En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

sábado, 25 de abril de 2020

Un sábado con los amigos - Andrea Camilleri





                Hasta en la época de confinamiento en que he leído esta novela es posible pasar un sábado con los amigos, aunque sea a través de videoconferencia. Pero, confinados o no, lo que no resulta aconsejable es pasar un sábado con los amigos como el que «disfrutan» los personajes de Camilleri.

                Un sábado con los amigos es una de esas novelas en las que Camilleri renuncia al humor -aunque no por completo al que deriva de la exposición de las debilidades humanas- para centrarse en una «historia de historias» peculiar, porque más que entrelazarse -que se entrelazan- las de diferentes personas, el tejido está formado por la historia de los personajes en diferentes momentos de su vida, desde la infancia a la edad adulta, para desembocar en el sábado por la noche en que sucede lo que sucede porque hace treinta o cuarenta años que llevan sucediendo ciertas cosas.

                El estilo de Camilleri -agilidad, muchos diálogos, alguna mujer hermosa no muy pacata- es reconocible en todo momento. No lo es tanto el devenir de la historia porque la profusión de personajes, las idas y venidas en el tiempo, y las cambiantes relaciones entre ellos a lo largo de los años embarullan un poco el seguimiento, aunque al final todo es diáfano. Y, como siempre, Camilleri tiene algo que contar.

                ¿El argumento?

                Un grupo de niños y jóvenes que se conocen en el colegio y la universidad han llegado a la vida adulta. En el pasado unos formaron pareja con otros; algunas se rompieron y se formaron otras nuevas de modo que «la esposa de mi amigo fue mi novia», «la que fue amante de mi esposo ahora está casada con mi amigo y exnovio» y… Cosillas así. Cosillas que provocan un aluvión de secretos derivados de las vivencias pasadas que se comparten no con las parejas actuales, sino con las que ya no lo son pero siguen pululando cerca. Unamos que, además, si de jóvenes los intereses de unos y otros suelen diferir poco, unos años más tarde han podido evolucionar de modos completamente distintos.

                Ya lo dijo Neruda: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». 

               ¿O sí, y precisamente por eso...?




jueves, 23 de abril de 2020

Día del libro





     Hoy es el día del libro más raro que se recuerda: las puertas cerradas de las librerías separan a los libros de sus lectores.

     Sin embargo, incluso así hay modos de acercarse a ellos. El otro día, por ejemplo, compré un cheque regalo en www.todostuslibros.com. Una vez en esa web, vas a Apoya a tu librería, eliges un importe y la librería que desees de entre todas las asociadas (seguro que en tu ciudad hay alguna) y, además de ayudarle a pasar el trago de este largo tiempo sin ingresos, cuando volvamos a la normalidad podrás canjear el vale por libros. Y, seamos sinceros, ¿a que será un gustazo entrar en la librería y llevarte unos cuantos libros sin pagar?

     Bueno, sí, lo habrás pagado por adelantado, pero la sensación será parecida. ¿O no?

     Eso, si te haces un autorregalo. Porque también puedes regalar el cheque.

     Hay millones de libros para elegir, así que puedes tener pereza, pero no excusa. A mí me gustaría que eligieras cualquiera de los míos, editados por Mira Editores (aunque si lees en ebook puedes conseguirlos ahora mismito y aprovechar el primero está gratis hasta mayo en Amazon si tienes Prime), pero seré bueno y comprensivo si lees otro. Por ejemplo, de los reseñados en este blog.

     Pasa y échales un vistazo. Estás invitado.


miércoles, 22 de abril de 2020

Que nadie duerma – Juan José Millás





                «Nessum dorma» (Que nadie duerma) es un aria de Turandot, la inclusa ópera de Puccini estrenada hace casi un siglo en Teatro de la Scala de Milán. La ópera cuenta la historia de la princesa china Turandot, quien sometía a sus pretendientes a una cruel prueba: quien consiguiera resolver los tres misterios que les planteaba, obtendría su mano; quien no lo consiguiera, lo pagaría con la muerte. Un argumento inspirado en una historia persa del siglo XII.

                Lucía, la protagonista de la novela, no tiene tanto genio. Es una informática en paro reciclada en taxista y algo obsesionada con los pájaros, que ve en todas partes. Se ha enamorado perdida e instantáneamente de un vecino al solo ha visto una vez, el cual, para colmo, se ha largado a vivir a otro sitio. El vecino era un actor que escuchaba con frecuencia Turandot. Sus sones llegaban a Lucía a través de los conductos de aireación del baño. Solo escuchada así era para ella soportable la ópera, lo cual, obviamente, es una señal, un dedazo de los dioses señalando al vecino.

