En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 29 de julio de 2013

Yo soy Fulana de Tal – Álvaro de Laiglesia




Muchas ediciones vio esta novela de humor hace ya medio siglo, aunque encontrarla hoy es tarea artesanal. Una novela, creo yo, buen exponente del tipo de humor que se ha hecho en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, donde conviven la hipérbole, el absurdo, cierto costumbrismo autocrítico con casi todos los “valores tradicionales”, y en las que el cambio de papel social de la mujer generaba no pocos personajes y comentarios que entonces pasaban por graciosos y que hoy serían “políticamente incorrectos”.
Sin duda uno de los alicientes, en su día, fue el argumento: contar la vida, obra y milagros de una prostituta no dejaba de ser una osadía en la España de los primeros años 60, cuando todavía faltaban más de tres lustros para que los primeros “desnudos integrales” en televisión se convirtieran en noticia y debate en la prensa. Una osadía doble, porque si por un lado aborda el tema del sexo (y con unos circunloquios y eufemismos que más adornan que ocultan), por otro venía a reivindicar la independencia de la mujer (pues aunque la protagonista se ve lanzada a su profesión precisamente como consecuencia de la debilidad de la mujer en su sociedad, no deja de ser una persona decidida y con criterio propio). Otro aliciente, sin duda, debieron ser las críticas que, rodeadas de sarcasmo, se disparan incluso contra cuestiones políticas y vinculadas a la Guerra Civil. Criticas puntuales, al hilo de comentarios, pero directas y, a veces, duras.
Mapi, que así es llamada la protagonista, es una muchacha humilde, de un pueblo del interior, a quien las circunstancias –la pobreza, el “si te he visto no me acuerdo” de los hombres, el sentido del honor de la época y su derivada: el “qué dirán”- conducen desde una infancia marcada por la muerte de su padre (al caerle encima un avión mientras reparaba un tejado) hasta sus inicios en la prostitución. Yo soy Fulana de Tal relata ese proceso, que no es otro que el de crecimiento junto a una madre sin recursos, los primeros escarceos amorosos, y los “noviazgos” de Mapi. La historia, dicho así, más parece propia de una tragedia que de una novela de humor, pero es que el humor llega por la forma en que se cuentan las cosas. Por las deformaciones, los absurdos, los malos entendidos, los constantes juegos de palabras y, también, por un recurso muy frecuente: hacerse pasar por iletrada para justificar el uso de ciertas ideas o expresiones chocantes. Baste señalar que la obra, escrita en primera persona, no se divide en capítulos, sino en “pedazos”.
Pocas páginas cuesta coger el hilo del humor, menos directo que, por ejemplo en Un náufrago en la sopa, y ese tono se mantiene hasta las páginas finales, donde se torna súbitamente amargo, como queriendo mostrar al lector que la risueña manera en que Mapi ha tratado sus calamidades no debe ocultar lo que de verdad hay en todas esas circunstancias que, “por imperativo social”, terminan condenando al inocente a la marginalidad.


lunes, 22 de julio de 2013

Wilt no se aclara – Tom Sharpe



Cuarta y penúltima novela de Wilt, un personaje al que la reciente muerte de Tom Sharpe hace echar ya de menos.
Y de esas cuatro novelas (me falta por leer la quinta, La herencia de Wilt) Wilt no se aclara quizá sea la que más me ha gustado, aunque Wilt es menos Wilt que nunca, porque se ve envuelto en una aventura disparatada, en un enredo magistral, pero en esta ocasión no es él quien lo provoca, sino que su actitud es pasiva, es más objeto que sujeto. También hay otra diferencia, más leve: los inevitables equívocos están provocados, a menudo, no por hechos más o menos forzados, sino por interpretaciones razonables de hechos normales.
Su esposa y las cuatrillizas, ya adolescentes, emprenden un viaje a Estados Unidos, a casa de unos tíos ricos, con la esperanza de que las niñas sean designadas herederas. El contacto que en el viaje tienen con un tipo que traslada droga hace que sobre ellas recaigan las sospechas de la DEA norteamericana, lo cual no es nada comparado con el alboroto que las irreverentes muchachuelas montan en los dominios de su ultraconservador pariente. Wilt, por su parte, ha conseguido escaquearse del viaje, y se dispone a pasar unos días de vacaciones a su aire, sin informar a su esposa, que lo supone preparando un curso. En concreto, Wilt quiere conocer la Inglaterra profunda, lo cual espera conseguir haciendo senderismo por lugares tan desconocidos que ni él llega a saber dónde está realmente. Y esa ignorancia es la fuente de todo un cúmulo de problemas, pues acaba viéndose envuelto en una venganza en la que aparecen implicados un “ministro en la sombra”, su esposa y el amante de esta. No voy a contar el desenlace, obviamente, pero sí digo que la maestría de Sharpe en el enredo brilla en cada página.
El humor viene de la mano, precisamente, de ese lío que el lector ve formarse, desde fuera, sin que los personajes, desde dentro, puedan hacer otra cosa que quedar atrapados en él. Hay algunas escenas exageradas (como la de los perros), que dan al conjunto cierto halo caricaturesco sin el cual seguramente la novela sería distinta, aunque no sé si mejor o peor. Y, por supuesto, una fuente de humor tradicional en Sharpe son los cáusticos cabreos de muchos de los personajes, así como el pragmatismo con que algunos de ellos afrontan las situaciones más complicadas. Señalo también, porque siempre me llama la atención, que Sharpe deja que las cosas sigan su curso, de forma que no sigue la “estructura comercial” de todas esas novelas que tienden a dejar el punto culminante de la acción para el final; con Sharpe el punto culminante puede darse en cualquier momento, aunque en Wilt no se aclara hay un componente de intriga (no de acción) que, este sí, solo se resuelve al final.

