett en esta ocasión? Sin duda, la novela negra, porque hay muertos, porque la guardia nocturna intenta localizar al asesino, porque los jefes de los guardias parecen ser un obstáculo en la investigación, porque tropiezan con poderes fácticos, como son los gremios, porque lo que parece una cosa acaba siendo otra, porque siguen unas pistas más o menos razonables que dan lugar a la parte de acción de la novela… una suma de clichés típicos de la novela negra. Y, en el colmo de la parodia, el investigador principal investiga en su contra por lo que el lector verá, y, sobre todo, porque la protagonista indiscutible acaba siendo un arma de fuego, prodigio nunca antes visto en el Mundodisco.

Con esta excusa Pratchett despliega su mundo de seres estrafalarios y costumbres y normas extravagantes donde la realidad y la fantasía conviven en compleja armonía. Pero no por eso deja de lanzar un mensaje en contra de las armas de fuego, visible en solo un par de páginas, pero de una enorme contundencia: las armas cambian a las personas. El arma dota de poder. Del poder de imponerse a otros, y una vez probado ese poder es difícil prescindir de él. Las armas, en definitiva, empeoran a quienes las poseen.

Quedaos con ese mensaje. Y con el humor de Pratchett en esta novela que, sin ser la mejor de la saga, tampoco es la peor. Mantiene el nivel medio y su fin promete meter al cabo Zanahoria en nuevos problemas.