En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Teniente Bravo - Juan Marsé



     Teniente Bravo es el último de los tres relatos que componen este pequeño gran libro.

     En el primero, Historia de detectives, unos chavales juegan en un descampado en la Barcelona de postguerra, usando un viejo Lincoln abandonado como cuartel general. Uno de ellos, el mayor, ejerce de jefe y envía a los otros a hacer seguimientos. Al regreso, el «jefe» interpreta las informaciones. Un día uno sigue a una mujer joven y otro informa de que siguió a un hombre que a su vez siguió al chaval que seguía a la mujer. La visión de los hechos desde la perspectiva del jefe ofrece una enternecedora forma de trasladar al lector una trágica historia de amor, miedo y supervivencia  por la vía de hacer de todas esas emociones, tan cruciales para quienes las viven, algo tan pequeño que puede ser observado desde fuera como con un microscopio. Una hermosa forma de recordarnos lo débiles y poca cosa que somos.

     El segundo, El fantasma del cine Roxy, es el relato más largo y complejo. Un escritor devenido en guionista crea ante los ojos del lector una película, en provocador debate con el director; entre ellos odio cordial, desprecio mutuo, pero ahí están trabajando juntos. Es la historia de esa creación, pero también conocemos la historia contenida la película, en la cual se trasluce parte del relato previo, así como también, como un fleco suelto que no acaba de encajar, la referencia a la oficina bancaria situada donde estaba el derribado cine Roxy, en la que una empleada se ve asediada por fantasmas que no encuentran acomodo en lo que director y escritor están tramando. Diálogos breves, escenas de la película en la que Marsé nos dice hasta en qué ángulo debemos mirar, perdedores por todas partes, una vida entregada a la nada, observaciones... Varias historias en una sola que crecen de forma armónica y trasladan al lector cómo se puede crear algo hermoso combinando imaginación y sensibilidad.


 
Juan Marsé.
Barcelona, 1933
    Y el tercer relato, Teniente Bravo, es también magistral, pero si el anterior lo es por lo elaborado y complejo –que no quiere decir difícil de leer-, este lo es por la contundencia de su simplicidad. Impresiona cómo de un hecho tan tonto Marsé es capaz de hacer un relato tan real y significativo. Es lo que diferencia a los grandes escritores. La acción transcurre en un campamento militar de Ceuta, poco después del amanecer. Ante la tropa de reclutas en formación bajo el mando de un sargento chusquero, aparece el teniente Bravo, un tipo que se las da de deportista más o menos selecto que ha comprado y hecho traer un viejo potro desvencijado para que los soldados se ejerciten. Y allá se presenta él, aún con sus botas de montar tras haberse ido de madrugada a montar a caballo. Un tipo amable, en apariencia, preocupado por formar a la tropa a su cargo. Avisa a los soldados de que no es sencillo saltar, de que lo van a pasar mal, y como casi ninguno de ellos ha visto jamás un artefacto similar decide demostrar cómo deben saltarlo realizando él el primer salto. Con su primer brinco, llega su primer tortazo. Cómo sigue, lo sabrá quien lea esta breve y fantástica historia de cómo el amor propio puede acabar volviéndose contra sí mismo y arrastrando al pozo hasta a la propia dignidad.





lunes, 19 de septiembre de 2016

La Roma de los Borgia - Guillaume Apollinaire



Acusado de blasfemo y pornográfico, La Roma de los Borgia narra de forma desapasionada, con fingido aire científico y frecuentes intercalaciones para explicar usos y costumbres, una serie de detallados episodios protagonizados por el Papa Alejandro VI y, sobre todo, por sus hijos César y Lucrecia. El nexo entre ellos no es la historia –apenas un leve hilo conductor- sino la sordidez.

El desapasionamiento es un buen recurso para provocar cuando se narran crímenes y torturas horrorosas, y todavía más cuando se aplica a hechos inaceptables en todas las culturas protagonizados, además, por las figuras eclesiásticas encargadas de velar por los valores opuestos. Figuras, también, que por su vida y circunstancias son en sí mismas una contradicción con lo que representan.

¿Y qué tendrá Lucrecia Borgia que, habiendo leído yo tan poca novela histórica, me la encuentro a cada momento? ¿Qué tendrán los Borgia? Lo que tienen, y es lo que explota Apollinaire, es que reúnen todas las condiciones y contradicciones para el escándalo, que en ellos convergen hechos y condiciones siempre polémicos y, si se dan juntos, incompatibles sin prescindir de todo atisbo de moral; y todo con el encanto, para el resto de los mortales, de producirse en la cúspide del poder y la religión. La encarnación de los principios unida a la máxima degeneración y bajeza. Agítese a ver cuándo y cómo explota. Pasen y vean.

Wilhelm Apollinaris de Kostrowitzky,
Guillaume Apollinaire;
Roma, 1880 - París, 1918
Basta la presencia de un Papa para que la religión se haga presente en la novela, aunque nunca se la cite. Y si quien en teoría encarna a Dios traiciona los más elementales valores cristianos, lo espectacular de la contradicción indigna a los incapaces de distinguir lo representado del representante, de ahí la catalogación de blasfema; en cierta medida justificada, claro, porque el autor no es un inocente testigo de nada, sino que se aprovecha de esa confusión para criticar y provocar. La falta de alusión expresa a la religión puede ser una forma de afirmar, con silencios, esa confusión entre lo representado y sus representantes, como si no fuera preciso hablar de dos cosas porque solo hay una. Un Papa asesino, con amantes, con hijos e incestuoso es una de esas ovejas negras y descarriadas que muchos católicos desean olvidar y que también los demás olviden, y que muchos antirreligiosos pretenden recordar y que todos recuerden; en ambos casos, por razones obvias.

