En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 21 de mayo de 2018

La revolución de la luna – Andrea Camilleri


                Estando tan de moda las novelas de mujeres fuertes y admirables, en febrero de este año se ha publicado en España La revolución de la luna, del hiperprolífico Andrea Camilleri. Una novela que responde al estilo que más gloria le ha dado: cruda en muchos puntos, pero divertida por el modo en que cada personaje persigue su particular obsesión, y para crear el mundo de Camilleri bastan cuatro obsesiones: el dinero para unos, el sexo para otros y algunos de los primeros, el amor romántico para unos pocos -bastante vinculado a la belleza- y, para alguno de los protagonistas, el sentido de la justicia.

                El resultado es, como digo, una novela que si bien narra hechos a veces duros, lo hace con tal tono que se diría que está contando una especie de desenfadado cuento o fábula para adultos. De ahí que la lectura sea tan agradable y sencilla. Esto, sin embargo, no es obstáculo para afirmar que La revolución de la luna, siendo una novela digna de su autor, está lejos de contarse entre las mejores que ha firmado. ¿Motivos? No se detiene tanto en los detalles que otras veces enriquecen a los personajes y enojan o enternecen al lector, con lo que quedan simplificados, demasiado emparentados con estereotipos. Muestra de esta falta de detalles es que al final creo que hay un fallo, un lapsus del autor, que seguramente quería incluir, a modo de colofón, un hecho que se le ha olvidado. Si, tras leer la novela alguien quiere saber cuál, que me lo pregunte a ver si coincidimos.

                Como tantas otras veces ha hecho, Camilleri utiliza una técnica de inspiración por la que siento debilidad, y que por una parte lo enlaza remotamente y por otra lo aleja por completo del concepto al uso de «novela histórica» (por el que siento cierta aversión): parte de cinco o seis datos ciertos, y a partir de ellos inventa el resto.

                La novela comienza con el fallecimiento del Virrey de Sicilia en 1667. Un hombre, designado para el puesto por el rey de España, que está rodeado de un «consejo de poder» formado por media docena de notables de Palermo, incluido el obispo. Los seis corruptos a tiempo completo. El Virrey muere de improviso, pero deja testado que le suceda su esposa, a la que nadie conoce porque desde su llegada ha vivido recluida en palacio. La designación de una mujer para ese puesto es vivido por muchos como un ataque  demoledor al más elemental sentido común; no hay mente en Palermo en la que la designación no levante temor, incredulidad o, cuando menos, suspicacia. Estos sentimientos son los primeros enemigos a batir por la protagonista.

                Doña Eleonora de Mora, que en la realidad histórica no llegó a estar un mes en el cargo pero realizó numerosas reformas de contenido social, inspira el personaje que protagoniza la novela: una mujer joven y hermosísima –Camilleri nunca renuncia a la belleza femenina capaz de pasmar al más pintado- que, además de ejecutar todas esas reformas, tiene otra cosa en la cabeza: vengar el modo en que esos tipejos corruptos, pero tan poderosos, se han aprovechado de su marido fallecido.

                La novela se transforma así, desde el inicio, en un correcalles donde los malos -todos movidos de tan modo por sus pasiones e intereses que verlos provoca más sonrisas que asco- se muestran como tales y tratan de engañar a los buenos. Mientras, los buenos persiguen hacer justicia con notable habilidad y un punto de buena suerte. El modo en que las cosas discurren recuerda un poco a esas películas inocentonas hechas para que el público jalee al héroe a cada obstáculo que supera al tiempo que la justicia triunfa sobre el mal y a ella queda asociado ser espabilado; el malo, en cambio, siempre es un poco tonto, salvo alguno especialmente pérfido.

                Una novela marca de la casa que satisfará a todos los lectores de Camilleri, aunque tiene otras mucho mejores.



miércoles, 16 de mayo de 2018

Muertos prescindibles - Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt



Serie Sebastian Bergman, 3



                Cuando dos personas competentes son capaces de formar un equipo compenetrado, los resultados son excelentes. Es lo que sucede con Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt. Sus novelas carecen de cualquier complicación estilística y de todo atisbo de belleza, pero, sin embargo, la acción está narrada de tal manera y la información distribuida de tal modo que hacen disfrutar al lector excitando continuamente su curiosidad y, con ella, el deseo de leer.

                Únase a eso que, junto a la trama que justifica cada novela, existe otra, paralela, que afecta a los protagonistas y provoca el deseo de leer de inmediato la siguiente novela de la saga, porque las vicisitudes personales de Sebastian Bergman y el resto de los personajes de la unidad de homicidios son de una virulencia emocional como no recuerdo haber leído, hasta el punto de que su interés supera, con mucho, el de cada caso concreto.

                Se nota que Michael Hjorth y Hans Rosenfeldt son guionistas. Y buenos.

                En Muertos prescindibles el lector disfruta de una historia de historias que acaban convergiendo. Nada original, pero qué bien organizado. Por una parte, el hallazgo en mitad de la montaña de una fosa con media docena de cadáveres. Por otra, las desventuras de una inmigrante afgana, víctima de todo machismo, en su lucha por averiguar qué sucedió con su marido desaparecido muchos años antes. En tercer lugar, las actuaciones de unos oscuros caballeros y, finalmente y por supuesto, el modo en que el trabajo de la unidad de homicidios da ocasión a que evolucionen las relaciones entre sus integrantes; relaciones que, aunque muchos de ellos lo ignoran, transcurren siempre al borde del más profundo precipicio. Y además, el modo en que los pequeños detalles de la historia acaban dotados de sentido más adelante hacen aún más evidente el diseño de la novela como una maquinaria de precisión.

                Este planteamiento permite que en Muertos prescindibles, a diferencia de en las anteriores novelas, el insoportable Sebastian Bergman tenga un papel testimonial en la investigación aunque, en cambio, ocupa el centro de la historia que trasciende la novela haciendo algo pintoresco y atractivo: por una vez obtiene –en gran medida gracias a su capacidad de análisis psicológico- buena parte de lo que desea –siempre a costa de que otros vivan engañados- pero, a la vez, su egoísmo y su miedo lo conducen a cometer alguna que otra canallada que, de descubrirse, aniquilarían sus trabajados éxitos.

                Ahí radica también parte del éxito del personaje: en cómo de un modo innoble persigue fines nobles o al menos comprensibles. Esa contradicción lo hace atractivo, porque el deseo de justicia del lector oscila constantemente y lee y lee no solo para conocer el desenlace, sino para poder posicionarse. 

