Este minúsculo libro de unas 70 pequeñas páginas contiene el artículo publicado en The New Yorker por Kathryn Schulz que da título al volumen y fue premiado con el Pulitzer y el Nacional Magazine Award creo que en 2015, e incluye también el artículo-secuela que publicó meses después, con consejos para hacer frente a la calamidad.
«El gran terremoto» del que siempre se habla es el que se prevé que cause la falla de San Andrés, muy estudiada por su posición, pero Kathryn Schulz se refiere a otro, que será provocado por la falla de la zona de subducción de Cascadia y que tendrá efectos más devastadores por su mayor intensidad y porque irá acompañado de un tsunami colosal, fenómenos mucho más destructivos que los terremotos.
Cuando ocurra, no hay que dar un céntimo por todo lo que esté al oeste de la interestatal 5: desde el cabo Mendocino a Vancouver habrá una destrucción enorme, especialmente de infraestructuras clave que impedirá las comunicaciones y desplazamientos durante meses; pocos minutos después el tsunami arrasará la zona costera y, aunque las víctimas serán solo unos millares, serán precisos muchos meses y hasta años para recuperar el agua potable y el fluido eléctrico, lo que acabará con la economía de la zona.
El artículo cuenta de forma rápida, eficaz, comprensible y amena lo que se sabe sobre este asunto desde el punto de vista científico, incluyendo la elevada probabilidad de que el gran terremoto ocurra en los próximos años, y hace un pormenorizado recuento de la escabechina humana y mucho más material que supondrá. Nadie parece querer darse cuenta del riesgo porque los tiempos geológicos son unos y los humanos otros, y en la minucia de intervalo entre un soponcio geológico y otro que pueden ser trescientos o cuatrocientos años da tiempo a que en un lugar desaparezca una civilización y aparezca otra, como ha sucedido en Estados Unidos.
La alarma que causó este artículo no solo tuvo que ver con la previsión de terribles efectos y de su proximidad temporal, sino, valga la redundancia, con la falta de previsión de las autoridades y, sobre todo, de la sociedad.
Y esto induce reflexiones para las que ahora, en España, tras la llamada DANA de Valencia en 2024, deberíamos estar especialmente sensibilizados, porque hay fenómenos dramáticos que no sabemos cuándo van a ocurrir, pero sí sabemos que antes o después ocurrirán.
Ante la DANA, la irresponsable y repugnante reacción de políticos, medios de comunicación (convertidos en terminales de los partidos publicidad institucional mediante) y cientos de miles de imbéciles sin personalidad ni cerebro que en redes y conversaciones han secundado toda majadería y han transformado el asunto en una cuestión de debate político para distinguir entre buenos y malos han impedido la difusión de información sosegada y vital para orientar el diseño territorial a medio y largo plazo. La voz de catedráticos de geología, ingeniería hidráulica o meteorólogos ha sido acallada por el griterío de toda esa turba de gilipollas. Pero si quienes todo lo ignoramos sobre fenómenos naturales nos esforzamos un poquitín en leer cuatro cosas de las dichas por quienes llevan toda su vida estudiando estos asuntos (sin que nadie les haga caso porque el tema, en condiciones normales, no vende) pronto tendremos una idea clara y básica a la que luego me referiré. Por supuesto, enseguida encontraremos peligros similares a los que plantea Kathryn Schulz en su artículo, porque aunque las causas difieran (terremotos, inundaciones, huracanes, corrimientos de tierras, incendios de enésima generación...) muchos efectos son comunes. En realidad, la forma de evitar los riesgos asociados a los fenómenos naturales es bastante simple en lo conceptual: si no quieres que te suceda una tragedia, no vivas donde sabes que antes o después va a ocurrir. El disparate urbanístico es común en todo el planeta en las zonas expuestas a evidentes riesgos naturales. Tal es la dejadez que, como avisa Kathryn Schulz en lo que ella analiza, el gran terremoto se llevará por delante la mayoría de los parques de bomberos, hospitales y comisarías que deben dar respuesta a las emergencias en la zona. En el caso de Valencia pensar que las obras de regulación, por bien y diligentemente que se ejecuten, van a ser capaces de disciplinar cualquier grado de precipitación en cualquier sitio posiblemente sea una ingenuidad. Mejor poder digerir 600 litros de lluvia por metro cuadrado en la cabecera de un barranco que no poder hacerlo, pero como alguna vez caerán 1200 la mejor protección es no tener miles de personas viviendo en la zona de deyección cuando eso suceda. Urbanismo y ordenación del territorio se llama eso.
Y así sigue el mundo, irresponsablemente instalado en mil sitios y sin apenas hacer esfuerzos por corregir nada ni en países como Estados Unidos, donde la ciencia es capaz de concretar cada vez mejor los riesgos y donde, se supone, disponen de más medios que nadie; todos confiando en que la diferencia entre los tiempos humanos y geológicos nos permita vivir y morir sin conocer el desastre, grande o pequeño, que cuando ocurre en unos sitios se lleva un puñado de vidas y en otros un puñado de miles. Se pueden dejar herencias bastante mejores.

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