En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

jueves, 15 de mayo de 2014

Portadas de novelas de humor

        
          La portada es la tarjeta de presentación de cada libro. Al menos en las primeras ediciones, de donde no pasan la mayoría. Pero una tarjeta de presentación puede ser adecuada en un país e inadecuada en otro, o dentro de un mismo país una portada concreta puede ser acertada en un momento y desacertada tiempo más tarde. Es más: cuando un libro llega a ser lo bastante conocido la portada puede dejar de ser un “gancho” para convertirse en una “imagen de marca” que resulte reconocible más por la costumbre que por lo llamativa. O, como a veces sucede cuando la novela es llevada al cine, la portada se inspira en las imágenes de la película, buscando atraer así, probablemente, un público más cinéfilo que lector.

          Algunos de esos libros famosos llegan a serlo tanto y con tanto motivo que acaban en colecciones de “clásicos”, donde la uniformidad de las portadas aportan la solemnidad que uno tiende a atribuir a lo importante.

          También, cuando ha pasado el tiempo suficiente, es posible ver cómo han evolucionado las modas en las portadas. Porque en esto, como en casi todo, también las hay.

           Y, cómo no, también hay portadas que en sí mismas son auténticas obras de arte.

          Al hilo de estas ideas solo apuntadas, y sin otro ánimo que el anecdótico, aquí va una recopilación de portadas de libros más o menos famosos, todos ellos comentados en el blog: Amor se escribe sin hache, Wilt, El malvado Carabel, Duluth, Yo soy Fulana de Tal, Sin noticias de Gurb y El misterio de la cripta embrujada.


Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela,
se publicó en 1928. Las primeras portadas, casi de cómic,

transmitían la idea de una novela de humor en algunos
momentos alocada. Con el tiempo ha llegado a ser
un clásico, y ahí está, en Cátedra (que, por cierto, es la
edición que tengo)




En 1976 Tom Sharpe publicó su novela más famosa, Wilt, traducida
a infinidad de idiomas y reeditada sin cesar hasta el día de hoy.

Uno de los temas recurrentes en las
portadas ha sido el comienzo de los disgustos de Wilt: el enterramiento
de una muñeca hinchable bajo un montón de hormigón es visto
y confundido, en la distancia, por un crimen. Sin embargo, 

me da la sensación de que muchas de las portadas que
aquí aparecen pueden hacer pensar que el sexo juega un papel más
importante del que en realidad tiene en la novela, como si lo editores
hubieran pensado que la promesa de sexo era más atrayente que el argumento.
En el caso de "Compactos Anagrama"
las diferentes novelas del personaje han seguido una "imagen
de marca" vinculada al dibujo de portada. Otras portadas hay
a mi juicio demasiado caricaturescas.






En las portadas que he encontrado de El malvado Carabel (1931),
de Wenceslao Fernández Flórez, no se aprecia la influencia de las versiones

cinematográficas que inspiró en 1956 y en 1962. El recurso en todas ellas al dibujo
más o menos cómico traslada la idea de estar ante una novela de humor.



Está claro que en Duluth (1983), de Gore Vidal,
 lo que más inspiró a los diseñadores de portadas
fue la bella policía sádica que aparece en la novela.

Debe de ser que el sexo vende mucho, porque bien
podría haber otros muchos motivos para la portada,
habida cuenta de la complejidad de la novela. O también
puede ser que, después de las primeras portadas,
se reprodujera la estética por aquello de
la imagen de marca




Supongo, pero no lo he confirmado, que dirigiendo La Codorniz
durante más de tres décadas, a Álvaro de Laiglesia no le faltarían
dibujantes dispuestos a ilustrar sus portadas. El mismísimo
Antonio Mingote, que trabajó con él, prologa alguno de sus libros (y

dio a luz algunas de sus portadas).
Yo soy Fulana de Tal fue llevada al cine en 1975,
lo que a la vista está que influyó en posteriores ediciones. En las primeras

los dibujos avisan del elevado componente humorístico. En
otras, en cambio, el lector no avisado podría esperar otra cosa.




No he encontrado muchas portadas de la famosísima Sin noticias de Gurb (1991),
pese a que Eduardo Mendoza advierte en el prólogo de la edición que tengo que es su
obra más vendida y traducida. No me llama la atención la referencia al
camaleón (ver el artículo Noticias de Gurb), pero sí que no haya encontrado
imágenes de marcianos haciendo estropicios.




El misterio de la cripta embrujada (1978) supuso un cambio brutal
respecto a su predecesora, La verdad sobre el caso Savolta.
De una novela de corte clásico a una genial broma.
La adaptación al cine se nota en algunas de sus portadas. En otras,

en cambio, la estética de cómic no puede hacer pensar, en este caso,
en una obra de humor, porque al no ser dibujos caricaturescos
y reflejar una escena violenta, más hacen pensar en algo distinto. Sea como
sea, una novela cuyas portadas alcanzan ya todos los registros.

