En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


lunes, 1 de julio de 2019

Castigos justificadsos - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt





Serie Sebastian Bergman, 5

                En cada libro protagonizado por Sebastian Bergman no dejo de admirar el excelente trabajo a dúo de sus autores, ni de reconocer su habilidad para mantener la atención del lector sin forzar las situaciones. Se reconoce en ellos la profesión de guionistas.

                Castigos justificados, aunque no es la novela más apasionante de las cinco primeras, mantiene el nivel y el interés. Es una novela especial, porque en ella estalla algo que el lector lleva temiendo desde el final de la primera novela y quizá por eso dé la impresión de que lo relacionado con la vida y relaciones de los miembros de la unidad de homicidios presenta signos de agotamiento, aunque habrá que esperar a la sexta novela, que en España se ha publicado en marzo, para comprobarlo.

                Parte de la habilidad de los autores es ir alternando qué lleva el peso de cada novela:  en unas es el crimen cometido y en otras esos asuntos personales a los que me he referido. En esta ocasión guía la novela lo primero, el crimen. O los crímenes, porque nuevamente (y esto sí me ha parecido ya demasiado repetitivo) nos encontramos con «asesinatos de autor»: un nuevo asesino en serie que, la verdad, resta bastante realismo, como cada vez que lo excepcional se convierte en habitual.

                Varios participantes en programas de telebasura son apiolados en Suecia, en lugares distintos, pero con un procedimiento común. Desde la primera página sabemos que el asesino quiere castigar la vacuidad de la sociedad actual, donde los medios de comunicación priman la carnaza sobre el intelecto. Un asesino justiciero, que pretende implantar con sangre la cultura de mérito. La sucesión de crímenes, como en tantas otras novelas negras, va aportando datos con los que llegar al malo de turno pero, a diferencia de otros escritores que abusan de este recurso (como Márkaris, por ejemplo), Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt hacen que la investigación avance de verdad y que a la pregunta del quién se una la emoción del cómo. A este respecto hay un par de giros verdaderamente espectaculares que hacen que la historia tome un rumbo inesperado y que no anticipo para no fastidiar a nadie la sorpresa (aunque no son del todo originales porque ya en alguna otra novela de la serie se ha utilizado algún recurso similar). 

                  Por desgracia, con cinco novelas ya a cuestas algunas de las vicisitudes de los protagonistas ya no son por completo originales, lo cual hace que el lector sepa que al final las cosas no serán tan terribles como antes le parecían. En el intento de renovar el interés por los personajes de la unidad de homicidios Billy pasa a tener más protagonismo, sobre todo en el cierre de la novela. Ya veremos cómo le van las cosas porque, de entrada, parece uno más de esos síntomas de agotamientos de la trama principal entre los personajes: si hay que dar terreno a Billy, es que lo que centró la atención en las novelas anteriores no da más de sí sin repeticiones. Habrá que ver si los autores son capaces de capear el problema sin que las novelas pierdan interés o resulten repetitivas. Lo veremos en la sexta entrega. 




lunes, 17 de junio de 2019

La luz fantástica – Terry Pratchett




              
              Soy más desastre que Rincewind. La prueba es que leí la segunda novela de la saga de Mundodisco hace unos meses y se me había olvidado contaros por aquí que La luz fantástica mejora, con mucho, la novela inicial de la saga, El color de la magia. Y es que La luz fantástica es más ordenada y la acción sigue un propósito más claro, lo que facilita su lectura.

              La novela comienza más o menos donde terminó la primera, con los principales personajes recién idos al diablo. Pero, cosas de la magia, hete aquí que el Mundodisco está en peligro porque las tortugas, ya se sabe, a veces van por donde no deben. Por ejemplo, hacia una estrella achicharrante.

              La solución no pasa por las vulgaridades que intentaríamos hacer en este sufrido planeta. En Mundodisco hay soluciones más sencillas, al menos teóricamente. La práctica, es otra cosa. Y es que pronunciar los ocho hechizos del Octavo es un tanto complicado, sobre todo cuando hay mucho mago dispuesto a aprovechar la ocasión para hacerse con el poder y cuando uno de esos hechizos está en la cocorota de un pringadillo como Rincewind quien, por una vez, se ve obligado a ser valiente.

              Así es como entre hechizos bastante menos poderosos y solemnes de lo esperado, entre héroes peculiares que ayudan a Rincewind y al turista Dosaflores, y en medio de toda suerte de prodigios que a menudo coquetean llevando al absurdo cuestiones propias de la literatura infantil, la trama va avanzando arrastrada por el constante alarde de humor e imaginación que encumbró a Terry Pratchett.

              Y ahí sigue cuatro años después de su muerte, en la cumbre, porque a pesar de lo estrambótico del Mundodisco, nos reconocemos en la crítica a las limitaciones y miserias del ser humano, que es lo que está detrás del humor de Pratchett.

