En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.

lunes, 14 de marzo de 2016

La Regla de San Benito



     Compré la Regla de San Benito hace unos años, sin saber muy bien por qué, creo que en el Monasterio de Poblet. La vendían allí porque los cistercienses también la seguían. Y ahora, por fin, la he leído. Habiendo sido escrita en la primera mitad del siglo VI, nadie me dirá que estoy como loco por las últimas novedades.

     Y la he leído como la compré: sin saber muy bien qué iba a encontrar, sin saber por qué la leía, un poco a la aventura. Y lo que he encontrado me ha gustado.

     Es un código, no una obra donde haya que buscar otros valores y situaciones que aquellos que pretende regular. Para quien, como yo, la lee sin ninguna pretensión distinta a la curiosidad, lo primero que viene a la cabeza al echar la vista a la lectura terminada es lo detallado del conocimiento sobre la vida monacal que leer la Regla permite, pues todo es regulado con una minuciosidad extrema, desde si un monje puede tener un cuchillo hasta si puede recibir una carta, amén de los horarios en función de la época del año, la ropa disponible y un sinfín de situaciones cotidianas. Si alguien quiere saber cómo se ha vivido en un monasterio durante siglos, aquí tiene una fuente de extraordinaria calidad.

     Lo segundo en lo que pienso es, precisamente, en las admoniciones en las que más insiste San Benito de Nursia, porque la insistencia indica los problemas recurrentes: si consideró preciso establecer una norma de conducta es precisamente porque los comportamientos debían de alejarse con frecuencia de ella. Todos esos alejamientos se intuye que tienen que ver con la reivindicación del propio yo, con el afloramiento de la personalidad de cada cual, con la imposición de unos sobre otros, lo cual tampoco es de extrañar habida cuenta del modo y la edad en que se accedía a los conventos y de los roces inevitables en una convivencia tan autosuficiente y cerrada. Y así, lo mismo pide mesura y justicia a quien manda que a quien debe obedecer, e insiste una y otra vez en la responsabilidad ante el abad y en que la autoridad de este solo puede ejercerse desde la voluntad de ser justo. El jefe, viene a decir, lo es por el ejemplo que da.

     Fuera de eso, las normas son tan exigentes que es preciso recordar en todo momento que no están regulando la vida normal, sino la monacal. De ahí el constante refuerzo de la figura del abad y del respeto a la jerarquía marcada con la fecha de ingreso, más que por la edad, así como la contundencia de los mecanismos de expiación, más duros al principio que drásticos, aunque al final lo son, porque al que se equivoca siempre se le da la ocasión de rectificar y por eso las medidas más duras, hasta alcanzar la expulsión, están reservadas a los contumaces.

     También llama la atención el afán por ser justo a la hora de repartir las cargas y el trabajo en función de las fuerzas y edad de cada cual, así como a la hora de asignar el resultado de este en función de las necesidades de cada uno. No hay nada distinto del marxista «de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad», lo que no debe resultar paradójico, pues la Regla no regula tanto la vida las personas como de la comunidad, comunidad que está por encima de las personas que la integran.

     La Regla puede leerse también desde un prisma religioso o personal, porque una parte de ella pretende regular los medios para establecer la comunicación de los monjes con Dios mediante la renuncia a sí mismos. Una especie de búsqueda de la paz interior que se alcanza cuando ninguna otra aspiración existe más allá de estar vivo y alegrarse por ello. Toda ambición personal, material o espiritual, según la regla, debe ser postergada. Algo que, con creencias religiosas o sin ellas, puede ser útil a muchas personas pues, al fin y al cabo, lo que nos complica la existencia es lo terrenal, y la falta de ambiciones, el conformarse con el día a día, el no esperar nada de nadie y buscar la paz en uno mismo, a menudo es el mejor sistema para superar los problemas. No hay nadie más libre que el que nada tiene y nada ambiciona, podría ser la conclusión, hecha la salvedad de que en este caso los monjes deben utilizar esa libertad en la alabanza a Dios.

     Podría decir muchas cosas más, porque imaginad lo que da de sí el análisis de una forma de vida tan sencilla y a la vez tan estricta, pero esto es solo una reseña, una primera impresión de una lectura.

     Pero no me resisto a terminar, y más en este blog, sin señalar la condena que San Benito suele hacer de la risa. Por volver a la literatura, hace pensar en El nombre de la rosa, del recientemente fallecido Umberto Eco. En esta novela un monje considera la risa un invento diabólico, porque hace perder el respeto y el miedo a las cosas y, sin miedo, el ser humano se considera igual a Dios. Algunas frases de la Regla al respecto fui poniendo en Twitter. Aquí las tenéis:

     "...no decir palabras vanas o que provoquen la risa, no gustar de reír mucho o ruidosamente"

     "...las chocarrerías y las palabras ociosas y las que provocan la risa, las condenamos en todo lugar a reclusión perpetua"

     "El décimo grado de humildad consiste en no reír fácil ni prontamente,..."

