En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


lunes, 16 de septiembre de 2019

Mentiras consentidas - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt



               El entusiasmo que he sentido al terminar esta novela no se debe tanto a sus méritos concretos –que los tiene- sino a la increíble la capacidad de los autores para mantener el listón del interés. Increíble este trabajo a dúo donde la profesionalidad y el buen hacer se notan a cada página. ¡Cuánto intercambio de ideas se intuye para depurar los hechos, dotarlos de la complejidad y el interés necesario y evitar cabos sueltos! Si bien, como es obvio, a medida que se suceden las entregas de esta magnífica saga las breves recapitulaciones para refrescar la memoria de los lectores y situar a los que han cometido el error de no leer las novelas en orden –pobrecitos, ellos se lo pierden-, son más frecuentes, por más que sean telegráficas.

              Juzgué las vueltas de tuerca de la quinta novela (Castigos justificados) como un síntoma de agotamiento, por lo que terminé su reseña diciendo: «Habrá que ver si los autores son capaces de capear el problema sin que las novelas pierdan interés o resulten repetitivas. Lo veremos en la sexta entrega». Bueno, pues han sido capaces. De sobras.

              Si en algunas de las novelas de la serie del egoísta, traumatizado y maleducado Sebastian Bergman toma el protagonismo el caso encomendado a la Unidad de Homicidios y en otras lo hacen las relaciones entre los miembros de esa unidad, en Mentiras consentidas las dos cuestiones avanzan de forma casi paralela, y así, junto a la serie de violaciones que se están sucediendo en cierta localidad y que provocan una muerte que justifica la presencia de los personajes, nos encontramos con la espada de Damocles que solo el lector sabe que pende sobre Billy al tiempo que asistimos a otras cuitas menores, pero interesantes, relativas al liderazgo de la unidad –cuestionado por el origen del caso y la jefa de policía que llevaba el asunto- y al modo en que el resto de sus miembros tratan de reorientar sus vidas. El protagonismo se reparte, se hace coral.

              Todo lo cual, por sí solo, bastaba para hacer una novela digna y que no desmereciera de sus predecesoras, pero es el final, brillante, el que sitúa toda la novela y con ella la saga en un nivel de interés que no recuerdo a estas alturas, ¡sexta entrega!, en ninguna otra saga de novela negra o policial, porque junto la suerte más o menos previsible de Billy, el modo en que la resolución del caso de las violaciones se mezcla con el devenir de los protagonistas abriendo varios descomunales interrogantes es magistral.

              Poco antes había leído un desastre de novela, una birria (best seller, para más escarnio) firmada por Camila Läckberg bajo el título de Una jaula de oro, y hacerlo pensé mil veces en cuánto le debía la autora al tirón de la novela nórdica auspiciado por la trilogía de Stieg Larsson, y en cuántos escritores suecos si méritos suficientes no habrán prosperado gracias a él. No es el caso de Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt, pareja con méritos sobrados para propiciar ellos solitos ese tirón no solo por cómo saben mantener el interés de los casos y de la vida de los protagonistas, sino también por el modo en que escriben: claro, limpio, directo, conciso, sin recurrir a lugares comunes, con un fuerte dominio de la significación e interpretación de los detalles en la comunicación humana, con un impactante dominio de los tiempos y la estructura, con realismo cuando es posible y, cuando no, dotando de verosimilitud a lo irreal.

              Lo primero que hice tras terminar fue mirar si la siguiente entrega ya había sido publicada.

              Aún no. ¡Snif!



viernes, 13 de septiembre de 2019

Los milagros de la vida - Stefan Zweig





            Amberes. Hace tiempo, un joven, desconocido y recién llegado pintor italiano realizó allí, por encargo, un cuadro donde la Virgen aparecía tan hermosa que conmovía hasta el extremo. El pintor desapareció sin dar explicaciones tan pronto como le pidieron nuevas pinturas… con una modelo diferente.

            Ha pasado el tiempo, y un viejo pintor de la localidad recibe el encargo de pintar otro cuadro de la Virgen que complete la capilla en el que se encuentra aquel primero que realizó el italiano. Ambos cuadros, el viejo y el nuevo, van a estar uno al lado del otro. Al examinar el viejo cuadro, el pintor queda a la vez extasiado y apesadumbrado: no se cree capaz de realizar una pintura digna de estar junto a esa increíble Virgen. No, a menos que encuentre a una modelo capaz de inspirarle de modo similar a como lo hizo la modelo original al artista italiano.

            Tras mucho deambular y no hacer nada, un día, de improviso, da con una muchacha que a sus ojos se transforma en una revelación: le ha bastado verla para comprender que ella y solo ella es la que puede inspirarle esa obra maestra.

            Hay varios problemas, sin embargo. Es una muchacha huraña, insociable, acogida por un tabernero, nada amiga de tener contacto con nadie. Y además es judía. ¿Puede la Virgen adoptar la imagen de una mujer no cristiana?

            Esta breve obra de desenvuelve en el proceso por el cual la muchacha despierta de la adolescencia a la vida gracias a las sensaciones que le produce abrirse al mundo estableciendo contacto con un extraño y, en especial, sufriendo primero y disfrutando después las encontradas emociones del posado con un bebé en brazos. De modo paralelo vemos cómo el pintor hace balance de su vida comprendiendo que hasta ese momento, ya tan tarde, apenas ha hecho nada verdaderamente conmovedor. Es decir, arte en el sentido profundo. Ha sido un artesano más que el artista que todos creían, aunque por fortuna la posibilidad de serlo por una vez hace de él un hombre agradecido con la vida y, en especial, con su modelo, a la que trata de guiar sin imponer, en especial en al ámbito religioso, mientras convive con el temor a terminar el cuadro y, con su fin, a perder el contacto con la muchacha y con él la razón de vivir que ha encontrado.

