En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



viernes, 26 de mayo de 2017

Feliz cumpleaños, Ajonio




      Aunque para mí había nacido unos años antes, para los lectores Ajonio Trepileto nació el 26 de mayo de 2011. 

Juan de Lanuza, Justicia de Aragón,
que no hizo ni caso a Ajonio Trepileto
      Cuando hoy hace seis años llegué a casa, me esperaba un paquete con los ejemplares de La terrible historia de los vibradores asesinos que, según contrato, me correspondían. Sin embargo, si no recuerdo mal no lo abrí hasta más tarde porque estaba solo y, tras mil años como lector, no quería vivir en soledad la alegría de ver impresa mi primera novela. El resultado, el primer ejemplar que tuve en las manos llegó a ellas, sin pensar, esa misma tarde, en la Feria del Libro de Huesca, donde, dijeron las noticias pocos días después, fue uno de los libros más vendidos; el que más, dijo algún medio. A la mañana siguiente, sin tiempo de reponerme de la emoción del primerizo, estaba firmando ejemplares en la Feria de Zaragoza, casi a la sombra de la estatua de Juan de Lanuza, Justicia de Aragón, quien, indiferente al parto que a su izquierda acontecía, tendía su mano y su mirada en otra dirección no sé si porque un delincuente tan calamitoso como Ajonio no merecía ninguna atención o como un presagio de lo difícil que iba a ser dar a conocer mi novela desde mi anonimato y desde una editorial, Mira Editores, que a lo largo de décadas de trabajo y vocación acumulaba mucho más mérito que influencia sobre quienes deciden qué se lee.

      No ha sido un recorrido sencillo, pero me siento modestamente orgulloso de él, si es que ambos términos con compatibles. Hasta mis novelas nadie ha llegado porque yo sea un tío bueno, o un famosete nacional o doméstico, o un tertuliano o articulista que pontifica de todo sin saber de nada, ni por otra publicidad que mis propias palabras, ni porque mi editorial sea lo bastante grande como para garantizar la presencia de sus libros en todas partes. Han sido unos lectores los que han traído a otros y el resultado, tras este tiempo tan breve pero tan largo en el mercado editorial, es que Ajonio ha hecho reír a varios millares de personas -un lujo, habida cuenta de las cifras de ventas de la mayoría de los libros-, que otra de sus aventuras vio la luz a finales de 2014 y que todos los días lo siguen conociendo nuevos lectores.

      Hace seis años no imaginaba que hoy estaría diciendo esto. Tampoco imagino ahora qué diré dentro de un año, dos o seis, ni tan solo si estaré aquí para decir nada. Así que quiero aprovechar para, una vez más, dar las GRACIAS a todos los que han dedicado unos momentos de su vida a impulsar la de Ajonio

          Gracias a todos ellos, feliz cumpleaños, querido delincuente piltrafilla.
   



jueves, 25 de mayo de 2017

Derecho natural - Ignacio Martínez de Pisón



      El «derecho natural» son las normas inherentes al ser humano y previas a todo ordenamiento jurídico positivo. Simplificando, está vinculado al instinto y a los requisitos más elementales de la concepción de la vida. Por eso, cuando las normas positivas, escritas o consuetudinarias, van contra él, surge la desazón, el desconcierto e incluso la sensación de fracaso.

      De ahí el título. Porque algunos de los personajes de Derecho natural sufren las contradicciones entre su instinto y la convención y, como una consecuencia, surgen y sufren conflictos de intereses entre ellos. Los estudios y profesión que alcanza el protagonista, además de una excusa para justificar que «el narrador» dé ese título, lo es para expresar ideas complejas con tan pocas y claras palabras que hace que esta novela, dentro de la engañosa sencillez de su prosa, brille a cada línea.

      La historia lo es de pequeños triunfos y grandes zozobras, de búsqueda y escape. Como tantos, los personajes pasan la vida buscando su propia identidad, adaptándose unas veces, conformándose otras y rebelándose algunas, siempre sometidos al azar de las previsiones erróneas, de las reacciones ajenas y de cuanto desconocen; en ocasiones, con autonomía para cometer sus propios errores; en ocasiones, a remolque de decisiones de otros. Derecho natural es una lectura melancólica y a la vez risueña, que no puede hacerse sin sentir una permanente mezcla de ternura, buen humor y tristeza.

Ignacio Martínez de Pisón.
Zaragoza, 1960.
      Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores escritores españoles, es todavía un poco más grande después de esta novela. Su claridad, concisión y eficacia en el uso del lenguaje, el alto y constante nivel de su prosa y la profundidad de las ideas y sentimientos que traslada sin que el lector deba esforzarse para empaparse de ellos, lo sitúan en el mundo de la alta literatura, pequeño drama mercantil cuando tantos lectores buscan literatura y autores espectáculo; pequeño drama injusto, porque Derecho natural es tan gran novela y está tan bien escrita que pone la miel con igual eficacia al alcance de gourmets y de asnos. Uno de los libros más bonitos y que más huella me ha dejado en los últimos tiempos. Maravillosamente sencillo y complejo. Uno de esos libros que parece no haber contado nada y cuenta tanto y tan bien que resulta difícil de olvidar.

      ¿La historia? El narrador es un niño nacido en los años sesenta del siglo XX, de cuya mano recorremos su infancia, adolescencia y juventud casi hasta el tiempo presente. Hijo de una dependienta del Corte Inglés y de un actor de octava fila con sueños de gloria y más voluntad que talento, ve cómo su padre se deja llevar por sus apetencias, hasta el punto de que los abandona varias veces y reaparece cuándo y cómo quiere. La relación entre sus padres, las presencias y los vacíos y las penurias económicas condicionan el devenir de la familia, que poco a poco va creciendo, y la novela es la historia de todos: la de un padre con mucha presencia hasta cuando no está, pero al que solo conocemos al final porque la diferencia entre su «derecho natural» y el «positivo» lo ha obligado a refugiarse en su propio personaje; la de la madre, que a fuerza de ver zarandeadas y burladas sus aspiraciones y su amor se reivindica a sí misma construyendo un nuevo personaje que no llega a hacer desaparecer el anterior, con las contradicciones consiguientes y la sorpresa y condicionamiento de todos; y el protagonista y sus hermanos, cada cual con una experiencia vital distinta y con una forma de encarar la vida qué más debe llamarse afán de supervivencia, y que los guía no siempre por los caminos deseados, sino por los que encuentran.

