En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

martes, 16 de agosto de 2016

La herencia de Wilt - Tom Sharpe



Los lectores no olvidan los personajes memorables. Desde Wilt (1976) hasta La herencia de Wilt (2009, publicada cuando Sharpe cumplía los 81) pasaron 33 años en los que Wilt solo vio la luz en 1979 (Las tribulaciones de Wilt), 1984 (¡Ánimo Wilt!) y 2004 (Wilt no se aclara).

Sharpe murió en 2013, por lo que La herencia de Wilt cierra la saga. Lo hace sin abandonar ni un milímetro sus orígenes ni aportar nada nuevo, y sin la frescura de otras de las novelas de Sharpe, pero con solvencia. Se trata de una historia que crece poco a poco para culminar al final, a diferencia de otras en las que el lío morrocotudo aparece pronto y la gracia y la tensión se mantienen gracias a los equívocos que provocan que Wilt aparezca como culpable de todo.

En esta novela encontramos al Wilt de siempre, amargado en el trabajo y en su hogar, casado con la misma lunática y con las cuatrillizas creciditas y convertidas en psicópatas. Un fracasado carente de ilusiones y consciente de su fracaso vital. Sharpe se permite el lujo de ciertos anacronismos, como el uso del teléfono móvil, que nadie imaginaba 33 años atrás, años que no han pasado para Wilt, estancado en la indefinida edad del padre de unas adolescentes. A la familia Wilt unamos el típico aristócrata o pseudoaristócrata gruñón que desprecia a todos y a todos trata a patadas desde el pedestal de su superioridad económica, el sentido más o menos forzado del linaje, la existencia de personajes que se aprovechan de su dinero, repartamos entre ellos diversas filias sexuales y el estado de celo adecuado para dar juego, añadamos un chiflado que no llega a excéntrico y que se dedica a hacer impunemente locuras que le son consentidas porque aún no ha matado a nadie, y con todos esos ingredientes recurrentes en Sharpe la novela sale adelante con la excusa de que para pagar el colegio de las cuatrillizas la esposa de Wilt consigue a este un trabajo en verano: dar clases particulares a un zumbado que pretende entrar en la universidad, trabajo a desarrollar en la mansión en la que dicho ser vive junto a su madre –una más o menos promiscua lady de buen ver- y a su padrastro –el sir que odia a todo el mundo, especialmente a los más cercanos-; entre medio un tío de la lady, antiguo coronel -el viejo militar, otro tipo de personaje recurrente en Sharpe-, cojo y tan gruñón como el sir, amén del personal de cocina y algún otro que pasaba por allí. ¿La trama? El enredo preciso para que pase algo lo bastante gordo y liado, y los equívocos  y circunstancias que harán que Wilt, como siempre, pueda temer verse culpabilizado; aquí es donde se echa de menos la brillantez de Sharpe en otras novelas, porque en esta ocasión esto se consigue muy regularmente y, como he dicho antes, tan al final que no ha lugar a tensión alguna.

Trama liviana, enredo moderado, tensión creciente pero inexistente durante más de la mitad de la novela, y donde no alcanza el enredo tampoco lo hacen los personajes ni la amplia concesión al humor negro en que se sustenta el desenlace.

La discreta despedida de un grande del humor.





            Nota:

            Una anécdota personal. En 2011, cuando publiqué La terrible historia de los vibradores asesinos, aunque me decían que iba bien, sabía que no podía competir con las grandes editoriales, que tienen copada la distribución minorista. Mi novela tenía difícil llegar al público simplemente porque no estaba a la vista. Se había publicado solo en papel, no había pensado en hacerlo en ebook, y ni se me pasó por la cabeza verla en ningún ranking. Pero la vi. La primera vez fue cuando un amigo me dijo «¡Eh, que en FNAC estás por delante de Tom Sharpe!». Pensé que era un error, pero no. Ahí estaba, delante de Sharpe, delante de La herencia de Wilt. No di crédito, pero ahí estaba, y para mí es la imagen de un momento que muchos sueñan y casi nadie alcanza ni siquiera fugazmente, momento que tuvo luego continuidad en FNAC durante unos meses más y durante diez en la Librería Central (en este caso, entre los cinco más vendidos de todos los géneros), y ahora, ya en ebook, en estos últimos diez meses en los que en Amazon ha sido número 1 de humor en cinco países y top 5 en otros dos. Todo esto que vino luego lo asocio en el recuerdo a ese momento ya lejano, a ese «¡Estás por delante de Sharpe!» Sin embargo no sé donde metí la «foto», pero valga esta otra de aquellos días, donde Ajonio Trepileto estuvo segundo en FNAC-Humor en España, en papel, por delante incluso de Wilt, cuya herencia quedó detrás, pero cuya imagen siempre me trae estos recuerdos.



lunes, 15 de agosto de 2016

Reflexiones sobre literatura y humor



—Su sentido del humor, ¿hasta qué punto es debido a esa adolescencia tan torturada que tuvo, a la necesidad de superarla?
—No sabría qué decirle, porque yo no entiendo el humor. Sé lo que hace reír, pero nunca he entendido por qué se produce la risa, lo que hay detrás de la risa. Hay muchos misterios en la vida. Se puede saber si uno tiene humor antes de que abra la boca; lo mismo que la inteligencia, que se nota con mirar a los ojos a una persona. Odio los chistes, a la gente que se empeña en contarme chistes. No me hacen ninguna gracia ni creo que tengan nada que ver con el humor.
Tom Sharpe. Entrevista en El País, 1991.


domingo, 7 de agosto de 2016

Lecturas de verano



            Trato de dar a conocer mis novelas, pero confieso cierto pudor a la hora de, en verano, animar a nuevos lectores a que, aprovechando sus vacaciones, se atrevan a dar el paso de conocer a Ajonio Trepileto. ¿Motivo? La coquetería: la expresión «lectura de verano» se asocia desde hace años a libros banales que entretienen sin requerir esfuerzos de concentración, que ocupan el tiempo pero no la mente, libros insustanciales, que no inspiran una sola reflexión ni permiten hacerla aunque el lector lo intente, libros casi siempre deudores de pautas de escritura vinculadas a lo mercantil. Casi todos los lectores han apreciado el trabajo que hay detrás de mis novelas, y el respeto a él es la razón de ese pudor, de ese miedo a ser equiparado a esas otras. Suela pretencioso, pero no afirmo ser mejor que nadie; lo que aseguro es que no he escrito ni una sola línea pensando en vender, y sí todas intentando hacerlo lo mejor que sé, con historias divertidas, que para eso he escrito humor, e intentado que el lenguaje, el ingrediente básico de todos los platos literarios, dé todo su sabor al argumento; intentando, también, que la crítica llegue al lector sin que lo advierta cada vez que despliegue los labios para sonreír..

