En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 3 de mayo de 2021

Transbordo en Moscú – Eduardo Mendoza

 


              

              Mientras leía Transbordo en Moscú (que pone fin a la trilogía Las tres leyes del movimiento, de la que también forman parte El rey recibe y El negociado del yin y el yang) constantemente me venían a la cabeza las expresiones «el placer de leer» y «el placer de escribir». De escribir, porque da la sensación de que Eduardo Mendoza se ha permitido el lujo de escribir por escribir, de contar lo que le apetecía sin pensar en nadie más, y que lo que le apetecía era navegar en aguas tranquilas, pues la historia vuelve  a ser la del recuerdo sereno de una época expuesta con la mirada de un testigo, no de un juez; además, en las entrevistas ha reconocido tener mucho en común con el protagonista, Rufo Batalla, con lo que el lector, que ya sabe a lo que se enfrenta, disfruta también de un relato que sabe aún más personal que los anteriores y que la prosa de Mendoza hace liviano y agradable, aunque tras él hay una mirada y unos conocimientos demasiado profundos de la realidad socioeconómica -desde la Barcelona olímpica y de la caída del muro de Berlín hasta el final del siglo- como para tomarlos por los recuerdos de un Rufo Batalla cualquiera. Dicho de otro modo, Transbordo en Moscú tiene algo de quijotesco por cuanto su lectura se vive como una amena conversación con el autor con un humor más fundado en la tranquilidad de quien no se juega nada en la conversación, en la que participa solo por el placer de hacerlo, que en la voluntad de hacer sonreír.

              La sensación, una vez concluida la trilogía, es distinta a la confusión que me produjo la primera novela, El rey recibe, tan distinta a lo anterior de Mendoza. Como ejercicio de memoria, es interesante, y a ello ayuda el temperamento del protagonista, siempre reflexivo y, a la vez, determinado (y de algún modo audaz), que mantiene una extraña relación con el sentimiento de culpa, o con la falta de él, porque con la misma sencillez con que reconoce sus responsabilidades admite la fatalidad de ser como es y no de otra manera, y no le da más vueltas a las cosas.

              Rufo Batalla se ha convertido, sin pensar, en el marido de una rica heredera. Cosas que pasan. Y se dedica abiertamente y con el beneplácito de todos al dolce far niente. La afortunada mezcla de tiempo libre y abundancia de recursos facilita la acción, pues Rufo va donde quiere y cuando quiere, sin escatimar medios, y lo mismo se mueve por Europa que por Estados Unidos. Total, ¿por qué no irse unos días a París para comprar un regalo de cumpleaños? ¿O a Viena o a Polonia a dar una vueltecita o donde estime conveniente? Estas idas y venidas permiten a Mendoza, aparte de mostrar en la lejanía el señuelo del príncipe Tukuulo, explayarse sobre la situación sociopolítica de buena parte de Europa. 

Lo peor de la novela (y de la trilogía) es aquello que, curiosamente, más da que hablar en sinopsis y prensa (¡ay, la promoción!): las supuestas y ¿descacharrantes? aventuras en torno al príncipe Tukuulo, aspirante al trono de un inexistente país báltico, que si en las dos primeras novelas de la trilogía no pintaban mucho hasta el punto de producir una ruptura poco  justificada y menos atractiva, en esta última, como si Mendoza se hubiera dado cuenta, se limitan a una aparición tangencial, a una escapadilla fugaz y con tan poca sustancia y sentido como todas las demás, aunque, eso sí, la ficticia ubicación de Livonia da ocasión a Mendoza para hablar con gran lucidez de la caída del muro de Berlín y del régimen soviético, aunque sin entrar en lo que vino después, que tuvo no pocos episodios chuscos y peculiares, pero trascendentales.

Me gustaría saber exactamente a qué ha respondido la decisión de Mendoza de que la trilogía se haya visto surcada por la subtrama de Tukuulo, la cual, no aportando consistencia al relato principal y solo el humor de salpicar la realidad de absurdo, no hace sino generar desconcierto. La trilogía cuenta una historia y media, sin que ni la primera –la historia de un catalán que por su edad y posición tiene unos recuerdos muy lúcidos del último cuarto del siglo XX- ni la otra media –Tukuulo- guarden entre sí relación alguna –fuera de la participación de Rufo Batalla-  hasta el punto de moverse en planos tan distintos como son la realidad y el absurdo, lo cual tanto se da con las situaciones como con los personajes, realistas unos y caricaturas otros.

Dicho lo cual, como, reitero, el asunto ya no sorprende, el lector de Transbordo en Moscú disfruta hasta de la previsibilidad de lo desconcertante. No es mérito pequeño.

Y termino volviendo al principio. Al publicar El rey recibe, Mendoza hizo declaraciones explicando la obra con un argumento inapelable: las cosas, a efectos personales, no son como fueron, sino como las recordamos. Tiene razón. Eso explica por qué los recuerdos de Rufo Batalla, tan brillantes y agudos en algunos puntos, se mezclan con notorias lagunas en temas relevantes. Probablemente, en su día, a Eduardo Mendoza esos asuntos le importaron un pito.

Una trilogía para ver el mundo como lo vieron los inteligentes ojos de su autor.



jueves, 29 de abril de 2021

Mariposas para los muertos – Diane Wei Liang

 



(Trilogía negra de Pekín, 2)

 

                El ojo de jade, primera novela de la trilogía, no me gustó demasiado, pero tuve la sensación de que la lectura había sido víctima colateral de la pandemia del covid-19, porque es la novela que estaba leyendo cuando comenzó el confinamiento en marzo de 2020. Que el virus y la novela vinieran a la vez y de China igual no era la asociación de ideas más estimulante en unos días en que mi mente no estaba precisamente en la literatura, sino, como la de todo el mundo, en los problemas personales y profesionales que la situación imponía.

                Mariposas para los muertos la he leído casi un año después, quince día arriba o abajo, y me ha servido para saber que la sensación de que la primera novela había sido víctima de las circunstancias era errónea: aquella primera novela no me gustó por las mismas razones por las que la segunda tampoco me ha chiflado: una acción algo entrecortada, con idas y venidas y encajes de piezas demasiado fáciles, demasiado sencillos, como si para encontrar una aguja en un pajar bastara pasear unos minutos entre la paja y enseguida la aguja saliera ella solita a saludarte. Eso, respecto a la trama. Respecto a los personajes, casi todos grises, planos y más de uno estereotipado. Y respecto al entorno, que quizá podría ser lo más atractivo, el Pekín de hace un par de décadas tampoco es que aparezca muy definido, más allá de la constante mención a la ilegalidad de las tareas de investigación privada -que por eso se camuflan-, y al omnipresente poder de la dictadura, que aplastando tiempo atrás la revuelta de Tian´anmen ha provocado dos cosas: que la protagonista, Mei, todavía no haya superado estar en aquella ocasión en el bando equivocado (esto es, de parte del Gobierno para el que trabajaba en el departamento de seguridad) y, por otra, que cierto pueblerino encandilado con aquella reclamación de libertad diera con sus huesos en la cárcel durante un porrón de años.