lunes, 15 de julio de 2013

Sputnik, mi amor – Haruki Murakami



               Si dijera que esta es de las novelas que no se olvidan, no sé si mentiría o no: hasta poco después de la página noventa no recordé que ya la había leído antes (en concreto en 2009, es decir, tampoco hace tanto), pero lo cierto es que luego recordaba ya todo. Quizá se deba a que hasta ese momento, hasta que no transcurren esas noventa páginas, en la novela sucede bastante poco, lo cual no quiere decir que sea aburrida.
                El narrador es un joven profesor japonés de unos veinticinco años que se ha enamorado de una chica de veintidós, Sumire, quien ha dejado a su familia para irse a vivir sola y encontrarse a sí misma escribiendo. Porque a eso aspira, a escribir. Y escribe compulsivamente y sin distinguir lo principal de lo accesorio, y con unos horarios que la llevan a telefonear al protagonista a horas intempestivas, amén de algunas otras rarezas. Una suerte de inadaptada que, por su bondad y honradez, no puede dejar de caer bien al lector.
                Si ambos, el narrador y la muchacha, hablan frecuentemente no es, sin embargo, porque Sumire le corresponda, sino porque son buenos amigos. Sumire, en realidad, parece refractaria al amor. Y lo es hasta que se cruza en su camino una mujer de casi cuarenta años, una mujer que tras haber estado a punto de ser una buena pianista, terminó siendo empresaria sensible y, de alguna manera, selecta, dedicada a la importación de vinos. Sumire se enamora de ella de tal forma que Cupido, en esta ocasión, parece llevar bazooka.
                Y así ocurre que un buen día las dos mujeres se van a hacer un viaje por Europa. Myu, que así se llama la empresaria, va a hacer negocios, y se lleva a Sumire como ayudante. Terminada la tarea recalan en una pequeña isla griega. Desde ella Myu telefonea al narrador para pedirle que acuda inmediatamente, porque algo le ha pasado a Sumire.
                ¿Qué? Que ha desaparecido, que se ha esfumado, aunque es imposible que haya podido desaparecer en un lugar tan pequeño.
                Y es así como el protagonista sigue reflexionando (no deja de hacerlo en toda la novela) y, entre reflexión y reflexión, tiene acceso a dos documentos escritos por Sumire; en uno de ellos habla sobre sí misma, y en el otro sobre lo que catorce años antes le ocurrió a Myu. Esto abre el “toque mágico” de la novela, al alumbrar una especie de mundos derivados el uno del otro pero, a la vez, incomunicados entre sí; mundos habitados no por personas, sino por una parte de cada persona, siempre y cuando uno sea capaz de desdoblarse. ¿Y qué le ocurre a quien no lo es? Una de dos, o se queda en “este mundo” o se va por entero al otro. Late la idea, varias veces expresada, de que las personas como los satélites, como el Sputnik, somos fríos cacharros que van dando vueltas perdidos en su soledad, aunque de vez en cuando, solo de vez en cuando, se acercan a otros, igualmente fríos y solitarios, creando la apariencia de una relación que desaparece tan pronto como, sin haber sido posible alcanzar el verdadero contacto, cada cual sigue su ruta.
                Toda la novela está escrita como una reflexión vinculada a unos hechos, e incluso rezuma calma a pesar de los sucesos. A eso ayuda que los personajes se dejan llevar por la razón más que por los sentimientos y, además, son poco dados a expresarlos.  La típica y tópica serenidad del pensamiento oriental se ve en cada frase, y no deja indiferente al lector. Como tampoco creo que sea inocente el que Sumire acabe (o no) buscando otro mundo en un lugar tan distinto a Japón como la Grecia actual. Murakami escribe muy bien, y, lo que es más extraño e importante, es capaz de hacer reflexionar al lector sobre el ser humano.  Y es que Murakami es, junto a Vargas Llosa y pocos más, uno de esos escasísimos “best sellers” de alto nivel literario.


jueves, 11 de julio de 2013

La forma del agua – Andrea Camilleri


La forma del agua (Serie Montalbano, 1)              
                
