En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

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lunes, 24 de agosto de 2026

Gloria - Eduardo Mendoza

 



Muchas veces me he referido a la variedad de registros de Eduardo Mendoza. Esta buena incursión en el teatro refuerza la idea.

«Gloria» alude a una de las protagonistas. Ella y su marido, Ricky, tienen una editorial que está a punto de quebrar debido a la separación del otro matrimonio con el que habían levantado el negocio, el formado por Silvia y Coponius. Este último es el que ponía la pasta y ha decidido dejar de hacerlo.

Por eso los tres primeros están reunidos en casa del matrimonio supérstite, esperando a un inversor al que pretenden convencer para que se implique en el negocio. Para agasajarlo han contratado a un mayordomo italiano que, vamos a decirlo así, no siempre ha sido quien dice ser, y que está llamado a repartir el juego que el resto protagoniza. La noche prometería ser más sencilla si Silvia no pimplara tanto y con tan fulminantes efectos.

La obra, divertida, es una farsa en la que nadie es quien dice ser, lo cual entronca con toda una tradición teatral. Los editores, porque buscar inversor para una ruina no es ofrecer una bicoca, sino un pozo donde tirar el dinero; el inversor, porque lo que realmente busca poco tiene que ver con la inversión y sí con el chanchullo; el mayordomo, porque… Bueno, ya lo he dicho. Y además casi nadie está al tanto del pasado emocional del resto. Todos ocultan algo al resto.

El resultado es una mezcla donde lo afectivo presente y pasado se entrecruza con lo económico, que a su vez es el polvorín sobre el que viven todos. El resultado es que cada cual queda desnudo ante el resto, enfrentado a su propia verdad. Eduardo Mendoza ofrece por medio de estos recursos una acción ágil, interesante, divertida y que permite, a través de los conflictos y dilemas de los personajes, plantearse ideas profundas acerca del modo en que nos relacionamos con los otros y con nosotros mismos.

Me ha recordado un caso real que conocí: tres amigas habían montado un salón de belleza. La amistad duró hasta que una actuación administrativa demostró que cada una engañaba a las otras dos. ¡Qué circo! ¡Qué colección de retratos!

Una lectura breve e intensa.





lunes, 4 de mayo de 2026

La intriga del funeral inconveniente - Eduardo Mendoza

 


    Eduardo Mendoza tenía 35 años cuando publicó «El misterio de la cripta embrujada», una pequeña genialidad humorística a bordo de la cual huyó de las expectativas generadas por «La verdad sobre el caso Savolta», que había publicado con 32 y de inmediato había sido tratado como un clásico. El protagonista de «la cripta», conocido como «el detective loco» porque comenzó su vida literaria saliendo de un manicomio, o como «el detective anónimo» porque nunca se cita su nombre (salvo una vez en cinco novelas, en la que se le llama Ceferino), sigue la tradición del Quijote: es un personaje lamentable, estrafalario, un perdedor que resulta ridículo porque habla con una pompa y solemnidad impropia de su triste condición, y porque no la advierte o quiere disimularla. La tercera novela de la saga, «La aventura del tocador de señoras», fue la mejor. Las otras tres publicadas hasta ahora, psé. «La intriga del funeral inconveniente» es la sexta entrega; Mendoza la ha publicado con 83 años, once años después de la quinta. 48 después de la primera. 

    Mantener medio siglo el mismo registro no sé si hubiera sido un mérito fabuloso o todo lo contrario, pero lo cierto es que «La intriga del funeral inconveniente» rompe la unidad estilística de la saga. Mendoza cambia por completo el modo de expresión, pero lo mantiene reconocible. Olé. Las cinco novelas precedentes están escritas en primera persona. En ellas el protagonista habla al lector usando un lenguaje grandilocuente que no da para ocultar sus miserias, y el vocabulario se convierte en un recurso humorístico relevante. En cambio, «La intriga del funeral inconveniente» es contada al lector por un narrador impersonal que, sin más, se dirige al lector contando una historia que principia con un chuchurrido funeral. ¿El de quién? Pronto el lector es informado, y quizá así se explique la razón de la escritura en tercera persona, aunque la esperanza del error se mantiene gracias a un extravagante asistente con gabardina, gafas de sol y sombrero que aparece ya en la portada. Aún así, durante una parte de la lectura me reconcomió la duda de si Eduardo Mendoza, a sus 83 años, había querido dar a su personaje el mismo fin, y por el mismo motivo, que Cervantes a don Quijote.

        El cambio de enfoque, aunque profundo porque tiene implicaciones en el uso del vocabulario al que me he referido, no afecta al fondo: el lector reconoce lo esencial del mundo del personaje y el nivel literario y humorístico es elevado porque se mantienen los contrastes chocantes y los personajes que cortocircuitan la razón al unir tópico y extravagancia. Encontramos enterradores, prelados, políticos, gente de posibles y pobres diablos de imposibles (como, permítaseme el atrevimiento, en «La sota de bastos jugando al béisbol», en la que sale una recua tan parecida por sus profesiones que me ha llamado la atención). La novela me ha gustado mucho… durante tres cuartas partes. Durante ese lapso casi me ha entusiasmado, como si Mendoza, a pesar del cambio de enfoque y de los años, hubiera vuelto a lo mejor de la saga, que ya quedaba lejano en el tiempo. Durante todas esas páginas hubiera colocado esta novela en el tercer lugar del podio de la saga. Pero, por desgracia, la última parte es un pequeño desastre. Sin motivo aparente la novela vuelve a los registros de las cinco precedentes cuando, de pronto, es el protagonista quien pasa a dirigirse al lector en primera persona; hasta aquí, nada que objetar. Al revés: el reencuentro debería ser una alegría para el lector, y así lo sientes. Pero enseguida se disipa esa sensación porque cuesta reconocer al personaje. Tan pronto como Ceferino aparece es como si a Mendoza le hubiera entrado prisa por terminar la novela: resuelve los interrogantes de un modo tan expeditivo que reduce drásticamente el recreo del lector en el modo de hablar y en las penurias del protagonista, del que, además, apenas da ya información, ¡con el cariño que le tenemos y tras más de una década sin saber de él! Dice que es mayor, pero no sabemos cuánto, dice que se ha retirado de la delincuencia, pero ignoramos de qué vive y cómo, y más que viviendo una aventura parece que esté cumpliendo de mala gana y a toda prisa un engorroso trámite. Solo entonces se da cuenta el lector de que al resto de personajes Mendoza tampoco les ha sacado el partido humorístico de otras ocasiones. Como si se hubiera contenido. Como si hubiera escrito más por pasatiempo que por ambición creativa. Mendoza no ha querido ir más allá de sí mismo y se ha quedado más acá. 

