En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

miércoles, 29 de julio de 2020

El día que se perdió el amor - Javier Castillo





                El día que se perdió la paciencia fue el día en que comencé a leer esta novela. ¿Por qué lo hice, si sobre su predecesora dije que era entretenida pero sin un nivel mínimamente digno de calidad?

                Pues porque el amigo que me prestó la cordura me trajo luego el amor. No muy animado por la experiencia de perder la cordura, fui aplazando la lectura del amor pensando que antes o después devolvería el libro sin leer, pero ocurrió que me picó la curiosidad. Un buen día, de improviso, me dio por averiguar la evolución de un autoeditado devenido al sistema: ¿sería su primera novela en él más cuidada y trabajada que la anterior, inicialmente autoeditada con todo lo que eso implica? ¿Se notaría en algo el cambio o, simplemente, la editorial se limitaría a fusilar lo que quiera que el autor le hubiera entregado? ¿Aprovecharía el autor la ocasión para dar lo mejor de sí, mejorar e ir más allá de su primera novela o se conformaría con hacer más de lo mismo?

                El día que se perdió el amor se perdió también la paciencia, la moral y la esperanza en que el éxito de ventas sea utilizado por alguien para mejorar algo que no sea su cuenta corriente. El libro es un lamentable calco del primero: del título a los personajes y hasta la historia, un refrito que solo sirve para aclarar el confuso final de la primera novela (El día que se perdió la cordura). Y como uno ya sabe por dónde van a ir los tiros, los deja ir tan pancho.

                Evidentemente escrita para quien ha leído antes la primera entrega, el autor usa con cierta habilidad recursos poco meritorios para provocar que el lector siga leyendo, recursos facilones, propios del mundo audiovisual, como terminar sus cortos capítulos con el horroroso susto de Fulatina cuando, jugándose quién sabe qué horribles consecuencias por estar de extranjis en tal o cual delicado lugar, la puerta se abre de sopetón, con gran ruido, dejando tenebroso y enfurecido paso a… A quien el lector sabrá cuando haya leído un par de capítulos más. Me dio la impresión de que la primera novela usaba mejor estos recursos simples pero siempre efectivos, y que ahora más parecen solo simples.

                El argumento gira en torno a un rebaño de locatis, eficaces como unos robocops cualquiera, que apiolan al personal femenino no sin antes anunciarlo con notitas firmadas con dibujitos; y como igual nadie se entera, echan mano de una peculiar repartidora para dar a conocer los papelitos, pero los papelitos nada más, que tampoco hay que pasarse de dar pistas. Los locatis –una secta muy misteriosa y muy peligrosa y muy misteriosa otra vez, pero muy pero que muy misteriosa- se la tienen jurada a una de las protagonistas de la primera novela, sufrida dama cuyas cuitas causaron horrendos soponcios a su empalagoso amado y dramáticas consecuencias a su asendereado papá, amén de la chifladura de su mamá y de la «deslocalización» de la renacuaja de la familia, devenida ahora diablesa en busca de la luz… o no. La historia, evidentemente increíble –lo cual no es un pecado literario-, carece de toda verosimilitud –lo cual sí lo es, y mortal- como consecuencia de unos personajes sobreactuados que, posiblemente por falta de recursos expresivos, se pasan la novela apretando el culo y jurando en plan Scarlett O´Hara de saldo contra su particular plaga bíblica. Especialmente exasperantes y ridículos son los pobrísimos superlativos del Romeo; podría pensarse que el autor quiso crear un personaje aborrecible de simple, cursi y pasteloso, un agonías que ve el Apocalipsis a cada paso y sublima el dolor solo para seguir sublimando el dolor; un inmenso tonto que confía en la fuerza de su amor para que los balazos que le entren por la sien no le impidan rescatar a su amada media hora más tarde; podría pensarse eso, digo, pero la lectura demuestra que no, que es que la cosa no da para más.

                Y esta reseña, tampoco.

                Inexplicablemente, el mercado, sí. Incluso la historia va para serie televisiva.

                Pero bueno, dicen, y es cierto, que como las editoriales viven de la cantidad, libros como este, que se venden hasta al gato, son los que permiten acometer proyectos de más provecho intelectual para el lector. Ojalá así sea.



lunes, 27 de julio de 2020

Yann Andréa Steiner – Marguerite Duras


 


                Pese a la extraordinaria calidad de su literatura, Marguerite Duras y yo estamos reñidos. No porque no me guste cuanto he leído de su obra, sino porque aproximarte a lo que pretende comunicar exige ciertos ejercicios previos de acercamiento para saber qué vas a encontrar y cómo lo debes afrontar; posiblemente se disfruta más en una segunda lectura que en la primera.

