En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 15 de junio de 2026

Golondrinas - Bernardo Atxaga

 


Un ángel caído situado en lo más bajo del escalafón (y, por tanto, con una clarividencia un tanto perjudicada) da cuenta al lector de su trabajo en el cementerio de Arroa Goia y sus alrededores, en el corazón de Guipúzcoa. Lo hace en tres momentos diferentes.

El primero, en 1992, cuando está acompañado de su jefe y otros dos demonios algo más espabilados o, al menos, con más mala leche. Están asistiendo al entierro de Juan Manuel Ibar Aspiazu, Urtain (1943-1992), quien comenzó siendo un fenómeno de los deportes tradicionales vascos y terminó siendo campeón de Europa de boxeo en la categoría de pesos pesados, la máxima. Corría el año 1970 cuando alcanzó esa cumbre, así que no hace falta mover una neurona para comprender que el régimen franquista se apropió de su éxito, como de todos los éxitos deportivos, y que eso no favoreció en nada el aprecio de la sociedad euskaldún hacia el campeón. Como además Urtain había entrenado más los músculos que la psicología necesaria para asimilar el éxito, los problemas estaban cantado. Tras retirarse, pronto pasó a ser lo que luego se denominó un juguete roto, hasta que a los 49 años, endeudado e incapaz de vislumbrar un futuro digno, se suicidó en Madrid tirándose desde un décimo piso en una calle que, por cierto, frecuenté solo dos años después sin tener ni idea del suceso.

El entierro que la novela describe tiene, vamos a decirlo así, sus peculiaridades. Sobre todo por la fauna que asiste.

El segundo momento transcurre veinticinco años después, en 2017, con ocasión de otro funeral. El de uno de los asistentes al sepelio de Urtain. El nuevo finado había sido un tipo peculiar, vamos a decirlo así, cuya figura no solo ocupa el relato central sino que da unidad al libro y a las tres historias que lo forman. Aquí el ángel caído que nos chismorrea todo ya está solo. Es un pobre diablo en todos los sentidos.

Y, tercer momento, otros veinticinco años después, en el funeral, en 2042, de uno de los asistentes al segundo entierro, un tipo mucho más normal, pero que se ha visto envuelto en circunstancias que le han permitido saber mucho sobre el segundo finado y, de rebote, sobre Urtain. La relación entre los tres funerales es sutil. Algo, poca cosa, que sucedió hace tropecientos años condiciona vidas durante décadas y décadas sin que nadie llegue a sospechar el modo en que la olvidada anécdota de alguien a quien no conoció determina su actividad diaria. Los nervios que provocan estos movimientos en el cuerpo histórico son el amor y, sobre todo, el odio. El diablo ya es paupérrimo.

La acción no transcurre de forma lenta, sino lentísima, pero esto no es una crítica sino mi modo de decir que Bernardo Atxaga cuida los detalles: si los personajes se van a cenar a un buen restaurante, cena tú también por todo lo alto mientras lees, porque la lectura durará lo que la cena. Otra cosa es que en ella se cuenten cosas de modo que la historia de casi un siglo se conozca en unas pocas escenas en las que, eso sí, los participantes hacen alardes de memoria.

Dividir la historia en intervalos temporales de un cuarto de siglo golpea con fuerza al lector: quien hoy es adulto mañana es un anciano moribundo. Y quien hoy es joven mañana es un adulto con toda la vida hecha, y el anterior anciano moribundo es ya alguien olvidado cuyos últimos rastros desaparecen ante los ojos del lector. Produce cierto vértigo, sobre todo, supongo, en los lectores que ya tenemos más años por detrás que por delante. La sensación de que nuestra propia vida es efímera y, a la vez, menos importante de lo que nos parece, es intensa. Digo yo que a sus 74 años es un tema al que Bernardo Atxaga ya ha dado vueltas para intentar aceptarlo. Este libro podría ser una de ellas.

La escritura es de una gran calidad, y el humor está presente en segundo plano con una constancia y uniformidad tal que llega pasar inadvertido, pues el lector se acostumbra a la principal forma en que se manifiesta: la descalabrada clarividencia del narrador, a cuyas entendederas lo mismo no llega información crucial que la entorpecen datos absurdos e inútiles. Pero hay más: los personajes no tienen ángeles de la guarda, sino ángeles (caídos) que parecen comerciales de su jefe, Luzbel: ni se plantean hacer caer a la gente en la tentación porque todos los personajes humanos va tan a lo suyo que son clientes fijos, por eso la función de los angelitos demoniacos es, más bien, apresurar los días de la ya condenada clientela. Hasta en ese negocio la rotación es importante. Otro rasgo de humor es el modo en que los demonios hablan de sus opuestos. Como todo el mundo se tiene en buena estima a sí mismo, hasta los diablos, todos, también ellos, tienen mala opinión del contrario: por eso se refieren a Dios como «el Tirano», entre otras alusiones del mismo tenor.

Bernardo Atxaga logra, con pericia y sin que se note, crear y resolver atractivas dudas al lector. Primero, despierta la curiosidad por Urtain, una vieja celebridad a quien ya casi nadie recuerda; segundo, por saber la razón de la actitud de algunos personajes hacia el boxeador fallecido; tercero, por averiguar qué se traía entre manos uno de esos personajes y si su muerte un cuarto de siglo después fue o no lo que parecía; y, cuarto, por enmarañar y desenmarañar ciertas relaciones sexuales y emocionales.

Un gran libro que combina con sabiduría, desde un escenario local, misterio, humor, un punto de sexo sugerido y reflexiones sobre lo fugaz de la vida y la dificultad de racionalizar su sentido.



lunes, 8 de junio de 2026

El último caso de Unamuno - Luis García Jambrina

 


    Luis García Jambrina y Manuel Menchón firmaron una especie de ensayo que cuestionaba la versión oficial sobre la muerte de Miguel de Unamuno: «La doble muerte de Unamuno». Lo reseñé en 2021. Aunque la obra se limitaba a expresar dudas sobre la versión oficial, la novela que ahora reseño, «El último caso de Unamuno», da por buena la hipótesis del asesinato frente a la de muerte natural. 

    Ni que decir tiene si esta novela transcurre cuando Unamuno muere es lógico que el caso que investiga sea el último. También es el segundo tras «El primer caso de Unamuno», novela que no he leído y en la que Luis García Jambrina transformó al escritor y pensador en detective sui generis.

  «El último caso de Unamuno» es también «el caso Unamuno», porque son dos las investigaciones que se dan, apenas separadas por unos meses. Ambas se van alternando para, como siempre ocurre con estos planteamientos, converger.

Estamos en la Salamanca del otoño de 1936. Un profesor universitario se ha suicidado, pero su viuda no cree esa versión y le pide a Unamuno que haga lo posible por aclarar lo ocurrido. Unos pocos meses después, la tarde del 31 de diciembre de 1936, muere el propio Unamuno en las circunstancias que podéis leer en la reseña de «La doble muerte de Unamuno», parte de las cuales se reflejan en esta obra. Luis García Jambrina hace que el escritor investigue el caso del profesor suicidado y da a la muerte de Unamuno una explicación novelesca a través de la investigación realizada por un abogado amigo de la familia.