          Huyendo de la técnica best seller, Martínez de Pisón evita crear misterios o curiosidades para enganchar al lector. Tiene demasiado talento para para precisar de esos trucos y, también, un hondo respeto al lector, al que no trata como a un cliente o un consumidor de páginas sino como a un compañero de viaje; por eso Martínez de Pisón anticipa casi todos los hechos relevantes, porque la literatura no es un fin, sino un camino, y el lector disfruta no descubriendo, sino contemplando. La curiosidad no se siente por el qué, sino por el cómo.

      Jalonada de situaciones a la vez dramáticas y grotescas y, por tanto, divertidas y tristes, la debilidad del ser humano se alterna con su capacidad de sufrimiento y superación. De la lucha a través de la colaboración a la lucha mediante el enfrentamiento, todo lo acabamos probando. La vida como un constante esfuerzo de avance y a la vez de resignación, de ambición y de rendirse con un «hasta aquí he podido llegar», porque rara vez alguien se conforma sin resignación, e incluso pocos saben exactamente dónde quieren llegar.

      La novela sobre la vida y cómo los padres influyen en los hijos, y de cómo las vivencias propias condicionan las comunes. Una novela sutilmente divertida, a medio camino entre el drama y la comedia, porque, como dice la contraportada, «“¿Cómo se resume una vida?”, se pregunta el narrador en un momento dado. Según dónde se coloque el punto final, ese resumen adoptará la forma de drama o de comedia.»

      Una última nota para un final precioso y que permite comprender que, bajo la forma de egoísmos que van y vienen, a veces solo late la profunda desorientación motivada por las contradicciones  entre el «derecho natural» y el convencional, a su vez provocadas, a menudo, por decisiones impacientes o, simplemente, porque la vida no se detiene, hay que decidir cada día y lo hacemos sin saber qué nos depara el futuro y sin apenas conocernos a nosotros mismos. También, claro, desorientación por las contradicciones de todo derecho, porque nadie es por completo dueño de sí mismo, sino que también pertenece a sus hijos, a sus padres, a su pareja, a tanta gente que ha condicionado su vida para adaptarla a la nuestra y que merecen mucho más que egoísmo e instinto. Un libro para reflexionar sobre cómo la búsqueda a toda costa del «yo» acaba conduciendo, casi invariablemente, a la soledad, porque la vida es un «nosotros» a veces difícil o imposible de determinar.
   

miércoles, 24 de mayo de 2017

Morir sin gloria




          Ebooks, administración electrónica, informatización... Una de las consecuencias de la revolución es la desaparición del papel. Desde hace tiempo se puede escribir y publicar una novela sin ver ni tocar un folio; y las oficinas que antes los compraban por palés, ahora tienen el almacén casi vacío.

          Junto al papel, ordenándolo, adecentándolo, restaurándole los costurones, poniéndolo guapo para contarnos historias, dar noticia de alguien o informarnos de asuntos importantes, existían ayudantes como tijeras, gomas, clips, grapas, sacapuntas, perforadoras, anillas, cuños... Su vida también se apaga porque está subordinada a la del papel, pero, cuando algo desaparece, en la memoria permanece lo principal o lo que asumió el protagonismo, y el resto alimenta el olvido.

          Muchos de esos ayudantes agonizan ahora en el fondo de cajones, conscientes de que el día en que se pierdan nadie vendrá a sustituirlos. Algunos irán a la basura tan pronto como una pieza se deteriore; unos pocos, más afortunados, serán una suerte objeto de coleccionista, como las barritas de lacre que antes «encriptaba» los textos confidenciales y que, hace años, rescaté de las catacumbas de unas oficinas para que alguien, alguna vez, al verlas recordara cómo cuando conseguimos alguna meta, grande o pequeña, a menudo dejamos morir sin gloria aquello que nos ayudó a alcanzarla.


lunes, 8 de mayo de 2017

Patria - Fernando Aramburu




                Patria, uno de esos raros libros que, ajeno a los clichés de los best seller, se cuelan entre ellos no por su capacidad para entretener de forma banal, sino por lo contrario: por el interés que despiertan, por intentar dar respuesta a una demanda de comprender, lo cual es uno de los fines más nobles de la literatura, el fin que hace perdurar un libro.

Fernando Aramburu. San Sebastían, 1959
                Tratar el terrorismo de ETA desde la perspectiva de las víctimas directas y de sus familiares, así como desde la del asesino, su entorno familiar y cuanto le hace renunciar a una vida normal para transformarse en un criminal, no es tarea sencilla. Fernando Aramburu la ha acometido con una claridad y distancia que le ha tenido que costar un esfuerzo enorme. Un esfuerzo que se agradece y constituye una importante aportación a la necesidad de comprender, lo cual explica el éxito de esta historia. Necesidad que existe porque la información siempre está pegada a lo visible, inmediato y sencillo de explicar, y es ajena a lo invisible, complejo y vinculado a orígenes lejanos o confusos; necesidad, también, porque la utilización política del terrorismo transformó eslóganes en «ideas» de una simpleza tal que, impulsadas por la indignación y un sentimiento de solidaridad torcido de antemano por esa misma simpleza, terminó provocando, incluso, enfrentamientos entre personas pacíficas, muchas de las cuales se sentían insultadas y por tanto agredidas cada vez que se salían de la simpleza políticamente correcta para tratar de avanzar hacia un objetivo tan elevado como evitar nuevas víctimas; es decir, proteger a inocentes. Tantos años de violencia y al final qué pocos tienen claro, siquiera, el orden de prioridades del poder público consagrado en todos los ordenamientos jurídicos modernos.