Y de ahí la rabia que me produce esa puñetera expresión, «lectura de verano». Es cierto que hay infinitos libros tan entretenidos como vacuos, pero las vacaciones, precisamente porque tenemos más tiempo y podemos olvidar los problemas del día a día, no es la época para anestesiar la cabeza con ellos, sino el momento más propicio para las aventuras literarias. Tenemos más tiempo y la mente fresca. Hagámosla disfrutar. En verano leí Madame Bovary, Humillados y ofendidos, Crimen y castigo, La conjura de los necios, Sexus, Nexus y Plexus,  El amante de Lady Chatterley, Bartleby, El amor en los tiempos del cólera, Cien años de soledad, Justina, Niebla, Demonios, Amor y pedagogía, Por el camino de Swann, Alicia en el País de las Maravillas, Conversaciones en la Catedral, La Regenta, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Seis personajes en busca de autor, Ensayo sobre la ceguera, Suite francesa, Paraíso inhabitado, Don Juan, El Jarama, Las uvas de la ira, Amor se escribe sin hache, La leyenda del santo bebedor, La guerra del fin del mundo

          Y muchísimas más. Podría citarlas todas porque desde los veinte años apunto los libros que leo y en qué fechas y lugares lo hago, pero como ejemplo ya basta.

          El caso es que estamos en verano. Si tenéis unos días de tranquilidad, cuatro, cinco, diez, leed algo que merezca la pena. Hay libros maravillosos para todos los gustos y estados de ánimo, y además suelen ser los más baratos. Pero no todas las cabezas están todo el año para ellos. Ahora, sí. Aprovechad. Conoced a los más grandes.

          Ajonio no está entre ellos, pero sabrá esperar.

             

lunes, 1 de agosto de 2016

La última esperanza



            En el hermoso final de La vida es bella, la película de Roberto Benigni, cuando el protagonista pierde toda esperanza sobre sí mismo pero la aguanta en el futuro de su hijo, recurre al humor para que el niño también la mantenga. Si «es lo último que se pierde», la esperanza, antes de extinguirse y de arrastrarnos con ella, se viste de sonrisa para mirar a un futuro quizá mínimo. O quizá es que nuestra última esperanza es, siempre, llegar a sonreír por última vez.


miércoles, 27 de julio de 2016

La Perla - John Steinbeck




            Hace ya bastantes años, en Barcelona, en verano, paseando por el Paralelo cerca del anochecer, vi junto a unos contenedores de basura un montón de cartones y, sobre ellos, veinte o treinta libritos nuevos que en algún momento se habían puesto a la venta de oferta junto con El Periódico. Con toda probabilidad habían sido abandonados por el propietario del quiosco de prensa situado al lado. La forma en que estaban desparramados atestiguaba que no se encontraban allí por error. Estaban a merced de cualquiera, sin embargo todo el mundo pasaba de largo como si fueran la misma basura que apestaba en el contenedor, y esa es otra de las cosas que me sorprendió e hizo dudar de si lo que estaba viendo era como parecía.

            Debí haber examinado con detenimiento todos los libros y haber cogido los que me gustaran y los que hubiera podido regalar a quien los hubiera sabido apreciar, pero lo impidió un asomo de pudor: se me hacía extraño revolver en la basura -lo cual era un decir porque estaban tan a mano que no había que revolver nada-  y, también, me sentía casi un ladrón, por verme beneficiado de una suerte que yo no necesitaba para leer y que a otro le podía venir mejor que a mí. Tras un rápido examen visual hice las cosas a medias –o sea, mal- y me llevé los dos ejemplares más a mano. Un libro de Heinrich Böll y La Perla, de John Steinbeck. Dos premios Nobel por los suelos. No recuerdo quién más los acompañaba.

            Leí primero La Perla. Si la historia hace sentir pena, rabia e impotencia,  recordarla convertida en basura en una avenida decadente de una ciudad que entonces lo tenía todo, recordarla abandonada ante la indiferencia de los transeúntes como una metáfora de la suerte de sus protagonistas, me hace sentir aún peor.

            Las noticias dan muchas ocasiones para recordar esta magnífica obra, y también he recordado con frecuencia la anécdota que acabo de contar. Por eso he vuelto a leer ahora La Perla, para hacer esta reseña casi como un pequeño acto de reparación hacia todos los Kinos y Juanas, hacia todas esas personas que, sufriendo el máximo desprecio, ni siquiera la historia de su dignidad pisoteada interesa a nadie.

            Kino y Juana, nos dice la novela, eran un matrimonio que apenas tenían una choza, un cuchillo, la ropa que vestían y unos pocos útiles más: su joya, la canoa, hecha por el abuelo de Kino; con ella se hacían al mar en busca de ostras y perlas; siempre escasas, pequeñas y deformes. Las malvendían en el mercado local donde ya se producía la primera humillación para todos los pescadores indígenas: la ignorancia y la falta de medios les hacía soportar la manipulación. ¿En qué consistía? En la falta de competencia entre compradores, porque todos se fingían independientes pero seguían el dictado de una sola persona que abusaba de su posición de dominio impidiendo que los pescadores salieran de la miseria y garantizándose así, además de un beneficio enorme, una mano de obra esclavizada.

          La historia comienza cuando un escorpión pica a Coyotito, el bebé de los protagonistas. Juana reacciona con rapidez y trata de succionar el veneno, pero nadie puede asegurar si lo ha conseguido, si el niño sobrevivirá. Y allá se van los dos, con su hijo en brazos, a la ciudad, a casa del médico.

        Pero el médico, ocupado en echar de menos su juventud y la vida en la gran urbe europea, ni siquiera se molesta en hacerse visible. ¿Para qué, si esos desarrapados no tiene dinero con qué pagarle? Es la primera ocasión en que Steinbeck hace presente lo que luego veremos a cada momento: la humillación de hacerle ver a una persona que ni su vida ni sus sentimientos valen nada. Ni el esfuerzo de salir de la cama. Hay quien puede dejarte morir, como a Coyotito, o desesperar, como a sus padres, solo por no dedicarte cinco minutos que va a dedicar a la holganza o a la diversión.

            En el prólogo Steinbeck advierte que el libro tiene muchas interpretaciones. La que he hecho hasta ahora es la más evidente. Pero pensad que todo esto ocurre a menudo de forma más sibilina y entre iguales; solo que entonces ya no es la riqueza lo que marca la diferencia, sino la necesidad de colaboración, de afecto, de atención, de mil cosas que solo tienen una en común: el abuso de quien está en posesión de la fuerza sobre quien padece necesidad.

            Humillados, Kino y Juana hacen lo único que pueden hacer: irse a pescar con Coyotito en la canoa mientras esperan si muere o no. Justo entonces ocurre lo que ellos y sus vecinos, y los padres y abuelos de todos ellos, han soñado durante esas décadas de explotación y miseria: Kino se sumerge y encuentra una perla enorme y perfecta. «La perla del Mundo» la llaman a veces. Kino, que se embarcó pobre en la canoa, desembarca rico, sabiendo que su vida ha cambiado, que podrá curar a su hijo, que podrá darle educación para que aprenda a leer y nadie le pueda engañar. Y además, para colmo de dicha, la inflamación ha bajado: Coyotito se está recuperando. Juana succionó y escupió el veneno. Van a ser ricos. Tendrá una casa y su hijo sabrá leer.

            En ese punto se abre la parte más dura de la novela, crueldad que evoluciona con la degradación a que se ve sometida la pareja. Crueldad por los hechos, pero sobre todo por su significado.

