En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 11 de junio de 2018

El asesinato de mi tía – Richard Hull




                He aquí una novelita publicada en 1934 en la tradición del humor inglés de principios del siglo XX, que en parte recuerda a Wodehouse, esa clase de novelas con un tipo de humor y un entorno que décadas más tarde desembocaron en Tom Sharpe.

                ¿A qué me refiero? Al marco espacial –la campiña, en este caso en Gales- con su casa solariega, y a unos protagonistas de clase media-alta venida a menos, gruñones y protestones que están reñidos con el mundo por estar presos de sus manías y de unos valores obsoletos que les hacen creerse muy por encima del vulgo en cuestiones estéticas, de decoro y de buen nombre.

                El protagonista, Edward Powell, es un joven gordinflas con ínfulas cuyo diario forma la mayor parte de la obra. El afectado modo en que se expresa y cómo maquilla y deforma la realidad permiten al lector divertirse al no dejar de adivinar las enormes diferencias entre la realidad y lo que se le cuenta.

                Edward está harto de su tía Mildred, con la que se ve obligado a vivir y de la que depende económicamente. Ambos se aborrecen y mortifican continuamente, pero la tía está en situación dominante porque Edward no solo es un inútil incapaz de ganar un penique, sino que, además, aunque se crea listo es incomparablemente tonto.

                De ahí que el día en que la paciencia de Edward llega al límite la única solución que se le ocurre es eliminar a su tía. Debe hacerlo, claro está, de modo que no dé con sus huesos en la cárcel. En resumen, «que parezca un accidente». A partir de aquí conocemos sus estrambóticas ideas y reflexiones, las ofensas que sufre o cree sufrir, aquellas que inflige creyendo hacer justicia, las ocurrencias, reflexiones, experimentos y cautelas que adopta. Ni que decir tiene que el hombre es un desastre cuya manifiesta petulancia impide que el lector lo vea como él desea, y así antes lo ve disfrazado que elegante.

                Cierto es que, de puro concienzudo e inútil que Edward resulta, llega a crearse cierta complicidad con el lector, a lo que no ayuda poco el seco e inquisitorial carácter de la tía, lo cual no deja de producir una sensación incómoda: ¿cómo sentir alguna simpatía hacia un proyecto de asesino? Además, durante tres cuartas partes de la novela ocurre lo que en muchas de las que he aludido al principio: se trata de una historia «de situación» en la que la gracia no está en cómo avanzan las cosas –no lo hacen hacia ningún sitio- sino en observar la cabalgata de los sinsabores de Edward, lo que hace que resulte repetitiva. Sin embargo, hay que llegar al final pues es en él cuando vemos que la novela sí ha ido avanzando sin que nos diéramos cuenta hasta llegar a ese final y, sobre todo, a un último párrafo genial en el que la broma del autor hacia el lector, a cuenta de la novela en su conjunto, dota de un sentido nuevo a todo. No explico el motivo para no chafar la sorpresa a nadie, pero sí digo que es toda una maravilla del humor que, por sí sola, hace que merezca la pena leer El asesinato de mi tía


jueves, 7 de junio de 2018

Llámala Siboney – Julián Ibáñez




                Hace más de una década que la novela negra está de moda, pero muchos de los títulos más vendidos estos años son morralla comparados con las novelas de Julián Ibáñez (Santander, 1940), un autor cuya obra responde con exquisita pulcritud al origen del género y al que nadie podrá acusar de apuntarse a una moda. Llámala Siboney, por ejemplo, se publicó en 1988. Ibáñez es, con diferencia, uno de los mejores autores de este género. Es una pena que no sea más leído.

                El protagonista, Novoa, que se dirige en primera persona al lector, es un tipo peculiar, solitario, duro, que lleva poco tiempo trabajando en un desvencijado despacho de una localidad de cinco mil habitantes y vive en un hotel. Trabaja como asalariado en una empresa de intermediación en el mercado de cereales; creo que antes, en Mi nombre es Novoa (1986) -que aún no he podido leer- había tenido algún otro empleo en otro lugar. Llámala Siboney comienza cuando un día caluroso, a las cuatro de la tarde, Novoa entra al pequeño edificio donde está la oficina y, de pronto, una mujer rubia le atiza en medio de la jeta un tremendo trastazo con un trozo de tubería y luego sale pitando. No hay indicios de que haya robado algo, ni de de que haya hecho ninguna otra cosa. Solo estaba allí y le ha dado el porrazo.

                Novoa apenas acierta a tener una ligera impresión sobre el aspecto de la mujer. Con este único dato y sin saber exactamente por qué, intenta localizarla por el pueblo. Sus preguntas aquí y allá tienen consecuencias inesperadas, a las que hace frente con una determinación solo fundada en lo duro de su carácter y en lo poco que tiene que perder quien no tiene más que su propia soledad y un amor propio intenso y decidido pero no atolondrado. Gitanos, chavales con buen coche, coches color butano, Mercedes blancos, una muerte, el cuartelillo de la Guardia Civil y la finca de unos tipos adinerados se mezclan en el ir y venir de un Novoa que navega sin un objetivo claro, asumiendo el riesgo de ser tanto víctima como imputado en un crimen en el que nada tiene que ver. En el más fiel estilo de la novela negra, nadie está completamente limpio, todos tienen algo que esconder o un interés que salvar, por lo que todos juegan al despiste aunque luego, poco a poco, a medida que alguien va descubriendo contradicciones, cada uno termina demostrando quién es, qué pinta allí y por qué hace lo que hace o dice lo que dice.

                Pero aunque la trama es interesante y solo al final se acaba desenmarañando la madeja que antes, poco a poco, se ha ido enmarañando ante el lector, lo mejor es el lenguaje, el control de los tiempos, de la expresión, el modo en que la forma aparentemente seca y cortante consigue formar parte del fondo de la novela y construir la personalidad del protagonista. Lo dicho: Julián Ibáñez es un grandísimo escritor.