                Como tantos personajes de Millás, Lucía se pone en manos del destino: ¿qué mejor manera de conseguir el amor de su vida que ser taxista? Basta ir de acá para allá llevando a unos y a otros para que algún día quien se suba en el taxi sea él. Y ella estará escuchando Turandot, inevitablemente Nessum dorma, y seguro que en la famosísima interpretación de Luciano Pavarotti. Y entonces…

                Y entonces serán felices y comerán perdices. Pero, mientras tanto, Lucía debe recorrer Madrid arriba y abajo, que es también Pekín en su imaginación y hasta en los mapas que lleva en el coche, de modo que su deambular por la vida lo es también por un mundo de ensueño en el que la realidad se mezcla con la fantasía hasta que de la fantasía volvemos a la realidad a través de personajes secundarios que pasan por el taxi provocando efectos sorprendentes y un final más inesperado aún.

                En resumen: una novela de Millás, que es tanto como hablar de un enorme dominio del lenguaje, de un tono a un tiempo profundo, informal e irónico, con mezclas tan extravagantes que cabe hablar de un «humor serio» no sé si pretendido pero inevitable, con personajes de personalidad múltiple (¿o desdoblada?) que transitan, trastabillando con un punto de chifladura, por la invisible línea que separa la realidad de la fantasía. Cada una de sus personalidades se encuentra a cada uno de los lados de esa línea. Y ya se sabe lo que pasa cuando se avanza: que al mirar hacia delante todo se confunde en el horizonte. Y hacia allá, hacia esa confusión, avanzan sin vacilar los protagonistas de Millás.



domingo, 19 de abril de 2020

Para que no te pierdas en el barrio – Patrick Modiano





                Jean Daragane, un escritor no muy sociable, concierta una cita con el hombre que le telefonea diciendo haber encontrado su agenda de direcciones. El hombre acude acompañado de una mujer. A partir de este suceso trivial, la pareja, cada uno por su lado, establece contacto con Daragane sin que de entrada queden claros los motivos. Aunque, sean cuales sean, da igual, porque ese ir y venir de oscuros intereses de poca monta provoca en Daragane la necesidad de recordar, de modo que la novela termina siendo, en gran parte, los recuerdos del niño que fue abandonado por su madre en manos de una mujer joven que vivía en una misteriosa casa donde no paraba de entrar y salir gente a desahoras, una mujer cuyo nombre Daragane repite como conjurando a los dioses para que le permitan encontrarla, desentrañar los misterios que la envolvían y… Y resolver, ¿qué? Algo a un tiempo esperado y sorprendente.

                Para que no te pierdas en el barrio, como haciendo honor a su nombre, da un repaso amplio por un montón de calles, callejas y plazuelas parisinas que nada dirán a quien no las conozca, más allá de lo que sus nombres puedan evocar. Escrita con un lenguaje cuidadoso, certero, introspectivo y sobrio, se lee con facilidad, pero con lentitud, porque es una de esas novelas más para reflexionar con el protagonista que para dejarse llevar por una acción que es a un tiempo tan lenta como quien se queda parado pensando, y tan veloz como rápidos sean sus pensamientos.

                Una de esas novelas breves que, por transmitir sensaciones profundas, cuesta mucho escribir.





martes, 14 de abril de 2020

Vestido de novia – Pierre Lemaitre





                Me habían hablado muy bien de Pierre Lemaitre, y, si he de juzgar por este, el primer libro suyo que leo, con motivo: Vestido de novia es un thriller extraordinario, solo al alcance de quien domina el oficio, porque la historia que nos cuenta hubiera acabado en desastre literario casi en tantos casos como escritores hubieran pretendido escribirla, pero Lemaitre ha sido capaz de sortear los peligros a base de un trabajo meticuloso, concienzudo y plasmado metódicamente, sin que sobre nada y -esto es lo más meritorio- sin que falte nada; y es que con demasiados pocos detalles la historia hubiera sido un empastre, y, con demasiados, un tostón.

                La historia tiene cuatro partes.

                La primera, donde conocemos a la protagonista y la seguimos desde dentro de su cerebro en la travesía más escabrosa de su vida, es la más larga debido a la intensidad de las emociones, la violencia, el progresivo deterioro y el ambiente claustrofóbico -de una persona encerrada en su propio cerebro-. Lo peor de esta primera parte no es su contenido, sino el temor del lector a que todo el libro siga igual de denso y agobiante.

                Pero no.

                Cada vez que una parte termina y comienza la siguiente el giro es tan brusco, espectacular y llamativo que poco le falta al lector para detenerse y aplaudir.

                Es complicado, mucho, hablar de estas siguientes partes sin reventar la historia, y aunque todo buen libro resiste cualquier spoiler, no todos los lectores son lo bastante buenos para soportarlos, así que solo diré que en la segunda parte se produce a la vez algo que todo lo aclara y todo lo complica, que la tercera parece un «nudo» y la cuarta el «desenlace». Lo que sucede, por si no ha quedado claro, es que las montañas rusas son más suavecitas que esta novela: en ellas sabes lo que te espera tras los tramos «sencillos». Vestido de novia es como viajar sobre una montaña rusa en la que no presientes la llegada de los descensos y las curvas.

