En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

viernes, 26 de junio de 2020

Reflexiones sobre literatura y humor





          «Mirad las personas que corren afanosas por las calles. No miran ni a derecha ni a izquierda, con gesto preocupado, los ojos fijos en el suelo como los perros. Se lanzan hacia delante, sin mirar ante sí, pues recorren maquinalmente el trayecto, conocido de antemano. En todas las grandes ciudades del mundo es lo mismo. El hombre moderno, universal, es el hombre apurado, no tiene tiempo, es útil; no comprende tampoco que, en el fondo, lo útil puede ser un peso inútil, agobiante. Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. Y un país en donde no se comprende el arte es un país de esclavos o de robots, un país de gente desdichada, de gente que no se ríe ni sonríe, un país sin espíritu; donde no hay humorismo, donde no hay risa, hay cólera y odio.»


Eugène Ionesco.

miércoles, 24 de junio de 2020

Por la boca muere el pez – Andrea Camilleri y Carlo Lucarelli




(Serie Montalbano, 21)




                Dos veces, dos desastres, he intentado escribir algo a cuatro manos. La primera, en el cuaternario, porque la absoluta falta de planificación engendró el embrión de monstruo indigerible e indirigible; la segunda, por las diferencias de compromiso. Lo cuento porque en este brevísimo experimento firmado por Andrea Camilleri y Carlo Lucarelli –que tiene el mérito de haber salido adelante, si bien sus escasas páginas tienen un nivel muy inferior al que yo deseaba para mis propios experimentos- reconozco parte de los dos problemas.

                Por la boca muere el pez se gestó por iniciativa Daniele Di Gennaro, a raíz del rodaje de un encuentro entre Camilleri (nacido en 1925) y Lucarelli (1960). A partir de unas ideas sospecho que más mínimas de lo que se da a entender en la explicación del parto, ambos autores, con la agenda cargada de compromisos, tardaron largo tiempo en alumbrar esta obrita. Siguieron el simplísimo y poco útil procedimiento de alternarse escribiendo cada uno una parte que el otro continuaba, cuando le venía bien o le daba en gana, teniendo que resolver los problemas en los que el anterior lo había metido. Si tuviera que pronunciarme sobre si se trata de un proyecto literario o de un juego entre dos personas que ponen a prueba su capacidad e imaginación, apostaría por lo segundo.

                Al pobre Montalbano, como decía hace poco al reseñar «Tirar del hilo», se le han debido revolver las tripas también al ver como título en la edición española una expresión hecha. No cabe esperar mucho más de las páginas de la obra, cuyo atractivo comercial, que no literario, radica en encontrar en las mismas páginas a los protagonistas de dos sagas novelescas distintas: el comisario de Vigàta, Salvo Montalbano, y la inspectora de Bolonia Grazia Negro. Ocurre, sin embargo, que Lucarelli no ha sido traducido al español, por lo que los lectores de estos lares, que no podemos reconocer para bien ni para mal a la inspectora, nos perdemos la mitad de la gracia, que equivale a la totalidad de la Grazia.

                Por provocar cayendo en las expresiones hechas que tanto repugnan a la literatura y a Montalbano, diré que la novela, por lo que al comisario afecta, más recuerda a un pez fuera del agua, y eso que la estructura es en todo similar a la de esas obras de Camilleri construidas a partir de la ordenada exposición de cartas, informes y noticias. Y es que cuando Grazia Negro pide ayuda a Montalbano para cometer ciertas tropelías investigadoras no muy dentro de la legalidad, el comisario se presta a ello pero acaba fuera de Sicilia, perdiendo en el viaje buena parte de su idiosincrasia, porque Montalbano es el personaje y cuanto le rodea. Sí se notan aspectos que no sé si son de Lucarelli, pero no de Camilleri, como el manido recurso a «malos perfectos e implacables» que además firman crímenes de autor.

                Para mí, un experimento literario fallido, necesitado de mucho más trabajo y cuidado para que los personajes no sean lo que parecen: «peces fuera del agua», pero interesante para reconocer los caprichos, la pereza y la defensa de los egos de dos escritores que se prestan voluntariamente a confrontarlos. Además, se lee en un rato.

