En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



viernes, 13 de noviembre de 2015

Y solo hay una solución: leer



     Hoy es el día de las librerías. Aunque son negocios sometidos al mercado, como el resto, por lo que significa una sociedad culta tienen una importancia superior a la mayoría. Pero el sector editorial, y no digamos ya las librerías, por sus peculiaridades no puede utilizar las mismas armas que muchos de sus competidores: por ejemplo, ni el libro más vendido en España da para financiar una campaña publicitaria equivalente a la de algunas películas.

     Aunque hay más población que nunca y unas tasas de alfabetización próximas al 100%, aunque tenemos el nivel de vida más alto jamás alcanzado, aunque las técnicas de edición han rebajado los costes, el ritmo de desaparición de las librerías es dramático. La lectura se vincula al ocio (mal hecho) y por el tiempo de ocio compiten millares de bares y restaurantes, hoteles, cientos de canales de televisión, cine, videojuegos, todas las oportunidades que da Internet... Muchas de esas alternativas son poderosas, porque mueven su producto en un mercado mundial con enormes economías de escala. Unamos el pirateo y tendremos una visión más o menos aproximada de cómo están las cosas. Un panorama difícil.

     Ante la caída de ventas no todas las librerías tienen las mismas posibilidades de reacción. Una gran superficie reduce metros cuadrados de exposición de libros y en su lugar vende videojuegos, o perfumes, o marroquinería, y sale adelante. Una pequeña librería no puede hacer algo así. Por debajo de cierto volumen de ventas, desaparece.

     Las pequeñas librerías están siendo las primeras en morir. El mercado que dejan libre lo están absorbiendo las grandes cadenas de distribución, titulares de las únicas librerías abiertas en los últimos diez o quince años.

     Esta concentración de la distribución minorista es una desgracia para la cultura, porque son las pequeñas librerías las que dan voz, aunque suene baja, a todas las pequeñas editoriales y a todos sus autores desconocidos. Y ese conjunto es el vivero de la literatura.

     Las relaciones entre las grandes cadenas de distribución y los grandes grupos editoriales limitan la oferta y, apostando por lo seguro porque lo mercantil prima sobre lo literario, se da prioridad a publicar la imitación del último éxito, o la traducción de lo que ya lo ha tenido en otros países. Una reducción de la oferta a disposición del lector, y de su calidad.

     El empobrecimiento para el pensamiento y el nivel cultural de la sociedad que esta deriva supone a largo plazo, es inmenso.

     Y solo hay una solución: leer. 



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