Cada otoño/invierno leo una novela de Louise Penny. Diez llevo ya. La llegada del frío me hace sentir mejor las ventiscas que azotan Three Pines, el calor de los fuegos en el bistrot, los que arden en las casas de los personajes, rodeados de butacas, y la reconfortante calidez de los cafés au lait que pimplan. Además, el paisaje otoñal que me ha rodeado en los lugares donde he leído esta novela y la anterior de la saga bien pudieran ser el de esta pequeña e inexistente localidad canadiense.
«Casas de cristal» me ha permitido disfrutar de esta manía porque la mayor parte de ella transcurre en otoño y alcanza las primeras nieves. El resto transcurre en Montreal, en verano, con un calor sofocante y todos los personajes chorreando sudor casi hasta que el libro rezuma.
Con esto ya avanzo algo: en esta novela Louise Penny alterna dos tiempos. Uno en el que suceden las cosas (noviembre) y otro, posterior (julio) en el que se juzgan. Aunque quien lea hasta el final verá que en julio también ocurren más cosas, como resulta lógico porque de otro modo no sería fácil mantener la dualidad.
La acción estival se centra en la declaración, día tras día, de Armand Gamache como testigo de cargo en el juicio por un crimen en Three Pines. Lo es a iniciativa del fiscal, con quien parece mantener disensiones. La jueza, novata, está ojo avizor. Por cierto, hablando de ella, en esta novela y en la que justo había leído antes, «La hora de la fuga», de Graziella Moreno, aparece una mujer casada con otra, algo inédito en todo lo publicado hasta finales de la primera década de este siglo, lo que demuestra que poco a poco la realidad se va filtrando en la ficción.
La declaración de Gamache se enlaza con sus recuerdos, narrados estos al modo convencional de las novelas de Penny. Así sabemos que un buen día otoñal, en ese apacible y bucólico pueblecito donde nunca pasa nada (solo lo suficiente, ejem, ejem, como para alimentar una larga saga de novelas negras) ha aparecido un encapuchado misterioso al que no se le ve la cara porque también va enmascarado. El tipo se planta en mitad de la calle y allí se queda, quieto como una estatua, sin menearse ni hacer nada durante horas y horas. Tantas que el lector llega a preguntarse si llevará pañal.
Tan, ejem, inocente actividad (¿o inactividad?) pone de los nervios al personal, porque una cosa es ver a alguien disfrazado de mamarracho y otra sentirte a merced de un desconocido adefesio que lo mismo puede estar como una regadera que tener malas intenciones. El caso es que como Gamache y compañía son muy pitos enseguida enlazan el asunto con algo relacionado con España (ahí lo dejo) y con una inexistente isla entre España y Marruecos que Penny se inventa para la ocasión. El ataque de españolidad incluye alguna mención a la Guardia Civil.
No cabe comienzo más pintoresco y, a la vez, por la incertidumbre que genera una inocente pero amenazante inactividad, perturbador.
Con este planteamiento, y brincando de noviembre en Three Pines a julio en Montreal, Louise Penny consigue trenzar una compleja historia con un final tan apoteósico que parece mentira que haya empezado de un modo tan estrafalario: llega a haber un crimen, por supuesto, que para eso esto es una novela negra; y lo enlaza con el pasado local que otras veces ha traído Penny a colación (hasta donde alcanza la memoria de los más viejos del lugar, en especial la de la extravagante poeta Ruth Zardo), a su vez mezclado con un pasado aún más remoto, mítico y ajeno al lugar (en esta ocasión, inventado); añadan ustedes jugoso tomate relacionado con los cárteles del crimen y, por supuesto, las esforzadísimas andanzas del sr. Gamache al frente de la Sûreté du Québec, de la que es jefazo máximo tras haber descubierto, novelas atrás, que tal organización era un estercolero uniformado. El bueno de Gamache está decidido a hacer de esa organización algo modélico, pero debido a ese lamentable pasado los malos están a un pelín de convertirse en los dueños del mundo. Atizarles el épico mamporro que los contenga exige de don Armand las dosis de imaginación, osadía, heroísmo y sacrificio a las que ya tiene acostumbrados a sus seguidores, aunque en esta ocasión la inmolación llega a su cénit: no solo afecta a su pellejo y reputación, sino incluso a sus principios. Penny hace de su personaje en esta novela algo más que un brillante e intuitivo investigador: la magnitud de la operación en que desemboca la novela y la abnegación de Gamache hacen de él un héroe. Discreto y abnegado, pero héroe. No es frecuente en la novela actual, que yo sepa. Por supuesto, Gamache también pisa charcos políticos (la política es uno de los contratiempos de todo héroe moderno), gracias, sobre todo, a ciertos personajes de visita en Three Pines que, la verdad, no están demasiado bien perfilados. Tampoco lo están otros dos, nuevos residentes. Como colofón, el monumental soponcio que afecta a uno de los personajes, al estilo de otro que ya dio Penny en otras novelas, hace encoger el corazoncito del lector adicto. Y al final, en ese punto, uno se pregunta cómo ha llegado la autora desde un pasmarote enmascarado a esa especie de batalla apocalíptica. Lo sabrá quien lea la novela. Construir una historia así tiene gran mérito, aunque solo sea por la imaginación.
Pero en sus páginas concurren más méritos. Con lo que llevo dicho queda claro que la novela es muy peliculera. Esto no impide que esté muy bien contada, fenomenalmente estructurada y con la información eficazmente dosificada (aunque no tan bien como para que el truco del voluntario silencio de la autora no cante demasiado). Los personajes que aparecen en Three Pines para lo ocasión son los peor perfilados. Si por prisas por sacar una novela al año o porque ya no han de deambular más por el pueblecito, la autora lo sabrá. Pese a estos detalles negativos, el resultado global es una historia intensa, que atrapa. Una obra que, como las anteriores, hace reflexionar al lector, viendo al personaje, sobre la importancia de los principios. Gamache es de una honestidad tan quijotesca que pocas veces se ve en nuestra sociedad. Una honestidad que normalmente estaría reñida con el pragmatismo de no ser porque Gamache es capaz de, con una habilísima carambola en una partida de billar, hacer jaque mate en otra de ajedrez.
Que Gamache pase de eficaz investigador a héroe no sé si afectará a la credibilidad del personaje. Probablemente no, porque igual que gusta soñar con lugares idílicos, como Three Pines, también alivia pensar que los héroes existen. Ahora, que si yo fuera residente en Tree Pines y valorara su supuesta tranquilidad, mandaría al héroe de vuelta a Montreal con un lacito.



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