En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

Mostrando entradas con la etiqueta Quinteto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Quinteto. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de junio de 2014

Luna de papel – Andrea Camilleri



Luna de papel (Serie Montalbano, 13)

            Pese a que muchas de las cosas que ocurren en esta novela se ven venir, lo cierto es que se trata de una de las más entretenidas, y por momentos enrevesada, de Montalbano. Además, aunque estamos nada menos que ante la decimotercera de la serie no puede decirse (a diferencia de lo ocurrido en alguna de las precedentes) que resulte reiterativa.

            Una mujer de mirada inquietante requiere la ayuda del comisario. Su hermano no aparece y ella no se atreve a entrar en su casa por miedo a que le haya ocurrido algo. Y algo le ha sucedido, efectivamente. Que le han pegado un tiro. El asunto tiene toda la pinta de un crimen pasional, lo cual conduce a al comisario a repasar los amores del caballero, entre los que hay alguna damisela que a Montalbano le hace tilín y hasta tolón.

            Como para conocer al asesino a menudo es preciso conocer a la víctima, una de las vías que suele seguir este género es precisamente ese: reconstruir la vida del finado, la cual, para que sea novelesco, debe proporcionar una sorpresa detrás de otra.

            Y para sorprender, nada como partir de una víctima normalita, de clase media, un pringadillo sin demasiados amigos, ni enemigos conocidos. Un tipo de esos que vive y deja vivir. El muerto, en este caso, es un “visitador médico”. O sea, un comercial de laboratorios, que es una forma de ganarse la vida como cualquier otra. Que hay sorpresas, ya lo he dicho, pero me ahorraré cuáles para no chafar la lectura a nadie.

            Por lo demás, Mimí Augello tiene un trabajo extra: calmar al jefazo de Montelusa responsable del tráfico de drogas. El motivo: han muerto por sobredosis varias personas eminentes. La causa del óbito no se ha hecho pública (oficialmente los infartos y similares son muy socorridos para no manchar la reputación de nadie), con lo que se han guardado las formas, pero la policía cree que un camello bien relacionado está vendiendo mercancía defectuosa, y teme hasta dónde puede llegar el desaguisado. Una trama que corre paralela a la otra sin que el comisario se meta en ella, aunque es puntualmente informado.

            Ojo con los detalles. De todas las que he leído de Camilleri, esta es una de las que más detalles significativos tiene; y como es fácil que el lector los pase por alto, más vale que la lectura no se prolongue más allá de dos o tres días.

         Luna de papel confirma también uno de los sellos típicos de Camilleri: junto al extraordinario realismo de alguno de los detalles personales del comisario conviven rasgos propios del personaje osado, un tanto heroico y alocado, amén de unas tramas que, como el personaje, saltan continuamente desde el realismo a las situaciones, complicaciones e incómodas casualidades propias de las novelas de aventuras.

            Y termino como casi siempre, con una referencia al humor, que cada vez se fundamenta más en tres recursos: el voluble temperamento del comisario, la pasión que pone en todo sin que pase por su cabeza el concepto de “riesgo”, un Catarella especializado en destrozar el lenguaje y en idolatrar al comisario hasta desembocar en la caricatura, y el recurso a la reiteración. A la reiteración de costumbres peculiares que se repiten de una novela a otra, y a la reiteración de situaciones dentro de una misma novela, como en este caso es la cita con el jefe superior. El efecto: el humor aligera la lectura y es imposible leer estas novelas sin terminar de buen humor, cuenten lo que cuenten y haya los muertos que haya.

            

jueves, 6 de marzo de 2014

La paciencia de la araña - Andrea Camilleri



La paciencia de la araña (Serie Montalbano, 11)

Tras leer Un giro decisivo, no hay que esperar mucho tiempo para leer La paciencia de la araña, pues entre ambas apenas transcurren una veintena de días, señala Camilleri. Las tramas son independientes, pero no el estado del comisario, que acabó maltrecho en el “giro” y comienza “la paciencia” armándose de ella... a su manera. 