          La historia hace pensar en la relación entre la realidad (las modelos de ambos pintores) y la espiritualidad y, en particular, entre el amor terrenal y la espiritualidad y entre la belleza y la espiritualidad, hasta el punto de que en ocasiones todo se confunde y las mismas modelos que han conducido a los autores a su culmen artístico se transforman en la deidad a la que acaban rindiéndose: el italiano, que renunció a sus oportunidades antes que a traicionar en su mente a la modelo a la que presumiblemente amó de tal manera que terminó sublimando su amor en arte, y el pintor que protagoniza esta novela, que acaba más preocupado por lo que supone terminar la obra que por la obra en sí.

          También hace pensar en cómo una persona, en este caso la modelo, deja de ser quien es y evoluciona cuando el entorno le da la ocasión de recibir y dar cariño; y en cómo espanta más la imposibilidad de dar afecto que de recibirlo, y en cómo el ser humano es capaz de refugiarse en sí mismo para, desde allí, amar lo que ha perdido. 

            Y sí, el cuadro termina. Termina de muchas maneras y no todas buenas. Leedlo y lo comprobaréis, y comprobaréis también el magnífico fogonazo de hermosura que el autor es capaz de sacar en el momento más trágico.

            Una historia bella, breve, conmovedora, narrada con un lenguaje rico y plagado de metáforas encadenadas que por momentos pueden resultar algo recargadas y un tanto superlativas. Una historia que acaba enfrentando la paz, a través del arte, con la barbarie de la sinrazón. Allá donde ha habido belleza, durante algún momento ha habido paz.


martes, 10 de septiembre de 2019

Una comedia ligera – Eduardo Mendoza





              La transición del mundo rural -inmutable durante siglos- a la modernidad llevó poco más de un siglo en casi toda Europa. En España comenzó más tarde y duró apenas unas décadas. Ese periodo de frenético cambio alumbró contextos inéditos extinguidos para siempre poco después. Fogonazos de realidad irrepetible. En este periodo transitorio donde todo fue efímero transcurre Una comedia ligera, novela de Eduardo Mendoza recientemente inmortalizada en Cátedra y que, injustamente, no se suele contar entre las mejores del autor posiblemente por carecer de los elementos dramáticos, históricos y algo epopéyicos de La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios. Y es que la vida de los personajes de Una comedia ligera es precisamente una comedia ligera, pues con todos sus dramas a cuestas en nada hubiera cambiado ni lo más pequeño del mundo si su suerte hubiera sido una o la contraria.

              La acción se desarrolla en los años cuarenta, en Barcelona y Masnou, pueblecito costero a apenas una veintena de kilómetros de la capital. Allí han comenzado a convivir la tradición pescadora secular con las primeras villas para veraneantes adinerados procedentes del empresariado barcelonés, los cuales encuentran allí una suerte de ensueño donde disponen de amplias residencias ajardinadas –donde hasta se llevan al servicio doméstico- con acceso a playas vacías; un lugar donde el «casino» se viste de gana esos meses para dispensar a los turistas el trato de clientes privilegiados. Un mundo efímero, ligero. Inexistente poco antes y desaparecido poco después, un mundo, también, donde el rol de la mujer comenzaba a cambiar, despuntaban las primeras «atrevidas» y, entre las más tradicionales, los primeros «atrevimientos».

              El protagonista, Carlos Prullàs, es un autor teatral de comedias cuyo estilo comienza a estar pasado de moda. Comedias ligeras. Su próximo estreno, en ensayo en el transcurso de la novela, lleva por título «¡Arrivederci, pollo!», lo cual da idea de su contenido y de lo alejado de las influencias que comienzan a moverse en torno a La náusea de Sartre haciendo de Prullàs una reliquia superada. Sus mejores amigos, o al menos las personas con las que más se relaciona, son el director de escena y la actriz principal, que se ha dejado la juventud interpretando las comedias ligeras de Prullàs y es ya una mujer madura con problemas para aceptar su edad. Aunque ha tenido hasta ese momento cierto éxito, Prullàs se hubiera muerto de hambre de no haberse casado con la cándida heredera de un empresario lo bastante acaudalado para que Prullàs, un tipo afable y que no hace ascos a trabajar duro en lo suyo, se pueda permitir todos los caprichos y solidaridades.

              Una comedia ligera es una novela partida en dos. Durante la primera mitad no sucede otra cosa que el ir y venir de los personajes: Prullàs es también un mujeriego que se ha liado (en varios sentidos) con la bella y depresiva pelirroja vecina en el Masnou, y también se ha fijado en una pésima y bella actriz secundaria que ensaya el estreno de «¡Arrivederci, pollo!» gracias al enchufe de otro empresario catalán con el que todo el mundo sospecha que la actriz mantiene un romance.

              La orientación de la novela da un vuelco cuando Prullàs pasa a ser el principal sospechoso de un crimen. O al menos lo es a los ojos del investigador principal, un tipo poderoso ingenuamente identificado –lo cual lo hace más temible- con los valores y la concepción de España del régimen franquista; un guardián de las esencias puede ser más peligroso que un corrupto con poder. Ante él todos tiemblan, y Prullás el que más pues no estar a bien con el poder puede arruinar de inmediato su carrera artística. Se abre en este punto un ir y venir en el que, intentando demostrar su inocencia, el protagonista se va metiendo cada vez en más problemas mientras sortea otro no menor: que su esposa y su familia política no se enteren del follón ni de los líos de faldas que ha tenido.