                ¿Qué más sucede? Pues que Mei es contratada por un mandamás de la industria musical para localizar a una joven estrella musical: Lin. No hace falta ser muy avispado para comprender que las dos historias se entrecruzarán conforme Mei pasee de un sitio a otro atando todos los cabos que el viento, siempre favorable, pone en su camino. Y como el camino es tan sencillo, lo «complicado» es el final: es el que es como podía haber sido cualquier otro, porque el planteamiento ofrecía múltiples soluciones.

                Los dilemas familiares de Mei son mencionados para que el lector no los olvide, pero si forman una historia que ha de evolucionar a lo largo de la trilogía, aquí permanecen como estaban. Poco aportan. O más bien nada.

                En resumen, ahora tengo un dilema: leer la última novela de la trilogía, ya que he llegado hasta aquí, a ver si entre las tres hacen más luz que por separado, u olvidarme de ella. Ya veremos.


lunes, 26 de abril de 2021

Un diamante al rojo vivo – Donald Westlake

 


 

                El otro libro que he leído de Westlake, Adiós, Sherezade, es una maravilla, razón por la que compré Un diamante al rojo vivo, recién publicado en RBA y, creo, lo único no descatalogado de este autor en España.

                Pese a mis expectativas, esta novela está a años luz de Adiós, Sherezade, pero no deja de ser una lectura amena y entretenida; literatura de consumo, pero buena literatura de consumo, evidentemente influida por la cinematografía, hasta el punto de que el lector cree estar viendo una de esas viejas comedias norteamericanas a la vez disparatadas e inocentonas.

                Dortmunder, el más relevante de los personajes, acaba de salir de la trena y es de inmediato reclutado por un antiguo amigo para dirigir una operación importarte: birlar un descomunal diamante expuesto en un museo, propiedad de un diminuto país africano, para entregárselo al otro país africano que lo disputa, cuyo embajador, un tipo obsesionado por los informes, es quien pretende contratar al grupo.

                La historia de la novela es la de la persecución de la joya: a cada paso que dan, surge un inconveniente, y para cada inconveniente encuentran una solución cada vez más audaz y alocada. A medio camino entre la novela de humor y la negra, con ese humor americano tan propenso a reírse de lo exagerado, Un diamante al rojo vivo es, sobre todo, una novela de acción donde todos los personajes (los cinco integrantes de la banda y otros dos caballeros que circulan por ahí) están tan bien definidos que el lector no debe hacer ningún esfuerzo por situarse. Literatura de consumo, he dicho, lo cual no significa que sea sencillo escribir con tanta claridad, fluidez y ritmo.

                Una lectura entretenida, para divertirse, desconectar y no pensar, que para eso también sirve la literatura.



viernes, 23 de abril de 2021

Reflexiones sobre literatura y humor

 



«El humor es el lenguaje que emplean las personas inteligentes para entenderse con sus iguales».


Edgar Neville (28 de diciembre de 1899-23 de abril de 1967)


jueves, 22 de abril de 2021

Las mutaciones – Jorge Comensal

 


 

                Que puede hacerse humor con el cáncer queda demostrado con esta novela de Jorge Comensal que, de un modo respetuoso y a la vez melancólico, enfrenta al lector a la historia de un abogado que sufre un cáncer de lengua, lo que deja fuera de combate su instrumento de trabajo, con las implicaciones económicas que eso tiene para él. Aunque, desde luego, las económicas no son las más importantes aunque sí las que ocupan cierta parte de su tiempo porque planificar estos asuntos sí entra dentro de su margen de actuación y de su voluntad, a diferencia del devenir de la enfermedad..

                No solo las células mutan en Las mutaciones. También lo hace en entorno del enfermo, y no solo por la enfermedad, sino por sus consecuencias para la comunicación. La esposa debe asumir un nuevo rol, los hijos, perdidos en su adolescencia, afrontan la situación refugiándose en sí mismos y en sus obsesiones, y la asistenta aporta las creencias supersticiosas. En medio, el codicioso y maleducado hermano de Ramón, que así se llama el protagonista. De todos ellos, con quien Ramón acaba entendiéndose mejor es con el más ajeno a su enfermedad: el loro que le han regalado. Pero tampoco le va del todo mal con Teresa, la psicoanalista a la que acude y que, además de estar como un cencerro, cultiva marihuana para sus pacientes sin llegar a saber quién psicoanaliza a quién: si ella a sus pacientes o a sí misma a través de ellos. El loro, la marihuana, la adolescencia, el hermano pendiente de su peculio, la esposa que ha de seguir viva sea cual sea su suerte... Cuando el cáncer hace presa en alguien, el tiempo puede detenerse para él, o quizá transcurrir más lento, pero para el resto del mundo sigue corriendo.

                Entre el diagnóstico, la operación, y la evolución de la enfermedad hasta el desenlace que conocerá quien lea el libro, las páginas transcurren con rapidez pero con sensación de calma, de lentitud, porque el autor no se recrea en los sentimientos, sino en los hechos, y es de ellos de donde brotan todos los momentos que hacen de Las mutaciones una historia bien estructurada, tierna y con un punto de melancólico humor negro.



lunes, 19 de abril de 2021

La guerra de los pobres – Éric Vuillard

 


 

                Tan pobres son los pobres que sus historias no dan más que para 94 páginas de las cuales un buen puñado están en blanco. Tan pobres son los pobres que su guerra se lee en una o dos horas. Lectura para una tarde, para un viaje, para disfrutar en una terraza con una cerveza delante (alemana, para no desentonar).

                Inspirada en la figura de Thomas Müntzer, predicador alemán que a comienzos del siglo XVI promovió una revuelta campesina que terminó en escabechina de campesinos, La guerra de los pobres más que una novela es un relato que, apoyándose en unos cuantos hechos y personajes anteriores a la época y a otros cuantos hechos atribuidos a Müntzer, nos recuerda que periódicamente el sentido de la igualdad y dignidad de todos los seres humanos se abre camino en el pensamiento, periódicamente esas ideas chocan contra los privilegiados que ven en ellas una amenaza para su estatus, y periódicamente éstos hacen valer la fuerza de su posición sacrificando la dignidad ajena para dejar las cosas como estaban.