Unamuno fue partidario del golpe de estado de julio de 1936 en la confianza de que pretendía restaurar la monarquía para acabar con los excesos de los últimos años de la República, de la que años atrás había sido partidario, y santas pascuas. Al instante los sublevados aprovecharon su prestigio nacional e internacional en defensa de su causa. Pero cuando Unamuno se dio cuenta, enseguida, de que los sublevados no estaban llevando a cabo un golpe de estado tradicional, limitado a cambiar las élites del poder, sino que habían emprendido una guerra de exterminio, de aniquilación sistemática y organizada del discrepante, aborreció el golpe y se enfrentó a los golpistas a riesgo de su propia vida y de la de sus familiares. La estrategia de los sublevados respecto a él fue doble: no quisieron cargarse a un hombre de tanto prestigio para evitar repetir el enorme coste internacional que había supuesto el asesinato de Federico García Lorca; pero una cosa era no matarlo y otra dejarle libertad: lo marginaron, controlaron y excluyeron de toda posibilidad de dar a conocer su opinión, le cerraron el pico para que su actitud crítica no trascendiera y poder así mantener la milonga de su apoyo. Así ocurrió que en el territorio no sublevado Unamuno era considerado un traidor, y en el sublevado también. Por todo esto es lógico pensar, y es lo que refleja la novela, que Unamuno vivió la segunda mitad de 1936 con el permanente temor a ser ejecutado. Seguramente solo pudo mentener una chispa de esperanza; que a los sublevados, que evidentemente lo aborrecían comenzando por el patético Millán Astray, cuya barbarie Unamuno había dejado en evidencia en un acto en octubre, no les interesara hacerlo.

La novela relata la acelerada muerte civil de Unamuno en el contexto de la Salamanca dominada por los sublevados, lo cual para la ficción tiene tres elementos muy atractivos: primero, la propia figura de Unamuno: una persona de suma inteligencia, aunque también soberbio, que al final de su vida se ve aplastado por una fuerza bruta impermeable al razonamiento; segundo, que el Unamuno versionado como investigador cada vez tiene menos medios para investigar y, tercero, mal le ha de ir al investigador cuando los sospechosos son los sublevados que controlan el poder y deciden impunemente sobre la vida y la muerte de cualquiera: descubrir culpables es mortalmente peligroso cuando lo son todos los que dominan el poder, y además es inútil porque no van responder por sus actos. Idénticos problemillas afronta el abogado que investiga la muerte del escritor. Investigar sin que se note. Casi investigar sin investigar. Investigar para conocer la verdad en privado, no en público porque eso puede llevarte a la tumba.

Una novela original, entretenida, que refleja bien, o al menos transmite con verosimilitud e intensidad, el ambiente opresivo en que se desenvuelven los personajes. Pero una de esas novelas, también, que al mezclar realidad y ficción produce cierta inevitable desconfianza: quien ignora la historia puede tomar por referencia la ficción, y a quien conoce la historia le puede costar ver a Unamuno convertido en detective y con un modo de enfrentar la vida cuyo parentesco con sus sentimientos reales nunca podrá pasar de lo hipotético.


jueves, 5 de marzo de 2026

Oxígeno – Marta Jiménez Serrano

 


Obra autobiográfica, breve e inquietante, sobre la digestión de un trauma. El que produce, como avisa la sinopsis y cuenta la autora ya al comienzo, la mala combustión de una caldera.

El suceso, que casi provoca la muerte de la autora y narradora, se produce en un momento especialmente feliz dentro de una tónica un tanto frustrante: feliz porque tras varias relaciones la protagonista ha comenzado a vivir en pareja y lo hace en un piso pequeño pero donde cabe una esterilla para hacer ejercicio; lo frustrante está implícito la naturaleza del «lujo». Y es que la alegría por haber alquilado un agujero relativamente confortable no lo hace menos agujero. ¿Ese es el destino que te espera después de haber conseguido trabajo? ¿Un agujerito sostenido por dos sueldos? Y si falla uno por desavenencias o porque alguno de los dos queda en paro, ¿qué? En esta situación a un tiempo alegre (he hecho lo que he podido) y preocupante (pero no basta y eso no depende de mí) que aboca a un sentimiento de vulnerabilidad, se produce la avería que lo ahonda.

Estar a punto de morir hace a la protagonista repentina y definitivamente consciente de su extrema vulnerabilidad. Y, para colmo, lo ocurrido se debe al desinterés, a la pereza, a la falta de responsabilidad de la arrendadora. Es decir, de quien está económicamente por encima. 

No muy por encima. Solo un poco. Ella tiene un piso para alquilar y tú no. Parece poco, ¿cuántos desequilibrios así no hay?, pero es suficiente para quedar a su merced.

Qué produce más impotencia y sensación de vulnerabilidad, si poder morir por una «tontería» o que la «tontería» tenga su origen en la molicie de otra persona es complicado saberlo.

La autora, que habla en primera persona, vuelve una y otra vez a las mismas reflexiones, añadiendo en cada vuelta detalles reveladores que en su momento se le pasaron por alto, como las cláusulas del contrato de arrendamiento. Cada pormenor pone más de manifiesto su desvalimiento. Lo ocurrido es visto a través de sus ojos hasta donde alcanzaron a ver, y el relato se completa con la mirada de su pareja y de los servicios de emergencias. Con estos últimos contactó Marta Jiménez para completar su versión. Esta última palabra es intencionada: la autora no pretende buscar una verdad, sino dar cuenta de una experiencia subjetiva, porque así es como vivimos, desde la subjetividad. En ella nacen y tienen cobijo todos los sentimientos.

Este ir y venir  de una cosa a lo mismo genera, en la primera parte del libro, cierta sensación de atasco, de que no se avanza. Pero es que en eso consiste el trauma: en quedar atrapado en una idea, en un temor. Todo trauma tiene bastante de obsesión, y eso lo transmite muy bien la autora. Luego, de pronto, el texto comienza a fluir y vuela hacia el final.

Un final que no es otra cosa que hasta qué punto y cómo se ha digerido el drama. Cómo se asume la propia debilidad y se es capaz de convivir con ella para sacar adelante la propia vida. Que a casi todo se acostumbre uno es un consuelo. Parcial, pero consuelo. Pero el libro es la denuncia de que no basta con eso: todos tenemos una cuota de responsabilidad en la vida de quienes nos rodean, incluso aunque no los conozcamos. Que seamos capaces de perder el temor al riesgo no hace a este menos importante ni menos peligroso. La pereza nunca puede ser una excusa, y el desinterés por quien está en situación de inferioridad respecto a nosotros es una vergüenza.

Bajo las reflexiones personales suscitadas por la experiencia vivida late también una contundente crítica social. Decía una tía mía que «solo hay dos clases sociales: tener y no tener», y por aquí apunta la crítica de «Oxígeno». La precariedad frente al mercado inmobiliario es, para quien le afecta, precariedad vital, porque el saqueo de su bolsillo es tal que condiciona el resto de su existencia, incluso forzando a la convivencia. La cosa se agrava porque la precariedad de una parte permite el abuso de la otra. El ecosistema del abuso es el poder. Y el abuso consiste a menudo, mucho más de lo que pensamos, en desinterés, en la elusión de la propia responsabilidad.

«Oxígeno» está escrito con agilidad, a través de frases, párrafos y capítulos cortos, directos, de lenguaje claro y duro, que buscan causar al lector el impacto de la realidad cruda. Lo consigue. Es un buen libro.


lunes, 2 de marzo de 2026

Lissy - Luca D´Andrea

 


El arte de destripar una novela alcanza cotas notables cuando desde la portada te observa un gorrino maligno y tardas pocas páginas en saber de la existencia de un inquietante verraco que responde al nombre que da título a la obra. Porque, a ver. ¿son los gorrinos más proclives a mordisquear al personal o a disertar sobre teorías socráticas? De la respuesta se deduce cuál ha de ser, antes o después, el menú del animalico.

La faja también se las trae. El «terror más negro y existencialista», en palabras de La Repubblica. Por si usted no tenía bastantes géneros donde perderse, fíjese ahora en la intensidad del negro y en si el oscuro es existencialista o esencialista. Por otra parte, es posible que esta novela haya ganado el «prestigioso Premio Scerbanenco», pero no que el Premio Scerbanenco siga siendo prestigioso. Por último, llamar «renovador de la novela negra» a un tipo capaz de almacenar en cuatrocientas livianas páginas la ingente cantidad de estereotipo y recursos facilones que hacen de «Lissy» un catálogo de situaciones y personajes comunes no sé si es una muestra de humor, un «sujétame el cubata» o si es que la faja la ha redactado la madre del señor D´Andrea.

