En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

martes, 12 de noviembre de 2019

El negociado del yin y el yang – Eduardo Mendoza





          Al reseñar El rey recibe dije que «probablemente haya que esperar a leer toda la trilogía para hacer un juicio más preciso de esta novela». Lo reitero y extiendo a El negociado del yin y el yang, pues más que dos novelas forman una sola.

La consecuencia es que poco hay que decir de la segunda que no pueda decirse de la primera. A saber:

Como el cocinero es excelente y los ingredientes de primera calidad, la prosa de Mendoza entra con la calidez de una buena sopa en un día desapacible. Y digo sopa y no cachopo porque es una lectura más suave que contundente, más nutritiva que potente e indigesta.

Sigo sin entender las referencias de la publicidad hace al humor. Me da que solo pretende atraer a ciertos lectores de Mendoza. ¿Qué humor? No hay más que en cualquier novela media. De hecho, las páginas están surcadas por un poso de tristeza o cuando menos de abulia porque el protagonista, Rufo Batalla, que no es precisamente un bromista ni un tipo que atraiga equívocos o desgracias chocantes, anda desanimado, sin futuro, apático, sin ganas de hacer nada ni espíritu para acometer una nueva vida tras abandonar, por hastío, la que llevaba. De resultas la acción es algo plana, con la extraña excepción de la aventura principesca a la que a continuación aludiré.

La obra sigue teniendo dos historias paralelas y solo interconectadas por el personaje: la primera es la vida ordinaria de Rufo Batalla, al hilo de la cual se hacen breves reflexiones de los años setenta y los primeros ochenta –una suerte de irregulares memorias indirectas-. Algunas de ellas son profundas y brillantes, como el rápido y contundente análisis de la sociedad que había dejado el franquismo, en el que se advierte un poso de rabia que más parece del autor que del personaje. La segunda historia deriva de los avatares causados por la aparición del príncipe Tukuulo, aspirante a recuperar el trono de un inexistente país. El avatar, pues solo hay uno relevante, conduce al protagonista a vivir una aventura asiática más extraña que rocambolesca, una historia en la que la realidad cambia tan de sopetón como cuando un vulgar hijo de vecino aterriza de improviso en una película de James Bond, una historia cuyo significado me desorienta porque no lo alcanzo a entender, si no es que su única pretensión es dotar a la historia de una intrahistoria para hacer más llevadera la lectura.

La novela tiene cuatro partes, no explícitamente estructuradas: los últimos tiempos de Rufo en Nueva York, el lío en el que lo mete el Príncipe, el regreso a Barcelona -que permite introducir nuevos personajes provenientes del entorno y el pasado de Rufo- y, finalmente, las implicaciones del impensado viaje a Alemania y el nuevo retorno. 

Rufo Batalla sigue siendo un tipo tan sosegado y gris que no despierta pasiones ni entre las moscas en verano: un hombre joven, pero de una sensatez extrema, enemigo de los sobresaltos –que rehúye con éxito- y que, cuando se atreve a realizar un cambio notable –como dejar Nueva York y emprender una nueva vida- o acepta un riesgo elevado –las propuestas de Tukuulo o cierto peliagudo romance- no pierde la calma y exhibe una capacidad analítica que arrasa toda incertidumbre desde el inicio, hasta el punto de que cualquier duda que pueda estimular las sensaciones del lector queda pronto anulada. Hasta las peripecias más alocadas –que alguna hay- tienen un algo de racionalidad burocrática. Hasta sus esporádicos amoríos, con mucho aquí te pillo aquí te mato, tienen un gran poso de soledad. Cómo será de gris la existencia de Rufo que son precisamente sus amoríos, y solo ellos, los que producen en el lector vértigo ante el porvenir.

Y es que quizá sea eso lo que da la pátina de tristeza a la novela: la soledad. La soledad que de un modo u otro han vivido todos los que se van de casa el tiempo suficiente para que, al volver, su casa ya no exista tal y como la conocieron. Han cambiado las cosas y las personas y han cambiado ellos. Los recuerdos solo pueden anclarlos a los recuerdos.

Lo más emotivo, curiosamente, se produce con la novela terminada: la dedicatoria final a su familia es preciosa, y la alusión al equipo con el que ha contado desde hace años (Pere Gimferrer, Elena Ramírez, la agencia Balcells en la que ya falta su fundadora…) impresiona (quizá porque me produce, lo admito, una envidia tremenda, pues Seix Barral es mi debilidad y el lugar donde uno siempre querría estar). Una suerte para las letras españolas que tanto talento pueda unirse con concordia para trabajar.

Dicho todo lo cual alguien podría decir «pues no parece una novela muy estimulante», pero se equivocaría. Mendoza escribe maravillosamente, con precisión, con una claridad tal que las ideas y situaciones avanzan a pasos agigantados pero con tal suavidad que cuesta percibir la velocidad. El avance cronológico va de la mano de un montón de saltos entre países que induce reflexiones interesantes y permiten observar la España del momento desde una perspectiva de la que se carecía en el interior, una perspectiva que pocos españoles tuvieron y que resulta enriquecedora.

         El negociado del yin y el yang –ciertamente, título más apropiado para las novelas de su detective loco que para esta- es una obra que merece la pena leer, que aporta más de lo que parece y que he disfrutado mucho porque tras leer El rey recibe ya sabía lo que podía esperar. Quizá el principal problema que a veces tengo, como supongo que le sucede más gente, es comenzar lecturas con alguna idea inconsciente –o con algún deseo- sobre cómo debe ser lo que me voy a encontrar. Un error. La mejor expectativa en literatura es no tener expectativas, dejarse sorprender.

  





domingo, 10 de noviembre de 2019

Tus pasos en la escalera – Antonio Muñoz Molina





              Qué bien escribe Antonio Muñoz Molina, y qué complicado es narrar en primera persona desde un cerebro que, espero, guarda poca relación con el del autor, a pesar de los evidentes paralelismos biográficos entre autor y personaje.

