Que Dios venga hoy de visita a la tierra no es precisamente un tema original, pero sí audaz, porque el argumento abre posibilidades tan amplias y crea tan altas expectativas que acabar firmando una birria de novela es el resultado más probable. Sin embargo, Enrique Jardiel Poncela salió airoso en esta novela escrita en 1932, donde refleja muchos de los males que pocos años después se convirtieron en heridas que no acaban de cicatrizar. La habilidad de Jardiel reside en una mezcla de «realismo imaginado» y absurdo humorístico, y en la atribución al Dios cristiano (que al fin y al cabo «nos hizo a su imagen y semejanza») de la muy humana costumbre de ver a los seres distintos a él mismo como nosotros vemos al resto de especies.
lunes, 26 de julio de 2021
La tournée de Dios - Enrique Jardiel Poncela
martes, 20 de julio de 2021
Humor – Terry Eagleton
Igual que
nadie espera que un ensayo sobre el sueño le haga roncar, nadie debería suponer que uno sobre el humor le haga reír. Es lo que pasa con Humor, de Terry Eagleton,
que pese elogio de la portada (The Guardian: «Una prosa rebosante de paradojas,
vituperios y chistes absolutamente desternillantes.») solo hace sonreír con
algunos chistes y anécdotas citados como ejemplos.
Normal,
claro, ya que el objetivo de este libro es otro: reflexionar sobre diversos
aspectos del humor de modo más o menos sesudo (hay innumerables citas a las
fuentes) y ligeramente desordenado.
Desorganizado
porque comienza hablando de la risa, cuya relación con el humor no es unívoca;
porque luego no llega a definir claramente el humor pese a las idas y venidas
por las distintas teorías sobre su naturaleza, con lo que el lector nunca llega a
saber de qué está hablando exactamente el autor; porque el recorrido a la búsqueda del humor en la historia es interesante pero limitado; y porque el último capítulo,
dedicado a los aspectos políticos del humor, aparte de ser un poco tostón no
deja de ser simplemente llamativo por sus connotaciones, pero insuficiente habida
cuenta de la variedad de funciones que el humor tiene para el ser humano y que
para Eagleton no merecen ni un párrafo. Pese a ello, queda clara una idea que me ha parecido interesante: la tradicional idea de que el humor es políticamente subversivo, de que sirve para atacar el poder, es discutible, porque del mismo modo en que el humor sustenta la crítica, la crítica hecha con humor rebaja las tensiones que el ejercicio del poder provoca sobre los dominados. Dicho de otro modo: si el dominado alivia su peso a través de la crítica humorística, quizá sobrelleve mejor su carga y no se rebele.
En
cualquier caso, tenía mucho interés en leer Humor. Tras haber publicado con
Mira Editores dos novelas de humor, en presentaciones y en algún evento
literario tuve ocasión de exponer mi opinión sobre él, para lo que, lo
confieso, primero tuve que detenerme a reflexionar qué era para mí el humor,
por qué y cómo lo usaba, qué pensaba sobre él y un montón de cosas más.
No sé si
me ha alegrado (¿tan pito fui?) o me ha entristecido (¿tan poco estudiada está
la cuestión?) comprobar que las conclusiones a las que llegué yo solico no
difieren mucho de las diversas teorías sobre el humor que se exponen en este
ensayo. A saber:
Es
complicado definir el humor, pues está relacionado con emociones muy dispares
(alegría, sorpresa, satisfacción, alivio…), pero condición necesaria para que
el humor se manifieste, pero no suficiente, es el error. O, dicho de otro modo,
la diferencia entre nuestras expectativas (que incluyen pronósticos, esperanzas
y miedos) y lo que encontramos en la situación concreta. Es lo que Eagleton
llama la teoría de la incongruencia, si bien la cuestiona por lo que a mi
juicio es un excesivo afán clasificatorio. ¿Qué más da lo que provoque la
incongruencia? ¿Qué más da que haya unos
factores u otros tras nuestras expectativas? ¿Qué más da si la incongruencia es
fruto del azar o del ingenio? Ocurre, además, que Eagleton a menudo da una
explicación más descriptiva que causal: la liberación de las tensiones causadas
por las expectativas, la relajación cuando uno puede dejar de esperar lo esperable,
es más una descripción de lo que sentimos en ciertos momentos que una
explicación de por qué lo sentimos.
Ahora
bien, la ruptura de las expectativas puede dar lugar al humor, pero también al
dolor o a otro tipo de emociones. ¿Qué es lo que hace que una ruptura de las
expectativas nos ponga de buen humor? Aquí entran en juego otras teorías que
por sí solas tampoco son suficientes para explicar el humor, como la de la
superioridad (nos reímos porque creemos dominar la situación o porque nos
sentimos por encima de otras personas), teoría que falla porque también a veces
nos reímos (¿de desesperación?) cuando la situación nos aplasta. Queda claro
que el autor no apuesta por esta opción, pero no por qué otra opción lo hace.
Por lo que a mí respecta, diría que lo determinante es la mezcla precisa de inteligencia y racionalidad,
entendida como la capacidad de verse a uno mismo desde fuera, la capacidad de
tomar distancia, de comprender y asumir sin dramas lo que no está bajo nuestro control. Un ejercicio de realismo cuya complicación guarda relación directa con el daño que cada situación implica. Pero
tampoco me voy a poner a desarrollarlo aquí.
Una obra
interesante y corta, pero irregular, con capítulos enriquecedores
(especialmente algunos puntos dedicados al papel del humor en la historia, que
es tanto como decir en las relaciones sociales), otros soporíferos, y más
destinada a ofrecer un muestrario de ideas sobre el humor que una tesis sobre
él.
Sí que es
sencillo, a partir de esta lectura, pronunciarse acerca de las razones del
escaso prestigio de la comedia, de las novelas de humor, del humor en general
y, también, de su paradójico éxito. Durante casi toda la historia el humor ha
estado reservado a la plebe; el poder político y religioso se
rodeaba de solemnidad (aún hoy es complicado imaginarse a la reina de Inglaterra,
al rey de Suecia o los jeques árabes partidos de risa, y, de hecho, si por algo
se hizo famoso Juan Carlos I fue porque su carácter bromista desentonaba con su
cargo y la actitud de sus colegas hasta el punto de ganarse el apodo de «el campechano»), y la solemnidad es enemiga del humor. Además, la risa hace perder el miedo y el poder a menudo
se sustenta en él. Solo a partir del siglo XIX el humor comenzó a abrirse paso
de la mano de las clases sociales en ascenso, que lo usaron para «rebajarse» y
abrirse así, sin molestar demasiado, un hueco entre las clases dominantes. En
mi opinión, esa función «lubricante» no es exclusiva de ese periodo ni de ese
objetivo, y es la que explica que ese género denostado porque la risa cuestiona las relaciones de poder se haya encaramado,
pese a la solemnidad de los poderosos, a la cúspide de las artes con obras como
el Quijote.
lunes, 12 de julio de 2021
Cuentos completos – Vladimir Nabokov
Dieciséis
meses me ha costado leer las casi 900 páginas que atesoran los cuentos
completos de un genio como Vladimir Nabokov. Lo dilatado del plazo no se ha
debido a que sean un tostón (aunque algún relato sí lo es un poco) sino a la
voluntad de no sufrir una sobredosis de calidad o, si ustedes lo prefieren, al
deseo de racionar, para saborear mejor, unos relatos escritos en su mayoría
entre 1920 y 1940 que si tienen algo en común es su altísimo nivel, sin apenas
altibajos.