              Eso sí, os aviso de que al terminar la novela sentiréis un poquito de pena.



miércoles, 12 de junio de 2019

Una revelación brutal – Loise Penny





               
                Three Pines es un lugar tan fantástico que bastan unas docenas de vecinos para que sobrevivan una librería de lance y un buen restaurante. Sin ser acaudalados, no parecen pasar hambre, y además entre ellos se cuentan algunos selectos representantes del mundo del arte.

                Un arte que, al igual que ocurría en la primera novela de Louise Penny que leí –también centrada en esta imaginaria localidad y también protagonizada por el inspector Armand Gamache- juega un papel relevante en la historia tanto por servir para caracterizar a alguno de los personajes como por estar en el centro de la intriga de este pacífico pueblecito donde, aunque todo el mundo es razonable, amable y estupendo, parece haber más asesinos que tenderos.

                Las primeras páginas se me han hecho un poco cuesta arriba. Reencontrarte no con un personaje sino con la plantilla entera de otra novela exige cierto esfuerzo de memoria que al principio lo mismo desorienta que satura. Sin embargo, pronto la historia adquiere una suave velocidad de crucero que se mantiene hasta el final en una lectura rápida, intensa y, en ocasiones, hasta ávida.

                La peculiaridad del argumento radica en dónde y cómo aparece el fiambre, por qué, quién diablos es el finado y, de ahí, a tratar de localizar a quien lo apioló. Uso palabras un poco frívolas aunque los personajes se lo tomen muy en serio, pero es que el lector no puede evitar sentir sorpresa seguida de cierto candor al advertir cómo en tan pacífica y chiquitita localidad proliferan los asesinados sin que por eso deje de ser vivida por todos los vecinos como una balsa de aceite. Ni siquiera toman medida alguna de protección ante el desconocido asesino que anda suelto. A eso hay que unir que, en razón de lo liliputiense de la localidad, cuando el inspector Gamache y toda la tropa que lo acompaña desembarca, se produce una insólita confusión entre investigadores e investigados, de modo que unos y otros comparten mantel e interrogatorios con toda «naturalidad». Aunque el mérito de la autora es, precisamente, la desaparición de las comillas: la naturalidad con la que se suceden situaciones e investigaciones cuyo parecido con la realidad es prácticamente nulo. No hay realismo, pero sí veracidad. Es lo que cabe exigir a la buena literatura, y en esta novela el dominio de la acción y los tiempos es magnífico.

                La autora juega con el lector proponiéndole, sin que él se dé cuenta, un conjunto de misterios a resolver. El primero y más evidente, quién es el asesino. Pero también su motivación para matar y para dejar el cadáver donde lo dejó. Enseguida se abre paso la necesidad de saber quién el finado y no digamos ya el deseo de conocer la misteriosa historia que parece tener tras de sí, mezclada, a su vez, con otra historia con visos entre mitológicos y fantásticos que explica… ¿qué? Lo dicho. Los misterios, muchos de ellos atractivos por cómo enlazan con ciertos enigmas históricos, se suceden y acumulan sin que el lector lo advierta de otro modo que a través de una creciente curiosidad y un creciente afán por seguir leyendo.

                Una novela que está lejos de ser arte, pero tan bien escrita y construida que no desmerece a ningún lector.




miércoles, 5 de junio de 2019

Mira por dónde, otra vez gracias







Pues eso, que muchas gracias. Ha terminado el periplo por Prime Reading de La terrible historia de los vibradores asesinos. Hace medio año tuvo el privilegio de ser seleccionada en los albores de este nuevo servicio de Amazon. Aunque no puedo saber el número de lectores que han conocido de esta forma a Ajonio, por cómo se ha movido la novela en los tops calculo algún que otro millar, lo cual es muchísimo para una novela que acaba de cumplir ocho años desde su publicación. Gracias a todos estos nuevos lectores. Espero que Ajonio les haya hecho sonreír. Las valoraciones que han realizado así lo indican.

Como no soy yo quien decide si mis novelas se ven en tal o cual promoción de Amazon, a partir de hoy las cosas han vuelto donde estaban: en ebook mis dos novelitas pueden comprarse por 2,99 euros cada una, y si se está suscrito a Kindle Unlimited pueden leerse gratis. En papel podéis pedirlas en cualquier librería, para lo cual es buena cosa recordar que están publicadas en Mira Editores.

Lo dicho: ¡Gracias!



miércoles, 22 de mayo de 2019

Trampantojo – Marina Lomar






«Trampantojo. Femenino plural», podría ser el titular de esta reseña.

