En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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miércoles, 18 de junio de 2025

Memoria de chica – Annie Ernaux

 



    Aún hoy, dos años y medio después de recibir el Nobel de Literatura, el artículo que Wikipedia dedica en España a Annie Ernaux  sigue siendo entre doce y quince veces más corto que los falsamente rigurosos que algunos escribientes por completo desconocidos han llegado a dedicarse a sí mismos bajo identidades ridículas, prestadas o usurpadas. Y eso que el artículo de Ernaux es hoy sustancialmente más extenso que el existente el día que la Academia sueca la premió.

    Lo digo porque como en su momento lo usé de vara de medir respecto a varios artículos «sospechoso» de ese proyecto al que la inteligencia artificial pronto apiolará, ahora, siempre que oigo el nombre de Annie Ernaux me viene la anécdota a la cabeza. Pero lo digo no para hacer patente ¿injusticia? alguna ni para avisar de la torpe existencia de pobres diablos jugando a la confusión de parecer alguien, sino porque para saber de Annie Arnaux no es preciso husmear articulicos cuyo rigor puede ser lo que comer mofeta cruda a la gastronomía, sino leer su obra. Y de los tres libros suyos que llevo leídos este es el más claro para iluminar una parte de su personalidad y de su vida. Quizá la nitidez se deba a la perspectiva, ya que fue publicado en 2022, cuarenta y ocho años después de debutar, en 1974, con Los armarios vacíos. Se ve que doña Annie, con el tiempo, ve mejor de lejos.

    En Memoria de chica la autora, de 82 años en 2022, echa un vistazo a la joven que fue en el verano de 1958, cuando, a punto de cumplir 18, pasó unos meses como monitora en un campamento.

    La Ernaux escritora, que habla de sí misma en primera persona, se refiere a su desorientado recuerdo en tercera, como si aquella chica fuera otra persona distinta. Y lo es, claro. Y no lo es, por supuesto.

    Para que esta reseña aporte algo al libro publicado por Cabaret Voltaire, cuento que el 10 de junio de 1940 la localidad normanda de Yvetot fue arrasada por el 25º regimiento Panzer del ejército nazi, comandado por Rommel, que luego, con el resto de la 12º División Panzer, se haría célebre en África. Todo el centro de la localidad fue incendiado. En algunos sitios se habla de 1 000 víctimas en una población de pocos miles de habitantes (no he podido averiguar cuántos eran en 1940, pero en 1962 no llegaban a los  8 000). Annie Ernaux nació en Yvetot el 1 de septiembre de 1940. Imaginad en qué entorno. Justo cuatro años después, el 1 de septiembre de 1944, Yvetot fue liberado.

    En ese desgraciado contexto creció Annie Ernaux, hija de unos tenderos de ultramarinos de los que, por su escasa cultura y baja posición social, llegaría a avergonzarse, si hay que hacer caso a lo que cuenta en este libro. Si esta injusta vergüenza que se da a ciertas edades puede ser por la necesidad de los hijos de reafirmarse, o por la impotencia de verse dependientes de ellos en un pueblecito destrozado y sin futuro comparable al de otros lugares más afortunados, o por saberse a merced de una escasez de recursos que hace peligrar hasta el desarrollo de su propia inteligencia, de sus capacidades y posibilidades (¡Qué triste intuir que tienes la cabeza bien amueblada pero que confirmarlo dependa de que alguien decida dar becas accesibles! ¡Qué sensación de vulnerabilidad!), que lo juzgue el lector. El caso es que la joven de 1958 no tenía motivos para pensar que se iba a comer el mundo, aunque sí ganas de mordisquearlo para averiguar su sabor.

    A la Annie del siglo XXI le da por reconstruir casi minuto a minuto aquel verano en el que la Annie de 1958 llegó a un campamento para ser monitoria, pero buscando, en realidad, el descubrimiento del sexo y el amor, que de algún modo, en su nula experiencia de muchacha aislada y sobreprotegida, entendía unidos.

    Pero lo que en realidad encontró es que el hombre que primero «le hizo caso», por decirlo suavemente, lo que consideraba unido era el sexo y el poder. Si el sexo era para ella una forma de integrarse, para él era el modo de encabezar la manada, lo cual, a su vez, tiene que ver con la diferente posición social de hombres y mujeres. Aún estamos en la época en que lo que encumbra y hacer llamar a un hombre «seductor» o «don Juan», hunde y hace llamar «puta» y «cualquiera» a una mujer. Darse cuenta y asimilarlo fue un proceso doloroso, y el choque con su ingenuidad de tal magnitud que, para colmo, hizo de ella un hazmerreír entre el resto de monitores, situación que no mejoró las comparaciones físicas con alguna rival despampanante.

    En resumen, vas a salir del cascarón, a emanciparte emocionalmente, y te topas con el engaño, la burla, el ridículo, el acoso, la humillación… Abrir la puerta de casa para salir y llevarte un mayúsculo bofetón antes de haber llegado a pisar el felpudo.

    De eso trata este libro: de soledad, desorientación, aturdimiento, tristeza, rabia, incomprensión, sufrimiento… Y también de superación. Pero no una superación heroica, sino la común y corriente de quien solo es capaz de avanzar, sin destino, para escapar de un agujero; y es así como, avanzando sin rumbo, uno acaba no sabe muy bien dónde y en algún momento ha de detenerse y replantearse las cosas.