lunes, 12 de mayo de 2014

El temible Blott - Tom Sharpe



Un diputado inglés vive en el quinto pinto, en la mansión que durante cientos de años ha pertenecido a la familia de su esposa, una familia de fabricantes de cerveza. La esposa, a su vez, es una mujer de armas tomar. El matrimonio apenas se soporta, y cada uno está haciendo planes para librarse del otro sin perder el patrimonio que representa la susodicha mansión. Es así como el diputador, Sir Giles, consigue que cierta autopista pase por la propiedad, lo que obliga a la expropiación, que es la forma que ha elegido para burlar ciertas disposiciones testamentarias y echarse al bolsillo el precio de Handyman Hall, que así se llama el lugar; claro que hay trayectos alternativos, y para que su mujer no le arruine el plan él debe jugar a querer una cosa y fingir desear otra. Su esposa, en cambio, lo tiene claro: por Handyman Hall  no debe pasar más que el aire puro. En el proceso de ver quién se sale con la suya se ven envueltos el Lord que actúa como juez, el enviado del Ministerio de Medio ambiente (un tipo extraño pero a la vez lógico), todo el que pasa por allí y, por supuesto, Blott, un individuo de origen incierto que fue a parar allí en la Segunda Guerra Mundial (el libro es de mediados de los 70) y que allí sigue, como jardinero del matrimonio. Unamos a esto que Sir Giles le gusta el “sexo inglés” y que tiene en Londres una amante sumamente despistada, y tendremos todos los ingredientes para una nueva trama que se basa en la idea de ver quién se sale con la suya, para lo que cada uno recurre a las ideas más estrambóticas, que dan como resultado las trifulcas más tremendas.

El temible Blott está a la altura de otras novelas de Sharpe en lo que a enredo se refiere, aunque por debajo en tres aspectos: los recursos de que echan mano los protagonistas son más exagerados de lo habitual, lo que da un toque caricaturesco que mengua el realismo mínimo necesario; manteniendo un nivel humorístico elevado, faltan sin embargo las puntas de ingenio de otras ocasiones, y además los personajes, cada uno a su manera, consiguen ser lo bastante desagradables como para que el lector no tome partido por ninguno. Quizá el único que despierta ciertas simpatías sea el enviado del Ministerio, porque al hombre no le pasa nada bueno y acaba actuando movido por la desesperación, pero dado que su papel, siendo importante, no es central, no basta.

Lo mejor, como tantas otras veces, es la inmensa capacidad de Sharpe para liar las cosas. Merece la pena leer sus libros solo por ver cómo las situaciones se van enredando, cómo los equívocos y las decisiones se suceden provocando situaciones tan ingobernables como explosivas.

En esta ocasión, como ya he apuntado, algunas de esas ideas son demasiado traídas por los pelos (el zoológico, por ejemplo),  aunque a cambio las referencias al sexo, que en otras ocasiones son gratuitas, en esta están plenamente justificadas e integradas en la trama: lo que Lady Maud hace con el enviado del Ministerio es preciso para justificar luego la conducta de este; y, sobre todo, las perversiones que tanto gustan a Sir Giles sirven de excusa primero para dar cuenta de la situación de su matrimonio y, más adelante, para que su esposa pueda reaccionar como lo hace.

De trasfondo, una situación política donde impera el tráfico de influencias y, en ocasiones, el cohecho. Lo malo, respecto a esto, es que lo que Sharpe presenta como resultado de la forma de ser de los políticos, es mucho más suave y tiene muchos más mecanismos de control en la propia novela de lo que luego hemos llegado a ver mucho más de cerca en la realidad. En resumen, que lo que en la novela pretende pasar como un escándalo camuflado en la hipocresía y en las apariencias, en lugares y momentos  cercanos y en la realidad en lugar de en la ficción, campa a sus anchas sin apenas disimulo, así que uno no sabe qué tomarse con humor, si la novela o que la realidad haya dejado muy atrás los escándalos que Sharpe narra.



jueves, 8 de mayo de 2014

Los hombres te han hecho mal - Ernesto Mallo



         Tercera novela de Lascano, alias el Perro, algo más breve que la anterior, pero también más directa. Como en las dos primeras, en cada página se nota el buen saber hacer de Ernesto Mallo.

El tiempo ha pasado sin que Lascano se dé cuenta, hasta el punto de que un buen día se encuentra jubilado. Pero antes de poder poner orden en su nueva vida –o de aburrirse con ella, pues no parece qué saber hacer con sus días- recibe una petición que se transforma en un trabajo: encontrar a una niña desaparecida años atrás. La madre murió no se sabe a manos de quién (aunque puede intuirse), y es la millonaria abuela quien está detrás de la encomienda a Lascano, a quien conoce... por lo que verá quien lea la novela. 

  Como en sus predecesoras, la historia se teje entrecruzando historias. La de Lascano por un lado, la de la abuela, la hija y la nieta por otro, y la de los delincuentes que directa o indirectamente intervienen; unos, por lo que hicieron y siguen haciendo; otros, porque interfieren; y luego, los de siempre, porque delinquen desde la impunidad que da el poder. El turbio ambiente que mezcla la delincuencia organizada y más o menos organizada, las tramas y los grupúsculos, la droga y el trágico mundo de la prostitución (más bien habría que hablar de esclavitud) son el marco donde todo se desenvuelve.

  La novela se lee con rapidez porque es corta, aunque haya que leer despacio porque todo es significativo (lo que hace que se disfrute más), y donde el componente de género no impide apreciar una vez más la denuncia de la corrupción. El misterio en torno a cómo se desenredará lo que parece un complejo ovillo sirve de guía al lector en un paisaje donde la vileza siempre la soporta el más débil, que suele ser también el más pobre, y donde la violencia –mucha- acaba alcanzando a todos.

Quizá como consecuencia de esa ligera mayor brevedad combinada con el elevado número de personajes, los diálogos no son tan potentes como en  El policía descalzo de la Plaza San Martín, pero lo siguen siendo bastante y merece la pena detenerse en ellos.

