En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 26 de julio de 2021

La tournée de Dios - Enrique Jardiel Poncela



         Que Dios venga hoy de visita a la tierra no es precisamente un tema original, pero sí audaz, porque el argumento abre posibilidades tan amplias y crea tan altas expectativas que acabar firmando una birria de novela es el resultado más probable. Sin embargo, Enrique Jardiel Poncela salió airoso en esta novela escrita en 1932, donde refleja muchos de los males que pocos años después se convirtieron en heridas que no acaban de cicatrizar. La habilidad de Jardiel reside en una mezcla de «realismo imaginado» y absurdo humorístico, y en la atribución al Dios cristiano (que al fin y al cabo «nos hizo a su imagen y semejanza») de la muy humana costumbre de ver a los seres distintos a él mismo como nosotros vemos al resto de especies.

        La novela comienza con la típica historia de amor jardeliana, con personajes también jardelianos: un escritor vanidoso y una guapa actriz de teatro; en un momento en que los roles tradicionales estaban cambiando, la tensión hombre-mujer facilita al autor el uso, entre otros recursos, de todos los tópicos humorísticos que las situaciones cambiantes provocan. Muchos de esos tópicos, referidos a la mujer, que entonces hacían gracia hoy son políticamente incorrectos, lo cual, por desgracia, hará que algún que otro guardián de las esencias considere obligado en pleno siglo XXI boicotear al Jardiel de hace casi cien años porque los lectores somos demasiado tontos, impresionables e influenciables como para distinguir entre los valores actuales y los pasados. Vamos, que hay que quien opina que si leemos una novela sobre cavernícolas lo siguiente que hacemos es irnos a vivir a una cueva y comer carne cruda. Jardiel incluye también otro tipo de ambiente que él conocía bien, el periodístico, a través de la figura del homosexual que dirige el periódico La Razón, lo cual no dejaba de ser otro gran atrevimiento.

        Continúa la novela con el anuncio de la llegada de Dios a España y los planes para su recibimiento. De algún modo son un precedente de Bienvenido Mr. Marshall, porque nadie sabe a qué viene Dios, pero todos creen tener algo que ganar (o que salvar) y cualquiera que se cree algo se ve en la tesitura de tener que demostrarlo. Las vanidades y sus encontronazos dan mucho juego, aunque aquí la vanidad de todos está condicionada por el miedo. A fin de cuentas, Dios es Dios y antes de presentarse ha demostrado serlo, de modo que si eres alguien debes saber hacerle la pelota para que nada cambie. También está muy bien llevado el temor de todos a «la verdad», un temor nada inocente en 1932, una apuesta arriesgada del autor en una sociedad donde la Iglesia tenía un poder inmenso que veía amenazado por el incipiente desarrollo de las teorías sociales surgidas en la segunda mitad del siglo XIX y donde las oligarquías dominantes se resistían a ceder poder y protagonismo a la burguesía surgida al calor de una industrialización incipiente. Estas dos posturas, a favor y en contra del cambio, son representadas en la novela por los «negros» y los «blancos»: los primeros, que niegan la existencia de Dios, deben tragarse sus tesis ante la evidencia de la visita de Dios, pero a cambio especulan con la esperanza de que el fondo de su ideología, la igualdad, no difiere en lo sustancial de «amaos los unos a los otros»; y los «blancos», por su parte, influenciados y apadrinados por las oligarquías y la Iglesia y con problemas de conciencia por cómo se aprovechan de la religión en la lucha por el poder, tienen los pelos de punta ante el temor de que Dios, en su visita, les enmiende la plana.

        En esta parte y la siguiente (donde ya Dios desarrolla su tournée) primero juega un papel importante el humor negro; después, el humor surge del modo en que las expectativas de unos y otros se deshinchan y la vanidad les hace sentir despecho hacia Dios. Partiendo de la fatalidad jardeliana de que cada uno es como es y es lo que es (en general, un bípedo obtuso), el ser humano, por más religioso que diga ser, sigue siendo antropocéntrico, por no decir infantilmente egoísta, mientras que Dios, ¿qué va a ser si no?, es teocéntrico. La gente no quiere estar con Dios, sino que Dios esté con él. Y Dios, lógicamente, quiere lo contrario. Esta parte culmina con unos muy inteligentes alegatos divinos que ponen de manifiesto las paradojas y contradicciones de las religiones, en especial de la religión cristiana y sus tradiciones, lo cual fue sin duda otra osadía.

        El final es más inteligente que sorprendente, y en él la historia de amor inicial se mezcla con la tournée de Dios y ambas se cierran.

        La novela es representativa de su autor: constantemente se pierde en pequeñas divagaciones de finalidad puramente humorística, como pequeños cohetes o chispazos, que producen la impresión de que se dispersa, aunque en realidad forman parte esencial de su estilo; con frecuencia mezcla lo solemne y lo trivial para generar efectos divertidos a través del contraste (por ejemplo, escenas de este tipo: Fulanito y Menganita, juntos al anochecer en una solitaria, húmeda y neblinosa callejuela, con los ojos arrasados en lágrimas, se juraron amor eterno delante de un letrero donde se leía: «Carnicería Pérez. Las salchichas más gordas de todo Madrid»); y también se agradece la ocurrencia, típica de Jardiel, de ilustrar la novela con dibujitos y distintos tipos de grafías que provocan fuertes efectos humorísticos y que, además, acercan al narrador al lector al tiempo que tienden, intencionadamente, a revalorizar la originalidad del texto con la excusa de «desvalorizarlo».

        Una novela divertida e interesante, que pese a su extensión se lee rápido y que fue publicada en Blackie Books en 2019. 


martes, 20 de julio de 2021

Humor – Terry Eagleton

 



              Igual que nadie espera que un ensayo sobre el sueño le haga roncar, nadie debería suponer que uno sobre el humor le haga reír. Es lo que pasa con Humor, de Terry Eagleton, que pese elogio de la portada (The Guardian: «Una prosa rebosante de paradojas, vituperios y chistes absolutamente desternillantes.») solo hace sonreír con algunos chistes y anécdotas citados como ejemplos.

              Normal, claro, ya que el objetivo de este libro es otro: reflexionar sobre diversos aspectos del humor de modo más o menos sesudo (hay innumerables citas a las fuentes) y ligeramente desordenado.

              Desorganizado porque comienza hablando de la risa, cuya relación con el humor no es unívoca; porque luego no llega a definir claramente el humor pese a las idas y venidas por las distintas teorías sobre su naturaleza, con lo que el lector nunca llega a saber de qué está hablando exactamente el autor; porque el recorrido a la búsqueda del humor en la historia es interesante pero limitado; y porque el último capítulo, dedicado a los aspectos políticos del humor, aparte de ser un poco tostón no deja de ser simplemente llamativo por sus connotaciones, pero insuficiente habida cuenta de la variedad de funciones que el humor tiene para el ser humano y que para Eagleton no merecen ni un párrafo. Pese a ello, queda clara una idea que me ha parecido interesante: la tradicional idea de que el humor es políticamente subversivo, de que sirve para atacar el poder, es discutible, porque del mismo modo en que el humor sustenta la crítica, la crítica hecha con humor rebaja las tensiones que el ejercicio del poder provoca sobre los dominados. Dicho de otro modo: si el dominado alivia su peso a través de la crítica humorística, quizá sobrelleve mejor su carga y no se rebele.