Así, en La Roma de los Borgia vemos a un Alejandro VI que ha hecho de la acumulación de poder y riqueza la razón de su vida, junto a los placeres venéreos. Un Papa que no pestañea al ordenar asesinatos para acrecentar su patrimonio o evitar que alguien pueda contar alguna inconveniencia sobre él, por leve que sea; un criminal tan atroz que la gente huye de su lado al galope cuando se dispone a hacer alguna confesión, no sea que luego saberla le cueste la vida; un Papa capaz de dar por bueno el incesto con su propia hija propiciado por otro de sus hijos. También un criminal patrocinador de orgías. Vemos también con mucho protagonismo al celebérrimo César Borgia, un psicópata borracho de poder y egocentrismo, que se sirve de los demás sin escrúpulos y con toda la crueldad, hasta el punto de que no se sabe qué es peor, si acceder a sus deseos o rechazarlos; un criminal torturador que no duda en recurrir al fraticidio, a practicar el incesto con su hermana o a propiciar el de esta y el padre. Y vemos también, aunque con menos presencia, a Lucrecia, una mujer que por un lado se deja llevar y por otro tiene un carácter fuerte, una mujer contradictoria, en apariencia la única con aspiraciones de normalidad, pero que se desenvuelve en ese ambiente sórdido sin perder la compostura.

En conjunto, como ya he dicho al principio, un conglomerado de situaciones atípicas por lo brutales y lo aséptico de la narración, que debe conducir a algún tipo de reflexión acerca de la calaña del ser humano cuando nadie le pone freno.

Una última reflexión, no niego que inspirada en el origen valenciano de los Borgia y en el cenagal de corrupción que ha podrido esa comunidad en las últimas décadas: cuánto tienen los Borgia de nuevos ricos corruptos. En el hacer y en el caer sin que a nadie le importe ni haga nada por evitarlo, como cuando muere una mosca. Y sobre todo en el ser. La tecnología cambia. El ser humano, no. Entonces, como ahora, no hay grandeza en ningún miserable; y nada, ni puestos ni honores, elevan ni hacen mejor a quienes eligen la delincuencia y el crimen movidos por algo tan vil y ruín como la avaricia.






martes, 13 de septiembre de 2016

Próximos superventas - Reflexiones



Un artículo de Karina Sainz Borgo en Voz Pópuli sobre los próximos superventas y un breve cruce de opiniones están en el origen de este también breve comentario sobre los best sellers.

Por llegar a muchos lectores, son libros de fácil digestión, lo cual cuando el autor tiene talento no significa malo sino lo contrario. Otras, en cambio, un autor sin talento consigue dar con la simpleza y temática adecuadas para llegar al corazoncito de mucha gente que solo busca entretenerse, lo cual también tiene un mérito indudable, aunque no me atreva a calificarlo de literario. ¿Mérito psicológico? Lo cierto es que las fórmulas de éxito se repiten, y cada bombazo arrastra una plaga de secuelas.

También, por llegar a tantos lectores, los superventas son importantes, y mucho, para el fomento de la lectura. Es crucial que haya libros de los que mucha gente pueda hablar, que arrastren y generen afición a leer. También permiten fortalecer a las editoriales, lo cual es distinto que apostar por el oligopolio.

Por el modo en que surgen, casi nunca por el boca a boca y casi siempre como consecuencia del dominio del mercado por parte de dos grandes grupos, una pena: ved la lista que sigue y comprobaréis que,sin haber sido publicados aún, muchos títulos ya sabemos que van a estar entre los más vendidos. Son los que tienen la publicidad vía entrevistas en grandes medios y, sobre todo, los que van a parar a esos huecos que los expositores reservan a los libros que esas grandes editoriales digan.

Entre los autores los hay de prestigio, otros con más prestigio mercantil que literario y también algunos cuasi desconocidos encomendados a la fama que su libro ha cosechado en otros países. Todas las obras son novedades, que así funciona el mercado, como si el pasado no existiera pese al gigantesco fondo acumulado, con la excepción de dos de Roberto Bolaño. Y aunque no se dice, no se prevé que algo ya publicado explote este otoño: el boca a boca tiene cada vez menos poder bien porque hay menos lectores, bien porque el número de títulos accesibles se ha diversificado más.

Es importante el tema de los libros más vendidos. Al hablar de literatura tan relevante es lo que se escribe como lo que se lee. Y de que se lea, y de que se lea mucho, y de que los libros satisfagan hoy, depende el futuro de los libros de mañana. Suerte a todos estos inminentes best sellers. Ojalá se vendan mucho, y ojalá merezcan ser leídos.

