En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



miércoles, 27 de julio de 2016

La Perla - John Steinbeck




            Hace ya bastantes años, en Barcelona, en verano, paseando por el Paralelo cerca del anochecer, vi junto a unos contenedores de basura un montón de cartones y, sobre ellos, veinte o treinta libritos nuevos que en algún momento se habían puesto a la venta de oferta junto con El Periódico. Con toda probabilidad habían sido abandonados por el propietario del quiosco de prensa situado al lado. La forma en que estaban desparramados atestiguaba que no se encontraban allí por error. Estaban a merced de cualquiera, sin embargo todo el mundo pasaba de largo como si fueran la misma basura que apestaba en el contenedor, y esa es otra de las cosas que me sorprendió e hizo dudar de si lo que estaba viendo era como parecía.

            Debí haber examinado con detenimiento todos los libros y haber cogido los que me gustaran y los que hubiera podido regalar a quien los hubiera sabido apreciar, pero lo impidió un asomo de pudor: se me hacía extraño revolver en la basura -lo cual era un decir porque estaban tan a mano que no había que revolver nada-  y, también, me sentía casi un ladrón, por verme beneficiado de una suerte que yo no necesitaba para leer y que a otro le podía venir mejor que a mí. Tras un rápido examen visual hice las cosas a medias –o sea, mal- y me llevé los dos ejemplares más a mano. Un libro de Heinrich Böll y La Perla, de John Steinbeck. Dos premios Nobel por los suelos. No recuerdo quién más los acompañaba.

            Leí primero La Perla. Si la historia hace sentir pena, rabia e impotencia,  recordarla convertida en basura en una avenida decadente de una ciudad que entonces lo tenía todo, recordarla abandonada ante la indiferencia de los transeúntes como una metáfora de la suerte de sus protagonistas, me hace sentir aún peor.

            Las noticias dan muchas ocasiones para recordar esta magnífica obra, y también he recordado con frecuencia la anécdota que acabo de contar. Por eso he vuelto a leer ahora La Perla, para hacer esta reseña casi como un pequeño acto de reparación hacia todos los Kinos y Juanas, hacia todas esas personas que, sufriendo el máximo desprecio, ni siquiera la historia de su dignidad pisoteada interesa a nadie.

            Kino y Juana, nos dice la novela, eran un matrimonio que apenas tenían una choza, un cuchillo, la ropa que vestían y unos pocos útiles más: su joya, la canoa, hecha por el abuelo de Kino; con ella se hacían al mar en busca de ostras y perlas; siempre escasas, pequeñas y deformes. Las malvendían en el mercado local donde ya se producía la primera humillación para todos los pescadores indígenas: la ignorancia y la falta de medios les hacía soportar la manipulación. ¿En qué consistía? En la falta de competencia entre compradores, porque todos se fingían independientes pero seguían el dictado de una sola persona que abusaba de su posición de dominio impidiendo que los pescadores salieran de la miseria y garantizándose así, además de un beneficio enorme, una mano de obra esclavizada.

          La historia comienza cuando un escorpión pica a Coyotito, el bebé de los protagonistas. Juana reacciona con rapidez y trata de succionar el veneno, pero nadie puede asegurar si lo ha conseguido, si el niño sobrevivirá. Y allá se van los dos, con su hijo en brazos, a la ciudad, a casa del médico.

        Pero el médico, ocupado en echar de menos su juventud y la vida en la gran urbe europea, ni siquiera se molesta en hacerse visible. ¿Para qué, si esos desarrapados no tiene dinero con qué pagarle? Es la primera ocasión en que Steinbeck hace presente lo que luego veremos a cada momento: la humillación de hacerle ver a una persona que ni su vida ni sus sentimientos valen nada. Ni el esfuerzo de salir de la cama. Hay quien puede dejarte morir, como a Coyotito, o desesperar, como a sus padres, solo por no dedicarte cinco minutos que va a dedicar a la holganza o a la diversión.

