En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 19 de julio de 2018

La pequeña vendedora de prosa – Daniel Pennac



                Hace algún siglo que otro que no leía en tan poco tiempo tres libros de un mismo autor y protagonizados por idéntico personaje. La felicidad de los ogros me animó a leer El hada Carabina, la cual, a su vez, me ha hecho leer La pequeña vendedora de prosa, la cual, sin embargo, me ha animado a tomármelo con más calma antes de de seguir con el cuarto de la saga, porque La pequeña vendedora de prosa es, con diferencia, la peor historia de las tres que llevo leídas.

                A las novelas no hay que pedirles veracidad (que lo que narran sea susceptible de ser verdadero) sino autenticidad (que la acción, aunque loca e imposible, sea vivida por el lector como real). En La pequeña vendedora de prosa he encontrado la autenticidad por ningún sitio.

                El argumento de esta tercera novela de la saga vuelve a ser más o menos disparatado y, como es habitual, sitúa a Benjamín Malaussène en el centro de todos los problemas que él no ha creado pero que siempre atraen a la policía; aunque, en este caso, Malaussène juega un papel diferente y no es el centro de todas las sospechas. Deseando alejarse de un crimen que le toca muy de cerca, Malaussène se presta a un disparate: poner rostro a un escritor tan afamado como desconocido por escribir refugiado en el anonimato de un seudónimo. La idea podría haber dado mucho juego e invitar a muchas reflexiones, pero la acción es tan sobreactuada que este asunto, al final, solo sirve como elemento de la trama, pero nada más.

Para explicar por qué está la acción sobreactuada debería contar alguna cosilla que destriparía una de las sorpresas de la novela (sorpresa que, según pasan las páginas, evoluciona a cierto cabreo porque tiene algo de tomadura de pelo, como si Pennac hubiera renunciado a buscar soluciones más ingeniosas, lo cual es una pena porque la trama en sí -la maraña de conflictos que desembocan en los hechos- está bien trabajada y, de haber estado rodeada de situaciones igualmente trabajadas, hubiera tenido esa autenticidad que he echado en falta).

La novela, la más larga de las tres primeras de la saga, es bastante irregular: durante una parte bastante larga no pasa nada ni en términos de acción ni de reflexión, después llega la primera sobreactuación, luego la sorpresa y, por desgracia, la evolución de la misma aumenta esa sobreactuación y aunque el final sí logra captar el interés y provocar las ganas de leer, es imposible terminar la novela sin tener la sensación de que es una historia fallida. Tampoco ayudan demasiado ni las habituales digresiones sobre el pasado de tal o cual personaje, ni el fallido intento de hacer humor con ciertas situaciones ni el milagrerío que resuelve el punto más problemático de la novela, el cual, por cierto no era preciso llevar hasta ese punto (y quien lea la novela me entenderá).

Así como las dos primeras eran novelas notables, esta me ha gustado mucho menos. Su mayor interés, al menos para mí, es que como todas forman parte de una misma historia, leerla puede venir bien de cara a la cuarta de la saga, que espero leer en la confianza de que se parezca más a las dos primeras que a la tercera. A esta esperanza ayuda que la cuarta viera la luz seis años después de esta tercera, que parece más escrita para aprovechar el éxito que para disfrutar creando.


jueves, 5 de julio de 2018

Reflexiones sobre literatura y humor




«Yo creo que el género negro tiene mucho, tiene mucho humor, hay mucho componente de humor; en sí mismo ya es una cosa humorística, es decir, pasar un rato divertido con cadáveres, descuartizamientos, asesinatos…, eso es una cosa ya en sí muy divertida. Es muy divertida. Los grandes clásicos de la novela negra, de la novela de detectives, de la novela de misterio, son gente con un gran sentido del humor; incluso proponen un mundo verdaderamente feliz en el que un asesinato es un motivo de gran alegría para todos porque así se podrán poner a investigar, ¿no? Es el género más amable que hay.»




martes, 3 de julio de 2018

El hada Carabina – Daniel Pennac




                Si la primera novela protagonizada por Benjamín MalaussèneLa felicidad de los ogros- era una novela de humor vagamente disfrazada de novela negra, El hada carabina es exactamente lo contrario: una novela negra con leves tintes de humor debidos tanto a lo estrambótico de algunas situaciones «serias» como al espíritu con que Malaussène se dirige al lector en los capítulos en los que se expresa en primera persona.