    Y para terminal con el envoltorio, de los elogios de la solapa solo caben dos conclusiones una vez leída la novela: o Luca D´Andrea tiene muy buenos amigos o en el mundo editorial hay demasiada gente pasando hambre.

Pues vaya ojo he tenido al elegir lectura, estaréis pensando. A la excusa de que fue un regalo debo añadir que Gorrinolandia tiene una ventaja: te entretiene sin necesidad de que debas utilizar el cerebro. Si lees en posición cómoda, relax completo.

La acción está situada a comienzos de los años 70 del siglo XX, siguiendo las últimas modas de volver a tiempos sin teléfonos móviles, lo que simplifica las cosas para los autores menos imaginativos: es más difícil que los personajes atribulados pidan socorro, es más complejo encontrar al personal perdido o perseguido… Esas cosillas. Aunque el único esfuerzo del autor por ambientar la novela consiste en citar tres o cuatro modelos de coche. El resto, igualico a si sucediera mañana.

Estamos en el Tirol, zona fronteriza. Un pie en Italia, otro en Suiza, otro en Alemania y otro más en Austria. Muchos pies, diréis, pero pensad que quien da título a la novela tiene cuatro. Zona de contrabandistas. Y zona, como todas en la que convergen tantas fronteras, propicia para ser criadero de malhechores, pues de un brinco cambias de jurisdicción y te ríes de todos.

La novela comienza dando cuenta de la existencia de uno de estos malvados individuos. Alguien podrido de dinero y que controla con soltura la producción del mal en los contornos.  Herr Wegener es el primer estereotipo. Un malo malísimo de los de «he tenido que hacer asesinar a la cocinera porque me había puesto un macarrón de más. Probablemente la muy zorra pretendía acabar conmigo poco a poco subiéndome el colesterol». Como todo buen malo malísimo Herr Wegener es de una eficacia tan superlativa que de sus crímenes no hay rastro. En el ejemplo puesto la cocinera pasaría de cocinera a menú. De los peces. Hecha antes diminuto picadillo. En los alrededores de la mansión de Herr Wegener se debían de criar unas truchas como cachalotes.

Herr Wegener tiene una esposa joven y guapa (¿una chica joven y guapa? ¡Claro! ¡D´Andrea está renovando la novela negra!), la cual, debido a cierto asuntillo que como no soy la portada no voy a destripar, decide darse el piro.

No es lo único que se da Marlene, que así se llama la dama. También se da una monumental castaña contra un árbol en una carreterucha dejada de la mano de Dios. ¡Pobrecilla! ¡Justo a punto de cruzar la frontera! ¡Y ahí se ha quedado, todavía en los dominios de su malvadísimo marido! ¡Y con lo que está nevando! ¡Y con el frío que hace! ¡Menuda la que has liado, pollito! Pero, afortunadamente, es rescatada por alguien parecido al abuelo de Heidi: un tal Simon Keller que no se sabe muy bien qué hace por allí, al lado de un camino sin tránsito. ¿Qué hace allí él, en medio de la civilización, cuando vive como un ermitaño en una casita en la montaña más allá del quinto pino y hasta del noveno? En un lugar escarpado donde casi no llegan ni las cabras. El caso es que rescata a Marlene y, todo amabilidad, la conduce en una especie de expedición al K2 hasta el mismísimo culo del mundo, donde él vive tan ricamente al «estilo tradicional tirolés», dice la sinopsis para dar un poquito de glamour, pero sin especificar que la cosa consiste en habitar una cabaña apestosa, vivir del aire o de recolectar piñones como una ardilla, tener un huerto congelado y cubierto de nieve varios meses al año y disponer de un sótano en plena montaña para que vivan allí unos cuantos gorrinos que como no salen a pastar alguna manduca habrá que llevarles a los pobrecicos, aunque no se sabe cómo, porque allí solo es posible llegar a pie. O a pata. No se sabe qué provecho saca el hombre de tales criaturas, porque los cerdos, que yo sepa, ni ponen huevos ni se ordeñan. Para que te den de comer tienes que papeártelos. Y Simon Keller no es muy dado a hincarles el diente. Además,  que al buen señor no se le llegue a ocurrir limpiar nunca el sótano da idea de que el «estilo tradicional tirolés» suena mejor que huele.

    Si he de apostar, lo hago a que Luca D´Andrea no ha visto un cerdo en su vida. O a que el realismo le importa tan poco que lo mismo podría haber puesto en esas cumbres una granja de cocodrilos.

Como ya habréis supuesto, el malvadísimo Herr Wegener no se queda en casa gimoteando por la fuga de su amada Marlene, sino que decide localizarla y someterla a un tratamiento tras el cual, Herr Wegener, que también tiene su corazoncito, no volverá a probar una trucha del lugar. Pero ocurre, también, que el hombre igual no era tan dueño y señor de su feudo como parecía, porque para prosperar había decidido entrar en negocios con «El Consorcio», nebulosa agrupación de malos mucho más malos, poderosos y eficaces que él. Así que, como una esposa dada a la fuga lo deja en mal lugar, como un malvado demasiado incompetente, el buen hombre, de puro miedo, algo está a punto de añadir a los purines de la novela. Y en ese momento aparece en escena un «colaborador» enviado por El Consorcio para solucionar el desaguisado. Un tipo guapetón, amable y eficacísimo pero, por encima de todo, un autónomo. Y más cuadriculado… Que solo se le llegue a conocer como «el hombre de confianza» da idea del nivelazo y de lo que piensa el autor de la mente del lector.

D´Andrea ni siquiera aprovecha los espectaculares paisajes alpinos para recrearse en ellos o dar algo de información al lector. Que están muy altos, hay mucha nieve y no salgas que te pierdes. Hale. Eso es todo lo que tiene que contar.

Total, que la renovación de la novela negra se queda en que alguien persigue a alguien y al recurso constante al «nada es lo que parece». Es decir, el burdo truco de racionar la información. 

Como podéis suponer, con tanto malo suelto alguno sobra pronto sin mengua de la tensión y, por supuesto, el abuelo de Heidi alguna rareza ha de tener para que la pobre chica protagonista y víctima de la persecución no se pase las páginas roncando frente al fuego.

Y rarezas, Simón Keller tiene unas cuantas. Yo diría que incluso en la genética. Quedan ignotos los dos mayores misterios que lo rodean: cómo sus antepasados lograron encontrar en aquellos andurriales por los que nunca pasa nadie personas con las que aparearse y reproducirse y cómo es que en el sótano de Gorrinolandia permanece intacto, sin pudrir por la humedad ni comido por las bacterias de los gorrinos, el legado en papel de la familia regadera.

Lo que la imaginación del autor no alcanza a remediar queda apañado recurriendo a hacer posible lo imposible sin mediar explicación. «Si te duele el pie, échate la pierna al hombro», me decían de pequeño cuando me quejaba sin motivo. Aquí esto ocurre casi literalmente. Y en la alta montaña. Es solo un ejemplo. En fin…

Lo último que podéis suponer es que Marlene acaba pasándolo de todos los colores y que, ¡toma renovación de la novela negra!, cuando todo parece ir mal acaba yendo peor y cuando ya no quedan más páginas para empeorar con otros «más difícil todavía» algo encuentra la chica por casualidad, da igual si un martillo pilón o el badajo de un cencerro, y, ¡chispúm!, todo queda arreglado como de un varitazo mágico.

¡Pobrecica! ¡Qué alivio! ¡Por fin!

