En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 26 de agosto de 2013

Trampas – Ed McBain



                 Ed McBain es uno de los seudónimos de Evan Hunter y, Trampas y el resto de novelas de la Comisaría 87, el filón del que se nutrieron los guionistas de Canción triste de Hill Street, aunque nunca lo reconocieran.
                De hecho, Trampas es una novela muy cinematográfica, o más bien televisiva, sin otro protagonista que el conjunto de historias que se entrecruzan en el tiempo, de forma que cada vez que se cuenta algo de alguna es para abrir una incógnita o aventurar una solución, dejando al lector constantemente con la miel en los labios, hasta que las cosas terminan resolviéndose y cayendo por su propio peso.
No son, con alguna excepción, crímenes complicados, y se acaban resolviendo de forma rápida, a menudo auxiliados por la casualidad. Tampoco los policías son investigadores brillantes, sino personas que se limitan a seguir el “manual de procedimiento”. McBain pasa, dice el prólogo y la solapa del libro, por uno de los mejores escritores sobre el mundo real de la policía.
Los hechos ocurren la víspera de todos los santos. Un cadáver que va a pareciendo a trozos, y que parece ser el de un mago de tres al cuarto, cuya desaparición ha denunciado su esposa tras una actuación; unos niños, que van asaltando licorerías y matando a los tenderos; o una policía guapa, traumatizada por una agresión, que se ve obligada a actuar de cebo de un asesino en serie, con gran riesgo, haciéndose pasar por prostituta. Y todo ello como parte de la vida en la ciudad (indeterinada), donde nadie es amigo de nadie y cada uno defiende lo suyo.
Una historia que transcurre de forma tranquila, pero sin pausa, donde los acontecimientos se suceden en un orden lógico y sin llegar a precipitarse: cada cosa llega cuando tiene que llegar. El resultado, mayor dosis de realidad, aunque quizá eso no acabe de convencer a los devoradores de las “fórmulas best seller”.


Evan Hunter (Ed McBain)
1926-2005



jueves, 22 de agosto de 2013

Reflexiones sobre literatura y humor, 18



"-¡Oh, amigo John, qué mundo tan extraño el nuestro! Un mundo bien triste, lleno de preocupaciones, de miserias, de desdichas. Y, sin embargo, cuando llega la Risa, todo baila en el aire. Los corazones atormentados, los huesos de los cementerios, y las lágrimas que queman las mejillas, todo danza al son de la música que emite la risa por la boca en la que nunca se dibuja la menor sonrisa. Créeme, amigo mío, hemos de estarle agradecidos a la Risa. Ya que nosotros, hombre y mujeres, podemos compararnos a unos cordones de los que tira alguien de uno y otro cabo; luego, se vierte el llanto y, como el efecto de la lluvia sobre los cordajes, estos se endurecen, hasta que la tensión se torna insoportable, y entonces nos abatimos. En ese momento, llega la Risa como un rayo de sol y distiende la cuerda; de este modo, podemos proseguir nuestra labor, sea cual sea".

Bram Stoker. Drácula.