                En definitiva: un excelente trabajo que solo traslada ciertas enseñanzas evidentes acerca de la interpretación psicológica de actos cotidianos, pero que hace disfrutar de la lectura como entretenimiento, y todo haciendo surgir en el lector la pizca de humor necesaria para sentir cierta simpatía por el impresentable protagonista.


                

jueves, 10 de mayo de 2018

Filek: el estafador que engañó a Franco - Ignacio Martínez de Pisón



                Hace poco más de diez años todos los partidos políticos y los periódicos de Aragón, e incluso algunos nacionales, dieron credibilidad a una noticia que algunos despachamos al instante (y en mi caso así se lo hice ver a quienes me la dieron) como un evidente intento de estafa: una supuesta multinacional del juego (que ese mismo día podía constarse en Internet que era inexistente) prometía 25 millones anuales de turistas con una inversión de 17.000 millones de euros (alrededor del 1,7% del PIB español) creando un complejo de casinos. De ser ciertas las cifras el asunto suponía ¡el equivalente al 50% del sector turístico de toda España!, que ya de por sí es una de las mayores potencias turísticas mundiales. Aunque la prensa no lo decía, el dato auguraba la epifanización en medio de la nada de una ciudad cuyo tamaño oscilaría entre los de Bilbao y Málaga (el cálculo lo hice suponiendo cuatro pernoctas de media por cada uno de los 25 millones de supuestos turistas repartidos linealmente a lo largo del año, unidos a los 65.000 empleados directos que prometía la noticia, más, a ojo, empleos indirectos). A nadie se le ocurrió preguntar cómo era posible que los más de 50 millones de turistas que cada año visitaban España generaran cientos de miles de puestos de trabajo y en cambio estos 25 millones generaran solo 65.000. Tampoco nadie se preguntó cómo esos 50 millones requerían la existencia de miles de hoteles, algunos de ellos enormes, y en cambio estos 25 se iban a alojar en solo los 70 proyectados. La noticia ocupó portadas enteras tras darse a conocer en la presentación oficial que por todo lo alto se hizo de tan evidente delirio. Seguí el asunto con interés para averiguar en qué consistía el intento de estafa (supuse que en captar inversores institucionales o privados para luego coger la pasta y salir corriendo) y en cómo digerían luego el ridículo quienes se habían creído y apoyado semejante patraña. La locura era tan obvia que no pensé que el asunto tuviera más de unas horas de recorrido, pero que equivoqué. Para mi sorpresa, la farsa duró larguísimo tiempo; primero, reforzando la noticia inicial con otras tales como las relacionadas con las autopistas que se ejecutarían para esa nueva Bilbao-Málaga (que «no se sabía muy bien dónde se iba a ubicar», por lo que, al más puro estilo berlanguiano, varios pueblos de pocos centenares de habitantes aspiraban a «anexionársela»); también se crearían líneas férreas de elevado tránsito para conectar ese Eldorado con el aeropuerto de Huesca, cuya pista, por cierto, tengo entendido que carece de las dimensiones necesarias para acoger los aviones de más tamaño; también se anunció que se reformarían cuantas leyes fueran precisas para acoger esa inversión, e incluso algún oráculo sin identificar cuantificó el impacto en el PIB, en el empleo y hasta en la recaudación fiscal con cifras tan inconexas que se dirían aleatorias, pero todas con la apariencia de chollo que tiene el dinero caído del cielo. También reforzaron la credibilidad del proyecto noticias críticas, como la que señalaba que el volumen de co2 que generaría esa nueva «cosa» -una «cosa» que se contaría entre las siete u ocho ciudades más grandes de España-, equivaldría al que generaba el resto de Aragón, y aquellas otras que consideraban que la explotación de la ludopatía no parece el fin más elevado al que pueda servir el apoyo público a la actividad económica privada. Luego, cuando la patraña comenzó a perder fuelle, el olor a chamusquina se fue extendiendo con sorprendente lentitud hasta alcanzar, por fin, a los más ingenuos. Este proceso transcurrió jalonado de episodios tan chuscos como la aparición de una burda web de la «multinacional» (hecha en español, pese a ser, en teoría, una empresa norteamericana) que, aparte de carecer del contenido más elemental y de haber podido ser hecha en una mañana, recogía los logotipos de supuestas grandes empresas «colaboradoras» de nombre rimbombante que, una vez buscadas en Internet, se comprobaban tan inexistentes como la primera. Los dibujitos que animaban el proyecto en una suerte de cutre powerpoinit daban vergüenza ajena. El colofón, tiempo después, fue la escenificación del inicio «formal» de las inversiones, perpetrado por unos individuos jóvenes que parecían estrenar ese día sus primeros y baratos trajes y corbatas; con más pinta de ejecutados que de ejecutivos, hicieron unas declaraciones a los medios de comunicación en las que no hacía falta muy despabilado para darse cuenta de que aquellos caballeros no habían visto una empresa mediana de verdad ni en el cine; no digamos ya una multinacional, y que estaban recitando una cantinela bien aprendida. Después, nunca más se supo, y si alguien había puesto un céntimo, se cuidó mucho de hacerlo notar. Por tanto, fallé en mi previsión de contemplar cómo algunos digerían el colosal ridículo. No contaba con que como todos lo habían hecho en grado sumo (unos, engañados, y otros, por omisión, para no ser los aguafiestas que Antonio Muñoz Molina denuncia en Todo lo que era sólido), y como además ese todos incluía la prensa, que ni siquiera había contrastado los datos con el sentido común y la matemática más elemental, digo que entre esos «todos» se produjo algo parecido a un tácito pacto de silencio en el que se diluyó todo. Hasta el recuerdo de aquel prometido maná.

Si comienzo esta reseña indicando que hace tan poco tiempo unos piernas podían hacer creer que era posible plantar en los alrededores de cualquier pueblo de trescientos habitantes a la mitad de todos los turistas que atraen nuestros miles de kilómetros de playas -Canarias y Baleares incluidas-, todas nuestras montañas, valles y parques naturales y nuestros millares de monumentos, construcciones históricas y museos, amén del «turismo» de ferias y congresos, si comienzo diciendo que unos pelanas fueron capaces de hacer creer que en mitad de un desierto podía crearse en pocos años como por arte de birlibirloque la séptima u octava ciudad de España, es para demostrar que lo que Ignacio Martínez de Pisón cuenta en Filek es de actualidad permanente y no solo, como podría pensarse al hilo de algunas de las noticias sobre este libro, la narración de una anécdota histórica. De hecho, en los últimos años son innumerables las grandes estafas que se han llevado a la práctica al hilo de interesadas y desorbitadas previsiones de usuarios que nadie firma, que nadie sabe quién ha hecho ni con qué métodos, y que han servido de excusa para gastar grandes cantidades de dinero en proyectos que, una vez terminados, no prestan servicio a nadie pero cuyo coste ha ido a parar a manos de quienes de un modo u otro los ejecutaron.