¿Por fin? Cuando ya unos comen perdices y el gorrino maligno ya ha hecho la digestión de otras cosas, el autor, el gran renovador de la novela más negra y existencialista nos reserva una última página (de la que la casi es mejor prescindir) que pretende causar sensación con algo tan inesperado que… Que entra de lleno, saltando con ambos pies juntos, en el terreno de la majadería. Si D´Andrea pretendió dar un golpe de efecto final, golpe hubo, pero a la propia novela. Menudo mal zambombazo por si algo faltaba para dejarla K.O. Una chapuza. Una cagadilla indigna de cualquiera que aprecie en algo su imaginación porque reproduce infinitos finales de las más lamentables películas de ínfimo presupuesto. Para colmo, ese refinal no aporta nada en absoluto a la historia y, de puro estrafalario, primero mueve a la incredulidad (¿cómo el autor se ha atrevido a parir algo así?) y luego a la risa (algo histérica), pero nunca a la impresión o a la fascinación.

Fast food literario. No de ternera tierna, sino de gorrino correoso. Mal fast food, hecho a base de sobras, de retazos de las películas y novelas más vulgares que han pasado por las manos del autor. Lo mejor que puede decirse ya lo he mencionado antes: entretiene sin necesidad de pensar.


jueves, 30 de octubre de 2025

Cuando fui mortal – Javier Marías

 


Que Javier Marías era un magnífico escritor lo escuchaba continuamente en boca de amigos que son también grandes lectores. Las tres obras suyas que he leído me permiten sumarme a su opinión y tener la voluntad de leer el resto. Pero si en algo me parece un maestro es en poner título a sus obras.

«Cuando fui mortal»

Qué evocador, ¿eh?

Luego, uno lee el relato que da título a esta recopilación y piensa que muchos lo hubieran titulado algo así como «Memorias de un fantasma» o «Ser y no ser, esta es la cuestión», que lo mismo anuncian un drama que un chiste.

Ni lo uno ni lo otro. Los doce relatos que componen este volumen se mueven en escenarios sosegados y escorados al vacío, a la decepción, a la impotencia ante la ignorancia última del ser humano y a la triste resignación ante lo inevitable, que es mucho más de lo que suponemos, porque los pequeños detalles son reveladores y, si nos fijamos en ellos, tienen la crueldad de explicarnos aspectos definitivos.

Esto, en cuanto al ambiente mental de los relatos, si puede decirse así.

El social (que sospecho similar al de otras obras de Marías y remedo de aquel en el que él mismo se movía) es distinguido y sin estridencias. Lo primero porque todo ocurre siempre en ciudades literarias, en buenas viviendas de buenos barrios, donde los personajes se codean con personas maduras, pero aun jóvenes, cultas, cosmopolitas y con cierto mundo a sus espaldas. Y sin estridencias, porque a nadie le falta dinero para vivir bien y con cierto lujo (o la ocasión de vivir así como si lo tuviera) pero ninguno es rico.

El libro comienza con un prólogo del autor en el que cuenta, explicatio non petita, accusatio manfesta, que los relatos son dignos pese a ser mercenarios. Esto es, escritos por encargo. Así, los que no tenían un límite por razón de la temática o de los lugares que debían salir, lo tenían por la extensión o por cualquier otro motivo. Alguno, eso sí, fue ampliado para su inclusión en este volumen. Queda claro que el encargo no era para Marías el modo de hacer óptimo. No estoy muy de acuerdo con él: el reto de adaptarte a lo que quiera que haya pasado por una mollera ajena es mucho mayor que hacer lo que te da la gana y, además, te da una razón par dejar de rascarte la panza y ponerte a trabajar. Las obras por encargo no son necesariamente mejores o peores que las libres, pero sí permiten, seguro, explorar facultades que de otro modo quedarían en barbecho.

Escritos entre 1991 y 1995, las extensiones varían desde las cinco o seis páginas a las alrededor de sesenta de «Sangre de lanza», una pequeña novela negra más original que realista y de complicada verosimilitud. Casi todos giran en torno a temores apuntados o misterios desvelados por caprichos del destino.

Un libro bien escrito, interesante, pero algo irregular, con relatos que merece la pena leer y otros prescindibles. La fecha de publicación, 1996, hace pensar que la razón de este volumen bien pudo ser pasar por caja, aprovechar el despegue de Marías hacia estrellato tras haber publicado los que han acabado siendo sus mejores títulos en los cuatro o cinco años inmediatamente anteriores. Es solo una elucubración, porque sobre este asunto en el prólogo no hay ni confesión ni asomo de excusatio non petita.


jueves, 21 de agosto de 2025

Las viudas de los jueves - Claudia Piñeiro

 


Segundo libro que leo de Claudia Piñeiro. No está mal, aunque «Betibú» me pareció mejor. En cualquier caso, pretendo leer más obras de esta autora.

Ambas novelas tienen un escenario parecido: una urbanización de lujo al noroeste de Buenos Aires que, además, es mundo aparte por las excepcionales medidas de seguridad que impiden la mezcla con la chusma y por los sucedáneos de leyes y controles que los vecinos establecen para garantizar su propia seguridad y llevar una vida ordenada.

La novela comienza con un monumental soponcio que no voy a desvelar, y el resto, hasta un final brillante, consiste en contar la vida previa de todos los personajes hasta llegar a ese punto inicial. Que en ese largo tránsito lo costumbrista se imponga a lo que explica el soponcio y el desenlace, queda en el debe de la obra, porque desorienta; da la sensación, quizá injustamente, de que se está mareando la perdiz.

Las viudas de los jueves que dan título a la novela son cuatro mujeres que se hacen llamar así porque el jueves es el día de la semana en que sus maridos quedan para cenar, jugar a las cartas o resolver los problemas del mundo.

Lógicamente, todas esas parejas, que viven en la urbanización mencionada, tienen algo en común: dinero abundante y fácil. 

Pero también comparten algunas otras cosillas: primera, la colosal importancia que le dan a las apariencias (en especial a la de ser millonetis perdidos) y, segunda, que uno tras otro todos acaban teniendo problemillas económicos que ponen en cuestión su vidorra. Y eso unos lo tienen por pecado y todos por vergüenza.

Contando cómo surgen y se resuelven o no esos problemas que a su vez se mezclan con los familiares y personales transcurre la mayor parte de la novela sin que el lector sepa por qué ocurrió lo que ocurrió al principio.

Al final lo sabe, claro. Ese es el anzuelo tendido al principio y la autora es consecuente. Pero entonces el lector no solo se entera de qué y cómo ocurrió, sino también de por qué sucedió. 

Y el por qué es relevante porque, de permanecer oculto, el monumental soponcio tendrá unas consecuencias y, de ser sabido por los personajes, otras. ¡Pero la verdad irá en prejuicio de quienes pueden tener interés en conocerla! O sea, un dilema moral para quienes están al cabo de lo sucedido y, por tanto, en situación de informar. ¿Qué es más importante? ¿La verdad o el interés?

Sin embargo, la cuestión no acaba aquí. Y es que, al final del final, el dilema moral se multiplica al saberse que las cosas no fueron exactamente como han creído los protagonistas y el lector. Un hábil detalle de personajes secundarios que no pasará por alto el lector avispado (yo lo pasé, por suerte, así que luego disfruté más de la sorpresa) permite a Claudia Piñeiro concluir la novela transformando el dilema en dilemón, con un final equívoco que cada cual interpretará de una manera. 

Si el lector se responde a la pregunta de qué haría ante un dilema así, tendrá la ocasión de retratarse ante sí mismo. Si sale guapo o feo dependerá de quién lo mire.


lunes, 28 de julio de 2025

La muy catastrófica visita al zoo - Joël Dicker

 


Varias personas me habían dicho, y algunas más me lo han repetido ahora, que «La verdad sobre el caso Harry Quebert», publicado cuando Joël Dicker tenía 27 años, fue un libro interesante, y que luego, bluf.

