En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

sábado, 31 de agosto de 2019

Una jaula de oro – Camila Läckberg




              
              Compré este libro por tonto.

              Como casi todos los lectores, suelo acertar al comprar libros. Quiero decir que casi siempre doy con obras en las que encuentro algún motivo para el disfrute, pero en esta ocasión me dejé llevar el al artículo de un periódico nacional que afirmaba que Una jaula de oro era algo muy distinto a cuanto había escrito la autora -de la que no había leído nada-, una suerte de pera limonera que pasmaría a los lectores por su fuerza y actualidad; también me dejé influir por una entrevista a Camila Lärckberg en otro medio nacional con ocasión de la publicación de esta novela, una entrevista desagradable por lo pretencioso de las respuestas pero que, a juzgar por las preguntas, me hizo creer que la autora tenía algo que contar. Pero no: artículo y entrevista, ahora lo sé, eran trabajos o mercenarios o desinformados. Lástima no recordar quiénes los firmaban para andar prevenido en adelante. Con estos antecedentes me topé con el libro en una librería y, ¿por qué?, sin siquiera molestarme en mirar la sinopsis me regalé el capricho de comprarlo como quien compra un décimo de lotería convencido de que le va a tocar. Me he dado un buen coscorrón. Si hay dos tipos de libros (los que se escriben para el propio autor, intentando hacer literatura, y los que se escriben para los lectores, intentando ser best sellers, y ambos tipos, bien ejecutados, pueden reportar grandes satisfacciones al lector), Una jaula de oro es una calamidad desde ambos puntos de vista: la «técnica del best seller» -que es lo que pretende ser- está tan horrorosamente aplicada que no hay nada original, que preví con certeza el «sorprendente» final a media lectura y a menudo me ha hecho sentir vergüenza ajena; lo único que engancha, llegado el último tercio del libro, son las ganas de terminarlo para poder leer otra cosa. En cuanto a la literatura, la única relación entre ella y Una jaula de oro es el formato de libro.

              Si Una jaula de oro se llevara al cine no haría falta contratar un solo actor, ni un cámara, ni nada: no hay situación de la que no se pueda hacer un copia y pega de escenas sobreactuadas de películas mediocres y series vulgares de todos los tiempos; es un muy aceitoso refrito de lugares comunes -¡hasta el título es una expresión hecha!- en el que incluso la escena final la ha visto mil veces un tipo como yo, que apenas ve cine y televisión desde hace siglos. El libro, que comienza contando una edulcorada historia blancanievesca donde todos comen perdices, deviene en maloliente versión del patito feo (madre mía, cómo han tratado las secuelas al pobre animal) con la única salvedad, tampoco original, de que el pato en cuestión –en este caso la pata, seamos políticamente correctos- es vengativa, mal bicho, tiene un pasado oscuro y trata de aprovechar descaradamente el Pisuerga del me too que pasa por el Valladolid que somos todos, cosa que hace de la peor manera posible: incendiariamente, alimentando la hoguera con todos los estereotipos disponibles, amén de haciendo del sexo un reclamo publicitario a pesar de que las escenas sexuales, siempre breves, son bastante poquita cosa en estos tiempos en la que imágenes similares llevan décadas accesibles en todas partes a golpe de un solo clic. Y entre los estereotipados, los personajes. Todos copia de tópicos: el empresario triunfador que nada en el lujo (expresado con el originalísimo método de citar todas las marcas de lujo posibles y los consabidos casoplones), la esposa listísima y otrora pimpante que yace olvidada en un rincón viviendo el drama de la exclusión lorza causa… Todos acartonados, sin realismo ni autenticidad, ni veracidad, ni nada que se le parezca, hasta el punto de que lo inverosímil de la «estrategia de venganza» constituye un atentado a la inteligencia del lector en el que se reincide constantemente con unos mensajes tan simplistas y directos que se diría que la novela está escrita o para tontos o para forofos. Paradójicamente, la heroína que reivindica su poder como mujer frente a los machitos sale adelante explotando emocionalmente a un sinfín de mujeres hartas de sus parejas, a fin de aligerarles el bolsillo con el producto que todo lector puede ver en la portada. Como además parte de la «liberación» consiste en reproducir los comportamientos que se critican, no acabo de colegir el «mensaje» del que se vanagloriaba la autora en la entrevista que he citado. La solución para los incendios no suele ser la gasolina.