                Hecha la salvedad anterior, El hada carabina es mucho mejor novela que La felicidad de los ogros tanto por estar mejor expuesta y resultar más comprensible como por lo trabajado de una trama complicada y resuelta de modo brillante.

                Malaussène sigue con su empleo de chivo expiatorio, aunque ahora en una editorial dirigida por una dama demasiado histriónica para el escaso papel que juega en la novela. Malaussène sigue al frente de una familia compuesta por hermanos más jóvenes, aunque la madre ha retornado para dar a luz al siguiente, y es así como un bebé llamado Verdún se incorpora a la familia. También sigue con una novia –Julia-, dedicada al periodismo de investigación. La novedad es que la vivienda-conejera de Belleville está a rebosar debido a la «adopción» de cierto número de ancianos devenidos en drogadictos y que están allí para huir de la soledad y, por tanto, de la droga.

                Pero las cosas se complican aún más. Un policía con antecedentes por maltratos es asesinado por una ancianita en medio de la calle, una muchacha presencia desde su ventana cómo unos sicarios lanzan un cuerpo al Sena, alguien se dedica a rebanar el pescuezo a ancianas y además ciertas enfermeras se dedican a proporcionar droga gratuita a ancianos. Son sucesos independientes, pero, por unas cosas u otras, todo se enreda de forma que Malaussène parece ser el responsable de todo.

                La novela se forma a partir de tres historias paralelas, relacionadas y que confluyen al final. La del protagonista, que nos va informado de sus idas, venidas y circunstancias; la de los policías al frente de las diferentes investigaciones, entre los que figura un tal Pastor; y es él quien aporta la tercera y singular historia de la novela: la suya; la un tipo con un pasado doloroso que, pese a su apariencia de mosca muerta, tiene una misteriosa capacidad de persuasión para hacer cantar a cuando delincuente cae en sus manos.

                El revoltijo de informaciones, situaciones y personajes avanza al principio de un modo que parece confuso –solo lo parece-, y el humor en ocasiones surge haciendo consciente al lector de todo lo que Malaussène ignora, de modo que puede observarle como a quien inconsciente y alegremente se encamina a pegarse un bofetón épico. Al final, lógicamente, todo acaba convergiendo y resolviéndose de un modo, como he dicho al principio, brillante, aunque no sin antes haber dado las cosas varios giros inesperados que toman por sorpresa al lector y le hacen leer el último tercio de la novela con mucho más interés del que suscita el principio.


jueves, 28 de junio de 2018

El color de la magia – Terry Pratchett




                Aunque Terry Pratchett (1948-2015) ha sido uno de los novelistas de humor más conocidos en las últimas décadas, no había leído nada suyo, problema que he remediado comenzando por el primer libro de su saga más conocida, la del Mundodisco, expresión que suena a discoteca ochentera pero que alude a un mundo fantástico, con forma circular en vez de esférica, donde no rige ni la física ni el sentido común, sino leyes bastante más sorprendentes y divertidas.

                El color de la magia es una novela que, por su argumento (las cuatro aventuras sucesivas de un turista ingenuo, curioso y atrevido –llamado Dosflores- con un pintoresco equipaje con patas y a quien se ve forzado a acompañar un mago de tres al cuarto llamado Rincewind) bien pudiera ser juvenil; sin embargo, aunque el argumento es el infinitamente repetido de dos personas metidas en problemas que se las ingenian para escapar de ellos ayudadas por casualidades y circunstancias con un punto cómico, hay dos motivos poderosos para que cualquier lector disfrute con esta novela: el prodigioso derroche de fantasía y el sentido del humor. La fantasía de Pratchett es verdadera magia.

                Contrariamente a lo que he leído en algún sitio, El color de la magia no tiene nada que ver con la ciencia ficción, y sí con la fantasía. De hecho, está más cerca de un pasado fantástico que de un futuro prodigioso. La imaginación de Pratchett es tan exuberante que se permite el lujo de lograr grandes efectos cómicos con sartas de disparates que, sin fundamento ni contenido inteligible, son una divertidísima parodia de cuanto asumimos sin entender en el mundo actual. Por otra parte, el papel que atribuye a la magia, como una especie de fuerza motriz del Universo, autónoma y solo sometida a sus propias reglas, tiene un indudable atractivo, al margen de lo gracioso que resultan los vaivenes entre las explicaciones de hechos grandiosos con otros domésticos, aunque a fin de cuentas es lo que sucede en la realidad: las mismas leyes que rigen el cosmos son las que permiten rascarse.