                Filek cuenta la historia de Albert Filek, un ciudadano nacido a finales del siglo XIX en lo que fuera el imperio austrohúngaro, que dedicó toda su vida al arte de la estafa, esquilmando a cándidos no menos ávidos de ganar dinero fácil que él. El cénit de su actuación «profesional» fue el intento de endilgar, a sucesivos gobiernos españoles, un mejunje denominado «gasolina sintética» que, fabricado a base de agua y potingues varios, pretendía ser utilizado (sí, con abundante agua) en motores de combustión. No fue el único en intentar vender majaderías de ese cariz, pero sí quien llegó más lejos, proeza conseguida con el primer gobierno franquista como víctima y amparado por algo parecido al apadrinamiento del mismísimo dictador, quien, por este hecho, pasó a ser el primer y mayor burlado. Además, el tamaño del ridículo suele ser directamente proporcional a la posición de poder que ostenta el engañado.

                No voy a contar los pormenores de la peripecia vital de Filek porque en ellos está la gracia de buena parte del libro, aunque el sentido de la obra no es tanto analizar esa estafa concreta como la singular vida del estafador y el papel que la mentira juega en ella. La tarea realizada por Ignacio Martínez de Pisón ha sido magnífica; no es sencillo reconstruir la vida de un desconocido, y menos de alguien que ha hecho de la mentira un modo de vida. Martínez de Pisón lo hace de un modo tan ameno y sencillo que es fácil reconocer en cada línea a uno de los mejores escritores españoles.

                Un valor añadido al interés de la obra es el entorno histórico en el que se movió Filek, tanto temporal como espacial: su lugar de nacimiento le permitió afirmar ser austriaco, alemán e incluso húngaro, y las convulsiones políticas de la época lo sumieron en un maremágnum de problemas –al tiempo que también le dieron muchas oportunidades- que pusieron de manifiesto tanto las ironías del destino como, también, la capacidad de Filek para mentir, tan relacionada con la falta de principios y escrúpulos.

                Este es otro de los elementos a destacar de la obra: cómo al hilo de la vida del protagonista Martínez de Pisón nos traslada, sin que nos demos cuenta, abundantes conocimientos de los albores de la Guerra Civil, de su desarrollo y de la posguerra, un periodo del que todo el mundo habla, pero muchos lo hacen oídas, de modo parcial y con lagunas de conocimientos que a menudo parecen océanos. Para muchos lectores, Filek también será una sana lección de historia.

                Cómo nace y crece el estafador, cómo se beneficia de sus trapacerías y, al mismo tiempo, cómo es víctima de ellas porque su propia fama le persigue y porque la mentira pasa a ser su realidad, y, en fin, cómo se afronta la vida y el final de la misma cuando no has hecho nada honrado en ella y ni siquiera tu pasado es verdad, es lo que vemos en esta obra. No tiene un interés menor: habida cuenta de que lo fácil que es toparse con aspirantes a desplumarnos hasta a través del teléfono, todos estamos más o menos familiarizados con este tipo de gente.

                Hay cierta tendencia –el mismo autor lo advierte- a sentir simpatía hacia los estafadores: al fin y al cabo son gente que trata de aprovecharse de quienes intentan prosperar buscando atajos. Un estafador suele ser un avaricioso que se aprovecha de otro. Suele. Porque, y esto es lo que marca la diferencia entre la simpatía y el asco, a menudo también abusan del necesitado. Todo eso lo advierte Martínez de Pisón, si bien, limitado su objetivo a contarnos la vida de Filek, no bucea con tanta intensidad en las razones que llevan a algunos –en especial a quienes detentan el poder- a dejarse engañar por cualquier tipo de prometedora payasada. Está claro por qué se deja engañar el necesitado. Por desesperación. También lo está en el caso de ciertos estafados con más dinero que cabeza y cultura. Por avaricia. No lo está tanto en el caso de gente a la que cabe presumir formación, cabeza y posibilidades de asesoramiento: quizá para algunos la vanidad y el deseo de permanecer en el poder o de pasar a la historia sea tan fuerte y les ciegue tanto como a otros la desesperación o la avaricia.

                Una estupenda obra.


lunes, 7 de mayo de 2018

Esa puta tan distinguida – Juan Marsé




                Qué gran escritor es Juan Marsé. Incluso novelas como esta, que posiblemente pocos cuenten entre las mejores que ha escrito, son buenísimas, enriquecedoras y entretenidas.

                Que además el protagonista sea un trasunto del propio Marsé (de hecho en alguna entrevista ha calificado esta novela como la más autobiográfica que ha escrito) le da, a estas alturas de su vida, experiencia y prestigio, un enorme valor añadido.

                El motivo de la novela es doble: reflexionar sobre la memoria (esa puta tan distinguida, la califica pronto en un juego de palabras en alusión a alguno de los personajes que luego aparecen) y, también, «desahogarse» (uso en esta expresión porque en otras entrevistas Marsé dijo que no había querido «ajustar cuentas») dando una tristísima visión del  cine español –presentado como opuesto al arte y volcado en el dinero fácil- y repartiendo contundentes collejas a personas fácilmente identificables.

                Esto último no es lo más importante del libro, pero llama la atención, por momentos le da un notable punto humorístico y legitima la pregunta de hasta qué punto Marsé ha acabado legítimamente harto del mundo del cine en un entorno «literario» en el que (por eso lo entrecomillo) son legión los escritores que venden su alma al diablo del cine por considerar el colmo del éxito que sus obras sean llevadas a la pantalla, con independencia de si en ella las destrozan o no. Que sean adaptadas al cine o a la televisión, sea como sea, sin preguntarse quién lo va a hacer ni cómo. Se acepta lo que sea venga de quien venga para que la novela llegue a esos formatos. Marsé, que a diferencia de toda esa tropa respeta su propia obra, se presenta en Esa puta tan distinguida como un escritor reconocido que, al comienzo de los años 80, recibe un encargo intelectualmente vergonzante que acepta por dinero: hacer el esbozo de un guión para una película más o menos «conceptual» que perpetrarán un director mediocre e ideologizado junto a un productor no mucho mejor, una vez que hayan metido mano al esbozo para poder atribuirse la autoría y que, de paso, no lo reconozca ni la madre que lo parió.

