En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 25 de febrero de 2013

Un trago antes de la guerra – Dennis Lehane



Boston. Años noventa... antes de que existieran teléfonos móviles. Un senador contrata al detective Patrick Kenzie para que localice a una empleada de la limpieza que ha desaparecido llevándose consigo ciertos documentos. Y aunque no le pagan para más, el hombre no deja de preguntarse qué demonios tendrán esos documentos para ser tan importantes. A partir de ahí, se abre una frenética aventura donde la rivalidad entre las bandas callejeras se mezcla con el racismo, los miedos de todos, la corrupción o la prostitución infantil.
No obstante, se trata más de una novela de acción que de intriga en sentido estricto, porque lo que puede haber en los “papeles” es relativamente sencillo de intuir (obviamente, algo comprometedor para quien lo busca, así que da igual lo que sea). Y acción tiene, y mucha.
Claro que un detective es algo limitado para desarrollar una novela. Un personaje da de sí lo que da: introspección. Por eso Patrick Kenzie tiene una ayudante (como es costumbre, guapa) para dar agilidad a la novela. Se llama Ángela Gennaro. Patrick le echa los tejos, como también es tradicional; ella, como también es esperable, duda y no cae en sus redes, y además está casada con un energúmeno que la maltrata.
Aunque el detective se supone que es de lo mejorcito de Boston, lo cierto es que no nada en la abundancia. Por eso tiene el despacho en un lugar insólito: en lo alto de un antiguo campanario, sobre una iglesia de barrio. Un barrio dividido por razas y esperanzas.
Es una novela que engaña. Al principio el protagonista no acaba de caer bien: demasiado fanfarrón, demasiado recrearse en reírse de sí mismo con suficiencia. Pero conforme pasan las páginas la cosa cambia y el caballero se sigue tomando con humor toda la serie de calamidades que protagoniza, y que lo tienen a cada momento con un pie en la tumba. No es que esa falta de preocupación sea realista, pero en cierta medida los problemas humanizan a los fanfarrones.
Fruto de esta forma de expresarse, entre irónica y exagerada, la novela, pese a la violencia de muchas de sus situaciones, a menudo nacida del racismo, se traslada al lector en un tono desenfadado, que sin llegar a hacerla humorística sí le quita buena parte del horror.
Una novela que va de menos a más, y que resulta muy entretenida. Con mucha violencia, pero sin perder el sentido el humor.


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