Nadie te criticará si dices que intentas hacer uno o dos buenos viajes al año. O si el 1 de enero anuncias tu intención de ir al gimnasio tres o cuatro veces por semana. Ni si te apuntas a un cineclub para ver y comentar una película por semana, cincuenta y dos al año. ¡Pero, ay, como digas en público que aspiras a leer un determinado número de libros! ¡La que puede caerte!
Lo digo porque para mí buen lector es quien disfruta leyendo, da igual qué y cuánto. Quien encuentra placer en la lectura, que lea lo que quiera y pueda. Sin embargo, las redes sociales permiten presenciar recurrentes peloteras entre un puñado de personas que dicen aspirar a leer o haber leído chorrocientos libros al año y otro puñado que los censuran con desprecio y hasta con agresividad. Los primeros parecen proclamar «soy buen lector porque leo mucho» y los segundos «soy buen lector porque no trago ni devoro: selecciono y saboreo».
Como cada cual tiene derecho a hacer lo que le dé la gana, supongo que el motivo de la trifulca no es lo que cada uno piensa o hace, sino decirlo. Como todo el que habla de libros se tiene por lector digno (¿o alguien desea alardear de lo contrario?), si uno se reivindica por la cantidad quienes no la alcanzan se sienten señalados y se amparan en el «poco pero bueno» para desacreditar al primero. En resumen, «como yo soy buen lector, los buenos lectores hacen lo que hago yo».
Que el personal proclame estas cosas y se enzarce en trifulcas más tiene que ver con la psicología que con la lectura, y lo que acontezca en esas molleras me importa un pito, pero lo recurrente de las marimorenas me ha hecho reflexionar sobre la relación entre cantidad y calidad. En actividades a largo plazo, a larguísimo plazo, la cantidad es importante para la calidad. Mucho.
O eso creo.
Aunque no la garantice.
Digamos que la cantidad es condición necesaria pero no suficiente para la calidad.
Voy a intentar explicarlo.
Me gusta pedalear. Pedalear poco y fácil y mucho y difícil. Lo primero solo requiere apetencia y depara placeres repetitivos; pero lo segundo, que permite placeres excepcionales que quedan para siempre en el recuerdo, es imposible sin haber hecho muchas veces lo primero, así que a menudo hay que acometer lo fácil aunque no apetezca, porque solo organizando y poniendo objetivos a lo sencillo es posible acometer las «proezas ciclistas», siempre escasas, que deparan el disfrute sin igual.
Lo mismo me ha sucedido en lo laboral. Los momentos de «gloria» siempre han ido precedidos de largas temporadas grises en las que se acumulan experiencias y datos y se piensa, se reflexiona, se prueba, se rectifica, de desecha… Días que, disueltos en la rutina, parecerán no haber existido si de ellos no surge nada destacable, pero que deben existir para poder alcanzar alguna vez algo que lo sea.
Relacionado con esta idea, qué decir de cómo sacar jugo a la cabecica: el cerebro se entrena, como se entrena el cuerpo. Podría hablaros de una temporada de locura, dos años y medio sin vacaciones ni fines de semana, ni tiempo libre, entregado al estudio, tras la cual mi cerebro era una esponja que adquiría, asimilaba y explotaba conocimientos sin apenas esfuerzo y a una velocidad endiablada. ¡Hay que ver qué pito llegué a ser!
Pues con la lectura sucede lo mismo, porque toda lectura es también, queramos o no, un entrenamiento para las posteriores.
Tener por objetivo leer un determinado número de libros al año no es una estupidez si el objetivo no supera con mucho la capacidad de quien se lo propone. Para empezar, cualquier objetivo te obliga a ordenar tu tiempo; es decir, a establecer prioridades. Solo así uno es capaz de hacer en cada instante lo que quiere en lugar de lo que le apetece. Como con la bici. Como con el trabajo o los retos intelectuales. Ponerse objetivos mensuales o anuales asequibles pero exigentes es un mecanismo útil para que en el día a día la voluntad derrote a la pereza. Además, el cumplimiento de ese tipo de objetivos requiere continuidad. La frecuente sucesión de pequeñas dosis es siempre más enriquecedora que los empachos irregulares. La cabecica, repito, funciona mejor cuanto más se usa. Cuanto más lees, más rápido y mejor lees. Cuando más lees, más autores, estilos y temas conoces. Cuantos más autores, estilos y temas conoces, más sencillo es asimilar nuevos autores, estilos y temas. Cuanto más todo lo anterior, más sencillo es zambullirse en obras de todo tipo y dificultad.