                Un novelón escrito con un lenguaje conciso y un envidiable dominio del panorama de la narración.




jueves, 9 de abril de 2020

Recuerdos durmientes – Patrick Modiano




       Pocas veces me he encontrado con una sinopsis que refleje tan bien el contenido de un libro:

       "París, años sesenta. Un chico solitario mantiene una serie de encuentros sucesivos y a veces fugaces con seis mujeres enigmáticas: Mireille Ourousov, Geneviève Dallame, Madeleine Péraud, Madame Hubersen, Martine Hayward y una joven cuyo nombre no llegamos a conocer. Algunas de ellas son viejas conocidas que han aparecido en otros libros del autor. El escenario, como tantas veces en la obra de Modiano, vuelve a ser un París entre la realidad, la memoria y el ensueño, cuyas calles se convierten en itinerarios de un mapa mental. Aparecen hoteles, cafés y apartamentos, la afición al espiritismo, ciertas lecturas que dejan huella y también un cadáver y una huida. Porque una de esas mujeres ha matado a un hombre, parece que de forma accidental. A algunas de ellas el joven protagonista las reencontrará años después: a una la verá llevando de la mano a un niño, su hijo; otra reaparecerá con una cicatriz atravesándole la frente... Todos estos encuentros y reencuentros son evocados, cincuenta años más tarde, por el hombre maduro en el que se ha convertido ese joven, por el narrador que convoca el huidizo pasado y a seis mujeres envueltas en el misterio que en mayor o menor medida le marcaron para el resto de su vida. Este es el primer libro que Patrick Modiano publica tras ganar el Premio Nobel, y supone una nueva vuelta de tuerca a su magnético universo literario. Una narración breve, insinuante, ambigua, hecha de pinceladas y silencios, sobre lo que pervive en la memoria y lo que queda en el olvido."

No hay mucho más que añadir, fuera del ambiente introspectivo que hace del libro un recuerdo -o un intento de recuerdo- compartido entre el narrador y el lector. Una memoria fragmentada, pero a la vez lúcida e intensa que alcanza a detalles demasiado precisos para ser realista sin que por ello pierda un ápice de verosimilitud. Se diría que a la memoria del narrador llegan los pormenores precisos para hacer del pasado un rompecabezas que atrae resolver. Sin embargo, ese reto no alcanza a una de las preguntas que no deja de hacerse el lector: por qué el narrador es como es, por qué es tan desapegado de las personas, por qué ha huido siempre de ellas aunque de alguna manera también las ha ido buscando, por qué ese ir y venir entre la soledad y los contactos fugaces.

Relatos durmientes está escrito con una precisión asombrosa, tanto en la estructura -qué profundas sensaciones se transmiten en tan pocas páginas- como en el dominio del lenguaje que le permite transmitir información a través de las sensaciones que crea con él, haciendo que las palabras digan mucho más de lo que aporta su significado.



sábado, 28 de marzo de 2020

La brigada de Anne Capestan – Sophie Hénaff





                ¿A que alguna vez has fantaseado con recluir, dentro de un ámbito en el que te dejen en paz y solo se relacionen entre ellos, a todos los idiotas, inútiles, caraduras, vagos y gilipollas que a tu pesar te rodean?

                La policía francesa ha decidido hacerlo, creando, en un piso destartalado, una comisaría íntegramente formada por lo mejor de cada casa. Al frente han colocado a Anne Capestan, una comisaria de éxito venido abajo, algo atolondrada y con tendencia a perder el control en ciertas situaciones, la cual ha hundido su carrera tras haber disparado una bala de más.

                ¿Qué casos encomiendan a tan singular unidad? Los que ellos elijan entre los chorrocientos que se pudren sin resolver después de no sé cuántos años.

                Y de entre todos esos muertos, ¿cuáles eligen? Los muertos que tienen, literalmente, un muerto. Son los dos casos más graves. Al menos en eso tienen criterio.

                Lo que no tienen son demasiadas facultades para investigar, porque son más un cúmulo de personas almacenadas que una unidad formalmente reconocida, lo cual obliga a Anne a pedir ciertos favores y, también, a intentar nadar entre las agitadas aguas de los jefes que una vez la estimaron o respetaron y ahora, sobre todo algunos, cuando no la desprecian se mofan o, simplemente, la evitan.

                La comisaría calamidad está compuesta con cuarenta o cincuenta personas, la mayor parte de las cuales ni se molestan en llegar a poner los pies en ella. En el resto, hay un poco de todo, desde un agente gafe  del que todos huyen hasta un ex de asuntos internos y una policía, escritora de éxito, que, aburrida, se ha reincorporado al cuerpo acompañada por su perro.

                Con estos mimbres, y sin otra posibilidad de investigación que examinar las pruebas que se realizaron en el año de Maricastaña e interrogar a quien se les ocurra, aunque la acción es formalmente seria es imposible no hablar del humor que impregna cada línea y que aparece constantemente de modo natural, en algunas ocasiones sutil, y solo alguna vez algo forzado. A ello contribuye el lenguaje fluido, sin malabarismos, conciso y claro.