lunes, 19 de agosto de 2013

Tres vidas de santos – Eduardo Mendoza



               Los tres relatos que forman este libro tienen poco en común, si no es la maestría de su autor, la cual, por otra parte, solo puede apreciarse valorando su obra en conjunto, dada su variedad de registros.
                Y es esa variedad la que obliga a avisar de que los tres “santos” de esta obra son santos “serios”, aunque todos tienen un punto de extravagancia.
En primer relato se centra en 1952, en Barcelona. Con ocasión del “Congreso Eucarístico” una “familia bien” acoge en su hogar, con toda la pompa, a un obispo latinoamericano. Ni que decir tiene que la cosa sirve a la familia para darse fuste. Pero mientras dura el congreso hay un golpe de estado en el país del obispo. España se apresura a reconocer al nuevo gobierno y el prelado, sobre el que  de pronto recaen sospechas de izquierdoso, pasa a ser persona non grata en su propio país, en España e incluso ante la jerarquía eclesiástica. En consecuencia, para la familia de acogida se convierte en un problema, del cual se desembarazan para evitar que el tiro les salga por la culata. El resto del relato es la suerte del caballero y del narrador, sobrino pobre de la tía rica que alojó al obispo. Se trata de un relato que da mucho que pensar: que la importancia no la tiene “el importante”, sino que se la otorgan los demás, que el interés a menudo lleva a la crueldad, que el miedo paraliza demasiadas veces, que el egoísmo asume a menudo la forma de la generosidad, que la vida sigue adelante pase lo que pase y que al final cada palo debe aguantar su vela, aunque unos la aguantan mejor que otros.
En el segundo relato un hijo de padre desconocido y madre científica que no le ha dedicado apenas tiempo, se ha entregado a rascarse las narices durante toda su vida; pero en un momento dado sufre una crisis que lo pone al borde de la muerte y tras superarla decide irse a un lugar remoto, en África, donde recibe simultáneamente al noticia de la muerte de su madre y la de que le han dado (a ella) un importante premio científico. Y el hombre hace un viaje relámpago a Europa, a recoger el premio en nombre de su madre, arrastrando su propio historial de soledad, incomunicación y la certeza de una pronta muerte. Un relato para pensar qué hacemos en el mundo.
En la tercera y última historia, una filóloga comienza a dar clase de literatura en una prisión; a los presos les importa un pimiento, solo acuden para obtener antes beneficios penitenciarios. Pero uno de ellos se convierte en lector, aunque escribe fatal y muestra bastante desapego a todo el mundo. No hay química entre el preso y la profesora, pero ella, profesional, hace lo posible porque él lea, sin encontrar nunca a cambio ni una pizca de agradecimiento. Pasan los años. Ella ha llegado a ser profesora universitaria. Él, contra todo pronóstico, es un autor de best sellers de prestigio venerado por la industria editorial, por el público, etc. Ella está al cabo del secreto de que era un petardo como escritor, y él es consciente de que todo se lo debe a ella y a la casualidad. Él podría develar parte del misterio del que se ha rodeado, ella podría participar en el indudable éxito del escritor. ¿Qué ocurre al final? Que cada uno es lo que es, aunque nunca llega a saberlo con exactitud porque es tantas cosas como los demás creen que es. Quien para muchos es un escritor admirable, para otros es un preso con suerte, y para otros, un simple choricete. Para reflexionar sobre el agradecimiento, sobre qué somos, y para no confundir las circunstancias con la esencia.


jueves, 15 de agosto de 2013

Las manos más hermosas de Delhi - Mikael Bergstrand



                La literatura sueca ha evolucionado de moda a plaga. Aunque lo de evolucionar es un decir. La causa, que la mayoría de los best sellers no llegan a serlo por motivos literarios sino comerciales. Si mañana un par esquimales colocaran sus novelas entre las más vendidas durante unos cuantos meses, los próximos años las grandes editoriales se lanzarían a la busca y captura del esquimal, y en sus periódicos, coincidiendo con cada publicación, les harían reportajes durmiendo en un iglú.

                 De la “fórmula best seller” forma parte, con frecuencia, un protagonista con quien se pueda identificar el lector medio (es decir, alguien capaz de pagar alrededor de veinte euros por un libro). Por eso los protagonistas son personas de clase media y maduritos (aunque la edad irá avanzando; y si no, al tiempo). Además, también es frecuente que el protagonista sufra “grandes problemas”. ¿Y qué problemas puede tener la clase media acomodada y madurita? Laborales y/o afectivos (los problemas de salud no venden, no son agradables, los leves no dan para una novela y los graves no soportan la superficialidad del best seller). Laborales o afectivos porque los follones aledaños abren nuevas posibilidades y, con ellas, la perspectiva de comer perdices, que es lo que busca el lector de este tipo de best sellers: pensar que la aventura con final feliz todavía es posible.

                Y en esas estamos en Las manos más hermosas de Delhi. Un caballero sueco, ya cincuentón, está traumatizado con su separación (y para demostrarlo, elaboradísimo recurso, constantemente cuenta los años, meses y días transcurridos desde entonces). Para colmo, lo echan del trabajo (por vago, por haberse acomodado y por no hacer más que pensar en fútbol). ¿Y qué va a hacer él, pobrecico, cuando se creía todavía joven y descubre de golpe que los más jóvenes lo tienen por una reliquia?

              Hacer, hacer, no hace nada. Pero un amigo un tanto alocado, guía en una agencia  de viajes salchichera, se lo lleva de viaje a India para que piense en otra cosa. Y pensar no piensa mucho, al menos a lo largo de las cien primera páginas, desértica extensión precisa para contarlos lo que a nadie puede sorprender: que unos compañeros de viaje son gordos, otros graciosetes, otros intrascendentes, y que hay que ver cómo sorprende el contraste de colores, olores, caos, pobreza y mentalidad. Y que nadie tema: la típica diarrea de los turistas también está presente.

