En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 18 de mayo de 2026

Un bien relativo - Teresa Cardona

 


Qué gran novela es «Un bien relativo», y eso que, contrariamente a lo que me exige mi religión, siendo la segunda de una saga la he leído sin haber leído la primera. Eso sí, el elogio requiere un matiz que luego haré.

Protagonizan el invento una pareja de guardias civiles: la teniente Karen Blecker, más o menos recién llegada de Alemania, donde parece haber dejado atrás un pasado emocional conflictivo, y el brigada Cano. Ella vive en Madrid, en un gran, céntrico y antiguo piso familiar, y él en San Lorenzo del Escorial, donde ambos están destinados. Esos son los escenarios de la novela. Uno, la capital, un inmenso almacén de vidas, trabajos e incomodidades camufladas con la idea de que, aunque todo sea igual y se haga en todas partes lo mismo, «hay mucho donde elegir». El otro, San Lorenzo del Escorial, presentado como un lugar donde llevar una existencia tranquila, donde uno puede encontrarse y reconocerse a sí mismo, disfrutar de los placeres que en la ciudad, que tanto tiempo exige para todo, solo se pueden consumir, y todo a la sombra del evocador, imponente y silencioso monasterio desde el que se dirigió el «imperio donde no se ponía el sol». Esta imagen idílica de San Lorenzo del Escorial ha exigido a Teresa Cardona omitir lo que cualquiera que vaya allí puede ver: la plaga de segundas residencias y urbanizaciones que ha transformado el ideal en una especie de centro de consumo de descanso.

¿Argumento?

Estamos en 2015. En un camino que conduce a paseantes y conductores a un restaurante situado en un alto aparece muerta una monja ya mayor. La mujer ha caído, su cocorota ha dado contra una piedra y se ha descalabrado. Pobrecilla. Además, da más rabia cuando muere alguien inofensivo, como suelen parecer las monjas, que cuando casca un mal bicho.

Todo apunta a un accidente, ¿verdad? Ningún asesino recurriría a un método que exige fuerza para empujar y, sobre todo, una puntería que ni Robin Hood; a ver quién es el guapo que practica el lanzamiento de monja de modo que la sor dé el calaverazo en la esquinita exacta de un aislado pedrusco en la cuneta. Complicado, ¿verdad? Sin embargo, Karen Blecker y Cano son beneméritamente perspicaces y, como tampoco es del todo normal que las monjas se descrismen de buenas a primeras en andurriales donde nada pintan, comienzan a husmear.

Durante la investigación, que como historia es más bien regularcilla, la pareja no pone los pies en el cuartelillo ni aunque se lo recete el médico, y entre ir y venir se les pasa el tiempo de forma pasmosa. Avanzan a paso de tortuga. La autora pone a procesionar a ambos con varias finalidades: la primera, obvia, hacer progresar la investigación; la segunda, dar a conocer a los personajes (es curioso que, pese a ser la segunda novela de la saga, ninguno parece saber nada del otro; tendré que leer la primera); la tercera, retratar San Lorenzo del Escorial como un oasis que incluye numerosos atractivos gastronómicos, que Madrid está hecho para los consumidores y la masa, no para los sibaritas y la gente selecta. He llamado regularcillo a todo esto. Este es el matiz al que antes me he referido. Pero es que «Un bien relativo» toma su título de una historia que transcurre de modo alterno, allá por 1980, que es «la historia» de esta obra. Y esa historia es buenísima.

A los años ochenta el lector viaja para conocer la vida de quienes nada tienen, ni la más mínima cultura, excepto sus manos para trabajar. Son dos las protagonistas: la primera es una mujer joven, cargada de hijos, que malvive de lo que saca trabajando como sirvienta por horas en casa de personas más que acomodadas; tiene un marido alcohólico y brutal del que solo puede esperar arbitrariedad y violencia. La segunda es su hija mayor, una niña de unos catorce años, trabajadora, brillante en los estudios, pero condenada a no poder demostrar su valía por el trabajo que debe asumir para sacar la familia adelante. Como además una de la cosas que más tristeza me produce en la vida es intentar ponerme en  el pellejo de aquellos que, sabiéndose tan inteligentes y capaces como el mejor, deben resignarse a la incultura y a la falta de oportunidades por carecer de medios económicos, el asunto me ha tocado el corazoncito de un modo que no os podéis imaginar.

Y aún me lo ha tocado más por el dramático tema que aborda: el robo de bebés que proliferó durante toda la dictadura y se mantuvo hasta los primeros años de la democracia. Robos que se amparaban en el  «bien relativo» para la moral dominante que suponía sacar a un niño de las garras de las miserias causadas por la dinámica del sistema para regalarlo a parejas bien asentadas en ese mismo sistema. En ocasiones los robos se hacían sin conocimiento de las madres, haciéndoles creer que sus hijos habían nacido muertos; en otras, se forzaba la entrega del niño con todo tipo de argumentos en favor del recién nacido que en realidad amparaban la ambición de los nuevos padres; a ninguno de quienes intervenían en ese repugnante proceso se le pasaba por la antesala del cerebro la posibilidad de ayudar a las verdaderas madres a hacer frente a la vida en compañía de sus hijos. 

    También uno se pregunta por la anestesia moral que produce estar en paz con el sistema porque en él tienes la vida resuelta, la anestesia moral de clase: ¿cómo esa gente bien, de modales educados, amables y atentos entre sí y con el servicio, que desempeñaban sus profesiones con normalidad, podían promover y beneficiarse del semejantes animaladas? ¿Cómo vivir toda la vida sabiendo que tu hijo lo es porque su verdadera madre era una mujer desamparada y tuviste generosidad para amparar al bebé pero no a la madre, a la que dejaste pudrir porque ni te planteaste ayudar? ¿Puede llamarse a eso generosidad

    Y, por último, uno se pasma ante otro tipo de anestesia moral: la de los intermediarios. Algunos se forraron comerciando con bebés, y ya sabemos que el hambre de dinero ha justificado las mayores salvajadas; pero otros, especialmente en el ámbito religioso (¡qué razón tenía el papa Francisco en estar contra el clericalismo, es decir, contra la posición de superioridad moral del clero!), ¿a través de qué clase de perversión argumental y moral podían justificar ponerse al servicio de las clases acomodadas robando niños a las clases bajas para hacer aún más desgraciados a quienes ya lo eran? Creían hacer un bien, sí, pero era «un bien relativo», el que da título a la obra, porque no tenían en cuenta a todos los implicados. Omitían los intereses y sentimientos de los implicados a los que más atención deberían haber dedicado: los pobres de solemnidad, aquellos a los que atendió Jesús de Nazareth.

La historia de los años 80 es magnífica. De las que se recuerdan. El trabajo estajanovista, la precariedad eterna, la total ausencia de expectativas y esperanzas, la angustia por lo que cualquier mínimo contratiempo puede suponer, la explotación por unos señores bien muy amables con las empleadas por las que no cotizaban un céntimo a la Seguridad Social, las mismas que quedaban en la miseria como se les ocurriera romperse un hueso o debían asumir días de penuria y renuncias si pillaban una gripe; qué supone eso para una niña que se ve obligada a renunciar a esperanzas de prosperidad fundadas en su talento y valía para sostener la miseria en los umbrales de la supervivencia. Toda esta historia está contada de un modo exquisito, realista, testimonial, sin sentimentalismos ni soflamas. La historia de personas que asumen un destino en el que no hay día sin decepción, y en el que un día sin un nuevo problema es un triunfo que solo provoca la alegría del alivio. Quien tiene dinero suficiente no es consciente de la inmensa angustia que se puede llegar a sufrir ante, por ejemplo, la necesidad de poner gafas a un hijo. Gafas que siempre serán las más baratas y también las más malas y las más feas porque, te queden como te queden, no podrás elegir. Eres feo porque eres pobre. Eres guapo porque eres rico. Imposible no sacar la conclusión de que no hay guapos y feos, sino ricos y pobres.

