En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



domingo, 24 de septiembre de 2017

Listo el que lo lea - Álvaro de Laiglesia



Listo el que lo lea es una colección de relatos más o menos humorísticos, publicados a principios de los años setenta, que tuvieron un número de ediciones y un volmen de ventas que para sí querrían muchos de los best sellers actuales, lo cual quiere decir solo esto y nada más, porque no se trata de un texto precisamente brillante, sino de un refrito donde parecen haber caído sin orden y con algo de desconcierto relatos de tono dispar.

Fuera de cierto humor del absurdo, de algunos diálogos ingeniosos y de ciertas sorpresas más o menos previsibles, a estas alturas el mayor interés que he encontrado en este libro ha sido ajeno a él: cómo a través de sus páginas es posible ver la rapidez –aunque de su literalidad parezca lo contrario- con la que ha cambiado la posición de la mujer en la sociedad. Escritos hoy, a los relatos de Listo el que lo lea se les atribuiría un machismo que le saldría caro al autor (en la obra la mujer parece, por defecto, tontita, y por eso a veces la gracia del relato está en cómo la figura débil se sale con la suya frente a machos de corte tradicional; hecho, por cierto, que también puede interpretarse como una incipiente reivindicación) pero, visto en la distancia, permite ver cuánto habían cambiado las cosas entonces respecto a las generaciones anteriores y cuánto han cambiado también desde entonces.

Sin embargo, sería injusto juzgar ninguna obra pasada según los valores actuales, porque a nadie se le puede atribuir el pecado de no haberse adelantado a su tiempo décadas o a veces siglos. Este libro es una muestra, en definitiva, de un humor que hace cuarenta años tenía tanto éxito que se vendía sin problemas, y que hoy, en cambio, correría camino de la hoguera. A diferencia de otros géneros, es complicado hacer un humor que perdure, sobre todo cuando se hace sobre valores en proceso de cambio. En este caso no es de extrañar que a lo largo del siglo XX se haya hecho tanto humor a costa de la mujer: el cambio en su posición ha sido tan grande (nunca en la historia la mitad de la sociedad -¡nada menos!- había cambiado en tan poco tiempo y tan radicalmente su rol), que muchas personas debían de verlo con reserva, cautela, sorpresa y hasta miedo, y en esas circunstancias el humor, a veces, se utiliza para asimilar los cambios y también como defensa ante ellos.

Álvaro de Laiglesia, director durante muchos años de La Codorniz y coautor, con Miguel Mihura, de El caso de la mujer asesinadita, tiene unos pocos libros de humor verdaderamente buenos, pero publicó muchísima literatura de consumo demasiado apegada a al momento concreto, la cual no ha resistido el paso del tiempo. Es el caso de Listo el que lo lea.


En resumen: un libro de relatos humorísticos, que hay que esforzarse en situar en su contexto para poder apreciar lo que de buenos tienen, lo cual no es fácil; pensemos en la portada: hoy parece machista, pero hace cuarenta años era, indiscutiblemente, un signo de que las cosas estaban cambiando, porque hace setenta hubiera sido inimaginable.


martes, 12 de septiembre de 2017

El movimiento del caballo - Andrea Camilleri




Genial obra de Camilleri, sobre todo en la forma de dar la vuelta a la acción, la cual justifica el título.

Estamos en Sicilia, en el siglo XIX. Como siempre, en la imaginaria o no tan imaginaria Vigàta. Hasta allí llega un nuevo inspector de Hacienda responsable de comprobar la tributación de los molinos. Un trabajo complicado, habida cuenta de modo en que sus dos antecesores salieron de este mundo.

El hombre es honrado y consciente de la importancia de mantener la imparcialidad en la realidad y en las apariencias. Por eso rechaza todo compadreo, incluyendo las invitaciones a comer del «respetabilísimo» caballero al que nadie se atreve a rechazar nada, ya imaginan ustedes por qué. Todo apunta a que el pobre inspector no sabe donde se está metiendo, y nadie da una lira por el pescuezo de semejante idealista. Llama la atención lo claro que tiene Camilleri las bases de cómo hay que hacer, en lo formal y en lo material, determinadas actuaciones inspectoras entonces y ahora. También tiene bastante clara la organización administrativa.

No necesita mucho tiempo el pobre inspector para comprobar que las inspecciones funcionan peor que mal. Su jefe, el Delegado, por apego a su pellejo y no se sabe si al cohecho ha caído en un pragmatismo que le hace mirar hacia otro lado y forzar a sus subordinados para que también lo hagan. Y el personal con que el inspector cuenta... En resumen, todo está amañado para que nada importante pase y todo el mundo pueda fingir que está haciendo su trabajo; en esas circunstancias, que el inspector quiera hacer cumplir su deber con honestidad lo deja completamente solo y transformado en un estorbo para una actividad controlada por la mafia. El único auxilio, si es que lo tiene, debe buscarlo fuera del trabajo: en la policía, los carabineros y la fiscalía... siempre que no estén en connivencia con los delincuentes a los que él trata de combatir.

