En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



domingo, 30 de junio de 2013

Diez sugerencias para este verano

Aquí van, en orden aleatorio, algunas recomendaciones para leer este verano, basadas en los libros que han aparecido en el blog en los últimos 12 meses. ¿Criterio de selección? Si no hubiera leído ya estas obras, me gustaría leerlas este verano.

Para ver la reseña, basta pulsar sobre cada imagen.




jueves, 27 de junio de 2013

Entre dos aguas – Rosa Ribas




    A la comisaria de Franckurt Cornelia Weber-Tejedor me la “presentó” un amigo tan aficionado a este género que hace muchos años que ha dejado de ser un aficionado para ser un experto. Entre dos aguas es la primera novela de esta policía hija de padre alemán y madre española emigrada en los años sesenta. Aunque, para mí, es la segunda, porque me fue presentada a través de Con anuncio.

    Y eso ha condicionado la lectura de Entre dos aguas (creo que para bien), porque al interés de la historia he unido el de buscar la confirmación de aquellas cuestiones que había deducido, con mayor o menor acierto, al leer Con anuncio.

    Cornelia es una comisaria ya madurita, cuyo marido anda por Australia en moto, tratando de encontrarse a sí mismo (extravagancia lo bastante notable como para sentir cierta compasión por la esposa, sola y trabajando sin parar). Cornelia lleva una vida volcada en el trabajo, sin apenas tiempo para sí misma ni para la vida social, tiene una madre que sigue teniendo mucho de la pueblerina que emigró, un padre con un perfil bastante plano, un compañero de trabajo que ha pasado de inseparable a misterioso, malas relaciones laborales con un colega, relaciones pragmáticas con un superior al que respeta más que teme, y es también una comisaria que acaba de enrolar en el equipo a un policía de buen ver; aunque el muchacho, a consecuencia de no saber dónde se mete, acaba compadreando más de lo previsto con el “colega enemigo”. También mantiene una relación de complicidad, aunque estrictamente profesional, con el forense. Y, lo que parece más importante, Cornelia tiene ciertas dudas acerca de si es alemana, española o qué, aunque a todos los efectos se considere alemana.

    Y esas dudas se ponen de manifiesto en esta historia, porque el muerto que aparece en el río es miembro de la colonia española, e incluso conocido por su madre. Por una parte Cornelia debe hacer su trabajo como comisaria alemana, y por otra la colonia española no deja de considerar oportuno que la investigación la realice “uno de los suyos”. De ahí la necesidad de afirmarse; aunque esa misma afirmación, por otra parte, es complicada cuando su madre sigue siendo más española que la tortilla de patata, y a través de ella Cornelia ha comprendido (o al menos tolerado) buena parte de las costumbres hispanas inexplicables bajo una óptica germana.

    Así, a la tensión propia del esclarecimiento de un crimen, se une cierta tensión “social” derivada del deseo del colectivo español de no verse salpicado ni señalado por el delito.

    El devenir de la investigación conduce a algunas alusiones a episodios ambientados en la guerra civil y en la postguerra, trauma que para los emigrantes españoles no evolucionó igual que para quienes permanecieron en España por la sencilla razón de que el emigrante no podía ver con sus propios ojos cómo cambiaban las cosas y cómo evolucionaba la "memoria social". Y la trama de la novela se complica con la presencia, más o menos inquietante, de un sobrino del finado que es un permanente sospechoso (y no desvelo si justificadamente o no).

  Paralelamente, aparece en otro “caso hispano”. El de una muchacha ecuatoriana empleada del servicio doméstico de un tipo influyente, que de buenas a primeras desaparece. No sé muy bien qué papel juega esta trama en la novela: si darle mayor extensión, mayor realismo porque la policía suele conducir a la vez varias investigaciones, si tratar de complicar la previsión del desenlace o el desenlace mismo, o si pretende, simplemente, oxigenar la investigación del caso principal para hacer más ligera la lectura. No es un recurso novedoso, y en Entre dos aguas está bien resuelto, porque queda integrado y los saltos de un tema a otro le dan agilidad.

    Una duda me queda: cuáles son las dos aguas entre las que navega la protagonista. Si al principio parece una referencia al río donde aparece el muerto, enseguida se ve que hay muchas dobles corrientes que atrapan a la comisaria, situada entre las aguas de la colonia española y la sociedad alemana, situada también entre el agua de un caso y otro, en medio de dos colaboradores cuya relación tiene su aquel, e incluso enfrentada a una disyuntiva personal mientras su vida siga como está sin que su marido se moleste en hacer otra cosa que corretear por Australia.

