En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.






viernes, 24 de marzo de 2017

Aviso, próxima despedida y agradecimiento




          Comunico a vuestras ilustrísimas la inminente subida del precio de mis dos novelitas y mi próxima retirada del mundanal ruido.

          Quien desee la explicación, que siga leyendo.


1. Durante los últimos treinta y dieciocho meses, respectivamente, mis dos novelas protagonizadas por el apuesto, ejem, Ajonio Trepileto, han podido comprarse en ebook al irrisorio precio de 0,99 euros (con una pequeña excepción temporal al principio, con la primera novela). El mínimo permitido por Amazon. Aproximadamente un 94% de ahorro sobre el precio de las magníficas ediciones de Mira Editores (2011 y 2014) que tan bien han funcionado (número dos de humor en FNAC, libro más vendido durante meses en la Librería Central, libro recomendado en la Librería Central y en la cadena Quorum, uno de los libros más vendidos en la feria del libro donde debutó...). Incluso han tenido entrada en la universidad, donde algunos alumnos de primer curso de Filología en Zaragoza hicieron algunos pequeños trabajos sobre ellas que me llenaron de orgullo.

2. Ambas novelas han estado disponibles en Kindle Unlimited, por lo que los suscriptores de este servicio han podido leerlas a coste cero.

3. Conclusión: cuando he sido yo quien ha tenido capacidad de decisión, como ha ocurrido en la edición electrónica, he pensado antes en los lectores que en mi bolsillo. Nadie dirá que el dinero ha sido para mí un objetivo ni que me he creído alguien la hora de poner precio a mis libros.

4. Y los lectores han respondido.

          Ajonio Trepileto, con una novela u otra, ha encabezado el top 100 de humor en español en Amazon en siete países y ha estado en el top 10 de varios más.  No han sido episodios aislados, sino recurrentes a lo largo de todos estos meses. En España, los vibradores asesinos llevan treinta meses seguidos en el top de humor. ¡Dos años y medio! Logro casi milagroso, dado que las clasificaciones de Amazon están ponderadas por el precio. 

          No puede confiarse en que las ventas indiquen calidad cuando media publicidad directa o indirecta, o cuando son consecuencia de algún otro tipo de notoriedad. Tras algunas ya muy lejanas noticias y entrevistas, durante años solo he contado con mis propias palabras en las redes y, sobre todo, con el boca a boca que agradezco a multitud de lectores y, también, a quienes han colaborado -casi siempre desinteresadamente- en las presentaciones realizadas o compartiendo información. Por eso creo que la situación descrita, tantos años después de su publicación en papel, algo bueno quiere decir de mis novelas.

5. Como economista, debería bajar todavía más el precio -si Amazon lo permitiera-, pues así no solo vendería la máxima cantidad de ejemplares, sino que maximizaría el ingreso. Cualquiera lo sabe, es el abc de la microeconomía. Esto todavía sería más cierto si hubiera partido de precios más elevados.

6. Sin embargo, el escritor que también soy le da una patada en el culo al economista. Pero esta vez no en atención a los lectores sino, si me permitís usar una expresión hecha, por razones del corazón. En lugar de bajar el precio he decidido hacer lo contrario dentro de unos días. Venderé mucho menos y dadas las fechas es muy probable que la situación actual se acabe, pero, como digo, tengo mis razones.

7.  En concreto, una razón poderosa: el cariño a mis novelas, siempre enorme, pero agudizado ante la conciencia de que la vida no se detiene y en algún momento todo autor debe olvidarse de lo que ha escrito y pensar en otras cosas, buenas o no tanto, y no necesariamente literarias. Este momento está cerca. 

          Llamadme romántico y tontorrón, pero es así. Quiero dejar al pobre Ajonio Trepileto, ese tonto útil del que tanto abusan todos los demás personajes, a un precio que no esté tan bajo como la dignidad que sus compañeros de correrías le reconocen. Tengo tantas cosas en común con él, incluso lo de ser un tonto útil, que abandonarlo a la intemperie con esa especie de cartelito de «saldo a 0,99» sería como abandonarme así a mí mismo. Con el trabajo que me costó, con la ilusión que puse... Hasta ahora ha tenido ese ridículo precio, pero he estado a su lado para hacerle compañía a diario, lo cual me ha permitido no sentirme culpable ante mi propio trabajo. Sin embargo, al pensar en irme no quiero dejarlo así, al precio más bajo, como si fuera «la última mierda», sentimiento en el que también Ajonio tiene experiencia. Entre el precio actual y el abusivo está el término medio del común de los ebooks, y ese es el que va a tener dentro de unos días.

8. Aún seguiré por aquí un tiempo impreciso apoyando a Ajonio. No mucho. El necesario para ver qué rumbo toma. Después mi presencia en las redes, que ya ha caído mucho, se reducirá al mínimo.

9. Por cuanto he dicho, las dos novelas pasarán a costar 2,99 euros en formato ebook. Las excelentes ediciones en papel de Mira Editores seguirán costando como hasta ahora: 16 y 18 euros. El ahorro en ebook seguirá siendo superior al 80%.

          ¿Cuándo? Si todo discurre según lo previsto, a partir del 3 de abril.

10. Las dos novelas seguirán en Kindle Unlimited.



11. El lector, por tanto, lo seguirá teniendo fácil. Prueba de que el vil metal sigue sin importarme es que aviso del alza del precio del ebook con antelación.

12. La influencia del boca a boca la he comprobado la barbaridad de veces en que he vendido las dos novelas a la vez. Nadie compra de ese modo si no le han hablado bien de las novelas o del autor. Por ese motivo estará disponible un pack con ambas novelas a un precio más bajo que comprándolas por separado: 4,50 euros. Será mi forma dar las gracias a quienes han hablado bien de mis novelas: sus amigos se rascarán un poco menos el bolsillo.




          Espero haber hecho disfrutar con Ajonio Trepileto a los varios miles de lectores que ya lo han conocido, y espero hacer disfrutar a los nuevos. 

          A lo largo de estos años Ajonio ha hecho muchos y grandes amigos, personas amables y generosas (qué difícil es imitarlas) y más lectores de los que imaginé jamás; también ha tenido algún que otro hater y hasta ha recibido alguna puñalada disfrazada de flor; incluso lo han utilizado para atizarme por motivos que nada tienen que ver con la literatura. También, es normal, ha decepcionado a algunos lectores. Todo forma parte de la historia de sus historias.

