En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 29 de junio de 2017

Mi verdadera historia – Juan José Millás



                El sentimiento de culpa ha inspirado muchas novelas, pero pocas con la intensidad, a menudo desagradable, incrustada en estas breves páginas que se leen de un tirón.

                El niño protagonista, al cruzar un puente sobre una autovía lanza una canica y provoca un accidente. No es un hecho extraño, hace unos años hubo varios accidentes por hechos similares, pero sí lo bastante atípico y brusco como para que sintamos la brutalidad de saltar, en un instante, de la normalidad absoluta a la anormalidad de por vida.

            No he descubierto nada contando el desencadenante de la historia, porque lo anuncia la sinopsis y ocurre en la primera página. El resto es la narración no tanto de cómo se convive con la culpa sino de cómo se la sortea y de cómo, dada su inevitable compañía, hasta se acaba forzando y deformando la realidad –previo retorcimiento psicológico- en busca de una especie de redención; sin embargo, solo se consigue transformar la vida en una especie de sueño o, mejor dicho, en una obsesión, pues si algo provoca la culpa intensa es la ebullición del «yo interior».

                Pero que más me ha interesado ha sido la relación del protagonista con sus padres y la forma en que estos reaccionan no se sabe si para proteger al hijo o para protegerse ellos, o para protegerse todos; el modo en que las cosas se saben sin ser dichas y cómo hay acuerdos tácitos de silencio que quizá pretenden proteger pero que, a la larga, acaban pudriendo todo.

          El estilo de Millás, introspectivo y pródigo de comportamientos e ideas extravagantes pero significativas, se detecta en cada página de esta pequeña novela. Una lectura interesante, de la que se puede aprender o al menos reflexionar, aunque tan dura y mezquina que produce sentimientos desagradables.


martes, 27 de junio de 2017

Lecturas recomendadas


He aquí algunos de los mejores libros que he leído en el último año, por si ustedes gustan aprovechar el tiempo en estos mesecillos que se avecinan con trescientos grados a la sombra. Por unos motivos u otros, todos merecen la pena.

       El título enlaza a la reseña y, para los impacientes, hay también un enlace para comprarlo en Amazon.

Por supuesto, también les invito a viajar –ratón mediante- hasta el lado derecho del blog para conocer a Ajonio Trepileto -en la edición de Mira Editores o, en ebook, en Amazon- y divertirse con él, que no todo ha de ser serio, aunque esta lista sí lo sea incluso cuando los libros son humorísticos.




El País Vasco y ETA. Una novela dura y amena que intenta dar respuesta a la necesidad de comprender





La mejor novela de la historia. Un libro que hace del humor una forma de afrontar la vida y que en esta edición puede leerse sin esfuerzo.








Una forma de vivir desde dentro, en apenas cien páginas, la Primera Guerra Mundial





Derecho natural, de Ignacio Martínez de Pisón

La vida. Cómo nos moldean, con todas sus debilidades a cuestas, quienes nos rodean. Cómo el tiempo lleva a la comprensión, y ésta al perdón.


Humor e inteligencia con un protagonista estrafalario en una trama loca.






Fabulosa novela, entre la biografía y la autobiografía, sobre una mujer, la madre de la autora, tan adelantada a su tiempo que éste aún no ha llegado. Un testimonio de alemanes que se sentían más alemanes que judíos en el marco de la Segunda Guerra Mundial.





Breve obra maestra sobre la explotación y el círculo vicioso de la pobreza.








miércoles, 21 de junio de 2017

Dos títulos, una idea

    

    La Casa del Libro, en Twitter, ha propuesto un pequeño juego: fotografiar dos títulos que, leídos uno tras otro, formen algo parecido a un poema o a una idea bonita. Al verlo, se me ha ocurrido una combinación. Pero al ponerme a buscar los libros la idea se ha desvanecido ante las muchas otras que se me iban ocurriendo según veía títulos.


     Aquí tenéis el resultado. La penúltima foto es humorística. Y la última, puro autobombo, pero cierta.































lunes, 19 de junio de 2017

La biblioteca de los libros rechazados – David Foenkinos





      Por el modo en que el tono y las palabras elegidas hacen que la acción –en el fondo, intensa- discurra con una calma lo bastante engañosa como para dotar de más fuerza al final, podría decirse que David Foenkinos escribe suave, que es de lectura agradable, que te embarca en los primeros capítulos casi como quien te cuenta una fruslería y conforme pasan las páginas te ha sumergido en una historia interesante sin que te des cuenta.

      El argumento, una trama aparentemente «blanca» para llegar a un desenlace que opera como imán, invita a reflexionar sobre la mercantilización de todo, comenzando por algo tan en teoría elevado como lo literario (y, en la práctica, tan prostituido), y sobre hasta qué punto conocemos o no a las personas con las que compartimos la vida. También, además, se dan unos cuantos e interesantes datos sobre el presente del libro que seguramente sorprenderán a los simples lectores; aunque no se indican las causas por las que se ha llegado a la situación actual –demasiadas y complejas- resulta interesante verlo expuesto desde la perspectiva desapasionada de un autor como Foenkinos, que no necesita explicar –como sí hacen casi todos venga o no a cuento- por qué no es un best seller.