                 Es el primer libro que leí del comisario Montalbano porque es el primero de la serie, pero lo comento ahora, tras una nueva lectura, tras haber leído ya unos cuantos más; en el momento de escribir esto, he leído hasta La Nochevieja de Montabano. Y es que esa primera lectura me dejó una sensación extraña, como de novela mejorable en algunos puntos (en concreto, en los personajes), y como tardé tiempo en leer la segunda me quedé con esa sensación sin llegar a advertir la evolución de Montalbano y su entorno.
                Respecto a la novela en sí, desarrolla una trama brillante, aunque irreal, porque el cúmulo de circunstancias que se dan en torno a la muerte del ingeniero Luparello (prohombre siciliano donde convergen política y mafia, con todo al anejo de corrupción) es un derroche de ingenio tan grande que es imposible creer que haya criminales tan avispados, y mucho menos tan osados. Claro que a una novela no hay que exigirle realismo, sino interés, y La forma del agua lo tiene, porque esta forma de plantear las cosas permite mostrar la compleja red de intereses de la mafia y la política.
                La novela comienza con el hallazgo del cadáver del ingeniero, dentro de un coche, en un lugar, “el aprisco”, donde se practica la prostitución al aire libre. Le ha dado un arrechucho, y ahí se ha quedado. Lo encuentran dos barrenderos, uno de los cuales, además, encuentra una monumental joya (en algunos puntos la historia de este hombre recuerda a la de La perla). No cuento más, porque no hace falta. La gracia está en que el lector acompañe a Montalbano dando todas las vueltas necesarias para saber qué ocurrió de verdad.
El asunto de la joya es relevante en la historia, pero no las vicisitudes del barrendero, que sí sirve, en cambio, para caracterizar a Montalbano como un policía de métodos particulares, un tipo que tiende a dejar en paz la realidad cuando le parece justa, aunque no deje de tener curiosidad por cómo han ocurrido las cosas y que, a la vez, tiene algo de Robin Hood de tres al cuarto.
Sin embargo, tras leer varias de las novelas de la serie, y más tras leer esta por segunda vez, se aprecia una notable evolución del personaje dentro del propio texto: el Montalbano del final de La forma del agua es ya, casi por entero, el Montalbano de las novelas siguientes. Pero el del principio es otro: más bravucón y algo maleducado. Quizá, visto el ritmo de publicación de Camilleri, la cosa se deba a la rapidez con la que escribe. Al mismo tiempo, se observa que en las novelas siguientes se produce cierta transformación del entorno del comisario: por una parte aparecen personajes como Cataré (que nadie lo busque en esta novela), que permiten, con su sola presencia, introducir un toque de humor; por otro lado, desaparecen o pierden protagonismo algunos otros policías que en esta novela presentan un perfil bastante gris; también desaparece Anna, una colega de armas tomar que, me temo, es demasiado directa como para dar juego durante muchas novelas sin caer en la repetición.
Por lo demás, desde el comienzo queda clara esa relación entre Montalbano y la gastronomía que es marca de la casa.
Un novela breve, muy entretenida e ingeniosa.

lunes, 8 de julio de 2013

El fantasma de Canterville – Oscar Wilde



              Para sacar todo el jugo a este relato, conviene recordar que fue publicado en 1887. Es decir, en un momento en que Estados Unidos comenzaba a despegar como potencia industrial y a hacer sombra económica a Europa y, en especial, a Inglaterra. Un momento, también, donde los adelantos industriales comenzaban a cambiar los modos de vida y a otorgar al hombre una confianza en sí mismo, nacida en la Ilustración, y que, desde entonces, no ha dejado de crecer.
                La tradición, el mundo antiguo, los viejos valores en el que el sentido del honor, la dignidad o la culpa jugaban un papel esencial, están representados por el mundo de los Canterville. Por Lord Canteville, que no deja de prevenir sobre la existencia del fantasma, y por el propio fantasma, Sir Simon de Canterville, que no solo viene del pasado sino que a lo largo del relato se recrea recordando algunos de sus fantasagóricos “éxitos”, consistentes en los morrocotudos sustos que a lo largo de los siglos ha ido dando a diestro y siniestro mediante las escenificaciones “terroríficas” más tradicionales.
Oscar Wilde. 1854-1900
                Pero ocurre que el castillo de Canterville ha sido ocupado por un estadounidense y su familia, los cuales tienen una ilimitada confianza en sí mismos y en sus procedimientos. Así, por ejemplo, presumen de cómo no sé qué producto de limpieza norteamericano hace desaparecer por completo la mancha de sangre de la esposa de Sir Simon, que desde el siglo XVI “decora” el suelo de una estancia. El pobre fantasma se ve obligado a repintarla una y otra vez, mientras sus “oponentes”, insensibles a lo que de sobrenatural tienen las reapariciones, insisten en limpiarla a diario con una fe ciega en la técnica. Pero lo peor para el pobre fantasma es, sin duda, que ninguno de esos locos americanos se lo toma en serio, hasta el punto de que el padre de familia le da un lubricante para que no le chirríen las cadenas, y los hijos gemelos lo hacen blanco de todo tipo de escarnios.
                Pese a lo que de simbología puede tener, pese a que anticipa la imposición de la cultura norteamericana, estamos ante un relato de humor.  Divertidas son las tribulaciones del fantasma, las estrafalarias actuaciones que rememora, las tropelías de las que es víctima, o el exagerado pragmatismo de los americanos. Un humor muy evidente, por lo que de contraste tiene, pero de alguna manera sutil, dentro de un relato muy breve, en el que se va al grano sin entrar ni en disquisiciones ni descripciones. A veces, incluso, es un poco telegráfico. Solo el final, poético por buscar la redención  a través del amor,  deja un poso de alegría y melancolía que escapa a la intención humorística.