                No sabía dónde me metía cuando comencé a leer esta novela. Ahora sé que conviene afrontarla no tanto con la intención de seguir un argumento (que en sí mismo es bastante común, por no decir pobre, o una simple excusa para divertirse) sino con el espíritu de quien se dispone a ver un magnífico espectáculo de fuegos artificiales en el que, en cualquier momento, puede aparecer en el cielo una broma que le hará reír o una parodia en la que reconocerá una crítica.

                Por cierto, como bien sabe cualquiera con un poco de fantasía, el color de la magia es el octarino.

     

martes, 26 de junio de 2018

Las infamias de un vizconde y otros cuentos de Buen Humor – Enrique Jardiel Poncela



                
                Enrique Jardiel Poncela fue un genio del humor. Una de las razones es que escribió lo que le dio la gana y como le dio la gana, por extravagante o caprichoso que fuera, con lo que leerlo no solo te enfrenta a un ejercicio de humor, sino también de libertad.

                Lo mejor que se puede decir de esta recopilación de relatos es que merece la pena leerla. Hay muchas historias, casi todas muy breves, de tres o cuatro páginas, y unas cuantas solo algo más largas. Casi todas aparecieron en la revista Buen Humor en los años veinte del pasado siglo, cuando Jardiel era todavía un jovenzuelo con una trayectoria ya más que apreciable en el teatro, pero antes de dar a la luz sus principales novelas y sus mejores obras teatrales. El desparpajo, la osadía y el atrevimiento se ven en cada línea.

                Demasiadas historias para hablar de ninguna en concreto, pero sí para apuntar algunos elementos comunes a casi todas. El primero, que pronto se advierte que se trata de colaboraciones rápidas, frecuentemente apremiadas por el tiempo o el bolsillo, lo que hace que algunas de ellas –pocas- parezcan hechas para salir del paso, algo improvisadas. El segundo, en parte consecuencia del anterior, que Jardiel hace sonreír más con cómo nos cuenta las cosas que con el argumento en sí (que no se improvisa tan fácilmente), lo cual es especialmente visible en los finales, que rara vez son un colofón ingenioso, aunque hay uno que me ha hecho soltar carcajadas. Prima la forma, el absurdo aprovechando en gran medida los juegos de palabras, sobre el fondo. Por último, todas comparten cierto tono grandilocuente que refuerza el efecto cómico, en el que el autor nos habla desde la posición de superioridad de quien no solo conoce lo que va a contar sino que además pretende ilustrarnos a su manera y desde su peculiar modo de juzgar del mundo. En definitiva, una obra doblemente interesante: por su contenido y por lo que aporta para ver en perspectiva los primeros pasos de un autor magnífico.

                 

domingo, 24 de junio de 2018

Recomendaciones literarias




Leer novelas de humor es tan sano como regalarlas. ¿O acaso no te gusta sonreír y hacer sonreír? Por eso, de nuevo sin consultar con mi abogado, me atrevo a recomendar diez libros, pero en esta ocasión limito la osadía a novelas de humor. Para pasar el verano sonriendo.

No te pierdas la reseña: los disfrutarás más.



Allegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla

Papel 8,50€



El club de los mentirosos, de Mary Karr

Papel 21,85€


 



Los misterios de Madrid, de Antonio Muñoz Molina

Papel, 7,55€

Ebook, 5,69€

 



Duluth, de Gore Vidal

 


Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza


Papel, 9,45€
Ebook, 6,17€


 


La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza


Papel, 8,50€
Ebook, 6,17€

 

El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde


Papel, 6,75€
Ebook, 0,47€



 

Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela


Papel, 11,40€


 

El caballo desnudo, de José Luis Sampedro


Papel, 9,45€
Ebook, 6,64€

 


La conjura de los necios, de John Kennedy Toole


Papel, 11,30€
Ebook, 8,40€

                

Reflexiones sobre literatura y humor



"El humor, tanto en la vida como en la literatura, nos ayuda a volver a vivir, a resucitar. Cuando alguien sufre, el humor ayuda a transformar la naturaleza de ese sufrimiento, a convertir el dolor en risa. Y, una vez aparece la risa, podemos ponernos serios"





lunes, 11 de junio de 2018

El asesinato de mi tía – Richard Hull




                He aquí una novelita publicada en 1934 en la tradición del humor inglés de principios del siglo XX, que en parte recuerda a Wodehouse, esa clase de novelas con un tipo de humor y un entorno que décadas más tarde desembocaron en Tom Sharpe.