          La historia, por llamarla de alguna manera, es más o menos así: en la primera página se nos dice que hay un crimen horrible perpetrado por un hombre (traducido, siga usted leyendo y al final se enterará de qué ha pasado). La protagonista, que tiene un pasado que oculta algo muy triste, feo y traumático es de suponer que en relación a algún otro hombre criminal (siga usted leyendo y...), es un encanto de señora listísima y pitísima que, así como quien no quiere la cosa, impulsó en un ratito la creación de un emporio empresarial del que se adueñó su marido, tras lo cual ella, ahíta de amor, renunció a todo, del reconocimiento a los estudios, y en un pispás se dejó reducir tan contenta a la condición de esposa florero que se autocriminaliza hasta el bloqueo y el borde de la depresión cada vez que la visión una minúscula miguita de pan en la encimera puede estresar a su hiperocupado y adorable marido jodiéndole el desayuno (no exagero). Pobrecico. ¡Él, que ha sacrificado su vida hasta el punto de haberse convertido en un saco de malas pulgas solo para que ella y la niña puedan comprarse una flota de aviones tuneados si les da la gana! Si ingenua enamorada o carne de psiquiatra, lo dejo a vuestra elección. Pero hete aquí que el querubín le sale rana (o algún otro batracio con menos renombre literario, que la novela no da para más) porque hace lo previsible: lo que le da la gana y con quien le da la gana; si la protagonista ha pasado la vida creyendo que forman una adinerada familia perfecta en la que se mira todo el país, resulta que su marido es capaz de irse a la cama hasta con un velociraptor. La listísima y pitísima protagonista cae del guindo en cuanto el maridín remueve las ramas, y para su desgracia lo hace cayendo al ostracismo más oscuro. Pero tranquilos, muchachos, recordad lo pita que es la dama. Tanto que se vengará a base de bien aplicando la justicia del ojo por ojo o incluso, ya que estamos, la justicia de la dentadura entera por cada diente mellado; así, de paso, contribuirá a la justicia universal entre sexos. En la cruzada contará con el inefable apoyo de algunas otras damas que, por diversas causas, andan hasta el moño del género masculino, aunque, para dejar ecuánime constancia de que no todos los hombres son unos cabestros, una de ellas conoce a un señor normal (o lo que a mí me parece normal, aunque en la novela es la excepción)... al que la protagonista acoquinará debidamente por si acaso, no vaya a ser que haya que exterminarlo como a algún otro. La cosa podría dar para una historia nada original pero al menos entretenida si estuviera bien escrita. Pero no. Si la estrategia de venganza –o cómo planificar hacerme millonaria para ver si luego me salen varias carambolas de chiripa, que es el hilo conductor de la historia- es ridícula por bochornosamente increíble, el chapucero modo en que la autora lo relata no aporta la necesaria verosimilitud que en literatura permite vivir como real lo irreal. La forma de escribir consolida el desastre. La verdadera historia del patito feo es conmovedora. Una jaula de oro es, simplemente, ridícula. A pesar de lo cual, qué desazonador, está entre los libros más vendidos en un canasto de librerías.