Solo hay un aspecto ajeno a la historia en sí, que viene de las novelas anteriores y que si hay otras nuevas seguramente se prolongue en ellas: la relación de Eva con Lascano, que en El policía descalzo de la Plaza San Martín parecía haber quedado reducida al recuerdo, todavía da juego; lo cual, unido al ambiente marginal en lo profesional de Lascano y a la atmósfera corrupta en que se desenvuelven los personajes, da soporte a la continuidad de las novelas. No obstante, dado el sorprendente final en lo que a la situación de Lascano respecta (no digo más para no estropear nada a nadie) habrá que ver, si hay una cuarta novela, por dónde irán los tiros (y no es un juego de palabras).


lunes, 5 de mayo de 2014

La mujer leopardo - Alberto Moravia



          Alberto Moravia terminó de escribir La mujer leopardo pocos días antes de morir, lo cual no quiere decir que esta obra tenga aire de despedida. Otra cosa es que, como se apunta en el epílogo, Nora, la esposa del protagonista, represente la vida. Porque Nora, la mujer leopardo, es incomprensible, inapropiable e inasible. 

          ¿Pero estamos entonces ante la visión de la vida expuesta por un autor que ve inminente la muerte? Es una idea romántica, pero creo que algo retorcida, porque los temas que aquí trata Moravia no son ajenos a otras de sus obras. Además La mujer leopardo es, explícitamente, una novela sobre los celos. Sí, seguro que también pueden interpretarse simbólicamente como el miedo injustificado a lo que nuestra propia vida pueda estar haciendo con nosotros a nuestras espaldas, pero hay tantos miedos y tantas inseguridades, que cualquiera de ellos puede fundamentar una novela sobre lo incomprensible de la existencia; lo mismo los celos que los complejos de inferioridad que aquejan a tantos que se creen superiores, o la inseguridad que otros tratan de aplacar con la vanidad o la avaricia. Los ejemplos son muchos, pero no creo que Moravia haya elegido los celos para hablar de la vida, o no solo para hablar de ella, porque hay otro tema que siempre está presente en sus novelas: la relación entre hombre y mujeres. Los celos, en realidad, le permiten matar dos pájaros de un tiro.

          El protagonista, Lorenzo, periodista, está muy orgulloso de la belleza de su esposa, Nora; tanto que decide “lucirla” en una reunión con el director del periódico donde, por casualidad, está el propietario, un cincuentón llamado Colli. Nora y Colli apenas hablan, pero Nora advierte, y así se lo dice a su marido, que entre ambos ha habido una suerte de entendimiento inconsciente, lo cual basta para alertar a Lorenzo.

          Ocurre además que Nora se opone a acompañar a su marido a un viaje a Gabón, donde también van a ir Colli y su esposa. Cuando Lorenzo inquiere los motivos, Nora acaba confesando que no se fía de lo que pueda ocurrir entre ella y el desconocido Colli. Para colmo, acaba siendo Colli y no Lorenzo quien vence la resistencia de la mujer y la convence para ir a Gabón.

          Y allí se van, más de vacaciones que de trabajo, los dos matrimonios. Si entre Nora y Colli pasa algo o no y qué es ese algo, que lo juzgue el lector; verlo, no lo llegamos a ver; ni siquiera a intuir si no fuera por las numerosas frases con que Nora deja abierta la puerta a todo, y que uno tiene a interpretar como afirmativas porque en otro caso mantener la incertidumbre de Lorenzo sería una crueldad gratuita. Claro que la vida es cruel e incomprensible, y quizá Nora, como he apuntado antes, representa la vida.

          El tormento de Lorenzo es doble: por una parte, lo que imagina, la rabia que le produce, el amor propio mancillado, la inseguridad que produce el sentirse ninguneado, el no saber qué hay que hacer para no perder; aunque él mismo reconoce que son celos y que los celos, por definición, son infundados. Pero es que Ada, la esposa de Colli, también está celosa, y no solo imagina, sino que asegura y no deja de decirle a Lorenzo lo que los otros dos estarán haciendo en cada momento. Porque si algo cierto hay es que Nora y Colli pasan mucho tiempo juntos. 

Alberto Moravia (1907-1990)
Moravia era el apellido de su abuela paterna.
Su verdadero nombre era Alberto Pincherle 
          Como reacción despechada, entre Lorenzo y Ada pueden pasar muchas cosas, pero hay tantas dudas entre ellos y el motivo cimenta tan mal cualquier relación de ese tipo, que entre ambos solo hay un permanente tira y afloja, un avivar y apagar fuegos, una sucesión de reacciones impotentes ante una realidad que ni conocen de verdad ni, por tanto, pueden dominar. Es más: asocian la infidelidad a la consumación del sexo, lo cual no deja de desorientarlos, porque mientras que la afinidad entre Nora y Colli es más que evidente, el sexo nunca lo es. Algo debe simbolizar esta relación imposible entre Ada y Loranzo, porque Moravia no escribe ni una sola línea inocente. ¿Qué? No me resulta fácil saberlo. Si tuviera que elegir, diría que Ada y Lorenzo son, precisamente, el hombre y la mujer que tanto preocupan siempre a Moravia; ambos incapaces de hacer nada en común porque cada uno de ellos tiene un problema consigo mismo. La cuestión, entonces, es qué representa la relación entre Nora y Colli, más allá de un ideal imposible.

          El marco en el que todo transcurre es un oasis de civilización rodeado de una selva impenetrable, como para remarcar el aislamiento del ser humano ante el misterio de la existencia; como si fuera de uno mismo y de su vida incomprensible no hubiera más que eso: la selva.

          Qué ocurre, ya lo he dicho, aunque el desenlace es inesperado. La conclusión es que a menudo perdemos el tiempo, las fuerzas y la paciencia temiendo fantasmas; que en otras ocasiones los fantasmas son reales pero no por ello tienen más poder sobre nosotros del que nosotros les consintamos; y, por último y volviendo al principio, plantea la reflexión de hasta qué punto nuestra vida es nuestra o es nuestra vida la que nos domina y nos zarandea a su antojo sin que podamos hacer demasiado por evitarlo. A este respecto, el destino de Colli es significativo.