Esas prisas por terminar justo cuando el heroico antihéroe vuelve provocan que el personaje parezca cansado de su propia historia y de la de la novela, aburrido de esta; solo quiere quitársela de encima, con lo que el lector, para su desdicha, pronto se siente de sobra. Casi se siente una molestia para el personaje. No es una sensación agradable. Las prisas menguan el ingenio de Mendoza porque reducen el atolondramiento de Ceferino, que se desenvuelve con precisión quirúrgica y eficacia, sin recrearse en nada, sin hacer apenas observaciones agudas, con su peculiar vocabulario capitidisminuido, por usar un término que él hubiera utilizado en otras aventuras. Cuando no se dan ocasiones para la sorpresa, no suele haberla.

¿Cuál es el argumento?

La novela comienza con el funeral que he señalado antes. Entre el reducisimo grupo de asistentes hay un jovenzuelo que debuta como periodista. Ramoncito Valenzuela. Solo el diminutivo unido al casi diminutivo del apellido ya retratan al personaje, porque ni su cerebro ni su experiencia vital apuntan al aumentativo. La maestría de Mendoza para retratar con un nombre es tremenda. Pero me estoy yendo: lo que publica Ramoncito remueve ciertas aguas y la novela, dividida en varias partes, aborda las diversas reacciones y los antecedentes de los personajes que van apareciendo. Como antes he dicho, son personajes variados, que alternan clases altas, medias, bajas y diferentes estamentos sujetos a tópicos con los que es fácil crear contrastes chocantes, como el sacerdote dado a las rancheras. Estas partes son una delicia porque Mendoza demuestra seguir siendo capaz de hacer lo mismo que en las mejores novelas de la saga, pero de otro modo y manteniendo su espíritu. Además, la trama es lo bastante intrincada y bien planteada como para aplaudirla. La última parte, la llamada a casar todo, a cerrar círculos y a despejar dudas es la que nos llega, por fin, por boca del protagonista de la saga, pero como he dicho, la prisa por completar el rompecabezas hace tal daño que la sensación final para el lector es de cierta frustración.

Qué pena esa última parte. Pero disfrutad de las anteriores: merecen la pena y lo pasaréis en grande.


jueves, 1 de febrero de 2024

Tres enigmas para la organización – Eduardo Mendoza

 


El cultureta tipo, da igual si crítico, escritor o lector, opina que Eduardo Mendoza es un gran autor gracias a sus obras «serias». Fundamentalmente, «La verdad sobre el caso Savolta» y «La ciudad de los prodigios». En cambio, Eduardo Mendoza se ve a sí mismo como un escritor de humor y no como un escritor «serio», o así se desprende de su discurso de aceptación del Premio Cervantes, cuando dijo: «Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.»

Comienzo así esta reseña porque, como Mendoza, no creo que pueda considerarse menor un género que ha alumbrado el Quijote o ha hecho inmortal a Quevedo y, sobre todo, porque al ser Tres enigmas para la Organización una novela de humor, me temo que no serán pocos los que, con el argumento de la falta de «seriedad», minusvaloren sus méritos.

El humor de Tres enigmas para la Organización se apoya no solo en los tres misterios a que alude el título, que se las traen, sino en tres patas: la caricatura, el absurdo y el contraste.

La Organización que protagoniza la novela a través de sus miembros es una parodia, o una caricatura, de un servicio secreto: un organismillo escuálido, moribundo y nadapoderoso, con un presupuesto chuchurrido hasta dejar en el olvido lo simbólico, creado hace décadas e inmediatamente olvidado, que ha pervivido porque no molesta a nadie, por lo que su premisa básica es seguir así, sin molestar para poder cobrar cuatro cuartos a fin de mes, pero haciendo algo para justificar su existencia ante sí mismos y, por supuesto, dándose aires de importancia por razones que más tienen que ver con la autoestima que con la soberbia. Claro que dártelas de importante y misterioso e ir tomando mil precauciones para que no se descubra tu actividad de espía cuando no le importas una higa a nadie ni tienes nada que espiar, es el primer paso del ridículo que rodea a la Organización e impregna toda la novela. ¿Cómo justifica su existencia un ente así de olvidado, pequeñajo y agónico, habiendo tantos cuerpos y fuerzas de seguridad, incluidos los servicios secretos, con miles de efectivos y montones de recursos? Con una idea absurda que nadie le pide: la Organización se autojustifica buscando conexiones entre hechos inconexos y que, para colmo, en nada afectan a la seguridad el Estado. Si no las encuentran –como es lógico- es que los demás cuerpos y fuerzas de seguridad están actuando correctamente y el Estado y la democracia están a salvo; si (milagrosamente) las encuentran, entonces habrán alcanzado la gloria. Digamos que, a su modo, supervisan.

Lo que supone el lector es, lógicamente, que esas conexiones solo pueden llegar a existir por casualidades más improbables que acertar un euromillón. Que además esa interconexión tenga algo que ver con la seguridad del Estado tiene idénticas posibilidades. Es decir, un despropósito. Un organismo llamado a investigar estupideces al azar. Los tres enigmas cuya relación pretende averiguar el jefe del tinglado tienen la siguiente enjundia: en un hotel de mala muerte en las Ramblas ha aparecido un tipejo ahorcado; en el puerto de Barcelona ha atracado un yate de superlujo, el dueño ha desembarcado y no han vuelto a verle el pelo; una marca de conservas de pescado es la única que no ha subido los precios en un determinado plazo. Si con estos alarmantes peligros para la supervivencia del Estado la Organización entra sin disimulo en la parodia o la caricatura, sus problemas operativos permiten dar entrada en la novela al absurdo.

El protagonismo de la historia, que transcurre en Barcelona con algún escarceo en un sitio tan exótico como Palamós, es compartido por los miembros de la Organización, los investigados y un taxista que da mucho juego. El elenco de personajes es variado y, por tanto, es una novela coral. Muchos  recuerdan a otros del mismo autor: el jefe, buena persona, preso de la inutilidad de su trabajo, de la falta de presupuesto y ansioso de ver reconocido su rango (no otra satisfacción obtiene del trabajo), intenta darse fuste con buenas palabras y vistiendo la realidad con pomposos eufemismos y decisiones más grandilocuentes que efectivas, como alguno de los personajes de «La aventura del tocador de señoras». Otros, como «el nuevo» son de una espartana fidelidad a sus planteamientos, hasta el punto de que su rectitud les imposibilita sortear los obstáculos, que solo pueden superar pasando por encima y descrismándose, por abajo (y chafándose) o a través de ellos (y moliéndose); el taxista es el típico tipo que va a su bola y juega la baza del egoísmo o la generosidad al hilo de su curiosidad; y hay unos cuantos hombres más, cada uno obsesionado o definido por un rasgo chocante; en cuanto a las damas que pueblan las páginas, responden típico perfil mendociano: guapas, atractivas, con un pie en la ingenuidad y otro en la agudeza; unas con firmes convicciones –para excusar su incapacidad afectiva- que no dudan en torcer en cuanto pueden poner a prueba la flaqueza de su carne (lo cual justifican con discursos profundos, redichos y elaborados) y otras, al contrario, pelanduscas que con discursos reflejos buscan redimirse hacia una vida de decoro y castidad. En resumen, Mendoza.

