En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

domingo, 14 de octubre de 2018

Offshore – Petros Márkaris




En la reseña de Hasta aquí hemosllegado expliqué por qué pretendo leer la serie entera del comisario Jaritos, de la que Offshore es el penúltimo título en estos momentos. Lo aviso porque Offshore no me ha dado motivos adicionales para terminar de leer la saga, sino que ha ratificado mi tesis de que el autor ha decidido aprovechar el éxito y sus últimos años en activo para publicar lo que sea. Offshore es un despropósito.

                Trataré de explicar por qué:

                -Porque a Márkaris, que ya jugó a brujo –y se dio un trompazo- cuando trató de anticipar la salida del euro de Grecia, Italia y España, le ha vuelto a dar por la «economía-ficción», y en esta ocasión un grupo de desconocidos hacen una campaña publicitaria que les permite ganar las elecciones en un santiamén con mayoría absoluta y, lo que es más sorprendente, llevar a Grecia, ¡en solo tres meses!, a una prosperidad desconocida desde hacía años. Nadie sabe de dónde viene la pasta, pero hasta el gato está eufórico. A ver quién es el guapo que puede imaginarse algo así y, falto de realismo, Márkaris no consigue darle la autenticidad necesaria.

                -Porque cuando Jaritos dice que no tiene ni idea de economía quien lo está diciendo en realidad es Márkaris. Personaje y autor comparten una ignorancia sideral que hace calamitoso el intento de crear una trama en torno a un asunto tan de moda en los últimos años como la economía y, en particular, el flujo de capitales hacia paraísos fiscales. Repito: no hay realismo ni la autenticidad exigible cuanto se prescinde de éste. Más bien se da una imagen de «hombres de negro» que mueve a la risa.

                -Porque Jaritos (y Márkaris) también están reñidos con la informática más elemental, por lo que es mejor omitir según qué detalles para evitar el riesgo de que los disparates contribuyan a dinamitar realismo y autenticidad.

                -Porque, una vez más, ¡una más! el comisario no avanza y debe esperar la repetición de crímenes a ver qué tienen en común.

                -Porque el vagabundear de Jaritos dando tumbos de un interrogatorio a otro y viendo a sus jefes cada vez que mueve un papel, todo a la espera de que pase algo, es llenar páginas sin más, y se hace aburrido y repetitivo, aunque al comienzo del libro parece que no va a ser así.

                -Porque las «novedades» (un nuevo jefe ignorante y prepotente que estorba y no ayuda y que algo le suceda a uno de los personajes habituales) son un recurso pobretón de puro manido.

                -Porque el final es horroroso y ridículamente irreal.

                -Porque el costumbrismo está agotado y los personajes no cesan de repetirse a sí mismos sin que se tenga la sensación de que el autor haga algo por evitarlo.

                En cuanto al argumento... Pues bueno, la típica sucesión de muertos con algunas cosillas en común, entre las que figuran la insólita facilidad con que se pilla a los autores materiales, pero es que, claro, seguro que hay algo más y como de un modo u otro la cosa puede relacionarse con la inesperada prosperidad económica...

                En fin...

                Qué pena hacerle esto a un personaje que, en su origen, fue bueno. Por cierto, tengo un amigo que lleva muy mal que el tiempo pase y los personajes no envejezcan, y creo que comienzo a comprenderlo. El comisario Jaritos, que ya no veía muy lejos la jubilación en su primera novela, cuya acción transcurría en el momento de su publicación, 1995, más de veinte años después siguen teniendo más o menos la misma edad que entonces, y ahí sigue el tío, inmune al paso del tiempo y a los adelantos tecnológicos, desde Internet al teléfono móvil, que se suceden sin que a él le salga una arruga más. Por supuesto, al resto de personajes les sucede lo mismo. No han hecho un pacto con el diablo, sino con Márkaris. Lo malo, para los personajes, es que por el autor sí ha pasado el tiempo.


lunes, 8 de octubre de 2018

Hasta aquí hemos llegado – Petros Márkaris




                La frase hecha que da título a esta novela implica la existencia de un recorrido, temporal o espacial y, a menudo, también emocional.

                «Hasta aquí hemos llegado», decimos al rendirnos al cansancio.

                «Hasta aquí hemos llegado», pensamos también cuando el hastío ante la conducta impertinente o injusta de alguien nos lleva a cambiar drásticamente nuestra relación con él e incluso a mandarlo al diablo.

                Por ambos motivos hubiera sido un buen título para dar por concluido el recorrido del comisario Kostas Jaritos en la literatura.

                Podría pensarse en boca del autor, Márkaris, aludiendo al agotamiento de sus ideas.

                Y lo podría haber suscrito también Kostas Jaritos, el protagonista, harto de ser un clónico de sí mismo hasta dejar tan lejos de la brillantez de sus inicios.

                Ya lo he dicho en alguna otra ocasión: las primeras novelas de Jaritos, publicadas con varios años de diferencia, fueron buenas y originales, pero luego, cuando el éxito alcanzó a Márkaris, la urgencia no sé si de pasar por caja o de qué provocó que publicara una novela por año, a veces más, con una notable pérdida de originalidad que culminó, en el apogeo de su fama, con una «trilogía de la crisis» que Hasta aquí hemos llegado ha transformado en tetralogía y en desastre.

