En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 30 de enero de 2014

La larga sombra de la muerte – Veit Heinichen



Cuarta novela centrada de Proteo Laurenti. Hasta ahora quizá la mejor, aunque a costa de reducir las extravagancias de Proteo, lo cual tampoco mengua demasiado el humor, ya que en alguna otra ocasión las ocurrencias del comisario chirriaban demasiado.

Lo que no cambia es el escenario, Trieste, y la historia acumulada en esa tierra desde la Segunda Guerra Mundial. Viejos casos que llevan treinta años sin resolver se acumulan en la mesa del vicequestore Laurenti; entretanto, un misterioso motorista se ha visto envuelto en un altercado con unos caballeros poco recomendables con ocasión del intercambio de una no menos misteriosa mercancía que va a parar, por aquellas cosas de la vida, a una inmigrante sordomuda que es explotada por una organización de mendicidad organizada; el forense jubilado, Galbano, sigue haciendo de las suyas; Laurenti, que ahora madruga para nadar, se encuentra con un asunto feo del cual parecen estar ocupándose los servicios secretos; una agraciada joven, hija de emigrantes, llega desde Australia para hacerse cargo de una herencia y despierta ciertos “amores” que terminan como terminan; y por si esto fuera poco el “archienemigo” de Laurenti sigue vivito y coleando mientras la pobre sordomuda las pasa canutas. Si unimos la agitada vida familiar de Proteo, la ensalada resultante es un libro con muchos frentes abiertos, bastantes relacionados, pero de una enorme agilidad, muy entretenido, y que atrapa pronto al lector.

Cosa distinta es que en una sola novela se puedan cerrar tantas batallas, y Heinichen no lo hace, como tampoco lo hace en las precedentes, aunque por no fastidiarle a nadie el desenlace voy a callar qué es lo que queda abierto y lo que no, lo cual no impide decir que lo que menos me ha gustado ha sido el recurso al “archienemigo”, porque es algo demasiado facilón, demasiado visto, porque una eterna cuenta pendiente a lo largo de los libros –y van cuatro- es una opción más comercial que literaria, y porque mientras que otros personajes son más normales, con sus luces y sus sombras, los “archienemigos” terminan cayendo en el maniqueísmo, que quizá a muchos les guste, pero a mí me aburre.

Ciertos cambios se advierten en algunos personajes respecto a las novelas precedentes (o quizá me falla la memoria, que también puede ser). Proteo se permite con su secretaria ciertas alusiones a su aspecto y costumbres afectivas y sexuales que en condiciones normales resultarían ofensivas de no mediar una relación de estrecha confianza y responder a un peculiar sentido del humor entre ambos personajes, pero este tipo de relación donde la confianza se manifiesta provocando a modo de broma hay que imaginarla, porque el texto, tal cual está, lo mismo puede dar lugar a esa interpretación como a otra mucho menos favorable al comisario. Y en esta novela Proteo va un poco más allá que en las otras. Sgubin, su ayudante, aparece como mucho más tonto y torpe de lo que recordaba, y como se va a ir destinado a otro sitio aparece para sustituirlo una policía bajita y muy dada a la acción que habrá que ver si sigue teniendo presencia más adelante o es solo un comodín para esta novela. Galbano, quizá porque tiene más protagonismo, llega a parecer demasiado cascarrabias y caprichoso. Por último, la fiscal croata con la que Proteo mantiene un romance tiene una aparición testimonial y también más comercial que literaria, porque me temo que su presencia más se debe al deseo del autor de que todo lector conozca a fondo o no olvide el universo de Laurenti por lo que pueda pasar en sucesivas entregas, que a las necesidades de La larga sombra de la muerte.

Por lo demás, como he dicho, interés y acción en una novela bastante bien estructurada, muy entretenida, donde las diferentes cuestiones evolucionan cada una a su ritmo pero sin atropellarse ni rezagarse, de forma que el interés crece con cada página.

Y una última reflexión  a título de anécdota (creo que ya la he hecho otras veces, pero no me resisto a hacerlo de nuevo): habiendo cuidado el autor, habitualmente con disimulo, ciertas técnicas de “escritura comercial” para fidelizar al lector, resulta chocante ver la palabra “muerte” en prácticamente todos los títulos, porque la empanada que cualquier hijo de vecino se hace al tratar de recordar qué ha leído y qué no, qué ha comprado y qué no, es de órdago: A cada uno su propia muerte, Muerte en lista de espera, Los muertos del Carso y La larga sombra de la muerte son los cuatro primeros títulos. La danza de la muerte, que todavía no he leído, es el quinto y hay que irse al sexto para sacar a los muertos del título. Más que una serie de novelas parece un cementerio, y a quien no conoce al protagonista y duda si comprar alguna de las novelas, con títulos tan risueños le debe resultar complicado imaginar su temperamento más bien alegre y socarrón.


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