              Apenas lo terminé comencé, a modo de calmante, uno de esos breves libritos de Camilleri centrado en la imaginaria Vigàta de principios del siglo XX. Menos mal. 




domingo, 18 de agosto de 2019

Examen de ingenios – José Manuel Caballero Bonald




              Cualquiera que en el pueblo de mis padres hubiera leído o escuchado leer un solo párrafo de Examen de ingenios hubiera dicho «¡Cómo le gusta escucharse a este hombre!», y es que lo primero que llama la atención de esta obra de elegante memoria varios puntos chismosa es el lenguaje: rico, denso, depurado, pero también engolado y con una retórica alambicada en la que el deseo de contar se mezcla con el de no navegar ni un instante por debajo de lo comentado –y no digamos ya de lo censurado- y de sobrevolar la literatura desde una altura que le impida ser confundido con cualquiera de esos mediocres encumbrados a los que alude al final del libro. Un tono, en definitiva, que destila una superioridad engorrosa porque, hasta que el lector no se acomoda a ella, resulta complicado saber con exactitud el juicio que a Caballero Bonald le merecen algunos de los ingenios a los que se refiere. 

              Examen de ingenios son 460 páginas de gran calidad literaria dedicadas, a una media de cuatro o cinco, a diversos personajes -mayoritariamente españoles del siglo XX- que en algún momento coincidieron, mal que bien, con el autor. Casi todos proceden del ámbito de la cultura, con preferencia para escritores y, en particular, para poetas.

              José Manuel Caballero Bonald reparte estopa y bendiciones sin mudar el gesto, con un tono pausado y arzobispalmente didáctico y con la particularidad de que su elevado dominio del lenguaje y la afectación algo barroca de su expresión hacen que cuando alza la mano al principio de un párrafo a menudo el lector no sepa, hasta el final del mismo, si es para atizar un sopapo o regalar una caricia. Son muchas las ocasiones en las que el coscorrón contundente tiene un prólogo almibarado.

              Como todas las memorias de este tipo, Examen de ingenios tiene algo de ajuste de cuentas, siquiera sea porque el autor es quien decide quién aparece y quién no y qué cuenta de cada uno, lo cual no evita, nunca lo ha hecho, que leyendo la opinión de una persona sobre tantos otros quien verdaderamente aparezca retratado es quien opina, el cual –cosa no muy original- es naturalmente indulgente con los pecados propios y también con los ajenos que compartió, y algo más riguroso con el resto. Leed Examen de ingenios y tendréis una idea cabal de cómo es su autor y de la excelente opinión que tiene de sí mismo, lo cual, por cierto, no es pecado y hasta es comprensible cuando a lo largo de la vida se han acumulado más méritos que reconocimientos, cuando se tiene más prestigio que lectores y cuando uno se ha codeado –por diferentes motivos ajenos todos a la casualidad- con personajes que, dedicándose a lo mismo, han alcanzado mayor celebridad. Y es que, por desgracia, a estas alturas José Manuel Caballero Bonald es, injustamente, un célebre desconocido.

              Quizá sea impresión mía, pero en general he apreciado cierta tendencia a desacralizar a los escritores más encumbrados cargándoles en la mochila algunos «peros» las más de las veces vinculados a la ambición o al modo en que alcanzaron el éxito de público e influencia; tendencia compatible con la contraria, la de rescatar el prestigio de autores cuya calidad, por extrema que fuera, ha pasado desapercibida para la mayoría de los lectores. Llama también la atención el empeño en valorar a cada autor por el conjunto de su obra así como por su evolución, aunque el resultado es previsible: quienes con una obra amplia despuntaron con algún título, tienen menos nivel en otros, lo que parece rebajar su valía al tiempo que la propia extensión de la obra da ocasión para una evolución irregular; lógicamente, quienes alcanzaron la gloria publicando poco o muy poco, tienen mayor uniformidad y coherencia.