    Esto también lo cuenta Memoria de chica. 

    Como también cuenta la historia de la Annie que, más tarde, regresa a aquella zona y hasta duda de si regresar a aquellas personas que la humillaron para darse cuenta de que el presente nada tiene que ver con el pasado y, lo que es a un tiempo tranquilizador y perturbador, nadie se acuerda más que de sí mismo, porque, ¿quién no ha vivido experiencias intensas que no dejaron ni la más mínima memoria en quienes le acompañaron? Cuando lo advierte años después resulta entre pasmoso y humillante. Pero nos ocurre a todos.

    En cualquier caso, ni Annie Ernaux se encontró a sí misma en aquel verano ni posteriormente, cuando volvió a esos lugares; ni más tarde, cuando, ya octogenaria, quiso echar un vistazo a las personas de entonces. No se ha encontrado aún. Annie Ernaux se sigue buscando a sí misma, o no hubiera escrito Memoria de chica. 

    Y esto es una suerte, porque solo así seguirá escribiendo libros tan interesantes. No como las celebridades que ya solo piensan en hacer caja.

    Obra clara, de gran calidad por cómo está escrita, con precisión para dar con la nota adecuada y el hecho significativo. Y por lo que cuenta, que, más o menos, así o asá, de un modo u otro, es la historia de todos. 


jueves, 13 de junio de 2024

Blancura – Jon Fosse

 


El Nobel sirve para saber de la existencia de escritores como el noruego Jon Fosse, de quien, pese a su extensa obra y a haber recibido un canasto de premios, lo desconocía todo.

Blancura es un librito corto, publicado a toda prisa en España por Random House pocos días después de la concesión del Nobel. Cuenta fantásticamente una muerte por congelación, y se lee de una sentada. 

El protagonista, que no parece andar muy lúcido, deambula sin rumbo con su coche por carreteras y carreteras, sin saber qué hacer con su vida, hasta que se mete por un camino, queda atascado y, en medio de unas reflexiones dignas de la más obtusa mollera que nos muestran a un ser humano lógico pero algo trastornado vaya usted a saber por qué, busca ayuda echándose a andar camino adelante. Hace un frío que pela, está a punto de anochecer y además comienza a nevar. No hace falta ser Einstein para prever la que se va liar, pero las neuronas del caballero, ya digo, no están en su mejor día.

El blanco de la nieve se confunde con otros blancos. Como el de cierta luz. Conviene reflexionar sobre lo que acaba viendo y oyendo el protagonista. ¿Por qué eso y no algo distinto? ¿Qué significa o simboliza cada cosa? ¿Qué nos dice sobre él? ¿Qué nos dice sobre una persona lo que cruza por su mente cuando solo inconscientemente puede saber que está en peligro de muerte inminente?

Y, ¿cómo es la muerte? 

        Eso es todo lo que vamos a saber del personaje. Da igual qué lo ha llevado allí, da igual su pasado, da igual todo. Es solo un ser humano algo aturdido. Y lo que le sucede después. Nada más ha querido contar el autor.

Blancura está magistralmente narrado, aunque a veces el lenguaje es reiterativo por la necesidad de trabajar la obsesión. Tan bien escrito está que las alucinaciones del protagonista parecen no serlo durante un buen rato. E incluso luego, cuando queda claro que lo son, son tan vívidas que el lector siente la necesidad de que no lo sean. 

No tiene ni un punto y aparte, pero entre la brevedad y la claridad de la exposición se lee con agilidad. 


lunes, 20 de febrero de 2023

El doctor Zhivago – Borís Pasternak

 


Mayúsculo novelón que, en esta edición y por obra de Marta Rebón, es la primera traducción del ruso al español. Las anteriores ediciones habían sido traducciones del italiano, debido a que la novela vio la luz en 1957 en Italia. Por su carga crítica, hasta 1988 fue imposible publicarla en la Unión Soviética.

El doctor Zhivago es una novela que, por su grandeza, entronca con los grandes clásicos del siglo XIX. Narra la peripecia vital del protagonista, Yuri Zhivago, en un entorno histórico que cambió para siempre la vida de generaciones enteras y la historia de Europa y el mundo. Un entorno tan avasallador que el individuo se transforma en un pelele cuya vida no vale nada; quién has sido, quién eres o qué suponga alguien que quieres ser puede hacer de ti una cosa o la contraria en función de dónde estés o de quién tengas enfrente. Aunque en ese sálvese quien pueda, si es que alguien puede, la vida se abre paso y en medio de la tragedia, prospera una historia de amor dolorosa, terrible y hermosa.