Para evitar los problemas que el inspector puede causarle, la opción más expeditiva del capo mafioso es cargárselo, por supuesto no personalmente ni de modo que pueda causarle problemillas; y quieren los hados que ciertas historias paralelas (las de la casera del inspector, una atractiva viuda con ganas de darle alegrías al cuerpo, la de un cura obsesionado con ella y la de un pariente del cura esquilmado por este) permitan a la mafia atribuir al inspector crímenes que él no ha cometido. Acusaciones que tiene todos los visos de llevárselo por delante dejando a los mafiosos con las manos limpias, porque, ¿quién podrá objetar nada a que sean los tribunales quien acusen, juzguen y condenen a un funcionario?

Es en ese delicado y desesperado trance cuando al inspector se le ocurre una jugada maestra para forzar a quienes han provocado su acusación a mostrar su inocencia al tiempo que también los obliga a hacer justicia...  extrajudicialmente. Un «movimiento del caballo» brillante que conocerá quien lea esta entretenida historia a la que solo le pongo un pero: el exceso de palabrería en dialecto siciliano, que despista mucho más de lo que aporta, por más que habitualmente vaya seguida de la traducción.

En cuanto al final... El típico en Camilleri: agridulcemente feliz en esa sociedad gatopardesca donde cambia todo lo necesario para que nada cambie.


martes, 15 de agosto de 2017

El horror de Dunwich – H. P. Lovecraft


                Si todos los lectores fueran como yo, dentro del gremio de escritores los de terror serían los más hambrientos. Aunque suelo elegir bien mis lecturas (ya son años leyendo como para no saber hacerlo) he leído más novelas terroríficas que de terror y, de estas últimas, ninguna me ha aterrorizado porque ni un solo autor ha conseguido hacerme vivir su pavorosa historia desde dentro; siempre la veo desde fuera, sin posibilidad de creerme nada, y así no hay quien disfrute, si es que pasar miedo es un placer. La prueba de que la culpa es mía es que previendo lo que digo, me avine a leer esta novela por ser corta; así el horror ajeno al argumento, de llegar, sería breve.

                También lo prueba que lo poco que he leído en este género ha sido de autores reconocidos, en la creencia de que son los que ofrecen más garantías. Reconozco que en El horror de Dunwich, mientras todo se mantiene en el terreno de las conjeturas y las hipótesis, Lovecraft ha conseguido despertar mi interés y hacerme ver las cosas desde dentro azuzando mi curiosidad. Pero cuando las elucubraciones se concretan, a mis ojos la historia se transforma en una especie de aventura para público juvenil. Si al principio dan ganas de leer para ver en qué para el asunto, al final he leído para acabar sin más y pasar a otra cosa.

                Dicho lo cual queda claro que la novela se divide en dos partes: una primera, donde en una retirada población estadounidense nace un peligro enorme pero aún latente y de origen evocador, expuesta de forma que permite al lector sospechar e imaginar (una buena forma de hacerlo partícipe de la historia, porque es el lector quien debe completar lo que el autor solo sugiere) y una segunda donde el «horror» ha tomado forma concreta y la gracia está en ver cómo el personal se libra de él antes de acabar hecho picadillo.

                Como digo, me temo que mi poco entusiasmo se debe a mis enormes deficiencias como lector de novelas de terror. Debo de ser tan realista que hay cosas que ni las mejores plumas me hacen creer ni tan solo durante unos minutos, a pesar de lo cual reconozco que esta novela está fabulosamente escrita, que Lovecraft es Lovecraft y que probablemente con quince años yo la hubiera disfrutado más.



martes, 8 de agosto de 2017

Tarde, mal y nunca - Carlos Zanón





          Tarde, mal y nunca. Eso puede decirse de muchas personas: que hacen las cosas tarde, cuando no tienen más remedio o no ven otra salida; que las hacen mal, normalmente porque no las atacan de frente sino dando rodeos por miedo o cualquier otra razón; lógicamente, el resultado es tal chapuza que es como si nunca las hubieran hecho.

          Esto le ocurre a los protagonistas de esta novela, que me ha recordado a las primeras del género negro, las que abordan la vida de los delincuentes, aquellas en lo que lo interesante no es ver cómo se las apaña el policía o el detective para encontrar al «malo», sino cómo se las apaña el delincuente para escapar; de paso, nos ayudan a comprender por qué el delincuente lo es.

          Por desgracia para mí, esta es la primera novela que he leído de Carlos Zanón, y no será porque no me lo hayan recomendado más veces de las que puedo recordar. Ahora que ya lo conozco, no se me escaparán sus otras obras. Hay una distancia enorme entre esta novela y la mayoría de las publicadas aprovechando la moda del género negro, casi todas inanes. En la primera página ya se da uno cuenta de que está ante un escritor que sabe utilizar el lenguaje y que tiene algo que contar sobre el ser humano independientemente del género que utilice. Si el común de las novelas negras actuales giran en torno a una trama y el resto son adornos que en las entrevistas se visten como crítica social y no se cuántas cosas más, Zanón pone el argumento al servicio de un fin superior: conocer y comprender a personajes que son reflejo de una parte de la sociedad que a menudo nos negamos a ver.