Ni que decir tiene que ambas historias, la de la benemérita investigación de 2015 y la que viene de 1980 acaban convergiendo y explicando lo sucedido.

O, bueno… Explicándolo, explicándolo… Teresa Cardona da al lector la posibilidad de elegir qué sucedió, si bien, tal y como ha retratado a sus personajes, creo que la mayoría de lectores coincidiremos en la interpretación del final. Un modo de conclusión brillante. Aunque admito que si tuviera ocasión de hablar con Teresa Cardona le preguntaría qué imaginó ella. Por si las moscas. A fin de cuentas, ¿cómo vas a exigir, a quien la vida le pasa por encima, que controle sus emociones todos y cada uno de los segundos de su existencia? Y basta un segundo para tantas cosas… 


martes, 27 de mayo de 2025

Sobre la losa – Fred Vargas

 


Serie Adamsberg, 11


En el hasta ahora último libro de la serie Adamsberg Fred Vargas ha metido la patita. ¿El motivo? Ha ido demasiado lejos en el intento de mezclar complejidades, misterios reales y fantasmagóricos. El resultado ha sido un empastre sin verosimilitud al que se ven los costurones como si en lugar de hilos hubiera usado tubos de neón.

Que nadie se haga ilusiones con la losa que, como sugiere la portada, es la de un dolmen. Su papel en la novela se limita a servir de colchón al comisario Adamsberg. Sobre él deja vagar la imaginación hasta que, en el reducido espacio de su mente, topa antes o después con el detallito que en ella había entrado sin llamar la atención.

La cosa comienza cuando en un pueblecito bretón aparece algún que otro señor apiolado, sin que se sepan los motivos. La cosa coincide con la «aparición auditiva» de no sé qué fantasma cojitranco que vaga por las calles. Pero si el asunto tiene enjundia es, agárrense ustedes, porque en el pueblecito vive un descendiente de Chateaubriand clavadito al célebre ancestro. ¿Y qué pasa por eso? Pues que, además de que el señor opera como una suerte de atractivo turístico, sería un desastre nacional que la gloria de Chateaubriand se viera salpicada por las andanzas del descendiente. En serio. No estoy pitorreándome: el honor de Francia está en juego si un señor al que hacen ganarse la vida como hombre anuncio en el culo del mundo durante veinticuatro horas al día -con el estado de ánimo consiguiente- resulta ser un delincuente. Ocurre que todo apunta a que el malo es este buen señor, el descendiente, pero como todos los investigadores son muy pitos advierten por aclamación que si todo señala tan claramente al Chateaubriand redivivo es porque alguien ha dispuesto las pistas apuntando a él. Luego el pobrecillo, aunque anda vivito y coleando, no es más que otra víctima. No he descubierto nada, claro: esto se cuenta en las primeras páginas.

Ya tenemos dos fantasmas. El cojo y el remedo de Chateaubriand.

Adamsberg y alguno de los suyos se instalan en el pueblecito y, como acostumbra, más o menos acampan en un restaurante del terruño donde en lugar de envenenar turistas as usual dan unas comilonas de aúpa. Selectas y por cuatro perras. El mesonero es un tipo de lo más colaborador e interviene en las discusiones sobre la investigación como uno más, intromisión marca de la casa Vargas.

El asesino de Sobre la losa no es un asesino normal, de los que asesinan sin más, vulgarmente, sin arte, como simples matarifes. El asesino de Sobre la losa, como tantas veces ocurre en la literatura y tan pocas en la realidad, comete asesinatos de autor. Es decir, con un ceremonial que algo debe de querer decir, ¿verdad? ¿Pero a quién? Tampoco hace falta ser muy espabilado para saber quiénes son los lectores de cadáveres, así que se diría que en la literatura los malos escriben cartas a los buenos en el pellejo de las víctimas, y que la escenografía opera al modo de disimulado pictograma para que el entretenimiento dure más que dejando la tarjeta de visita. En resumen, estos malos son gente tan idiota que desea ser pillada, aunque también tienen un algo juguetón.

Pero el caso es que, como verá quien lea esta historia, igual que se falsean correos electrónicos para que le entreguemos los cuartos a quienes dicen ser nuestro banco o la Dirección General de Tráfico, en esta novela, y esto al menos es relativamente original, hay quien falsea una de esas «cartas», con lo cual todo se lía aún más: junto a los fantasmitas aparecen otros malos que nada tienen que ver con ellos, y como Adamsberg es muy listo y les ve el plumero enseguida lo que ocurre, en perjuicio de la novela, es que en lugar de una investigación hay dos, porque en lugar de un caso hay dos; y joroba el texto porque ambas investigaciones no avanzan al alimón, de modo que lo que atrae al lector durante un montón de páginas de pronto queda en el limbo y ahí permanece durante otro buen manojo de papel.

Unamos a eso varias escenas (con Retancourt y Adamsberg de protagonistas) súbita e innecesariamente movidas, tan rápidas que no aportan tensión, tan violentas y aisladas que desconciertan y, al menos de la Violette, tan ajena a la trama que el resultado es un revoltijo que más parece una exhibición de situaciones inconexas que un relato sólido.

La forma, eso sí, no cambia. El lenguaje sigue siendo tan correcto y claro como siempre y la exposición del revoltijo es, paradójicamente, ordenada. Por supuesto, cada personaje sigue preso de las manías con las que el lector ya está encariñado (cómo no, si esta es la undécima novela de la saga), pero todo resulta repetitivo y pobre de espíritu, hasta el punto de tener que apartar del texto a secundarios reconocidos porque nada hay que hacer con ellos. Para colmo de males, estamos ante una de esas novelas en que la perspicacia del investigador se ve recompensada no con pruebas, sino con una confesión en plan «¡Vaya, me ha pillado usted!». Y es que los incriminados en las novelas nunca saben que, puestos a irse de rositas, calladitos están más guapos.

En resumen, que Fred Vargas ha tenido días mejores. 

Quizá, no sé, a sus ya 78 años le esté costando encontrar historias para una saga que supongo que mantiene más por razones monetarias que literarias, porque lo que no haya contado en cinco o seis libros difícilmente lo va contar en doce o trece. La primera novela de la saga se publicó en 1991, cuando Fred Vargas tenía 34 años. La segunda tardó 8. Después publico seis en poco más de una década. Las dos siguientes tardaron más, unos tres años de una a otra, y esta, la última, apareció seis después de la penúltima.

No sé qué haría yo si hubiera firmado una saga de tanto éxito. Pero, si no necesitara los dinerillos, probablemente decidiría dar o programar, al modo de Camilleri, un final digno a mi personaje. Y, sobre todo, no arrastrarlo. Ojalá que Adamsberg esté Sobre la losa no lo haya acercado a estar bajo ella. Pero no sé, no sé… 


jueves, 30 de enero de 2025

La península de las casas vacías – David Uclés

 


¡Vaya novela! En un mundillo, el literario, donde la inmensa mayoría de lo publicado se escribe siguiendo pautas comerciales es de agradecer la escritura artística, que es también la contundente, la que queda, la que hace grande la palabra «literatura».