     Pero si queréis una norma práctica para tomar decisiones irrevocables, cuya estructura se repite con frecuencia en la Regla, aquí la tenéis. Consiste en, primero, advertir al afectado de qué ha ocurrido, y darle hasta por tres veces la ocasión de rectificar o justificarse. Si las agota sin hacerlo, la decisión sobre él debe ser drástica e irrevocable. Quien la toma se libra del problema quedando, gracias a las advertencias, con la conciencia tranquila. Probadla. Es de sentido común y muy efectiva. Antes o después todos debemos tomar decisiones difíciles o dolorosas, y lo mínimo que nos puede exigir quien se ve afectado por ellas es haber sido advertido de forma clara e inequívoca  de dónde podía llevar su conducta.



jueves, 3 de marzo de 2016

Libros publicados en España



El tiempo pasa rápido y hacía ya algún año que otro que no husmeaba en la web del INE para mirar la estadística de edición de libros. En este caso, limitada al concepto «Literatura, historia y crítica literaria». El dato buscado, el número de títulos que se publican en España en esa categoría. Los datos proceden de la Sección de Depósito Legal del Departamento de Adquisiciones de la Biblioteca Nacional, luego no figuran los «autoeditados silvestres».

El cuadrito que dejo es de elaboración propia agrupando los datos mensuales. La columna «media diaria» tiene solo valor morboso: cuántas novelas se publican cada día en España, incluyendo sábados, domingos y festivos.

En los últimos quince años se han publicado 301.575 libros «solamente». A 55,04 al día. O 2,29 por hora ininterrumpidamente (sí, durante quince años) si a ustedes les impresiona más.

No me apetece sacar conclusiones, sino solo ofrecer el dato en bruto (y qué bruto) aunque solo sea por tantas personas que, todo candor, me hablan como si bastara poner un libro en el mercado para vender no sé cuántas docenas de miles de ejemplares. A todos les respondo lo mismo: que alguien se entere de que un libro existe, es casi milagroso. A 25 líneas por página y ocupando título y autor una sola línea, la lista de libros publicados un año cualquiera de los últimos quince sería un tocho de 800 páginas.

Vamos, que si algún día alguien le regala «las últimas novedades» serán las últimas no por ser las más recientes, sino porque una vez sepultado por ellas, no podrá usted recibir más.





lunes, 29 de febrero de 2016

A quienes no leen




Una de las cosas más importantes que le puede ocurrir a un ser humano es aprender a leer. No saber hacerlo era relativamente habitual en la generación de nuestros abuelos y mucho más en las anteriores. Y durante siglos quien sabía leer era respetado como el viajero que había recorrido países ignotos imposibles de conocer para el resto, que durante toda su vida apenas llegaban a alejarse de su pueblo unas docenas de kilómetros. La lectura daba acceso a una dimensión que iba más allá de lo que ojos y oídos alcanzaban. Quien leía, venía de otro mundo.

Durante toda la historia quien sabía leer se sabía un privilegiado. Y en uso de su privilegio, leía. Así se explica que, más tarde, la alfabetización fuera considerada indispensable para procurar la igualdad entre las personas. ¿Alguien puede dudarlo? Se trata del privilegio de alcanzar protección, esperanza y oportunidades dentro de nosotros mismos, en nuestra cabeza, donde habita el conocimiento y la fantasía y todo es posible si le damos la ocasión alimentándolo con lo que otros nos dan a través de los libros. Hoy, en cambio, como todos sabemos leer hemos perdido la conciencia del privilegio que supone. Parece que privilegio es ir a un restaurante nuevo o exótico o presenciar determinado partido de fútbol o tener un buen coche o un buen piso o unas buenas vacaciones. Pero qué diferencia entre no poder ir a restaurantes, no poder ir al fútbol, tener un mal coche, un mal piso o pasar las vacaciones en casa y no saber leer. Si hubiera que elegir, nadie dudaría. 

Quizá entonces, si nos viéramos en esa tesitura, volveríamos a reconocer el privilegio, y el tiempo que dedicáramos a la lectura lo consideraríamos un tiempo ganado para la vida. 



lunes, 15 de febrero de 2016

Jefe de estación Fallmerayer - Joseph Roth



     Adam Fallmerayer es un jefe de estación en la Austria de 1914. Un empleo digno pero sin consideración social. A su confortable vida ha llegado casi sin darse cuenta. Adaptándose a lo que en cada momento ha venido. Una noche hay un accidente ferroviario, Fallmerayer no sabe muy bien qué hacer, quizá paralizado por el miedo a la responsabilidad, pero se pone en marcha tras atender a una viajera que ha salido ilesa. No colabora en el rescate porque lo sienta su obligación, sino para no decepcionar las expectativas que la viajera pueda haber puesto en él, por el deseo repentino de agradar a una desconocida. Sintomático de que Fallmerayer siente una diferencia entre lo que es y lo que los demás esperan de él, que es también lo que sin duda esperaba de sí mismo o de su vida, y que abre la puerta a la idea de una de sus motivaciones: escapar, huir hacia delante cuando, tras haber alcanzado aquello que se supone que debía alcanzar, se da cuenta de que la vida no es lo que prometía. Aquejada de un leve shock, la viajera permanece unos días en las dependencias donde Fallmerayer vive con su esposa y sus dos hijas. Es una condesa rusa. Durante su estancia, no destaca por nada más que por su correcta discreción.

     Nada ocurre entre ellos. A hora fija Fallmerayer le dedica atenciones que muestran a un hombre educado y amable, y la deja reposar en soledad la mayor parte del tiempo. Pero la impresión que la mujer produce en él es tal que, cuando se va, se va de aquel lugar pero no del pensamiento del jefe de estación. Luego el tiempo pasa. El contacto entre ellos es casi inexistente: unas líneas de agradecimiento. Pero suficiente para mantener vivo en Fallmerayer el recuerdo. Movilizado con la Primera Guerra Mundial, se las apaña para acabar en los alrededores  de Kiev, donde ella vive, y comienza a visitarla sin ocultar su interés por ella.