El entorno histórico es, como he dicho, de una intensidad monstruosa: los aires de cambio impulsados por las diferentes teorías sociales surgidas en el siglo XIX a raíz de los monumentales cambios derivados de la industrialización están en el origen de la Primera Guerra Mundial, en la que desaparecieron buena parte de los sistemas totalitarios europeos. En Rusia, en medio de esa guerra a la que había entrado desde un sistema totalitario, tuvieron lugar varias revoluciones; la primera, unos años después del comienzo de la guerra, la de febrero de 1917, supuso la abdicación del zar y la instauración de un régimen de inspiración liberal (con dos gobiernos en pocos meses). No consiguió satisfacer a casi nadie, ni tuvo tiempo de hacerlo, y como para muchos ese cambio se quedaba corto y creían llegado su momento, la convulsa situación desembocó en la revolución de octubre, que a su vez desencadenó una guerra civil en un territorio gigantesco y la aparición, allí donde se asentaba la revolución, de un poder tan teórico e ideologizado sobre el dogma de la existencia de un sueño colectivo –la dictadura del proletariado, la colectivización de la vida económica y el poder de los soviets (consejos)- que en realidad era un poder fanatizado que negaba la individualidad hasta el punto de arrebatar la vida a quien pretendiera mantenerla. Ese sueño colectivo –proclamado, pero de imposible existencia- chocaba con la realidad aplastando a quienes encontraba en medio; por ejemplo, ¿cómo garantizar alimentos si de un día para otro los propietarios de la tierra la pierden y el comercio se prohíbe? ¿Y quién estaba en medio? La población. Y, por supuesto, Yuri Zhivago.

Borís Pasternak (1890-1960)

La acción transcurre entre Moscú y diversas ciudades y localidades de los Urales, recorriendo distancias gigantescas con medios escasos y en condiciones infames. Yuri Zhivago, huérfano de origen acomodado protegido por un pariente con veleidades intelectuales, es demasiado joven para vivir de modo consciente las primeras trifulcas contra el zarismo a principios del siglo XX, pero la Primera Guerra Mundial llega cuando ya es médico, y esa profesión, la de médico, va a ser su salvación –quizá le libra de pelear y morir en el frente- y su condena –en todas partes hacen falta médicos, especialmente en el frente, por lo que todo médico es siempre un botín valioso-. Zhivago es un hombre pacífico, honesto, con inquietudes intelectuales, amante de la lectura, de la poesía y de la escritura, a la cual apenas puede dedicarse por falta de tiempo y medios. La historia lo zarandea, lo lleva de un lado a otro poniendo en peligro su vida y la de su familia; por no haber sido rematadamente pobres –aunque lleguen a no tener, literalmente, nada-, acaban transformados en enemigos del régimen. En la vorágine de la supervivencia afronta penurias, separaciones traumáticas y otras desgracias, aunque también encuentra manos amigas; alguna, algo misteriosa porque Pasternak no explica mucho de casi ningún personaje (y los hay por docenas, hasta el punto de que esta edición de Galaxia Gutenberg tiene un índice de personajes que, cuidado, a veces puede destripar alguna cosilla). En medio de esa desazón, Zhivago ejerce de médico sin poder ser nunca el médico ni la persona que había proyectado ser; afronta con resignación y lucidez la incertidumbre, el miedo, las penalidades, sin poder disfrutar de su familia o del ínfimo placer de escribir en un papel; rodeado de un océano de frustración y carestía, con la muerte siempre como una posibilidad inminente… En ese mundo Zhivago no es dueño ni de sí mismo ni de su tiempo, pero sí de la conciencia de su individualidad. Eso es algo que nunca llega a perder. Y, como he dicho antes, como las plantas en primavera (y cuántas líricas alusiones a la naturaleza hay en la obra, delatando la condición de poeta de Pasternak, más que de novelista) la vida se acaba abriendo paso hasta en las condiciones más difíciles. Así, pese al enconado empeño de Yuri en proteger a su familia, pese al amor que siente por su mujer, a la que conoce desde que eran niños, acaba enamorándose de otro personaje que, como él, forma parte de la leyenda de la literatura: Lara. Larisa Fiódorovna Guichard, más tarde Larisa Antípova. Niña, muchacha, joven, mujer, cuya existencia, siempre un peldaño por debajo de la de Zhivago, trascurre en su entorno sin que ninguno de los dos sea consciente durante años hasta que el destino los acaba situando frente a frente, como si cada uno fuera para el otro el único hogar reconocible y posible. Lara (que también está casada, que también tiene una hija y cuyo marido, un hombre admirable, de modo incomprensible se fue de voluntario a la guerra y ni siquiera es posible saber a ciencia cierta si ha muerto o si se ha «reencarnado» en otra personalidad) es un personaje de una fortaleza solo comparable a la de Zhivago. Ambos se caracterizan más por su espíritu de sacrificio, por su compromiso con sus familias y por su capacidad de renuncia que por su ambición o su egoísmo.

Una epopeya en la que la historia acaba arrasando a las personas, a las que convierte en espectros irreconocibles para ellas mismas y hasta para los suyos, pero en las que el mensaje de Pasternak, crítico con la guerra y el bolchevismo (crítica limitada a la exposición de hechos, por cierto) por cuanto suponía de anulación del individuo, hace que, pese al aparente triunfo de la historia colectiva sobre la individualidad  reivindicada por el autor, esta última transcienda a través de una historia de amor, la de Yuri y Lara, tan bonita como amarga. Un amor no buscado; no querido, un amor al que se resisten por fidelidad a unas relaciones también machadas con las circunstancias; pero un amor necesario y al que, en última instancia, se rinden porque ya no tienen fuerzas para más; luchar contra él no sería luchar por los suyos, sino luchar por la nada. Cuando nada te queda, cuando ni siquiera te dejan ser quien eres, amar es el único modo de sobrevivir. Aunque el amor, las circunstancias mandan, tampoco es para siempre.




lunes, 24 de octubre de 2022

Pura pasión – Annie Ernaux

 



Leer a una Premio Nobel en los días siguientes a la concesión del galardón tiene la ventaja de poder sacar más jugo al texto gracias a la catarata de información disponible. No es mala costumbre.

