En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

domingo, 17 de marzo de 2019

La hija de la española - Karina Sainz Borgo






                Llevo años, muchos, siguiendo las crónicas y artículos culturales de Karina Sainz Borgo en Voz Pópuli y, más tarde, en Zenda. Me gustan por su fondo, por su particular y literaria forma y por cómo se empapa de la obra de aquellos a quienes entrevista, un infrecuente ejercicio de rigor y de respeto a entrevistado y lectores. Además, a través de las redes he podido atisbar el proceso de creación de una novela escrita con la mezcla de ilusión, dudas y el punto de sufrimiento de quien está haciendo algo que sabe importante aunque le resulta difícil porque le enfrenta a demonios invencibles; una novela escrita desde las entrañas, en medio de un vertiginoso ritmo de trabajo en el que La hija de la española ha sido cocinada en la hoguera donde ha ardido el escaso tiempo libre de su autora, alguien a quien durante mucho tiempo he considerado una escritora que vivía del periodismo, aunque ahora, tras leer algunas entrevistas, no tengo tan claro qué vocación va primero.

                Dicho lo cual, comprenderéis que esperaba esta novela –la primera publicada por Karina Sainz Borgo en España, aunque no la primera que ha escrito- con expectación. También, lógicamente, le deseaba cuanto de bueno merece quien trabaja con la honestidad, el sacrificio, el rigor y la dedicación necesarios para dar lo mejor de sí misma. Y comprenderéis también que cuando de golpe y porrazo supe que los derechos de esta novela habían sido vendidos a partir de la Feria de Frankfurt nada menos que a veintidós países, mis expectativas se multiplicaron.

                Y, con todo, me quedé corto: La hija de la española es una novela que perdurará, porque en ella encontramos lo mejor de la literatura: un tema de fondo contundente e importante, que supera lo local –el chavismo y su enloquecida deriva- porque prima el concepto; un lenguaje que traslada, con insólita fuerza y belleza, la extrema sensibilidad que producen la desesperación, el terror y el derrumbe; la opresiva historia que da soporte al tema es dura, mucho, pero también hermosa porque junto a la denuncia de los totalitarismos escuchamos el canto a la vida de toda lucha por la supervivencia; hermoso también es el paisaje de la determinación necesaria para prescindir de uno mismo, hasta de la propia conciencia, mientras las lágrimas humedecen el camino; una historia, además, con el  punto de intriga implícito en todo escenario de violencia incontrolada, y con un final magnífico, alegórico, que advierte que a veces solo renunciar a ser lo que somos nos permite seguir siendo, aunque en el proceso nos dejemos jirones del alma.

                A lo largo de la novela es posible encontrar influencias de otros autores como, sin duda, el mejor Vargas Llosa, aunque ahora me viene a la cabeza la cita indirecta de una idea de Javier Marías –muchas veces citada por la autora en entrevistas y artículos- sobre que la vida es también lo que nos hicieron. Influencias que enriquecen la novela, y es que, por no salir de este ejemplo, entre lo que le hicieron a Adelaida Falcón, la protagonista, no solo se cuentan las barbaridades propiciadas por los Hijos de la Revolución, sino también lo que «le hicieron» las lecturas que poblaban su apartamento y su maleta, entre las cuales La hija de la española, por feliz contagio, no desmerece.

                Adelaida Falcón acaba de enterrar a su madre, de igual nombre. Y como uno «es del lugar donde están enterrados sus muertos», ya la primera línea de la novela es una proclamación: la rotunda afirmación del punto del que partirá el dolor; el suelo del que brota el desarraigo. Enseguida vemos cómo hasta la muerte, lo más íntimo que le puede pasar a un ser humano, ha sido degradada en un país envilecido por un gobierno despótico que ha transformado a la población: ya no hay trabajadores, estudiantes, jubilados o amas de casa, solo delincuentes y víctimas. No lo digo en sentido figurado: la hiperinflación provocada por la emisión de dinero para pagar la fiesta de los poderosos tras el declive del petróleo ha derruido, en tiempo récord, los ahorros de toda la población; con el billete con el que antes vivías siete días ahora es mejor que te suenes los mocos, porque no alcanza para comprar un pañuelo de papel; la incertidumbre, la angustia de saber que con lo que ayer comprabas una casa hoy no te alcanza para un huevo y que mañana necesitarás diez veces más para comprar otro, corroe de tal manera a la sociedad que, en el afán de supervivencia, todos se transforman en ladrones, multiplicando la inseguridad y, a medida que esta crece, la brutalidad y la desesperación. Quien no prescinde de sus valores para alcanzar un paupérrimo enriquecimiento, lo hace para defenderse, aunque sea del hambre.

                El ambiente angustioso y claustrofóbico se apodera del lector. Imposible no sentir la desesperación de la protagonista: imposible no comprender su determinación de salir adelante prescindiendo de cualquier otra consideración; imposible no comprender sus decisiones. Cuando la desgracia se adueña del horizonte, cualquiera puede acabar siendo la hija de la española.

                Una novela dura, cuyo final infunde esperanza en el individuo y desesperanza en la sociedad. Uno de esos extraños y felices casos en los que un libro muy vendido –todo apunta a que lo va a ser- es también de extraordinaria calidad.

