En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 16 de enero de 2020

La única historia – Julian Barnes





              He hablado de esta novela con otras dos personas que la han leído, ambos lectores inteligentes, y los tres coincidimos en una sola cosa: es magnífica.

              Así que tengo la sensación de que la interpretación de La única historia y el modo de vivir su lectura dependen, más que en otras novelas, de las experiencias de cada cual, que seguramente hacen prestar más o menos atención a unos u otros detalles de los muchos que se narran. Según en cuál te fijes, la interpretación se decanta de una manera u otra.

              El título alude a «la» historia de amor de cada persona. Suele ser solo una la relación que deja tal huella que el resto giran siempre alrededor, para reencontrarla en otras personas o para sortearla. Cada cual, viene a decir Barnes, entre todas las historias de amor que ha vivido tiene una que es, en realidad, su única historia de amor.  
  
              Escrita en primera persona (salvo en fragmentos de la última parte, sin que se entienda muy bien el motivo) el narrador cuenta su historia de amor, que lo fue entre un muchacho de diecinueve años y una mujer en los cuarenta, una relación que se prolongó durante bastantes años.

              Desde el ordenado desorden de la narración (qué bien estructurada está, a pesar del aparente caos de recuerdos) al lector le asaltan las sensaciones desde dos puntos.

              Primero, desde la propia historia. Desde los hechos y el modo en que al leerlos los juzga y le afectan.

              Segundo, desde las equívocas motivaciones que el protagonista da a cada uno de esos hechos. ¿Por qué equívocas? Porque habla cincuenta años después. Habla desde el recuerdo. Es un anciano contando la historia del lejano joven que fue. Y, por tanto, mezcla las excusas que a los veinte años se ofreció a sí mismo para actuar de una determinada manera con las explicaciones que, más de medio siglo después, hace de su propia vida vista en perspectiva; todo lo cual se complica, además, porque tanto a los veinte años como a los más de setenta no hay motivo para que una persona no se engañe a sí misma: en la juventud el autoengaño es el camino más sencillo para sortear contradicciones, incoherencias e intereses poco edificantes, y, mirando al pasado, no es mal mecanismo para evitar que la sentencia del juicio de la propia vida sea tan dura que convierta el ya corto porvenir en frustración. Cierto es que la admisión de contradicciones y de versiones diferentes siempre resulta cínica, pero el peor cinismo se produce cuando las contradicciones se admiten y toleran en el momento en que surgen, y no tanto cuando simplemente se descubren y reconocen al escarbar en el pasado; ese reconocimiento a posteriori puede resultar cínico, pero más por lo impúdico del reconocimiento presente que por haber vivido un pasado contradictorio. A esto debemos añadir las diferencias entre lo que creemos hacer y lo que de verdad hacemos, lo cual digo porque me viene a la cabeza una frase creo que de Ovidio, que anima a persuadirse diciendo que muchas veces quien comenzó fingiendo amar acabó amando de veras. Y añado: también puede suceder al revés, y en ambos casos casi sin enterarse y sin ser consciente de cuándo se da el paso de una realidad a otra.

              Viene la cita a cuento de que la relación entre los dos amantes es, al principio, algo distinto a lo que acaba siendo. Ambos se comportan rodeando su relación de unas apariencias justificadoras –ante sí mismos y ante los demás-  que no se sabe hasta qué punto terminan, con el paso del tiempo, siendo realidad. Para un muchacho de veinte años cabe pensar que liarse con una mujer que le dobla la edad es un acto de libertad, o quizá de rebeldía, a juzgar por las motivaciones que el narrador da. Incluso puede pensarse en simple egoísmo, pues la relación le permite olvidarse de los problemas económicos. Significativo es que en algún momento se muestre orgulloso no de su historia de amor, sino de que sea «más verdadera» que las del resto de sus amigos, como si lo inhabitual fuera sinónimo de autenticidad. ¿Pero eso es egoísmo, ansias de libertad o simple inmadurez? Yéndonos a Susan, la otra protagonista, todavía es más complicado averiguar qué significa para ella la relación con el narrador, porque nunca vemos nada a través de sus ojos. Por lo que se va sabiendo del matrimonio de Susan puede pensarse que se ha visto tan ninguneada que su autoestima se ha esfumado y trata de buscarla en la aceptación de otro hombre; y más se consolidará esa autoestima si la inclinación del protagonista por ella vence a los gustos que cabe presuponer a un amante tan joven; la sensación se consolida porque, como nadie puede encontrar la autoestima fuera de su propio yo, tanto la relación como la victoria sobre esos supuestos gustos es insuficiente para sanar una autoestima maltrecha, lo cual puede justificar el desarrollo de la relación de Susan con el alcohol y, sobre todo, su falta de rebeldía, la aceptación de su destino como una fatalidad. Algo estorba, no obstante, esta interpretación, pues Susan sí realiza actos de rebeldía, aunque no completos, sino como quien, teniendo el valor de huir de de algo, se lanza al río pero se abandona a la corriente.