Las
temáticas son variadas, pero en su mayoría los relatos muestran fragmentos
de la nueva y no muy sencilla vida de los exiliados rusos en Berlín (y también
en Francia), un submundo donde late –aunque rara vez se menciona expresamente-
la amargura por lo dejado atrás y en el que las estrecheces son la norma. Esto
provoca, además, que muchos de los personajes tengan ante sí un futuro incierto;
de hecho, ninguno se pronuncia sobre él casi ni en lo menos material de todo, como los amoríos; el
deseo de cambio también está inevitablemente latente, aunque como el cambio solo
es posible dejando todo atrás, también produce miedo y zozobra; inevitables
y manifiestas son también, en momentos clave, las miradas al pasado, al reencuentro con
lo que una vez uno fue o creyó ser. También son recurrentes las alusiones al ambiente literario –siempre precario- del exilio ruso. De hecho, la mayoría de
estos cuentos fueron publicados en revistas rusas publicadas en el exilio.
En este
contexto el lector encuentra historia de soledad, de reencuentros no siempre
deseados y situaciones más o menos insólitas que tienen mucho que ver con el
deseo de cada cual de refugiarse en su propio interior, en los recuerdos de su
vida o de sus aspiraciones fracasadas. No es infrecuente tampoco la adaptación
externa, a la nueva vida, al nuevo país, a las nuevas circunstancias, que no
impide que uno, en el fondo, siga siendo el que fue y viva en la esquizofrenia
de someter, con fortuna variable, su viejo yo fundacional a la tiranía del
nuevo yo pragmático.
La prosa
de Nabokov es, seguramente, de las mejores. Su dominio del lenguaje es
absoluto, lo mismo que su control de los tiempos. Es fascinante cómo puede crear
en mundo entero en apenas un párrafo. Su expresión es de una elegancia selecta
y en su tono hay siempre una desdeñosa mirada de soslayo hacia la vida y las personas, como si
no se la tomara muy en serio debido a la amargura que ciertas certezas, mucho más importantes que el propio relato, producen.
Uno de
esos libros que jamás me arrepentiré de haber leído.
jueves, 8 de julio de 2021
La hoguera de las vanidades – Tom Wolfe
La
vanidad nos hace creer mejor de lo que somos, luego la verdad es su enemiga.
Tom Wolfe
construyó esta larga y magistral historia a partir de lo que pudiera ser uno de
esos casos de laboratorio que a veces se usan en los talleres sobre relaciones
humanas; uno de esos casos en los que nadie es por completo culpable (o donde todos
son casi inocentes), pero donde todos tienen algo que ocultar (a veces,
simplemente, sus motivaciones) y es su conducta estratégica lo que determina la
ética de su comportamiento y termina agravando el problema de partida.
Y es que
una o varias cosas ciertas no son una verdad. Son una mentira. La verdad surge
del conjunto de todas las cosas ciertas que inciden en la situación evaluada.
Basta una omisión para que la verdad escape por su hueco.
Es lo que
sucede con casi todos los personajes de esta apasionante novela: el
protagonista quiere ocultar que tiene una amante; la amante también quiere
ocultar que conducía; un tal reverendo Bacon camufla que solo persigue el
dinero; Fallow, el periodista, esconde la falta de mérito de sus supuestos
éxitos para vivir de ellos; el fiscal y el vicefiscal tratan de acomodar la
«realidad» a sus ocultos intereses personales; otros tratan de esconder sus
delitos... Y esto, unido al «orgullo social» de una ciudad que en los años 80
era la referencia mundial, hace que todos estén pendientes de desarrollar las
apariencias para no sentirse menos que nadie.
El
entorno no podía haber sido mejor escogido: en la época en la que se escribió y
transcurre esta novela –los años 80 del siglo XX- la cúspide social estaba en
los mercados financieros, como ahora lo está en las grandes multinacionales de nuevas
tecnologías, y Wall Street representaba el cénit de ese ambiente. El summun,
como ahora lo puede ser Silicon Valley. En consecuencia, Nueva York era también
la referencia mundial de la vida social. Quien triunfaba en Nueva York había
triunfado en el mundo. Buen lugar para cultivar vanidades y egos desmesurados.
Sherman
McCoy, el protagonista, va en su lujoso coche con su amante y al tomar una
salida equivocada se pierden en el Bronx. Al huir de lo que creen un intento de
atraco, con ella al volante, dudan de si han llegado a golpear a uno de los
atracadores. A partir de aquí, y con el simbólico telón del fondo del único
inocente completamente desactivado (Wolfe se cuida mucho de dejarlo en esa posición),
los participantes en esta opereta se van retratando con las omisiones con las
que tratan de provocar la confusión entre el resto de hechos ciertos y «la
verdad». Pero como cada cual omite lo que le interesa, cada omisión genera una «verdad»
distinta; y, claro, entonces las cosas no cuadran, se van complicando y en el
intento de mantenerse a flote casi todos se ven arrastrados a pasar de mentir
por omisión a mentir por acción. El resultado, como puede suponerse, nada tiene
que ver con la justicia (con la verdad) y sí con la habilidad de cada cual y
con su posición de partida.
Pero si
interesante es la trama y el juego de estrategias que la hace avanzar, lo que
hace de esta novela una obra magnífica es la profundidad y crudeza (tan
explícita que rezuma humor cínico) con que se exponen los miedos de cada cual,
que no son otra cosa que el reverso de su vanidad, y los pasos y huidas que
esos temores inducen. Pese a que los personajes son muchos, muy distintos y
prácticamente todos muestran sus ambiciones vanas y sus defectos, raro será que
el lector no logre sentir cierta simpatía –y antipatía- por todos ellos, porque
gracias a la habilidad de Wolfe todo, desde los anhelos a las debilidades, se
hacen comprensibles y, también, porque en un mundo físicamente violento todos
ejercen la «violencia de la mentira», que parece menos peligrosa aunque en
realidad puede tener consecuencias fatales. El mejor retratado es, lógicamente,
el protagonista: Sherman McCoy. El «Amo del Universo» lo mismo nos parece un
estúpido fatuo que un pobre adolescente de 38 años atormentado por haber transgredido,
sin querer, normas que otros se saltan sin pestañear. Es un personaje peculiar:
íntegro en lo que tiene que ver con el cumplimiento de las normas legales, pero
con una moral relajada en las relaciones de pareja y completamente estropeada por
el entorno en cuanto a los valores y al sentido de la vida se refiere.