A continuación os dejo la lista de todos los que se citan en el artículo, con el enlace a Amazon por si queréis ver las sinopsis. Solo faltan dos, que no he localizado.



























lunes, 12 de septiembre de 2016

Detalles del boca a boca




     Como no tengo otra explicación (ni presentaciones, ni entrevistas, ni participo en medios de comunicación), digo que los ya diez meses de boom de La terrible historia de los vibradores asesinos en ebook, iniciado más de cuatro años después de su publicación en papel en Mira Editores, se deben al boca a boca.

     Pequeños detalles lo corroboran. Por ejemplo, la creciente cantidad de lectores que, según veo en Amazon, la compran junto a La sota de bastos jugando al béisbol. Nadie compra de golpe dos novelas del mismo autor, por más baratas que sean, si no le han hablado bien de al menos una de ellas.

     Que sigan. Septiembre, vista la marcha, bien pudiera superar los registros previos.

     Gracias a todos los que contáis algo sobre Ajonio Trepileto.








jueves, 8 de septiembre de 2016

Escritores, pensiones y derechos de propiedad intelectual



     Las leyes deben ser iguales para todos, pero no hay una que no recoja excepciones en su aplicación cuando el interés público se ve beneficiado por la desigualdad. Como cuando todo tributa en el IVA al 21% pero los bienes y servicios básicos se excluyen de esa norma general y se les aplican tipos más reducidos o incluso, como ocurre con la sanidad o la educación, quedan exentos. ¿Privilegio para hospitales y colegios frente a fábricas y comercios? No: interés social. Buscad cualquier norma en cualquier ámbito y la igualdad tendrá sus excepciones en beneficio de todos. Solo cuando la excepción no busca el beneficio común puede hablarse de privilegio y carece de justificación.

     En materia de pensiones existe una norma que establece la incompatibilidad entre el cobro de una pensión y la percepción de derechos de propiedad intelectual por parte del autor cuando estos superan cierto límite.

     La consecuencia puede ser que personas eminentes dejen de publicar sus libros e investigaciones para no perder su pensión, pues rarísima vez los derechos de autor alcanzan importes que permitan el lujo de prescindir de otros ingresos.

     Creo que una sociedad debe fomentar la cultura porque es lo que somos y legamos, y también la investigación porque en ella está el futuro, la salud y el bienestar. Por este motivo creo razonable aspirar a que el cobro de pensiones sea compatible con el de derechos de propiedad intelectual, sea cual sea su importe, porque lo que un buen autor o un científico hacen repercute en beneficio de todos y no podemos esperar que los nuevos autores e investigadores sustituyan a los que se jubilan como si fueran obreros de una factoría. La creatividad de cada cual es única y, por tanto, de difícil o imposible sustitución. Nos perjudica que algunos, muchos o pocos, de los Juan Marsé o Mariano Barbacid que tenemos, por citar dos personas eminentes en sus campos y con más de 65 años, dejen de poner a nuestra disposición lo que hay en su cabeza. No pongamos trabas a la creación: en ello nos va un pedazo de nuestra cultura, de nuestra salud y de los medios a nuestro alcance para lograr cualquier meta.

   El lujo nos saldrá barato: poquísimas personas cobran derechos de propiedad intelectual superiores al salario mínimo interprofesional (creo que ese es el límite), y las pensiones que cobren nos las devolverán con creces.

     El debate que hace unos meses vi sobre este tema llegaba tarde, porque la norma no era reciente, pero que yo sepa aún no se ha cambiado por lo que es conveniente insistir en él en estos tiempos donde tantas cosas deben proponerse y negociarse. El debate, por desgracia, se apoyaba demasiado en el insulto y el desprecio. Tanto que según a quién leía no sabía cuál era su objetivo, si solucionar algo o señalar culpables y héroes. Un error, porque la realidad es tan compleja y casuística que igual que no hay norma sin excepciones tampoco la hay sin errores, omisiones y lagunas, y hay que ser constructivo para mejorarlas; un error, también, porque las peticiones y aspiraciones que conducen a mejorar una sociedad deben defenderse desde el respeto y el argumento. Para avanzar juntos hay que convencer, no vencer.

    Por eso espero haber sido capaz de convencer a alguien con estas líneas.

                

martes, 16 de agosto de 2016

La herencia de Wilt - Tom Sharpe



Los lectores no olvidan los personajes memorables. Desde Wilt (1976) hasta La herencia de Wilt (2009, publicada cuando Sharpe cumplía los 81) pasaron 33 años en los que Wilt solo vio la luz en 1979 (Las tribulaciones de Wilt), 1984 (¡Ánimo Wilt!) y 2004 (Wilt no se aclara).

Sharpe murió en 2013, por lo que La herencia de Wilt cierra la saga. Lo hace sin abandonar ni un milímetro sus orígenes ni aportar nada nuevo, y sin la frescura de otras de las novelas de Sharpe, pero con solvencia. Se trata de una historia que crece poco a poco para culminar al final, a diferencia de otras en las que el lío morrocotudo aparece pronto y la gracia y la tensión se mantienen gracias a los equívocos que provocan que Wilt aparezca como culpable de todo.

