«Carlota», obra de teatro de Miguel Mihura estrenada en 1957, se lee bastante bien, porque cuesta poco imaginar la escenificación y porque el argumento, destinado a entretener y nada más, se sigue perfectamente.
La acción comienza con tres hombres en una calle. Un policía, un detective y el marido de la mujer que esta tocando el piano que se escucha a través de una ventana abierta. Poco después, sin que ninguno de los tres hombres se haya movido de allí y nadie haya entrado o salido, la mujer es asesinada. No había nadie más en la casa.
El espectador ya tiene un misterio que resolver. El misterio. En otro anzuelo pica también: el amoroso-afectivo-sexual: las aventuras de cada cual, solo que este estímulo se dosifica a lo largo de la escenificación. Amores decentes y clandestinos y misterios bastan para satisfacer al público. No creo que Mihura buscara más.
La acción avanza de forma ágil entre el presente y el pasado, distinguiendo el momento temporal por la iluminación del escenario y porque, evidentemente, en el ayer la esposa estaba viva. En el hoy se da cuenta de quién es quien y de la investigación. En el pasado, de las cosas que explican otras y, también, de los equívocos y erróneas suposiciones a menudo provocadas con un fin distinto del que producen.
De resultas, el público va de sorpresa en sorpresa, siguiendo rumbos que, a punto de llegar al destino, dan giros radicales en busca de otra ruta. Y cada destino es más inesperado. Mihura juega con la ignorancia del espectador y con personajes que unas veces por malos entendidos y otras por jugar el equívoco provocan una intencionada confusión y acaban pareciendo algo distinto a lo que son.
Una obra sin pretensiones, entretenida, poco original, que se lee de una sentada.

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