Qué gran novela es «Un bien relativo», y eso que, contrariamente a lo que me exige mi religión, siendo la segunda de una saga la he leído sin haber leído la primera. Eso sí, el elogio requiere un matiz que luego haré.
Protagonizan el invento una pareja de guardias civiles: la teniente Karen Blecker, más o menos recién llegada de Alemania, donde parece haber dejado atrás un pasado emocional conflictivo, y el brigada Cano. Ella vive en Madrid, en un gran, céntrico y antiguo piso familiar, y él en San Lorenzo del Escorial, donde ambos están destinados. Esos son los escenarios de la novela. Uno, la capital, un inmenso almacén de vidas, trabajos e incomodidades camufladas con la idea de que, aunque todo sea igual y se haga en todas partes lo mismo, «hay mucho donde elegir». El otro, San Lorenzo del Escorial, presentado como un lugar donde llevar una existencia tranquila, donde uno puede encontrarse y reconocerse a sí mismo, disfrutar de los placeres que en la ciudad, que tanto tiempo exige para todo, solo se pueden consumir, y todo a la sombra del evocador, imponente y silencioso monasterio desde el que se dirigió el «imperio donde no se ponía el sol». Esta imagen idílica de San Lorenzo del Escorial ha exigido a Teresa Cardona omitir lo que cualquiera que vaya allí puede ver: la plaga de segundas residencias y urbanizaciones que ha transformado el ideal en una especie de centro de consumo de descanso.
¿Argumento?
Estamos en 2015. En un camino que conduce a paseantes y conductores a un restaurante situado en un alto aparece muerta una monja ya mayor. La mujer ha caído, su cocorota ha dado contra una piedra y se ha descalabrado. Pobrecilla. Además, da más rabia cuando muere alguien inofensivo, como suelen parecer las monjas, que cuando casca un mal bicho.
Todo apunta a un accidente, ¿verdad? Ningún asesino recurriría a un método que exige fuerza para empujar y, sobre todo, una puntería que ni Robin Hood; a ver quién es el guapo que practica el lanzamiento de monja de modo que la sor dé el calaverazo en la esquinita exacta de un aislado pedrusco en la cuneta. Complicado, ¿verdad? Sin embargo, Karen Blecker y Cano son beneméritamente perspicaces y, como tampoco es del todo normal que las monjas se descrismen de buenas a primeras en andurriales donde nada pintan, comienzan a husmear.
Durante la investigación, que como historia es más bien regularcilla, la pareja no pone los pies en el cuartelillo ni aunque se lo recete el médico, y entre ir y venir se les pasa el tiempo de forma pasmosa. Avanzan a paso de tortuga. La autora pone a procesionar a ambos con varias finalidades: la primera, obvia, hacer progresar la investigación; la segunda, dar a conocer a los personajes (es curioso que, pese a ser la segunda novela de la saga, ninguno parece saber nada del otro; tendré que leer la primera); la tercera, retratar San Lorenzo del Escorial como un oasis que incluye numerosos atractivos gastronómicos, que Madrid está hecho para los consumidores y la masa, no para los sibaritas y la gente selecta. He llamado regularcillo a todo esto. Este es el matiz al que antes me he referido. Pero es que «Un bien relativo» toma su título de una historia que transcurre de modo alterno, allá por 1980, que es «la historia» de esta obra. Y esa historia es buenísima.
A los años ochenta el lector viaja para conocer la vida de quienes nada tienen, ni la más mínima cultura, excepto sus manos para trabajar. Son dos las protagonistas: la primera es una mujer joven, cargada de hijos, que malvive de lo que saca trabajando como sirvienta por horas en casa de personas más que acomodadas; tiene un marido alcohólico y brutal del que solo puede esperar arbitrariedad y violencia. La segunda es su hija mayor, una niña de unos catorce años, trabajadora, brillante en los estudios, pero condenada a no poder demostrar su valía por el trabajo que debe asumir para sacar la familia adelante. Como además una de la cosas que más tristeza me produce en la vida es intentar ponerme en el pellejo de aquellos que, sabiéndose tan inteligentes y capaces como el mejor, deben resignarse a la incultura y a la falta de oportunidades por carecer de medios económicos, el asunto me ha tocado el corazoncito de un modo que no os podéis imaginar.