              En cualquier caso, tenía mucho interés en leer Humor. Tras haber publicado con Mira Editores dos novelas de humor, en presentaciones y en algún evento literario tuve ocasión de exponer mi opinión sobre él, para lo que, lo confieso, primero tuve que detenerme a reflexionar qué era para mí el humor, por qué y cómo lo usaba, qué pensaba sobre él y un montón de cosas más.

              No sé si me ha alegrado (¿tan pito fui?) o me ha entristecido (¿tan poco estudiada está la cuestión?) comprobar que las conclusiones a las que llegué yo solico no difieren mucho de las diversas teorías sobre el humor que se exponen en este ensayo. A saber:

              Es complicado definir el humor, pues está relacionado con emociones muy dispares (alegría, sorpresa, satisfacción, alivio…), pero condición necesaria para que el humor se manifieste, pero no suficiente, es el error. O, dicho de otro modo, la diferencia entre nuestras expectativas (que incluyen pronósticos, esperanzas y miedos) y lo que encontramos en la situación concreta. Es lo que Eagleton llama la teoría de la incongruencia, si bien la cuestiona por lo que a mi juicio es un excesivo afán clasificatorio. ¿Qué más da lo que provoque la incongruencia?  ¿Qué más da que haya unos factores u otros tras nuestras expectativas? ¿Qué más da si la incongruencia es fruto del azar o del ingenio? Ocurre, además, que Eagleton a menudo da una explicación más descriptiva que causal: la liberación de las tensiones causadas por las expectativas, la relajación cuando uno puede dejar de esperar lo esperable, es más una descripción de lo que sentimos en ciertos momentos que una explicación de por qué lo sentimos.

              Ahora bien, la ruptura de las expectativas puede dar lugar al humor, pero también al dolor o a otro tipo de emociones. ¿Qué es lo que hace que una ruptura de las expectativas nos ponga de buen humor? Aquí entran en juego otras teorías que por sí solas tampoco son suficientes para explicar el humor, como la de la superioridad (nos reímos porque creemos dominar la situación o porque nos sentimos por encima de otras personas), teoría que falla porque también a veces nos reímos (¿de desesperación?) cuando la situación nos aplasta. Queda claro que el autor no apuesta por esta opción, pero no por qué otra opción lo hace. Por lo que a mí respecta, diría que lo determinante es la mezcla precisa de inteligencia y racionalidad, entendida como la capacidad de verse a uno mismo desde fuera, la capacidad de tomar distancia, de comprender y asumir sin dramas lo que no está bajo nuestro control. Un ejercicio de realismo cuya complicación guarda relación directa con el daño que cada situación implica. Pero tampoco me voy a poner a desarrollarlo aquí.

              Una obra interesante y corta, pero irregular, con capítulos enriquecedores (especialmente algunos puntos dedicados al papel del humor en la historia, que es tanto como decir en las relaciones sociales), otros soporíferos, y más destinada a ofrecer un muestrario de ideas sobre el humor que una tesis sobre él.

              Sí que es sencillo, a partir de esta lectura, pronunciarse acerca de las razones del escaso prestigio de la comedia, de las novelas de humor, del humor en general y, también, de su paradójico éxito. Durante casi toda la historia el humor ha estado reservado a la plebe; el poder político y religioso se rodeaba de solemnidad (aún hoy es complicado imaginarse a la reina de Inglaterra, al rey de Suecia o los jeques árabes partidos de risa, y, de hecho, si por algo se hizo famoso Juan Carlos I fue porque su carácter bromista desentonaba con su cargo y la actitud de sus colegas hasta el punto de ganarse el apodo de «el campechano»), y la solemnidad es enemiga del humor. Además, la risa hace perder el miedo y el poder a menudo se sustenta en él. Solo a partir del siglo XIX el humor comenzó a abrirse paso de la mano de las clases sociales en ascenso, que lo usaron para «rebajarse» y abrirse así, sin molestar demasiado, un hueco entre las clases dominantes. En mi opinión, esa función «lubricante» no es exclusiva de ese periodo ni de ese objetivo, y es la que explica que ese género denostado porque la risa cuestiona las relaciones de poder se haya encaramado, pese a la solemnidad de los poderosos, a la cúspide de las artes con obras como el Quijote.



lunes, 12 de julio de 2021

Cuentos completos – Vladimir Nabokov

 


 

              Dieciséis meses me ha costado leer las casi 900 páginas que atesoran los cuentos completos de un genio como Vladimir Nabokov. Lo dilatado del plazo no se ha debido a que sean un tostón (aunque algún relato sí lo es un poco) sino a la voluntad de no sufrir una sobredosis de calidad o, si ustedes lo prefieren, al deseo de racionar, para saborear mejor, unos relatos escritos en su mayoría entre 1920 y 1940 que si tienen algo en común es su altísimo nivel, sin apenas altibajos.

              Las temáticas son variadas, pero en su mayoría los relatos muestran fragmentos de la nueva y no muy sencilla vida de los exiliados rusos en Berlín (y también en Francia), un submundo donde late –aunque rara vez se menciona expresamente- la amargura por lo dejado atrás y en el que las estrecheces son la norma. Esto provoca, además, que muchos de los personajes tengan ante sí un futuro incierto; de hecho, ninguno se pronuncia sobre él casi ni en lo menos material de todo, como los amoríos; el deseo de cambio también está inevitablemente latente, aunque como el cambio solo es posible dejando todo atrás, también produce miedo y zozobra; inevitables y manifiestas son también, en momentos clave, las miradas al pasado, al reencuentro con lo que una vez uno fue o creyó ser. También son recurrentes las alusiones al ambiente literario –siempre precario- del exilio ruso. De hecho, la mayoría de estos cuentos fueron publicados en revistas rusas publicadas en el exilio.

              En este contexto el lector encuentra historia de soledad, de reencuentros no siempre deseados y situaciones más o menos insólitas que tienen mucho que ver con el deseo de cada cual de refugiarse en su propio interior, en los recuerdos de su vida o de sus aspiraciones fracasadas. No es infrecuente tampoco la adaptación externa, a la nueva vida, al nuevo país, a las nuevas circunstancias, que no impide que uno, en el fondo, siga siendo el que fue y viva en la esquizofrenia de someter, con fortuna variable, su viejo yo fundacional a la tiranía del nuevo yo pragmático.

              La prosa de Nabokov es, seguramente, de las mejores. Su dominio del lenguaje es absoluto, lo mismo que su control de los tiempos. Es fascinante cómo puede crear en mundo entero en apenas un párrafo. Su expresión es de una elegancia selecta y en su tono hay siempre una desdeñosa mirada de soslayo hacia la vida y las personas, como si no se la tomara muy en serio debido a la amargura que ciertas certezas, mucho más importantes que el propio relato, producen.

              Uno de esos libros que jamás me arrepentiré de haber leído. 


jueves, 8 de julio de 2021

La hoguera de las vanidades – Tom Wolfe

 


             

              La vanidad nos hace creer mejor de lo que somos, luego la verdad es su enemiga.

              Tom Wolfe construyó esta larga y magistral historia a partir de lo que pudiera ser uno de esos casos de laboratorio que a veces se usan en los talleres sobre relaciones humanas; uno de esos casos en los que nadie es por completo culpable (o donde todos son casi inocentes), pero donde todos tienen algo que ocultar (a veces, simplemente, sus motivaciones) y es su conducta estratégica lo que determina la ética de su comportamiento y termina agravando el problema de partida.