           Al anochecer, enterado del hallazgo, el médico aparece e intenta burlar a Kino poniendo en riesgo al vida de Coyotito para atribuirse (y cobrar) la posterior sanación. Luego, ya de noche, unos desconocidos intentan robar la Perla sin dudar en matar a Kino y a Juana si es preciso. Más tarde los mercaderes intentan estafar al matrimonio y, cuando no encuentra otra opción que abandonarlo todo e irse a vender la Perla a otro lugar, son perseguidos como alimañas y se ven obligados a practicar la violencia para defenderse. Incluso Kino se ve forzado a matar. La Perla, para entonces, es ya una maldición: ha trastornado su vida, les ha quitado hasta la posibilidad de dormir porque alguien los puede matar mientras lo hacen. Les ha quitado incluso la tranquilidad de conciencia. El final es conocido: en la huida muere Coyotito de la peor forma posible. Kino y Juana regresan a la aldea con el cadáver, y lanzan la Perla al mar.

            Pensad en lo que simboliza ese gesto.

       Son muchas las reflexiones que inspira esta historia: la primera, que quien te ha despojado de tu dignidad por ser pobre o por cualquier otro motivo, ya no te la reconoce jamás. Es la ausencia de ese reconocimiento la que provoca que los «ricos» se sientan legitimados para robar, estafar e incluso matar. El desprecio es la consecuencia de no reconocer la dignidad. Ese desprecio ancestral todavía se huele a diario en la prensa de cualquier país, un desprecio que consentimos y practicamos con nuestra insensibilidad e indiferencia hacia las desgracias de quienes consideramos condenados a sufrirlas como si fueran ajenas a nosotros. La Perla no es una historia de «ricos y pobres», sino de dignidad e indignidad, como tantas obras de Steinbeck. No es el dinero. No es la riqueza. Es la forma en que la fuerza se impone a la necesidad. Es, en resumen, la lucha por la dignidad. Es, también, la confusión entre dignidad y cualquier forma de poder, sea económico, político, intelectual, emocional, afectivo... No es la denuncia del «ande yo caliente ríase la gente», sino del «como yo ando caliente, me río de la gente».

            Robarle a una persona su dignidad es negarle su esencia, es negar aquello que la individualiza. No creo que ningún sentimiento genere tanta impotencia, rabia y humillación como verte tratado sin dignidad. Luchar por recobrarla suele ser empeño vano: quien se puede permitir el lujo de prescindir de nosotros hasta el extremo de hundirnos sin que le importe, ni siquiera se va a molestar en acudir al combate. Y si quien se siente despojado de su dignidad necesita de esa persona, como ocurre tantas veces entre ricos y pobres, entonces el sentimiento de humillación no hace sino aumentar. Nada lo acrecienta tanto como la indiferencia ante su evidencia. Hay quienes, como Kino en un primer momento, luchan por su dignidad convirtiéndose sin darse cuenta en lo mismo que aquellos a quienes detesta; y hay quienes, como Kino al final, renuncian a luchar para buscar la dignidad en un sentimiento de humillación que existe precisamente porque Kino todavía se considera digno a sí mismo.

          Escrito de forma concisa, directa, con capítulos breves. Me ha gustado especialmente la forma en que Steinbeck muestra los estados de ánimo de Kino no dejando ver sentimientos o pensamientos, sino hablando de que en la cabeza de Kino suena «la canción de la familia» o la «canción del mal» o «la canción del bien»; es la forma más sensible de decir que Kino no tiene cultura suficiente ni por tanto capacidad de racionalizar sus sentimientos, pero que los tiene todos.

            El lunes, comentando las últimas lecturas, cuando dije que acaba de leer La Perla, un amigo me dijo: «Fantástico libro. En él está recogido todo lo que es el ser humano».

            Leed La Perla. A su fin en vuestra cabeza sonará «la canción de la dignidad».


John Steinbeck (1902-1968)




jueves, 21 de julio de 2016

Bares y libros (y 2)


Pulsa para ampliar



Tengo una amiga en Zaragoza que con frecuencia saca a colación algo que una vez le dije, una evidencia en la que nunca había reparado, pero que le pareció atinada y útil: para saber qué es importante y qué no para una persona no hay que hacer caso a lo que dice, asegura o jura, es mejor comprobar a qué dedica su tiempoPorque cuando algo te importa, encuentras ocasión para cuidarlo: madrugas, sacrificas tu descanso o tu ocio o aplazas otras cosas. Y si alguien no encuentra cinco minutos en un año para aprender chino o telefonearte, tienes una mala noticia: diga lo que diga, le importas lo mismo que no entender una palabra de chino.

Como dedicar tiempo las más de las veces se hace hablando, saber de qué hablamos cuando podemos elegir el tema es indicativo de nuestro orden de prioridades.

No podemos elegir tema de conversación en el trabajo, y en casa solo cuando los quehaceres, resolución de problemas y planificaciones han quedado atrás; pero en un hogar apenas hay interlocutores para elegir, aunque los que hay sean las personas más cercanas. El lugar por excelencia donde uno elige de qué habla son los bares y restaurantes.

Y hete aquí que el otro día, al hilo de la noticia de que dos de cada tres personas no leen un libro al año pero al menos una vez a la semana van al bar, el Pobrecito Hablador se preguntaba: «¿Tienen realmente cosas que decirse quienes acudan hoy a los bares? ¿Sigue siendo el espacio público el lugar donde se gesta el discurso de una sociedad?»

            El barómetro del CIS incluía una respuesta a sus preguntas. La podéis ver en la foto (ojo, porque se podían apuntar hasta tres contestaciones por encuestado).

            En los bares, CIS dixit, el principal tema de conversación es uno mismo. Nos miramos el ombligo desde todos los ángulos. Es inevitable. En el concepto «ombligo» incluyo los temas trabajo –el más frecuente según la encuesta- pareja y familia y problemas personales.

            ¿Y de qué hablamos cuando miramos más allá de nuestras propias narices? De política (segundo tema en importancia) y de fútbol.

            En tercer lugar, nuestro vistazo al mundo se produce a través del arte del cotilleo (hablar de otras personas), que ocupa el séptimo puesto en el total, a pesar de lo cual más que duplica el número de quienes hablan de cultura, concepto que para incluir todas las manifestaciones culturales imaginables presenta unos guarismos tan esmirriados que más vale no darles una palmada de ánimo, no sea que se derrumben.

            Dicho de otra manera: la aportación de nuestro intelecto al mundo es hablar de política, de fútbol y chismorrear. En la cultura apenas reparamos.

Un ejemplo para reír o llorar, a elección del personal: aunque todos los que hablan de cultura en los bares fueran también futboleros (ingenua hipótesis, ¿verdad?) como mínimo el 70% de quienes hablan de fútbol jamás dicen una palabra de cultura. No lo digo yo. Lo dice el CIS. (*)

            Quizá parezca esperanzador que el segundo tema en importancia sea la política. Solo quizá. Porque, aparte de que la encuesta se refiere a un momento particularmente complejo y extraño en el devenir político, ¿qué es la política aislada de los temas a los que debe ser aplicada? ¿Qué significa política en la encuesta? El debate sobre quién y cómo, seguro, ¿pero también sobre para qué? Encomendémonos al residual «otras cosas», deseando que incluya temas más prometedores.

            Se preguntaba el Pobrecito Hablador si los bares siguen siendo el lugar donde se gesta el discurso de una sociedad. No sé, no sé...







