En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 28 de mayo de 2026

El gran terremoto - Kathryn Schulz

 


Este minúsculo libro de unas 70 pequeñas páginas contiene el artículo publicado en The New Yorker por Kathryn Schulz que da título al volumen y fue premiado con el Pulitzer y el Nacional Magazine Award creo que en 2015, e incluye también el artículo-secuela que publicó meses después, con consejos para hacer frente a la calamidad.

«El gran terremoto» del que siempre se habla es el que se prevé que cause la falla de San Andrés, muy estudiada por su posición, pero Kathryn Schulz se refiere a otro, que será provocado por la falla de la zona de subducción de Cascadia y que tendrá efectos más devastadores por su mayor intensidad y porque irá acompañado de un tsunami colosal, fenómenos mucho más destructivos que los terremotos.

Cuando ocurra, no hay que dar un céntimo por todo lo que esté al oeste de la interestatal 5: desde el cabo Mendocino a Vancouver habrá una destrucción enorme, especialmente de infraestructuras clave que impedirá las comunicaciones y desplazamientos durante meses; pocos minutos después el tsunami arrasará la zona costera y, aunque las víctimas serán solo unos millares, serán precisos muchos meses y hasta años para recuperar el agua potable y el fluido eléctrico, lo que acabará con la economía de la zona.

El artículo cuenta de forma rápida, eficaz, comprensible y amena lo que se sabe sobre este asunto desde el punto de vista científico, incluyendo la elevada probabilidad de que el gran terremoto ocurra en los próximos años, y hace un pormenorizado recuento de la escabechina humana y mucho más material que supondrá. Nadie parece querer darse cuenta del riesgo porque los tiempos geológicos son unos y los humanos otros, y en la minucia de intervalo entre un soponcio geológico y otro que pueden ser trescientos o cuatrocientos años da tiempo a que en un lugar desaparezca una civilización y aparezca otra, como ha sucedido en el territorio que ahora ocupa Estados Unidos.

La alarma que causó este artículo no solo tuvo que ver con la previsión de terribles efectos y de su proximidad temporal, sino, valga la redundancia, con la falta de previsión de las autoridades y, sobre todo, de la sociedad.

Y esto induce reflexiones para las que ahora, en España, tras la llamada DANA de Valencia en 2024, deberíamos estar especialmente sensibilizados, porque hay fenómenos dramáticos que no sabemos cuándo van a ocurrir, pero sí sabemos que antes o después ocurrirán. 

Ante la DANA, la irresponsable y repugnante reacción de notorios políticos, medios de comunicación (convertidos en terminales de los partidos, publicidad institucional mediante) y cientos de miles de imbéciles sin personalidad ni cerebro que en redes y conversaciones con amigos han secundado toda majadería y han transformado el asunto en una cuestión de debate político para distinguir entre buenos y malos, ha impedido la difusión de información sosegada y vital para orientar el diseño territorial a medio y largo plazo. La voz de catedráticos de geología, ingeniería hidráulica o meteorólogos ha sido acallada por el griterío de toda esa turba de gilipollas. Pero si quienes todo lo ignoramos sobre fenómenos naturales nos esforzamos un poquitín en leer cuatro cosas de las dichas por quienes llevan toda su vida estudiando estos asuntos (sin que nadie les haga caso porque el tema, en condiciones normales, no vende) pronto tendremos una idea clara y básica a la que luego me referiré. Por supuesto, enseguida encontraremos peligros similares a los que plantea  Kathryn Schulz en su artículo, porque aunque las causas difieran (terremotos, inundaciones, huracanes, corrimientos de tierras, incendios de enésima generación...) muchos efectos son comunes. En realidad, la forma de evitar los riesgos asociados a los fenómenos naturales es bastante simple en lo conceptual: si no quieres que te suceda una tragedia, no vivas donde sabes que antes o después va a ocurrir. El disparate urbanístico es común en numerosas zonas de todo el planeta expuestas a evidentes riesgos naturales. Tal es la dejadez que, como avisa Kathryn Schulz en lo que ella analiza, el gran terremoto se llevará por delante la mayoría de los parques de bomberos, hospitales y comisarías que deben dar respuesta a las emergencias en la zona. En el caso de Valencia y tantos otros sitios crecidos en las márgenes de ramblas, barrancos y zonas inundables, pensar que las obras de regulación, por bien y diligentemente que se ejecuten, van a ser capaces de disciplinar cualquier grado de precipitación en cualquier sitio posiblemente sea una ingenuidad. Mejor poder digerir 600 litros de lluvia por metro cuadrado en la cabecera de un barranco que no poder hacerlo, pero como alguna vez caerán 1200 la mejor protección es no tener miles de personas viviendo en la zona de deyección cuando eso suceda. Urbanismo y ordenación del territorio se llama eso.

Y así sigue el mundo, irresponsablemente instalado en mil sitios y sin apenas hacer esfuerzos por corregir nada ni en países como Estados Unidos, donde la ciencia es capaz de concretar cada vez mejor los riesgos y donde, se supone, disponen de más medios que nadie; todos confiando en que la diferencia entre los tiempos humanos y geológicos nos permita vivir y morir sin conocer el desastre, grande o pequeño, que cuando ocurre en unos sitios se lleva un puñado de vidas y en otros un puñado de miles. Se pueden dejar herencias bastante mejores.


martes, 26 de mayo de 2026

1111

 


Con esta ya he publicado 1111 entradas en este blog. Qué rápido han pasado estos quince añitos. La primera la leyeron cuatro gatos. Ahora, en cambio, esto parece Gatolandia.