                Y en cuanto al argumento… Una pequeña calamidad en la que partiendo de lo que he dicho aparece una trama de malos muy malos un tanto jamesbondiana, que se plantea y resuelve de un modo tan precipitado y poco creíble que carece por completo de verosimilitud. El lector lo lee como el que asiste a una farsa. Otra cosa es que las farsas también tienen su momento.



sábado, 20 de junio de 2020

La ciudad del diablo – Angela Vallvey




              Noviembre de 1975. En paralelo a la agonía de Franco, en San Esteban, un pequeño pueblo a muy pocos kilómetros de Toledo, ha ocurrido un suceso que desvía parcialmente la atención sobre la inminente muerte del dictador y las circunstancias políticas, en España y Marruecos, que la acompañaron. Y es que en una ermita próxima ha aparecido el cadáver, desnudo y acuchillado, de una mujer joven, Clara, madre soltera y por tanto con fama, habida cuenta de la moral oficial de la época, de promiscua.

              La historia se nos cuenta desde la óptica de Jorge, un chaval de diez años enamorado de la hija de la muerta; un chaval, también, que ejerce de monaguillo y de ahí su contacto con el cura recién llegado, un joven dado a la modernidad, y en anciano párroco, cuyos valores siguen anclados en la «cruzada» contra las conspiraciones comunistas, judeomasónicas y demás iluminaciones utilizadas por la dictadura para justificar su existencia.

              Jorge, a la vista de frases sueltas que escucha, teme que su padre tenga algo que ver con el asesinato. El cura joven, para tranquilizarlo, le dice que entre ambos van a investigar para localizar al verdadero criminal, aunque, como se puede suponer, lo máximo que alcanza a hacer la pareja no deja de ser un consuelo para el chico. Pero en ese proceso Ángela Vallvey construye la historia de Jorge, que es también la de sus padres, la de la relación entre ellos, tan condicionada por la posición de la mujer en la sociedad, la historia de su abuelo, de su tía y, por supuesto, la difícil historia de Clara.

              Una novela interesante, muy bien escrita, con cierto aire a Miguel Delibes por la mirada oblicua que nos hace ver las cosas reflejadas en quienes las sufren sin entenderlas. Y así, con un pasito en la historia y otro en la agonía del dictador -que es el marco que capta la atención de muchos de los personajes, con unos retratando su miedo, otros su esperanza y pocos su añoranza- vamos conociendo a los personajes, lo que ocurrió y, también, esa insólita situación en la que partidarios y detractores pudieron sentarse a contemplar, tras décadas de dictadura -unos con un pañuelo para llorar y otros con una copa en la mano la brindar- la muerte del dictador y la apertura a un nuevo futuro que esperanzaba por sus posibilidades e inquietaba por sus dificultades.



martes, 16 de junio de 2020

Qué leer


Dicen que está a punto de llegar el verano, aunque en este año tan raro, a saber. Pero como seguramente sí habrá tiempo para leer, al igual que otros meses de junio aquí van, cronológicamente por orden de lectura, los diez libros que más me ha alegrado leer en los últimos doce meses, por si alguien se anima a conocerlos. En los títulos tenéis el enlace a la reseña. Alguno os gustará, seguro, no podéis ser tan raros para que no sea así. 


Antonio Tabucchi



Eduardo Mendoza



Frédéric Dard



Benito Pérez Galdós



Miguel Delibes



Alberto Moravia



Antonio Muñoz Molina



George Steiner



Irene Vallejo



Miguel Delibes





jueves, 11 de junio de 2020

Las guerras de nuestros antepasados – Miguel Delibes







                La guerra de nuestros antepasados (publicada en 1975, cuando Delibes tenía 55 años), es una novela completamente dialogada entre dos personajes: Pacífico Pérez, un preso de origen rural, y el doctor Burgueño, que a lo largo de varias sesiones (tantas como capítulos) lo interroga para conocer la vida de Pacífico y averiguar las razones de muchas cosas que el doctor ya sabe y que el lector conoce a medida que avanza la novela. Es decir, a medida que la vida de Pacífico Pérez va surgiendo entre sus páginas y, con ella, la explicación de ese diálogo.

                Dice Delibes, en el prólogo de la edición que he leído, redactado en 2008, que quizá sea esta su novela más dinámica, cuando al proyectarla pensó que sería exactamente lo contrario.