                Como en otras muchas historias negras, casos en apariencia independientes tienen puntos en común. Lo que nadie esperaba (¿o alguno sí?) es que, además de desentrañarlos, la calamitosa brigada de Anne Capestan, sin medios y con tanto bicho raro, fuera capaz de descubrir, también, por qué nadie los había llegado a resolver jamás.

               Sophie Hénaff, una escritora con una biografía peculiar, ha firmado una novela de lo más agradable y entretenida.



miércoles, 25 de marzo de 2020

El carrusel de las confusiones – Andrea Camilleri




(Serie Montalbano, 29)


                Vigàta. Dos mujeres jóvenes que trabajan en sucursales bancarias son narcotizadas y abandonadas poco después sin haber sufrido daño alguno. Por otra parte, la mafia parece haber incendiado la tienda de un comerciante que se ha negado a pagar el pizzo. No hay rastro del hombre ni de su novia, aunque nadie ha denunciado su desaparición. Pueden haber huido. O puede que las causas del incendio sean otras y ellos, simplemente, estén por ahí.

                Con un comienzo más lento que en las novelas inmediatamente anteriores, así arranca El carrusel de las confusiones, título deudor de las situaciones que parecen una cosa y son otra, o una tercera, y que acaban desembocando -tras la ya acostumbrada relación de dos casos en principio independientes- en un cúmulo de perversiones, obsesiones y maldades de las que nada más puedo decir sin destripar la novela.

                Como buen guionista que fue, Camilleri da entrada, entre las víctimas de los sucesos de esta novela, a personas pertenecientes al mundo de Montalbano (en este caso, una sobrina de Enzo, el dueño de la trattoria), con la finalidad de acentuar los vínculos emocionales entre el lector y la historia. A cambio, y para evitar reiteraciones, se permite dejar de lado a algún otro de los personajes habituales.

                Dice Camilleri, al final, que este es uno de los pocos casos de Montalbano fruto exclusivo de su imaginación y que no trae por causa alguna noticia. Quizá por eso los diálogos no son tan fluidos como en otras entregas de la saga sino algo más densos, y hay un poco de espacio para explicaciones y alguna descripción. Pero solo un poco, ¿eh?, que Camilleri es Camilleri.


miércoles, 18 de marzo de 2020

La mujer como elemento indispensable para la respiración – Enrique Jardiel Poncela



              
              Refrito de cuentos cortos, conferencias, intervenciones radiofónicas y máximas, todo amontonado sin otro criterio que su común alusión (salvo alguna excepción) a las relaciones entre hombres y mujeres.

              Y si batiburrillo es el contenido, también su calidad es dispar. Dentro del frenético y divertido tono, casi siempre de arenga, es permanente el sentido del humor vinculado unas veces a lo absurdo (aprovechando juegos de palabras) y otras a la explotación de tópicos. Lo que son esporádicos son los grandes chispazos de ingenio, pues cabe suponer que muchas de estas «obras» fueron improvisadas para atender las obligaciones de Jardiel, de modo que, dentro del elevado tono humorístico, son escasos e irregulares los momentos verdaderamente brillantes.

              La mayoría de los escritos datan de los años 20 del siglo XX. Es conveniente advertirlo porque desde la mirada actual muchas de las chanzas sobre la mujer no harían de Jardiel más que leña para la hoguera. Sin embargo, situado en su contexto es posible advertir que si estas obras, escritos y discursos tuvieron entonces tanta gracia y éxito de público no se debió al masoquismo de la mitad de la población y a la irresponsabilidad de la otra mitad sino a que supo explotar un cambio social entonces aún tímido, pero ya visible. Y es que los cambios son territorio para un humor… que queda rápidamente desfasado tan pronto como el cambio se consuma y consolida y deja de sorprender a nadie.

              A pesar de lo cual, sí se pueden disfrutar interesantes pinceladas que se adentran en algo aún más permanente que el tópico, como es la idiosincrasia de cada sexo.


domingo, 8 de marzo de 2020

Muerte en el seminario - P. D. James





                Una muy buena novela negra escrita con capítulos cortos y ritmo tan constante que acaba impulsando la lentitud de la acción, escrita con una prosa clara, concisa y sin altibajos, aunque también sin alardes.

                El escenario, que tan importante es en algunas novelas de este género, es magnífico: un pequeño seminario recóndito, situado junto al mar, en la costa este inglesa, a poca distancia de acantilados de arena que se desvanecen a tal velocidad, debido al embate del mar, que las construcciones –como el propio seminario- que hace un centenar de años apenas lo divisaban, están a pocas décadas de ser engullidas por las aguas.