              La vara de medir de Caballero Bonald aparenta ser la búsqueda de la exquisitez literaria y sobre todo poética, de modo que cuanto se separa de ese objetivo le resulta tan molesto e incómodo que suele tratarlo como incompatible con ella. Su concepto de exquisitez, aparte tener algo de opuesto al de notoriedad, aparece constantemente vinculado al deseo de superar la literatura anterior a los años 50 del siglo XX, época a la que se refieren no pocas de las memorias contenidas en Examen de ingenios. No queda tan clara, en cambio, su concepción de la exquisitez, lo cual no significa que no la tenga clara. Hay que ir construyéndola a medida que la lectura avanza, de modo que solo es al final del libro cuando el lector sabe, más o menos, los parámetros que el juez ha aplicado a los juzgados (y utilizo estos términos con toda intención). Sí es diáfano que el centro del universo literario de Caballero Bonald es la poesía. Leyendo Examen de ingenios se diría que la literatura no es otra cosa, pues a ella dedica los exámenes más apasionados y el mayor número de recuerdos; los poetas son la especie más abundante en esta obra.

              Yendo a las anécdotas de los años 50, época sobre la que esta obra arroja un buen foco de luz en lo que a la literatura respecta, llama la atención lo endogámico del mundo literario, que no parece tanto un mundillo donde todos acaban conociéndose como otro donde solo acceden aquellos a los que previamente se conoce: todos los que en algún momento llegaron habían sido viejos compañeros de tertulias, paseos, juergas y avatares de los que habían llegado en primer lugar. Las idas y venidas, encuentros y demás amistades, incluidas muchas de conveniencia, muestran un mundo donde las relaciones públicas juegan un papel relevante para prosperar y para que cada cual disfrute de la sensación de ser alguien; da la impresión de que medio mundo literario tiene como objetivo preferente conocer al otro medio o, mejor dicho, ser conocido por el otro medio, cuestión que no parece haber cambiado con el paso de las décadas, haciendo falso el mito de que el escritor es un tipo mayormente introvertido y poco sociable. Más bien ocurre al contrario, porque al escritor introvertido y tan poco sociable que solo llega a amistarse con las musas, ni aun alcanzando la excelsitud llega a conocerlo ni la madre que lo parió.

              Examen de ingenios es una enriquecedora obra de memorias, de breves memorias, en la que, como ya he apuntado, quien sale más nítidamente retratado es el propio autor; y como no hay memorias sin reivindicación del propio yo, el resultado es el esperable. Aunque, sin duda, muchas de las anécdotas y valoraciones de los ingenios sometidos a examen contribuyen a esclarecer, en ocasiones quizá no poco, no tanto su biografía como su forma de ser.

              Una lectura amena, interesante y enriquecedora.


miércoles, 14 de agosto de 2019

Un nido de víboras – Andrea Camilleri





(Serie Montalbano, 25)



Hay tantas víboras que resulta complicado señalar un nido como el nido. En este caso, y dados los ambientes en que se mueve el comisario de Vigàta, el nido alude a la confluencia de un conjunto de personajes un tanto opuestos a las Hermanitas de la Caridad.

A diferencia de la novela anterior, en esta ocasión Camilleri vuelve a tropezar en una piedra que se resiste a apartar del camino: la existencia de un bellezón que, además, parece de lo más atraída por los mucho más que cincuentones huesos del comisario Salvo Montalbano. Hablo de tropiezo porque a diferencia de otras reiteraciones que Camilleri realiza de forma tan sucinta que no interfiere en el relato, detenerse en esta cuestión exige un desarrollo que, por mínimo que sea, suena ya demasiado a repetitivo en la saga.

Hay otros dos «pero» a esta novela: el único que no ve venir el desenlace es el comisario, porque el lector lo anticipa pronto; la segunda objeción se produce, curiosamente, una vez terminada la obra, cuando al leer la advertencia de Camilleri nos dice que ha querido abordar cierto tema (que no menciono para no anticipar aún más lo que propio lector anticipará por sí solo) y, la verdad, uno piensa que ha sido un intento fallido y que lo hubiera hecho mucho mejor de haberlo abordado con otros personajes, e incluso fuera de la saga de Montalbano; a ojos del lector los sucesos que se narran contaminan demasiado los sentimientos de quienes los protagonizan, hasta el punto de que el materialismo y la maldad no dejar ver con nitidez el otro tema que Camilleri dice haber abordado.