                ¿A qué me refiero? Al marco espacial –la campiña, en este caso en Gales- con su casa solariega, y a unos protagonistas de clase media-alta venida a menos, gruñones y protestones que están reñidos con el mundo por estar presos de sus manías y de unos valores obsoletos que les hacen creerse muy por encima del vulgo en cuestiones estéticas, de decoro y de buen nombre.

                El protagonista, Edward Powell, es un joven gordinflas con ínfulas cuyo diario forma la mayor parte de la obra. El afectado modo en que se expresa y cómo maquilla y deforma la realidad permiten al lector divertirse al no dejar de adivinar las enormes diferencias entre la realidad y lo que se le cuenta.

                Edward está harto de su tía Mildred, con la que se ve obligado a vivir y de la que depende económicamente. Ambos se aborrecen y mortifican continuamente, pero la tía está en situación dominante porque Edward no solo es un inútil incapaz de ganar un penique, sino que, además, aunque se crea listo es incomparablemente tonto.

                De ahí que el día en que la paciencia de Edward llega al límite la única solución que se le ocurre es eliminar a su tía. Debe hacerlo, claro está, de modo que no dé con sus huesos en la cárcel. En resumen, «que parezca un accidente». A partir de aquí conocemos sus estrambóticas ideas y reflexiones, las ofensas que sufre o cree sufrir, aquellas que inflige creyendo hacer justicia, las ocurrencias, reflexiones, experimentos y cautelas que adopta. Ni que decir tiene que el hombre es un desastre cuya manifiesta petulancia impide que el lector lo vea como él desea, y así antes lo ve disfrazado que elegante.

                Cierto es que, de puro concienzudo e inútil que Edward resulta, llega a crearse cierta complicidad con el lector, a lo que no ayuda poco el seco e inquisitorial carácter de la tía, lo cual no deja de producir una sensación incómoda: ¿cómo sentir alguna simpatía hacia un proyecto de asesino? Además, durante tres cuartas partes de la novela ocurre lo que en muchas de las que he aludido al principio: se trata de una historia «de situación» en la que la gracia no está en cómo avanzan las cosas –no lo hacen hacia ningún sitio- sino en observar la cabalgata de los sinsabores de Edward, lo que hace que resulte repetitiva. Sin embargo, hay que llegar al final pues es en él cuando vemos que la novela sí ha ido avanzando sin que nos diéramos cuenta hasta llegar a ese final y, sobre todo, a un último párrafo genial en el que la broma del autor hacia el lector, a cuenta de la novela en su conjunto, dota de un sentido nuevo a todo. No explico el motivo para no chafar la sorpresa a nadie, pero sí digo que es toda una maravilla del humor que, por sí sola, hace que merezca la pena leer El asesinato de mi tía


jueves, 7 de junio de 2018

Llámala Siboney – Julián Ibáñez




                Hace más de una década que la novela negra está de moda, pero muchos de los títulos más vendidos estos años son morralla comparados con las novelas de Julián Ibáñez (Santander, 1940), un autor cuya obra responde con exquisita pulcritud al origen del género y al que nadie podrá acusar de apuntarse a una moda. Llámala Siboney, por ejemplo, se publicó en 1988. Ibáñez es, con diferencia, uno de los mejores autores de este género. Es una pena que no sea más leído.

                El protagonista, Novoa, que se dirige en primera persona al lector, es un tipo peculiar, solitario, duro, que lleva poco tiempo trabajando en un desvencijado despacho de una localidad de cinco mil habitantes y vive en un hotel. Trabaja como asalariado en una empresa de intermediación en el mercado de cereales; creo que antes, en Mi nombre es Novoa (1986) -que aún no he podido leer- había tenido algún otro empleo en otro lugar. Llámala Siboney comienza cuando un día caluroso, a las cuatro de la tarde, Novoa entra al pequeño edificio donde está la oficina y, de pronto, una mujer rubia le atiza en medio de la jeta un tremendo trastazo con un trozo de tubería y luego sale pitando. No hay indicios de que haya robado algo, ni de de que haya hecho ninguna otra cosa. Solo estaba allí y le ha dado el porrazo.