              Y es que una o varias cosas ciertas no son una verdad. Son una mentira. La verdad surge del conjunto de todas las cosas ciertas que inciden en la situación evaluada. Basta una omisión para que la verdad escape por su hueco.

              Es lo que sucede con casi todos los personajes de esta apasionante novela: el protagonista quiere ocultar que tiene una amante; la amante también quiere ocultar que conducía; un tal reverendo Bacon camufla que solo persigue el dinero; Fallow, el periodista, esconde la falta de mérito de sus supuestos éxitos para vivir de ellos; el fiscal y el vicefiscal tratan de acomodar la «realidad» a sus ocultos intereses personales; otros tratan de esconder sus delitos... Y esto, unido al «orgullo social» de una ciudad que en los años 80 era la referencia mundial, hace que todos estén pendientes de desarrollar las apariencias para no sentirse menos que nadie.

              El entorno no podía haber sido mejor escogido: en la época en la que se escribió y transcurre esta novela –los años 80 del siglo XX- la cúspide social estaba en los mercados financieros, como ahora lo está en las grandes multinacionales de nuevas tecnologías, y Wall Street representaba el cénit de ese ambiente. El summun, como ahora lo puede ser Silicon Valley. En consecuencia, Nueva York era también la referencia mundial de la vida social. Quien triunfaba en Nueva York había triunfado en el mundo. Buen lugar para cultivar vanidades y egos desmesurados.

              Sherman McCoy, el protagonista, va en su lujoso coche con su amante y al tomar una salida equivocada se pierden en el Bronx. Al huir de lo que creen un intento de atraco, con ella al volante, dudan de si han llegado a golpear a uno de los atracadores. A partir de aquí, y con el simbólico telón del fondo del único inocente completamente desactivado (Wolfe se cuida mucho de dejarlo en esa posición), los participantes en esta opereta se van retratando con las omisiones con las que tratan de provocar la confusión entre el resto de hechos ciertos y «la verdad». Pero como cada cual omite lo que le interesa, cada omisión genera una «verdad» distinta; y, claro, entonces las cosas no cuadran, se van complicando y en el intento de mantenerse a flote casi todos se ven arrastrados a pasar de mentir por omisión a mentir por acción. El resultado, como puede suponerse, nada tiene que ver con la justicia (con la verdad) y sí con la habilidad de cada cual y con su posición de partida.

              Pero si interesante es la trama y el juego de estrategias que la hace avanzar, lo que hace de esta novela una obra magnífica es la profundidad y crudeza (tan explícita que rezuma humor cínico) con que se exponen los miedos de cada cual, que no son otra cosa que el reverso de su vanidad, y los pasos y huidas que esos temores inducen. Pese a que los personajes son muchos, muy distintos y prácticamente todos muestran sus ambiciones vanas y sus defectos, raro será que el lector no logre sentir cierta simpatía –y antipatía- por todos ellos, porque gracias a la habilidad de Wolfe todo, desde los anhelos a las debilidades, se hacen comprensibles y, también, porque en un mundo físicamente violento todos ejercen la «violencia de la mentira», que parece menos peligrosa aunque en realidad puede tener consecuencias fatales. El mejor retratado es, lógicamente, el protagonista: Sherman McCoy. El «Amo del Universo» lo mismo nos parece un estúpido fatuo que un pobre adolescente de 38 años atormentado por haber transgredido, sin querer, normas que otros se saltan sin pestañear. Es un personaje peculiar: íntegro en lo que tiene que ver con el cumplimiento de las normas legales, pero con una moral relajada en las relaciones de pareja y completamente estropeada por el entorno en cuanto a los valores y al sentido de la vida se refiere.

              La historia se refuerza con el enorme contraste entre esa exigua cúspide social de personas adineradas y enamoradas de sí mismas y el desastre vital, la absoluta marginación que se vive en el Bronx. Blanco y vecino de Park Avenue es sinómino de honradez y éxito. Negro y vecino del Bronx, lo es de delincuente. El racismo, lo mismo el asumido por quien lo practica que el no asumido, enmarca la obra, lo que no quiere decir que Wolfe nos hable de buenos y malos. Más bien intenta ser descriptivo: hay blancos racistas que no saben que lo son y hay negros marginados que se resignan a seguir siéndolo; todos ellos son poco ruidosos; pero hay también blancos y negros que quieren prosperar fingiendo luchar contra el racismo y estos, en cambio, sí hacen ruido, y mucho. Mucho más que los poquísimos que sí emprenden honestamente esa lucha. ¿Qué sale de todo esto? Una serie de presunciones tenidas como «verdades» por la «vanidad» de cada grupo social, falsas verdades que arden también en la hoguera que relata Tom Wolfe y que acaban provocando el incendio en el que terminan ardiendo una parte de los protagonistas.



lunes, 21 de junio de 2021

El caso Moro - Leonardo Sciascia

 


 

              Por casualidad leí esta obra a mediados de junio de este 2021, en los días previos a la manifestación en la Plaza de Colón en contra del indulto a los independentistas catalanes condenados por los sucesos de otoño de 2017. Un indulto es una excepción a una norma penal que aplica el Gobierno, no la autoridad judicial, en inevitable beneficio del indultado pero en interés de la comunidad, y cuyo fundamento radica en la imposibilidad de que los tribunales, solo sujetos al Derecho, puedan tener en cuenta las consecuencias sociales y políticas de sus sentencias; de ahí que todos los ordenamientos jurídicos del mundo regulen el indulto de una manera u otra.

              Cuento esto porque en este relato acerca del secuestro y muerte de Aldo Moro tiene mucho que ver.

              Aldo Moro, catedrático de Derecho Penal, fue uno de los redactores de la Constitución Italiana de 1946, dos veces primer ministro y, en el momento en que fue secuestrado, presidente del Consejo Nacional de Democracia Cristiana, el partido que llevaba tres décadas en el poder y que en aquel día de marzo de 1978 iba a mantenerlo gracias a un acuerdo con el Partido Comunista, acuerdo del que Moro había sido el principal artífice.

              La historia es conocida: Aldo Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas y sus cinco escoltas asesinados; durante su cautiverio se le permitió leer la prensa (y, por tanto, estar al corriente de cómo abordaban su secuestro el Gobierno italiano, su partido y el resto de partidos) y también se le permitió enviar numerosas cartas a otros políticos y a su familia, que en su mayoría fueron publicadas en los medios de comunicación. Entre medio, las Brigadas Rojas emitieron varios comunicados. Finalmente, fue asesinado tras cincuenta y cinco días de cautiverio. Al margen de las numerosas y enormes chapuzas que parece ser que hubo en la investigación policial, no es necesario adentrarse en sus causas para, de la mano de Sciascia y de su agudísimo análisis del lenguaje, las circunstancias y la naturaleza humana, comprender que, por una razón u otra, a Moro se le dejó morir en nombre de la «razón de Estado», si es que no hubo también otros intereses.

              En ensayo es una larga reflexión sobre las posiciones de cada cual, pero, en especial, reflexiona sobre el debate cuyos argumentos enfrentados eran las súplicas de Moro defendiendo una postura que ya había mantenido antes de su secuestro (básicamente, que el poder no se debilita por hacer ciertas concesiones, como el intercambio de prisioneros, tantas veces producido en la historia) y la postura del Gobierno Italiano, con el apoyo de la Santa Sede, de que «no se negocia con terroristas», lo cual, en la práctica, implicaba condenar a muerte a un inocente, cosa insólita para quienes se definían como cristianos.  Moro reclamaba que el derecho a la vida de personas inocentes debía prevalecer sobre los principios abstractos.