          Desde el primer momento se nos mete de lleno en la impotencia vital de Epi y Alex, dos hermanos que lo tenían casi todo para ser personas normales en un barrio barcelonés poco a poco degradado; lo único que les faltaba era cabeza, inteligencia, lo cual las drogas no favorecieron, como tampoco favoreció todo esto el mantenimiento de la familia. Dos personas aún jóvenes que podrían tener una existencia y un futuro dignos, pero que por unos pocos tropezones hace tiempo que están ya infinitamente solos y hundidos. El padre –un profesor tan serio- huyó con otra, incapaz de afrontar el panorama; la madre muerta, la falta de luces que resta oportunidades y de ahí a una pésima autoestima que en nada ayuda ni en hacer amigos ni en encontrar pareja. Al final, el paro, la soledad, la búsqueda del consuelo que se hace tanto más duro cuanto mayor conciencia se tiene de uno mismo -por eso Alex es, en el fondo, un personaje más triste que Epi-, la búsqueda del consuelo que solo conduce a otros brazos tan desconsolados como los tuyos porque el resto del mundo te da la espalda a ti y a quienes son como tú. Ambos hermanos son perdedores sin tan solo el consuelo de que su apuesta perdida fuera fuerte. La novela, insisto, tiene un duro y constante halo de tristeza: en Tarde, mal y nunca los delincuentes no lo son por elección, sino por incapacidad para procesar la realidad y para expresarse. Uno, Epi, acaba recurriendo al delito como única vía para solucionar y expresar sus problemas y sentimientos; el otro, Alex, un buenazo con una esquizofrenia galopante, es el único apoyo de su hermano pequeño. Tampoco el entorno es mucho mejor, porque raras son las relaciones entre personas con mundos muy distintos.

          La novela comienza una mañana en un bar de barrio, cuando Epi asesina, ante la pasmada mirada de su hermano, al que no ha visto, a un «colega» inmigrante y luego sale pitando. Durante el resto de la novela, es fácil imaginarlo, conocemos las posteriores andanzas de Epi y cómo Alex intenta ayudarlo; y, al hilo de esto, averiguamos las razones del crimen. La novela narra menos de veinticuatro horas en las que también ocupa tiempo el recuerdo; lo previsible, lo normal, acaba ocurriendo mezclado con casualidades no forzadas que entran dentro del margen de riesgo que ingenuamente asume quien, obcecado por sus sentimientos, empeora su ya de por sí escasa capacidad de análisis. La forma en que Zanón hace avanzar la historia la dota de un magnífico equilibrio que hace que, a partir de cierto momento, el lector no quiera dejar de leer no tanto para conocer el final como para dejar de sufrir por los desdichados personajes. No anticipo ese final, lógicamente, pero sí os sugiero que, a su vista, os preguntéis si la «gloria» que el autor ha reservado a sus personajes es inocente.

          ¿Cuáles son las razones del crimen? Las que he apuntado y que tiñen de tanta dureza y tristeza el relato: la incapacidad para procesar y expresar las emociones. En este caso, la humillación; cómo la imperiosa necesidad de afecto -la necesidad de sentirse alguien- conduce a veces a decir «sí a todo» a quien se ama, y cómo a veces esa persona aprovecha para despreciarte y utilizarte como a un juguete o un esclavo; en esas situaciones, antes o después se alcanza un límite donde la humillación es tan profunda que obliga a reaccionar. ¿Cómo? ¿Mandado al diablo? ¿Vengándose? ¿Reivindicándose? ¿Reivindicándose cómo?

         Leed la novela y lo sabréis. Aunque, cuando alguien no es capaz de reaccionar a  tiempo, haga lo que haga siempre lo hará tarde, mal y por eso será como si no lo hubiera hecho nunca.




martes, 25 de julio de 2017

Sobre gustos no hay nada escrito - Veit Heinichen



Abandoné a Proteo Laurenti, el personaje de Heinichen, hace ya más de tres años. Lo he retomado ahora, con Sobre gustos no hay nada escrito, la séptima entrega de la saga.

El balance: regular. Se nota la profesionalidad del autor, no sobra nada y solo falta una cosa: chispa. Es lo que tienen las sagas: el éxito las impulsa a crecer y acaban muriendo de él cuando no dan más de sí.