                Dice la sinopsis que el libro contiene tres historias: el reencuentro de una autora vieja con un autor joven, la relación entre un huérfano de seis años y su monitora en un campamento de verano que se transforma en una especie de relación de amor aplazada, y la historia de una muchacha que, en una estación, espera un tren a Auschwitz.

                Tres historias que el libro ni siquiera delimita, de modo que el lector –si no anda avisado por la sinopsis- pasa de una a otra sin saber si sigue en un plano distinto de la historia anterior o en una historia nueva. Aunque también es cierto que la autora juega a tender puentes entre todas ellas de modo que al final cabe plantearse si realmente estamos hablando de tres historias o de una sola en la que vemos diferentes momentos de la vida de unas mismas personas (confusión que en algún momento parece consolidarse y en otros desmentirse).



lunes, 20 de julio de 2020

Donde los escorpiones - Lorenzo Silva




        A quienes hemos leído todas las novelas anteriores de Bevilacqua y Chamorro, Donde los escorpiones tiene que parecernos, necesariamente, una obra de tránsito, porque ni puede ser un final ni un principio en la peripecia vital de ambos personajes. ¿El motivo? Lo ajeno del caso y del entorno a su trabajo cotidiano.

        Un militar español ha aparecido muerto en la base en Afganistán que las tropas españolas comparten con otros países. La Guardia Civil hace allí funciones de policía militar y también de policía judicial, y allá que mandan a Rubén y Virginia.

        Las posibilidades de investigación son limitadas por el estatus de quienes no son españoles y por las dificultades burocráticas y prácticas que la distancia del caso imponen. El entorno también implica una limitación añadida: todos, incluidos los protagonistas, están más o menos confinados en el recinto de una base que es un oasis de pequeñas comodidades en un territorio de clima extremo y recursos pobrísimos. También el lector queda confinado en la base, pues Silva sabe transmitir la incómoda mezcla de las sensaciones de encierro y seguridad frente al acuciante peligro de la libertad de movimientos. Sin embargo, hasta llegar a este escenario una parte significativa de la novela la constituyen los preliminares en España, y esta parte quizá se hace un poco larga porque es tan evidente para el lector dónde va a transcurrir el meollo que es difícil transmitir la impresión de que algo relevante puede suceder antes de emprender el viaje.

        Además de una novela policial, Donde los escorpiones es sobre todo una interesante mezcla entre el relato de un viaje peculiar y el testimonio de unas condiciones de vida –las de las bases militares multinacionales- que muy poco tienen que ver con lo cotidiano. Unamos a eso un entorno militar que quizá sorprenda, desconcierte o distancie –a saber- a los lectores poco familiarizados con el gremio y la suma de tanto alejamiento es la sensación, que ya he señalado al principio, de que esta novela es algo aparte en la serie.

        Pero la ruptura con los casos y el entorno nacional y social tradicionales no es un punto en contra de la novela, sino su principal virtud. El atractivo de Donde los escorpiones es, precisamente, lo que tiene de testimonio de un trabajo, el del ejército español fuera de nuestras fronteras, poco conocido y reconocido. Una novela que, solo por eso, enriquece más que otras de la serie que, por su trama, quizá puedan resultar más entretenidas y hasta divertidas.

        Lo que no cambian son los protagonistas: siguen su lenta, resignada y algo gruñona evolución hacia la vejez. Como Lorenzo Silva optó desde el comienzo porque Bevilacqua y Chamorro se definieran por sus valores e ideas, sus diálogos, reflexiones y admoniciones no sorprenderán a ningún lector habitual, lo cual me hace pensar en esos otros personajes, como Salvo Montalbano, que, con un carácter más impulsivo que reflexivo acaba definiéndose por sus acciones, lo cual facilita al autor provocar acción y golpes de efecto, aunque también aboca a un tipo de planteamiento de la novela que no es el elegido por Lorenzo Silva, quien, a diferencia del ejemplo que he citado, cuida el realismo de las investigaciones en cuanto a los pasos a dar y al orden en que se dan. Bevilacqua y Chamorro solo suelen salirse del protocolo al final, y solo por exigencias del guion.




lunes, 13 de julio de 2020

La utilidad de lo inútil – Nuccio Ordine





                A lo largo de la historia, y nuestros tiempos no son precisamente una excepción, se ha primado el saber práctico, entendiendo por tal el que nos procura un beneficio inmediato -o al menos previsible- en términos económicos o de comodidad. Expresión actual de esa tendencia es la progresiva postergación de los estudios humanísticos o el modo en que ciertas expresiones artísticas -cuya apreciación exige un esfuerzo- sucumben ante el entretenimiento facilón.