     La condesa, por su parte, está sola. Su marido también está movilizado. Acaba sucumbiendo a Fallmerayer.

     Los amantes se las apañan hasta que la revolución del 17 fuerza su marcha a Mónaco. Allí la vida parece reencauzarse, parecen haber dejado atrás no solo la guerra, sino su propio pasado, y afrontan un futuro lleno de ilusión. Están enamorados y felices, hasta el punto de que la condesa manifiesta su deseo de tener un hijo. Pero entonces el conde reaparece, y cierra este pequeño clásico la reacción de Fallmerayer cuando ve en qué condiciones se encuentra el conde, aunque el autor no cita las motivaciones ni las cábalas que conducen a Fallmerayer a hacer lo que hace, lo cual voy a omitir por si alguien no conoce este clásico.

     Más que una novela es un relato. Muy conciso. Joseph Roth deja que sea el lector, en base a sus propias vivencias, quien complete la historia. No habrá dos lectores que saquen idéntica impresión porque, sospecho, cada cual proyectará sus propias razones y valores para entender la conducta de los protagonistas.

     Así, ¿qué mueve al jefe de estación a estar tan repentinamente pendiente de una desconocida con la que, además, apenas habla? ¿Qué le lleva al punto de orientar su vida hacia el reencuentro? ¿La insatisfacción con su existencia? ¿Algún sueño o ambición oculta hasta para él mismo que la condesa evoca? Otra duda, relacionada con lo anterior: ¿es amor lo que mueve a Fallmerayer? ¿O egoísmo? ¿O es, simplemente, confusión, huir hacia delante cuando uno ha llegado donde cree que debía llegar y comprueba que la vida no es lo que esperaba? 

     ¿Y la condesa? Al principio no se sabe si su conducta es debida al agradecimiento o si ha sentido también algún tipo de atracción hacia Fallmerayer. Tampoco sus primeras reacciones en el reencuentro permiten aclararlo. Pero luego, ¿por qué se entrega a él? ¿Por amor? ¿Para escapar de la soledad? ¿Para encontrar refugio en unos momentos especialmente duros donde a la soledad se une la incertidumbre de la guerra y de la revolución? ¿Porque tampoco ella esperaba que la vida fuera eso? ¿Y por qué luego esa ansia de retener a Fallmerayer cuando nada hace pensar que él dude de lo que están haciendo?

     Y, por último, ¿por qué ese final? ¿Qué es lo que mueve a Fallmerayer a una reacción tan drástica? Las hipótesis oscilan entre extremos, sin que me atreva a asegurar una u otra. De aquí un libro que invita a una profunda reflexión sobre las motivaciones, las pasiones y los impulsos, la desesperación, la impotencia...

     Se podría contar toda la historia de principio a fin, incluso detallando la reacción de Fallmerayer, sin desvelar nada, porque el libro no termina hasta que el lector llega a alguna conclusión. Y no es fácil. Habrá quien piense que es una novela de amor. Otros, de egoísmo. Y otros verán una cosa u otra, o las dos, en cada personaje.

     Un lujo que se lee en menos de un par de horas.




lunes, 25 de enero de 2016

Niebla y sangre - Varios autores




       Acaba de ser publicada en Ediciones Evohé la antología de relatos Niebla y sangre, en la que participo con un relato titulado Besos y luz. Así que, como podéis suponer, esto no es una reseña, sino  información.

     La antología ha estado dirigida y organizada por la escritora y experta en novela negra Marina Lomar, que ha contado con la colaboración de la también escritora Marta Querol.

     El nexo de unión entre los relatos es la presencia en todos ellos de los dos elementos que dan título al libro: la niebla y la sangre. Lo primero que la asociación de esas dos palabras trae a la mente es un crimen misterioso, pero el lector podrá comprobar de lo que es capaz la imaginación, y cómo a partir de un mismo origen puede llegarse a destinos increíblemente dispares por recorridos por completo distintos. Hasta que no lo haya leído, nadie podrá imaginar la sorpresa que le espera tras cada título.

    Prologado por Santiago Posteguillo cuenta con la participación de magníficos autores. Alguno de ellos, como Vicente Marco, con dos muy buenas novelas reseñadas en este blog: Ya no somos niñas y Opera Magna.

     El pasado día 20 Niebla y sangre se presentó en Valencia, en el Museo de los soldaditos de plomo. Próximamente, también será presentada en Madrid.



Relación de autores y relatos:

Te duermes a mi lado (poema)
Pilar Verdú

La sombra de Lord Rupert
Marina Lomar

La niebla que todo lo cala
Raúl Borrás San León

El último confín
Alejandro Gadea Luna

Te esperaré
Alejandro Mohorte

A las cuatro y treinta y cinco
Eva María Marcos

Capitanes intrépidos
Enrique Huertas Bellido

Besos y luz
Miguel Ángel Buj

La ex fumadora
Beatriz Schleich Tena

El relato perfecto
Javier Rodrigo Ibarra

Más allá de la niebla
Juan Miguel Aguilera

La loba entre la bruma
Yolanda León

La niebla se disipa
Maria Vicenta Porcar

En su nombre
Margarita Quesada

Lola
Mila Villanueva

En la sangre
Pablo Tobías

El altar de nieve
Javier Lacomba Tamarit

La muerte del camposanto
Vicente Marco

De todos los bares del mundo
Josep Asensi

miércoles, 13 de enero de 2016

Sorpresas que da la vida



    Hace poco más de dos meses publiqué en este blog una entrada haciendo balance del primer año en ebook de La terrible historia de los vibradores asesinos, tras su periplo en papel. En ella dije que me había puesto dos objetivos en cuanto a difusión: uno, realista, lo había alcanzado; el otro, más optimista, no.