      La novela, que es la historia de otra novela, hace reflexionar sobre el concepto de éxito, que tantas personas, incluyendo los escritores (que se supone que estiman su intelecto) vinculan a las ventas prefiriendo el éxito mercantil al mérito literario. Esa reflexión se produce por una doble vía: se nos cuenta el éxito mercantil de una novela fundado no en su contenido sino en las vicisitudes sufridas para llegar a la imprenta y, paralelamente pero en sentido inverso, se nos muestra cómo a alguien a quien nada le importaron las ventas se le atribuye un éxito póstumo... también mercantil; triste paradoja para quien no buscó ni la fama ni ese éxito y sí la satisfacción de hacer las cosas bien. En resumen, La biblioteca de los libros rechazados muestra el modo en que el éxito literario (escribir una buena novela) es utilizado por otros para obtener un éxito mercantil que es el que acaba dotando de «sentido» (en esta sociedad, se entiende) al primero, hasta tal punto que lo que más interés despierta no es la excelente novela del difunto, sino la personalidad de quien renuncia a lo que todos sueñan: la fama.

      El protagonismo no corresponde a los personajes, sino a las situaciones. Foenkinos desarrolla el argumento a partir de la confluencia de diversas historias en torno a un hecho central. Un bibliotecario ya fallecido creó, a similitud de otra norteamericana, una «biblioteca de los libros rechazados por editoriales». Libros abandonados allí por sus autores como una suerte de homenaje póstumo o entierro de los seres amados a los que nadie más quiere. Una editora joven y con proyección, de visita al pueblo de sus padres, acaba en esa biblioteca acompañada de su pareja –un escritor fracasado- y encuentran un manuscrito que consideran una obra genial. El autor es un pizzero fallecido poco antes, y esa historia, la del pizzero que abandona una obra genial porque nadie la quiere, se convierte en un recurso publicitario de tal envergadura que el libro se convierte en el más vendido de Francia.

      El fenómeno editorial es tan grande que muchas vidas se convulsionan. La de la viuda y la hija del pizzero, que nada sabían de su vocación literaria y se ven obligadas a preguntarse hasta qué punto han conocido a la persona con la que han compartido la vida y, en el caso de la viuda, a enfrentarse a sus últimos días con la sensación de no haber sido consciente de la vida pues la puso en manos de alguien que ha resultado ser un desconocido; también, claro, el éxito y el dinero les traen importantes consecuencias, como también le ocurre a la descubridora del libro, a la bibliotecaria que sucedió al fundador de la extraña biblioteca, a algún otro caballero que le da por llevar allí sus manuscritos y también a un crítico literario antaño poderoso y ahora venido a menos y a su pareja. Un crítico empeñado en demostrar que Henry Pick, el pizzero, no es el autor de esa novela.

      ¿Lo es o no? Ese es el leitmotiv de la historia ideada por Foenkinos. Como puede comprenderse, la gracia no es averiguar si lo es o no, sino determinar, en caso de que Pick no lo sea, quién fue el verdadero autor. Sea quien sea, incluso aunque sea Henry Pick, será una sorpresa para todos. David Foenkinos se cuida mucho de cerrar puertas desde el principio a las elucubraciones más evidentes, lo cual hace que el final de la novela se lea con avidez.

      Una novela interesante y que, por ese tono suave al que aludía al principio y por el final (que a mi juicio es lo de menos, aunque sorprende), parece más destinada al entretenimiento que a la reflexión. Pero a mí me ha hecho reflexionar, y mucho, a la vista de las barbaridades que para vender libros he visto hacer en los últimos tiempos a un par de personas, alguna de ellas supuestamente sensata. Una gran denuncia del «todo vale». 



miércoles, 14 de junio de 2017

El ombliguismo de los escritores



Ahora que ha terminado la Feria del Libro de Madrid, algunos de ustedes recordarán cómo numerosos novelistas se han mostrado molestos, abiertamente o con irónico disimulo, por el protagonismo que en la feria se ha dado a cocineros, actores, presentadores de televisión y otras hierbas. Hace ya un año, por estas fechas, un escritor consagrado también se quejó del asunto, con bastante gracia, en su columna en uno de los principales periódicos.

Supongo que es el ombliguismo lo que lleva a pensar a estos críticos que libro y novela o poesía son lo mismo, porque, como no pueden ser tan escasos de entendederas, pienso que, cegados por la vanidad y el andar siempre pendientes de sí mismos, olvidan que el libro solo es un formato. Igual que en la televisión caben informativos, series, concursos, documentales o deportes y, por alienantes que nos parezcan algunos programas, a nadie se le ocurre tratarlos de intrusos televisivos, con los libros sucede igual: en ellos caben historias, recuerdos, consejos, estudios, recetas de codornices escabechadas, diccionarios o láminas a todo color de cachorros de perro salchicha, y nadie es un intruso.