En cuanto a las tres patas del humor, la primera, la paródica o caricaturesca, se apoya en todo lo que acabo de decir de la Organización, en el perfil de los personajes, distintos entre sí, pero todos extravagantes y contundentes, y en ciertas situaciones cómicas, como que un agente secreto actúe bajo la tutela de su esposa, o que otra James Bond deba subordinar las misiones al cuidado a su madre, o… Una historia «moertadelofilemoniana» que se ríe de la novela negra y de las de espías.

La segunda pata, el absurdo, lo encontramos a cada paso y, lógicamente, siempre sin venir a cuento (para eso es absurdo) más que, como mucho, al hilo de ciertos juegos de palabras o situaciones equívocas. Desde el argumento a numerosas escenas y detalles el absurdo asalta al lector de modo intermitente. La falta de continuidad produce cierto efecto sorpresa cuando el absurdo llega, y hace necesarias unas cuantas páginas para calar el estilo del libro.

Y la tercera pata que he mencionado son los contrastes, entre los que incluyo el disparate. En un entorno «normal» de pronto aparecen personas o entes de nombres disparatados, o en un discurso solemne irrumpe lo más doméstico, personal y prosaico, o la detallada descripción de un entorno misterioso incluye, de sopetón, un inútil y estrambótico pormenor.

Pero lo que caracteriza el humor de Mendoza en este libro y lo vincula a otras de sus obras de humor son dos cosas más importantes: la primera, que los protagonistas son todos unos perdedores; unos pobres diablos que si no dieran risa darían pena. Imposible no solidarizarse con todos. Hasta con los malos, si los hubiera, porque cuando todos parecen un poco tontos o ingenuos la maldad se diluye. La segunda, que al igual que sucede con el detective loco o con Horacio Dos, la mayoría de estos personajes tratan de engañarse a sí mismos, al resto de personajes y al lector dándose una pompa (apoyada en el lenguaje) y una importancia de la que carecen tan manifiestamente que sus esfuerzos por hacer ver que llueve cuando el mundo se les está meando encima inspiran ternura.

Por lo demás, la maestría de Mendoza es tal que lo desquiciado de la trama, el lenguaje y los diálogos entran tan fácilmente en la mollera del lector que se diría que el texto está lubricado. Y lubricado está por la pericia con que consigue siempre un lenguaje musical en los diálogos, eficaz fuera de ellos y siempre variado y rico en términos poco usados que apuntalan el humor con su sonoridad. ¿Y qué decir del modo en que consigue que los tres enigmas sean solo uno? Es un tanto confuso, pero es que es un juego de prestidigitación literaria.

La única pega, por ponerle alguna, es que los anuncios de la faja y de la sinopsis de una nueva novela de humor de Mendoza hace que uno comience a leer buscando el humor que ya conoce, pero esta novela es diferente: una mezcla entre la desconcertante trilogía de «Las tres leyes del movimiento», la saga del detective loco (Ceferino) e incluso ciertos golpes que recuerdan a Sin noticias de Gurb.

En resumen: una obra diferente a las anteriores, pero que tampoco aporta nada nuevo porque mezcla recursos de varias de ellas. Si esta poción es un nuevo registro del autor, yo diría que sí. O que más o menos. Otros dirán que no. Pero todos querrían, digan lo que digan, escribir como Mendoza.


lunes, 3 de mayo de 2021

Transbordo en Moscú – Eduardo Mendoza

 


              

              Mientras leía Transbordo en Moscú (que pone fin a la trilogía Las tres leyes del movimiento, de la que también forman parte El rey recibe y El negociado del yin y el yang) constantemente me venían a la cabeza las expresiones «el placer de leer» y «el placer de escribir». De escribir, porque da la sensación de que Eduardo Mendoza se ha permitido el lujo de escribir por escribir, de contar lo que le apetecía sin pensar en nadie más, y que lo que le apetecía era navegar en aguas tranquilas, pues la historia vuelve  a ser la del recuerdo sereno de una época expuesta con la mirada de un testigo, no de un juez; además, en las entrevistas ha reconocido tener mucho en común con el protagonista, Rufo Batalla, con lo que el lector, que ya sabe a lo que se enfrenta, disfruta también de un relato que sabe aún más personal que los anteriores y que la prosa de Mendoza hace liviano y agradable, aunque tras él hay una mirada y unos conocimientos demasiado profundos de la realidad socioeconómica -desde la Barcelona olímpica y de la caída del muro de Berlín hasta el final del siglo- como para tomarlos por los recuerdos de un Rufo Batalla cualquiera. Dicho de otro modo, Transbordo en Moscú tiene algo de quijotesco por cuanto su lectura se vive como una amena conversación con el autor con un humor más fundado en la tranquilidad de quien no se juega nada en la conversación, en la que participa solo por el placer de hacerlo, que en la voluntad de hacer sonreír.

              La sensación, una vez concluida la trilogía, es distinta a la confusión que me produjo la primera novela, El rey recibe, tan distinta a lo anterior de Mendoza. Como ejercicio de memoria, es interesante, y a ello ayuda el temperamento del protagonista, siempre reflexivo y, a la vez, determinado (y de algún modo audaz), que mantiene una extraña relación con el sentimiento de culpa, o con la falta de él, porque con la misma sencillez con que reconoce sus responsabilidades admite la fatalidad de ser como es y no de otra manera, y no le da más vueltas a las cosas.

              Rufo Batalla se ha convertido, sin pensar, en el marido de una rica heredera. Cosas que pasan. Y se dedica abiertamente y con el beneplácito de todos al dolce far niente. La afortunada mezcla de tiempo libre y abundancia de recursos facilita la acción, pues Rufo va donde quiere y cuando quiere, sin escatimar medios, y lo mismo se mueve por Europa que por Estados Unidos. Total, ¿por qué no irse unos días a París para comprar un regalo de cumpleaños? ¿O a Viena o a Polonia a dar una vueltecita o donde estime conveniente? Estas idas y venidas permiten a Mendoza, aparte de mostrar en la lejanía el señuelo del príncipe Tukuulo, explayarse sobre la situación sociopolítica de buena parte de Europa. 