Antes de explicar por qué, quiero señalar que cualquier tema importante y con amplia difusión es hábitat natural de oportunistas y aprovechados. En el caso del tema de la mujer, esta gente son plaga, de ahí que, para evitar equívocos entre los lectores de esta reseña, antes de desarrollarla quiero distinguir entre la llamada literatura para mujeres (que es aquella, digo yo, que se escribe o promociona buscando un público femenino), la literatura de mujeres (supongo que será la escrita por mujeres) y la literatura sobre mujeres (que es, sin más, literatura). Como ya habrá observado cualquiera que al buscar una nueva lectura «solo» pretenda leer, la intención con que se escriben o se promocionan las cosas, quién habla de ellas o el modo en que se hace pueden inducir confusiones de las que solo nos salva el correcto uso de las preposiciones. Conviene saber cuál es la fundamental cuando varias pueden dar juego. Curiosamente, y hablando ya de Trampantojo, en esta novela Marina Lomar prescinde, de vez en cuando, de algunas de ellas buscando un efecto estético, lo cual no impide que Trampantojo sea una muy buena novela sobre mujeres que conviene leer con calma para apreciar lo que de reflexivo tiene -mucho- y cómo el lenguaje se encarga de algo tan atípico en la mayoría de lo que se publica como de aportar belleza y sensibilidad.

Trampantojo, el título, no es precisamente un trampantojo, sino la sincera advertencia de lo que ofrecen las páginas de esta obra: el relato de un amasijo de engaños. Los de los demás, que a veces ni son conscientes de hacerlos, y también los que nos hacemos a nosotros mismos quizá porque, en idea que se atribuye a Susan Sontag, «la mentira es la forma más simple de autodefensa».

Así, entre engaños y autoengaños, que es lo mismo que decir entre mentiras, medias verdades y silencios que inducen errores, se desenvuelve la existencia de Andrea –una mujer separada y vuelta a casar- con una hija adolescente y una amiga con la que comparte un negocio de gestión, vamos a decirlo así, poco exigente, que les da más ocasión para hablar que para trabajar: un «café literario». En él ambas conversan y comparten confidencias entre ellas y con el resto de las amigas que forman una especie de grupo donde las relaciones nunca son por completo iguales, aunque no hay demasiados secretos entre ellas y los que existen solo tienen carácter temporal.

El cotilleo del diario de su hija, Gisela, despierta las dudas de Andrea sobre su pareja y padrastro de Gisela. Si el cotilleo es voluntario o inducido por Gisela, si lo que cree Andrea es lo que de verdad hay, si acaba ocurriendo una cosa u otra lo sabe –o lo decide- el lector tras ver caminar a Andrea, con cierta calma fatalista, desde la simple duda hasta el abismo de las certezas que, como tantas veces sucede, solo lo son para quien por tal las tiene. Al tiempo que eso sucede, varios caballeros lanzan sus redes para pescar amores, redes que intentan tejer atractivas para atraer las capturas sin pararse a pensar si el engaño es o no necesario, pues mientras ellos creen pescar con sus redes, otras pescan pescadores decidiendo a qué red acuden.

La historia de Andrea evoluciona a la vez que las de sus amigas, casi todas en una edad indeterminada en torno a los cuarenta. Y aquí encontramos desde las morbosas y misteriosas experiencias de una «viuda inminente» a las relaciones de una artista con la autoestima no muy boyante con la joven profesora de un «centro de bienestar», otro de los lugares relevantes de la novela, junto al café y la vivienda la Andrea. También tenemos a «la otra», cuya función es superior a su presencia.

La utilización de un café literario y de un centro de bienestar no sé si es consciente, pero no la creo casual: es casi inevitable ver en los clientes de lugares así a personas con la voluntad de cuidar de sí mismos –más bien de mimarse- , y con el tiempo y los recursos suficientes para hacerlo, lo que sitúa la historia en un perfil social concreto –la clase media «pequeñoburguesa»- y, sobre todo, en un estilo de vida lo bastante reposado para que refuerce el carácter intimista de la novela, porque en Trampantojo la acción ocurre, sobre todo, en la cabeza de los personajes, que se comportan a la vez como espectadores y protagonistas de su propia vida: impera la reflexión, la resignación sobre el enojo y el espíritu fatalista propio de quien ha escarmentado las veces suficientes para pararse a ver –y a temer y a asumir las consecuencias- antes de actuar.

Como he dicho al principio, Trampantojo es una novela sobre mujeres y quizá por eso el perfil de los hombres que pululan por sus páginas permanece estable, apenas cambia a pesar de los acontecimientos. Sí sorprende, en unas y otros, la aparente calma con que se toman algunas situaciones emocionalmente violentas: la violencia de los sentimientos existe, pero es casi siempre interior y se manifiesta en silencios y soledades más que en sofocos.