«La muy catastrófica visita al zoo» es la primera obra que leo de Dicker, pero no dudo de que la primera fuera mejor. Incluso sustancialmente mejor, y eso que esta obrita gana si se lee empezando por la advertencia final: en ella dice Dicker que ha intentado hacer una novela que puedan leer lo mismo niños que ancianos. Y, a ser posible, a la vez. Lectura familiar, que todo el mundo pueda comentarla con el resto. 

Si ese era el propósito, ha tenido éxito. En concreto, un éxito similar al de esas películas de sobremesa que se emiten en periodo navideño y que luego nadie recuerda aunque, si las has visto con niños absorbidos con la acción, quede el buen rato. Es decir, si el éxito de este libro es que puede ser leído al alimón por el abuelo y su nieto de siete años espérate a tener un nieto de esa edad para leerlo. No dudo de que será una bellísima y recomendable experiencia, como siempre lo es leer con niños o a ellos. Ahora bien, también podréis leer Caperucita Roja, que además no es tan moñas.

    Si la pretensión de Dicker es una excusa para justificar lo blandengue y facilón de esta historia o si de verdad aspira a convertirse en lectura común de adultos y niños, que lo juzgue cada cual.

«La muy catastrófica visita al zoo» está narrada por una niña que, junto a otros cinco niños, ocupan una escuela municipal para «niños especiales». Enfrente está el colegio para niños «normales», cuyo director es un buen hombre tan presto a improvisar méritos como a evitar problemas, y casi siempre sobreactuando. La profesora del sexteto es un primor y los padres de todos un atajo de clichés. Los seis catastróficos suenan a personajillos mil veces retratados en la literatura y el cine: ingenuos niños que al principio expresan su ignorancia explicando al lector lo que es un libro, si es que hablan de libros, y lo que es una rueda, si es que hablan de ellas. Sus mentes infantiles y en este caso, además, «especiales», dan para una lógica aplastante, unas veces ligada a la literalidad de las palabras y otra a los conceptos puros que, vaya por Dios, cuando se manifiestan a través de ejemplos ponen de relieve las contradicciones de los adultos, lo cual tampoco es muy original. Unamos su intrepidez heroica, una despreocupación siempre a tiempo en los adultos que los rodean, ciertos equívocos lingüísticos y el juego que dan padres estereotipados y ya tenemos la novela hecha, con varios mensajes «profundos» sobre la democracia y sobre cómo las minorías ruidosas se imponen a las mayorías silenciosas. Entre los personajes tópicos también hay una abuela muy lanzada que suple las carencias materiales de los menores. Por ejemplo, les pone coche.

«La muy catastrófica visita al zoo» podría haber tomado el nombre de una ya vieja película: «Una serie de catastróficas desdichas». Lo digo porque jugando un pelín a Tom Sharpe (llega a haber una causalidad forzada, pero no enredo) lo que Dicker hace es enlazar una secuencia de «catástrofes» que desembocan en la del zoo. Aunque, si uno escarba un poco, nada de lo sucedido es necesario para que suceda lo que sucede allí. Digamos que son desdichas vinculadas entre sí por sus protagonistas y sus motivaciones, más que por una causalidad en sentido estricto. Lo más parecido a un hilo conductor es la investigación que el sexteto hace de quién es el responsable de la inundación de su colegio.

En fin… A veces, cuando sé de escritores que, normalmente por un mérito pasado, pueden dedicar a la escritura las mejores horas del día teniendo asegurada la publicación de sus obras y la venta de un porrón de ejemplares, me pregunto cómo no tienen más ambición, como no intentan aprovechar una oportunidad tan enorme y vetada a casi todos para dar lo mejor de sí mismos. Supongo que la respuesta es fácil y prosaica: si puedes vivir bien sin méritos, para qué arriesgar buscándolos. Pero nunca lo he acabado de entender. Probablemente porque sería más feliz teniendo la ocasión de buscar mi límite que con más parné en la caja. 


jueves, 26 de junio de 2025

Ese imbécil va a escribir una novela – Juan José Millás

 



Cuantos hemos publicado una novela nos hemos podido sentir aludidos por el título, porque todos nos hemos cruzado con quien no soporta que nos vaya bien o duda de nuestra mucha o poca valía. Alguien capaz de pensar, al mirarnos: «¡Ese imbécil va a escribir una novela!». El juicio que nuestra futura obra le merece está implícito: será una mayúscula calamidad, siempre por debajo del nivel que realmente alcance. El mundo está lleno de resentidos, envidiosos, acomplejados y mezquinos. Son tan inevitable como la vanidad del escritor (nadie cree haber escrito un bodrio), aunque ignorables. Pero, además, hasta el más concienzudo autor puede sentirse identificado con la frasecita porque el sector editorial exige esfuerzos agónicos para llevar solo un paso más allá de la nada el resultado del enorme trabajo de escribir.

Millás usa la expresión en los dos sentidos. El imbécil que va a escribir un libro es alguien que no le acaba de convencer y que pretende rivalizar con él; pero, por esas cosas de Millás, el otro acaba siendo él, también él, y, por tanto, la novela va a ser un desastre ajeno y a la vez propio. Algo difícil de explicar y de presentar en sociedad. O no. O sí. O a saber.

«Este imbécil va a escribir una novela» va de menos a más. Un ya viejo escritor, y subrayo el adjetivo, recibe la encomienda de redactar un reportaje para el periódico donde colabora, y decide que será el último. El amor propio le hace querer despedirse con el mejor reportaje posible. Algo interesante, significativo, profundo. El escritor, trasunto del autor hasta el punto de llamarse igual y compartir obras y experiencias vitales, emprende la concreción de la encomienda a su manera. Esto es, sin buscar pero sin renunciar a encontrar.

Así rememora, más o menos, cierto recorrido vital desde la infancia y la adolescencia hasta la vejez, centrándose en esos dos extremos y dejando menos chicha en la madurez. Millás es un viejo que sabe que lo es, pero no lo entiende; es un viejo que ni tan solo comprende lo que es serlo. Por eso habla de todo ello como para convencerse, enterarse o asumirlo. O para todo. De ahí que enlace sus obsesiones e incredulidades de «adulto mayor» con las rarezas de la infancia y la juventud, para saber cómo ha podido dar el salto desde niño a abuelo; y así es como trae a las páginas los recuerdos confusos con un pie en la memoria y otro en la fantasía o los sueños. Por eso, igual que le brotan cabezas como a otros les sale un chichón puede surgirle un padre ficticio, y este originar un hermano ficticio, y vaya usted a saber quién más puede llegar a continuación. Bien mirado, si todo eso es o no es o hasta qué punto es quizá revele más del propio Millás que de toda esa parentela que quizá no existe. O que existe, pero sin ser lo que Millás cree que es. Y si esto es así Millás no es Millás, o su parentela sí lo es, o…

Los desdoblamientos de personalidad de Millás tienen aquí uno de sus mejores exponentes. Las brillantes conversaciones con la psiquiatra hacen luz sobre ellas.

Pero el caso es que, entre obsesiones, neuras, extravagancias y la tentación, conforme pasan los años, de volver al pasado para «cerrar círculos», aclarar cuestiones, despejar dudas, averiguar qué o conocer por qué, se va formando una historia, un argumento en el cual el lector se ve envuelto sin darse cuenta. Entonces surge el deseo de saber qué ha sucedido, empezando por saber qué está en la realidad y qué en la figuración.

Una gran novela para todos los asiduos a Millás, y, para quienes no lo son, un modo de conocerlo tirándose a la piscina.


lunes, 23 de junio de 2025

Vicisitudes – Luis Mateo Díez

 



Las vicisitudes que me llevaron a leer Vicisitudes no fueron las más alegres, pero sí insoslayables. Por suerte fue una lectura muy adecuada para el momento. Vicisitudes hizo más llevaderas mis vicisitudes. Y, probablemente, su «unitaria dispersión» tenga algo que ver, porque en aquel momento me resultaba más sencillo concentrarme durante varios pequeños intervalos que mantener mucho tiempo la atención precisa para saborear bien una larga historia.