La
historia se refuerza con el enorme contraste entre esa exigua cúspide social de
personas adineradas y enamoradas de sí mismas y el desastre vital, la absoluta
marginación que se vive en el Bronx. Blanco y vecino de Park Avenue es sinómino
de honradez y éxito. Negro y vecino del Bronx, lo es de delincuente. El
racismo, lo mismo el asumido por quien lo practica que el no asumido, enmarca
la obra, lo que no quiere decir que Wolfe nos hable de buenos y malos. Más bien
intenta ser descriptivo: hay blancos racistas que no saben que lo son y hay
negros marginados que se resignan a seguir siéndolo; todos ellos son poco
ruidosos; pero hay también blancos y negros que quieren prosperar fingiendo luchar
contra el racismo y estos, en cambio, sí hacen ruido, y mucho. Mucho más que
los poquísimos que sí emprenden honestamente esa lucha. ¿Qué sale de todo esto?
Una serie de presunciones tenidas como «verdades» por la «vanidad» de cada
grupo social, falsas verdades que arden también en la hoguera que relata Tom Wolfe y que acaban
provocando el incendio en el que terminan ardiendo una parte de los protagonistas.
lunes, 21 de junio de 2021
El caso Moro - Leonardo Sciascia
Por
casualidad leí esta obra a mediados de junio de este 2021, en los días previos
a la manifestación en la Plaza de Colón en contra del indulto a los
independentistas catalanes condenados por los sucesos de otoño de 2017. Un
indulto es una excepción a una norma penal que aplica el Gobierno, no la
autoridad judicial, en inevitable beneficio del indultado pero en interés de la comunidad,
y cuyo fundamento radica en la imposibilidad de que los tribunales, solo
sujetos al Derecho, puedan tener en cuenta las consecuencias sociales y
políticas de sus sentencias; de ahí que todos los ordenamientos jurídicos del
mundo regulen el indulto de una manera u otra.
Cuento
esto porque en este relato acerca del secuestro y muerte de Aldo Moro tiene
mucho que ver.
Aldo
Moro, catedrático de Derecho Penal, fue uno de los redactores de la
Constitución Italiana de 1946, dos veces primer ministro y, en el momento en
que fue secuestrado, presidente del Consejo Nacional de Democracia Cristiana,
el partido que llevaba tres décadas en el poder y que en aquel día de marzo de
1978 iba a mantenerlo gracias a un acuerdo con el Partido Comunista, acuerdo del que
Moro había sido el principal artífice.
La
historia es conocida: Aldo Moro fue secuestrado por las Brigadas Rojas y sus
cinco escoltas asesinados; durante su cautiverio se le permitió leer la prensa (y,
por tanto, estar al corriente de cómo abordaban su secuestro el
Gobierno italiano, su partido y el resto de partidos) y también se le
permitió enviar numerosas cartas a otros políticos y a su familia, que en su
mayoría fueron publicadas en los medios de comunicación. Entre medio, las Brigadas Rojas emitieron varios comunicados. Finalmente, fue
asesinado tras cincuenta y cinco días de cautiverio. Al margen de las numerosas
y enormes chapuzas que parece ser que hubo en la investigación policial, no es
necesario adentrarse en sus causas para, de la mano de Sciascia y de su
agudísimo análisis del lenguaje, las circunstancias y la naturaleza humana,
comprender que, por una razón u otra, a Moro se le dejó morir en nombre de la
«razón de Estado», si es que no hubo también otros intereses.
En ensayo
es una larga reflexión sobre las posiciones de cada cual, pero, en especial, reflexiona
sobre el debate cuyos argumentos enfrentados eran las súplicas de Moro
defendiendo una postura que ya había mantenido antes de su secuestro
(básicamente, que el poder no se debilita por hacer ciertas concesiones, como el intercambio de prisioneros, tantas veces producido en la historia) y la
postura del Gobierno Italiano, con el apoyo de la Santa Sede, de que «no se
negocia con terroristas», lo cual, en la práctica, implicaba condenar a muerte
a un inocente, cosa insólita para quienes se definían como cristianos. Moro reclamaba que el derecho a la vida de
personas inocentes debía prevalecer sobre los principios abstractos.
La lucha
de argumentos se saldó del modo ya conocido, pero antes el Gobierno italiano y
la Democracia Cristiana dieron la espalda a Moro; pese a que él repetía los
argumentos que había esgrimido en libertad, lo desacreditaron presentándolo
como un hombre manipulado por sus captores para hacer menos onerosa para ellos
la decisión de «condenarlo a muerte».
En
definitiva, el ensayo de Sciascia, que fue diputado entre 1979 y 1983 y
presentó un informe ante el Parlamento sobre el caso Moro que se incluye en
esta obra, reflexiona sobre la idea de hasta qué punto las excepciones al
derecho penal –y con eso vuelvo al principio- son legítimas cuando de lo que se
trata es de mejorar la situación de personas inocentes que no han cometido delito alguno. Aunque el caso Moro fue un caso límite, en el que estaba en juego la vida de una persona,
el paralelismo es obvio cuando de la excepción a la norma penal se derivan beneficios
para la sociedad, a la que siempre damos estatus de inocente (o, dicho de otro modo, de digna y merecedora de todo esfuerzo). Cuando eso puede suceder hay que utilizar la balanza para,
después, pronunciarse, lo cual, cuando hay que aplicar la excepción, exige una dosis de valentía de la que claramente
Sciascia parece partidario y que no tuvo el gobierno de Andreotti. El juicio de
la historia, al que resignadamente emplazó Aldo Moro a sus correligionarios en
sus últimas cartas, ha tenido un veredicto claro.
Quizá en estos días en que se mezclan argumentos emocionales con argumentos racionales que implican analizar intereses complejos y realizar predicciones sujetas a error, esta lectura sirva a quienes usan los segundos para pensar mejor.
jueves, 17 de junio de 2021
Peregrinas – Joaquín Berges
Creo que
es el segundo libro que leo de Joaquín Berges, y repetir es buena señal. Sin
embargo, esta obra es muy distinta a Nadie es perfecto, la otra que leí, y
demuestra una variedad de registros y un talento notable, en ambos casos sin
renunciar al humor, aunque aquí no lo provoca –porque Pegreninas no es una
novela de humor-, sino que lo encuentra o, mejor dicho, lo saca a flote de
entre las penalidades de la vida.
Tres
ancianas en una residencia, una de ellas con una demencia senil, se marchan un
buen día, sin avisar a nadie, a hacer «el Camino de Santiago», o eso cree la
última de ellas, porque en realidad han tomado la dirección opuesta con un fin
cuya identificación es uno de los alicientes de la lectura. A bordo de un
vetusto y enorme Volvo les acompaña Julio, un anciano taciturno y parco en
palabras que durante años ha mantenido una extraña relación con una de las ancianas:
simplemente, se veían de una terraza a otra, y les gustaba verse allí; les daba
seguridad.