              En Una comedia ligera la lectura transcurre con placidez, con calma, sin prisa, como contagiada de la molicie que disfrutan en el Masnou algunos de los personajes. El lector se siente tumbado a la bartola observando entretenido las peripecias de Prullàs. Este efecto se refuerza mezclando un ritmo constante pero pausado con una considerable sencillez y claridad en la exposición, lo cual permite trasladar mucha información sin esfuerzo de comprensión. Es muy difícil bucear la sencillez sin caer en la simpleza, y Mendoza lo hace tan bien que quizá ese sea uno de los motivos por los que esta obra no es más reconocida, y es que los simples, tan abundantes, no son capaces de distinguir la simpleza de la sencillez.

              Más allá de la variedad de registros de Mendoza y de la historia de los personajes, el contexto es relevante. Quizá lo que más. Si uno observa el segundo plano de la novela ve un vasto horizonte. Un paisaje a guardar en la memoria. Ya he hablado de esa época fugaz. Ahora quiero mencionar también la opresión. Ni los personajes ni el autor hablan de ella, no se meten en políticas porque no hace falta decir lo que los hechos muestran: un sistema en el que todo el mundo da por hecho el control y la necesidad de estar a bien con el poder (que no es necesariamente lo mismo que estar a bien con la ley). Además, aunque solo es evidente al final, se cumple la máxima gatopardiana, y quien maneja los hilos del poder económico y a través de él influye en la política, siempre enreda en ellos a quien le conviene para salir bien parado. Todo cambia para que nada cambie. O quizá sea mejor decir que nada cambia ni aun cuanto todo lo hace. Mendoza nos recuerda que hasta en esas épocas de cambio acelerado y paisajes urbanos y sociales fugaces todo cambia, aunque, en el fondo, nada lo hace.

              La conclusión bien pudiera ser que no hay que tomarse muy en serio nada, porque nada ha de cambiar: la vida y todos sus dramas, lo mismo tomada con filosofía que vista en la distancia, no deja de ser una comedia ligera.


domingo, 8 de septiembre de 2019

Regalar ebooks





                El buen humor se multiplica cuando se comparte. Posiblemente por eso tantas de las personas que han conocido a Ajonio Trepileto en cualquiera de sus dos novelas las han comprado luego de nuevo para regalarlas. Gracias dobles, o triples, o cuádruples o lo que proceda a cada uno de ellos.

                Es posible que algunos de los lectores que las hayan considerado dignas de toda condena y oprobio también las hayan regalado, aunque en este caso habrá sido a sus enemigos. Para que sufran leyendo. Más o menos gracias también a ellos (a sus enemigos no, sino a los otros, a los enemigos de los enemigos, no sé si me explico).

                Expongo esto porque los lectores de Ajonio en digital se cuentan desde hace tiempo por alegres millares (y lástima que no por algún que otro millón, lo cual me permitiría retirarme y pasar el día tumbado a la bartola fabulando nuevas locuras), y resulta que también se pueden regalar los dos libritos en ese formato a través de Amazon. ¿Cómo? Siguiendo los dos pasos que ilustra la foto, el primero de los cuales aparece en el lado derecho de la pantalla cuando se accede en Amazon a cualquier libro. El segundo se despliega tras atizarle al primero.

                Cierto es que un regalo de 2,99 euros no es lo mismo que una mansioncilla rodeada de diez hectáreas de césped al borde de un enorme y tranquilo lago lleno de patitos, pero el deseo de hacer reír es un detallito agradable, regalar libros implica estimar en algo las entendederas de quien los recibe y, para colmo, con estas novelas te ríes más que con cualquier mansión y no hay que regarlas, ni pasarles el cortacésped, ni nada, y tampoco tienen mosquitos aunque Ajonio sea un poco moscón.

                En definitiva, si quieren ustedes regalar las aventuras de Ajonio lo mismo pueden hacerlo en papel (Mira Editores también se alegrará) que en ebook.



jueves, 5 de septiembre de 2019

La moneda de Akragas – Andrea Camilleri



              
              Akragas, actual Agrigento, se rindió a los cartaginenses en el 406 antes de Cristo. Camilleri imagina cómo la suerte de uno de los defensores propició más de dos milenios después, en 1909, que un tosco jornalero encontrara en el campo una moneda única, excepcional. Una moneda tan diferente a todas que el jornalero ni siquiera era capaz de imaginar lo que había descubierto.

              ¿Y qué hizo con ella? Regalársela al médico de Vigàta, aficionado a la numismática, en agradecimiento porque varios años antes éste le había salvado una pierna.

              El médico, al inclinarse desde su caballo para ver la moneda que el jornalero le ofrece, se pega con trompazo de aúpa, y de esta tonta manera comienza la historia de una moneda que parece resistirse a ser poseída y, también, una historia donde la codicia de unos se mezcla con la honestidad de otros y con el respeto al destino y al significado profundo de las cosas de unos pocos. Todo ello sazonado con la presencia del poder que, ya que pasaba por ahí, se puede permitir algunos caprichines, y, también, jugando con cierto misterio acerca del extraordinario parecido físico entre dos personajes. La moneda como cruce de destinos, porque no hay resto arqueológico importante u obra de arte relevante que no sea el punto en el que se cruzan destinos a través unas veces de la vida y, otras, a través de los siglos.