Además, este libro se lee en un ratito, porque es una obra tan breve que bien pudiera considerarse un cuento. No llega a las ochenta páginas de letra en tamaño generoso y prosa clara. Eso sí, para relatar lo que aquí se cuenta otros autores utilizarían ochocientas páginas y se quedarían tan contentos. Annie Ernaux, en cambio, es de una concisión tremenda y va tan directa a lo que le interesa que puede prescindir del contexto sin que se resienta el realismo ni el objetivo de la obra. Como todo sucede en la cabeza de la protagonista, ¿qué más da lo que haya fuera de ella? Annie Ernaux prescinde de absolutamente todo lo que no afecta a lo que quiere contar; no adorna, ni suaviza, ni ayuda  en modo alguno a digerir la historia, lo cual crea un texto que oscila entre lo duro, lo amargo y lo desesperante. Hechos. No causas, ni efectos, ni contextos innecesarios.

¿Y qué cuenta Pura pasión? Pues eso: una pasión tan desatada, tan pura porque nada interfiere en ella, que se parece demasiado a una obsesión.

Una pasión, escribí hace algún tiempo, es un repentito, involuntario y violento cambio de prioridades. Es lo que le sucede a la protagonista de esta obra, que un buen día se prenda de un hombre, un diplomático de un país del este, con quien mantiene una intensa relación básicamente sexual. A partir de ese momento, la protagonista solo piensa en él. En su próxima llamada; en el siguiente encuentro. La relación entre ambos es intensa no porque en su cara a cara eleven lo tórrido hasta lo épico, sino porque la mujer que nos narra la historia confiesa un grado de «pasión» que se confunde con la obsesión y la dependencia: todo le recuerda a él, todo lo ve e interpreta a través del filtro de sus deseos hacia él, todo le hace desarrollar una esperanza irracional y vana en un siguiente encuentro que sabe que será igual a los demás pero que espera como si fuera la solución de algo; es decir, todo la sitúa más cerca de la adicción que de la pasión. Y la situación se prolonga cuando él desaparece de su vida, porque una cosa es que se haya tenido que volver a su país y otra, cree la protagonista, que los hados no dispongan la existencia en función de unos pocos momentos que antes o después, con casualidades o sin ellas, llegarán porque es imposible que no sea así. Alguna vez él volverá a telefonearla y…

Según iba leyendo, cada vez me parecía más claro estar ante el relato de una obsesión y no en el de una pasión; y según evolucionaba la vida de la protagonista más creía que la conclusión sería la opuesta a la que finalmente plantea Annie Ernaux: que es una suerte poder cargarse la vida si es para vivir una pasión. Una conclusión sorprendente. O no tanto, si se analiza bien el tono de la narradora.


lunes, 16 de noviembre de 2020

Sobre los huesos de los muertos – Olga Tokarczuk

 


 

                Olga Tokarczuk (nacida en Polonia el 29 de enero de 1962), recibió en 2019 el Premio Nobel de Literatura correspondiente a 2018.

                Lo único que he leído de su obra ha sido Sobre los huesos de los muertos, novela que sorprende más tras el Nobel, premio más asociado a la narrativa que al género negro; novela que sorprende, también, porque su maestría y elegancia en el uso del lenguaje y de ciertos recursos expresivos proclaman la pobreza de la mayoría de la novelas del género, a las que por costumbre les perdonamos la sustitución de la falta de cuidado literario por la simple corrección formal, a cambio de que nos cuenten una historia entretenida.

                Janina Duszejko, que aborrece su nombre de pila, es una ingeniera retirada que da clases de inglés en un montañoso pueblecito polaco cerca de la frontera con Chequia; aunque, más bien, es una de las escasas habitantes de un puñado de casitas que solo se pueblan en los escasos meses en los que la nieve y el hielo no lo invaden todo.

                Janina, a medida que la novela avanza, parece una vieja loca: no cesa de escribir cartas a la policía y a todo el que se pone a tiro exigiendo medidas, entre extravagantes e imposibles, vinculadas al cuidado de la naturaleza, y, en lo que parece el colmo de su obsesión, envía varias misivas avisando de la sobrenatural explicación para ciertos accidentes producidos en la zona, que han tenido como víctimas, invariablemente, a personas poco respetuosas con el medio ambiente y, en especial, con esos animales para los que la frontera entre Polonia y Chequia simplemente no existe. Los animales, según ella, se están vengando del ser humano.

                Según pasan las páginas, sin que, a diferencia de las novelas legras convencionales, el lector tenga noticia de investigación alguna oficial o extraoficial, las rarezas de la protagonista, las idas y venidas de algunos secundarios –todos preocupados por la alarmante cantidad de muertes en un entorno tan pequeño- y lo que se va mostrando de las víctimas, conducen a un desenlace inesperado casi hasta el mismo instante en que se produce.