                Una pequeña joya de la novela negra muy superior a casi todo lo que ahora se vende pero que, por desgracia, está descatalogada.


martes, 5 de junio de 2018

La felicidad de los ogros – Daniel Pennac




                Publicada en 1985 (en España en 1989), La felicidad de los ogros es la primera novela protagonizada por Benjamín Malaussène, un joven al frente de una familia formada por un sinfín de hermanos con madre común (que regresa a casa cada cierto tiempo pero solo para dejar un nuevo vástago) y padres variados y desconocidos. Todos los hermanos viven juntos, con excepción de una de las hermanas, embarazada, que no tiene muy claro dónde va a estar. La familia vive en París, en el no muy pimpante barrio de Belleville. Malaussène trabaja en unos grandes almacenes como «chivo expiatorio»: cuando algún cliente ha sufrido problemas con cualquier producto, se finge que Malaussène es el responsable y, delante del reclamante, le cae una bronca demencial, improperios de todos los colores y la promesa de enviarlo al paro y a galeras si fuera posible; a todo lo cual responde Malaussène suplicando, llorando, implorando piedad... de modo que el reclamante acaba por no presentar la denuncia para evitar que caiga sobre su conciencia la suerte del desgraciado e incompetente Malaussène. A ojos del cliente, Malaussène es un pobre desgraciado; a ojos de la dirección del centro, un fantástico y bien pagado profesional que les ahorra mucho dinero.

                La novela juega a dos cosas. La primera, a darnos a conocer el pintoresco mundo de Benjamín Malaussène y los suyos, incluyendo el entorno laboral, lo cual hace de forma algo confusa al principio, pues de no saber nada sobre estas novelas el lector tardará algo en enterarse de que algunas de las damas que rodean a Benjamín son sus hermanas y no otra cosa.  La segunda, la trama que permite hacer avanzar la novela hacia el conocimiento de esta panda es también singular: una serie de explosiones en el centro comercial, de alcance limitado pero siempre con víctimas, y en las que Malaussène se ve a medias envuelto y a medias en disposición de aclarar.

                Con tan insólitos mimbres y el modo en que el asunto queda resuelto podría pensarse que se trata de una novela disparatada. Pero no. Y en este logro radica gran parte del mérito de Daniel Pennac: La felicidad de los ogros, pese a lo irreal de las situaciones, se lee con sensación de verosimilitud. Unamos que Malaussène tiene un oficio estrafalario pero él no lo es -al contrario, es un hombre con un sentido común más que notable y un humor que, casi siempre de forma entre irónica y socarrona, se dedica a sí mismo para hacer más llevaderos los disgustos- y acabaremos de comprender cómo algo tan extravagante puede leerse como real.

                La felicidad de los ogros es una novela de humor constante pero sutil e inteligente precisamente porque el personaje ve todo tan extraño –incluso su propia vida y su trabajo- como lo ve el lector. Una obra escrita para provocar más sonrisas que carcajadas y que más allá de las situaciones que describe da a conocer a unos personajes tan admirables por cómo salen adelante como por su falta de pretensiones. Es muy difícil no encariñarse con Malaussène y los suyos si tenemos en cuenta todo lo que Benjamín sacrifica por ellos: su vida entera, tanto en lo profesional como en lo afectivo y hasta en lo meramente sexual, está condicionada por la necesidad de sacar adelante a sus hermanos, y él asume el sacrificio con naturalidad y generosidad.

                Sí me atrevo a ponerle un «pero»: el desarrollo de la «investigación» aparece con un retardo lo bastante largo como para que durante una parte del libro se tenga la sensación de estar dando vueltas y vueltas a la espera de algo que lance la historia hacia delante. Pero esto es solo una critiquilla: La felicidad de los ogros me ha gustado lo suficiente como para haber comprado ya el segundo libro de la saga.

                Lo que no acabo de entender es que esta novela se califique de «novela negra», como en algún sitio he visto. Negra, negra, lo que se dice negra...



domingo, 3 de junio de 2018

Reflexiones sobre literatura y humor



"Hay mucha gente que se le llena la boca de Cervantes, del humor, “a mí me encanta el humor…”, pero en la práctica, cuando se enfrentan a un libro cervantino, humorístico… ¿Qué es un libro cervantino? Vamos a definir qué es un libro cervantino. Mira, un libro cervantino es un libro que aparentemente no tiene importancia y que, sin embargo, debajo de él, si lo lees con una cierta atención, es una bomba de relojería."

Antonio Orejudo. Entrevista en Zenda.

jueves, 31 de mayo de 2018

Risa en la oscuridad – Vladimir Nabokov




                «Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.»

                Con este resumen de lo que viene después comienza Risa en la oscuridad, brillante obra de Vladimir Nabokov en la que se relata, más que una historia de amor y desamor, el proceso de envilecimiento al que conduce el egoísmo, así como el paralelo proceso de degradación de quien se deja arrastrar por un egoísta.

                Dar el primer paso para aprovecharse de alguien que se ha fijado en ti es tentador por lo sencillo y efectivo. Pero una vez hecho, ese pequeño egoísmo pasa a convertirse en la nueva normalidad y, si las ambiciones no se han visto colmadas, será fácil dar otro paso en la misma dirección. No hacen falta más de cuatro o cinco pasos para convertirse en un miserable y arruinar la vida de quien, por amor o debilidad y siempre por candidez, consiente en someterse al abuso. 

                Es lo que ocurre en Risa en la oscuridad. Albinus, el protagonista, es un hombre que tiene cuanto para la mayoría de sus conciudadanos son solo aspiraciones. Sin embargo, de improviso se encapricha de Margot, una joven aspirante a actriz que trabaja de acomodadora en un cine. Si solo de atracción sensual o emocional se hubiera tratado, Albinus no hubiera tenido ninguna oportunidad, pero Margot, zambullida en su propia soledad y a falta de alguien a quien amar, piensa que por qué no aprovechar las ventajas de tener un amante adinerado que, además, la puede introducir en los círculos cinematográficos. Es así como da el primer paso: se deja querer, e incluso induce a Albinus a pensar que puede llegar a ser correspondido.