El 21 de enero pasado David Uclés cumplió 35 años. La península de las casas vacías ha sido escrita, según he leído en algún sitio, a lo largo de un proceso más de una década. Tanta calidad con tanta juventud es infrecuente, y aún lo es más que ambas coincidan con la ambición. Lo digo porque esta novela es ambiciosa. Mucho. Y porque su autor ha salido airoso. Casi nada. Es algo excepcional.

Hace falta ser atrevido para acometer un proyecto que combina la Guerra Civil (un tema harto trillado, por lo traumático, en las últimas décadas), con frecuentes pinceladas de realismo mágico que entroncan el texto con lo mejor de la novela latinoamericana del siglo XX y, para redondear, hacerlo desde el unamuniano concepto de nivola. Cocinar tamaña pócima resultaría en un indigesto desastre para el común de los mortales, pero el talento de David Uclés le ha permitido ofrecer al lector un plato selecto.

Así que, a comer.

        Pero con tranquilidad. Paladeando.

El libro, como el autor ha dicho en algún sitio, no pretende ser neutral, pero sí objetivo. Se nota en muchos de los detalles históricos que jalonan el libro contados de modo más o menos cronológico. Se nota en las citas, en la breve aparición de personajes históricos, en la mención de situaciones, hechos, detalles… Todo significativo. Cosas que, lo confieso, no hubiera podido apreciar igual de no haber leído en los últimos años varios libros sobre esta época escritos por historiadores de prestigio (desde la biografía de Franco y El Holocausto español, ambas de Paul Preston, a varios de los interesantes libros de Julián Casanova o Eduardo Manzano).

Sobre la estructura aproximadamente temporal del transcurso de la guerra el autor superpone las vivencias de varias generaciones de una familia, trasunto de la suya. Mezclando ambas, con constantes excursiones a vivencias y peripecias ilustrativas del momento que nada tiene que ver con la familia protagonista pero sí con el contexto social e histórico, el resultado es la detallada evolución de la escabechina que la Guerra Civil supuso para la sociedad española, independientemente de que cada una de las víctimas vivas o muertas hubiera hecho algo reprochable o no, e independientemente, también, de que tuvieran opiniones políticas o no. La familia de Odisto representa a la sociedad despanzurrada por la guerra. A ver quién es el guapo que la recompone en menos de no sé cuántas décadas.

El papel del realismo mágico tiene bastante que ver con los presentimientos, y estos a su vez con las tradiciones, que a su vez se basan en la experiencia ancestral. Quiero decir, por ejemplo, que si hoy el mundo nos parece más negro que hace un tiempo ¿por qué no va uno a escribir que el 20 de enero de 2025 (ya podéis imaginar a qué acontecimiento me refiero) un manto de oscuridad cubrió los hielos de Groenlandia y Canadá entre gritos de angustia con acento latino? ¿O que ese marasmo cegador duró tantos años? Las cosas se ven venir, aunque no seamos conscientes; es decir, a menudo de lo que no nos avisa la razón (tan tonta y condicionada por la ceguera voluntaria o no o la falta de análisis) nos avisa la sensación, y el realismo mágico juega con las sensaciones para, a través de ellas, darnos las conclusiones a las que no hemos querido, podido o sabido llegar.

Las intervenciones del narrador dirigiéndose al lector o hablando sobre los personajes y las de esos mismos personajes refiriéndose al narrador acaban de dar el toque unamuniano a una obra que, por lo demás, es pródiga en detalles y guiños literarios siempre justificados y bien traídos, a menudo de la mano de escritores reales convertidos en personajes.

Termino. En expresión del propio autor el Macondo de esta historia es Jándula. Y Jándula es la localidad jienense de Quesada, de la que procede la familia de David Uclés. La guerra civil no transcurre en España, sino en Iberia (Portugal no deja de ser, se nos explica, una región más, la lusitana, con su propio idioma, al igual que otras en la península), todo lo cual aumenta el aura «mágica» porque todo está aquí sin estar aquí, todo es y no es a la vez. Se establece así una distancia emocional que sin duda le vendrá bien a la aceptación de la novela, porque ni la Guerra Civil ni sus consecuencias parecen superadas a día de hoy, contrariamente a lo que en los años noventa del pasado siglo previó Paul Preston al concluir su monumental biografía sobre Franco. Ha pasado medio siglo desde la muerte del dictador, pero sigue habiendo muchísima gente dispuesta a no saber para poder seguir atrincherada en una posición o contra otra.

Una gran, gran, gran novela con un trabajazo detrás de tal magnitud que no cabe exigir a ningún autor mayor muestra de respeto por el lector ni por su propia dignidad como escritor.


lunes, 29 de abril de 2024

Cuando sale la reclusa – Fred Vargas

 



Serie Adamsberg, 10


Una reclusa es una presa, pero también una mujer que se encerraba voluntariamente en un habitáculo tapiado en mitad del campo, de cuatro o cinco metros cuadrados, sin otra abertura que la necesaria para que quienes se apiadaban de ella le hicieran llegar agua y comida. ¿Para qué? Para expiar pecados, o para hacer penitencia, o... Allí vivía, en general poco tiempo, hasta que moría víctima de la más diligente de una amplia panoplia de desgracias.

Pero una reclusa es, también, un tipo de araña. La araña violín. Tan asquerosa o adorable como pueda serlo una araña del tamaño de una moneda de euro, de color pardo, con seis ojos, sus ocho patitas y algo venenosa. Su veneno necrosa los tejidos, así que puede fastidiarte bastante, pero su picadura no es mortal y rara vez ataca, porque es tímida y miedosa.

Mientras el comisario Adamsberg vuelve de Islandia para solventar de un inspirado plumazo un par de casillos de nada, uno de los cuales afecta a Froissy, una de sus subordinadas, surge la noticia en internet de que varias personas, todas ancianas, han muerto a consecuencia de picaduras de reclusas. Dado que el veneno de este bicho no es mortal, surgen las conjeturas: ¿será porque las víctimas eran ancianas? ¿O porque la arañeja ha mutado y es ahora más tóxica? ¿O por qué diablos? Dado lo predispuesto de medio mundo a tomarse en serio las hipótesis más estrafalarias, no faltan ideas.

Por lo que sea, al comisario Adamsberg se le mete en la cabeza que aquello debe ser investigado. Por supuesto, extraoficialmente, porque no hay denuncia ni nada que haga pensar en algo distinto a puñeteras picaduras. Vamos, que se sitúa a sí mismo en una posición tan complicada como si utilizara los recursos policiales para investigar el apareamiento de las mariposas. Es decir, anda con los dos pies en la malversación. La consecuencia es que una parte de la plantilla se opone, y Adamsberg debe pasar por el aro de dejarlos ir a su aire. Al frente del grupo opositor queda el comandante Danglard, con un espíritu tan crítico y ácido que parece toda una traición. ¿Cómo no va a tocar este abierto y duro enfrentamiento el corazoncito del lector, acostumbrado a que ambos personajes sean una especie de amigos íntimos?

Fiel a su idiosincrasia, Adamsberg no se deja llevar por datos ni por la lógica, sino por intuiciones extravagantes, corazonadas y recuerdos inconscientes. Las cuales le llevan a meter la nariz aquí o allá, hasta que encuentra algo que hacer o un hilo del que tirar. Fred Vargas juega con el lector haciéndole ver que el hilo conduce a una madeja de la cual, cuando aparece, resulta que sale otro hilo. Así consigue el efecto de ir provocando y saciando una y otra vez la curiosidad del lector. Muy típico de las novelas comerciales, pero hecho con pericia. La misma con la que consigue colar en la trama una recua de casualidades que relacionan a parte de la plantilla policial con el caso. La gran habilidad de Fred Vargas es crear este irreal puzzle de laboratorio de un modo que resulte verosímil.