                La idea que ha de inspirar la película es un hecho acontecido en 1949. Entonces, en un cine de barrio en la Barcelona de posguerra, el operador de la sala de proyección mató en ella a una prostituta, estrangulándola con la cinta de la película: Gilda. Pero, como le indican al Marsé-personaje, lo de menos es reconstruir los hechos, que aparecerán o no en la película y bla, bla, bla; más bien se trata, parece decirse, de hacer un análisis de la memoria colectiva para realizar análisis crítico del franquismo y más bla, bla, bla.

                El Marsé-personaje trata con displicencia este encargo. A fin de cuentas no ha de ser su obra, sino la de otros cuyas entendederas y capacidad tendrían un amplio campo de mejora si fueran más espabilados. Es más: tan convencido está de que el resultado será un bodrio que se diría que cuanto menos se sepa de su participación, mejor. Sin embargo, honesto intelectualmente consigo mismo, desea hacer un trabajo digno, para lo cual, además de indagar en los periódicos y en el expediente policial y judicial de aquel crimen, de tarde en tarde comienza a citarse en su propia casa –un ático-, con el asesino, un hombre ya sesentón con algún indicio de demencia incipiente y que además fue sometido en el «célebre» manicomio de Ciempozuelos a experimentos para «desprogramar y reprogramar» su memoria criminal, hechos que Marsé aprovecha para lanzar una fuerte crítica, a través de un coronel psiquiatra, al doctor Antonio Vallejo-Nágera, que algunos han llamado «el Mengele español». Bajo personajes de nombres supuestos pero con cierta coincidencia fonética, es sencillo identificar las dianas a las que Marsé dispara sus dardos.

                La novela tiene una estructura particular: comienza con una entrevista al Marsé-personaje en la que no figuran las preguntas, aunque se sobreentienden, y continúa alternando las vicisitudes del encargo, los diálogos con el asesino, Fermín Sicart (que afirma recordar los hechos pero no por qué lo hizo), el esbozo de escenas que el Marsé-personaje imagina y la participación, que también aporta sus toques de humor, de la empleada del hogar del Marsé-personaje: una señora entrada en años que durante un par de ellos regentó una tienda de recuerdos cinematográficos heredada de su padre y cuya osadía, cultura e inteligencia casan mal, lo cual genera un divertido contraste, con el estereotipo.

                Lo más interesante de la novela, sin duda, son las confesiones de Sicart. Como cobra por las sesiones, su reticencia a contar el momento del crimen tiene varias lecturas: desde el trauma doloroso de recordar hasta una estrategia para aumentar el número de entrevistas y cobrar más. Pero lo cierto es que su entrevistador no tiene prisa, y en el proceso de conocer a las personas involucradas en el suceso van apareciendo las vivencias, traumas y mentiras que permiten conformar la personalidad de cada cual, tras las que afloran las posibles razones de muchas cosas que hubiera quedado en el aire de limitarse el asunto a la escena del asesinato, la cual, no obstante, precisamente por el modo en que se evita, acaba convirtiéndose en uno de los acicates para seguir leyendo.

                En paralelo, pero no casualmente, el mundillo del cine sigue haciendo de las suyas y, como última y violenta crítica, se muestra cómo el trabajo del Marsé-personaje va a ser igualmente aprovechado cuando el proyecto y las personas que se lo habían encargado cambian totalmente. Hasta ese punto se «respeta» el trabajo intelectual, que lo mismo se usa para una cosa que para la contraria. Estiércol da igual para qué cultivo en un cine emparentado con la telebasura. Memorable es el currículo del director que expone el Marsé-personaje, y lo es, entre otras cosas, porque por desgracia en la realidad la fama, el dinero y el poder en la industria cinematográfica han corrido anexos a historiales similares. Al final, incluso, cuando la reconstrucción de la memoria de Fermín Sicart ha dotado a la historia de asesino y víctima de la dignidad anexa a quien sale derrotado de la desesperada lucha por superar una infancia y una vida dura, torcida y exenta de afectos, el mundo del cine «evoluciona» hasta transformar la historia en una mamarrachada que no cuento porque más vale leer la novela y que cada uno saque sus propias conclusiones no solo sobre el cine, sino sobre el valor de la verdad.

                


viernes, 4 de mayo de 2018

Que de lejos parecen moscas - Kike Ferrari




Magnífica novela negra que transcurre en Argentina. Negra en el sentido puro, porque Que de lejos parecen moscas narra la historia del delincuente desde su particular posición en el mundo.

El protagonista es un tal Machi, un caballero que hizo negocios durante la dictadura argentina, siguió haciéndolos tras ella y en ambos periodos prosperó a base de contactos y pocos escrúpulos. Aunque está muy lejos de ser un verdadero rico, él cree serlo al saberse propietario del sueño de cualquier muerto de hambre con espíritu pequeñoburgués: un diminuto imperio consistente en buena casa, carísimo coche, diez millones de dólares en el banco, una esposa-prisionera que le ha aportado abolengo, afición a las drogas, incluyendo viagra y, sobre todo, poder para decidir sobre la vida de de las personas a las que puede prostituir o echar a la calle por cualquier estupidez o a las que puede apoyar o traicionar cuando los «negocios» así lo exigen. Negocios que consisten, básicamente, en ganar a toda costa y permitirse todos los caprichos –personas incluidas- para disfrutar de la sensación de poder. Utiliza a las personas como a seres de usar y tirar y a las mujeres como simples objetos sexuales que compra y desecha. Un «hombre hecho a sí mismo» que, como todo autor, cree haber firmado una obra maestra incluso cuando el resultado, como es el caso, es una apestosa deformidad.

Machi está tan pagado de sí mismo confunde vivir y atropellar, como si el resto del mundo fuera a aplaudir y a admirar su poderío. Por eso se lleva un buen sofoco el día en que descubre que alguien le ha dejado cierto regalito en el maletero de su BMW de 200.000 dólares: el cadáver de un desconocido maniatado con las esposas rosas con las que Machi suele jugar con sus amantes. ¿Quién habrá sido el hijo de su madre capaz de hacer algo así, si él no tiene enemigos?