          La novela es, como casi todo lo de Moravia, de un nivel muy elevado. De forma breve y sucinta se exponen ideas y sensaciones de una gran complejidad (de hecho, lo único que chirría alguna vez es cómo Lorenzo puede amargarse tanto la vida a pesar de la lucidez de muchos de sus pensamientos). Moravia es capaz de extraer la raíz de los sentimientos y exponerla a la luz despojada de toda la maraña de circunstancias que habitualmente sirven de excusa para no reconocer la propia debilidad y que acaban por ocultar la realidad, y exhibe todos los procesos derivados sin prisa pero sin pausa. Por eso, aunque el libro sea relativamente breve, hay que leer despacio (es de esas lecturas que se saborean), porque todo es significativo, no hay frases ni escenas inocentes; nada sobra, todo tiene su razón de ser.



jueves, 1 de mayo de 2014

El hombre perro – Yoram Kaniuk



Mañana Yoram Kaniuk hubiera cumplido 84 años, y he aquí un libro de los que dejan huella, aunque cuesta explicar el motivo. La tragedia empañada de humor no deja indiferente, y es quizá una de las cosas que hacen el libro difícil de asimilar, porque resulta complicado compatibilizar las dos perspectivas a la vez.

Llama la atención la absoluta renuncia a explicar las razones. Me explico: es claro por qué están en “el centro” los pacientes; pero no el proceso que los ha llevado allí; otros, con similares padecimientos, fueron capaces de vivir (o malvivir) con ellos a cuestas sin irse de la cabeza. ¿Por qué estos sí? No se sabe ni siquiera en el caso del protagonista. Consecuencia: el lector debe imaginar el grado de sufrimiento que a él le haría volverse loco, y eso no deja indiferente. Choca, en medio del drama, tanto la presentación de algunos de los enfermos –muy pintorescos, extravagantes hasta mover a la sonrisa- como la existencia de algunos personajes casi cómicos –las hermanas no sé cuántos- y alguno difícilmente comprensibles por lo extraño –hablo de Gina, demasiado perfecta para ser verdad: bonita, entregada, sin otra vida que la que se relata cuando tiene toda a sus pies, una mujer idealizada.

Cómo se llevan entre sí y cómo se relacionan los “perros” es analizado intensamente, pero por una vía indirecta: exponiendo hechos. Es algo meritorio y sin duda lo mejor del libro: ¿qué queda del ser humano, cómo se comunica, cuando sus formas de expresión normales han sido aniquiladas? ¿Cómo se expresan entonces los sentimientos más básicos?

La lectura tiene su aquel: combina pasajes muy llevaderos y entretenidos con otros de una verborrea magistral, pero difíciles de seguir por las alusiones e interpretaciones a las que el lector debe saber dar sentido.

Yoram Kaniuk. 1930-2013
Y, en todo caso, te obliga a tener presente las atrocidades que cualquiera puede cometer. Porque sí: Hitler hubo uno, pero necesitó el apoyo de tantos miles de manos que es ingenuo pensar que alguna vez en la historia ha dejado de haberlas. Simplemente, duermen. Ninguno sabemos el límite del dolor que somos capaces de soportar ni, lo que es peor, de causar. Para lo bueno y para lo malo, no somos más que animales. Y no muy inteligentes. Y fácilmente manipulables. Hitler parecía un caso excepcionalmente patológico –personal e históricamente- pero no es verdad: aunque miremos hacia otro lado ahí está Yugoslavia hace nada, por no hablar de Camboya, Ruanda... Aunque parezca increíble, la salvajada siempre es posible. Incluso donde y cuando menos se la espera. ¿A que nadie se atreve a decir que en los próximos treinta años no va a haber más barbaridades como esas? Por eso son buenos los libros que obligan a pensar, como éste.


lunes, 28 de abril de 2014

El Gatopardo - Giuseppe Tomasi di Lampedusa



          Que una novela como El Gatopardo sea la única de su autor no deja indiferente a nadie que se acerque a ella. Y más si uno lee el breve prólogo de Giorgio Bassani, donde se nos cuenta que el autor, ajeno al mundo literario, acudió a una reunión sobre la materia acompañando a su primo, el poeta Lucio Piccolo. Y tan influenciado volvió  de ella Giuseppe Tomasi, príncipe di Lampedusa, que comenzó a escribir. ¿El qué? Lo que, según su esposa, llevaba 25 años planificando: una novela histórica. A ella se aplicó entre 1955 y 1956. Luego, enseguida, murió, pero dejó para la historia una novela extraordinaria. Una obra sobre la decadencia de una larga época, sobre los albores de otra, y sobre los miedos y ambiciones del ser humano, los cuales, jugando con la idea más célebre de la novela, no cambian nunca aunque cambie todo.

Lucio Piccolo (izquierda) y Giuseppe Tomasi di Lampedusa

          En un tono doliente pero no ajeno al humor, a lo largo de un puñado de capítulos primero separados por meses y al final por décadas se nos cuenta la historia de don Frabizio, príncipe de Salina, casa de la nobleza siciliana representada por un gatopardo. Una casa –inspirada en la propia familia del autor- que poco a poco ha ido a menos y de la que, aunque sigue siendo poderosa, el príncipe atisba ya el final. Entre medio, la unificación de Italia con sus rivalidades territoriales, Garibaldi, las disputas por el poder y el ascenso económico y político de la burguesía.