    Tres lustros hablando de las obras de otros no está nada mal, ¿verdad? El pilar fundamental ha sido mi afición a la lectura, claro, pero también me he apoyado en la esperanza de que quienes se interesaban por esos libros ajenos de vez en cuando se fijaran en los míos.

    Por eso rindo homenajillo a mis novelas a través de esta 1111ª entrada. Sin sus ánimos y sin los lectores que han tenido y la esperanza de los que llegarán, probablemente no estaría hoy aquí.

    Más.


lunes, 25 de mayo de 2026

Gordo de feria - Esther García Llovet

 


He leído «Gordo de feria» con tranquilidad y cierto agrado, pero al ir a escribir estas líneas dos o tres semanas después me he dado cuenta de que su lectura no ha dejado en mí el poso suficiente para hacer una reseña mejor y más detallada que lo que a continuación ofrezco. Sobre el libro o sobre mí, algo significará.

El gordo que da título a esta breve novela de unas 160 páginas es un humorista sin humor llamado, o apodado, Castor. Vive lo bastante bien para no dar ni golpe. O vive bien precisamente por eso. O sus actividades están muy bien remuneradas, cosa que no parece, o es que una vez, eso afirma, le tocó en lotería un premio. Un premio, por cierto, demasiado alto para el sorteo que cita.

El buen hombre, que además de zángano es un irresponsable, conoce de chiripa a un camarero que se le parece mucho, mucho, mucho. El doble está un poco más flaco que el original, pero nada que no pueda remediar una dieta que persiga un perfecto metabolismo. Es decir, una dieta que tenga por meta ser una bola (pero que conste que el juego de palabras no es de la novela).

La idea de que el protagonista utilice un clon para librarse de los engorros de la vida diaria y dedicarse al dolce far niente no es especialmente original (no recuerdo títulos, pero sí  haber visto varias películas -malas- fundadas en la misma idea) y la ejecución de la historia, aunque correcta, eficaz y profesional, no es lo vibrante que anuncia la contraportada. Vamos, que «Gordo de feria» parece una novela sin otra pretensión que ir tirando dignamente en el oficio.

Para Castor, en la categoría de engorro de la vida diaria entra cuanto suponga dar un palo al agua. De ahí que conciba la idea de enviar a su doble lo mismo a saraos que a grabaciones o colaboraciones de diverso tipo. ¿Por qué no, si tiene y derrocha dinero y como el otro anda con una mano delante y otra detrás todo le viene bien? Aunque, claro, una cosa es que el camarero no tenga un céntimo y otra que carezca de pasado.

La duda, ante este planteamiento, es por dónde irá la autora, si por los equívocos que provoca la sustitución en el presente o por los efectos de ese pasado desconocido si la confusión viaja en el tiempo. También da algo de juego, sin pasarse, la adaptación al cambio del doble: ¿será un horror o le cogerá el gustillo hasta el punto de sentirse mejor siendo quien no es? ¿Y cómo llevará el original que haya un otro yo zascandileando por ahí? Preguntas evidentes ante el planteamiento de la historia. Averiguará las respuestas quien lea el libro, y así sabrá también qué diablos hace una pérfida china espiando a Castor a todas horas, amén de algunas otras cosillas.

El tono de la autora lo recuerdo neutro, descriptivo, como si hubiera renunciado a trasladar las emociones al lenguaje. La consecuencia es que los personajes tardan tanto en mostrarse tal y como son que, con lo corta que es la historia, apenas da tiempo a identificar y asimilar su perfil. Así que más le vale al lector asumir cierto protagonismo en las vivencias de los personajes para salpimentar a su propio gusto la parte emocional.



lunes, 18 de mayo de 2026

Un bien relativo - Teresa Cardona

 


Qué gran novela es «Un bien relativo», y eso que, contrariamente a lo que me exige mi religión, siendo la segunda de una saga la he leído sin haber leído la primera. Eso sí, el elogio requiere un matiz que luego haré.

Protagonizan el invento una pareja de guardias civiles: la teniente Karen Blecker, más o menos recién llegada de Alemania, donde parece haber dejado atrás un pasado emocional conflictivo, y el brigada Cano. Ella vive en Madrid, en un gran, céntrico y antiguo piso familiar, y él en San Lorenzo del Escorial, donde ambos están destinados. Esos son los escenarios de la novela. Uno, la capital, un inmenso almacén de vidas, trabajos e incomodidades camufladas con la idea de que, aunque todo sea igual y se haga en todas partes lo mismo, «hay mucho donde elegir». El otro, San Lorenzo del Escorial, presentado como un lugar donde llevar una existencia tranquila, donde uno puede encontrarse y reconocerse a sí mismo, disfrutar de los placeres que en la ciudad, que tanto tiempo exige para todo, solo se pueden consumir, y todo a la sombra del evocador, imponente y silencioso monasterio desde el que se dirigió el «imperio donde no se ponía el sol». Esta imagen idílica de San Lorenzo del Escorial ha exigido a Teresa Cardona omitir lo que cualquiera que vaya allí puede ver: la plaga de segundas residencias y urbanizaciones que ha transformado el ideal en una especie de centro de consumo de descanso.