              Y es que Tus pasos en la escalera transcurre en dos ciudades donde Muñoz Molina ha vivido: Nueva York y Lisboa.

              El protagonista se ha mudado de la primera a la segunda tras perder su trabajo, y allí espera, montando el nuevo piso, la llegada de su pareja, Cecilia, una investigadora que cuando no está trepanando cerebros de ratones en el laboratorio está por esos mundos de congreso en congreso.

              Hay quien ha dicho que es un libro sobre la espera, y lo es en varios sentidos (primero, sobre la espera de lo que ha de llegar y, segundo, sobre la espera de lo deseado aunque improbable), aunque la evolución de los hechos permite ir más allá y hablar incluso de la espera del imposible, lo cual enlaza con la obsesión.

              ¿Y qué hace quien espera? Piensa. Piensa mucho. No deja de pensar. Es lo que hace el protagonista: reflexiona en voz alta, lo cual da a la obra un tono introvertido y hasta claustrofóbico, porque no hay nada al margen de la cabeza del personaje: todo pasa por el tamiz de su cerebro, de sus recuerdos, del modo en que interpreta las cosas, y son estas interpretaciones las que llegan al lector haciéndole creer lo que el personaje desea creer hasta que, poco a poco, el lector se va forjando su propio criterio a partir de las incoherencias y las sutiles diferencias entre los hechos objetivos y los previsibles según la razón.

              El inicio es apacible. Conocemos a un tipo que, con todo el cariño, pero también con todas las limitaciones de un hombre torpe en un país extraño, intenta adecentar una vivienda para que su pareja, que aún no ha podido venir, se sienta en su hogar tan pronto como traspase la puerta. El protagonista, al principio casi como una anécdota, intenta reproducir en la vivienda de Lisboa algunas de las cosas del apartamento de Nueva York recién abandonado. Pero pronto vemos que, más que un detalle afectuoso, la cosa amenaza con convertirse en manía. En la mente del protagonista el paralelismo entre ambos lugares debe agradar a Cecilia. En la mente del lector, no está tan claro por la perogrullada de que cuando alguien cambia voluntariamente de sitio, lo hace para cambiar. Así aparece la primera duda sobre la verdad de fondo, porque todo deseo de reproducir el pasado tiene algo de búsqueda del paraíso perdido.

              La evolución de la manía hace pensar al lector que el protagonista es, cuando menos, un tipo algo rarico, lo cual produce una inquietud creciente que justifica la referencia de la contraportada al suspense psicológico, suspense reforzado por la tardanza de Cecilia, retraso que abre las puertas a todo tipo de especulaciones. No descubro nada, porque buena parte del interés de la novela consiste precisamente en que el lector elucubre si sí o si no para que, una vez lo haya decidido, siga elucubrando acerca de las razones.

Así seguirá hasta el final porque, como buena novela de suspense, la intriga se mantiene hasta entonces.

              Un libro muy bien escrito, de desarrollo lento y repetitivo, de lectura tranquila, con poca o nula acción, mucha reflexión, con el retrato de dos ciudades y de los perfiles de la gente que atrae cada una de ellas, y con cierta excursión a un extraño palacio que no se entiende si no es para acabar de decantar la opinión del lector acerca del protagonista. Un buen libro comparado con casi todos, pero que merece una valoración más moderada si lo comparamos con el propio Antonio Muñoz Molina.





domingo, 3 de noviembre de 2019

Los cuerpos extraños - Lorenzo Silva




              Imputados por corrupción en el gobierno autonómico, en el parlamento autonómico, en todas las diputaciones provinciales y en los principales ayuntamientos. Ninguna institución relevante en la Comunidad Valenciana se salvó. Con la cúpula de todas ellas con esos problemillas, el «caso aislado» más parecía la honradez que el delito. Este desdichado pleno que ocupó los titulares de la prensa hace unos años seguramente justificó que Lorenzo Silva situara la acción de Los cuerpos extraños en un innominado municipio valenciano. La falta de bautismo seguramente es intencionada: demasiados podían verse representados por ese municipio innominado. Y, supongo, mejor no herir susceptibilidades, que ya se sabe que por más corruptos que sean los míos, los otros siempre lo son más. Además, la credibilidad estaba asegurada.

              Los cuerpos extraños es la octava novela de la serie de Bevilacqua y Chamorro. Durante unos años leí las anteriores con enorme interés, y cuánto las disfruté, hasta que La marca del meridiano me detuvo por las razones que quien le interese podrá leer en su reseña en este mismo blog.

              He tardado años en volver a Bevilacqua, pero no me arrepiento de haberlo hecho: tras unas pocas páginas de adaptación a lo repollo que resulta a veces el personaje por cómo se expresa y por la cierta impostura derivada de su contradictoria mezcla de humildad y suficiencia, tras esa breve adaptación necesaria para que el personaje vuelva a resultarte simpático, digo, me he encontrado con una novela muy buena, bien estructurada, que no se pierde en recovecos ni disertaciones inútiles, que se lee bien y que además de contar una historia atractiva contiene suficientes elementos como para hacer reflexionar sobre muchos e importantes temas.