Dicho lo cual, hay que reconocer que, como se señala en la crítica en boca de no recuerdo qué escritor, uno de los grandes méritos literarios de Montalbano es su comprensión ante la debilidad del ser humano, los errores, la caída en la tentación, el verse arrastrado por las influencias del entorno, la familia, la vida…

¿Y de qué trata Un nido de víboras?

Del hallazgo de un caballero doblemente asesinado.

¿Y qué significa eso? ¿Cómo se puede asesinar dos veces a una misma persona?

Leedlo y lo sabréis.

La primera complicación es que hay que buscar a dos asesinos, lo cual implica que el camino normal de investigación en algún momento habrá de bifurcarse en dos direcciones, y ambas serán correctas pero a la vez incompletas. 

Esos caminos pasan siempre por reconstruir la vida de la víctima, y es así como sabemos que no todos los asesinados nos dan la misma pena. Moralmente, el contable Barletta –les presento al difunto- era carroña andante.

Obviado todo sentimiento justiciero pues a nadie le da ninguna pena el finado, el interés de la novela es aclarar quiénes y por qué. Lo primero, en Camilleri y en la vida, suele ser más fácil que lo segundo. Las razones del ser humano a menudo brotan directamente de las debilidades y defectos que hacen de cada uno lo que es. Y anda, que hay cada uno que es cada cosa...



domingo, 11 de agosto de 2019

La noche fenomenal – Javier Pérez Andújar





              «Si lo paso bien cuando escribo, alguien también lo hará al leerme» fue el titular que eligió el periodista que me entrevistó con ocasión de la presentación de mi primera novela creo que en Teruel. Han pasado años, pero lo recordé hace unos días cuando, siguiendo las andanzas de Javier Pérez Andújar en Twitter, encontré las siguientes palabras en boca de Eva Cosculluela, de la extinta Portadores de Sueños, en el ABC Cultural: «Da la impresión de que Javier Pérez Andújar se lo ha pasado muy bien escribiendo esta historia y consigue que el lector disfrute tanto como él».

              Es cierto: es complicado leer La noche fenomenal sin sentir la agradable certeza de que el autor disfrutó escribiendo muchos pasajes. Incluso parece bromear consigo mismo con frecuencia y, de paso, con toda su generación. Lo hace a través de los recuerdos compartidos por una generación crecida en torno a la televisión única que, precisamente por serlo, universalizaba la fama, con solo mostrarlos, lo mismo de Starsky y Hutch que de María Luisa Seco o del «hombre del tiempo», que no necesitaba nombre porque no tenía competencia. Es imposible tener la sensación de lo bien que se lo ha pasado el autor sin disfrutar de la lectura. O quizá sea al revés: a veces se disfruta tanto leyendo que crees que, necesariamente, para el autor la escritura ha sido una fiesta. Esforzada, pero fiesta.

              La noche fenomenal no busca la carcajada gruesa, y sí la sonrisa cómplice que surge del humor inteligente. No hay nada como echar la vista atrás y cambiar de contexto el pasado para desacralizarlo al tiempo que la solemnidad que dan los años se disuelve devolviéndonos al tiempo en que fuimos impresionables por aquello que ahora, en las nuevas circunstancias, resulta grotesco.

En una Barcelona tan lluviosa que de un momento a otro podría aparecer Noé con rinocerontes y todo navegando vía Laietana abajo, varias personas aficionadas a los fenómenos paranormales han creado un equipo para realizar un programa que lleva por título La noche fenomenal. Y los fenómenos –acontecimientos y personas- son fenomenales, no lo duden. Las variadas «especialidades» del elenco son una buena parodia de asuntos que en su día estuvieron de moda y que aún hoy tienen un público abundante, como las teorías conspiratorias. Así, nos encontramos situaciones como aquella en que un personaje que no deja de ser un Perico el de los Palotes perdido en este mundo es recibido por el resto con todo respeto y naturalidad cuando aparece con un importantísimo descubrimiento en una bolsita: una supuesta deposición del Yeti. Con la misma apabullante naturalidad tratan entre ellos cualquier otro fenómeno u ocurrencia similar.