Lo peor de la novela (y de la trilogía) es aquello que, curiosamente, más da que hablar en sinopsis y prensa (¡ay, la promoción!): las supuestas y ¿descacharrantes? aventuras en torno al príncipe Tukuulo, aspirante al trono de un inexistente país báltico, que si en las dos primeras novelas de la trilogía no pintaban mucho hasta el punto de producir una ruptura poco  justificada y menos atractiva, en esta última, como si Mendoza se hubiera dado cuenta, se limitan a una aparición tangencial, a una escapadilla fugaz y con tan poca sustancia y sentido como todas las demás, aunque, eso sí, la ficticia ubicación de Livonia da ocasión a Mendoza para hablar con gran lucidez de la caída del muro de Berlín y del régimen soviético, aunque sin entrar en lo que vino después, que tuvo no pocos episodios chuscos y peculiares, pero trascendentales.

Me gustaría saber exactamente a qué ha respondido la decisión de Mendoza de que la trilogía se haya visto surcada por la subtrama de Tukuulo, la cual, no aportando consistencia al relato principal y solo el humor de salpicar la realidad de absurdo, no hace sino generar desconcierto. La trilogía cuenta una historia y media, sin que ni la primera –la historia de un catalán que por su edad y posición tiene unos recuerdos muy lúcidos del último cuarto del siglo XX- ni la otra media –Tukuulo- guarden entre sí relación alguna –fuera de la participación de Rufo Batalla-  hasta el punto de moverse en planos tan distintos como son la realidad y el absurdo, lo cual tanto se da con las situaciones como con los personajes, realistas unos y caricaturas otros.

Dicho lo cual, como, reitero, el asunto ya no sorprende, el lector de Transbordo en Moscú disfruta hasta de la previsibilidad de lo desconcertante. No es mérito pequeño.

Y termino volviendo al principio. Al publicar El rey recibe, Mendoza hizo declaraciones explicando la obra con un argumento inapelable: las cosas, a efectos personales, no son como fueron, sino como las recordamos. Tiene razón. Eso explica por qué los recuerdos de Rufo Batalla, tan brillantes y agudos en algunos puntos, se mezclan con notorias lagunas en temas relevantes. Probablemente, en su día, a Eduardo Mendoza esos asuntos le importaron un pito.

Una trilogía para ver el mundo como lo vieron los inteligentes ojos de su autor.



lunes, 2 de noviembre de 2020

Las barbas del profeta - Eduardo Mendoza

 


 

                Hace ya años, publiqué en este mismo blog un artículo sobre la relación entre el humor y la solemnidad. Lo menciono porque este divertimento de Eduardo Mendoza tiene mucho que ver con ella. O con su ausencia.

                La Historia Sagrada (una selección de historias bíblicas realizada por vaya usted a saber quién) que estudió Mendoza en su niñez estaba plagada de imágenes poderosas, en especial procedentes del Antiguo Testamento. Muchas aluden a «mitos fundacionales», y todas, sin duda, influyeron de forma notable en la conformación de la fantasía y mitos de varias generaciones y, singularmente, en la imaginación de un chaval que acabó siendo escritor. En Las barbas del profeta, Mendoza hace un desenfadado recorrido por algunas de aquellas historias, ofreciéndonos una perspectiva a un tiempo culta y divertida. El efecto cómico lo consigue de un modo muy sencillo: despojando a las historias de la solemnidad de que las rodea la religión, para reducirlas a lo que de verdad impacta en la mente de un niño, y hallando, ahora, las inconsecuencias, incongruencias y excentricidades que a los mitos se les perdonan cuando se los tiene como a tales (a fin de cuentas, lo inexplicable forma parte de su ser), pero que, cuando son vistos despojados de significaciones sobrenaturales, devienen en historias chocantes, hilarantes y a veces absurdas. Mendoza, también, da respuesta (o más bien opinión) desde la lógica de un adulto descreído a muchas de las preguntas que cualquier niño se hacía al leer según qué cosas: ¿Cuarenta años deambulando por el desierto? ¡Pues qué mareo, qué paciencia con Moisés, qué poco sentido de la orientación y cuántas vueltas tuvieron que dar los pobres! ¡Razones hay para que Moisés no sea el patrón de los guías turísticos! Y el arca de Noé. ¿Qué me dicen ustedes del arca de Noé? Una pedazo de barca con una caseta encima, y a navegar, que para eso Dios le dio a Noé hasta las medidas. ¿Y también metieron parejas de insectos? ¿Y de dinosaurios? ¿Y cómo dio Noé de comer a tanto bicho durante tanto tiempo? ¿Cómo no se devoraron los unos a los otros? Y Jacob… ¡Vaya currículum! Y Dios… ¡Vaya por Dios! ¡Vaya genio! ¡Qué cosas le pide a Abraham! ¡Qué cabreos se pilla que lo mismo arrasa el planeta con un diluvio que se carga a Sodoma (y a Gomorra, por afinidad)!  Aunque también es cierto que otras veces echa pelillos a la mar. Y todo eso por no hablar de tipos, como Sansón (que, por cierto, fue un poco bruto), cuyo papel en el Biblia y su relación con la religión sigue siendo un tanto misterioso. Adán y Eva, Caín y Abel, Abraham e Isaac, Noé, la torre de Babel, Moisés, José, David y Goliath, Salomón... Muchas de sus figuras y avatares forman parte de nuestro acervo cultural, habiéndose infiltrado, incluso, en el lenguaje.

                Lógicamente, el humor que deriva de este peculiar análisis permite a Mendoza hacer toda una serie de comentarios, también muy divertidos, acerca de los motivos por los que tal o cual cosa ha destacado en el ámbito religioso o, por el contrario, ha sido ocultado o sorteado con melindrosas interpretaciones. También alude a los vacíos y rellenos que permiten pasar de la Historia Sagrada a la Biblia y viceversa, pues siendo la primera una selección de la segunda, contiene omisiones, pero también añadidos a los que Mendoza busca explicación a través de sus impresiones.

                No es un libro que vaya a contarse entre lo mejor de Eduardo Mendoza, pero sí son dos centenares de páginas muy bien escritas, claras, divertidas, que aportan conocimiento y enseñan, recuerdan y hacen reflexionar del mejor modo posible: entreteniendo. Las barbas del profeta es un mero divertimento sin ninguna finalidad ensayística, pero es el resultado de un juego, del entretenimiento intelectual de uno de los mejores escritores españoles. Solo por eso merece la pena.