                Hasta ese momento, una de tantas relaciones interesadas en las que alguien sacrifica algo solo incierto –el amor futuro hacia otra persona que puede llegar o no- para conseguir otra cosa cierta –dinero, posición, relaciones, diversión...-. Pero Margot es demasiado egoísta, e intenta no renunciar a nada. Para empezar, aunque ha accedido a ser «la otra» no le gusta serlo, así que su segundo paso es estimular el egoísmo del propio Albinus para hacerle sacrificar a su familia en aras de un amor que él cree correspondido pero que sabe frágil y teme perder. Cada paso que Margot da para satisfacer sus aspiraciones, es, en realidad, un engaño. Albinus pronto será un pobre imbécil, un tonto útil que vive en una gigantesca mentira que, para mantenerse, necesita ser cada vez más grande.

                Como suele ocurrir, cuanto mayor es el engaño y la manipulación a los que Margot somete a Albinus, más desprecio siente por él. Y ese mismo desprecio es una nueva excusa para seguir aprovechándose de él; cada nuevo engaño es la sanción por ser tan tonto como para dejarse engañar. Y cuando el engaño ya no basta, sigue la burla disimulada. El proceso se retroalimenta hasta que al final, lógicamente, Margot siente una profunda aversión hacia Albinus, pero no advierte que la causa de su rechazo no es el hombre que ve, sino lo que su propia y miserable conducta ha hecho de él. Así es el egoísmo profundo: cuando aborrece lo que ve en el espejo, le echa la culpa al espejo.

                Frente a esto, llama poco la atención el papel ciertamente secundario de la esposa de Albinus y del hermano de ésta. Y, sin embargo, son personajes a analizar. Han sufrido el egoísmo de Albinus, como Albinus sufre el de Margot pero, a diferencia de él, no se han dejado arrastrar. No han suplicado al egoísta. Le han dado la espalda. Eso los salva.

                El argumento, magnífico, no es precisamente de lectura risueña. El lector es espectador de un espectáculo degradante, directo, duro, porque el proceso de degradación de Margot es causa del deterioro de la vida de Albinus. ¿Quieres saber lo miserable que eres? Mira los daños que has causado, mira las responsabilidades que has eludido, mira si acompañaste a tu víctima para ayudarla a superar las consecuencias de tus actos o si saliste corriendo a vivir tu vida. Margot no asume ninguna responsabilidad, pero en cambio sí inflige numerosos daños no por el placer de hacerlo, sino de disfrutar de la vida a la que cree tener derecho. En esta aventura se ve apoyada por un hombre como ella y también antiguo amor, Axel, y cuando dos egoísmos se refuerzan entre sí, más vale que no te pillen en medio.

                La escritura de Nabokov es de una eficacia y precisión impresionantes: cuenta lo que quiere contar y nada más, con claridad, sin escatimar ni derrochar lenguaje. Ni palabras ni ideas superfluas, pero sin que tampoco el lector deba aportar nada más que unos cuantos sobreentendidos. Máxima concisión. Una prosa de altísima calidad al servicio de una historia en la cual el autor nos traslada, a veces con ironía o humorística mala sombra, el juicio que le merecen las intenciones y capacidades de los personajes y sus fortalezas y debilidades, pero que apenas entra en valoraciones morales sobre los hechos porque, precisamente, el juicio moral surge en el lector a través de la desagradable sensación de este crudo aviso y recuerdo: el egoísmo puede transformar cualquier vida, en cualquier momento, en desastre.



martes, 29 de mayo de 2018

35 kilos de esperanza – Anna Gavalda





                Brevísima obra –se lee en alrededor de una hora- que lo mismo puede ser lectura juvenil que para adultos, porque así como más de un adolescente se reconocerá en el protagonista, no serán pocos los padres a quienes algunos pasajes les hagan reflexionar sobre sus aciertos y errores y, en especial, sobre cómo su comodidad o su egoísmo acaba perjudicando a sus hijos por más que una y otro se excusen y disfracen de interés hacia ellos, de disposición a hablar y a adoptar medidas. Lo peor de esta obra, que recuerda demasiado a las típicas historias cortitas, sensibleras y que apelan al placer de dejarse llevar por la lágrima fácil.

                El fondo del argumento no es muy original: una variante más de mil historias de superación con alguna escena muy cinematográfica. El chaval protagonista es un desastre en los estudios. Sufre en el colegio. Sin embargo, le encanta hacer chapuzas e «inventos» en el cobertizo de su abuelo, un ingeniero jubilado. La historia narra, brevemente, el proceso de huída de lo que atenaza y, para que la liberación no sea un fracaso más, de simultánea búsqueda del éxito por caminos alternativos a los previstos por defecto. Por eso la moraleja implícita más evidente quizá deje como están a todos quienes, simplemente, están desorientados. Sin embargo, tras esa primera reflexión puede hacerse otra: el primer paso en la vida siempre es saber lo que uno quiere; y es que como decía no recuerdo quién, si uno no sabe dónde va, acabará en otro sitio.


jueves, 24 de mayo de 2018

Cumpleaños de La terrible historia de los vibradores asesinos







Estos días se cumplen siete años desde la publicación de La terrible historia de los vibradores asesinos, con el número 14, en la colección Sueños de Tinta de Mira Editores. Más tarde, en 2014, con el número 41, se publicó la segunda novela protagonizada por Ajonio Trepileto, La sota de bastos jugando al béisbol, al tiempo que la primera aparecía en ebook en Amazon.


Si hacer reír es una de las mejores cosas que le puede suceder a una persona, y lo es, soy afortunado. Por eso, aprovechando este cumpleaños, reitero mi agradecimiento a todos los lectores y a quienes de una u otra manera, y pese al tiempo transcurrido, siguen apoyando y difundiendo las desventuras de Ajonio. ¡Gracias!



lunes, 21 de mayo de 2018

La revolución de la luna – Andrea Camilleri


                Estando tan de moda las novelas de mujeres fuertes y admirables, en febrero de este año se ha publicado en España La revolución de la luna, del hiperprolífico Andrea Camilleri. Una novela que responde al estilo que más gloria le ha dado: cruda en muchos puntos, pero divertida por el modo en que cada personaje persigue su particular obsesión, y para crear el mundo de Camilleri bastan cuatro obsesiones: el dinero para unos, el sexo para otros y algunos de los primeros, el amor romántico para unos pocos -bastante vinculado a la belleza- y, para alguno de los protagonistas, el sentido de la justicia.