                La utilidad de lo inútil es un breve ensayo, muy documentado, en el que apoyándose en las palabras y vida de un buen número de escritores y pensadores se defiende la utilidad del saber por el saber, del conocimiento por el conocimiento, como una práctica no solo genuinamente humana sino exclusivamente humana o, incluso, definitoria de lo humano. Una práctica, también, de la que acaban derivando, aunque no sean buscados, innumerables saberes prácticos. Es imposible leer sus páginas sin acabar con la emocionante sensación de que la vida solo tiene sentido -o, mejor dicho, solo tiene más sentido que la de un macaco- cuando dedicamos nuestros mejores esfuerzos al saber que no nos hace más ricos sino que nos hace mejores, a satisfacer la curiosidad desinteresada, a admirar la belleza. Solo comprendiéndolo podremos advertir lo cerca que estamos de poder dar sentido a nuestra existencia y de lo erróneo de nuestros desaforados esfuerzos para tener mucho más de lo necesario y para aparentar. La utilidad de lo inútil aboca a pensar en la la diferencia entre el tener o el parecer y el ser; la mayoría de los estudios y los trabajos que buscamos y hacemos están orientados, erróneamente, hacia ese utilitarismo del que solo salen tripas llenas, sofás calientes y la frustración de acumular bienes o experiencias sin evolucionar. Frente a la clarividencia de descubrir la utilidad de lo inútil actúan fuerzas descomunales, alimentadas por mayúsculos egoísmos que a su vez se aprovechan de los egoísmos más torpes, comodones o con más escrúpulos, fuerzas que promueven algo tan inútil -para todo lo que no sea su bolsillo o posición- como lo útil, sabedores de que con un anzuelo adecuado hay muchas personas decididas a entregar el tiempo de su vida a cambio de ser uno de los más ricos del cementerio de su ciudad, de su pueblo, de su vecindario o, simplemente, de su pequeño entorno social.

                Poco más de ciento cincuenta páginas donde podréis encontrar un modo de vivir que de un modo u otro a lo largo de los siglos han defendido personalidades como Keynes, Victor Hugo, Shakespeare, García Márquez, Dante, Petrarca, Tomás Moro, Robert Louis Stevenson, Marx, Aristóteles, Kant, Ovidio, Montaigne, Leopardi, Baudelaire, García Lorca, Cervantes, Dickens, Heidegger, Ionesco, Zhuang-Zi, Italo Calvino, Cioran, Einstein, Tocqueville, Herzen, Bataille, Euclides, Arquímedes, Poincaré, Séneca, Diderot, Rilke… y un breve y lúcido ensayo final de Abraham Flexner.



viernes, 10 de julio de 2020

Días de guardar – Carlos Pérez Merinero





                Carlos Pérez Merinero (1950-2012) es un ilustre desconocido pese a su intensa labor como escritor y guionista en películas como Amantes, de Vicente Aranda. Quien lo vea en alguna de las fotografías que es posible localizar en Internet no podrá encontrar una imagen más opuesta a la de Antonio Domínguez, el protagonista de Días de guardar, una novela negra narrada en primera persona sin otro protagonismo que el del delincuente y sus delitos, si bien lo que llama la atención es la desalmada crudeza con que los comete y la forma chulesca, socarrona e idiotizada que tiene de contarlo. El atractivo del mal.

                Madrid. 1981. Antonio Domínguez tiene dos obsesiones: hacerse rápidamente rico para vivir sin pegar golpe y lograrlo del modo menos estresante posible: esto es, en una semana, para no perder tiempo dándole vueltas a la cabeza y agobiándose. Un tipo tan duro como práctico. ¿Cómo pretende conseguirlo? Atracando bancos, práctica muy en boga en la época. Pero tiene cuatro añadidos: la debilidad de su carne –cercana a la del pollino en celo-, su impaciencia, la ignorancia de los conceptos del bien y el mal y, también, un gatillo fácil. Unamos que no es capaz de decir menos de dos tacos por frase, ni de ciscarse en cuanto le molesta, ni de presentarse –mediante fórmulas recurrentes- como el hombre sensato y consecuente opuesto al troglodita que en realidad es, y tenemos una novela interesante, sumamente provocadora y que, pese a los pocos escrúpulos del protagonista, tiene un elevado punto de humor gracias a la forma que tiene de expresarse, de definirse y de exculparse.