Machi demuestra su calaña cuando intenta desembarazarse del muerto como sea sin preguntarse si quiera quién pueda ser. El proceso de librarse del «regalito» corre parejo a las reflexiones y recuerdos de Machi, en los que trata de averiguar quién puede ser el responsable del desaguisado. Así, del inicial «no tengo enemigos» va pasando, poco a poco, a una lista que permite ir conociendo y despreciando al personaje, el cual, en cuanto piensa que ya ha solucionado «el problema» sin nombre que le han metido al maletero, se siente de nuevo tan satisfecho de sí mismo que comienza a olvidar a esos eventuales enemigos, toda esa gente a que no es consciente de ir pisoteando y de quienes no espera acción alguna porque él se siente muy, muy alto, tanto que a los lejos todos los demás parecen moscas, y como a moscas los trata.

Una novela breve, muy bien escrita, con numerosos giros y expresiones argentinas, un ritmo endiablado, considerables dosis de violencia y un mensaje a transmitir. Ah, y con un magnífico final.


lunes, 30 de abril de 2018

Ordesa - Manuel Vilas




                 Me estrené en el mundillo literario en la Feria del Libro de Huesca de 2011, tan solo un día o dos después de que saliera a la venta mi primera novela. Allí coincidí con Manuel Vilas, ya por entonces con un prestigio que luego ha seguido creciendo. No se acordará de mí porque, aparte de saludar, echar un vistazo a la portada de mi novela y a continuación echarme una silenciosa mirada para identificar en mí alguna rareza que explicara el título, se largó enseguida junto a Benjamín Prado. Hola y adiós. Mera cortesía. Yo me acuerdo perfectamente de él porque, con la voracidad del novato alimentada por la euforia de estar firmando más ejemplares de los que jamás he vuelto a firmar en una sola jornada, tragaba las sensaciones sin dejar ni una. Pocos días después volvimos a coincidir en la feria de Zaragoza, donde al pasar me echó un vistazo con cara de «este tipo me suena», mientras que yo, que seguía y sigo siendo un novato, sabía que aquel otro tipo que así me había mirado era Manuel Vilas.

                Estas coincidencias, unidas a lo fácil que me resulta reconocer muchas de las cosas que cuenta sobre Barbastro, Zaragoza y, por supuesto, Ordesa, han hecho que en los últimos años haya prestado bastante interés a sus andanzas y a sus libros. Ya he leído varios. El último, Ordesa, he deseado leerlo desde que supe de su publicación. Ya lo he hecho. Y cómo lo he disfrutado.

                Leedlo.

                Alegra encontrar en las listas de libros más vendidos una obra como Ordesa, la exposición de los sentimientos del narrador al hilo de la muerte de sus padres –en especial, de su padre-, que surgen de los recuerdos y a la vez los provocan; esos sentimientos se mezclan con las reflexiones buscando explicación a los propios actos y omisiones (que a menudo nos definen mejor que las acciones), al tiempo que vamos conociendo a Vilas y, de paso, algunas de sus andanzas vitales: aspiraciones, frustraciones, divorcio, relación con sus hijos... Avanzando sin avanzar porque la vida es un lío donde lo único que va hacia adelante –pero solo a través del tiempo- es nuestra permanente confusión, el deseo de entender algo. La vida es una acumulación de errores en cuyo repaso tratamos de encontrar la explicación a toda frustración y, cuando no lo conseguimos, continuamos remontándonos más allá, hasta los orígenes, hasta nuestros padres, como si en quienes nos dieron la vida pudiéramos encontrar la explicación de qué debemos y podemos hacer con ella. Todo contado en capítulos breves, con gran dominio de la prosa y con una visión poética de la existencia y la literatura. Ordesa tiene algo de canto, pero también de crítica a la renuncia a encontrar sentido a las cosas y, paradójicamente, también de lamento ante la imposibilidad de encontrárselo. Sin embargo, el tono tiene algo de humorístico por el modo en que el narrador se observa desde una distancia que le permite a la vez juzgarse y quererse; e incluso tiene algunos pasajes verdaderamente divertidos: es imposible leer en voz alta sin reírse –por la razón que tiene y lo que significa tenerla- el fragmento sobre el «tu» y el «tú».

            En Ordesa hay una prosa poética llena de imágenes y asociaciones, una historia doblemente humana por lo que trata y por el modo, entre poético y con un punto de humor, en el que se refugia escribiendo de ese destino tan complicado de entender; hay también un estilo singular en la expresión y en la estructura y, sobre todo, Ordesa rezuma libertad. Libertad para escribir lo que se ha querido y como se ha querido. Un gran libro que, pese a ser tan distinto de cuantos comparten con él las listas de los más vendidos, se lee con parecida facilidad aunque enriquece mucho más.

                Insisto: leedlo. 



martes, 24 de abril de 2018

El buscador de guacas – Luisa González





     Una guaca es un tesoro oculto.

     Y buscador de guacas cree ser Leonel Pereira cuando aparece buscando trabajo en las obras ferroviarias de El Salado –que la autora sitúa en Jaén- a caballo entre el siglo XIX y el XX. Aunque, antes de que Leonel llegue y se prende de la dueña de la taberna, Luisa González nos cuenta con maestría la historia del dueño y fundador de Espartos del Peral y de su familia: un hábil empresario que alcanzó la prosperidad innovando, arriesgando y trabajando con conocimiento e inteligencia; atrajo numeroso personal para, desde la prosperidad, irse a la ruina cuando la construcción de un puente para una línea ferroviaria le birló los trabajadores ofreciendo salarios más altos.

     Y es que la historia es, en realidad, la de Aurelio del Peral, su esposa Narcisa Pozueta, Ama, la criada y amante de Aurelio, y las tres hijas del matrimonio, en especial de la mayor, Plácida, y la pequeña, Humbelina, nacida con una malformación que ha llevado a sus padres a ocultarla a la espera de poder operarla, y que da al libro y a su final un hermoso toque que enlaza con el realismo mágico y que, a la vez, poco antes permite dar sentido adicional a la búsqueda de la guaca.

     Sin embargo, en sentido estricto la búsqueda es otra: las fiebres tifoideas arrasan El Salado y Plácida se ve en la tesitura de encontrar, so pena de todo tipo de penurias, los ahorros que supone que sus padres conservaban. Así es como se cruza su vida con la de Leonel. Y cuántas guacas se pueden encontrar. También él cree haber encontrado alguna. Pero desde los tesoros al amor, tras cada guaca siempre acecha una ruina.