    Una lectura agradable y entretenida, que conviene seguir en las restantes entregas de la serie.


martes, 25 de junio de 2013

Minutillo de gloria


No todo han de ser libros ajenos. Permítaseme un minutillo de gloria: se cumplen ya dos años, justo ahora, de la presentación "en casa", de La terrible historia de los vibradores asesinos, publicada con Mira Editores. ¡Cómo pasa el tiempo!

Quien quiera leerla, ya sabe, que la pida en su librería. 

Para conmemorar tan magno evento, aquí va un fragmento del primer capítulo:


Capítulo I

Donde cuento cómo y dónde entré en conocimiento de la existencia de los vibradores asesinos, así como las razones por las que me vi envuelto en esta terrible historia

    Fui tan pánfilo de enterarme de la existencia de los vibradores asesinos veinticuatro horas más tarde que el resto del país, cuando nadie hablaba de otra cosa. El domingo 28 de enero fue noticia de portada en toda la prensa; incluso la televisión le dedicó varios de sus valiosos minutos; pero como siempre leo los periódicos al día siguiente, ignoré tan delicado asunto hasta el lunes a la hora del desayuno, las once de la mañana. El Pelos o la Chafy, no recuerdo quién, me había prestado alguno de los ejemplares atrasados sobrantes en la gasolinera. No era amabilidad; me los cedían gratis (con compromiso de devolución a hora fija y sin manchas de huevo frito) a cambio de dispensarles idéntico trato con alguna que otra peliculita de las que el resto de mis clientes pagaba religiosamente.

    El titular me hizo opinar con la boca llena. «Joder», fue mi dictamen. Una gota de yema se escurrió por las comisuras de mis fauces y un concejal algo granuja quedó pringado por algo más que por un problemilla de urbanismo; limpié la mancha con la manga a pesar de que ni el Pelos ni la Chafy habían llegado a examinar nunca los periódicos de vuelta. La noticia no podía ser más clara y concisa: «Una muerta en Barcelona por la explosión de un vibrador». El subtitular añadía que la finada tenía cuarenta y ocho años y era viuda de un ex (por razones obvias) ministro del Gobierno de la Nación (España). La letra chiquitina añadía alguna información importantísima: el aparato había reventado cuando su víctima se encontraba haciendo uso del mismo; la policía estaba investigando el suceso.

    No me equivoqué al pensar que al menos un par de programas estarían ocupándose del tema en aquel mismo instante. Busqué el mando a distancia de la tele por todo el mostrador; al encontrar solo un plátano deduje que el artilugio estaba en el frigorífico, como así fue. Apreté unos cuantos botones apuntando al televisor adquirido a un gitano en el rastro, en cuya pantalla Jenna loved Rocco por milésima vez. Sintonicé un programa al azar y salió un gordo dando una receta de codornices, así que volví a darle al mando hasta encontrar lo que buscaba: una tertulia donde tras comentar otro apasionante acontecimiento abordaron el que a mí me interesaba. El locutor recordó la noticia con cara de huerfanito, dando paso a continuación a una compañera desplazada hasta el cementerio de Collserola. Allí una procesión de políticos y famosetes, cabizbajos y contritos, se negaron a hacer declaraciones a la prensa; solo un actor de segunda se acercó a la cámara, ojeroso, para decir afligido que al menos la difunta había muerto pasándoselo bomba. El realizador dio paso acto seguido a otro intrépido reportero situado en la esquina del paseo de Gracia con Mallorca, junto al domicilio de la fenecida. El pipiolo informó de que nadie quedaba por allí por estar todos los deudos en el funeral, y añadió a gritos que la policía, partiendo de los datos de la tarjeta de crédito, había localizado el lugar de compra del criminal artefacto: un sex shop de la Gran Vía cuyo nombre me sonó vagamente por haberlo visto en algunos de los papeles arrugados que tenía en la parte interior del mostrador. La pericia policial había conseguido desentrañar el misterio en apenas dos días: la máquina asesina era un vibrador modelo Big Julius importado de Taiwan. Meses atrás, por un error en el manejo de los ingenios que cocinaban las mezclas, se había añadido a la masa de látex, edulcorantes y detritus variados una elevada dosis de «tripiñueletano» (o algo así), sustancia que explotaba al calentarse. La propia empresa había descubierto el desaguisado durante el verano, merced al reventón en un escusado de un empleado del departamento de control de calidad. El análisis del suceso había desembocado en la siguiente conclusión: la temperatura alcanzada por el motor estaba en el origen del petardazo y subsiguiente fosfatinamiento del trabajador. Inmediatamente la compañía había tomado las medidas oportunas: extremó las cautelas para evitar que los operarios distrajeran parte de la producción y retiró del mercado diez mil Big Julius (alrededor de dos kilómetros y medio de látex emponzoñado de «tripiñueletano», o algo así). El accidente de Barcelona había puesto de manifiesto, no obstante, que el departamento de logística de la empresa también precisaba una revisión urgente. Así concluyó su alocución el sujeto, dando paso de nuevo al presentador del plató, el cual afirmó que, pese a todos los pesares, no debía cundir el pánico. El ministro de Sanidad y Consumo acababa de afirmar, en unas declaraciones realizadas en la inauguración de unas jornadas sobre el jamón de Teruel, que el asunto estaba zanjado: la totalidad de la partida con destino a España había ido a parar al sex shop de la Gran Vía de Barcelona. Todo estaba bajo control. Solo seis Big Julius habían llegado al público. Uno de ellos ya estaba localizado, aunque desintegrado. El ministro recomendó a los cinco compradores vivos que entregaran cuanto antes sus juguetes a las fuerzas y cuerpos de seguridad, y aprovechó para recordar las recomendaciones que sobre el uso de estos productos daban los expertos (a quienes no identificó): no usar tallas desmesuradas ni calentarlos en el microondas.