Dicho esto, lo más importante es que La paciencia de la araña es una novela más uniforme y sólida que sus inmediatas predecesoras. Si en las anteriores las tramas se alternaban con la vida del comisario y sus circunstancias, como si Camilleri se hubiera dejado llevar por la tentación de rellenar una historia de intriga con cuestiones independientes e incluso festivas, aquí todo es uno, todo va en la misma dirección; el caso a esclarecer se adueña de la novela y, sin mengua del costumbrismo, la conduce hasta el final. El único peaje es que los secundarios vuelven a ser secundarios, y así Catarella, por ejemplo, deja caer sus estropicios al hilo de la acción en lugar de adoptar el papel de protagonista de algo parecido a una sucesión de gags.

La cosa comienza cuando desaparece una bella muchacha, cuya madre está moribunda y cuyo padre es un geólogo arruinado. Aunque pudiera pensarse en un caso de agresión con probable final fatal, lo cierto es que todo el mundo apunta, desde el comienzo, al secuestro. Es algo descabellado en apariencia, porque la familia ya no tiene dinero, aunque, como suele ocurrir en las novelas de Camilleri, el presente hunde sus raíces en un pasado profundo. Otra cosa también es frecuente en Camilleri, y también aquí la encontramos: que el delito no siempre está movido por la maldad, sino que en ocasiones busca una justicia que las leyes no son capaces de generar. Y hasta aquí puedo decir sin adelantar demasiado.

Alrededor de ese misterio se desarrolla una novela que Camilleri oxigena, para evitar reiteraciones, haciendo de Montalbano un policía convaleciente y, sobre todo, introduciendo a Livia (por excepción, está presente en toda la novela) con lo que Montalbano es lo más parecido a un señor casado que podamos imaginar. Y eso, para los seguidores, no deja de tener su encanto, porque Montalbano no puede renunciar a su esencia, que es hacer lo que le da la gana cuando le da la gana.

Otra de las consecuencias de la presencia de Livia es un cambio notable en el humor de la novela. Si en la anterior, por poner un ejemplo, había una apreciable deriva a la caricatura, en esta ocasión se corrige, y lo que a menudo hace sonreír es la mezcla de habilidad y cara dura con que el comisario consigue salirse con la suya, la forma en que logra seguir siendo él mismo eludiendo los enfados y malas caras de Livia, así como la forma en que, a través del narrador, el lector ve los pragmáticos y directos pensamientos del personaje.

Una última reflexión, cada vez más común en las novelas de este género que voy leyendo: me da la sensación de que los autores modernos de novela negra y similares, cada vez tienen más problemas para encajar la acción en el tiempo presente debido a la eficacia y mecanización de los métodos de investigación disponibles. Le pasa a Camilleri y le ocurre también a Márkaris, por ejemplo. Ambos prescinden de métodos ya tan presentes en el saber popular que sus historias pierden realismo, quedando transformadas en algo así como “aventuras policiacas” más aptas para pasar el rato que para quien busque emociones fuertes. No es que el realismo sea un valor en sí mismo, pero sí es un instrumento útil, como asimilable a “credibilidad”, en según qué géneros.




jueves, 27 de febrero de 2014

Un giro decisivo – Andrea Camilleri



Un giro decisivo (Serie Montalbano, 10)

                Resulta complicado no ser repetitivo al comentar las novelas del comisario Salvo Montalbano, porque son obras repetitivas. Eso no quiere decir que sean malas o aburridas; al contrario, si las voy leyendo es porque con ellas se pasa un buen rato, porque apetece reencontrarte con personajes con los que lo has pasado bien.

                En esta ocasión el comisario sale un buen día a nadar y, mientras hace el muerto, se encuentra con otro que lo hace mucho mejor y que tiene una poderosa razón para ello. Además, los peces y otros animalitos de la zona se han pegado un banquetazo a su costa. Todo apunta a que el cadáver lleva en el agua tanto tiempo que va a ser complicado saber de dónde proviene.

