En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.


martes, 10 de septiembre de 2019

Una comedia ligera – Eduardo Mendoza





              La transición del mundo rural -inmutable durante siglos- a la modernidad llevó poco más de un siglo en casi toda Europa. En España comenzó más tarde y duró apenas unas décadas. Ese periodo de frenético cambio alumbró contextos inéditos extinguidos para siempre poco después. Fogonazos de realidad irrepetible. En este periodo transitorio donde todo fue efímero transcurre Una comedia ligera, novela de Eduardo Mendoza recientemente inmortalizada en Cátedra y que, injustamente, no se suele contar entre las mejores del autor posiblemente por carecer de los elementos dramáticos, históricos y algo epopéyicos de La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios. Y es que la vida de los personajes de Una comedia ligera es precisamente una comedia ligera, pues con todos sus dramas a cuestas en nada hubiera cambiado ni lo más pequeño del mundo si su suerte hubiera sido una o la contraria.

              La acción se desarrolla en los años cuarenta, en Barcelona y Masnou, pueblecito costero a apenas una veintena de kilómetros de la capital. Allí han comenzado a convivir la tradición pescadora secular con las primeras villas para veraneantes adinerados procedentes del empresariado barcelonés, los cuales encuentran allí una suerte de ensueño donde disponen de amplias residencias ajardinadas –donde hasta se llevan al servicio doméstico- con acceso a playas vacías; un lugar donde el «casino» se viste de gana esos meses para dispensar a los turistas el trato de clientes privilegiados. Un mundo efímero, ligero. Inexistente poco antes y desaparecido poco después, un mundo, también, donde el rol de la mujer comenzaba a cambiar, despuntaban las primeras «atrevidas» y, entre las más tradicionales, los primeros «atrevimientos».

              El protagonista, Carlos Prullàs, es un autor teatral de comedias cuyo estilo comienza a estar pasado de moda. Comedias ligeras. Su próximo estreno, en ensayo en el transcurso de la novela, lleva por título «¡Arrivederci, pollo!», lo cual da idea de su contenido y de lo alejado de las influencias que comienzan a moverse en torno a La náusea de Sartre haciendo de Prullàs una reliquia superada. Sus mejores amigos, o al menos las personas con las que más se relaciona, son el director de escena y la actriz principal, que se ha dejado la juventud interpretando las comedias ligeras de Prullàs y es ya una mujer madura con problemas para aceptar su edad. Aunque ha tenido hasta ese momento cierto éxito, Prullàs se hubiera muerto de hambre de no haberse casado con la cándida heredera de un empresario lo bastante acaudalado para que Prullàs, un tipo afable y que no hace ascos a trabajar duro en lo suyo, se pueda permitir todos los caprichos y solidaridades.

              Una comedia ligera es una novela partida en dos. Durante la primera mitad no sucede otra cosa que el ir y venir de los personajes: Prullàs es también un mujeriego que se ha liado (en varios sentidos) con la bella y depresiva pelirroja vecina en el Masnou, y también se ha fijado en una pésima y bella actriz secundaria que ensaya el estreno de «¡Arrivederci, pollo!» gracias al enchufe de otro empresario catalán con el que todo el mundo sospecha que la actriz mantiene un romance.

              La orientación de la novela da un vuelco cuando Prullàs pasa a ser el principal sospechoso de un crimen. O al menos lo es a los ojos del investigador principal, un tipo poderoso ingenuamente identificado –lo cual lo hace más temible- con los valores y la concepción de España del régimen franquista; un guardián de las esencias puede ser más peligroso que un corrupto con poder. Ante él todos tiemblan, y Prullás el que más pues no estar a bien con el poder puede arruinar de inmediato su carrera artística. Se abre en este punto un ir y venir en el que, intentando demostrar su inocencia, el protagonista se va metiendo cada vez en más problemas mientras sortea otro no menor: que su esposa y su familia política no se enteren del follón ni de los líos de faldas que ha tenido.

              En Una comedia ligera la lectura transcurre con placidez, con calma, sin prisa, como contagiada de la molicie que disfrutan en el Masnou algunos de los personajes. El lector se siente tumbado a la bartola observando entretenido las peripecias de Prullàs. Este efecto se refuerza mezclando un ritmo constante pero pausado con una considerable sencillez y claridad en la exposición, lo cual permite trasladar mucha información sin esfuerzo de comprensión. Es muy difícil bucear la sencillez sin caer en la simpleza, y Mendoza lo hace tan bien que quizá ese sea uno de los motivos por los que esta obra no es más reconocida, y es que los simples, tan abundantes, no son capaces de distinguir la simpleza de la sencillez.

              Más allá de la variedad de registros de Mendoza y de la historia de los personajes, el contexto es relevante. Quizá lo que más. Si uno observa el segundo plano de la novela ve un vasto horizonte. Un paisaje a guardar en la memoria. Ya he hablado de esa época fugaz. Ahora quiero mencionar también la opresión. Ni los personajes ni el autor hablan de ella, no se meten en políticas porque no hace falta decir lo que los hechos muestran: un sistema en el que todo el mundo da por hecho el control y la necesidad de estar a bien con el poder (que no es necesariamente lo mismo que estar a bien con la ley). Además, aunque solo es evidente al final, se cumple la máxima gatopardiana, y quien maneja los hilos del poder económico y a través de él influye en la política, siempre enreda en ellos a quien le conviene para salir bien parado. Todo cambia para que nada cambie. O quizá sea mejor decir que nada cambia ni aun cuanto todo lo hace. Mendoza nos recuerda que hasta en esas épocas de cambio acelerado y paisajes urbanos y sociales fugaces todo cambia, aunque, en el fondo, nada lo hace.

              La conclusión bien pudiera ser que no hay que tomarse muy en serio nada, porque nada ha de cambiar: la vida y todos sus dramas, lo mismo tomada con filosofía que vista en la distancia, no deja de ser una comedia ligera.


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