                La guerra de nuestros antepasados tiene una doble estructura fabulosa: por una parte, la construcción de los diálogos, en los que el doctor es más un hábil interrogador que un conversador, lo cual permite a Delibes hacer fluir la acción a un ritmo constante, suave, sin emociones fuertes ni pérdidas de tiempo, dirigiendo la atención a aquello que la tiene y a nada más; esta primera estructura, que se repite en cada diálogo, se asienta en otra superior: el modo en que el discurrir de la vida de Pacífico organiza la novela de forma equilibrada pero también de modo que la acción acelera poco a poco hasta alcanzar unas páginas finales de enorme intensidad. Tanta, que el interrogador deja de serlo en los momentos postreros, en los que comprendemos, aunque lo adivinábamos, por qué está allí.

               También llama la atención esta novela -marca Delibes- por la maestría en el uso de un lenguaje ya perdido: el utilizado en pueblos que durante siglos habían vivido casi aislados y que ahora que ya han dejado de ser lo que eran han perdido hasta su vocabulario, empobreciéndonos a todos.

                La guerra de nuestros antepasados es, en el fondo, un alegato contra la sinrazón de la violencia que Delibes realiza a través de un truco a menudo humorístico: mostrando, sin más, el modo natural en que la violencia se expresa sin que el ser humano sepa muy bien cómo porque responde a sus instintos más primarios, ajenos, a menudo, a los conceptos del bien y del mal, conceptos morales que precisamente por serlo exigen un grado de desarrollo más elevado que el necesario para la simple supervivencia en la que tantas personas se mueven.

                La vida de Pacífico, que transcurre a mediados del siglo XX, no es sencilla: el hombre es poca cosa en lo físico y lo mental, y convive con tres generaciones de hombres: el Bisa (su bisabuelo), el Abue (el abuelo) y el Padre. Cada uno de ellos vivió una guerra: la carlista, la del Rif y la civil. Cada uno vivió «su» guerra de un modo y se «especializó» en determinado tipo de violencia del que se sienten orgullos posiblemente porque les permitió sobrevivir y obtener un reconocimiento interior. ¿Cuál? ¿Por qué? Es algo tan simple como que, en el combate, quien mata puede creerse más listo que el muerto; presunción de inteligencia que se ve corroborada con una recompensa: la vida.

                Pacífico no encuentra una guerra, ni ganas tiene pese a las presiones de las anteriores generaciones; lo más parecido es la rivalidad pueblerina entre los dos núcleos de población que forman el municipio. A lo largo de su vida Pacífico conoce esa rivalidad, muestra su extrema sensibilidad para algunas cosas y sorprendentes habilidades para otras, y también conoce el trabajo (más o menos) y el amor (menos o más). Pero la violencia, que muchas veces aparece en la vida sin que ni quien la ejerce la prevea, es lo bastante poderosa para torcer, de un empellón aislado, el rumbo de muchas vidas. La de Pacífico, por ejemplo, cuya historia nos permite reflexionar sobre los conceptos del bien y del mal y sobre hasta qué punto la violencia responde necesariamente o no a ellos. Como necesario colofón, la novela obliga a pensar sobre la idea de justicia y la necesidad de eliminar el medieval concepto de justicia objetiva, o por el resultado, del que hablan los penalistas cuando explican la evolución del derecho, para acercarse a un concepto moderno en el que se debe diferenciar el daño de la responsabilidad.





Puedes comprar este Las guerras de nuestros antepasados desde el siguiente enlace

lunes, 8 de junio de 2020

Tirar del hilo – Andrea Camilleri





(Serie Montalbano, 30)



                Después de quedarse ciego, este fue el primer libro de Montalbano que Andrea Camilleri escribió o, mejor dicho, dictó a Valentina Alferj, sobre la que dice que le ayudó «no solo materialmente, son interviniendo también de forma creativa en su redacción».