                Los que sí se sabe de dónde provienen son los inmigrantes que llegan a la zona, como pueden, en una patera. Por una casualidad el comisario presencia el desembarco controlado por aquellos de sus colegas dedicados a tales temas, y así es como Montalbano tiene ocasión de atrapar a un niño tan aterrorizado que trata de escapar incluso de su madre. Pero algo hay en la mirada de ese niño, y en la actitud hacia la madre que lo reclama, que siembra la inquietud en el comisario.

                Lo que ocurre a partir de ese niño atemorizado y del cadáver a la deriva,  es que las cosas, pese a ser en apariencia independientes, comienzan a enmarañarse. Para lo cual Camilleri utiliza sus recursos habituales; esto, sin duda, lo peor, porque el lector que llega a la décima entrega de una serie, creo yo que va buscando los personajes más que sus trucos, y estos son demasiado insistentes: la inconsciencia de Montalbano, que actúa siempre con su cuenta sin pensar ni en el riesgo ni en la ley, las afortunadas casualidades, e incluso (aunque esta vez no de forma decisiva) la siempre preclara memoria de los más viejos del lugar.

                No es infrecuente en Camilleri que el crimen que abre la novela quede de inmediato en un segundo plano, de forma que tras él el lector se reencuentre con el mundo de Vigàta. Es lo que ocurre aquí. Esta forma de escribir hace que uno se zampe la tercera parte de la novela sin darse cuenta, y sin que haya pasado nada. Porque a los amigos primero se los saluda, y luego ya hace uno lo que tiene que hacer; y a estas alturas el lector y Montalbano son ya íntimos.

                Hay, eso sí, un intento fallido de Camilleri no sé si de tensar la parte emocional, o de hacer una crítica política poco larvada. Me refiero a que la actitud de los responsables políticos de interior ha hecho que Montalbano, sin verse afectado por ninguna decisión concreta, haya decidido presentar su dimisión por una cuestión de principios. Son el tipo de recursos que quizá generan cierta tensión en el lector cuando la novela está recién salida, cuando la undécima todavía no existe, pero cuando van ya una veintena no hace falta pensar un segundo para saber que estamos ante un amago, por lo que ningún lector se toma en serio la dimisión (como tampoco, en realidad, los personajes) y, como efecto colateral, posiblemente tampoco se toma muy en serio la crítica implícita.

                Sea como sea, a medida que pasan las novelas el mundo de Vigàta se va haciendo más útil para su autor y, por tanto, más conocido para el lector. Camilleri echa mano o no de los personajes según le interesa. En este caso, es Ingrid la que reaparece. Augello queda en segundo plano –como casi siempre- pero dejando ver un cambio de vida, Fazio hace lo que se espera de él (y alguna cosa no es la primera vez que la hace) y la catástrofe llamada Catarella en esta ocasión destaca especialmente por sus ataques al diccionario.

              Y termino con una alusión al humor. El genio del comisario, tan vehemente, exagerado y despreocupado respecto a sí mismo siempre hace sonreír, pero hay que admitir que estas novelas comienzan a combinar lo estrictamente policiaco como lo cómico en el sentido más clásico del término: que Cataré se pase la novela sin ser capaz de abrir una puerta sin golpearla con estrépito contra la pared, o que haya un policía en la comisaría que lo mismo es capaz de surtir a Montalbano de unas gafas para miopes que de unas botas para pescar (amén de mil cosas más entre medio, como si en su despacho tuviera un bazar) parece sacado de una película de los Hermanos Marx, aunque no cabe duda de que es una seña distintiva del mundo de Montabano. Probablemente esa mezcla sea parte de la receta de su éxito.



jueves, 12 de septiembre de 2013

El olor de la noche – Andrea Camilleri




El olor de la noche (Serie Montabano, 8)