                Para mí lo mejor de esta novela ha sido el reencuentro, tras casi cinco años desde que leí el anterior libro de la serie, con el mundillo de un personaje al que le tengo cariño, aunque, por desgracia, el buen sabor solo ha durado lo que ha tardado Márkaris en calcar las novelas anteriores: bien poco.

                Y es que esta novela reproduce punto por punto el poco ingenioso modelo de las anteriores:

                -Alguien mata a alguien, y tras el finado suele venir algún tipo de reivindicación más o menos misterioso y peliculero.

                -Jaritos se dedica a ir y venir interrogando una o varias veces al personal, nunca más de un par de preguntas, y cada vez se nos cuenta cuál de sus ayudantes le acompaña y por qué, qué medio de transporte elige y por qué, por qué calles pasa y cómo está el tráfico. Es estos detalles se va un número de páginas sorprendente.

                -Pese a tanto minúsculo interrogatorio, Jaritos no llega a ninguna conclusión, de todo lo cual informa a Guikas, su superior, tantas veces como interrogatorios realiza; en cada ocasión nos cuenta si el jefe si lo recibe de pie o sentado y de qué humor.

-La «investigación» avanza porque los malos son contumaces y siguen apiolando al personal a razón de un finado cada sesenta páginas, más o menos, lo cual permite al comisario recolectar detalles comunes a todos los crímenes. Esta recolección permite llegar al final de la novela y, de sopetón, resolver el caso de un modo en general poco brillante y, en el caso de Hasta aquí hemos llegado, particularmente malo y decepcionante.

                -Como no todo transcurre en veinticuatro horas, el comisario va a su casa a cenar, consulta el diccionario que tanto le gusta y nos cuenta qué cocina su esposa, amén de dejar algún detalle sobre el genio de la señora.

                -Añadamos que su hija y su yerno van o vienen o les pasa algo (como en esta ocasión), y que su viejo amigo y oponente Zisis siempre está a punto para traer al presente información útil de toda la segunda mitad de siglo XX en Grecia para encontrar en el presente criminal ramificaciones de aquel pasado de odio.

                -Por último, espolvoreemos sobre lo anterior la forma en que la actualidad socioeconómica de Grecia justifica la acción de todo el mundo, buenos y malos, que actúan y se quejan al ritmo de la sección de economía de los periódicos, lo cual justifica también la intensidad del tráfico en las principales avenidas y cuanto podamos imaginar. Como colofón, demos a los asesinatos cierta  intencionalidad justiciera.

Con lo que acabo de resumir tenemos las últimas cuatro novelas de Márkaris, cuyo máximo interés llegó a ser el modo en que refleja la crisis, aunque me da la sensación de que cada vez lo ha hecho de un modo más peliculero, lo cual afirmo no solo por esta novela, sino por el la fallida «predicción» de que Grecia iba a abandonar el euro (en la anterior) y por comienzo de la siguiente, Offshore, que acabo de empezar a leer.

                ¿Y si tengo una opinión tan regular de estas últimas novelas por qué voy a leer la siguiente y luego la última? Porque, como he dicho antes, como le tengo cariño al personaje hace tiempo que me propuse leer toda la serie. Entonces no imaginé que la eventual decadencia de Grecia correría pareja a la de la calidad de las novelas de Márkaris, pero siento que se lo debo al antiguo Jaritos. Nadie podrá decir que no he tratado de reencontrarme con él hasta el final.


                

lunes, 1 de octubre de 2018

Adiós, Sherezade – Donald Westlake




                Entre los trabajos más honrosos no suele figurar escribir novelas porno de tapadillo, en calidad de negro de un autor famoso que las publica con seudónimo. Sin embargo, este es el modo que tiene de ganarse la vida el protagonista de Adiós, Sherezade (1970).

                De no ser porque todo lo encajado en un «género» se minusvalora, Adiós, Sherezade sería un novelón para disfrutar y estudiar. ¿De qué género estamos hablando? Pues a saber, porque en España fue publicada en una colección de novela negra –con debates entre los editores sobre si encajaba o no- aunque lo único negro que tiene es el trabajo del protagonista; para mí, en cambio, más bien es una novela de humor. Sus méritos, trascender cualquier género por abordar, con gran originalidad e inteligencia, el proceso de hacer frente a los fracasos vitales y, también y sobre todo, un dominio de la escritura y –lo que es más difícil- de la estructura de una novela, fascinante. Además culmina con un final magnífico e inesperado que completa el sentido de todo lo leído hasta ese momento.

                El protagonista, en los Estados Unidos de los años 60, es un estudiante universitario del montón que mantuvo un romance con una chica y que, cuando se largó de vuelta a su casa y el romance terminó, enseguida se encontró con que «se tenía que casar» porque había dejado embarazada a la muchacha. Han pasado unos cuantos años y a la frustración de no haber elegido su vida se une, poco a poco, la frustración «laboral», porque lo de escribir una novela porno al mes cada vez lo lleva peor, y rondando ya las treinta el buen hombre se enfrenta, de sopetón, a la incapacidad de responder a las exigencias de la editorial y, en particular, de un editor que se puede permitir ser despiadado porque siempre hay algún pringado dispuesto a aceptar ese empleo.