Merece la pena detenerse en el lenguaje. Hay imágenes poderosas e ideas agudas, pero como no se ha renunciado a la sencillez conviene estar alerta para no perderse todos esos fogonazos de luz que también suman para hacer de Trampantojo una buena novela. Es posible advertir la intención de crear belleza con el lenguaje y, en general, se consigue, aunque la ocasional supresión de la preposición «con» (por terminar casi volviendo al principio) para dar sensación de continuidad a algunas descripciones es algo que, particularmente, siempre me produce una impresión extraña.

Y concluyo por el final (original que soy): en él el lector averigua dos cosas: si lo que ha sospechado o no era cierto –lo cual incluye alguna sorpresa- y, también, el propósito de la autora, que además de quedar claro nos recuerda que para saborear mejor cualquier buena obra es conveniente saber qué quiso contar su autor.

¿Que cuál es ese propósito en Trampantojo? La vida, pequeñuelos, que era esto y no se para.



jueves, 2 de mayo de 2019

El encargo – Friedrich Dürrenmatt




              Novela breve, buena y con un modo de narrar un tanto onírico, emparentado con el realismo mágico. Pero que las situaciones sean aparentemente blancas o negras no quiere decir que todo discurra según una lógica distinta a la de los sueños, los miedos o las suposiciones; la lógica de los saltos del blanco al negro y viceversa no hay que buscarla en la vida, sino en las dudas e ignorancias que subyacen en el inconsciente.

              La esposa de un afamado psiquiatra se ha dado a la fuga y ha aparecido muerta en un país árabe. El caballero, tras un funeral simbólicamente extravagante, encarga a una periodista la aclaración del suceso. La periodista no tiene motivos para aceptar el encargo, pero lo hace, y allá va ella, al innominado país donde le suceden un montón de cosas inexplicables, todo bajo el gran hermano, o grandes hermanos, de servicios secretos y demás fauna enfrentada al mundo y entre ellos por el poder y la seguridad necesaria para protegerse de sus propios abusos. El resultado no es tanto lo que se descubre como el modo en que el destino de la periodista comienza a confundirse con las vivencias de la muerta, cómo las personalidades se mezclan y diluyen, y cómo, también, el destino de cada cual está condicionado por la organización política, aunque apenas nos demos cuenta. Las correrías de la protagonista parecen, además, guiadas en la distancia por los vaticinios de una suerte de filósofo al que consultó, y que extrae sus conclusiones no de la observación, sino de la observación de la observación. O, dicho de otro modo, se nos plantea la cuestión de cómo y por qué observamos y de qué vemos en función de lo que queremos observar. Las reflexiones sobre la observación son brillantes; resulta imposible leerlas sin reconocer la infinidad de veces que nos engañamos a nosotros mismos. De hecho, nadie es objetivo en la valoración de su vida, de sus actos o de sus circunstancias.

              El encargo es una obra lo bastante imprecisa para que estimular la imaginación del lector de un modo poderoso. Al principio desorienta un poco por cómo está escrita, pero, en cuanto el lector se hace al modo de narrar, la acaba devorando. Y, tras leerla, tiene la agradable y extraña impresión de haberla soñado.



lunes, 29 de abril de 2019

Noticias de Ajonio




Estos días varios antiguos lectores de mis novelas me han preguntado por Ajonio, pues, decían, deseaban tener nuevas noticias de él. Tan prolongado silencio, llegó a decirme uno, le hacía temer que el bueno de Ajonio hubiera sido almacenado en la trena por algún asesinatillo de nada o por cualquier otro contratiempo.

              Que yo sepa, no ha sido así. Antes al contrario, en la habitualmente asendereada vida de Ajonio se ha producido la coincidencia de tres felices acontecimientos.

              Primero, como consecuencia de una oferta de Doritos en un supermercado cercano al piso de Claudita, ha sido necesario reforzar la suspensión del camión con el que ésta se gana la vida, lo cual le ha proporcionado a Claudita varios días de asueto.

              Segundo, Ajonio, egregio miembro de la España vaciada pues suele tener vacío desde el estómago hasta el cerebro, ha descubierto Amazon. Ahora ya sabe que desde el pueblecito donde en mala hora instaló su sex shop puede caer en el vicio del consumo tan alegremente como desde el corazón de cualquier centro comercial clónico de los diseminados por todas las ciudades del orbe. Incluso aún puede consumir más que en ellos, pues a través del mondo señor Bezos también se venden todo tipo de extravagancias para minorías. Y para minoría, Ajonio, que de tan minoritario es único (afortunadamente). Aunque, como también es un tipo discreto y con gran sentido de la elegancia, solo adquiere lo que se ajusta simultáneamente a tan elevados valores y a su paupérrimo bolsillo. Para colmo de dicha, el señor Bezos es tan amable que todo se lo envía a casa. O, mejor dicho, al antro donde Ajonio guarece su osamenta.

              Tercero, es primavera, que la sangre altera.