Parece ser, además, que Proteo Laurenti ha sido llevado a la pantalla, lo cual quizá explique lo televisivo de esta novela, en la que el protagonista aparece relativamente poco y donde hay una continua alternancia de escenas en torno a varios personajes, historias parciales que acaban confluyendo al final a modo de previsible apoteosis, cada una de las cuales tiene un interés diferente y aporta un punto de tensión en cada momento: la historia de la periodista etíope llamada a desvelar parte del follón y cuya integridad corre constante peligro va pareja a de la de uno de los delincuentes de poca monta pero todo un pimpollo de buen ver y buen vivir que, a su vez, está relacionado por algo más que por los «negocios» con un capitoste del empresariado local vinculado a la extrema derecha, el cual a su vez aporta el «peligro latente», la maldad intrínseca y cierta dosis de ese «cutre-glamour» que tanto vende por lo que atrae el dinero por sí solo y cuando se presencia demuestra que no hace menos imbécil a quien lo tiene. Unamos también el pintoresco toque de «glamour» del café más selecto del mundo y cierto misterio personal que viene de la época de las colonias y que amenaza con descubrir a uno de los personajes su pasado remoto, y tendremos todos los puntos de interés junto a varias historias menores que sirven para enlazar las principales; entre estas secundarias, las de Laurenti y la caterva de infidelidades que conocemos a lo largo de la novela.

Como es tradición en las largas series de novelas, al protagonista, familiares, compañeros y/o amigos, debe ocurrirle alguna que otra cosilla en el plano personal (amores, desamores y tentaciones, preferiblemente) y profesional (problemas, accidentes...) para mantener el lazo afectivo con el lector provocando su inquietud o su solidaridad. Sin embargo, en esta novela da la sensación de que el mismo ir a su aire que hace a Laurenti inmune a todos los peligros profesionales (operativos y administrativos) lo aleja del lector, al que le acaba importando relativamente poco la suerte del clan; en esta sensación también influye la «compensación» de culpas, pues si todo el mundo hace a todo el mundo lo mismo, no hay víctima con la que simpatizar ni ofensor a quien rechazar.

Trieste y su historia, como siempre, están en el centro del pastel, quizá esta vez con algunas referencias que merecen mejores explicaciones, pues no todo el mundo ha estado allí.

Una novela bien escrita, con solvencia y profesionalidad, lo cual se agradece a la vista de tantos bodrios como pueblan las librerías, pero nada más.


miércoles, 12 de julio de 2017

Cuatro Bastardos





          Permitidme un poco de autobombo: la revista cultural argentina Cuatro Bastardos me ha hecho una entrevista en su sección 4B íntimo. Aprovecho para darles las gracias por la entrevista y por su más que generoso titular. Aquí os dejo el enlace:











martes, 4 de julio de 2017

Pura anarquía - Woody Allen




          El título de esta colección de relatos responde más o menos al contenido. Son anárquicos porque carecen de conexión entre ellos, muestran diferentes tipos de humor y alternan relatos brillantes con otros ramplones, pero he dicho más o menos porque tienen puntos comunes: casi todos giran en torno al mundo del espectáculo y sus protagonistas son perdedores catastróficos, calamitosos, pasto de burlas y sometidos al abuso del mundo entero.

          Reconozco que los dos primeros relatos me han entusiasmado porque en ellos reconocí un hacer que gustará a todos los lectores de mis novelas de Ajonio Trepileto: con un lenguaje que se integra en el humor y que permite vivir como real lo evidentemente grotesco, se nos cuentan dos historias rocambolescas tan sencillas de imaginar que el absurdo no mengua el realismo; quizá eso me generó unas expectativas que el resto de  relatos no ha cumplido, pues en ellos cambia el sentido del humor con cierto dominio de un absurdo que en muchos momentos no acaba de cuajar quizá porque irrumpe cuando nadie se lo espera (como también pasa en algunas películas de Allen), con lo que la gracia más hay que buscarla en el efecto disruptivo que en el absurdo propiamente dicho, que no juega con el efecto de las palabras ni con la relación formal entre las apariencias y las posibilidades; también hay en alguno de estos relatos cierta sobreactuación para incondicionales, y otros en los que el abuso del lenguaje, en exceso rococó, le hace perder efecto, situación que también se da cuando se hilan uno tras otro tantos disparates que se pierde pie con una realidad a la que anclarlos para lograr un contraste que haga reír. 

          El conjunto es un gran libro de humor, en el que lo importante es más que cómo que el qué; en el cual quien busque un efecto chocante en los finales se llevará más de una decepción. Un gran libro de humor, digo, pero irregular. Con una mejor selección, podría haber sido brillante.

          En cualquier caso, perece la pena y hace soltar alguna carcajada, lo cual, en literatura, es muy difícil. 




jueves, 29 de junio de 2017

Mi verdadera historia – Juan José Millás



                El sentimiento de culpa ha inspirado muchas novelas, pero pocas con la intensidad, a menudo desagradable, incrustada en estas breves páginas que se leen de un tirón.

                El niño protagonista, al cruzar un puente sobre una autovía lanza una canica y provoca un accidente. No es un hecho extraño, hace unos años hubo varios accidentes por hechos similares, pero sí lo bastante atípico y brusco como para que sintamos la brutalidad de saltar, en un instante, de la normalidad absoluta a la anormalidad de por vida.