                Sin embargo, el protagonista intenta cumplir. Pero al sentarse a escribir su cabeza se va a lo que de verdad le preocupa –su propia vida y sus recuerdos- y es así cómo vamos conociendo sus cuitas y cómo, desde una mezcla aparentemente estrafalaria de novela porno –en realidad solo subidita de tono- y confesión, las cosas se van mezclando de un modo magistral hasta llegar a saber cómo ese peculiar trabajo y todas las circunstancias que lo rodean han condicionado su vida incluyendo la provocación de algunos equívocos decisivos en su vida personal.

                La decadencia familiar y profesional corren parejas y la vida del protagonista, que nos habla en primera persona, se desmorona y descompone ante los ojos del lector, lo cual, sin embargo, no resulta especialmente doloroso porque, aunque desde la amargura, el protagonista no pierde el sentido del humor no tanto para reírse de sí mismo como para burlarse de él, como si la burla de uno mismo, por amarga que sea, fuera un mecanismo de abandono de ese «yo» fracasado para refugiarse en una nueva identidad.

                A diferencia de tantas novelas donde se nos quiere vender la simpleza del lenguaje como un mérito (cuando solo es una facilidad para los que menos esfuerzo desean hacer) en Adiós, Sherezade el lenguaje no es inane, juega un papel esencial para trasladar el tono en que el protagonista se dirige al lector. Utiliza términos directos y con cierta frecuencia malsonantes, pero no por afán de provocar, sino arrastrado por su propia frustración. Hay términos que hay que saber usar, y Westlake sabe hacerlo.

                Una novela extremadamente buena que, por desgracia, está descatalogada. ¿A qué espera nadie para reeditarla o, al menos, para publicarla en ebook?


viernes, 28 de septiembre de 2018

Los miserables - Victor Hugo




                Hace ya bastante que compré las 1742 páginas de Los miserables. Dos volúmenes en la traducción de Nemesio Fernández Cuesta (que llama Juan Valjean al protagonista), la más conocida, aunque recientemente María Teresa Gallego ha actualizado la traducción eliminando los efectos de cierta censura vinculada sobre todo a cuestiones religiosas.

Leer una novela como esta requiere encontrar el momento adecuado, en el que el deseo de leerlo y la receptividad necesaria se combinen con cierta disponibilidad de tiempo. Si eres capaz de esperar, aunque ese momento tarde años en llegar acertarás siempre.

                Las desventuras y aventuras de Jean Valjean son conocidas: un pobre diablo, acuciado por el hambre, roba un pan. Entre el robo y los intentos de fuga de la cárcel, el hombre pasa diecinueve años en presidio, a cuyo fin se ha transformado en una alimaña que pronto es redimida por una especie de santo, un obispo todo generosidad y desprendimiento. A partir de ese instante la vida de Jean Valjean se transforma en una doble huida: la de su pasado, pues su condición de expresidiario hace de él un paria -y porque algún delito menor que le imputan pueden dar de nuevo con él en la cárcel-; y huida también del mal y entrega completa al bien. Sus diferentes personalidades, su habilidad para muchas cosas y su fuerza descomunal para otras, hacen de él una especie de esforzado héroe y lo ponen en situación de toparse con numerosas ocasiones para hacer el bien y en otras tantas para sentirse responsable de los equívocos que a su alrededor sufren personas como él, de origen y existencia miserable, gente a quienes la vida no ha dado oportunidades o que se han visto arrastradas al fango por «estupideces» que la presión social transforma en tragedias. Entre ellas, la madre de Cossette, la niña de la que se responsabilizará el protagonista y que, a su vez, coprotagoniza la historia junto a un joven idealista y honesto: Mario.

                No sigo. Detenerse en un argumento tan conocido resulta tan absurdo en una simple reseña como pretender hacer algo más que contar unas cuantas impresiones personales que puedan animar a alguien a leer una obra que lo que atrae por su fama lo ahuyenta, muchas veces, por sus dimensiones.

                Llaman la atención los largos preámbulos, en realidad pequeñas novelas, en los que se nos presenta a personajes con un papel puntualmente significativo en la vida de los verdaderos protagonistas, como es el caso del obispo que abre la novela. Otros personajes, en cambio, aparecen y desaparecen a lo largo del texto y es así como los vamos conociendo, lo que da idea del esfuerzo de hacer de Los miserables una suerte de novela de novelas. Esta forma de escribir justifica, en parte, la extensión de la obra y, también, su carácter de obra magna, porque aspira a más que a contar las andanzas de su protagonista: a recrear el mundo en torno suyo.

                En este sentido hay dos grandes personajes que se cruzan en la vida de Jean Valjean. Uno son los Thénardier, que representa el egoísmo ciego, el egocentrismo y por tanto la maldad; y el otro es Javert, el policía que de puro íntegro se transforma en injusto, viniendo a simbolizar, entre los dos, que el miserable no tiene quien vele por él: cuando no es víctima de los rufianes, lo es de una sociedad más preocupada de protegerse del desdichado que de ayudarle a dejar atrás su desdicha.

                La otra razón que explica las dimensiones de Los miserables es la afición de Víctor Hugo a la disertación o, más bien, a la opinión, lo cual hace de una forma bastante saludable para el lector: intercalando claramente los capítulos de opinión con los de acción. Cuando hay una, no hay otra. Se agradece.