Vicisitudes es una obra peculiar. Demasiado diferentes sus partes para ser una novela al uso. Demasiado similares para ser un conjunto de relatos. Sus quinientas no sé cuántas páginas se dividen en 85 capítulos de parecida extensión, todos independientes pues no comparten personajes ni historia, pero sí imaginarias localidades, temas y tono, con lo que Luis Mateo Díez consigue dar una extraña impresión de unidad sustentada en una especie de halo mágico: el cielo que toda esa tropa comparte, el dios que nos lo cuenta y un destino común hacía un lento e inevitable hastío vital.

Halo mágico, he dicho, pero mágico no es risueño. Si bien los personajes cambian a cada momento hay temas recurrentes, y ninguno alegre. Soledad, desarraigo, vejez, desvaríos, enfermedades mentales, muerte… Nada contado con dramatismo, y sí con una naturalidad que, por contraste con lo narrado, resulta engañosamente desenfadada. Aunque, a su vez, el desenfado lo desmiente lo elaborado de la prosa, como en un constante juego de opuestos. Al final, ese complejo equilibro en el que el lector, por un motivo u otro, nunca acaba de contagiarse del desaliento o tristeza de la historia que tiene delante sin que tampoco encuentre motivos para alegrarse, ese deambular por historias grises nunca condimentado con ilusiones accesibles, producen una intensa sensación de desolación solo paliada por el aura de irrealidad del universo que el autor ofrece y por la bocanada de aire fresco que el lector se permite al fin de cada capítulo.

Si añadimos que está muy bien escrito, con un dominio del lenguaje y la construcción apabullante, el resultado es un libro buenísimo.

Y perturbador.


lunes, 9 de junio de 2025

El cochecito - Rafael Azcona

 


El protagonista de El cochecito es un jubilado invisible y casi inaudible para su familia, incluyendo el hijo que de él ha heredado la procuraduría que solo da para vivir sin ningún lujo en el Madrid de comienzos de la segunda mitad del siglo XX.

Don Anselmo, que así se llama el hombre, no tiene demasiadas cosas que hacer, además de apartarse para no estorbar. Para colmo, uno de sus amigos, parapléjico, se compra una silla de ruedas motorizada. Un cochecito.

    El artilugio permite a su dueño y a otros tantos amigos en su situación ir y venir con total libertad a lugares inalcanzables para quien, aun fresco como una lechuga, solo puede desplazarse o a pie o en autobús. Que el limitado sea precisamente quien tiene buena salud es un primer contraste notable con las ideas preconcebidas de todo lector; que además los parapléjicos correteen por las carreteras en plan suicida para celebrar su ampliada libertad, también. Pero el caso es que en ese contexto don Anselmo es el bicho raro, el que no puede desplazarse, el que llega solo, tarde y mal en transporte público o a pie. Y cuando alcanza el destino la fiesta siempre ha terminado y vuelve a quedarse solo para regresar. Queda así marginado, aislado… Y más aburrido que una ostra.

    Y el aburrimiento es un peligro inmenso. Uno de los peores a que ha de hacer frente la Humanidad, porque la ociosidad alumbra bastantes disparates. El que se le ocurre a don Anselmo es comprarse un cochecito. Es decir, convertirse, fuera de casa, en un parapléjico de facto. Solo así podrá seguir el ritmo de sus amigos y compartir actividades y parrandas. El problema es que ni tiene dinero para comprar el bólido ni la excusa de la salud para pedirle la pasta a su hijo.

Así que lo que hace el hombre es tantear el terreno, lo cual introduce en la novela a un vendedor de esos artilugios, un tipo dispuesto a engatusar a los peces para venderles un paraguas, una caricatura del charlatán. El problema es que, a través, de él, don Anselmo, sin darse cuenta, da un paso más allá hacia la consumación su extravagante idea, un paso que lo conduce a los pies de la tentación.

Y resistir la tentación cuando la tienes a todas horas delante… 

Quien lea El cochechito comprobará la habilidad de Rafael Azcona para, con muy poco, crear una historia redonda a un tiempo divertida y tierna; y tan estrafalaria que mueve a la piedad hacia los personajes.

Tan estrafalaria, en realidad, como las otras dos que integran este volumen titulado, precisamente, Estrafalario. Ambas están también reseñadas en este blog: El pisito, que he leído dos veces (y probablemente leeré tres) y reseñé hace ya años y Los muertos no se tocan, nene, que publiqué hace pocas semanas.


lunes, 5 de mayo de 2025

Los muertos no se tocan, nene – Rafael Azcona

 




Lo más solemne que podemos hacer es morirnos. 

Otra cosa, claro, es que en tan delicado trance la solemnidad empieza en uno mismo y termina en el primer deudo o señor que pasa por allí con la mente en otra cosa.

Decía en este blog, en 2012, que lo contrario al humor no es la seriedad, sino la solemnidad. Y como la solemnidad no es otra cosa que el artificial adorno de la realidad para dar importancia a algo o alguien, cuando en la escenificación irrumpe lo cotidiano se rompe la solemnidad, y por la grieta se cuela el humor. Por eso movía a la sonrisa el gavioto que en el último cónclave se instaló durante interminables minutos junto a la chimenea de la sala aneja a la Capilla Sixtina, enfocada por una cámara fija que retransmitía a todo el mundo, a millones de televidentes cuya espiritualidad se vio sustituida por el temor a que los intestinos del avechucho interfirieran en el humeante habemus papam; por eso sonreímos hace ya más tiempo, en 2007, cuando el Presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, visitó una mezquita en Turquía y, al descalzarse, mostró al mundo los tomates de sus calcetines, por los que asomaron dos relucientes dedos gordos; o por eso no fueron pocas las autoridades incapaces de reprimir una sonrisilla cuando, en el momento más solemne del desfile del 12 de octubre de 2019, el paracaidista que traía desde los cielos la bandera nacional (¡qué evocador la patria descienda de los cielos!) se dio un trastazo contra una farola y con él quedó, colgando cual longaniza, el símbolo de la soberanía nacional.

Con esta idea, la de ruptura del protocolo (porque el protocolo es el ritual para invocar la solemnidad), juega constantemente Rafael Azcona en esta divertidísima novela que publicó en 1956, cuando tenía solo treinta años.

La censura no permitió que fuera llevada al cine, probablemente porque las alusiones sexuales son sorprendentemente claras y abiertas para la época. Tuvo que esperar hasta 2011.

Logroño. Años cincuenta del siglo XX. Don Fabián, casi centenario, está a punto de morir en su casa, en su cama, y lo hace no sin antes pronunciar unas últimas palabras llamadas a pasar a la posteridad, aunque lo que entiende su hijo lo sabrá quien lea la novela. El caso es que el hombre casca y, habiendo sido nada menos que funcionario municipal (amén de gran aficionado a los toros) hay que dar a las pompas fúnebres el brillo necesario, sobre todo porque es probable que el alcalde en persona pase por el domicilio a dar el pésame, con lo que lo importante, al final, no es el muerto. Es que los vivos queden bien con el regidor. Es decir, el muerto pasa a ser instrumento de las aspiraciones de los vivos. ¡Pobre don Fabián! ¡Toma solemnidad!

En torno al difunto está su hijo, un septuagenario viudo, tratante de piensos, algo aturdido por el deceso; su hija y el marido (un suboficial militarote, un besugo con ínfulas) que intentan llevar la dirección de las honras; y el biznieto Fabiancito, adolescente que además de incipiente pésimo poeta está descubriendo el sexo en verso y prosa. En torno a la desconsolada, ejem, familia, está la criada, un mendigo, un señor de Bilbao y quién sabe si la segunda nieta del finado, en su día expulsada de la familia por cometer la ignominia de liarse nada menos que con un afilador gallego, que, por si acaso alguien lo ignora, era lo más bajo que cabía imaginar en la sociedad de la época.