            No he descubierto nada contando el desencadenante de la historia, porque lo anuncia la sinopsis y ocurre en la primera página. El resto es la narración no tanto de cómo se convive con la culpa sino de cómo se la sortea y de cómo, dada su inevitable compañía, hasta se acaba forzando y deformando la realidad –previo retorcimiento psicológico- en busca de una especie de redención; sin embargo, solo se consigue transformar la vida en una especie de sueño o, mejor dicho, en una obsesión, pues si algo provoca la culpa intensa es la ebullición del «yo interior».

                Pero que más me ha interesado ha sido la relación del protagonista con sus padres y la forma en que estos reaccionan no se sabe si para proteger al hijo o para protegerse ellos, o para protegerse todos; el modo en que las cosas se saben sin ser dichas y cómo hay acuerdos tácitos de silencio que quizá pretenden proteger pero que, a la larga, acaban pudriendo todo.

          El estilo de Millás, introspectivo y pródigo de comportamientos e ideas extravagantes pero significativas, se detecta en cada página de esta pequeña novela. Una lectura interesante, de la que se puede aprender o al menos reflexionar, aunque tan dura y mezquina que produce sentimientos desagradables.


martes, 27 de junio de 2017

Lecturas recomendadas


He aquí algunos de los mejores libros que he leído en el último año, por si ustedes gustan aprovechar el tiempo en estos mesecillos que se avecinan con trescientos grados a la sombra. Por unos motivos u otros, todos merecen la pena.

       El título enlaza a la reseña y, para los impacientes, hay también un enlace para comprarlo en Amazon.

Por supuesto, también les invito a viajar –ratón mediante- hasta el lado derecho del blog para conocer a Ajonio Trepileto -en la edición de Mira Editores o, en ebook, en Amazon- y divertirse con él, que no todo ha de ser serio, aunque esta lista sí lo sea incluso cuando los libros son humorísticos.




El País Vasco y ETA. Una novela dura y amena que intenta dar respuesta a la necesidad de comprender





La mejor novela de la historia. Un libro que hace del humor una forma de afrontar la vida y que en esta edición puede leerse sin esfuerzo.








Una forma de vivir desde dentro, en apenas cien páginas, la Primera Guerra Mundial





Derecho natural, de Ignacio Martínez de Pisón

La vida. Cómo nos moldean, con todas sus debilidades a cuestas, quienes nos rodean. Cómo el tiempo lleva a la comprensión, y ésta al perdón.


Humor e inteligencia con un protagonista estrafalario en una trama loca.






Fabulosa novela, entre la biografía y la autobiografía, sobre una mujer, la madre de la autora, tan adelantada a su tiempo que éste aún no ha llegado. Un testimonio de alemanes que se sentían más alemanes que judíos en el marco de la Segunda Guerra Mundial.





Breve obra maestra sobre la explotación y el círculo vicioso de la pobreza.








miércoles, 21 de junio de 2017

Dos títulos, una idea

    

    La Casa del Libro, en Twitter, ha propuesto un pequeño juego: fotografiar dos títulos que, leídos uno tras otro, formen algo parecido a un poema o a una idea bonita. Al verlo, se me ha ocurrido una combinación. Pero al ponerme a buscar los libros la idea se ha desvanecido ante las muchas otras que se me iban ocurriendo según veía títulos.


     Aquí tenéis el resultado. La penúltima foto es humorística. Y la última, puro autobombo, pero cierta.































lunes, 19 de junio de 2017

La biblioteca de los libros rechazados – David Foenkinos





      Por el modo en que el tono y las palabras elegidas hacen que la acción –en el fondo, intensa- discurra con una calma lo bastante engañosa como para dotar de más fuerza al final, podría decirse que David Foenkinos escribe suave, que es de lectura agradable, que te embarca en los primeros capítulos casi como quien te cuenta una fruslería y conforme pasan las páginas te ha sumergido en una historia interesante sin que te des cuenta.

      El argumento, una trama aparentemente «blanca» para llegar a un desenlace que opera como imán, invita a reflexionar sobre la mercantilización de todo, comenzando por algo tan en teoría elevado como lo literario (y, en la práctica, tan prostituido), y sobre hasta qué punto conocemos o no a las personas con las que compartimos la vida. También, además, se dan unos cuantos e interesantes datos sobre el presente del libro que seguramente sorprenderán a los simples lectores; aunque no se indican las causas por las que se ha llegado a la situación actual –demasiadas y complejas- resulta interesante verlo expuesto desde la perspectiva desapasionada de un autor como Foenkinos, que no necesita explicar –como sí hacen casi todos venga o no a cuento- por qué no es un best seller.

      La novela, que es la historia de otra novela, hace reflexionar sobre el concepto de éxito, que tantas personas, incluyendo los escritores (que se supone que estiman su intelecto) vinculan a las ventas prefiriendo el éxito mercantil al mérito literario. Esa reflexión se produce por una doble vía: se nos cuenta el éxito mercantil de una novela fundado no en su contenido sino en las vicisitudes sufridas para llegar a la imprenta y, paralelamente pero en sentido inverso, se nos muestra cómo a alguien a quien nada le importaron las ventas se le atribuye un éxito póstumo... también mercantil; triste paradoja para quien no buscó ni la fama ni ese éxito y sí la satisfacción de hacer las cosas bien. En resumen, La biblioteca de los libros rechazados muestra el modo en que el éxito literario (escribir una buena novela) es utilizado por otros para obtener un éxito mercantil que es el que acaba dotando de «sentido» (en esta sociedad, se entiende) al primero, hasta tal punto que lo que más interés despierta no es la excelente novela del difunto, sino la personalidad de quien renuncia a lo que todos sueñan: la fama.