                El resultado es, como digo, una novela que si bien narra hechos a veces duros, lo hace con tal tono que se diría que está contando una especie de desenfadado cuento o fábula para adultos. De ahí que la lectura sea tan agradable y sencilla. Esto, sin embargo, no es obstáculo para afirmar que La revolución de la luna, siendo una novela digna de su autor, está lejos de contarse entre las mejores que ha firmado. ¿Motivos? No se detiene tanto en los detalles que otras veces enriquecen a los personajes y enojan o enternecen al lector, con lo que quedan simplificados, demasiado emparentados con estereotipos. Muestra de esta falta de detalles es que al final creo que hay un fallo, un lapsus del autor, que seguramente quería incluir, a modo de colofón, un hecho que se le ha olvidado. Si, tras leer la novela alguien quiere saber cuál, que me lo pregunte a ver si coincidimos.

                Como tantas otras veces ha hecho, Camilleri utiliza una técnica de inspiración por la que siento debilidad, y que por una parte lo enlaza remotamente y por otra lo aleja por completo del concepto al uso de «novela histórica» (por el que siento cierta aversión): parte de cinco o seis datos ciertos, y a partir de ellos inventa el resto.

                La novela comienza con el fallecimiento del Virrey de Sicilia en 1667. Un hombre, designado para el puesto por el rey de España, que está rodeado de un «consejo de poder» formado por media docena de notables de Palermo, incluido el obispo. Los seis corruptos a tiempo completo. El Virrey muere de improviso, pero deja testado que le suceda su esposa, a la que nadie conoce porque desde su llegada ha vivido recluida en palacio. La designación de una mujer para ese puesto es vivido por muchos como un ataque  demoledor al más elemental sentido común; no hay mente en Palermo en la que la designación no levante temor, incredulidad o, cuando menos, suspicacia. Estos sentimientos son los primeros enemigos a batir por la protagonista.

                Doña Eleonora de Mora, que en la realidad histórica no llegó a estar un mes en el cargo pero realizó numerosas reformas de contenido social, inspira el personaje que protagoniza la novela: una mujer joven y hermosísima –Camilleri nunca renuncia a la belleza femenina capaz de pasmar al más pintado- que, además de ejecutar todas esas reformas, tiene otra cosa en la cabeza: vengar el modo en que esos tipejos corruptos, pero tan poderosos, se han aprovechado de su marido fallecido.

                La novela se transforma así, desde el inicio, en un correcalles donde los malos -todos movidos de tan modo por sus pasiones e intereses que verlos provoca más sonrisas que asco- se muestran como tales y tratan de engañar a los buenos. Mientras, los buenos persiguen hacer justicia con notable habilidad y un punto de buena suerte. El modo en que las cosas discurren recuerda un poco a esas películas inocentonas hechas para que el público jalee al héroe a cada obstáculo que supera al tiempo que la justicia triunfa sobre el mal y a ella queda asociado ser espabilado; el malo, en cambio, siempre es un poco tonto, salvo alguno especialmente pérfido.

                Una novela marca de la casa que satisfará a todos los lectores de Camilleri, aunque tiene otras mucho mejores.



miércoles, 16 de mayo de 2018

Muertos prescindibles - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt



Serie Sebastian Bergman, 3



                Cuando dos personas competentes son capaces de formar un equipo compenetrado, los resultados son excelentes. Es lo que sucede con Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt. Sus novelas carecen de cualquier complicación estilística y de todo atisbo de belleza, pero, sin embargo, la acción está narrada de tal manera y la información distribuida de tal modo que hacen disfrutar al lector excitando continuamente su curiosidad y, con ella, el deseo de leer.

                Únase a eso que, junto a la trama que justifica cada novela, existe otra, paralela, que afecta a los protagonistas y provoca el deseo de leer de inmediato la siguiente novela de la saga, porque las vicisitudes personales de Sebastian Bergman y el resto de los personajes de la unidad de homicidios son de una virulencia emocional como no recuerdo haber leído, hasta el punto de que su interés supera, con mucho, el de cada caso concreto.

                Se nota que Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt son guionistas. Y buenos.

                En Muertos prescindibles el lector disfruta de una historia de historias que acaban convergiendo. Nada original, pero qué bien organizado. Por una parte, el hallazgo en mitad de la montaña de una fosa con media docena de cadáveres. Por otra, las desventuras de una inmigrante afgana, víctima de todo machismo, en su lucha por averiguar qué sucedió con su marido desaparecido muchos años antes. En tercer lugar, las actuaciones de unos oscuros caballeros y, finalmente y por supuesto, el modo en que el trabajo de la unidad de homicidios da ocasión a que evolucionen las relaciones entre sus integrantes; relaciones que, aunque muchos de ellos lo ignoran, transcurren siempre al borde del más profundo precipicio. Y además, el modo en que los pequeños detalles de la historia acaban dotados de sentido más adelante hacen aún más evidente el diseño de la novela como una maquinaria de precisión.

                Este planteamiento permite que en Muertos prescindibles, a diferencia de en las anteriores novelas, el insoportable Sebastian Bergman tenga un papel testimonial en la investigación aunque, en cambio, ocupa el centro de la historia que trasciende la novela haciendo algo pintoresco y atractivo: por una vez obtiene –en gran medida gracias a su capacidad de análisis psicológico- buena parte de lo que desea –siempre a costa de que otros vivan engañados- pero, a la vez, su egoísmo y su miedo lo conducen a cometer alguna que otra canallada que, de descubrirse, aniquilarían sus trabajados éxitos.

                Ahí radica también parte del éxito del personaje: en cómo de un modo innoble persigue fines nobles o al menos comprensibles. Esa contradicción lo hace atractivo, porque el deseo de justicia del lector oscila constantemente y lee y lee no solo para conocer el desenlace, sino para poder posicionarse. 