                Así es como salió a la luz la trigésima entrega del comisario de Vigàta, Salvo Montalbano, y uno no puede dejar de preguntarse hasta qué punto este modo de trabajar afectó a una novela que, a diferencia de casi todas las anteriores, vaga sin rumbo durante sesenta o setenta páginas alrededor de la llegada de inmigrantes a las costas de Vigáta, víctimas de las mafias que trafican con personas, hasta encontrar después el camino que conduce al verdadero argumento y de ahí al desenlace: el asesinato de la guapa modista -la típica mujer casi ideal que Camilleri utiliza con profusión en sus obras- que, a iniciativa de Livia, iba a hacer a Montalbano un traje a medida. En ese camino se reconoce ya al Camilleri de siempre, bien que en estos tiempos cualquier lector advierte el intencionado olvido de ciertos mecanismos de investigación (en este caso, las llamadas telefónicas suministradas por las operadoras) harto conocidos ya para todo el mundo gracias a las crónicas de sucesos pero que los escritores a menudo «olvidan» para que no se les acabe la novela antes de empezar. Pero da igual: ¿Quién quiere realismo -¿acaso el personaje es realista?- cuando hay verosimilitud? Lo relevante es la historia, cómo se escribe y lo que hace sentir, y en Tirar del hilo encontramos al Camilleri de siempre y a un Montalbano cada vez más mayor, olvidadizo y metepatas, aunque también, porque esta historia no le da pie, menos comprensivo con las debilidades humanas.

          Como cosa insólita para los anales del montalbanismo, diré, sin destripar nada, que en Tirar del hilo el lector puede ver a Montalbano, durante unas páginas, fuera de Sicilia. El efecto, el de un pez fuera del agua.

          Eso sí, no me resisto a comentar una maldad: el título es una frase hecha, una expresión manida, uno de esos recursos de los que el protagonista ha abominado en numerosas ocasiones en anteriores novelas. Pobrecillo. ¡Mira que titular una de sus aventuras con una expresión hecha! ¿Habrá sido una jugarreta del autor, de la editorial o del traductor, aprovechándose de que el pobre Salvo ya se siente mayor y falto de reflejos? El título original de la obra, «L´altro capo del filo».  

          Como última anécdota, el lanzamiento de Tirar del hilo estaba previsto en España en marzo de 2020, si no recuerdo mal. Se aplazó hasta mayo a consecuencia de la crisis del coronavirus. Nadie podrá decir que Montalbano no ha superado dificultades. Hasta una pandemia que azotó especialmente a su país.

                Una novela que, a la alturas de la saga y de la vida de Camilleri en el momento en que la escribió, los lectores devoramos como un capítulo más de una historia que comenzó en 1994 con La forma del agua y que, en Italia, terminará para siempre este verano con la publicación de la novela con la que Camilleri, anticipándose a lo que otros pudieran hacer a su muerte con Montalbano, quiso poner fin a la historia de un personaje inolvidable. Esa novela, escrita alrededor de 2005 y reelaborada en 2016, es un secreto literario muy bien guardado que este año se desvelará por fin, aunque en España aún tardará en llegar. Entre tanto, disfrutad tirando del hilo de las últimas aventuras del comisario.



martes, 2 de junio de 2020

El infinito en un junco - Irene Vallejo





                Hay libros que gustan y libros, como El infinito en un junco, que entusiasman.

                Reseñar una obra así es una osadía que no me atrevo a cometer por miedo a hacerlo mal y que alguien, como consecuencia de mis palabras, se pierda esta lectura.

                Así que solo diré que cualquiera que ame los libros, el saber, la historia y guste de ser consciente de la importancia de tantas cosas esenciales cuya existencia damos por supuesta, va a disfrutar de este libro que, a la vez, regala lúcidas y fundamentadas reflexiones sobre el presente. O sea, sobre nosotros mismos.
              
                 


viernes, 22 de mayo de 2020

El Ángel – Sandrone Dazieri





(Colomba Caselli y Dante Torre, 2)


               
                Las críticas de la solapa (que ya se sabe que no suelen ser independientes) son desmesuradamente buenas, un ejemplo de exageración que en nada beneficia a una novela que por sí sola consigue lo que pretende: entretener al lector enganchándolo con una trama compleja donde el discurrir de los acontecimientos no deja un momento de tranquilidad, pues ni uno solo de sus breves capítulos se cierra sin dejar en el aire lo que parece el interrogante definitivo. Es decir, un buen thriller, que peca, eso sí, de incurrir en numerosos «más difícil todavía», pero lo hace de modo que cuanto se pierde en realismo y verosimilitud se gana en emoción. Siendo fast food, no es una hamburguechuela solitaria y chuchurrida, sino uno hamburguesón bien gordo y rebosante de ingredientes.