              Una novelita corta, que fácilmente puede leerse de un tirón, en la que encontramos muchas de las señas de identidad de Camilleri, sin faltar lo irónico de su humor –la ironía del destino con la que siempre juega- y en la que  se echa en falta un poco de chispa posiblemente porque algunos de los personajes aparecen insuficientemente retratados, lo cual puede traer por causa bien las prisas del autor (parece una novela no demasiado trabajada) bien que muchos de esos personajes son dejados de lado cuando su vida se separa de la suerte de la moneda, que es la verdadera protagonista.

              La moneda de Akragas está por debajo de otras de Andrea Camilleri, pero, en cualquier caso, es una lectura agradable que, en mi caso, ha sido como un bálsamo tras leer la horripilante novela que ha merecido la reseña anterior.


sábado, 31 de agosto de 2019

Una jaula de oro – Camila Läckberg




              
              Compré este libro por tonto.

              Como casi todos los lectores, suelo acertar al comprar libros. Quiero decir que casi siempre doy con obras en las que encuentro algún motivo para el disfrute, pero en esta ocasión me dejé llevar el al artículo de un periódico nacional que afirmaba que Una jaula de oro era algo muy distinto a cuanto había escrito la autora -de la que no había leído nada-, una suerte de pera limonera que pasmaría a los lectores por su fuerza y actualidad; también me dejé influir por una entrevista a Camila Lärckberg en otro medio nacional con ocasión de la publicación de esta novela, una entrevista desagradable por lo pretencioso de las respuestas pero que, a juzgar por las preguntas, me hizo creer que la autora tenía algo que contar. Pero no: artículo y entrevista, ahora lo sé, eran trabajos o mercenarios o desinformados. Lástima no recordar quiénes los firmaban para andar prevenido en adelante. Con estos antecedentes me topé con el libro en una librería y, ¿por qué?, sin siquiera molestarme en mirar la sinopsis me regalé el capricho de comprarlo como quien compra un décimo de lotería convencido de que le va a tocar. Me he dado un buen coscorrón. Si hay dos tipos de libros (los que se escriben para el propio autor, intentando hacer literatura, y los que se escriben para los lectores, intentando ser best sellers, y ambos tipos, bien ejecutados, pueden reportar grandes satisfacciones al lector), Una jaula de oro es una calamidad desde ambos puntos de vista: la «técnica del best seller» -que es lo que pretende ser- está tan horrorosamente aplicada que no hay nada original, que preví con certeza el «sorprendente» final a media lectura y a menudo me ha hecho sentir vergüenza ajena; lo único que engancha, llegado el último tercio del libro, son las ganas de terminarlo para poder leer otra cosa. En cuanto a la literatura, la única relación entre ella y Una jaula de oro es el formato de libro.

              Si Una jaula de oro se llevara al cine no haría falta contratar un solo actor, ni un cámara, ni nada: no hay situación de la que no se pueda hacer un copia y pega de escenas sobreactuadas de películas mediocres y series vulgares de todos los tiempos; es un muy aceitoso refrito de lugares comunes -¡hasta el título es una expresión hecha!- en el que incluso la escena final la ha visto mil veces un tipo como yo, que apenas ve cine y televisión desde hace siglos. El libro, que comienza contando una edulcorada historia blancanievesca donde todos comen perdices, deviene en maloliente versión del patito feo (madre mía, cómo han tratado las secuelas al pobre animal) con la única salvedad, tampoco original, de que el pato en cuestión –en este caso la pata, seamos políticamente correctos- es vengativa, mal bicho, tiene un pasado oscuro y trata de aprovechar descaradamente el Pisuerga del me too que pasa por el Valladolid que somos todos, cosa que hace de la peor manera posible: incendiariamente, alimentando la hoguera con todos los estereotipos disponibles, amén de haciendo del sexo un reclamo publicitario a pesar de que las escenas sexuales, siempre breves, son bastante poquita cosa en estos tiempos en la que imágenes similares llevan décadas accesibles en todas partes a golpe de un solo clic. Y entre los estereotipados, los personajes. Todos copia de tópicos: el empresario triunfador que nada en el lujo (expresado con el originalísimo método de citar todas las marcas de lujo posibles y los consabidos casoplones), la esposa listísima y otrora pimpante que yace olvidada en un rincón viviendo el drama de la exclusión lorza causa… Todos acartonados, sin realismo ni autenticidad, ni veracidad, ni nada que se le parezca, hasta el punto de que lo inverosímil de la «estrategia de venganza» constituye un atentado a la inteligencia del lector en el que se reincide constantemente con unos mensajes tan simplistas y directos que se diría que la novela está escrita o para tontos o para forofos. Paradójicamente, la heroína que reivindica su poder como mujer frente a los machitos sale adelante explotando emocionalmente a un sinfín de mujeres hartas de sus parejas, a fin de aligerarles el bolsillo con el producto que todo lector puede ver en la portada. Como además parte de la «liberación» consiste en reproducir los comportamientos que se critican, no acabo de colegir el «mensaje» del que se vanagloriaba la autora en la entrevista que he citado. La solución para los incendios no suele ser la gasolina.

