En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



domingo, 29 de mayo de 2011

Caja negra - Pablo Sánchez




Esta novela recibió el XI Premio Lengua de Trapo, y no es difícil entender por qué. Es muy superior a la mayor parte de lo que circula por ahí. A ver si soy capaz de explicar los motivos:

El primero, el argumento: Raúl Garay, filólogo, escribe a lo largo de varios años una novela que un buen día se convierte en best seller, y él en un escritor célebre. Pero la fama y el dinero le duran poco; lo que tarda en ser acusado del plagio de una novelita publicada años antes, con la que la suya tiene sorprendentes coincidencias. El autor, Elías Betancourt, tiene todas las de ganar judicialmente, hunde al protagonista en la ignominia, y lo sustituye en los altares de la fama. Raúl Garay, por su parte, emprende un loco intento por solucionar el desaguisado y, posteriormente, conforme los negros nubarrones se confirman y su presente se diluye arrasando de paso su futuro, se dedica a perpetrar las más disparatadas venganzas, que culminan cuando ocultando su personalidad se convierte en el amante de la esposa de Betancourt, Miranda, una mujer a la que le falta una pierna.

Entre medio hay hechos que parecen explicar cómo las dos novelas llegaron a parecerse tanto. Por ejemplo la existencia de un personaje común, Loyola, una persona real, misteriosa y tan peligrosa que ni siquiera se la menciona en la disputa legal. Pero hay más, claro está: el inquietante misterio de cómo dos vidas distintas pueden conducir a una creatividad tan coincidente.

Raúl acaba enamorado de Miranda, y ésta de él. La tensión del desenlace es doble: ¿cómo reaccionará Miranda cuando se entere de que su amante es, en realidad, el rival de su marido, el hombre que ha tratado de vengarse de él por todos los medios siendo ella el último? Y por otra parte, ¿cómo reaccionará Betancourt? Y por encima de todo hay uno más, el que planea en todo el libro: ¿cómo pudieron llegar a coincidir tanto ambas novelas?

Hay, además, una pequeña curiosidad que se va acrecentando conforme avanza la historia: el dato de que está escrita en Francfort. Poco a poco va surgiendo la curiosidad por cómo el protagonista ha ido a parar allí. Aunque al final este “misterio” no sé si está a la altura del resto.

Esto, respecto a la trama. Pero además esta novela tiene otra cosa muy buena: el tono. Es entre irónico y doliente, el de alguien que se ríe amargamente de sí mismo, que se ríe por no llorar; un tono falsamente humorístico que hace muy amena la lectura. Unamos a eso un vocabulario rico, unas dosis de cinismo, de autoconfesión, cultura expuesta desde la pedantería del que se cree superior, y tendremos un personaje, el protagonista, caprichoso e inolvidable.

Merece la pena.



jueves, 26 de mayo de 2011

La terrible historia de los vibradores asesinos


Me acaban de decir hace pocos minutos que ya ha salido a la venta.

Gracias a todos los que de una manera u otra han colaborado en que esta novela llegue hasta aquí.

Y a ver dónde llega a partir de ahora. Suerte, Ajonio.




Muerte en Hamburgo - Craig Russell




Pues eso: muerte en Hamburgo. La ciudad, de alguna manera, es protagonista, aunque creo que la forma de conseguirlo deja que desear, porque se basa más en una enumeración de datos históricos y lugares que en la recreación de ambientes.

La historia comienza con lo que parece el segundo crimen de un asesino en serie. El caballero no se caracteriza por su delicadeza a la hora de apiolar a sus víctimas, por decirlo de algún modo, así que aconsejo no comenzar la lectura después de comer. El tipo, además, se permite el lujo de retar al comisario Jan Fabel a través de un correo electrónico (lo cual, la verdad, suena demasiado peliculero, demasiado a combate entre el bien y el mal).