El INE, en los últimos datos que he encontrado (2015) dice que de todo lo editado ese año solo un tercio fue novela (y poesía, que no me olvido de ella). Aquí tenéis el cuadrito. Por cada novela hubo dos libros que no lo fueron, presumiblemente escritos por cocineros que dan recetas, políticos, músicos o actores que escriben sus memorias, tipos que han estudiado curiosidades matemáticas o las propiedades de la jalea real y fanáticos de los cachorros de perro salchicha. Todos ellos también tienen derecho a vender y firmar ejemplares (y hasta a cabrearse si alguna porquería de novela les resta protagonismo) como el personal tiene derecho a elegir entre la última novela best seller, la Regenta o los postres de las monjas clarisas. 

Si a los libros añadimos las "otras categorías", las novelas solo representan el 26,65%. Uno de cada cuatro libros. O, si así lo prefieren ustedes, el resto de libros triplican a las novelas. Si incluimos lo que se publica como folleto (el dato no aparece en el cuadro) las novelas se quedan en el 23%.

Pues eso, que la feria del libro es del libro, no de la novela. O no solo de la novela. 

Dicho lo cual, a mí no me molesta que sea usted un cocinitas y se pase la vida viendo condimentar garbanzos en televisión, pero le advierto que con mis novelas se reirá más que con cualquier recetario. 








miércoles, 7 de junio de 2017

Crudos, sucios, sangrientos – Cristina Selva y Antonio Marcelo Beltrán




     Crudos, sucios, sangrientos, pero también imaginativos y con una sorpresa para cada final, los veintiséis relatos que componen esta obra navegan entre el misterio, el terror y la ciencia ficción, y también tienen mucho que ver con el erotismo, porque, aunque no hay relatos eróticos propiamente dichos, sí conocemos a un buen número de personajes más o menos obsexionados que en unas ocasiones llevan a término sus deseos y en otras se limitan a aludir al sexo para expresar buenos o malos deseos no siempre sexuales.

      Aunque los relatos responden a lo que anuncia el título, están redactados cierto sentido del humor, cierta ironía que pone distancia entre el narrador y los personajes y que impide tomarse demasiado en serio tanta sangre y escenas escabrosas, lo cual facilita el entretenimiento, especialmente, como es mi caso, cuando no se es lector ni terror, ni de misterio, ni de ciencia ficción.

Pocos relatos tienen un final previsible y, en cambio, todos consiguen suscitar un intenso interés desde el principio; tanto que a menudo se lee con impaciencia. Y es que aún más imprevisibles que los finales son los argumentos: cada inicio sorprende tanto o más que cada final. 

No es posible ni tiene sentido hacer una mención de cada relato, pero sí decir que entre ellos hay nexos a través situaciones y personajes que hacen que no sean por completo independientes, y pronto se tiene la agradable sensación de que hay que seguir leyendo porque ningún relato está completamente terminado por más contundente que haya sido su final. El resultado, que, a diferencia de otros libros de relatos, Crudos, sucios, sangrientos deja un regusto de novela.

Pasen y lean.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Doscientas setenta y siete vidas en dos o tres gestos – Eugenio Baroncelli




          Eugenio Baroncelli es un ilustre desconocido en España. No sé si algún otro libro suyo ha sido traducido., pero se sí que estas casi trescientas «biografías», la mayoría reales, son una delicia.

          Lo son por la prosa, elegante y rebosante de humor sutil barnizado con cierta mala sombra contra la importancia que cada ser humano se da a sí mismo, importancia evidentemente bien escasa cuando en cada hoja de esta obra desfilan de la cuna a la tumba, a velocidad de matadero, un par de ilustres personajes; eso sí, con frecuencia mezclados con otros cuyo lustre, si puedo decirlo así, se lo deben a Baroncelli por incluirlos en la lista. Un humor tan inteligente y bien expresado que pronto la lista de biografiados se transforma para el lector casi en lo de menos y lo importante pasa a ser la actitud ante la vida que transmite el tono de Baroncelli al hilo, precisamente, del sinfín muertes, accidentes, situaciones y problemas.

          Dos o tres gestos son los que definen a cada una de las personas retratadas, entre los que no se cuentan los hechos que han hecho famosos a muchos de los biografiados. Gestos nacidos de situaciones normalmente peculiares, a menudo vinculadas a la muerte o a idas y venidas afectivas, pero que retratan a los biografiados, de forma admirablemente eficaz, con rasgos vetados a cualquier lista de obras, logros, merecimientos, viajes, empleos y circunstancias históricas.

          La lectura se hace extraña al principio por lo atípico de la obra, pero pronto estas doscientas setenta y siete vidas pasan a ser adictivas. Una ventaja adicional: la brevedad de las biografías hace que la lectura pueda abandonarse y retomarse en cualquier momento. 


jueves, 25 de mayo de 2017

Derecho natural - Ignacio Martínez de Pisón



      El «derecho natural» son las normas inherentes al ser humano y previas a todo ordenamiento jurídico positivo. Simplificando, está vinculado al instinto y a los requisitos más elementales de la concepción de la vida. Por eso, cuando las normas positivas, escritas o consuetudinarias, van contra él, surge la desazón, el desconcierto e incluso la sensación de fracaso.