          A Ajonio le he hecho cuanta compañía he podido y estará siempre conmigo incluso cuando ya no hable de él. Espero que en ese momento, ya cercano, no se lo tome a mal, y ojalá me dé motivos para recordarlo y hacer el agradable esfuerzo de volver para contar nuevas cosas sobre él, pero será complicado. Lo quiero mucho y sé que voy a dejarlo en buenas manos: las vuestras. Lo haré poco a poco, sin brusquedad; ya que su sino es verse abandonado por amigos, Zoés, Danutas y toda la tropa, al menos que esta vez el camino a la soledad sea dulce. Deseo ser capaz de dejarlo con el mismo cariño con que quise traerlo al mundo. Después, ojalá, Ajonio solo tendrá el apoyo del boca a boca que tanto bien le ha hecho.

          Cuidad de él.

          Gracias a todos.

lunes, 20 de marzo de 2017

La Bruja y el Capitán - Leonardo Sciascia




          Pocos autores razonan con la concisión y claridad de Sciascia. No es raro que sus obras construyan ante los ojos del lector una historia real sobre los mimbres de unos cuantos datos y un notable sentido común que le permite entretejerlos. Es lo que ocurre en La bruja y el capitán, obra breve desarrollada a partir de una referencia real hecha por Alessandro Manzoni en Los novios, que aborda el proceso por brujería en el siglo XVII contra Caterina, una pobre mujer acusada de recurrir a fórmulas infernales para provocar tanto los dolores de estómago del dueño de la casa donde sirve, como para el enamoramiento de un patrón anterior.

          La realidad, sin embargo, es otra, y Sciascia dedica esta obra, precisamente, a analizar cómo desde una realidad tan lejana puede acabar una mujer en la hoguera.

Leonardo Sciascia.
Racalmuto, 1921 - Palermo, 1989
          Hoy tenemos una concepción de la brujería irreal, mediatizada por el espectáculo literario y científico, pero para comprender este libro hay que recordar, como Sciascia hace, que el número de "brujas" y "brujos" es infinito: cualquiera que dice saber leer las cartas o las líneas de la mano, o cualquiera que crea en amuletos y esté dispuesto a utilizarlos "por si acaso" para conseguir algo, era susceptible de convertirse en víctima de la Inquisición. O a veces, ni eso: basta la diferencia de ser pobre a ser rico, como luego diré. Dicho de otro modo, para la Inquisición brujería y superstición era una misma cosa. Si aun hoy, con tanta información y tantas certezas en el futuro, los supersticiosos y curiosos y quienes están dispuestos entretenerse con ellos o a sacar tajada forman tropa, imaginemos en un siglo donde el analfabetismo y la miseria campaban a sus anchas, un tiempo de incertidumbre donde la línea entre la supervivencia y la indigencia o la muerte era muy fina.

          Caterina no es una bruja, sino una mujer pobre y sin cultura que confía en la suerte y en la superstición para lograr lo que pretende. Entre sus aspiraciones figuraba un desigual matrimonio con uno de los hombres a los que había servido no solo en el servicio doméstico, sino también en la cama porque el hombre se había encaprichado de ella, pero no enamorado. Simplemente, la utilizaba, y ella se rebeló contra esa situación intentando algo tan ingenuo como recurrir a la superstición para que su explotador y acosador se transformara en su marido.

          Las cosas no le salen bien, como a ningún paniaguado que aspira a que su explotador lo iguale a él. Y tampoco le va nada bien en su siguiente trabajo, en el que es culpada de los males de estómago de un caballero que a todas luces lo que tiene es estrés debido a cuestiones solamente achacables a él.

          A partir de aquí todo converge para condenar a Caterina, comenzado por su propia actitud, porque, ¿qué hace el débil para aplacar al poderoso? Intentar satisfacerlo, humillarse, ponerse a sus pies. Luego, ¿qué quieren escuchar estos señores? ¿Qué he recurrido a tales y cuáles prácticas? No hacen falta testigos: lo confirmo a ver si con mi sinceridad me gano su favor y evito el suplicio.

          Y en así, entre el modo en que la ingenuidad nacida de la pobreza intelectual lanza al débil a su propia tumba y el egoísta modo en que el poderoso se quita de en medio sus culpas cargándoselas al débil, es como Caterina, y tantas otras como ella, acabaron en la hoguera tras sufrir espantosos suplicios.

          La historia de siempre, la del poderoso que, incapaz de asumir su propia responsabilidad, masacra al débil. 



miércoles, 15 de marzo de 2017

No me toques - Andrea Camilleri




          Magistral y breve novela de Andrea Camilleri sobre la desaparición, todo apunta que voluntaria, de la joven esposa de un anciano escritor; una mujer bella, atractiva para todos y promiscua. O eso parece, porque el encanto de la novela es ir conociendo poco a poco a una protagonista a la que no escuchamos ni vemos actuar si no es por lo que otros cuentan de ella y por alguno de sus propios escritos.

          La forma de presentación, brevísimos capítulos ordenados cronológicamente con alguna marcha atrás (ojo con las fechas, son importantes) es tan televisiva como la fluidez y rapidez de los diálogos: frases breves, directas, cargadas de significado.

Noli me tangere. Fra Angélico
          La intriga y el ritmo, rapidísimo, hacen difícil dejar la lectura. Además, el autor se permite coquetear con «misterios históricos» que dotan al conjunto de cierto aura cercano al de las novelas pseudohistóricas vinculadas a supuestos misterios seculares que mezclan tradición y leyenda. En este caso, el papel en la acción corresponde a una pintura de Fra Angélico reflejando el momento en que Jesucristo resucitado le dice a María Magdalena «Noli me tangere», frase que da título a la novela.  Esa pintura, como otras, permite albergar la duda de si Jesucristo se lo dice cuando ella va a tocarlo o después de que lo haya hecho. Las implicaciones emocionales son distintas. Pero, a diferencia de todas esas novelas de las que se dice que «enganchan», Camilleri cuenta y resuelve algo además de una intriga: desarrolla ante nuestros ojos una personalidad tan rica que no desea otra cosa que encontrarse a sí misma porque es consciente de la vacuidad de la vida incluso cuando se tiene belleza, salud y dinero para disfrutarla. Camilleri nos cuenta la historia de esa búsqueda, que es también la de huida de uno mismo para encontrarse, también a sí mismo, no sabe dónde, pero en el sitio adecuado.

Noli me tangere. Tiziano.
          Solo hay algo que deja cierta sensación de incomodidad: cuando el final (previsible a partir de cierto punto) llega, cabe preguntarse hasta qué punto era necesario todo lo hecho para alcanzar lo alcanzado, cuando hay caminos más directos y que nadie puede cuestionar. ¿O es que a veces huir de uno mismo implica exterminar hasta su recuerdo? Sin embargo, prefiero mirar el lado bueno y no pensar ni en cabos sueltos ni en el simple truco de un capricho, sino en aprovechar ese interrogante para reflexionar acerca de lo dicho: qué debemos dejar atrás cuando decidimos dejar atrás nuestra forma de ser y de vivir.