El tal Jan Fabel inaugura con esta novela sus peripecias como personaje literario. Pero aunque la novela está bien escrita y trabajada, el personaje es gris y demasiado tópico: honrado hasta la médula sin importarle a quién se enfrente (naturalmente, entre los obstáculos a superar figuran su propia organización, donde siempre hay quien oculta algo, o es demasiado indolente, o corrupto, o plegado a los designios del poder); es un policía debidamente atormentado por un pasado marcado por unos cuantos hechos traumáticos que no tuvo más remedio que afrontar, nostálgico del matrimonio que se fue a pique seguramente por su dedicación al trabajo, con una hija a la que quiere mucho pero a quien apenas puede prestar atención (pobrecico, qué sentimiento de culpa le genera), y con algún que otro personaje femenino (por supuesto atractivo, nada de gorditas) dispuesto a ejercer de amante y hasta, si es preciso, de madre... siempre sin merma de la independencia del caballero, que está a sus cosas y no a las del amor (porque él solo sueña con los amores que se fueron, y siempre en la intimidad). Ah, también hay unas cuantas policías más o menos jovencitas, voluntariosas y de buen ver. Los policías masculinos, en cambio, tienen un perfil más uniforme.

Junto a esto, aparece también en la novela un malo malísimo, un malo que la propia novela mitifica, convirtiendo así de paso a Jan Fabel en un sacrificado bueno buenísimo mezcla de superhéroe y mártir. Vamos, que por más malo que sea uno, con Jan Fabel has topado, muchacho.

Precisamente, tan malo malísimo y frío calculador es el malo, que el autor se mete a sí mismo en un berenjenal: no puede alcanzar el desenlace si no es haciendo que el perfectísimo malo sea un poco chapucero en el momento cumbre, lo que, sinceramente, rebaja el nivel de la trama justo cuando debía alcanzar el cénit. ¿Falla el malo? Sinceramente creo que lo que ha fallado es la imaginación del autor, que no ha dado más de sí (aunque hasta ese momento ha dado mucho). Con todo, al lector que no se pare a reflexionar sobre este punto le pasará la cosa inadvertida.

Aunque, lógicamente, el malo malísimo no es conocido desde el principio. Su figura va tomando forma poco a poco a partir de la receta básica del best seller: abrir interrogantes y cerrarlos pocas páginas después, a la vez que se abren otros. Es decir: una secuencia de anzuelos para provocar el permanente deseo de leer siempre unas paginitas más.

Pero con esos topicazos, entre los que no falta algunos personajes ricos, poderosos  y soberbios que suponen una amenaza para el bueno a la vez que hacen de él también una suerte de Robin Hood, el autor consigue hacer una historia más o menos creíble, que va haciéndose increíble conforme avanza la investigación. Las paranoias conviven alegremente con la corrupción y los intereses económicos, aderezado todo, además, con algún elemento suelto propio del culebrón. Pero la paranoia juega un papel fundamental, literariamente hablando, porque es el cemento que une unas piezas que, de otra manera, no hubieran encajado jamás.

En cualquier caso el resultado es entretenido, se lee bien y con agrado, aunque es evidente que estamos ante un producto “de consumo”, y que se beneficia del tirón de la novela negra nórdica en los últimos años (con uso, e incluso abuso, de la denominación alemana de los puestos que ocupan los protagonistas, de los órganos administrativos y policiales, y de sus sedes, porque seguramente a mucha gente le impresiona más, o le resulta más exótico, el término “Kriminalhauptkommissar” que el de “Comisario jefe”, por poner un ejemplo).

En resumen: no brilla el genio del autor, sino la “cocina” propia de los best seller. Por tanto es un libro que engancha y se lee con facilidad. Recomendable para pasar un buen puñado de horas entretenido.

lunes, 23 de mayo de 2011

Pequeñas infamias - Carmen Posadas




Un matrimonio de clase alta contrata a una empresa de restauración para organizar una celebración en su mansión en el campo. Al frente resulta estar un cocinero que, con el correr de los años, ha tenido ocasión de conocer los secretos más inconfesables de los anfitriones y de algunos invitados. Sin embargo él nada le importa qué haya hecho cada cual, pues su vida son sus fogones, y vive ajeno al miedo y odio que su presencia despierta, pensando solo en el éxito de tal plato o tal postre. Sin embargo todos, al reconocerlo, temen su indiscreción e, íntimamente, desean la solución más drástica para sus miedos: la muerte del pobre chef.