            Llegados a ese punto, el protagonista se instala en Delhi en casa de un indio de buena posición social, demasiado bienintencionado para ser creíble, bastante caricaturesco y que, por fortuna, aporta cierto toque de humor sobre la base de una filosofía vendida como “buscar al dios interior” que también podría traducirse por “no hay mal que por bien no venga”, aunque esto solo es cierto, en según qué circunstancias, cuando se echa un poco de cara dura a la vida. Este modo de ser le lleva a maquillar las mentiras de forma que no lo parezcan. Y tiene otra gracia el caballero: es muy dado a decir que tal o cual cosa es la mejor tal o cual cosa india del mundo.

           Después de ciento cincuenta páginas, pese al elevado número de dioses indios, quien interviene es Cupido. El protagonista ha conocido a una señora que le ha hecho la manicura en un hotel de lujo, una señora casada y pudiente, y no se la puede quitar de la cabeza. Bueno, algo más que pudiente, porque su marido ha perdido la cuenta de las grandes empresas que posee. A partir de aquí, lo clásico: ¿se la llevará al huerto? Y si lo hace, ¿qué ocurrirá si los descubren?

             El sueco, además, encuentra dentro de sí a un hombre nuevo. O mejor sería afirmar que pese a lo que temía, se da cuenta de que no es tan carcamal, de que a los cuarenta y a los cincuenta "todavía hay esperanza". Es decir, el amor hace de él un tipo que va al gimnasio y está dispuesto a trabajar dando lo mejor de sí mismo. Tan dispuesto que hasta encuentra trabajo como corresponsal independiente en un santiamén. ¿A alguien se le ocurre algún reportaje que pueda hacer un occidental en India? No voy a decir más. Si dijera el tema, la historia es tan previsible que destriparía lo poco que tiene para destripar.

              En resumen poca chicha y nada tan interesante –ni siquiera el exotismo indio que parece un reclamo- como para que merezca la pena leer casi cuatrocientas páginas.

               ¿Y entonces por qué las he leído? Porque me lo recomendaron, y no un enemigo. Así que algo tendrá este libro que yo no he sabido ver. En consecuencia, mejor me hubiera ido haciéndome el sueco.



lunes, 12 de agosto de 2013

Los muertos del Carso – Veit Heinichen



Leí el primer libro del comisario Proteo Laurenti (A cada uno su propia muerte) y luego, por razones que no vienen al caso, el tercero (Muerte en lista de espera). Ahora, con Los muertos del Carso, he leído la segunda, y así he comprendido mejor algunos de los cambios en la vida personal del personaje. En concreto, su lío con la fiscal croata. Lo que no entiendo es lo de meter una referencia a la muerte en todos los títulos: genera cierta confusión.
El título alude a las simas donde a lo largo de varios años al final de la Segunda Guerra Mundial, fueron lanzados al olvido los cadáveres de las víctimas de la represión, teniendo en cuenta que estamos hablando de una zona italiana, Trieste, en el límite con Croacia y Eslovenia, donde ha habido represiones de todo tipo. Como bien dice la fiscal, sus abuelos, sin moverse de su casa, llegaron a tener tres o cuatro nacionalidades diferentes a lo largo de su vida.
En la historia, al igual que las otras, Heinichen informa al lector de sucesos que el protagonista ignora. ¿Omnipresencia del autor? Pues eso. Pero no resta interés. Así sabemos que dos pescadores setentones, enfrentados desde 1943 por la muerte de la hermana de uno de ellos, se ven regularmente en aguas internacionales para hacer intercambio de mercancías sospechosas, y que la hija del agraviado, una mujer joven y hombruna, también está metida en el ajo. Sabemos también lo que pasa en el barco, sabemos cómo vive el pescador de Trieste y su esposa, y sabemos también que un hijo del otro pescador ha sido asesinado junto a toda su familia mediante una bomba. Luego, enseguida nos enteramos de que el pescador triestino aparece muerto y torturado en una de las simas del Carso. Y, para colmo de saber, sabemos también que la esposa de Proteo Laurenti se ha largado de casa porque tiene dudas sobre su futuro matrimonial, y ciertas tentaciones respecto a un agente de seguros.
                Lo único que no sabemos es quién ha matado a quién y por qué. Proteo tampoco. Cómo acaba su matrimonio solo lo sabrá de antemano quien, como yo, haya leído la tercera entrega antes que la segunda.
                Heinichen monta la novela con todos estos datos, escarbando en el presente y en el pasado y trayendo a colación, cada dos por tres, interesantes comentarios sobre la historia de una zona siempre en disputa, hasta el punto de transformar a los habitantes de esa región en más herederos de los odios y rencillas de sus antepasados que de la tierra que pisan. Los amores se mezclan con los odios, y estos con la historia, y todo ello con el delito. Además se comprende por qué el mundo evoluciona como evoluciona: porque quienes sufren el trauma de una guerra o una persecución, nunca llegan a superarlo; vivan los años que vivan, siempre persiste algo; en unos el miedo, en otros el horror, en algunos el odio, en otros el resentimiento... El resultado, un argumento que motiva al lector a seguir leyendo.
Al igual que ocurre con otros personajes recientes de novela negra, en el caso de Proteo Laurenti siempre hay dos tramas paralelas: la intriga propiamente dicha y sus circunstancias familiares relatados con una especie de tono costumbrista. En este caso a los problemas matrimoniales del comisario cabe unir la portentosa facultad del hijo para meterse en problemas.
                El humor se cuela en la novela de la mano del genio gruñón del protagonista y, sobre todo, de algunas de sus andanzas, bastante malolientes, por cierto. En Muerte en lista de espera, en cambio, ese toque se dio con extravagancias tales como tener al perro en el despacho. En Los muertos del Carso hay algún otro recurso humorístico no muy original pero efectivo, como la constante presencia de un pobre hombre que se ve envuelto, muy a su pesar, en todos los follones, amén del humor negro negrísimo del anciano forense. Más dudas me caben sobre la intención del autor al hacer de Laurenti, un tipo despistado y bastante vulgar, alguien a quien todas las mujeres adoran (en especial las de buen ver): desde su secretaria a la redactora jefe del Piccolo; si lo que se pretende es hacer algo de humor, no se consigue sino es a costa de menguar el realismo; y si lo que se persigue es dar cierto tono picante a la vida del comisario, tampoco.
              Y termino con esa idea: siendo novelas con las que uno se lo pasa bien, queda siempre una sensación de que algo no encaja. ¿Qué? Que el autor no apuesta ni por el realismo ni por la falta de él en cuanto a las personalidades se refiere, sino que cada personaje es así o asá según el momento, o según el humor que ese día tenía Heinichen.