                Algo me dice que, en un foro u otro, Karina Sainz Borgo y Mario Vargas Llosa van a verse cara a cara a no tardar. No habrá que perdérselo.



miércoles, 13 de marzo de 2019

La ridícula idea de no volver a verte – Rosa Montero





              A menudo no somos conscientes de cuánto tenemos en común con las grandes celebridades. Mucho más de lo que nos separa, aunque en lo poco que se distancian resulten inalcanzables. Pero precisamente por ser celebridades acabamos conociendo sobre ellos no solo aquello que justificó su fama, sino hasta cómo se rascaron; gracias a lo cual todo hijo de vecino puede comprobar que ha compartido miles de experiencias con Einstein, Marie Curie, Cervantes o Velázquez, porque todos acabamos afrontando el miedo, la duda, el amor y el desamor, la muerte de los seres queridos, la propia enfermedad…

              Al hilo de la vida de Marie Curie, y en particular girando alrededor de la muerte de Pierre, su esposo, Rosa Montero hace una serie de reflexiones aprovechando los paralelismos y las distancias entre su propia vida y la de Marie Curie, reflexiones llenas de sensatez y un punto de buen humor salvador que no buscan su identificación con la celebridad, sino, al contrario, partir de lo particular para alcanzar lo general, para llegar a pensamientos y razonamientos que todos, de un modo u otro, acabamos haciéndonos y en los que a veces -en especial cuando hay que afrontar la muerte de quienes nos rodean- viene bien que una voz clara y sosegada ayude a poner orden. Un orden que es más sencillo establecer cuando nos vemos reflejados en otros.

              La ridícula idea de no volver a verte es un libro que pretende reconciliarnos con las propias limitaciones y errores, un ejercicio de comprensión sobre las carencias humanas y, por tanto, una ocasión de ser más feliz conociéndose a uno mismo; es, también, una mirada larga, a todo un siglo, para ver el gigantesco avance que, en ese periodo de tiempo, corto en términos históricos, ha dado la mujer.

              Una buena lectura en la que el tono amistoso e íntimo crea el clima de complicidad entre autora y lector necesario para que la confesión surta efecto. 


miércoles, 6 de marzo de 2019

Manual para mujeres de la limpieza – Lucia Berlin






                Debo reconocer que el título me había despistado: no sabía qué esperar de este libro, y no ha sido lo que más probable creía.

                Lo que he encontrado supera, con mucho, las mejores expectativas que hubiera podido hacerme. Lucia Berlin es una escritora mayúscula, aunque para sacar el mejor jugo de su escritura sea preciso conocer un mínimo de su biografía: su escoliosis, su alcoholismo, el alcoholismo superado, los matrimonios y divorcios, los cuatro hijos criados en soledad, la figura de la madre distante, cuando no enfrentada, del padre ausente, de la hermana, el ir y venir por distintas ciudades y diferentes culturas, desde Alaska a Chile pasando, sobre todo, por la zona fronteriza por excelencia, El Paso, donde solo unos metros separan dos culturas y dos economías muy distintas. Unamos un montón de trabajos muy diferentes y un ambiente social próximo a una marginalidad más deseable, en el fondo y a juzgar por la actitud de sus hijos, que la vida acomodada al alcance de algunos de los ex de la familia.

                Es preciso conocer todo esto (para lo cual no hace falta más que leer las palabras del editor incluidas en el libro) para disfrutar de un conjunto de relatos pseudobiográficos que son a la vez tiernos y duros, porque trasladan la impresión de que, pese a todos los pesares, al final la vida merece la pena ser vivida; unos relatos donde se cuente lo que se cuente siempre hay claridad, contundencia y ni una pizca ni de autocompasión ni autoflagelación. Tampoco busca redimirse de nada ni reconciliarse con nadie, ni consigo misma. Esta objetividad hace que algunas veces las cosas parezcan vistas con el filtro del humor, porque a menudo la vida tiene ironías o detalles que, vistos en la distancia, son humorísticos. Simplemente, la escritura de Lucia Berlin es el testimonio de una vida. Una vida que está en los detalles del día a día, de la soledad en casa y de los problemas en el trabajo. Una vida donde lo que para uno es un drama para el de al lado es una circunstancia.

                La escritura de Lucia Berlin es poderosa, tiene la fuerza de la sinceridad y la verdad, y una capacidad tremenda de acercarse al lector sin perder su independencia: juntos, pero manteniendo las distancias, respetando cada uno su terreno, y el de Lucia Berlin es el terreno de su propia vida, independientemente de que lo que cuenta se corresponda más o menos con alguna realidad, porque el literatura la verdad no es la verdad de los hechos, sino la de los conceptos.

Lucia Berlin (1936-2004) 

                Los problemas que vemos son, además, eternos: la soledad, la muerte de los seres queridos, las relaciones complicadas o imposibles con padres y parejas, el modo en que la infancia y la juventud determina la madurez, cómo los miedos y anhelos de esa época hacen de nosotros unos adultos u otros. Hay también un mensaje de esperanza implícito en la actitud de los personajes de estos relatos –la autora, con un nombre u otro, siempre es uno de los principales-; un mensaje que deriva de la aparente despreocupación en el futuro que revela, en realidad, confianza en la propia fuerza, aunque a veces esa fuerza pueda derivar de la desesperación: alcoholismo, separación de los hijos, muerte de seres queridos, dejar todo atrás, casa, ciudad y trabajo para ayudar a quien está muriendo, constantes vueltas a empezar… Todo determina ese mensaje de esperanza: por complicada que sea la vida, siempre es inevitable volver a empezar. ¿Cómo no, si al fin y al cabo todo es, también, temporal?