                Si la historia de Jean Valjean resulta de por sí apasionante (y más por el recurso a ciertas técnicas folletinescas para despertar la curiosidad del lector, captar su atención e impulsarle a seguir leyendo), más lo es aún por el entorno: la Revolución Francesa, el Terror, el Directorio, Napoleón el Imperio, la secuencia de revoluciones del siglo XIX... Una sucesión de acontecimientos impulsado por un cambio radical en los valores y el pensamiento en los que es inevitable reconocer el origen de las sociedades modernas y la formación de una nación no en el sentido institucional como sinónimo de «estado», sino social: la creación de la conciencia de nación.

                En medio de ese tráfago de valores, la opinión de Víctor Hugo se abre paso tomando claramente partido por una sociedad avanzada. El tono de superioridad demuestra que más que opinar lo que Hugo pretendió a través de su obra fue influir sobre el lector, y de un modo tan directo que prescinde de toda interpretación: sí, oiga, qué miserables son los miserables y qué injusta es la vida, pero por si usted no se ha acabado de enterar, le recuerdo que...

                Fruto de toda esta mezcla encontramos detalladas descripciones de batallas como la de Waterloo, opiniones que rebaten otras que nadie acude a defender a la novela, sorprendentes explicaciones sobre las oportunidades que para el progreso tiene la gestión de residuos y un montón de asuntos y percepciones que podríamos llamar «realistas» y que chocan con la concepción romántica de la historia, con la existencia de personajes maniqueos y con el hecho de que todos expresen con el antinatural y algo empalagoso lenguaje propio de las novela de la época: a fin de cuentas, estamos en el romanticismo.

                Una de las grandes novelas de la historia que, volviendo al principio, enriquecerá a todo aquel que sepa encontrar el momento adecuado para acercarse a ella.


lunes, 24 de septiembre de 2018

El rey recibe – Eduardo Mendoza






                Cada vez que Eduardo Mendoza publica una novela muchos preguntan es si es o no de humor. «Sí y no», vienen a decir las respuestas que he leído o escuchado en artículos y acciones de promoción, lo cual, una vez leído El rey recibe, me hace pensar en una ambigüedad calculada para no perder lectores, por más que haga falta ser muy tonto para dejar de leer a Mendoza.

                El rey recibe no es una novela de humor aunque, como en tantas otras –y más en las que tienen cierto tono autobiográfico- hay episodios que hacen sonreír y cierta historia (la del «rey») pintoresca y divertida, aunque en esta ocasión el humor llega desde una exquisita sutileza de la que carecen las novelas más gamberras de Mendoza. Me da la sensación de estar ante una de esas obras, como Mauricio o las elecciones primarias, que va a ocupar un puesto destacado en la estima del autor y no tanto –e injustamente- en la de sus lectores, más habituados a otro tipo de novela.

                El rey recibe es una obra buena pero extraña, fundada en los recuerdos de Mendoza, que se ha hartado de decir que como escribir unas memorias era un aburrimiento, le pareció mejor contar una historia ajena en la que plasmar recuerdos sobre la base de que la vida no es cómo fueron las cosas, sino cómo las percibimos y recordamos. Digo «extraña» porque al final la vida del personaje termina dando lugar, en la novela, exactamente a lo que acabo de decir: el relato de un pedazo de la vida de un joven barcelonés que, a caballo entre los años sesenta y setenta del siglo XX, primero trabaja en un periódico, luego en una revista y más tarde emigra a Nueva York. La consecuencia es que no hay que esperar ni tramas ni desenlaces en el sentido usual, porque no se trata de una historia completa, sino una parte de una historia que probablemente no conducirá a ningún sitio más que a conocer la existencia del protagonista. Eso es lo que explica la inclusión de episodios sueltos que parecen tener poca o ninguna influencia en el resto. Pero esto da igual. Lo importante son las reflexiones de Mendoza tanto sobre la evolución de la sociedad en esos años en paralelo a la evolución personal, laboral y familiar, como sobre un carácter que parece tener mucho en común con el suyo.

Sin embargo, Mendoza se ha cuidado de introducir un elemento que otorga a la novela cierto hilo conductor –bien que un tanto guadianesco- y relativamente humorístico: la presencia de un aspirante a rey de Livonia. Lo retorcido de la historia de Livonia –más un territorio que debe su nombre a una etnia que una nación y no digamos ya un estado- sin duda explica la elección. Se puede aspirar a reinar en lugares extraños, pero como Livonia, pocos. El «rey» vive exiliado en todas partes, dándose unos aires que casan mal con sus medios, y más defendiendo su condición desde las revistas del corazón que desde la política. De ahí que sea en calidad de reportero rosa como el protagonista toma contacto con el «monarca» y con cierta dama a la que ayuda a poner en marcha una moto. Sus nombres, por cierto, son la mayor concesión al Mendoza de las novelas de humor. A partir de ahí, el «rey» aparece y desaparece de modo un tanto caprichoso, sin que lleguemos a saber por qué, y enreda al protagonista en un par de compromisos cuyas consecuencias, si las hay, quedarán para las siguientes novelas de la trilogía.