¿Argumento?

Estamos en 2015. En un camino que conduce a paseantes y conductores a un restaurante situado en un alto aparece muerta una monja ya mayor. La mujer ha caído, su cocorota ha dado contra una piedra y se ha descalabrado. Pobrecilla. Además, da más rabia cuando muere alguien inofensivo, como suelen parecer las monjas, que cuando casca un mal bicho.

Todo apunta a un accidente, ¿verdad? Ningún asesino recurriría a un método que exige fuerza para empujar y, sobre todo, una puntería que ni Robin Hood; a ver quién es el guapo que practica el lanzamiento de monja de modo que la sor dé el calaverazo en la esquinita exacta de un aislado pedrusco en la cuneta. Complicado, ¿verdad? Sin embargo, Karen Blecker y Cano son beneméritamente perspicaces y, como tampoco es del todo normal que las monjas se descrismen de buenas a primeras en andurriales donde nada pintan, comienzan a husmear.

Durante la investigación, que como historia es más bien regularcilla, la pareja no pone los pies en el cuartelillo ni aunque se lo recete el médico, y entre ir y venir se les pasa el tiempo de forma pasmosa. Avanzan a paso de tortuga. La autora pone a procesionar a ambos con varias finalidades: la primera, obvia, hacer progresar la investigación; la segunda, dar a conocer a los personajes (es curioso que, pese a ser la segunda novela de la saga, ninguno parece saber nada del otro; tendré que leer la primera); la tercera, retratar San Lorenzo del Escorial como un oasis que incluye numerosos atractivos gastronómicos, que Madrid está hecho para los consumidores y la masa, no para los sibaritas y la gente selecta. He llamado regularcillo a todo esto. Este es el matiz al que antes me he referido. Pero es que «Un bien relativo» toma su título de una historia que transcurre de modo alterno, allá por 1980, que es «la historia» de esta obra. Y esa historia es buenísima.

A los años ochenta el lector viaja para conocer la vida de quienes nada tienen, ni la más mínima cultura, excepto sus manos para trabajar. Son dos las protagonistas: la primera es una mujer joven, cargada de hijos, que malvive de lo que saca trabajando como sirvienta por horas en casa de personas más que acomodadas; tiene un marido alcohólico y brutal del que solo puede esperar arbitrariedad y violencia. La segunda es su hija mayor, una niña de unos catorce años, trabajadora, brillante en los estudios, pero condenada a no poder demostrar su valía por el trabajo que debe asumir para sacar la familia adelante. Como además una de la cosas que más tristeza me produce en la vida es intentar ponerme en  el pellejo de aquellos que, sabiéndose tan inteligentes y capaces como el mejor, deben resignarse a la incultura y a la falta de oportunidades por carecer de medios económicos, el asunto me ha tocado el corazoncito de un modo que no os podéis imaginar.

Y aún me lo ha tocado más por el dramático tema que aborda: el robo de bebés que proliferó durante toda la dictadura y se mantuvo hasta los primeros años de la democracia. Robos que se amparaban en el  «bien relativo» para la moral dominante que suponía sacar a un niño de las garras de las miserias causadas por la dinámica del sistema para regalarlo a parejas bien asentadas en ese mismo sistema. En ocasiones los robos se hacían sin conocimiento de las madres, haciéndoles creer que sus hijos habían nacido muertos; en otras, se forzaba la entrega del niño con todo tipo de argumentos en favor del recién nacido que en realidad amparaban la ambición de los nuevos padres; a ninguno de quienes intervenían en ese repugnante proceso se le pasaba por la antesala del cerebro la posibilidad de ayudar a las verdaderas madres a hacer frente a la vida en compañía de sus hijos. 

    También uno se pregunta por la anestesia moral que produce estar en paz con el sistema porque en él tienes la vida resuelta, la anestesia moral de clase: ¿cómo esa gente bien, de modales educados, amables y atentos entre sí y con el servicio, que desempeñaban sus profesiones con normalidad, podían promover y beneficiarse del semejantes animaladas? ¿Cómo vivir toda la vida sabiendo que tu hijo lo es porque su verdadera madre era una mujer desamparada y tuviste generosidad para amparar al bebé pero no a la madre, a la que dejaste pudrir porque ni te planteaste ayudar? ¿Puede llamarse a eso generosidad

    Y, por último, uno se pasma ante otro tipo de anestesia moral: la de los intermediarios. Algunos se forraron comerciando con bebés, y ya sabemos que el hambre de dinero ha justificado las mayores salvajadas; pero otros, especialmente en el ámbito religioso (¡qué razón tenía el papa Francisco en estar contra el clericalismo, es decir, contra la posición de superioridad moral del clero!), ¿a través de qué clase de perversión argumental y moral podían justificar ponerse al servicio de las clases acomodadas robando niños a las clases bajas para hacer aún más desgraciados a quienes ya lo eran? Creían hacer un bien, sí, pero era «un bien relativo», el que da título a la obra, porque no tenían en cuenta a todos los implicados. Omitían los intereses y sentimientos de los implicados a los que más atención deberían haber dedicado: los pobres de solemnidad, aquellos a los que atendió Jesús de Nazareth.

