En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

miércoles, 13 de mayo de 2026

El loco de Dios en el fin del mundo - Javier Cercas

 


    Por casualidad o por influencia del título y el contenido, he leído las casi quinientas páginas de este libro sin dejar de viajar, en cuatro ciudades diferentes, para terminarlo prácticamente en el fin del mundo, o al menos en un sitio muy parecido al paisaje mongol descrito como tal en algunos pasajes, como puede verse en la foto. Vaya libro extraño e interesante. Lo primero porque mezcla la autobiografía, la biografía, la entrevista, la indagación más que el ensayo, cierta «intriga» a cuenta de la respuesta del Papa Francisco a una espectacular pregunta y extraño también porque el libro narra la historia del propio libro: es una obra que parece hacerse a sí misma ante los ojos del lector, aunque ese efecto es todo menos casual: conseguirlo exige una gran habilidad. Cercas la ha tenido, pero no ha bastado para ocultar el enorme trabajo de organización y pulido que ha tenido que realizar para sintetizar sus lecturas, entrevistas y experiencias. Por qué es interesante lo explico en el resto de la reseña.

        En algún momento de 2023 Javier Cercas, ateo confeso, recibió inesperadamente una propuesta de la editorial del Vaticano: escribir un libro en torno al Papa Francisco de temática, estructura y orientación completamente libre, con motivo del viaje del pontífice a Mongolia entre el 31 de agosto y el 4 de septiembre de 2023, al que el escritor fue invitado.

        No queda clara la pretensión de los promotores de la idea, si no fue dar al mundo una visión independiente, «no contaminada», de cómo Francisco entendía la Iglesia y la religión. Una forma, por tanto, de llegar ese público, entre el que me cuento, que no hace caso de las versiones de parte, traten de lo que traten.

        Tras contar cómo resolvió sus dudas sobre la propuesta, Cercas explica al lector que aceptó con una condición cuyo cumplimiento nadie podía garantizarle: hablar cinco minutos a solas con Francisco. ¿Para qué? La madre del escritor, estricta creyente, muy devota pero ya mayor y con incipiente demencia, siempre creyó que tras su muerte se encontraría de nuevo con su marido, fallecido mucho tiempo atrás. Por eso Cercas quería preguntarle al Papa por la resurrección de la carne y la vida eterna, expresión de fe que culmina el «Credo», una mayúscula promesa que, por su dimensión y significado, el autor califica una y otra vez de «escandalosa»; tanto lo es que esa creencia ha sostenido el cristianismo durante dos milenios. Cercas quería hacer esa pregunta para llevarle a su madre la respuesta de Francisco.

        Si uno lo piensa, la respuesta a esa pregunta supone pronunciarse sobre razón de ser del cristianismo y de casi todas las religiones, pues todas prometen la trascendencia. Casi nada. Sin embargo, como pronto comenzó a observar Cercas, nadie le pregunta al Papa por esas cosas, ni por casi nada que tenga que ver con la religión o la espiritualidad; los medios de comunicación solo se preocupan por las lecturas políticas de las palabras de los pontífices.

        Cercas narra con detalle los contactos que estableció gracias a las facilidades que recibió de los promotores de la idea, los días que pasó en el Vaticano antes y después del viaje, entrevistando a unos y a otros, el viaje en sí mismo y las personas a las que conoció y entrevistó en Mongolia, todo de modo cronológico, excepto en el punto capital, que deja para el final para dar al libro ese toque de intriga al que me he referido al principio: la respuesta del Papa a la pregunta de si la madre de Cercas volvería a encontrarse con su marido después de muerta.