(*) Caigo en la tentación de contar esta anécdota: a principios de mes apareció en Twitter el hashtag #RecomiendoEsteLibro dentro de las tendencias en España. Durante un buen rato lo miré emocionado, actualizando a cada instante lo que de él se decía. Una catarata de recomendaciones. Docenas por minuto. Miles de personas que habían disfrutado con la lectura lo estaban utilizando para compartir sus buenos momentos. Se había colocado a la cabeza de los hashtags y tal era su ritmo de uso que parecía que iba a ser eterno. No declinaba. Imaginad cómo podía sentirse un escritorzuelo acostumbrado a ser presentando ante el mundo como un bicho raro viendo a tanta gente comentar y recomendar libros con entusiasmo. Tal era la intensidad del movimiento que me pregunté qué tendría que ocurrir para que otro hashtag acabara desplazando aquel; me parecía imposible y, además, ingenuo de mí, pensé que aunque un tema importante se abriera paso aquel aún duraría unas cuantas horas. Pero no. Fue barrido de un plumazo, desplazado desde la primera posición a la enésima, exterminado, por los nombres de una banda de jugadores de fútbol extranjeros. Había comenzado un partido de la Eurocopa, y las diez cosas más comentadas en Twitter en España pasaron a ser los nombres de diez jugadores de fútbol. #RecomiendoEsteLibro pasó de tener docenas de millares de usos a poderse contar con los dedos de una mano las veces que se había usado en una hora. 

lunes, 18 de julio de 2016

El cuento de la isla desconocida - José Saramago




     Brevísimo relato sobre un hombre que acude al Rey para solicitar un barco con el cual partir en busca de una isla desconocida. El hombre se topa con multitud de trabas burocráticas y con la arbitrariedad final del monarca, obstáculos que representan la opresión del poder sobre la libertad individual, aquello que nos condiciona desde fuera sin intervención de nuestra voluntad. Luego, acompañado por la mujer de la limpieza de palacio (esta sí, elegida voluntariamente), pretende hacerse a la mar en busca de esa isla desconocida que nadie sabe dónde está porque para eso es desconocida; isla desconocida que viene a representar lo que somos: isla porque vivimos aislados en nuestra propia individualidad, y desconocida porque no somos capaces de comprender nuestra propia vida; somos, para nosotros mismos, un interrogante cuya respuesta solo podemos encontrar en el único lugar donde podemos echar raíces: en nosotros mismos, en esa isla desconocida.

     Un relato corto, muy corto, pero que invita a una reflexión profunda sobre los temas que he apuntado.

     Y no me extiendo más, o será más larga la reseña que el relato. 


José Saramago (1922-2010)

sábado, 16 de julio de 2016

Bares y libros



Pulsa para ampliar
Dos de cada tres personas no leen un libro al año pero al menos una vez a la semana peregrinan al bar, dice el CIS, según podéis ver en mil lugares aunque escribo esto tras leer un artículo del, ejem, Pobrecito hablador. Viendo los titulares que aluden al «barómetro» de junio, estar en un bar se debe de considerar insustancial, y lo mismo se diría a juzgar por cómo el precio de una copa sirve de unidad de medida relativizadora: a cuántas personas, por ejemplo, un libro en edición de bolsillo deja de parecerles caro en cuanto se les aclara que es más barato que un gin-tonic y que su «ingesta» dura más.
Pulsa para ampliar
            Alrededor de una vez al mes me veo en un bar con media docena de amigos, gente de mal vivir y de profesiones dispares, que nos hemos conocido -o así podría pensarse- por lo que de común tienen casi todas ellas con la realidad negra más que con la novela negra. Nos reunimos para hablar de libros; e incluso nuestra alma mater a veces se presenta con una docena de novelas que deja aparte hasta que la escasez de vino o cerveza da a los vasos aspecto decadente; se inicia entonces un «reparto» de libros que se confunde con el intercambio del que devuelve uno ya leído y se lleva otro. Una vez al mes, digo. Dos o tres horas. Y llevamos fama de excéntricos entre la sensata tropa que semanalmente se cita en lugares parecidos para ver partidos de fútbol.
            También en otro bar tengo ocasión de hablar con relativa frecuencia de libros y hace poco hasta me regalaron uno, al cual correspondí con uno cortito, barato y excelente: La banda de los Sacco, de Camilleri.
            Lo importante no es dónde se está, sino qué se hace allí. El vínculo entre bares y literatura que se ha querido ver en el trabajo del CIS solo indica de qué se habla o no ante una cerveza, pero no implica una relación inversa: apuesto a que el archipresente mundo del fútbol, a diferencia del literario, no se siente muy afectado por tanta afluencia a los bares.
            Como lector y escritor (esto último suele granjearme fama de pintoresco quizá porque hay quien, al presentarme, aclara «escribe libros» con el tono con que advertiría «colecciona caracoles»), me gustaría que la literatura tuviera más presencia en más ámbitos. Pero no soy optimista. No es solo cuestión de un carajal educativo sin horizonte definido, sino de la sobreinformación sobre millares de temas absurdos, de la mercantilización y banalización de la literatura, que tanto daño se está haciendo a sí misma y, sobre todo, de que cuando unos padres quieren divertirse se van al bar y al volver no cuentan de qué han estado hablando, sino solo que han estado en el bar.
           Decía no hace mucho que para que un niño llegue a lector debe ver a sus padres reír, llorar, emocionarse y apasionarse con un libro. Los debe ver buscar tiempo para acabar una buena novela. Si de ellos solo sabe y ve que van al bar, eso es lo que los futuros no lectores «harán»: ir al bar. Una vez en ellos de algo hablarán, pero no de libros; es decir no hablarán de las emociones, pasiones, comportamientos y reflexiones que contienen. Para hacerlo, hay que salir de casa leído.

Por la comparación del principio, aquí tenéis la última «ronda» que he pagado. Cada uno cuesta menos que una copa, pero el puntillo puede durar toda la vida.

jueves, 14 de julio de 2016

Sobre el derecho moral del autor



En los medios de comunicación la expresión «derechos de propiedad intelectual» se utiliza como equivalente a «derecho de cobro». Que el beneficio derivado del trabajo llegue a quien lo realizó es básico para el progreso cultural y científico, además de justo.

Pero la propiedad intelectual es un conjunto de derechos entre los que, además de los económicos, figuran otros como el derecho moral que corresponde a quien ha creado o participado en alguna creación; es la suma del derecho a la «paternidad» y a la «integridad». O, dicho de otra manera, la esencia del derecho moral del autor es el respeto al vínculo emocional que une al autor con el resultado de su trabajo. Vínculo atacado cuando no es reconocido o cuando otra persona modifica la obra, sea poniendo patas arriba una novela de dos mil páginas, un verso, un pequeño detalle en un cuadro, un título, una imagen... El derecho moral recae sobre aquello que -fruto de esa amalgama de inteligencia, experiencia y sensibilidad que llamamos intelecto- alguien ha alumbrado da igual si a cambio de un precio o no. Por ser un vínculo afectivo, en todas las legislaciones es un derecho irrenunciable e inalienable. La magnitud del daño que se hace al vulnerarlo depende de la intensidad del vínculo emocional del autor con su obra.

Por eso unas veces un plagio es un drama y otras solo un «hurto» indemnizable. Por eso, también, asuntos más sutiles pueden producir un daño irreparable. Una coma, cuatro palabras o un trazo pueden transformar lo sublime en ridículo o lo emotivo en comedia a ojos de quien lo ideó y, más frecuentemente, de todo el mundo. El daño suele ser intenso y casi siempre imposible de olvidar. Conozco casos. A veces hay voluntad de transgredir, como en el plagio; otras, prepotencia o simple desprecio al trabajo y a los sentimientos ajenos.