          El príncipe, un hombre culto aficionado a las matemáticas y a la astronomía, que comparte sus días con el resignado padre Pirrone, tiene hijos e hijas, aunque su preferido es su sobrino Tancredi, un muchacho arruinado por su fallecido padre que solo tiene tres cosas a su favor: ambición, encanto y un título nobiliario. Es precisamente el irresistible Tancredi quien pronto expresa la idea más célebre de esta novela, parte de la literatura del siglo XX; en un diálogo en el que, dirigiéndose a su tío en relación a los sucesos que habían de desembocar en la marcha de los borbones del Reino de las Dos Sicilias, dice: “Si allí no estamos también nosotros –añadió-, ésos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?”

          De esta forma justifica Tancredi su apoyo a los cambios políticos; es decir: si uno quiere mantener sus privilegios, debe adaptarse para estar siempre en el bando ganador. 

          Y eso es El Gatopardo: la historia de los que cambian para que nada cambie y la de quienes por no cambiar acaban viendo cómo a su pesar cambia su vida. Los primeros, ambiciosos; los segundos, acomodados, resignados, impotentes o engañados.

          Tancredi, como es sabido, sale victorioso y de alguna manera facilita que el príncipe nade y guarde la ropa. Pero Tancredi sigue siendo tan pobre como antes, y la única manera de evitarlo es contrayendo matrimonio con Angélica, una muchacha muy guapa y muy interesada, hija del alcalde de Donnafugata, donde la familia Salina tiene su magnífica residencia de veraneo: un palacio descomunal. El alcalde es un hombre rústico e inculto que solo piensa en términos monetarios -todo lo contrario que el príncipe-, y que ve en el enlace el modo de prosperar socialmente. Lo que los más tradicionales ven como un grave error, casi como una afrenta al prestigio y la memoria de los Salina (y no andan desencaminados porque ese matrimonio es consecuencia y causa de su decadencia), el príncipe acaba por verlo como un mal menor que permitirá, merced a la dote de la muchacha, el resurgir que los Falconeri (tal es el apellido de Tancredi).

          Pero la novela no se conforma con mostrar el ocaso de una saga, cómo otros vienen a ocupar su lugar y cómo algunos que cambian para que nada cambie siempre están ahí, sino que también tiene un importante componente psicológico y emocional. Al príncipe lo conocemos cuando tiene cuarenta y tantos años y está ya de retirada del mundo, centrándose en sus aficiones y eludiendo los problemas, consciente de que poco puede hacer por cambiar el destino de su familia y confiando en que su querido Tancredi de algún modo rehará su suerte; y sí, Tancredi lo hace, pero “cambiando para que nada cambie”. Es decir, adaptándose a los nuevos tiempos, ocupando las nuevas estructuras de poder, aliándose con quienes hasta hace poco eran sus vasallos o incluso sus enemigos. Pero también vemos al príncipe unos años más tarde, cuando los acontecimientos se han precipitado, e incluso llegamos a despedirnos de él cuanto tiene ya más de setenta años y compartimos la impotencia de la vida que se escapa, de todo lo que se soñó y no se hizo, del tiempo perdido, de la inconsciencia que lleva a no apreciar la vida cuando se puede disfrutar de ella, de la misma forma que compartimos su tristeza cuando, sin fuerzas ya para moverse, cuando sabe que apenas le queda tiempo, imagina convertidos en cacharros polvorientos los telescopios con los que tanto disfrutó.

Giuseppe Tomasi
di Lampedusa
          No es la única manera en la que la novela afronta la muerte de sus personajes, de forma, incluso, que cada una representa el fin de un concepto. Uno de los personajes secundarios que siempre está presente es Concetta, una de las hijas del príncipe, que está enamorada de Tancredi y debe soportar que este se comprometa con Angélica. Durante toda la novela Concetta permanece en un segundo plano, sin duda dolida con la actitud de su primo que ha preferido la belleza y el dinero de la plebeya Angélica a su amor desinteresado; el lector se fija relativamente poco en Concetta, permanece en el plano de la “amenaza emocional”, con un papel potencialmente relevante; sin embargo, la misión de Concetta –y no adelanto nada porque la novela es sobradamente conocida- es el de demostrar que la inversa de la idea que mueve a Tancredi también es cierta: cuando nada cambia, todo acaba cambiando. Encerrada en sí misma, en su amor propio, refugiada en su propia fortaleza, al llegar al final de sus días Concetta llega a comprender que su vida entera ha sido en vano, que firmeza no equivale a fortaleza, y que el orgullo es un disfraz que solo engaña a uno mismo; hasta, en el colmo del oprobio, a las hermanas les es negado aquello de lo que estaban más ufanas, mostrando, de paso, cómo han sido engañadas; comprender el vacío de la propia vida cuando ya no hay margen de maniobra, cuando ya todo ha quedado atrás y nada hay por delante, es de una crueldad extrema. Concetta y su suerte tienen mucho de simbólico, como también lo tiene que la muerte acabe alcanzando a todos por el motivo más devastador e inevitable que existe: el paso del tiempo. Porque si triste es ser derrotado por las circunstancias, más desolador es ser derrotado por la vida.

          Y con esto llego a una última idea: la novela tiene dos partes muy diferenciadas: los seis primeros capítulos narran las vicisitudes que podríamos llamar históricas, políticas y sociales del príncipe y su familia, en las que hay quien cambia para que nada cambie (Tancredi) y otros (el príncipe y su familia) languidecen por no ser capaces de cambiar. Son capítulos escritos con rigor, sin que sobre ni falte casi nada, en un tono muy directo, con acción y numerosas concesiones a un finísimo y contagioso humor que tiene algo de desesperanza, y que unas veces se encarna en la actitud del príncipe (que se defiende de su fatalismo tomándoselo con cierta filosofía) y otras en personajes secundarios. Es una literatura de altísimo nivel. Pero los dos últimos capítulos son otra cosa, y se superan. Son capítulos de una extrema dureza por la forma en que se afronta la desazón que produce la vejez y la muerte, aunque, de alguna manera, no exentos de dulzura porque Giuseppe Tomasi di Lampedusa no hace leña del árbol caído, sino que nos pone a su lado o, casi, dentro de él.