                Una novela que entretiene con calidad literaria y que, por exposición de extremos, invita a reflexionar sobre la relación con la naturaleza y sobre la naturaleza de la culpa.




domingo, 19 de abril de 2020

Para que no te pierdas en el barrio – Patrick Modiano





                Jean Daragane, un escritor no muy sociable, concierta una cita con el hombre que le telefonea diciendo haber encontrado su agenda de direcciones. El hombre acude acompañado de una mujer. A partir de este suceso trivial, la pareja, cada uno por su lado, establece contacto con Daragane sin que de entrada queden claros los motivos. Aunque, sean cuales sean, da igual, porque ese ir y venir de oscuros intereses de poca monta provoca en Daragane la necesidad de recordar, de modo que la novela termina siendo, en gran parte, los recuerdos del niño que fue abandonado por su madre en manos de una mujer joven que vivía en una misteriosa casa donde no paraba de entrar y salir gente a desahoras, una mujer cuyo nombre Daragane repite como conjurando a los dioses para que le permitan encontrarla, desentrañar los misterios que la envolvían y… Y resolver, ¿qué? Algo a un tiempo esperado y sorprendente.

                Para que no te pierdas en el barrio, como haciendo honor a su nombre, da un repaso amplio por un montón de calles, callejas y plazuelas parisinas que nada dirán a quien no las conozca, más allá de lo que sus nombres puedan evocar. Escrita con un lenguaje cuidadoso, certero, introspectivo y sobrio, se lee con facilidad, pero con lentitud, porque es una de esas novelas más para reflexionar con el protagonista que para dejarse llevar por una acción que es a un tiempo tan lenta como quien se queda parado pensando, y tan veloz como rápidos sean sus pensamientos.

                Una de esas novelas breves que, por transmitir sensaciones profundas, cuesta mucho escribir.





jueves, 9 de abril de 2020

Recuerdos durmientes – Patrick Modiano




       Pocas veces me he encontrado con una sinopsis que refleje tan bien el contenido de un libro:

       "París, años sesenta. Un chico solitario mantiene una serie de encuentros sucesivos y a veces fugaces con seis mujeres enigmáticas: Mireille Ourousov, Geneviève Dallame, Madeleine Péraud, Madame Hubersen, Martine Hayward y una joven cuyo nombre no llegamos a conocer. Algunas de ellas son viejas conocidas que han aparecido en otros libros del autor. El escenario, como tantas veces en la obra de Modiano, vuelve a ser un París entre la realidad, la memoria y el ensueño, cuyas calles se convierten en itinerarios de un mapa mental. Aparecen hoteles, cafés y apartamentos, la afición al espiritismo, ciertas lecturas que dejan huella y también un cadáver y una huida. Porque una de esas mujeres ha matado a un hombre, parece que de forma accidental. A algunas de ellas el joven protagonista las reencontrará años después: a una la verá llevando de la mano a un niño, su hijo; otra reaparecerá con una cicatriz atravesándole la frente... Todos estos encuentros y reencuentros son evocados, cincuenta años más tarde, por el hombre maduro en el que se ha convertido ese joven, por el narrador que convoca el huidizo pasado y a seis mujeres envueltas en el misterio que en mayor o menor medida le marcaron para el resto de su vida. Este es el primer libro que Patrick Modiano publica tras ganar el Premio Nobel, y supone una nueva vuelta de tuerca a su magnético universo literario. Una narración breve, insinuante, ambigua, hecha de pinceladas y silencios, sobre lo que pervive en la memoria y lo que queda en el olvido."

No hay mucho más que añadir, fuera del ambiente introspectivo que hace del libro un recuerdo -o un intento de recuerdo- compartido entre el narrador y el lector. Una memoria fragmentada, pero a la vez lúcida e intensa que alcanza a detalles demasiado precisos para ser realista sin que por ello pierda un ápice de verosimilitud. Se diría que a la memoria del narrador llegan los pormenores precisos para hacer del pasado un rompecabezas que atrae resolver. Sin embargo, ese reto no alcanza a una de las preguntas que no deja de hacerse el lector: por qué el narrador es como es, por qué es tan desapegado de las personas, por qué ha huido siempre de ellas aunque de alguna manera también las ha ido buscando, por qué ese ir y venir entre la soledad y los contactos fugaces.

Relatos durmientes está escrito con una precisión asombrosa, tanto en la estructura -qué profundas sensaciones se transmiten en tan pocas páginas- como en el dominio del lenguaje que le permite transmitir información a través de las sensaciones que crea con él, haciendo que las palabras digan mucho más de lo que aporta su significado.



miércoles, 24 de abril de 2019

Siete cuentos morales – J. M. Coetzee




              Siete breves relatos, la mayoría relacionados entre sí, que justifican el título del volumen porque todos sitúan al lector frente a una duda, frente a un qué hacer ante un caso como el que se cuenta. Siete preguntas que no lo son para pasar el rato, sino para hacernos reflexionar sobre aspectos ocultos de propio yo, sobre las consecuencias de nuestros actos, sobre nuestras motivaciones, sobre… Hay algunos temas aislados, como el concepto de infidelidad y otros recurrentes: la vejez, cómo afecta el envejecimiento a la independencia, la postura ante nuestros hijos, ante nuestros padres, la libertad de elegir y la responsabilidad de hacerlo sin hacer recaer sobre otros las consecuencias… Muchas cosas en páginas tan escasas como claras y densas.

              Siete cuentos morales es un libro fino como una aguja y, como ella, agudo y capaz de alcanzar profundidades dolorosas porque al leerlo se clava. El pinchazo, cómo no, sobresalta, despierta los sentidos, y hace de la lectura una experiencia intensa.

              Siete historias complicadas escritas sin complicaciones, con una prosa limpia y directa. Complejidad, pero también claridad. Lo mejor que se puede esperar de un escritor.