              La alcaldesa un municipio valenciano aparece asesinada en otro municipio cercano. Se trata de una mujer joven, de ascendencia danesa, con empuje, iniciativa y, sobre todo, con la voluntad de erradicar cualquier cosa que huela a corrupción. El asunto, lógicamente, le toca a Bevilacqua y Chamorro, y el desarrollo de la novela es, una vez más, el de una investigación, si bien en esta ocasión (y a diferencia, creo recordar, de La estrategia del agua) no encontramos el simple relato del proceso que conduce de la oscuridad a la luz sino que, afortunadamente, Lorenzo Silva plantea el útil recurso literario de ofrecer diferentes alternativas, lo que permite captar mejor la atención del lector. Y si hay diferentes líneas de investigación es porque, además de los tejemanejes de la corrupción y de la permanente posibilidad de que la delincuencia común tenga algo que ver, hay otros elementos a tener en cuenta: la actividad sexual de la finada, que era de todo menos aburrida, lo cual abre mil posibilidades vinculadas a los celos, las rupturas, los chantajes, los deseos...

              No poco ayuda al interés de la novela –teniendo en cuenta el pelaje del lector medio- que los malos tienen un perfil reconocible; es complicado reconocer a un personaje degradado de los bajos fondos, pero la clase media tan abundante en esta novela está plagada de trepillas con ínfulas, hambrientos de poder y dinero, los cuales, creyendo siempre más tonto a su interlocutor, se pintan a sí mismos majísimos con el pincel de las buenas palabras y de su catálogo de soluciones a los problemas del mundo, mientras de reojo comprueban si te están consiguiendo engañar y qué gallina es la siguiente que pueden robar. Atención también al esmero que el autor pone en representar bien las interioridades de la Guardia Civil y sus relaciones de poder.

            La conclusión, una vez más, es que la corrupción es el delito más cutre, salchichero y mezquino, porque así como el delincuente común no suele ocultar a los suyos su condición marginal, el corrupto se rodea de lo contrario a lo que es: de solemnidad. Por eso, cuando es pillado y la solemnidad cae a plomo, el corrupto pasa de referente social a robagallinas en pelota.

         




lunes, 21 de octubre de 2019

¡Noticia bomba! – Evelyn Waugh





              Ha leído ¡Noticia Bomba! por recomendación, una gran recomendación, de un buen periodista con capacidad de reírse de sí mismo. Lo aviso porque, publicada en 1937, ¡Noticia bomba! es una lúcida y brillante sátira del mundo del periodismo hecha a partir de las peripecias de un corresponsal de guerra «erróneo». Una profesión, la de corresponsal de guerra, que, como confiesa Diego Carcedo, que lo fue durante mucho tiempo, está mitificada. El buen hombre que protagoniza esta novela es enviado a Ismailía –un país ficticio, refrito de Abisinia (actual Etiopía y Eritrea) y la España del comienzo de la Guerra Civil- porque se ha corrido la voz de que allí suenan tambores de guerra. Que suenen de verdad o no, es otra cosa, aunque en el fondo a los medios les da igual: basta acumular periodistas en Ismailía preguntando por el tema para desequilibrar la situación política. La profecía autocumplida.

              Pero lo de menos, incluso en el caso de que exista, es la noticia. Lo importante para los periodistas que comparten destino con William Boot, el protagonista, es una mezcla entre prestigio y cuenta de resultados. De ahí que el asunto no sea tanto contar la verdad como contar –lo que sea- antes que los demás.

              Los periodistas, azuzados por estos dudosos valores, compiten entre ellos, se espían, cotillean, se guardan eterno rencor y, aunque «amigos y colegas», se zancadillean sin pudor. Cuando carecen de noticias transforman cualquier gota en «fuente» y, si ni eso es posible, convierten lo cotidiano en noticia (venía a mi cabeza la diferencia entre reporteros de guerra como Miguel de la Quadra-Salcedo, Manu Leguineche o Vicente Romero y otros, como Pérez Reverte, que en demasiadas ocasiones se convertían en protagonistas de la noticia hasta el punto de que pocos recuerdan qué contaba pero casi todos recuerdan cómo, y qué rendimiento obtuvo luego de la popularidad así ganada). Todo para seguir la pauta marcada por sus jefes, pero, también, porque sus objetivos son poco confesables: en unos casos ansían la fama anexa a las grandes exclusivas -que luego les permitirá vivir del cuento- y, en todos, se pegan la gran vida a cuenta de los periódicos que financian sus desplazamientos y los gastos «necesarios», prebenda que les hace derrochar, permitirse todo tipo de caprichos, dejarse estafar alegremente e incluso, seguro, desviar no poco dinerillo a su propio bolsillo; todo lo cual, por cierto, me recordó los insultos que Arturo Pérez Reverte dirigió en Territorio Comanche a quienes, desde RTVE en Madrid, trataban de disciplinar el gasto de los corresponsales de guerra; intento loable, necesario e exigible, pues aparte de las dificultades lógicas para justificar según qué gastos en según qué sitios, fundirse la pasta de otros sin necesidad de dar explicaciones es un lujo difícil de resistir, tal y como denunció Evelyn Waugh en este libro ya unos añitos antes de que nacieran todos los corresponsales de guerra que actualmente son y los que serán. Waugh sabía de lo que hablaba: había sido corresponsal de guerra del Daily Mail en Abisinia.

              Pero el mejor ejemplo de la «profesionalidad» con que muchos medios se toman las cosas es la aventura del protagonista, que comienza cuando una distinguida dama de la sociedad londinense enchufa a un escritor amigo suyo en el periódico Beast para ayudarle a poner tierra de por medio con una amante. Vocación pura la del caballero, ¿eh? ¿Dónde lo enchufa? Lo más lejos posible, claro. Como corresponsal de guerra, pues además no viven nada mal: con todos los gastos pagados en los mejores hoteles disponibles en cada destino, aunque los propios periodistas se encarguen de hacerlos inhabitables. Lord Copper, propietario del Beast, accede sin problemas de conciencia a dar tal destino a ese caballero, entre otras cosas porque lo que suceda o deje de suceder en Ismailía se la trae al pairo; pero, por un error de sus subordinados directos, envían a Ismailía a un buen hombre que se apellida igual que el enchufado; un hombrecillo que vive en el quinto pino, aislado en una decrépita mansión familiar donde conviven familiares maniáticos, y que colabora con el Beast enviando soporíferos artículos sobre la naturaleza. Un hombrecillo que, habiendo sido víctima de un bromazo/boicot en uno de sus artículos, cree que su envío a Ismailía es el merecido castigo de los mandamases del periódico.