                La historia comienza con el hallazgo de un cadáver. Todo apunta a que ha sido un accidente, pero la presión del padre del fallecido hace que el comisario de la policía metropolitana de Londres Adam Dalgliesh, que iba a pasar unos días de asueto por la zona, acabe alojado en el seminario, donde veraneó siendo un chiquillo, y en él se encuentre con las complicaciones que sabrá quien lea la novela, aunque todo el mundo puede suponer de qué cariz son.

                De este modo Muerte en el seminario se plantea al modo que hizo célebre alguna de las novelas de Agatha Christie: un colectivo cerrado y encerrado de personas, una de las cuales es un criminal, con lo cual el lector disfruta de la doble tensión de averiguar la identidad del delincuente y del constante susto de no saber si el personaje que cada momento ocupa las líneas es un malvado a punto de descubrir al lector su maldad o un inocente a punto de marcharse al otro barrio.

                La novela avanza alternando cuatro acontecimientos relevantes con un montón de interrogatorios, y está escrita de tal modo que el lector tiene la sensación de ser un observador más de las conversaciones. Los datos se van acumulando, unos conducen a otros en un puzzle que el lector construye a la vez que los protagonistas, lo cual tiene bastante mérito. O, dicho de otro modo, la autora no se guarda descaradamente datos en la manga forzando al lector a seguir leyendo para ver cuándo la autora se digna dárselos –penoso y frecuentísimo recurso-, sino que la información fluye de los personajes de modo tan natural que P. D. James consigue que sean estos, con sus comprensibles errores y omisiones los hacen crecer el interés de modo espontáneo.

                Como en las buenas novelas negras, solo al final se resuelven las cosas. Dicho lo cual, sí cabe hacer una crítica: el final del final es lo único forzado, porque una vez resuelto «el caso», el resto de incógnitas se despejan de modo demasiado facilón. Tampoco me ha gustado mucho la escenificación del final.

                Esta es, creo, la undécima novela protagonizada por el comisario Adam Dalgliesh. No he leído ninguna otra. Ni falta me ha hecho para seguir perfectamente la novela.



sábado, 29 de febrero de 2020

La idea de Europa – George Steiner





                Prologado por Mario Vargas Llosa y con introducción de Rob Riemen, La idea de Europa es un librito que reproduce la conferencia que George Steiner dio en el Nexus Institute. Y el contenido gira exactamente en torno al título: qué es Europa y hacia dónde va.

                Lo primero lo examina Steiner a partir de cuatro datos, alguno de los cuales podrá parecer frívolo, pero, explicados de modo adecuado, aclaran mucho sobre la idiosincrasia europea: el modo en que los europeos (no así el mundo anglosajón, con lo que significa por oposición) habla y «arregla el mundo» en bares y cafés, la existencia de un paisaje «caminable» que ha permitido cruzar Europa a pie lo mismo a viajeros que a aventureros, pueblos y ejércitos, la costumbre de poner a las calles y plazas el nombre de personas eminentes vinculadas a la cultura y al pensamiento (a diferencia, también, del mundo anglosajón, con lo que igualmente significa por oposición), y un origen doble y contradictorio: Atenas y Jerusalén, la racionalidad del pensamiento y la irracionalidad de la fe.

                Un quinto elemento que define la identidad europea, pero lo cito aparte porque enlaza con la pesimista conclusión de Steiner: la tendencia a la autodestrucción, el convencimiento íntimo de que Europa tiene fecha de caducidad, lo cual Steiner explica a partir de mucho de lo que concluye de las observaciones de los cuatro puntos anteriores.

                Brillante conferencia rebosante de sentido común y profunda cultura que merece la pena leer y guardar en el recuerdo y en la biblioteca.


lunes, 24 de febrero de 2020

El salón magenta – Mário de Carvalho




              A poco que se rasca en el mundo literario, de la pintura y del arte en general, aparecen a puñados «artistas» que solo lo son en el arte de camelar un público lo bastante indiferente ante su arte como para molestarse en averiguar la verdad; «artistas» que viven por y para que se les reconozca la condición de artistas aunque su obra sea escasa y de tal mediocridad que más podría hablarse «de uno que escribe» o «de uno que pinta» que de escritores o pintores.

              El protagonista de El salón magenta es un cineasta, aunque como refunfuña en cierta ocasión, hace siglos que ascendió a director de cine. En realidad, la vida ha pasado ante sus barbas sin que haya hecho otra cosa que dar a entender que es un artista, aunque su producción ha sido mínima y mala. Y en ello sigue, diciendo estar elaborando un guion –un escrito muerto de risa- para hacer creer a todos que sigue en la brecha.

              Como está con los bolsillos vacíos, el día en que unos atracadores le dan una paliza que exige hasta escayola en una pierna no le queda más remedio que ir a la casa que su hermana mayor para dejarse cuidar. Su hermana, una profesora universitaria recientemente jubilada, tiene una casita cerca de una laguna, en una pequeña localidad portuguesa, y allí se instala el gran Miguel Gustavo Dias.

