En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barcelona. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de mayo de 2026

La intriga del funeral inconveniente - Eduardo Mendoza

 


    Eduardo Mendoza tenía 35 años cuando publicó «El misterio de la cripta embrujada», una pequeña genialidad humorística a bordo de la cual huyó de las expectativas generadas por «La verdad sobre el caso Savolta», que había publicado con 32 y de inmediato había sido tratado como un clásico. El protagonista de «la cripta», conocido como «el detective loco» porque comenzó su vida literaria saliendo de un manicomio, o como «el detective anónimo» porque nunca se cita su nombre (salvo una vez en cinco novelas, en la que se le llama Ceferino), sigue la tradición del Quijote: es un personaje lamentable, estrafalario, un perdedor que resulta ridículo porque habla con una pompa y solemnidad impropia de su triste condición, y porque no la advierte o quiere disimularla. La tercera novela de la saga, «La aventura del tocador de señoras», fue la mejor. Las otras tres publicadas hasta ahora, psé. «La intriga del funeral inconveniente» es la sexta entrega; Mendoza la ha publicado con 83 años, once años después de la quinta. 48 después de la primera. 

    Mantener medio siglo el mismo registro no sé si hubiera sido un mérito fabuloso o todo lo contrario, pero lo cierto es que «La intriga del funeral inconveniente» rompe la unidad estilística de la saga. Mendoza cambia por completo el modo de expresión, pero lo mantiene reconocible. Olé. Las cinco novelas precedentes están escritas en primera persona. En ellas el protagonista habla al lector usando un lenguaje grandilocuente que no da para ocultar sus miserias, y el vocabulario se convierte en un recurso humorístico relevante. En cambio, «La intriga del funeral inconveniente» es contada al lector por un narrador impersonal que, sin más, se dirige al lector contando una historia que principia con un chuchurrido funeral. ¿El de quién? Pronto el lector es informado, y quizá así se explique la razón de la escritura en tercera persona, aunque la esperanza del error se mantiene gracias a un extravagante asistente con gabardina, gafas de sol y sombrero que aparece ya en la portada. Aún así, durante una parte de la lectura me reconcomió la duda de si Eduardo Mendoza, a sus 83 años, había querido dar a su personaje el mismo fin, y por el mismo motivo, que Cervantes a don Quijote.

        El cambio de enfoque, aunque profundo porque tiene implicaciones en el uso del vocabulario al que me he referido, no afecta al fondo: el lector reconoce lo esencial del mundo del personaje y el nivel literario y humorístico es elevado porque se mantienen los contrastes chocantes y los personajes que cortocircuitan la razón al unir tópico y extravagancia. Encontramos enterradores, prelados, políticos, gente de posibles y pobres diablos de imposibles (como, permítaseme el atrevimiento, en «La sota de bastos jugando al béisbol», en la que sale una recua tan parecida por sus profesiones que me ha llamado la atención). La novela me ha gustado mucho… durante tres cuartas partes. Durante ese lapso casi me ha entusiasmado, como si Mendoza, a pesar del cambio de enfoque y de los años, hubiera vuelto a lo mejor de la saga, que ya quedaba lejano en el tiempo. Durante todas esas páginas hubiera colocado esta novela en el tercer lugar del podio de la saga. Pero, por desgracia, la última parte es un pequeño desastre. Sin motivo aparente la novela vuelve a los registros de las cinco precedentes cuando, de pronto, es el protagonista quien pasa a dirigirse al lector en primera persona; hasta aquí, nada que objetar. Al revés: el reencuentro debería ser una alegría para el lector, y así lo sientes. Pero enseguida se disipa esa sensación porque cuesta reconocer al personaje. Tan pronto como Ceferino aparece es como si a Mendoza le hubiera entrado prisa por terminar la novela: resuelve los interrogantes de un modo tan expeditivo que reduce drásticamente el recreo del lector en el modo de hablar y en las penurias del protagonista, del que, además, apenas da ya información, ¡con el cariño que le tenemos y tras más de una década sin saber de él! Dice que es mayor, pero no sabemos cuánto, dice que se ha retirado de la delincuencia, pero ignoramos de qué vive y cómo, y más que viviendo una aventura parece que esté cumpliendo de mala gana y a toda prisa un engorroso trámite. Solo entonces se da cuenta el lector de que al resto de personajes Mendoza tampoco les ha sacado el partido humorístico de otras ocasiones. Como si se hubiera contenido. Como si hubiera escrito más por pasatiempo que por ambición creativa. Mendoza no ha querido ir más allá de sí mismo y se ha quedado más acá. 

Esas prisas por terminar justo cuando el heroico antihéroe vuelve provocan que el personaje parezca cansado de su propia historia y de la de la novela, aburrido de esta; solo quiere quitársela de encima, con lo que el lector, para su desdicha, pronto se siente de sobra. Casi se siente una molestia para el personaje. No es una sensación agradable. Las prisas menguan el ingenio de Mendoza porque reducen el atolondramiento de Ceferino, que se desenvuelve con precisión quirúrgica y eficacia, sin recrearse en nada, sin hacer apenas observaciones agudas, con su peculiar vocabulario capitidisminuido, por usar un término que él hubiera utilizado en otras aventuras. Cuando no se dan ocasiones para la sorpresa, no suele haberla.

¿Cuál es el argumento?

La novela comienza con el funeral que he señalado antes. Entre el reducisimo grupo de asistentes hay un jovenzuelo que debuta como periodista. Ramoncito Valenzuela. Solo el diminutivo unido al casi diminutivo del apellido ya retratan al personaje, porque ni su cerebro ni su experiencia vital apuntan al aumentativo. La maestría de Mendoza para retratar con un nombre es tremenda. Pero me estoy yendo: lo que publica Ramoncito remueve ciertas aguas y la novela, dividida en varias partes, aborda las diversas reacciones y los antecedentes de los personajes que van apareciendo. Como antes he dicho, son personajes variados, que alternan clases altas, medias, bajas y diferentes estamentos sujetos a tópicos con los que es fácil crear contrastes chocantes, como el sacerdote dado a las rancheras. Estas partes son una delicia porque Mendoza demuestra seguir siendo capaz de hacer lo mismo que en las mejores novelas de la saga, pero de otro modo y manteniendo su espíritu. Además, la trama es lo bastante intrincada y bien planteada como para aplaudirla. La última parte, la llamada a casar todo, a cerrar círculos y a despejar dudas es la que nos llega, por fin, por boca del protagonista de la saga, pero como he dicho, la prisa por completar el rompecabezas hace tal daño que la sensación final para el lector es de cierta frustración.

Qué pena esa última parte. Pero disfrutad de las anteriores: merecen la pena y lo pasaréis en grande.


viernes, 27 de marzo de 2026

Los viejos amores – Rosa Ribas

 


     Al finalizar la reseña de «Nuestros muertos» dije que «lo normal, hablando de series de novelas, es que a una primera de éxito sucedan unas cuantas que lo explotan, y que suelen ir a la baja porque el producto se exprime y pronto todo es repetir y sostener el invento con argumentos artificiosos. Bueno, pues aquí ocurre lo contrario: cada una de las novelas de los Hernández me ha gustado más que la anterior». Lo reitero, pero añadiendo que mantener o mejorar en la cuarta novela de una saga aún es más complicado que hacerlo en la tercera. Gran mérito el de Rosa Ribas por su imaginación y habilidad.

    «Los viejos amores» encuentra a Mateo Hernández y su familia más o menos como los dejó «Nuestros muertos». Nada significativo ha sucedido entre una y otra historia. Así que siguen con sus traumas y sus trabajillos y también en el punto de mira de un inspector de los Mossos cuya fijación por ellos es tan inexplicable por el odio que la sostiene como entendible por los sucesos conocidos por los lectores de las anteriores novelas.

    «Los viejos amores» comienzan con el funeral de una vecina del barrio conocida de Lola, la matriarca, que comete la excentricidad (siendo ella) de acudir al funeral, lo cual dispara varias alarmas. Y de ahí que Mateo meta la nariz en el asunto, con la connivencia del hijo y la oposición de la hija de la finada. Pronto descubre que la mujer, ya entrada en años, había comenzado lo que parecía una relación amorosa con un antiguo compañero de colegio.

    Ahora, que si el tipo era un don Juan o un Ebenezer Scrooge lo sabrá quien lea la novela.