          Conforme van pasando las horas, la noche va cambiando de olor. Y conforme pasan las páginas, algo va oliendo a chamusquina para el comisario Montalbano, que comienza esta novela en un estado de placidez considerable, sin otro problema que reducir al pobre abuelo que irrumpe, armado, en el chiringuito financiero que le ha birlado sus ahorros.
          Lo que ha ocurrido es la típica estafa piramidal: se captan fondos y con cargo a esos mismos fondos se pagan unos intereses astronómicos, que se dicen provenir de acertadas inversiones, lo cual atrae nuevos incautos, hasta que llega un momento en que el listillo de turno se da a la fuga con los ahorros de toda la caterva de ingenuos ambiciosos que pasan a ser víctimas. El asunto es aburrido para un policía como Montalbano, pero tiene la suerte de que ha sido asignado a otro policía de Montelusa, así que poco deben hacer en Vigàta: colaborar en esclarecer cuál de las dos hipótesis es la correcta: a) el estafador está rascándose la tripa en una playa polinesia b) el estafador está muerto por contarse, entre los estafados, algún mafioso.
          Cuál sea la verdad, a Montalbano no le preocupa demasiado, pero poco a poco se va implicando, porque ya sabemos que lo mueve más la curiosidad que el afán de justicia, aunque no renuncie nunca a la justicia poética.
          La historia en sí es bastante breve, y, a diferencia de otras, con un número tan escaso de personajes que es bastante fácil adivinar el final, como si Camilleri no se hubiera matado demasiado (aunque se basa en un caso real, lo cual condiciona las cosas) y eso que se permite cierta concesión, muy superficia, a Faulkner. Los únicos personajes relevantes son el estafador prófugo y los tres empleados que había en el chiringuito de Vigàta: un chico y una chica jóvenes (ella, cómo no, guapísima) y una señora ya entrada en años, uno de esos personajes cuyas debilidades humanas forman parte de la “marca Camilleri”. Con esos elementos enseguida se alcanzaría el desenlace, de no haberse intercalado, como es habitual, episodios de la historia personal del comisario. Los preparativos de boda del mujeriego Mimì, sus relaciones con Livia, el hijo adoptado que no lo fue, sus manías, el tema gastronómico que en esta ocasión apunta a la glotonería y, también, las malas relaciones con el nuevo jefe superior, que intenta buscarle las cosquillas. Todo lo cual permite mostrar a un comisario muy intuitivo en sus investigaciones y, en lo personal, cada vez más exagerado en sus reacciones.
          La extravagante forma de ser de Montalbano, su impaciencia, la cara dura con que afronta la vida, su despreocupación respecto a los formalismos y su insumisión al poder es la forma en que el humor se introduce en la novela, junto al que arrastran tras de sí personajes más o menos obsesivos: Mimì y su permanente estado de celo, Catarella y su incompetencia casi absoluta, y Fazio con su eficiente amor propio. Resulta repetitivo para quien ha leído las anteriores novelas de la serie, sin duda, pero quizá haya que plantearse que en estos casos el lector quizá no busca novedades, ni tan solo entretenimiento, sino solo la compañía de unos personajes a quienes ha cogido cariño.


lunes, 2 de septiembre de 2013

La excursión a Tindari – Andrea Camilleri



La excursión a Tindari (Serie Montalbano, 7)