El titular del derecho moral acepta el riesgo de sufrir cambios en su obra cuando, por ejemplo, permite una adaptación, una traducción o actúa como colaborador entregando lo que, de ser aceptado, pasa a integrarse en una obra ajena; pero quien utiliza su trabajo se deslegitima si todo lo maneja como salido de sus entendederas sin dar explicaciones a quien ya no tiene otro remedio que esperar en silencio a ver si su creación vive según deseó o se desvirtúa. La misma deslegitimación se produce cuando se niega al autor el reconocimiento que merece, poco o mucho, o la posibilidad de conocer la suerte de lo que hizo. Pero en casi todas estas ocasiones el derecho moral sirve de poco: no hay manera de hacerlo valer; simplemente, la otra persona no ha estado a la altura.

He pensado en esto tras releer una entrevista a Marsé publicada hace unos meses. Los autores son las víctimas más débiles del constante asalto a los derechos propiedad intelectual de contenido económico, el célebre «pirateo», pero son los únicos que pisotean los derechos morales de otros autores, porque solo alguien que se presenta como autor puede modificar lo hecho por otro o hasta apropiárselo.

Mi objetivo al escribir está lejos de vender (aunque procuro hacerlo, lógicamente) u obtener notoriedad; por eso he llegado a sacrificar mi «tiempo escritor» en trabajos que en nada me beneficiaban en tales aspectos; por eso, también, puedo escribir una novela sabiendo de antemano que no se la voy a dar a leer a nadie; y por cosas como estas el derecho moral, el vínculo emocional con lo que hago, es para mí el más importante de cuantos conforman la propiedad intelectual. Pero creo que soy un rara avis.




lunes, 11 de julio de 2016

El procurador de Judea - Anatole France



       Tras pasar casi toda la vida desterrado como consecuencia de un comportamiento indecoroso, Ælio Lamia, ya en la senectud, se encuentra en la costa de Campania atraído por sus bondades terapéuticas. Mientras da un paseo coincide con alguien todavía más viejo: Poncio Pilatos, a quien conoció en Judea cuanto éste era procurador.

        Recuerdan viejos tiempos, que nunca fueron mejores porque Pilatos mira al pasado con decepción, incluso con amargura, tras dejar atrás una vida cuya huella no es la que él hubiera deseado ni cree merecer: las zancadillas de su superior ante Roma, la incomprensión e intereses ocultos de los judíos paralizando actuaciones suyas, como la construcción de un acueducto... Los problemas de un procurador que, afirma, intentó actuar con honradez y justicia. Precisamente ese propósito hacen de este relato un canto al escepticismo: podemos creer y creernos lo que queramos y aspirar a cualquier cosa, que ya se encargará la vida de pasarnos por encima; nunca llegamos a conocer ni a entender la verdadera realidad; solo, con los años, comprendemos que lo que siempre tomamos por realidad irrebatible era solo una percepción, la nuestra, diferente e incluso opuesta a la de los demás, a su vez tan engañados como nosotros mismos.

        Por eso la versión de Pilatos no coincide, se deja caer, con la de otros. Es entonces cuando Ælio, en un intento por alegrar la conversación, recuerda a una mujer hermosa que bailaba con voluptuosidad. Al preguntarse qué habrá sido de ella, recuerda que la mujer se enroló entre los seguidores de un tal Jesús en Nazareo. Cuando le pregunta a Pilatos si recuerda algo del tema, éste, que hasta ese momento había estado absorto en recapitular la lista de agravios que consideraba haber sufrido, se muestra sorprendido: no recuerda nada del asunto, no sabe de qué le está hablando su amigo.

          Prólogo de Ignacio Martínez de Pisón para un texto rescatado años atrás nada menos que por Leonardo Sciascia, autor del posfacio. Un brevísimo y magnífico relato que se lee en poco tiempo pero que invita a una profunda y larga reflexión. Cómo el egocentrismo unas veces y otras la rutina de lo que creemos ser nos hacen vivir engañándonos, hasta que la vida pasa y todas las aspiraciones y hechos se han diluido en la nada, momento en el cual comprendemos que no hemos sabido nada de ella, que nunca lo sabremos, y que moriremos con la tristeza o la angustia de no haber entendido nada.  


         Segunda vez que he leído este relato (la primera fue a comienzos del 2011) cuya primera edición, en 1891, fue de 430 ejemplares.

Anatole France (1844-1924)

lunes, 4 de julio de 2016

El secreto de la modelo extraviada - Eduardo Mendoza



1978, 1982, 2001, 2012 y 2015 son los años de publicación de las novelas del «detective loco». Una distribución que indica que Eduardo Mendoza escribe lo que le apetece cuando le apetece, aunque creo que con el segundo (El laberinto de las aceitunas) trató de aprovechar el éxito del primero (El misterio de la cripta embrujada), el cual es el mejor de la saga tras La aventura del tocador de señoras; y creo también que El enredo de la bolsa y la vida es un libro no sé si de trámite, pero sí algo triste por cómo el paso del tiempo para Barcelona y los personajes ha acabado con el mundo que tantos lectores disfrutamos en las otras tres novelas, y quizá de ahí que El secreto de la modelo extraviada cambie de enfoque y tenga una personalidad diferente a las otras cuatro.

Cambia sin renunciar que el tiempo haya pasado para todos, porque basta el mordisco de un perro para que el protagonista rememore, durante más de la mitad del libro, una «aventura» de treinta años atrás, lo que lo devuelve a la frescura de la juventud y a la Barcelona preolímpica. Cambia también porque cuando se vuelve al tiempo actual se abandona el aire de fracaso y decrepitud que hacía del Enredo de la bolsa y la vida una novela algo triste; en cambio en El secreto de la modelo extraviada la secuencia pasado-presente logra un contraste temporal mucho más ágil y divertido que en El enredo de la bolsa y la vida, la cual se publicó once años después de su antecesora y la evolución daba más para compadecerse de los personajes que para sorprenderse. Cambia el humor respecto a las mejores novelas de la saga, porque es menos delirante, más centrado en el gag, con numerosas concesiones al absurdo que no pretenden caracterizar personajes concretos, sino que son un fin en sí mismas, aunque Mendoza no abandona algunos recursos habituales como la reiteración de coletillas (el «cocina riojana» o «yo no soy gay») y ciertas notas que lindan con la escatología porque el protagonista lo requiere (como todas las que aluden al papeo que debe repartir y no acaba nunca de entregar). Cambia porque así como en La aventura del tocador de señoras la mezcla de intriga y humor es magistral, en El secreto de la modelo extraviada la intriga gana peso (que no complejidad) y el humor más bien la rodea. Una novela superior a su inmediata antecesora, pero se diría que Mendoza no ha intentado sorprender con nada nuevo, sino ofrecer lo que sus lectores esperan, con talento y buen hacer, pero sin intentar superarse. Da la impresión de que ha trabajado más la trama, la organización de las cosas para que todo discurra sin prisa pero sin pausa (es ejemplar el modo en que las cosas se suceden), que los detalles humorísticos. El resultado es una novela que se lee rápido y bien, en la que se desea avanzar sin llegar a percibir los burdos trucos de «modo de trabajo best seller».