    Rosa Ribas cultiva con éxito una rara habilidad: el gran follón iniciático que suele fundamentar casi toda novela negra de principio a fin en su caso se resuelve bastante antes del final para enlazar con otro tan íntimamente relacionado que no se pierde la unidad de acción. Esto produce un fuerte efecto de verosimilitud y da a la obra agilidad, porque pasan muchas cosas, y contundencia porque no necesita marear la perdiz para llegar al número de páginas que piden las editoriales. Es decir, que don Juan/Ebenezer Scrooge es importante en esta historia, pero no solo él. 

    Como los lectores de las anteriores novelas ya saben, los hilos conductores que unen a unas obras con otras son las vicisitudes de la familia Hernández. Su evolución es también parte crucial de cada novela. En esta la situación de los personajes nuevamente evoluciona (o involuciona, según se mire), permaneciendo intocable el dúo Mateo-Lola. Son los demás, Nora, Amalia, Ayala… quienes, siempre mediatizados por la situación dominante del padre, intentan ser ellos mismos, que para eso son todos gente de carácter y cada uno con sus rarezas, razón por la cual… Bueno, leed el libro.

    Nada nuevo que decir en cuanto a la escritura: tan clara, bien ordenada, eficaz y profesional como en las anteriores novelas, fusionada con la historia por cómo transmite el cariño y respeto por los personajes y por el barrio, Sant Andreu, que sigue formando parte del decorado como una especie de animal mitológico, el barrio de toda la vida (de toda la vida de quienes ya llevan mucha andada) que sobrevive en la ciudad más turística de España gracias, en parte, a la transfusión de nuevos vecinos capaces de respirar el mismo tipo de vida aunque sean venidos de quién sabe dónde, como el informático que no siempre es ruso. 



jueves, 19 de febrero de 2026

La próxima vez que te vea, te mato – Paulina Flores

 


Leo que la chilena Paulina Flores (1988) vive en Barcelona desde 2021, donde realizó un máster en creación literaria en la Universidad Pompeu Fabra, y eso me hace pensar que en muchos puntos de esta novela bien puede ser trasunto suyo Javiera, la joven chilena que la protagoniza, y que llega a Barcelona con una beca de posgrado en Literatura y más ganas de experimentar la vida que de bucear en libros.

El arribo a una de las ciudades más turísticas y cosmopolitas de Europa le muestra a Javiera lujos sorprendentes y que ya la sinopsis apunta, como la abundancia de papel higiénico en los supermercados. Sin embargo, pronto se acaban todos, porque donde el lujo no alcanza es en la vivienda. Vivir en Barcelona es tan caro que de inmediato acaba compartiendo un piso en el Raval con Manuel y Tortuga. En este barrio pronto «disfruta» de lo mejor del racismo, la xenofobia y los ambientes vinculados a las zonas pobres: rateros, prostitutas…  Llega a establecer una extraña relación con un tipo que parece liderar una banda de landrozuelos, lo que le hace atribuirle una escasez de principios y valores que más adelante… Bueno, mejor no lo desvelo. Manuel es un peruano guapetón que tiene una relación abierta con Tortuga y Armonía. Pronto la tiene también con Javiera, al menos en el plano sexual, y cuando Tortuga se entera…

Pasa lo que pasa. La relación era abierta, pero sin barra libre. Ahí quedan Manuel y Javiera. Y por otra parte Armonía. Y luego aparece Laura. Y Javiera tiene Tinder y ganas de sexo. O de vengarse. O de buscar otro camino. O de…

    Una tragedia se cruza en el follón de relaciones donde el sexo es más nexo de unión entre personas que entre afectos. Debería ser traumática para el resto, pero no lo es. O no tanto como debería. O quizá la falta de sensibilidad sea consecuencia de la «apertura».

La historia es la de la ubicación de Javiera en la nueva ciudad, en la que todo es bello, hermoso, lioso e impulsa a salir adelante incluso cuando es lo contrario. Y lo es también de su ubicación en esa relación extraña en la que nunca sabe si Manuel va o viene ni qué puede esperar de él, ni de las demás, ni de ella misma.

Surgen así dudas, celos, incertidumbres y, con ellas, pensamientos con un pie en la realidad y otros en la fantasía que justifican el título de la novela. Su desarrollo me ha parecido fantástico, porque se produce sin que se dé cuenta el lector, mezclado con todo lo demás en un proceso de voladura con varias causas y efectos. Javiera tiene un estallar que parece el vuelo de una mariposa.

Quien lea esta novela sabrá a qué me refiero, pero tan importante como lo contado es el tono. Es humorístico, desenfadado, pero no por lo que cuenta, sino por el modo en que la narradora se ríe de sí misma. Esto hace la lectura muy agradable durante una buena parte del libro, hasta que, en un giro imperceptible pero magistral, genera inquietud: ¿tanta ligereza al contar las tribulaciones de una joven chilena en Barcelona no tendrá que ver con neuronas grilladas? A ver si con tanto ir y venir, a ver si con tantos líos emocionales… Porque hay que ver qué cosas se le ocurren a la dama. No muy sanas. Y es que, ¿las piensa en serio o solo son ideas liberadoras por lo hiperbólicas?

    La solución, leyendo «La próxima vez que te vea, te mato».

    Una novela engañosamente sencilla por el modo en que está escrita, pero que, si uno se fija, revela un buen dominio del lenguaje, el ritmo y el tono.


jueves, 8 de enero de 2026

La plaza del Diamante – Merçè Rodoreda

 


Bellísima novela escrita de un modo que aúna complejidad, sencillez y delicadeza. Cuánto cuenta sin contar nada más que unos cuantos años de la vulgar vida de Natalia, una joven huérfana de madre que, en las fiestas de Gracia de algún momento cercano a los años treinta del siglo pasado conoce, en la plaza del Diamante, a Quimet, con quien se casa un año más tarde. Luego llega la República, los hijos, la guerra… Y la guerra se lleva por delante cuanto había. Tras ella, ¿es posible reconstruirse?

Merçè Rodoreda (1908-1983) que no tuvo una vida fácil, especialmente como consecuencia de la Guerra Civil y la posterior dictadura, escribió «La plaça del Diamant» en 1962, en catalán. La obra es, pues, deudora tanto de la época en la que está escrita como de la que sirve de marco a la historia. Deudora por lo que cuenta y por lo que reivindica.

No hacen falta muchas líneas para percibir que Natalia no es dueña de sí misma por ser mujer. Solo es dueña de un tonto azar: el de ir o no a la plaza del Diamante a bailar. Allí Quimet la elige y ella termina por aceptar sus pretensiones tras una evaluación con poco margen porque lo pragmático está muy por encima de lo emocional. Pronto sabemos que Quimet es celoso hasta lindar con el peligro y que Natalia se somete sin apenas vacilar. Además, Quimet anula la personalidad de Natalia hasta hacer de ella «Colometa» («Palomita»), y, para colmo, llevado por sus aficiones e ingenuos sueños de prosperidad convierte el hogar familiar en un repugnante palomar. Sin embargo, ninguno de los dos es individualmente culpable, porque son personas de su tiempo que no pueden ser nada distinto a los hombres y las mujeres de esa época entre otras cosas porque tampoco su escasa formación les ha puesto en disposición conocer y perseguir ningún ideal. Son carne de cañón, aunque, lógicamente, la vida es más satisfactoria para Quimet, que al fin y al cabo hace lo que quiere dentro de la corriente que lo lleva, que para Natalia, siempre sometida a su marido.

El entorno del matrimonio son los amigos de Quimet, personas muy similares a ellos, obreros de baja extracción social, trabajadores, siempre dispuestos a echarse una mano entre sí, aunque en esto Quimet es el más disperso, si puede decirse así.

Natalia y Quimet se ganan más o menos la vida gracias al trabajo de Quimet como ebanista y al de Natalia como criada en la pintoresca casa de unos rentistas, pero tienen ambición de mejora. El problema es que si Natalia ha tenido el realismo de buscar la mejora buscando ese trabajo, las ocurrencias de Quimet se van una y otra vez por el sumidero de los cuentos de la lechera.

Hasta que llega primero la época final de la República, cuando el enfrentamiento social es ya abierto y, posteriormente, la Guerra Civil y un sinfín de angustiosas penurias que son lo mejor de la novela por el modo en que Rodoreda muestra cómo el afán de supervivencia se enreda con el sentimiento de dignidad permitiendo que sea la penuria la que muestre la valía de cada persona.