              El salón magenta recorre de modo intimista y reflexivo la vida de su protagonista a través de sus recuerdos y de la forzosa contemplación de la vida de su hermana, lo cual le permite analizar su comportamiento respecto a ella y, de paso, al lector le permite situarla.

              Postrado en un sillón, son dos los recuerdos que nublan la mente de Miguel Gustavo: la estafa a que ha sometido a todos, incluido él mismo, acerca de su valía y vocación, y sus relaciones con las mujeres. Muchas han pasado por su vida, casi todas de usar y tirar (en lo que era una actitud recíproca) excepto una. Aquella que más lo trató a él como «de usar y tirar», la que recibía a sus amigos en un salón magenta, aquella de la que se separó y de la que nunca más supo hasta conocer su muerte.

              En la inconsciente evaluación de su vida, el análisis de los recuerdos y la relación con su hermana ponen de manifiesto el ruin egoísmo de Miguel Gustavo. Egoísmo doblemente mezquino por carecer de excusas, ya que aprovecharse de él ni siquiera le ha permitido hacer una sola cosa digna de elogio. Ha tenido facilidades y no ha conseguido más que engañarse a sí mismo y encontrar, al final del camino, la triste realidad que ya el engaño no oculta a casi nadie, si no es que los que quedan engañados en realidad no están fingiendo por piedad; y, con esa terrible realidad que va apareciendo a medida que los engañados desaparecen y quedan atrás con el correr de los años, llega la penuria y el viejo consuelo del alcohol.

              Mientras, su hermana, cuya vida en apariencia ha sido gris, vulgar, mediocre, sin otras alegría ni penas que las profesionales y domésticas –entre las que figura un hijo que la engaña-, una persona de segunda a los ojos de su hermano, se va elevando poco a poco, según pasan las páginas, como un referente vital, como alguien que ha sabido qué hacer con su vida y ha sabido conducirla para, a pesar de las dificultades, saber vivir y salir adelante con la conciencia tranquila, que no es lo mismo que vivir alegre o triste. Frente al egoísmo y egocentrismo del protagonista, un hombre vano que ha pretendido ser lo que no es, se alza la discreta generosidad y afecto de una mujer decidida a ser lo que es, capaz de convertir una vida corriente en un admirable e inconsciente ejercicio de sabiduría y elegancia.



jueves, 20 de febrero de 2020

La pirámide de fango – Andrea Camilleri





(Serie Montalbano, 27)

              La agilidad de las novelas de Camilleri, con tanto diálogo, tantos hechos escuetos y bien planteados y tan poca descripción, las hace de lectura rápida y agradable. Además, en la serie del comisario Salvo Montalbano Camilleri suele conseguir el milagro de que la inevitable repetición de personajes con sus manías y costumbres no resulte tediosa. ¿Cómo lo logra? Centrando el peso del interés en la trama que soportan los personajes, más que en ellos, y visibilizando la trama a través de sus palabras y acciones.

              El título es una metáfora. La montaña de fango que el comisario Montalbano ve en una obra mientras investiga la muerte de un ciclista en calzoncillos que ha aparecido con un tiro en la espalda, le hace pensar que ciertos asuntillos relacionados con los tejemanejes en la adjudicación de obra pública forman una pirámide de, por ser suaves, fango. Y es que estamos en Sicilia, y que la obra pública sea o no sea, o cómo es, y si sirve para algo o no, o si se hace bien o mal, responde más a intereses corruptos que a intereses sociales.

              El muerto vivía cerca del lugar donde ha sido encontrado. En una casita junto a su joven y atractiva esposa, de la que no hay noticia, pero cuya figura sirve a Camilleri –que siempre introduce en sus novelas una mujer bella y de comportamiento sexual en apariencia «abierto»- para dejar en la historia la chispa de erotismo a que nos tiene acostumbrados.

              La investigación avanza, como es habitual en Montalbano, poniendo a prueba no muy ortodoxamente las arriesgadas hipótesis que realiza a partir de los pocos datos que va encontrando. Hipótesis, las más de las veces, inspiradas en la interpretación del alma humana. En esta ocasión el comisario de Vigàta solo dispone de unos pocos datos obtenidos en la escena del crimen y en otro lugar más, y de cierta información sobre empresas –un poco liosa por manejar varios nombres a la vez, aunque en realidad da igual porque Camilleri, eso le honra, no los aprovecha para jugar al despiste-. Y como en las últimas novelas la presencia de la mafia había sido escasa, hela aquí de nuevo, con el atractivo que eso supone cuando los criminales que organizan el berenjenal más que profesionales del asunto son casi artistas del crimen.

              Resumen de la novela: Montalbano.


lunes, 17 de febrero de 2020

El invierno en Lisboa – Antonio Muñoz Molina




              Dice un amigo que El invierno en Lisboa es lo mejor que ha escrito Antonio Muñoz Molina. Si no tiene razón, poco le faltará, porque esta novela es una joya donde el lenguaje y la profundidad de la mirada crean la belleza que transforma una historia de amor plagada de sentimientos y derrota, que es también una novela negra, en un todo melancólico y sublime a ritmo de blues. Está ambientada principalmente en España –en San Sebastián y Madrid- en un clima que parece arrancado a las entrañas de las mejores películas del cine negro clásico.

