En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



martes, 17 de mayo de 2011

La conjura de los necios - John Kennedy Toole




Dos veces he leído esta novela. En la primera no supe sacarle todo el jugo, hasta el punto de que desde entonces he sido incapaz de recordar más argumento que el de un gordo chiflado soltando disparates. La segunda, en cambio, ha sido otra cosa.

Más que una novela es una caricatura continua, porque casi todos los personajes, del primero al último, lo son, aunque Ignatius J. Reilly está tan rematadamente loco que a su lado el resto parecen casi personajes reales.

La trama se sustenta en unos pocos misterietes en segundo plano basados en saber qué será de los personajes (¿cuáles son los cambalaches de Lana Lee? ¿Será descubierta? ¿Logrará el negro Jones algo bueno en la vida? ¿Qué será de Levy Pants y de la familia Levy? ¿Qué será de la octogenaria señorita Trixie? ¿Y de Irene y sus amores a la vejez? ¿Y del patrullero Mancuso?...), y un indefinido “misterio” del tamaño de Ignatius: el mismo Ignatius: ¿dónde puede acabar una historia con tan mayúsculo lunático?

El autor crea todas esas dudas, pero necesita un motor para hacer avanzar la historia: ¿cuál? La ausente Myrna. Ignatius, para impresionarla, no deja de tramar revoluciones que han de hacer de él un líder histórico lo cual, en cierta medida, le da un aspecto quijotesco. Y es que algo tiene de quijotesco Ignatius: es un personaje estrafalario que se cree, de buena fe, superior moralmente al resto y que se cree llamado, a la vez, a salvar a las masas. Una diferencia hay, sin embargo: don Quijote odia el mal y defiende el bien; en la mente de Ignatius, sin embargo, el mal y el bien se confunden en su concepción de la estética.

Pero Ignatius es también un loco genial. No deja de decir un disparate detrás de otro, con solemnidad, entre eructo y eructo (o, mejor dicho, con “majestuosidad”, término muy utilizado y que muestra muy bien la concepción que de sí mismo tiene Ignatius). La cuestión es dónde conduce todo ese disparate, si no es a construir una farsa sobre las razones del ser humano. Y aquí cada personaje tiene las suyas, aunque todas puedan reconducirse al egoísmo. En realidad, la mayor duda es qué mueve a Ignatius, por qué ese interés en actuar siempre para superar/impresionar/rebatir a Myrna Minkoff. ¿Enamoramiento inconfesado? ¿Complejo? Algo de todo eso hay.

Los personajes, antológicos: en pocas novelas quedan tan completamente definidos por sus actos y sus palabras. Y no uno: todos.

Hay que leerla.



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