                Ciento veinticinco capítulos breves, de cuatro o cinco páginas, en las que -a veces en grupos de tres o cuatro capítulos- se va saltando de un personaje a otro y también temporalmente. Conocemos a la víctima, a su familia, cómo se experimentan los distintos tipos de violencia y el proceso que sigue ésta, cómo junto a la extorsión y a la violencia física existe una violencia social de la que nadie es responsable porque lo son todos, cada cual con su cobardía; conocemos cómo cada persona procesa el dolor (unos, a través del orgullo; otros, hundiéndose en el abatimiento de por vida; otros, en una huida irreflexiva hambrienta de felicidad –como si existiera como un estado anímico permanente- buscada en cuanto se pone por delante, sea lo que sea), y conocemos a un asesino, por qué llegó a serlo, la presión social que lo indujo a ello, la manipulación que transforma a una persona en un paria destrozador de vidas, quién es manipulable hasta ese extremo y por qué, conocemos que la existencia de un asesino en una familia condiciona o puede destrozar la vida de sus familiares, o transformarlos en otros como él, y conocemos otras tantas otras cosas que obligan a reflexionar sobre el origen de cada tipo de violencia y a comprender las consecuencias de ese origen; ninguna buena, pero sí de una lógica de la que no se debe prescindir.

                Todo para llegar a una conclusión de sentido común, que tan poco se ha utilizado en muchos ámbitos del debate público: la violencia solo genera daño,  y quien lo sufre, lo sufre para siempre, sin posibilidad de reparación y sí solo, en el mejor de los casos, de cierto consuelo. Quienes son víctimas directas de la violencia sufren el daño por razones obvias; nadie como ellos son víctimas, hasta el extremo de que no les resta ni la esperanza, porque nadie resucita; y quienes ejercen la violencia en nada se benefician de ella, porque se degradan a sí mismos transformándose en bestias y fuerzan a los suyos al amargo trago de no poder dejar de querer a quien solo ha hecho méritos para ser despreciado. Alrededor de la violencia solo hay ruina.

                Patria no es tanto una novela «histórica» sobre la violencia de ETA como una reflexión sobre cómo los afectos y emociones individuales condicionan la realidad colectiva: de la manipulación y la simplificación surge la violencia; de la violencia, el daño; y del daño, la necesidad de superarlo y retornar a una paz que no debió romperse. Un proceso explicado en perspectiva individual en millones de novelas (la amistad o el amor, el enfrentamiento y la reconciliación), pero muy difícil de explicar y abordar en perspectiva social por tratarse de procesos mucho más complejos emocionalmente por la cantidad de personas afectadas que interactúan desde infinidad de papeles y posiciones, procesos que rara vez duran menos de una generación.

                Escrito con un lenguaje engañosamente sencillo –la claridad tiene mucho mérito-, el lector no puede dejar de ponerse en el lugar de hasta quien menos imagina, y por eso la lectura de Patria resulta conmovedora: porque nos saca de las ideas simples y, sin que nos demos cuenta, nos zarandea con el mar de situaciones y sentimientos de los unos y los otros, náufragos en un pueblo guipuzcoano –intencionadamente innominado- abandonado a la deriva por unos cuantos iluminados que, sin comprometer su propio futuro, disfrutan del ejercicio de la influencia cargándose el futuro de todos merced al silencio que impone la cautela, el miedo y, en muchos casos, la cobardía.

        Pero me quedo con otra idea, expresada a través de Bittori, la esposa del asesinado: cuando te han hecho un daño insalvable, o vives para siempre inmerso en el dolor, la rabia y la humillación, o necesitas escuchar en boca de tu agresor la palabra «perdón». Solo así se puede alcanzar lo más parecido a la paz que permite la violencia consumada: un dolor permanente, pero con la rabia mitigada y sin el peso de la humillación. Como el daño no puede eliminarse, esto es lo más importante: eliminar la violencia constante que supone el sentimiento de humillación. Si quien te humilló no te pide perdón, cada instante de su silencio es una nueva humillación. Hay que pedir perdón incluso a quien no te pueda perdonar.


                                 

jueves, 4 de mayo de 2017

Clases de literatura, fomento de la lectura y zulayas




                Se habla de suprimir la asignatura de Literatura y el mundo escritoril salta casi con una única voz en contra de esa medida, la cual, además, vinculan a la futura debacle de la lectura. Debacle iniciada, según las opiniones reflejadas a lo largo de los últimos siglos, en la época del señor Gutenberg. Los argumentos que da esa única voz son casi inexistentes, porque habla como si entre clases de literatura y fomento de la lectura hubiera, necesariamente, una relación simbiótica. ¿Pero por qué ha de haberla? ¿Aman ustedes todo lo que han estudiado? Si es así, qué suerte. Yo aborrezco la química y algunas otras cosillas.

                Ayer la prensa informó de la puesta en marcha de un plan de fomento de la lectura que no puedo valorar porque desconozco. Muchos de los que antes citaba, los de la relación simbiótica, lo han criticado por ser contradictorio con la supresión de la asignatura de Literatura. ¿Cómo, dicen, si se quiere fomentar la lectura, se suprimen estudios de literatura?

                Pero la medida de fomentar la lectura, ¿es contradictoria? ¿O compensatoria? ¿O sustitutiva?

                Quizá quienes, por creerlas buenas para todos, deseamos fomentar la lectura y, por tanto, la literatura, deberíamos formar nuestro criterio reflexionando con sinceridad sobre nuestra propia experiencia como lectores.

                Las zahúrdas de Plutón es una obra de Quevedo. Lo recuerdo no porque la haya leído, sino por lo ridículo que me sentí de adolescente cuando, en un examen de literatura, me fue imposible recordar una palabreja como «zahúrda» y acabé atribuyendo a Quevedo la autoría de las Zulayas de Plutón.  Y lo escribí así, con mayúscula, sin saber que lo único mayúsculo iba a ser la risa del profesor al corregir. Si hubiera sabido que zahúrda significa «pocilga» quizá hubiera recordado el término en lugar de inventar otro, pero «estudiaba» cosas que ni siquiera sabía lo que significaban porque costaba menos intentar memorizar que buscar significados. Por aquella época también conocí algunas cosas sobre la Celestina: no las necesarias para disfrutar de su lectura, sino las imprescindibles para aprobar, lo cual, como el de todos, era mi objetivo.

