En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



lunes, 14 de marzo de 2016

La Regla de San Benito



     Compré la Regla de San Benito hace unos años, sin saber muy bien por qué, creo que en el Monasterio de Poblet. La vendían allí porque los cistercienses también la seguían. Y ahora, por fin, la he leído. Habiendo sido escrita en la primera mitad del siglo VI, nadie me dirá que estoy como loco por las últimas novedades.

     Y la he leído como la compré: sin saber muy bien qué iba a encontrar, sin saber por qué la leía, un poco a la aventura. Y lo que he encontrado me ha gustado.

     Es un código, no una obra donde haya que buscar otros valores y situaciones que aquellos que pretende regular. Para quien, como yo, la lee sin ninguna pretensión distinta a la curiosidad, lo primero que viene a la cabeza al echar la vista a la lectura terminada es lo detallado del conocimiento sobre la vida monacal que leer la Regla permite, pues todo es regulado con una minuciosidad extrema, desde si un monje puede tener un cuchillo hasta si puede recibir una carta, amén de los horarios en función de la época del año, la ropa disponible y un sinfín de situaciones cotidianas. Si alguien quiere saber cómo se ha vivido en un monasterio durante siglos, aquí tiene una fuente de extraordinaria calidad.

     Lo segundo en lo que pienso es, precisamente, en las admoniciones en las que más insiste San Benito de Nursia, porque la insistencia indica los problemas recurrentes: si consideró preciso establecer una norma de conducta es precisamente porque los comportamientos debían de alejarse con frecuencia de ella. Todos esos alejamientos se intuye que tienen que ver con la reivindicación del propio yo, con el afloramiento de la personalidad de cada cual, con la imposición de unos sobre otros, lo cual tampoco es de extrañar habida cuenta del modo y la edad en que se accedía a los conventos y de los roces inevitables en una convivencia tan autosuficiente y cerrada. Y así, lo mismo pide mesura y justicia a quien manda que a quien debe obedecer, e insiste una y otra vez en la responsabilidad ante el abad y en que la autoridad de este solo puede ejercerse desde la voluntad de ser justo. El jefe, viene a decir, lo es por el ejemplo que da.

     Fuera de eso, las normas son tan exigentes que es preciso recordar en todo momento que no están regulando la vida normal, sino la monacal. De ahí el constante refuerzo de la figura del abad y del respeto a la jerarquía marcada con la fecha de ingreso, más que por la edad, así como la contundencia de los mecanismos de expiación, más duros al principio que drásticos, aunque al final lo son, porque al que se equivoca siempre se le da la ocasión de rectificar y por eso las medidas más duras, hasta alcanzar la expulsión, están reservadas a los contumaces.

     También llama la atención el afán por ser justo a la hora de repartir las cargas y el trabajo en función de las fuerzas y edad de cada cual, así como a la hora de asignar el resultado de este en función de las necesidades de cada uno. No hay nada distinto del marxista «de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad», lo que no debe resultar paradójico, pues la Regla no regula tanto la vida las personas como de la comunidad, comunidad que está por encima de las personas que la integran.

     La Regla puede leerse también desde un prisma religioso o personal, porque una parte de ella pretende regular los medios para establecer la comunicación de los monjes con Dios mediante la renuncia a sí mismos. Una especie de búsqueda de la paz interior que se alcanza cuando ninguna otra aspiración existe más allá de estar vivo y alegrarse por ello. Toda ambición personal, material o espiritual, según la regla, debe ser postergada. Algo que, con creencias religiosas o sin ellas, puede ser útil a muchas personas pues, al fin y al cabo, lo que nos complica la existencia es lo terrenal, y la falta de ambiciones, el conformarse con el día a día, el no esperar nada de nadie y buscar la paz en uno mismo, a menudo es el mejor sistema para superar los problemas. No hay nadie más libre que el que nada tiene y nada ambiciona, podría ser la conclusión, hecha la salvedad de que en este caso los monjes deben utilizar esa libertad en la alabanza a Dios.

     Podría decir muchas cosas más, porque imaginad lo que da de sí el análisis de una forma de vida tan sencilla y a la vez tan estricta, pero esto es solo una reseña, una primera impresión de una lectura.

     Pero no me resisto a terminar, y más en este blog, sin señalar la condena que San Benito suele hacer de la risa. Por volver a la literatura, hace pensar en El nombre de la rosa, del recientemente fallecido Umberto Eco. En esta novela un monje considera la risa un invento diabólico, porque hace perder el respeto y el miedo a las cosas y, sin miedo, el ser humano se considera igual a Dios. Algunas frases de la Regla al respecto fui poniendo en Twitter. Aquí las tenéis:

     "...no decir palabras vanas o que provoquen la risa, no gustar de reír mucho o ruidosamente"

     "...las chocarrerías y las palabras ociosas y las que provocan la risa, las condenamos en todo lugar a reclusión perpetua"

     "El décimo grado de humildad consiste en no reír fácil ni prontamente,..."

     Pero si queréis una norma práctica para tomar decisiones irrevocables, cuya estructura se repite con frecuencia en la Regla, aquí la tenéis. Consiste en, primero, advertir al afectado de qué ha ocurrido, y darle hasta por tres veces la ocasión de rectificar o justificarse. Si las agota sin hacerlo, la decisión sobre él debe ser drástica e irrevocable. Quien la toma se libra del problema quedando, gracias a las advertencias, con la conciencia tranquila. Probadla. Es de sentido común y muy efectiva. Antes o después todos debemos tomar decisiones difíciles o dolorosas, y lo mínimo que nos puede exigir quien se ve afectado por ellas es haber sido advertido de forma clara e inequívoca  de dónde podía llevar su conducta.



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