      El protagonismo no corresponde a los personajes, sino a las situaciones. Foenkinos desarrolla el argumento a partir de la confluencia de diversas historias en torno a un hecho central. Un bibliotecario ya fallecido creó, a similitud de otra norteamericana, una «biblioteca de los libros rechazados por editoriales». Libros abandonados allí por sus autores como una suerte de homenaje póstumo o entierro de los seres amados a los que nadie más quiere. Una editora joven y con proyección, de visita al pueblo de sus padres, acaba en esa biblioteca acompañada de su pareja –un escritor fracasado- y encuentran un manuscrito que consideran una obra genial. El autor es un pizzero fallecido poco antes, y esa historia, la del pizzero que abandona una obra genial porque nadie la quiere, se convierte en un recurso publicitario de tal envergadura que el libro se convierte en el más vendido de Francia.

      El fenómeno editorial es tan grande que muchas vidas se convulsionan. La de la viuda y la hija del pizzero, que nada sabían de su vocación literaria y se ven obligadas a preguntarse hasta qué punto han conocido a la persona con la que han compartido la vida y, en el caso de la viuda, a enfrentarse a sus últimos días con la sensación de no haber sido consciente de la vida pues la puso en manos de alguien que ha resultado ser un desconocido; también, claro, el éxito y el dinero les traen importantes consecuencias, como también le ocurre a la descubridora del libro, a la bibliotecaria que sucedió al fundador de la extraña biblioteca, a algún otro caballero que le da por llevar allí sus manuscritos y también a un crítico literario antaño poderoso y ahora venido a menos y a su pareja. Un crítico empeñado en demostrar que Henry Pick, el pizzero, no es el autor de esa novela.

      ¿Lo es o no? Ese es el leitmotiv de la historia ideada por Foenkinos. Como puede comprenderse, la gracia no es averiguar si lo es o no, sino determinar, en caso de que Pick no lo sea, quién fue el verdadero autor. Sea quien sea, incluso aunque sea Henry Pick, será una sorpresa para todos. David Foenkinos se cuida mucho de cerrar puertas desde el principio a las elucubraciones más evidentes, lo cual hace que el final de la novela se lea con avidez.

      Una novela interesante y que, por ese tono suave al que aludía al principio y por el final (que a mi juicio es lo de menos, aunque sorprende), parece más destinada al entretenimiento que a la reflexión. Pero a mí me ha hecho reflexionar, y mucho, a la vista de las barbaridades que para vender libros he visto hacer en los últimos tiempos a un par de personas, alguna de ellas supuestamente sensata. Una gran denuncia del «todo vale». 



miércoles, 14 de junio de 2017

El ombliguismo de los escritores



Ahora que ha terminado la Feria del Libro de Madrid, algunos de ustedes recordarán cómo numerosos novelistas se han mostrado molestos, abiertamente o con irónico disimulo, por el protagonismo que en la feria se ha dado a cocineros, actores, presentadores de televisión y otras hierbas. Hace ya un año, por estas fechas, un escritor consagrado también se quejó del asunto, con bastante gracia, en su columna en uno de los principales periódicos.

Supongo que es el ombliguismo lo que lleva a pensar a estos críticos que libro y novela o poesía son lo mismo, porque, como no pueden ser tan escasos de entendederas, pienso que, cegados por la vanidad y el andar siempre pendientes de sí mismos, olvidan que el libro solo es un formato. Igual que en la televisión caben informativos, series, concursos, documentales o deportes y, por alienantes que nos parezcan algunos programas, a nadie se le ocurre tratarlos de intrusos televisivos, con los libros sucede igual: en ellos caben historias, recuerdos, consejos, estudios, recetas de codornices escabechadas, diccionarios o láminas a todo color de cachorros de perro salchicha, y nadie es un intruso.

El INE, en los últimos datos que he encontrado (2015) dice que de todo lo editado ese año solo un tercio fue novela (y poesía, que no me olvido de ella). Aquí tenéis el cuadrito. Por cada novela hubo dos libros que no lo fueron, presumiblemente escritos por cocineros que dan recetas, políticos, músicos o actores que escriben sus memorias, tipos que han estudiado curiosidades matemáticas o las propiedades de la jalea real y fanáticos de los cachorros de perro salchicha. Todos ellos también tienen derecho a vender y firmar ejemplares (y hasta a cabrearse si alguna porquería de novela les resta protagonismo) como el personal tiene derecho a elegir entre la última novela best seller, la Regenta o los postres de las monjas clarisas. 