                Lucia Berlin tiene, además, la aureola que da haber alcanzado la fama después de muerta, pues su obra, en vida, fue publicada pero no obtuvo reconocimiento. Vistos sus relatos, no sé si le hubiera gustado alcanzar la fama, aunque sí pienso que la hubiera vivido con distancia, como una circunstancia tan mudable como un puesto de trabajo que ahora tienes y luego no, sin que por tenerlo o perderlo la vida deje de ser transcurrir.




miércoles, 27 de febrero de 2019

Los asquerosos – Santiago Lorenzo




              Los asquerosos, o «cómo ser dueño del tiempo de tu vida», combina dureza, ternura y humor con un punto de distancia a medio camino entre lo perplejo y lo cínico. Es, también, un libro excelente por lo que cuenta y –en esto es una excepción respecto a casi todo lo que se publica- por cómo lo cuenta, porque pocos son los escritores que se atreven a utilizar en lenguaje con la osadía y eficacia de Santiago Lorenzo, que no solo ha poblado la novela de un vocabulario rico, sino que la ha rociado con no pocos términos inventados cuyo significado, a base de combinar juegos de palabras y fonética, es siempre claro y divertido. Un libro que gustará a casi todo el mundo (aunque siempre hay algún rarico) y, especialmente, a los buenos lectores.

              La novela contiene una historia dentro de otra. La más evidente, los hechos protagonizados por Manuel, el protagonista, que sirven para el nacimiento de la otra historia, la que se pretende contar: el proceso de cambio, de poner el mundo del revés para enfrentar la ordinariez de lo que somos y desembocar en un modo más lógico de ser uno mismo sin huir a lo que se supone que debemos ser nadie sabe muy bien por qué, la renuncia a buscarse fuera de uno mismo.

              Solitario y sin un céntimo, sin otro apoyo que el de un tío –el narrador- tan pobre como él, Manuel, un joven urbanita menos sociable de lo que a él le gustaría, se ve implicado, involuntariamente, en un lío que amenaza con llevarlo a la trena: no sabe si se ha cargado a un policía. Se esconde, y lo hace improvisando decisiones de una lógica implacable. Así es como acaba en un pueblo abandonado donde la forzada frugalidad le permite descubrir un tesoro que buscará ampliar con ahínco aún a costa de más y más frugalidad: el tiempo.

              Durante algunos capítulos Santiago Lorenzo se recrea en cómo Manuel va saliendo adelante, lo cual produce una sensación extraña: como la historia originaria parece no avanzar el lector puede llegar a temer que el libro se limite a una recopilación de prácticas ingeniosas. Pero no. En Los asquerosos suceden cosas suficientes para que el entretenimiento se combine con la reflexión y, al terminar, quede la satisfacción que producen las novelas que te han hecho un poquito mejor.

              Y a todo esto, ¿quiénes son los asquerosos? Lee esta novela. Quizá tú seas uno de ellos pero todavía puedas salvarte.



              

miércoles, 20 de febrero de 2019

Un filo de luz – Andrea Camilleri





Un filo de luz (Serie Montalbano, 23)


He aquí una novela que me ha engañado. No me gustó demasiado al principio y, sin embargo, no tardó en engancharme y acabé disfrutándola.

El motivo de lo primero es la acumulación de situaciones repetidas que se dan en las primeras páginas: los sueños de Montalbano –a estas alturas ya no hace falta decir que premonitorios- y la pasmosa facilidad con que las damas especialmente atractivas, cultas y en parte adineradas se pirran por él tan pronto como asoma un pelo por la puerta y se muestran no ya dispuestas, sino impacientes por pasar a mayores. Aunque para mayor, el comisario, que con cada novela acentúa más sus reflexiones sobre el proceso de envejecimiento.

Todo lo cual produce la sensación de que la novela va a ser un refrito de manías y lugares comunes de las anteriores, una suerte de explotación del éxito. Pero no. Camilleri tiene en la cabeza tantas historias que por más que recurra, necesariamente en una saga, a repetir algunas cosas, cada historia es distinta. 

Un filo de luz lo es por varias razones. Porque, aunque es típico de Camilleri enlazar historias aparentemente distintas, tiene un mérito indudable lograrlo con las que aquí se dan: un supuesto caso de venta de armas; un supuesto robo que puede encubrir una cornamenta considerable y, finalmente, la historia del comisario, que acaba enamorado, enamoradísimo de una dama, hasta el punto de estar dispuesto a mandar al diablo a Livia, al tiempo que en su recuerdo se cruza lo que más pudo unirla a ella y que, con el correr del tiempo… Un asunto que lanzará sobre la vida de Montalbano un filo de luz que le hará ver las cosas claras. Y es que cosas importantes hay pocas en la vida.

Bueno, mejor leer la novela y así no desentraño nada, aunque sí digo que Un filo de luz cierra un capítulo de la vida de Montalbano abierto desde hacía muchas novelas, importante y, por nunca aludido, cerrado en falso. Hasta ahora.



domingo, 10 de febrero de 2019

Erri de Luca – Historia de Irene





Libro tan breve como bueno, con tres relatos, el más largo de los cuales da título al conjunto.