         Como el autor dice al final, No me toques, Noli mi tangere, no es una novela negra, aunque lo parezca.



martes, 7 de marzo de 2017

La edad de la duda – Andrea Camilleri




La edad de la duda (serie Montalbano, 18)
               

                El comienzo de la novela, genial. El estrambótico sueño del comisario Montalbano da lugar a unas de las páginas de humor absurdo más brillantes que he leído a Camilleri. Es frecuente en él concederse esa libertad a modo de aperitivo o de saludo-reencuentro entre los personajes y el lector. Luego entra en materia cuando el protagonista, de camino al trabajo en medio de un diluvio, auxilia a una chica fea y modosita que iba al puerto a esperar el velero de unos adinerados parientes; con ella comparte unas cuantas horas tras las cuales, y según avanzan los acontecimientos, comprende que la chica no le ha dicho una sola verdad, y que todas las mentiras han sido una intención oculta. ¿Pero cuál?

                Cuando velero llega, lo hace con sorpresa:  con un cadáver desfigurado que han rescatado en un bote cerca de la bocana. A partir de estos datos y de los falsos proporcionados por la mujer el comisario va atando cabos (ya se me perdonará la expresión hecha, pero por ser tan marinera...) y en ellos aparecen nuevos elementos, como otro barco de lujo amarrado temporalmente en el puerto, sobre los que, por desgracia para Montalbano, no puede actuar policialmente pues no hay nada que atribuírles, lo cual le permite desenvolverse con el procedimiento que es su especialidad: hacer lo que le viene en gana.

                No digo más para no chafar la parte de intriga. Sí digo que todo está bien hilvanado, que lo humorístico del principio tiene poca continuidad, y que esta hay que buscarla, además de en Cataré, en las trolas que Montalbano encaja al pobre Lettes para librarse de su pesadez, cada una más gorda que la anterior y cada vez más cerca de escapar a su control. El toque sensual que Camilleri se cuida de poner en todas las novelas de la serie es aquí más acusado, debido a las costumbres de cierto personaje femenino y, pobrecillo Montalbano, acuciado por el avance de la vejez, al problemático fechazo con una teniente que trabaja en el puerto; historia, esta, que en esta novela es la principal del «segundo plano», y que atrapa al lector porque con tantas novelas  previas a cuestas y al consiguiente relación «personal» con el comisario, acaba teniendo tanto interés en la resolución del caso como en el desenlace de lo emocional, si quiera sea por saber a qué atenerse con Livia y hasta qué punto llegará o no el soponcio.

                Pero si la trama y la forma de resolverla es magnífica, creo que la novela flojea, precisamente, en esa segunda historia que trasciende la novela concreta y enlaza con la definición del protagonista a lo largo de la serie. Demasiado poco explicado para lo bien que suele explicarse Camilleri por boca y mente de Montalbano y, sobre todo, un final decepcionante, facilón y hasta manido, que, como decía Cervantes, verá el que lo lea y oirá el que lo oiga leer.


lunes, 27 de febrero de 2017

Confesiones: Mendoza, no. Cervantes, sí.



          Cuando un lector recomienda un libro y la obra o su autor no son conocidos, suele compararlos con otros famosos. Cuanto más renombrados, mejor, porque así tiene más probabilidades de lograr una comunicación eficaz. Es una forma de simplificar la explicación y de dotar a lo recomendado de un prestigio que la sola opinión de quien lo defiende quizá no otorga.

          Ajonio le debe casi todo al boca a boca. Por eso, como ni él ni yo somos famosos, las comparaciones han sido inevitables. La más frecuente, con Eduardo Mendoza. ¿Cuántas veces? He renunciado a contarlas.

          Es halagador, de agradecer y seguramente útil a los fines que persigue. Sin embargo, me hace pensar que Mendoza es mucho más leído que Cervantes; por tanto, más conocido y, en consecuencia, más utilizado para recomendar por comparación.
    
          Lo digo no solo porque la influencia de Mendoza sobre mí ha sido limitada (por más que lo admire, la mayor parte de sus novelas de humor las leí después de escribir la primera de las mías) sino porque para mí es evidente que tanto su personaje (y Horacio Dos y el marciano que buscaba a Gurb) como el mío, como infinitos otros dentro y fuera de España, beben de las fuentes del Quijote tanto en su ridícula prosopopeya como en su aspecto vulgar elevado a grotesco por las circunstancias y un deteriorado sentido de la realidad; y también lo hacen en su espíritu de perdedor ignorante de serlo o en la concepción del humor como un mecanismo de defensa ante la vida, tan opuesta a esa otra, más destructiva –que no más crítica-, de la que suele citarse a Quevedo como representante. Algo apunté aquí hace ya un lustro, cuando no imaginaba que Ajonio iba a llegar donde ha llegado. Más claro queda aún en la forma de titular los capítulos (¿por qué renunciar a los títulos para hacer literatura y divertir?), aparte de que el sentido de la justicia de Ajonio tiene, como el de don Quijote, torcido el punto de mira.
     
         Ahí terminan las comparaciones, si es que cabe alguna más allá de reconocer la influencia de Cervantes. Don Quijote lo es todo y Ajonio no es nada. Qué más quisiera él que la gloria de haberse atragantado respirando el polvo levantado por Rocinante.
     
          Dicho queda no para los lectores de Cervantes, que no lo necesitan y además –qué pena me da constatarlo así- son pocos, pero sí para los del gran Eduardo Mendoza, para los futuros míos y para aviso de desavisados. 




14 – Jean Echenoz



          Prosa elegante, se dice en algún lugar de la contraportada. Y así es. Y oficio, mucho, para dar en tan pocas páginas una visión tan amplia de la Primera Guerra Mundial. Una novela excelente pero, sin embargo, desagradable por el descarnado modo en que se expresa: sin pasión sin tomar partido –en el texto- ni siquiera a favor del ser humano; se describen los hechos sin hacer alusión a los sentimientos y las sensaciones; el sufrimiento, que lo ponga el lector. Y el lector lo pone porque resulta imposible leer según qué cosas sin intentar ponerse, siquiera remotamente, en el lugar de los personajes. Esta es la forma de tomar partido a favor del ser humano: forzando al lector a buscar el horror en sí mismo. 14 es, por tanto, una de esas novelas cuyo efecto no surge de las ideas que expresa, sino de los sentimientos que desata. Una gran y dura novela.