                Los protagonistas, la comisaria Colomba Caselli y el brillante y claustrofóbico lunático Dante Torre, son los mismos que los de No está solo, y parte de la trama de aquélla se traslada a esta nueva entrega, jugando a crear, junto al caso concreto de cada novela, una historia a largo plazo que ayude en la venta de los libros, como ocurre (con mayor brillantez) en la saga de Sebastian Bergman, firmada por Michael Horjth y Hans Rosenfeldt.

                La novela comienza con un supuesto atentado islamista en el tren de alta velocidad Milán-Roma. A Colomba la habían enviado pensando que solo había un muertecillo de lo más normal, pero el vagón de clase club aparecen todos gaseados. Lógicamente, el caso queda fuera de sus competencias, y «lógicamente», en la lógica de este tipo de novelas, Colomba se empeña en hacer la guerra por su cuenta, para lo que vuelve a apoyarse en un Dante Torre que, en un periquete, es capaz de encontrar una aguja entre un millón de pajares. Cómo no, los procedimientos de Colomba se vuelven contra ella, laboralmente hablando, para dar más emoción al asunto y dejar a los héroes solos ante el peligro, y conducen de nuevo a los dos protagonistas a la clandestinidad, bien que apoyados por los tres agentes que dependen de la comisaria y, sobre todo, por un guapetón del que, para disgusto de Dante, Colomba se siente atraída.

                Ocurre que todo es más complejo de lo que parece, y que el «ángel de la muerte» que da título a la novela sí tiene sexo y, para colmo, unas habilidades que ríete tú de James Bond y cuanto malo haya pululado alrededor del agente 007. No lo cito por citar: al igual que en la primera novela (No está solo), las historias de la guerra fría y los misterios de esa época que tanto juego han dado en las novelas de espionaje reaparecen aquí. Y, con ellos, el maniqueísmo de los malos muy malos y los buenos muy buenos.

                Para dar algo más de color, en lugar de pasarse la novela dando tumbos por Roma, Colomba y Dante también acaban en Milán, Venecia y Alemania. Los «decorados» son a menudo conocidos, lo cual, aunque no deje de ser un fácil truco para hacer sentir bien al lector, se agradece.

                Y el final, movidito, en plan película de acción, y sorprendente. Quizá, incluso, demasiado sorprendente, aunque, a la vista de cuanto he dicho, quizá no tanto, pues más tiene que ver con el efectismo que con la verosimilitud, y no digamos ya con el realismo.

                Volviendo al principio, dentro del fast food literario, una buena comilona.



lunes, 11 de mayo de 2020

Mal tiempo - P. G. Wodehouse





El honorable Galahad Threepwood ha decidido publicar sus memorias. Dado su pasado disoluto, el evento supone una amenaza para los más escabrosos secretos de la alta sociedad inglesa y un fantástico negocio para su editor, el cual, por cierto, ha accedido a contratar a un apuesto joven de buena posición, pero tan inútil que apenas le da una responsabilidad mete la pata hasta el garganchón. El editor lo despide, a pesar de que el pobre joven, pese a su riqueza, vive atribulado pues es prisionero de un secreto: si no mantiene un empleo durante cierto tiempo le será negada la mano de su amada.

Galahad Threepwood vive retirado en el castillo de Blandings, típico escenario de Wodehouse, a cuyo frente está, como cabeza de la casa, su hermano, Lord Threepwood, un viejo algo mochales obsesionado por el cuidado de un cerdo con el que aspira a repetir triunfo en el concurso anual de ganado; hay que proteger al bicho de todo mal y, en especial, del sabotaje del dueño de la finca vecina, que tiene otro gorrino en concurso y mantiene con los Threepwood, desde tiempo inmemorial, una relación de amor y odio no del todo secundada por las nuevas generaciones.