            En el prólogo Steinbeck advierte que el libro tiene muchas interpretaciones. La que he hecho hasta ahora es la más evidente. Pero pensad que todo esto ocurre a menudo de forma más sibilina y entre iguales; solo que entonces ya no es la riqueza lo que marca la diferencia, sino la necesidad de colaboración, de afecto, de atención, de mil cosas que solo tienen una en común: el abuso de quien está en posesión de la fuerza sobre quien padece necesidad.

            Humillados, Kino y Juana hacen lo único que pueden hacer: irse a pescar con Coyotito en la canoa mientras esperan si muere o no. Justo entonces ocurre lo que ellos y sus vecinos, y los padres y abuelos de todos ellos, han soñado durante esas décadas de explotación y miseria: Kino se sumerge y encuentra una perla enorme y perfecta. «La perla del Mundo» la llaman a veces. Kino, que se embarcó pobre en la canoa, desembarca rico, sabiendo que su vida ha cambiado, que podrá curar a su hijo, que podrá darle educación para que aprenda a leer y nadie le pueda engañar. Y además, para colmo de dicha, la inflamación ha bajado: Coyotito se está recuperando. Juana succionó y escupió el veneno. Van a ser ricos. Tendrá una casa y su hijo sabrá leer.

            En ese punto se abre la parte más dura de la novela, crueldad que evoluciona con la degradación a que se ve sometida la pareja. Crueldad por los hechos, pero sobre todo por su significado.

           Al anochecer, enterado del hallazgo, el médico aparece e intenta burlar a Kino poniendo en riesgo al vida de Coyotito para atribuirse (y cobrar) la posterior sanación. Luego, ya de noche, unos desconocidos intentan robar la Perla sin dudar en matar a Kino y a Juana si es preciso. Más tarde los mercaderes intentan estafar al matrimonio y, cuando no encuentra otra opción que abandonarlo todo e irse a vender la Perla a otro lugar, son perseguidos como alimañas y se ven obligados a practicar la violencia para defenderse. Incluso Kino se ve forzado a matar. La Perla, para entonces, es ya una maldición: ha trastornado su vida, les ha quitado hasta la posibilidad de dormir porque alguien los puede matar mientras lo hacen. Les ha quitado incluso la tranquilidad de conciencia. El final es conocido: en la huida muere Coyotito de la peor forma posible. Kino y Juana regresan a la aldea con el cadáver, y lanzan la Perla al mar.

            Pensad en lo que simboliza ese gesto.

       Son muchas las reflexiones que inspira esta historia: la primera, que quien te ha despojado de tu dignidad por ser pobre o por cualquier otro motivo, ya no te la reconoce jamás. Es la ausencia de ese reconocimiento la que provoca que los «ricos» se sientan legitimados para robar, estafar e incluso matar. El desprecio es la consecuencia de no reconocer la dignidad. Ese desprecio ancestral todavía se huele a diario en la prensa de cualquier país, un desprecio que consentimos y practicamos con nuestra insensibilidad e indiferencia hacia las desgracias de quienes consideramos condenados a sufrirlas como si fueran ajenas a nosotros. La Perla no es una historia de «ricos y pobres», sino de dignidad e indignidad, como tantas obras de Steinbeck. No es el dinero. No es la riqueza. Es la forma en que la fuerza se impone a la necesidad. Es, en resumen, la lucha por la dignidad. Es, también, la confusión entre dignidad y cualquier forma de poder, sea económico, político, intelectual, emocional, afectivo... No es la denuncia del «ande yo caliente ríase la gente», sino del «como yo ando caliente, me río de la gente».

            Robarle a una persona su dignidad es negarle su esencia, es negar aquello que la individualiza. No creo que ningún sentimiento genere tanta impotencia, rabia y humillación como verte tratado sin dignidad. Luchar por recobrarla suele ser empeño vano: quien se puede permitir el lujo de prescindir de nosotros hasta el extremo de hundirnos sin que le importe, ni siquiera se va a molestar en acudir al combate. Y si quien se siente despojado de su dignidad necesita de esa persona, como ocurre tantas veces entre ricos y pobres, entonces el sentimiento de humillación no hace sino aumentar. Nada lo acrecienta tanto como la indiferencia ante su evidencia. Hay quienes, como Kino en un primer momento, luchan por su dignidad convirtiéndose sin darse cuenta en lo mismo que aquellos a quienes detesta; y hay quienes, como Kino al final, renuncian a luchar para buscar la dignidad en un sentimiento de humillación que existe precisamente porque Kino todavía se considera digno a sí mismo.