              Sin embargo, como digo, las sensaciones son tan contradictorias como lo somos las personas: algo tan ajeno al amor como el egoísmo o la rebeldía del protagonista se ve desmentido por los años que pasa junto a Susan, la mayoría más malos que buenos (¿por qué no la deja, si es tan egoísta?), por su dedicación a ella, por el modo en que ella ocupa sus pensamientos y preocupaciones y por el modo en que esa relación, que llega al agotamiento de sus fuerzas, anula en él la capacidad para amar a otras personas. En cuanto a ella, algo similar puede decirse: por más deteriorada que se considere su autoestima, no es tan egoísta como para aferrarse al protagonista como último recurso. Tiene otros, incluyendo la asunción de la soledad si es allí donde el río la lleva. Sea como fuere, los motivos de Susan son los más opacos, lo cual es lógico habida cuenta de que no es ella quien nos habla.

              La novela está dividida en tres partes con tonos muy distintos. La primera, que narra los inicios de la relación, es el más sensual y en algunos puntos incluso divertida por lo que la relación tiene de transgresora y porque siempre resulta estimulante ver a personas en busca de su libertad, o de sí mismos, o del amor, o de lo que sea. La segunda parte, en cambio, es progresivamente sombría. Y la tercera es una especie de amanecer después de la batalla: nada alegre, pero con la sensación de alivio que produce la certeza del fin; una parte de amarga nostalgia involuntaria donde se echa la mirada atrás, se hace recuento y, de sopetón, se comprende que entre lo perdido en el campo de batalla está la mayor parte de la vida; por delante solo queda un futuro breve y limitado en el que hay que cargar con el peso de los errores. Y, cuando esos errores los han pagado otros, a poco honrado que sea uno pesan más. La última jugarreta de la vida se sufre en ese momento: has hecho balance y en él tienes deudas que ya no podrás saldar, pero hay que seguir viviendo y, si no quieres vivir tu ya muy limitado futuro como un infierno de remordimientos debes buscar algún tipo de perdón contigo mismo… y con quienes ya no te pueden perdonar o dejar de hacerlo. De la impotencia por no poder ser perdonado o comprendido por quien ya no está surge el ansia de paz interior, lo cual desemboca, sea justo o injusto, en la autoindulgencia, que no es ni la indiferencia ni la resignación, pero que, vista desde fuera, tanto se les parece. 


lunes, 13 de enero de 2020

El hereje – Miguel Delibes


El Hereje, de Miguel Delibes. Una edición por 4,95 euros.
¡Qué caro es leer!

              
              Lo menos que se puede decir de El hereje es que el Ministerio de Cultura le concedió el Premio Nacional de Narrativa en 1999.

              Esta «novela histórica» no es tal. O, mejor dicho, es mucho más. Quiero decir que la mayoría de lo que se clasifica como «novela histórica» está más cerca de las historias de aventuras y acción, e incluso de intriga, que de la literatura en el sentido profundo de la palabra. Y esa literatura, la Literatura, se construye con novelas como esta, que transcurre en el siglo XVI solo porque es el escenario más adecuado para una intensa reflexión sobre la libertad de conciencia, que es de lo que trata el libro, y no sobre historia alguna ni del siglo tal ni del cual pese al magnífico retrato de la época que Delibes consigue hacer.

              El protagonista, Cipriano Salcedo, es el hijo único de uno de los primeros burgueses de Valladolid. El negocio de su padre, como el de toda Castilla en la época, estaba relacionado con el comercio de lana. Para quien no lo sepa, durante siglos el comercio español fue un desastre que se dedicaba a exportar lana procedente los rebaños de la meseta y a importar productos textiles manufacturados. El productor de lana se enriquecía (pero solo más o menos, pues estaba a expensas de los monopolios de demanda derivados de la dificultad de enviar las expediciones de productos) y el resto de mortales pagaban las importaciones de sus atuendos. El abultado saldo final se marchaba fuera de nuestras fronteras.

              No lo cuento por contar. Para significar que el protagonista es un hombre reflexivo Delibes hace de él un avanzado a su tiempo, un hombre que ve más allá que su padre y se lanza a hacer algo tan distinto como pensar que en lugar de exportar tanta lana puede quedársela y, con ella, fabricar ropa y venderla haciéndola atractiva. Una concepción de la actividad económica revolucionaria en la época. De ser un simple comerciante más, a ser uno de los primeros industriales.

              Pero no corramos. Cipriano, un chico fuerte pero esmirriado, fue un hijo cuya llegada se hizo esperar y se llevó por delante a su madre, quedando al cuidado de una nodriza y enfrentado, sin que él llegara nunca a explicarse muy bien las razones, a su padre. Es un hombre disciplinado, honesto consigo mismo y relativamente culto, lo cual le lleva a tener inquietudes emocionales y espirituales.