      De ahí el título. Porque algunos de los personajes de Derecho natural sufren las contradicciones entre su instinto y la convención y, como una consecuencia, surgen y sufren conflictos de intereses entre ellos. Los estudios y profesión que alcanza el protagonista, además de una excusa para justificar que «el narrador» dé ese título, lo es para expresar ideas complejas con tan pocas y claras palabras que hace que esta novela, dentro de la engañosa sencillez de su prosa, brille a cada línea.

      La historia lo es de pequeños triunfos y grandes zozobras, de búsqueda y escape. Como tantos, los personajes pasan la vida buscando su propia identidad, adaptándose unas veces, conformándose otras y rebelándose algunas, siempre sometidos al azar de las previsiones erróneas, de las reacciones ajenas y de cuanto desconocen; en ocasiones, con autonomía para cometer sus propios errores; en ocasiones, a remolque de decisiones de otros. Derecho natural es una lectura melancólica y a la vez risueña, que no puede hacerse sin sentir una permanente mezcla de ternura, buen humor y tristeza.

Ignacio Martínez de Pisón.
Zaragoza, 1960.
      Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores escritores españoles, es todavía un poco más grande después de esta novela. Su claridad, concisión y eficacia en el uso del lenguaje, el alto y constante nivel de su prosa y la profundidad de las ideas y sentimientos que traslada sin que el lector deba esforzarse para empaparse de ellos, lo sitúan en el mundo de la alta literatura, pequeño drama mercantil cuando tantos lectores buscan literatura y autores espectáculo; pequeño drama injusto, porque Derecho natural es tan gran novela y está tan bien escrita que pone la miel con igual eficacia al alcance de gourmets y de asnos. Uno de los libros más bonitos y que más huella me ha dejado en los últimos tiempos. Maravillosamente sencillo y complejo. Uno de esos libros que parece no haber contado nada y cuenta tanto y tan bien que resulta difícil de olvidar.

      ¿La historia? El narrador es un niño nacido en los años sesenta del siglo XX, de cuya mano recorremos su infancia, adolescencia y juventud casi hasta el tiempo presente. Hijo de una dependienta del Corte Inglés y de un actor de octava fila con sueños de gloria y más voluntad que talento, ve cómo su padre se deja llevar por sus apetencias, hasta el punto de que los abandona varias veces y reaparece cuándo y cómo quiere. La relación entre sus padres, las presencias y los vacíos y las penurias económicas condicionan el devenir de la familia, que poco a poco va creciendo, y la novela es la historia de todos: la de un padre con mucha presencia hasta cuando no está, pero al que solo conocemos al final porque la diferencia entre su «derecho natural» y el «positivo» lo ha obligado a refugiarse en su propio personaje; la de la madre, que a fuerza de ver zarandeadas y burladas sus aspiraciones y su amor se reivindica a sí misma construyendo un nuevo personaje que no llega a hacer desaparecer el anterior, con las contradicciones consiguientes y la sorpresa y condicionamiento de todos; y el protagonista y sus hermanos, cada cual con una experiencia vital distinta y con una forma de encarar la vida qué más debe llamarse afán de supervivencia, y que los guía no siempre por los caminos deseados, sino por los que encuentran.

          Huyendo de la técnica best seller, Martínez de Pisón evita crear misterios o curiosidades para enganchar al lector. Tiene demasiado talento para para precisar de esos trucos y, también, un hondo respeto al lector, al que no trata como a un cliente o un consumidor de páginas sino como a un compañero de viaje; por eso Martínez de Pisón anticipa casi todos los hechos relevantes, porque la literatura no es un fin, sino un camino, y el lector disfruta no descubriendo, sino contemplando. La curiosidad no se siente por el qué, sino por el cómo.

      Jalonada de situaciones a la vez dramáticas y grotescas y, por tanto, divertidas y tristes, la debilidad del ser humano se alterna con su capacidad de sufrimiento y superación. De la lucha a través de la colaboración a la lucha mediante el enfrentamiento, todo lo acabamos probando. La vida como un constante esfuerzo de avance y a la vez de resignación, de ambición y de rendirse con un «hasta aquí he podido llegar», porque rara vez alguien se conforma sin resignación, e incluso pocos saben exactamente dónde quieren llegar.

      La novela sobre la vida y cómo los padres influyen en los hijos, y de cómo las vivencias propias condicionan las comunes. Una novela sutilmente divertida, a medio camino entre el drama y la comedia, porque, como dice la contraportada, «“¿Cómo se resume una vida?”, se pregunta el narrador en un momento dado. Según dónde se coloque el punto final, ese resumen adoptará la forma de drama o de comedia.»