                Novoa apenas acierta a tener una ligera impresión sobre el aspecto de la mujer. Con este único dato y sin saber exactamente por qué, intenta localizarla por el pueblo. Sus preguntas aquí y allá tienen consecuencias inesperadas, a las que hace frente con una determinación solo fundada en lo duro de su carácter y en lo poco que tiene que perder quien no tiene más que su propia soledad y un amor propio intenso y decidido pero no atolondrado. Gitanos, chavales con buen coche, coches color butano, Mercedes blancos, una muerte, el cuartelillo de la Guardia Civil y la finca de unos tipos adinerados se mezclan en el ir y venir de un Novoa que navega sin un objetivo claro, asumiendo el riesgo de ser tanto víctima como imputado en un crimen en el que nada tiene que ver. En el más fiel estilo de la novela negra, nadie está completamente limpio, todos tienen algo que esconder o un interés que salvar, por lo que todos juegan al despiste aunque luego, poco a poco, a medida que alguien va descubriendo contradicciones, cada uno termina demostrando quién es, qué pinta allí y por qué hace lo que hace o dice lo que dice.

                Pero aunque la trama es interesante y solo al final se acaba desenmarañando la madeja que antes, poco a poco, se ha ido enmarañando ante el lector, lo mejor es el lenguaje, el control de los tiempos, de la expresión, el modo en que la forma aparentemente seca y cortante consigue formar parte del fondo de la novela y construir la personalidad del protagonista. Lo dicho: Julián Ibáñez es un grandísimo escritor.

                Una pequeña joya de la novela negra muy superior a casi todo lo que ahora se vende pero que, por desgracia, está descatalogada.


martes, 5 de junio de 2018

La felicidad de los ogros – Daniel Pennac




                Publicada en 1985 (en España en 1989), La felicidad de los ogros es la primera novela protagonizada por Benjamín Malaussène, un joven al frente de una familia formada por un sinfín de hermanos con madre común (que regresa a casa cada cierto tiempo pero solo para dejar un nuevo vástago) y padres variados y desconocidos. Todos los hermanos viven juntos, con excepción de una de las hermanas, embarazada, que no tiene muy claro dónde va a estar. La familia vive en París, en el no muy pimpante barrio de Belleville. Malaussène trabaja en unos grandes almacenes como «chivo expiatorio»: cuando algún cliente ha sufrido problemas con cualquier producto, se finge que Malaussène es el responsable y, delante del reclamante, le cae una bronca demencial, improperios de todos los colores y la promesa de enviarlo al paro y a galeras si fuera posible; a todo lo cual responde Malaussène suplicando, llorando, implorando piedad... de modo que el reclamante acaba por no presentar la denuncia para evitar que caiga sobre su conciencia la suerte del desgraciado e incompetente Malaussène. A ojos del cliente, Malaussène es un pobre desgraciado; a ojos de la dirección del centro, un fantástico y bien pagado profesional que les ahorra mucho dinero.

                La novela juega a dos cosas. La primera, a darnos a conocer el pintoresco mundo de Benjamín Malaussène y los suyos, incluyendo el entorno laboral, lo cual hace de forma algo confusa al principio, pues de no saber nada sobre estas novelas el lector tardará algo en enterarse de que algunas de las damas que rodean a Benjamín son sus hermanas y no otra cosa.  La segunda, la trama que permite hacer avanzar la novela hacia el conocimiento de esta panda es también singular: una serie de explosiones en el centro comercial, de alcance limitado pero siempre con víctimas, y en las que Malaussène se ve a medias envuelto y a medias en disposición de aclarar.

                Con tan insólitos mimbres y el modo en que el asunto queda resuelto podría pensarse que se trata de una novela disparatada. Pero no. Y en este logro radica gran parte del mérito de Daniel Pennac: La felicidad de los ogros, pese a lo irreal de las situaciones, se lee con sensación de verosimilitud. Unamos que Malaussène tiene un oficio estrafalario pero él no lo es -al contrario, es un hombre con un sentido común más que notable y un humor que, casi siempre de forma entre irónica y socarrona, se dedica a sí mismo para hacer más llevaderos los disgustos- y acabaremos de comprender cómo algo tan extravagante puede leerse como real.