En Blandings se presenta también el sobrino de Lord Threepwood y Galahad, un muchacho inocentón, no muy agraciado y patológicamente celoso, que anuncia la inmediata presencia de la que va a ser su esposa, una joven ajena a la nobleza, quien, por este hecho, despierta la oposición de su futura suegra y de la tía del futuro marido, y la indiferencia o complicidad de otros cuantos. Ocurre, además, que la muchacha tuvo un romance con el inútil de la editorial, el cual ha aparecido en Blandings, tras perder su trabajo, metamorfoseado en secretario de Lord Threepwood.

Y, a partir de aquí, una comedia de enredo donde los amoríos de unos y otros se confunden y entre medio la publicación o no de las memorias es objetivo de unos o condición de otros para posicionarse a favor o en contra de lo que quiera que en cada momento suceda. Una comedia de «humor inglés», si puede llamarse así al que surge de personajes que, desde una natural excentricidad, se comportan con la «normalidad» que cabe atribuir a su condición sin que el resto parezcan sorprendidos.

Una buena novela de ese genio del humor literario que fue Pelham Grenville Wodehouse.





miércoles, 6 de mayo de 2020

Black, black, black – Marta Sanz




               
                Peculiar novela con un dúo protagonista: Arturo Zarzo, detective privado, cuarentón, divorciado y gay, y su exesposa, Paula, una inspectora de hacienda coja.

                La obra se estructura en tres partes: la primera, los diálogos telefónicos nocturnos entre ambos personajes, con un pique continuo porque ni Paula puede dejar de herir a Zarco por cómo y por qué la abandonó, ni él puede evitar jugar con ella para sentirse todavía de interés para alguien; en esta primera parte Zarco narra su torpe investigación del ya antiguo asesinato de una geriatra casada con un inmigrante de origen árabe; las pesquisas lo han llevado a conocer a buena parte del vecindario de la finada, entre el que ha encontrado a un muchacho, Olmo, por el que ha perdido la cabeza. En la segunda parte leemos los diarios de una de las vecinas, la madre de Olmo,que parecen echar bastante luz sobre los hechos y añaden otros muchos sorprendentes. Y, la tercera, es un nuevo diálogo, con la diferencia de que es ahora Paula quien cuenta a Zarco su improvisada investigación.

                A favor de la novela, la originalidad del planteamiento y de la exposición; también la brillantez con que en ciertos momentos se expone lo cotidiano a través de largas retahílas de detalles, observaciones o comparaciones. Hay también una constante pátina de humor debida al modo en que los personajes son condescendientes consigo mismos. Y, en contra, precisamente, cierto abuso de esas secuencias de ideas, a veces redundantes, que cuando no son brillantes no aportan nada más que sensación de estar leyendo un mal e interminable malabarismo; también se produce cierta confusión debida a la abundancia de personajes y a los distintos planos -realidad, visiones subjetivas, fantasías- con los que son presentados; conviene leer atento y con la memoria despierta.

                El conjunto, interesante.


viernes, 1 de mayo de 2020

El ojo de jade – Diane Wei Liang





(Trilogía negra de Pekín, 1)


                Comencé a leer esta novela a principios de marzo, cuando, covid-19 mediante, empezábamos hablar de China con frecuencia y no precisamente para bien. Las medidas que entonces habían tomado en Wuhan daban cierto miedo. Sin embargo, todavía nadie las pedía en Europa (de hecho, hace unos días repasé la prensa de principios de marzo y hasta el gato estaba en otras cosas) aunque ahora son legión los que dicen que hasta el más tonto lo veía venir. Por desgracia, ninguna de esas mentes preclaras es capaz de explicar qué esta pasando hoy, porque, como dijo en una reciente entrevista Eduardo Mendoza refiriéndose a la complejidad de la situación, «solo los tontos saben lo que ha pasado»; lo cual, unido a la eterna subestimación del número de idiotas que advierte Carlo M. Cipolla, provoca ahora este ejército de gente capaz de predecir el pasado sin aportar soluciones y sí exasperación. Dicho de otro modo, comencé a leer esta novela cuando comenzaban los primeros miedos, llegaban las primeras incertidumbres y carecíamos de toda certeza, y la terminé cuando la única certeza era la falta de colaboración entre debían colaborar y una enfermedad que afectaba a todo el planeta y para la que solo se había encontrado un medicamento: la ruina y miseria de millones de seres humanos.