Una parte de la novela, muy meritoria, consiste en trasladar las relaciones de amistad de todos estos personajes, a su modo todos algo chiflados, y el submundo que forman sin más que contándonos quién es quién, qué hace cada uno y por qué pasaba por allí. Un submundo que también es trasunto de cierta vacuidad que uno diría que no ha hecho sino crecer con los años: cuando la sociedad tiene a su alcance cada vez más conocimientos, escapa a lo etéreo, prefiriendo la duda romántica a la certeza prosaica. No pasando nada en esta parte de la novela, pasa todo, porque el ser no es poca cosa.

La historia se completa con el fenómeno fenomenal que pone en marcha lo que todos los programas como el que realizan los protagonistas persiguen: husmear in situ alguna de las extravagancias que investigan para obtener, más o menos, pruebas. Lo verdaderamente extraño y motivador en este punto es que la chifladura de los personajes queda en suspenso porque los acontecimientos parecen, por una vez, no ser fruto exclusivo de la imaginación o alucinaciones propias o ajenas. ¿Y cuál es ese fenómeno fenomenal? La aparición de un profesor de dibujo con el físico de Walt Disney que poco a poco destapa la existencia de dos Barcelonas paralelas –en realidad de dos mundos- entre las que es posible ir y venir a brincos a través de misteriosas y fugaces grietas; dos Barcelonas con diferencias evidentes, a juzgar por los testimonios de los viajeros, aunque para el lector la única visible es que en esa otra Barcelona casi todo el mundo tiene la cara de alguien famoso.

Entre esos desconocidos de cara conocida proliferan, en concreto, los rostros del famoserío de los años 70 y 80, por lo que los lectores más jóvenes se perderán algunos de los efectos chocantes si no están al tanto de la significación e imagen de algunos de aquellos personajes.

La noche fenomenal es un libro escrito con envidiable dominio del lenguaje, de su musicalidad y de los tiempos. Un libro ingenioso, inteligente y personal. Un libro que, además, produce una inquietante sensación de fugacidad, de que la vida es algo que se deforma conforme pasan los años, así como en la novela se deforma ese pasado televisivo que tantos compartimos y que, de alguna manera, conformó nuestra vida; una fugacidad acentuada, también, porque el ir y venir entre dos mundos que solo son uno desemboca en el desvanecimiento, por uniformización, de las personas. Un libro, volviendo al principio, que da la sensación haber sido escrito para la propia satisfacción del autor.

Precisamente por eso gustará a los lectores.


miércoles, 7 de agosto de 2019

Una voz en la noche – Andrea Camilleri





(Serie Montalbano, 24)


La muerte de Andrea Camilleri me sorprendió (es un decir, porque con casi 94 años y tras un reciente arrechucho el hombre estaba ya fatal) en Roma. Habiendo leído alrededor de cuarenta libros suyos le debía el agradecimiento suficiente para haber pasado por la capilla ardiente que no llegó a instalarse en ningún sitio por expreso deseo del propio autor. Y el funeral se celebró en la intimidad seguramente porque de otro modo hubieran sido legión los asistentes. Así que, en cuanto tuve ocasión, leer un nuevo libro suyo más que un acto de homenaje fue una necesidad. La necesidad de despedirte de quien más que un autor es ya un amigo, pues amigo es quien tantas y tantas veces te ha hecho disfrutar. Lo gracioso es que me ocurrió como a Montalbano cuando llega hambriento a la trattoria de Enzo y éste le ofrece un plato siempre suculento: me trinqué ración doble. Leí Una voz en la noche y, a renglón seguido y con la misma sensación de necesidad, Un nido de víboras.

Aquí reseño el primero.