En esta novela encontramos al Wilt de siempre, amargado en el trabajo y en su hogar, casado con la misma lunática y con las cuatrillizas creciditas y convertidas en psicópatas. Un fracasado carente de ilusiones y consciente de su fracaso vital. Sharpe se permite el lujo de ciertos anacronismos, como el uso del teléfono móvil, que nadie imaginaba 33 años atrás, años que no han pasado para Wilt, estancado en la indefinida edad del padre de unas adolescentes. A la familia Wilt unamos el típico aristócrata o pseudoaristócrata gruñón que desprecia a todos y a todos trata a patadas desde el pedestal de su superioridad económica, el sentido más o menos forzado del linaje, la existencia de personajes que se aprovechan de su dinero, repartamos entre ellos diversas filias sexuales y el estado de celo adecuado para dar juego, añadamos un chiflado que no llega a excéntrico y que se dedica a hacer impunemente locuras que le son consentidas porque aún no ha matado a nadie, y con todos esos ingredientes recurrentes en Sharpe la novela sale adelante con la excusa de que para pagar el colegio de las cuatrillizas la esposa de Wilt consigue a este un trabajo en verano: dar clases particulares a un zumbado que pretende entrar en la universidad, trabajo a desarrollar en la mansión en la que dicho ser vive junto a su madre –una más o menos promiscua lady de buen ver- y a su padrastro –el sir que odia a todo el mundo, especialmente a los más cercanos-; entre medio un tío de la lady, antiguo coronel -el viejo militar, otro tipo de personaje recurrente en Sharpe-, cojo y tan gruñón como el sir, amén del personal de cocina y algún otro que pasaba por allí. ¿La trama? El enredo preciso para que pase algo lo bastante gordo y liado, y los equívocos  y circunstancias que harán que Wilt, como siempre, pueda temer verse culpabilizado; aquí es donde se echa de menos la brillantez de Sharpe en otras novelas, porque en esta ocasión esto se consigue muy regularmente y, como he dicho antes, tan al final que no ha lugar a tensión alguna.

Trama liviana, enredo moderado, tensión creciente pero inexistente durante más de la mitad de la novela, y donde no alcanza el enredo tampoco lo hacen los personajes ni la amplia concesión al humor negro en que se sustenta el desenlace.

La discreta despedida de un grande del humor.







            Nota:

            Una anécdota personal. En 2011, cuando publiqué La terrible historia de los vibradores asesinos, aunque me decían que iba bien, sabía que no podía competir con las grandes editoriales, que tienen copada la distribución minorista. Mi novela tenía difícil llegar al público simplemente porque no estaba a la vista. Se había publicado solo en papel, no había pensado en hacerlo en ebook, y ni se me pasó por la cabeza verla en ningún ranking. Pero la vi. La primera vez fue cuando un amigo me dijo «¡Eh, que en FNAC estás por delante de Tom Sharpe!». Pensé que era un error, pero no. Ahí estaba, delante de Sharpe, delante de La herencia de Wilt. No di crédito, pero ahí estaba, y para mí es la imagen de un momento que muchos sueñan y casi nadie alcanza ni siquiera fugazmente, momento que tuvo luego continuidad en FNAC durante unos meses más y durante diez en la Librería Central (en este caso, entre los cinco más vendidos de todos los géneros), y ahora, ya en ebook, en estos últimos diez meses en los que en Amazon ha sido número 1 de humor en cinco países y top 5 en otros dos. Todo esto que vino luego lo asocio en el recuerdo a ese momento ya lejano, a ese «¡Estás por delante de Sharpe!» Sin embargo no sé donde metí la «foto», pero valga esta otra de aquellos días, donde Ajonio Trepileto estuvo segundo en FNAC-Humor en España, en papel, por delante incluso de Wilt, cuya herencia quedó detrás, pero cuya imagen siempre me trae estos recuerdos.



lunes, 15 de agosto de 2016

Reflexiones sobre literatura y humor



—Su sentido del humor, ¿hasta qué punto es debido a esa adolescencia tan torturada que tuvo, a la necesidad de superarla?
—No sabría qué decirle, porque yo no entiendo el humor. Sé lo que hace reír, pero nunca he entendido por qué se produce la risa, lo que hay detrás de la risa. Hay muchos misterios en la vida. Se puede saber si uno tiene humor antes de que abra la boca; lo mismo que la inteligencia, que se nota con mirar a los ojos a una persona. Odio los chistes, a la gente que se empeña en contarme chistes. No me hacen ninguna gracia ni creo que tengan nada que ver con el humor.
Tom Sharpe. Entrevista en El País, 1991.


domingo, 7 de agosto de 2016

Lecturas de verano



            Trato de dar a conocer mis novelas, pero confieso cierto pudor a la hora de, en verano, animar a nuevos lectores a que, aprovechando sus vacaciones, se atrevan a dar el paso de conocer a Ajonio Trepileto. ¿Motivo? La coquetería: la expresión «lectura de verano» se asocia desde hace años a libros banales que entretienen sin requerir esfuerzos de concentración, que ocupan el tiempo pero no la mente, libros insustanciales, que no inspiran una sola reflexión ni permiten hacerla aunque el lector lo intente, libros casi siempre deudores de pautas de escritura vinculadas a lo mercantil. Casi todos los lectores han apreciado el trabajo que hay detrás de mis novelas, y el respeto a él es la razón de ese pudor, de ese miedo a ser equiparado a esas otras. Suela pretencioso, pero no afirmo ser mejor que nadie; lo que aseguro es que no he escrito ni una sola línea pensando en vender, y sí todas intentando hacerlo lo mejor que sé, con historias divertidas, que para eso he escrito humor, e intentado que el lenguaje, el ingrediente básico de todos los platos literarios, dé todo su sabor al argumento; intentando, también, que la crítica llegue al lector sin que lo advierta cada vez que despliegue los labios para sonreír..