Peregrinas
es la historia del viaje, pero también la historia de cuatro personas, que es
la de cuatro familias, con cada vida marcada por hechos habituales –la
enfermedad, la infidelidad, la muerte...- y determinantes. A
medida que los kilómetros van quedando atrás, el lector ve cómo se disipa la
niebla, va descubriendo y comprendiendo, comprueba que hay heridas que no se
cierran nunca pero que algo puede hacerse para que dejen de sangrar. Comprueba,
también, que cuando la vida es una huida de los hechos que nos arrancaron la
paz, se acaba por no llegar a ningún sitio y que el único destino confortable
es estar en paz con uno mismo.
La acción,
al principio un poco confusa hasta que el interés que late detrás de cada una
de las cuatro vidas comienza a tomar forma, tiene un ritmo constante; el
lenguaje es a la vez llano y cuidado, sin florituras, pero eficaz, el lenguaje
de un escritor que sabe lo que quiere comunicar y cómo hacerlo. Como además
todos los personajes son, en el fondo, unos buenazos, el lector se solidariza
con sus miedos, su sufrimiento y su contención. También asistimos a unas
cuantas escenas emotivas que logran mantenerse en la sensibilidad sin caer en
la sensiblería y a unos cuantos golpes de humor de los que hacen sonreír
abiertamente.
Por
último, Peregrinas es una novela escrita durante la pandemia y que transcurre
en ella, durante el verano de 2020, entre la desescalada tras el confinamiento
más estricto y el otoño. El lector sin duda apreciará ahora, mejor que dentro
de unos años, algunas de las sensaciones –en especial, una, que no voy a
desvelar- que experimentan los protagonistas.
Así que,
hale, a leer Peregrinas cuanto antes.
lunes, 14 de junio de 2021
Capricho de la reina – Jean Echenoz
No miente el autor de la sinopsis al decir que los siete relatos contenidos en este volumen tienen «un hilo invisible que los engarza» (un único hilo, diría yo), el cual «no es otro que el impecable estilo de un escritor que construye con las palabras justas y la precisión de un miniaturista…», y es que Capricho de la reina es, también, un capricho no sé si de Echenoz o de su editor, porque estos siete relatos que nada tienen en común son fruto de motivaciones y circunstancias muy diversas y vieron la luz desperdigados en diferentes publicaciones. Edición o recolección, Capricho de la reina es uno de esos libros que, cuando el autor ha ganado un incontestable prestigio, se publican para exprimir hasta la última coma, aunque no por eso estos relatos son menos interesantes.
En una o dos tardes de lectura, porque ronda las cien páginas, podemos ver algunos experimentos más o menos extraños, como el repaso telegráfico a las estatuas de un buen puñado de reinas en los Jardines de Luxemburgo en París, historias aparentemente desmitificadoras sobre Nelson y Heródoto (que tan de moda está ahora), perturbadoras como la del ingeniero Gluck y absurdas como la del capricho de dónde, cuándo y cómo zamparse un bocadillo.
Que los siete relatos no tengan nada en común, lejos de ser un problema se agradece, ya que permite zambullirse en siete paisajes e historias distintas teniendo como guía un escritor con un dominio del lenguaje envidiable.
Para disfrutar de la lectura por la lectura.
jueves, 10 de junio de 2021
Murciélago – Jo Nesbo
Estaba avisado que de Murciélago (1997),
primera novela de Jo Nesbo y protagonizada por el policía noruego Harry Hole,
no era la mejor de la saga. Lo digo porque esa advertencia me llevará a leer
alguna otra, mientras que sin ella lo dudaría, ya que Murciélago es una novela
entretenida, trabajada, pero en la que echo de menos un poco más de cemento
entre los ladrillos que son cada uno de los breves capítulos; esa falta de
consistencia sitúa al lector como un observador distante y poco implicado.
Harry Hole, un tipo que arrastra problemas
personales considerables capaces de anularlo en cualquier momento, es un
policía enviado por su gobierno a Australia, para colaborar testimonialmente en
la investigación del asesinato de una muchacha noruega. Hole, sin embargo, con
el beneplácito de sus colegas australianos, acaba teniendo una autonomía y una
capacidad de acción -a las que solo su lejanía con el realismo resta algo de
verosimilitud- que aprovecha para moverse en los ambientes adecuados, para
enamorarse y, también, para trabar algo parecido a la amistad con el policía,
aborigen australiano, que se le asigna como compañero.
Espabiladico que es el chico, gracias a él se
llega a la conclusión de que el de la noruega no es el único crimen cometido
siguiendo el mismo patrón, lo que sitúa la acción en ese ámbito tan cómodo para
la novela negra como son los asesinatos en serie. Y a partir de aquí, la historia
avanza con el autor jugando al despiste, pero en general respetando el
principio de que los personajes no sepan más que el lector. Un consejo: no hay
personajes irrelevantes; antes o después casi todos son usados por Nesbo en esa
tarea de desorientación; lo aviso porque para cuando el lector se da cuenta,
han pasado ante sus ojos una caterva de señores a los que se ha podido prestar
poca atención porque aparentemente solo formaban parte del decorado. Mejor
andar con la memoria aguzada.
Al atractivo de toda novela negra bien
planteada, se une el de un escenario, Australia, desconocido y atípico para la
mayoría de los lectores, y el más alejado posible para el público noruego, pues
Australia es el territorio habitado más cercano a las antípodas de Noruega,
situadas en mitad del océano, más cerca de la Antártida que de la propia
Australia. Algo quiere decir, creo, acerca de los planteamientos, no sé si
literarios, comerciales o ambos, con que Jo Nesbo afrontó la escritura.
Como decía al principio, leeré algún libro más
de este autor. Al fin y al cabo ya estaba ahí antes de la explosión de la
novela negra nórdica y aquí sigue cuando lo más intenso de ella ya ha pasado.
Por algo será.
Por cierto, a título de curiosidad, se me ocurrió preguntar
en las redes por qué, por ejemplo, el nombre de los autores rusos publicados en
España no aparece escrito con el alfabeto cirílico y en cambio Jo Nesbo aparece
siempre como Jo Nesbø. La única respuesta recibida: es una pose para hacer más
exótico el producto.
martes, 8 de junio de 2021
La danza de los tulipanes – Ibon Martín
Sensaciones
contradictorias me ha producido esta novela de Ibon Martín. Por una parte me ha
enganchado, he disfrutado de su lectura y el final es más o menos inesperado
(solo más o menos); pero por otra hay omisiones que alejan tanto la historia de
la realidad que parecen un recurso burdo para sostener en pie la investigación
que sustenta el argumento, y además algunas de las cuestiones que aspiran a ser
de impacto las ve venir el lector cien páginas antes que los protagonistas, con
lo que a veces el «atractivo» no es la historia sino la verificación de hasta
qué punto es capaz de sostener el autor la inexcusable inopia de los
personajes; uno a eso el dato anecdótico, pero incómodo, de que el principal telón
de fondo y leitmotiv de los crímenes
y su investigación tiene bastantes parámetros en común con una novela poco
leída y publicada tres años antes: Lo que no sé si viví, aunque nada más
comparte con ella.