                La felicidad de los ogros es una novela de humor constante pero sutil e inteligente precisamente porque el personaje ve todo tan extraño –incluso su propia vida y su trabajo- como lo ve el lector. Una obra escrita para provocar más sonrisas que carcajadas y que más allá de las situaciones que describe da a conocer a unos personajes tan admirables por cómo salen adelante como por su falta de pretensiones. Es muy difícil no encariñarse con Malaussène y los suyos si tenemos en cuenta todo lo que Benjamín sacrifica por ellos: su vida entera, tanto en lo profesional como en lo afectivo y hasta en lo meramente sexual, está condicionada por la necesidad de sacar adelante a sus hermanos, y él asume el sacrificio con naturalidad y generosidad.

                Sí me atrevo a ponerle un «pero»: el desarrollo de la «investigación» aparece con un retardo lo bastante largo como para que durante una parte del libro se tenga la sensación de estar dando vueltas y vueltas a la espera de algo que lance la historia hacia delante. Pero esto es solo una critiquilla: La felicidad de los ogros me ha gustado lo suficiente como para haber comprado ya el segundo libro de la saga.

                Lo que no acabo de entender es que esta novela se califique de «novela negra», como en algún sitio he visto. Negra, negra, lo que se dice negra...



domingo, 3 de junio de 2018

Reflexiones sobre literatura y humor



"Hay mucha gente que se le llena la boca de Cervantes, del humor, “a mí me encanta el humor…”, pero en la práctica, cuando se enfrentan a un libro cervantino, humorístico… ¿Qué es un libro cervantino? Vamos a definir qué es un libro cervantino. Mira, un libro cervantino es un libro que aparentemente no tiene importancia y que, sin embargo, debajo de él, si lo lees con una cierta atención, es una bomba de relojería."

Antonio Orejudo. Entrevista en Zenda.

jueves, 31 de mayo de 2018

Risa en la oscuridad – Vladimir Nabokov




                «Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre.»

                Con este resumen de lo que viene después comienza Risa en la oscuridad, brillante obra de Vladimir Nabokov en la que se relata, más que una historia de amor y desamor, el proceso de envilecimiento al que conduce el egoísmo, así como el paralelo proceso de degradación de quien se deja arrastrar por un egoísta.

                Dar el primer paso para aprovecharse de alguien que se ha fijado en ti es tentador por lo sencillo y efectivo. Pero una vez hecho, ese pequeño egoísmo pasa a convertirse en la nueva normalidad y, si las ambiciones no se han visto colmadas, será fácil dar otro paso en la misma dirección. No hacen falta más de cuatro o cinco pasos para convertirse en un miserable y arruinar la vida de quien, por amor o debilidad y siempre por candidez, consiente en someterse al abuso. 

                Es lo que ocurre en Risa en la oscuridad. Albinus, el protagonista, es un hombre que tiene cuanto para la mayoría de sus conciudadanos son solo aspiraciones. Sin embargo, de improviso se encapricha de Margot, una joven aspirante a actriz que trabaja de acomodadora en un cine. Si solo de atracción sensual o emocional se hubiera tratado, Albinus no hubiera tenido ninguna oportunidad, pero Margot, zambullida en su propia soledad y a falta de alguien a quien amar, piensa que por qué no aprovechar las ventajas de tener un amante adinerado que, además, la puede introducir en los círculos cinematográficos. Es así como da el primer paso: se deja querer, e incluso induce a Albinus a pensar que puede llegar a ser correspondido.

                Hasta ese momento, una de tantas relaciones interesadas en las que alguien sacrifica algo solo incierto –el amor futuro hacia otra persona que puede llegar o no- para conseguir otra cosa cierta –dinero, posición, relaciones, diversión...-. Pero Margot es demasiado egoísta, e intenta no renunciar a nada. Para empezar, aunque ha accedido a ser «la otra» no le gusta serlo, así que su segundo paso es estimular el egoísmo del propio Albinus para hacerle sacrificar a su familia en aras de un amor que él cree correspondido pero que sabe frágil y teme perder. Cada paso que Margot da para satisfacer sus aspiraciones, es, en realidad, un engaño. Albinus pronto será un pobre imbécil, un tonto útil que vive en una gigantesca mentira que, para mantenerse, necesita ser cada vez más grande.