                Con semejantes recuerdos, está claro que no vinculo mi afición a la lectura a las clases de literatura. Es más: es difícil disfrutar de una novela cuando en sus páginas no buscas placer, sino una salida al miedo a catear. ¿Quién desea hacerse adicto a lo que le produce miedo e inquietud?

                Mi afición a la lectura nació, primero, de ver leer en mi casa. Si mis padres se lo pasaban bien haciéndolo, ¿por qué conmigo iba a ser distinto? Si en tanta estima tenían los libros, algo bueno habría en ellos. Y, segundo y sobre todo, mi afición a la lectura la provocó divertirme leyendo, lo cual era ajeno a la calidad y profundidad de lo que leía y a su importancia literaria y, en cambio, dependía casi en exclusiva de lo entretenido de la lectura; a esa edad mi cabeza, como la del común de los mortales, se entretenía con lo banal, con lo chocante, lo divertido, evidente y poco profundo. Soy lector porque de renacuajo me contaron y leyeron cuentos, porque apenas supe juntar dos sílabas leí cuentos con muchos dibujos y poco texto, porque después me lo pasé bien con tebeos en los que al pobre Filemón le caían en la cabeza todas las ocurrencias de Mortadelo, y leía y releía sus historietas en busca de un final que siempre era el mismo; soy lector porque también leí a los cinco veinticinco veces y porque luego hasta me dio por leer novelas del oeste y de ciencia ficción, de esas baratísimas que se escribían a destajo. En cambio, el Cantar de Mío Cid que explicaba el libro de texto me era tan ajeno como si fuera el Cantar del Suyo Cid, lo mismo que celestinas, zahúrdas plutonianas, buscones, quijotes, píos barojas, unamunos y demás tropa que puede ser mucho mejor apreciada por una cabeza algo mejor amueblada y con más experiencia que la de un chaval camino de la adolescencia o inmerso en ella.

                ¿Quieren ustedes fomentar la lectura en las aulas y crear lectores que disfruten y aprecien la literatura por encima de una porquería de programa de televisión o de una ración de gambas en un bar? Pues olviden las clases de literatura al uso. Elijan una obra breve y extraordinariamente divertida, como Sin noticias de Gurb,  y que algún alumno la lea en voz alta; dejen que todos interrumpan, opinen y digan cuantas salvajadas les inspire cada una de las meteduras de pata del desdichado compañero de Gurb. Que se rían y comenten aunque no mencionen ni un solo concepto literario. Dejen que de este modo pasen unas horas de risa y jolgorio. La novelita dará para varias clases. Que hagan lo mismo con la aventura de los batanes y que los adolescentes digan mil burradas cuando Sancho le da a don Quijote la aromática ocasión de decir que el escudero parece tener más miedo del que confiesa. Hagan lo mismo con libros o pasajes aislados de cualquier obra, trascendente o no, que sean verdaderamente divertidos y dejen que los alumnos se rían, que comenten las situaciones y se olviden de la semántica, la sintaxis, el contexto, la importancia, la influencia y la madre que parió a cuanto solo emociona a un estudioso. Que leer sea divertirse, limítense a hacerles los comentarios mínimos para situar las escenas en su contexto histórico y eso solo para poder entender y reír mejor, y ya verán ustedes como muchos de esos chavales, de adultos, no solo serán lectores, sino que sabrán más de literatura que si hubieran hincado codos en todas y cada una de las clases actuales de literatura. Porque será entonces, algún día, como hice yo por leer mis cuentos y a Mortadelo y Filemón, cuando abrirán el Quijote y lo leerán y disfrutarán. De haber sido así mis clases de literatura probablemente de adulto me hubiera leído hasta las Zulayas de Plutón. Ejem, las zahúrdas.

                Decía Eduardo Mendoza en su discurso de aceptación del Premio Cervantes que el humor no es un género menor, aunque muchos lo tienen como tal en el mundillo literario. Yo digo más: divertirse con un libro es, para muchas personas, sobre todo para las más jóvenes, la única puerta de acceso a la literatura. 


miércoles, 3 de mayo de 2017

Camino de ida - Carlos Salem



                Octavio, un funcionario de mediana edad de un ayuntamiento catalán, un tipo de existencia gris cuya personalidad ha sido anulada por su esposa, se encuentra con esta de vacaciones en Marrakech.  Allí, en el hotel, se topa con una agradable sorpresa: de pronto su esposa muere. A medias para celebrarlo y a medias para asegurarse del óbito, a Octavio le da por empinar el codo en presencia del fiambre. Pero en cuanto sale de la habitación no sabe muy bien para qué, si para pedir ayuda o probar a vivir respirando por sí mismo, cae en manos, o en la compañía, de un argentino llamado Soldati, una mezcla de estafador, embaucador, iluso empresario e inexplicable  fiel amigo que se lo lleva de juerga sin desembolsar Soldati un céntimo, y de tal manera financia el argentino la fiesta que terminan escapando de unos caballeros bolivianos con no muy buenas intenciones.

                Con una capacidad prodigiosa para provocar desastres y unas veces a tortas con el mundo y otras a besos con la casualidad, la estrambótica huida todo el país es el armazón de la novela; huida a cuyo fin es de suponer que el lector averiguará qué pasó con la muerta abandonada –y, por tanto, qué puede ocurrirle a Octavio- y por qué se empeñan tanto los bolivianos en dar con los prófugos. A medio camino se les une un tercer personaje que, a su modo, es el más normal y a la vez inverosímil, y también el que más ternura provoca, sobre el que no digo más para no anular la sorpresa.

                El conjunto, una novela magnífica con notables recursos humorísticos, desde el golpe inesperado a la obsesión por el fútbol paralizador de mentes y países, el tango, los eufemismos con que Soldati disfraza sus trapacerías y, sobre todo, la condición de perdedores de todos los personajes; perdedores, incluso, cuando están satisfechos del modo en que buscan su libertad.