En cuanto
a los personajes, existe demasiada desproporción entre los protagonistas –que
aspiran a ser realistas-, y el malo malísimo, tan evidente resultado de
laboratorio que carece no ya de realismo, sino también de la mínima
verosimilitud. Añadamos otro defecto: el autor no disimula saber más que el
lector tanto cuando la historia se expresa en tercera persona como cuando lo
hace en primera, en boca del malo malísimo, lo que produce al lector la
desagradable sensación de que están jugando con él. Y es que, aunque el autor
siempre juega con el lector, la gracia está en que no se note; el truco no
puede ser la desfachatez de «no te lo digo porque no me da la gana y me lo
callo para que sigas leyendo».
Sin
embargo, como he dicho al principio, la novela me ha enganchado, sobre todo la
segunda mitad, cuando los hechos comienzan a acelerar. Luego explicaré por qué.
Ane
Cestero es una jovenzuela suboficial de la Ertzaintza de carrera meteórica y
con un pronto descontrolado. Le cae el premio de dirigir una unidad especial
para los crímenes de relevancia mediática –incluyendo, cosa bastante increíble,
las relaciones con la prensa-; es una «unidad Guadiana», pues solo existirá
cuando haya algún crimen de esas características. Y lo hay, claro: el
asesinato, retransmitido por Facebook, de una buena señora abandonada sobre las
vías del tren. Un «asesinato de autor», que el criminal firma con un peculiar tulipán.
La unidad
está formada por Ane, por un tipo eficiente y gris llamado Aitor y
complementada con personal de la comisaria donde ocurren los hechos: la de Guernica,
porque los hechos transcurren en la zona Urdaibai, un entorno natural
privilegiado al que se intenta dar protagonismo. Entre ese personal está Julia, de edad parecida a la de Ane y su
antigua pareja, Txema, un suboficial con ínfulas que rivaliza con Cestero,
porque ya se sabe que uno de los ingredientes de toda novela negra son las relaciones
laborales de los protagonistas con sus jefes y colegas. Unamos aún otro personaje, como el poli tatuador vacilón o el comisario que es a la vez
sospechoso de libro y tenemos el elenco completo. Y volviendo al tema geográfico, el autor no renuncia a uno de los rincones de moda del País Vasco, lanzado al estrellato creo que por Juego de Tronos: San Juan de Gaztelugatxe.
Como
típica «novela de asesinos en serie», los investigadores no dan una y la gracia
está en que el malo siga haciendo de las suyas para buscar elementos en común e
ir atando cabos (falta de originalidad tan poco sorprendente en este tipo de novelas que todo lector la perdonará). Sin embargo, como el lector no puede prescindir del mundo en
el que vive, a su cabeza vienen, con cada crimen, recursos básicos de investigación que a
diario están en los medios de comunicación e incluso muy detallados en novelas
como las de Lorenzo Silva; recursos de los que aquí se prescinde de un modo tan
flagrante que perjudica demasiado la verosimilitud. Se prescinde, por ejemplo,
de todo lo telemático; ni siquiera se preguntan los investigadores qué cuenta
de Facebook han retransmitido la escabechina, ni quién está detrás de ellas, ni
a través de qué dispositivos se han producido conexiones anteriores de esa
cuenta, ni se investiga el teléfono móvil de nadie, ni… ¡Viva la artesanía! El efecto negativo, porque por otra parte se está intentado apuntalar
la novela en elementos realistas propios de la idiosincrasia de la zona.
Atando
cabos, atando cabos (o sea, muerte a muerte), se llega a cierta «conventual
conclusión» que opera durante el resto de la novela como telón de fondo -al que
me he referido al final del primer párrafo- lo que tiene el atractivo para el
lector de sumar dos misterios en uno: quién anda apiolando al personal y qué
diablos pasó en un convento cuarenta años atrás.
La historia es también la de sus protagonistas: amores, desamores, familia y un tema de actualidad: la violencia de género. Además la investigación toca de cerca a varios de los investigadores o a su entorno, como ya he apuntado antes citando, por ejemplo, al comisario (y no descubro nada porque se dice desde el primer instante). De este modo el lector tiene tantos frentes abiertos, tantas curiosidades por satisfacer, que es normal que deseo de obtener respuestas tire de él y, a pesar de todos los fallos y fallitos que he señalado, acabe devorando la novela.
Literatura de entretenimiento que, aunque mejorable, cumple su función.
jueves, 27 de mayo de 2021
Rechicero – Terry Pratchett
Serie Mundodisco, 5
El octavo
hijo de un octavo hijo ha de ser, necesariamente, mago, como, ejem, todo el
mundo sabe. Pero cuando a ese mago en lugar de ser célibe como debe ser le da
por procrear, entonces nace un rechicero, el cual, como, ejem, también sabe
todo el mundo, es un peligro enorme, morrocotudo, tan grande que el Mundodisco entero
corre peligro, porque la rechicería y los rechiceros… Ya se sabe.
O más o
menos así es la cosa, como diría Terry Practchett.
Y así es
como en esta historia donde la magia sucumbe a la rechicería entre destellos
octarinos el lector se encuentra con viejos conocidos: la Muerte -con la que
nada puede y a la que nada interesa más que hacer su trabajo con una
despreocupación muy parecida al buen humor- y también a varios de los protagonistas
de las primeras novelas de la saga: Rincewind, el mago más inútil de todo el
disco, su equipaje con pies y el bibliotecario convertido en orangután. El
protagonismo es compartido con el rechicero –un niño influido por el báculo en
el que su padre ha escapado de la muerte- y hasta con un sombrero, porque como también
es sabido por todos, ejem, el sombrero de archicanciller es nada más y nada
menos que… que el sombrero del archicanciller.
Una
«típica historia de aventuras» donde los antihéroes –que además de Rincewind
son una hermosa bárbara que desea ser peluquera y un inútil que sigue un manual
para hacer gestas- intentan salvar al mundo, aunque sea un mundo tan extraño
como el Mundodisco. Lo que no es típico, y es el gran valor de las novelas de Pratchett,
es la exuberante imaginación y el agudo sentido del humor que partiendo del
absurdo se apoya en las debilidades humanas para acabar haciendo una crítica de buena parte de nuestros defectos.
Una
novela un poco confusa en algún punto, pero divertida, entretenida y, como las
anteriores, una novela donde el autor es capaz de explicar cosas inexistentes e
imposibles de modo que el lector no sabe lo que entiende, pero lo entiende, y todos
los fenómenos acaban teniendo una ilógica lógica interna a la que nada puede
oponerse. Un disparate tan autosuficiente que no queda sino aplaudir.
lunes, 24 de mayo de 2021
Mi familia y otros animales - Gerald Durrell
Gerald
Durrell, además de hermano del autor del Cuarteto de Alejandría fue escritor,
naturalista, hizo innumerables viajes para conocer la naturaleza, fundó un zoo, una organización para la protección de la naturaleza
y hasta presentó un programa en televisión, pero antes de todo eso fue un niño
nacido en 1925, huérfano de padre desde los tres años, y que desde los diez a
los catorce, entre 1935 y 1939, vivió con su madre, sus dos hermanos y su
hermana, todos mayores que él, en la paradisíaca isla griega de Corfú, frente a
las costas de Albania, donde no iba a la escuela (aunque su madre le procuró
varios maestros) y donde se dedicó a la caza, captura, examen y hasta doma de
los más diversos animales: pequeños escorpiones, urracas, gaviotas, tortugas,
perros, búhos, insectos , reptiles y hasta peces formaron parte de
su peculiar «familia».
