En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 18 de marzo de 2021

Claudio el dios y su esposa Mesalina - Robert Graves

 


 

                Claudio no quería ser emperador, pero no le quedó otro remedio. No quiso ser deificado como sus antecesores, pero en vida lo fue por error –así, como suena- y posteriormente su deseo no fue cumplido. Lo que cuenta esta novela es el camino recorrido entre esas dos condiciones, la de emperador y la de dios.

                La historia comienza donde terminó Yo, Claudio. Esta novela es más detalla, porque si Yo, Claudio abarca, aproximadamente, los primeros cincuenta años de la existencia de Claudio, esta aborda, exclusivamente, los trece o catorce siguientes, hasta su muerte, y además es una novela más larga.

                Me alegro de haber leído Claudio el dios y su esposa Mesalina justo después de haber leído Yo, Claudio. Me he ahorrado un buen esfuerzo de memoria y he disfrutado de una historia que, sumada a la primera, forman un conjunto que va más allá de lo que alcanzan cada una por separado.

                ¿Qué se narra? El «reinado» del emperador Claudio, que principió con un difícil asiento en el poder dedicando años a recomponer los destrozos heredados para, al fin, como gobernante «ilustrado», afianzar su labor en favor de la prosperidad del imperio, y de Roma en particular, acometiendo reformas legales e importantes obras. Lógicamente, si en la primera novela Claudio era un mero testigo y eran otros los protagonistas, aquí él es el protagonista absoluto y, por tanto, no solo cambia la perspectiva de la obra –de testimonio a confesión- sino que Claudio, que es el narrador, es en consecuencia un narrador no imparcial. Sin embargo, esto no significa que la novela y el personaje -de por sí con carácter «científico»- carezcan de objetividad, lo cual refuerzan los añadidos finales, obras de autores de la época incluidos por Robert Graves para explicar la muerte de Claudio. Los tres textos refuerzan la verosimilitud de la novela, porque el tono de Claudio se adapta a personalidad que de él se dibuja en ella y en los escritos provocando una gran sensación de realismo, y es que el Claudio-narrador se preocupa de dos cosas: de dar su versión de los hechos y sus razones para actuar y, también, de explicar cómo cree él que lo ven los demás.

                Otra gran diferencia con la primera novela es que, al asumir Claudio el protagonismo, su personalidad es la mejor dibujada. Como personaje, es apabullante. La personalidad del resto queda, en cambio, más difusa que en Yo,Claudio, donde los retratos eran abundantes y magníficos. Lo cual no obsta para que en esta segunda novela haya algunos memorables, como el de Herodes Agripa.

                La estructura de la historia es también diferente, porque el cúmulo de intrigas en catorce años no son las que puede haber en cincuenta, de modo que en Claudio el dios y su esposa Mesalina hay cierto deambular por cuestiones más vinculadas al compromiso de una persona consigo misma (como la invasión de lo que luego fue Inglaterra) que a la lucha por el poder. Claudio cuenta sus acciones para controlar y dirigir a aduladores y a potenciales enemigos, aprovechando la situación y debilidades de cada uno. Otro tanto ocurre con el pormenorizado relato de lo que sucede en oriente, de la mano de las tribulaciones de un personaje como Herodes Agripa, a la vez alocado, sensato, inteligente y amigo de sus amigos hasta donde puede serlo alguien que se cree señalado por el destino para misiones trascendentales. En cualquier caso, la historia es magnífica, y si en Yo, Claudio las relaciones de poder dominaban la acción, aquí lo que domina el interés del lector es el descubrimiento del verdadero Claudio, del hombre inteligente, decidido, profundo conocedor de la historia y del alma humana, al que todos creían tonto, y la vivencia de sus dudas, miedos, vacilaciones y modo de afrontar una vida a la vez siempre plena de poder y pendiente del hilo de la traición.

                El título menciona a Mesalina, la muchacha de quince años casada con un tipo de cincuenta, tullido y con fama de idiota que sin pretenderlo acaba siendo el hombre más poderoso del mundo. Claudio está enamorado de ella, y su confianza en Mesalina es ciega. Pero Mesalina tiene tres caras: la que ofrece a Claudio como esposa abnegada y colaboradora en los asuntos de estado; la de una persona intrigante que aspira a ejercer el poder según sus propios intereses y a controlarlo para evitar su propia perdición a la muerte de Claudio; y, por último, la de una mujer joven obsesionada por el sexo, al que se entrega con pasión, imaginación y una osadía que se adentra profundamente en la temeridad.