                Un joven aparece asesinado a las puertas de su casa. Poco después, un hombre denuncia la desaparición de sus ancianos padres, los cuales vivían en el mismo edificio que el hombre asesinado. Aparentemente se trata de dos casos distintos, solo unidos por la casualidad. Pero además, las familias mafiosas que se reparten el negocio en la zona están en crisis, debido a la pujanza de nuevos grupos mafiosos con todavía menos escrúpulos, hasta el punto de que un nonagenario ha tenido que asumir el mando de una de ellas.
                Al primer crimen la policía no le da demasiada importancia, al atribuirlo implícitamente a un ajuste de cuentas mafioso o vinculado a asuntos turbios, por lo que se toman la investigación con calma. Tampoco se toman muy en serio la desaparición de los dos vejetes, pensando que pronto aparecerán. Pero lo cierto es que las cosas se acaban complicando, porque los ancianos, que nunca salían de casa y eran una pareja solitaria y antipática, fueron vistos haciendo una excursión a Tindari, en autobús, y llegaron a emprender el camino de regreso.
                Cómo se relacionan ambos casos y cómo se resuelve la cosa, dejo que lo sepa quien lea la novela, aunque sí me permito decir que las elucubraciones del comisario están, en algún punto, bastante traídas por los pelos. Aparte de eso la vida personal del comisario Montalbano juega, como siempre, un papel relevante como marco de la historia, porque estas novelas, además del caso concreto del que cada una trata, se han ido convirtiendo poco a poco en un periódico reencuentro con un conocido que nos da ocasión de ver cómo han evolucionado sus rarezas. Ahora Montalbano está a punto de ser un cincuentón, y su vida sigue tan desorganizada como siempre, quedando situado al borde del caos o de la soledad. Reaparece algún personaje –la guapa nórdica de La forma del agua, para la que no pasan los años- creo que más por dejar espacio a una “chica guapa” en la novela que porque aporte algo sustancioso y, también, porque el sexo que Camilleri introduce en estas novelas se basa en escenas donde con toda naturalidad los personajes se ponen al borde de todo sin que pase nada, naturalidad, por cierto, que mengua todo erotismo; a la vez, el cúmulo de secundarios ejerce su papel permitiendo al autor introducir, a través de ellos, gran parte del humor que hay en la novela: los suaves gags se corresponden casi siempre con la torpeza de Catarella y con malos entendidos; fuera de eso, no hay otro humor que el espíritu más o menos risueño (e irreal) con que Montalbano se toma la vida y, en particular, su trabajo y los peligros que asume, así como la aversión a todo tipo de compromiso afectivo más o menos formal, que ya resulta repetitivo y en alguna ocasión casi sobreactuado. Pero es lo que ocurre con las “sagas”, que o el personaje es un pirado cuya personalidad cambia a cada momento (con lo que es complicado ganar la fidelidad del lector, además de en exceso irreal), o se cae en la reiteración, con el riesgo de desembocar en el aburrimiento y en la falta de motivación. Quizá para solucionar esto en entregas futuras (que todavía no he leído), Camilleri cambia en esta novela al jefe superior, cuya opinión sobre la comisaría de Vigàta es perfectamente mejorable. Esto le permite abrir nuevos horizontes en el entorno, aunque en esta ocasión el asunto da poco juego, más allá del típico recurso del policía que no solo debe luchar contra “los malos” sino también contra jefes entre incompetentes y sabelotodos.
                Una novela, en resumen, que se lee bien, que es divertida y que entretiene, como las anteriores, aunque produce cierta sensación de acomodo, como si Camilleri, más que evolucionar al personaje, lo hubiera estirado.

lunes, 5 de agosto de 2013

El perro de terracota – Andrea Camilleri



El perro de terracota (Serie Montalbano, 2)