              Si alguien duda si Coetzze es un grande, que lea esta obra y comprobará qué pocas palabras hacen falta para transmitir preguntas profundas, que es, al final de lo que va la literatura: no de ofrecer respuestas, sino de plantear las preguntas correctas.


jueves, 13 de octubre de 2016

Darío Fo y el humor



"La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos."

Dario Fo

lunes, 30 de septiembre de 2013

La civilización del espectáculo – Mario Vargas Llosa



                La civilización del espectáculo no es una obra para leer a la ligera, sino bien concentrado, porque aunque es de lectura sencilla hay ideas complejas. Más que hilo conductor, hay una idea central en torno a la que giran todas las reflexiones, pero a veces da la sensación de que el libro se ha escrito de forma algo fragmentada, de que da demasiadas vueltas en torno a lo mismo, lo cual no deja de ser inesperado en un autor tan meticuloso.

                ¿Y cuál es esa idea central? Que la cultura, tal y como se conoció hasta hace pocas décadas, ha muerto. La cultura, entendida como “alta cultura”, como la manifestación del genio humano capaz de influir en los demás, de hacernos reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestra situación y posición en la existencia, ha desaparecido o está en trance de hacerlo. La figura del intelectual, de quien entrega lo mejor de su inteligencia a sí mismo y a los demás, ni está ni se le espera. La consecuencia es una sociedad desnortada, desorientada, que ha llegado a estar así sobre la base de no advertir que la cultura es el sustento que debe guiar el progreso técnico, que la cultura es anterior a él y le debe servir de guía, una sociedad que ha llegado no ya a confundir cultura y progreso técnico, sino a otorgar preeminencia absoluta a este, el cual lleva a aparejadas unas formas económicas que priman la cantidad, la masificación, la instantaneidad, la comodidad y que, en última instancia, matan la cultura tal y como ha sido entendida hasta hace tan solo una o dos generaciones.

Una de las causas de esta confusión es que en la actualidad el término “cultura” se usa desde una perspectiva antropológica, que entiende que cultura es todo lo que produce una sociedad, sea bueno, mediocre o malo. En esas condiciones todo es cultura, en consecuencia todo es intercambiable, hasta llegar a la conclusión de que “no hay una cultura superior a otra” puesto que todo es cultura y toda cultura es igualmente digna de respeto. Además, por razones fáciles de entender, la “cultura” que se desarrolla es la más rentable, y lo más rentable es, habitualmente, aquello a la que puede acceder más gente, más consumidores. Pero al alcance de un enorme número de personas solo puede estar lo superficial. Una superficialidad que se ha abierto paso a través del concepto de “entretenimiento”, como si el fin último del ser humano fuera evadirse de sus preocupaciones, aunque eso le lleve a vivir en la inopia respecto a sí mismo y sus semejantes. Una superficialidad que ha barrido del mapa a los intelectuales, a la complejidad, a la “alta cultura”, cuya comprensión exige un esfuerzo no al alcance de todos, pero que no por eso debe ser considerada elitista, pues en todos los momentos de la historia esa cultura “elitista” ha desbordado las élites para transformarse, para todos, en un referente ético y estético.

Dicho de otro modo. La “alta cultura”, creada a partir del esfuerzo intelectual por dar respuesta a las dudas trascendentes del ser humano, una cultura al alcance de pocos pero que llegaba a todos en forma de valores, guía y pauta de pensamiento y actuación, ha desaparecido, y lo que ahora llamamos “cultura” no es sino una amalgama de cosas accesibles a todo el mundo, sí, pero, precisamente por eso, necesariamente superficiales e incapaces de orientar a nadie.

                Y así hemos llegado a una sociedad donde la vara de medir no es la calidad, sino la cantidad, donde el concepto de “precio” (debería haberse usado mejor el término "ingreso", o "beneficio") se confunde con el de “valor” equiparando el valor cultural de algo a su precio en el mercado, lo cual es un suicidio porque el “valor de mercado” (precio) a diferencia del “valor cultural”, depende de la cantidad; y las grandes cantidades solo con concebibles desde ofertas “culturales” mediocres, superficiales, malas, cuando no directamente engañosas, porque de otro modo no serían accesibles a todos. Y eso lleva a Vargas Llosa a hacer una crítica feroz del mundo de la cultura y de la sociedad toda. La pintura está ya dominada por embaucadores y estafadores, la literatura está en trance de morir (¡aunque se publiquen y lean más títulos que nunca!) de la mano de la “cultura del best seller” que prima la inanidad del entretenimiento fácil y simplón al alcance de infinidad de escritores ramplones sobre el compromiso de un escritor consigo mismo como persona y con la sociedad a la que pertenece. Basta echar un vistazo a la lista de libros más leídos para echarse a llorar: todos los libros que hoy son un éxito de ventas están llamados a desaparecer sin dejar ni un mísero rastro. Todo es entretenimiento, nada es reflexión profunda. El cine y la televisión, dice Vargas Llosa, nacieron ya con la civilización del espectáculo, nunca han buscado otra cosa que entretener, y aunque se reconoce cinéfilo y admite también la existencia de excepciones, no duda en señalar que la cultura de la imagen (cine, televisión, Internet) carece de potencia para analizar en profundidad los elementos que desde siempre ha preocupado al ser humano; carece de capacidad, sí, pero se ha adueñado del tiempo de las personas, haciendo de ellas seres acomodaticios y sin capacidad crítica. Y así una cosa detrás de otra.