                Esa es la segunda huida de Octavio: la de su vida pasada. ¿Hacia dónde va? No lo sabe, hacia delante, siempre, porque la vida, piensa a partir de una reflexión de su compañero, es un camino solo de ida. De esta forma la fuga en coche a través de carreteruchas y desiertos enmascara una huida más profunda a la búsqueda de un «yo» que ni siquiera Octavio sabe quién es, aunque actúa como si la manera de encontrarlo fuera hacer exactamente lo que le diera la gana. ¿Pero somos eso? ¿Somos lo que seríamos si pudiéramos hacer cuanto quisiéramos? Esa acaba siendo la pregunta clave.

                Una trama entretenida, que solo en algún punto, mediado el libro, se hace un pelín larga por el temor de que nada cambie hasta el final y todo sea corretear por Marruecos, con momentos de humor brillantes y con un lenguaje y forma de expresión que quizá no sean suficientemente valoradas por la triste costumbre de asociar humor a ligereza. En definitiva, un buen libro al que se agradece haber dedicado el tiempo.




lunes, 24 de abril de 2017

Tontolaba

              
          Hay quien dice que «tonto del haba» es quien se topa con el haba en el roscón de Reyes. Otros afirman que «haba» es una forma del llamar al pene, de ahí que en otros tiempos se introdujeran habas en pasteles como «sorpresa/provocación»; afirman estos, también, que «tonto del haba» equivale a decir «gilipollas» eludiendo la pronunciación de una palabra malsonante. Digo yo que, en esta teoría, «gilipollas» provendrá  de «gilí» -tonto, lelo- y «pollas» (si es que viene de algún sitio, porque tengo entendido que los gilipollas han existido siempre). En esta tontería que estoy improvisando, una y otra expresión podrían traducirse por «tonto de los cojones».

          No sé si he atinado en algo o si estoy haciendo el tonto... (añádase lo que proceda), pero dicho queda como pequeño prólogo para contar que apenas recuerdo haber escuchado o leído la afectada expresión «tonto del haba». En cambio, sí he escuchado y utilizado a menudo «tontolaba», contracción evolucionada en la práctica a palabrita que hace nada tuve el gustazo de encontrar en boca de uno de los personajes de la novela más vendida (y además excelente) de los últimos meses: Patria.

          En la acepción en que siempre la he conocido, tontolaba resume una colección de improperios: tonto, desde luego; inútil, por supuesto; y, según la ocasión, creído, bravucón, irresponsable, ignorante pretencioso... Muchas cosas, pero siempre algo que a partir de cierta mezcla de estupidez y osadía resulta molesto aunque solo sea porque nos hace perder tiempo. Esto es clave: mientras que un gilipollas puede serlo en soledad, el tontolaba es como un moscardón; solo nos acordamos de él cuando lo escuchamos zumbar.

          Dada la poca carga soez de su etimología, es un magnífico insulto para monicacos indignos de que una palabra gruesa disuelva en un mínimo de enojo algo de la indiferencia que merecen.

          ¿Y todo esto, por qué? Porque de vez en cuando la conducta de algunas personas me recuerdan la palabrita, y también para dejar constancia de que tontolaba no aparece en el Diccionario de la Real Academia. ¿Una pena? No lo sé, porque de alguna manera es una ausencia lógica: mientras no molesta, ¿quién se acuerda de un tontolaba?



jueves, 20 de abril de 2017

Eduardo Mendoza, sobre el humor.




          «En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.»

...

          «Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.»





Eduardo Mendoza.

lunes, 17 de abril de 2017

La danza de la gaviota - Andrea Camilleri




La danza de la gaviota (serie Montalbano, 19)

          La novela toma el título de la gaviota que, en las primeras páginas, el comisario ve morir tras ejecutar unos últimos movimientos que semejan una danza.

          Inventada la trama a partir de una noticia de periódico, como tantas otras veces ha hecho Camilleri, en esta novela torna a utilizar cierto recurso "televisivo" propio de las series largas: los protagonistas "activos" se convierten en "pasivos", en objeto de los crímenes, lo cual, debido a la relación emocional que en la décimo novena entrega une ya al lector con los personajes, necesariamente implica que todos van a prestar una atención inusitada a los acontecimientos.

          Y lo que ocurre es que Fazio, el discreto y eficaz policía a las órdenes de Montalbano, desaparece. Y lo hace de modo que nadie da un céntimo por su suerte.

          Camilleri juega a la vez con la expectación del lector porque Livia va a casa de Montalbano, tras jurarle y perjurar éste que estará con ella y se olvidará del trabajo aunque, como es de suponer, ante algo tan grave como la desaparición de un compañero y amigo de quien de verdad se olvida de ella, y la espera de Livia es otro acicate para el lector, debido a la previsible violencia del reencuentro.

          Y, entre tanto, un armador acude a la comisaría para contar ciertas sospechas acerca de la actividad de uno de sus barcos, que siempre llega tarde de faenar.

          Sin salir todavía del puerto, donde se desarrolló la novela anterior, Camilleri construye una digna obra donde la intriga se compagina muy bien con el avance de la investigación, al tiempo que se tocan -como casi siempre- elementos del paisaje mafioso, siempre atrayentes por su aura de misterio, y los inevitables personajes más cercanos de ser víctimas o perdedores que criminales. Unamos a esto "el elemento femenino", al cual Camilleri no renuncia nunca: la "chica guapa de la película" es, en esta ocasión, una enfermera que parece instantánea e irremediablemente prendada de la simpatía del comisario. Pero claro, el buen hombre está a todo y no se le escapa ni una, como sabrá quien lea la novela, cuyo desenlace es, otra vez, de los que dejan un poso de tristeza porque al fin y al cabo resolver un crimen supone capturar al criminal, pero las víctimas no dejan de ser víctimas.

          Ah, y Montalbano sigue haciéndose viejo. Acompañarlo en el proceso de pérdida de facultades es otro de los lazos afectivos con que Camilleri atrapa a sus lectores, la mayor parte de los cuales han pasado ya de los cuarenta y comienzan a darse cuenta de lo bien que se está con veinticinco. Una forma de empatizar con Montalbano.




domingo, 9 de abril de 2017

Ajonio Trepileto, de nuevo nº 1 en Francia



          Hoy, La sota de bastos jugando al béisbol ha trepado hasta el puesto nº 1 de humor en español en Francia, en Amazon.