Sobre esta base Carmen Posadas construye una historia sobre las debilidades, el sentimiento de culpa y la forma en que las personas hacen o no frente a cuanto de vergonzoso o reprobable tienen en su pasado. Todo, además, envuelto en un aura determinista merced a los presagios de una adivina.

Es un libro de factura regular, sin altibajos, que se lee bien y es entretenido, y donde pueden reconocerse algunos de los elementos más recurrentes de Carmen Posadas: el primero, que buena parte de los personajes pertenecen a la clase social “alta”; son personas adineradas, algunas desengañadas (hace tiempo que han comprendido que el dinero no lo es todo o están en trance de comprenderlo), y otras son ególatras irremediables viviendo el sueño de creerse pequeños dioses; otros solo son, a causa de su trabajo, “respetables”, aunque sus miserias y mezquindades les hacen sentirse o parecer tramposos ante sí mismos; y el resto, los más “despreocupados”, son gente “normal”, con algún ramalazo de locura en casos concretos. En todo lo cual se reconoce la falsedad de las apariencias y la importancia que a ellas se da en las “altas esferas”, haciendo de sus vidas una farsa interpretada por pobres diablos que apenas llegan a ser consientes de su verdadera realidad. Por último, el libro está escrito en el habitual tono de Posadas, entre irónico y condescendiente, que sitúa al autor y al lector por encima de los personajes, como si estos fueran insectos que se afanan en sobrevivir e imponerse unos a otros o al destino, ante la divertida mirada del niño que los observa y que dentro de un minuto los habrá olvidado.



domingo, 22 de mayo de 2011

La ópera de Vigàta - Andrea Camilleri



Las novelas de Camilleri centradas en el pasado de la imaginaria Vigàta me paso meses mirándolas con ojos golosos a la espera de que llegue el momento de leerlas. Podría pegarme un atracón, pero cuando terminara me deprimiría pensando que ya se habían acabado, así que prefiero racionármelas. 

Estamos en Sicilia,  en el último cuarto del siglo XIX. El prefecto de Montelusa decide inaugurar el teatro de Vigàta con una porquería de ópera que solivianta a los vigatenses, que ven además, en la actitud del prefecto, un acto de imposición del estado italiano recién nacido, contra el que sienten hostilidad. 

Por un lado los tejemanejes del prefecto para salirse con la suya (por razones ignoradas que se saben a su debido tiempo), los de ciertas autoridades policiales para que impere el sentido común (porque ni entienden ni pueden justificar los disparates del prefecto), las artimañas de otros vigatenses para boicotear el acto, los sabotajes de los mazzinianos, la ignorancia de unos cuantos, las aventuras amorosas de otros y todo cuando uno pueda imaginar, se confabula para hacer algo entretenidísimo, sumamente divertido, y, como casi siempre en estas novelas de Camilleri, logrando que el protagonista no sea un personaje sino la propia historia. 

La forma de narrar, alternando personajes (hay muchos y con pequeños “papeles”, lo cual aconseja leer la novela rápido), saltando en el tiempo arriba y abajo, dando diferentes puntos de vista permanentemente, distintas explicaciones a un mismo hecho y presentando las interesadas conclusiones que cada uno saca de una misma situación, hacen un texto ágil, ameno, y que se lee muy pronto. 

Sólo el final me ha dejado un poco... Y es que se repite respecto a otras novelas centradas en Vigáta: las mezquindades de unos, y los intereses mafiosos de  siempre, transforman, para la posteridad, al héroe en villano y al villano en héroe.

sábado, 21 de mayo de 2011

La princesa durmiente va a la escuela - Gonzalo Torrente Ballester




Canuto, Rey de Minimuslandia, monarquía parlamentaria, está sometido al dictado del Chambelán y del Presidente del Gobierno. Un buen día descubre la existencia de la Princesa Durmiente. ¡Medio milenio modorra en el bosque encantado! Y él, sabiéndose destinado a despertarla, se apresta a ello. Hasta aquí, la primera parte.