Este drama tan hermosamente contado continúa en los inicios de la postguerra. Todo ha quedado arrasado. No queda más que hambre, vacío y desesperación. Hay tan poco, en lo material y en lo emocional, que ni siquiera las personas tienen con qué reconstruirse.

Y así está Natalia, con un pie en el abismo y otro en la nada.

¿Qué la salva? El modo en que la miseria ha hecho conscientes a muchas personas de la dignidad de todos. Especialmente de la dignidad de los más desesperados.

Llegados este avanzado punto de la novela se abre una nueva normalidad que para el lector resulta esperanzadora y, sin embargo, no lo es para Natalia. ¿Por qué? Porque cuando hablamos de reconstrucción personal… ¿A quién debe reconstruir ella? ¿A Natalia o a Colometa? ¿A la chica que una noche fue a la plaza del Diamante a bailar o la esposa, madre, y antigua sirvienta caída en la soledad y la miseria? 

Que la vida puede desbordarnos con facilidad hasta el punto de destruirnos emocionalmente es algo sabido. Que reconstruirnos es difícil, también. Pero no lo es tanto que muchas veces el problema es no saber qué quiere uno reconstruir, qué quiere uno hacer de sí mismo cuando hasta lo que le limitaba se ha derrumbado. Natalia no era Colometa, pero había llegado un momento en el que Natalia también era Colometa.

La novela se cierra del mismo modo hábil, eficaz, discreto y delicado en que ha transcurrido toda la narración, como si las palabras se retirasen para dejar paso a la primera luz sobre la solución.

Una grandísima novela.


lunes, 6 de octubre de 2025

Nuestros muertos – Rosa Ribas

 


«Nuestros muertos» lo mismo puede hacer referencia a los familiares y seres queridos difuntos que a los líos y follones que se acumulan y amenazan nuestra tranquilidad.

La primera acepción es la que viene a la cabeza de quien haya leído la anterior novela de esta brillante saga (recomiendo leerlas por orden), pero la otra también tiene su razón de ser, habida cuenta de los secretos de la familia Hernández (el peor de los cuales, por cierto, procede de la anterior entrega y tiene su influencia en esta) y de los asuntillos en los que cada uno de sus componentes se acaba metiendo en estas páginas.

Ha pasado tiempo desde el fin de la anterior novela, y la agencia de detectives está desmantelada. Mateo es detective asalariado, la hija mayor se ha buscado la vida en otras actividades y la pequeña y su pareja, un tipo duro antiguo colaborador de la agencia, han montado su propio negocio de investigación y derivados.

Mateo, tan profesional unas veces como chapucero y liante otras, se topa, de estrangis, con un caso peculiar: la desaparición de un joven hombre de negocios, hijo del barrio (esa parte de Barcelona, desconocida para el turista, que es también protagonista de la saga), que lleva entre manos un proyecto impactante. El caso para otros miembros de la familia es distinto: averiguar qué c… está haciendo el patriarca. Y en interrelación de ambos casos averiguamos que hay un policía, un mozo de escuadra, obsesionado con lo que sucedió en la novela anterior y, por tanto, peligrosillo. El caballero, además, estaría más guapo con más escrúpulos. Obviamente, todo esto interfiere en las relaciones familiares y en las laborales de Mateo, por lo que junto a las intrigas propias de lo investigado están las incertidumbres sobre lo que se le viene encima a cada miembro de clan.

Con estos numerosos y alambicados mimbres Rosa Ribas elabora una historia buenísima, de calidad, con un ritmo allegro ma non troppo, sostenido y consistente. Narra con una claridad meridiana, pero no de modo simplista, sino con la lucidez del buen hacer, de quien sabe ir a un destino complicado sin perderse en rodeos argumentales o lingüísticos.

Lo normal, hablando de series de novelas, es que a una primera de éxito sucedan unas cuantas que lo explotan, y que suelen ir a la baja porque el producto se exprime y pronto todo es repetir y sostener el invento con argumentos artificiosos. Bueno, pues aquí ocurre lo contrario: cada una de las novelas de los Hernández me ha gustado más que la anterior. Cada una me parece mejor, más sólida y mejor acabada. Por eso, tras leer la primera «Un asunto demasiado familiar» (sobre la que había recibido información errónea), tardé algo en leer la segunda. Pero tras leer «Los buenos hijos» corrí a comprar esta. Y cuando he terminado «Nuestros muertos» me he apresurado a comprar «Los viejos amores», que ya me espera en la estantería. 

Rosa Ribas es una gran, gran escritora que para colmo, y a diferencia de la mayoría, mejora libro a libro.


lunes, 30 de junio de 2025

Los buenos hijos – Rosa Ribas

 



Muy buena y sólida es esta segunda entrega (2021) de la agencia familiar de detectives de Mateo Hernández, situada en el barrio de Sant Andreu, en Barcelona, en una vieja casa colonial donde también viven buena parte de los personajes. Aunque, eso sí, recomiendo haber leído antes la primera, que reseñé el año pasado: «Un asunto demasiado familiar» (2019).

La recomendación trae por causa que las complejas relaciones entre los Hernández son una continuación de aquella novela. No descubro nada si digo que la madre sigue con sus problemas psiquiátricos y que el padre, Mateo, continua ejerciendo de jefe y no de socio de sus hijos, y que las relaciones con ellos tienen todo que ver con lo que sucedió en la novela anterior y, sobre todo, con por qué sucedió. En «Un asunto demasiado familiar» la hija mayor, Nora, había desaparecido, al parecer voluntariamente, y al final el lector conoció las razones (que no voy a decir aquí para no reventar nada a nadie). En «Los buenos hijos» todos los lectores las conocen ya (y a quien no, se le recuerdan) pero la mayor parte de los personajes siguen ignorándolas. Esta es una de las patas sobre las que se apoya la novela.

Otra viene dada por los casos que llegan a la agencia. Varios y de diferentes tipos, que alcanzan a despertar un fuerte interés, lo cual da ocasión para que cada cual ejerza sus habilidades, incluso las inconfesables. Las sospechas sobre estas últimas tampoco mejoran el clima familiar.

El bípedo anda solito hasta que ambas patas se enredan, cuando los casos y el modo en que los abordan los personajes, cada uno con su personalidad, acaban por tener consecuencias en las relaciones entre ellos y en la suerte de cada uno, con morrocotuda sorpresa incluida que de pronto pone todo patas arriba y abre la vía a una acción mucho más contundente y emocional, frente a la racionalidad previa. La cosa termina como sabrá quien lea la novela.

Me permito apuntar que la reacción a esa sorpresa genera una tensión emocional enorme al llevar al límite la pugna entre la individualidad de cada uno, siempre rupturista, y el espíritu del clan, siempre aglutinador. Una tensión que ya desde la primera novela servía para enmarcar emocionalmente la trama.

Lo que de «malo» tiene la novela es en realidad muy bueno: resulta complicado empatizar con ninguno de los personajes porque, muy a su pesar, todos tienen más sombras que luces. No tanto porque sean gente malvada, que no lo son aunque sí tengan los escrúpulos un tanto desordenados, sino porque son presas de sus limitaciones, miedos, complejos y obsesiones. El padre tiene un pasado lejano y oculto, como su fiel ayudante Ayala, y mantiene a sus hijos como segundones en la agencia; la madre está como una regadera según el día, y su sola presencia es inquietante; además, ninguno de los dos es demasiado afectuoso con nadie. La tía tiene un algo de estorbo; y en cuanto a los tres hermanos, ninguno está a gusto con su vida: Nora está reubicando su existencia y su obsesionada cabeza; Amalia anda en una delicada posición pues si no defrauda a su hermana lo hará a sus padres y además no sabe qué debe hacer para ser fiel a sí misma; y Marc anda presa de sus complejos, vicios y circunstancias no demasiado risueñas. Para colmo, seamos sinceros, no les sucede nada alentador.

La consecuencia es que el ambiente no es muy agradable y sí estresante y deprimente. Esto, que quizá a algunos lectores no les guste por lo que tiene de desasosegante, es, en cambio, un gran mérito. La historia es lo que es, y debe ser áspera para no ser otra. Una historia, volviendo al principio, sólida y solvente, escrita con claridad, orden y lucidez.

No creo que tarde mucho en leer la tercera entrega: «Nuestros muertos» (2023).


jueves, 18 de julio de 2024

Últimas tardes con Teresa – Juan Marsé

 


Juan Marsé tenía solo 33 años cuando publicó esta fantástica y también dura y tierna novela en 1966. Había sido premiada un año antes (Premio Biblioteca Breve), todo lo cual permite saber que la escribió rondando los 30. Dada la calidad de la obra, impresiona la capacidad de su autor a esa edad. E impresiona no solo por cómo está escrita, sino por la profundidad de la perspectiva, más propia de una persona de mucha más edad.