          Cuenta la historia de cuatro amigos franceses, de los cuales uno, Anthime, tiene más protagonismo. Un buen día el toque de rebato del campanario avisa de que van a ser movilizados. Ninguno sabe muy bien por qué ni para qué, y ni siquiera se lo preguntan. Todos tienen la confianza de que es un engorroso trámite y en quince días volverán a casa. Ni tan solo muestran preocupación. Ya en ese momento sabemos que Anthime mira con buenos ojos a Blanche, y que a ella él no le es indiferente, pero Blanche está con Charles, un tipo que va por la vida con aires de superioridad, que no encuentra ascua a la que no arrime su sardina y que con su actitud acompleja a Anthime, que es todo lo contrario a él.

          El relato es el de la suerte de los cuatro amigos perdidos en una guerra a caballo entre dos épocas. Una guerra a veces todavía convencional, de lucha cuerpo a cuerpo entre ejércitos, y que poco a poco va haciéndose novedosa: la aviación, las armas químicas...

          Ninguno de los cuatro opina o juzga. Solo, como animales domesticados, se dejan llevar sin otra esperanza que aguardar a que termine todo aquello, eludir la muerte y, mientras tanto, permanecer juntos para encontrar en esa pequeña unión el único rastro de afectividad disponible.

          Lo que ocurre es previsible: la guerra, las penurias, la desgracia, la desesperanza... El ser humano tratado como una escoria intercambiable, enviado a matadero como una res por quienes no piensan experimentar ellos mismos el horror. Gente luchando, sufriendo y muriendo por no saben qué, luchando no contra nadie sino por sobrevivir, muriendo por algo que no ha de cambiar su vida porque la vida de Anthiem, como vemos al principio, igual que la de todos, era trabajar, pasear, enamorarse...  Algo tan cotidiano y ajeno a la política y a las razones de los gobernantes que resulta insultantemente doloroso y contiene una enorme carga de denuncia. Pero al final, todo termina. Hasta lo malo, que solo permanece en el alma. Tras cualquier guerra, en realidad, nada ha cambiado. Solo hay más sufrimiento.


lunes, 20 de febrero de 2017

El campo del alfarero – Andrea Camilleri



El campo del alfarero (serie Montalbano, 17)

                No hace mucho un amigo me dijo que, tras leer libros profundos, nada como desengrasar con Salvo Montalbano. Y tenía razón. Hace dos años ya traté de reencontrarme con la lectura leyendo –en contra de mi religión- tres novelas seguidas de este mismo personaje. Fue en vano: siguió un larguísimo periodo de sequía lectora. Una vez olvidado y tras un libro tan bueno y denso como Tú no eres como otras madres, he vuelto a recaer en igual pecado: El campo del alfarero, La edad de la duda y La danza de la gaviota. Las reseñas de estas dos últimas, están ya programadas para los próximos días.

                A estas alturas, décimo quinta de la saga, no buscaba nada nuevo en las novelas de Montalbano. Y el comienzo del Campo del alfarero me pareció «más de lo mismo» (por utilizar una expresión hecha de las que tanto fastidian al protagonista) de forma casi abusiva: no pasa nada, aparte de la actuación y sobreactuación de los personajes para satisfacer a los incondicionales, al modo en que en las telecomedias norteamericanas ponen risas y aplausos enlatados con la primera aparición de cada actor. Sin embargo, la impresión es equivocada, porque el desarrollo posterior de la trama olvida la paja previa y tiene un nivel de complejidad y una claridad expositiva que dice mucho en favor de Camilleri.

                Dos tramas que en realidad acaban confluyendo en una, lo cual tampoco es nuevo en Camilleri ni en nadie, aunque en esta ocasión todo muy bien hilado. Por un lado, la aparición, en un terreno arcilloso, de un cadáver troceado siguiendo un ritual que parece vincular la muerte al mundo mafioso. Por otra, el comportamiento del subcomisario Augello, que apunta a un nuevo affaire –este ya, dentro del matrimonio- que lo tiene de los nervios. Y, como siempre, un protagonista que intenta alcanzar la verdad por el camino más directo, que no siempre es el más legal. Todos los elementos de las novelas de Montalbano convergen aquí.

                En la conversación que aludía al principio, otro amigo indicó que en los diálogos, magistrales, se nota que Camilleri ha sido guionista. También tiene razón. El pasado de guionista de Camilleri se advierte además en los recursos para implicar emocionalmente al lector, auténticos «clásicos televisivos»: en esta novela, meter en problemas graves y sembrar la duda en torno a uno de los «buenos» con los que el lector, tras catorce entregas de la serie, ya tiene una relación de afinidad; también, por ejemplo, el modo en que se dejan morir ciertas historias paralelas (el «tema Livia» parece agotado, por ejemplo), mientras otras vienen a sustituirlas para mantener la corriente de tensión afectiva hacia los personajes.

                En definitiva, una muy buena novela de intriga en la que, por una vez, las historias de segundo plano quedan relegadas trasladando la tensión emocional al papel de Mimí Augello en los sucesos a investigar. Una factura de corte televisivo, sí, pero con mucho más: oficio, inteligencia, talento, huída de la comodidad y ganas de hacerlo bien.


martes, 14 de febrero de 2017

Trapos sucios – David Lodge



          Interesantísima novela, Trapos Sucios, para reflexionar sobre el ego, la esclavitud de ego, el modo en que renunciamos a vivir nuestra propia vida por miedo a admitir errores y debilidades, y para reflexionar también sobre la importancia real de las cosas.

          Adrian Ludlow es un novelista que no escribe desde hace siglos. En su día alcanzó lo más parecido a la "inmortalidad literaria": una de sus primeras obras es estudiada en los institutos. Lo cual, gloria aparte, le garantiza reediciones y derechos de autor.
David Lodge. Londres, 1935
          Adrian vive retirado junto a su esposa, Eleonor, en una casa de campo cercana al aeropuerto de Gatwick. La ubicación permite que Sam, un viejo amigo de ambos de los tiempos de la universidad, los visite justo antes de emprender un viaje a Estados Unidos para hacer un trabajo en Hollywood. Algo más tienen en común Sam y Adrian: los dos se dedicaron a las letras. Sam ha triunfado como guionista, si por triunfar se entiende tener audiencia, fama y dinero a raudales. El bestseller, representado por Sam, enfrentado a la alta literatura representada por Adrian.

          Una momentánea ausencia de Adrian permite al lector comprender que la amistad entre Eleanor y Sam es algo más que simple amistad. Pero lo importante de esa visita es que sabemos que Sam había accedido a hacer una entrevista con la periodista de moda, Fanny Tarrant, una profesional polémica por su carácter incisivo y provocador. La entrevista, que ha sido publicada esa misma mañana, es destructiva y reduce a Sam a la condición de pésimo escritor con ínfulas de grandeza. 