Un niñato al volante de un potente coche tiene un altercado con el comisario Montalbano el día en que este cumple 58 años, efeméride que el policía lleva con la alegría aneja a considerarse un abuelete decrépito. Montalbano, en tan mal día y siendo tan dado a dejarse llevar por los impulsos, acaba teniendo un comportamiento algo más que abusivo con el niñato. Pero el chaval resulta ser hijo de un importante cargo político, lo que activa cierto resorte en forma de abogado.

Paralelamente (es un decir, porque la maestría de Camilleri para hacer converger historias independientes es ya, a estas alturas, tan conocida como previsible) se produce un robo en un supermercado (como en El perro de terracota) controlado por la mafia. El interrogatorio del director permite averiguar cosas no solo a la policía, sino también al propio director, lo que desemboca en acusaciones contra los métodos de Montalbano y los suyos que alcanzan el culmen cuando el director se suicida.

Se suicida como todos los que se suicidan en estos casos: contra su voluntad.

O eso cree Montalbano, y el lector se encargará de comprobar si acierta o no siguiendo sus peripecias.

Para colmo, la novia del niñato aparece muerta, asesinada de forma salvaje.

Una voz en la noche me hace pensar que, a medida que las novelas de Montalbano se suceden y el lector ya conoce tanto del personaje, Camilleri ha ido reforzando el deje de guionista que siempre ha sido en detrimento del escritor al uso. La historia se construye sobre diálogos sumamente ágiles, con dosis mínimas de información, descripciones sucintas, economizando lenguaje y jugando en todo momento –como harían los guionistas de una serie de éxito- con lo mucho que ya saben los lectores sobre el personaje, de modo que al final la historia la construyen a dúo, autor y lector.

El resultado es que las inevitables reiteraciones de tan breves no afectan a la lectura (a diferencia de lo que ocurre, volviendo al principio, con la siguiente novela de la saga, como contaré en su momento), y que Una voz en la noche –que suscita el interés a cada línea- se lee con una facilidad pasmosa.

En resumen: que «más de lo mismo», una expresión que suele sonar a crítica, cuando se refiere a las novelas de Camilleri es una bendición, por más que Montalbano, y a través de él Camilleri, aborrezcan las expresiones hechas.



domingo, 4 de agosto de 2019

Para Isabel. Un mandala – Antonio Tabucchi






              Magnífica obra, y breve, que se lee con la sensación de haber ido a caer en una mezcla de sueño y misterio en la que un hombre, Tadeus, busca rescatar para el presente el recuerdo de la Isabel que hace muchos años conoció, cuya pista va buscando por todo el mundo al tiempo que reconstruye la vida de la mujer. Cada pista es un paso, y cada paso el círculo de un mandala que se va cerrando con la esperanza de, al final, encontrar a Isabel en el centro.

              ¿Pero qué es la mezcla de recuerdos y expectativas más que una de las formas que adoptan los sueños? O, más bien, la mezcla es el sueño de un sueño. ¿Y en qué se transformará ese último sueño si se consigue alcanzar el momento de soñarlo? Desde un fondo onírico, pero realista por la contundencia de la sensación que produce, llegamos a comprender y a sufrir cómo los sueños son tan reales como inasibles.

              En ese proceso que se va construyendo palabra a palabra, cada una forma, además, las diferentes historias que Isabel, su lucha por la vida, que es también la lucha de cada sociedad. A la vez, la actitud de Tadeus es la lucha por el presente y quién sabe si por el futuro, porque es la lucha contra el olvido, porque Tadeus, buscando a Isabel, trata de deshacer el olvido que los ha separado durante toda una vida: cuando no sabes nada de la vida de una persona a la que te sientes inevitablemente vinculado, tratas de reconstruirla recopilando información que se sostiene con la argamasa de las conjeturas. Quien no tiene la realidad, debe conformarse con imaginarla. O con soñarla. Cuando ya no pueda perfeccionar más su sueño, habrá llegado al centro del mandala y solo le quedará la despedida y el recuerdo del propio sueño.