          Escrito de forma concisa, directa, con capítulos breves. Me ha gustado especialmente la forma en que Steinbeck muestra los estados de ánimo de Kino no dejando ver sentimientos o pensamientos, sino hablando de que en la cabeza de Kino suena «la canción de la familia» o la «canción del mal» o «la canción del bien»; es la forma más sensible de decir que Kino no tiene cultura suficiente ni por tanto capacidad de racionalizar sus sentimientos, pero que los tiene todos.

            El lunes, comentando las últimas lecturas, cuando dije que acaba de leer La Perla, un amigo me dijo: «Fantástico libro. En él está recogido todo lo que es el ser humano».

            Leed La Perla. A su fin en vuestra cabeza sonará «la canción de la dignidad».


John Steinbeck (1902-1968)



jueves, 21 de julio de 2016

Bares y libros (y 2)


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Tengo una amiga en Zaragoza que con frecuencia saca a colación algo que una vez le dije, una evidencia en la que nunca había reparado, pero que le pareció atinada y útil: para saber qué es importante y qué no para una persona no hay que hacer caso a lo que dice, asegura o jura, es mejor comprobar a qué dedica su tiempoPorque cuando algo te importa, encuentras ocasión para cuidarlo: madrugas, sacrificas tu descanso o tu ocio o aplazas otras cosas. Y si alguien no encuentra cinco minutos en un año para aprender chino o telefonearte, tienes una mala noticia: diga lo que diga, le importas lo mismo que no entender una palabra de chino.

Como dedicar tiempo las más de las veces se hace hablando, saber de qué hablamos cuando podemos elegir el tema es indicativo de nuestro orden de prioridades.

No podemos elegir tema de conversación en el trabajo, y en casa solo cuando los quehaceres, resolución de problemas y planificaciones han quedado atrás; pero en un hogar apenas hay interlocutores para elegir, aunque los que hay sean las personas más cercanas. El lugar por excelencia donde uno elige de qué habla son los bares y restaurantes.

Y hete aquí que el otro día, al hilo de la noticia de que dos de cada tres personas no leen un libro al año pero al menos una vez a la semana van al bar, el Pobrecito Hablador se preguntaba: «¿Tienen realmente cosas que decirse quienes acudan hoy a los bares? ¿Sigue siendo el espacio público el lugar donde se gesta el discurso de una sociedad?»

            El barómetro del CIS incluía una respuesta a sus preguntas. La podéis ver en la foto (ojo, porque se podían apuntar hasta tres contestaciones por encuestado).

            En los bares, CIS dixit, el principal tema de conversación es uno mismo. Nos miramos el ombligo desde todos los ángulos. Es inevitable. En el concepto «ombligo» incluyo los temas trabajo –el más frecuente según la encuesta- pareja y familia y problemas personales.

            ¿Y de qué hablamos cuando miramos más allá de nuestras propias narices? De política (segundo tema en importancia) y de fútbol.

            En tercer lugar, nuestro vistazo al mundo se produce a través del arte del cotilleo (hablar de otras personas), que ocupa el séptimo puesto en el total, a pesar de lo cual más que duplica el número de quienes hablan de cultura, concepto que para incluir todas las manifestaciones culturales imaginables presenta unos guarismos tan esmirriados que más vale no darles una palmada de ánimo, no sea que se derrumben.

            Dicho de otra manera: la aportación de nuestro intelecto al mundo es hablar de política, de fútbol y chismorrear. En la cultura apenas reparamos.