                En resumen, el oleaje de la historia, que cada cierto tiempo embate el hambre contra las rocas de poder sin que haya otra esperanza que el lentísimo efecto de la erosión ni otra certeza que la ruptura de las olas contra esas rocas que, mejor o peor, van resistiendo, porque cuando unas caen otras aparecen detrás.

                Escrito con un lenguaje claro y tan intencionadamente austero que reduce la obra a las ideas que acabo de expresar, La guerra de los pobres es un buen libro, un libro de calidad, pero, a mi juicio, no la maravilla con la que fue publicitado cuando se publicó hace pocos meses. Sin el prestigio del autor, no hubiera sido fácil publicar una obra así.



jueves, 15 de abril de 2021

Día del libro. Recomendaciones literarias.

 

Se acerca del Día del Libro. Aquí os dejo, de entre los que he leído y reseñado en los últimos doce meses, una selección fabulosa para la salud de vuestra mollera. Para leer la reseña de cada obra, pulsad en la imagen.



 





lunes, 12 de abril de 2021

Seis cuatro - Hideo Yokoyama

 


 

              Hace catorce años, en un lugar de Japón se produjo el secuestro y asesinato de una niña de siete años. El departamento de Investigaciones Criminales de la prefectura codificó la investigación con el número «seis cuatro». El caso, a punto de prescribir, sigue sin estar resuelto y aún escuece no poco en la conciencia de cuantos participaron en los dispositivos de búsqueda e investigación. La máxima autoridad policial de Japón anuncia una visita, en apariencia de imagen, para reafirmar su compromiso con la familia de la víctima y dar un impulso, ojalá que definitivo, a las moribundas investigaciones.

              Al hilo de esta visita, el protagonista, recientemente trasladado, contra su voluntad, al puesto jefe de relaciones con la prensa de la policía en el departamento en cuestión, recibe el encargo de allanar las cosas para la visita del jefazo tanto con la familia de la niña como con la prensa. La tarea, relativamente sencilla, se transforma en un infierno cuando Mikami, que tal es el apellido del señor, intenta averiguar la razón de todas las trabas que encuentra.

              El origen de las mismas está en los enfrentamientos entre los policías «de calle» (que se sienten orgullosos de ser los «pata negra») y los policías «de moqueta», en las complicaciones personales de Mikami por ser ahora de los segundos y sentirse de los primeros, en las complicaciones aún mayores porque su propia hija adolescente ha escapado de casa y su esposa lleva meses noqueada por este hecho, en los líos, rivalidades y trapos sucios, en la enorme descentralización administrativa que suscita recelos del departamento –con diferencias notables entre cada rama- respecto a «Tokio», y  en las propias las intenciones «de Tokio», que enredan aún más las cosas. Y todo enfangado por los fallos en las investigaciones, que cada cual oculta o explota en su propio interés y según su calaña, enfangado también por una férrea jerarquía en la que, sin embargo, no es difícil saber quién va a sustituir a quién, y complicado, lógicamente, por la necesaria discreción cuando se investigan según qué asuntos. Un último elemento acaba de enloquecer la situación: lo encrespados de los ánimos de la prensa local a cuenta del tratamiento del anonimato en las informaciones policiales; una relación, la de la prensa y la policía, tan intensa como agobiante y en ocasiones disparatada. Y todo, con personajes que, en general, son más bien introvertidos. Por no decir muy introvertidos. Cuestión cultural, supongo.

              La compleja maraña de causas, intenciones y acciones se sigue razonablemente bien, aunque en ocasiones puntuales uno se siente un poco perdido. Algo parecido sucede con el organigrama y jerarquía policial, aspecto clave en esta historia. También hay que leer con cierta continuidad porque el número de personajes es considerable, y todos son presentados por su nombre y cargo; nombres, por cierto, que a la mayoría de los lectores no les bastará para identificar el sexo del personaje.

              La novela es intensa e interesante, aunque con altibajos en el ritmo, con abundantes reiteraciones que no traen por causa refrescar la memoria del lector y que podrían haberse evitado, ganando agilidad sin perder esencia. Está escrita con un nivel de detalle abrumador: solo falta acompañar al protagonista al baño, lo cual es bueno para trasladar la sensación de agobio y mayúsculo estrés al que se ve sometido Mikami, en buena parte por su propia curiosidad. En cuanto al final, es brillante; largo y brillante, con varios giros inesperados que no solo tienen por objeto proporcionar acción sino, también, provocar en el lector cierta conmoción por las implicaciones emocionales que tiene el modo en que las cosas alcanzan su desenlace. Seis cuatro es una novela buena, distinta a casi todo lo que puede leerse en novela negra, y enriquecedora desde varios puntos de vista (tanto por la situación personal del protagonista como por lo que muestra de la idiosincrasia japonesa y administrativa en Japón). Ahora, de ahí a decir, como dice la faja, que si hubiera un Nobel de novela negra había que dárselo a Yokoyama...



jueves, 8 de abril de 2021

La red de protección – Andrea Camilleri

 


 

(Serie Montalbano, 31)


                Dice la faja del libro (ese degenerado subgénero literario) que Vigàta está invadida por los suecos para rodar una serie, o algo así, como si el asunto fuera determinante en esta novela, cuando no es más que, a lo sumo, un decorado irrelevante, un artificio para que la reiteración de personas y lugares no se le haga pesada al lector que, como yo, ha llegado a leer las ya más de treinta novelas del comisario Montalbano. Y qué cerca está esta ya de la última, por cierto.

                En el marco antedicho, pese a las idas y venidas de los suecos y al modo en que disfrazan el pueblo, reina calma chicha en la comisaría de Vigáta, hasta el punto de que Salvo Montalbano está dispuesto a salir de su elemento, Sicilia, y volar a Génova para pasar unos días con su eterna novia, Livia. Tan plácida está la cosa que el comisario tiene tiempo para el reto que un lugareño le plantea: ayudarlo a averiguar por qué su difunto padre grabó varias películas, una al año, hace décadas, todas en la misma fecha, en las que siempre se ve un mismo trozo de pared. Apasionante documental, ¿eh?

                Las cosas, sin embargo, no pueden ser tan cómodas ni inofensivas, y apenas el comisario llega  a Génova debe volver de inmediato –cómo no- porque en un colegio se ha producido un tiroteo en el que se ha visto implicado su subcomisario, Mimí Augello.