              Las emocionales, mal que bien, las va satisfaciendo tras una educación despiadada y dura en una especie de orfanato que, pese a sus rigores, se transforma para él en el hogar que su padre, adinerado como es, no le da. Y es su hogar no por encontrar en él cariño o afecto, sino conocimiento y cultura. Es decir, a sí mismo. Además, en el hecho de satisfacer sus necesidades emocionales ya encuentra Cripriano muchos motivos para la reflexión, porque el instinto le enfrenta a la moral, y cuando esta no se impone la honestidad de Cipriano le hace intentar racionalizar su conducta. Es lo que sucede en su relación con su nodriza y casi madre, Minervina, un personaje maravilloso, pero también cuando cree sentir la llamada del amor hacia la mujerona grandota, poco agraciada y de temperamento difícil que terminará siendo su esposa, y no hablemos ya de la relación o no relación final con Ana Enríquez. Todo lo pasa Cipriano por el tamiz de una moral reflexiva, e intenta actuar en consecuencia: haciendo lo que cree que debe y, cuando no es capaz, asumiendo las consecuencias de sus actos y, lo que es más importante, haciendo lo posible por compensar los daños causados.

              Cipriano es un hombre que no quiere hacer daño a nadie. Al contrario. Es un hombre bondadoso y, a menudo, tan poco aferrado a lo material que lo que algunos considerarían generosidad para él no es más que un acto de justicia. Y cuando tiene dudas, acude a su tío, un hombre culto, ponderado y comprensivo, abierto de mente pero, paradójicamente, solo hacia su propio interior, pues es consciente del problema de pensar en una sociedad donde lo distinto se niega. Recalco la bondad de Cipriano porque es clave en la novela: si él hubiera pretendido imponerse a alguien o a algo, hubiera sido lógico que encontrara oponentes, pero él se limita a intentar ser consecuente con sus propios pensamientos sin causar ningún daño a nadie. O, dicho de otro modo, nada de lo que pasa por su cabeza tiene una aplicación práctica más allá de constituir sus propios pensamientos y creencias.

              Y en cuanto a las inquietudes espirituales, ¿dónde es posible satisfacerlas?

              Siempre en el mismo sitio: allí donde se cuestiona el orden establecido, legal o moral, pues no es posible ni razonar ni argumentar donde no se duda de nada, sea religión, como es el caso, o política. En la novela, la fortaleza de la Inquisición, obtenida por el ejercicio impune de la violencia, ha hecho que el común de los mortales prefiera no pensar. Sin embargo, algunas escasas mentes inquietas –y alguna ingenua e irreflexiva- han sido receptivas a las doctrinas de Lutero y, en particular, aceptan la conclusión de que no existe el purgatorio y de que el sacrificio de Cristo hace innecesario –otra cosa sería ningunear la acción del Salvador- la acción individual. Parece poco, pero es más que suficiente para ser exterminado por la Inquisición.

              He aquí también otro elemento para la reflexión: ¿por qué unos personajes cercanos a la doctrina luterana actúan con toda prudencia, sabiendo lo que arriesgan, y para otros en cambio es casi un juego? La respuesta está en lo que antes he dicho: como nada de lo que hacen o dicen implica un mal inmediato para nadie, a algunos les resulta imposible ser conscientes de estar haciendo algo mal, lo que sitúa la novela, por otra vía, en su objetivo: la libertad de pensamiento. Cuando el pensamiento en nada afecta a la vida cotidiana de quienes nos rodean, la única posibilidad de conflicto no deriva de la confrontación de intereses, sino de la tolerancia o intolerancia a las ideas. Un tema que sigue vigente.

              También induce a reflexión la distinta actitud de los herejes. Dejando a un lado a Cipriano, cuyas motivaciones conocemos, se intuye que no todos tienen las mismas. Como siempre que hay un cambio, siquiera sea leve, aparecen advenedizos que ven en el cambio la ocasión de ganar prestigio o influencia, de convertirse en pequeños líderes sometidos en realidad a su propia vanidad. Otros participan en los cambios por simple curiosidad o por el deseo de dejar atrás una realidad que se les queda pequeña. Alguno, también, se deja arrastrar por inconsciencia o debilidad.

              El hereje es la historia de Cipriano, un hombre enfrentado a un modo de vida cuyo rigor histórico –algún anacronismo aparte- no impide, como en todo buen libro, que lo que se muestra sea un trasunto de infinidad de situaciones que siguen dándose, aunque con condenas menos virulentas, pero bastante efectivas. ¿Alguien puede negar que pensar y tener opinión propia no es un vicio mal visto en una sociedad que tiende a clasificar a todo el mundo a partir del más pequeño signo? ¿Creemos que los grupos ideológicos a los que pertenecemos o en los que se nos clasifica nos van a perdonar no seguir sus doctrinas oficiales? ¿Creemos acaso que la tiranía de lo «políticamente correcto» o del «pensamiento único» son algo diametralmente distinto a aquello de lo que nos habla Delibes? Por supuesto que no. El hereje es un canto a la libertad de pensamiento, una reivindicación del individuo frente a la masa, y su trágico y durísimo final es el único posible para que ese canto llegue a oídos del lector.