              Dicho de otro modo, estos tres felices acontecimientos y haber birlado una opulenta cartera a un cliente han permitido a Ajonio, sin más que añadiendo los tres o cuatro euros que tenía ahorrados, organizar un romántico viaje con el que sorprender a Claudita y probablemente también, aunque por otros motivos, a vosotros, insignes lectores. A continuación detallo su plan.

              Para trasladarse, no estando disponible el camión ni, por las razones que ya saben los lectores de la segunda novela, su cuatro latas, Ajonio se ha hecho, a través de Amazon, con lo que él denomina un «moderno y ecológico medio de transporte» que, en realidad, no es más que el tándem que aquí veis. Todavía ignora, el desdichado, que si Claudita deposita su cuerpo serrano en el sillín trasero, la rueda delantera se elevará como las pezuñas del caballito rampante de Ferrari, con Ajonio aferrado al manillar y colgando de él mientras zapatea en el aire. Bueno, como el caballito rampante de Ferrari... Más bien como un pollino cojo y enloquecido. Ya lo averiguará. Tampoco sabe que, si Claudita se acomoda en el primer asiento y el tándem no se parte por la mitad, el volumen de las posaderas de Julieta dejará a Romeo solo en situación de pedalear desde el extremo del portapaquetes y, dada la longitud de sus brazos, probablemente más agarrado a las oceánicas bragas de su amada que al manillar.




              Huelga decir que, como la única ley que respeta Ajonio es la de la gravedad, hasta el más parsimonioso caracol adelantará a los ciclistas tan pronto como aparezca una mínima cuesta. En cambio, en cuanto alcancen cualquier leve descenso el tándem se transformará en una apisonadora en caída libre.

              Por no ser agorero, omitiré otros riesgos menos ciertos, como que el tándem se vea clavado en el suelo hasta el manillar si llegan a salir del asfalto y el camino está un poco húmedo.

              Una vez lleguen a algún sitio civilizado, Ajonio tiene previsto invitar a Claudita a un espléndido menú de hasta 5 euros por cabeza y, para no desentonar en restaurantes tan selectos, ha decidido cambiar su habitual cinturón (una cuerda tomatera) por otro más pimpante. Aunque como los que ha visto en Amazon le han parecido caros, al final ha comprado esta elástica serpientecilla que, por poco más de un euro y sin más que haciéndole un simpático nudo, se transformará en un cinturón tan original que ya quisiera lucirlo algún que otro cantante famoso, de esos que salen en la tele y en la prensa con una zapatilla de cada color.


              Además, para que el resto de su aspecto no haga desconfiar al personal y para que les hagan la pelota, en cuanto entren al restaurante y se acomoden en la barra a esperar, piensa extraer del bolsillo, con graciosa naturalidad, un enorme fajo de billetes de doscientos euros atados con una gomita. Lo sacará, lo examinará, contará un montón de parné como quien recuenta ovejitas para dormir y, luego, lo guardará despreocupadamente. Aunque, como lo que birló no da para tanto, también se va a proveer de los susodichos billetes en Amazon, pues, sorprendentemente, los ha encontrado a un módico precio. Probablemente, piensa Ajonio fascinado por tamaño ofertón, porque la Fábrica Nacional de Moneda y Trimbre se ha olvidado de cortarlos, aunque para mí que no ha reparado en que el fabricante posiblemente sea Scottex.




              Tras el pedaleo vespertino cree Ajonio que alcanzarán algún hotelito coqueto y seductor o, en su defecto, una paridera abandonada donde pasar la noche. Allí, el muy pillín, tiene previsto dar otro par de sorpresas a Claudita.

              La primera, obsequiarla con un romántico regalo. En concreto, con un detector de metales para ver si, de una vez por todas, encuentran el anillo que Claudita perdió hace un par de meses entre las pelusas del sex shop.



              La segunda, vestirse de modo sexy para provocar en Claudita un contento que dé con ambos en el tálamo (o, si están en una paridera, sobre un confortable montón de hierbajos). Para lo cual Ajonio ha decidido jugar, en plan picante, a Caperucita Roja y al lobo feroz. Ya sabéis, ¡que te como, que te como! Claudita será Caperucita. O Caperuzonotota. O lo que sea, pero roja estará seguro: por el empapuzón de la comida, por el esfuerzo del pedaleo y por la excitación que le producirá ver a Ajonio sensualmente ataviado del lobito que pretende comérsela bien comida (si bien, en honor a la verdad, para zamparse a Claudita harían falta cien jaurías de lobos celebrando una boda). Para lo cual un sensual Ajonio lucirá, por toda vestimenta:

              Un distinguido gorro de lobito.


              Un no menos distinguido rabo.




              Unas zapatillas que evoquen al resto de lobos que completan la manada…




              …calzadas con unos distinguidísimos calcetines que disimulen lo enflaquecido de sus canillas al tiempo que den forma y vida al bosque donde viven los lobos.