Y de ahí la rabia que me produce esa puñetera expresión, «lectura de verano». Es cierto que hay infinitos libros tan entretenidos como vacuos, pero las vacaciones, precisamente porque tenemos más tiempo y podemos olvidar los problemas del día a día, no es la época para anestesiar la cabeza con ellos, sino el momento más propicio para las aventuras literarias. Tenemos más tiempo y la mente fresca. Hagámosla disfrutar. En verano leí Madame Bovary, Humillados y ofendidos, Crimen y castigo, La conjura de los necios, Sexus, Nexus y Plexus,  El amante de Lady Chatterley, Bartleby, El amor en los tiempos del cólera, Cien años de soledad, Justina, Niebla, Demonios, Amor y pedagogía, Por el camino de Swann, Alicia en el País de las Maravillas, Conversaciones en la Catedral, La Regenta, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Seis personajes en busca de autor, Ensayo sobre la ceguera, Suite francesa, Paraíso inhabitado, Don Juan, El Jarama, Las uvas de la ira, Amor se escribe sin hache, La leyenda del santo bebedor, La guerra del fin del mundo

          Y muchísimas más. Podría citarlas todas porque desde los veinte años apunto los libros que leo y en qué fechas y lugares lo hago, pero como ejemplo ya basta.

          El caso es que estamos en verano. Si tenéis unos días de tranquilidad, cuatro, cinco, diez, leed algo que merezca la pena. Hay libros maravillosos para todos los gustos y estados de ánimo, y además suelen ser los más baratos. Pero no todas las cabezas están todo el año para ellos. Ahora, sí. Aprovechad. Conoced a los más grandes.

          Ajonio no está entre ellos, pero sabrá esperar.

             

lunes, 1 de agosto de 2016

La última esperanza



            En el hermoso final de La vida es bella, la película de Roberto Benigni, cuando el protagonista pierde toda esperanza sobre sí mismo pero la aguanta en el futuro de su hijo, recurre al humor para que el niño también la mantenga. Si «es lo último que se pierde», la esperanza, antes de extinguirse y de arrastrarnos con ella, se viste de sonrisa para mirar a un futuro quizá mínimo. O quizá es que nuestra última esperanza es, siempre, llegar a sonreír por última vez.


miércoles, 27 de julio de 2016

La Perla - John Steinbeck




            Hace ya bastantes años, en Barcelona, en verano, paseando por el Paralelo cerca del anochecer, vi junto a unos contenedores de basura un montón de cartones y, sobre ellos, veinte o treinta libritos nuevos que en algún momento se habían puesto a la venta de oferta junto con El Periódico. Con toda probabilidad habían sido abandonados por el propietario del quiosco de prensa situado al lado. La forma en que estaban desparramados atestiguaba que no se encontraban allí por error. Estaban a merced de cualquiera, sin embargo todo el mundo pasaba de largo como si fueran la misma basura que apestaba en el contenedor, y esa es otra de las cosas que me sorprendió e hizo dudar de si lo que estaba viendo era como parecía.

            Debí haber examinado con detenimiento todos los libros y haber cogido los que me gustaran y los que hubiera podido regalar a quien los hubiera sabido apreciar, pero lo impidió un asomo de pudor: se me hacía extraño revolver en la basura -lo cual era un decir porque estaban tan a mano que no había que revolver nada-  y, también, me sentía casi un ladrón, por verme beneficiado de una suerte que yo no necesitaba para leer y que a otro le podía venir mejor que a mí. Tras un rápido examen visual hice las cosas a medias –o sea, mal- y me llevé los dos ejemplares más a mano. Un libro de Heinrich Böll y La Perla, de John Steinbeck. Dos premios Nobel por los suelos. No recuerdo quién más los acompañaba.

            Leí primero La Perla. Si la historia hace sentir pena, rabia e impotencia,  recordarla convertida en basura en una avenida decadente de una ciudad que entonces lo tenía todo, recordarla abandonada ante la indiferencia de los transeúntes como una metáfora de la suerte de sus protagonistas, me hace sentir aún peor.

            Las noticias dan muchas ocasiones para recordar esta magnífica obra, y también he recordado con frecuencia la anécdota que acabo de contar. Por eso he vuelto a leer ahora La Perla, para hacer esta reseña casi como un pequeño acto de reparación hacia todos los Kinos y Juanas, hacia todas esas personas que, sufriendo el máximo desprecio, ni siquiera la historia de su dignidad pisoteada interesa a nadie.

            Kino y Juana, nos dice la novela, eran un matrimonio que apenas tenían una choza, un cuchillo, la ropa que vestían y unos pocos útiles más: su joya, la canoa, hecha por el abuelo de Kino; con ella se hacían al mar en busca de ostras y perlas; siempre escasas, pequeñas y deformes. Las malvendían en el mercado local donde ya se producía la primera humillación para todos los pescadores indígenas: la ignorancia y la falta de medios les hacía soportar la manipulación. ¿En qué consistía? En la falta de competencia entre compradores, porque todos se fingían independientes pero seguían el dictado de una sola persona que abusaba de su posición de dominio impidiendo que los pescadores salieran de la miseria y garantizándose así, además de un beneficio enorme, una mano de obra esclavizada.