jueves, 8 de agosto de 2013

Reflexiones sobre literatura y humor, 17


"Pregunta: Dice que le encanta reírse, pero en Intemperie no hay ni una gota de sentido del humor.


Respuesta: Me gustaría, pero el humor es difícil. Admiro tanto a Eduardo Mendoza, a Tom Sharpe, a Shakespeare, a Oscar Wilde… Mendoza dice que siempre ha sido un género denostado, y yo añado que además es un género complicadísimo. A lo mejor, porque hay pocos escritores capaces de asumirlo con solvencia, directamente se desprecia. Si en mis próximas novelas voy incorporando el humor, significará que voy ganando aptitudes como escritor. Quizá mi última obra sea desternillante, la que haga antes de jubilarme."


Jesús Carrasco. Entrevista en El País.

lunes, 5 de agosto de 2013

El perro de terracota – Andrea Camilleri



El perro de terracota (Serie Montalbano, 2)

          Segunda entrega de la serie Montalbano. La leí hace unos años, hice una reseña bastante chuchurrida que no he puesto nunca en el blog precisamente por eso. Pongo esta ahora tras haber leído de nuevo la novela.
            Y aunque es cierto que en cada lectura se descubren cosas nuevas en un libro, pocos motivos tengo para afirmar eso en esta ocasión, lo cual seguramente significa que el libro es bastante claro, a pesar de que la trama da la sensación de ser confusa al relacionarse dos asuntos muy alejados en el tiempo.
          La cosa comienza con el robo en un supermercado. Los ladrones birlan nada menos que un camión. Ahí es nada. Una cosa discretita. Pero el vehículo, con toda su mercancía, aparece poco después abandonado en una gasolinera. Llegados a este punto Camilleri utiliza un recurso facilón, aunque en ese momento no lo parece (de ahí su maestría, pues los recursos fáciles los autores suelen utilizarlos para escapar de embrollos que son incapaces de resolver, mientras que aquí Camilleri pone en bandeja de plata el esclarecimiento de los hechos creando, de paso, cierta confusión en torno a la verdadera trama, sin duda para darle interés). ¿Y cuál es el recurso? El cante de un mafioso. Esto lleva a Montalbano a localizar una cueva oculta donde se almacenan armas. Pero la cueva oculta otra cosa, otra cueva, donde aparece una pareja desnuda, muerta, abrazada. Llevan allí medio siglo, y los flanquea un perro de terracota, una vasija con unas monedas y otra vasija vacía. El primero parece “el caso”, y el asunto de la pareja “el entretenimiento” del comisario. Pero lo cierto es que al lector le importa poco si el criminal ya está muerto o el delito ha prescrito, porque al lector, como a Montalbano, lo mueve la curiosidad. A satisfacerla dedica Camilleri sus esfuerzos. Y lo consigue muy bien, porque va esclareciendo cosas poco a poco sin que eso mengue el interés, porque siempre queda algo por saber. A este respecto hay que reconocer que la mafia viene también de perlas para que uno se despreocupe de ciertas cosas, porque como se da por hecho que al final siempre hay “poderes ocultos”, no hay crimen mafioso en el que no se tenga la sensación de haber cerrado la investigación en falso, lo cual, literariamente, es muy cómodo.