Y así, tras un comienzo titubeante que hace que al menos el primer tercio de la novela parezca ir sin rumbo, la acción va cogiendo velocidad hacia su destino final, que no es otro que enterrar a don Fabian. Lo que sucedió en el ínterin lo sabrá quien lea una novela con la que, lo reconozco, he tenido que dejar de leer al menos dos o tres veces por culpa de la risa.

Termino: los años cincuenta, con sus tremendas carestías, también juegan un papel humorístico impagable. Intentar mantener las apariencias cuando apenas hay nada que aparentar da un juego notable. La improvisación, la chapuza y las ideas extravagantes campan a sus anchas y retratan a una sociedad que quiere y no puede incluso cuando llega la muerte. Una sociedad, también, donde el mejor parado es el caradura y donde todo hijo de vecino rinde pleitesía a quienes tienen dinero suficiente para no pasar penurias. 

Humor a raudales, especialmente negro. ¡Y qué bueno es el buen humor negro! Al trivializarla, nos hace perder el miedo a la muerte y mirarla a los ojos. Nos hace casi hasta darle una palmadita en la espalda.


jueves, 10 de abril de 2025

La paciente silenciosa – Alex Michaelides

 


«Probablemente el final más inesperado de la historia», miente la faja, porque el caso es que a medio libro ya sabía yo (y supongo que cualquiera) quién es el malo de esta película, aunque, lógicamente, no resulte posible hilar lo bastante fino como para saber cómo discurrieron las cosas y por qué sucedieron así. Es decir, que inesperado, inesperado, lo que se dice inesperado, el final no lo es mucho.

De ahí que, aunque en la faja todo libro es lo mejor porque sí o por boca de escritores o críticos mercenarios, me sorprenda el «Premio de los lectores de Goodreads», que no sabía que existía y que ahora dudo de si será manipulable, porque decir que La paciente silenciosa es la mejor lectura en lo que sea, es un exceso manifiesto.

Es entretenido, eso sí. Y un poco original como consecuencia de lo raricos que son los personajes y el escenario en que se mueven: un hospital psiquiátrico con sus tortuosos procesos mentales a cuestas. Pero sobre todo son raros los dos protagonistas. El resto de personajes son secundarios que pululan alrededor para espolvorear información e intencionada confusión.

El asunto comienza con una información tan violenta que inevitablemente capta la atención del lector: Alicia Berenson, una pintora de éxito, le pega cinco tiros a su marido en la cara y a continuación no vuelve a hablar nunca más. ¿Por el shock del asesinato? ¿Por un shock previo? ¿Porque está como una regadera?

Quien nos cuenta la historia es un terapeuta que, obsesionado por el caso, se va a trabajar al hospital psiquiátrico donde está recluida Alicia para hacerla hablar y averiguar qué sucedió. Además, la continuidad del hospital está en el aire y lo que ocurra con un caso tan mediático puede condicionarla. El hombre, llamado Theo, también tiene sus cosillas debido a viejos traumas, y sus métodos son sui generis: puesto que la paciente no se comunica, emprende una peculiar investigación en su entorno, que también es rarico de narices. La cosa se complica cuando el feliz matrimonio de Theo se ve amenazado por un tercero.

Y así, a través de capítulos cortos, con un lenguaje correcto y nada más y con las ideas bien estructuradas y ofrecidas de modo claro, se da enmarañando todo a base de introducir personajes y suscitar dudas sobre los hechos y la cordura y los intereses de cada cual para que el lector no pierda ripio, y luego se comienza a desenmarañar la madeja hasta llegar al optimista final que anuncia la faja.

Aunque haya vendido mucho y sean legión los lectores a quienes les ha gustado, a mí me ha parecido una novela fallida por dos motivos: el primero, porque Michaelides juega burdamente con el lector al comienzo, al poner en boca del personaje narrador los motivos de su obsesión; y, en segundo lugar, por la creo que intencionada confusión de los tiempos de las dos historias: la del terapeuta y su paciente y la del matrimonio del protagonista, confusión relevante. Un buen escritor de thriller debe ser un prestidigitador, no un trilero, y como  Michaelides deja a la vista el truco está más cerca de lo segundo que de lo primero.

En resumen: fast food relativamente bueno para lectores poco exigentes (¿Quién no lo es de vez en cuando?), pero que podía haberse cocinado bastante mejor. 


lunes, 3 de marzo de 2025

Hay algo que no es como me dicen. El caso de Nevenka Fernández contra le realidad – Juan José Millás

 


En marzo de 2001, tras una baja por depresión, Nevenka Fernández, entonces de 26 años y concejal de Hacienda de Ponferrada, dimitió y denunció públicamente por acoso sexual y laboral a su jefe y compañero de partido, Ismael Álvarez, alcalde de Ponferrada y antes senador, con quien había mantenido una breve relación a la que más adelante me referiré. Álvarez fue condenado y dimitió. Sin embargo, pese a la sentencia Nevenka se tuvo que ir de España y el delincuente encontró amplio apoyo social, incluido el público apoyo de la esposa del entonces Presidente del Gobierno y también el del Presidente del Senado, todos de su partido, como había encontrado, durante el juicio, el apoyo del fiscal José Luis García Ancos, tristemente célebre por ser apartado del caso tras su brutal interrogatorio a Nevenka. Otros personajes, como el cantautor local Amancio Prada, de edad similar a la del alcalde, y el influyente periodista Luis del Olmo, también de Ponferrada y entonces en el cénit de su carrera, también apoyaron al delincuente. A Luis del Olmo, poderoso e influyente cuando este libro se publicó, no lo cita Millás, que yo recuerde, pero esta información puede localizarse en la red.

Que la víctima tuviera que irse a otro país para poder rehacer su vida y que el delincuente fuera considerado mártir y hasta ejemplo a seguir en política motivó que en 2004 Juan José Millás escribiera este libro que, creo yo, pasó tan desapercibido como la injusta suerte de la víctima. O será que yo, asiduo lector de Millás, no lo había conocido hasta que ha sido reeditado al calor de la reciente película inspirada en la historia de Nevenka. Este calendario concentrado en los tres o cuatro primeros años del siglo explica que el libro termine cuando termina, muy poco después del juicio, y que no pueda contar que mientras ella sigue hoy exiliada, su agresor se permitió el lujo de regresar a la política volviendo a ser elegido concejal. Eso sí, creó su propio partido. 

El subtítulo lo dice todo: «El caso de Nevenka Fernández contra la realidad» y es que hacer ver la realidad que sufrió la zambulló en una lucha desigual contra la «realidad oficial» formada a base de prejuicios, conformismo y preservación del status quo que tanta fuerza tiene en la sociedad, sobre todo en la parte de ella que más tiene que perder (dinero o posición) con la verdad, sin comillas. Sin duda muchos, incluyendo parte de la acomodada y empresarial familia de Nevenka, no querían «meterse en líos» ni ser pasto de habladurías. Otros, quién sabe si por intereses económicos limpios o turbios, políticos o de algún otro tipo, querían salvar al alcalde a toda costa. ¿El resultado? Se ningunea a las víctimas para que nada cambie en la confortable vida de todos hasta el punto de culpabilizarla para que ella misma se anule y deje en paz al mundo.

El libro explica con detalle el proceso de acoso y se aventura en por qué los hechos ocurrieron de esa forma y afectaron como afectaron a Nevenka, y es que cada ser humano es diferente y las circunstancias de cada cual son determinantes del resultado. Es decir, Millás se aventura con éxito y veracidad (y creo que con acierto) en el terreno del análisis psicológico a la búsqueda de la explicación de por qué las cosas sucedieron como sucedieron.

Es así como sabemos que Nevenka era, en aquella época, una mujer muy joven e inexperta en todo, especialmente en lo social y emocional. Apenas había salido del cascarón, como suele decirse. Era una hija modelo que nunca había roto un plato porque su personalidad la llevaba a sentirse responsable de todo e iba por la vida con la actitud de pedir perdón por existir.

