En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 28 de octubre de 2021

Ya sentarás la cabeza – Ignacio Peyró

 


 

              «Imita descaradamente a Pla, pero es muy bueno y te gustará», me dijo el amigo, forofo de la obra de Peyró, que me recomendó insistentemente leerlo. Peyró (1980), en los años que relata esta obra fue un joven periodista que, como tantos otros, fue dando tumbos de medio en medio, aunque en su caso los dio hacia arriba, lo cual tiene no poco mérito en tiempos de decadencia periodística. En general su labor se desarrolló en medios nítidamente significados en lo político; posteriormente fue redactor de discursos para diversos políticos de la derecha y miembro fundador de The Objetive; en estos momentos dirige el Instituto Cervantes en Londres. Lo cuento porque el subtítulo, «Cuando fuimos periodistas», deja claro uno de los temas del libro: los jugosos cotilleos, chismorreos, anécdotas e impresiones de quien tiene un compromiso intelectual consigo mismo que, a veces en conflicto con la sana costumbre de llegar a fin de mes, requiere de dosis de adaptación siempre disponibles para quien tiene cultura e inteligencia. Lo cuento, también, porque si en algún momento se es receptivo a la vida es en los inicios de cualquier actividad, en especial durante la juventud.

              Ya sentarás la cabeza es un conjunto de lúcidos recuerdos y reflexiones, ordenados cronológicamente por años, que abordan los primeros pasos del autor en el mundo del periodismo cultural y político. El humor, la ironía, el reírse de sí mismo, de las disputas internas en los medios –siempre en estado precario desde hace años-, del modo en que se manipula sabiendo que hay un público ansioso de tragarse lo que ni los mismos que lo cuentan se creen, las luchas de egos, la sumisión a los intereses del que pone la pasta, la fama de unos, de otros, las ambiciones de cada cual que no por modestas pueden ser menos poderosas (anda que no tira nada tener un empleíto)… todo esto, frecuentísimas visitas a bares y restaurantes con tintes legendarios –unos por lo que se cuece entre los clientes y otros por una sabrosa cocina más vinculada a la temporada y a la tradición que a las florituras- y vacaciones de reposo en Extremadura, todo esto, digo, se relata con una prosa con un deje hedonista, rica, precisa y elegante hasta para dar cuenta de cogorzas, digestiones dignas de una hormigonera y noches zascandileando.

              El humor cervantino, el humor como defensa que a través de la inteligencia convierte los sinsabores y las limitaciones en motivo de sonrisa, es uno de los dos pilares del texto. El otro es el lenguaje, tan amplio y bien usado que produce cierto rubor, cierta vergüenza ajena, por la inevitable comparación con lo que leemos habitualmente. Una obra que nos recuerda que el lenguaje es una fuente de belleza, riqueza y recursos expresivos y que empobrecerlo es empobrecer la comunicación. Comparados con Peyró, la mayoría de los escritores –en especial quienes tienen pretensiones de best sellers- se expresan con gruñidos.

              Debo dar las gracias al amigo al que he aludido al principio. Él me recomendó leer al menos un libro de Peyró. Luego el autor se ha recomendado a sí mismo, que es lo mejor que te puede pasar al leer. La prueba, que en estos momentos estoy leyendo Comimos y bebimos. Ya os contaré.



martes, 26 de octubre de 2021

La muerte en sus manos – Ottessa Moshfegh

 



Si quieres vivir una experiencia agotadora y agobiante en el interior del cerebro de una dama de setenta y dos años de lucidez más que dudosa, esta es tu novela. Aunque hay placeres mayores, claro, y sin salir de la literatura.

La protagonista de La muerte en sus manos es la dama en cuestión. Vive en un lugar apartado, en una caseta en medio de un porrón de hectáreas compradas a precio de saldo que incluyen bosques y un lago. Su única compañía es un chucho y su memoria, dedicada especialmente a su marido, un experto en algo que hace un tiempo murió de cáncer. A ese lugar se largó Vesta, que así se llama la dama, al quedar viuda. Las cenizas de marido en una urna se diría que constituyen el cien por cien de la decoración del nuevo y risueño hogar, donde Vesta lleva una vida metódica y solitaria.

La historia comienza cuando la buena mujer, paseando con su perro, encuentra en un bosque una nota que dice «Se llamaba Magda. Nadie sabrá nunca quién la mató. No fui yo. Este es su cadáver.» Lo malo (o lo bueno, pensaríamos todos en su lugar) es que el cadáver no está por ninguna parte, pero la cocorota de Vesta no duda de su existencia y así, entre el miedo y la curiosidad, comienza a elucubrar y no se le ocurre mejor manera de «investigar» que suponer cosas sobre la tal Magda y sobre el autor de la nota. A fin de cuentas, siempre hay una posibilidad de acertar, y si esa eventualidad se da le será más fácil ir atando cabos.

Elucubrando, elucubrando, la historia tejida por la mente no muy sana de Vesta va formando una versión a un tiempo creíble e inquietante por la posibilidad de que sea cierta, lo cual se mezcla con los recuerdos de su difunto marido, que evoluciona de querubín a demonio a medida que cambia el humor o la angustia de su viuda.

Una lectura original, pero algo cansada por constituir el agotador seguimiento del pensamiento de una única persona sin apenas interferencias del exterior; un seguimiento además tortuoso, puesto que el lector debe acompañar la mente de la protagonista hasta determinar si es una mujer brillante o si tiene las entendederas así asá. Una lectura a medio camino entre la novela negra y el terror psicológico (bueno, terror, terror… dejémoslo en mareo incómodo con la advertencia de que el terror no es lo mío) cuyo final puede llegar a parecer tan desconcertante como el resto del texto.



martes, 19 de octubre de 2021

El método Catalanotti – Andrea Camilleri

 

 

(Serie Montalbano, 32)


              Al acercarse el final de esta fantástica saga, Andrea Camilleri ha tenido a bien terminar El método Catalanotti convirtiendo a Salvo Montalbano en el centro de interés de la siguiente novela. Un homenaje merecido para un personaje que ha compartido con el lector su vida desde la juventud hasta casi la jubilación. Justo es, para el personaje y los lectores, que Camilleri intente dar un final incontestable al comisario de Vigàta, enfrentándolo a sí mismo para dar respuesta a sus eternos temas pendientes, no sea que una caterva de advenedizos intente alguna vez resucitarlo con fines puramente mercantiles.

Pero no anticipemos nada, y menos elucubraciones, y centrémonos en El método Catalanotti, otra novela de la saga que a la vez que replica los tópicos de la anteriores –tan queridos por los lectores- vuelve a dar un ejemplo de imaginación. La capacidad de Camilleri para tejer historias aparentemente complejas y variadas es inmensa.

Catalanotti, permítanme que se lo presente, es el muerto. No es muy original encontrarse un fiambre en una novela negra, y quizá tampoco lo sean, por separado, los distintos ingredientes de esta, pero conseguir mezclarlos con éxito sí lo es. El título alude al modo de hacer las cosas del finado en una de sus aficiones: el teatro; lo cual, como anticipa el título, condiciona la investigación y sus resultados, además de permitir unas cuantas referencias cultas tan del gusto del autor. Por otra parte, un mozalbete es tiroteado al salir de la casa donde convive con su novia. Si ambos casos, en apariencia independientes, están relacionados o no lo sabrá quien lea la novela, y si al final piensa sobre el tema se preguntará lo mismo que yo: ¿ha jugado Camilleri a no ser Camilleri? Otro caso se mezcla: el «muerto no muerto», que descubre el subcomisario Augello al poner pies en polvorosa cuando aparece el marido de una de sus incontables amantes. Y, a todo esto, la investigación no corre mucha prisa y avanza a trompicones porque el comisario está bastante despistado por haberse cruzado en su camino una mujer por la que ha perdido su peculiar seso, que no el sexo, muy presente.