          La historia, por llamarla de alguna manera, es más o menos así: en la primera página se nos dice que hay un crimen horrible perpetrado por un hombre (traducido, siga usted leyendo y al final se enterará de qué ha pasado). La protagonista, que tiene un pasado que oculta algo muy triste, feo y traumático es de suponer que en relación a algún otro hombre criminal (siga usted leyendo y...), es un encanto de señora listísima y pitísima que, así como quien no quiere la cosa, impulsó en un ratito la creación de un emporio empresarial del que se adueñó su marido, tras lo cual ella, ahíta de amor, renunció a todo, del reconocimiento a los estudios, y en un pispás se dejó reducir tan contenta a la condición de esposa florero que se autocriminaliza hasta el bloqueo y el borde de la depresión cada vez que la visión una minúscula miguita de pan en la encimera puede estresar a su hiperocupado y adorable marido jodiéndole el desayuno (no exagero). Pobrecico. ¡Él, que ha sacrificado su vida hasta el punto de haberse convertido en un saco de malas pulgas solo para que ella y la niña puedan comprarse una flota de aviones tuneados si les da la gana! Si ingenua enamorada o carne de psiquiatra, lo dejo a vuestra elección. Pero hete aquí que el querubín le sale rana (o algún otro batracio con menos renombre literario, que la novela no da para más) porque hace lo previsible: lo que le da la gana y con quien le da la gana; si la protagonista ha pasado la vida creyendo que forman una adinerada familia perfecta en la que se mira todo el país, resulta que su marido es capaz de irse a la cama hasta con un velociraptor. La listísima y pitísima protagonista cae del guindo en cuanto el maridín remueve las ramas, y para su desgracia lo hace cayendo al ostracismo más oscuro. Pero tranquilos, muchachos, recordad lo pita que es la dama. Tanto que se vengará a base de bien aplicando la justicia del ojo por ojo o incluso, ya que estamos, la justicia de la dentadura entera por cada diente mellado; así, de paso, contribuirá a la justicia universal entre sexos. En la cruzada contará con el inefable apoyo de algunas otras damas que, por diversas causas, andan hasta el moño del género masculino, aunque, para dejar ecuánime constancia de que no todos los hombres son unos cabestros, una de ellas conoce a un señor normal (o lo que a mí me parece normal, aunque en la novela es la excepción)... al que la protagonista acoquinará debidamente por si acaso, no vaya a ser que haya que exterminarlo como a algún otro. La cosa podría dar para una historia nada original pero al menos entretenida si estuviera bien escrita. Pero no. Si la estrategia de venganza –o cómo planificar hacerme millonaria para ver si luego me salen varias carambolas de chiripa, que es el hilo conductor de la historia- es ridícula por bochornosamente increíble, el chapucero modo en que la autora lo relata no aporta la necesaria verosimilitud que en literatura permite vivir como real lo irreal. La forma de escribir consolida el desastre. La verdadera historia del patito feo es conmovedora. Una jaula de oro es, simplemente, ridícula. A pesar de lo cual, qué desazonador, está entre los libros más vendidos en un canasto de librerías.

              Apenas lo terminé comencé, a modo de calmante, uno de esos breves libritos de Camilleri centrado en la imaginaria Vigàta de principios del siglo XX. Menos mal. 




domingo, 18 de agosto de 2019

Examen de ingenios – José Manuel Caballero Bonald




              Cualquiera que en el pueblo de mis padres hubiera leído o escuchado leer un solo párrafo de Examen de ingenios hubiera dicho «¡Cómo le gusta escucharse a este hombre!», y es que lo primero que llama la atención de esta obra de elegante memoria varios puntos chismosa es el lenguaje: rico, denso, depurado, pero también engolado y con una retórica alambicada en la que el deseo de contar se mezcla con el de no navegar ni un instante por debajo de lo comentado –y no digamos ya de lo censurado- y de sobrevolar la literatura desde una altura que le impida ser confundido con cualquiera de esos mediocres encumbrados a los que alude al final del libro. Un tono, en definitiva, que destila una superioridad engorrosa porque, hasta que el lector no se acomoda a ella, resulta complicado saber con exactitud el juicio que a Caballero Bonald le merecen algunos de los ingenios a los que se refiere. 

              Examen de ingenios son 460 páginas de gran calidad literaria dedicadas, a una media de cuatro o cinco, a diversos personajes -mayoritariamente españoles del siglo XX- que en algún momento coincidieron, mal que bien, con el autor. Casi todos proceden del ámbito de la cultura, con preferencia para escritores y, en particular, para poetas.

              José Manuel Caballero Bonald reparte estopa y bendiciones sin mudar el gesto, con un tono pausado y arzobispalmente didáctico y con la particularidad de que su elevado dominio del lenguaje y la afectación algo barroca de su expresión hacen que cuando alza la mano al principio de un párrafo a menudo el lector no sepa, hasta el final del mismo, si es para atizar un sopapo o regalar una caricia. Son muchas las ocasiones en las que el coscorrón contundente tiene un prólogo almibarado.

              Como todas las memorias de este tipo, Examen de ingenios tiene algo de ajuste de cuentas, siquiera sea porque el autor es quien decide quién aparece y quién no y qué cuenta de cada uno, lo cual no evita, nunca lo ha hecho, que leyendo la opinión de una persona sobre tantos otros quien verdaderamente aparezca retratado es quien opina, el cual –cosa no muy original- es naturalmente indulgente con los pecados propios y también con los ajenos que compartió, y algo más riguroso con el resto. Leed Examen de ingenios y tendréis una idea cabal de cómo es su autor y de la excelente opinión que tiene de sí mismo, lo cual, por cierto, no es pecado y hasta es comprensible cuando a lo largo de la vida se han acumulado más méritos que reconocimientos, cuando se tiene más prestigio que lectores y cuando uno se ha codeado –por diferentes motivos ajenos todos a la casualidad- con personajes que, dedicándose a lo mismo, han alcanzado mayor celebridad. Y es que, por desgracia, a estas alturas José Manuel Caballero Bonald es, injustamente, un célebre desconocido.