                Una magnífica novela publicada inicialmente en la extinta Bruguera y que ahora puede leerse publicada por Reino de Cordelia.



domingo, 5 de julio de 2020

El corazón es un cazador solitario - Carson McCullers


Sin premeditación, las conmemoraciones combinaron bien: edición conmemorativa del centenario del
nacimiento de Carson McCullers y embotellado conmemorativo del 150 aniversario de Martini.




                Estados Unidos. Una pequeña localidad innominada. Años 30 del siglo XX. John Singer es un sordomudo que convive con otro sordomudo de origen griego. Son grandes amigos, o así lo siente, aunque conforme la novela avanza llegamos a preguntarnos si era amistad o enamoramiento. Su vida transcurre de modo rutinario. Como la del dueño de la taberna donde va a comer y cenar. O la del borracho que aparece en ella procedente de nadie sabe dónde y encuentra trabajo en un tiovivo mientras se lamenta del escaso eco que tienen sus soflamas en defensa de los trabajadores. Hay más vidas rutinarias, como la del doctor Copeland, un médico de color obsesionado por combatir el racismo, o la de Mick Kelly, una chica adolescente que despierta a la vida, y en cuya casa tiene alquilada una habitación John Singer.

                Personajes solitarios y marginales, acosados por la soledad, la pobreza y la discriminación. Todos intentan buscar su lugar en el mundo; unos ignoran cuál es; otros creen conocerlo, pero ignoran cómo alcanzarlo.

                Todos, además, se llevan bien con el sordomudo, porque todos se creen comprendidos por su silencio demostrando así su soledad y cómo lo que muchas veces necesita el ser humano no son soluciones, sino compañía.

                Escrito en capítulos no demasiado largos, la autora va cambiando el foco de un personaje a otro sin que ninguno pase a la completa oscuridad, pues sus vidas son interdependientes. Carson McCullers engarza estos pedazos de la vida de cada cual para crear un pedazo de la vida de un pequeño vecindario que es, a la vez, un pedazo de la vida de una pequeña ciudad que, por carecer de nombre, bien puede tenerse por representativa de una colectividad mayor. El efecto es ir de lo pequeño a lo grande, a la soledad de unas pocas personas a la del ser humano, de la injusticia que sufre personas concretas a la injusticia social. Sobre la vida así expuesta discurre la atmósfera de la época, que es a la vez causa y efecto de cuanto vemos: las ideas de la lucha de clases, del racismo, del nazismo y todos los prejuicios explican mucho de lo que sucede y son a la vez fruto de cuanto sucede.

                Con escenas y lenguaje mesurado Carson McCullers logra una contundencia comunicativa que solo se explica por la eficacia con que sabe exponer lo esencial y recrear atmósferas realistas. Una maravilla que me mejor leer sin prisa porque se cuenta sin prisa, una de esas novelas en las que el buen lector lee despacio, saboreando cada página, porque El corazón es un cazador solitario es una de esas obras que quedan en la historia de la Literatura.

Asombra que Carson McCullers escribiera esta obra maestra con tan solo 23 años.



viernes, 26 de junio de 2020

Reflexiones sobre literatura y humor





          «Mirad las personas que corren afanosas por las calles. No miran ni a derecha ni a izquierda, con gesto preocupado, los ojos fijos en el suelo como los perros. Se lanzan hacia delante, sin mirar ante sí, pues recorren maquinalmente el trayecto, conocido de antemano. En todas las grandes ciudades del mundo es lo mismo. El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no se ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.»


Eugène Ionesco.

miércoles, 24 de junio de 2020

Por la boca muere el pez – Andrea Camilleri y Carlo Lucarelli




(Serie Montalbano, 21)




                Dos veces, dos desastres, he intentado escribir algo a cuatro manos. La primera, en el cuaternario, porque la absoluta falta de planificación engendró el embrión de monstruo indigerible e indirigible; la segunda, por las diferencias de compromiso. Lo cuento porque en este brevísimo experimento firmado por Andrea Camilleri y Carlo Lucarelli –que tiene el mérito de haber salido adelante, si bien sus escasas páginas tienen un nivel muy inferior al que yo deseaba para mis propios experimentos- reconozco parte de los dos problemas.