lunes, 1 de julio de 2013

Locuras de Hollywood – P. G. Wodehouse




Una gran novela de humor que casi parece una obra de teatro, habida cuenta de lo limitado de su localización: básicamente, una de las salas de la mansión donde, en Hollywood, vive Adela Cork, una estrella del cine mudo que, a sus poco más de cuarenta años, ya está retirada y disfrutando de sus millones.
Con Adela con vive su cuñado, Smedley, un vividor en pleno sinvivir porque Adela se limita a darle techo y comida en  rácano cumplimiento del deseo protector de su difundo marido. Adela tiene una personalidad arrolladora y un genio de mil demonios; pero no menos personalidad tiene su hermana, Bill, que acaba de llegar a la mansión tras haber sido despedida de los estudios donde trabaja, y se ha puesto a trabajar de “negro”, redactando las aburridas memorias de su hermana.
Pero en la mansión Bill se encuentra con Phipps, un perfecto mayordomo inglés al que conoció en Nueva York... formando parte ella del jurado que estaba juzgando a Phipps por reventar cajas fuertes.
Otros tres personajes pululan: Kay, la sobrina de las dos mujeres, un joven, rico y calamitoso inglés, Lord Topham, al que han invitado a ver si “colocan” a la sobrina, y un desastroso muchacho que se muere de amor por la muchacha: Joe Davenport.
Adela y el lord son millonarios y el resto andan con una mano delante y otra detrás. Y ocurre que la mansión, recién adquirida, perteneció a una famosa actriz hispana súbitamente fallecida, de la que se cuenta que llevaba un escandaloso diario que sería la comidilla de Hollywood y que, por tanto, vale su peso en oro.
Pelham Grenville Wodehouse
1881-1975
En ese ambiente de selecta pobreza en medio de dos ricos que no están dispuestos a dar un centavo... ¿Quién se hará con el diario? ¿Quién conseguirá salir de la pobreza? ¿Quién delatará a quién, o será sorprendido o...? Estamos ante una novela de enredo perfectamente escrita, donde no falta nada y, sobre todo, no sobra nada. Todo va sin prisa pero sin pausa, muy bien organizado.
Y el humor, excelente. Todo un ejemplo de ironía. Sobre todo a partir del personaje central, Bill, cuyas palabras siempre oscilan entre la ironía y la socarronería.  Ella es la más inteligente, la única capaz de conocer las debilidades del resto. También es la más osada. Smedley, el cuñado vividor, es también un tipo simpático: ¡lo que sufre el pobre hombre, que ya se va haciendo mayor, en su afán de poder llevar una vida de juerga en juerga! Pero la culminación de la ironía es Phipps, amparado en su inalterable flema de mayordomo inglés, que además sirve de contraste al temperamento alocado de cuantos le rodean.
El discurrir de la trama, donde todos, de uno u otro modo están relacionados con la industria del cine o, cuando menos, del espectáculo, tiene un punto de ingenuidad, e incluso podría decirse que muchos razonamientos de los personajes se vendrían abajo sin más que teniendo en cuenta que Adela compró la casa con todo lo que había dentro, lo que elimina cualquier tipo de duda sobre la propiedad del diario. Sin embargo, esos “flecos sueltos” son lo de menos. Lo importante es el humor, y en esta novela lo hay, y mucho, muy sutil, constante y muy diferente al humor español.

domingo, 30 de junio de 2013

Diez sugerencias para este verano

Aquí van, en orden aleatorio, algunas recomendaciones para leer este verano, basadas en los libros que han aparecido en el blog en los últimos 12 meses. ¿Criterio de selección? Si no hubiera leído ya estas obras, me gustaría leerlas este verano.

Para ver la reseña, basta pulsar sobre cada imagen.




jueves, 27 de junio de 2013

Entre dos aguas – Rosa Ribas




    A la comisaria de Franckurt Cornelia Weber-Tejedor me la “presentó” un amigo tan aficionado a este género que hace muchos años que ha dejado de ser un aficionado para ser un experto. Entre dos aguas es la primera novela de esta policía hija de padre alemán y madre española emigrada en los años sesenta. Aunque, para mí, es la segunda, porque me fue presentada a través de Con anuncio.

    Y eso ha condicionado la lectura de Entre dos aguas (creo que para bien), porque al interés de la historia he unido el de buscar la confirmación de aquellas cuestiones que había deducido, con mayor o menor acierto, al leer Con anuncio.

    Cornelia es una comisaria ya madurita, cuyo marido anda por Australia en moto, tratando de encontrarse a sí mismo (extravagancia lo bastante notable como para sentir cierta compasión por la esposa, sola y trabajando sin parar). Cornelia lleva una vida volcada en el trabajo, sin apenas tiempo para sí misma ni para la vida social, tiene una madre que sigue teniendo mucho de la pueblerina que emigró, un padre con un perfil bastante plano, un compañero de trabajo que ha pasado de inseparable a misterioso, malas relaciones laborales con un colega, relaciones pragmáticas con un superior al que respeta más que teme, y es también una comisaria que acaba de enrolar en el equipo a un policía de buen ver; aunque el muchacho, a consecuencia de no saber dónde se mete, acaba compadreando más de lo previsto con el “colega enemigo”. También mantiene una relación de complicidad, aunque estrictamente profesional, con el forense. Y, lo que parece más importante, Cornelia tiene ciertas dudas acerca de si es alemana, española o qué, aunque a todos los efectos se considere alemana.