     Una obra breve y muy bien escrita, con gran calidad, con un vocabulario rico y con el estilo austero de algunos de los grandes de la literatura española. Una novela con cierto aroma a Delibes. Un gran libro.


martes, 17 de abril de 2018

El peor de los enemigos – Veit Heinichen




     Tenía un poco olvidado a Proteo Laurenti, el comisario de Trieste, porque las sagas de éxito acaban replicándose a sí mismas y oscilando entre el empobrecimiento y el más de lo mismo, aunque esto último no es malo si la literatura es buena. Algo parecido debe de pensar Veit Heinichen, porque no ha querido abusar del personaje, no vaya a resultar que El peor de los enemigos de Laurenti acabe siendo su autor, y por eso el peor de los enemigos de esta novela no lo es del comisario y por eso, también, Laurenti cede el protagonismo a «los malos» e incluso lo tiene muy limitado en la investigación.

     La novela parte de dos hechos aparentemente independientes que implican líneas de investigación distintas encomendadas a órganos diferentes, pero que enseguida se ve que guardan algún tipo de relación, pese a cierto intento de despiste por parte del autor: la explosión de un avión privado en la que muere un potentado beodo y el robo de una enorme cantidad de oro en un espectacular atraco.

      Heinichen se centra en el relato de los hechos y en la huída de los implicados. Como siempre, la abundancia de fronteras es relevante en la trama, como también son abundantes las explicaciones acerca de hechos históricos del siglo XX que explican fronteras y situaciones; en este caso, adquiere cierta relevancia el nacionalismo en el Tirol del sur. Hay otros aspectos también recurrentes: la presencia de gente con mucho dinero y un elevadísimo nivel de vida –por supuesto sobrados de influencia, tejemanejes y pasado no muy limpio- y algún que otro personaje que ronda a su alrededor a la espera de pescar en un río que, si no baja revuelto, siempre puede revolverse.

     Del lado de «los buenos», Laurenti cede una parte considerable del protagonismo a la despampanante y más que temperamental comisaria de una población cercana, ampliando así el universo de personajes que deben dar juego a la saga, pero sin descuidar el toque doméstico y los pequeños papeles de Pina y la fiscal croata, como para que el lector no se olvide de ellas. 

     En resumen: otra buena novela de Heinichen que no sorprenderá a quienes han leído las anteriores, y en la que se agradece el leve cambio de perspectiva necesario para no aborrecer a un personaje por saturación.


miércoles, 11 de abril de 2018

Indicios de hipo – Philip Hensher





     En 1922 Charles Osborne, nacido en 1894 y muerto en 1991, sufrió un ataque de hipo que no terminó hasta 1990. Seguramente hubiera preferido no entrar en el Libro Guiness de los Récords. O, al menos, no así.

     John Carrington joven «indexador» ingles (sí, un tipo que se gana la vida haciendo índices) se encuentra una buena mañana con que su esposa lo ha abandonado y que, a falta de mejor lugar donde irse, se ha largado a dar la vuelta al mundo. Al pobre diablo el soponcio le provoca un ataque de hipo que amenaza con emular al de Charles Orborne.

     La situación le da pie a reflexionar sobre sí mismo: John se considera un tipo de lo más normal y razonable, a esa conclusión llega tras la explicación de sus pintorescas costumbres, aunque, según lo va conociendo, al lector no se lo parece tanto. El abandono de su esposa también le permite a John buscar una nueva vida en la que, amén de acabar con la casa como una cuadra, contacta con algunas personas más o menos estrafalarias, lo cual no solo podría haber dado más de sí, sino que, dada la evolución de la novela, parecen encuentros un tanto forzados y que nada aportan. Durante un buen número de páginas la novela parece navegar con poco ritmo hacia esas aguas, mecida por un humor suave, levemente irónico, procedente de la diferencia entre el modo en que el protagonista se ve a sí mismo y la realidad que poco a poco va mostrando, que incluye manías extravagantes, un pluriempleo singular y una opinión de sí mismo peculiar. La historia mejora sustancialmente pasada la mitad del libro, con algunas reflexiones brillantes al hilo de un asunto familiar que tiene poco que ver con la situación del indexador: el trágico final de una de sus hermanas, asesinada cuando él solo era un niño. En esta segunda mitad también se amplía la perspectiva de la historia, puesto que conocemos la mirada de la esposa; es esta parte, además, los desdibujados secundarios que aparecen al principio se esfuman sin que se les eche de menos, con una sola excepción que parece estar en la historia solo para que pase algo entre el principio y el final.

     Una lectura que, tras ese comienzo titubeante, deja una buena impresión. No es poco, pero tampoco mucho.



  

jueves, 5 de abril de 2018

Incendio – Tess Gerritsen




     Los libros escritos para ser best seller cumplen la idea, básica en publicidad, de que cuanto más numeroso sea el público a alcanzar, más básico debe ser el mensaje. Son historias claras, sin dificultades de comprensión porque no requieren interpretación ni tienen simbolismo alguno; tampoco tienen estructuras complejas, ni lenguaje elaborado y rara vez recurren a ciertas figuras; también dejan poco a la aportación del lector: se lo dan todo masticadito para que se entretenga, y buscan atrapar su interés con una sucesión de interrogantes, o con alguno bien grande. Pero esto no quiere decir que cualquiera pueda escribir un best seller: en su técnica, como en todo, también puede buscarse la excelencia. Por tanto, algo tendrán los autores –si quiera sea un extraordinario dominio de esta técnica- cuando, como Tess Gerritsen, pueden presumir de haber vendido más de treinta millones de ejemplares.

     Eso es lo que pensé cuando por casualidad cayó en mis manos Incendio, una novela que cuenta el misterio de una composición «maldita», que parece enloquecer a quienes la escuchan. Descubierta en una tienda de antigüedades en Roma por una violinista norteamericana, la pieza cambia el comportamiento de su pequeña hija de tres años, hasta el punto de que la protagonista cree enloquecer y decide investigar el origen de la pieza para intentar hacer luz sobre el asunto. No hace falta esperar a que Julia, que así se llama la violinista, lo consiga, porque la autora se preocupa de que vayamos conociendo la historia de Lorenzo, que da comienzo en los años treinta del siglo XX. Ambas historias discurren en paralelo hasta llegar a un final en el que el deseo de desenmarañar todo hace la lectura más rápida y fluida.