Ese es el
periodo que cuenta en esta divertida obra biográfica escrita en primera persona que alterna el
examen de la naturaleza vista desde los ojos de un niño con el conocimiento de los lugareños y los follones que su afición
causa en una familia verdaderamente peculiar, entregada al dolce far niente,
con una madre comprensiva, insólitamente paciente y aficionada a las
plantas, una hermana muy preocupada por ponerse morena y cuidarse, un hermano
obsesionado con las armas y la caza y otro hermano, el mayor de todos, Larry, veinteañero
comodón y aspirante a escritor, cuya verborrea aguda e ingeniosa usa principalmente para protestar.
La
estructura del libro es simple y agradable: Durrell cuenta rápidamente por qué
se fueron desde a vivir Corfú (más o menos cruzaron Europa y cambiaron de vida como quien decide irse a tomar una cerveza al bar de enfrente) y cómo se instalaron allí, para después ir alternando sus
descubrimientos faunísticos con sus consecuencias familiares, en un crescendo lógico pues
según pasaba el tiempo todo el espacio disponible se iba pareciendo más a un
zoológico.
Entre los «otros animales» a los que alude el título también debemos incluir a cierto número de fascinantes personajes secundarios, entre los que destacan, por cómo se definen magistralmente con el lenguaje, el naturalista Theodore Stephanides, que no duda, desde el primer instante, en tratar a un niño de diez años como a una colega adulto –y con el que forja una gran amistad- y el griego Spiro, retornado de Estados Unidos, un hombre orquesta capaz de dar respuesta a todos los problemas y deseos de la extraña familia.
Subrayo lo de extraña porque allá de las situaciones más o menos catastróficas que provoca alguno de los animalitos de Gerry, su familia es la principal fuente de humor, lo cual se debe no solo a las manías y carácter de cada uno de sus miembros sino a lo extravagante de su comportamiento como clan, porque extravagante debía resultar a los lugareños aquella pequeña tropa, hospitalaria y que no se metía con nadie, y que no hacía nada más que disfrutar del transcurso del tiempo y discutir entre entre ellos.
Una
historia por momentos muy divertida, que permite regresar a la infancia y que
está muy bien escrita. Tanto que, de no ser por su calidad no hubiera resistido
el paso del tiempo como lo ha hecho. Mi familia y otros animales, que se sigue reeditando, fue publicada
en 1956.
Esta obra formó una trilogía con Bichos y demás parientes (1969)
y El jardín de los dioses (1978), aunque ignoro (y me permito dudar) que hacer
una trilogía fuera la intención inicial de Durrell, porque Mi familia y otros animales es
un libro autoconclusivo.
jueves, 20 de mayo de 2021
Los casos del comisario Collura – Andrea Camilleri
Dentro de
la obra de Camilleri, Los casos del comisario Collura son serie B, o C, o quizá
D, aunque para valorarlos con justicia hay que explicar su origen. Esta obra
recoge los ocho casos que Camilleri redactó, con fecha fija de entrega y
límites mínimo y máximo de extensión, para su publicación periódica, durante un
verano, en el diario La Stampa. Visto así, la cosa cambia. No en sencillo
alumbrar ocho «misterios» de la misma extensión y en plazos perentorios.
Sin
embargo, lo que seguramente en su día fue una agradable lectura en el
periódico, al leerlo como libro se ve afectado negativamente por las
servidumbres de aquel encargo, aunque cierto es que la impresión queda mitigada
por el acierto de incluir, al final, una entrevista con el autor en la que
habla de estos relatos y da explicaciones que ayudan al lector a juzgar mejor y a apreciar virtudes que de otro modo quizá pasarían por defectos.
Entre
esas explicaciones, la principal es que el comisario Collura (así estuvo a punto
de llamarse el que luego fue Montalbano) aparece con ese nombre en homenaje a
quien pudo ser y no fue, pero advirtiendo que en realidad Collura no es un
personaje sino una función.
Y así es,
porque dada la brevedad de los relatos no hay ocasión de perfilar al personaje,
del que el lector solo llega a saber por qué está actuando, a modo de «policía
privado», en un crucero que permite enlazar las tramas propias de Agatha
Christie con el ambiente veraniego en el que se publicaron los relatos.
Collura, en realidad, se limita a ir, venir y preguntar. Es solo el motor
preciso para saber qué ha pasado con los implicados en cada caso.
Las
historias, como suele pasar con Camilleri, apuntan a una cosa, pero, si se
sigue la pista de las debilidades humanas, acaban en otra. Nada nuevo, salvo
que por cuál era el fin de los escritos no hay nada especialmente truculento o
desagradable. Crimencitos de salón. Algunos, ni eso.
La suma
de los ocho relatos y la entrevista final –un acierto que no sé cómo no se
incluye en más libros, porque es una especie de provechosa «presentación»- dan
una agilidad notable que, unida a la brevedad del texto, ofrecen lectura
entretenida para que apenas dura una tarde.
lunes, 17 de mayo de 2021
Lejos del corazón – Lorenzo Silva
Excelente
novela de Lorenzo Silva con una trama interesante, realismo en los
procedimientos policiales que aporta conocimiento y no exhibición, un escenario
espectacular que casi toda España
desconoce, y una buena dosis de información enriquecedora sobre la delincuencia
y negocios oscuros vinculados a la explotación abusiva y especulativa de lo electrónico.