    No me quedé a la tertulia. Tenía que devolver el periódico, aunque antes me limpié los zapatos con una hoja de anuncios por palabras (ni el Pelos ni la Chafy la echaban nunca en falta). En la gasolinera permanecí algo menos de un minuto; se había estropeado la calefacción, y el frío antártico podría haberme estropeado a mí también, por ir aún en pijama. Regresé correteando al negocio. Al entrar, el teléfono inalámbrico sonaba no supe dónde. No estaba en su lugar habitual, ni tampoco lo encontré extraviado en el frigorífico; pero oírse, se oía, o en la tienda o en la trastienda. Desde la una parecía que sonaba en la otra, y viceversa. Cuando cesó la tabarra pensé que la mejor forma de localizarlo sería reanudarla telefoneándome a mí mismo con el móvil, mas este tampoco apareció; y como para localizarlo no pude llamarlo con el inalámbrico porque no podía llamar a este con el móvil, no lo encontré. No sé si me explico. Una nueva llamada vino en mi ayuda, esta vez al móvil, que descubrí en el interior de un zapato.

—¿Dónde coño te metes? —me saludó una voz varonil, como de estibador.

—¿Quién es? —pregunté civilizadamente.

—¿No eres Ajonio?

—Ajonio Trepileto. El mismo. ¿En qué puedo atenderle, caballero?

—¡No me jodas que no me conoces! ¿No llevas veinticuatro horas tratando de localizarme, so ganso?

—¿Yo? —me extrañé justamente—. ¿Por qué habría de buscarle a usted? Las últimas veinticuatro horas, desde que llegué de Barcelona, he permanecido entregado a la meditación, a falta de mejores distracciones.

—Cabrón, que soy Josefino.

—Ah… Caramba. No te había reconocido. ¿Qué se te ofrece?

—¿Tú estás en este país?

—Tan solo me separa de él una alfombra deshilachada (si no es una toalla roñosa) y dos palmos de cemento —confirmé.

—¿No te has enterado de lo de la muerta del vibrador?

—Hace un minuto. ¿La conocías?

—Fue clienta mía.

—Pobrecilla.

—Pobrecillo tú, majadero. ¡Fuiste tú quien se llevó el sábado por la tarde los cinco vibradores que la policía aún no ha localizado!

Tan espantosa noticia me obligó a recurrir a todo mi arte oratoria para salir del paso gallardamente.

—Ejem —dije.

—Ejem, ¿qué?

—Ejem… Solo ejem... Ejem y… bueno… ¿Le has contado a la pasma que eres proveedor mío? —pregunté pragmático.

—Por eso te llamo. Perdona que no lo haya hecho antes, pero es que me han estado jodiendo entre policías, periodistas, curiosos, pervertidos y una representación de la Asociación de Amas de Casa y Consumidores y Usuarios que ha querido lincharme.

—Ejem…

—Ah, sí… ¿Qué le he dicho a la pasma? Nada, no jodas. Nada. Sé cómo estás y no he querido meterte en más líos. Me debes una, Ajonio. Me debes una, ¿eh? O no. Me debes más. Me debes una y la factura.

—¿Qué factura?

—Ya me entiendes. El pedido. Te descuento diez euros por los Big Julius y vas que te matas. No te puedo rebajar más porque yo los he tenido que pagar. ¿Comprendes? Si quieres un consejo, cógelos y tíralos al vertedero, al río, o donde sea. Bueno, al río no; no sea que peten, aparezcan diez mil carpas tripa arriba y te trinquen por delito ecológico. Al vertedero. Tíralos al vertedero y a tomar por saco. Y sobre todo dos cosas: no se te ocurra vender ni uno, ni aunque te lo suplique Marilyn Monroe; ni tampoco ponerlos junto a la estufa. Ya sabes: explotan.

