En este blog solo encontrarás reseñas de libros que en algún momento me ha apetecido leer. Ninguna ha sido encargada ni pedida por autores o editores, y todos los libros los he comprado. En resumen: un blog de reseñas no interesadas para que sean interesantes.



jueves, 16 de enero de 2014

La leyenda del santo bebedor – Joseph Roth



                  Breve y brillante historia, La leyenda del santo bebedor.
               Andrea, un inmigrante proveniente del este de Europa (como el propio Roth), se ha convertido en un vagabundo que duerme en París a orillas del Sena.  Su vida se limita a vagar y a gastarse en bebida el poco dinero que consigue. Aunque es un alcohólico (esto es, un enfermo), él solo se ve como un inofensivo borracho (es decir, un hombre con unas costumbres que si no le resultan censurables es porque ha asumido dócilmente sus consecuencias, la marginalidad y la pobreza, y no se rebela contra ellas). Un anochecer un hombre que aparenta buena posición aparece entre las sombras y, tras una breve conversación, le entrega doscientos francos. Andrea es pobre, pero su sentido del honor le hace considerar que aquello es un préstamo y que, por tanto, deberá devolver el dinero. Todo honestidad, advierte al “prestamista” de los problemas: Andrea carece de recursos y además no tiene domicilio fijo. El “prestamista”, que obviamente practica el altruismo, le indica que no hay problema, y que podrá devolver el dinero sin más que dándoselo de ofrenda a Santa Teresita de Lisieux, en la iglesia de Sainte Marie des Batignolles, santa a la que él venera.
Joseph Roth (1894-1939)
Quizá sea esta forma de devolverlo lo que hacer que Andrea considere estos doscientos francos el primer “milagro”.  Lo primero que hace es, obviamente, comenzar a gastárselos. En bebida, sí, pero también en adecentarse un poco, lo cual nos permite vislumbrar de lejos al hombre que fue, al hombre que devino en vagabundo alcohólico, al hombre que nunca ha dejado de ser aunque no pueda ejercer como tal. Y el milagro acaba fraguando otro: mientras Andrea se permite el lujo de comer en un restaurante, un hombrecillo gordo le ofrece un pequeño trabajo de dos días que le permite ganarse un dinero más, con el que saldar la deuda. El problema es que el dinero suele volar, aunque cada vuelo acaba generando otro pequeño “milagro”. Y cada pequeño “milagro”, a la vez que le llena el bolsillo de dinero y el estómago de absenta, alimenta la esperanza de Andrea, a sus ojos estragados por el alcohol, en un destino en realidad más justo que probable, en un destino donde la suerte se alíe con él; esa esperanza que tiene todo ser humano de que, en algún momento, por un cauce u otro, habrá justicia; una esperanza cuya necesidad queda tristemente de manifiesto cuando quien la tiene carece del más mínimo dominio sobre su propio futuro.

           Y así Andrea se debate entre su sentido del deber (todos los domingos acude a Sainte Marie des Batignolles a saldar la deuda) y la inconsciente esperanza de que dando otra ocasión al destino seguirán ocurriendo milagros, lo cual le induce a “dejarse llevar” por amigos y mujeres que acaban traduciéndose, invariablemente, en un saldo inferior a los doscientos francos que Santa Teresita de Lisieux “espera”. Aunque, por fortuna, siempre hay un milagro a la vuelta de la esquina. Un milagro que, incluso, puede conciliar el inevitable destino de Andrea con sus esperanzas. Y todo, lo bueno y lo malo, por culpa del alcohol.
           Probablemente de ese final donde ni siquiera lo inevitable vence a la “lógica” de Andrea, surge el encendido prólogo de Carlos Barral en defensa de los beneficiosos efectos del beber para la salud no del cuerpo, pero sí de la mente y de la sociedad.


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