Historia de Irene nos habla, entre la poesía y la mitología, de una muchacha embaraza de la que nadie sabe nada aunque todos dan la espalda porque a saber cómo ha llegado a la isla donde transcurre la acción y quién es el padre. Irene solo se abre lo suficiente al narrador, trasunto del autor, y es así como conocemos su extraño origen y destino, tan vinculado al mar y a lo más humano de él.

Los dos relatos siguientes, mucho más breves, me han gustado tanto o más. El primero, un pequeño canto a la libertad narrando la huida de unos soldados, inspirado en la historia del padre del escritor. El segundo, posiblemente el mejor de los tres, una aguda reflexión sobre la pobreza, la muerte, el pasado y la conciencia de la importancia de lo vivido, lo sentido y, sobre todo, del modo de morir.



lunes, 4 de febrero de 2019

Fóllame – Virginie Despentes



      Leo sobre Virginie Despentes (1969) en un artículo de 2018: «Hace 27 (años) fue prostituta. Trabajó en una tienda de discos, fue punki, durmió en la calle, fue violada a los 17 años cuando hacía autostop, es dj, bebió mucho, dejó de beber y se hizo lesbiana. Tiene una decena de novelas, muchos premios y tres películas dirigidas».

Fóllame es una de esas novelas. La primera. Fue publicada en España en 1993, y si en 2019 Penguin Random House la ha vuelto a publicar es porque se trata de una obra que lo merece, que deja huella, aunque no tanto por el argumento –, una road movie de huida, en sí nada original- como porque la caracterización de las dos protagonistas consigue que, pese a la extrema violencia de los hechos relatados, quede un poso de ternura y algo parecido a la nostalgia.

Las jóvenes protagonistas, Nadine y Manu, llevan una vida sórdida en la que las oportunidades se les han escapado antes siquiera de poder verlas de lejos. Viven en un mundo que no es para ellas, seguramente por ser mujeres: quienes más y quienes menos de los hombres que las rodean condicionan su vida mucho más que a la inversa. Nadine ejerce la prostitución de un modo un tanto peculiar, también es aficionada a la pornografía y se entretiene viendo películas porno. Comparte piso con otra chica joven. Manu, en los tumbos que ha ido dando por la vida ha hecho varias cosas, entre las cuales se cuenta algún papel en películas pornográficas especialmente degradantes.

Las dos son jóvenes, con poca cultura, no muy agraciadas, amantes de un sexo primitivo, instintivo, dadas a beber cantidades ingentes de alcohol y con pocos o ningún recurso intelectual para expresar sus sentimientos. Pero, cuando la mente no es capaz de expresar lo que ocurre en ella, ¿qué ocurre muchas veces? Que las personas explotan y tratan, a la desesperada y mediante actos aparentemente desproporcionados, de restablecer los equilibrios rotos, de hacer justicia, de desahogarse, de… De todo a la vez.

Nadie y Manu se conocen justo en el momento en que ambas, por primera vez, han matado a alguien. Juntas emprenden algo que no es una huida, sino más bien una búsqueda… limitada al presente. Las dos han roto con su pasado y, viéndose tan repentinamente libres, se atreven a imponer su capricho por la fuerza, algo a lo que rápidamente cogen gusto porque ¡es tan fácil todo cuando estás en el lado correcto del cañón de la pistola! Las dos saben, aunque no lo digan, que su viaje ha de ser corto, y precisamente por eso se olvidan del futuro –si no es para disfrutar de la idea de un suicidio en la cumbre del disfrute- y se dedican a vivir el presente más inmediato pasando por encima de todos y de todo. Todo vale. Ni siquiera hace falta que te apetezca un caramelo para justificar la muerte de quien está dispuesto a vendértelo: basta la sensación de poder. Es esta sensación la que emborracha a ambas, la que opera sobre ellas como una droga haciéndoles sentir lo sencillo que es todo cuando se está en disposición de no respetar nada. Es liberador sentirse, por fin, en el otro lado de la vida. En el lado de los que deciden por sí mismos y por los demás.

El modo en que ambas asesinan a un montón de inocentes sin hacerse preguntas ni sentir remordimientos tiene algo de alegórico. Que Nadine y Manu escojan sus víctimas al azar de sus impulsos no es suficiente para que el lector las odie o las aborrezca, porque el mismo azar con que se esfuma la vida de esas personas inocentes es, también, el que ha determinado que Nadine y Manu sean lo que son. De ahí que sus peripecias tengan cierto halo justiciero.

Una novela dura, intensa, violenta, con toques de humor derivados de lo directa y cortoplacistamente que ambas enfocan la vida, con no pocas alusiones sexuales directas. El recientemente fallecido Claudio López Lamadrid, editor de Penguin Ramdom House, incluyó Fóllame, según el Twitter de la empresa, entre los veinte títulos a recomendar este año.



domingo, 27 de enero de 2019

El sobrino del emperador - Andrea Camilleri




                Dice la faja del libro, citando La Repubblica: «Camilleri en estado de gracia».

                Así es, a pesar, incluso, de que en los «escritos» que cruzan las diversas autoridades gubernamentales, administrativas y fascistas que componen esta historia se ha sacrificado el realismo al efectismo.