          Una obra maestra de las que perduran para siempre, que deja un duradero poso de melancolía.

          Termino con una nota anecdótica, Einaudi y Mondadori, las dos potentes editoriales italianas, rechazaron el texto del ya fallecido entonces Lampedusa. La historia le debe el mérito de la publicación al novelista Giorgio Bassani, que acometió la publicación en Feltrinelli en 1958.




jueves, 24 de abril de 2014

Maribel y la extraña familia – Miguel Mihura



Sin televisión –debido a la época- y tras cincuenta años sin salir de su piso, no es extraño que doña Paula no reconozca a una prostituta ataviada para hacer valer sus razones. Por similar motivo es normal que tampoco la reconozca doña Matilde, que lleva toda su vida en un pueblecito de Cuenca cuidando de su retoño, Marcelino, ingenuo heredero de una fábrica de chocolatinas que dirige con eficacia. Tan apegado a las faldas de su madre está y tan poco sabe de la vida, que doña Matilde no ha tenido mejor ocurrencia que irse a Madrid con su hijo, a casa de doña Paula, tía de Marcelino, para buscarle a este una chica agradable, moderna y casadera.

En cuando la obra comienza sabemos lo antedicho y que el muchacho no ha perdido el tiempo: al entrar en un bar se ha topado con Maribel –una prostituta en busca de clientes- la cual le ha sonreído y han entablado conversación; él, creyendo haber conocido a la mujer de su vida; ella, creyendo haber conseguido un nuevo cliente. De ahí la sorpresa de Maribel cuando, por fin, acompaña a Marcelino al piso y el muchacho le presenta a las dos viejas cacatúas que, todo sea dicho, son un dechado de amabilidad y se mueren por agradar a Maribel, de quien todo elogian porque todo en ella les parece moderno, aunque para el espectador es obvio que las costumbres y apariencia de Maribel más se deben al oficio más antiguo del mundo que a las ocupaciones más modernas.

Al verse en esa extraña tesitura, Maribel cree que le están tomando el pelo, y alterna el enfado y el pasmo; pero enseguida comprende que aquella familia es, simplemente, una familia extraña pero de buen corazón. O eso quiere creer, porque además –en el segundo acto ya ha pasado tiempo suficiente como para que los conozca a la perfección- el inesperado amor de Marcelino es la única salida que tiene a su condición de prostituta, de la que no está precisamente orgullosa. Lo malo, llegado este segundo acto, es que no es fácil para Maribel confiar en que haya gente tan buena como Marcelino y su familia, y a desconfiar la ayudan dos cosas: una misteriosa muerte en un lago cercano a la fábrica de chocolatinas, y las amigas y compañeras de profesión de Maribel: Niní, Rufi y Pili. Sobre todo esta última ve fantasmas en todas partes, y está convencida de que Marcelino solo desea una cosa: matar a Maribel en cuanto pueda. 

Para colmo, otro problema enturbia el futuro de la protagonista: no le ha dicho a Marcelino cuál es su verdadera profesión, y eso le atormenta, porque ni quiere engañarlo ni cree que él pueda conocer la verdad sin mandarla a paseo.

El tercer acto acontece ya en el pueblecito donde está la vivienda de Marcelino y la fábrica. Allí se han desplazado los novios para conocer aquello y las amigas de Maribel para protegerla. Y allí se van a resolver todos los misterios: si la “extraña familia” llega a saber la profesión de “la novia” y la echan con cajas destempladas, qué ocurrió en el lago y cuál es la verdadera pretensión de Marcelino.

El desenlace es lo bastante conocido para no detenerse en él, pero sí merece la pena hacer una referencia a la idea que subyace en toda la obra: que las cosas no son como son, sino como las vemos; que no hay otra realidad que lo que percibimos, aunque percibamos cosas erróneas.

Miguel Mihura. 1905-1977
Maribel y la extraña familia es siempre reconocida como una obra de humor, pero es un humor bastante amargo. Sonreímos ante la ingenuidad y los esfuerzos de unas cuantas buenas personas por parecer distintos a lo que son, comportamiento debido a su temor a no ser admitidos por los demás. Maribel es una buenaza (aunque al principio no lo parezca), que desea confiar en la bondad ajena para librarse de las penurias y poder llevar una vida normal, una mujer lo bastante buena como para enamorarse de la bondad, pero pese a eso –o precisamente por eso- vive sintiéndose culpable de no haber podido llevar mejor vida. Doña Paula y doña Matilde, venerables ancianitas, han abrazado una modernidad en la que no creen (¡hasta escuchan discos de jazz!), todo sea por resultar agradables a las maribeles que puedan hacer feliz a Marcelino. Solo este es distinto, porque si el resto de personajes está dispuesto a renunciar a lo que son para agradar al resto, Marcelino se sacrifica de otra manera: renunciando a conocer la verdad para que nadie deba sentirse a disgusto con lo que es o ha sido. Porque, vuelvo a lo de antes, Maribel y la extraña familia juega constantemente con la diferencia entre la realidad y las apariencias, y la idea de si la realidad es o no más importante que lo que percibimos.

