En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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jueves, 8 de enero de 2026

La plaza del Diamante – Merçè Rodoreda

 


Bellísima novela escrita de un modo que aúna complejidad, sencillez y delicadeza. Cuánto cuenta sin contar nada más que unos cuantos años de la vulgar vida de Natalia, una joven huérfana de madre que, en las fiestas de Gracia de algún momento cercano a los años treinta del siglo pasado conoce, en la plaza del Diamante, a Quimet, con quien se casa un año más tarde. Luego llega la República, los hijos, la guerra… Y la guerra se lleva por delante cuanto había. Tras ella, ¿es posible reconstruirse?

Merçè Rodoreda (1908-1983) que no tuvo una vida fácil, especialmente como consecuencia de la Guerra Civil y la posterior dictadura, escribió «La plaça del Diamant» en 1962, en catalán. La obra es, pues, deudora tanto de la época en la que está escrita como de la que sirve de marco a la historia. Deudora por lo que cuenta y por lo que reivindica.

No hacen falta muchas líneas para percibir que Natalia no es dueña de sí misma por ser mujer. Solo es dueña de un tonto azar: el de ir o no a la plaza del Diamante a bailar. Allí Quimet la elige y ella termina por aceptar sus pretensiones tras una evaluación con poco margen porque lo pragmático está muy por encima de lo emocional. Pronto sabemos que Quimet es celoso hasta lindar con el peligro y que Natalia se somete sin apenas vacilar. Además, Quimet anula la personalidad de Natalia hasta hacer de ella «Colometa» («Palomita»), y, para colmo, llevado por sus aficiones e ingenuos sueños de prosperidad convierte el hogar familiar en un repugnante palomar. Sin embargo, ninguno de los dos es individualmente culpable, porque son personas de su tiempo que no pueden ser nada distinto a los hombres y las mujeres de esa época entre otras cosas porque tampoco su escasa formación les ha puesto en disposición conocer y perseguir ningún ideal. Son carne de cañón, aunque, lógicamente, la vida es más satisfactoria para Quimet, que al fin y al cabo hace lo que quiere dentro de la corriente que lo lleva, que para Natalia, siempre sometida a su marido.

El entorno del matrimonio son los amigos de Quimet, personas muy similares a ellos, obreros de baja extracción social, trabajadores, siempre dispuestos a echarse una mano entre sí, aunque en esto Quimet es el más disperso, si puede decirse así.

Natalia y Quimet se ganan más o menos la vida gracias al trabajo de Quimet como ebanista y al de Natalia como criada en la pintoresca casa de unos rentistas, pero tienen ambición de mejora. El problema es que si Natalia ha tenido el realismo de buscar la mejora buscando ese trabajo, las ocurrencias de Quimet se van una y otra vez por el sumidero de los cuentos de la lechera.

Hasta que llega primero la época final de la República, cuando el enfrentamiento social es ya abierto y, posteriormente, la Guerra Civil y un sinfín de angustiosas penurias que son lo mejor de la novela por el modo en que Rodoreda muestra cómo el afán de supervivencia se enreda con el sentimiento de dignidad permitiendo que sea la penuria la que muestre la valía de cada persona.

Este drama tan hermosamente contado continúa en los inicios de la postguerra. Todo ha quedado arrasado. No queda más que hambre, vacío y desesperación. Hay tan poco, en lo material y en lo emocional, que ni siquiera las personas tienen con qué reconstruirse.

Y así está Natalia, con un pie en el abismo y otro en la nada.

¿Qué la salva? El modo en que la miseria ha hecho conscientes a muchas personas de la dignidad de todos. Especialmente de la dignidad de los más desesperados.

Llegados este avanzado punto de la novela se abre una nueva normalidad que para el lector resulta esperanzadora y, sin embargo, no lo es para Natalia. ¿Por qué? Porque cuando hablamos de reconstrucción personal… ¿A quién debe reconstruir ella? ¿A Natalia o a Colometa? ¿A la chica que una noche fue a la plaza del Diamante a bailar o la esposa, madre, y antigua sirvienta caída en la soledad y la miseria? 

Que la vida puede desbordarnos con facilidad hasta el punto de destruirnos emocionalmente es algo sabido. Que reconstruirnos es difícil, también. Pero no lo es tanto que muchas veces el problema es no saber qué quiere uno reconstruir, qué quiere uno hacer de sí mismo cuando hasta lo que le limitaba se ha derrumbado. Natalia no era Colometa, pero había llegado un momento en el que Natalia también era Colometa.

La novela se cierra del mismo modo hábil, eficaz, discreto y delicado en que ha transcurrido toda la narración, como si las palabras se retirasen para dejar paso a la primera luz sobre la solución.

Una grandísima novela.


jueves, 16 de octubre de 2025

Polifemo – Ignasi Ribó

 


Durante un viaje a Madrid, hace ya bastantes años, pasé por una librería de la que no recuerdo ni el nombre ni la ubicación. En ella me topé con una oferta de libros de Edhasa de la que «Polifemo» formaba parte. Tres libros, diez euros. Una liquidación. Todos uniforme y magníficamente editados en la colección «Edhasa literaria». No obstante, los mejores títulos o no habían llegado a estar de oferta o habían volado. Solo quedaban varios para mí tan desconocidos como sus autores.