              La lucha de argumentos se saldó del modo ya conocido, pero antes el Gobierno italiano y la Democracia Cristiana dieron la espalda a Moro; pese a que él repetía los argumentos que había esgrimido en libertad, lo desacreditaron presentándolo como un hombre manipulado por sus captores para hacer menos onerosa para ellos la decisión de «condenarlo a muerte».

              En definitiva, el ensayo de Sciascia, que fue diputado entre 1979 y 1983 y presentó un informe ante el Parlamento sobre el caso Moro que se incluye en esta obra, reflexiona sobre la idea de hasta qué punto las excepciones al derecho penal –y con eso vuelvo al principio- son legítimas cuando de lo que se trata es de mejorar la situación de personas inocentes que no han cometido delito alguno. Aunque el caso Moro fue un caso límite, en el que estaba en juego la vida de una persona, el paralelismo es obvio cuando de la excepción a la norma penal se derivan beneficios para la sociedad, a la que siempre damos estatus de inocente (o, dicho de otro modo, de digna y merecedora de todo esfuerzo). Cuando eso puede suceder hay que utilizar la balanza para, después, pronunciarse, lo cual, cuando hay que aplicar la excepción, exige una dosis de valentía de la que claramente Sciascia parece partidario y que no tuvo el gobierno de Andreotti. El juicio de la historia, al que resignadamente emplazó Aldo Moro a sus correligionarios en sus últimas cartas, ha tenido un veredicto claro.

          Quizá en estos días en que se mezclan argumentos emocionales con argumentos racionales que implican analizar intereses complejos y realizar predicciones sujetas a error, esta lectura sirva a quienes usan los segundos para pensar mejor.





jueves, 17 de junio de 2021

Peregrinas – Joaquín Berges

 

              

              Creo que es el segundo libro que leo de Joaquín Berges, y repetir es buena señal. Sin embargo, esta obra es muy distinta a Nadie es perfecto, la otra que leí, y demuestra una variedad de registros y un talento notable, en ambos casos sin renunciar al humor, aunque aquí no lo provoca –porque Pegreninas no es una novela de humor-, sino que lo encuentra o, mejor dicho, lo saca a flote de entre las penalidades de la vida.

              Tres ancianas en una residencia, una de ellas con una demencia senil, se marchan un buen día, sin avisar a nadie, a hacer «el Camino de Santiago», o eso cree la última de ellas, porque en realidad han tomado la dirección opuesta con un fin cuya identificación es uno de los alicientes de la lectura. A bordo de un vetusto y enorme Volvo les acompaña Julio, un anciano taciturno y parco en palabras que durante años ha mantenido una extraña relación con una de las ancianas: simplemente, se veían de una terraza a otra, y les gustaba verse allí; les daba seguridad.

              Peregrinas es la historia del viaje, pero también la historia de cuatro personas, que es la de cuatro familias, con cada vida marcada por hechos habituales –la enfermedad, la infidelidad, la muerte...- y determinantes. A medida que los kilómetros van quedando atrás, el lector ve cómo se disipa la niebla, va descubriendo y comprendiendo, comprueba que hay heridas que no se cierran nunca pero que algo puede hacerse para que dejen de sangrar. Comprueba, también, que cuando la vida es una huida de los hechos que nos arrancaron la paz, se acaba por no llegar a ningún sitio y que el único destino confortable es estar en paz con uno mismo.

              La acción, al principio un poco confusa hasta que el interés que late detrás de cada una de las cuatro vidas comienza a tomar forma, tiene un ritmo constante; el lenguaje es a la vez llano y cuidado, sin florituras, pero eficaz, el lenguaje de un escritor que sabe lo que quiere comunicar y cómo hacerlo. Como además todos los personajes son, en el fondo, unos buenazos, el lector se solidariza con sus miedos, su sufrimiento y su contención. También asistimos a unas cuantas escenas emotivas que logran mantenerse en la sensibilidad sin caer en la sensiblería y a unos cuantos golpes de humor de los que hacen sonreír abiertamente.

              Por último, Peregrinas es una novela escrita durante la pandemia y que transcurre en ella, durante el verano de 2020, entre la desescalada tras el confinamiento más estricto y el otoño. El lector sin duda apreciará ahora, mejor que dentro de unos años, algunas de las sensaciones –en especial, una, que no voy a desvelar- que experimentan los protagonistas.

              Así que, hale, a leer Peregrinas cuanto antes.



lunes, 14 de junio de 2021

Capricho de la reina – Jean Echenoz

 



No miente el autor de la sinopsis al decir que los siete relatos contenidos en este volumen tienen «un hilo invisible que los engarza» (un único hilo, diría yo), el cual «no es otro que el impecable estilo de un escritor que construye con las palabras justas y la precisión de un miniaturista…», y es que Capricho de la reina es, también, un capricho no sé si de Echenoz o de su editor, porque estos siete relatos que nada tienen en común son fruto de motivaciones y circunstancias muy diversas y vieron la luz desperdigados en diferentes publicaciones. Edición o recolección, Capricho de la reina es uno de esos libros que, cuando el autor ha ganado un incontestable prestigio, se publican para exprimir hasta la última coma, aunque no por eso estos relatos son menos interesantes.

En una o dos tardes de lectura, porque ronda las cien páginas, podemos ver algunos experimentos más o menos extraños, como el repaso telegráfico a las estatuas de un buen puñado de reinas en los Jardines de Luxemburgo en París, historias aparentemente desmitificadoras sobre Nelson y Heródoto (que tan de moda está ahora), perturbadoras como la del ingeniero Gluck y absurdas como la del capricho de dónde, cuándo y cómo zamparse un bocadillo. 

Que los siete relatos no tengan nada en común, lejos de ser un problema se agradece, ya que permite zambullirse en siete paisajes e historias distintas teniendo como guía un escritor con un dominio del lenguaje envidiable. 

Para disfrutar de la lectura por la lectura.



jueves, 10 de junio de 2021

Murciélago – Jo Nesbo

 


 

        Estaba avisado que de Murciélago (1997), primera novela de Jo Nesbo y protagonizada por el policía noruego Harry Hole, no era la mejor de la saga. Lo digo porque esa advertencia me llevará a leer alguna otra, mientras que sin ella lo dudaría, ya que Murciélago es una novela entretenida, trabajada, pero en la que echo de menos un poco más de cemento entre los ladrillos que son cada uno de los breves capítulos; esa falta de consistencia sitúa al lector como un observador distante y poco implicado.

        Harry Hole, un tipo que arrastra problemas personales considerables capaces de anularlo en cualquier momento, es un policía enviado por su gobierno a Australia, para colaborar testimonialmente en la investigación del asesinato de una muchacha noruega. Hole, sin embargo, con el beneplácito de sus colegas australianos, acaba teniendo una autonomía y una capacidad de acción -a las que solo su lejanía con el realismo resta algo de verosimilitud- que aprovecha para moverse en los ambientes adecuados, para enamorarse y, también, para trabar algo parecido a la amistad con el policía, aborigen australiano, que se le asigna como compañero.