                En resumen: no leí El ojo de jade con el mejor ánimo, lo cual ha podido influir en la pobre impresión que he sacado de esta novela publicada en España por primera vez en 2007, y reeditada, junto a las otras dos novelas que conforman la Trilogía de Pekín, en un único volumen en 2017.

                La protagonista, Mei, es una muchacha joven que ha dejado su trabajo como empleada pública en asuntos de interior; dado cómo es el régimen chino, ha dejado un muy buen empleo con buen salario y prebendas anexas. No sabemos por qué lo ha hecho, pero sí que en el Pekín naciente al capitalismo de estado ha decidido establecerse como detective privado. Sus dotes para la tarea parecen, en cambio, limitadas. Mei tiene una hermana famosa, una estrella televisiva casada con un nuevo rico, la cual además ejerce de nueva rica de mundo; y Mei tiene también una madre, ya mayor y retirada, que las sacó adelante a las dos; de su padre, Mei recuerda especialmente la triste despedida que solo se explica porque él estaba, políticamente, donde no debía, lo cual hace suscitar la duda (cuya aclaración puede ser delicada) de dónde estaban políticamente su madre y su entorno.

                Un amigo de la madre de Mei le hace un encargo, su primer caso: averiguar el paradero de una pieza milenaria de la dinastía Han que, a su entender, ha ido a parar al mercado negro.

                A partir de este extraño encargo hecho por alguien a quien poco se le ha perdido en el asunto, se desarrolla una «investigación» demasiado simplona como para dotarla de la verosimilitud necesaria. Una investigación que lleva a Mei a descubrir, también, secretos familiares que explican mucho de su propia vida.

                La trama me ha parecido un poco desastrosa,  ya que Mei no debe buscar nada porque todo le sale al camino, aunque igual es por haber leído la novela a trompicones. El lenguaje, normal. Lo más interesante, el reflejo de una sociedad desconocida para los occidentales y en un momento en que también es una gran desconocida para los propios chinos, porque no era lo que había sido y todavía no  llegaba a ser lo que es ahora, tan solo una década después, y mucho menos lo que va a ser de ser dentro de poco.



sábado, 25 de abril de 2020

Un sábado con los amigos - Andrea Camilleri





                Hasta en la época de confinamiento en que he leído esta novela es posible pasar un sábado con los amigos, aunque sea a través de videoconferencia. Pero, confinados o no, lo que no resulta aconsejable es pasar un sábado con los amigos como el que «disfrutan» los personajes de Camilleri.

                Un sábado con los amigos es una de esas novelas en las que Camilleri renuncia al humor -aunque no por completo al que deriva de la exposición de las debilidades humanas- para centrarse en una «historia de historias» peculiar, porque más que entrelazarse -que se entrelazan- las de diferentes personas, el tejido está formado por la historia de los personajes en diferentes momentos de su vida, desde la infancia a la edad adulta, para desembocar en el sábado por la noche en que sucede lo que sucede porque hace treinta o cuarenta años que llevan sucediendo ciertas cosas.

                El estilo de Camilleri -agilidad, muchos diálogos, alguna mujer hermosa no muy pacata- es reconocible en todo momento. No lo es tanto el devenir de la historia porque la profusión de personajes, las idas y venidas en el tiempo, y las cambiantes relaciones entre ellos a lo largo de los años embarullan un poco el seguimiento, aunque al final todo es diáfano. Y, como siempre, Camilleri tiene algo que contar.

                ¿El argumento?

                Un grupo de niños y jóvenes que se conocen en el colegio y la universidad han llegado a la vida adulta. En el pasado unos formaron pareja con otros; algunas se rompieron y se formaron otras nuevas de modo que «la esposa de mi amigo fue mi novia», «la que fue amante de mi esposo ahora está casada con mi amigo y exnovio» y… Cosillas así. Cosillas que provocan un aluvión de secretos derivados de las vivencias pasadas que se comparten no con las parejas actuales, sino con las que ya no lo son pero siguen pululando cerca. Unamos que, además, si de jóvenes los intereses de unos y otros suelen diferir poco, unos años más tarde han podido evolucionar de modos completamente distintos.