              De ahí que, por ser este el objetivo de la novela, Delibes se demore intencionadamente en los pormenores de multitud de situaciones. Porque lo importante en El hereje, y vuelvo al principio, no es buscar una «acción que atrape al lector». Al lector no ha de atraparlo la acción descrita, sino su propio pensamiento, sus reflexiones. Y ellas crecen en paralelo a los procesos mentales de Cipriano, que, como los de cualquier ser humano, se desarrollan condicionados por infinidad de detalles. Esto explica la necesaria lentitud de la novela, que no es tal, pues al terminarla uno se da cuenta de que con este libro ha recorrido más distancia intelectual que «devorando», como suele decirse, centenares de novelas de esas que «enganchan». Que enganchan tu tiempo, pero no tu inteligencia.



viernes, 3 de enero de 2020

Fortunata y Jacinta - Benito Pérez Galdós





                Qué bien se lee esta novela pese sus más de mil doscientas páginas. Es apasionante, enriquecedora y las socarronas observaciones del autor te hacen sonreír constantemente.

                Fortunata y Jacinta es más bien la historia de Fortunata, que, exceptuando la primera parte, protagoniza una novela en la cual Jacinta tiene un papel importante, pero no principal. El argumento es famoso: Juanito Santa Cruz, rentista hijo de rentistas, seduce a Fortunata, una muchacha de clase baja, inculta, algo bruta y muy hermosa, bajo promesa de matrimonio. Para él es solo un capricho, un modo de pasar el rato, y sin ningún remordimiento de conciencia la abandona embarazada. Tras este hecho (el orden es fundamental) se acuerda el matrimonio de Santa Cruz con Jacinta, una joven encantadora y buena a la que Juanito no oculta lo sucedido con Fortunata en su vida anterior. Pese a ser un matrimonio de conveniencia, de inmediato surge entre ellos el amor. Aunque para amor, el que Fortunata siente toda su vida hacia el hombre que la deshonró; un amor fronterizo con la obsesión del que Juan se aprovecha para volver con Fortunata cuando le da la gana y de nuevo dejarla tirada en cuanto vuelve a cansarse de ella. Jacinta, por su parte, sufre una obsesión no satisfecha por tener hijos y una mezcla de envidia y celos retrospectivos hacia la mujer que, antes de aparecer ella en escena, cautivó a su ahora marido e incluso llegó a tener un hijo suyo. Pero es que además, entre el amor de Fortunata por Juanito y la cara dura de éste, Fortunata no acaba de irse de la vida del matrimonio.

                Fortunata es una perdedora: es pobre, se han aprovechado de ella y la deshonra en la mentalidad burguesa del último tercio del siglo XIX supone un cataclismo; tales problemas provocan que, no sabiendo hacer casi nada para ganarse la vida, esté abocada a la prostitución o a la mendicidad. Sobrevive gracias a algún amante –lo cual es visto como un modo de prostitución- hasta que, un buen día, se prenda de ella Maximiliano, un joven enfermizo, escuchimizado, enclenque e impotente, con una posición económica modesta pero superlativa vista desde la posición de Fortunata. Maximiliano se empecina, en contra del criterio de su pragmática tía, con la que vive, en casarse con Fortunata; y Fortunata, aunque no lo quiere y sus sentimientos hacia él oscilan entre la pena, la aversión y el reconocimiento de su bondad, entre los consejos de unos y otros y las tortas que de todos lados le caen considera que aquel matrimonio puede darle la ansiada vitola de «mujer honrada» (y más tras el «lavado espiritual» con que el hermano cura de Maximiliano la limpia socialmente), con la que aspira a competir con Jacinta. Magistral el relato del deterioro mental de Maximiliano.