                Por la boca muere el pez se gestó por iniciativa Daniele Di Gennaro, a raíz del rodaje de un encuentro entre Camilleri (nacido en 1925) y Lucarelli (1960). A partir de unas ideas sospecho que más mínimas de lo que se da a entender en la explicación del parto, ambos autores, con la agenda cargada de compromisos, tardaron largo tiempo en alumbrar esta obrita. Siguieron el simplísimo y poco útil procedimiento de alternarse escribiendo cada uno una parte que el otro continuaba, cuando le venía bien o le daba en gana, teniendo que resolver los problemas en los que el anterior lo había metido. Si tuviera que pronunciarme sobre si se trata de un proyecto literario o de un juego entre dos personas que ponen a prueba su capacidad e imaginación, apostaría por lo segundo.

                Al pobre Montalbano, como decía hace poco al reseñar «Tirar del hilo», se le han debido revolver las tripas también al ver como título en la edición española una expresión hecha. No cabe esperar mucho más de las páginas de la obra, cuyo atractivo comercial, que no literario, radica en encontrar en las mismas páginas a los protagonistas de dos sagas novelescas distintas: el comisario de Vigàta, Salvo Montalbano, y la inspectora de Bolonia Grazia Negro. Ocurre, sin embargo, que Lucarelli no ha sido traducido al español, por lo que los lectores de estos lares, que no podemos reconocer para bien ni para mal a la inspectora, nos perdemos la mitad de la gracia, que equivale a la totalidad de la Grazia.

                Por provocar cayendo en las expresiones hechas que tanto repugnan a la literatura y a Montalbano, diré que la novela, por lo que al comisario afecta, más recuerda a un pez fuera del agua, y eso que la estructura es en todo similar a la de esas obras de Camilleri construidas a partir de la ordenada exposición de cartas, informes y noticias. Y es que cuando Grazia Negro pide ayuda a Montalbano para cometer ciertas tropelías investigadoras no muy dentro de la legalidad, el comisario se presta a ello pero acaba fuera de Sicilia, perdiendo en el viaje buena parte de su idiosincrasia, porque Montalbano es el personaje y cuanto le rodea. Sí se notan aspectos que no sé si son de Lucarelli, pero no de Camilleri, como el manido recurso a «malos perfectos e implacables» que además firman crímenes de autor.

                Para mí, un experimento literario fallido, necesitado de mucho más trabajo y cuidado para que los personajes no sean lo que parecen: «peces fuera del agua», pero interesante para reconocer los caprichos, la pereza y la defensa de los egos de dos escritores que se prestan voluntariamente a confrontarlos. Además, se lee en un rato.

                Y en cuanto al argumento… Una pequeña calamidad en la que partiendo de lo que he dicho aparece una trama de malos muy malos un tanto jamesbondiana, que se plantea y resuelve de un modo tan precipitado y poco creíble que carece por completo de verosimilitud. El lector lo lee como el que asiste a una farsa. Otra cosa es que las farsas también tienen su momento.



sábado, 20 de junio de 2020

La ciudad del diablo – Angela Vallvey




              Noviembre de 1975. En paralelo a la agonía de Franco, en San Esteban, un pequeño pueblo a muy pocos kilómetros de Toledo, ha ocurrido un suceso que desvía parcialmente la atención sobre la inminente muerte del dictador y las circunstancias políticas, en España y Marruecos, que la acompañaron. Y es que en una ermita próxima ha aparecido el cadáver, desnudo y acuchillado, de una mujer joven, Clara, madre soltera y por tanto con fama, habida cuenta de la moral oficial de la época, de promiscua.

              La historia se nos cuenta desde la óptica de Jorge, un chaval de diez años enamorado de la hija de la muerta; un chaval, también, que ejerce de monaguillo y de ahí su contacto con el cura recién llegado, un joven dado a la modernidad, y en anciano párroco, cuyos valores siguen anclados en la «cruzada» contra las conspiraciones comunistas, judeomasónicas y demás iluminaciones utilizadas por la dictadura para justificar su existencia.

              Jorge, a la vista de frases sueltas que escucha, teme que su padre tenga algo que ver con el asesinato. El cura joven, para tranquilizarlo, le dice que entre ambos van a investigar para localizar al verdadero criminal, aunque, como se puede suponer, lo máximo que alcanza a hacer la pareja no deja de ser un consuelo para el chico. Pero en ese proceso Ángela Vallvey construye la historia de Jorge, que es también la de sus padres, la de la relación entre ellos, tan condicionada por la posición de la mujer en la sociedad, la historia de su abuelo, de su tía y, por supuesto, la difícil historia de Clara.