          A veces el éxito del hermano mayor eclipsa los méritos del pequeño. Algo así le sucede a mis novelas protagonizadas por Ajonio Trepileto. La terrible historia de los vibradores asesinos, la primera, fue muy bien en la edición de Mira Editores en 2011, y a partir de 2014, en ebook, también: en Amazon, nº 1 de humor en seis países y top 10 en varios más.

          Quizá por esos logros «los vibradores» llaman más atención. Sin embargo, de forma discreta, La sota de bastos jugando al béisbol también va haciéndose su pequeño currículum. En sus primeros doce meses en ebook vendió más que su hermana mayor en ese mismo tiempo, y en el extranjero, aunque, como todos, con cifras renacuajas, ha encabezado la clasificación de novelas de humor en español en Canadá y Japón (vaya sitios cercanos para ir a destacar, pero es que Ajonio es asín) y hoy lo ha hecho aquí al lado, en Francia. Ya van tres números 1. No tan recurrentes como su hermanita, ¿pero cuántos pueden decir algo así y lo que sigue?

          Sin salir del humor, ha sido nº 2 en el Reino Unido, nº 3 en Italia, nº 5 en Alemania y ha sido top 10 en España y Estados Unidos.

          Además, en novela negra ha sido top 10 en Italia, Reino Unido, Francia, Canadá… 

          Buscando vibradores asesinos o jugándose la vida una carta, enhorabuena, Ajonio. ¿Quién nos lo iba a decir cuando nos conocimos?


jueves, 6 de abril de 2017

El desprecio – Alberto Moravia




          «Máxima complejidad, máxima claridad», era la regla de Alberto Moravia, según Ana María Moix, regla evidente en esta obra profunda que engañosamente parece enredarse en las obsesiones (y por tanto en la reiteración del ideas) del protagonista.

          Ricardo, un joven dramaturgo, se casa con su novia, Emilia. Para salir adelante y, en especial, para pagar el apartamento donde se van a vivir porque Emilia ansía una vivienda para ellos dos solos, se ve obligado, muy a su pesar, a aceptar trabajos como guionista de cine (disfrutad de las espléndidas explicaciones sobre las miserias y humillaciones intelectuales del guionista frente a otros creadores).


          Un día la actitud de Emilia revela a Ricardo que su esposa ha dejado de amarlo. ¿Por qué? Él entonces lo ignora, pero le anticipa al lector lo que averiguará al final: Emilia ha dejado de amarlo a raíz de un hecho banal. Tanto que el protagonista no atina ni a recordarlo. El lector sabe que se trata de un error de apreciación de Emilia, de un equívoco, de una tontería que podría resolverse hablando, lo cual provoca una angustia constante a lo largo de la narración porque el lector sabe que todo podría resolverse si Emilia se dignara en hacer algo tan sencillo hablar y decir qué le ha molestado. No ocurre así y, como siempre en la vida –por eso Moravia es un gran referente del realismo- lo que es se impone a lo que debe ser.

          Pero me he adelantado. Inicialmente el tormento de Ricardo es doble: primero, una vez ha percibido el desamor, debe tratar de comprobar si está en lo cierto o es una impresión equivocada, pero Emilia, en lugar de abreviarle el trance o intentar aportar algo, lo castiga con un silencio feroz. A ojos de Emilia, no es ella quien debe decir qué pasa por su cabeza, sino que Ricardo debe adivinarlo y actuar en consecuencia. Con este planteamiento cada segundo es más y más tarde y la distancia aumenta más y más hasta amenazar con hacerse irreversible. Emilia huye del diálogo voluntariamente y deja que su marido dé palos de ciego a pesar de que, cada vez que no atina, baja un peldaño en su estima. El silencio de Emilia tiene mucho de maltrato, como todos los silencios dedicados a quien amaste, te ama y, desorientado, te busca.

          Pero Ricardo es cabezota y su insistencia hace que la situación estalle en detonaciones sucesivas. Emilia confiesa que ha dejado de amarlo. Primer enigma resuelto. Pero en ese momento el tormento deja ya de ser la duda de si su esposa lo ama y pasa a ser el motivo por el que ha dejado de amarlo. Porque para asimilar no basta con saber. Hay que comprender.

          Tras un nuevo periodo de elucubraciones e insistencia para saber, Emilia, por fin, tras un nuevo periodo de silencios, le escupe la razón por la que ha dejado de amarlo: lo desprecia.

          Durísimo ser despreciado por quien amas, pero, como he dicho, para asumir no basta con saber, es preciso comprender. Por tanto, ¿por qué lo desprecia? He aquí el nuevo interrogante al que debe dar respuesta Ricardo buceando en el pasado común y en la forma de ser de ambos. Tampoco Emilia colabora. Emilia, como siempre, solo guarda silencio. Un silencio hostil.

          Advertid el orden expositivo de Moravia. Complejo, pero claro: primero se percibe la falta de amor y se trata de buscar la causa inmediata, que tras mucho rebuscar resulta ser el desprecio; y luego hay que ir a los motivos de este, que son la raíz del problema: la forma de ser y de ver las cosas de cada cual.

          Puede pensarse que Ricardo debería haber abordado la situación indirectamente, porque lo emocional requiere más acciones que razones. Creo, también, que el comportamiento de Emilia es profundamente egoísta porque no colabora en nada y se limita a sentirse víctima atribuyendo al otro la condición de verdugo cuando en realidad –al final lo sabemos- es ella quien se ha equivocado por esperar que la realidad responda a un ideal; y, en el colmo del egoísmo, ha hecho pagar a Ricardo ese error.


          En paralelo, conocemos el debate sobre una película inspirada en la Odisea en la que Ricardo ha aceptado el papel de guionista. Hay enormes divergencias entre el productor y el director, con Ricardo en medio. Los paralelismos e interpretaciones entre Ulises y Penélope y Ricardo y Emilia son magistrales. Ante las narices de Ricardo pasa su propia situación cuando hablan de la Odisea, y a veces tarda en darse cuenta pero otras le ayuda a reflexionar. Un viaje a Capri, a la casa que allí tiene el productor, para elaborar el guión en un lugar tan inspirador, acelera el final de la historia poniendo a los protagonistas en una situación límite ante la que no queda otro remedio que elegir.