                Eso sí: seguro que a alguien le ofende.





martes, 12 de noviembre de 2019

El negociado del yin y el yang – Eduardo Mendoza





          Al reseñar El rey recibe dije que «probablemente haya que esperar a leer toda la trilogía para hacer un juicio más preciso de esta novela». Lo reitero y extiendo a El negociado del yin y el yang, pues más que dos novelas forman una sola.

La consecuencia es que poco hay que decir de la segunda que no pueda decirse de la primera. A saber:

Como el cocinero es excelente y los ingredientes de primera calidad, la prosa de Mendoza entra con la calidez de una buena sopa en un día desapacible. Y digo sopa y no cachopo porque es una lectura más suave que contundente, más nutritiva que potente e indigesta.

Sigo sin entender las referencias de la publicidad hace al humor. Me da que solo pretende atraer a ciertos lectores de Mendoza. ¿Qué humor? No hay más que en cualquier novela media. De hecho, las páginas están surcadas por un poso de tristeza o cuando menos de abulia porque el protagonista, Rufo Batalla, que no es precisamente un bromista ni un tipo que atraiga equívocos o desgracias chocantes, anda desanimado, sin futuro, apático, sin ganas de hacer nada ni espíritu para acometer una nueva vida tras abandonar, por hastío, la que llevaba. De resultas la acción es algo plana, con la extraña excepción de la aventura principesca a la que a continuación aludiré.

La obra sigue teniendo dos historias paralelas y solo interconectadas por el personaje: la primera es la vida ordinaria de Rufo Batalla, al hilo de la cual se hacen breves reflexiones de los años setenta y los primeros ochenta –una suerte de irregulares memorias indirectas-. Algunas de ellas son profundas y brillantes, como el rápido y contundente análisis de la sociedad que había dejado el franquismo, en el que se advierte un poso de rabia que más parece del autor que del personaje. La segunda historia deriva de los avatares causados por la aparición del príncipe Tukuulo, aspirante a recuperar el trono de un inexistente país. El avatar, pues solo hay uno relevante, conduce al protagonista a vivir una aventura asiática más extraña que rocambolesca, una historia en la que la realidad cambia tan de sopetón como cuando un vulgar hijo de vecino aterriza de improviso en una película de James Bond, una historia cuyo significado me desorienta porque no lo alcanzo a entender, si no es que su única pretensión es dotar a la historia de una intrahistoria para hacer más llevadera la lectura.

La novela tiene cuatro partes, no explícitamente estructuradas: los últimos tiempos de Rufo en Nueva York, el lío en el que lo mete el Príncipe, el regreso a Barcelona -que permite introducir nuevos personajes provenientes del entorno y el pasado de Rufo- y, finalmente, las implicaciones del impensado viaje a Alemania y el nuevo retorno. 

Rufo Batalla sigue siendo un tipo tan sosegado y gris que no despierta pasiones ni entre las moscas en verano: un hombre joven, pero de una sensatez extrema, enemigo de los sobresaltos –que rehúye con éxito- y que, cuando se atreve a realizar un cambio notable –como dejar Nueva York y emprender una nueva vida- o acepta un riesgo elevado –las propuestas de Tukuulo o cierto peliagudo romance- no pierde la calma y exhibe una capacidad analítica que arrasa toda incertidumbre desde el inicio, hasta el punto de que cualquier duda que pueda estimular las sensaciones del lector queda pronto anulada. Hasta las peripecias más alocadas –que alguna hay- tienen un algo de racionalidad burocrática. Hasta sus esporádicos amoríos, con mucho aquí te pillo aquí te mato, tienen un gran poso de soledad. Cómo será de gris la existencia de Rufo que son precisamente sus amoríos, y solo ellos, los que producen en el lector vértigo ante el porvenir.

Y es que quizá sea eso lo que da la pátina de tristeza a la novela: la soledad. La soledad que de un modo u otro han vivido todos los que se van de casa el tiempo suficiente para que, al volver, su casa ya no exista tal y como la conocieron. Han cambiado las cosas y las personas y han cambiado ellos. Los recuerdos solo pueden anclarlos a los recuerdos.

Lo más emotivo, curiosamente, se produce con la novela terminada: la dedicatoria final a su familia es preciosa, y la alusión al equipo con el que ha contado desde hace años (Pere Gimferrer, Elena Ramírez, la agencia Balcells en la que ya falta su fundadora…) impresiona (quizá porque me produce, lo admito, una envidia tremenda, pues Seix Barral es mi debilidad y el lugar donde uno siempre querría estar). Una suerte para las letras españolas que tanto talento pueda unirse con concordia para trabajar.

Dicho todo lo cual alguien podría decir «pues no parece una novela muy estimulante», pero se equivocaría. Mendoza escribe maravillosamente, con precisión, con una claridad tal que las ideas y situaciones avanzan a pasos agigantados pero con tal suavidad que cuesta percibir la velocidad. El avance cronológico va de la mano de un montón de saltos entre países que induce reflexiones interesantes y permiten observar la España del momento desde una perspectiva de la que se carecía en el interior, una perspectiva que pocos españoles tuvieron y que resulta enriquecedora.

         El negociado del yin y el yang –ciertamente, título más apropiado para las novelas de su detective loco que para esta- es una obra que merece la pena leer, que aporta más de lo que parece y que he disfrutado mucho porque tras leer El rey recibe ya sabía lo que podía esperar. Quizá el principal problema que a veces tengo, como supongo que le sucede más gente, es comenzar lecturas con alguna idea inconsciente –o con algún deseo- sobre cómo debe ser lo que me voy a encontrar. Un error. La mejor expectativa en literatura es no tener expectativas, dejarse sorprender.

  





martes, 10 de septiembre de 2019

Una comedia ligera – Eduardo Mendoza





              La transición del mundo rural -inmutable durante siglos- a la modernidad llevó poco más de un siglo en casi toda Europa. En España comenzó más tarde y duró apenas unas décadas. Ese periodo de frenético cambio alumbró contextos inéditos extinguidos para siempre poco después. Fogonazos de realidad irrepetible. En este periodo transitorio donde todo fue efímero transcurre Una comedia ligera, novela de Eduardo Mendoza recientemente inmortalizada en Cátedra y que, injustamente, no se suele contar entre las mejores del autor posiblemente por carecer de los elementos dramáticos, históricos y algo epopéyicos de La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios. Y es que la vida de los personajes de Una comedia ligera es precisamente una comedia ligera, pues con todos sus dramas a cuestas en nada hubiera cambiado ni lo más pequeño del mundo si su suerte hubiera sido una o la contraria.