El comienzo de la novela ya está en la posteridad. Pone en acción al Pijoaparte, un veinteañero, un charnego, un inmigrante en la Barcelona de 1956, donde transcurre la novela, un tipo profundamente inculto, sin oficio ni beneficio, que, en el marginal barrio del Carmelo, encaramado en la ladera de la montaña, malvive del robo de motocicletas, explotado por un receptador que es lo más parecido que tiene a un padre. Pero el Pijoaparte, llamado Manolo, es también un tipo tan consciente de ser un don nadie y tan acomplejado por ello que trata de ocultarlo con una actitud chulesca, siendo presumido, y supliendo los argumentos por la violencia o la amenaza de ella, y con unos sueños de grandeza (económica, que la cabeza no le da para más) que convierten en espejo donde mirarse a todo aquel que lleva una vida relativamente lujosa, como la de, por ejemplo, los pequeños empresarios capaces de tener su casita en el barrio de San Gervasio en Barcelona y otra en la playa. Además, el Pijoaparte, aunque siempre un chulo, es también un pobre desgraciado que no tiene quien le haga caso, quien lo quiera un poco, porque sus complejos le hacen rechazar, sin darse cuenta, el afecto de los que, desarrapados como él, tiene más cerca. 


En una fiesta conoce a Maruja, desencadenándose un comienzo memorable que despeña al don Juan desde el nivel al que lo impulsan sus complejos al de su desoladora realidad. Y, a partir de aquí, comienza a aparecer Teresa como si se abriera paso entre la niebla: primero, tímidamente, como una imagen borrosa, casi como un sueño, para ir tomando corporeidad poco a poco. Teresa es hija de uno de esos empresarios con casa en Barcelona, en San Gervasio, y en la playa, en Blanes, al pie de una pequeña cala solitaria y privada. Es universitaria, con una edad que Marsé varía de unas páginas a otras: 18, 19… Aunque parece más madura. Teresa juega a jugársela: es de izquierdas, lo cual supone ser rebelde a la familia, aunque no renuncia a ninguna de las ventajas de pertenecer a ella, y anda metida en fregados estudiantiles reprimidos por el franquismo.

Sobre este punto, lo primero que llama la atención es el ingenuo izquierdismo de salón de quienes viven tan bien que teorizan sobre el obrero sin haber visto uno ni de lejos. Izquierdistas que se erigen en defensores/benefactores de otros desde cierto sentimiento de superioridad, y tan ingenuos que, para ellos, el obrero es una especie de ser mitológico digno de protección en nombre de la justicia universal. Pero, claro, el día en que, fascinados y al mismo tiempo acomplejados por la repentina conciencia de su ignorancia, se topan con uno, igual se dan cuenta de que no es la inerte pieza decorativa de sus delirios que hasta ese momento creían.

Dicho esto, o por todo esto, la fascinación entre los dos protagonistas es mutua: para el Pijoaparte, Teresa representa todo aquellos por lo que él suspira y no puede alcanzar; lo que él merece o, mejor dicho, lo que tendría de no haberle deparado la vida tan mala suerte; para ella, en cambio, Manolo es la esencia, la verdad de la vida. Su relación se afianza con Maruja como un delicado y complicado telón de fondo. Maruja, por contraste, realza el idealismo/egoísmo/estar en la inopia de los dos protagonistas. Maruja, ella sí, es la única que vive con los pies en el suelo. La obrera de verdad, la que sabe que lo es y se resigna a serlo, la que intenta vivir su vida tal y como es porque es la única que tiene. Un personaje que, no es inocente en esta obra dadas sus características, acaba como acaba.

La acción transcurre a lo largo del verano de 1956. Desde la verbena de San Juan hasta mediado septiembre. La evocación del verano en esa época de la vida donde el ya exadolescente, aún carente de responsabilidades, es aún lo bastante ingenuo para que el idealismo le haga creer, a medida que va descubriendo el mundo, que logrará cambiarlo y hacerlo a su medida, tiene una fuerza desmedida en esta novela. Muy potente es también la expresión, elaborada, retorcida a veces, con frondosas frases interminables que enlazan y combinan ideas complejas, que a veces parecen hacer piruetas líricas para luego soltar una carcajada y explotar como realidades prosaicas. Y, sobre todo, la novela tiene varios momentos de conmoción; todos significativos, todos trascendentales.

Y el final…

El final muestra a un Pijoaparte cuya mejor defensa es su propio orgullo, que proviene de sus propios complejos. Qué paradoja. Es también significativo, muchísimo, con quién mantiene la última conversación de la novela. Poner ahí ese interlocutor es el modo que tiene Marsé de indicar cuán bajo está en ese momento el pobre Pijoaparte, cómo la vida le ha pasado por encima. Pero además, Marsé, al poner precisamente en esa boca la información sobre Teresa, sume al lector en una angustiosa confusión, porque igual que es perfectamente lógico que la información sea cierta, pudiera no serlo. Todo depende de lo sincera que haya sido Teresa a lo largo de la historia. O de si algo o alguien, ¿la madurez? ¿la influencia familiar?, le ha hecho abrazar el pragmatismo y olvidar las veleidades juveniles. El Pijoaparte cree lo que le dicen, lo cual puede decir más de él, de sus complejos, que de Teresa. Y, reaccionando como reacciona, provoca en el lector un vacío, una congoja, tan triste como inolvidable.


lunes, 20 de mayo de 2024

El adoquín azul – Francisco González Ledesma

 

Breve novela de Francisco González Ledesma (1927-2015), publicada en 2002, y centrada en lo que en él es característico: la evocación de la Barcelona de posguerra hecha desde el presente; una Barcelona pasada, cuajada de injusticias y abusos debidos la dictadura, que aún conserva la esencia y la dignidad de los bajos fondos y los barrios obreros, aunque sepultadas bajo el terror; como también conserva, en este caso bien visibles, las aspiraciones burguesas y de la «gente de orden»; una Barcelona pasada que se ha ido disolviendo en una modernidad impersonal de modo que, también, las viejas injusticias han alcanzado la impunidad que solo otorga el paso del tiempo, de la vida.

El protagonista, Montero, es un hombre joven en los años cuarenta. Poeta y traductor, pese a no estar especialmente significado en la lucha contra la dictadura franquista acaba herido en una redada y logra escapar apoyado por la diosa Chiripa y por una mujer misteriosa y atractiva que lo acoge en un pequeño apartamento. En él no le es dado ni menarse durante el tiempo en que permanece, no sea que lo descubran. La mujer es la esposa de un capitoste de la policía franquista, un caballero cuyos escrúpulos le impiden no dar una paliza cuando puede hacerlo. Es decir, un angelico.

¿Por qué la mujer ha acogido a Montero? ¿Por qué Montero llega a sentir lo que siente por ella? Ambas cosas merodean por la novela, que es la historia que sigue al incidente narrado. La historia de un traductor que se largó a Nueva York donde malamente se ganó el sustento y el dinero necesario para volver a Barcelona de vez en cuando a la búsqueda de una desconocida. Hasta la vejez.

¿La encuentra? ¿No la encuentra? ¿Se sabrán las razones? ¿Por qué Montero dedica su vida a esa búsqueda? ¿Amor, obsesión, agradecimiento? 

Leedlo y sacad conclusiones.

El tono, el lenguaje, es el habitual en Francisco González Ledesma, y que ya he señalado en otras reseñas.


jueves, 9 de mayo de 2024

Tiempo de venganza – Francisco González Ledesma


Francisco González Ledesma (1927-2015), sin ser Juan Marsé, a quien contempla a bastante distancia, es memoria de la posguerra en Barcelona. Y también memoria literaria de calidad, siempre, eso sí, a través de ese «género menor» que es la novela negra y con el mérito y demérito simultáneos de que su doliente tono melancólico y su estilo es casi idéntico en todas sus novelas, sean cuales sean las tramas y los personajes.