              Una novela interesante, muy bien escrita, con cierto aire a Miguel Delibes por la mirada oblicua que nos hace ver las cosas reflejadas en quienes las sufren sin entenderlas. Y así, con un pasito en la historia y otro en la agonía del dictador -que es el marco que capta la atención de muchos de los personajes, con unos retratando su miedo, otros su esperanza y pocos su añoranza- vamos conociendo a los personajes, lo que ocurrió y, también, esa insólita situación en la que partidarios y detractores pudieron sentarse a contemplar, tras décadas de dictadura -unos con un pañuelo para llorar y otros con una copa en la mano la brindar- la muerte del dictador y la apertura a un nuevo futuro que esperanzaba por sus posibilidades e inquietaba por sus dificultades.



martes, 16 de junio de 2020

Qué leer


Dicen que está a punto de llegar el verano, aunque en este año tan raro, a saber. Pero como seguramente sí habrá tiempo para leer, al igual que otros meses de junio aquí van, cronológicamente por orden de lectura, los diez libros que más me ha alegrado leer en los últimos doce meses, por si alguien se anima a conocerlos. En los títulos tenéis el enlace a la reseña. Alguno os gustará, seguro, no podéis ser tan raros para que no sea así. 


Antonio Tabucchi



Eduardo Mendoza



Frédéric Dard



Benito Pérez Galdós



Miguel Delibes



Alberto Moravia



Antonio Muñoz Molina



George Steiner



Irene Vallejo



Miguel Delibes





jueves, 11 de junio de 2020

Las guerras de nuestros antepasados – Miguel Delibes







                La guerra de nuestros antepasados (publicada en 1975, cuando Delibes tenía 55 años), es una novela completamente dialogada entre dos personajes: Pacífico Pérez, un preso de origen rural, y el doctor Burgueño, que a lo largo de varias sesiones (tantas como capítulos) lo interroga para conocer la vida de Pacífico y averiguar las razones de muchas cosas que el doctor ya sabe y que el lector conoce a medida que avanza la novela. Es decir, a medida que la vida de Pacífico Pérez va surgiendo entre sus páginas y, con ella, la explicación de ese diálogo.

                Dice Delibes, en el prólogo de la edición que he leído, redactado en 2008, que quizá sea esta su novela más dinámica, cuando al proyectarla pensó que sería exactamente lo contrario.

                La guerra de nuestros antepasados tiene una doble estructura fabulosa: por una parte, la construcción de los diálogos, en los que el doctor es más un hábil interrogador que un conversador, lo cual permite a Delibes hacer fluir la acción a un ritmo constante, suave, sin emociones fuertes ni pérdidas de tiempo, dirigiendo la atención a aquello que la tiene y a nada más; esta primera estructura, que se repite en cada diálogo, se asienta en otra superior: el modo en que el discurrir de la vida de Pacífico organiza la novela de forma equilibrada pero también de modo que la acción acelera poco a poco hasta alcanzar unas páginas finales de enorme intensidad. Tanta, que el interrogador deja de serlo en los momentos postreros, en los que comprendemos, aunque lo adivinábamos, por qué está allí.

               También llama la atención esta novela -marca Delibes- por la maestría en el uso de un lenguaje ya perdido: el utilizado en pueblos que durante siglos habían vivido casi aislados y que ahora que ya han dejado de ser lo que eran han perdido hasta su vocabulario, empobreciéndonos a todos.

                La guerra de nuestros antepasados es, en el fondo, un alegato contra la sinrazón de la violencia que Delibes realiza a través de un truco a menudo humorístico: mostrando, sin más, el modo natural en que la violencia se expresa sin que el ser humano sepa muy bien cómo porque responde a sus instintos más primarios, ajenos, a menudo, a los conceptos del bien y del mal, conceptos morales que precisamente por serlo exigen un grado de desarrollo más elevado que el necesario para la simple supervivencia en la que tantas personas se mueven.

                La vida de Pacífico, que transcurre a mediados del siglo XX, no es sencilla: el hombre es poca cosa en lo físico y lo mental, y convive con tres generaciones de hombres: el Bisa (su bisabuelo), el Abue (el abuelo) y el Padre. Cada uno de ellos vivió una guerra: la carlista, la del Rif y la civil. Cada uno vivió «su» guerra de un modo y se «especializó» en determinado tipo de violencia del que se sienten orgullos posiblemente porque les permitió sobrevivir y obtener un reconocimiento interior. ¿Cuál? ¿Por qué? Es algo tan simple como que, en el combate, quien mata puede creerse más listo que el muerto; presunción de inteligencia que se ve corroborada con una recompensa: la vida.