              La acción se desarrolla en los años cuarenta, en Barcelona y Masnou, pueblecito costero a apenas una veintena de kilómetros de la capital. Allí han comenzado a convivir la tradición pescadora secular con las primeras villas para veraneantes adinerados procedentes del empresariado barcelonés, los cuales encuentran allí una suerte de ensueño donde disponen de amplias residencias ajardinadas –donde hasta se llevan al servicio doméstico- con acceso a playas vacías; un lugar donde el «casino» se viste de gana esos meses para dispensar a los turistas el trato de clientes privilegiados. Un mundo efímero, ligero. Inexistente poco antes y desaparecido poco después, un mundo, también, donde el rol de la mujer comenzaba a cambiar, despuntaban las primeras «atrevidas» y, entre las más tradicionales, los primeros «atrevimientos».

              El protagonista, Carlos Prullàs, es un autor teatral de comedias cuyo estilo comienza a estar pasado de moda. Comedias ligeras. Su próximo estreno, en ensayo en el transcurso de la novela, lleva por título «¡Arrivederci, pollo!», lo cual da idea de su contenido y de lo alejado de las influencias que comienzan a moverse en torno a La náusea de Sartre haciendo de Prullàs una reliquia superada. Sus mejores amigos, o al menos las personas con las que más se relaciona, son el director de escena y la actriz principal, que se ha dejado la juventud interpretando las comedias ligeras de Prullàs y es ya una mujer madura con problemas para aceptar su edad. Aunque ha tenido hasta ese momento cierto éxito, Prullàs se hubiera muerto de hambre de no haberse casado con la cándida heredera de un empresario lo bastante acaudalado para que Prullàs, un tipo afable y que no hace ascos a trabajar duro en lo suyo, se pueda permitir todos los caprichos y solidaridades.

              Una comedia ligera es una novela partida en dos. Durante la primera mitad no sucede otra cosa que el ir y venir de los personajes: Prullàs es también un mujeriego que se ha liado (en varios sentidos) con la bella y depresiva pelirroja vecina en el Masnou, y también se ha fijado en una pésima y bella actriz secundaria que ensaya el estreno de «¡Arrivederci, pollo!» gracias al enchufe de otro empresario catalán con el que todo el mundo sospecha que la actriz mantiene un romance.

              La orientación de la novela da un vuelco cuando Prullàs pasa a ser el principal sospechoso de un crimen. O al menos lo es a los ojos del investigador principal, un tipo poderoso ingenuamente identificado –lo cual lo hace más temible- con los valores y la concepción de España del régimen franquista; un guardián de las esencias puede ser más peligroso que un corrupto con poder. Ante él todos tiemblan, y Prullás el que más pues no estar a bien con el poder puede arruinar de inmediato su carrera artística. Se abre en este punto un ir y venir en el que, intentando demostrar su inocencia, el protagonista se va metiendo cada vez en más problemas mientras sortea otro no menor: que su esposa y su familia política no se enteren del follón ni de los líos de faldas que ha tenido.

              En Una comedia ligera la lectura transcurre con placidez, con calma, sin prisa, como contagiada de la molicie que disfrutan en el Masnou algunos de los personajes. El lector se siente tumbado a la bartola observando entretenido las peripecias de Prullàs. Este efecto se refuerza mezclando un ritmo constante pero pausado con una considerable sencillez y claridad en la exposición, lo cual permite trasladar mucha información sin esfuerzo de comprensión. Es muy difícil bucear la sencillez sin caer en la simpleza, y Mendoza lo hace tan bien que quizá ese sea uno de los motivos por los que esta obra no es más reconocida, y es que los simples, tan abundantes, no son capaces de distinguir la simpleza de la sencillez.

              Más allá de la variedad de registros de Mendoza y de la historia de los personajes, el contexto es relevante. Quizá lo que más. Si uno observa el segundo plano de la novela ve un vasto horizonte. Un paisaje a guardar en la memoria. Ya he hablado de esa época fugaz. Ahora quiero mencionar también la opresión. Ni los personajes ni el autor hablan de ella, no se meten en políticas porque no hace falta decir lo que los hechos muestran: un sistema en el que todo el mundo da por hecho el control y la necesidad de estar a bien con el poder (que no es necesariamente lo mismo que estar a bien con la ley). Además, aunque solo es evidente al final, se cumple la máxima gatopardiana, y quien maneja los hilos del poder económico y a través de él influye en la política, siempre enreda en ellos a quien le conviene para salir bien parado. Todo cambia para que nada cambie. O quizá sea mejor decir que nada cambia ni aun cuanto todo lo hace. Mendoza nos recuerda que hasta en esas épocas de cambio acelerado y paisajes urbanos y sociales fugaces todo cambia, aunque, en el fondo, nada lo hace.

              La conclusión bien pudiera ser que no hay que tomarse muy en serio nada, porque nada ha de cambiar: la vida y todos sus dramas, lo mismo tomada con filosofía que vista en la distancia, no deja de ser una comedia ligera.


lunes, 14 de enero de 2019

Riña de gatos. Madrid 1936. – Eduardo Mendoza





                Riña de gatos todavía arrastra el sambenito de haber recibido el Premio Planeta, el cual, por ser un acto de promoción más que un premio propiamente dicho, es tan cuestionado como todos los demás «premios», de forma que, por desgracia, en ocasiones y de forma injusta lo que gana en ventas la novela ganadora lo pierde la reputación entre los puristas que equiparan necesariamente «premio» a «competición de mérito» y no conciben el premio-promoción; entre ellos, un escritor de prestigio que recibe el Planeta es algo así como un vendido al vil metal, y la novela queda reducida a la condición del «trabajo menor» del autor. Sin embargo, Riña de gatos es la prueba de su error: tiene mérito y calidad suficiente para engrandecer cualquier premio que se le otorgue.

                La consistencia y solidez del conjunto de la novela es grande, así como la calidad de la prosa de Mendoza, el cual, nuevamente, se esfuerza por evitar florituras lingüísticas en beneficio de una comunicación clara, sencilla y eficacaz con el lector, al que es capaz de transmitir un mundo entero sin utilizar recursos de otros mundos. Notable es también la complejidad de la trama que, sin embargo, se sigue bien porque a lo dicho sobre el lenguaje se une una casi impecable estructura narrativa. Una de las «novelas serias» de Mendoza, como dicen algunos, emparentada con La verdad sobre el caso Savolta y con La ciudad de los prodigios, aunque quizá varios puntos por debajo en cuanto a fuste, lo cual, a mi juicio, se debe a tres motivos:

                Primero, el paisaje del periodo de preguerra de marzo de 1936 no es tan omnicompresivo como el de esas otras dos novelas, en gran medida porque las vicisitudes del protagonista lo conducen a dar mucho más protagonismo a unas cosas (la Falange y su entorno) que a otras.