Y como la vida nos lleva mucho más de lo que la llevamos nosotros a ella, un objetivo ambicioso de lecturas hace que, sin darte cuenta, cada libro acabe encontrando él solo su mejor momento: ¿Que tengo por delante un fin de semana de dolce far niente, vacaciones o un puente tranquilito? Pues aprovecho para empezar una novela larga o densa, o ambas cosas, para leerla sin temer los fallos de memoria ni el estrés del día a día. Para que el fin de semana sea un prolongado placer. ¿Que tengo por delante jornadas achuchadas? Pues leo libros cortos para no dar tiempo a que la memoria de lo leído se pierda en la vorágine. ¿Que a diario viajo en metro o autobús? Pues un librito corto de letra gorda puede entretener el viaje. ¿Que estoy fresco como una lechuga? Pues la mente pedirá un libro a la altura de su agilidad. ¿Que estoy cansado y modorro? Pues la cocorota me suplicará un libro de fácil digestión. ¿Que me espera en la estantería una obra maestra? El calendario y lo despejado de la mente sabrán elegirle el momento. Cosillas que suceden sin darnos cuenta porque la cabeza va buscando cómo hacer lo que quiere, cumplir el objetivo, del modo más efectivo. Así es como los objetivos limpian malas hierbas: al establecer prioridades sobre el tiempo libre lo primero que sacrificamos es la morralla: basura televisiva, redes sociales diseñadas para entretenerte como a un mico un caramelo… Hasta puedes cambiar cómo y cuando haces la compra, con lo cual puede que empujar un carrito lleno de lechugas te aporte la satisfacción de estar ganando tiempo.
Los objetivos, detallados o difusos, de número o de contenido, conscientes o inconscientes (que también hay quien se los pone sin advertirlo), sean como sean, tienen efectos depurativos.
Dicho todo esto, volvamos a las peloteras que he mencionado al principio para zanjarlas por absurdas.
Lo contrario de un lector con objetivos no es un lector selecto. Es, simplemente, un lector sin objetivos. El lector que carece de otras tentaciones no los precisa. Su propia dinámica lo sitúa ante un libro abierto, como me ocurriría a mí de no tener la tentación de pedalear, escribir o hacer extraños montajes fotográficos. Solo cuando las limitaciones de tiempo obligan a elegir entre actividades que requieren esfuerzos largos y continuados es preciso priorizar.
Por todo lo dicho cualquier lector, con objetivos o sin ellos, puede ser un lector selecto o no (se entienda por tal lo que se entienda). Comparar las intenciones con las que se lee es una estupidez que no pienso cometer. Si lo hiciera habría que enviarme a donde yo enviaré a todo aquel que se atreva a decirme cómo o por qué he de leer.
Llegado a este punto, ¿qué pasa con los gruñones a los que he aludido al principio? Esos que presumen de selectos porque, al parecer, no tienen objetivos y leen menos libros al año que aquellos que les hacen despotricar.
Pues que o son un poco tontos (o mucho, voy a darles margen) o no los entiendo, porque ya he dicho que, con o sin objetivos, leyendo mucho o poco, uno puede ser todo lo selecto que su capacidad alcance o no serlo en absoluto. Es más, no entiendo por qué la falta de planificación habría de hacer a alguien más capaz de disfrutar lo selecto.
Y para colmo, ¿qué sentido tiene intentar ser siempre selecto? ¿Alguien puede limitarse a hacer «proezas ciclistas» sin intercalar decenas y decenas de recorridos anodinos? Por supuesto que no. ¿O acometer solo grandes retos laborales o intelectuales prescindiendo de la gris experiencia de la multitud de las tareas diarias que desarrollan y mantienen el músculo intelectual? Por supuesto que no. ¿Quién puede admirar lo sublime sin conocer lo vulgar? Nadie. Ya nos previno Boris Vian en «Que se mueran los feos»: pégate un empacho de excelencia y acabarás tomando lo mediocre por excelso.
Termino con algo ya dicho: proclamar como correcto lo que uno hace tiene más que ver con la psicología que con la literatura, pero, dentro de lo que cada uno anuncia, presumir de selecto es más digno de estudio psicológico que presumir de leer mucho. A fin de cuentas, es más sano mentalmente pedalear mucho y contarlo que hacerlo menos y dártelas de Eddy Merckx. Para más cachondeo, quien más acaba pareciéndose a él es quien más pedalea.
¿O no?

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