                Si su nombre figura en el título no es porque la figura de Mesalina ocupe muchas páginas. Conocemos su historia porque las referencias a ella son abundantes y porque protagoniza algunos capítulos. Pero la razón por la que Mesalina acompaña a Claudio en el título de la novela es porque hay dos Claudios. Uno, el primero, el que confía en su esposa, el hombre que, pese al poder, sigue comprometido con sus propias ideas y es honesto consigo mismo; y otro, el segundo, cuando ya en edad avanzada, una vez pasado lo más complicado de su mandato y ya dejados atrás los mejores años de éste, descubre la traición de Mesalina, se sabe el hombre más engañado de toda Roma, comprende que hasta el gato se ha estado riendo de él mientras él transformaba el imperio a base de trabajo honesto, responsabilidad e ingenio y, en ese momento, se transforma en lo contrario emprendiendo el declive definitivo: un pasota capaz de regalar el ejercicio efectivo del poder a condición de que lo dejen en paz, un tipo que se ve a sí mismo tan ridículo que no duda en tomarse el poder a chirigota, hasta el punto, incluso, de facilitar su propio fatal destino, como si tras la traición y muerte de Mesalina la vida hubiera dejado de tener sentido para él. Pobre Claudio, tenido por un idiota hasta tras haber demostrado que no lo era.

                La novela, al estar contada en primera persona por Claudio, obviamente termina antes de su asesinato, pero Robert Graves fue capaz de incluir ese episodio, el de la muerte, en un final brillante con tres textos de la época, alguno de ellos traducido por él mismo. Los dos primeros trasladan al lector sendas versiones, con no muchas diferencias, sobre cómo fue la muerte de Claudio. Que el lector elija la que más le guste. El tercer y último texto es un panfleto de Séneca –que durante ocho años había estado desterrado por orden de Claudio, aunque luego le hizo preceptor de su hijo adoptivo, el futuro emperador Nerón- ridiculizando a Claudio; todo un «hacer leña del árbol caído» -esta conducta de Séneca no merece más que una frase hecha- que viene a demostrar que Claudio, a fin de cuentas, era tan terrenal como él siempre se creyó y como siempre defendió negándose repetidamente a que lo deificaran. Ridiculizando al dios, Séneca, sin darse cuenta, rescató a la persona.

Robert Graves la recreó y el resultado es maravilloso.

No creo que nadie se arrepienta de leer por orden estas dos novelas: Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina.



lunes, 15 de marzo de 2021

Yo, Claudio – Robert Graves

 


             

              No soy nada aficionado a la novela histórica. La mayoría de las pocas que he leído no me han animado a repetir. Sin embargo, desde hace tiempo quería leer una de la que siempre había oído hablar maravillas, Yo, Claudio. He tardado un número de años indecente en encontrar el momento, pero cuando este año ha llegado, cómo lo he disfrutado, hasta el punto de haber devorado a continuación Claudio el dios y su esposa Mesalina.

              Robert Graves es deudor de su éxito, como lo demuestran, por una parte, los encendidos elogios que siempre ha provocado esta obra y, por otra, la crítica de autores e historiadores preocupados por las inexactitudes. En resumen, esas cosillas que, creo, son inherentes a las estériles disputas sobre novela histórica. Estériles porque si una novela renuncia al compromiso con la ficción, deja de serlo.

              Sea como fuere, y sean las fuentes de Graves solo unas pocas –como le acusaron respecto a esta obra- o tantas como el autor afirma en la segunda, novelar no exige hallar la verdad sino la verosimilitud, por lo que no dejan de servir para el propósito de un novelista: acercar al lector a una época, hace justo dos milenos, en la que transcurre una historia inspirada en una realidad histórica espectacular y también de un interés humano apabullante. Como el lector sabe, además, que no hay éxito sin bandada de pejigueros, hará bien en despreocuparse de si tal o si cual cosa fue exactamente así o un poco más asá, si Fulano dijo tal cosa o tal otra y Mengano tal dijo tal en vez de cual; lo mejor que puede hacer el lector es disfrutar de lo mollar, que no son los detalles sino la historia, y que, en este caso, es una historia mucho más humana que institucional o política, aunque la grandeza del marco histórico compite con lo meramente humano.