Hasta aquel día no sabía que existía Ignasi Ribó, ni tampoco «Polifemo». Después no he oído hablar de ninguno de los dos. Creo que compré el libro atraído por el bajo precio, lo cuidado de la edición y porque me dejé llevar (mea culpa)) por la faja que podéis ver en la foto, sin reparar en que los pasos de Miller o Cèline se pueden seguir a poca o mucha distancia y que, en cualquier caso, entre seguir los pasos de alguien y alcanzarle hay una enorme diferencia. Tampoco llamó entonces mi atención el «o», que no tiene por qué ser lo mismo que una «y». Miller «o» Cèline.  ¿Habría disparado al azar, sin apenas mirar el libro, el anónimo crítico de La Vanguardia en favor de sus casi vecinos de la calle de la Diputación? ¿O había hecho una crítica sibilina disfrazada de elogio?

Estas observaciones me las he hecho ahora, varios años después, tras leer por fin el libro.

¿Qué puedo decir de él?

Que Ignasi Ribó escribe bastante bien, que tiene destreza y habilidad, pero que en esta ocasión no tenía mucho que contar al común de los mortales.

En un tono que al principio parece serio y pronto enlaza con la parodia, el protagonista, un joven becado que no pega un palo al agua y vive en París, se pasa la vida deambulando por los jardines de Luxemburgo, de los que el libro ofrece un montón de fotografías en blanco y negro que no acaban de verse bien, a pesar de lo cuidado de la edición. En ellos está enclavado el Senado y, cruzando la calle, el teatro Odéon. En este entorno va y viene el caballero porque una vez se topó, junto a las estatuas, con una mujer hermosísima, que supone nórdica aunque no llegó a intercambiar una palabra con ella, de la que se enamoró como un imbécil al instante y de la que nada sabe desde ese mismo momento. Piensa que alguna vez ella volverá, y ahí estará él para aprovechar la ocasión, esta vez sí, en lugar de quedarse callado como un memo. El obseso protagonista, que se dirige al lector en primera persona, fantasea con explicaciones y futuribles. Aunque supuestamente se está especializando en novela romántica, nada de romántico hay en él. No es que remede un escritor maldito, es que ni siquiera se tiene a sí mismo por un maldito escritor. Sus disparatadas fantasías serían más que repugnantes si él mismo no admitiera su evidente cobardía para llevarlas a término; aunque puede interpretarse que su impotencia alienta su truculencia. Y como no solo las tiene, sino que además desea llevarlas a cabo, nada impide afirmar que está como una regadera. No obstante, sí es capaz de ejercer una gratuita crueldad con los débiles. La mezcla de ambas cosas alumbra un personaje al que no se le acaba de coger el pulso y, como tampoco hace nada distinto a lo que acabo de contar, el lector no tiene claro ni de dónde viene ni dónde va el protagonista. Ni su historia. 

Y es que no va a ningún lado. Se queda dando vueltas en los jardines de Luxemburgo.

El título es, sin duda, lo más paródico. El brutal cíclope se enamoró de Galatea, que no le hizo caso. El Polifemo de Ribó es también brutal, y hasta está dispuesto, en teoría, a matar al pastor Acis, pero su Galatea ni siquiera llega a saber que existe. Y aún hay otro paralelismo: Polifemo tenía un único ojo, y el protagonista de esta historia también parece hacer todo con solo uno. Dado que va por el mundo sin mirar ni ver, adivinad a cuál me refiero.


martes, 24 de abril de 2018

El buscador de guacas – Luisa González





     Una guaca es un tesoro oculto.

     Y buscador de guacas cree ser Leonel Pereira cuando aparece buscando trabajo en las obras ferroviarias de El Salado –que la autora sitúa en Jaén- a caballo entre el siglo XIX y el XX. Aunque, antes de que Leonel llegue y se prende de la dueña de la taberna, Luisa González nos cuenta con maestría la historia del dueño y fundador de Espartos del Peral y de su familia: un hábil empresario que alcanzó la prosperidad innovando, arriesgando y trabajando con conocimiento e inteligencia; atrajo numeroso personal para, desde la prosperidad, irse a la ruina cuando la construcción de un puente para una línea ferroviaria le birló los trabajadores ofreciendo salarios más altos.

     Y es que la historia es, en realidad, la de Aurelio del Peral, su esposa Narcisa Pozueta, Ama, la criada y amante de Aurelio, y las tres hijas del matrimonio, en especial de la mayor, Plácida, y la pequeña, Humbelina, nacida con una malformación que ha llevado a sus padres a ocultarla a la espera de poder operarla, y que da al libro y a su final un hermoso toque que enlaza con el realismo mágico y que, a la vez, poco antes permite dar sentido adicional a la búsqueda de la guaca.