     
Si antes lo hubiera dicho... 


     La terrible historia de los vibradores asesinos está teniendo una difusión muy notable en las últimas semanas. Las ventas en ebook en los últimos dos meses superan con creces las de los doce anteriores, en los que realicé presentaciones de La sota de bastos jugando en béisbol en varias ciudades, todas con cierta repercusión en los medios locales. Pero es ahora, cuando estoy calladito, cuando las ventas han crecido tanto. Se ve que así estoy más guapo. Preocupante, ¿verdad?

     Y eso a pesar de que ahora es más difícil alcanzar la parte alta de las clasificaciones en Amazon y, por tanto, aparecer en su «escaparate virtual», porque han dotado a las listas de mayor estabilidad. Pero el caso es que en humor en español la novela ha estado en el top 5 en España y también en Amazon.com (ese refrito que comandan las ventas en Estados Unidos) y en cuanto a otros países -aunque en ellos se venden pocos libros en español-, ha estado número uno en Francia e Italia, donde además ha sido también número uno en intriga; y número dos en el Reino Unido y Alemania. No han sido visitas fugaces a esos puestos altos, sino recurrentes. Y en unas fechas, las navideñas, difíciles.

     También La sota de bastos jugando al béisbol ha llegado a puestos altos, aunque no tanto, pero tras solo un par de meses a la venta en ebook es difícil saber cómo evolucionará.

     Para mí, que en Facebook ni tengo millares de amigos ni tampoco una página con millares de seguidores, que solo me siguen trescientas o cuatrocientas personas en Twitter, que los medios de comunicación que se hacen eco de mis andanzas no están en las mayores ciudades del país y por tanto tienen una audiencia pequeña, que no he pisado un plató de televisión para hablar de mis libros, que no he pedido a nadie ni una reseña ni un comentario, para alguien que, en definitiva, tiene tan pocos medios para contar lo que hace, no deja de resultar sorprendente que dos libros que llevan ya tiempo en papel (más de cuatro años uno y año y pico el otro) destaquen ahora así en ebook. No sé a qué se debe. Algo tendrá que ver el «boca a boca», pero en un cambio tan repentino quizá también influya que estén ganado fuerza las historias de humor, como El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza (entre quienes lo compran, chiva Amazon, también hay unos cuantos de mis lectores), o sus eternos Sin noticias de Gurb o El misterio de la cripta embrujada (aunque mi preferido sea La aventura del tocador de señoras),  o también Maldito Karma y Más maldito karma, de David Safier, u otros que se están publicando estos años, como los de Joaquín Berges. Ojalá sea un poco de todo.

     O será que hace falta sonreír. No sé si para olvidar los problemas o para afrontarlos mejor.

     Gracias a todos los lectores.









viernes, 11 de diciembre de 2015

Yo, que tanto te quiero - Marta Querol



Yo, que tanto te quiero es la tercera y mejor obra de Marta Querol, una novela que leída aisladamente es magnífica, y puesta en relación con las dos anteriores culmina una tarea colosal, impropia de estos tiempos. Un proyecto literario surgido de una necesidad vital, personal, que da un sentido profundo a cada línea.

Hace ya unos años Lucía Company, la protagonista de Yo, que tanto te quiero, firmó el inolvidable prólogo de El final del ave Fénix. En él Lucía comparte los últimos momentos con su madre, Elena Lamarc, echa la vista atrás y trata de hacer lo más difícil en un momento así: comprender. Con el alma ahíta de amor y amargura se pregunta por qué la vida fue como fue, por qué siempre fue tan difícil, incluso imposible, el entendimiento entre ellas.

Fruto de esa necesidad de entender, en El final del ave Fénix supimos por qué Elena era como era, y para hacerlo fue preciso remontarse a sus padres, a los abuelos de Lucía, para comprender a la niña que fue Elena, a la adolescente, a la mujer joven que tuvo que enfrentarse a una familia extraña y a la vida en una época donde ser mujer no era sencillo.

Más tarde, en Las guerras de Elena supimos cómo la madurez siguió forjando el difícil carácter de Elena Lamarc a través de experiencias dolorosas, de dificultades injustas propias de una sociedad prejuiciosa donde la mujer estaba relegada. Llegada a la madurez, las guerras a las que alude el título acabaron de endurecer su carácter, cuando una vida sosegada podría haberlo aplacado.