              El protagonista, Santiago Biralbo, es un pianista de jazz amigo de una figura de la trompeta, Billy Swann, personaje que, según he leído, es un homenaje a Chet Baker. Pero mientras Billy recorre Europa actuando al tiempo que destroza su salud, Santiago, aún siendo un músico nómada, sigue anclado a cualquier lugar por donde pueda pasar el amor de su vida, Lucrecia. Una mujer casada, misteriosa, y que actúa como movida por la fatalidad. Ambos se enamoraron cuando Biralbo tocaba en un club de San Sebastián, y desde entonces su vida ha sido una mezcla de huidas y despedidas continuas, un «alguna vez será lo que hoy no puede ser», una relación donde ambos, a la vez, se buscan esperándose, que no se esperan buscándose. A que la espera como modo de reencuentro tenga sentido contribuyen no poco Bruce Malcolm, marido de Lucrecia, un secuaz que vive del mundo del arte -Toussaints Morton-, y su secretaria Daphne, que amenazan y buscan  a Biralbo no se sabe si para impartir «justicia» vengándose de él por su relación con Lucrecia, para hallar a Lucrecia a través de Biralbo o por algún otro motivo. Leedlo y lo sabréis.

              La novela melancólica y de acción lenta y pausada pero potente, que discurre con un sutil telón de fondo: la idea de que la vida son momentos fugaces e intensos que duran siempre, y que el resto del tiempo es un vacío que hay que llenar con los anhelos, esperanzas y resignaciones nacidos de aquellos momentos.


jueves, 13 de febrero de 2020

Expediente de desaparición – Dror Mishani




              ¿Por qué no hay novela negra en Israel?, pregunta el protagonista, el inspector Abraham Abraham, a la madre que acude a denunciar la desaparición de su hijo adolescente. La respuesta que le da justifica el consejo de esperar a que el muchacho aparezca. La situación se vuelve contra el policía al día siguiente, cuando su predicción falla: el muchacho no ha vuelto y es preciso comenzar a buscarlo.

              La investigación apenas tiene asideros (aunque el autor juega con el lector para hacerle creer lo contrario, en lo que es un recurso poco limpio, por así decirlo) lo que provoca la ofuscación del policía y esta, a su vez, nuevos fallos que le hacen sentir más culpable y que amenazan con conducir el caso a otros responsables.

              La novela, entretenida, es un ir y venir, un dar vueltas sobre los mismos datos solo roto por esa trampa que el autor tiende al lector para que no se canse de tanto girar y para despistarlo y facilitar la «sorpresa» final. De haberse ahorrado esta treta la novela hubiera sido bastante más corta y sustancialmente mejor, porque el mérito de Expediente de desaparición es jugar con cómo la necesidad de una respuesta nos hace abrazar verdades que en realidad no lo son. Verdades, en plural, que, cuando se habla de delitos, pueden implicar achacar la condición de víctima o de criminal a una persona o a otra independientemente de la verdad. Por eso la novela tiene dos finales consecutivos, si puede decirse así. Los dos, a primera vista, lógicos. Pero uno más lógico que otro: el que ve sin dificultades la persona a la que, por no haber estado en el caso, nada le va en encontrar una respuesta.   

            

lunes, 10 de febrero de 2020

No está solo – Sandrone Dazieri




               
(Colomba Caselli y Dante Torre, 1)

                A una buena novela no se le exige realismo, sino verosimilitud. De lo primero no hay rastro en No está solo, y de lo segundo no mucho, si bien hay que reconocer que la acción es tan intensa que el interés que no despierta como historia lo despierta como misterio. Todo un thriller estructurado con enorme solvencia que se lee muy rápido arrastrado por la curiosidad, y en el que fallan dos cosas relacionadas con lo que acabo de decir: el trasfondo final de la historia, un tanto manido, y unos protagonistas demasiado acartonados y poco creíbles.

                Un niño que iba con su madre desaparece en Roma a la vez que ella aparece asesinada. El jefe policial, un tipo discreto, sensato y competente, pide a una concienzuda, bella y atlética policía de baja por un trauma profesional, Colomba Caselli, que indague por su cuenta y que como ayuda eche mano de un singular caballero con una extraordinaria perspicacia psicológica para encontrar desaparecidos: Dante Torre, el cual debe su habilidad a su anormal desarrollo; pasó una barbaridad de años, desde los seis hasta el fin de adolescencia, secuestrado en un pequeño silo sin ver a otra persona que una especie de «domador» que ocultaba su rostro y se hacía llamar «el Padre». Sin embargo, a tan tortuoso pasado también debe otras cosas: una fortísima claustrofobia, un sinfín de manías y un carácter tal que parece un teleñeco. Además, el caballero tiene dinero en abundancia y no duda en gastarlo en pro de la causa (¡cuántas veces se utiliza el recurso de un tipo adinerado en las novelas de intriga!).