     Sin embargo, en sentido estricto la búsqueda es otra: las fiebres tifoideas arrasan El Salado y Plácida se ve en la tesitura de encontrar, so pena de todo tipo de penurias, los ahorros que supone que sus padres conservaban. Así es como se cruza su vida con la de Leonel. Y cuántas guacas se pueden encontrar. También él cree haber encontrado alguna. Pero desde los tesoros al amor, tras cada guaca siempre acecha una ruina.

     Una obra breve y muy bien escrita, con gran calidad, con un vocabulario rico y con el estilo austero de algunos de los grandes de la literatura española. Una novela con cierto aroma a Delibes. Un gran libro.


miércoles, 11 de abril de 2018

Indicios de hipo – Philip Hensher





     En 1922 Charles Osborne, nacido en 1894 y muerto en 1991, sufrió un ataque de hipo que no terminó hasta 1990. Seguramente hubiera preferido no entrar en el Libro Guiness de los Récords. O, al menos, no así.

     John Carrington joven «indexador» ingles (sí, un tipo que se gana la vida haciendo índices) se encuentra una buena mañana con que su esposa lo ha abandonado y que, a falta de mejor lugar donde irse, se ha largado a dar la vuelta al mundo. Al pobre diablo el soponcio le provoca un ataque de hipo que amenaza con emular al de Charles Orborne.

     La situación le da pie a reflexionar sobre sí mismo: John se considera un tipo de lo más normal y razonable, a esa conclusión llega tras la explicación de sus pintorescas costumbres, aunque, según lo va conociendo, al lector no se lo parece tanto. El abandono de su esposa también le permite a John buscar una nueva vida en la que, amén de acabar con la casa como una cuadra, contacta con algunas personas más o menos estrafalarias, lo cual no solo podría haber dado más de sí, sino que, dada la evolución de la novela, parecen encuentros un tanto forzados y que nada aportan. Durante un buen número de páginas la novela parece navegar con poco ritmo hacia esas aguas, mecida por un humor suave, levemente irónico, procedente de la diferencia entre el modo en que el protagonista se ve a sí mismo y la realidad que poco a poco va mostrando, que incluye manías extravagantes, un pluriempleo singular y una opinión de sí mismo peculiar. La historia mejora sustancialmente pasada la mitad del libro, con algunas reflexiones brillantes al hilo de un asunto familiar que tiene poco que ver con la situación del indexador: el trágico final de una de sus hermanas, asesinada cuando él solo era un niño. En esta segunda mitad también se amplía la perspectiva de la historia, puesto que conocemos la mirada de la esposa; es esta parte, además, los desdibujados secundarios que aparecen al principio se esfuman sin que se les eche de menos, con una sola excepción que parece estar en la historia solo para que pase algo entre el principio y el final.

     Una lectura que, tras ese comienzo titubeante, deja una buena impresión. No es poco, pero tampoco mucho.



  

jueves, 21 de febrero de 2013

De ratones y hombres – John Steinbeck



     Merece la pena leer a Steinbeck solo por los finales. Es difícil saber hacerlos tan impactantes. Aunque, por suerte, también merece la pena por todo lo que hay antes.
     De ratones y hombres cuenta la historia de dos jornaleros que van de acá para allá buscando trabajo. Uno es un tipo grandullón, hercúleo, y con el cerebro de un mosquito; es incapaz de distinguir el bien del mal, y aunque es de naturaleza bondadosa, apenas tiene capacidad de recordar las cosas, y cualquier discusión bloquea su mente. El otro, su acompañante, es un tipo normal que lo cuida protegiéndolo de sí mismo. Así que es algo más que un tipo normal: es un hombre generoso, que ha sacrificado su vida por no abandonar a su suerte a un pobre diablo. La historia comienza cuando, huyendo del último problema, entran a trabajan en un rancho aislado, donde solo hay otros jornaleros, el dueño, su caprichoso hijo, y la peculiar y provocativa esposa de este.
      Ambos hombres solo desean una cosa: ahorrar un puñado de dólares para comprarse una casita donde vivir el resto de sus días criando conejos y cultivando lo que sea. Y para conseguirlo no les queda sino trabajar como asnos, pero el trabajo no es lo más duro. Lo peor, lo más difícil, es por una parte controlar al grandullón y, por otra, soportar la miseria renunciando al consuelo de gastarse el jornal en las juerguecillas que el resto de jornaleros se permiten, y en las que dilapidan cuanto tienen, haciendo de su vida un círculo vicioso de trabajo duro, pobreza y gastar en consolarse. En ese ambiente es fácil suponer que la presencia de la mujer resulta muy perturbadora. Y más si encima provoca.
     El lector se encariña pronto con los personajes, en una historia donde comparten protagonismo la generosidad, la esperanza, el miedo, la injusticia, la arbitrariedad, la debilidad en la que siempre está el pobre, y donde la tensión se percibe a cada página, porque cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento. Por eso, precisamente, el final es tan sorprendente. Porque cualquier cosa es cualquier cosa.