Se lee fácil, digo, pese a lo redicho no solo del protagonista, sino de casi todos los personajes. El lenguaje elaborado y algo arcaico, que forma parte del humor tanto como la historia, pasa de ser un elemento caracterizador del protagonista-narrador a filtrarse de tal modo en todos los intervinientes que la novela gana en originalidad, pero el protagonista resalta menos al perder contraste con el resto del «reparto». La intriga atrapa, aunque lo que más lo hace es el cariño que se siente hacia el protagonista. Mendoza escribe de maravilla, pero aunque lo hiciera mal uno lee para estar con el personaje más que para saber qué le ocurre. Qué merito haber logrado algo así.

Leed todas las novelas de la serie. Comparadas con algunas cosas que dicen que son humor, estamos hablando de libros maravillosos. 





jueves, 23 de junio de 2016

La Vía Láctea - Louise Dupré



Conocí esta novela gracias a su traductora, Marina Lomar, y como además de saberla entusiasmada con su trabajo sabía que no iba a dedicar su tiempo a una mala obra, la compré y leí sin dudar.

La Vía Láctea es «pensamiento» porque en sus páginas, como si nos metiéramos en cerebro ajeno, leemos las reflexiones de la protagonista, una arquitecta canadiense de mediana edad. Pero aunque todo pensamiento tiene algo caótico y a veces contradictorio por cómo la mezcla de deseos y temores zarandea las ideas y dificulta la racionalidad, está escrito con maestría y el aparente desorden no impide al lector seguir sin dificultad la historia, simple en su planteamiento y compleja en su resultado, a lo cual ayuda lo reducido de los capítulos, de dos o tres páginas cada uno, como fogonazos de ideas y sensaciones y, también, el modo en que ese pensamiento se apoya en imágenes dibujadas con un vocabulario rico y conciso. Literatura de calidad.

Anne Martin, la protagonista, ha conocido un hombre italiano en Túnez, Alessandro, durante un evento profesional. Entre ellos hay diferencias de edad y pasado, pero algo,  quizá  ver una pequeña arruga en la comisura en los labios al sonreír, como se dice al final, los atrae; y es a distancia como comienzan una relación que los llevará a reunirse en Montreal durante unas navidades, a separarse de nuevo cuando él debe regresar a Italia, y a planificar un reencuentro, ya duradero, en Roma. ¿Casualidad que el final feliz o no se vincule a la «ciudad eterna», como si se quisiera decir que todo, lo bueno y lo malo que llevamos dentro, está destinado a perdurar, a ser tan «eterno» como nosotros? ¿Casualidad que la acción transcurra en un Canadá frío y gris que ayuda a percibir la soledad a que enseguida me referiré, y el «sueño» se encuentre en un territorio cálido y luminoso, que unas veces es la Roma donde vive Alessandro y otras Cartago, donde hace excavaciones?

Louise Dupré
La historia, contada en tono intimista porque el pensamiento es íntimo, parece de amor, pero lo es de soledad. De ahí el tono como de constante pérdida, de tristeza por lo que se fue o no ha llegado o, peor aún, no se ha llegado a entender, o por no saber lo que se desea o cómo alcanzarlo. Tono de pérdida, digo, porque está contado en ese momento en que la vida parece haber perdido el sentido que la juventud da por descontado, esa edad tan propicia para las huídas hacia delante que suelen acabar, diez o veinte años después, en el sitio de partida, con casi toda la vida ya por detrás y eludiendo la sensación de derrota.

Historia de soledad y no de amor, porque soledad es que una mujer se tope con un hombre que vive en otro continente y se moleste en conocerlo a distancia, en buscarlo al otro lado de un ordenador y, sobre todo, en su propio pensamiento. Historia de soledad porque la esperanza de estar con él se parece demasiado al consuelo por una existencia en la que Anne no encaja. Porque su día a día  está cuajado de soledad para ella inexplicable y, por tanto, inatacable: la sonrisa de la mujer que vio suicidarse lanzándose al vacío (¿estaba loca o era la más cuerda de todos?), la sobrina de esta mujer, a la vez independiente para buscar consuelo en su creatividad y dependiente de Anne, en quien busca compañía; soledad en el recuerdo de la separación de sus padres debido a que la doble vida de él borró el suelo firme de la familia y el amor, la forma en que Anne no lo ha perdonado ni acaba de entender que su madre no se rebele, y más cuando se ha hecho cargo de la cuñada aquejada de una demencia sobrevenida, inexplicable  y aterradora, cuyo recuerdo sitúa a Anne ante la pregunta sin respuesta del sentido de la vida; soledad, también, en las relaciones laborales cordiales pero que no pueden pasar de ahí y en lo emocional son solo una sucesión de parches... Soledad en todas partes, porque está en los ojos de Anne.

                Por eso Anne no se ha  enamorado de Alessandro, creo yo, ni tampoco del amor. Se ha enamorado de la seguridad, de la certeza del no estar sola en un mundo que le da miedo, que le produce la impresión de que la va a superar si no tiene a nadie en quien apoyarse; se ha enamorado no de un hombre, sino de sentirse acompañada para no tener que mirar de frente a una vida cuyo sentido no entiende. Se ha enamorado de dejar que alguien la abrace ya que no la abraza la vida. Y, sin embargo, a quien admira es a su madre, que ha sabido asumir la soledad y encontrarse a sí misma en ella. La admira, digo, aunque a veces se siente exasperada por no entender cómo su madre no siente las mismas necesidades e impulsos. Anne actúa así quizá porque no sabe lo que quiere, o quizá porque nada la ilusiona lo suficiente, o porque vivir sola la enfrenta al vacío de los domicilios de solteros y separados cuando se alcanza cierta edad. Se ha «enamorado» para no estar sola. Y si las cosas con Alessandro van bien es porque ambos se limitan a satisfacer la necesidad de compañía del otro, aunque sea a distancia la mayor parte del tiempo, y no ambicionan más. Un amor perruno, genuinamente perruno, en el que ninguno de los dos hace nada por el otro excepto estar ahí; no hay ninguna ilusión por hacer mejor la vida del otro, por ayudarle en nada, y sí mucho temor al abandono, al no encajar, a no encontrar sitio si no se vencen los recuerdos de una vida en la que no se estuvo, porque aunque siempre se dice que el futuro está en nuestras manos, la única certeza es el pasado y ni podemos cambiarlo ni prescindir de su impronta. Amor perruno, digo, que se vislumbra a cada instante a través de la estática figura de Alessandro: Anne siente una confortable seguridad cuando lo ve fumando su pipa sentado en el sillón, menea la cola cuando él la acaricia abrazándola o haciéndole el amor, y gime asustada cuando teme, al pensar en el pasado, que el «amo» a quien se ha entregado la abandone. Pero ni ella ni Alessandro hacen nada más que estar. No construyen nada juntos, ninguno hace propios los sueños del otro ni tienen un objetivo común más allá del estar. Su historia de amor es la historia de dos soledades juntas que se miran la una a la otra para evitar mirar hacia sí mismos.