    Simpático, Josefino. Lo conocí en mi primera estancia en la Modelo. Él se alojaba allí por un trapicheo con jaco y yo por un malentendido que no viene al caso. Ya por entonces su señora regentaba el sex shop de la Gran Vía. Por eso, cuando el Pulgas me montó el negocio recurrí a Josefino como proveedor de confianza. Me hacía precios especiales porque, según él, no haciendo factura, no llevaban IVA ni había que declarar los ingresos.

    Sin embargo su simpatía no logró hacerme olvidar el motivo que me habían impulsado a decir «ejem»: la ausencia en mi negocio de tres de los cinco vibradores que el domingo por la mañana había traído desde Barcelona. ¿Cómo no recordar su venta?



lunes, 24 de junio de 2013

La marca del meridiano – Lorenzo Silva



Hace ya mucho tiempo que leí la última novela de la pareja de la Guardia Civil formada por Bevilacqua y Chamorro, ya evolucionada a trío por la presencia del jovencillo Arnau. Aunque, en realidad, todas, al estar escritas en primera persona, son más bien las peripecias del primero. Y es una pena que las haya leído hace tanto tiempo, porque en La marca del meridiano aparecen personajes de, si no recuerdo mal, La reina sin espejo (aunque debería confirmarlo),  y si los hubiera tenido algo más frescos seguro que hubiera disfrutado más con algunos detalles.
Dos cosas quiero destacar de La marca del meridiano.
La primera, los “hechos”. La aparición en La Rioja del cadáver de un guardia civil jubilado, con evidencias de tortura, que además fue compañero y maestro del protagonista, evoluciona de forma lógica e interesante, hasta hacer desembocar la investigación en los mundos donde pueden ocurrir estas cosas, mundos lo bastante amplios como para que la figura de un culpable se difumine en un primer momento; aunque luego, y aquí la historia endereza el rumbo hacia el resultado final, navegando por ellos se concreta el quién y el porqué. La forma en que se avanza es sencilla: siguiendo pasos "de manual" en una investigación (aunque no todos), con lo cual enseguida se sabe por dónde van los tiros. Es un recurso ya utilizado en la novela precedente de la serie, La estrategia del agua, y que a mí, personalmente, me gusta porque le da verosimilitud, aunque conozco a quienes prefieren otro tipo de estructura. En resumen, una historia bien urdida, en la que el entorno basta para despertar la duda y el interés del lector por saber el desenlace sin necesidad de trucos, artificios, ni demasiadas de esas “casualidades” que solucionan tantas novelas.
Más dudas tengo respecto a los personajes. Lo que voy a decir no sé si es un elogio porque han sido dotados de una inconfundible personalidad, o una crítica: Bevilacqua es un pesado. Es un “anciano de cuarenta y muchos años” que se pasa la novela, como las anteriores, explicando sus razones para hacer cada cosa tanto en el ámbito profesional (lo cual es comprensible) como en el personal. Desde trabajar a tomarse un café, todo requiere explicación, todo es capricho, recompensa, necesidad o lo que sea; pero ha de explicarlo. Es un trauma andante. O un acomplejado que va con sus justificaciones por delante. La consecuencia buena es la que he apuntado al comienzo del párrafo; la mala es que a veces llega a resultar cargante. Como también lo resultan en ocasiones sus filosofías (demasiado solemnes para lo superficiales que son) y la reiterada exhibición de una escala de valores basada en la honradez, la profesionalidad y la victoria sobre la tentación (por más que en esa novela sepamos que el caballero tuvo, años ha, sus problemillas con la decencia). Y añadiría otra cosa: cierto “buenismo” que le hace equilibrar con sus palabras a cualesquiera otro personaje que exprese opiniones polémicas, de forma que todo lector, piense blanco o negro, encuentre en la novela un apoyo a sus argumentos.