En la segunda vemos cómo surge el debate de qué hacer con la Princesa una vez despierta o, mejor dicho, de cómo “educarla” para superar los 500 años que han transcurrido desde que se durmió. Diversos intereses, todos egoístas, confluyen en este punto, y una serie de personajes se adueñan en ese momento de la trama, destacando entre ellos el profesor Rhodesius. Buena parte de ellos mezcla sus vanidad e intereses científicos con cierto sentido hedonista de la vida.

Finalmente, en la tercera parte, se cuenta lo sucedido tras el despertar de la Princesa.

Hasta aquí, sucintamente, el argumento y lo más simple de la estructura. Pero la historia no es el fin, sino el pretexto para una serie de diálogos brillantes, de razonamientos, de cruces de caminos que son los que dan sentido a una novela en la que el humor –las más de las veces irónico, aunque con mucha sutileza- y la sensualidad –o más bien el sexo sugerido y el reprimido- están presentes en todo el texto, poniendo de relieve que lo que mueve la historia siempre son, al final, las aspiraciones de las personas manipuladas con mejor o peor fortuna por quienes pueden manipular en función de sus respectivos y a menudo mezquinos intereses.

La novela es buena, divertida, intensa, con vocabulario rico y, en cierta medida, bastante más “erudita” que la media. La mezcla de realidad y absurdo ofrece un contraste que no deja indiferente. Sin embargo, algunas faltas pueden señalarse: no sé si la segunda parte es demasiado larga, como advierte el propio autor en el prólogo, pero sí que en ciertos momentos existe confusión en torno a los objetivos de unos y otros y al por qué se hacen las cosas (no porque esté mal planteado, sino porque los objetivos llegan a perderse de vista). También es cierto que me ha importado poco, porque en el fondo uno se lo pasa bien en todo momento.

Lo curioso es que con su “desestructurada estructura” y su discurrir confuso, hoy la mayoría de los editores no harían ni caso a una novela que como el propio autor indica no ha seguido otra planificación que el sentarse a escribir según le iba apeteciendo. Una novela que sólo fue editada cuando ya Torrente Ballester era un autor consagrado. Gracias a eso podemos leerla ahora.

En resumen: buena novela, llena de humor y de ingenio, pero no “hecha en serie”, sino con “fallos” de diseño (lo entrecomillo porque los fallos no los concibo en el arte sino en la producción en serie) que harán las delicias de quienes, además de ser lectores, tengan alguna inquietud por cómo escribir o dejar de hacerlo, y que a mí me lleva a la misma conclusión que sugiere el prólogo de este libro: para ser un best seller seguramente es indispensable seguir ciertas pautas, pero para ser un gran escritor, no hay más pauta que hacer lo que a uno le venga en gana.



jueves, 19 de mayo de 2011

Wilt - Tom Sharpe


Lo confieso: con lo que me gusta el humor, era uno de mis eternos "pendientes". Lo tenía visto desde hace siglos, pero tenía la desconfianza que suelo tener hacia los best sellers; claro que si pasados tantos años Wilt sigue estando en las librerías es, lógicamente, porque merece la pena. El impulso final para leerlo me lo dio una buena amiga, y entre él y las ganas de pasarlo bien, me lo merendé en cuatro o cinco días.

La trama es de apariencia sencilla, pero muy trabajada: Wilt, un profesor mediocre de una escuela mediocre, fantasea con asesinar a su esposa y se ve, sin pensarlo y tras una situación humillante, en disposición de hacer un ensayo de asesinato usando una muñeca hinchable. El asunto es visto y confundido, tomado por asesinato consumado, y Wilt detenido. La forma en que avanza la historia es muy cinematográfica: dos historias que corren paralelas (la de quien es víctima del equívoco y la de quien puede deshacerlo) y que deben necesariamente cruzarse para producir el desenlace que haga justicia: la historia de Wilt, y la de su esposa, momentáneamente desaparecida en una aventura alocada.

Es ese modo de avanzar el que mantiene la tensión y provoca las ganas de leer. El humor es una forma de avanzar, pero no un motivo para hacerlo. Lo que desea el lector es saber qué va a pasar con el inocente injustamente acusado.