     Incendio es una más que entretenida novela de intriga y  en la que, además, muchos lectores acabarán sabiendo algo –qué clara es la nota al final del libro- sobre la suerte de los judíos en la Italia fascista, una historia trágica compartida con los judíos de otros países europeos, pero para muchas personas desconocida porque en Italia el exterminio no alcanzó cotas porcentualmente tan elevadas.

     Así como la historia de Julia limita su aliciente al planteamiento del misterio de la pieza musical, a que es ella la llamada a desentrañarlo y a saber si logrará conservar un mínimo equilibrio mental, la historia de Lorenzo –que en el fondo es una historia de amor- parece especialmente respetuosa con las circunstancias históricas que la rodean, aunque psicológicamente es de una superficialidad tan abrumadora como expeditivo es el final en algunos puntos. Un final bonito y propenso a la lágrima fácil.

     Una novela entretenida, buena para pasar unas pocas horas. Volviendo al principio, «técnica best seller»... correctamente aplicada. 


martes, 27 de marzo de 2018

La mirada del observador – Marc Behm




Publicada en 1980 y reeditada hace poco, La mirada del observador es una fantástica novela negra muy distinta a cuantas he leído y que envuelve de tal manera al lector que hace de él un observador que comparte la historia con el protagonista, un detective privado del que no sabemos ni el nombre, pero sí que está separado y tiene una hija a la que no conoce: una de las quince niñas –a saber cuál de todas- que figuran en una fotografía de grupo que le envió su esposa humillándolo con la observación de que ni sabría reconocer a su hija.

Ha pasado el tiempo, y la niña –¿cuál de esos quince rostros?- ya debe de andar en la veintena. Aunque la realidad es que el Ojo –así es como es llamado le protagonista- ya no ha sabido nada más de ella. Nada. Ni si está viva o muerta. Una investigación rutinaria le lleva a toparse con una mujer que, por su edad, bien podría ser su hija, y basta este dato para que el pobre hombre le preste una atención inusitada. Tanta, que la sigue cuando la dama en cuestión comete un asesinato motivado por su amor por el dinero.

                ¿Qué hace entonces el detective? Se convierte en su sombra. La sigue, la sigue, la sigue siguiendo por mil sitios y durante un tiempo tan prolongado que mejor ni menciono, hasta crear una complicidad con ella –unilateral, obviamente- y el extraño sentimiento de unión que todos sentimos hacia quien hemos observado mucho aunque nunca haya reparado en nosotros. Así va pasando el tiempo y la dama va engrosando su currículo haciendo que cada vez esté más cerca el momento en que la policía dé con ella. Y entonces, ¿qué? ¿Qué será del Ojo, quien, sin darse, cuenta ha hecho de ese seguimiento la razón de su vida?

                El lector, transformado en observador, en ese momento está ya tan obsesionado con la historia como el propio Ojo. El desenlace no lo conocemos hasta la última página. Un final, por cierto, maravilloso, que dota de sentido a cuanto se ha visto hasta entonces.

                Leedla.

martes, 20 de marzo de 2018

La desaparición de Patò - Andrea Camilleri

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Más desaparecida que Patò está La desaparición de Patò, novela imposible de encontrar en ningún sitio, ni en papel ni en ebook, y que incomprensiblemente no se reedita. Su lectura debo agradecerla a tener amigos con una más que notable biblioteca.

Vigàta, como siempre. Esta vez a finales del siglo XIX. El 21 de marzo de 1890 se produce un acontecimiento notable: durante la representación de la Pasión en una abarrotada plaza, Judas –interpretado por Antonio Patò, el honesto, serio y comedido contable y director de la oficina del Banco de Tinacria-, en el momento de morir desaparece lanzándose a un abismo (un agujero en el escenario), licencia artística para evitar la dificultad de escenificar un ahorcamiento sin que el actor se asfixie. Nadie vuelve a verlo jamás.

     La novela es la historia de la investigación, narrada en ese estilo «camilleresco» en el que el narrador es sustituido por una secuencia de informes, documentos y comunicaciones oficiales así como de distintos recortes de periódico, todos los cuales no solo dan cuenta de los hechos (de por sí divertidos) sino, sobre todo, de los intereses –normalmente mezquinos y vinculados al deseo de vivir sin problemas y de aferrarse al sillón- de cada uno de los intervinientes, porque si una constante hay en las novelas de Camilleri es que cada cual va a lo suyo, por pequeño que sea -salvo algún ingenuo y quijotesco personaje, que siempre hay- y no dudan en vaguear o en mirar hacia otro lado cuando nada bueno les puede acarrear lo contrario. Todo lo cual, además, está expresado con el lenguaje rimbombante de quienes intentan darse importancia a toda costa.


     La reconstrucción de los hechos parte de la rivalidad y el odio mutuo de dos cuerpos rivales: policía y carabineros. Ambos tratan de avanzar a su aire, de obstaculizar al otro o, según vengan las tornas, de escaquearse; todos eluden los problemas y buscan las medallas. Los responsables de ambos cuerpos en Vigàta gozan del visto bueno de sus respectivos superiores gracias a esa rivalidad y a las mentiras e «interpretaciones libres» con que rebozan sus informes. Así permanece la situación hasta que un prócer se interesa en el tema, momento en el cual el apego al sillón, más que la suerte de Patò, moviliza la investigación con la coordinación necesaria y en la dirección adecuada.

Claro que, como también suele ocurrir en las novelas de Camilleri, encontrar la dirección adecuada puede no ser la mejor opción para el investigador, no sea que acabe metiendo las narices donde no debe, momento en el que los «poderes fácticos», siempre tan vinculados a la corrupción y a la mafia y, desde luego con lazos allá donde hay poder, sea político o incluso religioso, se dejan notar y obligan a ingenuos y quijotescos a usar el ingenio para avanzar hasta donde razonablemente puedan hacerlo para mantener tranquila su conciencia.

No voy a contar detalles de la investigación, pero sí que de nuevo en esta obra encontramos la enternecedora mezcla de intereses vinculados a la debilidad de la carne con otros relacionados con la ambición política y económica. La suerte de Patò, del que nadie sabe si está vivo, muerto o secuestrado -porque caballero tan caballeroso no puede darse a la fuga-, se hace muy evidente a partir de cierto momento de la novela, lo cual produce la engañosa sensación de que el lector avanza desde ese punto por un camino ya conocido. Pero insisto: es una sensación engañosa, porque Camilleri, al final, da un giro inesperado que conduce la obra al final más típico de este autor: ¿a quién le importa la verdad cuando casi nadie tiene nada que ganar con ella?

