Es frecuente que los historiadores recurran a la literatura para conocer la letra pequeña de la historia. Cervantes, en el Quijote, no dijo demasiado de Felipe III, a quien, si no recuerdo mal, ni mencionó explícitamente, pero, en cambio, detalló cómo era la vida en las aldeas castellanas y en las ventas de comienzos del siglo XVII, o los hábitos alimenticios o cómo se manifestaban las distancias sociales en el mundo rural.
Lo cuento porque en lo que va de año he leído y reseñado «Comerás Flores», «Oxígeno» y «La próxima vez que te vea, te mato», de Lucía Solla Sobral, Marta Jiménez Serrano y Paulina Flores, respectivamente. Tres mujeres nacidas en un intervalo de catorce meses, los que van desde el 30 de diciembre de 1988, en que nació la chilena Paulina Flores, al 22 de febrero de 1990, en que nació Marta Jiménez. Lucía Solla nació en 1989.
Las tres obras comparten autoría femenina, las tres autoras pertenecen a una misma generación; las tres obras son narradas en primera persona por protagonistas que parecen o son un alter ego de las autoras, y todas transcurren en el presente. Pero los argumentos son muy distintos. Tanto que se diría que no tienen nada que ver. «Comerás Flores» versa sobre el abuso emocional, «Oxígeno» cuenta el trauma que sigue a un grave suceso doméstico y «La próxima vez que te vea, te mato» aborda, por decirlo de algún modo, la «gestión del poliamor». La primera transcurre en Galicia, la segunda en Madrid y la tercera en Barcelona.
Sin embargo, y volviendo al primer párrafo, como las tres transcurren en el tiempo presente, en un mismo país y han sido escritas por tres mujeres de una misma generación es fácil identificar trasfondos comunes. El que más me ha llamado la atención por lo evidente ha sido el problema de la vivienda, determinante en las tres historias.
Las tríada de protagonistas son mujeres en la treintena, he apuntado. Añado que todas tienen formación universitaria y trabajos o becas que han buscado; las tres tienen una retribución habitual en sus sectores. Su situación económica es por tanto similar y, por eso, dada la situación del mercado inmobiliario, para las tres la vivienda supone un mismo problema. Las tres se han independizado… de la familia. Pero no han podido hacerlo sin caer en nuevas dependencias: la protagonista de «Comerás Flores» comparte piso con una amiga, la de «Oxígeno» llega a pagar el alquiler porque se ha ido a vivir en pareja, y el laberinto emocional de la protagonista de «La próxima vez que te vea, te mato» surge de la necesidad de compartir piso con desconocidos que, a partir de ese momento, dejan de serlo.
Las tres trabajan más o menos en aquello para lo que se han preparado y ninguna de ellas puede vivir sola, repito. Sin embargo, las consecuencias son muy distintas para cada una. La literatura nos muestra cuántas ramificaciones puede tener un mismo problema.
Si tu intimidad se reduce a una habitación y todo lo demás es compartido, ¿cómo no se va a deslumbrarse la protagonista de «Comerás Flores» ante el soberbio casoplón en que el vive el hombre maduro y manipulador que le echa los tejos? ¿Cómo no considerarlo un triunfador. ¿Cómo no van a sucederle cosas a la protagonista de «Oxígeno» si para poder tener unos poquitos metros cuadrados más y poder respirar baja inconscientemente el listón de la exigencia en todas las demás características del piso que alquila? ¿Cómo la protagonista de «La próxima vez que te vea, te mato» no va a acabar con la cabeza como una jaula de grillos si se ve forzada a convivir con desconocidos con los que inevitablemente va a trenzar buenos o malos lazos emocionales?
Tres historias distintas que hubieran sido mucho más parecidas, quizá por inexistentes, de no ser el acceso a la vivienda el mayúsculo problemón que es ahora y que la literatura ha comenzado a reflejar ya como parte del decorado social.
Que cada vez en más sitios el ciudadano medio con un salario medio no pueda acceder más que a una habitación con todo lo demás compartido es una aberración que nos retrotrae a tiempos tristes y conflictivos. Que tantas personas con empleos normales deban vivir con un pie en una habitación y el otro en la pobreza es ya una situación límite. ¿Y qué hay que hacer ante ella? ¿Qué hacer cuando el mercado ha primado tanto el derecho a la inversión sobre el derecho a vivir que ahora ya casi nadie puede vivir de modo independiente? Es decir, ¿qué hacer cuando un mercado no funciona? La respuesta, cuando se alcanza el límite, es sencilla: intervenir ese mercado. Limitar los precios o intervenir las cantidades de inmuebles en el lado de la oferta y/o en el de la demanda (tasar el número de viviendas que pueden acumularse, obligar a un uso, impedir otros...). Suena fuerte, pero aparte de que ya se hace en muchas partes del mundo todos vivimos en un entorno con mercados esenciales intervenidos: el energético, los mercados agrícolas, los mercados de medicamentos, las telecomunicaciones, los transportes aéreos, marítimos y ferroviarios… Hasta los libros tienen los precios tasados. Y gracias a esto vivimos mejor. Oponerse de entrada a toda intervención es una muestra de ignorancia o de interés particular.
Ojalá que Marina, Marta y Javiera, las protagonistas de las tres novelas, puedan contar cosas muy parecidas, y buenas, dentro de un tiempo. Significaría que quien quiere llevar una vida normal y ha puesto los medios puede hacerlo. Aunque, tal y como están los tiempos y viendo algunas «políticas» de vivienda… En fin. Lo dicho: mejor nos irá cuando los argumentos de la literatura tengan otros orígenes.

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