La Vía Láctea sería solo la historia de dos personas maduras que, huyendo de sí mismas, se buscan y se encuentran no por lo que han hecho, ansían, valen o merecen, sino por miedo a la soledad; sería solo esto si su autora no diera una vuelta de tuerca en la última parte de la novela. En ella Anne proyecta irse a vivir durante un año a Roma. Si lo hace o no, parece condicionar el final feliz o desgraciado de la novela, y aunque no voy a desentrañar qué ocurre, sí digo que ese planteamiento es el modo en que la autora muestra cómo la solución del miedo a la soledad no está en lo que hacemos ni en si alguien nos acompaña o no, sino en lo que soñamos. Que lo importante no es hacer, sino soñar. Así es como escapamos de nosotros mismos. Por eso Anne ha encontrado el sentido de su vida en un hombre al que apenas ve y que la mayor parte del tiempo no es más que un anhelo. Por eso la historia se detiene con ella en Canadá y Alessandro en Italia ¿Vivirán juntos en Roma? ¿No lo harán? Léelo y lo sabrás. Léelo y sabrás que quizá sea mejor ignorarlo. Si alguna duda queda sobre esta interpretación, la frase que cierra el libro la aclara.

         La Vía Láctea. Una invitación a perder el miedo a todo, porque la única solución es soñar.


                 

lunes, 20 de junio de 2016

Contra Juan José Millás



     En contra, solo en apariencia. Si lo he interpretado bien, a favor.

     Juan José Millás, a quien leo y admiro, publicó el viernes una columna cuyo contenido me permito resumir así: quien se hace famoso sea por cocinero, delincuente, astronauta o bruto, acaba publicando un libro. Los escritores, en cambio, no pueden hacer el camino inverso. Visto el número de firmas en las ferias del libro de unos y otros, al escritor le dan ganas de dedicarse a otros menesteres; pero es escritor, y seguirá siéndolo incluso perdido en medio de ese circo.

     Aunque para circo, el de los escritores, pseudoescritores y aspirantes a serlo que han compartido el artículo en las redes, alborozados porque uno de los grandes haya puesto voz y altavoz a tamaño intrusismo, a esa suerte de competencia desleal, a esa conjunción planetaria, una más, que les impide ser «best sellers» y recibir su merecida gloria en la prensa nacional. Conocí el artículo gracias al impaciente que en lugar de compartirlo mediante su enlace, lo fotografió en el periódico para difundirlo de inmediato.

     Se le podría replicar a Millás que, contrariamente a los que afirma, son legión los escritores que practican todo intrusismo al calor de su mucha o poca fama literaria. Sin red, saltan de la novela (buena o mala) a pontificar sobre política internacional, económica o educativa sin saber nada sobre estos temas, y se quedan tan panchos; o se meten a tertulianos -incluso sin cobrar si no tienen nombre suficiente-, solo para adquirir otra fama, «extraliteraria», que poner al servicio de sus libros en el mejor de los casos o, en el peor, porque su verdadero objetivo es solo ser famoso, que en estos tiempos es una profesión; y son infinitos los que consideran que su cenit «literario» es ser llevado al cine o a la televisión. A ninguno se le ocurre que desplazan a guionistas, economistas, analistas, periodistas… Y, también contrariamente a lo que dice Millás, hay muchos escritores que acceden a la política en puestos notables; me vienen a la cabeza alguna escritora devenida primero articulista, luego tertuliana televisiva y, finalmente, diputada, y algunos ex ministros y directores generales nacionales y autonómicos. Se le podría replicar eso. Pero cada cual tiene derecho a intentar hacer con su vida lo que buenamente pueda, y además no es esta la cuestión.

     Tampoco lo es recordar la evidencia de que el libro, como la televisión, es solo un formato que da soporte a un batiburrillo de expresiones: poesía, soflamas, desarrollos matemáticos, historia, ficción, recetas de pollo al chilindrón, guías de restaurantes, consejos para ser feliz, trucos de cartas... Todo se vende en librerías y en ferias que suelen ser del libro, y no de literatura.

     Sí va en la línea de la literalidad de su artículo algo que, por afectarme, en ocasiones he dicho: junto a la literatura (de humor, especificaba yo) se incluyen libros completamente ajenos a ella. Un problema en muchos géneros, pero no achacable a la celebridad televisiva que recopila sus gracias o al médico que acumula anécdotas hospitalarias, sino a quienes venden libros, pues ser prolijo al clasificar aturde al lector. Resultado: a saber qué puede acabar en la misma lista que un recetario de las monjas benedictinas.

     También podría recordar a Millás que las grandes editoriales, para serlo y ofrecer sus ventajas a autores consagrados como él, necesitan grandes números, y un millar de libros de un gran escritor suponen menos ingresos que diez mil del último botarate autodegradado en un plató..

     Se podrían contestar muchas cosas a Millás, pero el problema no es el que apuntan sus letras, sino el que asoma entre sus líneas: Que se vende menos literatura.

     En las palabras de Millás no percibo la envidia que dice temer que le achaquen, sino frustración. Y no porque el pequeño Nicolás de turno se encarame a lo alto de una lista de ventas, sino porque cada vez se vende menos literatura. Y menos literatura buena. Tiradas más pequeñas y autores, grandes autores, arrinconados. No creo que Millás se queje de que vende menos que Belén Esteban. Creo que se queja de que vende menos que antes. Y como él, casi todos los buenos escritores. Si a su lado un indocumentado se hincha de firmar libros y acaba desplazándolo de los expositores de las librerías, a ver quién en su pellejo no acaba o enojado o deprimido.

     La lectura, que para casi todos los lectores es una forma de ocupar el ocio, se enfrenta desde hace años a una competencia creciente y con un poderío económico espeluznante. Se da el caso, incluso, de que los grandes grupos de comunicación se hacen la competencia a sí mismos en un intento de ocupar la mayor parte posible del mercado, y las áreas que priman, las más rentables, acaban hundiendo al resto.

     La cultura, la historia lo demuestra, puede avanzar y retroceder. Muchos de los antiguos lectores de Millás, Marsé, Vargas Llosa y tantos otros hoy «no tienen tiempo» para volver a ellos porque están en el sofá viendo Salvados o Master Chef, o porque no sé dónde han abierto un restaurante yemení, o porque les dan las tantas colgando consejos en las redes sociales. Y no olvidemos que, además, cada semana hay dos partidos del año.

     Para la literatura, que durante siglos fue uno de las principales maneras de ocupar el ocio, además de una de las más enriquecedoras, es difícil, quizá imposible, competir en grandes números con opciones que colocan ante tu nariz satisfacciones inmediatas y primarias. Y más para la literatura de calidad, que requiere lectores capaces de disfrutarla. Pero los escritores, los verdaderos, los que, como dice Millás, tras escribir un libro comienzan a pensar en el siguiente, los que no tienen por objetivo la fama y consideran las ventas un medio y no un fin, solo tienen una alternativa: seguir escribiendo lo mejor que saben.

     Porque en este océano de banalidad la literatura de calidad llega cada vez a menos personas y, precisamente por eso, su importancia es todavía mayor. La literatura, nada menos, a la que tengo por el arte capaz de expresar las ideas más complejas y profundas.