La historia de los años 80 es magnífica. De las que se recuerdan. El trabajo estajanovista, la precariedad eterna, la total ausencia de expectativas y esperanzas, la angustia por lo que cualquier mínimo contratiempo puede suponer, la explotación por unos señores bien muy amables con las empleadas por las que no cotizaban un céntimo a la Seguridad Social, las mismas que quedaban en la miseria como se les ocurriera romperse un hueso o debían asumir días de penuria y renuncias si pillaban una gripe; qué supone eso para una niña que se ve obligada a renunciar a esperanzas de prosperidad fundadas en su talento y valía para sostener la miseria en los umbrales de la supervivencia. Toda esta historia está contada de un modo exquisito, realista, testimonial, sin sentimentalismos ni soflamas. La historia de personas que asumen un destino en el que no hay día sin decepción, y en el que un día sin un nuevo problema es un triunfo que solo provoca la alegría del alivio. Quien tiene dinero suficiente no es consciente de la inmensa angustia que se puede llegar a sufrir ante, por ejemplo, la necesidad de poner gafas a un hijo. Gafas que siempre serán las más baratas y también las más malas y las más feas porque, te queden como te queden, no podrás elegir. Eres feo porque eres pobre. Eres guapo porque eres rico. Imposible no sacar la conclusión de que no hay guapos y feos, sino ricos y pobres.

Ni que decir tiene que ambas historias, la de la benemérita investigación de 2015 y la que viene de 1980 acaban convergiendo y explicando lo sucedido.

O, bueno… Explicándolo, explicándolo… Teresa Cardona da al lector la posibilidad de elegir qué sucedió, si bien, tal y como ha retratado a sus personajes, creo que la mayoría de lectores coincidiremos en la interpretación del final. Un modo de conclusión brillante. Aunque admito que si tuviera ocasión de hablar con Teresa Cardona le preguntaría qué imaginó ella. Por si las moscas. A fin de cuentas, ¿cómo vas a exigir, a quien la vida le pasa por encima, que controle sus emociones todos y cada uno de los segundos de su existencia? Y basta un segundo para tantas cosas… 


miércoles, 13 de mayo de 2026

El loco de Dios en el fin del mundo - Javier Cercas

 


    Por casualidad o por influencia del título y el contenido, he leído las casi quinientas páginas de este libro sin dejar de viajar, en cuatro ciudades diferentes, para terminarlo prácticamente en el fin del mundo, o al menos en un sitio muy parecido al paisaje mongol descrito como tal en algunos pasajes, como puede verse en la foto. Vaya libro extraño e interesante. Lo primero porque mezcla la autobiografía, la biografía, la entrevista, la indagación más que el ensayo, cierta «intriga» a cuenta de la respuesta del Papa Francisco a una espectacular pregunta y extraño también porque el libro narra la historia del propio libro: es una obra que parece hacerse a sí misma ante los ojos del lector, aunque ese efecto es todo menos casual: conseguirlo exige una gran habilidad. Cercas la ha tenido, pero no ha bastado para ocultar el enorme trabajo de organización y pulido que ha tenido que realizar para sintetizar sus lecturas, entrevistas y experiencias. Por qué es interesante lo explico en el resto de la reseña.

        En algún momento de 2023 Javier Cercas, ateo confeso, recibió inesperadamente una propuesta de la editorial del Vaticano: escribir un libro en torno al Papa Francisco de temática, estructura y orientación completamente libre, con motivo del viaje del pontífice a Mongolia entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre de 2023, al que el escritor fue invitado.

        No queda clara la pretensión de los promotores de la idea, si no fue dar al mundo una visión independiente, «no contaminada», de cómo Francisco entendía la Iglesia y la religión. Una forma, por tanto, de llegar ese público, entre el que me cuento, que no hace caso de las versiones de parte, traten de lo que traten.

        Tras contar cómo resolvió sus dudas sobre la propuesta, Cercas explica al lector que aceptó con una condición cuyo cumplimiento nadie podía garantizarle: hablar cinco minutos a solas con Francisco. ¿Para qué? La madre del escritor, estricta creyente, muy devota pero ya mayor y con incipiente demencia, siempre creyó que tras su muerte se encontraría de nuevo con su marido, fallecido mucho tiempo atrás. Por eso Cercas quería preguntarle al Papa por la resurrección de la carne y la vida eterna, expresión de fe que culmina el «Credo», una mayúscula promesa que, por su dimensión y significado, el autor califica una y otra vez de «escandalosa»; tanto lo es que esa creencia ha sostenido el cristianismo durante dos milenios. Cercas quería hacer esa pregunta para llevarle a su madre la respuesta de Francisco.

        Si uno lo piensa, la respuesta a esa pregunta supone pronunciarse sobre razón de ser del cristianismo y de casi todas las religiones, pues todas prometen la trascendencia. Casi nada. Sin embargo, como pronto comenzó a observar Cercas, nadie le pregunta al Papa por esas cosas, ni por casi nada que tenga que ver con la religión o la espiritualidad; los medios de comunicación solo se preocupan por las lecturas políticas de las palabras de los pontífices.