     Ya sabíamos por qué Elena era como era, por qué su carácter era tan duro, exigente y esquivo. La vida no le había dejado otra alternativa. Pero faltaba algo para cerrar el círculo. ¿Por qué, siendo Elena así, su hija Lucía se había llegado a distanciar de ella para luego, más tarde, volver a unirse y superar todo en los momentos finales de la vida? ¿Cómo era vivir junto a una madre como Elena? O lo que es lo mismo: ¿Por qué aquel desgarrador prólogo? ¿De dónde había surgido la necesidad de contar toda una vida, de explicarnos todo con tanto detalle? ¿Por qué alguien había sentido la necesidad de contar con tanto esfuerzo cómo era Elena Lamarc? Nos faltaba la visión de Lucía. Y esa visión llega en Yo, que tanto te quiero, porque Lucía, que tanto quiso a su madre, también sufrió lo indecible por su culpa. Y es preciso reflexionar para comprender, ponerse en el lugar del otro y luego en el propio para acabar de entender. Es así como esta novela cierra el círculo de una trilogía memorable. Porque fue Lucía, que tanto quiso a su madre, quien escribió la primera y dolorosa línea de aquel formidable prólogo, y la escribió, precisamente, porque tanto la quería, tanto la quiso y tanto la quiere; y por eso, una vez nos ha contado por qué su madre fue como fue, pasa a explicarse.

Y Lucía escribe porque se siente culpable aunque haya sido inocente. Porque Lucía fue una niña hija de un matrimonio separado en los tiempos en que nadie se podía separar, porque se vio en medio de una lucha de egos, porque se sintió responsable de disputas que ni siquiera podía llegar a entender, porque creció con una madre hambrienta de afecto y tan endurecida por la vida que devoraba la de su propia hija, porque conoció la soledad.

Yo, que tanto te quiero es una gran novela sobre el sentimiento de culpa. Pero a diferencia de Raskolnikov Lucía Company no ha hecho nada. Nada en absoluto. Solo querer. Querer a sus padres como toda niña los quiere. La culpa surge cuando al quererlos no los encuentra y no puede asimilarlo, cuando no halla en ellos ni la seguridad ni la confianza que necesita, cuando al buscarlos solo encuentra soledad, cuando ella misma, sin hacer nada y muy a su pesar, se transforma en motivo de disputa entre las personas que más ama, cuando esas personas se transforman en sus carceleros, cuando cualquier acontecimientos que para el resto de los mortales es feliz, a ella le origina una nueva herida en el alma.

Y así vemos cómo Lucía, la niña de apenas diez u once años que comienza la novela en el mismo traumático momento en el que terminó Las guerras de Elena, se va convirtiendo en una adolescente tímida e insegura que no cree merecer nada porque nunca nadie le ha dado otra cosa que exigencia o distancia, una mujer que deja atrás la adolescencia siendo capaz de dejar que otros jueguen con sus sentimientos porque nunca ha podido vivir de otra manera ni se siente con derecho a pedir más; una mujer que llega a ser una joven trabajadora y estudiosa, bien intencionada, noble y sin otro afán que ser capaz de respirar por sus propios medios, una joven que llegará a ser madre y la mujer madura que, por fin, alcanza a comprender, poco a poco, dolor a dolor, humillación a humillación, que sus padres no fueron sino personas normales, con tantas ambiciones como limitaciones, que la quisieron con toda su alma pero no supieron cómo quererla, que le hicieron daño por no saber evitarlo, que hicieron lo que hicieron porque eran tan débiles como ella. Y con la comprensión surge en Lucía la necesidad de redención que da sentido a toda la trilogía, que se transforma así en un inmenso acto de amor.

Si Yo, que tanto te quiero tiene una enorme carga de profundidad, es porque todo surge del relato de una vida normal, donde las grandes aventuras son, simplemente, las desavenencias, las carencias afectivas, el egoísmo... Todo transcurre, como indica el título de sus diferentes partes, «entre bodas y funerales», entre la vida y la muerte, que es como transcurre la vida: entre lo bueno y lo malo, entre la esperanza y la certeza de que nada es para siempre.

Amores y desamores, intereses económicos y el enfrentamiento de caracteres alocados y nobles, como el de Carlos, con caracteres también nobles pero endiablados hasta la crueldad involuntaria, como el de Elena, histéricos y malignos como el de Verónica y nobles, bondadosos y sedientos de dignidad como el de Lucía, nos llevan de forma ágil y amena por la vida de una persona, de una mujer, de Lucía Company Lamarc, a la que acompañamos al colegio cuando es niña, con la que vivimos el veintitrés de febrero de 1981, a quien acompañamos en sus primeras juergas, en sus descomunales cogorzas, en sus primeros escarceos sexuales, en sus amoríos, en sus modestos sueños, en todos los acontecimientos familiares, buenos y malos, desde el matrimonio a la maternidad o la enfermedad de unos u otros, pasando por el adiós a quienes se van para, al final, porque así lo exige la vida, afrontar la pérdida de aquellos a quienes más quiso y, en este caso, también más daño le hicieron, de aquellos de quienes pudo despedirse pensando, al mirarlos a los ojos en el último momento , «aquí estoy yo, a tu lado, no te vas en soledad porque aquí estoy yo, yo, que tanto te quiero».

Si bien las escenas emocionalmente intensas se suceden, Marta Querol las trata con exquisitez. Sin rastro de sensiblería. En una novela con abundantes situaciones que se prestan a la lágrima fácil ha huido de este recurso. Si la novela conmueve es precisamente por lo contrario, porque si algo origina es la lágrima dura, la que brota como último recurso, cuando ya nada más queda por hacer.