En cuanto al humor, hace tanto que leí las primeras novelas que lo que voy a decir no es más que una impresión: no hay ya el mismo humor o, mejor dicho, ha desaparecido el filtro humorístico con que el entonces sargento Bevilacqua afrontaba las cosas. Esto no es ni bueno ni malo, pero sí es interesante, porque de aquellas novelas a esta el personaje ha envejecido, y, en consecuencia, ha cambiado. Esa evolución, desde el humor del jovenzuelo que ve las cosas con cierta superioridad, hasta la ironía o a veces la desgana de quien está a punto de dejar de ser cuarentón, me parece meritoria y bastante equilibrada a lo largo de las novelas.
Y termino con otra reflexión en torno a los personajes:  que Bevilacqua hable en primera persona, dirija la investigación y tome las decisiones, da a todas las novelas de la pareja, y esta no es la excepción, una visión parcial y entrecortada del resto de personajes, en especial de Virginia Chamorro. La consecuencia... Si Bevilacqua se tiene por un pobre diablo que ahí se ha quedado, en su puestecillo, para los restos... ¿no cabrá decir lo mismo de Chamorro, para quien también pasan los años y ahí sigue, en el mismo sitio, y a las órdenes del mismo individuo que dice de sí mismo que no es nadie? Si él es un pobre hombre con una vida personal echada a perder por el trabajo absorbente y un matrimonio fallido, ¿qué es Chamorro, con un trabajo igual de absorbente y más sola que la una sin que se llegue a saber nunca si es por decisión propia, porque el trabajo no le deja otra opción, o por incapacidad afectiva? Para colmo, como el propio Bevilacqua llega a decir, a Chamorro se le está pasando el arroz. A la vista de estas consideraciones podría decirse que la ahora sargento es más o menos lo mismo que el ahora brigada. Pero no. Son personajes con un perfil muy diferente, aunque, como digo, con el problema de que el de la sargento queda diluido en la omnipresencia del brigada. Digamos que a Chamorro le es aplicable el “no quisieron andar otro camino, no quisieron vivir de otra manera” del homenaje a los caídos de la Guardia Civil, mientras que a Bevilacqua le encajaría mejor un homenaje del tipo “no supieron andar otro camino, no supieron vivir de otra manera”.


jueves, 20 de junio de 2013

La Nochevieja de Montalbano - Andrea Camilleri



La Nochevieja de Montalbano (Serie Montalbano, 6)


          La Nochevieja de Montalbano consta de una veintena de relatos de entre una y dos decenas de páginas cada uno. Permite, por tanto, una lectura bastante ágil.

          Se basan, en general, en lo que la mayor parte de los casos policiales reales: en que "el malo" deja claros cabos sueltos, y trincarlo es tan sencillo como tirar de los más evidentes. La concesión a la ficción es ese cierto "romanticismo" de Montalbano que le lleva a actuar unas veces con ternura y, otras, a dejar que el mundo aplique su propia justicia, a menudo más justa que las leyes. Tampoco falta ocasión, como en Camilleri es habitual, para poner de manifiesto que el delito a menudo no es la injusticia, sino que nace de ella

         El humor aparece agudizado en los casos menos sórdidos, y en algunos relatos, incluso, Camilleri se permite un exceso de caricatura respecto a otros textos de Montalbano, en especial en el tratamiento de Cataré.

          La lectura es, en conjunto, divertida, y también es sencilla porque la brevedad de los relatos no obliga al lector a hacer esfuerzos de memoria. Sin embargo, no sé decir por qué, es un libro por debajo del previo de relatos, Un mes con Montalbano.

          Por supuesto no hay hilo conductor, ni falta que hace. 



lunes, 17 de junio de 2013

El bosque animado – Wenceslao Fernández Flórez



                No había leído nada de este autor (aunque dos veces he comenzado Volvoreta). Y El bosque animado, que comencé a leer hace unas semanas y abandoné a la primera página, lo he acabado leyendo entero tras estar pensando, el día en que murió Alfredo Landa, qué leer. Así que la lectura tuvo algo de homenaje... aunque no he visto la película. Cada libro tiene su momento, y hay que saber aguardarlo. El de El bosque animado se ha resistido a llegar, pero la espera ha merecido la pena.
                El escenario, Galicia, los montes gallegos, no demasiado lejos de un mar que, en cambio, parece muy lejano. Y en esos montes, la fraga, una zona donde plantas y animales cobran vida casi humana y su existencia transcurre alrededor de unos humanos que, quién lo diría ahora, no están por encima de la naturaleza. Es más: en realidad los humanos no viven en la fraga, sino en sus lindes, y los pocos que se atreven a vivir en ella acaban teniendo mucho en común con la vida salvaje que les rodea, si es que llegan a adaptarse.
                Contado en forma de historias aisladas, cada historia un capítulo, el único nexo entre ellas es el espacio, el tiempo, y la presencia de algunos personajes comunes, hasta el punto de poder decir que más que una historia se cuenta la vida de algunas personas. Claro que no todos los capítulos están protagonizados por seres humanos: los árboles, los topos o los ratones tienen también su momento de gloria.
                El paisaje y las acertadas figuras literarias dan un halo poético a todo el texto, que se lee no por saber qué ha de ocurrir, sino por el mero placer de leer. En realidad, solo hay un capítulo, el final, donde se provoca la avidez del lector por saber lo que en realidad está cantado (cosas de la atracción del vértigo), sin que por ello se renuncie a la armonía de las ideas y las palabras.
                Un libro bueno y diferente, y que hace pensar en la relación del hombre con la naturaleza, que falta hace.



jueves, 13 de junio de 2013

El accionista mayoritario – Petros Márkaris




Las Olimpiadas de Atenas acaban de quedar atrás y, solo unos meses después, la mayoría de las instalaciones son una ruina, el tráfico se ha vuelto a colapsar y solo permanece el humor, más bien resignado, del comisario Kostas Jaritos.