El único "pero" es que al final la parte de los interrogatorios se hace un pelín repetitiva, quizá un poco forzada. Y el final creo que no es el mejor de los posibles.

En contra de lo que he leído por ahí, no veo ni la gracia ni el mérito en las situaciones esperpénticas que se producen, sino en los ingeniosos diálogos que a partir de ahí surgen, en la lógica aplicada al disparate. Y en buena parte se consigue porque Wilt, que siempre es presentado como un tipo gris y anodino, tiene en realidad una ironía y un cinismo que revelan una inteligencia mayor de la que se le atribuye.



martes, 17 de mayo de 2011

La conjura de los necios - John Kennedy Toole




Dos veces he leído esta novela. En la primera no supe sacarle todo el jugo, hasta el punto de que desde entonces he sido incapaz de recordar más argumento que el de un gordo chiflado soltando disparates. La segunda, en cambio, ha sido otra cosa.

Más que una novela es una caricatura continua, porque casi todos los personajes, del primero al último, lo son, aunque Ignatius J. Reilly está tan rematadamente loco que a su lado el resto parecen casi personajes reales.

La trama se sustenta en unos pocos misterietes en segundo plano basados en saber qué será de los personajes (¿cuáles son los cambalaches de Lana Lee? ¿Será descubierta? ¿Logrará el negro Jones algo bueno en la vida? ¿Qué será de Levy Pants y de la familia Levy? ¿Qué será de la octogenaria señorita Trixie? ¿Y de Irene y sus amores a la vejez? ¿Y del patrullero Mancuso?...), y un indefinido “misterio” del tamaño de Ignatius: el mismo Ignatius: ¿dónde puede acabar una historia con tan mayúsculo lunático?

El autor crea todas esas dudas, pero necesita un motor para hacer avanzar la historia: ¿cuál? La ausente Myrna. Ignatius, para impresionarla, no deja de tramar revoluciones que han de hacer de él un líder histórico lo cual, en cierta medida, le da un aspecto quijotesco. Y es que algo tiene de quijotesco Ignatius: es un personaje estrafalario que se cree, de buena fe, superior moralmente al resto y que se cree llamado, a la vez, a salvar a las masas. Una diferencia hay, sin embargo: don Quijote odia el mal y defiende el bien; en la mente de Ignatius, sin embargo, el mal y el bien se confunden en su concepción de la estética.

Pero Ignatius es también un loco genial. No deja de decir un disparate detrás de otro, con solemnidad, entre eructo y eructo (o, mejor dicho, con “majestuosidad”, término muy utilizado y que muestra muy bien la concepción que de sí mismo tiene Ignatius). La cuestión es dónde conduce todo ese disparate, si no es a construir una farsa sobre las razones del ser humano. Y aquí cada personaje tiene las suyas, aunque todas puedan reconducirse al egoísmo. En realidad, la mayor duda es qué mueve a Ignatius, por qué ese interés en actuar siempre para superar/impresionar/rebatir a Myrna Minkoff. ¿Enamoramiento inconfesado? ¿Complejo? Algo de todo eso hay.

Los personajes, antológicos: en pocas novelas quedan tan completamente definidos por sus actos y sus palabras. Y no uno: todos.

Hay que leerla.



domingo, 15 de mayo de 2011

Maldito Karma - David Safier




          Maldito karma es una de esas novelas que justifican la afirmación de que nada tiene que ver la cifra de ventas con la calidad literaria. Maldito karma es a la literatura lo que al cine películas como “cariño, he encogido a los niños”. Es decir, divertimentos inocentones para pasar por caja. Nada que ver con el arte. 

          En consecuencia, se lee rápido y sin complicaciones; hasta el más tonto podrá comprender desde la primera a la última línea, pero aunque este libro pueda entretener y hasta hacer sonreír, jamás podrá apasionar, porque las sonrisas que arranca provienen del gag tonto, de la chorradilla, de los cabreos-pataleta de la protagonista y de sus maldiciones poco naturales que quieren pasar por ingeniosas. Pero es un humor sin crítica, sin mala leche, un humor simplón que no construye nada ni hace pensar a nadie, que no es una actitud ante la vida sino una burda actuación.