Quienes haya leído los libros anteriores de la saga sin duda disfrutarán de Cuando sale la reclusa, porque, además del extraño caso concreto, que una vez más enlaza el presente con un pasado ya lejano, permitiendo reconstruir la azarosa vida de los figurantes de turno, una parte relevante de la gracia de esta novela es lucir las rarezas que hacen atractivos a los personajes recurrentes, y, a diferencia de lo hecho en otras entregas de la saga, en esta ocasión Fred Vargas ha repartido juego generosamente, regalando a esos excéntricos segundones más minutos de gloria de lo habitual. ¿Resultado? El lector, cuando no disfruta de la trama y su deriva, lo hace de los personajes como un entomólogo disfruta analizando sus insectos predilectos.

Una última advertencia: el par de casillos de nada al que antes he aludido no pinta nada en el desarrollo de la novela. ¿Por qué están ahí? De relleno. ¿Para qué? Quizá para que la historia no resulte muy escuálida, en términos de páginas, porque el librito en cuestión no deja de costar sus 21 euros. ¿Exigencia o recomendación editorial? No lo sé. En favor de Fred Vargas debo decir que el remiendo pasa fácilmente desapercibido, lo cual también tiene su ciencia.

Y, ya que he vuelto atrás, termino por el inicio: ¿a cuál de todas las reclusas posibles alude el título? Lo sabrá quien lea la novela.


lunes, 4 de marzo de 2024

El último barco – Domingo Villar

 


El último barco es una de las mejores novelas policíacas que he leído, y aún podría haber sido un poco mejor de haber tenido un final más acorde con el desarrollo de la obra y no algo peliculero. ¿Por qué es tan buena? Por lo minucioso de su desarrollo, lo que le da una enorme verosimilitud; por la forma en que desde la ignorancia se abre todo un abanico de hipótesis y sospechosos sobre los que el lector se va posicionando; por el modo en que, aupada en esa meticulosidad, aparece la información de un modo completamente natural aunque en realidad perfectamente planificado por el autor; por el papel protagonista de un entorno singular, como es del de Vigo y su ría; y porque del personaje principal, el inspector Leo Caldas, acabamos sabiendo todo sin que el autor deba contar nada: le basta con dejarlo hablar y actuar para que el lector acabe conociéndolo (y conviviendo con él, gracias al detallismo) con esa afortunada y poco frecuente naturalidad con que la vida pone en nuestro camino a los mejores y más discretos amigos. 

De mis palabras se deduce ya la elevada verosimilitud de la novela. Altísima, Y como, pese a algunos elementos claramente fuera de la realidad, la sensación de realismo es también intensa tanto en la trama como en los personajes, el efecto conjunto de realismo y verosimilitud es el que acabo de decir: integración completa del lector en la historia, hasta el punto de que la mirada del lector y del protagonista apenas se diferencian. No se sabe si el lector ve a través de los ojos de Leo Caldas, o Leo Caldas a través de los del lector.

En una reseña anterior de esta saga que la muerte de Domingo Villar ha dejado en trilogía, apunté que ya antes de haber leído a Villar lo consideraba «de los míos», en el sentido de que no había sido un escritor presto a pasar por caja tan pronto como el éxito y la popularidad se lo habían permitido, sino que había elegido ser esclavo de su perfeccionismo. De ahí el lapso de nueve años entre su segunda novela y la que ahora reseño y, también, el ir y venir del texto: el anuncio de su publicación, la cancelación del proyecto, y, tiempo después, su publicación definitiva. Todo sea por hacerlo mejor, siempre mejor. A la vista del resultado, es de agradecer tanto esfuerzo y queda claro que la literatura concebida como arte o reto intelectual tiene poco que ver con la literatura industrial o de entretenimiento. La evolución de Domingo Villar desde su primera y normalita novela hasta esta tercera es enorme, y se debe, sin duda, no al amor por conseguir lo máximo, sino por darlo.

En cuanto al argumento en sí, qué mérito tiene que en una novela negra o policíaca el lector sea vea arrastrado durante centenares de páginas sin saber, si quiera, si ha habido un crimen.

Porque lo que ha habido en esta novela no es un crimen, sino una desaparición que bien puede haber sido voluntaria, y en la que la policía, Caldas y su ayudante, debe meter la nariz porque el padre de la desaparecida tiene un gran ascendiente sobre el comisario. Y ahí tenemos al dúo un tanto quijotesco de Leo Caldas y el aragonés Estévez, sin que sepamos cuál de los dos es más quijote: si el ayudante irreflexivo que confía ingenuamente en la efectividad del palo, o el inspector poco dado a lo intuitivo y estrictamente fiel al procedimiento. 

Poco más voy a añadir sobre el argumento: Leo Caldas intenta reconstruir primero los pasos y luego la vida de la desaparecida, intentando hacer luz sobre su paradero, y todo ello ocurre en un entorno descrito de forma maravillosa, pero no inocente: cuando Villar menciona algo, es por algo. Y no voy a decir más.

          También llamativo, como en las dos anteriores novelas, es el papel de la geografía: desde Vigo se puede contemplar todo el escenario del que parte la historia, y desde cualquier punto de este escenario se puede contemplar el lugar donde supuestamente continuó y es investigada. Tiene algo de simbólico este mirarse frente a frente.

Pero lo mejor es, sin duda, el amor del autor por el detalle, porque el lector no se pierda ni un minuto de la vida del protagonista y del desarrollo del caso, ni una gestión, ni una actuación, ni un dato, logrando que las dudas y emociones del personaje y del lector corran parejas de un modo magistral. El lector se deja llevar por la acción, que transcurre a ritmo constante, pero con efectos acumulativos, y en ningún momento se ve interrumpido por las frecuentísimas admoniciones y filosofadas de andar por casa que pueblan otras novelas de este género, lo cual no impide que El último barco sea una novela profunda. Lo es gracias a que la exposición de los hechos exige un ejercicio intelectual para hilar cabos y hacer y refutar hipótesis; es decir, valorar conductas humanas; la profundidad así lograda es mucho mayor que en todas esas obrillas a las que he aludido, que lo fían todo a las monsergas sabihondas de sus personajes desencantados.

En resumen, una gran novela en todos los sentidos: hasta en longitud (y peso, ¡más de un kilo la edición de Siruela). Pero 707 páginas son pocas cuando se disfruta como yo lo he hecho.

Un penúltimo comentario que no me resisto a hacer: el modo en que te absorbe la lectura es tal que te olvidas por completo de la primera página. Cuando, al final del libro, vuelves a ella, te das cuenta del modo en que Domingo Villar ha estado jugando contigo: ¡desde la primera línea había dado una clara ventaja al lector sobre Leo Caldas y, sin embargo, el personaje ha ganado la partida!

