En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 8 de julio de 2013

El fantasma de Canterville – Oscar Wilde



              Para sacar todo el jugo a este relato, conviene recordar que fue publicado en 1887. Es decir, en un momento en que Estados Unidos comenzaba a despegar como potencia industrial y a hacer sombra económica a Europa y, en especial, a Inglaterra. Un momento, también, donde los adelantos industriales comenzaban a cambiar los modos de vida y a otorgar al hombre una confianza en sí mismo, nacida en la Ilustración, y que, desde entonces, no ha dejado de crecer.
                La tradición, el mundo antiguo, los viejos valores en el que el sentido del honor, la dignidad o la culpa jugaban un papel esencial, están representados por el mundo de los Canterville. Por Lord Canteville, que no deja de prevenir sobre la existencia del fantasma, y por el propio fantasma, Sir Simon de Canterville, que no solo viene del pasado sino que a lo largo del relato se recrea recordando algunos de sus fantasagóricos “éxitos”, consistentes en los morrocotudos sustos que a lo largo de los siglos ha ido dando a diestro y siniestro mediante las escenificaciones “terroríficas” más tradicionales.
Oscar Wilde. 1854-1900
                Pero ocurre que el castillo de Canterville ha sido ocupado por un estadounidense y su familia, los cuales tienen una ilimitada confianza en sí mismos y en sus procedimientos. Así, por ejemplo, presumen de cómo no sé qué producto de limpieza norteamericano hace desaparecer por completo la mancha de sangre de la esposa de Sir Simon, que desde el siglo XVI “decora” el suelo de una estancia. El pobre fantasma se ve obligado a repintarla una y otra vez, mientras sus “oponentes”, insensibles a lo que de sobrenatural tienen las reapariciones, insisten en limpiarla a diario con una fe ciega en la técnica. Pero lo peor para el pobre fantasma es, sin duda, que ninguno de esos locos americanos se lo toma en serio, hasta el punto de que el padre de familia le da un lubricante para que no le chirríen las cadenas, y los hijos gemelos lo hacen blanco de todo tipo de escarnios.
                Pese a lo que de simbología puede tener, pese a que anticipa la imposición de la cultura norteamericana, estamos ante un relato de humor.  Divertidas son las tribulaciones del fantasma, las estrafalarias actuaciones que rememora, las tropelías de las que es víctima, o el exagerado pragmatismo de los americanos. Un humor muy evidente, por lo que de contraste tiene, pero de alguna manera sutil, dentro de un relato muy breve, en el que se va al grano sin entrar ni en disquisiciones ni descripciones. A veces, incluso, es un poco telegráfico. Solo el final, poético por buscar la redención  a través del amor,  deja un poso de alegría y melancolía que escapa a la intención humorística.


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