                En definitiva: un excelente trabajo que solo traslada ciertas enseñanzas evidentes acerca de la interpretación psicológica de actos cotidianos, pero que hace disfrutar de la lectura como entretenimiento, y todo haciendo surgir en el lector la pizca de humor necesaria para sentir cierta simpatía por el impresentable protagonista.


                

jueves, 10 de mayo de 2018

Filek: el estafador que engañó a Franco - Ignacio Martínez de Pisón



                Hace poco más de diez años todos los partidos políticos y los periódicos de Aragón, e incluso algunos nacionales, dieron credibilidad a una noticia que algunos despachamos al instante (y en mi caso así se lo hice ver a quienes me la dieron) como un evidente intento de estafa: una supuesta multinacional del juego (que ese mismo día podía constarse en Internet que era inexistente) prometía 25 millones anuales de turistas con una inversión de 17.000 millones de euros (alrededor del 1,7% del PIB español) creando un complejo de casinos. De ser ciertas las cifras el asunto suponía ¡el equivalente al 50% del sector turístico de toda España!, que ya de por sí es una de las mayores potencias turísticas mundiales. Aunque la prensa no lo decía, el dato auguraba la epifanización en medio de la nada de una ciudad cuyo tamaño oscilaría entre los de Bilbao y Málaga (el cálculo lo hice suponiendo cuatro pernoctas de media por cada uno de los 25 millones de supuestos turistas repartidos linealmente a lo largo del año, unidos a los 65.000 empleados directos que prometía la noticia, más, a ojo, empleos indirectos). A nadie se le ocurrió preguntar cómo era posible que los más de 50 millones de turistas que cada año visitaban España generaran cientos de miles de puestos de trabajo y en cambio estos 25 millones generaran solo 65.000. Tampoco nadie se preguntó cómo esos 50 millones requerían la existencia de miles de hoteles, algunos de ellos enormes, y en cambio estos 25 se iban a alojar en solo los 70 proyectados. La noticia ocupó portadas enteras tras darse a conocer en la presentación oficial que por todo lo alto se hizo de tan evidente delirio. Seguí el asunto con interés para averiguar en qué consistía el intento de estafa (supuse que en captar inversores institucionales o privados para luego coger la pasta y salir corriendo) y en cómo digerían luego el ridículo quienes se habían creído y apoyado semejante patraña. La locura era tan obvia que no pensé que el asunto tuviera más de unas horas de recorrido, pero que equivoqué. Para mi sorpresa, la farsa duró larguísimo tiempo; primero, reforzando la noticia inicial con otras tales como las relacionadas con las autopistas que se ejecutarían para esa nueva Bilbao-Málaga (que «no se sabía muy bien dónde se iba a ubicar», por lo que, al más puro estilo berlanguiano, varios pueblos de pocos centenares de habitantes aspiraban a «anexionársela»); también se crearían líneas férreas de elevado tránsito para conectar ese Eldorado con el aeropuerto de Huesca, cuya pista, por cierto, tengo entendido que carece de las dimensiones necesarias para acoger los aviones de más tamaño; también se anunció que se reformarían cuantas leyes fueran precisas para acoger esa inversión, e incluso algún oráculo sin identificar cuantificó el impacto en el PIB, en el empleo y hasta en la recaudación fiscal con cifras tan inconexas que se dirían aleatorias, pero todas con la apariencia de chollo que tiene el dinero caído del cielo. También reforzaron la credibilidad del proyecto noticias críticas, como la que señalaba que el volumen de co2 que generaría esa nueva «cosa» -una «cosa» que se contaría entre las siete u ocho ciudades más grandes de España-, equivaldría al que generaba el resto de Aragón, y aquellas otras que consideraban que la explotación de la ludopatía no parece el fin más elevado al que pueda servir el apoyo público a la actividad económica privada. Luego, cuando la patraña comenzó a perder fuelle, el olor a chamusquina se fue extendiendo con sorprendente lentitud hasta alcanzar, por fin, a los más ingenuos. Este proceso transcurrió jalonado de episodios tan chuscos como la aparición de una burda web de la «multinacional» (hecha en español, pese a ser, en teoría, una empresa norteamericana) que, aparte de carecer del contenido más elemental y de haber podido ser hecha en una mañana, recogía los logotipos de supuestas grandes empresas «colaboradoras» de nombre rimbombante que, una vez buscadas en Internet, se comprobaban tan inexistentes como la primera. Los dibujitos que animaban el proyecto en una suerte de cutre powerpoinit daban vergüenza ajena. El colofón, tiempo después, fue la escenificación del inicio «formal» de las inversiones, perpetrado por unos individuos jóvenes que parecían estrenar ese día sus primeros y baratos trajes y corbatas; con más pinta de ejecutados que de ejecutivos, hicieron unas declaraciones a los medios de comunicación en las que no hacía falta muy despabilado para darse cuenta de que aquellos caballeros no habían visto una empresa mediana de verdad ni en el cine; no digamos ya una multinacional, y que estaban recitando una cantinela bien aprendida. Después, nunca más se supo, y si alguien había puesto un céntimo, se cuidó mucho de hacerlo notar. Por tanto, fallé en mi previsión de contemplar cómo algunos digerían el colosal ridículo. No contaba con que como todos lo habían hecho en grado sumo (unos, engañados, y otros, por omisión, para no ser los aguafiestas que Antonio Muñoz Molina denuncia en Todo lo que era sólido), y como además ese todos incluía la prensa, que ni siquiera había contrastado los datos con el sentido común y la matemática más elemental, digo que entre esos «todos» se produjo algo parecido a un tácito pacto de silencio en el que se diluyó todo. Hasta el recuerdo de aquel prometido maná.