Siendo una novela amena, no es una novela inofensiva; siendo fácil de leer, es amarga de sentir; pero siendo amarga de sentir, no es desagradable de leer. Nada hay sórdido ni se usan golpes artificiosos aunque sean muchas las cosas que le ocurren a Lucía, y casi ninguna buena, pero es que treinta años dan para todo, y he aquí otro gran mérito de esta novela: la forma en que evoluciona el personaje. Cuando Lucía es niña, es niña; como es adolescente en la adolescencia; como es joven cuando le toca serlo y madura cuando lo es. Y todo sin sobresaltos, siguiendo una evolución irreprochable.

Los capítulos finales son, sin duda, los más emotivos tanto por lo que narran como porque son esos hechos los que dan sentido a que Lucía, tanto tiempo atrás, se sentara a contarnos la vida de su familia. Un final tan sencillo como apoteósico. Un final tan previsible como inolvidable.

Y un final del final inmejorable. Una canción alegre, Our house, que nos dice que la casa de Lucía, la casa de los padres con los que nunca convivió, existió en realidad, y en ella había vivido siempre con ellos e iba a vivir, porque su casa, la de ellos tres, our house, estaba donde había estado siempre: en su corazón.



Marta Querol, el día en que eligió el titulo de su
última novela: Yo, que tanto te quiero.





martes, 1 de diciembre de 2015

Quisiera que alguien me esperara en algún lugar – Anna Gavalda




     Otra breve reseña rescatada del fondo del ordenador. Una lectura de julio de 2008.

     Compré este libro porque me pareció lo bastante ligero para desengrasar las neuronas cuando fuera preciso. Y con ese ánimo lo leí. Pensaba que no tenía grandes pretensiones, pero la verdad es que me ha gustado bastante. Es bueno, aunque con altibajos entre una historia y otra.

     Se trata de una colección de historias cortas y temática variada. Unas son bastante simples (como la del viajante), otras algo trilladas (como la del reencuentro), y alguna simplemente pasable; pero aún esas son agradables de leer. Otras, como la primera, parecen ser anodinas hasta el final; y entonces, a la luz del desenlace, adquieren otra dimensión. Esa primera historia, que es la que me viene a la cabeza al acordarme del libro, cuenta, literalmente una tontería... y cómo a menudo echamos las grandes ocasiones a rodar por cuestiones sin importancia. Hace pensar sobre la forma en que uno se perjudica a sí mismo a cambio del pequeño placer de actuar sin pensar. 

     Por otra parte, cuanto más se lee y se recuerda, más personal parece el estilo de la autora, como si en lugar de reflejar “un estilo literario” (sea eso lo que sea, porque no lo sé definir) reflejara su propia personalidad.



sábado, 28 de noviembre de 2015

Novecento – Alessandro Baricco




     Tras un larguísimo periodo de «sequía lectora» que todavía sigue, retomo las reseñas del blog con una rescatada de las catacumbas de mi ordenador, escrita cuando leí el libro, en junio de 2008.

     El propio autor lo define Novecento como inclasificable: no es una novela, no es teatro. Es un texto para ser leído en voz alta... Pero en el fondo es algo teatralizado, qué duda cabe. 

     Narra la historia de un niño, nacido a bordo de un barco, que nunca llega a poner los pies en tierra y, por un casual, se transforma en un pianista prodigioso. La historia, sin contar nada, invita a reflexionar sobre la naturaleza humana: ¿cómo puede tener el mundo dentro de sí quien nunca ha salido de un barco? ¿Qué es Novecento? ¿Un prisionero de sí mismo? ¿O la persona más libre que jamás ha existido? Por momentos parece lo primero, porque una persona verdaderamente libre no encontraría obstáculos en probar cosas nuevas, en averiguarlas... y Novecento parece tener miedo a ellas. Por eso, quizá, la historia al final es la historia de una huída: de cómo una persona puede encontrar dentro de sí misma la solución a todo lo que desde fuera la aterra. Son elucubraciones, claro: ya digo que se trata de una historia abierta.

     Presenta, además, escenas que hacían la novela mucho más propia para la adaptación cinematográfica que para el teatro; por ejemplo, el clásico «duelo» para dirimir quién es mejor en algo (en este caso el mejor pianista), personajes que van y vienen, dilemas, o algo que se transforme en el sentido o la pregunta de la historia: ¿pondrá alguna vez pie en tierra?

     Una cosa echo en muy falta: la mención expresa al amor, a las relaciones. Novecento, en el fondo, emocionalmente es un autista. Y no sé si echo más cosas en falta o ninguna, porque es un libro bueno, correcto, agradable, bonito, que invita a pensar, a reflexionar, a sacar cada uno sus propias conclusiones. Pero estoy seguro que ese mismo tema da para un libro antológico: los procesos mentales de alguien como Novecento son demasiado particulares como para que el lector normal pueda deducir demasiadas cosas, y mucho menos ponerse en su lugar (a no ser que dedique muchas horas a reflexionar, lo cual no suele suceder), por eso estoy convencido de que se podría sacar mucho de este tema, tomando a Novecento como el exponente radicalizado de todos los miedos que, de una manera u otra, todos tenemos.

    Y, por supuesto, en alguien que jamás pone los pies en el suelo, como una especie de barón rampante moderno, siempre hay un motivo para la reflexión: la soledad. La soledad como condena y como refugio.


     PD: no he visto la película. No sé si la veré.





domingo, 22 de noviembre de 2015

SORTEO



Si hasta el 18 de diciembre de 2015 quieres participar en el sorteo de un ejemplar dedicado de La sota de bastos jugando al béisbol, visita la página de Facebook Novelas de Ajonio Trepileto. Verás qué sencillo es.