                Como tantas otras veces, son dos los casos que evolucionan a la par, el de las películas y el del tiroteo, y como tantas otras veces ambos acaban convergiendo, si bien, en este caso, lo que tienen en común no son hechos ni personas sino motivaciones. Motivaciones, por cierto, que justifican el título de esta obra y que están relacionadas con la forma en que la obcecación y el miedo puede corromper los sentimientos elevados hasta convertirlos en lo opuesto a lo que se supone que son.

                Una vez señalado el argumento, poco más hay que decir, porque en La red de protección el lector encontrará todos los elementos típicos de la saga: la agilidad debida a los rápidos diálogos, el humor, los personajes con sus manías y, cada día un poco más, el sentimiento de vejez de Montalbano, que ya comienza a pensar en la jubilación, y sus lectores, snif, en despedirnos de él.



lunes, 29 de marzo de 2021

Panza de burro - Andrea Abreu

 


 

                Una «panza de burro» es lo que parecen las nubes que se acumulan detenidas por las montañas. Bajo esa panza tinerfeña transcurre el verano de la protagonista de esta magnífica obra de Andrea Abreu, una niña que vive en un empinado barrio donde la prosperidad disminuye a medida que crece la altitud y la pendiente.


                Panza de burro tiene puntos en común con El Jarama. Por ejemplo, el grueso sus páginas están dedicadas a inocentes andanzas iniciáticas, el tono es calmo, sin prisa, consciente de que el objetivo no es la meta sino el camino. Ha pretendido mostrar la vida más que contar una historia. Baste decir esto para comprender que Andrea Abreu ha sido ambiciosa: ha pretendido hacer literatura, y lo ha conseguido. Panza de burro está escrito con maestría y amor al lenguaje, porque a fin de cuentas cómo hablamos nos define. Los dejes y localismos se integran de tal manera en la acción a través de los personajes que la obra no sería la misma sin ellos, y tampoco sin los diminutivos con los que la innominada protagonista se sitúa discreta pero decididamente frente al mundo (o más bien, busca su huequecito en él). El lector ve a través de sus ojos, y lo que ve es, sobre todo, a su amiga Isora, la aparente líder del dúo, aunque de la lectura resulta obvio que para aprender más vale observar que dirigir. Isora se adentra en el mundo a través de la osadía y de un infantil «estar de vuelta de todo» sobre el que cimienta su atrevimiento; y tras ella, la protagonista y narradora, viendo, valorando, participando, acercándose o alejándose según juzga conveniente. Una es la líder, decía antes, pero en realidad las dos se necesitan. Su sueño compartido, pero tan difícil que poco hablan de él, es pasar algún día en la playa, lo cual produce una sensación cercana a la pena: ¿Cómo ellas dos, cuya existencia transcurre tan cerca del mar, viven en medio de tantas estrecheces que no pueden permitirse un remojón en la playa? ¿Tan injusta es la vida que dos niñas no pueden disfrutar de lo que tienen a poquísimos kilómetros mientras sí lo disfrutan, inconscientes de su suerte, miríadas de personas ociosas venidas de todas partes del mundo?

                Pese a lo que he dicho antes, la comparación con El Jarama solo surgió en mi cabeza a raíz de lo más polémico de él (aquello por lo que Rafael Sánchez Ferlosio renegó de su fantástica obra): lo inesperado y abrupto del final en las dos novelas. Y en las dos cabe preguntarse hasta qué punto era necesario hacerlo así, pues la reflexión, las emociones y las sensaciones que hasta ese momento ha producido Panza de burro cambian tan radicalmente que te obliga a pensar: ¿Era la novela era un camino para llegar a ese final o el final ha llegado más o menos caído del panzaburresco cielo para terminar de algún modo? La respuesta –cada lector tendrá la suya- condiciona de modo sustancial la sensación final y la interpretación que cada cual realice.

                A mi juicio, lo interesante de Panza de burro es el camino. Las idas y venidas de las dos niñas permiten retratar el barrio: sus familias, las relaciones entre los familiares, las carencias de unos, los recursos de otros, los huertos, las compras, las comidas, los horarios, las presencias, las ausencias, el modo en que nos adaptamos a lo que tenemos, a lo que nos falta, a la compañía o a la soledad, la forma en que recurrimos a las pequeñas cosas para elevarnos un poquito. El gran mérito de Andrea Abreu es saber identificar y mostrar, con naturalidad, todas las pequeñas acciones, los pequeños detalles, que a diario utilizamos para sentirnos un poco mejor. Para buscar «un fisquito de sol» entre la panza de burro.

                Porque a fin de cuentas de eso se trata: de ir tirando, de ir buscando los apoyos donde apuntalar la moral, que el camino es como el barrio donde vive la protagonista: siempre cuesta arriba.

                Leedlo. Disfrutaréis. Pero aviso: se os contagiará lo del «fisquito».



jueves, 18 de marzo de 2021

Claudio el dios y su esposa Mesalina - Robert Graves

 


 

                Claudio no quería ser emperador, pero no le quedó otro remedio. No quiso ser deificado como sus antecesores, pero en vida lo fue por error –así, como suena- y posteriormente su deseo no fue cumplido. Lo que cuenta esta novela es el camino recorrido entre esas dos condiciones, la de emperador y la de dios.

                La historia comienza donde terminó Yo, Claudio. Esta novela es más detalla, porque si Yo, Claudio abarca, aproximadamente, los primeros cincuenta años de la existencia de Claudio, esta aborda, exclusivamente, los trece o catorce siguientes, hasta su muerte, y además es una novela más larga.

                Me alegro de haber leído Claudio el dios y su esposa Mesalina justo después de haber leído Yo, Claudio. Me he ahorrado un buen esfuerzo de memoria y he disfrutado de una historia que, sumada a la primera, forman un conjunto que va más allá de lo que alcanzan cada una por separado.