          La historia comienza cuando un escorpión pica a Coyotito, el bebé de los protagonistas. Juana reacciona con rapidez y trata de succionar el veneno, pero nadie puede asegurar si lo ha conseguido, si el niño sobrevivirá. Y allá se van los dos, con su hijo en brazos, a la ciudad, a casa del médico.

        Pero el médico, ocupado en echar de menos su juventud y la vida en la gran urbe europea, ni siquiera se molesta en hacerse visible. ¿Para qué, si esos desarrapados no tiene dinero con qué pagarle? Es la primera ocasión en que Steinbeck hace presente lo que luego veremos a cada momento: la humillación de hacerle ver a una persona que ni su vida ni sus sentimientos valen nada. Ni el esfuerzo de salir de la cama. Hay quien puede dejarte morir, como a Coyotito, o desesperar, como a sus padres, solo por no dedicarte cinco minutos que va a dedicar a la holganza o a la diversión.

            En el prólogo Steinbeck advierte que el libro tiene muchas interpretaciones. La que he hecho hasta ahora es la más evidente. Pero pensad que todo esto ocurre a menudo de forma más sibilina y entre iguales; solo que entonces ya no es la riqueza lo que marca la diferencia, sino la necesidad de colaboración, de afecto, de atención, de mil cosas que solo tienen una en común: el abuso de quien está en posesión de la fuerza sobre quien padece necesidad.

            Humillados, Kino y Juana hacen lo único que pueden hacer: irse a pescar con Coyotito en la canoa mientras esperan si muere o no. Justo entonces ocurre lo que ellos y sus vecinos, y los padres y abuelos de todos ellos, han soñado durante esas décadas de explotación y miseria: Kino se sumerge y encuentra una perla enorme y perfecta. «La perla del Mundo» la llaman a veces. Kino, que se embarcó pobre en la canoa, desembarca rico, sabiendo que su vida ha cambiado, que podrá curar a su hijo, que podrá darle educación para que aprenda a leer y nadie le pueda engañar. Y además, para colmo de dicha, la inflamación ha bajado: Coyotito se está recuperando. Juana succionó y escupió el veneno. Van a ser ricos. Tendrá una casa y su hijo sabrá leer.

            En ese punto se abre la parte más dura de la novela, crueldad que evoluciona con la degradación a que se ve sometida la pareja. Crueldad por los hechos, pero sobre todo por su significado.

           Al anochecer, enterado del hallazgo, el médico aparece e intenta burlar a Kino poniendo en riesgo al vida de Coyotito para atribuirse (y cobrar) la posterior sanación. Luego, ya de noche, unos desconocidos intentan robar la Perla sin dudar en matar a Kino y a Juana si es preciso. Más tarde los mercaderes intentan estafar al matrimonio y, cuando no encuentra otra opción que abandonarlo todo e irse a vender la Perla a otro lugar, son perseguidos como alimañas y se ven obligados a practicar la violencia para defenderse. Incluso Kino se ve forzado a matar. La Perla, para entonces, es ya una maldición: ha trastornado su vida, les ha quitado hasta la posibilidad de dormir porque alguien los puede matar mientras lo hacen. Les ha quitado incluso la tranquilidad de conciencia. El final es conocido: en la huida muere Coyotito de la peor forma posible. Kino y Juana regresan a la aldea con el cadáver, y lanzan la Perla al mar.

            Pensad en lo que simboliza ese gesto.

       Son muchas las reflexiones que inspira esta historia: la primera, que quien te ha despojado de tu dignidad por ser pobre o por cualquier otro motivo, ya no te la reconoce jamás. Es la ausencia de ese reconocimiento la que provoca que los «ricos» se sientan legitimados para robar, estafar e incluso matar. El desprecio es la consecuencia de no reconocer la dignidad. Ese desprecio ancestral todavía se huele a diario en la prensa de cualquier país, un desprecio que consentimos y practicamos con nuestra insensibilidad e indiferencia hacia las desgracias de quienes consideramos condenados a sufrirlas como si fueran ajenas a nosotros. La Perla no es una historia de «ricos y pobres», sino de dignidad e indignidad, como tantas obras de Steinbeck. No es el dinero. No es la riqueza. Es la forma en que la fuerza se impone a la necesidad. Es, en resumen, la lucha por la dignidad. Es, también, la confusión entre dignidad y cualquier forma de poder, sea económico, político, intelectual, emocional, afectivo... No es la denuncia del «ande yo caliente ríase la gente», sino del «como yo ando caliente, me río de la gente».

            Robarle a una persona su dignidad es negarle su esencia, es negar aquello que la individualiza. No creo que ningún sentimiento genere tanta impotencia, rabia y humillación como verte tratado sin dignidad. Luchar por recobrarla suele ser empeño vano: quien se puede permitir el lujo de prescindir de nosotros hasta el extremo de hundirnos sin que le importe, ni siquiera se va a molestar en acudir al combate. Y si quien se siente despojado de su dignidad necesita de esa persona, como ocurre tantas veces entre ricos y pobres, entonces el sentimiento de humillación no hace sino aumentar. Nada lo acrecienta tanto como la indiferencia ante su evidencia. Hay quienes, como Kino en un primer momento, luchan por su dignidad convirtiéndose sin darse cuenta en lo mismo que aquellos a quienes detesta; y hay quienes, como Kino al final, renuncian a luchar para buscar la dignidad en un sentimiento de humillación que existe precisamente porque Kino todavía se considera digno a sí mismo.