La gran pena, es inevitable reconocerlo, es el vacío que deja la pronta e inesperada muerte de Domingo Villar. Lees esta novela y, de tan real como la has vivido, sientes asombro e incredulidad ante la idea de no volver a estar con Leo Caldas por Vigo y sus alrededores. La triste incredulidad que sufren los amigos y familiares cuando alguien muere joven e inesperadamente, como fue el caso de Domingo Villar, es también la incredulidad de quienes no lo conocimos, pero hemos llegado a vivir intensamente la historia de un personaje que, con su autor, ha muerto inesperadamente para el mundo literario. Así que aquí estoy, sumido en esa incredulidad y en el confuso vacío de la ausencia imprevista e irremediable de un personaje que ha resultado apasionante y de un autor al que he conocido y admirado después de su muerte hasta tal punto que la lamento sobre todo porque ya no tendré la ocasión de admirarlo aún más. Viendo su evolución, ¿hasta dónde hubiera sido capaz de crecer? Tras esta novela, Domingo Villar nos dejó huérfanos de admiración.


sábado, 16 de diciembre de 2023

Manifiesto por la lectura - Irene Vallejo

 


          En algún lugar leí que para apreciar el valor artístico de un cuadro no hace falta saber nada de técnica pictórica, ni de historia de la pintura, ni de nada. Basta con abandonarte a su contemplación con el único y sosegado ánimo de dejar fluir sentimientos y emociones. La intensidad del flujo te dirá si lo que tienes enfrente es arte o solo algo que, en el mejor de los casos, aspira a la perfección técnica.

          Me pareció una idea cierta y maravillosa, y me lo siguió pareciendo tras preguntarme si mi entusiasmo no se debería a que me permitía sortear mi propia ignorancia. Pero lo cierto es que no: mi ignorancia sigue ahí, pero esa idea me permite disfrutar más y mejor de muchas cosas y minimizar el resquemor de pasar otras por alto.

          Cuento esto porque lo fundamental de este Manifiesto por la lectura, redactado por Irene Vallejo a petición, en febrero de 2020, de la Federación de Gremios de Editores de España para pedir un «Pacto de Estado por la lectura y el libro», es lo que te hace sentir.

          Las emociones que provoca este breve texto, que se lee en un ratito, son de enorme intensidad, al menos si quien lo lee es, como yo, un lector habitual. Las palabras de Irene Vallejo te hacen tomar conciencia de que llevas toda tu vida siendo una parte diminuta pero necesaria del todo ancestral del que forman parte los seres humanos de todos los tiempos y al que se incorporarán los futuros. Te hace sentir que tanto la escritura como la lectura, esas actividades que tantas veces asociamos a la soledad, porque se escribe y se lee en solitario, son en realidad el mayor nexo de unión entre personas, generaciones y épocas. 

          Somos, intelectualmente, resultado de todo lo que se ha hablado, escrito y leído. Todo texto es comunicación, lenguaje, y, por tanto, forma parte de lo que ha permitido al ser humano diferenciarse de otras especies, nos cuenta la autora. Habla de la capacidad para compartir ideas profundas a través del lenguaje. La lectura es el modo en que nos comunicamos con los seres humanos del presente y del pasado, como la escritura es la forma en que nos dirigimos a nuestros coetáneos y a quienes vivirán en el futuro fuera de nuestro alcance; la palabra escrita es, también, el modo de trasmitir las ideas más prolijas, de explicar y analizar con detalle nuestros miedos, ansias, aciertos, errores y esperanzas. Leer este manifiesto sirve para advertirlo y comprenderlo.

          Vuelvo al principio: todo lo que Irene Vallejo cuenta a través de estas páginas lo transmite directamente al corazón del lector. Sus palabras, más que saberlas o recordarlas, las sientes. Por eso este pequeño librito es, también, una obra arte. Una obra pequeña en su dimensión, pero tan grande como la sienta el lector.





domingo, 19 de noviembre de 2023

Tiempos de hielo – Fred Vargas

 



Serie Adamsberg, 9


Hace ya varias entregas que Fred Vargas dirigió los pasos de Adamsberg por casos que parecen lindar con lo sobrenatural, aunque al final la lógica se imponga. En el caso de Tiempos de hielo no es exactamente así, pero tampoco puede decirse que se haya echado en brazos del realismo.

Diversas damas y caballeros aparecen muertos en lo que parecen simples suicidios. Sin embargo, la diosa Chiripa permite averiguar que algo tienen en común: son asesinatos de autor, pues en todos los escenarios aparece cierto simbolito.

A partir de aquí, el protagonista abre dos vertientes de investigación: una tiene que ver con un antiguo viaje a Islandia, en el que un grupito de turistas cometió la imprudencia de acercarse a un islote donde no crecía ni un solo hierbajo que echarse a la boca, situado muy cerca de la costa, y en él quedaron atrapados durante semanas por culpa de la niebla más densa que quepa imaginar, con el sofocón consiguiente y algunos otros asuntillos que dejarían helado a más e uno, y quizá de ahí venga el título, aunque tiempo de hielo también fue el tiempo del Terror, el de la otra vertiente de la investigación, la que tiene por protagonista nada menos que a Robespierre, y no porque don Maximilien haya tenido a bien resucitar con la cabeza bajo el brazo, sino porque la trama alcanza a un gigantesco grupo de recreacionistas de la época de la Revolución Francesa que, si fueran cuadrúpedos, andarían con un pie en la historia, otro en la diversión, el tercero en el teatro y el último en el manicomio. Obviamente, todo lo que tiene que ver con la historia es terreno abonado para el interés y el lucimiento del comandante Danglard, ese alcohólico erudito que a medida que pasan las novelas es más de las dos cosas.

La trama es, pues, lo bastante fantasiosa y atractiva como para resultar interesante, aunque aquí acaban las virtudes. La trama avanza gracias a un recurso muy manido (la reiteración de crímenes que permite atar cabos gracias a puntos en común y despistes del asesino en serie) y, por otra parte, hay algo que no me ha convencido: hay un intento, que no cuaja, de dar algún papel que otro a toda la tropa que depende del Comisario, cuando la trama apenas da para el lucimiento de dos o tres personajes adicionales. El resultado es que algunos de los más desdibujados quedan más difusos aún.

Por lo demás, el lector de la saga encontrará al Adamsberg de siempre: un tipo cuyo trabajo consiste en pasear a ver qué se le ocurre o, mejor dicho, qué siente. Un tipo cuyas corazonadas aciertan siempre saltándose toda la lógica derivada de los hechos constatados. Pero claro, los detalles son importantes en las novelas de salón, y esta, como el esto de la saga, lo es aunque no haya salón. Ni versallesco ni ningún otro.






jueves, 19 de enero de 2023

El Ejército Furioso – Fred Vargas

 



Serie Adamsberg, 8


Empiezo a pensar si la estrambótica brigada Anne Capestan, de Sophie Hénaff (dos novelas que me gustaron mucho y que están reseñadas en el blog) no se habrá inspirado en parte en la extravagante brigada que el comisario Adamsberg ha ido formando en las dos o tres últimas novelas de la saga que he leído y que fueron publicadas bastante antes: junto al comisario, cuyo método de investigación consiste, básicamente, en pasear pensando en las musarañas y en olvidarse del caso mientras se fija en cada mosca que pasa, tiene a su número dos, el comandante Danglard, un policía alcohólico con cinco hijos y con una cultura enorme, erudita; a un teniente antiguo rival de juventud en el Bearn, también siempre dispuesto a saltarse las normas siguiendo unas inspiraciones tan espirituales e intuitivas que no desmerecen a las de su jefe, un tipo con mechas rojizas naturales que, además, declama versos a todas horas; sigue la versátil e imponente figura de Violette Retancourt, tan próxima a una gigante estoica y todopoderosa; añadamos la agente que acumula comida por todas partes, el que se sabe las preferencias de todos a la hora de comer, el que se queda dormido a todas horas y en todas partes… En fin, una banda de lunáticos capaces de todo eso y de acoger gatos en la comisaría, esconder bebidas, habilitar dormitorios delante de una máquina de café… ¿Por qué no, si al fin y al cabo su jefe tiene una cornamenta de ciervo en el suelo del despacho procedente de uno de los últimos casos, en Normandía?