El método Catalanotti, ya lo he dicho, se diferencia en poco, en su estructura y modo de hacer, del resto de novelas de la saga, pero hay algunos aspectos que la empeoran: alguna relación entre situaciones evidente para el lector y no para los personajes produce una leve irritación, a lo que hay que añadir cierta sobreactuación «landiana» del comisario en temas amorosos, amén de que el modo de escribir «televisivo», sin duda heredero de la condición de guionista del autor, sufre en esta novela una excesiva aceleración que uno tiene la tentación de vincular al modo de escritura al dictado impuesto por las limitaciones de la edad, y es que cuando El método Catalanotti vio la luz en Italia Camilleri tenía ya 92 años. Más que dictar el libro que construía su mente, debió de dictar la película que veía en ella. El conjunto, siendo interesante y digna obra de la saga, da la impresión de haber descuidado un poco los detalles. Aunque para cuidarlos debía de estar Camilleri a esa edad. Bastante hizo con lo que hizo y con la dosis de humor extra un tanto payasete –quizá precisamente debido a la sobreactuación- que El método Catalanotti ofrece.


jueves, 14 de octubre de 2021

Volver a dónde – Antonio Muñoz Molina

 


 

              A mediados de marzo del 2020 el confinamiento estricto decretado para mitigar la propagación del covid-19 impuso a los más afortunados una nueva vida hecha de soledad, silencios, distancia y espacios vacíos. Aislamiento facilitado por la suspensión de toda obligación social. Para otros -los que más sacrificaron en beneficio de todos- impuso trabajo duro con permanente sensación de riesgo y en numerosos casos hacinamiento, nervios, degradación, paro, inseguridad y pobreza. Para los primeros fue también una oportunidad para la introspección, la reflexión, para la búsqueda de uno mismo a través del pensamiento, la lectura o la escritura, actividades que pudieron hacerse con una calma y continuidad imposibles hasta entonces. Sin embargo, en algún momento llegaría el momento de dejar ese mundo y volver. Pero volver a dónde. Primero, durante el confinamiento estricto y para huir de él, volver al pasado; a lo que fuimos y, sobre todo, a quienes nos acompañaron; y volver, tras el confinamiento, a la «normalidad» que, a la vista de la experiencia, ya no se vive igual ni inspira las mismas sensaciones y emociones.

              En esto transcurre esta especie de diario que es Volver a dónde, magnífica y enriquecedora obra que se lee con tanto sosiego como placer. Las anotaciones de algunos de los días del confinamiento estricto se alternan con las del momento posterior, verano y otoño de 2020, cuando se va recuperando una normalidad que ni es normal ni inspira los pensamientos del pasado; y todo esto se alterna, también, con los recuerdos de la infancia y las reflexiones que inspiran. ¿De qué habla Volver a dónde? De volver a donde no se puede volver: a un pasado, el de la generación del autor, cuyos recuerdos de infancia son los de unos modos de vida cuya memoria se extinguirá con quienes los vivieron, y volver a esa normalidad que costará volver a ver normal a la luz de tantas cosas buenas y malas como se vivieron durante los primeros meses de la pandemia: desde la solidaridad y el disfrute de los espacios recuperados para la vida de calidad, hasta la insolidaridad y la bárbara irresponsabilidad de quienes fueron capaces de mentir para aumentar el dolor y el sufrimiento y sacar tajada. Todo lo bueno y lo malo se hizo más evidente durante los peores meses de la pandemia, y la falta de anclaje derivado de la conciencia de lo irrecuperable del pasado provoca una intensa sensación de deriva que el autor intenta mitigar buscando certezas en su familia y sus costumbres, buscando arraigos en algo tan simple como sentarse en el balcón a ver y reflexionar sobre la vida con media copa de vino en la mano, rodeado de las plantas a las que no había hecho caso hasta marzo de 2020. Un gran viaje de ida y retorno hecho sin salir de un balcón en un lugar privilegiado de Madrid. ¿Volver a dónde? A uno mismo.

              Una escritura serena, limpia, profunda, contundente, más dolida que esperanzada y a la vez molesta y resignada por la influencia decisiva que sobre el porvenir tienen los peores vicios del ser humano: desde la ambición irresponsable de los políticos sin ética a la mortal irresponsabilidad de las cataratas de imbéciles incapaces de perderse una juerga.

              Si admitís un consejo, leedlo cuanto antes: cuanto más fresco tengáis el recuerdo de esos momentos que año y medio después parece ya tan lejanos, mejor.



lunes, 4 de octubre de 2021

Autodefensa de Caín – Andrea Camilleri

 

 

              Brevísima obra destinada a ser representada a modo de monólogo, que el propio Camilleri iba a interpretar –dice el prólogo- en las termas de Caracalla unos días antes de su muerte. El acto se suspendió debido al estado de salud de Camilleri. Una pena, porque además esos días estaba yo por allí, y también acudí a una representación en ese lugar maravilloso. Si Camilleri hubiera estado, no me lo hubiera perdido.

              Como toda obra destinada a la representación, la lectura puede dejar un sabor u otro en función de en qué tono se lea, del mismo modo que ese monólogo, puesto es escena, gana o pierde enteros en función del actor que lo realiza.

              Pero el fondo, que al final es de lo que se trata, es una reflexión sobre los orígenes del mal –no exenta de ironía y retranca- al hilo de su «fundador». O al menos de su fundador en la tierra, Caín, porque antes de que liquidara a su hermano Abel el monopolio del mal lo tenía Lucifer, pero el asunto no era de este mundo.

              Lo mismo las excusas que Caín pone sobre el comportamiento de Abel que las distintas versiones de su vida apoyadas en diversos textos y tradiciones, sirven al monologuista, Caín, para defenderse. ¿Y cómo se defiende? Como le resulta imposible el «yo no he sido» (es una lata que Dios lo vea todo) recurre a lo que todos los humanos: la «defensa propia» en el sentido más amplio de la expresión: la reacción a todo lo que nos hace hacer lo que hacemos.

              Una lectura brevísima y entretenida, de la que se puede sacar más jugo por las reflexiones que induce que por las que realiza.


lunes, 27 de septiembre de 2021

¡Guardias! ¡Guardias! – Terry Pratchett

 


               Divertidísima e intensa novela de acción que transcurre en el imaginario Mundodisco creado por Pratchett y en la que, a diferencia de en las anteriores, la magia juega un papel tan residual que bien puede afirmarse que ¡Guardias! ¡Guardias! es una novela «normal», pues casi todo transcurre con arreglo a las leyes naturales de nuestro mundo, al menos por lo que a los protagonistas más o menos humanos respecta; aunque el entorno, lógicamente, sigue siendo maravillosamente ilógico.

              Un grandullón criado en una comunidad de enanos es devuelto a su mundo enviado como guardia nocturno voluntario a Ankh-Morpork. La plantilla no es muy grande, con él cuatro personas, y el trabajo tampoco es complicado dado que el crimen está tan bien organizado que los guardias no llegan ni a elemento decorativo. Pero hete aquí que una organización secreta de las muchas que van por ahí tropezando entre ellas, los Hermanos Esclarecidos, o su jefecillo, algo anda tramando para hacerse con el poder en la ciudad. ¿Qué? Invocar a un bicho tan poderoso y terrible como extinguido. Un dragón.