Su agresor, en cambio, era un hombre que rondaba los cincuenta años, empresario de la noche, retratado como el típico alcalde caciquil que controla todo y a todos y manipula en su propio provecho; un tipo capaz de mosconear en torno a otra mujer cuando su esposa está en las últimas y con experiencia vital y habilidad suficientes para pastorear almas cándidas, y encima perfumado con el poder. Se advierte que la atracción que sintió por Nevenka es el único motivo entendible para que le ofreciera ir de número tres en las elecciones, cuando ella jamás había estado en política ni tenía experiencia profesional suficiente para gestionar la concejalía de hacienda de una ciudad más grande que varias capitales de provincia. Pero la convenció de que sería capaz y vemos también cómo la manipuló hasta lograr (¿o forzar?) una efímera relación y cómo, cuando Nevenka le dio calabazas, reaccionó de modo brutal con un hostigamiento que si hubiera sido horroroso para cualquier persona normal, tenía que ser devastador para alguien con la personalidad y la casi nula experiencia vital de Nevenka. Un hostigamiento que no solo consistía en amenazas y vacíos, sino también en el juego sucio de intentar hacerle ver que ella no estaba bien de la cabeza, de que el «listo y razonable» era él y ella era la pobrecita atontada que no se enteraba de nada.

        Una perla, el caballero. Un perfil típico: caciquil, pelagatos con dinero y poder que actúan con prepotencia, soberbia o paternalismo, según les convenga, para conseguir sus caprichos y preservar el yo. Así lo retrata Millás. Un tipo, lo sabemos ahora, capaz de publicar un autoelogio veinte años después, como si a alguien le importara algo, como si a esas alturas, cuando ya nadie se acordaba ni se acuerda de él, no sonara a excusatio non petita...

Vemos también, y esto es lo más importante del libro, la dificultad para trasladar todo esto a un juicio, porque, así como la agresión física, por ejemplo, ocurre en momentos concretos y suelen dejar evidencias constatables, la manipulación y la anulación de la personalidad es un goteo de palabras, frases, silencios, actitudes e interpretación de papeles cuya reconstrucción es muy costosa y cuya evaluación con efectos jurídicos es imposible sin la existencia de peritos médicos verdaderamente comprometidos y profesionales. Esto es importantísimo, porque en el mundo del peritaje los «profesionales» dispuestos a decir una cosa o la contraria según quien pague son legión.  

Pero sobre todo vemos nuestra sociedad de entonces, a nosotros, en un espejo. Y lo que vemos es lamentable. Por desgracia, no es que ahora estemos mucho más guapos: se ha avanzado, pero aún mantenemos un pie en aquel pasado, como lo demuestra que ahora, al hilo de la película y de la reedición de este libro y con ellos de la efímera vuelta de Nevenka a la actualidad, ninguno de quienes se posicionaron a favor del agresor haya salido a decir algo tan simple como «Lo siento. Me equivoqué». 

Las sociedades, como los individuos, se equivocan y eligen caminos incorrectos. Pero así como una persona puede rectificar con celeridad, las sociedades lo hacen muy despacio. Nevenka Fernández, aquella chica que cayó en la depresión y en la desesperación ante el acoso de Ismael Álvarez y la complacencia de la sociedad, tiene ya cincuenta años. Solo una parte de la sociedad ha sido capaz de reconocer que fue injusta con ella y, por tanto, también responsable de su dolor.

Un gran libro para la reflexión, escrito con claridad y maestría, y en el que quedan bien deslindados los hechos de las dudas y opiniones del autor, todas sensatas, razonables y siempre acompañadas de su fundamento.


lunes, 28 de octubre de 2024

La conciencia contada por un sapiens a un neandertal - Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga

 



 Los científicos saben cómo surge la conciencia, el reconocimiento del yo. Son capaces de explicarlo desde el punto de vista evolutivo e incluso de decir cómo funciona el cerebro para hacerla efectiva. En cambio, no tienen nada claro qué es y cómo surge algo que ni siquiera consideran útil en términos evolutivos: la subjetividad.

        Sobre la base de la primera idea (o, más bien, con Millás mezclando e intentando separar ambas) y jugando inútilmente y en exceso con la geografía cerebral, Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga firman el último libro de una exitosa trilogía que nadie anunció. Si no recuerdo mal, el primer libro iba a ser el único, o esa posibilidad se insinuaba; y el segundo, el ultimo. Pero claro…

        De los tres, este el más flojete. Se trasladan pocas ideas y demasiado machaconamente; además, son más complejas y difíciles de entender, aunque el motivo quizá sea que las metáforas son menos afortunadas, o más desganadas. Sin embargo, lo que el libro pierde por el lado científico lo gana por el literario, porque buena parte de su razón de ser es la divertida narración –vista a través del sentido del humor de quien la escribe, Juan José Millás- de la relación entre el antropólogo y el escritor.

        La pareja sigue funcionando por oposición quijotesca: uno es el sapiens y otro el neandertal, ya lo sabemos. El primero es el científico y el segundo el romántico; uno es el osado que siempre lleva la iniciativa y el otro el apocado que se deja arrastrar; el uno es el apegado a la realidad y el otro a las musarañas; el primero ansía vivir la vida y el segundo parece preferir soñarla.

        Esta dualidad es llevada hasta el extremo por Millás. En varias ocasiones indica que no se considera amigo de Arsuaga. No habrá lector que no se pregunte cómo puede ser: tras varios libros de éxito basados en numerosos encuentros amables y entretenidos, tras infinidad de entrevistas, charlas y conferencias en ambientes relajados y con buen humor... Hay confianza entre ellos. Hay cierta compenetración. Podría decirse que hay cariño y comprensión. Pero no amistad, proclama Millás. Entender la relación entre ambos llega a robar protagonismo al débil planteamiento del origen de la conciencia, de cómo surge, de para qué sirve, de con qué se confunde y de si es posible establecer o no una relación entre ella y lo no científico.

        Este último punto es clave: Arsuaga trata de explicar la conciencia desde un punto de vista científico, y a Millás le cuesta separarla de la trascendencia (es decir, de lo no constatable). En el proceso de entenderse se producen las explicaciones. El sapiens debe rebajar el nivel de su discurso, y el neandertal elevar el suyo hasta alcanzar un punto de entendimiento trasladable de modo inteligible a ese otro neandertal (¿o eslabón perdido?) que es el lector.

        Millas adopta el papel de traductor incompetente que, consciente de su incapacidad, enfrenta al lector al texto original afirmando: «dicen que aquí dice que…». Un traductor, también, que opina y expresa sus dudas y desacuerdos sobre el contenido del texto original con una actitud escéptica expresada de modo humorístico. Irónico una veces, algo socarrón otras.

        En el primer libro Arsuaga nos dijo, por boca de Millás, que toda evolución se justifica en la adaptación al medio o en la sexualidad (para resultar más atractivo y garantizar la procreación). En el segundo explicaron cómo condiciona la muerte la evolución, las consecuencias de la novedosa longevidad alcanzada en las últimas décadas y por qué la muerte siempre será inevitable por más que se retrase. En este tercero no veo muy claro si los autores han tenido la conciencia de que no han evolucionado ni para adaptarse a un medio con ya dos obras a cuestas ni para hacer una tercera tan seductora que justificara una cuarta; pero sí la han tenido de que tras la trabajada longevidad del éxito mercantil, no queda otra que morir.

        Así termina este experimento literario, fruto de la curiosidad, entretenido, agradable, inteligente y maravillosamente escrito.

        Aunque, volviendo al principio, el meollo de la vida, que es también lo que interesa al profano (pero no al científico, que no sabe cómo meterle mano) es algo que va mucho más allá de la vida, la muerte y la conciencia: es la subjetividad