En la buena literatura lo importante es el viaje, no el destino. Por eso conviene leer la sinopsis de «Un puñado de vida» aunque desvele algo que la novela solo confirma al final, porque esta obra no puede leerse a la búsqueda de un desenlace, sino con toda la información necesaria para disfrutar de cada página.
No sé qué es mejor, si lo que cuenta o el modo en que está escrita. Sobre lo segundo me ha llamado la atención lo bien estructurado de la historia, la claridad expositiva, la sobria eficacia de un lenguaje que no carece de ningún recurso pero que tampoco los exhibe… Se ve a cada página que Marlen Haushofer sabía lo que quería escribir y lo hacía con determinación, sin rodeos. Da gusto leer a gente así. Pueden hacer una obra de arte contando en tres líneas que alguien se comió un huevo duro.
Y el tema también es interesantísimo: Betty, una mujer ya madura, recuerda, al hilo de unas cuantas fotos, la Elizabeth que fue. Niña, adolescente, joven… Al hacerlo muestra a una persona con dificultades para encajar en el mundo. La desubicación está muy relacionada con la falta de libertad asociada al rol femenino en la época (Austria a mediados del siglo XX). ¿Qué hacer cuando se está encorsetado? Hay quien se adapta y hay quien se deforma.
«Un puñado de vida» cuenta las razones y proceso de esto último. La estructura que adopta facilita las cosas lector al tiempo que crea interrogantes que, no siendo el objeto de la novela, tiran de la lectura: cuando Betty aparece para comprar la que fue la casa en la que vivió con su difunto marido nadie la reconoce, ni su hijo ni la que fue una de sus mejores amigas y terminó siendo la segunda esposa del muerto. La razón es que hace veinte años que todos la dan por muerta. ¿Por qué ha vuelto? ¿Por qué se hizo pasar por muerta? ¿Cómo lo consiguió? ¿La reconocerán? ¿Se dará a conocer? Muchas preguntas surgen en torno al escueto planteamiento inicial, de modo que muchas son las dudas del lector y esto le ayuda a leer. Los recuerdos de Betty explican todo, pero no a través de hechos concretos y determinantes de la decisión de desaparecer, sino de algo bastante más complejo: la formación de una personalidad que necesita huir del mundo pese a que no tiene dónde escapar de él.
Esto lo consigue con brillantez contando diversas situaciones expuestas en orden cronológico que, a modo de peldaños, permiten que la niña que comienza a subirlos acabe, al final de la escalera, siendo la mujer dispuesta a tirarse desde lo alto. Cada peldaño subido explica la predisposición a subir el siguiente y la dificultad para volver atrás.
Una muy buena novela, breve, que a su fin obliga al lector a preguntarse cuánto de lo que encorsetó a Betty sucedió en su interior y cuánto en el entorno social. De todo hay, y a veces las cosas se retroalimentan.

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