        Cercas asume el papel de ateo que ve a la Iglesia desde fuera y un poco como a un bicho raro al que no entiende, y nos muestra, además del interesantísimo y detallado relato del viaje, un notable catálogo de personajes que trabajan en el Vaticano, en general responsables de una u otra vía de comunicación, aunque hay un poco de todo. Siempre distingue si son o no laicos y de todos ofrece, de modo no forzado, una breve biografía que permite contextualizar al personaje. A todos los somete a una serie de preguntas que, a grandes rasgos, abordan el trabajo de cada cual, la vida de Francisco y el examen de su papado y las relaciones entre espiritualidad y razón. De ahí salen algunas ideas recurrentes: la oposición del papa al clericalismo (esto es, a la posición de superioridad del religioso respecto al resto), su cercanía a la periferia (entendida como los abandonados por el sistema) y, en definitiva, un modo de entender la religión como una vivencia que ha de hacer del católico algo lo más cercano posible a un misionero: alguien sin apetitos materiales y hambriento de darse a los demás; la religión, para Francisco, no es una creencia, sino un modo de actuar. Se trata de la visión más ajustada a la figura de Jesús de Nazaret, que entra en conflicto con el «catolicismo formal» de las clases medias occidentales, que disfrutan de una vida fácil que no se cuestionan ni aunque el mundo a su alrededor se caiga a pedazos; y qué decir de los más ricos. De ahí que el Papa Francisco haya tenido tantos enemigos en la derecha, pese a que su mensaje nunca ha sido político, subrayan todos. El problema para quien vive bien es que Francisco apela a su conciencia para hacer de la religión un motivo de solidaridad, de darse, y no una excusa para el encastillamiento. El modo de actuar que predicó es el generalizado entre los misioneros actuales (uno de los grandes grupos entrevistados por Cercas) que antes de ayudar deben «inculturizarse», es decir, conocer la lengua, historia y costumbres del lugar (en los arrabales de su propio país o en otros países) donde van a trabajar, pues su objetivo no es cambiar la cultura, como tampoco lo es evangelizar: a Dios ni lo mencionan en sus relaciones con los necesitados. Su vivencia de la religión jamás la explican de palabra, sino con el ejemplo, lo cual hace que sus vidas requieran una constancia y una entrega heroicas, pues a ver quién es el guapo que no está sujeto a dudas y contradicciones y más cuando el camino es complicado. Ni que decir tiene que la visión que de la religión tiene el misionero poco o nada tiene que ver con la de la burocracia eclesial, que es la que llega al feligrés de clase media occidental.

        Todo esto tiene que ver con el papel central que el papa reserva a la misericordia por encima de cualquier otra virtud. Cercas señala que el término une «miseria» y «corazón», e implica acercar el corazón a la miseria. Esto es, comprender las debilidades, las situaciones de vulnerabilidad, primar la humildad sobre la soberbia, desarrollar la capacidad de comprender y perdonar.

        El último rasgo del papado de Francisco es la sinodalidad. O, dicho de otra manera, que las decisiones que el pontífice debe adoptar porque es su competencia y es una especie de «rey absoluto» no pueden provenir de su exclusiva y aislada voluntad, sino de su capacidad y voluntad de discernimiento tras haber escuchado hasta al gato. La palabra de todos pasa así a tener un peso enorme. No es democracia, subrayan los vaticanistas, pero se le parece y en algunos puntos la aventaja, subraya Cercas. Y al hilo de esto el libro sirve, también, para entender el lentísimo proceso de cambio de la Iglesia: ¿por qué tardan décadas y décadas en cambiar? No solo porque hay muchas voces, sino porque son muy dispares: hay enormes diferencias entre países, entre culturas, e incluso dentro de un mismo país y cultura por motivos de edad o tradición. Los cambios no pueden ser traumáticos sin riesgo de ruptura. Esto hace todo exasperantemente lento para unos y vertiginosamente rápido para otros.

        En medio de todo esto Cercas intercala en la mayoría de entrevistas preguntas críticas hacia la Iglesia, hechas siempre con espíritu constructivo y movidas por la curiosidad, como las relativas a las dificultades de comunicación de la Iglesia por su empeño en mantener un lenguaje periclitado al que nadie hace caso porque nadie entiende. No se trata de preguntas agresivas, sino de observaciones que nos hacemos todos los que vemos la Iglesia desde fuera.