        Cercas narra con detalle los contactos que estableció gracias a las facilidades que recibió de los promotores de la idea, los días que pasó en el Vaticano antes y después del viaje, entrevistando a unos y a otros, el viaje en sí mismo y las personas a las que conoció y entrevistó en Mongolia, todo de modo cronológico, excepto en el punto capital, que deja para el final para dar al libro ese toque de intriga al que me he referido al principio: la respuesta del Papa a la pregunta de si la madre de Cercas volvería a encontrarse con su marido después de muerta.

        Cercas asume el papel de ateo que ve a la Iglesia desde fuera y un poco como a un bicho raro al que no entiende, y nos muestra, además del interesantísimo y detallado relato del viaje, un notable catálogo de personajes que trabajan en el Vaticano, en general responsables de una u otra vía de comunicación, aunque hay un poco de todo. Siempre distingue si son o no laicos y de todos ofrece, de modo no forzado, una breve biografía que permite contextualizar al personaje. A todos los somete a una serie de preguntas que, a grandes rasgos, abordan el trabajo de cada cual, la vida de Francisco y el examen de su papado y las relaciones entre espiritualidad y razón. De ahí salen algunas ideas recurrentes: la oposición del papa al clericalismo (esto es, a la posición de superioridad del religioso respecto al resto), su cercanía a la periferia (entendida como los abandonados por el sistema) y, en definitiva, un modo de entender la religión como una vivencia que ha de hacer del católico algo lo más cercano posible a un misionero: alguien sin apetitos materiales y hambriento de darse a los demás; la religión, para Francisco, no es una creencia, sino un modo de actuar. Se trata de la visión más ajustada a la figura de Jesús de Nazaret, que entra en conflicto con el «catolicismo formal» de las clases medias occidentales, que disfrutan de una vida fácil que no se cuestionan ni aunque el mundo a su alrededor se caiga a pedazos; y qué decir de los más ricos. De ahí que el Papa Francisco haya tenido tantos enemigos en la derecha, pese a que su mensaje nunca ha sido político, subrayan todos. El problema para quien vive bien es que Francisco apela a su conciencia para hacer de la religión un motivo de solidaridad, de darse, y no una excusa para el encastillamiento. El modo de actuar que predicó es el generalizado entre los misioneros actuales (uno de los grandes grupos entrevistados por Cercas) que antes de ayudar deben «inculturizarse», es decir, conocer la lengua, historia y costumbres del lugar (en los arrabales de su propio país o en otros países) donde van a trabajar, pues su objetivo no es cambiar la cultura, como tampoco lo es evangelizar: a Dios ni lo mencionan en sus relaciones con los necesitados. Su vivencia de la religión jamás la explican de palabra, sino con el ejemplo, lo cual hace que sus vidas requieran una constancia y una entrega heroicas, pues a ver quién es el guapo que no está sujeto a dudas y contradicciones y más cuando el camino es complicado. Ni que decir tiene que la visión que de la religión tiene el misionero poco o nada tiene que ver con la de la burocracia eclesial, que es la que llega al feligrés de clase media occidental.

        Todo esto tiene que ver con el papel central que el papa reserva a la misericordia por encima de cualquier otra virtud. Cercas señala que el término une «miseria» y «corazón», e implica acercar el corazón a la miseria. Esto es, comprender las debilidades, las situaciones de vulnerabilidad, primar la humildad sobre la soberbia, desarrollar la capacidad de comprender y perdonar.

        El último rasgo del papado de Francisco es la sinodalidad. O, dicho de otra manera, que las decisiones que el pontífice debe adoptar porque es su competencia y es una especie de «rey absoluto» no pueden provenir de su exclusiva y aislada voluntad, sino de su capacidad y voluntad de discernimiento tras haber escuchado hasta al gato. La palabra de todos pasa así a tener un peso enorme. No es democracia, subrayan los vaticanistas, pero se le parece y en algunos puntos la aventaja, subraya Cercas. Y al hilo de esto el libro sirve, también, para entender el lentísimo proceso de cambio de la Iglesia: ¿por qué tardan décadas y décadas en cambiar? No solo porque hay muchas voces, sino porque son muy dispares: hay enormes diferencias entre países, entre culturas, e incluso dentro de un mismo país y cultura por motivos de edad o tradición. Los cambios no pueden ser traumáticos sin riesgo de ruptura. Esto hace todo exasperantemente lento para unos y vertiginosamente rápido para otros.

        En medio de todo esto Cercas intercala en la mayoría de entrevistas preguntas críticas hacia la Iglesia, hechas siempre con espíritu constructivo y movidas por la curiosidad, como las relativas a las dificultades de comunicación de la Iglesia por su empeño en mantener un lenguaje periclitado al que nadie hace caso porque nadie entiende. No se trata de preguntas agresivas, sino de observaciones que nos hacemos todos los que vemos la Iglesia desde fuera.

    Los marcos de la acción son dos, ambos muy atrayentes: el mundo del Vaticano, irrepetible por su singularidad, donde, por ejemplo, en las redacciones conviven redactores de docenas de nacionalidades porque una misma noticia se da en cuatro docenas de lenguas distintas y en cada caso con una orientación ajustada al país de destino. El otro marco es Mongolia, un país de historia compleja pero que a nadie importa ahora aunque su territorio esté en disputa entre China y Rusia, un país enorme de eternas praderas y cielos azules, pero también desértico, vacío, un país bellísimo con la mitad de la población concentrada en una capital feísima, Ulán Bator, que tiene un gran protagonismo en este libro.