Un ejemplo para reír o llorar, a elección del personal: aunque todos los que hablan de cultura en los bares fueran también futboleros (ingenua hipótesis, ¿verdad?) como mínimo el 70% de quienes hablan de fútbol jamás dicen una palabra de cultura. No lo digo yo. Lo dice el CIS. (*)

            Quizá parezca esperanzador que el segundo tema en importancia sea la política. Solo quizá. Porque, aparte de que la encuesta se refiere a un momento particularmente complejo y extraño en el devenir político, ¿qué es la política aislada de los temas a los que debe ser aplicada? ¿Qué significa política en la encuesta? El debate sobre quién y cómo, seguro, ¿pero también sobre para qué? Encomendémonos al residual «otras cosas», deseando que incluya temas más prometedores.

            Se preguntaba el Pobrecito Hablador si los bares siguen siendo el lugar donde se gesta el discurso de una sociedad. No sé, no sé...





(*) Caigo en la tentación de contar esta anécdota: a principios de mes apareció en Twitter el hashtag #RecomiendoEsteLibro dentro de las tendencias en España. Durante un buen rato lo miré emocionado, actualizando a cada instante lo que de él se decía. Una catarata de recomendaciones. Docenas por minuto. Miles de personas que habían disfrutado con la lectura lo estaban utilizando para compartir sus buenos momentos. Se había colocado a la cabeza de los hashtags y tal era su ritmo de uso que parecía que iba a ser eterno. No declinaba. Imaginad cómo podía sentirse un escritorzuelo acostumbrado a ser presentando ante el mundo como un bicho raro viendo a tanta gente comentar y recomendar libros con entusiasmo. Tal era la intensidad del movimiento que me pregunté qué tendría que ocurrir para que otro hashtag acabara desplazando aquel; me parecía imposible y, además, ingenuo de mí, pensé que aunque un tema importante se abriera paso aquel aún duraría unas cuantas horas. Pero no. Fue barrido de un plumazo, desplazado desde la primera posición a la enésima, exterminado, por los nombres de una banda de jugadores de fútbol extranjeros. Había comenzado un partido de la Eurocopa, y las diez cosas más comentadas en Twitter en España pasaron a ser los nombres de diez jugadores de fútbol. #RecomiendoEsteLibro pasó de tener docenas de millares de usos a poderse contar con los dedos de una mano las veces que se había usado en una hora. 


lunes, 18 de julio de 2016

El cuento de la isla desconocida - José Saramago




     Brevísimo relato sobre un hombre que acude al Rey para solicitar un barco con el cual partir en busca de una isla desconocida. El hombre se topa con multitud de trabas burocráticas y con la arbitrariedad final del monarca, obstáculos que representan la opresión del poder sobre la libertad individual, aquello que nos condiciona desde fuera sin intervención de nuestra voluntad. Luego, acompañado por la mujer de la limpieza de palacio (esta sí, elegida voluntariamente), pretende hacerse a la mar en busca de esa isla desconocida que nadie sabe dónde está porque para eso es desconocida; isla desconocida que viene a representar lo que somos: isla porque vivimos aislados en nuestra propia individualidad, y desconocida porque no somos capaces de comprender nuestra propia vida; somos, para nosotros mismos, un interrogante cuya respuesta solo podemos encontrar en el único lugar donde podemos echar raíces: en nosotros mismos, en esa isla desconocida.

     Un relato corto, muy corto, pero que invita a una reflexión profunda sobre los temas que he apuntado.

     Y no me extiendo más, o será más larga la reseña que el relato. 


José Saramago (1922-2010)



