No hace mucho publiqué un artículo cuyo título, «Te mato. La próxima vez que te vea con oxígeno, comerás flores», mezclaba los de tres de las novelas más leídas de los últimos tiempos porque las tres reflejaban, sin pretenderlo, un problema actual, el de la vivienda. A él podría sumar esta novela, la primera que leo de Amélie Nothomb, aunque la autora sea de la generación anterior a la de quienes firmaron las tres que inspiraron el artículo.
Saturnine, la protagonista de «Barba Azul» también tiene problemas para encontrar vivienda. Por eso acude al proceso de selección de inquilina de cierto misterioso caballero que vive en un casoplón, un castillo, y que alquila, regalada, una habitación. El lector irá viendo que además el alquiler va acompañado de frecuentes invitaciones a cenar (el tipo es todo un selecto cocinitas), de la puesta a disposición de la inquilina de coche con chófer y algunas otras cosillas. Un arrendador con deferencias. Además da permiso a la dama para que vague por todo el castillo por donde le dé la gana, con una única excepción: no puede meter la nariz en cierta habitación que tiene la llave puesta y de la que no le da más información. Salvo esa rareza, el alquiler es un chollo. El único problemilla es que las ocho inquilinas anteriores han desaparecido. Ocho. Solo ocho, ejem. No parece casualidad, ¿verdad? Pero Saturnine es muy animosa y confía en sí misma: probablemente sus antecesoras husmearon en el cuartito prohibido y... Pero ella vencerá la tentación porque le importa un pito lo que haya en él.
El arrendador, vamos a llamarlo así, es un aristócrata de ascendencia española, misántropo, con rarezas y obsesiones que él mismo explica maravillosamente.
Evidentemente inspirado en el «Barba Azul» de Perrault la razón de ser de la novela son los inteligentes diálogos entre Saturnine y el caballero, en los que se ponen mutuamente a prueba, en los que ella desafía las extravagancias de él y él la determinación de ella. Y a todo esto, ¿llegará el amor, esa emoción que todo lo descompone y pone todo patas arriba? Él dice que sí. A eso juega en el fondo. Ella, que no.
Diálogo, mucho diálogo con rápidas apostillas. Eso le basta a Amélie Nothomb para tejer un mundo completo y complejo y dar rienda suelta a las ideas que operan a modo de juego intelectual basado en el equilibrio entre racionalidad y emotividad.
Un libro breve, intenso, lúcido, singular, fruto de alguien inteligente que tiene muy claro qué pretende cuando se pone a escribir, lo bastante bueno como para que merezca la pena leerlo, pero no tanto como para que sea memorable.

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