          Y allí es donde vuelve la acción, porque el Ejército Furioso al que alude el título es un fantasmal ejército compuesto por guerreros mutilados y medio despellejados que, según una ya milenaria leyenda local, puede ser visto por las noches por cierto camino llevando consigo a varios prisioneros, gente de la zona que en realidad está durmiendo a pierna suelta en su casa, pero que, por el hecho de haber sido vistos con el ejército, se saben condenados a muerte. Estos prisioneros, además, suele ser lo mejorcito de cada casa. Vamos, que el ejército, además de furioso es justiciero.

Y ocurren dos cosas: la primera, que cierta joven dama de pecho opulento y tentador y perteneciente a una familia desarrapada y medio pirada ha visto al ejército, y que uno de los prisioneros vislumbrados ha sido luego hallado muerto. ¿Suicidado o asesinado? El capitoste policial del lugar, un tipo también rarico, con ínfulas de mariscal de campo napoleónico, piensa en lo primero. Adamsberg no pinta nada en este asunto, pero la vela en el entierro se la da la madre de la dama presentándose en París para contar la película. Una película tan extraña que no puede dejar de atraer una mente como la del comisario.

La segunda es que mientras tanto, en París, alguien ha achicharrado un lujoso coche con un anciano potentado dentro. Un tipo tan bien relacionado con las altísimas esferas que la cabeza Adamsberg puede caer en cualquier momento si no soluciona el caso de inmediato y detiene al principal sospechoso: un pirómano, un chispas aún joven, pero ya viejo conocido de la policía, que a ojos o a las sospechas de muchos parece beneficiarse de las intuiciones (o locuras) del comisario.

Para complicar aún más el asunto Adamsberg quiere averiguar quién ha sido el malnacido que ha puesto la trampa para palomas en la que ha caído la que han rescatado en la acera, frente a la comisaría. Adamsberg ha acogido en su casa al palomo, y el maltrecho animalico también le acompañará a Normandía. Al comisario y a su hijo recién descubierto en la novela anterior; un personaje en gran medida parecido a su padre.

Ni que decir tiene –para esto está la literatura- que Adamsberg encuentra el modo de encargarse del primer caso, de culebrear en el segundo para que no le pase nada pese a los riesgos que asume y que, además, el azar le planta en las narices a alguien que algo puede decir de ambos casos. Todo muy fantasioso, pero, aunque monumentalmente irreal, con la verosimilitud necesaria para hacer disfrutar de la literatura.

Esta novela, marca de la casa Fred Vargas, se disfruta, pese a que continúa por el camino de introducir en el planteamiento elementos supuestamente sobrenaturales que presentan cierto atractivo para el lector, amén de la deriva del protagonista hacia una extravagancia cada vez más clamorosa.

La única objeción que le pongo es que para entender la novela en plenitud es necesario haber leído en orden todas las anteriores, especialmente las dos o tres precedentes. Y, a ser posible, que no transcurra mucho tiempo entre esas lecturas, para no olvidar los principales detalles y las circunstancias de los personajes que se van incorporando al show.


lunes, 19 de diciembre de 2022

La Casa del Espíritu Dorado – Diane Wei Liang

 



(Trilogía negra de Pekín, 3)


La Trilogía negra de Pekín está formada por El ojo de jade, Mariposas para los muertos y La Casa del Espíritu Dorado. Leí El ojo de jade en muy mal momento: es la novela que llevaba entre manos cuando llegó el confinamiento en 2020, lo cual, con toda la incertidumbre personal y el carajal laboral al que hubo que hacer frente, hizo que no estuviera muy centrado en su lectura y que, en consecuencia, no me gustara mucho. Por este motivo, pensando que no había sido justo con la novela, decidí leer la segunda, Mariposas para los muertos, pero me encontré con que la apreciación de la primera sí había sido correcta, al menos desde mi punto de vista, pues no encontré nada que permitiera mejorar la experiencia. Y entonces, os preguntaréis, ¿por qué he sido tan tonto de leer la tercera? Pues porque, cuadriculado que es uno, siendo una trilogía me dio por terminarla un día en que no tenía nada claro qué otro libro comenzar.

No me arrepiento, porque aunque La Casa del Espíritu Dorado tampoco es un novelón, al menos sí es la mejor de las tres que forman la trilogía.

La autora ha decidido, esta vez, que las tribulaciones personajes de la protagonista y su familia deben quedar a un lado (lo que hace preguntarse por qué les dedicó tantas páginas en las novelas anteriores), logrando así que La Casa del Espíritu Dorado sea una novela autónoma más que el colofón de una trilogía (suena extraño decir algo así como mérito, pero así me lo parece en esta ocasión). Además, aunque la mayoría de los personajes siguen siendo planos es un acierto la inclusión del menos plano de todos: el inspector de policía que ya salió en la segunda novela. Pero, sobre todo, lo que se agradece es que la trama es algo más clara y trabajada que en las dos novelas precedentes, hasta el punto de que se puede seguir la acción con cierta lógica sin que las situaciones convenientes se epifanicen como por arte de magia.

Una acción que es, dicho sea de paso, un tanto facilona, porque otra vez cuántas cosas se arreglan con seguimientos que detectaría cualquier hijo de vecino.

Como ocurría en las dos primeras novelas, lo mejor es el trasfondo: el Pekín que no conocemos, donde ser detective privado es ilegal y donde el poder controla casi todo. La trama, pues bueno, no es para tirar cohetes: un abogado guapetón contrata a Mei, la protagonista, para investigar a un intermediario al que unos empresarios de fuera de Pekín han entregado ya mucho dinero –sin resultados- para la promoción de un producto -dejémoslo en «homeopático»- para curar «corazones rotos». No es el único que investiga al caballero, y el otro investigador aparece hecho fosfatina no se sabe muy bien si por los méritos del investigado o por los de sus contactos rusos, hecho que sirve –con poca gracia, dicho sea de paso- para que el poder interfiera sin llegar a ser más que una presencia.

El argumento discurre de un modo facilón, lo cual unido a lo ya dicho sobre los personajes hace que la novela no vaya a provocar, sospecho, grandes festejos entre sus lectores. Lo más interesante, repito, el trasfondo social, en el que no se profundiza demasiado pero en el que se pueden ver bastantes cosas interesantes y sorprendentes para los occidentales.




lunes, 5 de diciembre de 2022

El último caso de Philip Trent – E. C. Bentley

 


El primer caso de Philip Trent que he leído ha sido El último caso de Philip Trent, juego de palabras con el que solo quiero decir que hay algún libro más con el mismo protagonista, aunque por lo que he husmeado no todos han sido traducidos.

La publicidad del libro pone en boca de Agatha Christie que se trata de «Una de las tres mejores novelas de detectives jamás escritas»¸ y en la de Fernando Savater y Dorothy L. Sayers que es una obra maestra. Lo cierto es que, publicada en 1913, lleva ya 109 años dando guerra. Algo querrá decir.

No sé si es cosa del autor o de la traducción, pero a mí me ha gustado mucho más la trama, por lo original, retorcida y compleja, que el modo de contarla (algo deslavazado): Un magnate norteamericano aparece muerto de un disparo en el exterior de su casa en la campiña inglesa. Philip Trent es un pintor joven y desenvuelto que ha alcanzado cierta fama como detective capaz de triunfar donde la policía ya no alcanza, por lo que es reclamado para meter la nariz en el asunto. A partir de ahí nos topamos con una novela negra de salón, donde las circunstancias y los pocos datos existentes solo toman sentido cuando los interpreta alguien muy lúcido, como es el caso de Trent.