        Espabiladico que es el chico, gracias a él se llega a la conclusión de que el de la noruega no es el único crimen cometido siguiendo el mismo patrón, lo que sitúa la acción en ese ámbito tan cómodo para la novela negra como son los asesinatos en serie. Y a partir de aquí, la historia avanza con el autor jugando al despiste, pero en general respetando el principio de que los personajes no sepan más que el lector. Un consejo: no hay personajes irrelevantes; antes o después casi todos son usados por Nesbo en esa tarea de desorientación; lo aviso porque para cuando el lector se da cuenta, han pasado ante sus ojos una caterva de señores a los que se ha podido prestar poca atención porque aparentemente solo formaban parte del decorado. Mejor andar con la memoria aguzada.

        Al atractivo de toda novela negra bien planteada, se une el de un escenario, Australia, desconocido y atípico para la mayoría de los lectores, y el más alejado posible para el público noruego, pues Australia es el territorio habitado más cercano a las antípodas de Noruega, situadas en mitad del océano, más cerca de la Antártida que de la propia Australia. Algo quiere decir, creo, acerca de los planteamientos, no sé si literarios, comerciales o ambos, con que Jo Nesbo afrontó la escritura.

        Como decía al principio, leeré algún libro más de este autor. Al fin y al cabo ya estaba ahí antes de la explosión de la novela negra nórdica y aquí sigue cuando lo más intenso de ella ya ha pasado. Por algo será.

        Por cierto, a título de curiosidad, se me ocurrió preguntar en las redes por qué, por ejemplo, el nombre de los autores rusos publicados en España no aparece escrito con el alfabeto cirílico y en cambio Jo Nesbo aparece siempre como Jo Nesbø. La única respuesta recibida: es una pose para hacer más exótico el producto.



martes, 8 de junio de 2021

La danza de los tulipanes – Ibon Martín

 


             

              Sensaciones contradictorias me ha producido esta novela de Ibon Martín. Por una parte me ha enganchado, he disfrutado de su lectura y el final es más o menos inesperado (solo más o menos); pero por otra hay omisiones que alejan tanto la historia de la realidad que parecen un recurso burdo para sostener en pie la investigación que sustenta el argumento, y además algunas de las cuestiones que aspiran a ser de impacto las ve venir el lector cien páginas antes que los protagonistas, con lo que a veces el «atractivo» no es la historia sino la verificación de hasta qué punto es capaz de sostener el autor la inexcusable inopia de los personajes; uno a eso el dato anecdótico, pero incómodo, de que el principal telón de fondo y leitmotiv de los crímenes y su investigación tiene bastantes parámetros en común con una novela poco leída y publicada tres años antes: Lo que no sé si viví, aunque nada más comparte con ella.

              En cuanto a los personajes, existe demasiada desproporción entre los protagonistas –que aspiran a ser realistas-, y el malo malísimo, tan evidente resultado de laboratorio que carece no ya de realismo, sino también de la mínima verosimilitud. Añadamos otro defecto: el autor no disimula saber más que el lector tanto cuando la historia se expresa en tercera persona como cuando lo hace en primera, en boca del malo malísimo, lo que produce al lector la desagradable sensación de que están jugando con él. Y es que, aunque el autor siempre juega con el lector, la gracia está en que no se note; el truco no puede ser la desfachatez de «no te lo digo porque no me da la gana y me lo callo para que sigas leyendo».

              Sin embargo, como he dicho al principio, la novela me ha enganchado, sobre todo la segunda mitad, cuando los hechos comienzan a acelerar. Luego explicaré por qué.

              Ane Cestero es una jovenzuela suboficial de la Ertzaintza de carrera meteórica y con un pronto descontrolado. Le cae el premio de dirigir una unidad especial para los crímenes de relevancia mediática –incluyendo, cosa bastante increíble, las relaciones con la prensa-; es una «unidad Guadiana», pues solo existirá cuando haya algún crimen de esas características. Y lo hay, claro: el asesinato, retransmitido por Facebook, de una buena señora abandonada sobre las vías del tren. Un «asesinato de autor», que el criminal firma con un peculiar tulipán.

              La unidad está formada por Ane, por un tipo eficiente y gris llamado Aitor y complementada con personal de la comisaria donde ocurren los hechos: la de Guernica, porque los hechos transcurren en la zona Urdaibai, un entorno natural privilegiado al que se intenta dar protagonismo. Entre ese personal está Julia, de edad parecida a la de Ane y su antigua pareja, Txema, un suboficial con ínfulas que rivaliza con Cestero, porque ya se sabe que uno de los ingredientes de toda novela negra son las relaciones laborales de los protagonistas con sus jefes y colegas. Unamos aún otro personaje, como el poli tatuador vacilón o el comisario que es a la vez sospechoso de libro y tenemos el elenco completo. Y volviendo al tema geográfico, el autor no renuncia a uno de los rincones de moda del País Vasco, lanzado al estrellato creo que por Juego de Tronos: San Juan de Gaztelugatxe.

              Como típica «novela de asesinos en serie», los investigadores no dan una y la gracia está en que el malo siga haciendo de las suyas para buscar elementos en común e ir atando cabos (falta de originalidad tan poco sorprendente en este tipo de novelas que todo lector la perdonará). Sin embargo, como el lector no puede prescindir del mundo en el que vive, a su cabeza vienen, con cada crimen, recursos básicos de investigación que a diario están en los medios de comunicación e incluso muy detallados en novelas como las de Lorenzo Silva; recursos de los que aquí se prescinde de un modo tan flagrante que perjudica demasiado la verosimilitud. Se prescinde, por ejemplo, de todo lo telemático; ni siquiera se preguntan los investigadores qué cuenta de Facebook han retransmitido la escabechina, ni quién está detrás de ellas, ni a través de qué dispositivos se han producido conexiones anteriores de esa cuenta, ni se investiga el teléfono móvil de nadie, ni… ¡Viva la artesanía! El efecto negativo, porque por otra parte se está intentado apuntalar la novela en elementos realistas propios de la idiosincrasia de la zona.

              Atando cabos, atando cabos (o sea, muerte a muerte), se llega a cierta «conventual conclusión» que opera durante el resto de la novela como telón de fondo -al que me he referido al final del primer párrafo- lo que tiene el atractivo para el lector de sumar dos misterios en uno: quién anda apiolando al personal y qué diablos pasó en un convento cuarenta años atrás.

              La historia es también la de sus protagonistas: amores, desamores, familia y un tema de actualidad: la violencia de género. Además la investigación toca de cerca a varios de los investigadores o a su entorno, como ya he apuntado antes citando, por ejemplo, al comisario (y no descubro nada porque se dice desde el primer instante). De este modo el lector tiene tantos frentes abiertos, tantas curiosidades por satisfacer, que es normal que deseo de obtener respuestas tire de él y, a pesar de todos los fallos y fallitos que he señalado, acabe devorando la novela. 

            Literatura de entretenimiento que, aunque mejorable, cumple su función. 


       

jueves, 27 de mayo de 2021

Rechicero – Terry Pratchett

 


 Serie Mundodisco, 5


              El octavo hijo de un octavo hijo ha de ser, necesariamente, mago, como, ejem, todo el mundo sabe. Pero cuando a ese mago en lugar de ser célibe como debe ser le da por procrear, entonces nace un rechicero, el cual, como, ejem, también sabe todo el mundo, es un peligro enorme, morrocotudo, tan grande que el Mundodisco entero corre peligro, porque la rechicería y los rechiceros… Ya se sabe.

              O más o menos así es la cosa, como diría Terry Practchett.