          El argumento –o más bien la excusa para vender- es el siguiente: una presentadora de televisión (lógicamente preocupadísima por su celulitis y otras maldiciones bíblicas similares que se supone que tienen que hacer mucha gracia al lector) llega a la cúspide de su profesión: recibe no sé qué premio y esa misma noche se cepilla a un presentador buenorro de la competencia (polvo, por supuesto, parecido a un terremoto). Luego, al salir a tomar el fresco y a reflexionar sobre las aguas que hace su matrimonio, le cae encima el lavabo de una estación espacial rusa (aquí hay que reírse), y hace lo que cualquiera en esos casos: se muere.

          Se muere y... resucita convertida en hormiga. Buda le explica que ha sido muy egoísta y que ha acumulado “mal karma”, así que ahora, si quiere ir “prosperando”, tendrá que ir acumulando “buen karma”. Y ella desea prosperar para poder influir de alguna manera en la suerte de su pobre hijita; más dudas tiene sobre su matrimonio, que tenía por finiquitado. Para que la hormiga-protagonista tenga excusa para sufrir y darse prisa en acumular buen karma para poder salirse con la suya, se la llevan los demonios (es un decir, porque Buda no tiene mucho que ver con los infiernos) cuando ve que una antigua amiga que le echó los tejos al marido ha reaparecido para consolar al ahora viudo, y amenaza también con suplantarla como madre.

          Para colmo de “risa” conoce a una hormiga que es nada menos que Casanova reencarnado (o, mejor dicho, una versión bobalicona de Casanova), y que a lo largo de la novela le va echando manos (o patas, más bien). Pues bueno, pues vale, pues me alegro.

          La protagonista, tras ser hormiga es conejo, lombriz, ardilla, vaca, perro y puede que alguna cosa más (ya no me acuerdo). Entre medio suceden cosas muy “graciosas” (conejos subiendo y bajando de un camión, gatos rasgando vestidos de novia y todas esas cosas que recuerdan a las malas comedias americanas que quieren hacer reír descalabrando a alguien por las escaleras o haciéndole caer un cubo de pintura en la cabeza), y al final, tras haber acumulado buen karma (cosa que se consigue de forma insultantemente simple), Buda le da la ocasión de reencarnarse en una señora gordísima que no es nada estética porque claro, los gordos, ya se sabe. Y qué gracia que una famosa presentadora de televisión sea una señora gordísima y sudorosa, y qué gracia que la infecta gordinflona pueda despertar algún tipo de sentimiento en el presentador buenorro y en el marido (no por ser gorda, claro, que los gordos no despiertan mas que compasión o asco, parece decir la novela, sino por lo que ven en sus ojos). En fin... Sin comentarios. 

          El desenlace (final feliz de peliculita ñoña) tiene tal nivelazo que Buda usa su propia tripa para que la protagonista vea en ella, como en un televisor, lo que ocurre en el mundo. En serio: lo digo porque es así, no porque me haya pimplado un litro de whisky sin respirar. 

          Así que nada, quien quiera vender unos cientos de miles de libros, que no se rompa la cabeza e imagine alguna divertida historia en la que un fulano ligón y guaperas en la cúspide de la fama se convierte a alguna de estas religiones que prometen un cielo lleno de chicas cariñosas. El sujeto en cuestión la diña tras derrumbársele encima la Torre de Pisa, y alcanza así un cielo donde su harén estará formado por... su esposa, sus tres ex esposas, y todos sus antiguos ligues y ligoteos, incluyendo un transexual con el que pasó una noche loca un día de borrachera. ¡Y a triunfar!



viernes, 13 de mayo de 2011

El lobo hombre - Boris Vian





Recopilación de cuentos inconexos que tienen en común la época en que fueron escritos (finales de los años 40) y la mezcla irónica de realidad y fantasía. Fantasía absurda, pero fantasía divertida, como cuando la campanilla del timbre muerde el dedo de uno de los personajes y el que viene detrás la mata de un tiro.