Tiempo de venganza fue publicada en 2003, y transcurre, en parte, en el presente, lo cual señalo por ser unos años de «transición tecnológica» donde había móviles, pero no tantos como ahora, y los que había no tenían conexión a internet, y… Toda una serie de cosillas que han alterado las costumbres de un tiempo muy cercano con un rotundo antes y después; tan cercano y tan distinto que varias escenas transcurridas en la actualidad hubieran podido reescribirse poco después, aunque esto es anecdótico. Porque lo importante, como es habitual en el autor, es ese presente que mira al pasado con una mezcla de impotencia, nostalgia y rabia por la paulatina y casi definitiva evaporación de personas y lugares, de la ciudad entera que fue y nunca volverá a ser, como si la Barcelona de los años cuarenta y cincuenta (en la que fue joven el autor) fuera el compendio de todas las esencias.

Dos abogados ya jubilados y razonablemente adinerados andan, a comienzos del siglo XXI, decididos, por fin, a hacer justicia con un viejo crimen de posguerra: el cometido por un antiguo compañero de facultad, falangista y bien relacionado con el régimen (y, por tanto, impune), cuya víctima fue la joven universitaria de la que, quien más y quién menos, todos andaban enamoriscados. Queda clara la razón del título, ¿verdad?

Ciertamente, los caballeros se han tomado con calma su venganza, pero el plan que han diseñado para ejecutarla parece, a priori, inatacable. Las cosas, no obstante, se complican por varios motivos: por el suicidio de cierto caballero, por los problemillas del hijo de uno de los «vengadores», por… Por mil motivos que permiten ir viajando entre el presente y el pasado, entre la explicación de qué sucedió, de qué puede suceder y jugando, sin cesar, con una doble idea de justicia: si habrá o no justicia por el pasado hasta ahora impune, y si habrá o no justicia, o si lo será lo que haya, por el ajuste de cuentas del presente. 

Todo se complica un poco más, si cabe, porque la información de todos es fragmentaria. En unos casos, porque no se conocen todos los detalles y, en otros, porque alguien ha jugado al despiste, ya que una de las características del mundo que refleja González Ledesma es el papel que juegan las diferencias entre lo que los de abajo son y lo que quieren aparentar ser los de arriba. No olvidemos, tampoco, que de lo que cree el personal a lo que es o fue, suelen mediar trechos que son mundos.

El resultado de este cóctel lo sabrá quien lea la novela, que me ha gustado mucho, salvo por la resolución final, demasiado peliculera a mi juicio, pero no me resisto a recordar el papel que en la obra de González Ledesma juega la justicia poética y, también, esa otra justicia implacable que es la decadencia y la decrepitud; una justicia que alcanza a todos. Hasta a los impunes. Hasta a los que se pasan la vida eludiendo algo, evitando mostrarse como son, para toparse un día con la muerte y quedarse con la cara de idiota que se le queda a todo el que, en el instante en que ya nada tiene remedio, se da cuenta de que ha dejado pasar su existencia fingiendo ser otro.




jueves, 1 de febrero de 2024

Tres enigmas para la organización – Eduardo Mendoza

 


El cultureta tipo, da igual si crítico, escritor o lector, opina que Eduardo Mendoza es un gran autor gracias a sus obras «serias». Fundamentalmente, «La verdad sobre el caso Savolta» y «La ciudad de los prodigios». En cambio, Eduardo Mendoza se ve a sí mismo como un escritor de humor y no como un escritor «serio», o así se desprende de su discurso de aceptación del Premio Cervantes, cuando dijo: «Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.»

Comienzo así esta reseña porque, como Mendoza, no creo que pueda considerarse menor un género que ha alumbrado el Quijote o ha hecho inmortal a Quevedo y, sobre todo, porque al ser Tres enigmas para la Organización una novela de humor, me temo que no serán pocos los que, con el argumento de la falta de «seriedad», minusvaloren sus méritos.

El humor de Tres enigmas para la Organización se apoya no solo en los tres misterios a que alude el título, que se las traen, sino en tres patas: la caricatura, el absurdo y el contraste.

La Organización que protagoniza la novela a través de sus miembros es una parodia, o una caricatura, de un servicio secreto: un organismillo escuálido, moribundo y nadapoderoso, con un presupuesto chuchurrido hasta dejar en el olvido lo simbólico, creado hace décadas e inmediatamente olvidado, que ha pervivido porque no molesta a nadie, por lo que su premisa básica es seguir así, sin molestar para poder cobrar cuatro cuartos a fin de mes, pero haciendo algo para justificar su existencia ante sí mismos y, por supuesto, dándose aires de importancia por razones que más tienen que ver con la autoestima que con la soberbia. Claro que dártelas de importante y misterioso e ir tomando mil precauciones para que no se descubra tu actividad de espía cuando no le importas una higa a nadie ni tienes nada que espiar, es el primer paso del ridículo que rodea a la Organización e impregna toda la novela. ¿Cómo justifica su existencia un ente así de olvidado, pequeñajo y agónico, habiendo tantos cuerpos y fuerzas de seguridad, incluidos los servicios secretos, con miles de efectivos y montones de recursos? Con una idea absurda que nadie le pide: la Organización se autojustifica buscando conexiones entre hechos inconexos y que, para colmo, en nada afectan a la seguridad el Estado. Si no las encuentran –como es lógico- es que los demás cuerpos y fuerzas de seguridad están actuando correctamente y el Estado y la democracia están a salvo; si (milagrosamente) las encuentran, entonces habrán alcanzado la gloria. Digamos que, a su modo, supervisan.

Lo que supone el lector es, lógicamente, que esas conexiones solo pueden llegar a existir por casualidades más improbables que acertar un euromillón. Que además esa interconexión tenga algo que ver con la seguridad del Estado tiene idénticas posibilidades. Es decir, un despropósito. Un organismo llamado a investigar estupideces al azar. Los tres enigmas cuya relación pretende averiguar el jefe del tinglado tienen la siguiente enjundia: en un hotel de mala muerte en las Ramblas ha aparecido un tipejo ahorcado; en el puerto de Barcelona ha atracado un yate de superlujo, el dueño ha desembarcado y no han vuelto a verle el pelo; una marca de conservas de pescado es la única que no ha subido los precios en un determinado plazo. Si con estos alarmantes peligros para la supervivencia del Estado la Organización entra sin disimulo en la parodia o la caricatura, sus problemas operativos permiten dar entrada en la novela al absurdo.

El protagonismo de la historia, que transcurre en Barcelona con algún escarceo en un sitio tan exótico como Palamós, es compartido por los miembros de la Organización, los investigados y un taxista que da mucho juego. El elenco de personajes es variado y, por tanto, es una novela coral. Muchos  recuerdan a otros del mismo autor: el jefe, buena persona, preso de la inutilidad de su trabajo, de la falta de presupuesto y ansioso de ver reconocido su rango (no otra satisfacción obtiene del trabajo), intenta darse fuste con buenas palabras y vistiendo la realidad con pomposos eufemismos y decisiones más grandilocuentes que efectivas, como alguno de los personajes de «La aventura del tocador de señoras». Otros, como «el nuevo» son de una espartana fidelidad a sus planteamientos, hasta el punto de que su rectitud les imposibilita sortear los obstáculos, que solo pueden superar pasando por encima y descrismándose, por abajo (y chafándose) o a través de ellos (y moliéndose); el taxista es el típico tipo que va a su bola y juega la baza del egoísmo o la generosidad al hilo de su curiosidad; y hay unos cuantos hombres más, cada uno obsesionado o definido por un rasgo chocante; en cuanto a las damas que pueblan las páginas, responden típico perfil mendociano: guapas, atractivas, con un pie en la ingenuidad y otro en la agudeza; unas con firmes convicciones –para excusar su incapacidad afectiva- que no dudan en torcer en cuanto pueden poner a prueba la flaqueza de su carne (lo cual justifican con discursos profundos, redichos y elaborados) y otras, al contrario, pelanduscas que con discursos reflejos buscan redimirse hacia una vida de decoro y castidad. En resumen, Mendoza.

En cuanto a las tres patas del humor, la primera, la paródica o caricaturesca, se apoya en todo lo que acabo de decir de la Organización, en el perfil de los personajes, distintos entre sí, pero todos extravagantes y contundentes, y en ciertas situaciones cómicas, como que un agente secreto actúe bajo la tutela de su esposa, o que otra James Bond deba subordinar las misiones al cuidado a su madre, o… Una historia «moertadelofilemoniana» que se ríe de la novela negra y de las de espías.

La segunda pata, el absurdo, lo encontramos a cada paso y, lógicamente, siempre sin venir a cuento (para eso es absurdo) más que, como mucho, al hilo de ciertos juegos de palabras o situaciones equívocas. Desde el argumento a numerosas escenas y detalles el absurdo asalta al lector de modo intermitente. La falta de continuidad produce cierto efecto sorpresa cuando el absurdo llega, y hace necesarias unas cuantas páginas para calar el estilo del libro.