                La historia de Fortunata y Jacinta es la de la lucha de dos mujeres por conservar lo que creen suyo. Una lucha tan formidable que ningún otro personaje tiene modo de acercarse a ella sin llevarse, como mínimo, un coscorrón. Una se cree la legítima esposa por haber actuado según la norma social, y la otra por haberlo hecho primero, aunque según la norma natural. ¿Pero qué es más legítimo? ¿Acatar la convención social o los sentimientos? De la respuesta que se dé, una de las dos es la «legítima» esposa de Juan Santa Cruz (legitimidad muy vinculada al orden cronológico, si puede decirse así) y la otra es, solamente, «la otra». En la novela, la sociedad, desde sus normas, considera a Fortunata «la otra» de modo inapelable. Pero ella no lo ve así, porque lo suyo con Juanito fue anterior a que este se comprometiera con Jacinta y, además, Fortunata puede darle hijos, puede hacer que sea su propia sangre la que dé continuidad a la estirpe de los Santa Cruz. Toda esa lucha está condicionada por el innoble, egoísta y mezquino comportamiento de Juan Santa Cruz, un vivales que aprovecha su posición social y económica y el papel relegado de la mujer en aquella época para tomarse las relaciones sentimentales como un juego: cuando se cansa de una, se va a por la siguiente, y cuando se cansa de esta, vuelve a la anterior o se lanza a una nueva; Juan Santa Cruz solo quiere lo que no tiene, y aun reconociendo siempre el inmenso mérito de su esposa en todos los órdenes y su superioridad moral sobre él, la soberbia le impide asumir su innoble proceder y las consecuencias del mismo.

                La novela, como he dicho, es la lucha de Fortunata.

                Pero en torno al eje principal hay, como en toda grandísima novela, muchísimo más.

                Hay, para empezar, no solo la visión social y la de Fortunata. También la de otro personaje, Feijoo, importantísimo en un momento dado por ser un trasunto de Pérez Galdós, por lo que resulta imposible no pensar que su pragmática opinión y comportamiento –una suerte de sortear las reglas sociales, sin romperlas formalmente, para poder compatibilizar la regla social y la natural a través de una suerte de controlada y limitada doble vida- se corresponden con la posición del autor.

                Sigue un amplísimo repertorio de personajes variopintos, dibujados con nitidez, muy distintos unos de otros, que a su vez permiten reflejar unos cuantos ambientes también muy diferentes entre sí. Los perfiles psicológicos son maravillosos, magistralmente definidos y muy realistas. Tanto que no hay personaje cuya actitud ante la vida no le otorgue méritos y deméritos.

                Vemos también un cuadro completísimo de los modos de vida y costumbres del Madrid de la época. El lector sale de Fortunata y Jacinta con un amplio conocimiento de cómo era la cotidianeidad del momento, y se ve a sí mismo en los cafés, en las tertulias o de compras con los personajes.

                Hay también una continua referencia a la situación política que, a finales del siglo XIX fue de las más complicadas que recuerda este país. A seguirla ayudan las notas a pie de página, breves y concisas, que hay en la edición que he leído.

                La situación política no es ajena a los cambios en los valores morales. Los planteamientos de Fortunata o el pragmático cinismo de Feijoo-Galdós, lo mismo que el capricho de Maximiliano y el modo en que la familia de éste asimila la situación sin renunciar a ser gente de orden, debieron entusiasmar a unos lectores y escandalizar a otros tanto o más que la constante crítica que, de modo inteligente y humorístico, se hace de la religión.

                 Pero, sobre todo, encontramos algo solo al alcance de los grandes escritores: la increíble capacidad para mezclar sencillez expositiva con profundidad narrativa, lo cual hace que la lectura sea tan fácil como enriquecedora.

                El otro día, en un programa de radio, comenté algo: por qué demonios cuando nos da por leer clásicos nos acordamos de los grandes autores franceses y rusos del siglo XIX y no nos lanzamos de cabeza a libros como Fortunata y Jacinta o La Regenta, que se cuentan entre los mejores de la historia de la literatura, que no precisan traducción, que entendemos mejor por la mayor proximidad cultural y que nos enriquecen más porque nos ayudan a comprender mejor por qué somos lo que somos como personas y como país.

                   Curioso dato, para ir terminando, que Galdós falleciera cuatro o cinco días después que su último amor, Teodosia Gandarias. También Feijoo, su trasunto en la novela, murió casi a la vez que su amor.

                Añado, para termina, una frivolidad: esta edición me costó 12,30 euros. He tenido lectura para casi un mes. Un montón de horas. Y el libro es tan magnífico que su lectura produce una especie de euforia constante. Dedico este párrafo a quienes dicen que leer es caro.

                Publico esta reseña hoy, 3 de enero de 2020, porque mañana se cumple el primer centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós. Uno de los mayores escritores de la historia.  Un minúsculo homenaje que se multiplicará hasta el infinito con cada nuevo lector que a don Benito llegue desde estas líneas. Con solo uno, habrá merecido la pena escribirlas.




lunes, 16 de diciembre de 2019

domingo, 15 de diciembre de 2019

George Simenon y la potencia creadora – Andrea Camilleri




              Interesante opúsculo con el que adentrarse en las interioridades de la literatura de uno de los más afamados escritores del siglo XX, George Simenon. Un autor prolífico (tanto que hasta resulta complicado establecer cuántas obras publicó), que firmó textos de gran calidad y que se permitió el lujo de crear personajes inmortales como Maigret.