    Y esas dudas se ponen de manifiesto en esta historia, porque el muerto que aparece en el río es miembro de la colonia española, e incluso conocido por su madre. Por una parte Cornelia debe hacer su trabajo como comisaria alemana, y por otra la colonia española no deja de considerar oportuno que la investigación la realice “uno de los suyos”. De ahí la necesidad de afirmarse; aunque esa misma afirmación, por otra parte, es complicada cuando su madre sigue siendo más española que la tortilla de patata, y a través de ella Cornelia ha comprendido (o al menos tolerado) buena parte de las costumbres hispanas inexplicables bajo una óptica germana.

    Así, a la tensión propia del esclarecimiento de un crimen, se une cierta tensión “social” derivada del deseo del colectivo español de no verse salpicado ni señalado por el delito.

    El devenir de la investigación conduce a algunas alusiones a episodios ambientados en la guerra civil y en la postguerra, trauma que para los emigrantes españoles no evolucionó igual que para quienes permanecieron en España por la sencilla razón de que el emigrante no podía ver con sus propios ojos cómo cambiaban las cosas y cómo evolucionaba la "memoria social". Y la trama de la novela se complica con la presencia, más o menos inquietante, de un sobrino del finado que es un permanente sospechoso (y no desvelo si justificadamente o no).

  Paralelamente, aparece en otro “caso hispano”. El de una muchacha ecuatoriana empleada del servicio doméstico de un tipo influyente, que de buenas a primeras desaparece. No sé muy bien qué papel juega esta trama en la novela: si darle mayor extensión, mayor realismo porque la policía suele conducir a la vez varias investigaciones, si tratar de complicar la previsión del desenlace o el desenlace mismo, o si pretende, simplemente, oxigenar la investigación del caso principal para hacer más ligera la lectura. No es un recurso novedoso, y en Entre dos aguas está bien resuelto, porque queda integrado y los saltos de un tema a otro le dan agilidad.

    Una duda me queda: cuáles son las dos aguas entre las que navega la protagonista. Si al principio parece una referencia al río donde aparece el muerto, enseguida se ve que hay muchas dobles corrientes que atrapan a la comisaria, situada entre las aguas de la colonia española y la sociedad alemana, situada también entre el agua de un caso y otro, en medio de dos colaboradores cuya relación tiene su aquel, e incluso enfrentada a una disyuntiva personal mientras su vida siga como está sin que su marido se moleste en hacer otra cosa que corretear por Australia.

    Una lectura agradable y entretenida, que conviene seguir en las restantes entregas de la serie.


martes, 25 de junio de 2013

Minutillo de gloria


No todo han de ser libros ajenos. Permítaseme un minutillo de gloria: se cumplen ya dos años, justo ahora, de la presentación "en casa", de La terrible historia de los vibradores asesinos, publicada con Mira Editores. ¡Cómo pasa el tiempo!

Quien quiera leerla, ya sabe, que la pida en su librería. 

Para conmemorar tan magno evento, aquí va un fragmento del primer capítulo:


Capítulo I

Donde cuento cómo y dónde entré en conocimiento de la existencia de los vibradores asesinos, así como las razones por las que me vi envuelto en esta terrible historia

    Fui tan pánfilo de enterarme de la existencia de los vibradores asesinos veinticuatro horas más tarde que el resto del país, cuando nadie hablaba de otra cosa. El domingo 28 de enero fue noticia de portada en toda la prensa; incluso la televisión le dedicó varios de sus valiosos minutos; pero como siempre leo los periódicos al día siguiente, ignoré tan delicado asunto hasta el lunes a la hora del desayuno, las once de la mañana. El Pelos o la Chafy, no recuerdo quién, me había prestado alguno de los ejemplares atrasados sobrantes en la gasolinera. No era amabilidad; me los cedían gratis (con compromiso de devolución a hora fija y sin manchas de huevo frito) a cambio de dispensarles idéntico trato con alguna que otra peliculita de las que el resto de mis clientes pagaba religiosamente.

    El titular me hizo opinar con la boca llena. «Joder», fue mi dictamen. Una gota de yema se escurrió por las comisuras de mis fauces y un concejal algo granuja quedó pringado por algo más que por un problemilla de urbanismo; limpié la mancha con la manga a pesar de que ni el Pelos ni la Chafy habían llegado a examinar nunca los periódicos de vuelta. La noticia no podía ser más clara y concisa: «Una muerta en Barcelona por la explosión de un vibrador». El subtitular añadía que la finada tenía cuarenta y ocho años y era viuda de un ex (por razones obvias) ministro del Gobierno de la Nación (España). La letra chiquitina añadía alguna información importantísima: el aparato había reventado cuando su víctima se encontraba haciendo uso del mismo; la policía estaba investigando el suceso.