                ¿Qué se narra? El «reinado» del emperador Claudio, que principió con un difícil asiento en el poder dedicando años a recomponer los destrozos heredados para, al fin, como gobernante «ilustrado», afianzar su labor en favor de la prosperidad del imperio, y de Roma en particular, acometiendo reformas legales e importantes obras. Lógicamente, si en la primera novela Claudio era un mero testigo y eran otros los protagonistas, aquí él es el protagonista absoluto y, por tanto, no solo cambia la perspectiva de la obra –de testimonio a confesión- sino que Claudio, que es el narrador, es en consecuencia un narrador no imparcial. Sin embargo, esto no significa que la novela y el personaje -de por sí con carácter «científico»- carezcan de objetividad, lo cual refuerzan los añadidos finales, obras de autores de la época incluidos por Robert Graves para explicar la muerte de Claudio. Los tres textos refuerzan la verosimilitud de la novela, porque el tono de Claudio se adapta a personalidad que de él se dibuja en ella y en los escritos provocando una gran sensación de realismo, y es que el Claudio-narrador se preocupa de dos cosas: de dar su versión de los hechos y sus razones para actuar y, también, de explicar cómo cree él que lo ven los demás.

                Otra gran diferencia con la primera novela es que, al asumir Claudio el protagonismo, su personalidad es la mejor dibujada. Como personaje, es apabullante. La personalidad del resto queda, en cambio, más difusa que en Yo,Claudio, donde los retratos eran abundantes y magníficos. Lo cual no obsta para que en esta segunda novela haya algunos memorables, como el de Herodes Agripa.

                La estructura de la historia es también diferente, porque el cúmulo de intrigas en catorce años no son las que puede haber en cincuenta, de modo que en Claudio el dios y su esposa Mesalina hay cierto deambular por cuestiones más vinculadas al compromiso de una persona consigo misma (como la invasión de lo que luego fue Inglaterra) que a la lucha por el poder. Claudio cuenta sus acciones para controlar y dirigir a aduladores y a potenciales enemigos, aprovechando la situación y debilidades de cada uno. Otro tanto ocurre con el pormenorizado relato de lo que sucede en oriente, de la mano de las tribulaciones de un personaje como Herodes Agripa, a la vez alocado, sensato, inteligente y amigo de sus amigos hasta donde puede serlo alguien que se cree señalado por el destino para misiones trascendentales. En cualquier caso, la historia es magnífica, y si en Yo, Claudio las relaciones de poder dominaban la acción, aquí lo que domina el interés del lector es el descubrimiento del verdadero Claudio, del hombre inteligente, decidido, profundo conocedor de la historia y del alma humana, al que todos creían tonto, y la vivencia de sus dudas, miedos, vacilaciones y modo de afrontar una vida a la vez siempre plena de poder y pendiente del hilo de la traición.

                El título menciona a Mesalina, la muchacha de quince años casada con un tipo de cincuenta, tullido y con fama de idiota que sin pretenderlo acaba siendo el hombre más poderoso del mundo. Claudio está enamorado de ella, y su confianza en Mesalina es ciega. Pero Mesalina tiene tres caras: la que ofrece a Claudio como esposa abnegada y colaboradora en los asuntos de estado; la de una persona intrigante que aspira a ejercer el poder según sus propios intereses y a controlarlo para evitar su propia perdición a la muerte de Claudio; y, por último, la de una mujer joven obsesionada por el sexo, al que se entrega con pasión, imaginación y una osadía que se adentra profundamente en la temeridad.

                Si su nombre figura en el título no es porque la figura de Mesalina ocupe muchas páginas. Conocemos su historia porque las referencias a ella son abundantes y porque protagoniza algunos capítulos. Pero la razón por la que Mesalina acompaña a Claudio en el título de la novela es porque hay dos Claudios. Uno, el primero, el que confía en su esposa, el hombre que, pese al poder, sigue comprometido con sus propias ideas y es honesto consigo mismo; y otro, el segundo, cuando ya en edad avanzada, una vez pasado lo más complicado de su mandato y ya dejados atrás los mejores años de éste, descubre la traición de Mesalina, se sabe el hombre más engañado de toda Roma, comprende que hasta el gato se ha estado riendo de él mientras él transformaba el imperio a base de trabajo honesto, responsabilidad e ingenio y, en ese momento, se transforma en lo contrario emprendiendo el declive definitivo: un pasota capaz de regalar el ejercicio efectivo del poder a condición de que lo dejen en paz, un tipo que se ve a sí mismo tan ridículo que no duda en tomarse el poder a chirigota, hasta el punto, incluso, de facilitar su propio fatal destino, como si tras la traición y muerte de Mesalina la vida hubiera dejado de tener sentido para él. Pobre Claudio, tenido por un idiota hasta tras haber demostrado que no lo era.

                La novela, al estar contada en primera persona por Claudio, obviamente termina antes de su asesinato, pero Robert Graves fue capaz de incluir ese episodio, el de la muerte, en un final brillante con tres textos de la época, alguno de ellos traducido por él mismo. Los dos primeros trasladan al lector sendas versiones, con no muchas diferencias, sobre cómo fue la muerte de Claudio. Que el lector elija la que más le guste. El tercer y último texto es un panfleto de Séneca –que durante ocho años había estado desterrado por orden de Claudio, aunque luego le hizo preceptor de su hijo adoptivo, el futuro emperador Nerón- ridiculizando a Claudio; todo un «hacer leña del árbol caído» -esta conducta de Séneca no merece más que una frase hecha- que viene a demostrar que Claudio, a fin de cuentas, era tan terrenal como él siempre se creyó y como siempre defendió negándose repetidamente a que lo deificaran. Ridiculizando al dios, Séneca, sin darse cuenta, rescató a la persona.

Robert Graves la recreó y el resultado es maravilloso.

No creo que nadie se arrepienta de leer por orden estas dos novelas: Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina.



lunes, 15 de marzo de 2021

Yo, Claudio – Robert Graves

 


             

              No soy nada aficionado a la novela histórica. La mayoría de las pocas que he leído no me han animado a repetir. Sin embargo, desde hace tiempo quería leer una de la que siempre había oído hablar maravillas, Yo, Claudio. He tardado un número de años indecente en encontrar el momento, pero cuando este año ha llegado, cómo lo he disfrutado, hasta el punto de haber devorado a continuación Claudio el dios y su esposa Mesalina.

              Robert Graves es deudor de su éxito, como lo demuestran, por una parte, los encendidos elogios que siempre ha provocado esta obra y, por otra, la crítica de autores e historiadores preocupados por las inexactitudes. En resumen, esas cosillas que, creo, son inherentes a las estériles disputas sobre novela histórica. Estériles porque si una novela renuncia al compromiso con la ficción, deja de serlo.