Y la tercera pata que he mencionado son los contrastes, entre los que incluyo el disparate. En un entorno «normal» de pronto aparecen personas o entes de nombres disparatados, o en un discurso solemne irrumpe lo más doméstico, personal y prosaico, o la detallada descripción de un entorno misterioso incluye, de sopetón, un inútil y estrambótico pormenor.

Pero lo que caracteriza el humor de Mendoza en este libro y lo vincula a otras de sus obras de humor son dos cosas más importantes: la primera, que los protagonistas son todos unos perdedores; unos pobres diablos que si no dieran risa darían pena. Imposible no solidarizarse con todos. Hasta con los malos, si los hubiera, porque cuando todos parecen un poco tontos o ingenuos la maldad se diluye. La segunda, que al igual que sucede con el detective loco o con Horacio Dos, la mayoría de estos personajes tratan de engañarse a sí mismos, al resto de personajes y al lector dándose una pompa (apoyada en el lenguaje) y una importancia de la que carecen tan manifiestamente que sus esfuerzos por hacer ver que llueve cuando el mundo se les está meando encima inspiran ternura.

Por lo demás, la maestría de Mendoza es tal que lo desquiciado de la trama, el lenguaje y los diálogos entran tan fácilmente en la mollera del lector que se diría que el texto está lubricado. Y lubricado está por la pericia con que consigue siempre un lenguaje musical en los diálogos, eficaz fuera de ellos y siempre variado y rico en términos poco usados que apuntalan el humor con su sonoridad. ¿Y qué decir del modo en que consigue que los tres enigmas sean solo uno? Es un tanto confuso, pero es que es un juego de prestidigitación literaria.

La única pega, por ponerle alguna, es que los anuncios de la faja y de la sinopsis de una nueva novela de humor de Mendoza hace que uno comience a leer buscando el humor que ya conoce, pero esta novela es diferente: una mezcla entre la desconcertante trilogía de «Las tres leyes del movimiento», la saga del detective loco (Ceferino) e incluso ciertos golpes que recuerdan a Sin noticias de Gurb.

En resumen: una obra diferente a las anteriores, pero que tampoco aporta nada nuevo porque mezcla recursos de varias de ellas. Si esta poción es un nuevo registro del autor, yo diría que sí. O que más o menos. Otros dirán que no. Pero todos querrían, digan lo que digan, escribir como Mendoza.


martes, 16 de enero de 2024

Un asunto demasiado familiar – Rosa Ribas

 


Que cada libro tiene su momento es algo que jamás he dudado, y este es un buen ejemplo: lo compré cuando salió, ha estado tres o cuatro años sin que le hiciera caso y, de pronto, no me preguntéis cómo, ha exigido ser leído. Y lo he disfrutado.

Y además me ha sorprendido, porque por algún motivo (o la publicidad fue mejorable o, cosa bastante probable, no me enteré bien) pensaba que Un asunto demasiado familiar tenía toques de humor. Pues no: es posible que el apellido «Hernández» no tenga el pedigrí de «Marlowe», o que la empresa familiar afectada por las rarezas de toda la parentela no tenga el glamour de los investigadores de élite de un cuerpo policial, pero Un asunto demasiado familiar es también un asunto muy serio, que muestra las cosas desde un ángulo poco frecuente: lo cotidiano desconocido.

          Por esto y por algunas cosas más, se trata de una novela ambiciosa. Y bien resuelta. 

El asunto demasiado familiar del título alude a la desaparición de una de las hijas del protagonista, Mateo Hernández, un detective privado con sede en el barrio obrero de Sant Andreu, al norte de Barcelona, lindante con Santa Coloma de Gramanet. Un detective, también, de juventud descarriada, en cuya empresa prestan servicios otro hijo y la hija que acaba de volver a casa tras separarse. Colabora también un tal Ayala, hombre eficaz y expeditivo. Completa el cuadro la esposa, cuya salud mental es manifiestamente mejorable y, en la vivienda de enfrente en el caserón que habitan con un jardín-huerto en medio, la tía.

La novela es en parte engañosa, porque comienza con un encargo que parece destinado a conducir la acción cuando, en realidad, la autora lo utiliza para hacer una larga y cuidadosa presentación de los miembros de la familia. Hay tantos y la situación de cada uno es tan compleja que se agradece este modo de conducir pausadamente al lector hasta las profundidades de la familia, en lugar de intentar zambullirlo en pocas páginas.

Cuando ese caso es resuelto, queda tanto texto por delante que parece un reto. Si algún lector se ha dejado llevar demasiado por ese primer enigma, quizá tenga la impresión de que le están contando dos historias sucesivas, pero no es así. Son dos historias simultáneas, pero de distinta duración, una de las cuales sirve de lanzadera de la segunda.

Y esta segunda… Bueno, a mi juicio es planteada y resuelta de un modo brillante. Planteada porque no es sino hacia mitad del libro cuando aparece con toda su fuerza, tomando el relevo del primer caso; y resuelta, por lo ingenioso de lo ocurrido.

Una buena lectura que me va a llevar, más pronto que tarde, a seguir con el resto de la saga.




lunes, 17 de abril de 2023

Expediente Barcelona – Francisco González Ledesma

 



Barcelona, que en 1929 había llegado a ser, parafraseando a Eduardo Mendoza, «la ciudad de los prodigios», transitó poco después por la guerra para desembocar en la hambruna y la ruina de los años 40, y luego volver a rehacerse, muy poco a poco, gracias al sacrificio de quienes habían sobrevivido al caos y a la brutalidad de la nueva ley y de cuantos acudieron allí en busca de un futuro. A la paulatina disolución, a manos del egoísmo uniformador de la modernidad, del deseo de evitarse problemas y de la ambición de los poderosos, de esa Barcelona nacida de la desdicha y fundada en la esperanza del plato caliente en la mesa y otros éxitos, canta Francisco González Ledesma (1927-2015) en sus obras, especialmente en las protagonizadas por ese eterno viejo policía apellidado Méndez, que, felizmente para los lectores, se pasó 30 años al borde de la jubilación, como si el tiempo hubiera corrido más rápido para el mundo que para él, lo cual, por cierto, es la esencia de las novelas del autor, cuya mirada siempre se posa en los restos del pasado.

Expediente Barcelona es la única novela que me quedaba por leer de la saga, aunque fue la primera que se publicó (en 1983; la última, Peores manera de morir, lo fue en 2013), si bien hay que advertir que, aunque en el modo de narrar y de mirar a esa Barcelona en disolución Expediente Barcelona es en todo digna de pertenecer a la serie, realmente Méndez no pinta nada en la novela. Hace solo una aparición fugaz y prescindible, y después se le menciona un par de veces. Nada más. Es un figurante que ni siquiera aspira a personaje secundario.

La novela tampoco sigue el esquema de las que luego formaron la saga (que incluyó un Premio Planeta: Crónica sentimental en rojo). No hay una investigación propiamente dicha, sino una secuencia de escenas en la que unas veces se dirige al lector un pobre abogado acuciado por la penuria que recibe una insólita encomienda por persona interpuesta, para a continuación toparnos con las cartas del hijo de un empresario catalán que poco a poco le va contando su vida a una señorita, sin escatimar confesiones y detalles sórdidos; e incluso también se ofrecen al lector las cartas que no llegan a informes informes que desde la prisión envía un preso a un comisario.

El título no podía estar mejor elegido, porque la novela trata de esa Barcelona que transita de la posguerra a la incipiente democracia, desde la que se «envía» la obra al lector; si uno tuviera de preguntarse cuál es el crimen o qué diablos se está tratando de desentrañar, no lo sabría hasta el final y entonces se daría cuenta de que las cosas podían haber sido así o de otra manera, pero que lo importante ha sido el viaje.

Hijos sin filiación, burguesía empresarial que trata de mantener su estatus con un sentido flexible de la ética, revolucionarios con los que hay que lidiar, o compadrear o aprovechar, atentados reales, supuestos y temidos, estafas, la dificultad para distinguir entre «buenos y malos» porque casi todo el mundo es, según el momento y las circunstancias, una u otra cosa, son el marco en el que se desarrolla una acción que consiste en recrear ante el lector una ciudad, una época, y la vida de algunos de sus habitantes. Unos, con posibles; el resto, la mayoría, con imposibles.