El sobrino del emperador es una novela que reproduce en gran medida la estructura de otras obras geniales del autor, como La concesión del teléfono o La desaparición de Patò:  un intercambio de informes, cartas, telegramas y documentos de toda índole entre diversos personajes de la trama –casi todos autoridades- que, hablando de alguna otra persona, nos permiten reconstruir una historia donde cada cual vela por sus propios intereses al tiempo que trata de mantener la posición y la compostura, lo que a menudo obliga a unos a practicar la hipocresía y el eufemismo y, a otros, a demostrar el animalico que llevan dentro. En estas relaciones juega también un papel interesante y divertido la posición jerárquica de cada cual, lo que nos permite ver el modo en que una misma persona se humilla ante el poderoso y vapulea al subordinado; el eterno juego de poder de los acomplejados. Junto a estos escritos, se alternan dos partes y una miscelánea donde leemos también divertidos fragmentos de conversaciones.

Una forma de narrar ocurrente y extremadamente ágil, en la que el lector nunca tiene empacho en leer el par de páginas más que le van a deparar una sorpresa u otra sobre hechos o sobre personas.

 La acción se desarrolla en la imaginaria Vigàta, Sicilia, en 1929. Se anuncia que a la escuela de minería local va a acudir un alumno singular: el sobrino del emperador de Etiopía. Un muchacho de 19 años que, si por algo se distingue del resto de la población, además de por su nacionalidad, es por ser negro. El único negro que conocen todos.

Las autoridades italianas, comenzando por el mismísimo Mussolini, tan pronto como tienen noticia de que el muchacho va a cursar esos estudios intentan utilizarlo en su favor. ¿Cómo? Logrando que príncipe –que ese es su rango-  dé a su tío una excelente visión del fascismo. A ese objetivo se consagran todos los desvelos de los intervinientes, pero…

                Pero se enfrentan varios problemas, comenzando por el congénito racismo del fascismo (y del nazismo, que también tiene en Vigàta algún representante). A este problema, no menor, se unen otros tres: la importancia del sexo a los diecinueve años, la cara dura que se tiene a esas edades en comparación con otras y, especialmente, el modo en que el sobrino del emperador se las ingenia para aprovechar en su favor las circunstancias que otros van creando en torno a él, llevándolos a todos continuamente al límite.

                El resultado, una feroz crítica de los totalitarismos por reducción al ridículo que suelen hacer -a mayor gloria del líder- la mezcla de fanáticos y papanatas que de verdad creen que hay ideas y hombres superiores a otros y a esta falacia dedican todos sus esfuerzos, miserias y crueldades. Solo unos pocos sensatos hay en este libro, y su papel es relevante: provocar el contraste.



jueves, 24 de enero de 2019

Cerrado por melancolía – Isidoro Blaisten



              «Cerrado por melancolía», decía el cartel con el que Isidoro Blaisten anunció a sus clientes el cierre de la librería que regentaba. «Cerrado por melancolía» es también el título de uno de los relatos que componen este libro.

              Todos son fenomenales, ricos, en gran medida floridos hasta cuando descienden a lo cotidiano, pero también complicados de leer y un tanto confusos pues lo que aparece ante el lector más que un relato es una secuencia de pensamientos más o menos, menos o más, hilados entre sí, siempre engrasados con gotas de humor que aparecen por los intersticios de las ideas.

              Si a veces se plantea el debate sobre escribir o no como sea habla, Blaisten lo tiene claro: y escribe como se piensa. Caóticamente. Sin embargo, hay una notable concesión al idioma, tan versátil, tan cuidado, tan mimado diría yo, que hasta cuando cuesta entender lo que se dice se disfruta haciendo el esfuerzo de leer. Especialmente confuso y brillante es el último de los relatos, que ocupa alrededor de la quinta parte del libro, un divertido delirio. 




domingo, 20 de enero de 2019

Pista negra – Antonio Manzini




Rocco Schiavone, subjefe de policía, es un tipo maleducado, egocéntrico y menos amigo de las leyes de lo que cabe esperar de su cargo. Además, está enojado con el mundo y sus circunstancias ya que, por cierto asuntillo que tardamos en conocer, ha sido más o menos desterrado desde Roma, donde vivía fenomenal, hasta el valle de Aosta. Acostumbrado a imponer su voluntad hasta en las cosas nimias se resiste incluso a vestirse como es debido cuando ha de desplazarse a una estación de esquí con motivo de una investigación: la que nace tras el hallazgo de un cadáver que, por circunstancias que pronto conoce el lector, está hecho fosfatina.

Entre la añoranza de Roma, las dudas sobre su situación afectiva -promiscuidad incluida-, el modo en que va conociendo a unos subordinados -a los que trata con despectivo y ofensivo paternalismo- y algunas actividades «extraescolares» del caballero, la investigación va avanzando y consiguiendo lo habitual en estos casos: que poco a poco se vaya reconstruyendo ante el lector la vida de la víctima y de su entorno, y que esta visión vaya iluminando cuanto antes estaba oscuro.

Aunque las primeras páginas parecen un poco sobreactuadas, lo cierto es que enseguida la novela engancha, que el personaje resulta atrayente y que la acción está bien llevada, con un buen control de los tiempos.  El único «pero» es cierto episodio ajeno al argumento –pero que aclara la forma de ser de Schiavone-, aunque quizá se explique por la influencia que pueda tener en posteriores entregas de la saga.