              Y así es como en esta historia donde la magia sucumbe a la rechicería entre destellos octarinos el lector se encuentra con viejos conocidos: la Muerte -con la que nada puede y a la que nada interesa más que hacer su trabajo con una despreocupación muy parecida al buen humor- y también a varios de los protagonistas de las primeras novelas de la saga: Rincewind, el mago más inútil de todo el disco, su equipaje con pies y el bibliotecario convertido en orangután. El protagonismo es compartido con el rechicero –un niño influido por el báculo en el que su padre ha escapado de la muerte- y hasta con un sombrero, porque como también es sabido por todos, ejem, el sombrero de archicanciller es nada más y nada menos que… que el sombrero del archicanciller.

              Una «típica historia de aventuras» donde los antihéroes –que además de Rincewind son una hermosa bárbara que desea ser peluquera y un inútil que sigue un manual para hacer gestas- intentan salvar al mundo, aunque sea un mundo tan extraño como el Mundodisco. Lo que no es típico, y es el gran valor de las novelas de Pratchett, es la exuberante imaginación y el agudo sentido del humor que partiendo del absurdo se apoya en las debilidades humanas para acabar haciendo una crítica de buena parte de nuestros defectos.

              Una novela un poco confusa en algún punto, pero divertida, entretenida y, como las anteriores, una novela donde el autor es capaz de explicar cosas inexistentes e imposibles de modo que el lector no sabe lo que entiende, pero lo entiende, y todos los fenómenos acaban teniendo una ilógica lógica interna a la que nada puede oponerse. Un disparate tan autosuficiente que no queda sino aplaudir.



lunes, 24 de mayo de 2021

Mi familia y otros animales - Gerald Durrell

 


 

              Gerald Durrell, además de hermano del autor del Cuarteto de Alejandría fue escritor, naturalista, hizo innumerables viajes para conocer la naturaleza, fundó un zoo, una organización para la protección de la naturaleza y hasta presentó un programa en televisión, pero antes de todo eso fue un niño nacido en 1925, huérfano de padre desde los tres años, y que desde los diez a los catorce, entre 1935 y 1939, vivió con su madre, sus dos hermanos y su hermana, todos mayores que él, en la paradisíaca isla griega de Corfú, frente a las costas de Albania, donde no iba a la escuela (aunque su madre le procuró varios maestros) y donde se dedicó a la caza, captura, examen y hasta doma de los más diversos animales: pequeños escorpiones, urracas, gaviotas, tortugas, perros, búhos, insectos , reptiles y hasta peces formaron parte de su peculiar «familia».

              Ese es el periodo que cuenta en esta divertida obra biográfica escrita en primera persona que  alterna el examen de la naturaleza vista desde los ojos de un niño con el conocimiento de los lugareños y  los follones que su afición causa en una familia verdaderamente peculiar, entregada al dolce far niente, con una madre comprensiva, insólitamente paciente y aficionada a las plantas, una hermana muy preocupada por ponerse morena y cuidarse, un hermano obsesionado con las armas y la caza y otro hermano, el mayor de todos, Larry, veinteañero comodón y aspirante a escritor, cuya verborrea aguda e ingeniosa usa principalmente para protestar.

              La estructura del libro es simple y agradable: Durrell cuenta rápidamente por qué se fueron desde a vivir Corfú (más o menos cruzaron Europa y cambiaron de vida como quien decide irse a tomar una cerveza al bar de enfrente) y cómo se instalaron allí, para después ir alternando sus descubrimientos faunísticos con sus consecuencias familiares, en un crescendo lógico pues según pasaba el tiempo todo el espacio disponible se iba pareciendo más a un zoológico.

              Entre los «otros animales» a los que alude el título también debemos incluir a cierto número de fascinantes personajes secundarios, entre los que destacan, por cómo se definen magistralmente con el lenguaje, el naturalista Theodore Stephanides, que no duda, desde el primer instante, en tratar a un niño de diez años como a una colega adulto –y con el que forja una gran amistad- y el griego Spiro, retornado de Estados Unidos, un hombre orquesta capaz de dar respuesta a todos los problemas y deseos de la extraña familia.

              Subrayo lo de extraña porque allá de las situaciones más o menos catastróficas que provoca alguno de los animalitos de Gerry, su familia es la principal fuente de humor, lo cual se debe no solo a las manías y carácter de cada uno de sus miembros sino a lo extravagante de su comportamiento como clan, porque extravagante debía resultar a los lugareños aquella pequeña tropa, hospitalaria  y que no se metía con nadie, y que no hacía nada más que disfrutar del transcurso del tiempo y discutir entre entre ellos.

           Una historia por momentos muy divertida, que permite regresar a la infancia y que está muy bien escrita. Tanto que, de no ser por su calidad no hubiera resistido el paso del tiempo como lo ha hecho. Mi familia y otros animales, que se sigue reeditando, fue publicada en 1956.

              Esta obra formó una trilogía con Bichos y demás parientes (1969) y El jardín de los dioses (1978), aunque ignoro (y me permito dudar) que hacer una trilogía fuera la intención inicial de Durrell, porque Mi familia y otros animales es un libro autoconclusivo.



jueves, 20 de mayo de 2021

Los casos del comisario Collura – Andrea Camilleri

 


 

              Dentro de la obra de Camilleri, Los casos del comisario Collura son serie B, o C, o quizá D, aunque para valorarlos con justicia hay que explicar su origen. Esta obra recoge los ocho casos que Camilleri redactó, con fecha fija de entrega y límites mínimo y máximo de extensión, para su publicación periódica, durante un verano, en el diario La Stampa. Visto así, la cosa cambia. No en sencillo alumbrar ocho «misterios» de la misma extensión y en plazos perentorios.

              Sin embargo, lo que seguramente en su día fue una agradable lectura en el periódico, al leerlo como libro se ve afectado negativamente por las servidumbres de aquel encargo, aunque cierto es que la impresión queda mitigada por el acierto de incluir, al final, una entrevista con el autor en la que habla de estos relatos y da explicaciones que ayudan al lector a juzgar mejor y a apreciar virtudes que de otro modo quizá pasarían por defectos.

              Entre esas explicaciones, la principal es que el comisario Collura (así estuvo a punto de llamarse el que luego fue Montalbano) aparece con ese nombre en homenaje a quien pudo ser y no fue, pero advirtiendo que en realidad Collura no es un personaje sino una función.

              Y así es, porque dada la brevedad de los relatos no hay ocasión de perfilar al personaje, del que el lector solo llega a saber por qué está actuando, a modo de «policía privado», en un crucero que permite enlazar las tramas propias de Agatha Christie con el ambiente veraniego en el que se publicaron los relatos. Collura, en realidad, se limita a ir, venir y preguntar. Es solo el motor preciso para saber qué ha pasado con los implicados en cada caso.

              Las historias, como suele pasar con Camilleri, apuntan a una cosa, pero, si se sigue la pista de las debilidades humanas, acaban en otra. Nada nuevo, salvo que por cuál era el fin de los escritos no hay nada especialmente truculento o desagradable. Crimencitos de salón. Algunos, ni eso.

              La suma de los ocho relatos y la entrevista final –un acierto que no sé cómo no se incluye en más libros, porque es una especie de provechosa «presentación»- dan una agilidad notable que, unida a la brevedad del texto, ofrecen lectura entretenida para que apenas dura una tarde.



lunes, 17 de mayo de 2021

Lejos del corazón – Lorenzo Silva

 


 

              Excelente novela de Lorenzo Silva con una trama interesante, realismo en los procedimientos policiales que aporta conocimiento y no exhibición, un escenario espectacular  que casi toda España desconoce, y una buena dosis de información enriquecedora sobre la delincuencia y negocios oscuros vinculados a la explotación abusiva y especulativa de lo electrónico.