        Poco a poco, gracias a sus lecturas y a los inteligentes y profundos diálogos con los numerosos entrevistados, Cercas construye una biografía personal y espiritual de Francisco, siendo la segunda la más importante, porque es la que define su personalidad, su papado y su legado. De esta lo más relevante es, sin duda, que el Francisco espiritual es el resultado de un proceso existencial complejo en el que destacan numerosos errores vitales y, sobre todo, la capacidad de autocrítica, de enmendarse a sí mismo la plana, de dejar de ser uno quien es para intentar ser quien quiere ser. ¿Es Bergoglio el Papa? ¿Es el Papa Bergoglio? ¿Es el Papa el Bergoglio que Bergoglio desearía ser? ¿Es el Papa un personaje interpretado por Bergoglio? Todas estas preguntas son legítimas y razonables. Todas pueden hacerse respecto a cualquiera que detente un cargo que obliga a defender en público el «deber ser» desde la contradictoria y limitada realidad del «ser». Y como todas las respuestas a estas preguntas generan problemas, cuando éstas se formulan sobre un papa, por su proyección y aspiración al liderazgo moral de mil cuatrocientos millones de personas las respuestas adquieren una importancia capital.        

        La narración es ordenada, clara, diáfana, con un permanente punto de humor basado en la posición del propio autor, que se ríe de sí mismo porque se ve como lo que es: un ateo sin especiales preocupaciones espirituales infiltrado en el Vaticano, un ignorante en temas sobre los que jamás ha pensado navegando entre personas con una sólida formación intelectual y espiritual, alguien que emprende con osadía la aventura que narra en este libro con el objetivo de dar a su madre la respuesta más autorizada sobre la tierra a lo que ella siempre ha creído, un autor-protagonista-testigo sobre quien siembre sobrevuela la advertencia de su esposa: a ver si te van a convertir. Así es como Cercas, desde el tesón y el rigor desenfadados, consigue alcanzar ideas profundas.

        La religión, que tantas veces ha considerado al humor un enemigo, no lo tiene en el humor de Cercas. Y tampoco en el del Papa Francisco, un hombre admirable por cómo supo luchar contra sí mismo para ser quien quería ser, para lo cual tuvo que darse cuenta, en algún momento, de que no lo era o de que se había equivocado en lo que quería ser. Pocas personas hay capaces de censurarse y corregirse a sí mismas. Por eso, probablemente, cuando tras la última votación del cónclave que lo eligió el cardenal decano le preguntó, según la tradición, Acceptasne elecionem de te canonica factam in Summum Pontificem?, Francisco respondió: «Aunque soy un gran pecador, acepto». Por eso, también, siempre terminó sus intervenciones pidiendo a los demás que rezaran por él.

        No hay mejor líder, dice varias veces el autor, que quien no quiere serlo. El secreto de Francisco, concluye Cercas, es que no tenía secreto: solo fue un hombre normal que a partir de cierto momento en su vida luchó contra sí mismo para ser cada día día un poco mejor, un poco más parecido a Jesús de Nazaret.




lunes, 11 de mayo de 2026

Barba Azul - Amélie Nothomb

 


No hace mucho publiqué un artículo cuyo título, «Te mato. La próxima vez que te vea con oxígeno, comerás flores», mezclaba los de tres de las novelas más leídas de los últimos tiempos porque las tres reflejaban, sin pretenderlo, un problema actual, el de la vivienda. A él podría sumar esta novela, la primera que leo de Amélie Nothomb, aunque la autora sea de la generación anterior a la de quienes firmaron las tres que inspiraron el artículo.

    Saturnine, la protagonista de «Barba Azul» también tiene problemas para encontrar vivienda. Por eso acude al proceso de selección de inquilina de cierto misterioso caballero que vive en un casoplón, un castillo, y que alquila, regalada, una habitación. El lector irá viendo que además el alquiler va acompañado de frecuentes invitaciones a cenar (el tipo es todo un selecto cocinitas), de la puesta a disposición de la inquilina de coche con chófer y algunas otras cosillas. Un arrendador con deferencias. Además da permiso a la dama para que vague por todo el castillo por donde le dé la gana, con una única excepción: no puede meter la nariz en cierta habitación que tiene la llave puesta y de la que no le da más información. Salvo esa rareza, el alquiler es un chollo. El único problemilla es que las ocho inquilinas anteriores han desaparecido. Ocho. Solo ocho, ejem. No parece casualidad, ¿verdad? Pero Saturnine es muy animosa y confía en sí misma: probablemente sus antecesoras husmearon en el cuartito prohibido y... Pero ella vencerá la tentación porque le importa un pito lo que haya en él.

    El arrendador, vamos a llamarlo así, es un aristócrata de ascendencia española, misántropo, con rarezas y obsesiones que él mismo explica maravillosamente.