El entorno, -una estación de esquí, un frío tremendo, localidades diminutas donde todos se conocen y llenas de hielo y nieve por todas partes- si bien no es por completo extraño en la literatura es poco frecuente, lo cual ayuda a crear un clima propio, a aislar no solo la acción, sino al lector y a la novela. El lector, contagiado por el ambiente de nieve, frío y soledad propio de la alta montaña, pronto se refugia en el calor de las novelas, creando una suerte de complicidad con la obra. Y precisamente por eso son buenas fechas para leer Pista negra.

Una novela muy interesante que alcanza el éxito en uno de los objetivos que la mayoría de escritores de novela negra se plantean: crear un personaje con personalidad propia, nítida, distinguible del resto de sus colegas y rivales literarios y, al mismo tiempo, de interés para el lector. Schiavone es un cabroncete emparentado con los Sebastian Bergman de la literatura o los doctores House de la televisión: tipos egoístas, groseros, insociables y en algún caso hasta delincuentes, pero extremadamente competentes. Schiavone se cuenta entre ellos suficientemente singularizado.

Una muy buena lectura.



lunes, 14 de enero de 2019

Riña de gatos. Madrid 1936. – Eduardo Mendoza





                Riña de gatos todavía arrastra el sambenito de haber recibido el Premio Planeta, el cual, por ser un acto de promoción más que un premio propiamente dicho, es tan cuestionado como todos los demás «premios», de forma que, por desgracia, en ocasiones y de forma injusta lo que gana en ventas la novela ganadora lo pierde la reputación entre los puristas que equiparan necesariamente «premio» a «competición de mérito» y no conciben el premio-promoción; entre ellos, un escritor de prestigio que recibe el Planeta es algo así como un vendido al vil metal, y la novela queda reducida a la condición del «trabajo menor» del autor. Sin embargo, Riña de gatos es la prueba de su error: tiene mérito y calidad suficiente para engrandecer cualquier premio que se le otorgue.

                La consistencia y solidez del conjunto de la novela es grande, así como la calidad de la prosa de Mendoza, el cual, nuevamente, se esfuerza por evitar florituras lingüísticas en beneficio de una comunicación clara, sencilla y eficacaz con el lector, al que es capaz de transmitir un mundo entero sin utilizar recursos de otros mundos. Notable es también la complejidad de la trama que, sin embargo, se sigue bien porque a lo dicho sobre el lenguaje se une una casi impecable estructura narrativa. Una de las «novelas serias» de Mendoza, como dicen algunos, emparentada con La verdad sobre el caso Savolta y con La ciudad de los prodigios, aunque quizá varios puntos por debajo en cuanto a fuste, lo cual, a mi juicio, se debe a tres motivos:

                Primero, el paisaje del periodo de preguerra de marzo de 1936 no es tan omnicompresivo como el de esas otras dos novelas, en gran medida porque las vicisitudes del protagonista lo conducen a dar mucho más protagonismo a unas cosas (la Falange y su entorno) que a otras.

                Segundo, porque la muy atractiva frivolidad para el lector de transformar en personajes de la novela a personajes históricos, implica un coste de valoración, derivado de las necesarias exigencias de adaptación al guión.

                Tercero: porque sí hay cierto «pero» a la estructura, y es que durante casi el primer cuarto de la novela la acción transcurre tan lentamente y tan sin sorpresas que produce cierta sensación de aburrimiento, lo cual contrasta, por cierto, con los mecanismos que luego usa Mendoza al final de muchos capítulos –abrir fuertes incógnitas- para el que lector siga leyendo.

                ¿Y de qué trata Riña de gatos?

                Al Madrid casi ya primaveral de 1936 llega un inglés inocentón y bienintencionado, Anthony Whitelands, experto en pintura y en especial en Velázquez y el Siglo de Oro español. En Madrid debe realizar un trabajito: la tasación de ciertos cuatros de un noble madrileño que está pensando en hacer caja para salir pitando junto a su familia en vista de la que se avecina.

                Qué acabará tasando Whitelands y cambiando la perspectiva de su trabajo y hasta de su vida, lo sabrá el lector cuando lea la novela, pero resulta interesante y enriquecedor que Eduardo Mendoza haya recurrido al arte y a su explicación, breve, pero concisa, como estímulo literario. Otros problemas de Whitelands es que su carne es tan débil como la de cualquier hijo de vecino, y como el noble para el que el inglés va a trabajar tiene una hija que… Aunque, bueno, la muchacha tiene ya un amor. Aunque qué amor. La identidad de este caballero es una de las sopresas de la novela.

                Poco a poco todo se va mezclando y, de pronto, el anodino protagonista que ha vagado por las primeras páginas conociendo gente se ve en el centro de un conjunto de conspiraciones en las que está en juego el futuro de España. Un futuro, claro está, que el lector conoce. A partir de este momento la novela toma un nuevo rumbo, doblando su interés tanto por ver cómo sale parado el protagonista como por la imaginación que exhibe Mendoza para hacer no ya creíble, sino realista, el modo en que todos los caminos convergen en la Roma de Whitelands haciendo de él el centro de la diana de cuantos tiradores, y son muchos, pululan por las páginas y alrederores.