                La historia es atractiva, pero poco creíble debido a los peculiares métodos el comisario. No es el típico policía que actúa con métodos ilegales, sino que alterna la informalidad con las medidas estrafalarias que, sin embargo, tienen siempre un resultado acertadísimo. Lo que de pirueta tienen da un tono de humor innegable y característico, porque los trucos se basan, siempre, en explotar las debilidades humanas. La historia acerca del perro de terracota tiene además un componente romántico también poco creíble, pero que la humaniza; de hecho, los libros de Camilleri están plagados de los emotivos detalles que surgen de la mente de los más variados personajes, detalles, en su mayoría, con fuerte carga simbólica.
                En El perro de terracota ya vemos, cosa que no ocurría con claridad en La forma del agua, al Montalbano que protagoniza las restantes novelas de la serie. Ha perdido lo que de bravucón tenía al comienzo de la primera novela, se ha serenado, se consolidan las relaciones que más tarde han de dar juego, y se aplacan personajes cuyo recorrido era escaso si se mantenían como en La forma del agua. Hablo de Anna y de Ingrid, la cual, por cierto, aparece muy desdibujada en esta novela. Sea como sea, esa relación hace aconsejable que no transcurra mucho tiempo entre la lectura de La forma del agua y El perro de terracota. Más inexplicable, en cambio, es lo que le sucede a Gegé (lo cual sabrá quien lea la novela): no era necesario. Y, por último, aparece Catarella, un policía completamente inútil y tan corto de luces que a partir de esta novela se convierte en un excelente comodín para salpicar de humor las aventuras del comisario.

jueves, 1 de agosto de 2013

Teoría de todo – Paula Lapido



                 Siempre me resulta complicado comentar un libro de relatos, aunque solo sea porque siempre hay uno que me llama más la atención, y relega al resto.  También suele haber otro problema: a menudo cada relato es de su padre y de su madre. Sin embargo en este caso hay, por fortuna, unidad de estilo y cierto hilo conductor tanto en el tono como en la caterva de amables locos que protagonizan los relatos. Unos locos tan locos que no cuesta nada sumergirse en su mundo irreal como si fuera real, porque no hay nada más real que la locura. Así nos encontramos con el mundo que se forma en torno a un camión abandonado con toda naturalidad con una bomba nuclear, al superhéroe que manda al mundo a hacer puñetas porque su chica lo ha dejado y acaba convertido en un voyeur (sin duda, el relato más humorístico), al poblado al que roban todo menos su propio miedo, al niño atolondrado que no puede escuchar un sonido sin expresarlo en notas musicales (chifladura que contrasta con la dureza del final), al peculiar y sociable “Bartleby” que habita en los baños de una cafetería (tan patético como él y, por momentos, casi tan trágico), al niño-hombre-anuncio cuya vida se ha desarrollado al amparo de las “galletas Koleo” hasta el punto de no saberse quién parasita a quién, al matrimonio cuya estabilidad se basa en sueños pintorescos y en la inamovilidad de ciertas cosas y personas en realidad ajenos a ellos, a un singular hombre lobo, a una obsesión escocesa o la traca final con un estudiante amante de las setas venenosas que decide experimentar  a lo grande. 
                Ninguno de los relatos deja indiferente, están escritos con maestría, y todos derrochan imaginación e ingenio. Y tienen, también, cierta dosis de humor, que a veces es claramente intencionada y a veces surge en segundo plano, casi inadvertida, como consecuencia de la racional irracionalidad de los mundos que aparecen. La mejor prueba de lo que pienso del libro, es que me lo he leído casi de un tirón. En un solo día.