              Hace tiempo que tengo claro que cuanto más se conoce sobre un autor, más se disfrutan sus obras. Este breve texto, que se lee en apenas una hora, puede ser un excelente aperitivo para todo aquel que decida leer a Simenon.

              Que lo firme Camilleri, otro autor extraordinariamente prolífico, de éxito y que también ha creado un personaje inolvidable, da un valor añadido al contenido. Camilleri sabe de lo que habla, y su visión tiene fuerza; reconoce con claridad y sencillez y argumenta con contundencia muchos de los méritos de Simenon, un autor que, como dice el italiano, más que vivir intensamente para hacer literatura consiguió vivir intensamente gracias al modo en que afrontó la escritura.





domingo, 8 de diciembre de 2019

Recomendaciones literarias




               
                Recomendaciones, recomendaciones… pues no. Más bien son libros que me alegra haber leído este año. Pero como esa alegría puede ser contagiosa aquí los pongo, por si alguien quiere pillar la enfermedad en uno de los meses en que más libros se venden.

                Pero, eso sí, no olvidéis que yo he venido aquí a hablar de mi libro y que, como dijo el excelso poeta «pues vale, pues los libros esos están fenomenal, pero quien no lee Laterrible historia de los vibradores asesinos -que además ahora está gratis en ebook para los suscriptores de Prime en Amazon- y La sota de bastos jugando albéisbol, es un soso, un desaborido, un tío más triste que una lechuga pocha y ni sabe divertirse leyendo ni na de na de na». No recuerdo muy bien qué poeta lo dijo, pero, ejem, lo dijo. De verdad, ¿eh? Creo.

                Y tras el autobombo, y ya en serio, los diez libritos:




          Una de esas historias de historias que me encantan y me inspiran. No es la mejor de Camilleri, pero es entretenida, divertida y no inocente: nos pone frente a frente con el racismo.



          ¿Imaginas ser un adolescente salido al que le toca como premio una noche de amor y pasión con su actriz porno favorita? Es lo que cuenta esta excelente novela, ganadora del primer premio Clarín, con un jurado donde estaban Bioy Casares, Roa Bastos y Cabrera Infante.



          Brutal historia saturada de violencia que a unos gusta y a muchos aturde. Hay que saber ver más allá de las escenas violencias para bucear en la dictadura del azar.



          Uno «es del lugar donde están enterrados sus muertos». O cómo arrancar las propias raíces y conservarlas al mismo tiempo. La cuadratura del círculo que el ansia de libertad es capaz de lograr en situaciones extremas. Literatura en todo el sentido de la palabra.



          Una escritora de época. Una forma de comprobar que no hay problema, por grande que sea, que impida que la vida pueda ser vivida.



          De ligera nada. Una gran novela, con dosis de intriga, sobre un tiempo de paso. No entre las más conocidas, pero magnífica.



          Una historia breve, dura, contundente, que hace reflexionar sobre lo más oscuro del ser humano.



          Genial historia cuyo magistral desenlace es inolvidable.



          Uno nunca es buen juez de los autores que conoce: o es demasiado crítico o demasiado indulgente. Mejor leed esta novela y juzgad vosotros. 



          Lúcida crítica del mundo del periodismo contada en clave de humor por quien fue corresponsal de guerra y vio, entre sus colegas, lo que vio.



jueves, 5 de diciembre de 2019

La terrible historia de los vibradores asesinos otra vez en Prime Reading





¡Por vuestra culpa el pobre Ajonio no puede descansar y cualquier día le va a dar un arrechucho!

Hace ahora un añito que Amazon tuvo a bien incluir La terrible historia de los vibradores asesinos en su promoción de Prime Reading. Durante seis meses cualquiera pudo leer gratis la novela en formato electrónico si estaba suscrito al servicio Prime.

Algún potencial vio Amazon en Ajonio, ya que la pequeña selección de Prime Reading se hace entre los más de dos millones de novelas disponibles, y además se trataba de la segunda tanda, por lo que casi inauguraba el servicio. Fue una excelente oportunidad para que nuevos lectores, muchos más de los que esperaba, conocieran a tan calamitoso personajete. 

Tan bien fue la cosa que Amazon me ha propuesto repetir la experiencia durante el próximo medio año. Ajonio también formará parte de la cuarta tanda.

Así que desde ahora La terrible historia de los vibradores asesinos vuelve a estar gratis para todos los suscriptores del servicio Prime, servicio que además permite recibir compras sin coste de envío, acceder a música gratuita, ver series y reportajes exclusivos como ese de la presentadora Pilar Rubio y Sergio Ramos (que es un tío que juega a la pelota)… En fin, esas cosillas.

¿Cómo puedes leer la novela si tienes Prime? Búscala en Amazon en ebook. Allí verás que el precio es cero. Basta ir al lado derecho de la pantalla y darle a «leer gratis».