Y es que El rey recibe es la primera de una trilogía que lleva por nombre «Las tres leyes del movimiento» y que, por lo que se puede deducir de lo dicho durante la campaña de promoción, será lo que es esta novela: una suerte de historia como excusa para rememorar numerosos episodios históricos o no desde la fidelidad no a los hechos, sino a los recuerdos. También, y no es menos importante, se rememoran ideas, prejuicios que una vez imperaron, visiones, tópicos, el modo en que uno, desde su propio yo se enfrentaba a las ideas preconcebidas a medida que se abría al mundo y estas evolucionaban a medida que lo hacían las personas. Probablemente haya que esperar a leer toda la trilogía para hacer un juicio más preciso de esta novela, pero la cosa apunta alta.

De lectura sumamente agradable, interesa sin apasionar. No es una crítica, sino lo contrario: es un gran mérito del autor porque, precisamente, si algo se esfuerza en destacar del protagonista es que, siendo un tipo más o menos formado, culto, inteligente y movido por cierta curiosidad vital, es también un hombre prudente, en cierto modo vulgar, anodino, poco amigos de las locuras y con cierto hálito, ante los demás, de ser un tipo aburrido. Alguien a quien se respeta y admira, pero con quien no se cuenta cuando se buscan emociones fuertes. Lo suyo es ver, no ser visto, lo cual, unido al tono reflexivo de una historia contada desde el recuerdo, traslada al lector un sentimiento entre melancólico y triste que a menudo no se corresponde con los recuerdos del narrador, aunque la realidad es que Mendoza traslada todo magistralmente: cuando Rufo Batalla, el protagonista, nos dice que era feliz en tal o cual situación, no debemos dudarlo a pesar de tener una sensación distinta, sino que más bien debemos recordar que quien nos habla no es Rufo desde aquel pasado, sino desde el presente; el Rufo que, muchos años después, recuerda. La felicidad del pasado puede fundamentar la melancolía del presente. En resumen, que el lector debe hacer el esfuerzo de comprender al narrador, de ponerse no solo en el pellejo del narrador en los sucesos que se cuentan, sino en el del narrador en el momento en que narra.

Una prosa eficaz, limpia, concisa y con una riqueza que llega al lector con sencillez. Da gusto cómo escribe Mendoza, cómo domina desde el estilo «rococó» de sus detective loco hasta la exquisita llaneza de El rey recibe.



lunes, 17 de septiembre de 2018

La sonrisa de Angélica – Andrea Camilleri




La sonrisa de Angélica (Serie Montalbano, 21)


                Orlando se cabreó con Angélica por cierto asuntillo de ésta con Medoro. Del sofocón, Orlando se cargó árboles, ríos, pastores, ganado, casas... ¿Quién no ha tenido un mal día? Hasta don Quijote lo imitó.

                Son pocos los que han leído Orlando furioso. El comisario Montalbano lo hizo en su juventud, nos cuenta Camilleri, pero en forma de cómic, y en sus páginas Angélica era tan sensual y atractiva (para eso era Angélica la Bella) que se adueñó de las fantasías lúbricas del adolescente. Por aquel motivo, cuarenta años más tarde Montalbano se queda pasmado y patitieso al conocer a la víctima de un robo y encontrarla en todo igual a la Angélica del cómic.

                Y cómo sonríe la condenada. Igualita a Angélica.

                Menuda tentación.

                Una tentación, dicho sea de paso, bastante receptiva a los cada día más decrépitos encantos del comisario, cuyo parecido con Orlando no va más allá de cierta propensión al cabreo y de un afán justiciero que en el caso de Montabano más tiene de quijotesco que de caballeroandantesto.

                Angélica ha sido víctima de un robo en su casa, he dicho. De un robo ejecutado mediante una mecánica original y varias veces repetida en poco tiempo en torno a los integrantes de cierta lista de amigos y conocidos de la primera de las víctimas. Esto hace prever que las nuevas víctimas, de haberlas, van a ser también de ese grupo, aunque no está tan claro que el delincuente pertenezca a él. Tampoco está claro qué persigue.

                El asunto se enreda por varios motivos. El primero, ya mencionado, por la interferencia de la tentación, que hace bajar a Montalbano la guardia. Y el segundo, que parece relacionado (en la forma, que no en el fondo) con la novela anterior –La búsqueda del tesoro-, porque nuevamente aparece un tipo que se cree tan listísimo como para retar al comisario, por escrito y desde el anonimato, acerca de la evolución de los robos. Por supuesto, que el delincuente delinca es una cosa, pero que se chotee por anticipado de la autoridad, es otra.

                Otra buena novela de la saga, con todos los recursos tradicionales de Camilleri dosificados con moderación, incluyendo, esta vez de modo preeminente, la presencia de una mujer bella y que, pese a todos los pesares y achaques de la edad, el comisario sigue resultando inexplicablemente atractivo a cuanta fémina se cruza en su vida. Quizá sea este el aspecto más «caballeresco» de Montalbano, más que los cabreos ordanlescos: que es el héroe de la novela y, como buen héroe buenazo, al final todo el mundo se rinde a sus pies.



miércoles, 12 de septiembre de 2018

La búsqueda del tesoro – Andrea Camilleri




La búsqueda del tesoro (Serie Montabano, 20)

                Que cierto porcentaje del personal está como una regadera lo saben bien policías, médicos y cuantos desempeñan profesiones por las que, guste o no, antes o después debe pasar todo el paisanaje. Esta circunstancia viene muy bien para los escritores de novelas negras repletas de agentes de la autoridad, porque por disparatado que parezca algo siempre hay un chiflado dispuesto a demostrar que si los escritores utilizan la imaginación para crear ficción, otros la usan para crear realidades. No es que la realidad supere a la ficción: es que ambas viven de las mismas fuentes: la imaginación y las ocurrencias de cada hijo de vecino. De este modo es más sencillo que hasta tramas tan enrevesadas como esta tengan autenticidad (no confundir con verosimilitud), que es lo que cabe pedir a todo escritor.