                Como suele ocurrir, cuanto mayor es el engaño y la manipulación a los que Margot somete a Albinus, más desprecio siente por él. Y ese mismo desprecio es una nueva excusa para seguir aprovechándose de él; cada nuevo engaño es la sanción por ser tan tonto como para dejarse engañar. Y cuando el engaño ya no basta, sigue la burla disimulada. El proceso se retroalimenta hasta que al final, lógicamente, Margot siente una profunda aversión hacia Albinus, pero no advierte que la causa de su rechazo no es el hombre que ve, sino lo que su propia y miserable conducta ha hecho de él. Así es el egoísmo profundo: cuando aborrece lo que ve en el espejo, le echa la culpa al espejo.

                Frente a esto, llama poco la atención el papel ciertamente secundario de la esposa de Albinus y del hermano de ésta. Y, sin embargo, son personajes a analizar. Han sufrido el egoísmo de Albinus, como Albinus sufre el de Margot pero, a diferencia de él, no se han dejado arrastrar. No han suplicado al egoísta. Le han dado la espalda. Eso los salva.

                El argumento, magnífico, no es precisamente de lectura risueña. El lector es espectador de un espectáculo degradante, directo, duro, porque el proceso de degradación de Margot es causa del deterioro de la vida de Albinus. ¿Quieres saber lo miserable que eres? Mira los daños que has causado, mira las responsabilidades que has eludido, mira si acompañaste a tu víctima para ayudarla a superar las consecuencias de tus actos o si saliste corriendo a vivir tu vida. Margot no asume ninguna responsabilidad, pero en cambio sí inflige numerosos daños no por el placer de hacerlo, sino de disfrutar de la vida a la que cree tener derecho. En esta aventura se ve apoyada por un hombre como ella y también antiguo amor, Axel, y cuando dos egoísmos se refuerzan entre sí, más vale que no te pillen en medio.

                La escritura de Nabokov es de una eficacia y precisión impresionantes: cuenta lo que quiere contar y nada más, con claridad, sin escatimar ni derrochar lenguaje. Ni palabras ni ideas superfluas, pero sin que tampoco el lector deba aportar nada más que unos cuantos sobreentendidos. Máxima concisión. Una prosa de altísima calidad al servicio de una historia en la cual el autor nos traslada, a veces con ironía o humorística mala sombra, el juicio que le merecen las intenciones y capacidades de los personajes y sus fortalezas y debilidades, pero que apenas entra en valoraciones morales sobre los hechos porque, precisamente, el juicio moral surge en el lector a través de la desagradable sensación de este crudo aviso y recuerdo: el egoísmo puede transformar cualquier vida, en cualquier momento, en desastre.



martes, 29 de mayo de 2018

35 kilos de esperanza – Anna Gavalda





                Brevísima obra –se lee en alrededor de una hora- que lo mismo puede ser lectura juvenil que para adultos, porque así como más de un adolescente se reconocerá en el protagonista, no serán pocos los padres a quienes algunos pasajes les hagan reflexionar sobre sus aciertos y errores y, en especial, sobre cómo su comodidad o su egoísmo acaba perjudicando a sus hijos por más que una y otro se excusen y disfracen de interés hacia ellos, de disposición a hablar y a adoptar medidas. Lo peor de esta obra, que recuerda demasiado a las típicas historias cortitas, sensibleras y que apelan al placer de dejarse llevar por la lágrima fácil.

                El fondo del argumento no es muy original: una variante más de mil historias de superación con alguna escena muy cinematográfica. El chaval protagonista es un desastre en los estudios. Sufre en el colegio. Sin embargo, le encanta hacer chapuzas e «inventos» en el cobertizo de su abuelo, un ingeniero jubilado. La historia narra, brevemente, el proceso de huída de lo que atenaza y, para que la liberación no sea un fracaso más, de simultánea búsqueda del éxito por caminos alternativos a los previstos por defecto. Por eso la moraleja implícita más evidente quizá deje como están a todos quienes, simplemente, están desorientados. Sin embargo, tras esa primera reflexión puede hacerse otra: el primer paso en la vida siempre es saber lo que uno quiere; y es que como decía no recuerdo quién, si uno no sabe dónde va, acabará en otro sitio.


jueves, 24 de mayo de 2018

Cumpleaños de La terrible historia de los vibradores asesinos







Estos días se cumplen siete años desde la publicación de La terrible historia de los vibradores asesinos, con el número 14, en la colección Sueños de Tinta de Mira Editores. Más tarde, en 2014, con el número 41, se publicó la segunda novela protagonizada por Ajonio Trepileto, La sota de bastos jugando al béisbol, al tiempo que la primera aparecía en ebook en Amazon.


