En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 5 de agosto de 2013

El perro de terracota – Andrea Camilleri



El perro de terracota (Serie Montalbano, 2)

          Segunda entrega de la serie Montalbano. La leí hace unos años, hice una reseña bastante chuchurrida que no he puesto nunca en el blog precisamente por eso. Pongo esta ahora tras haber leído de nuevo la novela.
            Y aunque es cierto que en cada lectura se descubren cosas nuevas en un libro, pocos motivos tengo para afirmar eso en esta ocasión, lo cual seguramente significa que el libro es bastante claro, a pesar de que la trama da la sensación de ser confusa al relacionarse dos asuntos muy alejados en el tiempo.
          La cosa comienza con el robo en un supermercado. Los ladrones birlan nada menos que un camión. Ahí es nada. Una cosa discretita. Pero el vehículo, con toda su mercancía, aparece poco después abandonado en una gasolinera. Llegados a este punto Camilleri utiliza un recurso facilón, aunque en ese momento no lo parece (de ahí su maestría, pues los recursos fáciles los autores suelen utilizarlos para escapar de embrollos que son incapaces de resolver, mientras que aquí Camilleri pone en bandeja de plata el esclarecimiento de los hechos creando, de paso, cierta confusión en torno a la verdadera trama, sin duda para darle interés). ¿Y cuál es el recurso? El cante de un mafioso. Esto lleva a Montalbano a localizar una cueva oculta donde se almacenan armas. Pero la cueva oculta otra cosa, otra cueva, donde aparece una pareja desnuda, muerta, abrazada. Llevan allí medio siglo, y los flanquea un perro de terracota, una vasija con unas monedas y otra vasija vacía. El primero parece “el caso”, y el asunto de la pareja “el entretenimiento” del comisario. Pero lo cierto es que al lector le importa poco si el criminal ya está muerto o el delito ha prescrito, porque al lector, como a Montalbano, lo mueve la curiosidad. A satisfacerla dedica Camilleri sus esfuerzos. Y lo consigue muy bien, porque va esclareciendo cosas poco a poco sin que eso mengue el interés, porque siempre queda algo por saber. A este respecto hay que reconocer que la mafia viene también de perlas para que uno se despreocupe de ciertas cosas, porque como se da por hecho que al final siempre hay “poderes ocultos”, no hay crimen mafioso en el que no se tenga la sensación de haber cerrado la investigación en falso, lo cual, literariamente, es muy cómodo.
                La historia es atractiva, pero poco creíble debido a los peculiares métodos el comisario. No es el típico policía que actúa con métodos ilegales, sino que alterna la informalidad con las medidas estrafalarias que, sin embargo, tienen siempre un resultado acertadísimo. Lo que de pirueta tienen da un tono de humor innegable y característico, porque los trucos se basan, siempre, en explotar las debilidades humanas. La historia acerca del perro de terracota tiene además un componente romántico también poco creíble, pero que la humaniza; de hecho, los libros de Camilleri están plagados de los emotivos detalles que surgen de la mente de los más variados personajes, detalles, en su mayoría, con fuerte carga simbólica.
                En El perro de terracota ya vemos, cosa que no ocurría con claridad en La forma del agua, al Montalbano que protagoniza las restantes novelas de la serie. Ha perdido lo que de bravucón tenía al comienzo de la primera novela, se ha serenado, se consolidan las relaciones que más tarde han de dar juego, y se aplacan personajes cuyo recorrido era escaso si se mantenían como en La forma del agua. Hablo de Anna y de Ingrid, la cual, por cierto, aparece muy desdibujada en esta novela. Sea como sea, esa relación hace aconsejable que no transcurra mucho tiempo entre la lectura de La forma del agua y El perro de terracota. Más inexplicable, en cambio, es lo que le sucede a Gegé (lo cual sabrá quien lea la novela): no era necesario. Y, por último, aparece Catarella, un policía completamente inútil y tan corto de luces que a partir de esta novela se convierte en un excelente comodín para salpicar de humor las aventuras del comisario.

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