sábado, 16 de julio de 2016

Bares y libros

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Dos de cada tres personas no leen un libro al año pero al menos una vez a la semana peregrinan al bar, dice el CIS, según podéis ver en mil lugares aunque escribo esto tras leer un artículo del, ejem, Pobrecito hablador. Viendo los titulares que aluden al «barómetro» de junio, estar en un bar se debe de considerar insustancial, y lo mismo se diría a juzgar por cómo el precio de una copa sirve de unidad de medida relativizadora: a cuántas personas, por ejemplo, un libro en edición de bolsillo deja de parecerles caro en cuanto se les aclara que es más barato que un gin-tonic y que su «ingesta» dura más.
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            Alrededor de una vez al mes me veo en un bar con media docena de amigos, gente de mal vivir y de profesiones dispares, que nos hemos conocido -o así podría pensarse- por lo que de común tienen casi todas ellas con la realidad negra más que con la novela negra. Nos reunimos para hablar de libros; e incluso nuestra alma mater a veces se presenta con una docena de novelas que deja aparte hasta que la escasez de vino o cerveza da a los vasos aspecto decadente; se inicia entonces un «reparto» de libros que se confunde con el intercambio del que devuelve uno ya leído y se lleva otro. Una vez al mes, digo. Dos o tres horas. Y llevamos fama de excéntricos entre la sensata tropa que semanalmente se cita en lugares parecidos para ver partidos de fútbol.
            También en otro bar tengo ocasión de hablar con relativa frecuencia de libros y hace poco hasta me regalaron uno, al cual correspondí con uno cortito, barato y excelente: La banda de los Sacco, de Camilleri.
            Lo importante no es dónde se está, sino qué se hace allí. El vínculo entre bares y literatura que se ha querido ver en el trabajo del CIS solo indica de qué se habla o no ante una cerveza, pero no implica una relación inversa: apuesto a que el archipresente mundo del fútbol, a diferencia del literario, no se siente muy afectado por tanta afluencia a los bares.
            Como lector y escritor (esto último suele granjearme fama de pintoresco quizá porque hay quien, al presentarme, aclara «escribe libros» con el tono con que advertiría «colecciona caracoles»), me gustaría que la literatura tuviera más presencia en más ámbitos. Pero no soy optimista. No es solo cuestión de un carajal educativo sin horizonte definido, sino de la sobreinformación sobre millares de temas absurdos, de la mercantilización y banalización de la literatura, que tanto daño se está haciendo a sí misma y, sobre todo, de que cuando unos padres quieren divertirse se van al bar y al volver no cuentan de qué han estado hablando, sino solo que han estado en el bar.
           Decía no hace mucho que para que un niño llegue a lector debe ver a sus padres reír, llorar, emocionarse y apasionarse con un libro. Los debe ver buscar tiempo para acabar una buena novela. Si de ellos solo sabe y ve que van al bar, eso es lo que los futuros no lectores «harán»: ir al bar. Una vez en ellos de algo hablarán, pero no de libros; es decir no hablarán de las emociones, pasiones, comportamientos y reflexiones que contienen. Para hacerlo, hay que salir de casa leído.

Por la comparación del principio, aquí tenéis la última «ronda» que he pagado. Cada uno cuesta menos que una copa, pero el puntillo puede durar toda la vida.

jueves, 14 de julio de 2016

Sobre el derecho moral del autor



En los medios de comunicación la expresión «derechos de propiedad intelectual» se utiliza como equivalente a «derecho de cobro». Que el beneficio derivado del trabajo llegue a quien lo realizó es básico para el progreso cultural y científico, además de justo.

Pero la propiedad intelectual es un conjunto de derechos entre los que, además de los económicos, figuran otros como el derecho moral que corresponde a quien ha creado o participado en alguna creación; es la suma del derecho a la «paternidad» y a la «integridad». O, dicho de otra manera, la esencia del derecho moral del autor es el respeto al vínculo emocional que une al autor con el resultado de su trabajo. Vínculo atacado cuando no es reconocido o cuando otra persona modifica la obra, sea poniendo patas arriba una novela de dos mil páginas, un verso, un pequeño detalle en un cuadro, un título, una imagen... El derecho moral recae sobre aquello que -fruto de esa amalgama de inteligencia, experiencia y sensibilidad que llamamos intelecto- alguien ha alumbrado da igual si a cambio de un precio o no. Por ser un vínculo afectivo, en todas las legislaciones es un derecho irrenunciable e inalienable. La magnitud del daño que se hace al vulnerarlo depende de la intensidad del vínculo emocional del autor con su obra.

Por eso unas veces un plagio es un drama y otras solo un «hurto» indemnizable. Por eso, también, asuntos más sutiles pueden producir un daño irreparable. Una coma, cuatro palabras o un trazo pueden transformar lo sublime en ridículo o lo emotivo en comedia a ojos de quien lo ideó y, más frecuentemente, de todo el mundo. El daño suele ser intenso y casi siempre imposible de olvidar. Conozco casos. A veces hay voluntad de transgredir, como en el plagio; otras, prepotencia o simple desprecio al trabajo y a los sentimientos ajenos.