          Adrian confiesa entonces a su amigo que la periodista también quiso entrevistarlo a él para sacar información sobre Sam, pero que Adrian se negó. Sam idea entonces una venganza: ¿qué tal si Adrian accede ahora a ser entrevistado y, a raíz de esa entrevista, se anticipa a Fanny publicando sobre ella un artículo demoledor?

          Ahí queda la cosa, porque Sam se va a su viaje. Pero Adrian, tras rumiarlo, y en contra de la opinión de Eleanor, accede. ¿Por qué? No se dice, pero el lector avispado lo comprenderá más adelante.

          Fanny llega a casa de Adrian y la entrevista y contraentrevista, en la que se consume buena parte de esta breve novela, es un pasaje de extraordinario valor, en el que encontramos una Fanny más sensata de lo que pudiera  pensarse hasta el momento (lo cual no está reñido con su falta de escrúpulos) y a un Adrian activo, cuando hasta ese momento ha dado una imagen pasiva. Un diálogo prolongado, brillante e inteligente; sumamente inteligente, tras el cual al lector no le cabe duda: el libro merece la pena.

          El diálogo transcurre en medio de un inestable equilibrio emocional: Fanny intenta sacar trapos sucios de Sam; y el lector y Adrian saben que éste está intentando sacarlos de Fanny.

          ¿Y por qué la gente se aviene a contar sus miserias? En algunos casos, como parece el de Fanny, quizá por necesidad de comprensión, por la soledad a la que la aboca la forma en que ha decidido ejercer su profesión y vivir su vida; en otros, como el de Adrian, lo sabremos al final, aunque solo se haya avenido a hacerlo off the record. Lo cierto es que, en cualquier caso, el asunto se le va a Adrian de las manos cuando Eleonor, de modo que no viene al caso en esta reseña, siente traicionada su intimidad y, en un arrebato, cuenta un trapo sucio que es "el" trapo sucio que a toda costa Adrian quería evitar: el trapo sucio cuyo secreto justificaba airear todos los demás.

          ¿Y qué ocurre cuando todos los trapos sucios ondean al viento? Que nadie es como ha hecho creer a los demás. Que las relaciones se enfrían. Que hay que afrontar la realidad. Que hay tomar decisiones.

          Entonces es cuando Lodge resuelve el lío con un golpe de efecto magistral, a través de un suceso que súbitamente reduce el ego de todos, ante sus propios ojos, a su verdadera dimensión: la del ombligo de cada uno.

           Una maravillosa y breve novela para reflexionar sobre la autoestima, el egoísmo, el egocentrismo, la vanidad del escritor o de cualquier creador, el miedo, las dudas, la culpa, los errores, el temor a enfrentarse a cómo somos realmente, con todas nuestras miserias a cuestas, y sobre la forma en que ese miedo nos hace vivir una vida que no es la nuestra.

jueves, 9 de febrero de 2017

La pista de arena – Andrea Camilleri



La pista de arena (Serie Montalbano, 16)

          Historia inspirada, como es habitual en Camilleri, en noticias periodísticas. Pero la musa no garantiza el resultado. O al menos La pista de arena es la novela que menos me ha gustado de todas la de Montalbano. ¿Las razones? La trama parece solo una excusa para desarrollar una serie de clichés televisivos con los que rellenar papel; y todos forzados, a diferencia de lo que ocurre en otras novelas de la serie. Por citar varios:

     Nuevamente  -y ya van n veces- al comisario le da por tener sueños más o menos premonitorios, lo cual no deja de ser una forma facilona prometer emociones fuertes al lector: una especie de publicidad de la obra al comienzo de la propia obra.

          Otra vez aparece una mujer que, cómo no, deja oscuras a las más despampanantes. Y además, millonaria perdida. Camilleri nunca olvida cubrir el papel de guapa de la película.

          Añadamos que tan distinguida dama no es muy pacata y encima tiene a bien encapricharse de forma instantánea del comisario. Dado que las millonarias tan saladas no tienen por costumbre (o será que como hay muy pocas me resulta difícil investigar en el sector) dispensar tanta atención a los sufridos funcionarios de provincias cincuentones y dado, también, que no hay damisela que no mire con buenos ojos a Montalbano, la cosa también cansa un poco.

          Al modo en que el cine plantó a Tarzán en Nueva York, Montalbano se ve «obligado» -la trama no lo requiere- a asistir a un fiestón de postín plagado de millonarios, para que sus incondicionales rían las gracias de verlo sufrir con traje y corbata, disfruten viendo lo patoso que resulta en esos ambientes, se admiren de su llana ignorancia sobre cualquier cosa remotamente vinculada al protocolo del dinero, se rían del amaneramiento y la banalidad de aquellos a quienes la riqueza transforma en papanatas con ínfulas (el comisario, con su desprecio hacia ellos, hace  así justicia en nombre del lector plebeyo, que se siente representado por él) y se diviertan viéndolo agónico ante una pitanza distinta del pescado más fresco.

          No olvidemos el envejecimiento que acompleja a Montalbano, y que da lugar a numerosas alusiones a su pérdida de visión que, por cierto, no tienen continuación al menos en las tres novelas posteriores. Y añadamos un superficial sentimiento de culpa por sus devaneos, no motivados por ser un poco calavera, pobrecico, sino por estar en la edad en la que su autoestima lo impulsa a hacer cosas que le permitan asegurarse de que sigue siendo un hombre joven y todavía no un viejo.

          Y, por último, por fin la vulnerable vivienda del comisario recibe el trato que bien podrían haberle dispensado muchos de los «clientes» de novelas anteriores, y con más motivo que en esta, lo cual trata de crear un ambiente de angustia en el lector dado que su héroe ha pasado a ser objetivo de los criminales. Pero, por desgracia para este fin del autor, la sobreactuación del personaje resta toda credibilidad al asunto, porque el tío no pierde el sueño, ni la tranquilidad, ni tiene la más mínima duda de nada, ni muestra la más mínima inquietud ni siquiera inmediatamente después de que unos desconocidos traten de quemarle la casa. El realismo, como digo, se va a hacer puñetas.