          Segunda entrega de la serie Montalbano. La leí hace unos años, hice una reseña bastante chuchurrida que no he puesto nunca en el blog precisamente por eso. Pongo esta ahora tras haber leído de nuevo la novela.
            Y aunque es cierto que en cada lectura se descubren cosas nuevas en un libro, pocos motivos tengo para afirmar eso en esta ocasión, lo cual seguramente significa que el libro es bastante claro, a pesar de que la trama da la sensación de ser confusa al relacionarse dos asuntos muy alejados en el tiempo.
          La cosa comienza con el robo en un supermercado. Los ladrones birlan nada menos que un camión. Ahí es nada. Una cosa discretita. Pero el vehículo, con toda su mercancía, aparece poco después abandonado en una gasolinera. Llegados a este punto Camilleri utiliza un recurso facilón, aunque en ese momento no lo parece (de ahí su maestría, pues los recursos fáciles los autores suelen utilizarlos para escapar de embrollos que son incapaces de resolver, mientras que aquí Camilleri pone en bandeja de plata el esclarecimiento de los hechos creando, de paso, cierta confusión en torno a la verdadera trama, sin duda para darle interés). ¿Y cuál es el recurso? El cante de un mafioso. Esto lleva a Montalbano a localizar una cueva oculta donde se almacenan armas. Pero la cueva oculta otra cosa, otra cueva, donde aparece una pareja desnuda, muerta, abrazada. Llevan allí medio siglo, y los flanquea un perro de terracota, una vasija con unas monedas y otra vasija vacía. El primero parece “el caso”, y el asunto de la pareja “el entretenimiento” del comisario. Pero lo cierto es que al lector le importa poco si el criminal ya está muerto o el delito ha prescrito, porque al lector, como a Montalbano, lo mueve la curiosidad. A satisfacerla dedica Camilleri sus esfuerzos. Y lo consigue muy bien, porque va esclareciendo cosas poco a poco sin que eso mengue el interés, porque siempre queda algo por saber. A este respecto hay que reconocer que la mafia viene también de perlas para que uno se despreocupe de ciertas cosas, porque como se da por hecho que al final siempre hay “poderes ocultos”, no hay crimen mafioso en el que no se tenga la sensación de haber cerrado la investigación en falso, lo cual, literariamente, es muy cómodo.
                La historia es atractiva, pero poco creíble debido a los peculiares métodos el comisario. No es el típico policía que actúa con métodos ilegales, sino que alterna la informalidad con las medidas estrafalarias que, sin embargo, tienen siempre un resultado acertadísimo. Lo que de pirueta tienen da un tono de humor innegable y característico, porque los trucos se basan, siempre, en explotar las debilidades humanas. La historia acerca del perro de terracota tiene además un componente romántico también poco creíble, pero que la humaniza; de hecho, los libros de Camilleri están plagados de los emotivos detalles que surgen de la mente de los más variados personajes, detalles, en su mayoría, con fuerte carga simbólica.
                En El perro de terracota ya vemos, cosa que no ocurría con claridad en La forma del agua, al Montalbano que protagoniza las restantes novelas de la serie. Ha perdido lo que de bravucón tenía al comienzo de la primera novela, se ha serenado, se consolidan las relaciones que más tarde han de dar juego, y se aplacan personajes cuyo recorrido era escaso si se mantenían como en La forma del agua. Hablo de Anna y de Ingrid, la cual, por cierto, aparece muy desdibujada en esta novela. Sea como sea, esa relación hace aconsejable que no transcurra mucho tiempo entre la lectura de La forma del agua y El perro de terracota. Más inexplicable, en cambio, es lo que le sucede a Gegé (lo cual sabrá quien lea la novela): no era necesario. Y, por último, aparece Catarella, un policía completamente inútil y tan corto de luces que a partir de esta novela se convierte en un excelente comodín para salpicar de humor las aventuras del comisario.

jueves, 11 de julio de 2013

La forma del agua – Andrea Camilleri


La forma del agua (Serie Montalbano, 1)              
                