              Que como corresponsal de guerra William Boot es un inútil es algo que prevé el lector y el personaje se apresura a confirmar: ni se siente corresponsal de nada ni tiene ganas de serlo; pero el resto de sus colegas tampoco hacen mucho más que conspirar entre ellos para ver quién y cómo adelanta a quién; todos van en manada a todas partes, y todos se dedican menos a conocer la realidad que a espiar a quien se desvía del grupo por si por un casual ha dado con algo noticiable (normalmente, gracias a los nativos que, a costa del periódico, emplean como chicos para todo, que acaban siendo los verdaderos y a menudo imaginativos corresponsales). Al único al que dejan descarriarse es a Boot porque nadie confía en un inocentón ignorante e inexperto. La falta de profesionalidad de los periodistas es tal que incluso se ponen en manos de no saben muy bien quién –si gobernantes o conspiradores- para dejarse acarrear alegremente a un lugar que ni siquiera saben inexistente donde se supone que se están concentrando tropas. Todas las tropas que se pueden concentrar en ningún sitio, claro está, de modo que la realidad ocurre bajo las narices de la prensa sin que ésta atine a contar nada más que lo que interesadamente se le pone ante los ojos. Mientras, el no hacer nada de Boot le lleva a hacer, sin darse cuenta, algo distinto: adaptarse. Por ejemplo, abandona el hotel y acaba enamoriscándose de una alemana, o algo parecido, que conoce en una pensión. Y es su adaptación al entorno para poder vivir con la comodidad que desea la que le permite, sin premeditación, acceder a cierta información. Menuda información. Una noticia bomba.

             No, no desentraño nada porque este libro es prácticamente un clásico del humor y la sátira y, sobre todo, porque ni digo qué descubre Boot ni la novela termina con ese descubrimiento. Primero vemos qué es lo que, pese a tantas excursiones de lo periodistas, mueve en realidad casi todas las guerras, y después Boot vuelve a Londres. Lo que sucede entonces, parte de lo cual entronca muy evidentemente con novelas como las de Wodehouse, acaba de retratar el mundo de los grandes medios: poderosos propietarios, engreídos, ricos y con un objetivo nítido: la exaltación de su propio yo; y unos medios de comunicación –y por lo tanto una «verdad»- al servicio de sus intereses y, sobre todo, de su vanidad.




sábado, 12 de octubre de 2019

La sospecha - Friedrich Dürrenmatt





Segunda novela que leo de este autor, tras El encargo. Ambas breves y magníficas, ambas con el punto en común de una concisión notable en torno a hechos significativos cuya interpretación se deja al lector, y pese a todo esto, las dos, también, muy distintas.

La sospecha es una obra interesante, a veces dura, a medio camino entre la intriga y la reflexión. La primera idea importante surge no tanto de la literalidad del texto como de la actitud del protagonista: ¿es moralmente lícito no despejar las sospechas que afectan a la esencia de la dignidad de otros seres humanos?

Conviene señalar que La sospecha fue publicada a principios de la década de 1950. Si no se avisa, hay tan pocas referencias temporales que podría tomarse como desarrollada en cualquier momento entre esa época y la que alcanza la vida de los supervivientes del nazismo, con lo cual el lector podría no saber a qué atenerse acerca de la identidad y edad de alguno de los personajes. El protagonista es el comisario Bärlach, un personaje a quien el autor dio vida en otros textos. En La sospecha, Bärlach es ya viejo y está a un paso de jubilarse, y además padece una enfermedad terminal que afronta internado en un hospital del que no tiene expectativas de salir. 

Allí, por casualidad, husmeando una vieja revista, topa con la foto de un criminal nazi del campo de concentración de Stutthof. Un tal Nehle que, por «experimentar», operaba a la gente sin anestesia. Un sádico. La imagen es mala, al hombre solo se le ve la parte superior de la cara, pero el médico y amigo que atiende a Bärlach durante un instante cree reconocer en ella al director de una clínica en Suiza. Un médico llamado Emmenberger. Los nombres no coinciden. Tampoco las biografías. Emmenberger estuvo en Chile durante las barbaridades del nazismo y desde allí publicó varios artículos científicos. Regresó tras la guerra. Además, Nehle se suicidó con una cápsula de cianuro y su cuerpo fue hallado e identificado. Y, sin embargo… Y sin embargo hay algunos detalles que hacen dudar a Bärlach, por más que su amigo se empeñe en que su impresión ha sido una mera confusión y que es imposible que Emmenberger sea Nehle.

Desde la cama del hospital Bärlach emprende una investigación sui generis que, si de una parte le permite satisfacer su instinto de policía, por otra le hace no pensar en su cercana muerte y, en cualquier caso, le permite tener la conciencia tranquila: no va a cerrar los ojos ante la posibilidad, por ínfima que sea, de desenmascarar a un criminal. Entre algunos acontecimientos imprevistos, cierta ayuda sorprendente y algún fallo de cálculo del protagonista, la novela desemboca en un punto en el que se produce una intensa e inteligente reflexión sobre la existencia humana y sobre en qué medida nuestro inevitable destino afecta al concepto del bien y del mal; una reflexión, incluso, acerca de cómo el mal puede llegar a ser algo deseado en algunos momentos o por algunas personas.