              Zanahoria, que así se llama el protagonista, es un fortachón peligrosamente entregado a cumplir la ley tan al pie de la letra que es capaz de arrestar a un rayo por fulminar a un transeúnte (y es que está muy mal fulminar a nadie, aunque uno sea un rayo). Sus voluntariosos excesos y el modo en que sus compañeros tratan de apañarlos sirven para hacer una buena crítica a las prácticas del poder: desde sus pasadas de frenada a las razones de sus miradas hacia otro lado. Las peripecias de Zanahoria corren parejas a la de sus compañeros, entre los que destaca un capitán tan desengañado de todo que se ha dado a la bebida. Hay también una dama gigantesca, de la alta sociedad, entregada al noble arte de la cría de malolientes dragones de pantano. En medio, el flemático e inteligente mandamás depuesto, el aspirante a mandamás, un dragoncillo monumental y peligroso que se erige en mandamás y, de fondo, los cuentos del príncipe que se carga al ladrón y se casa con la princesa (siempre y cuando el dragón no se la haya papeado o la haya dejado irremediablemente mordisqueada).

              Una trama típica de lucha por el poder donde unos pelanas con los que nadie cuenta son llamados por la casualidad a solventar el desaguisado. Unos perfiles en el protagonista y sus compañeros, típicos también, en la que el voluntarismo del inexperto e ingenuo mocetón convive con la prevención de los gatos mil veces escaldados. Pero claro, estando en el Mundodisco, lo típico es solo una excusa para disfrutar de la fantasía y la imaginación aplicadas al humor. Esa es la esencia de Pratchett y en esta obra de disfruta de principio a fin de un modo muy constante y con una estructura de la narración muy ordenada, sin titubeos ni disertaciones que diluyan la acción.

              En ¡Guardias! ¡Guardias! apenas encontramos personajes de las novelas anteriores: solo el patricio, que así llama, en minúscula, al mandamás del lugar, el orangután bibliotecario de la Universidad Invisible y, también, encontramos alguna aparición fugaz de alguien que, desde Mort, se ha ganado del cariño de todos los lectores por su ironía y buena fe: la Muerte.

Una historia divertida por lo insólito de las situaciones, por las corrosivas críticas a las debilidades del ser humano y, en especial, a la pasión por el poder y a las relaciones de poder; una novela muy meritoria y divertida, también, por la naturalidad con la que Pratchett mezcla lo humano y lo fantástico y, también, los elementos medievales con los modernos: el lector no sabe donde está ni por qué las cosas son como son, pero no le extraña está donde está ni que pasen las cosas que pasan. Para quienes hayan leído otras novelas de la saga, una historia deliciosa.

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

La doble muerte de Unamuno – Luis García Jambrina y Manuel Menchón

 


 

              Miguel de Unamuno, posiblemente el escritor y pensador español más conocido e influyente de su tiempo dentro y fuera de nuestras fronteras, murió dos veces. Una, físicamente, la tarde del 31 de diciembre de 1936 en Salamanca. La otra muerte había comenzado antes, y aún, de algún modo, se sigue produciendo: me refiero al modo en que su legado intelectual, tan importante para él, ha sido silenciado y tergiversado a través de la manipulación de su figura y de la confusión intencionadamente creada en torno a ella. De esas dos muertes habla esta obra que no pretende ser un ensayo sino, simplemente, hacer pensar.

              Lo más llamativo parece, en teoría, lo primero: la muerte física, producida en la Salamanca dominada por los sublevados. La versión oficial, que nunca nadie se preocupó en contrastar, habló de una muerte repentina. Sin embargo, los autores bucean en las circunstancias de aquel día y de los meses anteriores no para dar una versión alternativa, sino para sembrar, eficazmente, la duda sobre la versión oficial. ¿Por qué dudar?

              -Porque Unamuno había dicho varias veces, incluso por escrito, que temía ser asesinado a manos de los sublevados.

              -Porque éstos, que vendían una imagen de él como afecto al régimen (ya que en los primeros momentos había considerado deseable un golpe de Estado) no querían que se conociera la opinión a la que pronto había mutado Unamuno y que no se hartaba de repetir allí donde le dejaban: que los sublevados eran una tragedia para España, que se estaban comportando como asesinos y aprendices del fascismo de Mussolini.

              -Que, debido a la repercusión mundial que había tenido el asesinato de Federico García Lorca, era razonable que los sublevados, si decidían asesinar a Unamuno, no quisieran que su muerte pudiera atribuírseles.

              -Porque Unanumo murió sin otra compañía que la de una extraña visita, la de un joven falangista al que no le unía ninguna relación y que, en esa fecha tan extraña, la tarde del 31 de diciembre, fue a verlo.

              -Porque las versiones de ese joven, Bartolomé Aragón, ofrecen puntos oscuros, contradictorios y visiblemente reelaborados que no acaban de encajar con algunas de las cosas que sostuvo la familia de Unamuno, la cual llegó enseguida.

              -Porque la causa de muerte que se señaló por el médico que intervino era imposible de determinar sin una autopsia, que nunca se llegó a realizar.

              -Porque no es posible saber si las evidentes contradicciones y reelaboraciones de Aragón tratan de enmascarar algo, son simple fruto de una memoria tan alterada por el shock que después hubo de reconstruir sus propios recuerdos o son consecuencia del miedo a ser sospechoso de algo plausible pero que en realidad no pasó.

              Pero es que, si pasó o no, nunca lo sabremos, aunque bueno es plasmar las dudas.

              La segunda muerte, es la más dolorosa. Como bien dicen los autores, Unamuno no fue un escritor que construyó una obra, sino que se construyó a sí mismo a través de su obra. Su obra, por tanto, estaba llamada a hacerlo perdurar más allá de la muerte física.

              ¿Cómo se produjo esa segunda muerte?

              Como ya he dicho, en un primer momento Unamuno fue partidario de la sublevación.  Esta opinión, sin embargo, le duró poco, y ya en el verano de 1936 no dudó en expresar por escrito opiniones de tal contundencia que no podían dejar lugar a dudas: calificativos como «asesinos» no las dejan; como tampoco las afirmaciones de que temía ser asesinado. Su voz, sin embargo, había sido acallada: vivía en una suerte de arresto domiciliario, no le dejaban conceder entrevistas, salvo supervisadas, y todo lo que salía en papel de su casa estaba sujeto a censura; y, sabiéndolo, aún tuvo arrestos llamar mentiroso por escrito al director del ABC de Sevilla –la versión sublevada del diario- o, sobre todo, de protagonizar el célebre encontronazo con Millán Astray el 12 de octubre de 1936, hecho sobre el que mucho se ha fabulado y sobre el que este texto permite hacer bastante luz.

              Dado el prestigio nacional e internacional de Unamuno, los sublevados airearon a diestro y siniestro su inicial apoyo al golpe, y por los mismos motivos silenciaron con igual celo su radical rectificación. De resultas, Unamuno quedó como un traidor para el resto de España y tampoco quedó como un héroe para los sublevados, porque las élites sublevadas, que habían llegado a conocer las brutales críticas de Unamuno porque se las había espetado en los bigotes, una vez cumplida la parafernalia –hasta en el funeral- de fingir que Unamuno era de los suyos, procuraron dejarlo en el olvido. Y las décadas comenzaron a pasar.

              De esta manera es como la figura de Unamuno quedó en la historia en una posición tan incómoda que, en una sociedad donde la división de la guerra civil aún es tema recurrente, no ha habido manera de respetar ni de dar conocer a fondo su inmenso legado intelectual: ni la izquierda ni la derecha se han puesto internamente de acuerdo en si Unamuno fue afín o traidor a sus planteamientos. Y (esto es cosecha mía), tal y como es la política actual se le considerará afín a una cosa u otra en función del fin que persiga quien esgrima cualquiera de sus argumentos.

              Una pena, habida cuenta de la inmensa talla intelectual de Unamuno. Un español que optó al premio Nobel de Literatura el único año que quedó desierto sin mediar una guerra. La causa, al parecer, fueron las presiones alemanas (el libro reproduce algún documento al respecto) pues Unamuno –con una clarividencia que ahora nadie duda- había calificado a Hitler de peligroso demente. 


lunes, 20 de septiembre de 2021

Sin plumas – Woody Allen

 


 

                Sin plumas, se titula el invento. Si el desplumado es el lector, alguno de los personajes o el propio autor, lo sabrá quien lea esta cosa.