El titular del derecho moral acepta el riesgo de sufrir cambios en su obra cuando, por ejemplo, permite una adaptación, una traducción o actúa como colaborador entregando lo que, de ser aceptado, pasa a integrarse en una obra ajena; pero quien utiliza su trabajo se deslegitima si todo lo maneja como salido de sus entendederas sin dar explicaciones a quien ya no tiene otro remedio que esperar en silencio a ver si su creación vive según deseó o se desvirtúa. La misma deslegitimación se produce cuando se niega al autor el reconocimiento que merece, poco o mucho, o la posibilidad de conocer la suerte de lo que hizo. Pero en casi todas estas ocasiones el derecho moral sirve de poco: no hay manera de hacerlo valer; simplemente, la otra persona no ha estado a la altura.

He pensado en esto tras releer una entrevista a Marsé publicada hace unos meses. Los autores son las víctimas más débiles del constante asalto a los derechos propiedad intelectual de contenido económico, el célebre «pirateo», pero son los únicos que pisotean los derechos morales de otros autores, porque solo alguien que se presenta como autor puede modificar lo hecho por otro o hasta apropiárselo.

Mi objetivo al escribir está lejos de vender (aunque procuro hacerlo, lógicamente) u obtener notoriedad; por eso he llegado a sacrificar mi «tiempo escritor» en trabajos que en nada me beneficiaban en tales aspectos; por eso, también, puedo escribir una novela sabiendo de antemano que no se la voy a dar a leer a nadie; y por cosas como estas el derecho moral, el vínculo emocional con lo que hago, es para mí el más importante de cuantos conforman la propiedad intelectual. Pero creo que soy un rara avis.




lunes, 11 de julio de 2016

El procurador de Judea - Anatole France



       Tras pasar casi toda la vida desterrado como consecuencia de un comportamiento indecoroso, Ælio Lamia, ya en la senectud, se encuentra en la costa de Campania atraído por sus bondades terapéuticas. Mientras da un paseo coincide con alguien todavía más viejo: Poncio Pilatos, a quien conoció en Judea cuanto éste era procurador.

        Recuerdan viejos tiempos, que nunca fueron mejores porque Pilatos mira al pasado con decepción, incluso con amargura, tras dejar atrás una vida cuya huella no es la que él hubiera deseado ni cree merecer: las zancadillas de su superior ante Roma, la incomprensión e intereses ocultos de los judíos paralizando actuaciones suyas, como la construcción de un acueducto... Los problemas de un procurador que, afirma, intentó actuar con honradez y justicia. Precisamente ese propósito hacen de este relato un canto al escepticismo: podemos creer y creernos lo que queramos y aspirar a cualquier cosa, que ya se encargará la vida de pasarnos por encima; nunca llegamos a conocer ni a entender la verdadera realidad; solo, con los años, comprendemos que lo que siempre tomamos por realidad irrebatible era solo una percepción, la nuestra, diferente e incluso opuesta a la de los demás, a su vez tan engañados como nosotros mismos.

        Por eso la versión de Pilatos no coincide, se deja caer, con la de otros. Es entonces cuando Ælio, en un intento por alegrar la conversación, recuerda a una mujer hermosa que bailaba con voluptuosidad. Al preguntarse qué habrá sido de ella, recuerda que la mujer se enroló entre los seguidores de un tal Jesús en Nazareo. Cuando le pregunta a Pilatos si recuerda algo del tema, éste, que hasta ese momento había estado absorto en recapitular la lista de agravios que consideraba haber sufrido, se muestra sorprendido: no recuerda nada del asunto, no sabe de qué le está hablando su amigo.

          Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón para un texto rescatado años atrás nada menos que por Leonardo Sciascia, autor del posfacio. Un brevísimo y magnífico relato que se lee en poco tiempo pero que invita a una profunda y larga reflexión. Cómo el egocentrismo unas veces y otras la rutina de lo que creemos ser nos hacen vivir engañándonos, hasta que la vida pasa y todas las aspiraciones y hechos se han diluido en la nada, momento en el cual comprendemos que no hemos sabido nada de ella, que nunca lo sabremos, y que moriremos con la tristeza o la angustia de no haber entendido nada.  