      Una última nota para un final precioso y que permite comprender que, bajo la forma de egoísmos que van y vienen, a veces solo late la profunda desorientación motivada por las contradicciones  entre el «derecho natural» y el convencional, a su vez provocadas, a menudo, por decisiones impacientes o, simplemente, porque la vida no se detiene, hay que decidir cada día y lo hacemos sin saber qué nos depara el futuro y sin apenas conocernos a nosotros mismos. También, claro, desorientación por las contradicciones de todo derecho, porque nadie es por completo dueño de sí mismo, sino que también pertenece a sus hijos, a sus padres, a su pareja, a tanta gente que ha condicionado su vida para adaptarla a la nuestra y que merecen mucho más que egoísmo e instinto. Un libro para reflexionar sobre cómo la búsqueda a toda costa del «yo» acaba conduciendo, casi invariablemente, a la soledad, porque la vida es un «nosotros» a veces difícil o imposible de determinar.
   

miércoles, 24 de mayo de 2017

Morir sin gloria




          Ebooks, administración electrónica, informatización... Una de las consecuencias de la revolución es la desaparición del papel. Desde hace tiempo se puede escribir y publicar una novela sin ver ni tocar un folio; y las oficinas que antes los compraban por palés, ahora tienen el almacén casi vacío.

          Junto al papel, ordenándolo, adecentándolo, restaurándole los costurones, poniéndolo guapo para contarnos historias, dar noticia de alguien o informarnos de asuntos importantes, existían ayudantes como tijeras, gomas, clips, grapas, sacapuntas, perforadoras, anillas, cuños... Su vida también se apaga porque está subordinada a la del papel, pero, cuando algo desaparece, en la memoria permanece lo principal o lo que asumió el protagonismo, y el resto alimenta el olvido.

          Muchos de esos ayudantes agonizan ahora en el fondo de cajones, conscientes de que el día en que se pierdan nadie vendrá a sustituirlos. Algunos irán a la basura tan pronto como una pieza se deteriore; unos pocos, más afortunados, serán una suerte objeto de coleccionista, como las barritas de lacre que antes «encriptaba» los textos confidenciales y que, hace años, rescaté de las catacumbas de unas oficinas para que alguien, alguna vez, al verlas recordara cómo cuando conseguimos alguna meta, grande o pequeña, a menudo dejamos morir sin gloria aquello que nos ayudó a alcanzarla.


lunes, 8 de mayo de 2017

Patria - Fernando Aramburu




                Patria, uno de esos raros libros que, ajeno a los clichés de los best seller, se cuelan entre ellos no por su capacidad para entretener de forma banal, sino por lo contrario: por el interés que despiertan, por intentar dar respuesta a una demanda de comprender, lo cual es uno de los fines más nobles de la literatura, el fin que hace perdurar un libro.

Fernando Aramburu. San Sebastían, 1959
                Tratar el terrorismo de ETA desde la perspectiva de las víctimas directas y de sus familiares, así como desde la del asesino, su entorno familiar y cuanto le hace renunciar a una vida normal para transformarse en un criminal, no es tarea sencilla. Fernando Aramburu la ha acometido con una claridad y distancia que le ha tenido que costar un esfuerzo enorme. Un esfuerzo que se agradece y constituye una importante aportación a la necesidad de comprender, lo cual explica el éxito de esta historia. Necesidad que existe porque la información siempre está pegada a lo visible, inmediato y sencillo de explicar, y es ajena a lo invisible, complejo y vinculado a orígenes lejanos o confusos; necesidad, también, porque la utilización política del terrorismo transformó eslóganes en «ideas» de una simpleza tal que, impulsadas por la indignación y un sentimiento de solidaridad torcido de antemano por esa misma simpleza, terminó provocando, incluso, enfrentamientos entre personas pacíficas, muchas de las cuales se sentían insultadas y por tanto agredidas cada vez que se salían de la simpleza políticamente correcta para tratar de avanzar hacia un objetivo tan elevado como evitar nuevas víctimas; es decir, proteger a inocentes. Tantos años de violencia y al final qué pocos tienen claro, siquiera, el orden de prioridades del poder público consagrado en todos los ordenamientos jurídicos modernos.

                Ciento veinticinco capítulos breves, de cuatro o cinco páginas, en las que -a veces en grupos de tres o cuatro capítulos- se va saltando de un personaje a otro y también temporalmente. Conocemos a la víctima, a su familia, cómo se experimentan los distintos tipos de violencia y el proceso que sigue ésta, cómo junto a la extorsión y a la violencia física existe una violencia social de la que nadie es responsable porque lo son todos, cada cual con su cobardía; conocemos cómo cada persona procesa el dolor (unos, a través del orgullo; otros, hundiéndose en el abatimiento de por vida; otros, en una huida irreflexiva hambrienta de felicidad –como si existiera como un estado anímico permanente- buscada en cuanto se pone por delante, sea lo que sea), y conocemos a un asesino, por qué llegó a serlo, la presión social que lo indujo a ello, la manipulación que transforma a una persona en un paria destrozador de vidas, quién es manipulable hasta ese extremo y por qué, conocemos que la existencia de un asesino en una familia condiciona o puede destrozar la vida de sus familiares, o transformarlos en otros como él, y conocemos otras tantas otras cosas que obligan a reflexionar sobre el origen de cada tipo de violencia y a comprender las consecuencias de ese origen; ninguna buena, pero sí de una lógica de la que no se debe prescindir.