Si hacer reír es una de las mejores cosas que le puede suceder a una persona, y lo es, soy afortunado. Por eso, aprovechando este cumpleaños, reitero mi agradecimiento a todos los lectores y a quienes de una u otra manera, y pese al tiempo transcurrido, siguen apoyando y difundiendo las desventuras de Ajonio. ¡Gracias!



lunes, 21 de mayo de 2018

La revolución de la luna – Andrea Camilleri


                Estando tan de moda las novelas de mujeres fuertes y admirables, en febrero de este año se ha publicado en España La revolución de la luna, del hiperprolífico Andrea Camilleri. Una novela que responde al estilo que más gloria le ha dado: cruda en muchos puntos, pero divertida por el modo en que cada personaje persigue su particular obsesión, y para crear el mundo de Camilleri bastan cuatro obsesiones: el dinero para unos, el sexo para otros y algunos de los primeros, el amor romántico para unos pocos -bastante vinculado a la belleza- y, para alguno de los protagonistas, el sentido de la justicia.

                El resultado es, como digo, una novela que si bien narra hechos a veces duros, lo hace con tal tono que se diría que está contando una especie de desenfadado cuento o fábula para adultos. De ahí que la lectura sea tan agradable y sencilla. Esto, sin embargo, no es obstáculo para afirmar que La revolución de la luna, siendo una novela digna de su autor, está lejos de contarse entre las mejores que ha firmado. ¿Motivos? No se detiene tanto en los detalles que otras veces enriquecen a los personajes y enojan o enternecen al lector, con lo que quedan simplificados, demasiado emparentados con estereotipos. Muestra de esta falta de detalles es que al final creo que hay un fallo, un lapsus del autor, que seguramente quería incluir, a modo de colofón, un hecho que se le ha olvidado. Si, tras leer la novela alguien quiere saber cuál, que me lo pregunte a ver si coincidimos.

                Como tantas otras veces ha hecho, Camilleri utiliza una técnica de inspiración por la que siento debilidad, y que por una parte lo enlaza remotamente y por otra lo aleja por completo del concepto al uso de «novela histórica» (por el que siento cierta aversión): parte de cinco o seis datos ciertos, y a partir de ellos inventa el resto.

                La novela comienza con el fallecimiento del Virrey de Sicilia en 1667. Un hombre, designado para el puesto por el rey de España, que está rodeado de un «consejo de poder» formado por media docena de notables de Palermo, incluido el obispo. Los seis corruptos a tiempo completo. El Virrey muere de improviso, pero deja testado que le suceda su esposa, a la que nadie conoce porque desde su llegada ha vivido recluida en palacio. La designación de una mujer para ese puesto es vivido por muchos como un ataque  demoledor al más elemental sentido común; no hay mente en Palermo en la que la designación no levante temor, incredulidad o, cuando menos, suspicacia. Estos sentimientos son los primeros enemigos a batir por la protagonista.

                Doña Eleonora de Mora, que en la realidad histórica no llegó a estar un mes en el cargo pero realizó numerosas reformas de contenido social, inspira el personaje que protagoniza la novela: una mujer joven y hermosísima –Camilleri nunca renuncia a la belleza femenina capaz de pasmar al más pintado- que, además de ejecutar todas esas reformas, tiene otra cosa en la cabeza: vengar el modo en que esos tipejos corruptos, pero tan poderosos, se han aprovechado de su marido fallecido.

                La novela se transforma así, desde el inicio, en un correcalles donde los malos -todos movidos de tan modo por sus pasiones e intereses que verlos provoca más sonrisas que asco- se muestran como tales y tratan de engañar a los buenos. Mientras, los buenos persiguen hacer justicia con notable habilidad y un punto de buena suerte. El modo en que las cosas discurren recuerda un poco a esas películas inocentonas hechas para que el público jalee al héroe a cada obstáculo que supera al tiempo que la justicia triunfa sobre el mal y a ella queda asociado ser espabilado; el malo, en cambio, siempre es un poco tonto, salvo alguno especialmente pérfido.

                Una novela marca de la casa que satisfará a todos los lectores de Camilleri, aunque tiene otras mucho mejores.