     A ver si mañana me compro el último libro de Juan José Millás, cuyo título, «Desde la sombra», bien podría aludir al modo en que los buenos escritores lo siguen siendo.




jueves, 9 de junio de 2016

Sobre la escritura



SOBRE LA ESCRITURA

Desde que a los siete u ocho años cogí la máquina de escribir de mi padre para redactar historias en hojitas de papel cuadriculado y soñar con que los demás soñaran con ellas, sé que muchos escritores miden su éxito o su fracaso en términos comerciales. Pero a pesar de aquellos sueños de niño, me cuesta ponerme en su lugar, como entenderá quien sepa que mi mejor libro (o al menos el que yo tengo por tal) lo escribí solo para mí y no ha de ver la luz.

            Pero sea el objetivo comercial, o personal y literario, el aprendizaje es largo y exigente. Y en su suerte juegan un papel relevante, a veces decisivo, quienes te rodean.

            Hay un tipo de adulación inevitable y que solo busca la comodidad en el día a día. La de los amigos y la familia. Te leen, opinan por afecto e, invariablemente, para tenerte contento o hacerse querer concluyen que lo haces muy bien. Ánimo, sigue así. Eres un tío grande. Pero esta noche no te pondrás a escribir, ¿verdad?, o no podremos salir a cenar.

            Ánimos que estimulan pero que no señalan ni allanan caminos. Es la reflexión crítica la que te hace mejorar. La crítica que piensa, la que percibe fallos porque es capaz de encontrar soluciones. La que intenta anticiparse a tus errores porque te conoce. Es como más rápido y con mayor calidad se avanza en lo literario, en lo comercial y en todo: que alguien con capacidad se moleste en conocerte y en analizar lo que haces y te critique, advierta o sugiera, es un privilegio que pocos tienen y menos saben valorar.

            Yo he tenido escasos aduladores espontáneos porque o no me han encontrado o soy poco rentable para ellos. Y he tenido suerte con la familia y los amigos: no los mareo dándoles a leer nada, pero cuando me han pedido un escrito nadie ha querido verme por debajo del nivel que creen que puedo alcanzar: cuando algo no les ha gustado, me lo han dicho de forma descarnada; e incluso han torcido el gesto si, gustándoles, pensaban que lo podía hacer mejor; pero el mundillo literario no les interesa más que como lectores. Sus opiniones empiezan y acaban en lo que leen y, como a cualquiera cuando otro le habla de aficiones desconocidas, difícilmente pueden adoptar una visión en perspectiva. Ahora ya no, pero hace tiempo solía conversar sobre mis inquietudes con personas con similares aficiones, lo cual siempre enriquece, pero, salvo que mi mala memoria me haga ser injusto, recuerdo más opiniones improvisadas al hilo de conversaciones que críticas trabajadas en profundidad, y tampoco era frecuente que alguien soliera anticiparse para hacerme sugerencias y evitarme errores o rumbos equivocados. Hace falta mucho interés para acometer ese trabajo, y además no soy fácil: no busco y encuentro argumentos para disfrazar impulsos, como tanta gente, sino que sigo el orden lógico; mis decisiones suelen ser fruto de la reflexión y por eso suelo exponer mis razones con una vehemencia que a menudo parece resistencia, porque si algo debe acabar con ellas, debe ser capaz de vencerlas en el debate. En lo literario, a diferencia de en lo profesional, no he encontrado a nadie que haga conmigo algo tan duro e ingrato como ejercer de abogado del diablo, aunque yo sí lo he sido de otros, y también así he aprendido.

            Por todo lo que he dicho, casi todo lo que sé lo debo a lo que he observado en muchos, a lo que he ayudado a unos pocos y, sobre todo, a mis numerosos errores.

Algo he aprendido. Ahora, donde al principio miraba con curiosidad y voluntad de aprendizaje, pronto distingo la estrategia del vencedor y la del perdedor, y raras veces me equivoco; lo sé porque aunque se precisan años para confirmar las impresiones, ya han pasado unos cuantos. Mejoran y prosperan quienes hacen ciertas cosas, y fracasan quienes hacen otras. Pero si la fórmula mágica no existe es porque saber lo que hay que hacer no implica saber hacerlo.

Saber qué es solo el primer paso para aprender cómo. Cuando crees saber algo hay que seguir observando, reflexionando, escribiendo, equivocándote y aprendiendo. Y hacerlo bajo el riesgo de haberte confundido con el qué, y sabiendo que puedes no encontrar el cómo. Sé poco, pero sé que sabiendo el qué, no hay dos cómos iguales, y cada cual debe encontrar el suyo, si es capaz.

Encontrarlo requiere tesón, paciencia y asumir riesgos no para alcanzar el objetivo final, sino los intermedios. Esos que ninguna gloria dan.

Para saber cómo funcionan algunas cosas y compararme conmigo mismo, me han venido muy bien novelitas y  relatos que considero solo «entrenamientos» o intentos fallidos, y a los que he podido sacrificar en ebook, bajo pseudónimo, en procesos de prueba y error. Dicho así suena fácil o al menos cómodo, ¿verdad? Pero también estas obras han requerido una cantidad ingente de trabajo y esfuerzo. Todas surgieron por o para algo. Y tras cada una hay alegrías y decepciones. Sacrificarlas y al hacerlo enterrar tanto trabajo no es otra cosa que la dureza del camino.

Intento escribir al revés de quienes lo hacen en los momentos felices de publicación, adulación, presentaciones y entrevistas y en cambio en los de plomo cierran el ordenador y se van de parranda, porque el día a día de un escritor suele ser de plomo y el oro es escaso y efímero. Prefiero  escribir desde la serenidad de sentirme nada que desde la euforia de creerme todo, tan cercana a la ceguera. Cuando no lo he hecho así, qué vergüenza he pasado tiempo después al releer.

            Mis errores, mis maestros, me pasan facturas que a veces me dejan exhausto: novelas enteras mal orientadas, escritas como si al talento y a la inspiración pudiera sustituirlos el entusiasmo en lugar del esfuerzo. Docenas de historias comenzadas e inconclusas. Cada una, un camino cortado. Marcha atrás con la experiencia y el cansancio del trayecto recorrido, y vuelta a empezar en otra historia, en otro mundo. Miles de horas de trabajo del que no puedes recordar nada de lo que sentirte orgulloso, miles de horas de mirar una pantalla en la que puede haber cualquier cosa mientras buscas en tu cabeza no sabes qué, pero tras las cuales un día alumbras algo que sabes bueno. Y si en esas escasas ocasiones lo sacrificas todo y dedicas tu tiempo a trabajar, escribes unas páginas hermosas que si eres capaz de limpiar y pulir darán sentido a años de esfuerzo. Muchos se miran sin pudor en el espejo de escritores célebres para justificar lo mismo la autoedición como por qué su talento no debe medirse por las ventas, pero nadie dice que a menudo la celebridad procede de solo un puñado de páginas fruto de una vida de renuncias y trabajo entregado y, de no ser por ellas, estéril. Solo trabajando y estando alerta para ver dentro y fuera de nosotros mismos podremos comprender, aprender y alcanzar nuestro límite.

            No es sencillo. Y aún lográndolo, si no nos contentamos con escribir para nosotros, más nos vale trabajar también la humildad, saber que nuestro límite estará más cercano a la cumbre de una colina desconocida que a la del Everest; también será el momento de recordar que para escribir bien hace falta ser buen escritor, y para vender mucho, un buen vendedor. Y como todo en la vida es circular, termino donde he empezado: hay vendedores que se meten a escritores. Pero este texto no va dirigido a ellos.