                Colomba es un personaje demasiado neutro para resultar atractivo; solo al final se va perfilando. Con Dante ocurre lo contrario: su extravagancia inicial mengua por necesidades de la acción. Respecto a los secundarios, hay de todo, pero respondiendo siempre a los perfiles tópicos de lo mediocre de este género. El peor dibujado, sin duda, es el malo malísimo (no digo más para no reventar la historia) que tras ser durante toda la novela aquello que cada lector haya imaginado, termina siendo casi una caricatura.

                Como buen thriller cada paso de un personaje abre puertas que profundizan en laberintos de ramificaciones insospechadas. Cada cosa tiene su por qué y el puzzle se va construyendo ante los ojos del lector. No es lo menos interesante que la investigación pronto toca a los investigadores mucho más cerca de lo que en un principio cabe suponer, lo que multiplica los enigmas a resolver. Los del asunto principal y los de los protagonistas. Por eso la trama de No está solo es realmente compleja, pero se expone de manera clara, fácil de seguir, y el modo en que se plantea y se saca adelante es tan equilibrado que el resultado es un misterio atractivo.

                Sandrone Dazieri ha firmado una buena novela de entretenimiento. Nada más.
 

jueves, 6 de febrero de 2020

Agostino – Alberto Moravia




              Agostino, un chaval de doce o trece años que ni siquiera se ha preguntado si los niños vienen o no de París, está veraneando con su madre, viuda joven, atractiva y adinerada, en un lugar de playa.

              La confortable soledad entre madre e hijo se ve interrumpida por la aparición de un joven con el que la madre comienza a irse a diario a navegar en patín. El niño, que los acompaña en alguna de esas excursiones, percibe, sin llegar a asimilar, que su madre, además de madre, es mujer. No ayuda poco a confundir sus sentimientos su ignorancia mayúscula sobre la sexualidad.

              La nueva visión de su madre le resulta desagradable entre otras cosas porque no llega a desplazar a la antigua, aunque él está convencido de que antes o después lo hará. Y en la huida de esas situaciones y sensaciones que tanto lo desasosiegan termina marchándose con un grupo de chavales, alguno más mayor, que se burlan de él sin piedad y que, además, saben bastante más que él. Igual que no dudan en hablarle de la admiración y deseo que les provoca su madre, también se pitorrean de Agostino a costa de los amores de su madre con el joven del patín. Los chavales, además, tienen su centro de reunión en torno a un viejo pescador –siempre atento a llevarse al catre a algún chaval- al que desprecian por su homosexualidad, sin por ello dejar de aprovecharse de él aunque, en realidad, es él quien les deja hacer sabedor de que su objetivo es el que es.

              Agostino aprende a tortas. Unas reales y otras figuradas. Pero la ingenuidad no suele desaparecer de un único sopapo; siempre queda suficiente para, cuando uno se envalentona, llevarse uno nuevo que, a esas alturas, resulta también humillante.

              Un libro breve (sin que por eso se lea rápido), magnífico como casi todos los de Moravia, escrito con la precisión, concisión y profundidad que caracterizan su estilo. Cada libro de Moravia es una lección magistral de literatura, un ejemplo de cuánto se puede decir sin hablar demasiado y partiendo, casi siempre, de las emociones básicas del ser humano. Moravia nunca retuerce nada: simplemente explora con su tremenda capacidad de profundizar y de exponer de modo sencillo lo complicado.



lunes, 3 de febrero de 2020

La fiesta de la insignificancia – Milan Kundera




              
              Obra muy breve, de unas ciento treinta páginas chiquitinas y con letra grande que se lee en un día. Grandes son también los pocos mensajes que traslada y el modo en que cuenta mucho con pocas palabras. Una obra cuyo final, además, revela una concepción del humor que más de una vez he defendido.

              En las idas y venidas de unos amigos franceses encontramos situaciones para ellos relevantes que se mezclan con consideraciones y conversaciones acerca del comportamiento de Stalin como bromista y de las reacciones de quienes estaban por debajo. Sin ser un texto de humor, habla sobre el humor, sobre su importancia para valorar y relativizar e, incluso, como le atribuyen a Stalin, para poner a prueba. Vemos también que el humor tiene su propia vida, se desgasta, se inutiliza, se vuelve contra quien lo usa… Y vemos, también, finalmente, que lo más complicado del humor es tenerlo a mano cuando de verdad hace falta. Porque la conclusión, aquella con la que identifico y que da sentido al título es que el humor, cuando nos defiende y nos eleva por encima de los problemas implica la asunción de la propia insignificancia. Solo cuando comprendemos la ínfima mierdecilla que en realidad somos cualquier preocupación sobre nosotros mismos deviene grotesca.