                Sin plumas y, en esta ocasión, sin demasiada originalidad. O con excesiva, según se mire. Uno de los méritos y deméritos de Woody Allen es que jamás ha parado de trabajar, con lo que su producción es ingente, pero con frecuencia repetitiva. Es lo que sucede en esta «recopilación» que bien puede llamarse «refrito», donde el lector encuentra dos obras de teatro de un solo acto -que a mí se me han hecho pesadas- y un montón de cosas y cosillas inclasificables. Todas tienen en común un humor que más que basarse en el absurdo lo hace en el disparate, un humor buscado a base de traer a colación ideas que nada tienen que ver con el asunto central, y ya está; ideas e imágenes intencionadamente prosaicas en medio de un tema supuestamente trascendental. Apenas intenta uno elevarse a los temas trascendentales se le carga con el lastre de alguna estupidez terrena –cuanto más extravagante, mejor- para hacerlo regresar a la tierra con cara de tonto. Bien de vez en cuando; mal cuando el recurso se utiliza constantemente, como ocurre en este librito que solo puede publicar un autor consagrado, porque a cualquier novato que se pretendiera publicar un batiburrillo de sobras no habría editorial que no lo mandara al diablo; en cambio, a los famosos se aplica el mismo dicho que a los cerdos: de ellos se aprovecha todo, con plumas o desplumado.

                Allen, que en muchos puntos es genial y cuya autobiografía es un pedazo de libro que el año pasado recomendaba yo por aquí, exhibe en Sin plumas el humor que acabo de decir y que no sé si llamar «norteamericano», porque solo lo he visto usado por estadounidenses. La «gracia», además, no está en cómo de ingenioso es el disparate sino en cómo de estrambótica es la ocurrencia. Quizá los norteamericanos se rían mucho con ese tipo de cosas; a mí, en cambio, la primera vez me sorprende y las siguientes me producen la sensación de humor fallido.


jueves, 16 de septiembre de 2021

Bendita calamidad – Miguel Mena

 


 

                Publicada por primera vez en 1994 en Mira Editores, mi ejemplar es de la decimoquinta edición en Alba, lo cual da idea del modo en que ha perdurado esta novela breve escrita cuando en autor andaba en la treintena.

                La calidad literaria de Miguel Mena es indiscutible en obras como Alcohol de quemar. En Bendita calamidad se nota su juventud y que está dando sus primeros pasos literarios, porque la escritura es menos profunda, más informal, menos trabajada aunque con un lenguaje desenfadado y alegre, luego si por algo ha pervivido el libro es por la historia que narra y el tono: el divertido secuestro por error del obispo de Tarazona, la huida de secuestradores y secuestrado en una especie de «road movie» y la trama que se mezcla y acaba conduciendo al desenlace. En el fondo, es un planteamiento tan manido en el cine que no es extraño que la novela se transformara en película con facilidad, así que, ¿dónde está el mérito? ¿Cómo es posible que con un planteamiento más o menos tópico y con un modo de expresión aún lejos de las cotas que ha alcanzado posteriormente el autor, Bendita calamidad se sigua editando y leyendo? En mi opinión, la gracia de los diálogos, la naturalidad con que se expresan los personajes, dota de verosimilitud a una historia que no pretende ni puede ser realista. Ese es el gran mérito. Los cabreos y dudas de los secuestradores son una delicia, lo mismo que la mala sombra del obispo, un tipo listo que sabe meter cizaña y sacudir una y otra vez, con retranca y socarronería, en la línea de flotación de quienes pronto ha comprendido que son unos pobres diablos. Unamos a eso que la idea para dar fin a la huida es verdaderamente brillante, y el paseo que se da al lector por una zona poco conocida, pero de la que se dan detalles para descubrir lugares interesantísimos. El conjunto permite una lectura amena y rápida, donde se sonríe con frecuencia, y que deja el buen sabor de boca de las comedias trabajadas.

                El narrador, no imparcial, utiliza la ironía para situar al lector en la distancia correcta, de modo que resulta imposible, y se agradece, tomar la historia como algo distinto a lo que es: un divertimento en el que el lector se apresta a entretenerse con las peripecias de los protagonistas, y no a sufrir con ellas.

                Por último, no hay que perder de vista las numerosas collejas que se dan al oficio periodístico, en el que el autor ha destacado, aunque entonces todavía estaba empezando.



lunes, 13 de septiembre de 2021

Los amores difíciles – Italo Calvino

 

 

                Los amores difíciles no se cuentan entre las grandes obras de Calvino, lo cual no quiere decir que no merezca la pena leer este libro con un conjunto de relatos dividido en dos partes. La primera, titulada Los amores difíciles, contiene trece relatos breves donde los problemas en torno al establecimiento de la comunicación es lo esencial. La segunda, La vida difícil, contiene dos relatos que poco tienen que ver con los anteriores, aparte de implicar una «vida difícil» en convivencia; uno de ellos puede resultar particularmente asquerosete para algunas personas.

                La calidad salta a la vista por el rigor y eficacia con que se usa en lenguaje y la claridad de la exposición, sin titubeos, paja, ni saltos al vacío. Pero la intensa corrección formal no es lo que más llama la atención. La clave, aquello por lo que el lector recordará esta obra, es el nexo de unión entre los relatos: las dificultades de comunicación, la dificultad, a veces la imposibilidad, de tender puentes en el amor, bien para iniciar una relación, bien para mantenerla. En muchos de los relatos dos partes parecen dispuestas a encontrarse, pero son incapaces de hacerlo. Otras uno cree estar acercándose, pero equivoca el camino o, simplemente, la interpretación de la voluntad del otro. ¿Por qué? Eso es lo que el lector debe averiguar reflexionando sobre cada historia. A veces hay errores en la interpretación de las señales; a veces lo que falla son los tiempos; en otras parece existir una especie de «miedo o pereza de fondo» que hace dar un paso atrás en el momento clave, como si lo interesante no fuera llegar sino comprobar si uno es capaz de hacerlo.

                Una lectura para ratos perdidos que, aunque me ha gustado, seguramente lo hubiera hecho más de haber podido realizarla en momentos más favorables.



miércoles, 8 de septiembre de 2021

Ana Karenina – Liev N. Tostói

 



              Un clásico al año no hace daño, ni veinte, salvo que te caiga en el pie, porque las 1027 páginas de la edición de Austral de Ana Karenina pesan más de un kilo. Hecha esta, ejem, sabia observación para prevenir lesiones y accidentes, me queda el papelón, inconsciente que es uno, de intentar contar algo sobre un clásico entre los clásicos que yo simplemente he leído y disfrutado, pero no estudiado.

              El argumento es conocido: Una chica casadera de la buena sociedad, aunque con pocos posibles, Kitty, tiene un pretendiente, Levin, un joven culto y con veleidades intelectuales, pero algo raro, obsesionado con lo trascendente y apegado al terruño y a la tradición mucho más que a la vida urbana en sociedad. Pero Kitty se enamora de Vronsky, un oficial guapetón y bien posicionado, que no le hace ni caso porque cae rendido ante Ana Karenina, y Ana ante él. Para Kitty queda el soponcio del amor no correspondido. Para Levin, cuando se entera de las preferencias de su amada, queda soponcio y medio: el del amor no correspondido y el del orgullo herido, porque había llegado a declararse con el resultado de unas dolorosas calabazas. Para Ana y Vronsky queda el ser felices y comer perdices, con el problemilla, no menor, de que Ana está casada. A partir de aquí se cuenta la historia de los amantes, que terminan por dejarlo todo para vivir juntos en una sociedad que condena esa conducta, especialmente en el caso de la mujer, pero también se nos cuentan la historia de Levin y Kitty y la de un montón de secundarios.