                Todo para llegar a una conclusión de sentido común, que tan poco se ha utilizado en muchos ámbitos del debate público: la violencia solo genera daño,  y quien lo sufre, lo sufre para siempre, sin posibilidad de reparación y sí solo, en el mejor de los casos, de cierto consuelo. Quienes son víctimas directas de la violencia sufren el daño por razones obvias; nadie como ellos son víctimas, hasta el extremo de que no les resta ni la esperanza, porque nadie resucita; y quienes ejercen la violencia en nada se benefician de ella, porque se degradan a sí mismos transformándose en bestias y fuerzan a los suyos al amargo trago de no poder dejar de querer a quien solo ha hecho méritos para ser despreciado. Alrededor de la violencia solo hay ruina.

                Patria no es tanto una novela «histórica» sobre la violencia de ETA como una reflexión sobre cómo los afectos y emociones individuales condicionan la realidad colectiva: de la manipulación y la simplificación surge la violencia; de la violencia, el daño; y del daño, la necesidad de superarlo y retornar a una paz que no debió romperse. Un proceso explicado en perspectiva individual en millones de novelas (la amistad o el amor, el enfrentamiento y la reconciliación), pero muy difícil de explicar y abordar en perspectiva social por tratarse de procesos mucho más complejos emocionalmente por la cantidad de personas afectadas que interactúan desde infinidad de papeles y posiciones, procesos que rara vez duran menos de una generación.

                Escrito con un lenguaje engañosamente sencillo –la claridad tiene mucho mérito-, el lector no puede dejar de ponerse en el lugar de hasta quien menos imagina, y por eso la lectura de Patria resulta conmovedora: porque nos saca de las ideas simples y, sin que nos demos cuenta, nos zarandea con el mar de situaciones y sentimientos de los unos y los otros, náufragos en un pueblo guipuzcoano –intencionadamente innominado- abandonado a la deriva por unos cuantos iluminados que, sin comprometer su propio futuro, disfrutan del ejercicio de la influencia cargándose el futuro de todos merced al silencio que impone la cautela, el miedo y, en muchos casos, la cobardía.

        Pero me quedo con otra idea, expresada a través de Bittori, la esposa del asesinado: cuando te han hecho un daño insalvable, o vives para siempre inmerso en el dolor, la rabia y la humillación, o necesitas escuchar en boca de tu agresor la palabra «perdón». Solo así se puede alcanzar lo más parecido a la paz que permite la violencia consumada: un dolor permanente, pero con la rabia mitigada y sin el peso de la humillación. Como el daño no puede eliminarse, esto es lo más importante: eliminar la violencia constante que supone el sentimiento de humillación. Si quien te humilló no te pide perdón, cada instante de su silencio es una nueva humillación. Hay que pedir perdón incluso a quien no te pueda perdonar.


                                 

jueves, 4 de mayo de 2017

Clases de literatura, fomento de la lectura y zulayas




                Se habla de suprimir la asignatura de Literatura y el mundo escritoril salta casi con una única voz en contra de esa medida, la cual, además, vinculan a la futura debacle de la lectura. Debacle iniciada, según las opiniones reflejadas a lo largo de los últimos siglos, en la época del señor Gutenberg. Los argumentos que da esa única voz son casi inexistentes, porque habla como si entre clases de literatura y fomento de la lectura hubiera, necesariamente, una relación simbiótica. ¿Pero por qué ha de haberla? ¿Aman ustedes todo lo que han estudiado? Si es así, qué suerte. Yo aborrezco la química y algunas otras cosillas.

                Ayer la prensa informó de la puesta en marcha de un plan de fomento de la lectura que no puedo valorar porque desconozco. Muchos de los que antes citaba, los de la relación simbiótica, lo han criticado por ser contradictorio con la supresión de la asignatura de Literatura. ¿Cómo, dicen, si se quiere fomentar la lectura, se suprimen estudios de literatura?

                Pero la medida de fomentar la lectura, ¿es contradictoria? ¿O compensatoria? ¿O sustitutiva?

                Quizá quienes, por creerlas buenas para todos, deseamos fomentar la lectura y, por tanto, la literatura, deberíamos formar nuestro criterio reflexionando con sinceridad sobre nuestra propia experiencia como lectores.