              Sea como fuere, y sean las fuentes de Graves solo unas pocas –como le acusaron respecto a esta obra- o tantas como el autor afirma en la segunda, novelar no exige hallar la verdad sino la verosimilitud, por lo que no dejan de servir para el propósito de un novelista: acercar al lector a una época, hace justo dos milenos, en la que transcurre una historia inspirada en una realidad histórica espectacular y también de un interés humano apabullante. Como el lector sabe, además, que no hay éxito sin bandada de pejigueros, hará bien en despreocuparse de si tal o si cual cosa fue exactamente así o un poco más asá, si Fulano dijo tal cosa o tal otra y Mengano tal dijo tal en vez de cual; lo mejor que puede hacer el lector es disfrutar de lo mollar, que no son los detalles sino la historia, y que, en este caso, es una historia mucho más humana que institucional o política, aunque la grandeza del marco histórico compite con lo meramente humano.

              Y es que Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico es un miembro de la familia imperial considerado por todos tonto y medio idiota –o idiota entero- por ser cojo, con piernas muy débiles, tartamudo y con tics nerviosos, problemas, algunos, que se le acentúan con los nervios. El célebre dicho de que en esta vida, para triunfar, conviene parecer tonto pero no serlo, se cumple en su caso, aunque su triunfo se limita a que al considerarlo inofensivo lo dejan en paz; es decir, nadie se preocupa de asesinarlo y puede entregar su vida a lo que pronto averigua que le gusta: estudiar e escribir historia. La existencia de Claudio discurre entre el «reinado» de Augusto -y su influyente, eficaz e intrigante esposa Livia-, después el de su tío Tiberio y, finalmente, el de un loco de remate como Calígula. Entre medio, además, por unos motivos u otros van quedando en el camino (envenenados, acuchillados o «estimulados» a suicidarse) otros aspirantes y supuestos aspirantes a emperador, algunos tan honestos y queridos por Claudio como su hermano Germánico. En el recuerdo, el fin de la República a manos de un Julio Cesar que acabó imponiendo una forma de gobierno que todos se resisten a llamar «monarquía» por sus connotaciones contra libertad (el término se asimila al de «dictador» actual, que es distinto de la figura institucional del «dictador» romano). Esto, que es historia, no es lo importante en la novela, sino solo el espectacular marco donde se desenvuelven las intrigas en torno al poder de quienes quieren mantenerlo y gestionarlo, solo mantenerlo o, simplemente, aspiran a él. Intrigas, y esto es lo mejor, que dependen de las ambiciones, miedos y posición de partida de cada cual. De resultas, Yo, Claudio es una novela sobre las pasiones humanas y las relaciones de poder; ni unas ni otras han cambiado con el paso de los milenios, como tampoco ha evolucionado, a pesar de los cambios tecnológicos, el modo en que el ser humano vive y se relaciona.

              Escrito en primera persona, la acción va y viene en el tiempo anticipándonos muchas cosas porque el Claudio que escribe (ya emperador) conoce lo que desconocía el Claudio más joven sobre el que escribe. Así que no solo cuenta lo que pasó, sino por qué pasó y quién fue el responsable de que sucediera, y también cómo más tarde se enteró y ahora puede explicarlo, lo que refuerza la sensación de credibilidad. El relato, complejo por la cantidad de personajes y sus intrincadas relaciones familiares, se sigue con facilidad (aunque a menudo uno se pierda en qué parentesco tiene quién con quién, tener este dato siempre presente tiene una importancia relativa, pues el ansia de poder tiene mucho más peso que el afecto, y los personajes son más rivales o aliados que parientes, aunque es cierto que el parentesco -y las afrentas- sirve a cada cual para sospechar la posición del resto en torno al poder). Claudio, además, nos ofrece una visión crítica, un tanto distante, cuando no despectiva, de quienes no saben hacer otra cosa que pelear por el poder; una visión con un punto de cinismo e ironía que se parece mucho al humor.

         Los personajes, ya no le dicho, son numerosos. Una de las grandes virtudes de la novela es la contundencia y verosimilitud con que cada uno es caracterizado. Todos tienen su personalidad, su modo de ser, no son, como en tantos autores, variaciones sobre unos pocos perfiles, sino personajes cuya realidad se percibe de modo inevitable

              Pero quizá lo más relevante, mucho más que los avatares históricos y lo que del ser humano conocemos en sus luchas por el poder, es cómo el lector va descubriendo poco a poco, en boca del Claudio el narrador, la indudable inteligencia de un protagonista –más testigo que partícipe en la acción- al que todos desprecian, alguien tan inteligente que desde el principio es capaz de pasar casi toda su vida viendo, analizando y callando, de modo que acaba sorteando con éxito todos los peligros; un hombre lo bastante inteligente como para desear sinceramente que se olviden de él para dedicarse a lo que en verdad le gusta: la lectura y la historia. Por cierto, qué atractivo resulta para lector que se dirija directamente a él y le haga tan pormenorizadas confidencias un emperador romano partícipe y protagonista del siglo más famoso de la historia de Roma.   

              Como la historia es tan conocida, puede decirse cómo termina esta novela que comienza con el nacimiento de Claudio: con su proclamación, muy su pesar, como emperador tras el asesinato de su sobrino Calígula. Genial, verdaderamente genial, lo que Robert Graves hace pasar por la cabeza de Claudio en el momento en que, contra su voluntad, se ve, de improviso, aclamado como César por los soldados. Un gran y humano final que remata la credibilidad del conjunto.

              El lector se ha encariñado con un personaje al que sabe de una inteligencia aguda. Sabe también que, a pesar de que todos lo consideraban irremediablemente idiota, ha llegado a emperador. Un imperio gigantesco está en sus manos. Y ahora, ¿qué? El banquetazo de literatura ha sido épico, espectacular, pero a su fin el lector siente haberse quedado con la miel en los labios. No puede prescindir de Claudio. ¡Qué difícil es lograr algo así!

Ahí puede quedarse la lectura  de esta impresionante novela, con la sensación apabullante de haber ido corriendo hasta el borde mismo del precipicio y haberse detenido de golpe en él. Pero para saber qué ocurrió después, cómo se desenvolvió como emperador ese imbécil que el lector sabe inteligente, es preciso leer Claudio el dios y su esposa Mesalina. Es lo que he hecho. No recuerdo una sola novela histórica que me haya hecho leer otra del mismo autor.

              Yo, Claudio, es una novela mayúscula, inolvidable.


jueves, 11 de marzo de 2021

La vida contada por un sapiens a un neandertal – Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga

 


 

              Un libro ameno, instructivo y divertido.