Lo único que ha cambiado a mejor es la suerte de su hija: acaba de terminar su tesis y, para celebrarlo, se va de vacaciones con su novio. Vacaciones inolvidables, porque apenas han salido, el barco es secuestrado por un grupo terrorista.

Jaritos se lleva el soponcio correspondiente, y qué decir de su esposa. Pero el comisario no puede hacer nada en ese asunto, excepto estorbar, y acaba refugiándose en el trabajo, un trabajo que solo puede hacer desconcentrado y con fallos. Un trabajo que en ese momento consiste en encontrar al asesino de un modelo publicitario homosexual que ha aparecido, con un tiro en la cabeza, precisamente en una de las instalaciones olímpicas degradadas.

La novela es entretenida, pero menos divertida que las anteriores porque la sensación de pesadumbre producida por el secuestro resta toda alegría durante una parte considerable del relato.

Lo mejor, como casi siempre, son las agudas percepciones psicológicas del comisario, en especial con su superior, Guikas, y la valoración de las motivaciones de los responsables políticos.

Lo peor, creo yo, es la desproporcionada reacción a las demandas de los diferentes delincuentes que aparecen en la historia, así como el facilón recurso al “amigo-oráculo” del comisario. Dan una sensación de irrealidad, sobre todo lo primero, que va en perjuicio de lo en serio que se puede tomar el lector las prisas e intereses de la policía, lo que resta intensidad.


lunes, 10 de junio de 2013

Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? – Enrique Jardiel Poncela



Magnífica novela de humor, en la que se nota que el autor se lo pasó en grande escribiéndola (entre otras cosas porque escribió lo que le dio la gana y como le dio la gana) y en la que el lector no se lo pasa peor. Un humor, además, que sin darnos cuenta nos hace pensar, ya que se basa con frecuencia en la descarnada denuncia de comportamientos generalizados aunque poco presentables en sociedad, fundados unos en la incompetencia, otros en la estupidez, muchos en el egoísmo y el resto en el instinto. Junto a eso coqueteos con el absurdo, exageración a raudales, comparaciones cómicas de gran fuerza, y un constante juego con el lector, amén de la forma en que Jardiel se ríe de sí mismo y de las críticas lanzadas a diestro y siniestro en forma de breves y contundentes puyas.
                Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? es una novela basada en el mito de don Juan. Pero Jardiel lo hace a su manera. Para empezar don Juan se llama don Pedro, y ya desde la primera página es un consumado burlador. De hecho, el buen hombre lleva una contabilidad de conquistas, junto a un archivo donde detalla las características y táctica de seducción empleada, lo cual ofrece el caricaturesco dato de más de 37.000 “éxitos” (os voy a ahorrar el cálculo: en los aproximadamente 20 años de “trabajo” de don Pedro, la media sale a unas cinco conquistas diarias. Todo un atleta, el caballero). De hecho, don Pedro es en todo una caricatura del don Juan. Pero la novela alterna las reflexiones del autor con la acción, y dentro de esta se narran hechos relevantes y anecdóticos dando a todos ellos la misma importancia. También es muy graciosa la forma de exposición, que en ocasiones tiene más de análisis que de narración, como cuando se enumeran, por ejemplo, las razones por las que don Juan es un idiota.
                Lo que en la divertidísima Amor se escribe sin hache es punto final (la idea, poco original, de que nada desmotiva tanto como alcanzar el éxito), en Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes? es el punto de partida hacia un final completamente opuesto: qué ocurre cuando la ambición no se ve satisfecha. ¿Y qué ambición puede verse insatisfecha en don Juan? La de amar. Porque don Juan, el don Juan clásico, no ambiciona amar, sino jugar con el amor, jugar a ser amado; de ahí que don Pedro, presentado como su legítimo sucesor, lleve esa contabilidad. Pero... ¿qué le ocurrirá a don Juan/don Pedro el día en que ame?
                No anticipo demasiado si digo algo evidente: que la pericia profesional a menudo guarda una relación inversa con el interés personal en un asunto. De la misma manera que el mejor cirujano suda tinta si quien está tripa arriba en la mesa del quirófano es su esposa, las artes de don Juan pierden eficacia cuando en lugar de dirigirse a una “víctima” se dirigen a una persona en verdad amada.
                Para más escarnio del pobre don Pedro/ don Juan, cuando cae víctima del amor, en quien acaba fijándose es en su alter ego femenino: Vivola, que cuenta en su haber con bastantes más de 37.000 conquistas.
                En cuanto a la estructura, los hechos alternan con las soflamas y las reflexiones, lo principal con lo anecdótico, los dibujitos típicos de Jardiel aparecen allí donde le parece bien... Nada parecido a lo que se está acostumbrado y, sin embargo, se lee muy bien, porque tiene el desorden de las conversaciones, y esta novela es una larga conversación entre autor y lector.
              Llama la atención, por último, el tratamiento que durante buena parte de la novela se da a las mujeres no solo por parte del protagonista, que de alguna manera es lógico en un don Juan, sino también por parte del autor, lo que he la granjeado fama de misógino. Pese a que todo gira en torno a ellas, no salen precisamente bien paradas. Pero digamos también que la novela fue escrita en 1930, y, por tanto, es complicado saber qué parte de la visión de las mujeres se debe a la relación del autor con ellas, y qué parte es la parodia de las críticas que muchos debían hacer desde la mentalidad del siglo XIX (en la que se habían educado los adultos de 1930) ante una situación de cambio en los roles sociales que resultaba, para muchos, incluso estrafalaria.