              Quizá sea impresión mía, pero en general he apreciado cierta tendencia a desacralizar a los escritores más encumbrados cargándoles en la mochila algunos «peros» las más de las veces vinculados a la ambición o al modo en que alcanzaron el éxito de público e influencia; tendencia compatible con la contraria, la de rescatar el prestigio de autores cuya calidad, por extrema que fuera, ha pasado desapercibida para la mayoría de los lectores. Llama también la atención el empeño en valorar a cada autor por el conjunto de su obra así como por su evolución, aunque el resultado es previsible: quienes con una obra amplia despuntaron con algún título, tienen menos nivel en otros, lo que parece rebajar su valía al tiempo que la propia extensión de la obra da ocasión para una evolución irregular; lógicamente, quienes alcanzaron la gloria publicando poco o muy poco, tienen mayor uniformidad y coherencia.

              La vara de medir de Caballero Bonald aparenta ser la búsqueda de la exquisitez literaria y sobre todo poética, de modo que cuanto se separa de ese objetivo le resulta tan molesto e incómodo que suele tratarlo como incompatible con ella. Su concepto de exquisitez, aparte tener algo de opuesto al de notoriedad, aparece constantemente vinculado al deseo de superar la literatura anterior a los años 50 del siglo XX, época a la que se refieren no pocas de las memorias contenidas en Examen de ingenios. No queda tan clara, en cambio, su concepción de la exquisitez, lo cual no significa que no la tenga clara. Hay que ir construyéndola a medida que la lectura avanza, de modo que solo es al final del libro cuando el lector sabe, más o menos, los parámetros que el juez ha aplicado a los juzgados (y utilizo estos términos con toda intención). Sí es diáfano que el centro del universo literario de Caballero Bonald es la poesía. Leyendo Examen de ingenios se diría que la literatura no es otra cosa, pues a ella dedica los exámenes más apasionados y el mayor número de recuerdos; los poetas son la especie más abundante en esta obra.

              Yendo a las anécdotas de los años 50, época sobre la que esta obra arroja un buen foco de luz en lo que a la literatura respecta, llama la atención lo endogámico del mundo literario, que no parece tanto un mundillo donde todos acaban conociéndose como otro donde solo acceden aquellos a los que previamente se conoce: todos los que en algún momento llegaron habían sido viejos compañeros de tertulias, paseos, juergas y avatares de los que habían llegado en primer lugar. Las idas y venidas, encuentros y demás amistades, incluidas muchas de conveniencia, muestran un mundo donde las relaciones públicas juegan un papel relevante para prosperar y para que cada cual disfrute de la sensación de ser alguien; da la impresión de que medio mundo literario tiene como objetivo preferente conocer al otro medio o, mejor dicho, ser conocido por el otro medio, cuestión que no parece haber cambiado con el paso de las décadas, haciendo falso el mito de que el escritor es un tipo mayormente introvertido y poco sociable. Más bien ocurre al contrario, porque al escritor introvertido y tan poco sociable que solo llega a amistarse con las musas, ni aun alcanzando la excelsitud llega a conocerlo ni la madre que lo parió.

              Examen de ingenios es una enriquecedora obra de memorias, de breves memorias, en la que, como ya he apuntado, quien sale más nítidamente retratado es el propio autor; y como no hay memorias sin reivindicación del propio yo, el resultado es el esperable. Aunque, sin duda, muchas de las anécdotas y valoraciones de los ingenios sometidos a examen contribuyen a esclarecer, en ocasiones quizá no poco, no tanto su biografía como su forma de ser.

              Una lectura amena, interesante y enriquecedora.


miércoles, 14 de agosto de 2019

Un nido de víboras – Andrea Camilleri





(Serie Montalbano, 25)



Hay tantas víboras que resulta complicado señalar un nido como el nido. En este caso, y dados los ambientes en que se mueve el comisario de Vigàta, el nido alude a la confluencia de un conjunto de personajes un tanto opuestos a las Hermanitas de la Caridad.

A diferencia de la novela anterior, en esta ocasión Camilleri vuelve a tropezar en una piedra que se resiste a apartar del camino: la existencia de un bellezón que, además, parece de lo más atraída por los mucho más que cincuentones huesos del comisario Salvo Montalbano. Hablo de tropiezo porque a diferencia de otras reiteraciones que Camilleri realiza de forma tan sucinta que no interfiere en el relato, detenerse en esta cuestión exige un desarrollo que, por mínimo que sea, suena ya demasiado a repetitivo en la saga.

Hay otros dos «pero» a esta novela: el único que no ve venir el desenlace es el comisario, porque el lector lo anticipa pronto; la segunda objeción se produce, curiosamente, una vez terminada la obra, cuando al leer la advertencia de Camilleri nos dice que ha querido abordar cierto tema (que no menciono para no anticipar aún más lo que propio lector anticipará por sí solo) y, la verdad, uno piensa que ha sido un intento fallido y que lo hubiera hecho mucho mejor de haberlo abordado con otros personajes, e incluso fuera de la saga de Montalbano; a ojos del lector los sucesos que se narran contaminan demasiado los sentimientos de quienes los protagonizan, hasta el punto de que el materialismo y la maldad no dejar ver con nitidez el otro tema que Camilleri dice haber abordado.

Dicho lo cual, hay que reconocer que, como se señala en la crítica en boca de no recuerdo qué escritor, uno de los grandes méritos literarios de Montalbano es su comprensión ante la debilidad del ser humano, los errores, la caída en la tentación, el verse arrastrado por las influencias del entorno, la familia, la vida…

¿Y de qué trata Un nido de víboras?

Del hallazgo de un caballero doblemente asesinado.

¿Y qué significa eso? ¿Cómo se puede asesinar dos veces a una misma persona?

Leedlo y lo sabréis.