    No me equivoqué al pensar que al menos un par de programas estarían ocupándose del tema en aquel mismo instante. Busqué el mando a distancia de la tele por todo el mostrador; al encontrar solo un plátano deduje que el artilugio estaba en el frigorífico, como así fue. Apreté unos cuantos botones apuntando al televisor adquirido a un gitano en el rastro, en cuya pantalla Jenna loved Rocco por milésima vez. Sintonicé un programa al azar y salió un gordo dando una receta de codornices, así que volví a darle al mando hasta encontrar lo que buscaba: una tertulia donde tras comentar otro apasionante acontecimiento abordaron el que a mí me interesaba. El locutor recordó la noticia con cara de huerfanito, dando paso a continuación a una compañera desplazada hasta el cementerio de Collserola. Allí una procesión de políticos y famosetes, cabizbajos y contritos, se negaron a hacer declaraciones a la prensa; solo un actor de segunda se acercó a la cámara, ojeroso, para decir afligido que al menos la difunta había muerto pasándoselo bomba. El realizador dio paso acto seguido a otro intrépido reportero situado en la esquina del paseo de Gracia con Mallorca, junto al domicilio de la fenecida. El pipiolo informó de que nadie quedaba por allí por estar todos los deudos en el funeral, y añadió a gritos que la policía, partiendo de los datos de la tarjeta de crédito, había localizado el lugar de compra del criminal artefacto: un sex shop de la Gran Vía cuyo nombre me sonó vagamente por haberlo visto en algunos de los papeles arrugados que tenía en la parte interior del mostrador. La pericia policial había conseguido desentrañar el misterio en apenas dos días: la máquina asesina era un vibrador modelo Big Julius importado de Taiwan. Meses atrás, por un error en el manejo de los ingenios que cocinaban las mezclas, se había añadido a la masa de látex, edulcorantes y detritus variados una elevada dosis de «tripiñueletano» (o algo así), sustancia que explotaba al calentarse. La propia empresa había descubierto el desaguisado durante el verano, merced al reventón en un escusado de un empleado del departamento de control de calidad. El análisis del suceso había desembocado en la siguiente conclusión: la temperatura alcanzada por el motor estaba en el origen del petardazo y subsiguiente fosfatinamiento del trabajador. Inmediatamente la compañía había tomado las medidas oportunas: extremó las cautelas para evitar que los operarios distrajeran parte de la producción y retiró del mercado diez mil Big Julius (alrededor de dos kilómetros y medio de látex emponzoñado de «tripiñueletano», o algo así). El accidente de Barcelona había puesto de manifiesto, no obstante, que el departamento de logística de la empresa también precisaba una revisión urgente. Así concluyó su alocución el sujeto, dando paso de nuevo al presentador del plató, el cual afirmó que, pese a todos los pesares, no debía cundir el pánico. El ministro de Sanidad y Consumo acababa de afirmar, en unas declaraciones realizadas en la inauguración de unas jornadas sobre el jamón de Teruel, que el asunto estaba zanjado: la totalidad de la partida con destino a España había ido a parar al sex shop de la Gran Vía de Barcelona. Todo estaba bajo control. Solo seis Big Julius habían llegado al público. Uno de ellos ya estaba localizado, aunque desintegrado. El ministro recomendó a los cinco compradores vivos que entregaran cuanto antes sus juguetes a las fuerzas y cuerpos de seguridad, y aprovechó para recordar las recomendaciones que sobre el uso de estos productos daban los expertos (a quienes no identificó): no usar tallas desmesuradas ni calentarlos en el microondas.

    No me quedé a la tertulia. Tenía que devolver el periódico, aunque antes me limpié los zapatos con una hoja de anuncios por palabras (ni el Pelos ni la Chafy la echaban nunca en falta). En la gasolinera permanecí algo menos de un minuto; se había estropeado la calefacción, y el frío antártico podría haberme estropeado a mí también, por ir aún en pijama. Regresé correteando al negocio. Al entrar, el teléfono inalámbrico sonaba no supe dónde. No estaba en su lugar habitual, ni tampoco lo encontré extraviado en el frigorífico; pero oírse, se oía, o en la tienda o en la trastienda. Desde la una parecía que sonaba en la otra, y viceversa. Cuando cesó la tabarra pensé que la mejor forma de localizarlo sería reanudarla telefoneándome a mí mismo con el móvil, mas este tampoco apareció; y como para localizarlo no pude llamarlo con el inalámbrico porque no podía llamar a este con el móvil, no lo encontré. No sé si me explico. Una nueva llamada vino en mi ayuda, esta vez al móvil, que descubrí en el interior de un zapato.

—¿Dónde coño te metes? —me saludó una voz varonil, como de estibador.

—¿Quién es? —pregunté civilizadamente.

—¿No eres Ajonio?

—Ajonio Trepileto. El mismo. ¿En qué puedo atenderle, caballero?

—¡No me jodas que no me conoces! ¿No llevas veinticuatro horas tratando de localizarme, so ganso?

—¿Yo? —me extrañé justamente—. ¿Por qué habría de buscarle a usted? Las últimas veinticuatro horas, desde que llegué de Barcelona, he permanecido entregado a la meditación, a falta de mejores distracciones.

—Cabrón, que soy Josefino.

—Ah… Caramba. No te había reconocido. ¿Qué se te ofrece?

—¿Tú estás en este país?

—Tan solo me separa de él una alfombra deshilachada (si no es una toalla roñosa) y dos palmos de cemento —confirmé.

—¿No te has enterado de lo de la muerta del vibrador?

—Hace un minuto. ¿La conocías?

—Fue clienta mía.

—Pobrecilla.

—Pobrecillo tú, majadero. ¡Fuiste tú quien se llevó el sábado por la tarde los cinco vibradores que la policía aún no ha localizado!

Tan espantosa noticia me obligó a recurrir a todo mi arte oratoria para salir del paso gallardamente.

—Ejem —dije.

—Ejem, ¿qué?

—Ejem… Solo ejem... Ejem y… bueno… ¿Le has contado a la pasma que eres proveedor mío? —pregunté pragmático.