              Dos historias que tienen un mismo objetivo: contrastar, porque si la de Ana es la historia de una mujer perdida, la de Kitty es la de una mujer ejemplar. Y es que Tolstói se posiciona moralmente, de ahí que Ana esté lejos de ser una heroína por más que le dedicara el título. Más bien Ana es lo contrario, y de ahí su trágico y simbólico final. Para Tolstói, Ana no es la víctima de una sociedad injusta y poco abierta a los nuevos aires de libertad del siglo XIX, que en Rusia llegaban algo retrasados, sino alguien que, dejándose arrastrar por ellos, ha trastocado un orden tradicional que, cuando no se le fuerza, funciona razonablemente bien en opinión de Tolstói. Ana es una enamorada del amor que, dejándose llevar por su egoísmo e ingenuidad, acaba viendo que el amor solo no funciona. Y Tolstói ofrece otra alternativa: no fuercen ustedes los ritmos sociales y culturales, y ya verán como el amor surge solo del mismo modo que tras la siembra llega la cosecha (y el paralelismo no es inocente: Tolstoi da mucha importancia al campo como inspiración para la razón, y en esta novela es evidente). Dicho todo esto, lo cierto es que con el paso del tiempo y el cambio de valores probablemente cada generación de lectores vea a Ana de una manera distinta y más comprensiva, hasta el punto de que ya hay quien ve en ella valores feministas que a Tolstói ni se le pasó por la cabeza plantear o defender. Ana, en la concepción del autor, es el ejemplo de lo que te pasa cuando haces lo que no debes y eres como no debes ser; en la actualidad, en cambio, Ana Karenina comienza a ser interpretada por unos pocos como una heroína que reafirmó sus convicciones y anhelos llevando la contraria a una sociedad que marginaba a la mujer. Una mártir de la causa. Es lo que tienen las grandes obras, que siempre están de actualidad porque siempre muestran la lucha entre intereses y pasiones.



              No hace mucho alguien se quejaba, no recuerdo dónde, de la costumbre de miles de autores de promocionar sus novelas proclamando lo fácil que resultará al eventual lector identificarse con los personajes. Vaya tontería, decía con razón ese alguien, porque, ¿quién desea que le cuenten su propia vida? ¿No es mejor conocer personajes completamente distintos que te permitan ampliar miras y conocer otras existencias y puntos de vista? Lo digo porque en Ana Karenina no se salva ni el gato: resulta complicado empatizar con alguno de los personajes, aunque sea sencillo sentir solidaridad ante casi todos ellos en momentos concretos, cuando se ven en apuros o son víctimas de su propia debilidad; pero todos tienen un punto irritante, algún defecto que en algunos casos va a más y en otros a menos a medida que avanzan las páginas, algo que hace nacer en el lector del deseo de darles un buen meneo al grito de «¡Espabila!».

              Ana, en su prisa por «vivir su vida», por vivir su «única vida», se deja llevar por la pasión sin importarle demasiado la suerte de los damnificados, incluyendo su propio hijo. La teoría de los «daños colaterales» tiene siglos. Un comportamiento con varios puntos de egoísmo que se acentúa a medida la realidad la va alejando de sus ensoñaciones; cuando alguien pretende volar propulsado por la pasión ciega, el aterrizaje en la prosaica realidad suele ser accidentado. Y como además la pasión dura menos que la realidad, los problemas aparecen y permanecen, y con ellos las dudas y los recelos, y con éstos lo peorcito del cada cual.

              Vronsky ofrece un perfil en parte opuesto: como Ana, se deja llevar por la pasión, aunque de inicio apenas sacrifica nada a ella; sin embargo, cuando la realidad se acaba imponiendo es capaz de adaptarse y aceptar los sacrificios derivados de su elección. Ana nunca llega a aceptar haber perdido la consideración social. Vronsky, que mantiene esa consideración porque hombres y mujeres no son tratados igual, sí asume, en cambio, las fuertes consecuencias para su posición social y su carrera.

              Levin, por su parte, es un agonías capaz de poner de los nervios al lector más paciente. Buen tipo, honesto, preocupado por los problemas morales, sociales y trascendentales, lleva una empanada endiablada entre un refrito de fisiocracia vs capitalismo, mezcla que a su vez intenta distanciar del comunismo; todo aderezado con lo poco que le deja dormir el asuntillo del «quién soy, de dónde vengo y a dónde voy», y con una suspicacia superlativa, unos celos enfermizos y una antológica capacidad para amargarse la vida en un instante con el vuelo de una mosca. No hay felicidad que le aguante cinco minutos, y todo se lo toma a la tremenda. Un tipo agotador.

              Kitty, mucho más sensata, tiene un perfil canónico. Es el modelo a seguir. Un espejo humilde, sí, pero ante el que salen espantadas todas las Kareninas del mundo. En consecuencia, es un personaje menos rico en matices porque, siguiendo el consejo aristotélico, no debe salirse del punto medio para alcanzar la virtud. Y, en general, es un punto medio absoluto: sensata, racional, amorosa pero no empalagosa y con una notable capacidad para controlar las emociones.

              Junto a los anteriores personajes encontramos al marido de Ana (un personaje rígido, pero, a su modo, noble; a medias generoso y miedoso, pero resuelto y tampoco tonto, alguien capaz de tragarse su orgullo mientras no se le atragante), a su hermano (un tipo afable, práctico y un poco viva la virgen) y a su cuñada (a su vez hermana de Kitty),  a los hermanos de Levin -dos hombres de caracteres, intereses y talante completamente opuestos- y a un montón de gente que sirve de apoyo para reflejar la personalidad de unos u otros.

              Un novelón impresionante, con capítulos cortos, que crea un mundo entero familiar y social, que constantemente desciende a detalles nimios que ayudan a definir a cada personaje, que cuenta una historia muy intensa emocionalmente, con numerosos momentos delicados cuyas consecuencias difieren notablemente en función de cómo se afronten. Un libro enriquecedor en el aspecto emocional porque el lector ha de ponerse en muchos pellejos y también, ahora, desde el punto de vista histórico, por la completa forma en que traslada el modo de vida de una época concreta. Un novelón, también, que me ha hecho dudar de por qué se titula como se titula, ya que Levin, personaje que al parecer mejor refleja a Tolstói, ocupa un papel tan central en la novela que la última parte es suya y hace pensar al lector que Ana Karenina tiene varios finales, en función de cuál sea el personaje al que el lector ha prestado su atención. Por quién se pronunció Tolstói, está claro. Pero la novela se titula Ana Karenina. Así que probablemente Tolstói pensó que los lectores decantarían su interés hacia ella. Si es así, acertó. Acaben como acaben, siempre llaman más la atención quienes se salen del camino, porque solo ellos pueden llegar a demostrar si el camino trillado tiene rutas alternativas.


domingo, 5 de septiembre de 2021

El Cuarto Mono – J. D. Barker

 


 

                Dicen que las portadas influyen. Es cierto. Tardé en leer esta novela, que tenía hace tiempo en casa, porque los micos la hacían más apestosa que «mona». En cambio, solo el despiste explica por qué he tardado algún dos o tres meses en reseñarla.

                El Cuarto Mono es una novela fabulosa para quienes disfrutan de las tramas interesantes y que captan la atención del lector. Esta lo consigue desde la primera página por lo original del planteamiento: El Cuarto Mono es un asesino en serie, con costumbres truculentas (antes de que aparezcan los cadáveres de sus víctimas siempre aparecen, en inmaculadas cajitas blancas, las orejas, la lengua y los ojos), y la policía, que andaba perdida, se topa con un regalo: un autobús atropella al criminal cuando iba a dejar una de las cajitas. Estupendo comienzo, ¿verdad? Y es que, claro, cuando uno anda con una oreja ajena en el bolsillo es fácil que se despiste y cruce la calle cuando no debe.