jueves, 1 de agosto de 2019

Tres maneras de inducir un coma – Alba Carballal




              
              Desde que supe de este libro tuve varios motivos para leerlo. El primero, agradecer la osadía de una autora joven de estrenarse con un género tan complicado como el humor. El segundo, la atracción de un humor que se anunciaba como inteligente, y lo es. Y el tercero, y aún más personal, las comparaciones con Eduardo Mendoza e incluso, en boca de algún conocido, con mis propias novelas, lo cual a su vez me producía dos incentivos: el primero, zambullirme en un género, el de los fracasados calamitosos, que me encanta; y el segundo, más vinculado al seguimiento de la novela que a su lectura, la curiosidad por ver cómo afectaba la comparación a la marcha de la obra, porque comparar a alguien con autores de las dimensiones de Mendoza suele tener un efecto contraproducente: el lector no evita hacer la comparación y el comparado siempre sale perdiendo porque su estilo y su particular forma de hacer las cosas lo alejan de la referencia por la que se le juzga. Alba Carballal, por ejemplo, y a pesar de que hay guiños evidentes a Eduardo Mendoza incluso en los nombres de los personajes, no recurre al absurdo ni a la caricatura con la intensidad de Mendoza, ni integra el lenguaje en el humor de la misma manera, por más que lo utilice muy bien; es, además, un lenguaje cuidado y rico, aunque no tan exuberante como el de Mendoza. Por desgracia, la comparación acaba haciéndose, aunque el listón de cada autor solo deba ser él mismo. Digo por desgracia porque establecer comparaciones con celebridades tiene el peligro, una vez pasado el efecto publicitario, de transformar a gente de mérito en teloneros. Así que al leer esta novela olvidad toda comparación y centraos, sin más, en ella. La disfrutaréis.

              En Tres maneras de inducir un coma el lector es a la vez confidente y cotilla. Confidente, cuando el protagonista, Federico, se dirige a él en primera persona; y cotilla, cuando lee los divertidos sermones marujescos que una persona sin identificar le dirige a otra de las protagonistas: Natalia, antes Eduardo, una transexual madura de físico espectacular que ha encomendado a Federico una peculiar tarea: hacerse amigo de su padre, un millonetis famosete apellidado Mendoza, para averiguar si pretende o no desheredarla.

              El resultado es una divertida mezcla que resulta inevitable atribuir –otra cosa es acertar en la conjetura- a fuentes de inspiración bien conocidas, porque así como el protagonista –un auténtico inútil con una elevada opinión de sí mismo- recuerda a algunos de los personajes más divertidos de la literatura, ciertos entornos lo hacen a las comedias españolas de las últimas décadas que reservan a un papel ingenioso a la convivencia entre caricatura, tradición y transgresión.

              Como suele ocurrir en las novelas protagonizadas por fracasados, quienes aparentemente se encuentran en la situación opuesta pronto demuestran no ser tan distintos. El éxito y el fracaso no solo no hace más o menos intrínsecamente cutre a nadie, sino a menudo el éxito da ocasión para exhibir la propia necedad. Es lo ocurre en esta novela, en la que el famoso millonetis solo se distingue de la plebe en la cantidad de dinero que maneja; lo mismo sucede con Natalia, mucho menos selecta de como ella misma se presenta. El contraste entre lo que la gente cree ser y la realidad que ve el lector da mucho juego en la literatura de humor.

              La novela es buena, de calidad, aunque con dos partes a efectos de ritmo: las primeras páginas, ágiles y llamativas, desembocan en un tránsito que se me ha hecho algo largo (no sé si por culpa mía o del libro) con idas y venidas del protagonista que no hacen surgir demasiadas preguntas en el lector, como el que pasea sin rumbo, hasta el último tercio de la novela, o quizá un poquito más, donde el ritmo vuelve a subir y a arrastrarte hasta un final interesante y divertido, aunque no inesperado.

          Una buena lectura.