Usar de esta forma la fantasía, lo inverosímil, permite algunos finales duros, como si la “irrealidad” los dulcificara o los hiciera asumibles, y deja claro que hasta para soportar las cosas malas e inevitables necesitamos excusas. En estos cuentos, además, se mezcla la dureza con el humor, y el resultado de la contradicción no deja indiferente. ¿Pero cuál es el mayor mérito de Vian? Hacernos visibles desde el absurdo, reconocibles desde lo irreconocible, mostrarnos en el espejo la imagen deformada y que al verla digamos “¡andá, si soy yo!”, hacernos reír de nosotros mismos y, a veces, hacernos sentir pena de ser como somos.



martes, 10 de mayo de 2011

Dejádselo a Psmith - PG Wodehouse



          Magnífica novela, aunque difícil de clasificar. ¿Intriga? (intriga light, en todo caso) ¿O humor? Me inclino por lo segundo, advirtiendo que si el “humor inglés” tiene identidad propia, aquí puede encontrarse. De hecho, Wodehouse es uno de los más reputados escritores de novelas de humor. 

          El protagonista, un tipo que por dárselas de algo ha puesto una P muda ante su apellido (Smith), ha dejado el lucrativo negocio familiar de pescados en el que trabajaba y, sin dejar de dárselas de caballero inglés, ha comenzado a buscar trabajo. Lo que encuentra, sin embargo, es una chica que le hace tilín, y siguiéndola y aprovechando algunas circunstancias derivadas de su búsqueda de empleo se hace pasar por el poeta que iba a visitar el castillo de Blandings. Allí coincide con un tropel de gente que anda por el castillo con la sana intención de robar un famoso collar (cada uno con una finalidad diferente). Como digo, todo está muy relacionado, nada es independiente, y la trama, desde ese punto de vista, es muy buena. 

          Pero con ser todo tan enrevesado, no deja de ser una tramita inocentona, y es por eso por lo que toma protagonismo el humor. El humor con que el autor narra las cosas y, sobre todo, el existente en las pedantes peroratas, en la flema de Pmisth y en la caterva de personajes estrafalarios que desfilan a lo largo de la novela: desde el Lord dueño del castillo -obsesionado con la jardinería-, hasta el señorito tonto e inútil, pasando por el eficiente y desagradable gafotas que tienen al frente de la intendencia o por una peculiar pareja de ladrones, por no hablar del mismísimo Psmith. 

          Una novela divertida, entretenida y muy bien escrita.



lunes, 9 de mayo de 2011

La concesión del teléfono - Andrea Camilleri


          Vigàta, 1891. F. Genuardi, el único propietario de un ciclomotor, tiene otra idea extravagante: solicitar la instalación de una línea telefónica.

          A partir de ese instante la maraña de intereses personales del protagonista, su suegro, funcionarios, policía, carabineros, políticos, mafiosos y vecinos –todos pendientes de sí mismos y ninguno de cuál es su función- desencadena una serie de divertidos incidentes, equívocos y confusiones.

          Camilleri hace avanzar la historia alternando informes oficiales –algunos todo un ejemplo de humor- con escenas dialogadas que más de una vez mueven a la risa. Ironía y mala leche son constantes, y el nudo se enreda y desenreda para llegar a un final inesperado que nos explica, de paso, el principio, lo cual hace de La concesión del teléfono un ejemplo de cómo hay que hilvanar los enredos, y de cómo en la vida las intenciones ocultas pueden crear un mundo ficticio sustentando en un equívoco que puede acabar siendo más real que el mundo original.

          Estoy convencido de que el autor se divirtió de lo lindo escribiendo este libro. Se ríe de todo y de todos. Del ser humano en general, de sus mezquindades, de sus pequeñeces.

          Para reírse, para pasarlo bien -a pesar del regusto amargo que deja el final-, y para admirar cómo puede tejerse una novela.



sábado, 7 de mayo de 2011

Buenas tardes



Inauguro el blog con este artículo tan canijo, solo para dejar constancia de lo que me propongo: ir poniendo comentarios sobre libros (en especial de humor, pero habrá de todo tipo) y, también, todo aquello que pueda provocar una sonrisa, aunque sea de desesperación. ¿Seré capaz de conseguirlo? (Digo provocar sonrisas, no desesperación).