—Por eso te llamo. Perdona que no lo haya hecho antes, pero es que me han estado jodiendo entre policías, periodistas, curiosos, pervertidos y una representación de la Asociación de Amas de Casa y Consumidores y Usuarios que ha querido lincharme.

—Ejem…

—Ah, sí… ¿Qué le he dicho a la pasma? Nada, no jodas. Nada. Sé cómo estás y no he querido meterte en más líos. Me debes una, Ajonio. Me debes una, ¿eh? O no. Me debes más. Me debes una y la factura.

—¿Qué factura?

—Ya me entiendes. El pedido. Te descuento diez euros por los Big Julius y vas que te matas. No te puedo rebajar más porque yo los he tenido que pagar. ¿Comprendes? Si quieres un consejo, cógelos y tíralos al vertedero, al río, o donde sea. Bueno, al río no; no sea que peten, aparezcan diez mil carpas tripa arriba y te trinquen por delito ecológico. Al vertedero. Tíralos al vertedero y a tomar por saco. Y sobre todo dos cosas: no se te ocurra vender ni uno, ni aunque te lo suplique Marilyn Monroe; ni tampoco ponerlos junto a la estufa. Ya sabes: explotan.

    Simpático, Josefino. Lo conocí en mi primera estancia en la Modelo. Él se alojaba allí por un trapicheo con jaco y yo por un malentendido que no viene al caso. Ya por entonces su señora regentaba el sex shop de la Gran Vía. Por eso, cuando el Pulgas me montó el negocio recurrí a Josefino como proveedor de confianza. Me hacía precios especiales porque, según él, no haciendo factura, no llevaban IVA ni había que declarar los ingresos.

    Sin embargo su simpatía no logró hacerme olvidar el motivo que me habían impulsado a decir «ejem»: la ausencia en mi negocio de tres de los cinco vibradores que el domingo por la mañana había traído desde Barcelona. ¿Cómo no recordar su venta?



lunes, 24 de junio de 2013

La marca del meridiano – Lorenzo Silva



Hace ya mucho tiempo que leí la última novela de la pareja de la Guardia Civil formada por Bevilacqua y Chamorro, ya evolucionada a trío por la presencia del jovencillo Arnau. Aunque, en realidad, todas, al estar escritas en primera persona, son más bien las peripecias del primero. Y es una pena que las haya leído hace tanto tiempo, porque en La marca del meridiano aparecen personajes de, si no recuerdo mal, La reina sin espejo (aunque debería confirmarlo),  y si los hubiera tenido algo más frescos seguro que hubiera disfrutado más con algunos detalles.
Dos cosas quiero destacar de La marca del meridiano.
La primera, los “hechos”. La aparición en La Rioja del cadáver de un guardia civil jubilado, con evidencias de tortura, que además fue compañero y maestro del protagonista, evoluciona de forma lógica e interesante, hasta hacer desembocar la investigación en los mundos donde pueden ocurrir estas cosas, mundos lo bastante amplios como para que la figura de un culpable se difumine en un primer momento; aunque luego, y aquí la historia endereza el rumbo hacia el resultado final, navegando por ellos se concreta el quién y el porqué. La forma en que se avanza es sencilla: siguiendo pasos "de manual" en una investigación (aunque no todos), con lo cual enseguida se sabe por dónde van los tiros. Es un recurso ya utilizado en la novela precedente de la serie, La estrategia del agua, y que a mí, personalmente, me gusta porque le da verosimilitud, aunque conozco a quienes prefieren otro tipo de estructura. En resumen, una historia bien urdida, en la que el entorno basta para despertar la duda y el interés del lector por saber el desenlace sin necesidad de trucos, artificios, ni demasiadas de esas “casualidades” que solucionan tantas novelas.
Más dudas tengo respecto a los personajes. Lo que voy a decir no sé si es un elogio porque han sido dotados de una inconfundible personalidad, o una crítica: Bevilacqua es un pesado. Es un “anciano de cuarenta y muchos años” que se pasa la novela, como las anteriores, explicando sus razones para hacer cada cosa tanto en el ámbito profesional (lo cual es comprensible) como en el personal. Desde trabajar a tomarse un café, todo requiere explicación, todo es capricho, recompensa, necesidad o lo que sea; pero ha de explicarlo. Es un trauma andante. O un acomplejado que va con sus justificaciones por delante. La consecuencia buena es la que he apuntado al comienzo del párrafo; la mala es que a veces llega a resultar cargante. Como también lo resultan en ocasiones sus filosofías (demasiado solemnes para lo superficiales que son) y la reiterada exhibición de una escala de valores basada en la honradez, la profesionalidad y la victoria sobre la tentación (por más que en esa novela sepamos que el caballero tuvo, años ha, sus problemillas con la decencia). Y añadiría otra cosa: cierto “buenismo” que le hace equilibrar con sus palabras a cualesquiera otro personaje que exprese opiniones polémicas, de forma que todo lector, piense blanco o negro, encuentre en la novela un apoyo a sus argumentos.