             Fácil, ¿eh?

         Y si no tienes ese invento ni ganas de tenerlo, a seguir con el método tradicional: la novela sigue disponible en librerías (aunque a estas alturas hay que solicitarla) editada por Mira Editores, y en ebook en Amazon. En este formato también es gratis para los usuarios de Kindle Unlimited, tarifa plana de lectura que, por cierto, ahora es gratuita durante los tres meses que puedes utilizarla a prueba.

Ajonio protesta porque, como decía al principio, el hombre ya está un poco mareado de tanto ir de mano en mano de un lector a otro, pero yo estoy encantado de que lo mareéis así. Por mí, como si hacéis de él una peonza. ¡Gracias, lectores!



domingo, 1 de diciembre de 2019

Cuatro mensajes nuevos – Joshua Cohen




              Leo que Joshua Cohen ha sido comparado a la vez con Bellow, Pynchon y David Foster Wallace, de lo que deduzco que quienes hacen estas comparaciones tienen tantos problemas como yo para explicar qué diablos ha escrito Cohen. Me refiero a Cuatro mensajes nuevos, pues no he leído ningún otro texto suyo.

              La sonoridad del lenguaje es brutal; la verborrea desatada, espectacular; entender qué cuenta, bastante más complicado en tres de los cuatro relatos; y sacar alguna conclusión distinta de las que bullen como ideas que deslumbran al hilo de frases o párrafos concretos, meritorio.

              Si denuncia la desorientación del mundo actual, estas páginas lo consiguen desorientando en todo momento al lector.

              El amigo que me recomendó y prestó este libro lo hizo diciéndome que era una obra de humor, pero ahora sé que lo dijo por cómo se rio cuando me lo tragué. No hay humor, aunque si una forma apasionadamente desapasionada de pintar el texto, que puede leerse con el ardor, pero también con la tranquilidad, con que algún exaltado, para desahogarse, se lía a tortas con un objeto inservible que iba ya camino de la basura.

              Reconozco, eso sí, que no he leído este libro en la mejor disposición: estaba más receptivo a la lectura fluida que a la lenta y reflexiva que Cuatros mensajes nuevos merece. Pero reconozco, también, que a menudo me entraba prisa porque tanto fuego artificial parecía disimular cierta falta luz, hasta el punto de que más de una vez he mirado la contraportada para asegurarme si lo que estaba leyendo se correspondía con el argumento que allí se señalaba. Quizá en esto se parece Cohen a Pynchon, cuya Subasta del lote 49 me dejó en el mismo estado que si acabara de investigar no sabía qué y no sabía cómo.

              Cuatro mensajes nuevos, pero también cuatro mensajes encriptados. El desencriptador que lo desencripte, buen desencriptador será. Una gran lectura para lectores avezados y aventureros que tengan el día inspirado.



jueves, 28 de noviembre de 2019

Calais – Emmanuel Carrère




              
              A finales de 2016 se instaló en Calais (76.000 habitantes), la localidad francesa más cercana al Reino Unido y de la que parte el Eurotúnel, un campamento temporal de inmigrantes, conocido como «la Jungla», fruto de la crisis de inmigración de 2015. En unos sitios se dice que hubo allí 700 inmigrantes y en el texto se llega a hablar de 2000. Todos sin apenas recursos y con la obsesión de alcanzar el Reino Unido para encontrar trabajo allí y tener menos dificultades con la lengua. Ese deseo les hacía incurrir en prácticas de riesgo –jugándose la vida y pudiendo provocar accidentes- como abordar al despiste los camiones donde intentaban ocultarse. 

              El autor se desplazó a Calais para analizar cómo la repentina aparición de tantos inmigrantes afectaba a una ciudad en la que, como es lógico, ya había inmigración previa. Su análisis, sin embargo, se ve espoleado por unas cartas firmadas con nombre ficticio en el que se le reta a ver la inmigración con los ojos de los habitantes de Calais, una ciudad ya no muy boyante tras pasar lo más duro de la crisis, por no hablar de una ciudad en decadencia.

              La obra, poco más que un reportaje largo que se lee en una hora, hace reflexionar sobre ciertos «necesarios absurdos», como que sea Francia quien resguarda la frontera inglesa y viceversa, cuando es obvio que el trasiego de personas no es equilibrado pues el Reino Unido no es zona de paso, sino de destino. Pero, sobre todo, induce una seria reflexión sobre el modo en que vemos la inmigración y nos comportamos ante ella. La desconfianza, el prejuicio, el modo en que lo particular se eleva a categoría general. La posición de Carrère es contraria al prejuicio, pero en su ánimo también está, consecuencia del reto, no dejarse influir por el «prejuicio de la falta de prejuicios»¸ y va abierto a escuchar cuantas versiones encuentre, aunque no tanto con afán investigador como testimonial, prueba de lo cual es la humana necesidad que en un momento siente de comprobar que cierta familia no tiene la hipocresía de la que la han acusado, comprobación que tiene mucha relación con la esperanza. Entre unas cosas y otras vemos cómo la sociedad se divide no solo entre el «nosotros y ellos» sino entre quienes están a favor (pocos) y en contra (casi todos) de la presencia de los inmigrantes, aunque apenas se rasca en la capa de las circunstancias de cada cual todos los seres humanos somos iguales.