              El escenario es de una complejidad abrumadora: Gibraltar y alrededores. Cuando estar solo unos metros aquí o allá, por tierra o por mar, implica cambiar una legalidad moderna por otra muy parecida a la alegalidad, con un puerto, el de Algeciras, donde a diario recala un volumen ingente de mercancías procedentes de todo el planeta, donde convive el lujo de lugares como Sotogrande con zonas de paro rampante en las que el contrabando es medio habitual de vida y donde, además, la cercanía con África –y consecuentemente, otros regímenes legales- provoca todo tipo de movimientos económicos interesados, contrabando y, también, movimientos de personas, de inmigrantes que se juegan la vida y de mafias que comercian con esas vidas. Características, concentradas en poquísimo espacio, que atraen actividades no demasiado santas, que se mueven entre el lavado de dinero, la ocultación de fondos, el traslado artificial de beneficios y la domiciliación de actividades de difícil localización vinculadas al mundo electrónico –desde la prestación de servicios legales a servicios ilegales pasando por otras tan peculiares como la minería de bitcoins-, todo lo cual transcurre ante las barbas de las autoridades: las de un lado, que combaten las prácticas ilegales y las del otro, que mantienen una apacible actitud contemplativa que se parece mucho a la colaborativa. Autoridades, sobre todo las primeras, sometidas a la presión de que todo conflicto puede tener consecuencias en las relaciones internacionales. En este ecosistema, cómo no, florecen abogados e intermediarios, reyes del eufemismo, que ganan dinero a espuertas organizando tinglados para delincuentes de todo el mundo mientras se lavan las manos con el jabón de una legislación cuya única finalidad es atraer los fondos de la delincuencia para vivir de ellos en un territorio tan artificial y diminuto que no podría vivir de otra cosa. Abogados que si bien no son delincuentes según la legislación de esos territorios, moralmente lo son. Y, pululando por ahí, el turismo, la gente que se rasca la barriga y se deja los dineros en medio de todo este lío sin enterarse de nada. En resumen, el caos del mundo moderno concentrado en pocos kilómetros cuadrados.

              Lo que hasta allí lleva a Bevilacqua y Chamorro, los guardias civiles que protagonizan la que hasta ahora es, si no me equivoco, penúltima novela de la saga, es el secuestro del joven propietario de una empresa de servicios informáticos.

              La novela avanza con una sensación de realismo notable. Nada de investigadores pitos, sino equipos amplios que cubren una cantidad de trabajo considerable, la mayor parte tedioso; nada de ir hilando hábilmente datos, sino que lector puede ver cómo se lanza una red a la búsqueda de información y, mientras llega la importante –si es que llega- se va trabajando la más a mano. Vemos, también, y suele ser lo más interesante, el modo en que se reconstruye la vida de la víctima como modo de llegar al culpable, algo especialmente complicado cuando la víctima se dedica a menesteres que exigen discreción. Vemos, y tampoco es poca cosa, que también hay que entender la realidad en la que operan víctimas y verdugos, lo cual puede ser no poco complicado. Y vemos con cierto escalofrío, por último, el modo en que la tecnología puede utilizarse en contra de las personas. Lorenzo Silva ha conseguido que su novela aporte una importante dosis de conocimiento sobre temas que afectan a todo el mundo y de los que casi nadie sabe nada, lo cual facilita no poco la falta de reproche social a ciertos delitos.

              Y para los lectores habituales de la saga, todo esto viene aderezado con la presencia de un mando de la Guardia Civil que, por haber compartido con Bevilacqua «experiencias iniciáticas» en el País Vasco mantiene con él una relación de confianza y camaradería. Aunque quizá es un personaje un tanto sobreactuado, imprime fuerza a la novela (el contrapunto a la frialdad de la tecnología bien puede ser un humano soltando juramentos y que no hace ascos a ir en línea recta). Al finalizar la novela Silva consigue, además, mezclar el realismo al que antes he aludido con el factor sorpresa, que tanto se agradece en una novela de este tipo. Y, para colmo, no sé si en respuesta a la infinidad de veces que Lorenzo Silva había debido de responder a si alguna vez ha habido «algo» entre Bevilacqua y Chamorro o en respuesta a su propia apetencia, quienes hemos leído todas las novelas anteriores de la saga salimos de dudas al respecto.

                      Quizá lo que aparece menos esbozado es el equipo habitual que acompaña a los protagonistas. No supone ningún problema para quienes hemos leído las novelas anteriores, que nos hemos ahorrado reiteraciones, pero quien aterriza en esta sin ese bagaje quizá se sorprenda de la naturalidad con que se da por hecho, por ejemplo, que Salgado es como es, y le cueste un poco darse cuenta de cómo es.

              Como siempre, el narrador es el propio Bevilacqua, que, con su peculiar humor un tanto gruñón y sarcástico, se dirige al lector en primera persona expresando constantemente dudas, vacilaciones, temores y, sobre todo, consideraciones de andar por casa, pero no poco agudas, que tienden a hacer un juicio crítico de la sociedad y, también, cierto reconocimiento de la impotencia del ser humano ante el paso del tiempo y de la vida. Y es que Bevilacqua va cumpliendo años y ya ve cerca la jubilación.

              Para mí, una de las novelas más interesantes de la saga.



jueves, 13 de mayo de 2021

Trigo limpio – Juan Manuel Gil

 


 

              Trigo limpio va de menos a más, y de más a menos y luego otra vez a más. El primer cuarto de la obra es un tanto desconcertante y por momentos aburrido, porque como el arranque es confuso –al menos sobre el rumbo de la obra- se tiene una sensación engañosa.

              La novela alterna varias historias que forman una sola. O, mejor dicho, que forman una historia u otra según desde qué ángulo y con qué información la miremos. Primero, la historia de un narrador  que intencionadamente tiene puntos en común con el autor, apostando por la confusión y la provocación para coger lo que le interese de la realidad y la ficción dejando al lector sin posibilidad de réplica. El narrador recibe un correo de Simón, un antiguo compañero de colegio, en la primera adolescencia, sugiriéndole que escriba sobre aquellos años. Y de aquí surgen nuevas historias: los recuerdos de aquellos años; la investigación acerca de qué ha sido y es de Simón, que es también la historia de su entorno a lo largo de la vida; surge la historia que un detenido por la Guardia Civil cuenta al niño que ha sido también detenido por irrumpir en la pista de aterrizaje del aeropuerto de Almería buscando una pelota; y en medio el narrador pontifica con humor acerca de cómo construir una novela con todos esos materiales y explica por qué pone ahora tal cosa y no tal otra, qué efecto pretende conseguir con cada una y por qué seguir o no cierto «recetario del best seller» que nunca garantiza el éxito.