Y aún me lo ha tocado más por el dramático tema que aborda: el robo de bebés que proliferó durante toda la dictadura y se mantuvo hasta los primeros años de la democracia. Robos que se amparaban en el «bien relativo» para la moral dominante que suponía sacar a un niño de las garras de las miserias causadas por la dinámica del sistema para regalarlo a parejas bien asentadas en ese mismo sistema. En ocasiones los robos se hacían sin conocimiento de las madres, haciéndoles creer que sus hijos habían nacido muertos; en otras, se forzaba la entrega del niño con todo tipo de argumentos en favor del recién nacido que en realidad amparaban la ambición de los nuevos padres; a ninguno de quienes intervenían en ese repugnante proceso se le pasaba por la antesala del cerebro la posibilidad de ayudar a las verdaderas madres a hacer frente a la vida en compañía de sus hijos.
También uno se pregunta por la anestesia moral que produce estar en paz con el sistema porque en él tienes la vida resuelta, la anestesia moral de clase: ¿cómo esa gente bien, de modales educados, amables y atentos entre sí y con el servicio, que desempeñaban sus profesiones con normalidad, podían promover y beneficiarse del semejantes animaladas? ¿Cómo vivir toda la vida sabiendo que tu hijo lo es porque su verdadera madre era una mujer desamparada y tuviste generosidad para amparar al bebé pero no a la madre, a la que dejaste pudrir porque ni te planteaste ayudar? ¿Puede llamarse a eso generosidad?
Y, por último, uno se pasma ante otro tipo de anestesia moral: la de los intermediarios. Algunos se forraron comerciando con bebés, y ya sabemos que el hambre de dinero ha justificado las mayores salvajadas; pero otros, especialmente en el ámbito religioso (¡qué razón tenía el papa Francisco en estar contra el clericalismo, es decir, contra la posición de superioridad moral del clero!), ¿a través de qué clase de perversión argumental y moral podían justificar ponerse al servicio de las clases acomodadas robando niños a las clases bajas para hacer aún más desgraciados a quienes ya lo eran? Creían hacer un bien, sí, pero era «un bien relativo», el que da título a la obra, porque no tenían en cuenta a todos los implicados. Omitían los intereses y sentimientos de los implicados a los que más atención deberían haber dedicado: los pobres de solemnidad, aquellos a los que atendió Jesús de Nazareth.
La historia de los años 80 es magnífica. De las que se recuerdan. El trabajo estajanovista, la precariedad eterna, la total ausencia de expectativas y esperanzas, la angustia por lo que cualquier mínimo contratiempo puede suponer, la explotación por unos señores bien muy amables con las empleadas por las que no cotizaban un céntimo a la Seguridad Social, las mismas que quedaban en la miseria como se les ocurriera romperse un hueso o debían asumir días de penuria y renuncias si pillaban una gripe; qué supone eso para una niña que se ve obligada a renunciar a esperanzas de prosperidad fundadas en su talento y valía para sostener la miseria en los umbrales de la supervivencia. Toda esta historia está contada de un modo exquisito, realista, testimonial, sin sentimentalismos ni soflamas. La historia de personas que asumen un destino en el que no hay día sin decepción, y en el que un día sin un nuevo problema es un triunfo que solo provoca la alegría del alivio. Quien tiene dinero suficiente no es consciente de la inmensa angustia que se puede llegar a sufrir ante, por ejemplo, la necesidad de poner gafas a un hijo. Gafas que siempre serán las más baratas y también las más malas y las más feas porque, te queden como te queden, no podrás elegir. Eres feo porque eres pobre. Eres guapo porque eres rico. Imposible no sacar la conclusión de que no hay guapos y feos, sino ricos y pobres.
Ni que decir tiene que ambas historias, la de la benemérita investigación de 2015 y la que viene de 1980 acaban convergiendo y explicando lo sucedido.
O, bueno… Explicándolo, explicándolo… Teresa Cardona da al lector la posibilidad de elegir qué sucedió, si bien, tal y como ha retratado a sus personajes, creo que la mayoría de lectores coincidiremos en la interpretación del final. Un modo de conclusión brillante. Aunque admito que si tuviera ocasión de hablar con Teresa Cardona le preguntaría qué imaginó ella. Por si las moscas. A fin de cuentas, ¿cómo vas a exigir, a quien la vida le pasa por encima, que controle sus emociones todos y cada uno de los segundos de su existencia? Y basta un segundo para tantas cosas…

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