El
escenario es de una complejidad abrumadora: Gibraltar y alrededores. Cuando
estar solo unos metros aquí o allá, por tierra o por mar, implica cambiar una
legalidad moderna por otra muy parecida a la alegalidad, con un puerto, el de
Algeciras, donde a diario recala un volumen ingente de mercancías procedentes
de todo el planeta, donde convive el lujo de lugares como Sotogrande con zonas
de paro rampante en las que el contrabando es medio habitual de vida y donde,
además, la cercanía con África –y consecuentemente, otros regímenes legales-
provoca todo tipo de movimientos económicos interesados, contrabando y,
también, movimientos de personas, de inmigrantes que se juegan la vida y de
mafias que comercian con esas vidas. Características, concentradas en poquísimo
espacio, que atraen actividades no demasiado santas, que se mueven entre el
lavado de dinero, la ocultación de fondos, el traslado artificial de beneficios
y la domiciliación de actividades de difícil localización vinculadas al mundo
electrónico –desde la prestación de servicios legales a servicios ilegales
pasando por otras tan peculiares como la minería de bitcoins-, todo lo cual
transcurre ante las barbas de las autoridades: las de un lado, que combaten las
prácticas ilegales y las del otro, que mantienen una apacible actitud
contemplativa que se parece mucho a la colaborativa. Autoridades, sobre todo
las primeras, sometidas a la presión de que todo conflicto puede tener
consecuencias en las relaciones internacionales. En este ecosistema, cómo no,
florecen abogados e intermediarios, reyes del eufemismo, que ganan dinero a
espuertas organizando tinglados para delincuentes de todo el mundo mientras se
lavan las manos con el jabón de una legislación cuya única finalidad es atraer
los fondos de la delincuencia para vivir de ellos en un territorio tan artificial y diminuto
que no podría vivir de otra cosa. Abogados que si bien no son delincuentes según la legislación de esos territorios, moralmente lo son. Y, pululando por ahí, el
turismo, la gente que se rasca la barriga y se deja los dineros en medio de
todo este lío sin enterarse de nada. En resumen, el caos del mundo moderno concentrado
en pocos kilómetros cuadrados.
Lo que
hasta allí lleva a Bevilacqua y Chamorro, los guardias civiles que protagonizan
la que hasta ahora es, si no me equivoco, penúltima novela de la saga, es el
secuestro del joven propietario de una empresa de servicios informáticos.
La novela
avanza con una sensación de realismo notable. Nada de investigadores pitos,
sino equipos amplios que cubren una cantidad de trabajo considerable, la mayor
parte tedioso; nada de ir hilando hábilmente datos, sino que lector puede ver
cómo se lanza una red a la búsqueda de información y, mientras llega la
importante –si es que llega- se va trabajando la más a mano. Vemos, también, y
suele ser lo más interesante, el modo en que se reconstruye la vida de la
víctima como modo de llegar al culpable, algo especialmente complicado cuando
la víctima se dedica a menesteres que exigen discreción. Vemos, y tampoco es
poca cosa, que también hay que entender la realidad en la que operan víctimas y
verdugos, lo cual puede ser no poco complicado. Y vemos con cierto escalofrío,
por último, el modo en que la tecnología puede utilizarse en contra de las
personas. Lorenzo Silva ha conseguido que su novela aporte una importante dosis
de conocimiento sobre temas que afectan a todo el mundo y de los que casi nadie
sabe nada, lo cual facilita no poco la falta de reproche social a ciertos
delitos.
Y para
los lectores habituales de la saga, todo esto viene aderezado con la presencia
de un mando de la Guardia Civil que, por haber compartido con Bevilacqua
«experiencias iniciáticas» en el País Vasco mantiene con él una relación de
confianza y camaradería. Aunque quizá es un personaje un tanto sobreactuado, imprime
fuerza a la novela (el contrapunto a la frialdad de la tecnología bien puede
ser un humano soltando juramentos y que no hace ascos a ir en línea recta). Al finalizar la novela Silva consigue, además, mezclar el realismo al que antes he aludido con el factor sorpresa, que tanto se agradece en una novela de este tipo. Y,
para colmo, no sé si en respuesta a la infinidad de veces que Lorenzo Silva
había debido de responder a si alguna vez ha habido «algo» entre Bevilacqua y
Chamorro o en respuesta a su propia apetencia, quienes hemos leído todas las novelas
anteriores de la saga salimos de dudas al respecto.
Quizá lo que aparece menos esbozado es el equipo habitual que acompaña a los protagonistas. No supone ningún problema para quienes hemos leído las novelas anteriores, que nos hemos ahorrado reiteraciones, pero quien aterriza en esta sin ese bagaje quizá se sorprenda de la naturalidad con que se da por hecho, por ejemplo, que Salgado es como es, y le cueste un poco darse cuenta de cómo es.
Como
siempre, el narrador es el propio Bevilacqua, que, con su peculiar humor un
tanto gruñón y sarcástico, se dirige al lector en primera persona expresando
constantemente dudas, vacilaciones, temores y, sobre todo, consideraciones de
andar por casa, pero no poco agudas, que tienden a hacer un juicio crítico de
la sociedad y, también, cierto reconocimiento de la impotencia del ser humano
ante el paso del tiempo y de la vida. Y es que Bevilacqua va cumpliendo años y
ya ve cerca la jubilación.
Para mí,
una de las novelas más interesantes de la saga.
jueves, 13 de mayo de 2021
Trigo limpio – Juan Manuel Gil
Trigo
limpio va de menos a más, y de más a menos y luego otra vez a más. El primer
cuarto de la obra es un tanto desconcertante y por momentos aburrido, porque
como el arranque es confuso –al menos sobre el rumbo de la obra- se tiene una
sensación engañosa.
La novela
alterna varias historias que forman una sola. O, mejor dicho, que forman una
historia u otra según desde qué ángulo y con qué información la miremos. Primero,
la historia de un narrador que intencionadamente
tiene puntos en común con el autor, apostando por la confusión y la provocación
para coger lo que le interese de la realidad y la ficción dejando al lector sin
posibilidad de réplica. El narrador recibe un correo de Simón, un antiguo
compañero de colegio, en la primera adolescencia, sugiriéndole que escriba
sobre aquellos años. Y de aquí surgen nuevas historias: los recuerdos de
aquellos años; la investigación acerca de qué ha sido y es de Simón, que es
también la historia de su entorno a lo largo de la vida; surge la historia que un
detenido por la Guardia Civil cuenta al niño que ha sido también detenido por
irrumpir en la pista de aterrizaje del aeropuerto de Almería buscando una
pelota; y en medio el narrador pontifica con humor acerca de cómo construir una novela
con todos esos materiales y explica por qué pone ahora tal cosa y no tal otra, qué
efecto pretende conseguir con cada una y por qué seguir o no cierto «recetario
del best seller» que nunca garantiza el éxito.
La mezcla
de todo provoca un sinfín de efectos que si al principio, como he dicho, quizá
pueden aburrir, a partir del primer cuarto de la novela captan poderosamente la
atención del lector fijándola en la historia de Simón; hay luego un nuevo bajón
de intensidad y termina la novela de un modo inteligente y original, jugando el
autor con el lector para demostrar que las cosas son una u otra según el punto
de vista o, mejor sería decir, según la información de la que se dispone, hasta
el punto que no es vano afirmar que en las relaciones personajes no hay verdad
posible, pues cada cual ignora, con toda seguridad, algo que el otro sabe (quizá
sin consciente de ello), «algos» que suelen explicar mucho. Ahora bien, el
autor juega con el lector, pero avisándole del juego y explicándole el truco
(más trigo limpio), lo cual crea una sensación de complicidad que se agradece.
El prestidigitador enseñando poco a poco sus artes y maravillando al personal
con cada explicación. Hasta la explicación final.