          Durante la lectura el lector tiene ocasión de pensar en las mil causas por las que una persona que dice amar a otra puede acabar despreciándola. Sabe, porque Ricardo lo ha dicho, que el motivo inicial de Emilia fue en realidad un equívoco que hizo pensar a ésta que Ricardo la estaba utilizando en beneficio propio; pero la renuncia a sus aspiraciones como dramaturgo para poder pagar el apartamento que Emilia ansía es considerada por Ricardo como una muestra de amor. Sin embargo,  ¿cómo la interpreta Emilia? ¿Un hombre que renuncia a sus sueños es admirable o despreciable? ¿Y admirable o despreciable en relación a qué? ¿A un hombre ideal? ¿A una expectativa? ¿O en relación a él mismo? Y más tarde, cuando Ricardo renuncia a todo para demostrar a Emilia lo equivocada que estaba, él de nuevo lo ve como una muestra de amor, ¿pero para ella no suena a claudicación? ¿Y a quien se rinde hay que admirarlo o respetarlo? Las historias de amor y desamor están llenas de rendiciones incondicionales que, efectuadas como muestras de amor, de entrega total, son interpretadas como prueba irrefutable de debilidad, y conducen al resultado opuesto al deseado.

          Al final, cada acto u omisión de Ricardo es interpretado por Emilia de forma exactamente opuesta a la intención real que mueve a su marido.

          En resumen, con solo tres frases Emilia hunde la vida de Ricardo sometiéndolo a tormentos terribles y sucesivos. La primera, «Ya no te amo». La segunda, «Te desprecio». La tercera, «No eres un hombre». En torno a estas tres frases se destruye la vida de una persona, aunque en realidad son la expresión del fracaso de la propia Emilia, quien, negándose a aceptar que el ideal no existe, impone su egoísmo a quien confió en ella, y lo hace con toda facilidad porque entre dos personas la parte más débil siempre es la que ama a la otra.


          Al final la novela es, como promete el título, un magnífico análisis del desprecio.

          Se desprecia cuando alguien traiciona nuestras expectativas, y tanto más se desprecia cuando mayores eran estas por el amor, la ilusión, el trabajo y el esfuerzo puestos en ellas. A mi juicio, en estas ocasiones el desprecio está justificado. Hay personas que merecen ser despreciadas.

          Pero a veces se desprecia, también, cuando las expectativas se ven frustradas como consecuencia de los errores de quien se las formuló. Cuando la formación de las expectativas respondió a un error de apreciación y se elude la responsabilidad haciendo recaer sobre el otro la culpa: reprochamos a alguien no ser como creíamos o no haber actuado como esperábamos, pero él no nos ha engañado: nosotros nos equivocamos. El desprecio en estos casos no está justificado: es un autoengaño para eludir responsabilidades, para no cargar con las consecuencias de las expectativas del otro en nosotros cuando ese otro -ahora que sabemos que no es como creíamos- ya no nos interesa. No solo el amor, la convivencia o la amistad se van al diablo, sino que el verdadero responsable adopta el papel la víctima y traslada la culpa a quien ninguna tiene. El desprecio, aquí, es la forma que adopta la cobardía extrema para justificarse ante sí misma y ante los demás.

          Y, por último, en un giro magistral al razonamiento, Moravia nos hace ver que el desprecio, a veces, es también un objetivo en sí mismo. Se refiere a personas demasiado débiles, demasiado inseguras pero tremendamente egoístas, que necesitan despreciar para encontrar su lugar en un mundo que no es como creen que debería ser o como ellas merecen. Personas que se ponen en manos primero de uno, luego de otro, luego del de más allá y que siempre acaban retorciendo la interpretación de las cosas para terminar despreciando y machacando a quien un día alabaron y dijeron amar. El desprecio que antes o después llega hacia los más cercanos es forma de sobrevivir de quien se siente inferior.

          Estos dos últimos tipos de desprecio son los que podemos encontrar en esta novela magistralmente escrita, aunque, como he dicho al principio, la necesidad de trasladar al lector la obsesión de Ricardo por averiguar las cosas pueda hacer que la primera mitad de la novela parezca reiterativa. Pero no es así. Esto es novela, gran novela, no «best seller», y responde a las exigencias de la historia, no de un lector adocenado.

      Publicada en 1954, Jean-Luc Godard llevó al cine el Desprecio en 1963. La película fue interpretada por Brigitte Bardot, Michel Piccoli y Jack Palance. De ella he leído que es una de las más tristes de la historia del cine. Algunos de sus fotogramas ilustran esta entrada. La novela es, desde luego, de una tristeza descomunal, probablemente porque nadie puede ser despreciado por la persona a quien ama y ha entregado la vida sin sentirse desolado.


viernes, 24 de marzo de 2017

Aviso, próxima despedida y agradecimiento




          Comunico a vuestras ilustrísimas la inminente subida del precio de mis dos novelitas y mi próxima retirada del mundanal ruido.

          Quien desee la explicación, que siga leyendo.


1. Durante los últimos treinta y dieciocho meses, respectivamente, mis dos novelas protagonizadas por el apuesto, ejem, Ajonio Trepileto, han podido comprarse en ebook al irrisorio precio de 0,99 euros (con una pequeña excepción temporal al principio, con la primera novela). El mínimo permitido por Amazon. Aproximadamente un 94% de ahorro sobre el precio de las magníficas ediciones de Mira Editores (2011 y 2014) que tan bien han funcionado (número dos de humor en FNAC, libro más vendido durante meses en la Librería Central, libro recomendado en la Librería Central y en la cadena Quorum, uno de los libros más vendidos en la feria del libro donde debutó...). Incluso han tenido entrada en la universidad, donde algunos alumnos de primer curso de Filología en Zaragoza hicieron algunos pequeños trabajos sobre ellas que me llenaron de orgullo.