                Segundo, porque la muy atractiva frivolidad para el lector de transformar en personajes de la novela a personajes históricos, implica un coste de valoración, derivado de las necesarias exigencias de adaptación al guión.

                Tercero: porque sí hay cierto «pero» a la estructura, y es que durante casi el primer cuarto de la novela la acción transcurre tan lentamente y tan sin sorpresas que produce cierta sensación de aburrimiento, lo cual contrasta, por cierto, con los mecanismos que luego usa Mendoza al final de muchos capítulos –abrir fuertes incógnitas- para el que lector siga leyendo.

                ¿Y de qué trata Riña de gatos?

                Al Madrid casi ya primaveral de 1936 llega un inglés inocentón y bienintencionado, Anthony Whitelands, experto en pintura y en especial en Velázquez y el Siglo de Oro español. En Madrid debe realizar un trabajito: la tasación de ciertos cuatros de un noble madrileño que está pensando en hacer caja para salir pitando junto a su familia en vista de la que se avecina.

                Qué acabará tasando Whitelands y cambiando la perspectiva de su trabajo y hasta de su vida, lo sabrá el lector cuando lea la novela, pero resulta interesante y enriquecedor que Eduardo Mendoza haya recurrido al arte y a su explicación, breve, pero concisa, como estímulo literario. Otros problemas de Whitelands es que su carne es tan débil como la de cualquier hijo de vecino, y como el noble para el que el inglés va a trabajar tiene una hija que… Aunque, bueno, la muchacha tiene ya un amor. Aunque qué amor. La identidad de este caballero es una de las sopresas de la novela.

                Poco a poco todo se va mezclando y, de pronto, el anodino protagonista que ha vagado por las primeras páginas conociendo gente se ve en el centro de un conjunto de conspiraciones en las que está en juego el futuro de España. Un futuro, claro está, que el lector conoce. A partir de este momento la novela toma un nuevo rumbo, doblando su interés tanto por ver cómo sale parado el protagonista como por la imaginación que exhibe Mendoza para hacer no ya creíble, sino realista, el modo en que todos los caminos convergen en la Roma de Whitelands haciendo de él el centro de la diana de cuantos tiradores, y son muchos, pululan por las páginas y alrederores.

                La novela transcurre en un momento en el que el ruido de sables es ensordecedor, aunque no está claro quién los blande, porque por todas partes hay quien desea cambiar la deriva del país, pero cada uno a su manera, de modo que todos desconfían de todos y, a la vez, todos boicotean a todos. Las peripecias de Anthony Whitelands permiten conocer mejor una época muy concreta y, especialmente, inducen a la reflexión sobre el modo en que el carácter y la personalidad de personas concretas acaba influyendo en la historia, a pesar de lo cual, y precisamente porque la historia es conocida, el motor de la lectura termina siendo, como ya he dicho antes, la suerte del protagonista. 

          


               

lunes, 24 de septiembre de 2018

El rey recibe – Eduardo Mendoza






                Cada vez que Eduardo Mendoza publica una novela muchos preguntan es si es o no de humor. «Sí y no», vienen a decir las respuestas que he leído o escuchado en artículos y acciones de promoción, lo cual, una vez leído El rey recibe, me hace pensar en una ambigüedad calculada para no perder lectores, por más que haga falta ser muy tonto para dejar de leer a Mendoza.

                El rey recibe no es una novela de humor aunque, como en tantas otras –y más en las que tienen cierto tono autobiográfico- hay episodios que hacen sonreír y cierta historia (la del «rey») pintoresca y divertida, aunque en esta ocasión el humor llega desde una exquisita sutileza de la que carecen las novelas más gamberras de Mendoza. Me da la sensación de estar ante una de esas obras, como Mauricio o las elecciones primarias, que va a ocupar un puesto destacado en la estima del autor y no tanto –e injustamente- en la de sus lectores, más habituados a otro tipo de novela.

                El rey recibe es una obra buena pero extraña, fundada en los recuerdos de Mendoza, que se ha hartado de decir que como escribir unas memorias era un aburrimiento, le pareció mejor contar una historia ajena en la que plasmar recuerdos sobre la base de que la vida no es cómo fueron las cosas, sino cómo las percibimos y recordamos. Digo «extraña» porque al final la vida del personaje termina dando lugar, en la novela, exactamente a lo que acabo de decir: el relato de un pedazo de la vida de un joven barcelonés que, a caballo entre los años sesenta y setenta del siglo XX, primero trabaja en un periódico, luego en una revista y más tarde emigra a Nueva York. La consecuencia es que no hay que esperar ni tramas ni desenlaces en el sentido usual, porque no se trata de una historia completa, sino una parte de una historia que probablemente no conducirá a ningún sitio más que a conocer la existencia del protagonista. Eso es lo que explica la inclusión de episodios sueltos que parecen tener poca o ninguna influencia en el resto. Pero esto da igual. Lo importante son las reflexiones de Mendoza tanto sobre la evolución de la sociedad en esos años en paralelo a la evolución personal, laboral y familiar, como sobre un carácter que parece tener mucho en común con el suyo.

Sin embargo, Mendoza se ha cuidado de introducir un elemento que otorga a la novela cierto hilo conductor –bien que un tanto guadianesco- y relativamente humorístico: la presencia de un aspirante a rey de Livonia. Lo retorcido de la historia de Livonia –más un territorio que debe su nombre a una etnia que una nación y no digamos ya un estado- sin duda explica la elección. Se puede aspirar a reinar en lugares extraños, pero como Livonia, pocos. El «rey» vive exiliado en todas partes, dándose unos aires que casan mal con sus medios, y más defendiendo su condición desde las revistas del corazón que desde la política. De ahí que sea en calidad de reportero rosa como el protagonista toma contacto con el «monarca» y con cierta dama a la que ayuda a poner en marcha una moto. Sus nombres, por cierto, son la mayor concesión al Mendoza de las novelas de humor. A partir de ahí, el «rey» aparece y desaparece de modo un tanto caprichoso, sin que lleguemos a saber por qué, y enreda al protagonista en un par de compromisos cuyas consecuencias, si las hay, quedarán para las siguientes novelas de la trilogía.

Y es que El rey recibe es la primera de una trilogía que lleva por nombre «Las tres leyes del movimiento» y que, por lo que se puede deducir de lo dicho durante la campaña de promoción, será lo que es esta novela: una suerte de historia como excusa para rememorar numerosos episodios históricos o no desde la fidelidad no a los hechos, sino a los recuerdos. También, y no es menos importante, se rememoran ideas, prejuicios que una vez imperaron, visiones, tópicos, el modo en que uno, desde su propio yo se enfrentaba a las ideas preconcebidas a medida que se abría al mundo y estas evolucionaban a medida que lo hacían las personas. Probablemente haya que esperar a leer toda la trilogía para hacer un juicio más preciso de esta novela, pero la cosa apunta alta.

