En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 6 de febrero de 2014

Peores maneras de morir – Francisco González Ledesma



                Hace unos meses creí haber leído, muy a mi pesar, la última novela del inspector Méndez. Era lógico: no había más y un amigo, experto en las lides de la novela negra y policíaca, me comentó que Francisco González Ledesma (1927) incluso había llegado a hacer algo así como despedirse de sus lectores.

                Pero no. Méndez ha vuelto con Peores maneras de morir (2013). Aunque las vicisitudes del autor, con un ictus de por medio, hacen pensar que esta novela ha tenido un parto especial. Y lo cierto es que durante buena parte de la novela Méndez es menos Méndez. Le falta la ácida poesía de otras veces (o, mejor dicho, hay más acidez que poesía, como si la cosa se hubiera trabajado menos, como demuestra la insólita repetición del “rayo de sol” como elemento definitorio, por presencia o ausencia, de tantas cosas); la forma de investigar, de relacionar unas cosas con otras, es más corriente (por más que Méndez siga actuando a su aire); los personajes son mucho más blancos o negros en comparación con el gris habitual, e incluso se da un exceso de truculencia mezclado con un número de escenas de acción poco habitual.

                Además Méndez está fuera de su hábitat... en su hábitat. La Barcelona antigua ha cambiado (ya había cambiado antes, pero entonces Méndez al menos parecía vivir en sus recuerdos) y parece como si a Méndez le costara ejercer su especialidad: evocar.

                En cuanto a la trama, sigue uno de los mecanismo tradicionales. El lector sabe desde el principio quiénes son “los buenos” y quiénes “los malos”, con lo que la acción desplaza a la intriga, ya que todo se reduce a saber qué malos se saldrán con la suya y qué buenos se quedarán en el camino, así como el modo en que una y otra cosa sucederán. Cierto es, no obstante, que la idiosincrasia de Méndez está presente en cada página, hasta el punto de que su nostálgica visión del mundo que el narrador siempre ha hecho suya, en esta ocasión se traslada punto por punto a muchos de los personajes, que se expresan en la misma forma que ese narrador que siempre nos ha hablado desde la perspectiva de Méndez.

Francisco
González Ledesma
                El argumento es sencillo: dos muchachas, víctimas de un grupo dedicado al tráfico de mujeres para dedicarlas a la prostitución, consiguen escapar. La organización lanza un matón en su búsqueda, el cual consigue matar a una y, de paso, a otra muchacha que nada tenía que ver. A Méndez, cuando se topa con el problema, le dicen que ni acercarse, pero él, como siempre, actúa por su cuenta.  A quiénes debe enfrentarse lo sabe el lector mucho antes que el inspector, pero los criminales también deben enfrentarse a la “ley de la calle” de que tanto gusta Méndez, y que en esta ocasión se ejecuta a través de la muchacha que logró escapar. Esta chica es el enlace con los bajos fondos que precisa toda novela de Méndez, pero, como siempre, también hay un enlace a las altas esferas, porque quien está al frente de una mafia de esa naturaleza siempre acaba teniendo mucho dinero y, normalmente, buscando la respetabilidad. Por si algo faltara, una afortunada casualidad cierra el círculo de relaciones. De esta forma nos encontramos con una mafia persiguiendo a la fugada, con la fugada persiguiendo a la mafia, y con Méndez persiguiendo a todos aunque con el deseo de proteger solo a la parte más débil. El interés, como ya he apuntado, es la acción, porque intriga, repito, no la hay por decisión del autor.

                No estando a la altura de muchas de sus predecesoras, lo cierto es que esta novela se lee bien, por más que las diferencias apuntadas (que se mitigan hacia el final) no dejen de chirriar un poco, y quizá los más fervientes seguidores de Méndez echen a faltar la chispa de otras veces.

                Ojalá haya más novelas de Méndez. Pero quizá, acosado por la edad y la enfermedad, esta sea la última de la meritoria trayectoria de Francisco González Ledesma, uno de los grandes de este género en España. En cuyo caso habrá que preguntarse, por desgracia, y a la vista de su novela y de su final, si Méndez no hubiera podido tener mejores maneras de morir.


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