                Las zahúrdas de Plutón es una obra de Quevedo. Lo recuerdo no porque la haya leído, sino por lo ridículo que me sentí de adolescente cuando, en un examen de literatura, me fue imposible recordar una palabreja como «zahúrda» y acabé atribuyendo a Quevedo la autoría de las Zulayas de Plutón.  Y lo escribí así, con mayúscula, sin saber que lo único mayúsculo iba a ser la risa del profesor al corregir. Si hubiera sabido que zahúrda significa «pocilga» quizá hubiera recordado el término en lugar de inventar otro, pero «estudiaba» cosas que ni siquiera sabía lo que significaban porque costaba menos intentar memorizar que buscar significados. Por aquella época también conocí algunas cosas sobre la Celestina: no las necesarias para disfrutar de su lectura, sino las imprescindibles para aprobar, lo cual, como el de todos, era mi objetivo.

                Con semejantes recuerdos, está claro que no vinculo mi afición a la lectura a las clases de literatura. Es más: es difícil disfrutar de una novela cuando en sus páginas no buscas placer, sino una salida al miedo a catear. ¿Quién desea hacerse adicto a lo que le produce miedo e inquietud?

                Mi afición a la lectura nació, primero, de ver leer en mi casa. Si mis padres se lo pasaban bien haciéndolo, ¿por qué conmigo iba a ser distinto? Si en tanta estima tenían los libros, algo bueno habría en ellos. Y, segundo y sobre todo, mi afición a la lectura la provocó divertirme leyendo, lo cual era ajeno a la calidad y profundidad de lo que leía y a su importancia literaria y, en cambio, dependía casi en exclusiva de lo entretenido de la lectura; a esa edad mi cabeza, como la del común de los mortales, se entretenía con lo banal, con lo chocante, lo divertido, evidente y poco profundo. Soy lector porque de renacuajo me contaron y leyeron cuentos, porque apenas supe juntar dos sílabas leí cuentos con muchos dibujos y poco texto, porque después me lo pasé bien con tebeos en los que al pobre Filemón le caían en la cabeza todas las ocurrencias de Mortadelo, y leía y releía sus historietas en busca de un final que siempre era el mismo; soy lector porque también leí a los cinco veinticinco veces y porque luego hasta me dio por leer novelas del oeste y de ciencia ficción, de esas baratísimas que se escribían a destajo. En cambio, el Cantar de Mío Cid que explicaba el libro de texto me era tan ajeno como si fuera el Cantar del Suyo Cid, lo mismo que celestinas, zahúrdas plutonianas, buscones, quijotes, píos barojas, unamunos y demás tropa que puede ser mucho mejor apreciada por una cabeza algo mejor amueblada y con más experiencia que la de un chaval camino de la adolescencia o inmerso en ella.

                ¿Quieren ustedes fomentar la lectura en las aulas y crear lectores que disfruten y aprecien la literatura por encima de una porquería de programa de televisión o de una ración de gambas en un bar? Pues olviden las clases de literatura al uso. Elijan una obra breve y extraordinariamente divertida, como Sin noticias de Gurb,  y que algún alumno la lea en voz alta; dejen que todos interrumpan, opinen y digan cuantas salvajadas les inspire cada una de las meteduras de pata del desdichado compañero de Gurb. Que se rían y comenten aunque no mencionen ni un solo concepto literario. Dejen que de este modo pasen unas horas de risa y jolgorio. La novelita dará para varias clases. Que hagan lo mismo con la aventura de los batanes y que los adolescentes digan mil burradas cuando Sancho le da a don Quijote la aromática ocasión de decir que el escudero parece tener más miedo del que confiesa. Hagan lo mismo con libros o pasajes aislados de cualquier obra, trascendente o no, que sean verdaderamente divertidos y dejen que los alumnos se rían, que comenten las situaciones y se olviden de la semántica, la sintaxis, el contexto, la importancia, la influencia y la madre que parió a cuanto solo emociona a un estudioso. Que leer sea divertirse, limítense a hacerles los comentarios mínimos para situar las escenas en su contexto histórico y eso solo para poder entender y reír mejor, y ya verán ustedes como muchos de esos chavales, de adultos, no solo serán lectores, sino que sabrán más de literatura que si hubieran hincado codos en todas y cada una de las clases actuales de literatura. Porque será entonces, algún día, como hice yo por leer mis cuentos y a Mortadelo y Filemón, cuando abrirán el Quijote y lo leerán y disfrutarán. De haber sido así mis clases de literatura probablemente de adulto me hubiera leído hasta las Zulayas de Plutón. Ejem, las zahúrdas.

                Decía Eduardo Mendoza en su discurso de aceptación del Premio Cervantes que el humor no es un género menor, aunque muchos lo tienen como tal en el mundillo literario. Yo digo más: divertirse con un libro es, para muchas personas, sobre todo para las más jóvenes, la única puerta de acceso a la literatura. 


miércoles, 3 de mayo de 2017

Camino de ida - Carlos Salem



                Octavio, un funcionario de mediana edad de un ayuntamiento catalán, un tipo de existencia gris cuya personalidad ha sido anulada por su esposa, se encuentra con esta de vacaciones en Marrakech.  Allí, en el hotel, se topa con una agradable sorpresa: de pronto su esposa muere. A medias para celebrarlo y a medias para asegurarse del óbito, a Octavio le da por empinar el codo en presencia del fiambre. Pero en cuanto sale de la habitación no sabe muy bien para qué, si para pedir ayuda o probar a vivir respirando por sí mismo, cae en manos, o en la compañía, de un argentino llamado Soldati, una mezcla de estafador, embaucador, iluso empresario e inexplicable  fiel amigo que se lo lleva de juerga sin desembolsar Soldati un céntimo, y de tal manera financia el argentino la fiesta que terminan escapando de unos caballeros bolivianos con no muy buenas intenciones.