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En papel, pídelas en tu librería



viernes, 13 de noviembre de 2015

Y solo hay una solución: leer



     Hoy es el día de las librerías. Aunque son negocios sometidos al mercado, como el resto, por lo que significan para una sociedad culta tienen una importancia superior a la mayoría. Pero el sector editorial, y no digamos ya las librerías, por sus peculiaridades no puede utilizar las mismas armas que muchos de sus competidores: por ejemplo, ni el libro más vendido en España da para financiar una campaña publicitaria equivalente a la de algunas películas.

     Aunque hay más población que nunca y unas tasas de alfabetización próximas al 100%, aunque tenemos el nivel de vida más alto jamás alcanzado, aunque las técnicas de edición han rebajado los costes, el ritmo de desaparición de las librerías es dramático. La lectura se vincula al ocio (mal hecho) y por el tiempo de ocio compiten millares de bares y restaurantes, hoteles, cientos de canales de televisión, cine, videojuegos, todas las oportunidades que da Internet... Muchas de esas alternativas son poderosas, porque mueven su producto en un mercado mundial con enormes economías de escala. Unamos el pirateo y tendremos una visión más o menos aproximada de cómo están las cosas. Un panorama difícil.

     Ante la caída de ventas no todas las librerías tienen las mismas posibilidades de reacción. Una gran superficie reduce metros cuadrados de exposición de libros y en su lugar vende videojuegos, o perfumes, o marroquinería, y sale adelante. Una pequeña librería no puede hacer algo así. Por debajo de cierto volumen de ventas, desaparece.

     Las pequeñas librerías están siendo las primeras en morir. El mercado que dejan libre lo están absorbiendo las grandes cadenas de distribución, titulares de las únicas librerías abiertas en los últimos diez o quince años.

     Esta concentración de la distribución minorista es una desgracia para la cultura, porque son las pequeñas librerías las que dan voz, aunque suene baja, a todas las pequeñas editoriales y a todos sus autores desconocidos. Y ese conjunto es el vivero de la literatura.

     Las relaciones entre las grandes cadenas de distribución y los grandes grupos editoriales limitan la oferta y, apostando por lo seguro porque lo mercantil prima sobre lo literario, se da prioridad a publicar la imitación del último éxito, o la traducción de lo que ya lo ha tenido en otros países. Una reducción de la oferta a disposición del lector, y de su calidad.

     El empobrecimiento para el pensamiento y el nivel cultural de la sociedad que esta deriva supone a largo plazo, es inmenso.

     Y solo hay una solución: leer. 



miércoles, 4 de noviembre de 2015

Infortunios, tribulaciones y contentos de un escritor



Ayer se cumplió un año desde que La terrible historia de los vibradores asesinos salió a la venta en ebook. Antes, en mayo de 2011, había visto la luz en papel. A final de mes también cumplirá un añito la edición en papel de La sota de bastos jugando al béisbol, ambas en Mira Editores. A la sota dedicaré otro artículo, si tengo ocasión. Hoy –ayer no pudo ser- hablaré de la primera.

Es frecuente utilizar la expresión «hacer balance», pero un balance refleja lo que se tiene hasta el momento de hacerlo y de dónde ha salido, y me interesa más ver lo obtenido durante un periodo y cuánto ha costado. Es decir, no hacer balance sino cuenta de resultados.

Algunos dicen que quien escribe lo hace para ser leído. Se equivocan. Igual que no siempre se canta para ser escuchado. Pero se publica para ser leído, y la decisión de ver a Ajonio Trepileto en ebook es un intento de llegar a más lectores porque tras un año en las librerías cualquier libro en papel ha dejado de estar visible y apenas se vende ya, y este llevaba tres. En Internet el problema es el mismo: hacer visible el ebook, cuestión muy difícil para quien ni tiene ni busca otra notoriedad que la obtenida a través del propio libro, de su calidad. Un círculo vicioso que a veces rompe el boca a boca. Hice dos planes a un año: uno realista y otro más optimista que requería esfuerzos adicionales y sobre el que recabé alguna opinión que no llegó. He superado el realista. No he alcanzado el otro. Tampoco he tenido ocasión de poner los medios.

El motivo quizá sea que no ha sido un año fácil, lo cual me ha impedido disfrutar como hubiera deseado del trabajo hecho. El día a día ha interferido demasiado en la literatura, el agotamiento mina la ilusión y sin ella es más complicado sacar fuerzas para algo que requiere tanta constancia como dar a conocer un libro por métodos artesanales, a pesar de lo cual ha habido cosas buenas y malas. La cuenta de resultados.

            Entre lo positivo de esta edición en ebook sin presentaciones ni promoción alguna, está, obviamente, haber llegado a un buen número de lectores. Gracias a lo cual algunos han leído además La sota de bastos jugando al béisbol, y otros se han hecho con La terrible historia de los vibradores asesinos en papel para conservarla o regalarla. La confianza de un lector requiere todo agradecimiento porque su tiempo es limitado y te lo ha dedicado. Especial mención merecen quienes además han reseñado la novela en sus blogs o en Amazon, dando así un valor añadido a su lectura y ayudando a que otros lectores confíen en mis novelas. Y lo agradezco también porque sé –algún silente me lo ha confesado-, que la palabra «vibradores» ha retraído menciones y reseñas por miedo a quienes forman su opinión a partir de un «titular» o, en este caso, de un título. Todas las opiniones han sido libres y sinceras, porque al igual que he rechazado todos los ofrecimientos recibidos para reseñar libros en este blog –y el ejemplar que me regalaban-, a nadie le he pedido que escriba una sola línea sobre ninguna de mis novelas, y mira que me hubiera sido fácil regalar ebooks a mansalva.