              Todo lo cual será completado con un discreto chupete que ayudará a Ajonio a mejorar el aspecto de su sonrisa, pues su dentadura anda un tanto menguada desde los sucesos ocurridos al final de La sota de bastos jugando al béisbol.

              Hale, ya tenéis nuevas noticias de Ajonio. Las de siempre, siguen donde siempre: en todas las librerías, pues hasta en la última podéis pedir los libros publicados por Mira Editores; y en ebook, en Amazon, donde, además de mis novelas, ya veis qué cosas tan raras venden. Si queréis comprobar que no miento y/o, ejem, adquirir alguno de tan refinados adminículos, pulsad en los enlaces que he puesto en el texto para escarmiento de incrédulos.


jueves, 25 de abril de 2019

«El misterioso caso del furgón cargado de vibradores que cayó por un acantilado.»





Un amigo me ha enviado esta noticia del Heraldo de Aragón: un hombre de Reus alquiló el jueves una furgoneta en el aeropuerto de Barcelona; el domingo, cuando debía devolverla, no lo hizo; el motivo, la furgoneta había sido encontrada el sábado estampada en un acantilado en Lugo; no había signos de que el hombre fuera dentro, pero no hay rastro de él en la pensión donde se alojaba; nadie sabe qué había ido a hacer a Lugo, ni si transportaba algo; tampoco contesta al teléfono. Hasta aquí, una desaparición más o menos «normal» que a saber cómo acaba. Más extraño es que alrededor de la furgoneta descacharrada hubiera varias cajas vacías de vibradores. Bueno, el ABC habla de «montones» de cajas vacías.

Si el conductor aparece sano y salvo, la cosa terminará en anécdota cuya explicación merecerá la pena conocer. Si no es el caso, en tragedia. Pero, sea como sea, muchos enigmas hay aquí.

Muchos.

El primero, por qué me envían a mí estas cosas. Como alguien intercepte mis comunicaciones va a pensar cualquier cosa sobre mí, excepto que una vez publiqué una novela de humor titulada La terrible historia de los vibradores asesinos.



miércoles, 24 de abril de 2019

Siete cuentos morales – J. M. Coetzee




              Siete breves relatos, la mayoría relacionados entre sí, que justifican el título del volumen porque todos sitúan al lector frente a una duda, frente a un qué hacer ante un caso como el que se cuenta. Siete preguntas que no lo son para pasar el rato, sino para hacernos reflexionar sobre aspectos ocultos de propio yo, sobre las consecuencias de nuestros actos, sobre nuestras motivaciones, sobre… Hay algunos temas aislados, como el concepto de infidelidad y otros recurrentes: la vejez, cómo afecta el envejecimiento a la independencia, la postura ante nuestros hijos, ante nuestros padres, la libertad de elegir y la responsabilidad de hacerlo sin hacer recaer sobre otros las consecuencias… Muchas cosas en páginas tan escasas como claras y densas.

              Siete cuentos morales es un libro fino como una aguja y, como ella, agudo y capaz de alcanzar profundidades dolorosas porque al leerlo se clava. El pinchazo, cómo no, sobresalta, despierta los sentidos, y hace de la lectura una experiencia intensa.

              Siete historias complicadas escritas sin complicaciones, con una prosa limpia y directa. Complejidad, pero también claridad. Lo mejor que se puede esperar de un escritor.

              Si alguien duda si Coetzze es un grande, que lea esta obra y comprobará qué pocas palabras hacen falta para transmitir preguntas profundas, que es, al final de lo que va la literatura: no de ofrecer respuestas, sino de plantear las preguntas correctas.


miércoles, 17 de abril de 2019

Día del libro




Se acerca del día del libro, una época en la que se agradecen las ideas para leer, lo cual es compatible con el placer de dejarse sorprender por los libros que nos asaltan desde las casetas. Como ya he pescado y agradecido unas cuantas sugerencias, para los pescadores que suelen acudir a este blog allá van, por orden cronológico inverso a su lectura (sesudo criterio relacionado con mi comodidad para poner los enlaces), diez de los libros que más me ha alegrado haber leído en los últimos meses. En los títulos tenéis los enlaces a las reseñas.


de Karina Sainz Borgo

de Lucia Berlin

de Santiago Lorenzo

de Virginie Despentes

de Leonard Michaels

de Pedro Mairal

de Donald Westlake

de Victor Hugo

de Vladimir Nabokov

de Ignacio Martínez de Pisón


Que ustedes los disfruten.






sábado, 13 de abril de 2019

Pasado perfecto – Leonardo Padura





                Por fin he leído algo de Padura y, original que es uno, he comenzado por el principio. Pasado perfecto es la primera novela protagonizada por el teniente cubano Mario Conde.