              La mezcla de todo provoca un sinfín de efectos que si al principio, como he dicho, quizá pueden aburrir, a partir del primer cuarto de la novela captan poderosamente la atención del lector fijándola en la historia de Simón; hay luego un nuevo bajón de intensidad y termina la novela de un modo inteligente y original, jugando el autor con el lector para demostrar que las cosas son una u otra según el punto de vista o, mejor sería decir, según la información de la que se dispone, hasta el punto que no es vano afirmar que en las relaciones personajes no hay verdad posible, pues cada cual ignora, con toda seguridad, algo que el otro sabe (quizá sin consciente de ello), «algos» que suelen explicar mucho. Ahora bien, el autor juega con el lector, pero avisándole del juego y explicándole el truco (más trigo limpio), lo cual crea una sensación de complicidad que se agradece. El prestidigitador enseñando poco a poco sus artes y maravillando al personal con cada explicación. Hasta la explicación final.

              Una novela de intensidad variable a lo largo de sus páginas, pero potente, buena, original, para ver la historia desde dentro, incluyendo la tramoya.



lunes, 10 de mayo de 2021

Contra el fascismo – Umberto Eco

 


 

              Esta breve obra, que reproduce una conferencia dada por Umberto Eco en Estados Unidos en 1995, se lee en apenas cuarenta minutos y te deja los pelos de punta. ¿El motivo? Algunas de las catorce señales que según Eco debían alertar del renacimiento del fascismo (tema muy lejos de ocupar a la opinión publica en 1995) son ya visibles. Y Umberto Eco no era un cualquiera, sino uno de los mejores intelectuales del siglo XX.

              La obra tiene tres partes, además de una breve introducción para contextualizar la conferencia, dada por un italiano a un público norteamericano: en la primera, Eco alude a la diferencia entre nazismo y fascismo. El primero fue fiel a sus bárbaros planteamientos, lo que permite reconocerlo con facilidad; mientras que el fascismo, en cambio, se caracterizó por ser capaz de abrazar una idea y su contraria, según le interesaba, lo cual dificulta su identificación. Advierte Eco a continuación que ni nazismo ni fascismo se presentan hoy con los mismos métodos, discursos y escenificaciones que utilizaron en el periodo de entreguerras, y hasta se permite bromear diciendo que ojalá fuera así, porque entonces sería muy sencillo identificarlos y combatirlos. La tercera parte de la obra es la enunciación y explicación de los catorce puntos que, a su juicio, son indicativos del renacer del fascismo. No deben darse los catorce, advierte, basta con que se dé alguno de ellos para que debamos empezar a actuar y, si no lo hacemos, a temblar.

              No sé otros lectores, pero a mí no me ha costado reconocer en la actualidad la mayoría de esas señales.



lunes, 3 de mayo de 2021

Transbordo en Moscú – Eduardo Mendoza

 


              

              Mientras leía Transbordo en Moscú (que pone fin a la trilogía Las tres leyes del movimiento, de la que también forman parte El rey recibe y El negociado del yin y el yang) constantemente me venían a la cabeza las expresiones «el placer de leer» y «el placer de escribir». De escribir, porque da la sensación de que Eduardo Mendoza se ha permitido el lujo de escribir por escribir, de contar lo que le apetecía sin pensar en nadie más, y que lo que le apetecía era navegar en aguas tranquilas, pues la historia vuelve  a ser la del recuerdo sereno de una época expuesta con la mirada de un testigo, no de un juez; además, en las entrevistas ha reconocido tener mucho en común con el protagonista, Rufo Batalla, con lo que el lector, que ya sabe a lo que se enfrenta, disfruta también de un relato que sabe aún más personal que los anteriores y que la prosa de Mendoza hace liviano y agradable, aunque tras él hay una mirada y unos conocimientos demasiado profundos de la realidad socioeconómica -desde la Barcelona olímpica y de la caída del muro de Berlín hasta el final del siglo- como para tomarlos por los recuerdos de un Rufo Batalla cualquiera. Dicho de otro modo, Transbordo en Moscú tiene algo de quijotesco por cuanto su lectura se vive como una amena conversación con el autor con un humor más fundado en la tranquilidad de quien no se juega nada en la conversación, en la que participa solo por el placer de hacerlo, que en la voluntad de hacer sonreír.

              La sensación, una vez concluida la trilogía, es distinta a la confusión que me produjo la primera novela, El rey recibe, tan distinta a lo anterior de Mendoza. Como ejercicio de memoria, es interesante, y a ello ayuda el temperamento del protagonista, siempre reflexivo y, a la vez, determinado (y de algún modo audaz), que mantiene una extraña relación con el sentimiento de culpa, o con la falta de él, porque con la misma sencillez con que reconoce sus responsabilidades admite la fatalidad de ser como es y no de otra manera, y no le da más vueltas a las cosas.

              Rufo Batalla se ha convertido, sin pensar, en el marido de una rica heredera. Cosas que pasan. Y se dedica abiertamente y con el beneplácito de todos al dolce far niente. La afortunada mezcla de tiempo libre y abundancia de recursos facilita la acción, pues Rufo va donde quiere y cuando quiere, sin escatimar medios, y lo mismo se mueve por Europa que por Estados Unidos. Total, ¿por qué no irse unos días a París para comprar un regalo de cumpleaños? ¿O a Viena o a Polonia a dar una vueltecita o donde estime conveniente? Estas idas y venidas permiten a Mendoza, aparte de mostrar en la lejanía el señuelo del príncipe Tukuulo, explayarse sobre la situación sociopolítica de buena parte de Europa. 

Lo peor de la novela (y de la trilogía) es aquello que, curiosamente, más da que hablar en sinopsis y prensa (¡ay, la promoción!): las supuestas y ¿descacharrantes? aventuras en torno al príncipe Tukuulo, aspirante al trono de un inexistente país báltico, que si en las dos primeras novelas de la trilogía no pintaban mucho hasta el punto de producir una ruptura poco  justificada y menos atractiva, en esta última, como si Mendoza se hubiera dado cuenta, se limitan a una aparición tangencial, a una escapadilla fugaz y con tan poca sustancia y sentido como todas las demás, aunque, eso sí, la ficticia ubicación de Livonia da ocasión a Mendoza para hablar con gran lucidez de la caída del muro de Berlín y del régimen soviético, aunque sin entrar en lo que vino después, que tuvo no pocos episodios chuscos y peculiares, pero trascendentales.

Me gustaría saber exactamente a qué ha respondido la decisión de Mendoza de que la trilogía se haya visto surcada por la subtrama de Tukuulo, la cual, no aportando consistencia al relato principal y solo el humor de salpicar la realidad de absurdo, no hace sino generar desconcierto. La trilogía cuenta una historia y media, sin que ni la primera –la historia de un catalán que por su edad y posición tiene unos recuerdos muy lúcidos del último cuarto del siglo XX- ni la otra media –Tukuulo- guarden entre sí relación alguna –fuera de la participación de Rufo Batalla-  hasta el punto de moverse en planos tan distintos como son la realidad y el absurdo, lo cual tanto se da con las situaciones como con los personajes, realistas unos y caricaturas otros.

Dicho lo cual, como, reitero, el asunto ya no sorprende, el lector de Transbordo en Moscú disfruta hasta de la previsibilidad de lo desconcertante. No es mérito pequeño.

Y termino volviendo al principio. Al publicar El rey recibe, Mendoza hizo declaraciones explicando la obra con un argumento inapelable: las cosas, a efectos personales, no son como fueron, sino como las recordamos. Tiene razón. Eso explica por qué los recuerdos de Rufo Batalla, tan brillantes y agudos en algunos puntos, se mezclan con notorias lagunas en temas relevantes. Probablemente, en su día, a Eduardo Mendoza esos asuntos le importaron un pito.

Una trilogía para ver el mundo como lo vieron los inteligentes ojos de su autor.