                La búsqueda del tesoro comienza cuando dos hermanos, octogenarios, recluidos en su vivienda desde hace tiempo, se lían a tiros desde las ventanas. Tan poco civilizada manera de expresar su opinión sobre el mundo conduce donde debe gracias a la obra, milagros e imprudencia del cada vez más viejo comisario de Vigàta, Salvo Montalbano. Al registrar la casa encuentran un montón de rarezas, como una sala con un bosque de crucifijos y, en otra habitación, una decrépita muñeca hinchable del año en que reinó Carolo, de esas que parecían cuatro globos mustios atados a un palo de escoba.

                Pero con una pareja de ancianos con un tornillo flojo y a los que para reducir basta que se queden dormidos o algo así, la novela no hubiera ido más lejos. Por eso suceden otras cosas, aparentemente inconexas.

                La primera, que una joven y guapa chica (en las novelas de Camilleri siempre hay una mujer particularmente hermosa) desaparece.

                La segunda, que otro pirado se dedica a enviarle pintorescas cartas a Montalbano que él debe descifrar para intentar averiguar no sabe qué, porque el asunto parece un reto a ver quién es más pito de los dos.

                La tercera, que por chiripa aparece en por ahí una muñeca hinchable exactamente igual a la de los abuelos chiflados. Igual en todo. Hasta en los desperfectos.

                La cuarta, que, para incordiar a Montalbano -o para ser utilizado por él, que el comisario es un tipo práctico- el pobre hombre anda haciendo de gallina clueca de un muchacho, estudiante él, recomendado por su despampanante amiga Ingrid. El chaval desea conocer los peculaires procesos mentales por los que el comisario suele desentrañar los casos, vía intuición y en contra de las evidencias.

                Lo típico en Camilleri y en tantos otros: varias historias independientes que el lector comienza a conocer el paralelo y que, a partir de un punto, se mezclan paulatinamente hasta producir resultados sorprendentes. La técnica no es novedosa, lo meritorio es que, una vez más, Camilleri es capaz de liar las historias de un modo tremendo para resolver todo de manera brillante, y eso que en su contra juegan la edad y las docenas de historias previamente publicadas. Como siempre también, que es marca de la casa, detrás de cada crimen suele haber un motivo humano, que no una justificación, porque la maldad para Camilleri no existe si no es vinculada al dinero: fuera de él, el daño solo lo causan los locos y personas tan débiles que son capaces de causar estragos arrastrados por su propia debilidad.

                Una magnífica novela, fácil de leer, como todas las de este autor, entretenida, que capta la atención desde el principio y en la que, sin renunciar a las gracias recurrentes derivadas del carácter, manías y costumbres de los personajes habituales, se reducen al mínimo las explicaciones de cada rareza para informar a los nuevos lectores sin hartar a los antiguos. Grande, Andrea Camilleri.


jueves, 19 de julio de 2018

La pequeña vendedora de prosa – Daniel Pennac



                Hace algún siglo que otro que no leía en tan poco tiempo tres libros de un mismo autor y protagonizados por idéntico personaje. La felicidad de los ogros me animó a leer El hada Carabina, la cual, a su vez, me ha hecho leer La pequeña vendedora de prosa, la cual, sin embargo, me ha animado a tomármelo con más calma antes de de seguir con el cuarto de la saga, porque La pequeña vendedora de prosa es, con diferencia, la peor historia de las tres que llevo leídas.

                A las novelas no hay que pedirles veracidad (que lo que narran sea susceptible de ser verdadero) sino autenticidad (que la acción, aunque loca e imposible, sea vivida por el lector como real). En La pequeña vendedora de prosa he encontrado la autenticidad por ningún sitio.

                El argumento de esta tercera novela de la saga vuelve a ser más o menos disparatado y, como es habitual, sitúa a Benjamín Malaussène en el centro de todos los problemas que él no ha creado pero que siempre atraen a la policía; aunque, en este caso, Malaussène juega un papel diferente y no es el centro de todas las sospechas. Deseando alejarse de un crimen que le toca muy de cerca, Malaussène se presta a un disparate: poner rostro a un escritor tan afamado como desconocido por escribir refugiado en el anonimato de un seudónimo. La idea podría haber dado mucho juego e invitar a muchas reflexiones, pero la acción es tan sobreactuada que este asunto, al final, solo sirve como elemento de la trama, pero nada más.

Para explicar por qué está la acción sobreactuada debería contar alguna cosilla que destriparía una de las sorpresas de la novela (sorpresa que, según pasan las páginas, evoluciona a cierto cabreo porque tiene algo de tomadura de pelo, como si Pennac hubiera renunciado a buscar soluciones más ingeniosas, lo cual es una pena porque la trama en sí -la maraña de conflictos que desembocan en los hechos- está bien trabajada y, de haber estado rodeada de situaciones igualmente trabajadas, hubiera tenido esa autenticidad que he echado en falta).