El modo de escribir es fantástico, capaz de mezclar constantemente amargura, melancolía y humor, poéticamente duro, con un permanente reírnos de nosotros mismos, de nuestras miserias, de nuestras torpes ambiciones, del modo en que la prosaica realidad y lo acomodaticio del ser humano vence siempre a los ideales, que suelen acabar siendo la tumba de quienes los defienden por encima de su propia conveniencia. En las novelas de la serie, los grandes ideales son siempre  la excusa que encuentran los más avispados para medrar a costa de quienes de verdad creen en ellos.  

Una muy buena novela que, además, he tenido la suerte de leer en una vieja edición (la de Júcar, la editorial creada por Caballero Bonald) con lo que me podido leerla, ¡cómo le hubiera gustado a Méndez!, disfrutando en todo momento del aroma del papel y la tinta viejos.


jueves, 16 de febrero de 2023

La tristeza del Samurái – Víctor del Árbol

 


No había leído nada de Víctor del Árbol, pero cualquiera que transite con frecuencia por la parte literaria de las redes sociales ha oído hablar de él desde hace ya una década. En general, positivamente. Viendo sus intervenciones allí parece un tipo sensato y cae bien. A lo cual debo unir que una de las personas en la que más confío a la hora de hablar de libros me dijo hace ya tiempo (aunque bien es cierto que sin mucho entusiasmo) que este autor «no estaba mal». Cuento esto porque cuando las expectativas sobre una novela se ven frustradas más culpa tiene la información previa que la novela, aunque la frustración ahí queda.

Por algún motivo esperaba una obra más «literaria», y también de cierta profundidad, y aunque reconozco haberme entretenido leyendo La tristeza del samurái, me he quedado con una sensación extraña: la de una obra construida ensamblando imágenes y recursos tópicos de manera tan evidente y obsesiva que se ha olvidado dar alma al fondo. Como un castillo infantil hecho con piezas recolectadas aquí y allá, de diferentes juegos, todas reconocibles pero que no acaban de encajar. Entre esas piezas, un malo malísimo, frío, elegante, cruel, todopoderoso y tan calculador que con seguridad y eficacia pasmosas se anticipa al pensamiento y la acción de cualquier hijo de vecino, ¡y con precisión de minutos!; heroicas «princesas» secuestradas; malos feotes, desfigurados, contrahechos, escondidos del mundo y enamoradizos (a su manera); viejas mansiones decrépitas; cartas antiguas que revelan culpas; «héroes» víctimas de su propio afán de justicia y en dramáticos problemas de apariencia irresoluble; traidores que se regodean en su propia vileza, traidores de medio pelo, y, sobre todo, gente que parece ser una cosa y es la opuesta; todo tejiendo una trama que enlaza sucesos de 1941 y 1981, con los mismos personajes y sus hijos; todo con tal mezcla que cada relación entre dos personajes se convierte en un circense «más difícil todavía». Una puesta en escena con muchas imágenes prestadas de la cultura cinematográfica popular y hasta de los cuentos, ensambladas de un modo demasiado tosco y que, por la voluntad de impacto que el autor quiere lograr generan dos efectos negativos: por una parte, saciedad; por otra, tanta atención a la puesta en escena desdibuja a los personajes, deshumanizados para limitarlos a encarnar su misión/obsesión en la novela. Mucho soponcio y encorsetamiento en clichés y poca psicología. Unamos un apreciable grado de truculencia para echar sal a las escenas e improvisadas soluciones extravagantes que lo mismo permiten hacer creso, sin explicación, al personaje en cuya penuria se han recreado el autor páginas atrás, que intentar, de modo fallido, vincular la trama al intento de golpe de Estado del 23-f (en realidad, con las referencias hechas lo mismo podría vincularse a cualquier otro suceso). Para colmo, ciertos anacronismos, la flagrante superficialidad de los datos en torno al 23-f y algunos fallos documentales evidentes acaban por reforzar la tosquedad a que antes he aludido. A título de ejemplo, Alfonso Armada –quien, dicho sea de paso, no pinta nada en el argumento- es calificado de «almirante» en vez de «general». Mira que como el autor se hubiera hecho un lío con lo de «Armada»…

Lo dicho: la trama, debido a los constantes malabares históricos, personales y emocionales y al uso continuo de imágenes tópicas, consigue resultar lo bastante atractiva para leer la novela con cierta placidez, lo que también facilita un lenguaje correcto pero simple, que ni se plantea provocar emociones por nada distinto a la descripción directa y poco elaborada. Esperaba mucho más. No me extraña que el samurái, encajado en la trama como podría haberse encajado a su tía la del pueblo -o como ha sido encajado el 23-f y algunas otras cosas- esté triste. Y hasta deprimido.

Termino volviendo al principio: quizá esta mala impresión sea culpa mía. O no supe interpretar la información que hasta mí había llegado, o me dejé engañar por una información incorrecta fruto de un aparato publicitario mejor engrasado que el literario. El caso es que mis buenas expectativas han resultado equivocadas.

En cualquier caso, un autor con cierto éxito. Por algo será. Pero los motivos no los he sabido encontrar.




lunes, 14 de noviembre de 2022

La llama de Focea – Lorenzo Silva

 



Cuando un personaje alcanza la proyección de Rubén Bevilacqua se abre la oportunidad, que Lorenzo Silva ya aprovechó en la anterior novela de la saga, de dar a conocer el pasado de alguien que (cómo dudarlo con tantas novelas de éxito detrás) interesa a los lectores.

Si en El mal de Corcira supimos de las andanzas de Bevilacqua en el País Vasco en sus inicios en la Benemérita, en La llama de Focea sus recuerdos se remontan a su pasado inmediatamente posterior, con el traslado a Barcelona. La técnica en ambos casos es similar: el delito sobre el que Bevilacqua debe trabajar –un presente que transcurre a comienzos del otoño de 2019, cuando está a punto de conocerse la sentencia del procés– trae a su cabeza –viajes mediante- los recuerdos de aquella otras época, en la Barcelona  de finales del siglo XX, conflictivos en lo personal y en lo laboral; de esto último algo supimos ya en una novela muy anterior, La marca del meridiano, por lo que es lo personal lo más llamativo en esta ocasión. La descripción de los sentimientos que produce la infidelidad en quien traiciona a su pareja me ha parecido especialmente lograda. Y el detalle de un par de epifanizaciones ante un antiguo «amor imposible» tras muchos años de incomunicación también tiene su puntito para reflexionar sobre madurez e inmadurez y sobre las películas que cada cual se monta con su pasado cuando se ve perdido en su futuro.

La llama de Focea comienza con el asesinato, en el Camino de Santiago, de una joven que resulta ser hija de un corrupto barcelonés devenido independentista y con contactos de lo más dudosos, que lo mismo pueden servir –duda todo el mundo, incluido el lector- para llenarle el bolsillo que para alborotar el cotarro político y callejero.

Como es marca de la casa, la investigación tiene un elevado tono realista en la que los tiempos los determinan los procedimientos periciales, y entretanto los días son aprovechados por Bevilacqua, Chamorro y compañía para recabar las pruebas testificales. La investigación suele seguir un camino lógico que conduce a unas conclusiones lógicas (y poco sorprendentes, porque pronto se ha identificado el rumbo), pero Silva ha tenido la capacidad de mantener la sorpresa no jugando con los procedimientos policiales –que mantienen su halo de realismo- sino complicando la realidad que esos procedimientos investigan, lo cual provoca unos giros finales sorprendentes y que se agradecen, a pesar de la no tan realista entrevista final entre el protagonista y cierto señor que conocerá quien lea la novela (sobre esto me pregunto si no volveremos a saber de este caballero en el futuro).