Buena parte de la novela sirve para mostrar al lector el planteamiento de la situación, para que conozca a los personajes, pueda hacer sus propias elucubraciones acerca de la viuda, el personal, los amigos… y establecer sus propias sospechas, como una especie de acertijo en el que el protagonista se limita a ir moviendo las fichas más lógicas hasta llegar a un movimiento tras el que el lector y él pueden decir con cierta frustración: «Y ahora, ¿qué?».

La respuesta es el desenlace.

Lo mejor, como digo, es la trama y su originalidad. Si casi siempre la pregunta es el «quién», aquí no se puede saber sin el «por qué», y las respuestas a las dos cuestiones son tan asombrosas que bien merece la pena leer esta novela, cuyo final hace reflexionar, con cierto espanto, sobre el orgullo.

Al parecer, la novela y Philip Trent nacieron impulsados por el deseo de dar en las narices a Sherlock Holmes, el personaje de Conan Doyle cuya infalibilidad debió de poner de los nervios a Edmund Clarihew Bentley. Con esta obra Bentley quiso demostrar que es posible crear tramas brillantes con desenlaces audaces e inesperados usando un personaje que no solo mete la pata, sino que es capaz de tomarse a broma sus errores y de resignarse ante sus fracasos.




lunes, 4 de julio de 2022

Un lugar incierto – Fred Vargas

 



Serie Adamsberg, 7


Quizá recuerde mal los primeros libros de la saga, pero tengo la sensación de que cada nueva historia del comisario Adamsberg da un pasito más allá de los lindes del realismo sin acabar de agarrarse demasiado bien al asidero de la verosimilitud. El resultado, al menos de esta obra y la anterior, son novelas negras más emparentadas con el misterio o la fantasía que con el género negro en sentido estricto.

Digo esto porque la historia se apoya tanto en elementos más o menos vinculados al misterio como a una prodigiosa chiripa que enlaza con la fábula. Y es que, ¿quién no ignora tener un hijo? ¿Y a quién ese hijo desconocido no se le da a conocer como asesino en serie aprovechando una historia de vampiros que viene de tres siglos atrás?

Son cosillas que pasan en la literatura, y que son de agradecer porque para encontrar realismo basta levantar la mirada de cualquier libro, pero conviene advertirlo porque la saga ha evolucionado hasta este punto y quizá no es lo que esperan algunos lectores.

De resultas, el interés se desplaza de la investigación policial o los aspectos humanos de la vida del comisario al modo en que en el mundo real se va componiendo como un puzzle cuyas piezas parecen provenir de lo irreal.

Al final, lógicamente, como Fred Vargas quiere seguir siendo fiel a un comisario que necesita de la realidad, todos los elementos «sobrenaturales» provienen, como en la novela anterior, de la fantasía y credulidad de las personas. A fin de cuentas, no hay nada más real que la estupidez y la superstición. Aunque previsible, no evita el tono que he dicho en los párrafos anteriores.

Con estos mimbres, la novela comienza con un paseo de Adamsberg por el Reino Unido donde, mire usted por dónde, tropieza con diecisiete pies sueltos, con lo que eso supone para la salud de sus propietarios. Su localización en el extranjero no permite presagiar que el comisario tenga que ocuparse del caso, lo que no ocurre con otro suceso, aparentemente no relacionado, con el que se topa a su regreso a París: un buen señor, jubilado y un tanto misterioso, ha sido reducido a picadillo hasta tal punto que, literalmente, han tenido que recogerlo con espátula.

Cómo se relacionan entre sí estas escabechinas, cómo se vinculan al mundo de los vampiros, de dónde y por qué salen familiares de debajo de las piedras y el colofón de cómo en un momento extremo es superado gracias a la aparición estelar y cuasi milagrosa de un viejo personaje lo sabrán quienes lean esta novela a un tiempo increíble y entretenida.

Lo mejor, el tono tranquilo y resignado con el que comisario afronta hasta los hechos más inverosímiles, tono que es la marca de la casa, tono que fundamenta el modo de ser de Adamsberg (o al revés) haciendo de él un policía que acaba resolviendo los casos no por investigación sino combinando el arte de la espera con la inspiración (y, en este caso y como ya he dicho, con la inaudita chiripa).






lunes, 13 de septiembre de 2021

Los amores difíciles – Italo Calvino

 

 

                Los amores difíciles no se cuentan entre las grandes obras de Calvino, lo cual no quiere decir que no merezca la pena leer este libro con un conjunto de relatos dividido en dos partes. La primera, titulada Los amores difíciles, contiene trece relatos breves donde los problemas en torno al establecimiento de la comunicación es lo esencial. La segunda, La vida difícil, contiene dos relatos que poco tienen que ver con los anteriores, aparte de implicar una «vida difícil» en convivencia; uno de ellos puede resultar particularmente asquerosete para algunas personas.

                La calidad salta a la vista por el rigor y eficacia con que se usa en lenguaje y la claridad de la exposición, sin titubeos, paja, ni saltos al vacío. Pero la intensa corrección formal no es lo que más llama la atención. La clave, aquello por lo que el lector recordará esta obra, es el nexo de unión entre los relatos: las dificultades de comunicación, la dificultad, a veces la imposibilidad, de tender puentes en el amor, bien para iniciar una relación, bien para mantenerla. En muchos de los relatos dos partes parecen dispuestas a encontrarse, pero son incapaces de hacerlo. Otras uno cree estar acercándose, pero equivoca el camino o, simplemente, la interpretación de la voluntad del otro. ¿Por qué? Eso es lo que el lector debe averiguar reflexionando sobre cada historia. A veces hay errores en la interpretación de las señales; a veces lo que falla son los tiempos; en otras parece existir una especie de «miedo o pereza de fondo» que hace dar un paso atrás en el momento clave, como si lo interesante no fuera llegar sino comprobar si uno es capaz de hacerlo.

                Una lectura para ratos perdidos que, aunque me ha gustado, seguramente lo hubiera hecho más de haber podido realizarla en momentos más favorables.



jueves, 29 de abril de 2021

Mariposas para los muertos – Diane Wei Liang

 



(Trilogía negra de Pekín, 2)

 

                El ojo de jade, primera novela de la trilogía, no me gustó demasiado, pero tuve la sensación de que la lectura había sido víctima colateral de la pandemia del covid-19, porque es la novela que estaba leyendo cuando comenzó el confinamiento en marzo de 2020. Que el virus y la novela vinieran a la vez y de China igual no era la asociación de ideas más estimulante en unos días en que mi mente no estaba precisamente en la literatura, sino, como la de todo el mundo, en los problemas personales y profesionales que la situación imponía.

                Mariposas para los muertos la he leído casi un año después, quince día arriba o abajo, y me ha servido para saber que la sensación de que la primera novela había sido víctima de las circunstancias era errónea: aquella primera novela no me gustó por las mismas razones por las que la segunda tampoco me ha chiflado: una acción algo entrecortada, con idas y venidas y encajes de piezas demasiado fáciles, demasiado sencillos, como si para encontrar una aguja en un pajar bastara pasear unos minutos entre la paja y enseguida la aguja saliera ella solita a saludarte. Eso, respecto a la trama. Respecto a los personajes, casi todos grises, planos y más de uno estereotipado. Y respecto al entorno, que quizá podría ser lo más atractivo, el Pekín de hace un par de décadas tampoco es que aparezca muy definido, más allá de la constante mención a la ilegalidad de las tareas de investigación privada -que por eso se camuflan-, y al omnipresente poder de la dictadura, que aplastando tiempo atrás la revuelta de Tian´anmen ha provocado dos cosas: que la protagonista, Mei, todavía no haya superado estar en aquella ocasión en el bando equivocado (esto es, de parte del Gobierno para el que trabajaba en el departamento de seguridad) y, por otra, que cierto pueblerino encandilado con aquella reclamación de libertad diera con sus huesos en la cárcel durante un porrón de años.