                El problema, para la policía, radica que en si alguien anda con semejante equipaje otra persona está secuestrada y desorejada, y si no la encuentran pronto tiene muchos puntos para diñarla. A localizar a esta víctima se dedica en cuerpo y no tanto en alma el policía de Chicago Sam Porter; digo lo del alma porque la tiene bastante chuchurrida tras la muerte violenta de su esposa.

                A medida que la novela avanza, con una estructura muy bien diseñada y con ese lenguaje de los buenos best sellers, sin florituras y al alcance de todos, pero usado con suma eficacia y profesionalidad, sin que nada en él chirríe, el lector se va enterando de muchas cosas. De lo que pasó con la esposa de Porter, de quiénes eran las víctimas del Cuarto Mono y por qué motivos la apiolaba, e incluso de cosas bastante más sorprendentes que no cito para no desvelar nada.

                Una historia con un principio magnífico y que no deja de crecer a medida que pasan las páginas, con un final movidito al estilo de las novelas de acción, al que solo se le pueden poner dos peros: que los agónicos finales con un bueno exhausto no se sabe si a punto de salvar a un inocente y capturar a un culpable o de caer y fenecer a manos de este, está demasiado manido en novelas y cine; y, en segundo lugar, que cuando me enteré de que es la primera de una trilogía me llevé un disgusto: al acabar la lectura iba a haber aclarado buena parte de mis dudas, pero no todas.

                Habrá que leer las dos siguientes.


lunes, 30 de agosto de 2021

Migración e intolencia - Umberto Eco

 



        Quien considere excesivo pagar 8,90 euros por una obra que se lee en tres cuartos de hora posiblemente valore mucho más el continente que el contenido. El resto estará bien contento de haber disfrutado de una lectura que respeta su inteligencia y su tiempo.

        «Migración e intolerancia» son cuatro fragmentos de intervenciones de Umberto Eco en torno a los temas del título, algunas ya con un cuarto de siglo a cuestas. La intolerancia, como oposición a lo distinto, es la causa de las mayores desdichas, y como la migración trae lo distinto es habitual que donde hay migración surja la intolerancia, creándose situaciones explosivas. Eco distingue la inmigración –limitada, controlable y que se integra en su lugar de destino sin cambiar esa cultura- de la migración –no controlable y que acaba cambiando la cultura de destino-, y aclara que como por definición la migración, cuando ocurre, ocurre sí o sí, oponerse a la misma desde la intolerancia es una batalla perdida que solo lleva a la desgracia. Europa, dice Eco, va a ser «más morena», y no es algo que se puede elegir ni impedir, pero que sí se puede comprender y aceptar en pro de la convivencia.

        Al apelar a la necesidad de comprender la diferencia Eco señala la conveniencia de que cada cultura se baje del pedestal que le hace juzgar las culturas ajenas con la balanza de la propia: acostumbramos a ver con distancia las cosas «raras» del resto de culturas, a ser cautos ante las costumbres y valores distintos y ante los modos de expresión que tienen lecturas diferentes en cada sitio, sin caer en la cuenta de que esos mismas valoraciones, pero en sentido inverso, también las hacen el resto de culturas respecto a los europeos y que solo el interés y la comprensión permiten la convivencia.

        Un futuro en paz, termina diciendo Eco, no se logra ni por la uniformización ni por la imposición de la propia cultura, ambas cosas imposibles en las migraciones, sino a través de la comprensión y la asimilación de las diferencias.

        Un último aspecto quiero reseñar: la advertencia expresa que hace Eco de que la tolerancia no debe tolerar cuanto conduzca a la intolerancia, y de que la intolerancia debe ser prevenida antes de que se transforme en doctrina, porque en ese momento ya es tarde y los problemas, y quién sabe si las desgracias, están servidos.

        Y ojito, porque ya sabemos que la intolerancia se transforma en doctrina poco a poco, sin que la gente se cuenta. O incluso a veces, dándose cuenta.


lunes, 26 de julio de 2021

La tournée de Dios - Enrique Jardiel Poncela



         Que Dios venga hoy de visita a la tierra no es precisamente un tema original, pero sí audaz, porque el argumento abre posibilidades tan amplias y crea tan altas expectativas que acabar firmando una birria de novela es el resultado más probable. Sin embargo, Enrique Jardiel Poncela salió airoso en esta novela escrita en 1932, donde refleja muchos de los males que pocos años después se convirtieron en heridas que no acaban de cicatrizar. La habilidad de Jardiel reside en una mezcla de «realismo imaginado» y absurdo humorístico, y en la atribución al Dios cristiano (que al fin y al cabo «nos hizo a su imagen y semejanza») de la muy humana costumbre de ver a los seres distintos a él mismo como nosotros vemos al resto de especies.

        La novela comienza con la típica historia de amor jardeliana, con personajes también jardelianos: un escritor vanidoso y una guapa actriz de teatro; en un momento en que los roles tradicionales estaban cambiando, la tensión hombre-mujer facilita al autor el uso, entre otros recursos, de todos los tópicos humorísticos que las situaciones cambiantes provocan. Muchos de esos tópicos, referidos a la mujer, que entonces hacían gracia hoy son políticamente incorrectos, lo cual, por desgracia, hará que algún que otro guardián de las esencias considere obligado en pleno siglo XXI boicotear al Jardiel de hace casi cien años porque los lectores somos demasiado tontos, impresionables e influenciables como para distinguir entre los valores actuales y los pasados. Vamos, que hay que quien opina que si leemos una novela sobre cavernícolas lo siguiente que hacemos es irnos a vivir a una cueva y comer carne cruda. Jardiel incluye también otro tipo de ambiente que él conocía bien, el periodístico, a través de la figura del homosexual que dirige el periódico La Razón, lo cual no dejaba de ser otro gran atrevimiento.

        Continúa la novela con el anuncio de la llegada de Dios a España y los planes para su recibimiento. De algún modo son un precedente de Bienvenido Mr. Marshall, porque nadie sabe a qué viene Dios, pero todos creen tener algo que ganar (o que salvar) y cualquiera que se cree algo se ve en la tesitura de tener que demostrarlo. Las vanidades y sus encontronazos dan mucho juego, aunque aquí la vanidad de todos está condicionada por el miedo. A fin de cuentas, Dios es Dios y antes de presentarse ha demostrado serlo, de modo que si eres alguien debes saber hacerle la pelota para que nada cambie. También está muy bien llevado el temor de todos a «la verdad», un temor nada inocente en 1932, una apuesta arriesgada del autor en una sociedad donde la Iglesia tenía un poder inmenso que veía amenazado por el incipiente desarrollo de las teorías sociales surgidas en la segunda mitad del siglo XIX y donde las oligarquías dominantes se resistían a ceder poder y protagonismo a la burguesía surgida al calor de una industrialización incipiente. Estas dos posturas, a favor y en contra del cambio, son representadas en la novela por los «negros» y los «blancos»: los primeros, que niegan la existencia de Dios, deben tragarse sus tesis ante la evidencia de la visita de Dios, pero a cambio especulan con la esperanza de que el fondo de su ideología, la igualdad, no difiere en lo sustancial de «amaos los unos a los otros»; y los «blancos», por su parte, influenciados y apadrinados por las oligarquías y la Iglesia y con problemas de conciencia por cómo se aprovechan de la religión en la lucha por el poder, tienen los pelos de punta ante el temor de que Dios, en su visita, les enmiende la plana.