                La novela transcurre en un momento en el que el ruido de sables es ensordecedor, aunque no está claro quién los blande, porque por todas partes hay quien desea cambiar la deriva del país, pero cada uno a su manera, de modo que todos desconfían de todos y, a la vez, todos boicotean a todos. Las peripecias de Anthony Whitelands permiten conocer mejor una época muy concreta y, especialmente, inducen a la reflexión sobre el modo en que el carácter y la personalidad de personas concretas acaba influyendo en la historia, a pesar de lo cual, y precisamente porque la historia es conocida, el motor de la lectura termina siendo, como ya he dicho antes, la suerte del protagonista. 

          


               

lunes, 7 de enero de 2019

Sylvia – Leonard Michaels




              Fantástica novela autobiográfica que, a partir de un recuerdo que tiene algo de liberador, consigue crear belleza desde la tristeza, la locura y buena dosis de violencia doméstica.

              La novela, corta, de unas 130 páginas, supuso, sin embargo, un ingente trabajo para el autor, uno de los más importantes del siglo XX en Estados Unidos, que no la dio por terminada hasta 1992.

              Sylvia es el nombre de la protagonista de una historia contada en primera persona por un narrador, trasunto del autor. Una mujer de extrema inteligencia, pero también caprichosa, imprevisible, insegura y, por encima de todo, desequilibrada.

              Los dos se conocen con muy pocos años y, de modo inmediato, se van a vivir juntos en el Nueva York de los años sesenta y se casan. Los cuatro años posteriores, los conocemos a través de una exhibición de intimidad tan clara como carente de exhibicionismo: solo sabemos lo justo, aunque es muy íntimo. Cuatro años que son un infierno continuo en el que no arde más que el temperamento de Sylvia, que calcina todo. Leonard, el escritor que aún no lo es pero lo intenta, se va adaptando a ese temperamento, o defendiéndose de él, al tiempo que en el proceso de adaptación a esa en realidad desconocida, va creciendo, entre las dificultades y la secuencia de disgustos y escenas, el amor.

              Habla la contraportada del «poder destructivo del amor», aunque más exacto sería decir del poder constructivo, porque esta novela no se entiende sin el amor de Leonard a Sylvia, y del patológico modo en que ella lo ama a él; y es a partir  del amor de Leonard, de ese esfuerzo por comprender que parece guiar la novela, como se crea la belleza a partir de la sordidez.

              Si hay algo destructivo es el concepto de amor que tiene Sylvia, más vinculado al uso del otro para cubrir las inseguridades propias que al mover un dedo en beneficio de aquel a quien dice amar. El «poder destructivo del amor» está muy vinculado al egoísmo y al egocentrismo de los que Sylvia, pese a todo, es más víctima que responsable.


              

miércoles, 2 de enero de 2019

Una noche con Sabrina Love – Pedro Mairal





                Daniel, un joven argentino de 17 años, huérfano y que vive con su abuela, se dedica, entre otros menesteres, a piratear la televisión del vecino para ver show de Sabrina Love, una despampanante actriz pornográfica. Bueno, actriz porno por una parte; por otra, y esto es para ella lo más rentable, inalcanzable fantasía erótica de toda su audiencia.

                Poco antes del comienzo de la historia que narra la novela, el programita en cuestión había tenido a bien sortear una «noche de amor y pasión» con Sabrina entre todos los ardientes espectadores que se apuntaran al concurso a través de un teléfono de pago. Millares de aspirantes a hacer realidad sus fantasías eróticas sueñan con ser los agraciados, pero el agraciado -y el lector teme que desgraciado- resulta ser Daniel. Es jueves. El premio se «entregará» el sábado siguiente.

                Imaginad.

                ¿Cómo resistirse a un sueño tan intenso y tenido siempre por imposible? ¿Cómo rechazar la tentación cuando el destino te la regala tras realizar una pirueta inverosímil que jamás se ha de repetir? Reíros del Gordo de la Lotería de Navidad: esto es mucho más difícil.

                Daniel no tiene dudas. ¡Como para decir que no a Sabrina Love! Pero tiene tres problemas: vive muy lejos de Buenos Aires, las carreteras están cortadas por culpa de una inundación y, para colmo, no tiene un céntimo.

                Una noche con Sabrina Love es la historia de cómo Daniel se enfrenta al mundo desde la ignorancia y la ingenuidad, de cómo suple su falta de conocimientos, la carencia de recursos, de padres, de casi todo, de los tortazos que se pega, y también de las experiencias positivas que es capaz de buscar y encontrar, de la diferencia entre la realidad y el ideal y, por último… Bueno, quien desee saber lo que pasó, que lea Una noche con Sabrina Love.

                Una obra de gran calidad, profunda y divertida que se lee rápidamente: 150 páginas más las pocas de un prólogo del autor en el que explica las vicisitudes de la novela: el súbito brinco del anonimato a la fama tras recibir el primer premio Clarín con un jurado en el que estaban Bioy Casares, Roa Bastos y Cabrera Infante, y los sopapos que luego da la vida y el mercado a los pobres escritores.

                Leedla.

martes, 18 de diciembre de 2018

jueves, 13 de diciembre de 2018

La crueldad de abril – Diego Ameixeiras




              Muy buena y breve novela con protagonismos alternativos. El de una mujer loca, de tendencias suicidas y dada a la poesía; el de su hermano y, también, el de una camarera e incluso el del hermano de esta.