Si a los libros añadimos las "otras categorías", las novelas solo representan el 26,65%. Uno de cada cuatro libros. O, si así lo prefieren ustedes, el resto de libros triplican a las novelas. Si incluimos lo que se publica como folleto (el dato no aparece en el cuadro) las novelas se quedan en el 23%.

Pues eso, que la feria del libro es del libro, no de la novela. O no solo de la novela. 

Dicho lo cual, a mí no me molesta que sea usted un cocinitas y se pase la vida viendo condimentar garbanzos en televisión, pero le advierto que con mis novelas se reirá más que con cualquier recetario. 








miércoles, 7 de junio de 2017

Crudos, sucios, sangrientos – Cristina Selva y Antonio Marcelo Beltrán




     Crudos, sucios, sangrientos, pero también imaginativos y con una sorpresa para cada final, los veintiséis relatos que componen esta obra navegan entre el misterio, el terror y la ciencia ficción, y también tienen mucho que ver con el erotismo, porque, aunque no hay relatos eróticos propiamente dichos, sí conocemos a un buen número de personajes más o menos obsexionados que en unas ocasiones llevan a término sus deseos y en otras se limitan a aludir al sexo para expresar buenos o malos deseos no siempre sexuales.

      Aunque los relatos responden a lo que anuncia el título, están redactados cierto sentido del humor, cierta ironía que pone distancia entre el narrador y los personajes y que impide tomarse demasiado en serio tanta sangre y escenas escabrosas, lo cual facilita el entretenimiento, especialmente, como es mi caso, cuando no se es lector ni terror, ni de misterio, ni de ciencia ficción.

Pocos relatos tienen un final previsible y, en cambio, todos consiguen suscitar un intenso interés desde el principio; tanto que a menudo se lee con impaciencia. Y es que aún más imprevisibles que los finales son los argumentos: cada inicio sorprende tanto o más que cada final. 

No es posible ni tiene sentido hacer una mención de cada relato, pero sí decir que entre ellos hay nexos a través situaciones y personajes que hacen que no sean por completo independientes, y pronto se tiene la agradable sensación de que hay que seguir leyendo porque ningún relato está completamente terminado por más contundente que haya sido su final. El resultado, que, a diferencia de otros libros de relatos, Crudos, sucios, sangrientos deja un regusto de novela.

Pasen y lean.


miércoles, 31 de mayo de 2017

Doscientas setenta y siete vidas en dos o tres gestos – Eugenio Baroncelli




          Eugenio Baroncelli es un ilustre desconocido en España. No sé si algún otro libro suyo ha sido traducido., pero se sí que estas casi trescientas «biografías», la mayoría reales, son una delicia.

          Lo son por la prosa, elegante y rebosante de humor sutil barnizado con cierta mala sombra contra la importancia que cada ser humano se da a sí mismo, importancia evidentemente bien escasa cuando en cada hoja de esta obra desfilan de la cuna a la tumba, a velocidad de matadero, un par de ilustres personajes; eso sí, con frecuencia mezclados con otros cuyo lustre, si puedo decirlo así, se lo deben a Baroncelli por incluirlos en la lista. Un humor tan inteligente y bien expresado que pronto la lista de biografiados se transforma para el lector casi en lo de menos y lo importante pasa a ser la actitud ante la vida que transmite el tono de Baroncelli al hilo, precisamente, del sinfín muertes, accidentes, situaciones y problemas.

          Dos o tres gestos son los que definen a cada una de las personas retratadas, entre los que no se cuentan los hechos que han hecho famosos a muchos de los biografiados. Gestos nacidos de situaciones normalmente peculiares, a menudo vinculadas a la muerte o a idas y venidas afectivas, pero que retratan a los biografiados, de forma admirablemente eficaz, con rasgos vetados a cualquier lista de obras, logros, merecimientos, viajes, empleos y circunstancias históricas.

          La lectura se hace extraña al principio por lo atípico de la obra, pero pronto estas doscientas setenta y siete vidas pasan a ser adictivas. Una ventaja adicional: la brevedad de las biografías hace que la lectura pueda abandonarse y retomarse en cualquier momento. 


jueves, 25 de mayo de 2017

Derecho natural - Ignacio Martínez de Pisón



      El «derecho natural» son las normas inherentes al ser humano y previas a todo ordenamiento jurídico positivo. Simplificando, está vinculado al instinto y a los requisitos más elementales de la concepción de la vida. Por eso, cuando las normas positivas, escritas o consuetudinarias, van contra él, surge la desazón, el desconcierto e incluso la sensación de fracaso.

      De ahí el título. Porque algunos de los personajes de Derecho natural sufren las contradicciones entre su instinto y la convención y, como una consecuencia, surgen y sufren conflictos de intereses entre ellos. Los estudios y profesión que alcanza el protagonista, además de una excusa para justificar que «el narrador» dé ese título, lo es para expresar ideas complejas con tan pocas y claras palabras que hace que esta novela, dentro de la engañosa sencillez de su prosa, brille a cada línea.