La novela, la más larga de las tres primeras de la saga, es bastante irregular: durante una parte bastante larga no pasa nada ni en términos de acción ni de reflexión, después llega la primera sobreactuación, luego la sorpresa y, por desgracia, la evolución de la misma aumenta esa sobreactuación y aunque el final sí logra captar el interés y provocar las ganas de leer, es imposible terminar la novela sin tener la sensación de que es una historia fallida. Tampoco ayudan demasiado ni las habituales digresiones sobre el pasado de tal o cual personaje, ni el fallido intento de hacer humor con ciertas situaciones ni el milagrerío que resuelve el punto más problemático de la novela, el cual, por cierto no era preciso llevar hasta ese punto (y quien lea la novela me entenderá).

Así como las dos primeras eran novelas notables, esta me ha gustado mucho menos. Su mayor interés, al menos para mí, es que como todas forman parte de una misma historia, leerla puede venir bien de cara a la cuarta de la saga, que espero leer en la confianza de que se parezca más a las dos primeras que a la tercera. A esta esperanza ayuda que la cuarta viera la luz seis años después de esta tercera, que parece más escrita para aprovechar el éxito que para disfrutar creando.


jueves, 5 de julio de 2018

Reflexiones sobre literatura y humor




«Yo creo que el género negro tiene mucho, tiene mucho humor, hay mucho componente de humor; en sí mismo ya es una cosa humorística, es decir, pasar un rato divertido con cadáveres, descuartizamientos, asesinatos…, eso es una cosa ya en sí muy divertida. Es muy divertida. Los grandes clásicos de la novela negra, de la novela de detectives, de la novela de misterio, son gente con un gran sentido del humor; incluso proponen un mundo verdaderamente feliz en el que un asesinato es un motivo de gran alegría para todos porque así se podrán poner a investigar, ¿no? Es el género más amable que hay.»




martes, 3 de julio de 2018

El hada Carabina – Daniel Pennac




                Si la primera novela protagonizada por Benjamín MalaussèneLa felicidad de los ogros- era una novela de humor vagamente disfrazada de novela negra, El hada carabina es exactamente lo contrario: una novela negra con leves tintes de humor debidos tanto a lo estrambótico de algunas situaciones «serias» como al espíritu con que Malaussène se dirige al lector en los capítulos en los que se expresa en primera persona.

                Hecha la salvedad anterior, El hada carabina es mucho mejor novela que La felicidad de los ogros tanto por estar mejor expuesta y resultar más comprensible como por lo trabajado de una trama complicada y resuelta de modo brillante.

                Malaussène sigue con su empleo de chivo expiatorio, aunque ahora en una editorial dirigida por una dama demasiado histriónica para el escaso papel que juega en la novela. Malaussène sigue al frente de una familia compuesta por hermanos más jóvenes, aunque la madre ha retornado para dar a luz al siguiente, y es así como un bebé llamado Verdún se incorpora a la familia. También sigue con una novia –Julia-, dedicada al periodismo de investigación. La novedad es que la vivienda-conejera de Belleville está a rebosar debido a la «adopción» de cierto número de ancianos devenidos en drogadictos y que están allí para huir de la soledad y, por tanto, de la droga.

                Pero las cosas se complican aún más. Un policía con antecedentes por maltratos es asesinado por una ancianita en medio de la calle, una muchacha presencia desde su ventana cómo unos sicarios lanzan un cuerpo al Sena, alguien se dedica a rebanar el pescuezo a ancianas y además ciertas enfermeras se dedican a proporcionar droga gratuita a ancianos. Son sucesos independientes, pero, por unas cosas u otras, todo se enreda de forma que Malaussène parece ser el responsable de todo.

                La novela se forma a partir de tres historias paralelas, relacionadas y que confluyen al final. La del protagonista, que nos va informado de sus idas, venidas y circunstancias; la de los policías al frente de las diferentes investigaciones, entre los que figura un tal Pastor; y es él quien aporta la tercera y singular historia de la novela: la suya; la un tipo con un pasado doloroso que, pese a su apariencia de mosca muerta, tiene una misteriosa capacidad de persuasión para hacer cantar a cuando delincuente cae en sus manos.

                El revoltijo de informaciones, situaciones y personajes avanza al principio de un modo que parece confuso –solo lo parece-, y el humor en ocasiones surge haciendo consciente al lector de todo lo que Malaussène ignora, de modo que puede observarle como a quien inconsciente y alegremente se encamina a pegarse un bofetón épico. Al final, lógicamente, todo acaba convergiendo y resolviéndose de un modo, como he dicho al principio, brillante, aunque no sin antes haber dado las cosas varios giros inesperados que toman por sorpresa al lector y le hacen leer el último tercio de la novela con mucho más interés del que suscita el principio.


jueves, 28 de junio de 2018

El color de la magia – Terry Pratchett




                Aunque Terry Pratchett (1948-2015) ha sido uno de los novelistas de humor más conocidos en las últimas décadas, no había leído nada suyo, problema que he remediado comenzando por el primer libro de su saga más conocida, la del Mundodisco, expresión que suena a discoteca ochentera pero que alude a un mundo fantástico, con forma circular en vez de esférica, donde no rige ni la física ni el sentido común, sino leyes bastante más sorprendentes y divertidas.