                Con una capacidad prodigiosa para provocar desastres y unas veces a tortas con el mundo y otras a besos con la casualidad, la estrambótica huida todo el país es el armazón de la novela; huida a cuyo fin es de suponer que el lector averiguará qué pasó con la muerta abandonada –y, por tanto, qué puede ocurrirle a Octavio- y por qué se empeñan tanto los bolivianos en dar con los prófugos. A medio camino se les une un tercer personaje que, a su modo, es el más normal y a la vez inverosímil, y también el que más ternura provoca, sobre el que no digo más para no anular la sorpresa.

                El conjunto, una novela magnífica con notables recursos humorísticos, desde el golpe inesperado a la obsesión por el fútbol paralizador de mentes y países, el tango, los eufemismos con que Soldati disfraza sus trapacerías y, sobre todo, la condición de perdedores de todos los personajes; perdedores, incluso, cuando están satisfechos del modo en que buscan su libertad.

                Esa es la segunda huida de Octavio: la de su vida pasada. ¿Hacia dónde va? No lo sabe, hacia delante, siempre, porque la vida, piensa a partir de una reflexión de su compañero, es un camino solo de ida. De esta forma la fuga en coche a través de carreteruchas y desiertos enmascara una huida más profunda a la búsqueda de un «yo» que ni siquiera Octavio sabe quién es, aunque actúa como si la manera de encontrarlo fuera hacer exactamente lo que le diera la gana. ¿Pero somos eso? ¿Somos lo que seríamos si pudiéramos hacer cuanto quisiéramos? Esa acaba siendo la pregunta clave.

                Una trama entretenida, que solo en algún punto, mediado el libro, se hace un pelín larga por el temor de que nada cambie hasta el final y todo sea corretear por Marruecos, con momentos de humor brillantes y con un lenguaje y forma de expresión que quizá no sean suficientemente valoradas por la triste costumbre de asociar humor a ligereza. En definitiva, un buen libro al que se agradece haber dedicado el tiempo.




lunes, 24 de abril de 2017

Tontolaba

              
          Hay quien dice que «tonto del haba» es quien se topa con el haba en el roscón de Reyes. Otros afirman que «haba» es una forma del llamar al pene, de ahí que en otros tiempos se introdujeran habas en pasteles como «sorpresa/provocación»; afirman estos, también, que «tonto del haba» equivale a decir «gilipollas» eludiendo la pronunciación de una palabra malsonante. Digo yo que, en esta teoría, «gilipollas» provendrá  de «gilí» -tonto, lelo- y «pollas» (si es que viene de algún sitio, porque tengo entendido que los gilipollas han existido siempre). En esta tontería que estoy improvisando, una y otra expresión podrían traducirse por «tonto de los cojones».

          No sé si he atinado en algo o si estoy haciendo el tonto... (añádase lo que proceda), pero dicho queda como pequeño prólogo para contar que apenas recuerdo haber escuchado o leído la afectada expresión «tonto del haba». En cambio, sí he escuchado y utilizado a menudo «tontolaba», contracción evolucionada en la práctica a palabrita que hace nada tuve el gustazo de encontrar en boca de uno de los personajes de la novela más vendida (y además excelente) de los últimos meses: Patria.

          En la acepción en que siempre la he conocido, tontolaba resume una colección de improperios: tonto, desde luego; inútil, por supuesto; y, según la ocasión, creído, bravucón, irresponsable, ignorante pretencioso... Muchas cosas, pero siempre algo que a partir de cierta mezcla de estupidez y osadía resulta molesto aunque solo sea porque nos hace perder tiempo. Esto es clave: mientras que un gilipollas puede serlo en soledad, el tontolaba es como un moscardón; solo nos acordamos de él cuando lo escuchamos zumbar.

          Dada la poca carga soez de su etimología, es un magnífico insulto para monicacos indignos de que una palabra gruesa disuelva en un mínimo de enojo algo de la indiferencia que merecen.

          ¿Y todo esto, por qué? Porque de vez en cuando la conducta de algunas personas me recuerdan la palabrita, y también para dejar constancia de que tontolaba no aparece en el Diccionario de la Real Academia. ¿Una pena? No lo sé, porque de alguna manera es una ausencia lógica: mientras no molesta, ¿quién se acuerda de un tontolaba?



jueves, 20 de abril de 2017

Eduardo Mendoza, sobre el humor.




          «En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.»

...

          «Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.»





Eduardo Mendoza.