Si comienzo esta reseña indicando que hace tan poco tiempo unos piernas podían hacer creer que era posible plantar en los alrededores de cualquier pueblo de trescientos habitantes a la mitad de todos los turistas que atraen nuestros miles de kilómetros de playas -Canarias y Baleares incluidas-, todas nuestras montañas, valles y parques naturales y nuestros millares de monumentos, construcciones históricas y museos, amén del «turismo» de ferias y congresos, si comienzo diciendo que unos pelanas fueron capaces de hacer creer que en mitad de un desierto podía crearse en pocos años como por arte de birlibirloque la séptima u octava ciudad de España, es para demostrar que lo que Ignacio Martínez de Pisón cuenta en Filek es de actualidad permanente y no solo, como podría pensarse al hilo de algunas de las noticias sobre este libro, la narración de una anécdota histórica. De hecho, en los últimos años son innumerables las grandes estafas que se han llevado a la práctica al hilo de interesadas y desorbitadas previsiones de usuarios que nadie firma, que nadie sabe quién ha hecho ni con qué métodos, y que han servido de excusa para gastar grandes cantidades de dinero en proyectos que, una vez terminados, no prestan servicio a nadie pero cuyo coste ha ido a parar a manos de quienes de un modo u otro los ejecutaron.

                Filek cuenta la historia de Albert Filek, un ciudadano nacido a finales del siglo XIX en lo que fuera el imperio austrohúngaro, que dedicó toda su vida al arte de la estafa, esquilmando a cándidos no menos ávidos de ganar dinero fácil que él. El cénit de su actuación «profesional» fue el intento de endilgar, a sucesivos gobiernos españoles, un mejunje denominado «gasolina sintética» que, fabricado a base de agua y potingues varios, pretendía ser utilizado (sí, con abundante agua) en motores de combustión. No fue el único en intentar vender majaderías de ese cariz, pero sí quien llegó más lejos, proeza conseguida con el primer gobierno franquista como víctima y amparado por algo parecido al apadrinamiento del mismísimo dictador, quien, por este hecho, pasó a ser el primer y mayor burlado. Además, el tamaño del ridículo suele ser directamente proporcional a la posición de poder que ostenta el engañado.

                No voy a contar los pormenores de la peripecia vital de Filek porque en ellos está la gracia de buena parte del libro, aunque el sentido de la obra no es tanto analizar esa estafa concreta como la singular vida del estafador y el papel que la mentira juega en ella. La tarea realizada por Ignacio Martínez de Pisón ha sido magnífica; no es sencillo reconstruir la vida de un desconocido, y menos de alguien que ha hecho de la mentira un modo de vida. Martínez de Pisón lo hace de un modo tan ameno y sencillo que es fácil reconocer en cada línea a uno de los mejores escritores españoles.

                Un valor añadido al interés de la obra es el entorno histórico en el que se movió Filek, tanto temporal como espacial: su lugar de nacimiento le permitió afirmar ser austriaco, alemán e incluso húngaro, y las convulsiones políticas de la época lo sumieron en un maremágnum de problemas –al tiempo que también le dieron muchas oportunidades- que pusieron de manifiesto tanto las ironías del destino como, también, la capacidad de Filek para mentir, tan relacionada con la falta de principios y escrúpulos.

                Este es otro de los elementos a destacar de la obra: cómo al hilo de la vida del protagonista Martínez de Pisón nos traslada, sin que nos demos cuenta, abundantes conocimientos de los albores de la Guerra Civil, de su desarrollo y de la posguerra, un periodo del que todo el mundo habla, pero muchos lo hacen oídas, de modo parcial y con lagunas de conocimientos que a menudo parecen océanos. Para muchos lectores, Filek también será una sana lección de historia.

                Cómo nace y crece el estafador, cómo se beneficia de sus trapacerías y, al mismo tiempo, cómo es víctima de ellas porque su propia fama le persigue y porque la mentira pasa a ser su realidad, y, en fin, cómo se afronta la vida y el final de la misma cuando no has hecho nada honrado en ella y ni siquiera tu pasado es verdad, es lo que vemos en esta obra. No tiene un interés menor: habida cuenta de que lo fácil que es toparse con aspirantes a desplumarnos hasta a través del teléfono, todos estamos más o menos familiarizados con este tipo de gente.

                Hay cierta tendencia –el mismo autor lo advierte- a sentir simpatía hacia los estafadores: al fin y al cabo son gente que trata de aprovecharse de quienes intentan prosperar buscando atajos. Un estafador suele ser un avaricioso que se aprovecha de otro. Suele. Porque, y esto es lo que marca la diferencia entre la simpatía y el asco, a menudo también abusan del necesitado. Todo eso lo advierte Martínez de Pisón, si bien, limitado su objetivo a contarnos la vida de Filek, no bucea con tanta intensidad en las razones que llevan a algunos –en especial a quienes detentan el poder- a dejarse engañar por cualquier tipo de prometedora payasada. Está claro por qué se deja engañar el necesitado. Por desesperación. También lo está en el caso de ciertos estafados con más dinero que cabeza y cultura. Por avaricia. No lo está tanto en el caso de gente a la que cabe presumir formación, cabeza y posibilidades de asesoramiento: quizá para algunos la vanidad y el deseo de permanecer en el poder o de pasar a la historia sea tan fuerte y les ciegue tanto como a otros la desesperación o la avaricia.

                Una estupenda obra.


lunes, 7 de mayo de 2018

Esa puta tan distinguida – Juan Marsé




                Qué gran escritor es Juan Marsé. Incluso novelas como esta, que posiblemente pocos cuenten entre las mejores que ha escrito, son buenísimas, enriquecedoras y entretenidas.

                Que además el protagonista sea un trasunto del propio Marsé (de hecho en alguna entrevista ha calificado esta novela como la más autobiográfica que ha escrito) le da, a estas alturas de su vida, experiencia y prestigio, un enorme valor añadido.

                El motivo de la novela es doble: reflexionar sobre la memoria (esa puta tan distinguida, la califica pronto en un juego de palabras en alusión a alguno de los personajes que luego aparecen) y, también, «desahogarse» (uso en esta expresión porque en otras entrevistas Marsé dijo que no había querido «ajustar cuentas») dando una tristísima visión del  cine español –presentado como opuesto al arte y volcado en el dinero fácil- y repartiendo contundentes collejas a personas fácilmente identificables.