Evidentemente inspirado en el «Barba Azul» de Perrault la razón de ser de la novela son los inteligentes diálogos entre Saturnine y el caballero, en los que se ponen mutuamente a prueba, en los que ella desafía las extravagancias de él y él  la determinación de ella. Y a todo esto, ¿llegará el amor, esa emoción que todo lo descompone y pone todo patas arriba? Él dice que sí. A eso juega en el fondo. Ella, que no.

Diálogo, mucho diálogo con rápidas apostillas. Eso le basta a Amélie Nothomb para tejer un mundo completo y complejo y dar rienda suelta a las ideas que operan a modo de juego intelectual basado en el equilibrio entre racionalidad y emotividad.

Un libro breve, intenso, lúcido, singular, fruto de alguien inteligente que tiene muy claro qué pretende cuando se pone a escribir, lo bastante bueno como para que merezca la pena leerlo, pero no tanto como para que sea memorable.






jueves, 7 de mayo de 2026

Un puñado de vida - Marlene Haushofer

 


          En la buena literatura lo importante es el viaje, no el destino. Por eso conviene leer la sinopsis de «Un puñado de vida» aunque desvele algo que la novela solo confirma al final, porque esta obra no puede leerse a la búsqueda de un desenlace, sino con toda la información necesaria para disfrutar de cada página.

    No sé qué es mejor, si lo que cuenta o el modo en que está escrita. Sobre lo segundo me ha llamado la atención lo bien estructurado de la historia, la claridad expositiva, la sobria eficacia de un lenguaje que no carece de ningún recurso pero que tampoco los exhibe… Se ve a cada página que Marlen Haushofer sabía lo que quería escribir y lo hacía con determinación, sin rodeos. Da gusto leer a gente así. Pueden hacer una obra de arte contando en tres líneas que alguien se comió un huevo duro.

Y el tema también es interesantísimo: Betty, una mujer ya madura, recuerda, al hilo de unas cuantas fotos, la Elizabeth que fue. Niña, adolescente, joven… Al hacerlo muestra a una persona con dificultades para encajar en el mundo. La desubicación está muy relacionada con la falta de libertad asociada al rol femenino en la época (Austria a mediados del siglo XX). ¿Qué hacer cuando se está encorsetado? Hay quien se adapta y hay quien se deforma. 

    «Un puñado de vida» cuenta las razones y proceso de esto último. La estructura que adopta facilita las cosas al lector al tiempo que crea interrogantes que, no siendo el objeto de la novela, tiran de la lectura: cuando Betty aparece para comprar la que fue la casa en la que vivió con su difunto marido nadie la reconoce, ni su hijo ni la que fue una de sus mejores amigas y terminó siendo la segunda esposa del muerto. La razón es que hace veinte años que todos la dan por muerta. ¿Por qué ha vuelto? ¿Por qué se hizo pasar por muerta? ¿Cómo lo consiguió? ¿La reconocerán? ¿Se dará a conocer? Muchas preguntas surgen en torno al escueto planteamiento inicial, de modo que muchas son las dudas del lector y esto le ayuda a leer. Los recuerdos de Betty explican todo, pero no a través de hechos concretos y determinantes de la decisión de desaparecer, sino de algo bastante más complejo: la formación de una personalidad que necesita huir del mundo pese a que no tiene dónde escapar de él.  

    Esto lo consigue con brillantez contando diversas situaciones expuestas en orden cronológico que, a modo de peldaños, permiten que la niña que comienza a subirlos acabe, al final de la escalera, siendo la mujer dispuesta a tirarse desde lo alto. Cada peldaño subido explica la predisposición a subir el siguiente y la dificultad para volver atrás.

    Una muy buena novela, breve, que a su fin obliga al lector a preguntarse cuánto de lo que encorsetó a Betty sucedió en su interior y cuánto en el entorno social. De todo hay, y a veces las cosas se retroalimentan.




lunes, 4 de mayo de 2026

La intriga del funeral inconveniente - Eduardo Mendoza

 


    Eduardo Mendoza tenía 35 años cuando publicó «El misterio de la cripta embrujada», una pequeña genialidad humorística a bordo de la cual huyó de las expectativas generadas por «La verdad sobre el caso Savolta», que había publicado con 32 y de inmediato había sido tratado como un clásico. El protagonista de «la cripta», conocido como «el detective loco» porque comenzó su vida literaria saliendo de un manicomio, o como «el detective anónimo» porque nunca se cita su nombre (salvo una vez en cinco novelas, en la que se le llama Ceferino), sigue la tradición del Quijote: es un personaje lamentable, estrafalario, un perdedor que resulta ridículo porque habla con una pompa y solemnidad impropia de su triste condición, y porque no la advierte o quiere disimularla. La tercera novela de la saga, «La aventura del tocador de señoras», fue la mejor. Las otras tres publicadas hasta ahora, psé. «La intriga del funeral inconveniente» es la sexta entrega; Mendoza la ha publicado con 83 años, once años después de la quinta. 48 después de la primera. 