              La crueldad de abril, que transcurre en un ambiente social de pobreza, entre vagabundos, parados y bares de mala muerte, parte de un crimen tan aparentemente absurdo como todos los animados por el odio. Absurdo porque ni siquiera el delincuente gana algo distinto de liberar su veneno.

              La conjunción de varios «dejarse llevar» por las emociones, afectos y pasiones suele acabar mal tan pronto como una sola cosa se tuerce. Junta a unas cuantas personas sin oportunidades, ni presente del que sentirse orgullosos ni futuro, y que algo acabe mal es cuestión de tiempo. Es lo que ocurre en esta novela, en la que cada personaje anda movido por su propio interés y todos ellos son más o menos obsesivos, porque cuando la vida no te da ninguna oportunidad, el refugio consiste en centrar la atención en una sola cosa: un amor, las drogas, una meta, un odio, una venganza. Algo que dé sentido al día a día o, alternativamente, evite pensar en él.

              Un crimen tan sórdido que no interesa a nadie, si no es a los pocos, muy pocos, que sienten haber perdido algo en él. Cómo ellos, desde la soledad y sus limitaciones, intentan hacer justicia, es el motor que mueve La crueldad de abril, una crueldad enorme porque la vida, que es quien en realidad dispone en muchas ocasiones, discurre por sus propios cauces.



lunes, 10 de diciembre de 2018

Los corruptores – Jorge Zepeda Petterson





              México.

              La política está podrida por una corrupción que mezcla la economía y la violencia, y en el país campan a sus anchas dos cárteles de narcotraficantes, los Zetas, que además se dedican a otros «negocios» como el secuestro y la extorsión, y el cártel de Sinaloa, dirigido por el Chapo Guzmán. Cárteles que, en paralelo a los negocios ilegales tienen una fachada «legal» que utilizan para blanquear el dinero del crimen, blanqueo que, a su vez, les proporciona una notable influencia política y social.

              Una bella y famosa actriz, Pamela Dosantos, aparece asesinada. Un periodista, por pereza, da por bueno un chivatazo acerca del lugar donde el cuerpo fue encontrado, sin caer en la cuenta de que eso involucra directamente a Salazar, un poderoso miembro del Gobierno. Un Gobierno que, además, se encuentra en plena lucha para recentralizar poder y que, por tanto, tiene enfrente a los gobernadores-caciques fortalecidos por la previa descentralización, un proceso en el que conocemos una parte de la deriva política de México en las últimas décadas.

              El periodista, Tomás, es un tipo separado con una hija joven que inmediatamente se da cuenta del lío en que se metido y comienza a temer por su vida, porque ciertos políticos no ejercen el poder solo con la fuerza de la ley, sino también con la ley de la fuerza. Pero ahí están para ayudarlo sus amigos de la infancia: Mario, un tipo de lo más normalito casado con una mujer que no quiere ningún problema y con un hijo que sabe mucho de informática; Jaime, de familia influyente con la que anda reñido ya sabrán ustedes por qué y que terminó primero en los servicios de inteligencia y, todavía bien relacionado con la DEA y con numerosas personas del mundo de la policía y la seguridad, es una especie de James Bond titular de una empresa de ciberseguridad; y Amelia, inteligente y guapa, la chica por la que todos suspiraban y que desde su puesto de activista ha terminado como cuestionada líder de uno de los principales partidos de oposición. Se hacían llamar «los Azules» porque era el color de los cuadernos que llevaban.

              El interés de Mario por salvar el pescuezo sin renunciar a su vocación periodista que llevaba cierto tiempo adormilada tiene puntos en común con el de Amelia de evitar a México el retorno al autoritarismo. Jaime -cuya vida corre peligro por dedicarse a lo que se dedica- y Mario echan una mano, y en la de este último colabora su hijo, de lo que devienen problemas para la familia.

              La novela narra el proceso de descubrir quién ordenó el asesinato de Pamela Dosantos, lo cual implica saber más sobre ella al tiempo que se serpentea evitando los peligros que acechan por doquier sin que se sepa a ciencia cierta de dónde provienen, porque lo único seguro es que la violencia lo mismo puede proceder de los cárteles del narco como de la corrupción institucionalizada. De cualquiera que vea peligrar su situación, que es lo mismo que decir de casi todos cuando casi nadie está limpio.

              Una buena novela de intriga, con cierta dosis de acción y de violencia, escriba con cierta perspectiva televisiva, que el autor reconoce que en parte se basa en hechos reales, una novela que permite hacerse una idea bastante cabal de cómo «funcionan» algunas cosas cuando la corrupción se adueña de los estados. La ley del más fuerte, cuya aplicación siempre implica algún tipo de violencia o coacción.

              El realismo de las situaciones vinculadas a las circunstancias sociales y al análisis político contrasta con lo peliculero de la figura de Jaime y, de algún modo, con las concesiones a lo sentimental que provoca el reencuentro de los Azules, a lo que pudo ser y no fue, a los enamoramientos pasados y nunca confesados, a las rivalidades que ello implica, a la vuelta atrás que tantas veces se produce a los cuarenta años, etc.

              Una buena y entretenida novela de la que lo peor que puedo decir es que a veces parece transcurrir de modo demasiado lento.