      La historia lo es de pequeños triunfos y grandes zozobras, de búsqueda y escape. Como tantos, los personajes pasan la vida buscando su propia identidad, adaptándose unas veces, conformándose otras y rebelándose algunas, siempre sometidos al azar de las previsiones erróneas, de las reacciones ajenas y de cuanto desconocen; en ocasiones, con autonomía para cometer sus propios errores; en ocasiones, a remolque de decisiones de otros. Derecho natural es una lectura melancólica y a la vez risueña, que no puede hacerse sin sentir una permanente mezcla de ternura, buen humor y tristeza.

Ignacio Martínez de Pisón.
Zaragoza, 1960.
      Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores escritores españoles, es todavía un poco más grande después de esta novela. Su claridad, concisión y eficacia en el uso del lenguaje, el alto y constante nivel de su prosa y la profundidad de las ideas y sentimientos que traslada sin que el lector deba esforzarse para empaparse de ellos, lo sitúan en el mundo de la alta literatura, pequeño drama mercantil cuando tantos lectores buscan literatura y autores espectáculo; pequeño drama injusto, porque Derecho natural es tan gran novela y está tan bien escrita que pone la miel con igual eficacia al alcance de gourmets y de asnos. Uno de los libros más bonitos y que más huella me ha dejado en los últimos tiempos. Maravillosamente sencillo y complejo. Uno de esos libros que parece no haber contado nada y cuenta tanto y tan bien que resulta difícil de olvidar.

      ¿La historia? El narrador es un niño nacido en los años sesenta del siglo XX, de cuya mano recorremos su infancia, adolescencia y juventud casi hasta el tiempo presente. Hijo de una dependienta del Corte Inglés y de un actor de octava fila con sueños de gloria y más voluntad que talento, ve cómo su padre se deja llevar por sus apetencias, hasta el punto de que los abandona varias veces y reaparece cuándo y cómo quiere. La relación entre sus padres, las presencias y los vacíos y las penurias económicas condicionan el devenir de la familia, que poco a poco va creciendo, y la novela es la historia de todos: la de un padre con mucha presencia hasta cuando no está, pero al que solo conocemos al final porque la diferencia entre su «derecho natural» y el «positivo» lo ha obligado a refugiarse en su propio personaje; la de la madre, que a fuerza de ver zarandeadas y burladas sus aspiraciones y su amor se reivindica a sí misma construyendo un nuevo personaje que no llega a hacer desaparecer el anterior, con las contradicciones consiguientes y la sorpresa y condicionamiento de todos; y el protagonista y sus hermanos, cada cual con una experiencia vital distinta y con una forma de encarar la vida qué más debe llamarse afán de supervivencia, y que los guía no siempre por los caminos deseados, sino por los que encuentran.

          Huyendo de la técnica best seller, Martínez de Pisón evita crear misterios o curiosidades para enganchar al lector. Tiene demasiado talento para para precisar de esos trucos y, también, un hondo respeto al lector, al que no trata como a un cliente o un consumidor de páginas sino como a un compañero de viaje; por eso Martínez de Pisón anticipa casi todos los hechos relevantes, porque la literatura no es un fin, sino un camino, y el lector disfruta no descubriendo, sino contemplando. La curiosidad no se siente por el qué, sino por el cómo.

      Jalonada de situaciones a la vez dramáticas y grotescas y, por tanto, divertidas y tristes, la debilidad del ser humano se alterna con su capacidad de sufrimiento y superación. De la lucha a través de la colaboración a la lucha mediante el enfrentamiento, todo lo acabamos probando. La vida como un constante esfuerzo de avance y a la vez de resignación, de ambición y de rendirse con un «hasta aquí he podido llegar», porque rara vez alguien se conforma sin resignación, e incluso pocos saben exactamente dónde quieren llegar.

      La novela sobre la vida y cómo los padres influyen en los hijos, y de cómo las vivencias propias condicionan las comunes. Una novela sutilmente divertida, a medio camino entre el drama y la comedia, porque, como dice la contraportada, «“¿Cómo se resume una vida?”, se pregunta el narrador en un momento dado. Según dónde se coloque el punto final, ese resumen adoptará la forma de drama o de comedia.»

      Una última nota para un final precioso y que permite comprender que, bajo la forma de egoísmos que van y vienen, a veces solo late la profunda desorientación motivada por las contradicciones  entre el «derecho natural» y el convencional, a su vez provocadas, a menudo, por decisiones impacientes o, simplemente, porque la vida no se detiene, hay que decidir cada día y lo hacemos sin saber qué nos depara el futuro y sin apenas conocernos a nosotros mismos. También, claro, desorientación por las contradicciones de todo derecho, porque nadie es por completo dueño de sí mismo, sino que también pertenece a sus hijos, a sus padres, a su pareja, a tanta gente que ha condicionado su vida para adaptarla a la nuestra y que merecen mucho más que egoísmo e instinto. Un libro para reflexionar sobre cómo la búsqueda a toda costa del «yo» acaba conduciendo, casi invariablemente, a la soledad, porque la vida es un «nosotros» a veces difícil o imposible de determinar.