        En esta parte y la siguiente (donde ya Dios desarrolla su tournée) primero juega un papel importante el humor negro; después, el humor surge del modo en que las expectativas de unos y otros se deshinchan y la vanidad les hace sentir despecho hacia Dios. Partiendo de la fatalidad jardeliana de que cada uno es como es y es lo que es (en general, un bípedo obtuso), el ser humano, por más religioso que diga ser, sigue siendo antropocéntrico, por no decir infantilmente egoísta, mientras que Dios, ¿qué va a ser si no?, es teocéntrico. La gente no quiere estar con Dios, sino que Dios esté con él. Y Dios, lógicamente, quiere lo contrario. Esta parte culmina con unos muy inteligentes alegatos divinos que ponen de manifiesto las paradojas y contradicciones de las religiones, en especial de la religión cristiana y sus tradiciones, lo cual fue sin duda otra osadía.

        El final es más inteligente que sorprendente, y en él la historia de amor inicial se mezcla con la tournée de Dios y ambas se cierran.

        La novela es representativa de su autor: constantemente se pierde en pequeñas divagaciones de finalidad puramente humorística, como pequeños cohetes o chispazos, que producen la impresión de que se dispersa, aunque en realidad forman parte esencial de su estilo; con frecuencia mezcla lo solemne y lo trivial para generar efectos divertidos a través del contraste (por ejemplo, escenas de este tipo: Fulanito y Menganita, juntos al anochecer en una solitaria, húmeda y neblinosa callejuela, con los ojos arrasados en lágrimas, se juraron amor eterno delante de un letrero donde se leía: «Carnicería Pérez. Las salchichas más gordas de todo Madrid»); y también se agradece la ocurrencia, típica de Jardiel, de ilustrar la novela con dibujitos y distintos tipos de grafías que provocan fuertes efectos humorísticos y que, además, acercan al narrador al lector al tiempo que tienden, intencionadamente, a revalorizar la originalidad del texto con la excusa de «desvalorizarlo».

        Una novela divertida e interesante, que pese a su extensión se lee rápido y que fue publicada en Blackie Books en 2019. 


martes, 20 de julio de 2021

Humor – Terry Eagleton

 



              Igual que nadie espera que un ensayo sobre el sueño le haga roncar, nadie debería suponer que uno sobre el humor le haga reír. Es lo que pasa con Humor, de Terry Eagleton, que pese elogio de la portada (The Guardian: «Una prosa rebosante de paradojas, vituperios y chistes absolutamente desternillantes.») solo hace sonreír con algunos chistes y anécdotas citados como ejemplos.

              Normal, claro, ya que el objetivo de este libro es otro: reflexionar sobre diversos aspectos del humor de modo más o menos sesudo (hay innumerables citas a las fuentes) y ligeramente desordenado.

              Desorganizado porque comienza hablando de la risa, cuya relación con el humor no es unívoca; porque luego no llega a definir claramente el humor pese a las idas y venidas por las distintas teorías sobre su naturaleza, con lo que el lector nunca llega a saber de qué está hablando exactamente el autor; porque el recorrido a la búsqueda del humor en la historia es interesante pero limitado; y porque el último capítulo, dedicado a los aspectos políticos del humor, aparte de ser un poco tostón no deja de ser simplemente llamativo por sus connotaciones, pero insuficiente habida cuenta de la variedad de funciones que el humor tiene para el ser humano y que para Eagleton no merecen ni un párrafo. Pese a ello, queda clara una idea que me ha parecido interesante: la tradicional idea de que el humor es políticamente subversivo, de que sirve para atacar el poder, es discutible, porque del mismo modo en que el humor sustenta la crítica, la crítica hecha con humor rebaja las tensiones que el ejercicio del poder provoca sobre los dominados. Dicho de otro modo: si el dominado alivia su peso a través de la crítica humorística, quizá sobrelleve mejor su carga y no se rebele.

              En cualquier caso, tenía mucho interés en leer Humor. Tras haber publicado con Mira Editores dos novelas de humor, en presentaciones y en algún evento literario tuve ocasión de exponer mi opinión sobre él, para lo que, lo confieso, primero tuve que detenerme a reflexionar qué era para mí el humor, por qué y cómo lo usaba, qué pensaba sobre él y un montón de cosas más.

              No sé si me ha alegrado (¿tan pito fui?) o me ha entristecido (¿tan poco estudiada está la cuestión?) comprobar que las conclusiones a las que llegué yo solico no difieren mucho de las diversas teorías sobre el humor que se exponen en este ensayo. A saber:

              Es complicado definir el humor, pues está relacionado con emociones muy dispares (alegría, sorpresa, satisfacción, alivio…), pero condición necesaria para que el humor se manifieste, pero no suficiente, es el error. O, dicho de otro modo, la diferencia entre nuestras expectativas (que incluyen pronósticos, esperanzas y miedos) y lo que encontramos en la situación concreta. Es lo que Eagleton llama la teoría de la incongruencia, si bien la cuestiona por lo que a mi juicio es un excesivo afán clasificatorio. ¿Qué más da lo que provoque la incongruencia?  ¿Qué más da que haya unos factores u otros tras nuestras expectativas? ¿Qué más da si la incongruencia es fruto del azar o del ingenio? Ocurre, además, que Eagleton a menudo da una explicación más descriptiva que causal: la liberación de las tensiones causadas por las expectativas, la relajación cuando uno puede dejar de esperar lo esperable, es más una descripción de lo que sentimos en ciertos momentos que una explicación de por qué lo sentimos.

              Ahora bien, la ruptura de las expectativas puede dar lugar al humor, pero también al dolor o a otro tipo de emociones. ¿Qué es lo que hace que una ruptura de las expectativas nos ponga de buen humor? Aquí entran en juego otras teorías que por sí solas tampoco son suficientes para explicar el humor, como la de la superioridad (nos reímos porque creemos dominar la situación o porque nos sentimos por encima de otras personas), teoría que falla porque también a veces nos reímos (¿de desesperación?) cuando la situación nos aplasta. Queda claro que el autor no apuesta por esta opción, pero no por qué otra opción lo hace. Por lo que a mí respecta, diría que lo determinante es la mezcla precisa de inteligencia y racionalidad, entendida como la capacidad de verse a uno mismo desde fuera, la capacidad de tomar distancia, de comprender y asumir sin dramas lo que no está bajo nuestro control. Un ejercicio de realismo cuya complicación guarda relación directa con el daño que cada situación implica. Pero tampoco me voy a poner a desarrollarlo aquí.

              Una obra interesante y corta, pero irregular, con capítulos enriquecedores (especialmente algunos puntos dedicados al papel del humor en la historia, que es tanto como decir en las relaciones sociales), otros soporíferos, y más destinada a ofrecer un muestrario de ideas sobre el humor que una tesis sobre él.

              Sí que es sencillo, a partir de esta lectura, pronunciarse acerca de las razones del escaso prestigio de la comedia, de las novelas de humor, del humor en general y, también, de su paradójico éxito. Durante casi toda la historia el humor ha estado reservado a la plebe; el poder político y religioso se rodeaba de solemnidad (aún hoy es complicado imaginarse a la reina de Inglaterra, al rey de Suecia o los jeques árabes partidos de risa, y, de hecho, si por algo se hizo famoso Juan Carlos I fue porque su carácter bromista desentonaba con su cargo y la actitud de sus colegas hasta el punto de ganarse el apodo de «el campechano»), y la solemnidad es enemiga del humor. Además, la risa hace perder el miedo y el poder a menudo se sustenta en él. Solo a partir del siglo XIX el humor comenzó a abrirse paso de la mano de las clases sociales en ascenso, que lo usaron para «rebajarse» y abrirse así, sin molestar demasiado, un hueco entre las clases dominantes. En mi opinión, esa función «lubricante» no es exclusiva de ese periodo ni de ese objetivo, y es la que explica que ese género denostado porque la risa cuestiona las relaciones de poder se haya encaramado, pese a la solemnidad de los poderosos, a la cúspide de las artes con obras como el Quijote.



lunes, 12 de julio de 2021

Cuentos completos – Vladimir Nabokov

 


 

              Dieciséis meses me ha costado leer las casi 900 páginas que atesoran los cuentos completos de un genio como Vladimir Nabokov. Lo dilatado del plazo no se ha debido a que sean un tostón (aunque algún relato sí lo es un poco) sino a la voluntad de no sufrir una sobredosis de calidad o, si ustedes lo prefieren, al deseo de racionar, para saborear mejor, unos relatos escritos en su mayoría entre 1920 y 1940 que si tienen algo en común es su altísimo nivel, sin apenas altibajos.