              Y es que Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico es un miembro de la familia imperial considerado por todos tonto y medio idiota –o idiota entero- por ser cojo, con piernas muy débiles, tartamudo y con tics nerviosos, problemas, algunos, que se le acentúan con los nervios. El célebre dicho de que en esta vida, para triunfar, conviene parecer tonto pero no serlo, se cumple en su caso, aunque su triunfo se limita a que al considerarlo inofensivo lo dejan en paz; es decir, nadie se preocupa de asesinarlo y puede entregar su vida a lo que pronto averigua que le gusta: estudiar e escribir historia. La existencia de Claudio discurre entre el «reinado» de Augusto -y su influyente, eficaz e intrigante esposa Livia-, después el de su tío Tiberio y, finalmente, el de un loco de remate como Calígula. Entre medio, además, por unos motivos u otros van quedando en el camino (envenenados, acuchillados o «estimulados» a suicidarse) otros aspirantes y supuestos aspirantes a emperador, algunos tan honestos y queridos por Claudio como su hermano Germánico. En el recuerdo, el fin de la República a manos de un Julio Cesar que acabó imponiendo una forma de gobierno que todos se resisten a llamar «monarquía» por sus connotaciones contra libertad (el término se asimila al de «dictador» actual, que es distinto de la figura institucional del «dictador» romano). Esto, que es historia, no es lo importante en la novela, sino solo el espectacular marco donde se desenvuelven las intrigas en torno al poder de quienes quieren mantenerlo y gestionarlo, solo mantenerlo o, simplemente, aspiran a él. Intrigas, y esto es lo mejor, que dependen de las ambiciones, miedos y posición de partida de cada cual. De resultas, Yo, Claudio es una novela sobre las pasiones humanas y las relaciones de poder; ni unas ni otras han cambiado con el paso de los milenios, como tampoco ha evolucionado, a pesar de los cambios tecnológicos, el modo en que el ser humano vive y se relaciona.

              Escrito en primera persona, la acción va y viene en el tiempo anticipándonos muchas cosas porque el Claudio que escribe (ya emperador) conoce lo que desconocía el Claudio más joven sobre el que escribe. Así que no solo cuenta lo que pasó, sino por qué pasó y quién fue el responsable de que sucediera, y también cómo más tarde se enteró y ahora puede explicarlo, lo que refuerza la sensación de credibilidad. El relato, complejo por la cantidad de personajes y sus intrincadas relaciones familiares, se sigue con facilidad (aunque a menudo uno se pierda en qué parentesco tiene quién con quién, tener este dato siempre presente tiene una importancia relativa, pues el ansia de poder tiene mucho más peso que el afecto, y los personajes son más rivales o aliados que parientes, aunque es cierto que el parentesco -y las afrentas- sirve a cada cual para sospechar la posición del resto en torno al poder). Claudio, además, nos ofrece una visión crítica, un tanto distante, cuando no despectiva, de quienes no saben hacer otra cosa que pelear por el poder; una visión con un punto de cinismo e ironía que se parece mucho al humor.

         Los personajes, ya no le dicho, son numerosos. Una de las grandes virtudes de la novela es la contundencia y verosimilitud con que cada uno es caracterizado. Todos tienen su personalidad, su modo de ser, no son, como en tantos autores, variaciones sobre unos pocos perfiles, sino personajes cuya realidad se percibe de modo inevitable

              Pero quizá lo más relevante, mucho más que los avatares históricos y lo que del ser humano conocemos en sus luchas por el poder, es cómo el lector va descubriendo poco a poco, en boca del Claudio el narrador, la indudable inteligencia de un protagonista –más testigo que partícipe en la acción- al que todos desprecian, alguien tan inteligente que desde el principio es capaz de pasar casi toda su vida viendo, analizando y callando, de modo que acaba sorteando con éxito todos los peligros; un hombre lo bastante inteligente como para desear sinceramente que se olviden de él para dedicarse a lo que en verdad le gusta: la lectura y la historia. Por cierto, qué atractivo resulta para lector que se dirija directamente a él y le haga tan pormenorizadas confidencias un emperador romano partícipe y protagonista del siglo más famoso de la historia de Roma.   

              Como la historia es tan conocida, puede decirse cómo termina esta novela que comienza con el nacimiento de Claudio: con su proclamación, muy su pesar, como emperador tras el asesinato de su sobrino Calígula. Genial, verdaderamente genial, lo que Robert Graves hace pasar por la cabeza de Claudio en el momento en que, contra su voluntad, se ve, de improviso, aclamado como César por los soldados. Un gran y humano final que remata la credibilidad del conjunto.

              El lector se ha encariñado con un personaje al que sabe de una inteligencia aguda. Sabe también que, a pesar de que todos lo consideraban irremediablemente idiota, ha llegado a emperador. Un imperio gigantesco está en sus manos. Y ahora, ¿qué? El banquetazo de literatura ha sido épico, espectacular, pero a su fin el lector siente haberse quedado con la miel en los labios. No puede prescindir de Claudio. ¡Qué difícil es lograr algo así!

Ahí puede quedarse la lectura  de esta impresionante novela, con la sensación apabullante de haber ido corriendo hasta el borde mismo del precipicio y haberse detenido de golpe en él. Pero para saber qué ocurrió después, cómo se desenvolvió como emperador ese imbécil que el lector sabe inteligente, es preciso leer Claudio el dios y su esposa Mesalina. Es lo que he hecho. No recuerdo una sola novela histórica que me haya hecho leer otra del mismo autor.

              Yo, Claudio, es una novela mayúscula, inolvidable.