                Publicada en 1991 Pasado perfecto transcurre en la Cuba de los años 80, en un ambiente que se desenvuelve entre la clase obrera a la que más o menos pertenece el teniente y la clase privilegiada del entorno del poder, lo cual no quiere decir que haya un tono de denuncia más allá de dar cuenta de un tipo de prácticas estatales que sorprenderá a los habituados al libre mercado. Habitualmente, las novelas sobre Cuba que se han abierto camino fuera de allí son bastante críticas no solo con la organización económica, sino también con la desigualdad que genera y con la falta de libertades propia de cualquier régimen dictatorial. No es el caso de Pasado perfecto, obra en la que vemos desigualdades y el control de las autoridades, pero de un modo «suave».

                El teniente Conde recibe un aviso: el reciente día de Año Nuevo ha desaparecido Rafael Morín, un alto responsable de la empresa nacional de exportaciones e importaciones; uno de los pocos cubanos, por tanto, que puede entrar y salir de modo habitual de Cuba, lo que implica que su adhesión al régimen se supone inquebrantable.

                Ocurre que el teniente Conde sabe mucho sobre Morín, puesto que fueron compañeros de colegio, y no puede evitar que su opinión sobre él condicione su actitud ante la investigación. Morín, de adulto, ha confirmado cuanto prometía siendo un chaval. El tipo brillante, buen orador, rápido de reflejos, ambicioso y sociable como pocos ha conseguido llegar donde apuntaba: lejos. Todo lo contrario que Conde, que carecía de tales habilidades y ambiciones y su destino ha llegado en oscura consecuencia. Pero es que además Rafael Morín se acabó casando con Tamara, de la que Conde estaba enamorado.

                La investigación vuelve a ponerlo en contacto con ella, y además obliga a escarbar en la vida Morín para tratar de averiguar qué ha sido de él, por lo que existe la oportunidad de que, muchos años después, Conde pueda desenmascarar ante Tamara al trepa oculto tras el cúmulo de virtudes –impostadas, en opinión de Conde- que Morín siempre había derrochado. Las cosas, sin embargo, no son tan sencillas. A lo mejor el tipo era, verdaderamente, un encanto. Lo sabrá quien lea hasta el final la novela.

                En estas transcurre la investigación, y las reflexiones del protagonista permiten que el lector lo vaya conociendo tanto en su pasado como en su presente y, sobre todo, en sus dudas e inquietudes.

                Una obra correcta, bien escrita, con dominio de los tiempos y de las situaciones, donde la acción transcurre sin prisas, que se lee con facilidad y resulta agradable, aunque no se lee con voracidad.



jueves, 4 de abril de 2019

El apocalipsis fue ayer




              Dicen que las grandes editoriales asfixian el mercado con prácticas oligopolísticas, impidiendo a las pequeñas editoriales distribuir en condiciones de igualdad; dicen que se fomenta la literatura-basura; que ciertas editoriales seleccionan autores más por sus seguidores en las redes sociales que por su talento para escribir; que el ebook sigue sustituyendo lento, pero sin pausa, al papel; que no hay mamarracho televisivo que no expulse a la literatura de los escaparates firmando un libro que ni siquiera ha escrito; que entre la falta de demanda y el cambio de hábitos de consumo las librerías independientes -refugio de las editoriales pequeñas, donde nace la biodiversidad literaria- van cerrando o reconvirtiéndose en negocios con menos espacio para el libro; que las bibliotecas tienen menos fondos para adquirir ejemplares; y que la piratería corroe lo que queda en pie después de todo lo anterior.

              Dicen, pues, que está llegando el apocalipsis de la literatura.

              Y, sin embargo, la literatura floreció a partir del siglo XVI y sobre todo del XVII, cuando las tasas de alfabetización eran ínfimas (aquí podéis ver untrabajito sobre siglo XVIII y, en el encabezado de la entrada, un corto vídeo sobre el asunto). Una época de sociedades rurales donde las librerías estaban en capitales solo accesibles tras caminar a pie o en borrico decenas de kilómetros. De todas formas, ¿para qué iba a haber librerías en los pueblos, si en una economía de subsistencia casi nadie podía permitirse el lujo de comprar un libro? Así estuvimos hasta comienzos del siglo XX. Y, sin embargo, ahí están Cervantes, Dickens, Víctor Hugo, Tolstoi, Shakespeare, Quevedo, Dumas, Andersen, Poe, Gogol, Dostoievsky,…

              Ahora la alfabetización está en máximos históricos; hasta en el pueblo más recóndito se puede tener un libro casi ipso facto comprándolo en las muchas librerías que venden a través Internet; y, además, los niveles de renta hacen frecuentísimos los dispendios de valor equivalente o superior al de un libro, así que, ¿por qué no dilapidar leyendo?