          Entre medio de todo este repertorio de virtudes y defectos del caballero, la trama: el comisario encuentra junto a su casa un caballo muerto, matado a golpes, y le da por investigar dedicando al asunto un interés y unos recursos notables, y más si se tiene en cuenta que ni llega a haber denuncia ni el caso es de su competencia. Aunque todo se rodea de misterio, las preguntas que mueven la acción son obvias: ¿quién necesita hacer algo así? ¿Y para qué? Y, dado que no sabemos exactamente qué ha ocurrido, ¿qué es lo que ha ocurrido? Pronto descubre que un caballo de carreras ha sido robado cuando iba a participar en el fiestoncio de ricachos que antes he citado. Pero a saber si ese es el jamelgo finiquitado, porque el cadáver ha desaparecido en apenas unos minutos (otra cosa poco realista, como si recoger la casi media tonelada que puede llegar a pesar el cadáver de un caballo pudiera improvisarse).  Y, de paso, al comisario le cuenta Fazio que cada dos por tres hay carreras clandestinas donde se mueve mucho dinero, como si la policía no debiera andar encima de un asunto de ese tipo desde hace tiempo. A partir de aquí, cierto barullo en torno al caballo donde las cuestiones personales de los implicados se mezclan  –y no descubro nada porque también es frecuente en Camilleri- con la presencia de la mafia local. Por lo demás, una investigación tonta, en la que más vale la pena no pensar mucho para no llegar a la conclusión de que lo que acaba siendo determinante (las razones por las que los «malos» van a por el protagonista) en realidad importa un pito y ningún delincuente en su sano juicio se hubiera molestado en mover un dedo.

          Vuelvo al principio: la novela de Montalbano que menos me ha gustado. Menos mal que las tres siguientes, que ya he leído cuando escribo esto, mejoran. 


lunes, 6 de febrero de 2017

Las alas de la esfinge – Andrea Camilleri




Las alas de la esfinge (Serie Montalbano, 15)

                En un vertedero en las cercanías de Vigàta aparece el cadáver desnudo de una joven. Tiene el rostro desfigurado y, en la espalda, un pequeño tatuaje.

                El comisario Montalbano debe hacer frente al caso a la vez que al inminente naufragio de su relación con Livia. Tras años de ser pareja a distancia viéndose cuando pueden, la situación está al borde de una gélida ruptura. ¿Cómo pueden apenas dirigirse la palabra dos personas que se han querido y lo han compartido todo?

                Entre esos dos problemas debe lidiar el protagonista, y lo hace a través de sus debates internos, siempre escenificados como diálogos consigo mismo, con el efecto clarificador y gracioso que tiene ese recurso, y en un entorno más gris que en otras entregas de la serie, ya que sus ayudantes son meros comodines de la trama y solo Cataré y sus recurrentes errores aportan un tono de humor, ya conocido, aparte del histrionismo del comisario (como cuando se transforma en un actor, literalmente, durante un interrogatorio) y del desenfadado trato que dispensa a todos desde la posición de peculiar posición de superioridad moral que ampara en su particular idea del deber.

                Una novela más facilona que otras del mismo autor, en el que hay ciertos personajes y situaciones  tópicos y, por tanto, previsibles, como el responsable de La Buena Voluntad –una organización paraeclesial dedicada a la rehabilitación de prostitutas, puesto que el comisario cree que la muerta pasó por ella) y las indignadas protestas de la «gente de orden» ante toda autoridad viviente cuando se sienten bajo sospecha.


                Una trama bien llevada, pero sin la fuerza de otras, hasta tal punto que, al final de la novela al lector, al autor y hasta a Montalbano les importa un pimiento el desenlace –que se resuelve de forma casi precipitada-, porque lo importante entonces, para todos, es lo que va a ocurrir entre Montalbano y Livia. Y ocurre, vaya si ocurre, y con esas geniales notas de humor que deja caer el autor de cuando en cuando, aunque como la parte afectiva es uno de los hilos conductores de la serie la interpretación del lector ofrece un margen a la duda, lo cual no es inocente, pues La pista de arena está ya esperando en la estantería de casi todos.


lunes, 30 de enero de 2017

No pasó nada - Antonio Skármeta



          Cualquiera que haya tenido que emigrar de su ciudad, y no digamos de su país, arrastra de por vida un sentimiento a medio camino entre la ausencia y la sorpresa resignada. Ausencia, porque la infancia es la eterna referencia -en ella aún todo era posible-, y el emigrante se ha visto obligado a abandonar las certezas de esa época -su casa, las calles, los paisajes, las personas-, reducidas a un recuerdo cada vez más lejano y viejo, usado y gastado. Y sorpresa resignada, porque sus hijos nada tienen que ver ni con su ciudad ni con su pasado, y no hay distancia emocional con un hijo que no produzca congoja a sus padres.

          De ese eterno alejamiento -de los orígenes y el de quienes nos suceden- y del subsiguiente aislamiento trata esta breve novela de Antonio Skármeta, escrita con el mismo tono entre humorístico y cariñoso que otras de sus obras.

Antonio Skármeta.
Antofagasta. 1940.
          No pasó nada cuenta la historia de unos chilenos que, con motivo del golpe de estado de Pinochet, se ven obligados a marchar a Alemania. Mientras los padres, de cuerpo presente en Alemania, viven espiritualmente en Chile, sus hijos, y en especial el protagonista-narrador, solo están en Alemania. Allí despiertan a la vida, afrontan en solitario sus primeros problemas -entre los que la adaptación al idioma no es el menor-, sufren y gozan sus primeros amores y, también sus primeras peleas. Mientras los padres sueñan con regresar a Chile ellos sueñan con un futuro que solo imaginan en Alemania porque apenas con conscientes de otra realidad.

          Y he hablado de amores y peleas porque un primer amor desemboca en pelea: el protagonista atiza una patada, allí donde más duele, a otro muchacho. El hermano de éste, un morlaco, jura venganza, y el pobre chileno se pasa media novela tratando de eludir la paliza sin renunciar a vivir.

          El exilio político permite al autor mostrar mucho mejor la añoranza del emigrante, pues las noticias políticas de Chile llegan a Alemania haciéndoles concebir miedos y esperanzas. Más difícil hubiera sido mostrarla con exiliados económicos. Y esta facilidad hace también más evidente, por contraste, la actitud de los hijos, que poco o nada saben ni de Allende, ni de Pinochet ni de nadie, y que más están pendientes de si su enamorada irá a tal acto o no, que de por qué se convoca.