                 Es el primer libro que leí del comisario Montalbano porque es el primero de la serie, pero lo comento ahora, tras una nueva lectura, tras haber leído ya unos cuantos más; en el momento de escribir esto, he leído hasta La Nochevieja de Montabano. Y es que esa primera lectura me dejó una sensación extraña, como de novela mejorable en algunos puntos (en concreto, en los personajes), y como tardé tiempo en leer la segunda me quedé con esa sensación sin llegar a advertir la evolución de Montalbano y su entorno.
                Respecto a la novela en sí, desarrolla una trama brillante, aunque irreal, porque el cúmulo de circunstancias que se dan en torno a la muerte del ingeniero Luparello (prohombre siciliano donde convergen política y mafia, con todo al anejo de corrupción) es un derroche de ingenio tan grande que es imposible creer que haya criminales tan avispados, y mucho menos tan osados. Claro que a una novela no hay que exigirle realismo, sino interés, y La forma del agua lo tiene, porque esta forma de plantear las cosas permite mostrar la compleja red de intereses de la mafia y la política.
                La novela comienza con el hallazgo del cadáver del ingeniero, dentro de un coche, en un lugar, “el aprisco”, donde se practica la prostitución al aire libre. Le ha dado un arrechucho, y ahí se ha quedado. Lo encuentran dos barrenderos, uno de los cuales, además, encuentra una monumental joya (en algunos puntos la historia de este hombre recuerda a la de La perla). No cuento más, porque no hace falta. La gracia está en que el lector acompañe a Montalbano dando todas las vueltas necesarias para saber qué ocurrió de verdad.
El asunto de la joya es relevante en la historia, pero no las vicisitudes del barrendero, que sí sirve, en cambio, para caracterizar a Montalbano como un policía de métodos particulares, un tipo que tiende a dejar en paz la realidad cuando le parece justa, aunque no deje de tener curiosidad por cómo han ocurrido las cosas y que, a la vez, tiene algo de Robin Hood de tres al cuarto.
Sin embargo, tras leer varias de las novelas de la serie, y más tras leer esta por segunda vez, se aprecia una notable evolución del personaje dentro del propio texto: el Montalbano del final de La forma del agua es ya, casi por entero, el Montalbano de las novelas siguientes. Pero el del principio es otro: más bravucón y algo maleducado. Quizá, visto el ritmo de publicación de Camilleri, la cosa se deba a la rapidez con la que escribe. Al mismo tiempo, se observa que en las novelas siguientes se produce cierta transformación del entorno del comisario: por una parte aparecen personajes como Cataré (que nadie lo busque en esta novela), que permiten, con su sola presencia, introducir un toque de humor; por otro lado, desaparecen o pierden protagonismo algunos otros policías que en esta novela presentan un perfil bastante gris; también desaparece Anna, una colega de armas tomar que, me temo, es demasiado directa como para dar juego durante muchas novelas sin caer en la repetición.
Por lo demás, desde el comienzo queda clara esa relación entre Montalbano y la gastronomía que es marca de la casa.
Un novela breve, muy entretenida e ingeniosa.

jueves, 20 de junio de 2013

La Nochevieja de Montalbano - Andrea Camilleri



La Nochevieja de Montalbano (Serie Montalbano, 6)


          La Nochevieja de Montalbano consta de una veintena de relatos de entre una y dos decenas de páginas cada uno. Permite, por tanto, una lectura bastante ágil.

          Se basan, en general, en lo que la mayor parte de los casos policiales reales: en que "el malo" deja claros cabos sueltos, y trincarlo es tan sencillo como tirar de los más evidentes. La concesión a la ficción es ese cierto "romanticismo" de Montalbano que le lleva a actuar unas veces con ternura y, otras, a dejar que el mundo aplique su propia justicia, a menudo más justa que las leyes. Tampoco falta ocasión, como en Camilleri es habitual, para poner de manifiesto que el delito a menudo no es la injusticia, sino que nace de ella

         El humor aparece agudizado en los casos menos sórdidos, y en algunos relatos, incluso, Camilleri se permite un exceso de caricatura respecto a otros textos de Montalbano, en especial en el tratamiento de Cataré.

          La lectura es, en conjunto, divertida, y también es sencilla porque la brevedad de los relatos no obliga al lector a hacer esfuerzos de memoria. Sin embargo, no sé decir por qué, es un libro por debajo del previo de relatos, Un mes con Montalbano.

          Por supuesto no hay hilo conductor, ni falta que hace. 



sábado, 5 de noviembre de 2011

Las amantes - Elfriede Jelinek





    Hace unos años intenté leer un libro de Elfriede Jelinek y no pude con él, quizá porque no era el momento, o quizá porque no era el tipo de libro que esperaba. Las amantes, en cambio, lo he leído relativamente rápido. 

    La primera sensación, sin embargo, es desagradable. Y no porque respetar ciertas reglas gramaticales no sea del agrado de la autora, sino porque todo expide un tufo demasiado radical: el ser humano reducido a la condición de animal de granja, la animalización y simplificación de las ambiciones, la presentación de la mujer como un ser sin voluntad ni cabeza explotado por el hombre (también un ser sin cabeza pero con la ventaja de ser más bruto). 