          Escrito de forma concisa, directa, con capítulos breves. Me ha gustado especialmente la forma en que Steinbeck muestra los estados de ánimo de Kino no dejando ver sentimientos o pensamientos, sino hablando de que en la cabeza de Kino suena «la canción de la familia» o la «canción del mal» o «la canción del bien»; es la forma más sensible de decir que Kino no tiene cultura suficiente ni por tanto capacidad de racionalizar sus sentimientos, pero que los tiene todos.

            El lunes, comentando las últimas lecturas, cuando dije que acaba de leer La Perla, un amigo me dijo: «Fantástico libro. En él está recogido todo lo que es el ser humano».

            Leed La Perla. A su fin en vuestra cabeza sonará «la canción de la dignidad».


John Steinbeck (1902-1968)






jueves, 21 de julio de 2016

Bares y libros (y 2)


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Tengo una amiga en Zaragoza que con frecuencia saca a colación algo que una vez le dije, una evidencia en la que nunca había reparado, pero que le pareció atinada y útil: para saber qué es importante y qué no para una persona no hay que hacer caso a lo que dice, asegura o jura, es mejor comprobar a qué dedica su tiempoPorque cuando algo te importa, encuentras ocasión para cuidarlo: madrugas, sacrificas tu descanso o tu ocio o aplazas otras cosas. Y si alguien no encuentra cinco minutos en un año para aprender chino o telefonearte, tienes una mala noticia: diga lo que diga, le importas lo mismo que no entender una palabra de chino.

Como dedicar tiempo las más de las veces se hace hablando, saber de qué hablamos cuando podemos elegir el tema es indicativo de nuestro orden de prioridades.

No podemos elegir tema de conversación en el trabajo, y en casa solo cuando los quehaceres, resolución de problemas y planificaciones han quedado atrás; pero en un hogar apenas hay interlocutores para elegir, aunque los que hay sean las personas más cercanas. El lugar por excelencia donde uno elige de qué habla son los bares y restaurantes.

Y hete aquí que el otro día, al hilo de la noticia de que dos de cada tres personas no leen un libro al año pero al menos una vez a la semana van al bar, el Pobrecito Hablador se preguntaba: «¿Tienen realmente cosas que decirse quienes acudan hoy a los bares? ¿Sigue siendo el espacio público el lugar donde se gesta el discurso de una sociedad?»

            El barómetro del CIS incluía una respuesta a sus preguntas. La podéis ver en la foto (ojo, porque se podían apuntar hasta tres contestaciones por encuestado).

            En los bares, CIS dixit, el principal tema de conversación es uno mismo. Nos miramos el ombligo desde todos los ángulos. Es inevitable. En el concepto «ombligo» incluyo los temas trabajo –el más frecuente según la encuesta- pareja y familia y problemas personales.

            ¿Y de qué hablamos cuando miramos más allá de nuestras propias narices? De política (segundo tema en importancia) y de fútbol.

            En tercer lugar, nuestro vistazo al mundo se produce a través del arte del cotilleo (hablar de otras personas), que ocupa el séptimo puesto en el total, a pesar de lo cual más que duplica el número de quienes hablan de cultura, concepto que para incluir todas las manifestaciones culturales imaginables presenta unos guarismos tan esmirriados que más vale no darles una palmada de ánimo, no sea que se derrumben.

            Dicho de otra manera: la aportación de nuestro intelecto al mundo es hablar de política, de fútbol y chismorrear. En la cultura apenas reparamos.

Un ejemplo para reír o llorar, a elección del personal: aunque todos los que hablan de cultura en los bares fueran también futboleros (ingenua hipótesis, ¿verdad?) como mínimo el 70% de quienes hablan de fútbol jamás dicen una palabra de cultura. No lo digo yo. Lo dice el CIS. (*)

            Quizá parezca esperanzador que el segundo tema en importancia sea la política. Solo quizá. Porque, aparte de que la encuesta se refiere a un momento particularmente complejo y extraño en el devenir político, ¿qué es la política aislada de los temas a los que debe ser aplicada? ¿Qué significa política en la encuesta? El debate sobre quién y cómo, seguro, ¿pero también sobre para qué? Encomendémonos al residual «otras cosas», deseando que incluya temas más prometedores.

            Se preguntaba el Pobrecito Hablador si los bares siguen siendo el lugar donde se gesta el discurso de una sociedad. No sé, no sé...