         Segunda vez que he leído este relato (la primera fue a comienzos del 2011) cuya primera edición, en 1891, fue de 430 ejemplares.

Anatole France (1844-1924)


lunes, 4 de julio de 2016

El secreto de la modelo extraviada - Eduardo Mendoza



1978, 1982, 2001, 2012 y 2015 son los años de publicación de las novelas del «detective loco». Una distribución que indica que Eduardo Mendoza escribe lo que le apetece cuando le apetece, aunque creo que con el segundo (El laberinto de las aceitunas) trató de aprovechar el éxito del primero (El misterio de la cripta embrujada), el cual es el mejor de la saga tras La aventura del tocador de señoras; y creo también que El enredo de la bolsa y la vida es un libro no sé si de trámite, pero sí algo triste por cómo el paso del tiempo para Barcelona y los personajes ha acabado con el mundo que tantos lectores disfrutamos en las otras tres novelas, y quizá de ahí que El secreto de la modelo extraviada cambie de enfoque y tenga una personalidad diferente a las otras cuatro.

Cambia sin renunciar que el tiempo haya pasado para todos, porque basta el mordisco de un perro para que el protagonista rememore, durante más de la mitad del libro, una «aventura» de treinta años atrás, lo que lo devuelve a la frescura de la juventud y a la Barcelona preolímpica. Cambia también porque cuando se vuelve al tiempo actual se abandona el aire de fracaso y decrepitud que hacía del Enredo de la bolsa y la vida una novela algo triste; en cambio en El secreto de la modelo extraviada la secuencia pasado-presente logra un contraste temporal mucho más ágil y divertido que en El enredo de la bolsa y la vida, la cual se publicó once años después de su antecesora y la evolución daba más para compadecerse de los personajes que para sorprenderse. Cambia el humor respecto a las mejores novelas de la saga, porque es menos delirante, más centrado en el gag, con numerosas concesiones al absurdo que no pretenden caracterizar personajes concretos, sino que son un fin en sí mismas, aunque Mendoza no abandona algunos recursos habituales como la reiteración de coletillas (el «cocina riojana» o «yo no soy gay») y ciertas notas que lindan con la escatología porque el protagonista lo requiere (como todas las que aluden al papeo que debe repartir y no acaba nunca de entregar). Cambia porque así como en La aventura del tocador de señoras la mezcla de intriga y humor es magistral, en El secreto de la modelo extraviada la intriga gana peso (que no complejidad) y el humor más bien la rodea. Una novela superior a su inmediata antecesora, pero se diría que Mendoza no ha intentado sorprender con nada nuevo, sino ofrecer lo que sus lectores esperan, con talento y buen hacer, pero sin intentar superarse. Da la impresión de que ha trabajado más la trama, la organización de las cosas para que todo discurra sin prisa pero sin pausa (es ejemplar el modo en que las cosas se suceden), que los detalles humorísticos. El resultado es una novela que se lee rápido y bien, en la que se desea avanzar sin llegar a percibir los burdos trucos de «modo de trabajo best seller».

Se lee fácil, digo, pese a lo redicho no solo del protagonista, sino de casi todos los personajes. El lenguaje elaborado y algo arcaico, que forma parte del humor tanto como la historia, pasa de ser un elemento caracterizador del protagonista-narrador a filtrarse de tal modo en todos los intervinientes que la novela gana en originalidad, pero el protagonista resalta menos al perder contraste con el resto del «reparto». La intriga atrapa, aunque lo que más lo hace es el cariño que se siente hacia el protagonista. Mendoza escribe de maravilla, pero aunque lo hiciera mal uno lee para estar con el personaje más que para saber qué le ocurre. Qué merito haber logrado algo así.

Leed todas las novelas de la serie. Comparadas con algunas cosas que dicen que son humor, estamos hablando de libros maravillosos.