    Sin embargo, conforme avanza la historia los personajes se humanizan un poco (dejan de ser títeres de mente plana y se les pone una mente rugosa) y hasta parece que la autora siente una lejana simpatía por ellos. Para entonces el lector también la siente (o, más bien, simpatía por Paula y cierta antipatía por Brigitte y todos los hombres de la novela). 

    La historia, en resumidas cuentas, es la siguiente: Brigitte, que se gana la vida cosiendo sujetadores en una cadena de producción, aspira a ser ama de casa tras casarse con un tipo que tiene un gran futuro por delante: tener su propio negocio como electricista. Paula, jovencilla que aspira a estudiar confección, decide mandar todo a paseo (o sea, la confección) para poder ser amita de casa casándose con un guapo trozo de carne con una minga colgando y un hígado que ahogar en alcohol (que es más o menos la visión que la autora tiene de buena parte de los hombres de la historia). Ambas, para cazar a sus respectivos objetivos, deciden quedarse embarazadas. 

    El final es, sin duda, lo mejor, porque hace reflexionar sobre de qué depende la vida: de todo menos de uno mismo (en especial, parece decir la autora, la vida de las mujeres) Y eso es así porque siendo parecidos los orígenes, las circunstancias y las aspiraciones, las dos protagonistas de la historia van a tener destinos enormemente diferentes simplemente porque entre sus respectivas parejas hay diferencias... más o menos pequeñas.




jueves, 27 de octubre de 2011

El ladrón de meriendas - Andrea Camilleri


El ladrón de meriendas (Serie Montalbano, 3)


    Creo que ya dije que ando empecinado en leer las novelas de Montalbano en el orden en que fueron publicadas. Primero, porque es frecuente encontrar referencias a las anteriores y, sobre todo, para ver la evolución del personaje.

   En esta trama, donde se mezcla, como en otras, lo cotidiano con lo trascendente, lo que inicialmente parece un crimen pasional se complica hasta alcanzar vinculaciones con el terrorismo internacional. Y todo, además, sin que Salvo Montalbano pierda el buen humor, porque si algo caracteriza al personaje en esta novela es el desenfado con que hace su peligrosísimo trabajo. Es un comisario menos preocupado que otras veces, más contento e incluso más alocado. Un poco como en El perro de terracota, historia en la que casi investigaba “por pasatiempo”, dado que se trataba de un crimen de hacía décadas, pero en esta ocasión el crimen es presente, lo cual supone un “plus” de inconsciencia en la alegría con que Montalbano asume el peligro. Y además, para dar todavía más liviandad a su humor, incluso avanza en su “plan de vida” de solterón recalcitrante.

   Leer en este orden sirve además para ir conociendo poco a poco a los secundarios; el reencuentro produce sensaciones agradables, y cada vez se aprende algo nuevo sobre ellos.

   El sentido del humor está presente tanto en los personajes como en las valoraciones que realizan, así como en muchas aseveraciones del autor. Incluso uno de los momentos “cumbre” (que por no destripar solo diré que transcurre al final, en casa del comisario), es de una violencia que resulta cómica y que incluso en parte vivida es así por quien la ejercita: como una ópera bufa. Precisamente ese momento, siendo divertido, culmina también un tono de farsa que tiene el mérito de no influir en lo que de trágico tiene la historia; y es que esa es otra: pese al tono, las consecuencias de los crímenes no dejan de afectar al corazoncito del lector.

   De nuevo, me temo, tampoco estamos en presencia de un crimen “normal”, sino que al final, cómo no, como siempre, aparecen contubernios que dificultan la correcta aplicación de la justicia. Quizá por eso cae tan bien el personaje, porque aunque su afán de justicia se topa con un fracaso tras otro, él puede dormir con la conciencia tranquila. Aunque eso no deja de producir la sensación de que Montalbano deja siempre todo a medias.

   Una última cosa: como siempre, ojo a la cocina.