No digo más para no descubrir nada acerca de si la sospecha que da título a la novela era o no cierta, pero sí digo que la cuestión es tan irrelevante que el autor no se espera al final para aclararla, y es que lo importante, mucho más que la trama, son las reflexiones inducidas por esta inquietante obra.




lunes, 7 de octubre de 2019

Ritos iguales – Terry Pratchett





Serie Mundodisco, 3

              Novela por completo independiente de las dos anteriores, con la única excepción de que todas transcurren, como en lógico, en el Mundodisco, ese mundo plano y circular a lomos de cuatro elefantes que a su vez reposan sobre una tortuga errante de 15.000 kilómetros que avanza por el espacio nadie sabe hacia dónde. Un mundo con un eje central que termina en cataratas que se despeñan al espacio y en el que la magia, como una especie de fuerza física, tiene un papel esencial.

              La protagonista de Ritos iguales se llama Eskarina. Es una niña que vive en un pueblecillo perdido entre las montañas donde va a parar un mago a punto de morir para ceder su cayado a alguien que ha sucederle y que, lógicamente, ha de ser el octavo hijo de un octavo hijo. Solo que, lo que son las cosas, no es un niño, sino una niña, y ya en 1987, cuando publicó Ritos iguales, Terry Pratchett se permitió hacer humor con un muy respetuoso tratamiento de algo, la igualdad entre hombre y mujer, tan en boga más de tres décadas después que a menudo en la actualidad empiezan a mezclarse demasiadas cosas, por convergencia de intereses, provocando que con frecuencia los mensajes resulten confusos unas veces, contradictorios otras y poco rigurosos en muchas más. Y es que Mundodisco y, en especial, los magos, no están preparados para que una mujer entre a formar parte de ellos, cofradía que concentra el poder de tal modo que ni si quiera se sabe si es el poder político. O sí: un poder fáctico, la magia, que en la práctica (¿os suena de algo?) los hace determinantes en el destino del Mundodisco. Nunca antes ha ocurrido que una mujer llegue a ser mago, decía, razón por la cual creen que se trata de algo prohibido. Como verá quien lea Ritos iguales, a la igualdad es más fácil llegar ejerciéndola que reclamándola.

              Pero, antes de enfrentarse a esas reticencias, Eskarina sabe que para ser llegar a ser mago debe pasar por la Universidad Invisible –lógicamente, si no admiten mujeres mago, también cerrada a las mujeres- y no por cuestión de titulitis, sino porque de otra manera a ver quién es el guapo capaz de dominar la asilvestrada fuerza de la magia.

              Ritos iguales es la historia de cómo Eskarina comienza a moverse en el mundo de la magia primero a través de la bruja de su pueblo –otra reivindicación de la autonomía femenina- y de cómo emprende un viaje iniciático a la capital para poder ingresar en la universidad. Una vez allí, veremos que le resulta imposible conseguir su objetivo porque la tradición y los prejuicios tienen un poder que ríete tú del de la magia, aunque, como es de esperar, Eskarina tiene ocasión de meterse en líos suficientes como para que los prejuicios no se estén del todo quietos, en lo que juega cierto papel Simón, otro proyecto de mago que, además, es un tipo brillantísimo.

              Junto a un argumento de novela juvenil late el humor de Terry Pratchett, del que no hay edad para disfrutar porque en él, a través del eufemismo y del disimulo para no horripilar a nadie con la burda realidad, se critica desde la forma de ser de las personas hasta la pompa del poder. Me encanta cómo, siempre, Practchett desacraliza el poder reduciéndolo a la condición «humana» -por más mágica que sea- con todas las miserias a cuestas de quienes lo detentan. Y todo, como siempre, con un derroche de imaginación que por sí solo justifica la lectura de este libro, el tercero de la saga, que muestra mejor ejecución que los dos anteriores, como si a medida que le cogía al tranquilo al Mundodisco Practchett se hubiera sentido más suelto, despierto y agudo. Y así es.



lunes, 23 de septiembre de 2019

Días de radio con Andrea Camilleri





                Algún premio Nobel (creo que Modiano) repite con frecuencia que todos los autores escriben una y otra vez el mismo libro. No fue el caso de Andrea Camilleri (1925-2019), que siempre dijo de sí mismo ser incapaz de escribir inspirándose solo en sus demonios interiores por lo que recurría con frecuencia al desarrollo imaginario de hechos reales. Por eso, al forzarse a imaginar una historia para cada situación ajena a él, aunque sí abordó recurrentemente ciertos temas casi siempre tuvo algo que contar. Y fue capaz de hacerlo con estilos variados que solo tienen en común la claridad expositiva, la economía de lenguaje, el ritmo ágil y la cercanía al lector: desde el tono burlón y socarrón de muchas de sus obras, hasta el grave de otras pasando por el poético de algunas, Camilleri tuvo una considerable amplitud de registros.

                Hace unos días tuve ocasión de participar en un programa de radio acompañado de muy buenos y grandes lectores. Homenajeamos a Andrea Camilleri dedicándole una hora entera, y yo hablé de la parte de su obra ajena al comisario Salvo Montalbano, a quien dedicó veintitantos libros, o quizá más. No, no me quedaron pocos: los restantes, aquellos de los que hablé, alcanzan los setenta títulos, más los aún sin publicar, lo que da idea de lo prolífico de Camilleri. No he leído toda su obra, pero sí cuarenta y tantos títulos, y aunque cada uno merece un comentario individualizado, me he obligado a ordenarlos como sigue.