                Pero la civilización del espectáculo no es solo la situación a la que ha llegado la cultura, no es solo la carencia de intelectuales y de críticos que no sean en realidad publicistas o académicos endogámicos que nada ofrecen a la sociedad. La civilización del espectáculo, con su primacía del entretenimiento inmediato, instantáneo y sin esfuerzo, no es una cuestión que se limite a las expresiones culturales (o a la ausencia de ellas), sino que termina afectando a los fundamentos de la sociedad y poniendo en peligro la propia democracia. Hasta los políticos, dice Vargas Llosa, forman parte hace tiempo del espectáculo, priman el eslogan sobre la idea, el titular sobre la reflexión, solicitan la adhesión ciega frente a la razonada; los hombres de mérito, dice Vargas Llosa, han huido hace tiempo de la política, protagonizada ya casi en exclusiva por quienes tienen algo que ganar con ella, y no por quienes tienen algo que ofrecer al resto.

                Todo lo cual conduce al autor a hacer una serie de reflexiones sobre el papel de la espiritualidad en el desarrollo de las sociedades y el papel que al respecto han jugado la religión y la cultura. La conclusión es que la civilización del espectáculo ha aniquilado la cultura como elemento que en algún momento pueda guiar al ser humano, por lo que la religión está llamada a mantener un papel central (por más que desde una perspectiva miope no se aprecie y, con una formidable exhibición de ignorancia, proliferen quienes creen que la religión es cosa del pasado). Vargas Llosa ofrece numerosos ejemplos de la fortaleza del papel actual de la religión (y no necesariamente de las religiones tradicionales) y, desde su condición de no creyente, reclama ese papel de guía para la religión, pero advirtiendo de un peligro: la religión debe desenvolverse en seno de estados laicos, porque la religión vinculada a la política conduce, por su propia naturaleza, a la dictadura.

                Y es de esta forma como Vargas Llosa enlaza todo lo que ha dicho con su propia visión del mundo, una visión laica y liberal, que considera la libertad del individuo el mayor bien del que puede disponer, y considera que esa libertad solo puede disfrutarse y desarrollarse sobre la base de un estado laico que respecte y tolere por igual a todas las religiones, y vigile que bajo la apariencia de la “tolerancia” ninguna de esas religiones acabe anulando la libertad ajena. En resumen: ante la desaparición de la cultura y los intelectuales y su sustitución  por la civilización del espectáculo, ante la incapacidad de la cultura y de los escritores y artistas para ser un referente para el ser humano que lo consuele de todas las dudas que atenazan su existencia, Vargas Llosa prevé que las religiones van a jugar un papel crucial y deseable en la orientación del ser humano, quien no puede estar desorientado sin ponerse a sí mismo en peligro, pero ese papel entraña grandes peligros para la libertad, que solo pueden ser conjurados por un estado laico.



lunes, 9 de septiembre de 2013

Los excluidos – Elfriede Jelinek



Austria. Dos gemelos adolescentes, chico y chica, Rainer y Anna, de baja extracción social e insignificantes físicamente, hijos de un padre vinculado al régimen nazi como matarife y que tiene una pierna amputada, y de una madre que se somete a las humillaciones y caprichos sexuales del padre. La muchacha es un alma no demasiado cándida pero relativamente normal, con la modesta aspiración de obtener una beca que le permita estudiar en Estados Unidos para ajearse del asfixiante ambiente familiar y, quizá, lograr ser alguien; no alguien famoso, sino alguien; solo alguien; el muchacho, en cambio, es un intelectualoide al que nadie hace caso aunque se cree un líder, un chaval acomplejado por su pobreza, que para darse ínfulas miente más que habla, y que ha organizado un grupúsculo violento que, bajo sus delirios intelectuales, lo único que busca, en realidad, es dar rienda suelta a las frustraciones de cada cual; forman parte del grupo los dos hermanos, una compañera de clase, Sophie, hija de padres ricos, y Hans, un muchacho que vive con su madre viuda y trabaja en una fábrica.
                De Sophie, la rica, andan enamorados –cada uno a su manera- Rainer y Hans. Ella no les hace demasiado caso, y desde el bienestar asumido no advierte los gigantescos esfuerzos que impone a sus adoradores, como cuando les pide dinero para un taxi (lujo impensable para ellos) porque ella ha olvidado cogerlo (como también olvida devolverlo, porque quien no tiene problemas de dinero no suele acordarse de él). Anna, a su vez, suspira por Hans, y este la utiliza para dar rienda suelta a su sexualidad, como “ensayo” para cuando camele a Sophie.
                La acción no es otra que el discurrir de los días y de los avances y retrocesos de este grupillo de cuatro muchachos, inmersos en un mundo sórdido que hace de ellos personas también sórdidas. El poderoso doblega al débil constantemente, el débil lo es tanto que se presta voluntariamente a ser doblegado, unos y otros no encuentran en esa espiral de humillación sino motivos para seguir perseverando en ella, hasta ofrecer el retrato de un mundo en el que todos, ricos y pobres, están alienados y agrediéndose constantemente, entre ellos y entre sí. El ser humano es presentado como un pobre desgraciado víctima de su propia cruedad, de la que no puede escapar porque su pequeñez le impide tener cualquier altura de miras.
                El final, de extrema violencia, obliga a reflexionar sobre la identidad de las víctimas, porque a veces el agresor es tan víctima como el agredido, y la agresión no es más que  un enloquecido mecanismo de defensa, la consecuencia más o menos lógica de las aspiraciones y deseos frustrados, lo que obliga a preguntarse si quien, en su propio interés, estimula ciertas aspiraciones y deseos, no acaba estimulando, en última instancia la violencia , incluso la violencia que se volverá contra él..
                Aunque es breve, no es un libro de lectura fácil, debido a la forma de narrar las cosas y, sobre todo, a la densidad de las ideas, dado que no hay una sola línea que sea inocente.
                Y, lo más curioso, de todo, pese a la enorme violencia psíquica que hay en toda la novela, no deja de haber cierto tonillo que alivia la dureza de lo que se cuenta: el humor implícito en quien narra algo desde la superioridad, porque Jelinek escribe como el científico que describe el comportamiento de unas hormigas sujetas a observación.