Por lo demás, el hilo conductor se ve adornado por muchos detalles humorísticos debido a los contrastes (la decrepitud de doña Matilde y doña Paula frente a su impostada modernidad), los exagerados miedos de Pili, las confusiones constantes y el enredo derivado de que casi todo el mundo parece tener algo que ocultar.



miércoles, 23 de abril de 2014

Anécdotas del Quijote, 1



          El 4 de agosto de 1604 Lope de Vega, que, por decirlo de algún modo, ninguna simpatía sentía por Cervantes,  escribió en una carta: 

          "De poetas no digo, buen siglo es éste; muchos en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote"

          De la fecha de esta carta se deduce que ya en esa fecha Cervantes había terminado la primera parte del Quijote y, también, que como era frecuente había pedido a diversos personajes poesías laudatorias para incluir al comienzo del libro, lo cual era costumbre en la época.

          Al final, dado lo difundido de la carta de Lope de Vega y -seguramente- las muchas negativas que recibió, Cervantes optó por satirizar esa costumbre escribiendo él mismo las poesías, atribuyéndolas, en tono humorístico, a diversos personajes de los libros de caballerías. 

          
          No fue la única vez que Cervantes ajustó cuentas con alguien en el Quijote, pero siempre con humor.


lunes, 21 de abril de 2014

La tesis de Nancy - Ramón J. Sender



          La tesis de Nancy (1962) no se cuenta entre lo mejor de Ramón J. Sender, pero sí es una novela humorística que, al parecer, se vendió lo bastante bien como para que el autor escribiera varias más con la misma protagonista, aunque tardara en hacerlo: Nancy, doctora en gitanería (1974), Nancy y el Bato loco (1974), Gloria y vejamen de Nancy (1977) y Epílogo a Nancy: bajo el signo de Taurus, (1979).

          Nancy es una joven y atractiva estadounidense de Pennsylvania que llega a España –en concreto a Alcalá de Guadaira-, con la intención de recabar datos para una tesis en materia filológica. A su alrededor pupulan una escocesa mucho más recatada e intransigente, Mrs. Dawson y una antigua profesora, Mrs. Adams. Qué le ocurre a Nancy lo sabemos por su propia boca, pues La tesis de Nancy es una novela epistolar, en la que leemos las cartas de Nancy a su amiga Betsy.

          ¿Y qué le ocurre a Nancy? En realidad, no mucho, pues todo gira en torno a tres cuestiones: el contraste entre los valores tradicionales de los “indígenas” y la libertad de costumbres de la protagonista (que sin ser escandalosa sí choca con la España de la época), los malos entendidos surgidos al hilo de estos contrastes, y los numerosísimos equívocos en que incurre la protagonista con los giros del español, hasta hacer que el verdadero protagonista de la novela sea el lenguaje. En este sentido, es un humor mucho más elaborado que el de la mayoría de las novelas de este género.

          Para acentuar los contrastes, Sender hace que Nancy se eche un novio andaluz y gitano, porque según Nancy son los gitanos quienes guardan las esencias del lenguaje y las tradiciones que desea investigar in situ. Curro se llama el caballero, un hombre noble a su manera, apegado a las tradiciones, bromista sin perder la seriedad , irónico y terriblemente celoso, aunque bien es verdad que acaba cediendo más de lo que él mismo estaría dispuesto a admitir. Para acabar de complicar la cosa otro hombre, Quin, un personaje que no se acaba de saber si es medio poeta, medio gitano o medio torero o todo a la vez, bebe los vientos por Nancy y ella se deja querer.

          La novela se hace larga en algunos momentos, porque la acción es lenta y la reiteración de equívocos (unos por tomarse al pie de la letra expresiones hechas, otros por el misterioso significado para ella de algunas palabras y otros por el modo en que se juega con la fonética, como cuando Nancy cree que los bártulos son un antiguo pueblo) puede acabar cansando. Pero también es cierto que hay momentos brillantes desde el punto de vista humorístico. Uno de los mejores, la única carta de Betsy, por la forma en que destroza el español al escribirlo mezclando la gramática española y la inglesa.

          Por lo demás, la novela destila desde la primera página un aire de provisionalidad. Primero, porque Nancy está de paso, solo ha venido a hacer una investigación; segundo, porque su relación con Curro es para ella más un pasatiempo que una pasión; tercero, porque Curro también se toma la relación a la ligera (no pretende casarse porque Nancy “ha perdido la flor”, lo cual, por cierto, hace que ella se vaya colocando claveles por todas partes) y su máxima preocupación es el qué dirán si Nancy se atreve, como tantas veces llega Curro a temer, a serle infiel. Ni que decir tiene que esa provisionalidad contribuye a aligerar el tono, a hacer todo más liviano, porque una misma situación se vive de forma muy diferente en función de cómo de en serio se toma uno las cosas.

Ramón J. Sender
1901-1982
          Ocurre, además, que el personaje mejor definido es Curro. Nancy, en cambio, ofrece perfiles muy difusos. Su creencia de que acudiendo a las fuentes va a hacer un trabajo mucho mejor que si consultara un solo libro la hace parecer una chapucera a la vista de su trabajo de campo; pero por otra parte es organizada y trabajadora; su permanente ingenuidad también hace que a menudo parezca demasiado tonta, pero esta opinión es desmentida porque a veces llega a advertir sus equivocaciones; es buena, bien intencionada y educada, pero no desprendida ni generosa. Curro, en cambio, es más nítido, posiblemente por ser también más tópico: satisfecho de sí mismo por haber camelado a una belleza foránea, cultiva su imagen de “macho” (como cuando se enfada, por el qué dirán, al pedir Nancy habitaciones separadas en un hotel), se come el mundo de boquilla, y trata a Nancy casi como a una bella mascota, aunque en realidad le reconcome todo lo que ella hace no vaya a ser que con sus incomprensibles costumbres lo deje en mal lugar. El resto de personajes son secundarios de apoyo, la mayoría de los cuales pasan inadvertidos. Solo  en las escenas finales, con la vieja duquesa bailando sevillanas como un monigote y con su hijo conduciéndose de una forma estrafalaria, los secundarios cambian en algo la novela, llevándola, durante unas páginas, a una dimensión más grotesca.