2. Ambas novelas han estado disponibles en Kindle Unlimited, por lo que los suscriptores de este servicio han podido leerlas a coste cero.

3. Conclusión: cuando he sido yo quien ha tenido capacidad de decisión, como ha ocurrido en la edición electrónica, he pensado antes en los lectores que en mi bolsillo. Nadie dirá que el dinero ha sido para mí un objetivo ni que me he creído alguien la hora de poner precio a mis libros.

4. Y los lectores han respondido.

          Ajonio Trepileto, con una novela u otra, ha encabezado el top 100 de humor en español en Amazon en siete países y ha estado en el top 10 de varios más.  No han sido episodios aislados, sino recurrentes a lo largo de todos estos meses. En España, los vibradores asesinos llevan treinta meses seguidos en el top de humor. ¡Dos años y medio! Logro casi milagroso, dado que las clasificaciones de Amazon están ponderadas por el precio. 

          No puede confiarse en que las ventas indiquen calidad cuando media publicidad directa o indirecta, o cuando son consecuencia de algún otro tipo de notoriedad. Tras algunas ya muy lejanas noticias y entrevistas, durante años solo he contado con mis propias palabras en las redes y, sobre todo, con el boca a boca que agradezco a multitud de lectores y, también, a quienes han colaborado -casi siempre desinteresadamente- en las presentaciones realizadas o compartiendo información. Por eso creo que la situación descrita, tantos años después de su publicación en papel, algo bueno quiere decir de mis novelas.

5. Como economista, debería bajar todavía más el precio -si Amazon lo permitiera-, pues así no solo vendería la máxima cantidad de ejemplares, sino que maximizaría el ingreso. Cualquiera lo sabe, es el abc de la microeconomía. Esto todavía sería más cierto si hubiera partido de precios más elevados.

6. Sin embargo, el escritor que también soy le da una patada en el culo al economista. Pero esta vez no en atención a los lectores sino, si me permitís usar una expresión hecha, por razones del corazón. En lugar de bajar el precio he decidido hacer lo contrario dentro de unos días. Venderé mucho menos y dadas las fechas es muy probable que la situación actual se acabe, pero, como digo, tengo mis razones.

7.  En concreto, una razón poderosa: el cariño a mis novelas, siempre enorme, pero agudizado ante la conciencia de que la vida no se detiene y en algún momento todo autor debe olvidarse de lo que ha escrito y pensar en otras cosas, buenas o no tanto, y no necesariamente literarias. Este momento está cerca. 

          Llamadme romántico y tontorrón, pero es así. Quiero dejar al pobre Ajonio Trepileto, ese tonto útil del que tanto abusan todos los demás personajes, a un precio que no esté tan bajo como la dignidad que sus compañeros de correrías le reconocen. Tengo tantas cosas en común con él, incluso lo de ser un tonto útil, que abandonarlo a la intemperie con esa especie de cartelito de «saldo a 0,99» sería como abandonarme así a mí mismo. Con el trabajo que me costó, con la ilusión que puse... Hasta ahora ha tenido ese ridículo precio, pero he estado a su lado para hacerle compañía a diario, lo cual me ha permitido no sentirme culpable ante mi propio trabajo. Sin embargo, al pensar en irme no quiero dejarlo así, al precio más bajo, como si fuera «la última mierda», sentimiento en el que también Ajonio tiene experiencia. Entre el precio actual y el abusivo está el término medio del común de los ebooks, y ese es el que va a tener dentro de unos días.

8. Aún seguiré por aquí un tiempo impreciso apoyando a Ajonio. No mucho. El necesario para ver qué rumbo toma. Después mi presencia en las redes, que ya ha caído mucho, se reducirá al mínimo.

9. Por cuanto he dicho, las dos novelas pasarán a costar 2,99 euros en formato ebook. Las excelentes ediciones en papel de Mira Editores seguirán costando como hasta ahora: 16 y 18 euros. El ahorro en ebook seguirá siendo superior al 80%.

          ¿Cuándo? Si todo discurre según lo previsto, a partir del 3 de abril.

10. Las dos novelas seguirán en Kindle Unlimited.



11. El lector, por tanto, lo seguirá teniendo fácil. Prueba de que el vil metal sigue sin importarme es que aviso del alza del precio del ebook con antelación.

12. La influencia del boca a boca la he comprobado la barbaridad de veces en que he vendido las dos novelas a la vez. Nadie compra de ese modo si no le han hablado bien de las novelas o del autor. Por ese motivo estará disponible un pack con ambas novelas a un precio más bajo que comprándolas por separado: 4,50 euros. Será mi forma dar las gracias a quienes han hablado bien de mis novelas: sus amigos se rascarán un poco menos el bolsillo.




          Espero haber hecho disfrutar con Ajonio Trepileto a los varios miles de lectores que ya lo han conocido, y espero hacer disfrutar a los nuevos. 

          A lo largo de estos años Ajonio ha hecho muchos y grandes amigos, personas amables y generosas (qué difícil es imitarlas) y más lectores de los que imaginé jamás; también ha tenido algún que otro hater y hasta ha recibido alguna puñalada disfrazada de flor; incluso lo han utilizado para atizarme por motivos que nada tienen que ver con la literatura. También, es normal, ha decepcionado a algunos lectores. Todo forma parte de la historia de sus historias.

          A Ajonio le he hecho cuanta compañía he podido y estará siempre conmigo incluso cuando ya no hable de él. Espero que en ese momento, ya cercano, no se lo tome a mal, y ojalá me dé motivos para recordarlo y hacer el agradable esfuerzo de volver para contar nuevas cosas sobre él, pero será complicado. Lo quiero mucho y sé que voy a dejarlo en buenas manos: las vuestras. Lo haré poco a poco, sin brusquedad; ya que su sino es verse abandonado por amigos, Zoés, Danutas y toda la tropa, al menos que esta vez el camino a la soledad sea dulce. Deseo ser capaz de dejarlo con el mismo cariño con que quise traerlo al mundo. Después, ojalá, Ajonio solo tendrá el apoyo del boca a boca que tanto bien le ha hecho.

          Cuidad de él.

          Gracias a todos.