                Esto último no es lo más importante del libro, pero llama la atención, por momentos le da un notable punto humorístico y legitima la pregunta de hasta qué punto Marsé ha acabado legítimamente harto del mundo del cine en un entorno «literario» en el que (por eso lo entrecomillo) son legión los escritores que venden su alma al diablo del cine por considerar el colmo del éxito que sus obras sean llevadas a la pantalla, con independencia de si en ella las destrozan o no. Que sean adaptadas al cine o a la televisión, sea como sea, sin preguntarse quién lo va a hacer ni cómo. Se acepta lo que sea venga de quien venga para que la novela llegue a esos formatos. Marsé, que a diferencia de toda esa tropa respeta su propia obra, se presenta en Esa puta tan distinguida como un escritor reconocido que, al comienzo de los años 80, recibe un encargo intelectualmente vergonzante que acepta por dinero: hacer el esbozo de un guión para una película más o menos «conceptual» que perpetrarán un director mediocre e ideologizado junto a un productor no mucho mejor, una vez que hayan metido mano al esbozo para poder atribuirse la autoría y que, de paso, no lo reconozca ni la madre que lo parió.

                La idea que ha de inspirar la película es un hecho acontecido en 1949. Entonces, en un cine de barrio en la Barcelona de posguerra, el operador de la sala de proyección mató en ella a una prostituta, estrangulándola con la cinta de la película: Gilda. Pero, como le indican al Marsé-personaje, lo de menos es reconstruir los hechos, que aparecerán o no en la película y bla, bla, bla; más bien se trata, parece decirse, de hacer un análisis de la memoria colectiva para realizar análisis crítico del franquismo y más bla, bla, bla.

                El Marsé-personaje trata con displicencia este encargo. A fin de cuentas no ha de ser su obra, sino la de otros cuyas entendederas y capacidad tendrían un amplio campo de mejora si fueran más espabilados. Es más: tan convencido está de que el resultado será un bodrio que se diría que cuanto menos se sepa de su participación, mejor. Sin embargo, honesto intelectualmente consigo mismo, desea hacer un trabajo digno, para lo cual, además de indagar en los periódicos y en el expediente policial y judicial de aquel crimen, de tarde en tarde comienza a citarse en su propia casa –un ático-, con el asesino, un hombre ya sesentón con algún indicio de demencia incipiente y que además fue sometido en el «célebre» manicomio de Ciempozuelos a experimentos para «desprogramar y reprogramar» su memoria criminal, hechos que Marsé aprovecha para lanzar una fuerte crítica, a través de un coronel psiquiatra, al doctor Antonio Vallejo-Nágera, que algunos han llamado «el Mengele español». Bajo personajes de nombres supuestos pero con cierta coincidencia fonética, es sencillo identificar las dianas a las que Marsé dispara sus dardos.

                La novela tiene una estructura particular: comienza con una entrevista al Marsé-personaje en la que no figuran las preguntas, aunque se sobreentienden, y continúa alternando las vicisitudes del encargo, los diálogos con el asesino, Fermín Sicart (que afirma recordar los hechos pero no por qué lo hizo), el esbozo de escenas que el Marsé-personaje imagina y la participación, que también aporta sus toques de humor, de la empleada del hogar del Marsé-personaje: una señora entrada en años que durante un par de ellos regentó una tienda de recuerdos cinematográficos heredada de su padre y cuya osadía, cultura e inteligencia casan mal, lo cual genera un divertido contraste, con el estereotipo.

                Lo más interesante de la novela, sin duda, son las confesiones de Sicart. Como cobra por las sesiones, su reticencia a contar el momento del crimen tiene varias lecturas: desde el trauma doloroso de recordar hasta una estrategia para aumentar el número de entrevistas y cobrar más. Pero lo cierto es que su entrevistador no tiene prisa, y en el proceso de conocer a las personas involucradas en el suceso van apareciendo las vivencias, traumas y mentiras que permiten conformar la personalidad de cada cual, tras las que afloran las posibles razones de muchas cosas que hubiera quedado en el aire de limitarse el asunto a la escena del asesinato, la cual, no obstante, precisamente por el modo en que se evita, acaba convirtiéndose en uno de los acicates para seguir leyendo.

                En paralelo, pero no casualmente, el mundillo del cine sigue haciendo de las suyas y, como última y violenta crítica, se muestra cómo el trabajo del Marsé-personaje va a ser igualmente aprovechado cuando el proyecto y las personas que se lo habían encargado cambian totalmente. Hasta ese punto se «respeta» el trabajo intelectual, que lo mismo se usa para una cosa que para la contraria. Estiércol da igual para qué cultivo en un cine emparentado con la telebasura. Memorable es el currículo del director que expone el Marsé-personaje, y lo es, entre otras cosas, porque por desgracia en la realidad la fama, el dinero y el poder en la industria cinematográfica han corrido anexos a historiales similares. Al final, incluso, cuando la reconstrucción de la memoria de Fermín Sicart ha dotado a la historia de asesino y víctima de la dignidad anexa a quien sale derrotado de la desesperada lucha por superar una infancia y una vida dura, torcida y exenta de afectos, el mundo del cine «evoluciona» hasta transformar la historia en una mamarrachada que no cuento porque más vale leer la novela y que cada uno saque sus propias conclusiones no solo sobre el cine, sino sobre el valor de la verdad.

                


viernes, 4 de mayo de 2018

Que de lejos parecen moscas - Kike Ferrari




Magnífica novela negra que transcurre en Argentina. Negra en el sentido puro, porque Que de lejos parecen moscas narra la historia del delincuente desde su particular posición en el mundo.