La primera complicación es que hay que buscar a dos asesinos, lo cual implica que el camino normal de investigación en algún momento habrá de bifurcarse en dos direcciones, y ambas serán correctas pero a la vez incompletas. 

Esos caminos pasan siempre por reconstruir la vida de la víctima, y es así como sabemos que no todos los asesinados nos dan la misma pena. Moralmente, el contable Barletta –les presento al difunto- era carroña andante.

Obviado todo sentimiento justiciero pues a nadie le da ninguna pena el finado, el interés de la novela es aclarar quiénes y por qué. Lo primero, en Camilleri y en la vida, suele ser más fácil que lo segundo. Las razones del ser humano a menudo brotan directamente de las debilidades y defectos que hacen de cada uno lo que es. Y anda, que hay cada uno que es cada cosa...



domingo, 11 de agosto de 2019

La noche fenomenal – Javier Pérez Andújar





              «Si lo paso bien cuando escribo, alguien también lo hará al leerme» fue el titular que eligió el periodista que me entrevistó con ocasión de la presentación de mi primera novela creo que en Teruel. Han pasado años, pero lo recordé hace unos días cuando, siguiendo las andanzas de Javier Pérez Andújar en Twitter, encontré las siguientes palabras en boca de Eva Cosculluela, de la extinta Portadores de Sueños, en el ABC Cultural: «Da la impresión de que Javier Pérez Andújar se lo ha pasado muy bien escribiendo esta historia y consigue que el lector disfrute tanto como él».

              Es cierto: es complicado leer La noche fenomenal sin sentir la agradable certeza de que el autor disfrutó escribiendo muchos pasajes. Incluso parece bromear consigo mismo con frecuencia y, de paso, con toda su generación. Lo hace a través de los recuerdos compartidos por una generación crecida en torno a la televisión única que, precisamente por serlo, universalizaba la fama, con solo mostrarlos, lo mismo de Starsky y Hutch que de María Luisa Seco o del «hombre del tiempo», que no necesitaba nombre porque no tenía competencia. Es imposible tener la sensación de lo bien que se lo ha pasado el autor sin disfrutar de la lectura. O quizá sea al revés: a veces se disfruta tanto leyendo que crees que, necesariamente, para el autor la escritura ha sido una fiesta. Esforzada, pero fiesta.

              La noche fenomenal no busca la carcajada gruesa, y sí la sonrisa cómplice que surge del humor inteligente. No hay nada como echar la vista atrás y cambiar de contexto el pasado para desacralizarlo al tiempo que la solemnidad que dan los años se disuelve devolviéndonos al tiempo en que fuimos impresionables por aquello que ahora, en las nuevas circunstancias, resulta grotesco.

En una Barcelona tan lluviosa que de un momento a otro podría aparecer Noé con rinocerontes y todo navegando vía Laietana abajo, varias personas aficionadas a los fenómenos paranormales han creado un equipo para realizar un programa que lleva por título La noche fenomenal. Y los fenómenos –acontecimientos y personas- son fenomenales, no lo duden. Las variadas «especialidades» del elenco son una buena parodia de asuntos que en su día estuvieron de moda y que aún hoy tienen un público abundante, como las teorías conspiratorias. Así, nos encontramos situaciones como aquella en que un personaje que no deja de ser un Perico el de los Palotes perdido en este mundo es recibido por el resto con todo respeto y naturalidad cuando aparece con un importantísimo descubrimiento en una bolsita: una supuesta deposición del Yeti. Con la misma apabullante naturalidad tratan entre ellos cualquier otro fenómeno u ocurrencia similar.

Una parte de la novela, muy meritoria, consiste en trasladar las relaciones de amistad de todos estos personajes, a su modo todos algo chiflados, y el submundo que forman sin más que contándonos quién es quién, qué hace cada uno y por qué pasaba por allí. Un submundo que también es trasunto de cierta vacuidad que uno diría que no ha hecho sino crecer con los años: cuando la sociedad tiene a su alcance cada vez más conocimientos, escapa a lo etéreo, prefiriendo la duda romántica a la certeza prosaica. No pasando nada en esta parte de la novela, pasa todo, porque el ser no es poca cosa.

La historia se completa con el fenómeno fenomenal que pone en marcha lo que todos los programas como el que realizan los protagonistas persiguen: husmear in situ alguna de las extravagancias que investigan para obtener, más o menos, pruebas. Lo verdaderamente extraño y motivador en este punto es que la chifladura de los personajes queda en suspenso porque los acontecimientos parecen, por una vez, no ser fruto exclusivo de la imaginación o alucinaciones propias o ajenas. ¿Y cuál es ese fenómeno fenomenal? La aparición de un profesor de dibujo con el físico de Walt Disney que poco a poco destapa la existencia de dos Barcelonas paralelas –en realidad de dos mundos- entre las que es posible ir y venir a brincos a través de misteriosas y fugaces grietas; dos Barcelonas con diferencias evidentes, a juzgar por los testimonios de los viajeros, aunque para el lector la única visible es que en esa otra Barcelona casi todo el mundo tiene la cara de alguien famoso.

Entre esos desconocidos de cara conocida proliferan, en concreto, los rostros del famoserío de los años 70 y 80, por lo que los lectores más jóvenes se perderán algunos de los efectos chocantes si no están al tanto de la significación e imagen de algunos de aquellos personajes.