              Muchas ideas para reflexionar, pero una, algo poética, con la que me he quedado: de la decadencia occidental donde la gente repite toda su vida las mismas rutinas de trabajo y ocio sin otro horizonte que seguir repitiéndolas hasta morir, de esa decadencia digo, surge cierta inquina, cierta envidia hacia quienes, teniendo mucho menos en lo material, en cambio tienen la esperanza, el ánimo y voluntad de labrarse un futuro mejor. Por eso, curiosamente, llegaba a haber más alegría en la Jungla, en medio de toda su penuria, que en las casas con jardín de Calais.





martes, 26 de noviembre de 2019

Cumpleaños de La sota de bastos jugando al béisbol





Hoy cumple cinco añitos la segunda novela de Ajonio Trepileto, que apareció con el número 41 en la colección Sueños de Tinta de Mira Editores. En La sota de bastos jugando al béisbol podéis leer algunas de las escenas que más he disfrutado escribiendo, y eso que transcurren en un lugar tan poco motivador como un triste cementerio de pueblo.

                La considero una novela mejor escrita que la primera, tanto por la estructura como por la limitación, para evitar reiteraciones, de ciertos involuntarios y poco higiénicos excesos de Ajonio, pero como no hay segunda novela de un personaje que pueda sorprender como la primera y dado que La terrible historia de los vibradores asesinos (Nº 14 de la colección) es un título que llama más la atención, más lectores me hablan de «los vibradores» que de «la sota», a pesar de que también ésta se ha vendido muy decentemente (lo cual es muy meritorio, dado lo indecente de Ajonio), tanto que a lo largo de este tiempo ha alcanzado el número uno de humor en español en las webs de Amazon en Francia, Alemania, Reino Unido, Italia, Brasil, Australia y Canadá (para lo que no hace falta vender demasiado en estos países, cierto, pero cifras bajitas no es lo mismo que fáciles, como lo demuestra que pocas otras novelas pueden decir lo mismo).

                Felicidades a Ajonio, y gracias a todos los lectores que le han dedicado su atención. Espero que haya correspondido haciéndoles sonreír mucho más de lo que esperaban. Gracias también por su impagable labor de boca a boca.




jueves, 21 de noviembre de 2019

El montacargas – Frèdèric Dard





              El montacargas, publicada en 1961, es una excelente novela que se lee y se ve en blanco y negro, porque parece una excelente película de la mejor época del cine negro. Una historia bien contada, breve, concisa, con un punto de intriga notable, otro mayor de suspense y un final fantástico, inapelable.

              Estamos en Nochebuena. El protagonista es un caballero en la treintena que acaba de salir de la cárcel tras seis años en ella. En su casa no lo espera su madre, muerta hace cuatro, sino una soledad tan absoluta que se lanza a la calle para huir de ella. A deambular y, sin pensarlo, a cenar.

              Y cenando conoce a una mujer, la señora Dravet, joven y guapa, que va acompañada de su hija, una niña.

              Tiene suerte el protagonista: la mujer parece no rechazar su presencia y hasta hacerle caso. La cosa llega al punto de que, incluso, lo invita a subir a su casa. Todo discurre de modo lógico, haciendo sentir al protagonista una compañía como nunca ha sentido. Solo una sola cosa ha llamado su atención como fuera de lugar: la extraña coquetería de la señora Dravet de lavar dos manchitas inapreciables. Y qué bonito y hogareño es el comedor de la señora Dravet. Y cuántas veces va a visitarlo, como ya anuncia el índice.

              La cuestión es qué va a encontrar en cada una de ellas. Quien lea esta novela quedará de inmediato atrapado en la dinámica de los acontecimientos. Es muy posible, también, que el lector se anticipe y encuentre cierta explicación racional a sucesos extraños ayudado en la pista que supone el título, pero que no se engañe: las cosas son bastante más complicadas y el giro que el autor, que también fue guionista y se nota, da a la historia, es sencillamente magistral.

              Escrita en primera persona en el tono lúgubre del hombre que ha perdido todo y se aferra a un atisbo de esperanza que no cesa de torcerse, El montacargas es una novela breve, magnífica, que hace reflexionar sobre los motivos de las personas y las extrañas solidaridades que a veces practicamos como consecuencia de una migaja de afecto, una novela todavía más inquietante por su fabuloso final que lo mucho que ya lo es en su desarrollo.