              El escritor Juan José Millás cuenta cómo un repentino interés por la paleontología le llevó a comprender, tras mucho husmear, que no sabría escribir nada interesante al respecto, hasta que conoció a Juan Luis Arsuaga, catedrático de Peleontología, reconocido experto, divulgador y responsable de numerosos e importantes estudios, que supo encandilarlo con lo que contaba y por cómo lo hacía. Entonces Millás se dijo que, de su mano, sería capaz de contar algo intersante, y le propuso colaborar.

              El resultado fue este libro, en el que Millás, con el particular humor un tanto cenizo con el que se ríe de sí mismo y de la extraña lógica de las cosas, nos cuenta diversos encuentros con Arsuaga en lugares variopintos –desde el monte a un supermercado- en los que en la conversación van surgiendo temas, en general vinculados al lugar donde se encuentran, que nos permiten comprender, en boca de Arsuaga, no solo las razones y formas de la evolución humana sino, lo que es más interesante, nos enseña a reconocer los motivos de infinidad de cosas que cada día nos salen al paso; incluso las razones de por qué somos así o asá o nos comportamos de un modo u otro. Desde el tamaño de los pechos femeninos o de los testículos, hasta el por qué los asiáticos tienen unos rasgos y los caucásicos otros, multitud de procesos son explicados y comprendidos en esta breve obra, hasta reconducir todas las explicaciones sobre la evolución a dos: o bien los seres cambian para adaptarse al medio, o cambian arrastrados por sus gustos sexuales, ya que las características que para cada especie o subespecie resultan atrayentes provocan una selección natural, ya que quienes las poseen tienen mayores posibilidades de encontrar pareja y, por tanto, de reproducción. Vamos, que los humanos, como todas las especies, hemos llegado a ser lo más guapos y atractivos posible... para los gustos de los humanos. En resumen, lo que no explica la adaptación al medio, lo explica el sexo.

              Un paseo de millones de años con dos magníficos guías: uno, experto en aquello que explica, y otro, experto en explicarse y en construir historias de forma amena y con un punto de humor que hace muy agradable el viaje.

              El sapiens es Juan Luis Arsuaga. El neandertal, Juan José Millás y, por extensión, quienes hemos leído el libro y aprendido con él. Merece la pena dedicarse a ser un buen neandertal las pocas horas que cuesta leerlo.


lunes, 8 de marzo de 2021

Desayuno en Tifanny´s – Truman Capote

 


 

              Leyendo Desayuno en Tiffany´s el lector tiene una sensación extraña, por cómo una novela publicada en 1958 parece haber sido imaginada tal cual fue luego la película que inspiró, protagonizada por Audrey Hepburn y dirigida por Blake Edwards, aunque es obvio que el mérito solo puede ser exactamente el opuesto: cómo una película y sus intérpretes se adaptaron tan bien a una novela. O si queréis lo digo de otro modo: el éxito de la película es deudor de la fidelidad en la adaptación a unos cuantos puntos básicos (principalmente, al personaje de Holly Golightly), pero la contundencia de ese éxito (¿quién no conoce la película?) permite al lector vivir la historia con una concreción en la definición de la protagonista que provoca esa sensación extraña. Normal. Casi nunca comenzamos novela conociendo de antemano a la protagonista.

              La historia, agilísima, es conocida: un aspirante a escritor es convocado por el viejo barman de un bar de mala muerte porque un tercero, antiguo vecino del escritor, cree haber tenido noticias de Holly Golightly: por algún lugar de África ha pasado, porque en un poblado recóndito ha encontrado una talla que, sin duda, reproduce su rostro.

              Tremendo comienzo. ¿Quién será esa mujer tan misteriosa y atrayente como para que su paso haya sido recordado en un poblado africano y ese simple y breve paso, esa remota huella, sea capaz de convocar a tres hombres en Nueva York como si desde allí fueran a poder seguirle el rastro? Vaya modo brillante de hacer de un personaje un mito antes siquiera de que sepamos nada de él.

              Lo siguiente es un vistazo al pasado que explica ese encuentro en el bar; un vistazo a la breve historia de vecindad entre Holly y el aspirante a escritor, que viven en apartamentos del mismo edificio de Nueva York. Holly es una mujer joven, de unos diecinueve años, que atrae a todos los hombres; con todos ellos juega y todos, en la esperanza de llegar a ser algo más, se muestran encantados de ser su juguete. Puede tener sin esfuerzo casi cuanto desea, porque todos se empeñan en entregárselo, pero ella se ríe a su modo renunciando a cuanto le ofrecen –hasta a la posibilidad del estrellato en Hollywood- y utilizándolos para sus propios fines; o para su único fin, que es vivir sin más, tan desahogada, cómoda, desordenada y caóticamente como en cada instante le apetece. De hecho, solo tiene una costumbre: su visita semanal a la cárcel de Sing Sing a ver a un caballero, un mafioso, que le cuenta muchas cosas sobre cómo está el tiempo. Obviamente ella sabe lo que eso implica, aunque desconozca el significado de los mensajes en clave que ayuda a transmitir, pero, ¿qué más le da? ¿Cómo no va a adorar a un señor tan generoso cuando además ella puede refugiarse en una deliciosa ignorancia? Holly es una persona auténtica, con un enorme compromiso consigo misma y con el presente, puesto que vive como si el futuro no existiera, y por eso exprime cada momento. En realidad, ni siquiera el pasado existe para ella. No, al menos, en lo que respecta a la Holly que nunca quiso ser. Y si no tienes pasado, no tienes familia ni amigos, aunque, lógicamente, el recuerdo, aunque no lo comparta, yace sepultado en su interior. Al mismo tiempo es una muchacha alocada, frívola e inconsciente. Una mujer tan apasionada por la vida que, sin darse cuenta, rechaza el concepto del tiempo: ni el pasado existe ni se atreve a preocuparse por el futuro. Todo esto crea una atmósfera de alegría, jovialidad y humor tan intensa como frágil; y, tras la fragilidad, acecha la tristeza y la melancolía. Una mujer irresistible para todos, que trae alegría cuando llega y deja melancolía cuando se va.

              Y eso es lo que cuenta esta novela: qué hizo –o más bien cómo fue- Holly Golightly para, en tan breve tiempo, dejar en todos los que la conocieron una huella imperecedera.

              También en ti la dejará. 


jueves, 4 de marzo de 2021

El espejo de nuestras penas – Pierre Lemaitre

 



Gran final para una trilogía memorable, Los hijos del desastre, que engloba Nos vemos allá arriba, Los colores del incendio y El espejo de nuestras penas. Si la primera comienza con el fin de la Primera Guerra Mundial y la segunda transcurre en el periodo entre guerras, la última transcurre en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial. Como en las dos primeras novelas, en esta el entorno histórico sirve de marco a la vida de unas cuantas personas afectándole de modo tan intenso que, de algún modo, vemos cómo se construye la historia ante nuestros ojos como quien ve la construcción de un muro no con la mirada del arquitecto o del constructor, sino desde la perspectiva de varios de los ladrillos.