En cuanto al humor, hace tanto que leí las primeras novelas que lo que voy a decir no es más que una impresión: no hay ya el mismo humor o, mejor dicho, ha desaparecido el filtro humorístico con que el entonces sargento Bevilacqua afrontaba las cosas. Esto no es ni bueno ni malo, pero sí es interesante, porque de aquellas novelas a esta el personaje ha envejecido, y, en consecuencia, ha cambiado. Esa evolución, desde el humor del jovenzuelo que ve las cosas con cierta superioridad, hasta la ironía o a veces la desgana de quien está a punto de dejar de ser cuarentón, me parece meritoria y bastante equilibrada a lo largo de las novelas.
Y termino con otra reflexión en torno a los personajes:  que Bevilacqua hable en primera persona, dirija la investigación y tome las decisiones, da a todas las novelas de la pareja, y esta no es la excepción, una visión parcial y entrecortada del resto de personajes, en especial de Virginia Chamorro. La consecuencia... Si Bevilacqua se tiene por un pobre diablo que ahí se ha quedado, en su puestecillo, para los restos... ¿no cabrá decir lo mismo de Chamorro, para quien también pasan los años y ahí sigue, en el mismo sitio, y a las órdenes del mismo individuo que dice de sí mismo que no es nadie? Si él es un pobre hombre con una vida personal echada a perder por el trabajo absorbente y un matrimonio fallido, ¿qué es Chamorro, con un trabajo igual de absorbente y más sola que la una sin que se llegue a saber nunca si es por decisión propia, porque el trabajo no le deja otra opción, o por incapacidad afectiva? Para colmo, como el propio Bevilacqua llega a decir, a Chamorro se le está pasando el arroz. A la vista de estas consideraciones podría decirse que la ahora sargento es más o menos lo mismo que el ahora brigada. Pero no. Son personajes con un perfil muy diferente, aunque, como digo, con el problema de que el de la sargento queda diluido en la omnipresencia del brigada. Digamos que a Chamorro le es aplicable el “no quisieron andar otro camino, no quisieron vivir de otra manera” del homenaje a los caídos de la Guardia Civil, mientras que a Bevilacqua le encajaría mejor un homenaje del tipo “no supieron andar otro camino, no supieron vivir de otra manera”.


jueves, 20 de junio de 2013

La Nochevieja de Montalbano - Andrea Camilleri



La Nochevieja de Montalbano (Serie Montalbano, 6)


          La Nochevieja de Montalbano consta de una veintena de relatos de entre una y dos decenas de páginas cada uno. Permite, por tanto, una lectura bastante ágil.

          Se basan, en general, en lo que la mayor parte de los casos policiales reales: en que "el malo" deja claros cabos sueltos, y trincarlo es tan sencillo como tirar de los más evidentes. La concesión a la ficción es ese cierto "romanticismo" de Montalbano que le lleva a actuar unas veces con ternura y, otras, a dejar que el mundo aplique su propia justicia, a menudo más justa que las leyes. Tampoco falta ocasión, como en Camilleri es habitual, para poner de manifiesto que el delito a menudo no es la injusticia, sino que nace de ella

         El humor aparece agudizado en los casos menos sórdidos, y en algunos relatos, incluso, Camilleri se permite un exceso de caricatura respecto a otros textos de Montalbano, en especial en el tratamiento de Cataré.

          La lectura es, en conjunto, divertida, y también es sencilla porque la brevedad de los relatos no obliga al lector a hacer esfuerzos de memoria. Sin embargo, no sé decir por qué, es un libro por debajo del previo de relatos, Un mes con Montalbano.

          Por supuesto no hay hilo conductor, ni falta que hace. 



lunes, 17 de junio de 2013

El bosque animado – Wenceslao Fernández Flórez



                No había leído nada de este autor (aunque dos veces he comenzado Volvoreta). Y El bosque animado, que comencé a leer hace unas semanas y abandoné a la primera página, lo he acabado leyendo entero tras estar pensando, el día en que murió Alfredo Landa, qué leer. Así que la lectura tuvo algo de homenaje... aunque no he visto la película. Cada libro tiene su momento, y hay que saber aguardarlo. El de El bosque animado se ha resistido a llegar, pero la espera ha merecido la pena.
                El escenario, Galicia, los montes gallegos, no demasiado lejos de un mar que, en cambio, parece muy lejano. Y en esos montes, la fraga, una zona donde plantas y animales cobran vida casi humana y su existencia transcurre alrededor de unos humanos que, quién lo diría ahora, no están por encima de la naturaleza. Es más: en realidad los humanos no viven en la fraga, sino en sus lindes, y los pocos que se atreven a vivir en ella acaban teniendo mucho en común con la vida salvaje que les rodea, si es que llegan a adaptarse.
                Contado en forma de historias aisladas, cada historia un capítulo, el único nexo entre ellas es el espacio, el tiempo, y la presencia de algunos personajes comunes, hasta el punto de poder decir que más que una historia se cuenta la vida de algunas personas. Claro que no todos los capítulos están protagonizados por seres humanos: los árboles, los topos o los ratones tienen también su momento de gloria.
                El paisaje y las acertadas figuras literarias dan un halo poético a todo el texto, que se lee no por saber qué ha de ocurrir, sino por el mero placer de leer. En realidad, solo hay un capítulo, el final, donde se provoca la avidez del lector por saber lo que en realidad está cantado (cosas de la atracción del vértigo), sin que por ello se renuncie a la armonía de las ideas y las palabras.
                Un libro bueno y diferente, y que hace pensar en la relación del hombre con la naturaleza, que falta hace.