                He identificado –si no es que se identifica solo- un primer grupo que me he permitido llamar «de la antigua Vigàta». Son obras que transcurren desde el siglo XIX (salvo alguna anterior) hasta la Segunda Guerra Mundial en la imaginaria localidad que remeda los orígenes del autor. Siempre giran en torno a dos momentos históricos significativos: la unificación de Italia –donde siempre podemos ver en segundo plano la resistencia siciliana a las autoridades nombradas por Roma, vistas siempre con desafección y desconfianza por los personajes, y a las que intentan sortear como a un estorbo molesto- y el fascismo, época dramática cuyos excesos obligaron a mucha gente a hacer del comportamiento cotidiano normal algo casi clandestino, lo que transformó a la sociedad entera en una colosal farsa donde, así de cruel es la vida, lo cómico se deja ver entre los resquicios de lo trágico. Todos estos títulos comparten el fino humor de Camilleri basado en las ironías del destino y en el cariño a los personajes, cercano a la ternura, manifestado en su enorme comprensión de las debilidades humanas, fundamentalmente las derivadas del amor, el sexo y el general deseo de no meterse en líos en los que nada se tiene que ganar. También otras tentaciones están siempre presentes, aunque tratadas con intencionada y significativa distancia: la tentación del poder y la del dinero. En muchas de estas novelas se hace algo de luz sobre los orígenes de la mafia y casi todas son corales, historias construidas a partir de la confluencia de la vida de cada personaje, porque para que a Fulano le toque la lotería o esté en el sitio preciso en el momento adecuado para conocer a Menganita, con la de problemas que le ha de traer, hace falta una combinación de factores imprevisible vinculada a la vida de muchas otras personas. Como la realidad, las costumbres y mentiras cotidianas propiciadas por el deseo de caer en diversas tentaciones y apetencias sin dar cuenta a nadie, se mezclan hasta crear resultados sorprendentes. Entre estas novelas se cuentan –pongo el enlace de las reseñadas en el blog- La ópera de Vigàta, El homenaje, La pensión Eva, La concesión delteléfono, La captura de Macalé, La desaparición de Patò, El movimiento delcaballo, El sobrino del emperador, Privado de título. La moneda de Akragas, Larevolución de la luna (que transcurre en Palermo) o aquella con la que descubrí a Camilleri, cuando nada sabía de él, al encontrarla casi por casualidad en un librería y comprarla a ver qué pasaba: La temporada de caza.


No me resisto a citar como un bloque independiente tres libros preciosos y distintos a todos los anteriores –aunque también situados en esas épocas históricas- que forman una de las trilogías más hermosas que se pueden leer:  la trilogía de la metamorfosis. En torno a personajes bondadosos y pobres de solemnidad se crea una historia maravillosa con un sutil enlace con la mitología. La trilogía está formada por El beso de la sirena, El guardabarrera y La joven del cascabel.


                Son numerosas también las novelas completamente independientes que solo tienen en común su origen: la afición de Camilleri de comenzar a escribir desarrollando noticias, fragmentos de ellas o hechos supuestamente acaecidos según la tradición, práctica que le permite desarrollar novelas negras, de intriga o simples frescos de la sociedad. Me refiero a novelas que giran en tono a diversas relaciones sociales. Vosotros no sabéis (donde aborda el tema de la mafia), La banda de los Sacco (dura, breve y brillante obra acerca de cómo la mafia es capaz de transformar en delincuente –a ojos hasta de la Justicia- al honrado que se resiste por todos los medios a dejar de serlo), El color del sol, La muerte de Amalia Sacerdote (premio RBA de Novela Negra), El cielo robado, Las ovejas y el pastor o El caso Santamaría.


                No centradas en relación social alguna, sino en las profundidades del yo, hay otro grupo de novelas como El traje gris, No me toques, La intermitencia o Un sábado con los amigos. En común tienen -además de una completa carencia de humor y de desarrollarse en el tiempo presente- que el protagonismo corre a cargo de mujeres jóvenes y algo promiscuas casadas a veces con hombres mayores. En ellas juega un papel importante la belleza femenina para unos, el afán de independencia para otros y, sobre todo, las pulsiones que las personas ocultan incluso a sus seres más queridos, el yo más profundo con el que a menudo es complicado convivir y con el que nos enfrentamos durante toda la vida. Unas veces gana él. Otras, no. Pero, ¿quién gana entonces?


                Bajo la denominación de «recuerdos» he esbozado un último grupo de obras sustentado en la memoria directa e indirecta del autor, como si a través de ellas Camilleri hubiera querido dejar de Sicilia una memoria más fideligna que la que se desprende de toda su obra de ficción. Entre ellas, Gotas de Sicilia, Mis momentos o, en otra medida porque es un recuerdo más de sí mismo y de su pensamiento que de sus orígenes, Mujeres.


                Empezad por donde queráis, pero empezad. Os aprovechará. Seguro.

               
               

jueves, 19 de septiembre de 2019

Nadie es perfecto – Joaquín Berges





                Supongo que la mayoría de autores de novelas de humor han sentido la tentación de localizar alguna de sus obras en una vieja mansión en la campiña inglesa propiedad de un lord excéntrico y cascarrabias, heredero de un apellido de alcurnia, con un mayordomo hierático y flemático y una moralidad matrimonial más relajada de lo oficialmente admitido; una mansión con aristocrático vecindario en la finca colindante; una mansión que alberga al resto de la tropa familiar, del servicio doméstico y a cierto número de invitados sin otra tarea que disfrutar del paso del tiempo. La tentación de escribir sobre un entorno así es fuerte no solo porque dos gigantes del humorismo, como Wodehouse y Tom Sharpe, siempre inspiradores, utilizaron con frecuencia estos escenarios, sino porque los ambientes cerrados y repletos de chiflados en los que conviven intrigas familiares, sexuales y crematísticas con claras jerarquías sociales y económicas se prestan a todo tipo de equívocos, contrastes y ataques a la solemnidad.

                Pero claro, con precedentes como los citados, para escribir algo así en estos tiempos hace falta una osadía considerable.