jueves, 6 de junio de 2013

Escatología y humor



En la anterior “reflexión” hablaba de la relación entre humor y solemnidad. Seguramente esa relación es la que justifica el papel que la escatología ha jugado tradicionalmente en el humor. Ya don Quijote avisaba a Sancho Panza de lo poco adecuado que resulta a los mandamases y gobernadores de todo tipo apestar a ajo y cebolla, amén de lo indecoroso de erutar, por no hablar de lo que le ocurrió al pobre escudero en la aventura de los batanes. Pero los ejemplos son infinitos; casi todos los lectores recordarán al más pringoso que loco detective de Eduardo Mendoza, al comisario Jaritos, de Petros Márkaris, recorriendo Atenas en el siglo XXI sudando como un pollo a bordo de su destartalado Supermirafiori, al desastrado inspector Méndez, de Francisco González Ledesma, a Ignatius J. Reilly de La conjura de los necios, o las abundantes veces que Sharpe deja hechos una lástima a alguno de sus personajes, hasta el punto, en no recuerdo qué novela, de que uno de los momentos culminantes es la explosión, por fermentación, de un depósito clandestino de residuos.

Si lo solemne es la apariencia que usamos para darnos mayor importancia de la que tenemos, nada hay más real, nada es menos apariencia, que la suciedad y el desaseo. Por eso da tanto juego la mezcla.

De hecho, la primera expresión del humor, cuando todavía somos renacuajos, siempre oscila entre lo escatológico y el humor negro. Un niño de tres o cuatro años que quiera hacer reír a alguien no recurre a la ironía porque no la comprende, ni a los juegos de palabras ni a los dobles sentidos, por idéntico motivo. Un niño de esa edad solo se ríe de aquello que atenta contra el orden de las cosas que sus padres le inculcan. Es decir, se ríe del porrazo ajeno (lo cual tiene algo de humor negro), de la intención de hacer algo manifiestamente imposible (humor del absurdo) o de cualquier alusión escatológica (por transgredir el “orden establecido”).

Por eso este tipo de humor, nacido del “atentado a la solemnidad”, es seguramente el más primario, el más elemental, el más infantil, el más rudimentario. Pero también el primero. Todas las demás formas de humor son una evolución, porque todas giran en torno a lo mismo: a encontrar una cosa donde se espera otra. La ironía nos dice algo afirmando lo contrario, el juego de palabras hace aparecer una cosa cuando se ha dicho otra, el humor del absurdo es una construcción que prescinde de algún componente de la realidad, y así sucesivamente.



La escatología hace lo mismo: fuerza la presencia de aquello que “la gente de orden” obvia como si no existiera. No hay acto, ceremonia, celebración o pompa, por solemne y cuidada que sea, que no pueda ser arruinada por una buena mancha a modo de condecoración. Y tanto más horroroso es el lamparón cuanto más importancia se da a las circunstancias en las que aparece. Cosas simples, pero tanto más capaces de adueñarse del protagonismo cuanto menos se las espera. Me vienen a la cabeza dos imágenes. Cuando hace unas semanas medio mundo estaba esperando la fumata en el Vaticano, una gaviota tuvo a bien detenerse en la chimenea de la Capilla Sixtina; la imagen salió al instante en las “noticias cortas” que sobre la marcha iban poniendo los periódicos en Internet. Es decir:


El mundo entero fue informado de que una gaviota se había posado sobre una chimenea.