                Pacífico no encuentra una guerra, ni ganas tiene pese a las presiones de las anteriores generaciones; lo más parecido es la rivalidad pueblerina entre los dos núcleos de población que forman el municipio. A lo largo de su vida Pacífico conoce esa rivalidad, muestra su extrema sensibilidad para algunas cosas y sorprendentes habilidades para otras, y también conoce el trabajo (más o menos) y el amor (menos o más). Pero la violencia, que muchas veces aparece en la vida sin que ni quien la ejerce la prevea, es lo bastante poderosa para torcer, de un empellón aislado, el rumbo de muchas vidas. La de Pacífico, por ejemplo, cuya historia nos permite reflexionar sobre los conceptos del bien y del mal y sobre hasta qué punto la violencia responde necesariamente o no a ellos. Como necesario colofón, la novela obliga a pensar sobre la idea de justicia y la necesidad de eliminar el medieval concepto de justicia objetiva, o por el resultado, del que hablan los penalistas cuando explican la evolución del derecho, para acercarse a un concepto moderno en el que se debe diferenciar el daño de la responsabilidad.





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lunes, 8 de junio de 2020

Tirar del hilo – Andrea Camilleri





(Serie Montalbano, 30)



                Después de quedarse ciego, este fue el primer libro de Montalbano que Andrea Camilleri escribió o, mejor dicho, dictó a Valentina Alferj, sobre la que dice que le ayudó «no solo materialmente, son interviniendo también de forma creativa en su redacción».

                Así es como salió a la luz la trigésima entrega del comisario de Vigàta, Salvo Montalbano, y uno no puede dejar de preguntarse hasta qué punto este modo de trabajar afectó a una novela que, a diferencia de casi todas las anteriores, vaga sin rumbo durante sesenta o setenta páginas alrededor de la llegada de inmigrantes a las costas de Vigáta, víctimas de las mafias que trafican con personas, hasta encontrar después el camino que conduce al verdadero argumento y de ahí al desenlace: el asesinato de la guapa modista -la típica mujer casi ideal que Camilleri utiliza con profusión en sus obras- que, a iniciativa de Livia, iba a hacer a Montalbano un traje a medida. En ese camino se reconoce ya al Camilleri de siempre, bien que en estos tiempos cualquier lector advierte el intencionado olvido de ciertos mecanismos de investigación (en este caso, las llamadas telefónicas suministradas por las operadoras) harto conocidos ya para todo el mundo gracias a las crónicas de sucesos pero que los escritores a menudo «olvidan» para que no se les acabe la novela antes de empezar. Pero da igual: ¿Quién quiere realismo -¿acaso el personaje es realista?- cuando hay verosimilitud? Lo relevante es la historia, cómo se escribe y lo que hace sentir, y en Tirar del hilo encontramos al Camilleri de siempre y a un Montalbano cada vez más mayor, olvidadizo y metepatas, aunque también, porque esta historia no le da pie, menos comprensivo con las debilidades humanas.

          Como cosa insólita para los anales del montalbanismo, diré, sin destripar nada, que en Tirar del hilo el lector puede ver a Montalbano, durante unas páginas, fuera de Sicilia. El efecto, el de un pez fuera del agua.

          Eso sí, no me resisto a comentar una maldad: el título es una frase hecha, una expresión manida, uno de esos recursos de los que el protagonista ha abominado en numerosas ocasiones en anteriores novelas. Pobrecillo. ¡Mira que titular una de sus aventuras con una expresión hecha! ¿Habrá sido una jugarreta del autor, de la editorial o del traductor, aprovechándose de que el pobre Salvo ya se siente mayor y falto de reflejos? El título original de la obra, «L´altro capo del filo».  

          Como última anécdota, el lanzamiento de Tirar del hilo estaba previsto en España en marzo de 2020, si no recuerdo mal. Se aplazó hasta mayo a consecuencia de la crisis del coronavirus. Nadie podrá decir que Montalbano no ha superado dificultades. Hasta una pandemia que azotó especialmente a su país.