(*) Caigo en la tentación de contar esta anécdota: a principios de mes apareció en Twitter el hashtag #RecomiendoEsteLibro dentro de las tendencias en España. Durante un buen rato lo miré emocionado, actualizando a cada instante lo que de él se decía. Una catarata de recomendaciones. Docenas por minuto. Miles de personas que habían disfrutado con la lectura lo estaban utilizando para compartir sus buenos momentos. Se había colocado a la cabeza de los hashtags y tal era su ritmo de uso que parecía que iba a ser eterno. No declinaba. Imaginad cómo podía sentirse un escritorzuelo acostumbrado a ser presentando ante el mundo como un bicho raro viendo a tanta gente comentar y recomendar libros con entusiasmo. Tal era la intensidad del movimiento que me pregunté qué tendría que ocurrir para que otro hashtag acabara desplazando aquel; me parecía imposible y, además, ingenuo de mí, pensé que aunque un tema importante se abriera paso aquel aún duraría unas cuantas horas. Pero no. Fue barrido de un plumazo, desplazado desde la primera posición a la enésima, exterminado, por los nombres de una banda de jugadores de fútbol extranjeros. Había comenzado un partido de la Eurocopa, y las diez cosas más comentadas en Twitter en España pasaron a ser los nombres de diez jugadores de fútbol. #RecomiendoEsteLibro pasó de tener docenas de millares de usos a poderse contar con los dedos de una mano las veces que se había usado en una hora. 

lunes, 18 de julio de 2016

El cuento de la isla desconocida - José Saramago




     Brevísimo relato sobre un hombre que acude al Rey para solicitar un barco con el cual partir en busca de una isla desconocida. El hombre se topa con multitud de trabas burocráticas y con la arbitrariedad final del monarca, obstáculos que representan la opresión del poder sobre la libertad individual, aquello que nos condiciona desde fuera sin intervención de nuestra voluntad. Luego, acompañado por la mujer de la limpieza de palacio (esta sí, elegida voluntariamente), pretende hacerse a la mar en busca de esa isla desconocida que nadie sabe dónde está porque para eso es desconocida; isla desconocida que viene a representar lo que somos: isla porque vivimos aislados en nuestra propia individualidad, y desconocida porque no somos capaces de comprender nuestra propia vida; somos, para nosotros mismos, un interrogante cuya respuesta solo podemos encontrar en el único lugar donde podemos echar raíces: en nosotros mismos, en esa isla desconocida.

     Un relato corto, muy corto, pero que invita a una reflexión profunda sobre los temas que he apuntado.

     Y no me extiendo más, o será más larga la reseña que el relato. 


José Saramago (1922-2010)



sábado, 16 de julio de 2016

Bares y libros



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Dos de cada tres personas no leen un libro al año pero al menos una vez a la semana peregrinan al bar, dice el CIS, según podéis ver en mil lugares aunque escribo esto tras leer un artículo del, ejem, Pobrecito hablador. Viendo los titulares que aluden al «barómetro» de junio, estar en un bar se debe de considerar insustancial, y lo mismo se diría a juzgar por cómo el precio de una copa sirve de unidad de medida relativizadora: a cuántas personas, por ejemplo, un libro en edición de bolsillo deja de parecerles caro en cuanto se les aclara que es más barato que un gin-tonic y que su «ingesta» dura más.
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            Alrededor de una vez al mes me veo en un bar con media docena de amigos, gente de mal vivir y de profesiones dispares, que nos hemos conocido -o así podría pensarse- por lo que de común tienen casi todas ellas con la realidad negra más que con la novela negra. Nos reunimos para hablar de libros; e incluso nuestra alma mater a veces se presenta con una docena de novelas que deja aparte hasta que la escasez de vino o cerveza da a los vasos aspecto decadente; se inicia entonces un «reparto» de libros que se confunde con el intercambio del que devuelve uno ya leído y se lleva otro. Una vez al mes, digo. Dos o tres horas. Y llevamos fama de excéntricos entre la sensata tropa que semanalmente se cita en lugares parecidos para ver partidos de fútbol.
            También en otro bar tengo ocasión de hablar con relativa frecuencia de libros y hace poco hasta me regalaron uno, al cual correspondí con uno cortito, barato y excelente: La banda de los Sacco, de Camilleri.
            Lo importante no es dónde se está, sino qué se hace allí. El vínculo entre bares y literatura que se ha querido ver en el trabajo del CIS solo indica de qué se habla o no ante una cerveza, pero no implica una relación inversa: apuesto a que el archipresente mundo del fútbol, a diferencia del literario, no se siente muy afectado por tanta afluencia a los bares.
            Como lector y escritor (esto último suele granjearme fama de pintoresco quizá porque hay quien, al presentarme, aclara «escribe libros» con el tono con que advertiría «colecciona caracoles»), me gustaría que la literatura tuviera más presencia en más ámbitos. Pero no soy optimista. No es solo cuestión de un carajal educativo sin horizonte definido, sino de la sobreinformación sobre millares de temas absurdos, de la mercantilización y banalización de la literatura, que tanto daño se está haciendo a sí misma y, sobre todo, de que cuando unos padres quieren divertirse se van al bar y al volver no cuentan de qué han estado hablando, sino solo que han estado en el bar.
           Decía no hace mucho que para que un niño llegue a lector debe ver a sus padres reír, llorar, emocionarse y apasionarse con un libro. Los debe ver buscar tiempo para acabar una buena novela. Si de ellos solo sabe y ve que van al bar, eso es lo que los futuros no lectores «harán»: ir al bar. Una vez en ellos de algo hablarán, pero no de libros; es decir no hablarán de las emociones, pasiones, comportamientos y reflexiones que contienen. Para hacerlo, hay que salir de casa leído.

Por la comparación del principio, aquí tenéis la última «ronda» que he pagado. Cada uno cuesta menos que una copa, pero el puntillo puede durar toda la vida.