    Los marcos de la acción son dos, ambos muy atrayentes: el mundo del Vaticano, irrepetible por su singularidad, donde, por ejemplo, en las redacciones conviven redactores de docenas de nacionalidades porque una misma noticia se da en cuatro docenas de lenguas distintas y en cada caso con una orientación ajustada al país de destino. El otro marco es Mongolia, un país de historia compleja pero que a nadie importa ahora aunque su territorio esté en disputa entre China y Rusia, un país enorme de eternas praderas y cielos azules, pero también desértico, vacío, un país bellísimo con la mitad de la población concentrada en una capital feísima, Ulán Bator, que tiene un gran protagonismo en este libro.

        Poco a poco, gracias a sus lecturas y a los inteligentes y profundos diálogos con los numerosos entrevistados, Cercas construye una biografía personal y espiritual de Francisco, siendo la segunda la más importante, porque es la que define su personalidad, su papado y su legado. De esta lo más relevante es, sin duda, que el Francisco espiritual es el resultado de un proceso existencial complejo en el que destacan numerosos errores vitales y, sobre todo, la capacidad de autocrítica, de enmendarse a sí mismo la plana, de dejar de ser uno quien es para intentar ser quien quiere ser. ¿Es Bergoglio el Papa? ¿Es el Papa Bergoglio? ¿Es el Papa el Bergoglio que Bergoglio desearía ser? ¿Es el Papa un personaje interpretado por Bergoglio? Todas estas preguntas son legítimas y razonables. Todas pueden hacerse respecto a cualquiera que detente un cargo que obliga a defender en público el «deber ser» desde la contradictoria y limitada realidad del «ser». Y como todas las respuestas a estas preguntas generan problemas, cuando éstas se formulan sobre un papa, por su proyección y aspiración al liderazgo moral de mil cuatrocientos millones de personas las respuestas adquieren una importancia capital.        

        La narración es ordenada, clara, diáfana, con un permanente punto de humor basado en la posición del propio autor, que se ríe de sí mismo porque se ve como lo que es: un ateo sin especiales preocupaciones espirituales infiltrado en el Vaticano, un ignorante en temas sobre los que jamás ha pensado navegando entre personas con una sólida formación intelectual y espiritual, alguien que emprende con osadía la aventura que narra en este libro con el objetivo de dar a su madre la respuesta más autorizada sobre la tierra a lo que ella siempre ha creído, un autor-protagonista-testigo sobre quien siembre sobrevuela la advertencia de su esposa: a ver si te van a convertir. Así es como Cercas, desde el tesón y el rigor desenfadados, consigue alcanzar ideas profundas.

        La religión, que tantas veces ha considerado al humor un enemigo, no lo tiene en el humor de Cercas. Y tampoco en el del Papa Francisco, un hombre admirable por cómo supo luchar contra sí mismo para ser quien quería ser, para lo cual tuvo que darse cuenta, en algún momento, de que no lo era o de que se había equivocado en lo que quería ser. Pocas personas hay capaces de censurarse y corregirse a sí mismas. Por eso, probablemente, cuando tras la última votación del cónclave que lo eligió el cardenal decano le preguntó, según la tradición, Acceptasne elecionem de te canonica factam in Summum Pontificem?, Francisco respondió: «Aunque soy un gran pecador, acepto». Por eso, también, siempre terminó sus intervenciones pidiendo a los demás que rezaran por él.

        No hay mejor líder, dice varias veces el autor, que quien no quiere serlo. El secreto de Francisco, concluye Cercas, es que no tenía secreto: solo fue un hombre normal que a partir de cierto momento en su vida luchó contra sí mismo para ser cada día día un poco mejor, un poco más parecido a Jesús de Nazaret.




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