De lectura sumamente agradable, interesa sin apasionar. No es una crítica, sino lo contrario: es un gran mérito del autor porque, precisamente, si algo se esfuerza en destacar del protagonista es que, siendo un tipo más o menos formado, culto, inteligente y movido por cierta curiosidad vital, es también un hombre prudente, en cierto modo vulgar, anodino, poco amigos de las locuras y con cierto hálito, ante los demás, de ser un tipo aburrido. Alguien a quien se respeta y admira, pero con quien no se cuenta cuando se buscan emociones fuertes. Lo suyo es ver, no ser visto, lo cual, unido al tono reflexivo de una historia contada desde el recuerdo, traslada al lector un sentimiento entre melancólico y triste que a menudo no se corresponde con los recuerdos del narrador, aunque la realidad es que Mendoza traslada todo magistralmente: cuando Rufo Batalla, el protagonista, nos dice que era feliz en tal o cual situación, no debemos dudarlo a pesar de tener una sensación distinta, sino que más bien debemos recordar que quien nos habla no es Rufo desde aquel pasado, sino desde el presente; el Rufo que, muchos años después, recuerda. La felicidad del pasado puede fundamentar la melancolía del presente. En resumen, que el lector debe hacer el esfuerzo de comprender al narrador, de ponerse no solo en el pellejo del narrador en los sucesos que se cuentan, sino en el del narrador en el momento en que narra.

Una prosa eficaz, limpia, concisa y con una riqueza que llega al lector con sencillez. Da gusto cómo escribe Mendoza, cómo domina desde el estilo «rococó» de sus detective loco hasta la exquisita llaneza de El rey recibe.




jueves, 5 de julio de 2018

Reflexiones sobre literatura y humor




«Yo creo que el género negro tiene mucho, tiene mucho humor, hay mucho componente de humor; en sí mismo ya es una cosa humorística, es decir, pasar un rato divertido con cadáveres, descuartizamientos, asesinatos…, eso es una cosa ya en sí muy divertida. Es muy divertida. Los grandes clásicos de la novela negra, de la novela de detectives, de la novela de misterio, son gente con un gran sentido del humor; incluso proponen un mundo verdaderamente feliz en el que un asesinato es un motivo de gran alegría para todos porque así se podrán poner a investigar, ¿no? Es el género más amable que hay.»




lunes, 11 de diciembre de 2017

Qué está pasando en Cataluña – Eduardo Mendoza




Vistos los sopapos que Eduardo Mendoza está recibiendo en las redes a cuenta de esta breve obra, tengo la sensación de que hay más personas interesadas en que se les dé la razón que en tenerla. Lo digo porque Mendoza no intenta tomar partido, sino que realiza una serie de reflexiones que poco tienen que ver con las más frecuentes en los últimos tiempos: ni habla de la evolución de las cosas desde la Transición ni, como otros, se remonta al siglo XIX para hacer recapitulación del origen del nacionalismo.

Lo que Eduardo Mendoza hace en estas páginas es algo probablemente más útil y, por tanto, más importante en estos momentos, pero también más difícil de digerir porque apela a la conciencia de cada cual y obliga al examen de conciencia y a la rectificación de lo que cada uno hacemos mal. Mendoza analiza, sin ánimo exhaustivo, la idiosincrasia catalana en lo que él entiende que afecta a cuanto está ocurriendo. Inevitablemente, también la del resto de España queda reflejada al menos en lo que a su relación con Cataluña se refiere.

El resultado disgustará a quienes buscan justificaciones para la causa por la que se han inclinado, e incitará a la reflexión de los pocos interesados en comprender antes de opinar.

Un libro que tiene una parte inquietante además de lo que ya de por sí inquieta la conciencia de que cada uno tenemos nuestra parte de culpa y, por tanto, tarea pendiente: la idiosincrasia es, en gran medida, fruto de los miedos, fracasos y complejos más traumáticos, la mayor parte de los cuales traen por causa situaciones históricas que, sin que nos demos cuenta, perviven en nuestro comportamiento décadas o siglos después. El resultado: todas las personas llevamos dentro una semilla de todo lo malo acumulado por la historia, semilla que, cuando se dan las circunstancias propicias, puede germinar arrasando lo que de bueno hayamos sido capaces de crear. El reconocimiento de esa herencia cultural que nada tiene que ver con expresiones artísticas y sí con un modo de ser a su vez consecuencia de un modo de vivir en comunidad, de los méritos y deméritos, de la asunción de clichés y estereotipos, de si el resto nos admira o se burla de nosotros, y de tantas otras cosas, es también una cura de humildad que obliga a reconocer la subjetividad de toda visión. Las sociedades, como las personas, tienen sus traumas y complejos, que son los responsables, en última instancia, de la deriva que esas mismas sociedades toman. En esa deriva influyen, a su vez, otras sociedades con sus propios traumas y complejos. El devenir de las relaciones entre las personas y entre las sociedades viene determinado por los miedos y complejos y, particularmente, por los que afectan a sus relaciones. Por supuesto que las sociedades, como las personas, rara vez son conscientes de ellos.

Una obra breve, muy distinta a cuanto he leído sobre Cataluña en los últimos tiempos, probablemente porque esta obra, más que ninguna otra, intenta, como he dicho antes, comprender. Solo comprender. No tomar partido. Es importante tenerlo claro, porque nadie sale en este retrato tan guapo como se cree.




jueves, 20 de abril de 2017

Eduardo Mendoza, sobre el humor.




          «En mis escritos he practicado con reincidencia el género humorístico y estaba convencido de que eso me pondría a salvo de muchas responsabilidades. Ya veo que me equivoqué. Quiero pensar que al premiarme a mí, el jurado ha querido premiar este género, el del humor, que ha dado nombres tan ilustres a la literatura española, pero que a menudo y de un modo tácito se considera un género menor. Yo no lo veo así. Y aunque fuera un género menor, igualmente habría que buscar y reconocer en él la excelencia.»

...

          «Lo que descubrí en la lectura de madurez fue que había otro tipo de humor en la obra de Cervantes. Un humor que no está tanto en las situaciones ni en los diálogos, como en la mirada del autor sobre el mundo. Un humor que camina en paralelo al relato y que reclama la complicidad entre el autor y el lector. Una vez establecido el vínculo, pase lo que pase y se diga lo que se diga, el humor lo impregna todo y todo lo transforma.»





Eduardo Mendoza.