              Las temáticas son variadas, pero en su mayoría los relatos muestran fragmentos de la nueva y no muy sencilla vida de los exiliados rusos en Berlín (y también en Francia), un submundo donde late –aunque rara vez se menciona expresamente- la amargura por lo dejado atrás y en el que las estrecheces son la norma. Esto provoca, además, que muchos de los personajes tengan ante sí un futuro incierto; de hecho, ninguno se pronuncia sobre él casi ni en lo menos material de todo, como los amoríos; el deseo de cambio también está inevitablemente latente, aunque como el cambio solo es posible dejando todo atrás, también produce miedo y zozobra; inevitables y manifiestas son también, en momentos clave, las miradas al pasado, al reencuentro con lo que una vez uno fue o creyó ser. También son recurrentes las alusiones al ambiente literario –siempre precario- del exilio ruso. De hecho, la mayoría de estos cuentos fueron publicados en revistas rusas publicadas en el exilio.

              En este contexto el lector encuentra historia de soledad, de reencuentros no siempre deseados y situaciones más o menos insólitas que tienen mucho que ver con el deseo de cada cual de refugiarse en su propio interior, en los recuerdos de su vida o de sus aspiraciones fracasadas. No es infrecuente tampoco la adaptación externa, a la nueva vida, al nuevo país, a las nuevas circunstancias, que no impide que uno, en el fondo, siga siendo el que fue y viva en la esquizofrenia de someter, con fortuna variable, su viejo yo fundacional a la tiranía del nuevo yo pragmático.

              La prosa de Nabokov es, seguramente, de las mejores. Su dominio del lenguaje es absoluto, lo mismo que su control de los tiempos. Es fascinante cómo puede crear en mundo entero en apenas un párrafo. Su expresión es de una elegancia selecta y en su tono hay siempre una desdeñosa mirada de soslayo hacia la vida y las personas, como si no se la tomara muy en serio debido a la amargura que ciertas certezas, mucho más importantes que el propio relato, producen.

              Uno de esos libros que jamás me arrepentiré de haber leído. 


jueves, 8 de julio de 2021

La hoguera de las vanidades – Tom Wolfe

 


             

              La vanidad nos hace creer mejor de lo que somos, luego la verdad es su enemiga.

              Tom Wolfe construyó esta larga y magistral historia a partir de lo que pudiera ser uno de esos casos de laboratorio que a veces se usan en los talleres sobre relaciones humanas; uno de esos casos en los que nadie es por completo culpable (o donde todos son casi inocentes), pero donde todos tienen algo que ocultar (a veces, simplemente, sus motivaciones) y es su conducta estratégica lo que determina la ética de su comportamiento y termina agravando el problema de partida.

              Y es que una o varias cosas ciertas no son una verdad. Son una mentira. La verdad surge del conjunto de todas las cosas ciertas que inciden en la situación evaluada. Basta una omisión para que la verdad escape por su hueco.

              Es lo que sucede con casi todos los personajes de esta apasionante novela: el protagonista quiere ocultar que tiene una amante; la amante también quiere ocultar que conducía; un tal reverendo Bacon camufla que solo persigue el dinero; Fallow, el periodista, esconde la falta de mérito de sus supuestos éxitos para vivir de ellos; el fiscal y el vicefiscal tratan de acomodar la «realidad» a sus ocultos intereses personales; otros tratan de esconder sus delitos... Y esto, unido al «orgullo social» de una ciudad que en los años 80 era la referencia mundial, hace que todos estén pendientes de desarrollar las apariencias para no sentirse menos que nadie.

              El entorno no podía haber sido mejor escogido: en la época en la que se escribió y transcurre esta novela –los años 80 del siglo XX- la cúspide social estaba en los mercados financieros, como ahora lo está en las grandes multinacionales de nuevas tecnologías, y Wall Street representaba el cénit de ese ambiente. El summun, como ahora lo puede ser Silicon Valley. En consecuencia, Nueva York era también la referencia mundial de la vida social. Quien triunfaba en Nueva York había triunfado en el mundo. Buen lugar para cultivar vanidades y egos desmesurados.

              Sherman McCoy, el protagonista, va en su lujoso coche con su amante y al tomar una salida equivocada se pierden en el Bronx. Al huir de lo que creen un intento de atraco, con ella al volante, dudan de si han llegado a golpear a uno de los atracadores. A partir de aquí, y con el simbólico telón del fondo del único inocente completamente desactivado (Wolfe se cuida mucho de dejarlo en esa posición), los participantes en esta opereta se van retratando con las omisiones con las que tratan de provocar la confusión entre el resto de hechos ciertos y «la verdad». Pero como cada cual omite lo que le interesa, cada omisión genera una «verdad» distinta; y, claro, entonces las cosas no cuadran, se van complicando y en el intento de mantenerse a flote casi todos se ven arrastrados a pasar de mentir por omisión a mentir por acción. El resultado, como puede suponerse, nada tiene que ver con la justicia (con la verdad) y sí con la habilidad de cada cual y con su posición de partida.

              Pero si interesante es la trama y el juego de estrategias que la hace avanzar, lo que hace de esta novela una obra magnífica es la profundidad y crudeza (tan explícita que rezuma humor cínico) con que se exponen los miedos de cada cual, que no son otra cosa que el reverso de su vanidad, y los pasos y huidas que esos temores inducen. Pese a que los personajes son muchos, muy distintos y prácticamente todos muestran sus ambiciones vanas y sus defectos, raro será que el lector no logre sentir cierta simpatía –y antipatía- por todos ellos, porque gracias a la habilidad de Wolfe todo, desde los anhelos a las debilidades, se hacen comprensibles y, también, porque en un mundo físicamente violento todos ejercen la «violencia de la mentira», que parece menos peligrosa aunque en realidad puede tener consecuencias fatales. El mejor retratado es, lógicamente, el protagonista: Sherman McCoy. El «Amo del Universo» lo mismo nos parece un estúpido fatuo que un pobre adolescente de 38 años atormentado por haber transgredido, sin querer, normas que otros se saltan sin pestañear. Es un personaje peculiar: íntegro en lo que tiene que ver con el cumplimiento de las normas legales, pero con una moral relajada en las relaciones de pareja y completamente estropeada por el entorno en cuanto a los valores y al sentido de la vida se refiere.

              La historia se refuerza con el enorme contraste entre esa exigua cúspide social de personas adineradas y enamoradas de sí mismas y el desastre vital, la absoluta marginación que se vive en el Bronx. Blanco y vecino de Park Avenue es sinómino de honradez y éxito. Negro y vecino del Bronx, lo es de delincuente. El racismo, lo mismo el asumido por quien lo practica que el no asumido, enmarca la obra, lo que no quiere decir que Wolfe nos hable de buenos y malos. Más bien intenta ser descriptivo: hay blancos racistas que no saben que lo son y hay negros marginados que se resignan a seguir siéndolo; todos ellos son poco ruidosos; pero hay también blancos y negros que quieren prosperar fingiendo luchar contra el racismo y estos, en cambio, sí hacen ruido, y mucho. Mucho más que los poquísimos que sí emprenden honestamente esa lucha. ¿Qué sale de todo esto? Una serie de presunciones tenidas como «verdades» por la «vanidad» de cada grupo social, falsas verdades que arden también en la hoguera que relata Tom Wolfe y que acaban provocando el incendio en el que terminan ardiendo una parte de los protagonistas.