          Humor inteligente, tanto por las situaciones como sobre todo por el modo en que el lenguaje se transforma en fuente de humor, con mucho ingenio pero también con el frecuente recurso a la escenificación de chistes; acción muy lenta que más es una excusa que un objetivo, y un final un tanto abrupto que ratifica la impresión de que La tesis de Nancy más es una exhibición de situaciones chocantes y bromas a costa del lenguaje que una historia en sentido estricto. Pero, sea como sea, una novela con un nivel en el uso del lenguaje como divertimento que solo se puede permitir un escritor de los grandes.





jueves, 17 de abril de 2014

Se busca rey en buen estado - Álvaro de Laiglesia



          Publicada en 1968 con prólogo de Antonio Mingote, Se busca rey en buen estado es un conjunto de relatos -el primero de los cuales da título a la obra- con algo en común: sus finales son tan inesperados como vacíos, posiblemente porque el meollo de la cuestión es el cómo, el hacer reír o al menos sonreír, a medida que se va leyendo, y estas páginas de Álvaro de Laiglesia están a un nivel elevado en ese aspecto, pese a que innova poco y se limita a desarrollar su estilo entre lo grotesco, el absurdo y asalto a la solemnidad. Un libro divertido, pero de trámite y que se nota poco trabajado, como quien aprovecha lo que tiene a mano para publicar algo.

          El primero de los relatos, Se busca rey en buen estado, tiene por protagonista a un ministro y al embajador de la República del Guirigay, que se dirigen en búsqueda de un rey en el exilio, el de Capronia, con el fin de ofrecerle el trono del Guirigay, país tan rico y donde todo funciona tan bien, también donde hay tanta abundancia, que da igual cómo se gobierne. Por eso, el único aliciente que encuentran ya sus ciudadanos es el de instaurar una monarquía que organice fiestas y conceda títulos nobiliarios. Boris, el elegido, es heredero en el exilio del trono de Capronia, país pobrísimo que vive de unas singulares cabras, y aunque el estado físico y mental del monarca en el exilio es bueno, el de sus finanzas deja mucho que desear. El relato se dedica a ponderar argumentos y ventajas e inconvenientes de la propuesta alternando hipérbole y absurdo.

          En el segundo relato La dolce muerte, la muerte –que es una chica que ni fu ni fa- atiende en un mostrador, auxiliada por dos oficinistas, a quienes van llegando al más allá, verificando su inscripción en el registro de finados así como las causas del óbito. Al margen de las situaciones concretas, todas graciosas, una de las principales fuentes de humor es trivializar lo solemne, y pocas cosas lo son tanto como la muerte.

          En el tercero, Un turista excepcional, una familia de palurdos que quieren casar a la niña con el jornalero a su servicio –contra la voluntad de la niña, que ha adquirido cultura mirando y leyendo revistas del corazón-, se encuentran con que en medio de una mayúscula nevada aparece en su casa un turista perdido y medio congelado, cuyo coche se ha quedado atrapado. El turista se queda allí hasta que escampa, lo cual cuesta bastante. Claro que el hombre es en realidad un marciano que no deja de sorprenderse con lo atrasadísimo de nuestra civilización. Atraso al que, no obstante, acaba encontrando su encanto.

          El cuarto relato se titula Peces en la carretera, porque dos ligones madrileños se lanzan a la carretera a la pesca de la autoestopista nórdica, rubia y atractiva. Deudor de esa época donde el españolito inmerso en la censura y la moral tradicional se asombraba ante los bikinis de las primeras turistas, es posiblemente el relato más flojo del libro.

          La procesión va por dentro es el título del relato en el que un vasco se ha trasladado con toda su familia a Andalucía. Allí, la esposa teme que su marido se haya dado a la mala vida, cuando en realidad el hombre, que carece por completo de cualquier sentido musical, está acudiendo a clases para cantar una saeta en la procesión de Semana Santa, en cumplimiento de la promesa hecha si obtenía el traslado. Un relato entretenido, a cuenta de la idiosincrasia estereotipada de cada región.

          Logroño mon amour es el penúltimo relato y, de algún modo, recuerda a algunas comedias inocentonas de la época. En la costa, un hombre de mediana edad ha ligado con una francesa de buen ver. Ella es artista. Él es un fotógrafo de Logroño con mujer y tres hijos, pero a la francesa le ha contado la trola de que está soltero y es también artista. En concreto, pintor. Claro que llegado el momento de “unir sus vidas” el protagonista debe decidir si mandar al diablo a la familia o a la francesa, y opta, pronto lo sabemos, por volver a los orígenes librándose de su nuevo amor mediante una despedida a la francesa. Claro que la francesa es francesa, pero poco más hay de verdad en lo que dijo. Ya en el título se ve el complejo de provinciano al que tanto partido sacó el humor de la época, con obras como Ninette y un señor de Murcia, de Miguel Mihura, a quien Álvaro de Laiglesia consideraba su maestro.

          El último relato lleva por título Un trono para mi hijo. En él una viejecita norteamericana vive convencida de que su hijo Frank, que no para de regalarme chismes electrónicos, llegará algún día a ser rey de algún sitio. Y sí, llega a ocupar un trono. Pero quien quiera saber cuál, mejor que lea la historia. De alguna manera, con esta peculiar búsqueda más de trono que de rey, se cierra el libro Se busca rey en buen estado.

          Concluye el libro con una entrevista al autor mucho más interesante que algunos de los relatos, por lo directo que se contesta a las preguntas y por las opciones poco correctas políticamente pero rápidamente argumentadas de Álvaro de Laiglesia.