                Joaquín Berges la ha tenido y el resultado ha sido bueno. Sintió la tentación de trasladar su imaginación a una mansión inglesa y decidió dejarse caer de brazos abiertos en ella (en la tentación, no en la mansión, como aclararía su personaje). A juzgar por el resultado, la caída en la tentación debió de resultarle de lo más placentera. Ha mezclado mucho de esos escenarios típicos con algo de los hermanos Marx y con un punto inequívocamente personal amparado en el mundo moderno. El lector lo nota y lo agradece, porque es complicado que el autor se divierta sin que también lo haga el lector.

                                Nadie es perfecto -el título es un evidente guiño al final de Con faldas y a lo loco, una de las mejores comedias del Hollywood clásico- entronca con esas novelas de Sharpe y Wodehouse, con la significativa diferencia de que como la acción se sitúa en el tiempo actual el paso de las décadas ha propiciado el desarrollo de ciertas actividades mucho menos avanzadas en la época en la que escribieron estos autores. Por ejemplo, ejem, se han desarrollado mucho la industria del porno y ciertas actividades de laboratorio («Y hasta aquí puedo leer»), aunque la mayoría de lo que encontramos en Nadie es perfecto tiene, sin embargo, cierto aire intemporal que tan pronto nos hace sentir en el presente como en el castillo de Blandings que imaginara Wodehouse.  

La narración, en primera persona, la realiza un detective privado llamado Rhett Bull. Un tipo duro y flemático, aunque en el fondo tan simple que se pasa la novela aclarando al lector toda suerte de malos entendidos gramaticales que solo están en su cabeza, lo cual al principio me sorprendió negativamente -me pareció un recurso un poco pobre y tonto-… para acabar reconociendo mi error y aplaudiendo el modo natural en que Joaquín Berges ha introducido cientos de supuestos equívocos que terminan por dibujar al personaje y dar tono de humor absurdo a la novela formando, todos juntos, una muestra de ingenio y constancia notable.

Ingeniosa es también la caprichosa decisión (así lo dijo autor en la presentación a la que asistí hace unos años) de que todos los personajes lleven por nombre una marca comercial, principalmente de electrodomésticos. Digo ingeniosa no por solo por la originalidad del recurso, sino, sobre todo, por la adjudicación de los nombres en función de cómo su sonoridad encajaba en el perfil de cada personaje. Los nombres más pomposos corresponden a los personajes en teoría más solemnes y los más festivos, si puede decirse así, a sus opuestos.

¿Y de qué trata Nadie es perfecto? De cómo el eficaz Rhett Bull aparece en Kenwood Manor como invitado de la dueña, Lady Whirlpool, quien lo ha contratado para realizar una investigación peculiar que afecta al futuro y estabilidad de la familia: obtener ciertas «pruebas» de las que solo diré, para no chafar a nadie la sorpresa, que son comprometidísimas. En el ir y venir preciso para llevar a cabo su escabrosa misión, Rhett se cruza constantemente con el mayordomo -capaz de suministrar cualquier cosa, probablemente por eso se llama Harrods- y con un elenco de personajes donde cada uno tiene su propia manía, creando entre todos una suerte de camarote de los Hermanos Marx donde cada uno va a su aire aunque todos estén revueltos. Y también dos huevos duros. 

        
La complicada tarea de Rhett se ve favorecida, inesperadamente, por ciertas actividades «lúdico mercantiles» llevadas a cabo por un señor al que solo un sucinto atavío de superhéroe separa de ir completamente en cueros. Aunque, también, se ve dificultada por ciertos problemas alimenticios y por la abundancia de beldades que interfieren en el hacer de Rhett, en su discernimiento, en su tiempo y en su dormitorio.

La intriga tiene un elevado componente sexual enfocado desde una perspectiva humorística. Es lo que más aleja la novela de las referencias que al principio he citado (y eso que nadie podrá decir de Sharpe que no utiliza el sexo en su obra), aunque en realidad más que aludir al sexo lo hace a la pornografía y, como a menudo el porno tiene un alto contenido degradante, las alusiones desenfadadas producen una ligera sensación de desconcierto (más por lo atípico que por razones de fondo, porque anda que en la literatura de humor no hay alusiones festivas a asesinatitos y a otras cosillas igualmente edificantes).

Una novela divertida, distinta, que hace falta atreverse a escribirla y por la que también hay que felicitar al editor por atreverse a publicarla. El riesgo ha merecido la pena.

Leedla. Si os gusta como a mí, estupendo. Y si no, pensad que nadie es perfecto.





lunes, 16 de septiembre de 2019

Mentiras consentidas - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt



               El entusiasmo que he sentido al terminar esta novela no se debe tanto a sus méritos concretos –que los tiene- sino a la increíble la capacidad de los autores para mantener el listón del interés. Increíble este trabajo a dúo donde la profesionalidad y el buen hacer se notan a cada página. ¡Cuánto intercambio de ideas se intuye para depurar los hechos, dotarlos de la complejidad y el interés necesario y evitar cabos sueltos! Si bien, como es obvio, a medida que se suceden las entregas de esta magnífica saga las breves recapitulaciones para refrescar la memoria de los lectores y situar a los que han cometido el error de no leer las novelas en orden –pobrecitos, ellos se lo pierden-, son más frecuentes, por más que sean telegráficas.

              Juzgué las vueltas de tuerca de la quinta novela (Castigos justificados) como un síntoma de agotamiento, por lo que terminé su reseña diciendo: «Habrá que ver si los autores son capaces de capear el problema sin que las novelas pierdan interés o resulten repetitivas. Lo veremos en la sexta entrega». Bueno, pues han sido capaces. De sobras.

              Si en algunas de las novelas de la serie del egoísta, traumatizado y maleducado Sebastian Bergman toma el protagonismo el caso encomendado a la Unidad de Homicidios y en otras lo hacen las relaciones entre los miembros de esa unidad, en Mentiras consentidas las dos cuestiones avanzan de forma casi paralela, y así, junto a la serie de violaciones que se están sucediendo en cierta localidad y que provocan una muerte que justifica la presencia de los personajes, nos encontramos con la espada de Damocles que solo el lector sabe que pende sobre Billy al tiempo que asistimos a otras cuitas menores, pero interesantes, relativas al liderazgo de la unidad –cuestionado por el origen del caso y la jefa de policía que llevaba el asunto- y al modo en que el resto de sus miembros tratan de reorientar sus vidas. El protagonismo se reparte, se hace coral.