          El final, que no anticipo, es bonito y tierno, porque alude indirectamente a la necesidad de comprensión que todos tenemos, a nuestra debilidad y a que toda nuestra fuerza, precisamente por ser tan débiles, radica en nuestra capacidad para comprender a los demás y hacernos comprender. Y también es un final realista. O así me lo ha parecido porque una vez, teniendo yo la edad del protagonista, también hubo un «animalico» que durante cierto tiempo quiso pegarme una paliza. Un buen día quiso hacerlo: trató de zurrarme en un lugar apartado, y yo me defendí. Ambos recibimos más de lo que deseábamos y menos de lo que temíamos, tras lo cual… Bueno, leed No paso nada.


jueves, 26 de enero de 2017

Tú no eres como otras madres - Angelika Schrobsdorff





Eurípides, Bertolt Brecht, Gorki, Tolstoi, García Lorca... son legión los escritores que han hecho de la madre la figura central de alguna de sus obras, y todas las «madres protagonistas» -que necesariamente se salen del canon para ofrecer algo digno de ser contado- presentan aspectos comunes: o bien ejercen su papel de un modo heroico o, en el extremo contrario, la preeminencia del yo les hace traicionar el rol materno. Además, en todas las historias desde el siglo XIX los cambios en el papel social de la mujer han abonado el terreno para que todas sean pioneras o rompan tabúes, pues desde hace más de un siglo ninguna generación de mujeres ha hecho lo mismo que la anterior.

Tú no eres como otras madres es una maravillosa obra autobiográfica de presentación novelada que relata la vida de Else, la madre de Angélica Schrobsdorff. En Alemania se publicó en 1992 e, increíblemente, no se ha traducido al español hasta 2016. Pero baste este dato, su traducción veinticuatro años después seguida de un éxito arrollador, para acreditar que se trata de una obra destinada a perdurar.

       Nacida en la última década del siglo XIX en Alemania, en una familia de comerciantes judíos moderadamente prósperos, ni a Else ni a sus padres se les pasaba por la cabeza que no fueran alemanes, como tampoco que no fueran judíos.

         A partir de aquí no hay espacio para la sorpresa, porque la autora cuida de hacer del texto un testimonio, no una trama, y anticipa cuanto se pueda anticipar. Una digna forma de no transformar en espectáculo la vida de los suyos y su sufrimiento. Es así como consigue que lo importante sea la vida, y no los sucesos. Por eso ya de entrada sabemos quién va a morir y cuándo, si las rupturas fueron definitivas o no, si dos personas se volvieron a ver o no... Pero es que, como digo, lo importante de las vidas es el cómo, y eso lo conocemos letra a letra.

Angélika Schrobsdorff.
1927-2016
      Crecida con la idea de que el colmo de la felicidad es un matrimonio lleno de amor e hijos, el primer amor de Else, que acabó siendo su primer marido, fue un escritorzuelo cristiano. Para hacer valer su voluntad Else dejó en la estacada el proyecto de matrimonio más o menos bendecido por sus padres –personas de su tiempo, honestas y bondadosas-. Es la primera revolución «personal», y motivo de deshonra familiar por la traición a la palabra dada y a la religión propia. Este ejercicio de libertad produce la ruptura total con sus padres y el judaísmo. Unos verán en la actitud de Else libertad y coherencia inaudita en esa época; otros, insensatez; otros, egoísmo. Pero para lo que viene luego, solo es un aperitivo.

Angélika Schrobsdorff, la más pequeña, junto a su madre y hermanos.
Tardaron en saber que cada uno era de un padre distinto.

      La muerte del otro hijo hace que los padres vuelvan a admitir a Else como una suerte de hija pródiga, aunque en realidad los héroes son ellos, porque Else sigue llevando su vida y son ellos quienes se adaptan a lo que les había hecho sufrir. La reconciliación cambia por completo la suerte económica de Else, provocando que su principal ocupación y preocupación sea vivir bien.

      Sin embargo, su idea de «matrimonio lleno de amor» se va al traste cuando se entera de las infidelidades de su marido. El mundo de Else se viene abajo. Él le ofrece excusas peregrinas para ocultar su propio egoísmo. En esa época muchas mujeres hubieran optado por la resignación; otras, por el perdón; pocas, por la ruptura; ninguna por lo que Else: intentó asimilar las razones de su marido hasta el punto de hacerlas propias, y esa interiorización la condujo a un modo de vida no ya avanzado para una mujer de principios del siglo XX, sino incluso escandaloso para una del siglo XXI. La casa matrimonial se convirtió en un revoltijo de amantes, hasta alcanzar una convivencia a cuatro, con hijos de por medio, que satisface a Else y va arrinconando poco a poco a su marido, obligado a aceptar los argumentos en los que él mismo se había escudado.

      Así llega Hans a la vida de Else. Tienen una hija que, para evitar escándalos, hacen pasar por hija del primer marido, forzándola a crecer en la inopia. Un acto de barbarie emocional cometido por miedo y edulcorado con la idea de proteger a la niña. Un acto profundamente egoísta. A mi juicio Hans es, sin duda, el hombre que más ama a Else de la legión que pasa por sus brazos a lo largo de su vida. Por amor Hans se aviene a un tipo de existencia que no desea, por amor renuncia a ejercer la paternidad de una hija a la que adora; por amor aguanta a Else humillaciones pensando, el pobre, que antes o después se casarán; creyendo, el muy ingenuo, que su amor a cada instante demostrado con mil cesiones acabará calando en el corazón de Else.

      Pero como siempre ocurre cuando alguien se deja humillar por amor, quien lo maltrata, en lugar de agradecerlo y rectificar acaba creyéndose con derecho a todo y lo aplasta hasta que ya no le queda por sacrificar ni la propia dignidad. En ese momento, al humillado solo le queda una opción si no quiere volverse loco: marcharse y no volver. Esto último es lo que hace Hans, lo cual reduce su presencia al mínimo en la vida de Else y en la obra, pero lo he querido resaltar por creer, como he dicho antes, que de todos los hombres de Else él fue quien más y mejor la amó. Y lo resalto, también, porque demuestra cómo Else confunde atracción y amor, si por amor entendemos el deseo ferviente de hacer a alguien mejor y dichoso. Else cree sentir amor cuando alguien la hace feliz a ella.

      Aún no se había ido Hans cuando ya estaba llegando Erich, un bondadoso alemán de familia más que opulenta obsesionado con la honestidad y el cumplimiento del deber. A diferencia de Hans, Erich, que ni de lejos soporta tantas humillaciones como Hans, nunca abandonará a Else y ella no dejará de agradecérselo, lo cual no impide apreciar que su relación más tiene más de amistad y conveniencia que de amor, el cual se acabó pronto si es que alguna vez llegó a existir, pues pronto ambos se decepcionaron mutuamente. Si Erich, un timorato caído en la tentación de una mujer tan atractiva y vital, es leal a Else durante años, no es por un compromiso con ella, sino consigo mismo, con su sentido del deber y la honestidad.

