He leído «Gordo de feria» con tranquilidad y cierto agrado, pero al ir a escribir estas líneas dos o tres semanas después me he dado cuenta de que su lectura no ha dejado en mí el poso suficiente para hacer una reseña mejor y más detallada que lo que a continuación ofrezco. Sobre el libro o sobre mí, algo significará.
El gordo que da título a esta breve novela de unas 160 páginas es un humorista sin humor llamado, o apodado, Castor. Vive bastante bien para no dar ni golpe. O también por eso. O sus actividades están muy bien remuneradas, cosa que no parece, o es que una vez, eso afirma, le tocó en lotería un premio. Un premio, por cierto, demasiado alto para el sorteo que cita.
El buen hombre, que además de zángano es un irresponsable, conoce de chiripa a un camarero que se le parece mucho, mucho, mucho. El doble está un poco más flaco que el original, pero nada que no pueda remediar una dieta que persiga un perfecto metabolismo. Es decir, una dieta que tenga por meta ser una bola (pero que conste que el juego de palabras no es de la novela).
La idea de que el protagonista utilice un clon para librarse de los engorros de la vida diaria y dedicarse al dolce far niente no es especialmente original (no recuerdo títulos, pero recuerdo haber visto varias películas -malas- fundadas en la misma idea) y la ejecución de la historia, aunque correcta, eficaz y profesional, no es lo vibrante que anuncia la contraportada. Vamos, que «Gordo de feria» parece una novela sin otra pretensión que ir tirando dignamente en el oficio.
Para Castor, en la categoría de engorro de la vida diaria entra cuanto suponga dar un palo al agua. De ahí que conciba la idea de enviar a su doble lo mismo a saraos que a grabaciones o colaboraciones de diverso tipo. ¿Por qué no, si tiene y derrocha dinero y el otro anda con una mano delante y otra detrás? Aunque, claro, una cosa es que el camarero no tenga un céntimo y otra que carezca de pasado.
La duda, ante este planteamiento, es por dónde irá la autora, si por los equívocos que provoca la sustitución en el presente o por los efectos de ese pasado desconocido si la confusión viaja en el tiempo. También da algo de juego, sin pasarse, la adaptación al cambio del doble: ¿será un horror o le cogerá el gustillo hasta el punto de sentirse mejor siendo quien no es? ¿Y cómo llevará el original que haya un otro yo zascandileando por ahí? Preguntas evidentes ante el planteamiento de la historia. Averiguará las respuestas quien lea el libro, y así sabrá también qué diablos hace una pérfida china espiando a Castor a todas horas, amén de algunas otras cosillas.
El tono de la autora lo recuerdo neutro, descriptivo, como si hubiera renunciado a trasladar las emociones al lenguaje. La consecuencia es que los personajes tardan tanto en mostrarse tal y como son que, con lo corta que es la historia, apenas da tiempo a identificar y asimilar su perfil. Así que más le vale al lector asumir cierto protagonismo en las vivencias de los personajes para salpimentar a su propio gusto la parte emocional.

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