El crimen se comete en el Camino de Santiago, pero la protagonista es Barcelona. Me ha parecido estupendo, porque una ciudad es más evocadora a los propósitos que se persiguen. Uno de ellos, no menor, es abordar un tema que ahora está bastante chuchurrido en comparación con hace un lustro (y más tras ser aplastado por la pandemia) pero entonces provocó una tensión social sin precedentes en la democracia: el procés; esa cosa que nadie sensato creía posible, defendible ni deseable, pero que, ante el silencio de la sensatez, acabó siendo creíble para cientos de miles de personas que con tanta fe como ausencia de razonamiento creyeron también que las reglas democráticas se pueden modificar e improvisar «a instancia y en interés de parte». El caso es que en medio de una conmoción social desconocida al menos por dos generaciones se declaró la independencia, y quien había promovido y liderado el chusco camino que condujo al desaguisado, en lugar de tomar ni una sola disposición al respeto tras la declaración, en lugar de lanzar arengas solemnes y emotivas, en lugar de hacer llamamientos a unos y otros para intentar allanar el camino a la prometida nueva realidad, en lugar de intentar ser uno de esos líderes cuyas futuras estatuas los representan mirando al horizonte donde se vislumbran sueños e ideales, en lugar de todo eso, digo, el hombre se largó a tomar vinos por su ciudad para a continuación, y sin solución de continuidad, poner pies en polvorosa por si las moscas. Trágico y sin épica. Berlanguiano. Quiso el aprendiz de brujo parir una tormenta de truenos y, cuando toda la sociedad se disponía a afrontar el temporal, el héroe se tiró un solemne pedo. Tras el cual, en lugar de llorar de impotencia, se fue de copas con una sonrisa de a oreja a oreja, como si no hubiera esperado otra cosa de sus conjuros. Y adiós. En cualquier caso, sea como sea, aquellos meses fueron un desastre para toda la sociedad española. Sigue habiendo cafres en todos los frentes, pero quiero pensar que unos cuantos han abandonado sus posicionamientos radicales al haber advertido que la democracia no es un sistema para que quien tiene la mitad más uno de los votos haga lo que le dé la gana, sino un mecanismo para garantizar la convivencia entre quienes tienen ideas y pretensiones distintas e incluso incompatibles. La democracia no tiene por principal objeto dar satisfacción a sueños ideológicos, sino permitir la convivencia. Silva deseaba meterse en este jardín, como en la novela anterior lo hizo con el tema de ETA, y lo ha hecho poniendo en boca de su personaje una serie de reflexiones a mi juicio bastante sensatas que apelan al sentido común y, sobre todo, a la necesidad de informarse, de conocer bien el pasado, de conocerse a uno mismo y de conocer al otro. Difícil es la convivencia cuando nadie se molesta en conocer las razones de nadie. Ni siquiera las propias.




lunes, 7 de noviembre de 2022

Si te dicen que caí – Juan Marsé

 


 

              Los sentimientos y las emociones también se dejan en herencia, como el patrimonio, pero a diferencia de éste no pasan de padres a hijos, sino que se transmiten por vía ideológica, o cultural, o por las circunstancias, influencias y experiencias de cada cual. Por eso, 83 años después de haber finalizado la Guerra Civil aún resulta imposible habla de ella sin que la mayoría de las personas se posicionen a favor o en contra de uno de los bandos (como si solo hubiera habido dos). Además, a pesar de que, como dice el catedrático de Historia Julián Casanova, la Guerra Civil española ha sido el segundo conflicto bélico más estudiado de la historia después de la Segunda Guerra Mundial (pero, avisa, hasta hace escasos años solo estudiado con rigor por historiadores extranjeros) aquí nadie se pone de acuerdo sobre ella, ya que en España fue imposible estudiar o publicar nada riguroso sobre la guerra durante la dictadura; tampoco se hablaba con rigor en los colegios, ni en los medios ni en ningún sitio, y tantas décadas de silencio han alumbrado generaciones de ignorantes incapaces de transmitir a sus hijos o alumnos nada más que generalidades vacías de contenido, eslóganes, mitos fundacionales del nacionalismo español y frases hechas. No ha sido hasta el siglo XXI cuando a los estudios «canónicos» (todos de autores extranjeros, muchos de ellos británicos) sobre la Guerra Civil se han incorporado las primeras obras de historiadores españoles, y muy poquito a poco. Por todos estos sentimientos aún vigentes que cabalgan a lomos de la ignorancia rampante que acabo de describir, Si te dicen que caí (publicada en 1973 en México porque en España era imposible) es una novela comprometida y beligerante, que aborda algo aún menos conocido por los españoles que su propia Guerra Civil, pero no menos dramático para muchos: la posguerra.

              Barcelona. Barrio del Guinardó. Años cuarenta del siglo XX. Cualquier adulto significado como «rojo» ha sido fusilado o encarcelado en condicionas inhumanas. Unos cuantos, en la clandestinidad, deben conformarse con seguir vivos, y unos pocos de ellos, ajenos al peso de la realidad, practican sabotajes y atentados. A sus hijos, los hijos del fusilado, del encarcelado o del disuelto en la clandestinidad, los encontramos en el entorno de un orfanato femenino. Los chicos llevan la vida que pueden, callejera, divirtiéndose con lo que hacen y con las «aventis» que inventa uno de ellos utilizando como material la realidad, descubriendo el sexo y el amor; y ellas, las chicas del orfanato, también están descubriendo el amor, el sexo y las pillerías sobre la base de un futuro que solo puede acabar en la servidumbre de los «señores acomodados» -que están a bien con régimen o forman parte de él- o en la prostitución, que es también el medio de vida de muchas de las madres de todos estos muchachos -una vez perdido el soporte económico que los maridos representaban y habida cuenta de que tampoco era sencillo encontrar trabajo siendo mujer y esposa o viuda de un «rojo». Una sociedad que ha sido dividida desde el poder entre «los nuestros» y «los otros», donde los primeros encuentran prebendas y facilidades y los segundos solo problemas, sospechas, miedo y terror.

              En este marco discurre la vida del grupo de amigos (chicos), mucho más independientes que las chicas, tuteladas por el orfanato. Alguno de ellos comienza a volar en busca de independencia y amores, pero en esa búsqueda tropieza con la pobreza y la explotación –incluida la sexual- a manos de alguno de los señoritos vencedores, que gozan de impunidad. En esos pocos años que van de la pubertad a la juventud vemos a niños que pasan a ser hombres que buscan un camino, aunque alguna niña es transformada antes en prostituta que en mujer; entre ellas, una prostituta que el paso del tiempo hace mítica, porque demasiada gente, entre ellos algunos poderosos, la busca. ¿Por qué? ¿Qué secreto guarda? Uno de sus buscadores es uno de aquellos chicos, que se enamoró de ella, o algo parecido, cuando ambos, siendo críos, fueron forzados a tener relaciones sexuales para satisfacer el voyeurismo de un paralítico de guerra pudiente e influyente.

              La narración, fantástica, alterna recuerdos del presente (1973) compartidos entre uno de aquellos muchachos (ahora celador en el Hospital Clínico) y una monja (entonces huérfana del orfanato) a cuenta de los cadáveres de un matrimonio –también chicos de Guinardó treinta años atrás, conocidos de ambos- y sus gemelos, llevados al hospital tras un accidente de tráfico. La narración alterna versiones de unas mismas realidades, que mezclan testimonio, la imaginación de las «aventis» y elucubraciones. La mezcla es brillantísima: el lector nunca sabe cuándo se le está contando la verdad; ni siquiera si alguna vez se le llega a contar; y, sin embargo, termina la lectura con una intensa sensación de verdad y autenticidad.

              Los chicos que protagonizan la historia saben que hay adultos. Y muchos tienen para ellos un aura mítica. Han muerto, o están en la cárcel, o en la clandestinidad pensando en devolver el golpe a los sublevados.  Si te dicen que caí también es la historia de algunos de estos adultos. Trabajadores transformados en carne de cañón durante la guerra y, más tarde, algunos, endurecidos hasta transformarse en delincuentes y terroristas. Entre estos últimos, casi todos son idealistas a quienes el paso del tiempo y la impotencia devuelven al orden para situarlos a las puertas de la vejez solos y asombrados por cómo pudieron ser tan ingenuos de no advertir el aplastante peso de la realidad consumada. Ya adultos, todos los que perdieron lo mejor de sus vidas en la lucha contra una dictadura apoyada por el fascismo y el nazismo, viven perplejos por cómo la realidad consumada de su fracaso ha borrado en ellos todo entusiasmo, todo ideal, todo afán de lucha; por cómo se han acabado adaptando a los designios del vencedor, sacrificando el ideal de una sociedad libre a cambio de poder conservar algo tan pequeño en comparación como su insignificante vida individual; aplastados por cómo el fuerte impone su poder hasta que la resignación, y con ella la humillación, se acepta pasivamente por los vencidos, que ya no se sienten vencidos por un oponente sino derrotados por su propia debilidad.

              Si el dominio del lenguaje es magnífico, resulta abrumadora la capacidad de Juan Marsé para, a partir de un conjunto de historias complejas, crear aún más confusión de modo intencionado y, de todo ese revoltijo, sacar tanta luz.           

              ¡Qué grande!