                Una novela que, a la alturas de la saga y de la vida de Camilleri en el momento en que la escribió, los lectores devoramos como un capítulo más de una historia que comenzó en 1994 con La forma del agua y que, en Italia, terminará para siempre este verano con la publicación de la novela con la que Camilleri, anticipándose a lo que otros pudieran hacer a su muerte con Montalbano, quiso poner fin a la historia de un personaje inolvidable. Esa novela, escrita alrededor de 2005 y reelaborada en 2016, es un secreto literario muy bien guardado que este año se desvelará por fin, aunque en España aún tardará en llegar. Entre tanto, disfrutad tirando del hilo de las últimas aventuras del comisario.



martes, 2 de junio de 2020

El infinito en un junco - Irene Vallejo





                Hay libros que gustan y libros, como El infinito en un junco, que entusiasman.

                Reseñar una obra así es una osadía que no me atrevo a cometer por miedo a hacerlo mal y que alguien, como consecuencia de mis palabras, se pierda esta lectura.

                Así que solo diré que cualquiera que ame los libros, el saber, la historia y guste de ser consciente de la importancia de tantas cosas esenciales cuya existencia damos por supuesta, va a disfrutar de este libro que, a la vez, regala lúcidas y fundamentadas reflexiones sobre el presente. O sea, sobre nosotros mismos.
              
                 


viernes, 22 de mayo de 2020

El Ángel – Sandrone Dazieri





(Colomba Caselli y Dante Torre, 2)


               
                Las críticas de la solapa (que ya se sabe que no suelen ser independientes) son desmesuradamente buenas, un ejemplo de exageración que en nada beneficia a una novela que por sí sola consigue lo que pretende: entretener al lector enganchándolo con una trama compleja donde el discurrir de los acontecimientos no deja un momento de tranquilidad, pues ni uno solo de sus breves capítulos se cierra sin dejar en el aire lo que parece el interrogante definitivo. Es decir, un buen thriller, que peca, eso sí, de incurrir en numerosos «más difícil todavía», pero lo hace de modo que cuanto se pierde en realismo y verosimilitud se gana en emoción. Siendo fast food, no es una hamburguechuela solitaria y chuchurrida, sino uno hamburguesón bien gordo y rebosante de ingredientes.

                Los protagonistas, la comisaria Colomba Caselli y el brillante y claustrofóbico lunático Dante Torre, son los mismos que los de No está solo, y parte de la trama de aquélla se traslada a esta nueva entrega, jugando a crear, junto al caso concreto de cada novela, una historia a largo plazo que ayude en la venta de los libros, como ocurre (con mayor brillantez) en la saga de Sebastian Bergman, firmada por Michael Horjth y Hans Rosenfeldt.

                La novela comienza con un supuesto atentado islamista en el tren de alta velocidad Milán-Roma. A Colomba la habían enviado pensando que solo había un muertecillo de lo más normal, pero el vagón de clase club aparecen todos gaseados. Lógicamente, el caso queda fuera de sus competencias, y «lógicamente», en la lógica de este tipo de novelas, Colomba se empeña en hacer la guerra por su cuenta, para lo que vuelve a apoyarse en un Dante Torre que, en un periquete, es capaz de encontrar una aguja entre un millón de pajares. Cómo no, los procedimientos de Colomba se vuelven contra ella, laboralmente hablando, para dar más emoción al asunto y dejar a los héroes solos ante el peligro, y conducen de nuevo a los dos protagonistas a la clandestinidad, bien que apoyados por los tres agentes que dependen de la comisaria y, sobre todo, por un guapetón del que, para disgusto de Dante, Colomba se siente atraída.

                Ocurre que todo es más complejo de lo que parece, y que el «ángel de la muerte» que da título a la novela sí tiene sexo y, para colmo, unas habilidades que ríete tú de James Bond y cuanto malo haya pululado alrededor del agente 007. No lo cito por citar: al igual que en la primera novela (No está solo), las historias de la guerra fría y los misterios de esa época que tanto juego han dado en las novelas de espionaje reaparecen aquí. Y, con ellos, el maniqueísmo de los malos muy malos y los buenos muy buenos.

                Para dar algo más de color, en lugar de pasarse la novela dando tumbos por Roma, Colomba y Dante también acaban en Milán, Venecia y Alemania. Los «decorados» son a menudo conocidos, lo cual, aunque no deje de ser un fácil truco para hacer sentir bien al lector, se agradece.

                Y el final, movidito, en plan película de acción, y sorprendente. Quizá, incluso, demasiado sorprendente, aunque, a la vista de cuanto he dicho, quizá no tanto, pues más tiene que ver con el efectismo que con la verosimilitud, y no digamos ya con el realismo.

                Volviendo al principio, dentro del fast food literario, una buena comilona.