                ¿Qué más sucede? Pues que Mei es contratada por un mandamás de la industria musical para localizar a una joven estrella musical: Lin. No hace falta ser muy avispado para comprender que las dos historias se entrecruzarán conforme Mei pasee de un sitio a otro atando todos los cabos que el viento, siempre favorable, pone en su camino. Y como el camino es tan sencillo, lo «complicado» es el final: es el que es como podía haber sido cualquier otro, porque el planteamiento ofrecía múltiples soluciones.

                Los dilemas familiares de Mei son mencionados para que el lector no los olvide, pero si forman una historia que ha de evolucionar a lo largo de la trilogía, aquí permanecen como estaban. Poco aportan. O más bien nada.

                En resumen, ahora tengo un dilema: leer la última novela de la trilogía, ya que he llegado hasta aquí, a ver si entre las tres hacen más luz que por separado, u olvidarme de ella. Ya veremos.


lunes, 8 de febrero de 2021

Cómo robar un banco suizo – Andrea Fazioli

 


 

              El título, que parece el de un manual de instrucciones, es lo mejor de esta novela, porque tiene el atractivo de invitar al lector a compartir con los personajes la aventura de un robo en un entorno casi mítico. Es lo más emocionante. Sin embargo, la novela es fast food literario y, lo que es peor, bastante mal cocinado; mira que hace siglos que apenas veo películas, pero, como en tantas otras novelas escritas para vender y solo para eso, no me cuesta identificar, una vez más, un montón de lugares comunes de todas esas peliculejas clónicas que durante años poblaron las televisiones.

              Argumento:

Un señor que en su día fue un as del birle está apaciblemente retirado de la delincuencia y entregado a la jardinería, con sus margaritas, sus petunias, sus bichitos y sus cosas, pero, ¿os suena?, hete aquí que debe retornar a los escenarios presionado por un tipo malísimo con el que la hija del «jardinero», una cabeza de chorlito, se ha metido en líos. ¿Y qué debe hacer la figura del birle? Usar su sapiencia, habilidad y experiencia para robar un banco suizo sin que nadie se manche las manos y, luego, entregar la guita al malvado.

Lo de las manos es importante por aquello del crimen perfecto, que a nadie le apetece que lo trinquen, y porque, claro, el as del birle es un caballero o, dicho de otro modo, fue un chorizo sofisticado, que ni usaba pistolas, ni apiolaba al personal, ni amenazaba ni nada. No un bruto tosco y rudo, sino un elegante orfebre del choriceo. Aunque, eso sí, el pobrecico se había llevado el disgusto de pasar por la trena, así que ojo, lector, porque como nos enseñó Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto.

              El as del birle no está por la labor de reeditar viejos éxitos, porque podar setos es muy relajante y porque, siendo el protagonista, le añade un toque buenecillo para caer bien (si es que ser víctima de un chantaje no le ha bastado al lector para solidarizarse) pero, por desgracia para el buen señor, a pesar de intentarlo no consigue solucionar el desaguisado de su hija de otra manera que cediendo al chantaje del malvado (no descubro nada porque, si no, obviamente, se hubiera terminado el libro enseguida).

              ¿Qué decir de los secundarios? Todos, desde la hija hasta el alocado, osado e ingenuo tipejo que contacta con ella para comenzar el estropicio y los voluntarios inexpertos que el pitísimo tío recluta se incorporan a la aventura como quien se apunta a dar una caminata con los amigos por el Monasterio de Piedra, creando al lector una apabullante sensación de historia sosa y ñoña. «¿Te apetecen unas croquetas?» «¡Claro!» «¿Y luego atracamos un banco?» «¡Pues cojonudo!» Sin duda el autor es consciente de la avería, porque durante el resto de la novela no deja de repetir que esa buena gente se había apuntado a la fiesta como quien se apunta a una fiesta, y luego, claro, lo de las orejas y el lobo. En fin…

              Entre los reclutados figura un insulso detective privado que, al parecer, protagoniza la saga de novelas de la que ésta forma parte. Aquí, protagonizar no protagoniza nada, solo hace unas cuantas cosillas, echa un cable relevante (¿será eso el protagonismo?) y además se dedica a estar muy disgustado por verse envuelto en semejante fregado.

              A todo esto, el lector puede asistir al secuestro más pintoresco que recuerdo: los secuestrados salen a pasear por la calle y todo, lo cual refuerza esa sensación de poco currelo, porque narrar de verdad las sensaciones de un secuestrado, lo mismo que las de la gente normal que se embarca en la comisión de delitos premeditados exige un trabajo que a Andrea Fazioli ni se le ha pasado por la cabeza intentar. ¿No os suenan también los personajes ingenuos que, llegado el momento de la verdad, se pasman unos y sacan la vena heroica otros? Pues eso.

              A lo que no va a asistir el lector es a la planificación del golpe, que se supone que es la gracia de la novela, porque el protagonista, como es tan pito y tan profesional, lo lleva todo en la cabeza y con tal sigilo que, si no se lo cuenta ni al Tato, mucho menos al lector. Al lector hay que sorprenderlo tanto como al banco (al fin y al cabo también se ha jugado su dinero en esta historia). De resultas, los personajes vagabundean por la novela hasta que, cuando no queda más remedio, nos enteramos de que, ¡oh, sorpresa!, alguno va a vigilar desde una esquina o  a realizar alguna otra proeza similar.

              Pero como semejante banda no es capaz de llegar a todo, por supuesto el protagonista tiene amigos expertos en la resolución de cada problema por difícil e intrincado que sea, todos ellos tipos a medio camino entre el genio y el trilero. Todos tipos que, si llamas a su puerta diciendo «¿No tendrás algo para interceptar misiles intercontinentales disparados desde un portaaviones en el Pacífico?» te responden, tras pensarlo un segundo y medio, «¡Creo que tengo justo lo que necesitas!», y se meten en la trastienda a buscarlo. ¿A que también os suena?

              ¿Qué queda para que la novela resulte atractiva al lector mínimamente exigente? Tampoco nada muy original: queda que, quien supere la primera mitad, comenzará a sentir ganas de saber, ya que ha llegado hasta ahí, en qué queda el asunto, si acabarán robando el maldito banco o no, si el malo se saldrá o no con la suya y si el protagonista podrá volver a ocuparse de sus geranios y plantar unas cebollas. El desenlace es para pegarse un tiro: el plan del malo malísimo deja patitieso al lector, incrustándole en la mente aquello de «para este viaje no hacían falta alforjas», y demuestra que tras urdir la trama las neuronas del autor seguían muy descansadas; luego incluye un golpecillo poco creíble pero que da un giro esperadamente inesperado –y peliculero- al desenlace de la acción y, también, un final del final que enlaza directamente con la ñoñería que he mencionado antes.

              Todos leemos con cierta frecuencia fast food literario, pero solo se puede disfrutar si está bien cocinado. No es el caso. Por cierto, la crítica que la faja atribuye a Andrea Camilleri deja al pobre Camilleri a la altura del esbirro.