lunes, 15 de octubre de 2012

Las uvas de la ira - John Steinbeck



     Hay libros pésimos, otros que simplemente entretienen, otros que te hacen aprender, y algunos, pocos, que además te hacen mejor. Las uvas de la ira es una de esas novelas que perduran no solo por servir de testigo de una época, sino por la forma en que reflejan lo mejor y lo peor del ser humano. Seguramente es una novela que durará siglos.
     El argumento es muy sencillo. Primer cuarto del siglo XX: la familia Joad, arrendatarios de unas pequeñas tierras en Oklahoma, se ve desplazada de ellas por la llegada de los tractores, y es lanzada, de un día para otro, a la indigencia. No es un cambio más debido a los avances tecnológicos, a los que ahora ya estamos acostumbrados: es un cambio incomprensible para quienes lo sufrieron, porque puso patas arriba la relación del ser humano con el campo mantenida desde los inicios de la agricultura. El único tipo de trabajo que habían tenido casi todas las comunidades durante milenios se volatilizó en pocos meses. Se volatilizó, en definitiva, el mundo de millones de personas, que no podían tener una sensación muy diferente a la de las víctimas de un huracán, de un terremoto, o de  cualquier otra catrástrofe: el cambio era una fatalidad contra la que no se podía luchar, pero, al provenir de otros seres humanos, era vivida como una profunda injusticia y con una infinita impotencia. Como los Joad, millares de pequeños agricultores se vieron obligados a emigrar por vía de urgencia a California en busca de trabajo. Básicamente, para trabajar en la recogida de fruta.
     Y a partir de aquí, la saña con que el ser humano se aprovecha de los débiles, y la forma en que el poderoso rechaza al débil por la debilidad que el mismo poderoso se empecina en provocarle: desde los cazagangas que ofrecen cuatro chavos por las pertenencias de toda una vida, hasta los que alzan los precios aprovechándose de la necesidad, pasando por todo tipo de especuladores, incluidos los grandes. Vemos también cómo se maltrata al inmigrante, cómo se le impide acceder a todo y luego se le acusa de ser marginal. Vemos cómo se manipula la realidad, cómo basta la acusación de ser “un rojo” para hacer de uno un delincuente, aunque el acusador ni siquiera sepa lo que es ser “un rojo”, y aunque el supuesto “rojo” solo haya expresado su deseo de tener una retribución que le permita comer. Vemos cómo incluso se trata mejor a los caballos que se usan en la tierra que a los recolectores de esa misma tierra.
     Pero lo peor, sin duda, es que en nada hemos avanzado en casi un siglo: la peregrinación de los Joad es un paseo comparada con las odiseas de muchos de los inmigrantes africanos que llegan a Europa huyendo, como los Joad, del hambre acuciante. Nada más y nada menos que del hambre. Como los Joad tuvieron que pagar un dineral por un coche destartalado, los emigrantes actuales son sangrados para jugarse la vida cruzando el estrecho en una cáscara de nuez o hacinados hasta la asfixia en un contenedor. Como los Joad no tenían dónde meterse, a muchos inmigrantes actuales se les cierra el mercado del alquiler de vivienda, o se les exige precios exorbitados; como los Joad, muchos emigrantes se ven obligados a participar en “subastas a la baja” en la recolección de fruta, a ponerse en venta en plazas donde un señor en una furgoneta decide, cada mañana, quien tiene resueltos los dos próximos días de vida y quién no; como los Joad, muchos se ven obligados a vivir sin las más mínimas comodidades, sin agua corriente, sin luz, sin nada. Y, como los Joad, casi todos reciben el desprecio de los naturales de la zona: son explotados y humillados, y tras maltratarlos así para colmo se les considera invasores; llegando, a veces, hasta a provocarles solo para tener una excusa para ir contra ellos.
     Un libro que hace pensar, y que hay que leer. Porque, se diga lo que se diga, el racismo y la xenofobia, apoyados en una colosal ignorancia, siempre han campado a sus anchas en España y en todas partes. Un libro que también hace pensar que nada hace tan insolidario e egoísta como el bienestar material.
     Y termino haciendo una referencia al final: uno de los más bonitos que haya leído nunca y, también, un final con una enorme carga simbólica. Cuando uno no tiene nada, cuando ni siquiera tiene ropa con la que vestirse ni nada que llevarse a la boca, todavía se tiene a sí mismo. Un grito proclamando la dignidad de todo ser humano.