Una
novela de intensidad variable a lo largo de sus páginas, pero potente, buena,
original, para ver la historia desde dentro, incluyendo la tramoya.
lunes, 10 de mayo de 2021
Contra el fascismo – Umberto Eco
Esta
breve obra, que reproduce una conferencia dada por Umberto Eco en Estados
Unidos en 1995, se lee en apenas cuarenta minutos y te deja los pelos de punta.
¿El motivo? Algunas de las catorce señales que según Eco debían alertar del
renacimiento del fascismo (tema muy lejos de ocupar a la opinión publica en
1995) son ya visibles. Y Umberto Eco no era un cualquiera, sino uno de los
mejores intelectuales del siglo XX.
La obra
tiene tres partes, además de una breve introducción para contextualizar la
conferencia, dada por un italiano a un público norteamericano: en la primera,
Eco alude a la diferencia entre nazismo y fascismo. El primero fue fiel a sus
bárbaros planteamientos, lo que permite reconocerlo con facilidad; mientras que
el fascismo, en cambio, se caracterizó por ser capaz de abrazar una idea y su
contraria, según le interesaba, lo cual dificulta su identificación. Advierte
Eco a continuación que ni nazismo ni fascismo se presentan hoy con los mismos
métodos, discursos y escenificaciones que utilizaron en el periodo de
entreguerras, y hasta se permite bromear diciendo que ojalá fuera así, porque
entonces sería muy sencillo identificarlos y combatirlos. La tercera parte de
la obra es la enunciación y explicación de los catorce puntos que, a su juicio,
son indicativos del renacer del fascismo. No deben darse los catorce, advierte,
basta con que se dé alguno de ellos para que debamos empezar a actuar y, si no
lo hacemos, a temblar.
No sé
otros lectores, pero a mí no me ha costado reconocer en la actualidad la
mayoría de esas señales.
lunes, 3 de mayo de 2021
Transbordo en Moscú – Eduardo Mendoza
Mientras
leía Transbordo en Moscú (que pone fin a la trilogía Las tres leyes del
movimiento, de la que también forman parte El rey recibe y El negociado del yin y el yang) constantemente me venían a la cabeza las expresiones «el placer de
leer» y «el placer de escribir». De escribir, porque da la sensación de que
Eduardo Mendoza se ha permitido el lujo de escribir por escribir, de contar lo
que le apetecía sin pensar en nadie más, y que lo que le apetecía era navegar
en aguas tranquilas, pues la historia vuelve
a ser la del recuerdo sereno de una época expuesta con la mirada de un
testigo, no de un juez; además, en las entrevistas ha reconocido tener mucho en
común con el protagonista, Rufo Batalla, con lo que el lector, que ya sabe a lo
que se enfrenta, disfruta también de un relato que sabe aún más personal que
los anteriores y que la prosa de Mendoza hace liviano y agradable, aunque tras
él hay una mirada y unos conocimientos demasiado profundos de la realidad
socioeconómica -desde la Barcelona olímpica y de la caída del muro de Berlín
hasta el final del siglo- como para tomarlos por los recuerdos de un Rufo
Batalla cualquiera. Dicho de otro modo, Transbordo en Moscú tiene algo de
quijotesco por cuanto su lectura se vive como una amena conversación con el
autor con un humor más fundado en la tranquilidad de quien no se juega nada en la
conversación, en la que participa solo por el placer de hacerlo, que en la
voluntad de hacer sonreír.
La
sensación, una vez concluida la trilogía, es distinta a la confusión que me
produjo la primera novela, El rey recibe, tan distinta a lo anterior de Mendoza.
Como ejercicio de memoria, es interesante, y a ello ayuda el temperamento del
protagonista, siempre reflexivo y, a la vez, determinado (y de algún modo
audaz), que mantiene una extraña relación con el sentimiento de culpa, o con la
falta de él, porque con la misma sencillez con que reconoce sus
responsabilidades admite la fatalidad de ser como es y no de otra manera, y no
le da más vueltas a las cosas.
Rufo
Batalla se ha convertido, sin pensar, en el marido de una rica heredera. Cosas
que pasan. Y se dedica abiertamente y con el beneplácito de todos al dolce far
niente. La afortunada mezcla de tiempo libre y abundancia de recursos facilita
la acción, pues Rufo va donde quiere y cuando quiere, sin escatimar medios, y
lo mismo se mueve por Europa que por Estados Unidos. Total, ¿por qué no irse
unos días a París para comprar un regalo de cumpleaños? ¿O a Viena o a Polonia a
dar una vueltecita o donde estime conveniente? Estas idas y venidas permiten a
Mendoza, aparte de mostrar en la lejanía el señuelo del príncipe Tukuulo, explayarse
sobre la situación sociopolítica de buena parte de Europa.
Lo peor de la novela (y de la
trilogía) es aquello que, curiosamente, más da que hablar en sinopsis y prensa
(¡ay, la promoción!): las supuestas y ¿descacharrantes? aventuras en torno al
príncipe Tukuulo, aspirante al trono de un inexistente país báltico, que si en
las dos primeras novelas de la trilogía no pintaban mucho hasta el punto de
producir una ruptura poco justificada y
menos atractiva, en esta última, como si Mendoza se hubiera dado cuenta, se
limitan a una aparición tangencial, a una escapadilla fugaz y con tan poca
sustancia y sentido como todas las demás, aunque, eso sí, la ficticia ubicación
de Livonia da ocasión a Mendoza para hablar con gran lucidez de la caída del
muro de Berlín y del régimen soviético, aunque sin entrar en lo que vino
después, que tuvo no pocos episodios chuscos y peculiares, pero
trascendentales.
Me gustaría saber exactamente a
qué ha respondido la decisión de Mendoza de que la trilogía se haya visto surcada
por la subtrama de Tukuulo, la cual, no aportando consistencia al relato
principal y solo el humor de salpicar la realidad de absurdo, no hace sino
generar desconcierto. La trilogía cuenta una historia y media, sin que ni la
primera –la historia de un catalán que por su edad y posición tiene unos recuerdos
muy lúcidos del último cuarto del siglo XX- ni la otra media –Tukuulo- guarden
entre sí relación alguna –fuera de la participación de Rufo Batalla- hasta el punto de moverse en planos tan
distintos como son la realidad y el absurdo, lo cual tanto se da con las
situaciones como con los personajes, realistas unos y caricaturas otros.
Dicho lo cual, como, reitero, el
asunto ya no sorprende, el lector de Transbordo en Moscú disfruta hasta de la
previsibilidad de lo desconcertante. No es mérito pequeño.
Y termino volviendo al principio.
Al publicar El rey recibe, Mendoza hizo declaraciones explicando la obra con un
argumento inapelable: las cosas, a efectos personales, no son como fueron, sino
como las recordamos. Tiene razón. Eso explica por qué los recuerdos de Rufo
Batalla, tan brillantes y agudos en algunos puntos, se mezclan con notorias
lagunas en temas relevantes. Probablemente, en su día, a Eduardo Mendoza esos
asuntos le importaron un pito.
Una trilogía para ver el mundo como lo vieron los inteligentes ojos de su autor.