¿Por qué? Porque en una de las ceremonias más solemnes que se conocen un avechucho se había colado y se limpiaba tranquilamente los parásitos. Por eso el público de la plaza se rió al verla. No se rió del resto de gaviotas que había por la allí, sino de esa. Solo de esa. La que rompía la solemnidad.

La otra imagen que viene a mi mente es la de Paul Wolfowitz, Presidente del Banco Mundial, cuando al descalzarse para entrar a una mezquita en Turquía mostró sus dos agujereados calcetines. La imagen también dio la vuelta al mundo, y provocó risas y críticas porque ambas comparten fundamento: el desajuste entre la realidad y lo esperado. ¿Quién iba a imaginar que alguien con su sueldo ahorrara tanto en calcetines?


Y con esta idea termino: crítica y humor comparten los hechos en los que se fundan. De ahí que el humor sea una disciplina complicada, porque se mueve en un terreno resbaladizo. Pero desarrollando esta idea me excedería del tema, así que lo dejo para mejor ocasión.



lunes, 3 de junio de 2013

Que se levanten los muertos – Fred Vargas



              Son varias las personas que me han hablado muy bien de Fred Vargas, y reconozco que me gustó Fluye el Sena, como también reconozco que esperaba otra cosa de Que se levanten los muertos. No digo que sea un mal libro o que no sea entretenido, pero sí que está mucho más cerca de la novela juvenil (por más que haya muertos de por medio), que de la negra.
                Hay varios motivos. El primero, que los protagonistas son una caterva de locos muy poco convincente: uno, un prehistoriador algo misántropo; otro, algo más normal, experto en historia medieval; y, por último, un chiflado que solo piensa en la Primera Guerra Mundial, y lo hace con el entusiasmo de un forofo. Cada uno de ellos se horroriza de los gustos de los otros dos, como si en lugar de estudiosos fueran fanáticos; los tres están en la treintena; los tres son inmaduros como adolescentes; todos están casi con una mano delante y otra detrás, sin trabajo, (“con el agua al cuello”, repiten sin cesar) y los tres se van a vivir al el mismo caserón de un buen barrio parisino que alquilan por cuatro chavos a cambio de hacer reformas por su cuenta (ese tipo de cosas que solo ocurren en las novelas). Cada uno ocupa una planta, y, en el cuarto piso, se instala un tío del medievalista, que resulta ser un policía corrupto retirado.
                Con este planteamiento, se diría que la Historia va a jugar un papel en la novela, pero quien crea que los conocimientos de los personajes sirven para algo se llevará una decepción. Las relaciones que llegan a establecerse entre Historia y presente son irrelevantes, y de tan bajo nivel que lo mismo hubieran servido químicos que historiadores: si uno se pone, cualquier idea “brillante” puede ser inspirada por cualquier cosa.
                El segundo motivo es lo enrevesado de la trama, lo retorcidos que son “los malos”. Demasiado para no resultar, más que irreal, fantasioso. Además, aunque el realismo es un valor deseable en todo caso, aunque la realidad es un límite que el autor solo debe respetar si le da la gana hacerlo, en esta obra la irrealidad no sirve para que los personajes den lo mejor de sí mismos, ni para opinar o enseñar o descubrir nada al lector; solo  sirve para provocar su curiosidad por el desenlace. En Que se levanten los muertos la irrealidad de los hechos no es un apoyo sino un fin, una secuencia de piruetas en plan “más difícil todavía” que entretiene mucho y enriquece poco. En resumen, un muy buen libro para pasar el rato, pero nada más.
                ¿Y cuál es el argumento? Los tres mosqueteros citados y el policía corrupto, que ve pasar los días rascándose las narices, tienen por vecina a una cantante de ópera ya retirada. Y esta buena mujer descubre un día que alguien, vaya usted a saber quién, ha ido por la noche y ha plantado un haya en su jardín.  La extravagancia, sin embargo, tiene su aquel, porque a ver quién es el guapo que no siente curiosidad; no es los gamberros suelan elegir entre romper retrovisores y plantar hayas, ¿verdad? ¿Qué puede pretender quien hace algo así? Hay, además, otra vecina, una señora guapetona que acaba de entrar en los cuarenta y que regenta un restaurante cercano. Y todos viven contentos y felices hasta que un buen día la cantante desaparece. A encontrarla dedican el resto de personajes sus esfuerzos.