                Ya lo dijo Neruda: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». 

               ¿O sí, y precisamente por eso...?




jueves, 23 de abril de 2020

Día del libro





     Hoy es el día del libro más raro que se recuerda: las puertas cerradas de las librerías separan a los libros de sus lectores.

     Sin embargo, incluso así hay modos de acercarse a ellos. El otro día, por ejemplo, compré un cheque regalo en www.todostuslibros.com. Una vez en esa web, vas a Apoya a tu librería, eliges un importe y la librería que desees de entre todas las asociadas (seguro que en tu ciudad hay alguna) y, además de ayudarle a pasar el trago de este largo tiempo sin ingresos, cuando volvamos a la normalidad podrás canjear el vale por libros. Y, seamos sinceros, ¿a que será un gustazo entrar en la librería y llevarte unos cuantos libros sin pagar?

     Bueno, sí, lo habrás pagado por adelantado, pero la sensación será parecida. ¿O no?

     Eso, si te haces un autorregalo. Porque también puedes regalar el cheque.

     Hay millones de libros para elegir, así que puedes tener pereza, pero no excusa. A mí me gustaría que eligieras cualquiera de los míos, editados por Mira Editores (aunque si lees en ebook puedes conseguirlos ahora mismito y aprovechar el primero está gratis hasta mayo en Amazon si tienes Prime), pero seré bueno y comprensivo si lees otro. Por ejemplo, de los reseñados en este blog.

     Pasa y échales un vistazo. Estás invitado.


miércoles, 22 de abril de 2020

Que nadie duerma – Juan José Millás





                «Nessum dorma» (Que nadie duerma) es un aria de Turandot, la inclusa ópera de Puccini estrenada hace casi un siglo en Teatro de la Scala de Milán. La ópera cuenta la historia de la princesa china Turandot, quien sometía a sus pretendientes a una cruel prueba: quien consiguiera resolver los tres misterios que les planteaba, obtendría su mano; quien no lo consiguiera, lo pagaría con la muerte. Un argumento inspirado en una historia persa del siglo XII.

                Lucía, la protagonista de la novela, no tiene tanto genio. Es una informática en paro reciclada en taxista y algo obsesionada con los pájaros, que ve en todas partes. Se ha enamorado perdida e instantáneamente de un vecino al solo ha visto una vez, el cual, para colmo, se ha largado a vivir a otro sitio. El vecino era un actor que escuchaba con frecuencia Turandot. Sus sones llegaban a Lucía a través de los conductos de aireación del baño. Solo escuchada así era para ella soportable la ópera, lo cual, obviamente, es una señal, un dedazo de los dioses señalando al vecino.

                Como tantos personajes de Millás, Lucía se pone en manos del destino: ¿qué mejor manera de conseguir el amor de su vida que ser taxista? Basta ir de acá para allá llevando a unos y a otros para que algún día quien se suba en el taxi sea él. Y ella estará escuchando Turandot, inevitablemente Nessum dorma, y seguro que en la famosísima interpretación de Luciano Pavarotti. Y entonces…

                Y entonces serán felices y comerán perdices. Pero, mientras tanto, Lucía debe recorrer Madrid arriba y abajo, que es también Pekín en su imaginación y hasta en los mapas que lleva en el coche, de modo que su deambular por la vida lo es también por un mundo de ensueño en el que la realidad se mezcla con la fantasía hasta que de la fantasía volvemos a la realidad a través de personajes secundarios que pasan por el taxi provocando efectos sorprendentes y un final más inesperado aún.

                En resumen: una novela de Millás, que es tanto como hablar de un enorme dominio del lenguaje, de un tono a un tiempo profundo, informal e irónico, con mezclas tan extravagantes que cabe hablar de un «humor serio» no sé si pretendido pero inevitable, con personajes de personalidad múltiple (¿o desdoblada?) que transitan, trastabillando con un punto de chifladura, por la invisible línea que separa la realidad de la fantasía. Cada una de sus personalidades se encuentra a cada uno de los lados de esa línea. Y ya se sabe lo que pasa cuando se avanza: que al mirar hacia delante todo se confunde en el horizonte. Y hacia allá, hacia esa confusión, avanzan sin vacilar los protagonistas de Millás.