                El color de la magia es una novela que, por su argumento (las cuatro aventuras sucesivas de un turista ingenuo, curioso y atrevido –llamado Dosflores- con un pintoresco equipaje con patas y a quien se ve forzado a acompañar un mago de tres al cuarto llamado Rincewind) bien pudiera ser juvenil; sin embargo, aunque el argumento es el infinitamente repetido de dos personas metidas en problemas que se las ingenian para escapar de ellos ayudadas por casualidades y circunstancias con un punto cómico, hay dos motivos poderosos para que cualquier lector disfrute con esta novela: el prodigioso derroche de fantasía y el sentido del humor. La fantasía de Pratchett es verdadera magia.

                Contrariamente a lo que he leído en algún sitio, El color de la magia no tiene nada que ver con la ciencia ficción, y sí con la fantasía. De hecho, está más cerca de un pasado fantástico que de un futuro prodigioso. La imaginación de Pratchett es tan exuberante que se permite el lujo de lograr grandes efectos cómicos con sartas de disparates que, sin fundamento ni contenido inteligible, son una divertidísima parodia de cuanto asumimos sin entender en el mundo actual. Por otra parte, el papel que atribuye a la magia, como una especie de fuerza motriz del Universo, autónoma y solo sometida a sus propias reglas, tiene un indudable atractivo, al margen de lo gracioso que resultan los vaivenes entre las explicaciones de hechos grandiosos con otros domésticos, aunque a fin de cuentas es lo que sucede en la realidad: las mismas leyes que rigen el cosmos son las que permiten rascarse.

                No sabía dónde me metía cuando comencé a leer esta novela. Ahora sé que conviene afrontarla no tanto con la intención de seguir un argumento (que en sí mismo es bastante común, por no decir pobre, o una simple excusa para divertirse) sino con el espíritu de quien se dispone a ver un magnífico espectáculo de fuegos artificiales en el que, en cualquier momento, puede aparecer en el cielo una broma que le hará reír o una parodia en la que reconocerá una crítica.

                Por cierto, como bien sabe cualquiera con un poco de fantasía, el color de la magia es el octarino.

     

martes, 26 de junio de 2018

Las infamias de un vizconde y otros cuentos de Buen Humor – Enrique Jardiel Poncela



                
                Enrique Jardiel Poncela fue un genio del humor. Una de las razones es que escribió lo que le dio la gana y como le dio la gana, por extravagante o caprichoso que fuera, con lo que leerlo no solo te enfrenta a un ejercicio de humor, sino también de libertad.

                Lo mejor que se puede decir de esta recopilación de relatos es que merece la pena leerla. Hay muchas historias, casi todas muy breves, de tres o cuatro páginas, y unas cuantas solo algo más largas. Casi todas aparecieron en la revista Buen Humor en los años veinte del pasado siglo, cuando Jardiel era todavía un jovenzuelo con una trayectoria ya más que apreciable en el teatro, pero antes de dar a la luz sus principales novelas y sus mejores obras teatrales. El desparpajo, la osadía y el atrevimiento se ven en cada línea.

                Demasiadas historias para hablar de ninguna en concreto, pero sí para apuntar algunos elementos comunes a casi todas. El primero, que pronto se advierte que se trata de colaboraciones rápidas, frecuentemente apremiadas por el tiempo o el bolsillo, lo que hace que algunas de ellas –pocas- parezcan hechas para salir del paso, algo improvisadas. El segundo, en parte consecuencia del anterior, que Jardiel hace sonreír más con cómo nos cuenta las cosas que con el argumento en sí (que no se improvisa tan fácilmente), lo cual es especialmente visible en los finales, que rara vez son un colofón ingenioso, aunque hay uno que me ha hecho soltar carcajadas. Prima la forma, el absurdo aprovechando en gran medida los juegos de palabras, sobre el fondo. Por último, todas comparten cierto tono grandilocuente que refuerza el efecto cómico, en el que el autor nos habla desde la posición de superioridad de quien no solo conoce lo que va a contar sino que además pretende ilustrarnos a su manera y desde su peculiar modo de juzgar del mundo. En definitiva, una obra doblemente interesante: por su contenido y por lo que aporta para ver en perspectiva los primeros pasos de un autor magnífico.

                 

domingo, 24 de junio de 2018

Recomendaciones literarias




Leer novelas de humor es tan sano como regalarlas. ¿O acaso no te gusta sonreír y hacer sonreír? Por eso, de nuevo sin consultar con mi abogado, me atrevo a recomendar diez libros, pero en esta ocasión limito la osadía a novelas de humor. Para pasar el verano sonriendo.

No te pierdas la reseña: los disfrutarás más.



Allegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla

Papel 8,50€



El club de los mentirosos, de Mary Karr

Papel 21,85€


 



Los misterios de Madrid, de Antonio Muñoz Molina

Papel, 7,55€

Ebook, 5,69€

 



Duluth, de Gore Vidal

 


Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza


Papel, 9,45€
Ebook, 6,17€


 


La aventura del tocador de señoras, de Eduardo Mendoza


Papel, 8,50€
Ebook, 6,17€

 

El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde


Papel, 6,75€
Ebook, 0,47€



 

Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela


Papel, 11,40€


 

El caballo desnudo, de José Luis Sampedro


Papel, 9,45€
Ebook, 6,64€

 


La conjura de los necios, de John Kennedy Toole


Papel, 11,30€
Ebook, 8,40€