Una obra divertidísima, de las primeras de Camilleri, aunque creo que ligeramente inferior a otras como La ópera de Vigàta.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El homenaje – Andrea Camilleri




El homenaje es tan breve que sorprende encontrarlo publicado de forma independiente y no como parte de una colección de relatos. Es lo que tiene la fama, que permite rentabilizar así hasta los escritos más pequeños. Hecha esta advertencia, esta brevísima obra puede identificarse como de Camilleri incluso aunque su nombre no figurara en ningún sitio, y eso que no es precisamente su obra más lograda. La acción transcurre con una rapidez inusitada, dando la sensación de que está casi tal cual salió y que con algo más de dedicación podría haber evolucionado a una novela corta con bastante más sustancia.

Italia, 1940. Vigàta. Un buen hombre es liberado tras cinco años de confinamiento por «difamación sistemática del glorioso régimen fascista», difamación que, en realidad, había sido una tontería pagada carísima. De regreso, se presenta en el Círculo Fascismo y Familia del que era socio. Todo el mundo le da preventivamente la espalda –no tanto por rechazo como por miedo a ser considerado afín a él- hasta que el más peligroso de ellos –por lo chivato- considera que hay que echarlo. Nadie osa llevarle la contraria. El «difamador» se muestra dispuesto a aceptar al expulsión, pero en medio de la discusión que otros comienzan un infarto fulmina a uno de los asistentes: un fascista de noventa y siete años.

Con esta excusa Camilleri da rienda suelta a lo que mejor se le da: reflejar cómo una parte del personal trata de medrar a costa de cualquier cosa y cómo el resto colaboran, muy a su pesar, movidos por el miedo a perder su posición, alta, baja o bajísima; a la vez, estas actitudes están motivadas a veces por situaciones particulares que tienen poco que ver con la ambición política y de poder, y mucho con la debilidad de la carne o con el deseo de aparecer ante alguien ungido de una determinada manera. El problema del «tonto el último» que se desata en la carrera por homenajear al abuelete muerto es que conforme pasa el tiempo se van sabiendo más cosas de él, y cuando lo que sale a la luz se empeña en ser contrario a la realidad oficial, los procesos de rectificación son obligatorios y sumamente graciosos, pues si fácil es imaginar a quien medra adulando y ensalzando cualquier memoria, mucho menos –y tanto más divertido- lo es verlo en el proceso de salvar su culo cuando ha metido la patita hasta el fondo.




domingo, 11 de marzo de 2018

Misterioso asesinato en casa de Cervantes – Juan Eslava Galán





El precio al que, en noviembre de 2017, compré el Premio Primavera de Novela 2015 en una librería que tenía unas ofertas buenísimas (este libro, tres euros en tapa dura cuando en blanda está ahora a más de siete), me pareció una oportunidad cuando debería haberlo tomado como una advertencia. No lo hice así, quizá porque hace tiempo leí algún otro libro de Eslava Galán y me gustó.

Menos uno, esta novela reúne todos los motivos por los que no me gusta la novela histórica. Entonces, ¿he sido tonto por leerla? Quizá. Pero he aquí mis razones: a principios de año leí (por circunstancias que no vienen al caso) Africanus, de Santiago Posteguillo, y como me había gustado a pesar de darse en ella bastantes de esos motivos, me animé a leer Misterioso asesinato en casa de Cervantes.

Cuando hablo de «motivos» quiero decir «mis» motivos. A la vista del éxito de este género, es obvio que a otros lectores atrae lo que a mí no.

Entre esos motivos solo voy a citar, porque en esta novela alcanza cotas excesivas, el afán por dejar constancia de datos, costumbres y léxico periclitados. Un afán que lleva a hacerlo de forma tan directa (y, por tanto, tan evidente) que es un atentado a la inteligencia del lector (al que se le trata como a un ignorante y al que se le niega el derecho -aparte de a serlo- a esperar que la información se filtre en la historia de modo que se le suministre sin que se note); una práctica, esta, que literariamente es un atentado, porque viene a ser como intercalar en el desarrollo de una historia, de modo constante, lo que, a falta de capacidad para hacerlo de otro modo, jamás debería pasar de nota a pie de página. ¿El resultado? Completa carencia de ritmo y avance a trompicones.

La trama es sosa y solo al final despierta algo de interés: una muchacha que lo mismo se presenta como tal que disfrazada de hombre es requerida por una dama notable para desbaratar las sospechas que se han hecho caer sobre Cervantes a cuenta del asesinato de cierto caballero en la puerta de su casa. La «investigación» transcurre al principio de modo aburridísimo, con una sucesión de interrogatorios a cuál más inane, y con eso y las disertaciones referidas que más de una vez ni siquiera vienen a cuento (y que parecen una especie de refrito aprovechando lo conocido de algunos de los avatares de la vida de Cervantes) se alcanza un final que pretende ser trepidante pero que semeja una aventura juvenil. Para colmo -y yo diría que por falta de recursos o de molestarse en buscarlos-, la resolución del misterio llega caída del cielo y en plan «jarrón veneciano»... en el que la investigadora es una oyente más de un señor que pasaba por allí. Además, ya que la acción ocurre en Valladolid y por allí pasa el Pisuerga, encontramos unos cuantos diálogos que reclaman la igualdad de la mujer, lo cual tiene poco o nada que ver con la historia y resulta anacrónico, pero ahí quedan, llenando hojas. Unamos a eso que la imitación del lenguaje de la época se da también en voz del narrador, lo cual resulta forzado, sobre todo porque no siempre se acuerda de hacerlo con rigor.

Lo que más me atraía de esta lectura era topar con Cervantes como personaje, fuera tratado de modo directo o indirecto. ¿Qué jugo no se le puede sacar bien tratado? Pero lo que he encontrado ha sido decepcionante: el Cervantes de esta novela es un personaje insípido, que no aporta nada y sobre el que ninguna reflexión se puede hacer.

La inmensa mayoría de las reseñas que hay en este blog son positivas, porque si uno se conoce como lector suele elegir bien sus lecturas. Esta vez no ha sido así. Me equivoqué. Quizá los aficionados a la novela histórica encuentren esta obra estupenda. Yo, no. Más bien me ha parecido una tomadura de pelo.