            También me alegra haber encontrado personas que me buscan para alabar el resultado, aunque me desazona cuando se muestran sorprendidas porque no esperaban algo así de una novela de humor, dejando entrever el desprestigio (por contaminación con libros de humor que no son literatura) de un género que, sin ser en realidad tal porque el humor no es un tema sino un modo de enfocar las cosas, cuenta con novelas legendarias y en el que han buceado muchos de los mejores escritores. Por motivos similares también me desazona la pregunta de otros de si no voy a escribir «otra cosa», o sea, «algo serio», porque mis «payasadas» me han costado más esfuerzo y trabajo de lo que me hubiera llevado una novelita pongamos de intriga, negra o policial.

            Agradezco cómo algunas personas, pocas, siempre están ahí con el sencillo gesto de un clic de ratón para compartir las aventuras de Ajonio en las redes sociales, porque conocen el valor de difundir selectivamente y con constancia. Al apostar por mí asumen cierto riesgo, y solo puedo corresponder tratando escribir lo mejor que sé, de forma que ofrezcan a sus amigos, conocidos, admiradores o simples curiosos algo de calidad. Sin salir de las redes, también me impresiona ver cómo lo que he escrito transforma a desconocidos en conocidos, a veces en amigos, que con sus «me gusta» me dan ánimos a la vez que agradecen el buen rato de lectura; un enriquecimiento solo posible gracias a las redes sociales pero que, en algunos pocos casos, ha sido un brutal empobrecimiento cuando los «me gusta» o los «retuits» han sustituido a otras formas de expresión. Gracias a ese conocido común llamado Ajonio hay quienes han comenzado a apoyarme y ahí siguen, y quienes lo han hecho solo durante un tiempo. En ambos casos se lo agradezco desde aquí y no personalmente, porque entre los costes de la cuenta de resultados cabe incluir la sensación de que no suelo estar a la altura de estas personas, de que debería ser más agradecido, y si no lo soy es porque si les dijera algo quizá se sintieran obligadas a seguir haciendo lo que han hecho libremente, y es precisamente esa libertad lo que le da valor a su conducta.

            Computo como «ingreso» en esta «contabilidad» a las personas, algunas de las cuales conocí hace más de diez años por culpa de algún pinito literario, que regularmente me preguntan por cómo va la cosa. Si Ajonio va bien, si estoy escribiendo algo, qué, en qué estilo, por qué, cuándo terminaré... Personas que me desean y presagian un porvenir literario mucho más claro y halagüeño del que yo veo, y que me regañan cuando les respondo que apenas me muevo por editoriales, agentes y demás fauna. Reducen los «ingresos» personas de quienes podía esperar un interés similar y no han preguntado nada ni una sola vez; resta también el caso especial, que no sé definir, de una persona, excepcional lectora, que lleva cerca de una década animándome a escribir y echándome flores, diciéndome que soy un escritor formidable, y que ha acabado confesando, pasmaos, que no se ha leído ninguna de las dos novelas que he publicado. Para colmo de extravagancia, tras reconocerlo no ha cambiado su opinión sobre el talento que me atribuye. Qué cosas.

            Termino con las personas más cercanas, ajenas a lo que puede interesar a quien escribe, pero no ajenas a quien escribe. Precisamente por eso su apoyo es más meritorio y mucho más de agradecer. Todo un ejemplo. Muacks.

            Pues eso: Ajonio Trepileto lleva un año en ebook. Cada vez que alguien compra La terrible historia de los vibradores asesinos en Amazon Ajonio vuelve a salir de su destartalado sex shop y se lanza al mundo en busca de los tres vibradores que por un defecto de fabricación pueden explotar. Cada vez que alguien lee la novela Ajonio vuelve a prendarse de Zoé, vuelven a machacarlo sus amores con Claudita, y de nuevo el pobre hombre torna a enredarse y desenredarse en los intereses, amoríos y maniobras «non sanctas» que conducen la acción. Ahora que Ajonio no me oye, espero que Claudita siga aplastándolo con sus toneladas de amor, que siempre haya al menos un lector que lo permita, porque la literatura, como la música, se construye cada vez que alguien lee, aunque el autor esté en la tumba.

            Y dejo para el final algo que no sé si hago bien en citar, y que constituye el único «ingreso extraordinario» de esta «cuenta de resultados». Pero qué ingreso. No voy a dar detalles por respeto, y porque no los conozco con exactitud. Lo mejor que me ha pasado en lo literario, en este año complicado, ha sido saber que mis novelas hacen reír a una persona con una de esas enfermedades que obligan a sentarse a esperar lo que nunca se desea. En según qué circunstancias entretener a las personas es muy difícil, pero hacerlas reír es...  La noche en que me enteré no pude dormir. Así que termino dando las gracias a ese enfermo desconocido cuya risa me ha hecho sentir parte de un todo que no entiendo, porque yo no he hecho nada; la única persona con mérito es la que, queriendo cuidarlo, le dio a conocer a Ajonio. Pero qué queréis que os diga: a mí, me conmueve.

                Feliz cumpleaños, Ajonio.



                       

  



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