    Mantener medio siglo el mismo registro no sé si hubiera sido un mérito fabuloso o todo lo contrario, pero lo cierto es que «La intriga del funeral inconveniente» rompe la unidad estilística de la saga. Mendoza cambia por completo el modo de expresión, pero lo mantiene reconocible. Olé. Las cinco novelas precedentes están escritas en primera persona. En ellas el protagonista habla al lector usando un lenguaje grandilocuente que no da para ocultar sus miserias, y el vocabulario se convierte en un recurso humorístico relevante. En cambio, «La intriga del funeral inconveniente» es contada al lector por un narrador impersonal que, sin más, se dirige al lector contando una historia que principia con un chuchurrido funeral. ¿El de quién? Pronto el lector es informado, y quizá así se explique la razón de la escritura en tercera persona, aunque la esperanza del error se mantiene gracias a un extravagante asistente con gabardina, gafas de sol y sombrero que aparece ya en la portada. Aún así, durante una parte de la lectura me reconcomió la duda de si Eduardo Mendoza, a sus 83 años, había querido dar a su personaje el mismo fin, y por el mismo motivo, que Cervantes a don Quijote.

        El cambio de enfoque, aunque profundo porque tiene implicaciones en el uso del vocabulario al que me he referido, no afecta al fondo: el lector reconoce lo esencial del mundo del personaje y el nivel literario y humorístico es elevado porque se mantienen los contrastes chocantes y los personajes que cortocircuitan la razón al unir tópico y extravagancia. Encontramos enterradores, prelados, políticos, gente de posibles y pobres diablos de imposibles (como, permítaseme el atrevimiento, en «La sota de bastos jugando al béisbol», en la que sale una recua tan parecida por sus profesiones que me ha llamado la atención). La novela me ha gustado mucho… durante tres cuartas partes. Durante ese lapso casi me ha entusiasmado, como si Mendoza, a pesar del cambio de enfoque y de los años, hubiera vuelto a lo mejor de la saga, que ya quedaba lejano en el tiempo. Durante todas esas páginas hubiera colocado esta novela en el tercer lugar del podio de la saga. Pero, por desgracia, la última parte es un pequeño desastre. Sin motivo aparente la novela vuelve a los registros de las cinco precedentes cuando, de pronto, es el protagonista quien pasa a dirigirse al lector en primera persona; hasta aquí, nada que objetar. Al revés: el reencuentro debería ser una alegría para el lector, y así lo sientes. Pero enseguida se disipa esa sensación porque cuesta reconocer al personaje. Tan pronto como Ceferino aparece es como si a Mendoza le hubiera entrado prisa por terminar la novela: resuelve los interrogantes de un modo tan expeditivo que reduce drásticamente el recreo del lector en el modo de hablar y en las penurias del protagonista, del que, además, apenas da ya información, ¡con el cariño que le tenemos y tras más de una década sin saber de él! Dice que es mayor, pero no sabemos cuánto, dice que se ha retirado de la delincuencia, pero ignoramos de qué vive y cómo, y más que viviendo una aventura parece que esté cumpliendo de mala gana y a toda prisa un engorroso trámite. Solo entonces se da cuenta el lector de que al resto de personajes Mendoza tampoco les ha sacado el partido humorístico de otras ocasiones. Como si se hubiera contenido. Como si hubiera escrito más por pasatiempo que por ambición creativa. Mendoza no ha querido ir más allá de sí mismo y se ha quedado más acá. 

Esas prisas por terminar justo cuando el heroico antihéroe vuelve provocan que el personaje parezca cansado de su propia historia y de la de la novela, aburrido de esta; solo quiere quitársela de encima, con lo que el lector, para su desdicha, pronto se siente de sobra. Casi se siente una molestia para el personaje. No es una sensación agradable. Las prisas menguan el ingenio de Mendoza porque reducen el atolondramiento de Ceferino, que se desenvuelve con precisión quirúrgica y eficacia, sin recrearse en nada, sin hacer apenas observaciones agudas, con su peculiar vocabulario capitidisminuido, por usar un término que él hubiera utilizado en otras aventuras. Cuando no se dan ocasiones para la sorpresa, no suele haberla.

¿Cuál es el argumento?

La novela comienza con el funeral que he señalado antes. Entre el reducisimo grupo de asistentes hay un jovenzuelo que debuta como periodista. Ramoncito Valenzuela. Solo el diminutivo unido al casi diminutivo del apellido ya retratan al personaje, porque ni su cerebro ni su experiencia vital apuntan al aumentativo. La maestría de Mendoza para retratar con un nombre es tremenda. Pero me estoy yendo: lo que publica Ramoncito remueve ciertas aguas y la novela, dividida en varias partes, aborda las diversas reacciones y los antecedentes de los personajes que van apareciendo. Como antes he dicho, son personajes variados, que alternan clases altas, medias, bajas y diferentes estamentos sujetos a tópicos con los que es fácil crear contrastes chocantes, como el sacerdote dado a las rancheras. Estas partes son una delicia porque Mendoza demuestra seguir siendo capaz de hacer lo mismo que en las mejores novelas de la saga, pero de otro modo y manteniendo su espíritu. Además, la trama es lo bastante intrincada y bien planteada como para aplaudirla. La última parte, la llamada a casar todo, a cerrar círculos y a despejar dudas es la que nos llega, por fin, por boca del protagonista de la saga, pero como he dicho, la prisa por completar el rompecabezas hace tal daño que la sensación final para el lector es de cierta frustración.

Qué pena esa última parte. Pero disfrutad de las anteriores: merecen la pena y lo pasaréis en grande.