El protagonista es un tal Machi, un caballero que hizo negocios durante la dictadura argentina, siguió haciéndolos tras ella y en ambos periodos prosperó a base de contactos y pocos escrúpulos. Aunque está muy lejos de ser un verdadero rico, él cree serlo al saberse propietario del sueño de cualquier muerto de hambre con espíritu pequeñoburgués: un diminuto imperio consistente en buena casa, carísimo coche, diez millones de dólares en el banco, una esposa-prisionera que le ha aportado abolengo, afición a las drogas, incluyendo viagra y, sobre todo, poder para decidir sobre la vida de de las personas a las que puede prostituir o echar a la calle por cualquier estupidez o a las que puede apoyar o traicionar cuando los «negocios» así lo exigen. Negocios que consisten, básicamente, en ganar a toda costa y permitirse todos los caprichos –personas incluidas- para disfrutar de la sensación de poder. Utiliza a las personas como a seres de usar y tirar y a las mujeres como simples objetos sexuales que compra y desecha. Un «hombre hecho a sí mismo» que, como todo autor, cree haber firmado una obra maestra incluso cuando el resultado, como es el caso, es una apestosa deformidad.

Machi está tan pagado de sí mismo confunde vivir y atropellar, como si el resto del mundo fuera a aplaudir y a admirar su poderío. Por eso se lleva un buen sofoco el día en que descubre que alguien le ha dejado cierto regalito en el maletero de su BMW de 200.000 dólares: el cadáver de un desconocido maniatado con las esposas rosas con las que Machi suele jugar con sus amantes. ¿Quién habrá sido el hijo de su madre capaz de hacer algo así, si él no tiene enemigos?

Machi demuestra su calaña cuando intenta desembarazarse del muerto como sea sin preguntarse si quiera quién pueda ser. El proceso de librarse del «regalito» corre parejo a las reflexiones y recuerdos de Machi, en los que trata de averiguar quién puede ser el responsable del desaguisado. Así, del inicial «no tengo enemigos» va pasando, poco a poco, a una lista que permite ir conociendo y despreciando al personaje, el cual, en cuanto piensa que ya ha solucionado «el problema» sin nombre que le han metido al maletero, se siente de nuevo tan satisfecho de sí mismo que comienza a olvidar a esos eventuales enemigos, toda esa gente a que no es consciente de ir pisoteando y de quienes no espera acción alguna porque él se siente muy, muy alto, tanto que a los lejos todos los demás parecen moscas, y como a moscas los trata.

Una novela breve, muy bien escrita, con numerosos giros y expresiones argentinas, un ritmo endiablado, considerables dosis de violencia y un mensaje a transmitir. Ah, y con un magnífico final.


lunes, 30 de abril de 2018

Ordesa - Manuel Vilas




                 Me estrené en el mundillo literario en la Feria del Libro de Huesca de 2011, tan solo un día o dos después de que saliera a la venta mi primera novela. Allí coincidí con Manuel Vilas, ya por entonces con un prestigio que luego ha seguido creciendo. No se acordará de mí porque, aparte de saludar, echar un vistazo a la portada de mi novela y a continuación echarme una silenciosa mirada para identificar en mí alguna rareza que explicara el título, se largó enseguida junto a Benjamín Prado. Hola y adiós. Mera cortesía. Yo me acuerdo perfectamente de él porque, con la voracidad del novato alimentada por la euforia de estar firmando más ejemplares de los que jamás he vuelto a firmar en una sola jornada, tragaba las sensaciones sin dejar ni una. Pocos días después volvimos a coincidir en la feria de Zaragoza, donde al pasar me echó un vistazo con cara de «este tipo me suena», mientras que yo, que seguía y sigo siendo un novato, sabía que aquel otro tipo que así me había mirado era Manuel Vilas.

                Estas coincidencias, unidas a lo fácil que me resulta reconocer muchas de las cosas que cuenta sobre Barbastro, Zaragoza y, por supuesto, Ordesa, han hecho que en los últimos años haya prestado bastante interés a sus andanzas y a sus libros. Ya he leído varios. El último, Ordesa, he deseado leerlo desde que supe de su publicación. Ya lo he hecho. Y cómo lo he disfrutado.

                Leedlo.

                Alegra encontrar en las listas de libros más vendidos una obra como Ordesa, la exposición de los sentimientos del narrador al hilo de la muerte de sus padres –en especial, de su padre-, que surgen de los recuerdos y a la vez los provocan; esos sentimientos se mezclan con las reflexiones buscando explicación a los propios actos y omisiones (que a menudo nos definen mejor que las acciones), al tiempo que vamos conociendo a Vilas y, de paso, algunas de sus andanzas vitales: aspiraciones, frustraciones, divorcio, relación con sus hijos... Avanzando sin avanzar porque la vida es un lío donde lo único que va hacia adelante –pero solo a través del tiempo- es nuestra permanente confusión, el deseo de entender algo. La vida es una acumulación de errores en cuyo repaso tratamos de encontrar la explicación a toda frustración y, cuando no lo conseguimos, continuamos remontándonos más allá, hasta los orígenes, hasta nuestros padres, como si en quienes nos dieron la vida pudiéramos encontrar la explicación de qué debemos y podemos hacer con ella. Todo contado en capítulos breves, con gran dominio de la prosa y con una visión poética de la existencia y la literatura. Ordesa tiene algo de canto, pero también de crítica a la renuncia a encontrar sentido a las cosas y, paradójicamente, también de lamento ante la imposibilidad de encontrárselo. Sin embargo, el tono tiene algo de humorístico por el modo en que el narrador se observa desde una distancia que le permite a la vez juzgarse y quererse; e incluso tiene algunos pasajes verdaderamente divertidos: es imposible leer en voz alta sin reírse –por la razón que tiene y lo que significa tenerla- el fragmento sobre el «tu» y el «tú».

            En Ordesa hay una prosa poética llena de imágenes y asociaciones, una historia doblemente humana por lo que trata y por el modo, entre poético y con un punto de humor, en el que se refugia escribiendo de ese destino tan complicado de entender; hay también un estilo singular en la expresión y en la estructura y, sobre todo, Ordesa rezuma libertad. Libertad para escribir lo que se ha querido y como se ha querido. Un gran libro que, pese a ser tan distinto de cuantos comparten con él las listas de los más vendidos, se lee con parecida facilidad aunque enriquece mucho más.

                Insisto: leedlo.