La noche fenomenal es un libro escrito con envidiable dominio del lenguaje, de su musicalidad y de los tiempos. Un libro ingenioso, inteligente y personal. Un libro que, además, produce una inquietante sensación de fugacidad, de que la vida es algo que se deforma conforme pasan los años, así como en la novela se deforma ese pasado televisivo que tantos compartimos y que, de alguna manera, conformó nuestra vida; una fugacidad acentuada, también, porque el ir y venir entre dos mundos que solo son uno desemboca en el desvanecimiento, por uniformización, de las personas. Un libro, volviendo al principio, que da la sensación haber sido escrito para la propia satisfacción del autor.

Precisamente por eso gustará a los lectores.


miércoles, 7 de agosto de 2019

Una voz en la noche – Andrea Camilleri





(Serie Montalbano, 24)


La muerte de Andrea Camilleri me sorprendió (es un decir, porque con casi 94 años y tras un reciente arrechucho el hombre estaba ya fatal) en Roma. Habiendo leído alrededor de cuarenta libros suyos le debía el agradecimiento suficiente para haber pasado por la capilla ardiente que no llegó a instalarse en ningún sitio por expreso deseo del propio autor. Y el funeral se celebró en la intimidad seguramente porque de otro modo hubieran sido legión los asistentes. Así que, en cuanto tuve ocasión, leer un nuevo libro suyo más que un acto de homenaje fue una necesidad. La necesidad de despedirte de quien más que un autor es ya un amigo, pues amigo es quien tantas y tantas veces te ha hecho disfrutar. Lo gracioso es que me ocurrió como a Montalbano cuando llega hambriento a la trattoria de Enzo y éste le ofrece un plato siempre suculento: me trinqué ración doble. Leí Una voz en la noche y, a renglón seguido y con la misma sensación de necesidad, Un nido de víboras.

Aquí reseño el primero.

Un niñato al volante de un potente coche tiene un altercado con el comisario Montalbano el día en que este cumple 58 años, efeméride que el policía lleva con la alegría aneja a considerarse un abuelete decrépito. Montalbano, en tan mal día y siendo tan dado a dejarse llevar por los impulsos, acaba teniendo un comportamiento algo más que abusivo con el niñato. Pero el chaval resulta ser hijo de un importante cargo político, lo que activa cierto resorte en forma de abogado.

Paralelamente (es un decir, porque la maestría de Camilleri para hacer converger historias independientes es ya, a estas alturas, tan conocida como previsible) se produce un robo en un supermercado (como en El perro de terracota) controlado por la mafia. El interrogatorio del director permite averiguar cosas no solo a la policía, sino también al propio director, lo que desemboca en acusaciones contra los métodos de Montalbano y los suyos que alcanzan el culmen cuando el director se suicida.

Se suicida como todos los que se suicidan en estos casos: contra su voluntad.

O eso cree Montalbano, y el lector se encargará de comprobar si acierta o no siguiendo sus peripecias.

Para colmo, la novia del niñato aparece muerta, asesinada de forma salvaje.

Una voz en la noche me hace pensar que, a medida que las novelas de Montalbano se suceden y el lector ya conoce tanto del personaje, Camilleri ha ido reforzando el deje de guionista que siempre ha sido en detrimento del escritor al uso. La historia se construye sobre diálogos sumamente ágiles, con dosis mínimas de información, descripciones sucintas, economizando lenguaje y jugando en todo momento –como harían los guionistas de una serie de éxito- con lo mucho que ya saben los lectores sobre el personaje, de modo que al final la historia la construyen a dúo, autor y lector.

El resultado es que las inevitables reiteraciones de tan breves no afectan a la lectura (a diferencia de lo que ocurre, volviendo al principio, con la siguiente novela de la saga, como contaré en su momento), y que Una voz en la noche –que suscita el interés a cada línea- se lee con una facilidad pasmosa.

En resumen: que «más de lo mismo», una expresión que suele sonar a crítica, cuando se refiere a las novelas de Camilleri es una bendición, por más que Montalbano, y a través de él Camilleri, aborrezcan las expresiones hechas.



domingo, 4 de agosto de 2019

Para Isabel. Un mandala – Antonio Tabucchi






              Magnífica obra, y breve, que se lee con la sensación de haber ido a caer en una mezcla de sueño y misterio en la que un hombre, Tadeus, busca rescatar para el presente el recuerdo de la Isabel que hace muchos años conoció, cuya pista va buscando por todo el mundo al tiempo que reconstruye la vida de la mujer. Cada pista es un paso, y cada paso el círculo de un mandala que se va cerrando con la esperanza de, al final, encontrar a Isabel en el centro.

              ¿Pero qué es la mezcla de recuerdos y expectativas más que una de las formas que adoptan los sueños? O, más bien, la mezcla es el sueño de un sueño. ¿Y en qué se transformará ese último sueño si se consigue alcanzar el momento de soñarlo? Desde un fondo onírico, pero realista por la contundencia de la sensación que produce, llegamos a comprender y a sufrir cómo los sueños son tan reales como inasibles.

              En ese proceso que se va construyendo palabra a palabra, cada una forma, además, las diferentes historias que Isabel, su lucha por la vida, que es también la lucha de cada sociedad. A la vez, la actitud de Tadeus es la lucha por el presente y quién sabe si por el futuro, porque es la lucha contra el olvido, porque Tadeus, buscando a Isabel, trata de deshacer el olvido que los ha separado durante toda una vida: cuando no sabes nada de la vida de una persona a la que te sientes inevitablemente vinculado, tratas de reconstruirla recopilando información que se sostiene con la argamasa de las conjeturas. Quien no tiene la realidad, debe conformarse con imaginarla. O con soñarla. Cuando ya no pueda perfeccionar más su sueño, habrá llegado al centro del mandala y solo le quedará la despedida y el recuerdo del propio sueño.