              Todo lo cual, por sí solo, bastaba para hacer una novela digna y que no desmereciera de sus predecesoras, pero es el final, brillante, el que sitúa toda la novela y con ella la saga en un nivel de interés que no recuerdo a estas alturas, ¡sexta entrega!, en ninguna otra saga de novela negra o policial, porque junto la suerte más o menos previsible de Billy, el modo en que la resolución del caso de las violaciones se mezcla con el devenir de los protagonistas abriendo varios descomunales interrogantes es magistral.

              Poco antes había leído un desastre de novela, una birria (best seller, para más escarnio) firmada por Camila Läckberg bajo el título de Una jaula de oro, y hacerlo pensé mil veces en cuánto le debía la autora al tirón de la novela nórdica auspiciado por la trilogía de Stieg Larsson, y en cuántos escritores suecos si méritos suficientes no habrán prosperado gracias a él. No es el caso de Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt, pareja con méritos sobrados para propiciar ellos solitos ese tirón no solo por cómo saben mantener el interés de los casos y de la vida de los protagonistas, sino también por el modo en que escriben: claro, limpio, directo, conciso, sin recurrir a lugares comunes, con un fuerte dominio de la significación e interpretación de los detalles en la comunicación humana, con un impactante dominio de los tiempos y la estructura, con realismo cuando es posible y, cuando no, dotando de verosimilitud a lo irreal.

              Lo primero que hice tras terminar fue mirar si la siguiente entrega ya había sido publicada.

              Aún no. ¡Snif!




viernes, 13 de septiembre de 2019

Los milagros de la vida - Stefan Zweig





            Amberes. Hace tiempo, un joven, desconocido y recién llegado pintor italiano realizó allí, por encargo, un cuadro donde la Virgen aparecía tan hermosa que conmovía hasta el extremo. El pintor desapareció sin dar explicaciones tan pronto como le pidieron nuevas pinturas… con una modelo diferente.

            Ha pasado el tiempo, y un viejo pintor de la localidad recibe el encargo de pintar otro cuadro de la Virgen que complete la capilla en el que se encuentra aquel primero que realizó el italiano. Ambos cuadros, el viejo y el nuevo, van a estar uno al lado del otro. Al examinar el viejo cuadro, el pintor queda a la vez extasiado y apesadumbrado: no se cree capaz de realizar una pintura digna de estar junto a esa increíble Virgen. No, a menos que encuentre a una modelo capaz de inspirarle de modo similar a como lo hizo la modelo original al artista italiano.

            Tras mucho deambular y no hacer nada, un día, de improviso, da con una muchacha que a sus ojos se transforma en una revelación: le ha bastado verla para comprender que ella y solo ella es la que puede inspirarle esa obra maestra.

            Hay varios problemas, sin embargo. Es una muchacha huraña, insociable, acogida por un tabernero, nada amiga de tener contacto con nadie. Y además es judía. ¿Puede la Virgen adoptar la imagen de una mujer no cristiana?

            Esta breve obra de desenvuelve en el proceso por el cual la muchacha despierta de la adolescencia a la vida gracias a las sensaciones que le produce abrirse al mundo estableciendo contacto con un extraño y, en especial, sufriendo primero y disfrutando después las encontradas emociones del posado con un bebé en brazos. De modo paralelo vemos cómo el pintor hace balance de su vida comprendiendo que hasta ese momento, ya tan tarde, apenas ha hecho nada verdaderamente conmovedor. Es decir, arte en el sentido profundo. Ha sido un artesano más que el artista que todos creían, aunque por fortuna la posibilidad de serlo por una vez hace de él un hombre agradecido con la vida y, en especial, con su modelo, a la que trata de guiar sin imponer, en especial en el ámbito religioso, mientras convive con el temor a terminar el cuadro y, con su fin, a perder el contacto con la muchacha y con él la razón de vivir que ha encontrado.

          La historia hace pensar en la relación entre la realidad (las modelos de ambos pintores) y la espiritualidad y, en particular, entre el amor terrenal y la espiritualidad y entre la belleza y la espiritualidad, hasta el punto de que en ocasiones todo se confunde y las mismas modelos que han conducido a los autores a su culmen artístico se transforman en la deidad a la que acaban rindiéndose: el italiano, que renunció a sus oportunidades antes que a traicionar en su mente a la modelo a la que presumiblemente amó de tal manera que terminó sublimando su amor en arte, y el pintor que protagoniza esta novela, que acaba más preocupado por lo que supone terminar la obra que por la obra en sí.

          También hace pensar en cómo una persona, en este caso la modelo, deja de ser quien es y evoluciona cuando el entorno le da la ocasión de recibir y dar cariño; y en cómo espanta más la imposibilidad de dar afecto que de recibirlo, y en cómo el ser humano es capaz de refugiarse en sí mismo para, desde allí, amar lo que ha perdido. 

            Y sí, el cuadro termina. Termina de muchas maneras y no todas buenas. Leedlo y lo comprobaréis, y comprobaréis también el magnífico fogonazo de hermosura que el autor es capaz de sacar en el momento más trágico.

            Una historia bella, breve, conmovedora, narrada con un lenguaje rico y plagado de metáforas encadenadas que por momentos pueden resultar algo recargadas y un tanto superlativas. Una historia que acaba enfrentando la paz, a través del arte, con la barbarie de la sinrazón. Allá donde ha habido belleza, durante algún momento ha habido paz.