      En estas idas y venidas, construcción y derrumbe de falacias, donde desde hijos a abuelos todos viven engañados, se le pasa a Else la juventud, con la Primera Guerra Mundial y los años veinte como un marco que, pese a su dureza, no llega a afectarle verdaderamente debido a la protección económica de sus padres y de la familia de su marido, y de que esa guerra siguió siendo una guerra «tradicional» que afectó relativamente poco a la población civil. La vida, para Else, consiste en disfrutar de los amigos, de las juergas, del teatro, de lo que ella cree amor, de la literatura, del contacto con autores, actores, filósofos... de toda la flora intelectual que derrochó aquella época. Algo que si ahora suena bien, en una mujer de principios del siglo XX era una revolución.

      Así como en la literatura otras madres egoístas son despóticas, Else es amable y se hace querer por todos, aunque en la intimidad del hogar se enfurezca con frecuencia. Pero es manipuladora y tergiversadora, transforma en tontos útiles a los hombres que la aman, y disfraza la realidad con argumentos que solo ella se cree pero que consiguen engañar al resto, que ignoran todo el pastel. Solo la mueve el egoísmo, solo una mezcla de egoísmo y egocentrismo la lleva a tergiversar tanto al realidad y a creerse sus propias mentiras, aunque de todo esto ni ella misma se da cuenta.

      Llegados los años treinta, ocurren dos hechos, previsibles para el lector, que cambian por completo la deriva del libro: la aparición del nazismo y el crecimiento de los hijos de Else hasta la adolescencia y más allá de ella, lo cual los transforma de personajes pasivos en activos.

      Lo primero sitúa a Else ante una realidad que se niega a aceptar, como una especie de trasunto del mundo personal, en el cual también se ha negado aceptar la realidad, creyendo que su «derecho a ser feliz» le permitía pisotear a todos sin dignarse en fijarse ni mucho menos en reflexionar sobre ello. Lo segundo, hace que la conducta y el protagonismo de Else se modifiquen sustancialmente.

      La forma en que, con sangre judía y tras una «vida alegre» se vivió el nazismo, es profundamente humana y conmovedora. ¿Cómo iban a pensar aquellos alemanes, alemanes desde generaciones, que las cosas iban a llegar donde llegaron? La forma en que miraban hacia otro lado, la incredulidad, el no querer ni imaginar lo que podía avecinarse son comprensibles: se está tan bien cuando las cosas van bien que para qué pensar que puedan ir mal o en aquellos a quienes les va mal. La Else que no ha querido ver cómo ha construido su felicidad provocando la desgracia de quienes la han querido es la misma que se niega a ver una realidad que amenaza con aniquilar esa misma y estúpida felicidad.

      Los hechos se acaban imponiendo. Y entonces comienza el enfrentamiento con la realidad. Es doble: con las circunstancias y con las personas. Las circunstancias que amenazan su vida y la de sus hijos y provocan el drama de que lo que hoy te salva en un sitio mañana te mata en ese mismo lugar, circunstancias que la abocan, poco a poco, de la opulencia a la precariedad absoluta, material, afectiva y espiritual; y enfrentamiento a las personas: a sus hijos, que víctimas de su modo de vida basado en un egoísmo tergiversador apenas tienen a dónde asirse en lo emocional, más allá de la propia Else, la misma que los ha llevado a una situación límite; debe enfrentarse a la realidad de que esa vida libre a la que creyó tener derecho la ha conducido a una situación de desamparo en la que no puede decir que nunca haya hecho nada por nadie; por tanto, pocos favores puede pedir, a pesar de lo cual son muchos los que se esfuerzan por ella, la ayudan y echan una mano. Sin los demás, Else no hubiera sido nada. Especialmente emotivo es el nadar y guardar la ropa de Erich: débil de principio a fin, pero siempre honesto y solidario.

      El derrumbe del mundo de Else y sus hijos es absoluto. Del todo a la nada, y de la mentira a la verdad.

Angelika Schrobsdorff durante el exilio en Bulgaria.
De la opulencia a la indigencia.

      Hasta ese momento Else solo ha sido, a ojos del lector, una cabeza loca, pero es ahora cuando el lector y ella comprenden que durante años solo se amó a sí misma y que le ha tenido que llegar la desgracia desde fuera para que, mirando la realidad de frente, acabe amando -solo a sus hijos- y acabe también respetando, por fin, a aquellos a quienes creyó amar y emocionalmente machacó.

      La vida de sus hijos en esos años produce pesar, porque son niños y jóvenes enfrentados a la vez a dos problemas extremos: el contexto histórico que ha aniquilado su pasado y ha transformado el mero hecho de existir en un crimen castigado con la muerte, y el contexto personal, en el que van descubriendo que su vida ha sido una mentira pergeñada por su propia madre, con quien en ese momento mantienen no solo una relación filial, sino de apoyo mutuo -forzoso- para sobrevivir. La sensación de asfixia, de angustia, la necesidad de volar, de tener una vida propia lejos de la mentira y el sufrimiento crea un último elemento de tensión emocional en el que solo el afán de sobrevivir hace que los personajes no exploten.

      El libro es, también, un maravilloso canto a la capacidad de superación del ser humano. Para bien o para mal, siempre se puede sufrir más, y el afán de sobrevivir aún en condiciones de extrema debilidad saca lo mejor de cada cual y permite despojarse de lo superfluo hasta encontrar lo esencial, el motivo que cada uno tenemos para vivir. En el caso de Else, y en el de tantos, cuando todo se derrumbó solo quedó en pie el amor a los hijos.

      Finalmente el nazismo pasa. Pero con él no terminan las desdichas, pues nada que haya sido destrozado puede volver a lo que ha sido, y porque en algunas zonas las dictadura nazi fue sustituida por la comunista. La vejez, además, hace presa en Else. Todo ha quedado atrás, y el paraíso perdido nunca será recuperado.

Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial. Los escombros ya no están en las calles.
Veinte años antes había sido el paraíso con cuya recuperación Else soñó durante una década.
Sin embargo, la mayor ruina era la moral: regresar envejecida, pobre, sin amigos, sin futuro.

      Las páginas finales del libro son las últimas cartas de la protagonista, donde hace balance, autocrítica y donde su hija Angélika, la autora, no sale bien parada. Y, sin embargo, como dice el título de esa última y breve parte de la obra, la vida fue hermosa.

      Un testimonio brutal, muy bien escrito, que rezuma ansia por comprender y que, en la forma en que expresa los argumentos que exponen los personajes, tiene un humor sutil, fino, que sirve para mostrar cariño y ánimo de reconciliación con el pasado, con la historia, con la debilidad del ser humano, con la propia vida.

      Este es el mérito de este libro: ayuda a entender que, desde el egoísmo ciego y mezquino hasta la barbarie, hay que convivir con lo incomprensible sin otro recurso, para conseguirlo, que el amor -que tantas veces se confunde, provocando la desgracia, con la alegría de lo que gusta o conviene-, y la humildad para hacer autocrítica.