Louise Belmont era una niña cuando los dos extraños excombatientes de la Gran Guerra se alojaron en una de las habitaciones de su casa (los dos excombatientes protagonistas de Nos vemos allá arriba). Ahora es una mujer de treinta años, profesora, que ayuda desinteresadamente en el restaurante de un buen hombre ya mayor donde todos los sábados acude a leer el periódico y a tomarse un postre, desde hace años, y siempre en la misma mesa, otro hombre mayor y silencioso que un buen día le hace una proposición indecente y sorprendente.

El resultado de la proposición es horroroso y traumático, pero buceando en sí misma para saber por qué ha hecho lo que ha hecho, Louise acaba indagando, qué remedio, en los motivos del extraño hombre, y de ahí Louise acaba, sin haberlo esperado, buceando en su pasado y en el de su propia familia. ¿Por qué? Porque la causalidad suele ser más importante que la casualidad, y casi nada de lo que pasa animado por la voluntad de alguien es fortuito.

Mientras tanto, los franceses esperan al enemigo (que se hace el remolón) en la Línea Maginot, donde cierto suboficial –un pobre diablo profesor de matemáticas con ninguna dote de mando y con muy pocas ganas tiene de estar allí- se deja dominar, cuando no someter, por un subordinado, un vivales capaz de hacer negocios en cualquier sitio: trilero, ladrón, estafador… Aunque, eso, sí, cuando quiere, y quiere a menudo, es un encanto; el suyo es perfil acabado de embaucador. La línea Maginot acaba como acaba, y estos dos personajes se ven convertidos, sin serlo ni pretenderlo, en desertores unidos por algo parecido a la solidaridad entre hombres que, sin dejar de ser cada uno lo que es, se sienten responsables de al menos de una misión y son capaces de reconocer y admirar a quien la acomete con honestidad.

Al tiempo que esto sucede, otro personaje que se hace querer por todo el mundo acaba también embaucando hasta al más pintado, pues con una osadía mucho más que notable es capaz de hacerse pasar –con éxito- por un avezado profesional en cualquier área, por insólita que sea. Este personaje, una especie de usurpador vocacional que jamás vive bajo su verdadera personalidad, es uno de los más ingeniosos y graciosos de la novela y, también, todo un símbolo por cómo de sencillo es engañar a todo el mundo en los momentos más difíciles: hasta a los embaucadores. Lo mejor de él es, sin duda, que no trata de perjudicar a nadie, más bien al contrario, lo que transforma sus metamorfosis en una especie de pequeños y deliciosos cuentos.

Con estos mimbres y alguno más, Lemaitre nos muestra cómo cuando todo está en juego la picaresca campa a sus anchas en todo el cuerpo social; desde lo más bajo a lo más alto la verdad cotiza poco y la mentira es el asidero donde todo el mundo trata de salvarse del naufragio. La única que persigue la verdad, Louise, es precisamente la más arrastrada por las aguas.

El monumental éxodo entre la población francesa que provoca el avance de las tropas nazis es el marco en el que transcurre buena parte de la novela. Tantas veces hemos visto imágenes de refugiados que no somos conscientes de lo que supone dejar todo atrás ni de las penalidades que un éxodo masivo comporta y provoca. Cuando todo el mundo huye en la misma dirección mientras todo se viene abajo, hasta el agua es un bien escaso. Y no hablemos de comida o combustible. Unos huyen, sin más, tratando de encontrar un destino; otros, como Louise y el dueño del restaurante, no han huido, sino que iban en búsqueda de alguien, pero la búsqueda de quien huye se transforma, a su pesar, en una huida. Otros, presidiarios, intentan una huida dentro de la huida. Del resto, casi todos andan perdidos y solo unos pocos, muy pocos, encuentran su sitio en todo este berenjenal ejerciendo de lo que no son… O siendo lo que no son. 

En el éxodo nos topamos con un pequeño campamento en la zona del Loira. Lugar de encuentro y reencuentro de unos personajes con otros y de muchos consigo mismos. Un oasis que demuestra, en plena desbandada, que cuando peor están las cosas la colaboración tiene más recorrido que el mucho más practicado sálvese quien pueda.

Hecho este pequeño resumen, solo me queda señalar que esta novela comparte con las anteriores el estilo cariñoso, rápido y divertido, dentro de lo trágico, que tanto me recuerda al mejor Camilleri, aunque Lemaitre no lo cite en sus influencias. Por otra parte, creo que Lemaitre escribe mejor que el italiano, a costa de sacrificar algo de agilidad (no mucha). Capítulos no demasiado largos, diálogos siempre significativos, detalles esclarecedores… Y, por supuesto, mantiene su capacidad para hacer sencilla la exposición de situaciones complejas. Su modo de expresarse y el lenguaje sencillo, que no pobre, usado con maestría. Por eso es capaz de decir mucho con pocas y claras palabras. Una delicia para cualquier buen lector.



lunes, 1 de marzo de 2021

El nadador en el mar secreto – William Kotzwinkle

 


 

                El nadador en el mar secreto es una novela de profundas emociones, pero también de emociones contenidas, porque del joven padre que la protagoniza conocemos lo que le sucede y lo que hace, pero lo que siente lo deduce el lector. Una breve historia de hechos, sin calificaciones, con el halo poético que producen esos personajes que pasan por el mundo como levitando porque no bajan al barro de mostrar sus sentimientos. Lo cual, como digo, no significa que el lector no los conozca, sino que los encuentra en su propio cerebro.

                De esta manera, El nadador en el mar secreto es una obra que provoca una intensa relación entre la historia y lector, una conversación silenciosa del lector consigo mismo que versa sobre la felicidad y la desgracia, y el modo en que cada uno las aborda. La felicidad del nacimiento de un hijo, y la desgracia de su pérdida. La serenidad de los personajes hace que la violencia de los sentimientos –que, insisto, quedan a la interpretación del lector- sea mayor, porque carecen de otra vía de escape que el enfrentamiento silencioso a la realidad hasta, si es posible, su asimilación.

                Una obra breve, que se lee en un par de horas que merecen la pena. Una obra que, por su naturaleza, además, puede convenir releer en más de una ocasión en la vida.