             

              

miércoles, 27 de marzo de 2019

El hilo rojo – Olga de Llera




              Dicen que algunas personas están unidas por un hilo invisible que los condena a encontrarse, a formar cada uno parte de la vida del otro a pesar del tiempo. Es la idea que da título a la novela y que guía su acción, y me permito añadir que hay quien deja en herencia alguno de esos hilos como una suerte de red que atrapa, antes que a nadie, a sus descendientes.

              Estamos tan acostumbrados a que todos los títulos que salen al mercado sean clasificados que resulta complejo resistir la tentación de hacerlo con cada lectura. No es sencillo hacerlo con El hilo rojo. O sí, pero hay que explicarlo.

              La historia comienza en 1900 y termina en 1946, tiempo suficiente para que los adultos envejezcan, los niños se hagan adultos y otros nazcan y alcancen la juventud. Tiempo suficiente, también, para sufrir dos guerras mundiales y una civil, y para que la sociedad cambie más de lo que son capaces de cambiar las personas, pues todos, cuando no por comodidad por incapacidad, tendemos a anclarnos en algún momento de nuestra evolución. La acción transcurre en Barcelona, principalmente, y en París, con algunos pasajes en otros lugares, y narra la historia de una familia de la burguesía catalana en la que encontramos empresarios, como el matrimonio de Anna y Joaquim, y personajes como Daniel, que, aunque tiene negocios, a menudo vive como un rentista.

              Dicho lo cual podría parecer que El hilo rojo es una novela más o menos costumbrista o de sagas familiares, pero no. Su argumento no desarrolla el conjunto de vicisitudes que distinguen unas vidas de otras, sino, principalmente, las pulsiones emocionales y sexuales de los personajes. En El hilo rojo quien más y quien menos tiene como referencia en la vida o el sexo o el amor, pero en este último caso con una concepción muy sensual. Ocurre, además, que los apetitos de esta endogámica historia no suelen encontrarse entre los bendecidos por la sociedad, lo cual crea una maraña de historias ocultas: casi todos tienen sus apetencias, de ellas provienen sus pecados y, de estos, sus secretos. En consecuencia, lo que hace avanzar el argumento no son los acontecimientos comunes, ni siquiera el sexo, sino lo que se rompe con cada secreto creado y con cada secreto desvelado.

              Esto provoca que la novela sea una adictiva sucesión de intrigas que discurre entre relaciones afectivas y sexuales que son a la vez causa y cauce de cuanto viene después, amenazando constantemente con desbordarse y llevarse por delante la vida, al menos en lo emocional, de alguno que otro de los personajes. Hace más interesante el viaje el hecho de que toda iniciativa afectiva o sexual implica un previo condimento tan atractivo como el vértigo de la tentación.

              Pero que la mayoría de personajes se muevan por intereses similares e incurran en prácticas que más de uno considerará perversas, no significa que compartan perfil. Hay malos malísimos que no lo son tanto porque solo buscan el provecho propio, aunque sin reparar en daños, como es el caso del egoísta Daniel; hay personas, como Anna, comprometidas con un secreto inconfesable, pero nobles en su fidelidad a él; hay víctimas que durante mucho tiempo desconocen serlo y que sufren por los mismos vicios que por otro lado abrazan; hay personas pragmáticas, otras idealistas, alguna víctima de sí misma, amantes del amor platónico mezclados con amantes del sexo, además de un elenco de personajes secundarios bien definidos que dan forma al mundo en el que se desenvuelven los Dalmau y los Richards.

              Entre la concepción sensual del amor que he citado en unos y el amor al placer en otros, el sexo tiene un papel nuclear en El hilo rojo. Su presencia es constante. Cuando no lo está de forma latente lo encontramos de modo explícito. Estas últimas escenas suelen ser breves, pero contundentes, y a ellas hay que unir el apunte de un catálogo de vicios y perversiones, -desarrolladas por la imaginación del lector, hábilmente estimulada por cuanto precede-  en las que conviven filias y fobias sexuales con escenas en las que el sexo se nos presenta exclusivamente como una provocación. El placer de lo prohibido tiene un amplio recorrido en El hilo rojo, no siempre limitado al sexo en sí, y su viaje hace escala en casi todas las estaciones clásicas del escándalo.

              La novela, larga, se lee bien gracias a sus capítulos cortos y bien estructurados, en los que se va al grano. El lenguaje es sencillo, con algunos localismos que recuerdan dónde transcurre todo, aunque alguna vez me han sonado raros. Dada la abundancia de personajes, la autora recurre con habilidad a las manías de cada uno de las que se burlan otros para refrescarnos la memoria. En cambio, hay breves aclaraciones –normalmente limitadas a una frase entre paréntesis- de las que podría prescindirse por la cercanía o evidencia de lo que aclaran. En cualquier caso, una lectura que se agradece encontrar y que navega con decisión, volviendo al principio, en medio de unos cuantos géneros: la intriga familiar, las sagas, el erotismo…

              Hale, a leerla.